domingo, 15 de julio de 2012

El día de la República


La fecha en que se constituyó la República pasó inadvertida entre los cubanos de la isla. La gente de a pie no se vistió con sus mejores ropas ni se colgaron banderas en los balcones. El 20 de mayo no fue un día de fiesta nacional o recordación. Fue un domingo ordinario.

Tampoco en los días que antecedieron, a los alumnos de escuelas primarias y secundarias, institutos preuniversitarios o tecnológicos, en sus matutinos habituales, se les leyó una reseña sobre la fecha patria.

En los murales de los sindicatos siguen colgados los recortes de periódicos viejos, con fotos y consignas de los hermanos Castro y los rostros de sus espías presos en Estados Unidos

Algunos medios oficiales tocaron de pasada la fecha. Para descalificarla y ridiculizar “aquella república de mentiritas”. Si usted hace una encuesta en las calles habanera a personas nacidas después de 1959, descubrirá que la mayoría desconoce el significado del 20 de mayo.

Para muchos cubanos, el día nacional o de la independencia es el 1 de enero de 1959. Es nuestro 4 de julio. Es lo que enseñan en las escuelas. Antes del 59, recalcan, éramos una neocolonia de los 'yanquis'.

La seudorepública, dicen, fue un período de gobernantes corruptos y de tiranos que en componenda con el Tío Sam, absorbían las riquezas de Cuba.

Si a alguien nacido con la la revolución se le pide describir esa etapa, por fuerza de costumbre, contará sobre abusos de la guardia rural, campesinos analfabetos con los vientres hinchados de parásitos, y alcaldes y concejales vestidos de guayabera, con un bolso y una pata de cabra detrás de su espalda, dispuesto a desfalcar el erario municipal.

Incluso, quienes perciben en Fidel Castro un auténtico tramposo, no ven nada rescatable de aquella época. Las elecciones presidenciales las califican de un remedo democrático. De la elevada productividad azucarera alegan que funcionaba a costa de explotar a los obreros. Y la Constitución de 1940, letra muerta, una carta magna que, como casi todas las de Latinoamérica, nunca se puso plenamente en práctica.

Esas personas también recordarán los parques y clubes solo para blancos. Las putas del barrio de Colón o Pajarito. Los tres o cuatro barrios insalubres de La Habana. Y, en la etapa de la dictadura de Batista, los 20 mil jóvenes masacrados por sus sicarios.

Es lo aprendido en las aulas. Lo que leen en la prensa estatal. Y lo que ven en la televisión. Conclusión: aquella república bananera había que borrarla de un plumazo. Y lo han logrado.

Un mérito indudable de los medios oficiales y de la propaganda del departamento ideológico del comité central del partido comunista. Pero, aunque todo fuese cierto, no se puede eliminar de la historiografía nacional que un 20 de mayo de 1902, Tomás Estrada Palma, primer presidente cubano electo, el General Máximo Gómez y José Martí hijo, por vez primera izaron la bandera de la estrella solitaria, en la Plazoleta de Paula.

La historia actual la relatan los vencedores. A su manera. La República estuvo lejos de ser un desecho de virtudes. Hubo períodos negros y espacios para enmarcar en letras doradas.

No se puede olvidar que cuando nació la República, el mundo era otro. Un momento donde las grandes potencias se repartían un vasto sector de África y Asia. En los primeros años Estados Unidos ató a la nación cubana con un apéndice diabólico: la Enmienda Platt. Por considerarlo un derecho natural instaló una base naval en Guantánamo, todavía en pie.

Por razones de seguridad nacional, episódicamente, intervino o amenazó militarmente a la isla. No éramos cien por cien libres. Aunque con el transcurso de los años la soberanía nacional fue en aumento.

En 1934 se abolió la Enmienda Platt. Y en la década 1940-50, un alto porcentaje de negocios estaba en manos de cubanos. Existían diferencias brutales entre la ciudad y el campo. Pero la renta per cápita se situaba como la segunda de América Latina. Los avances tecnológicos, debido a la cercanía con Estados Unidos se introducían de manera acelerada.

A finales de los años 40, Cuba era una democracia casi perfecta. Con un capital humano en crecimiento. Medios de comunicación independientes. Tripartición de poderes. Y habeas corpus.

Fulgencio Batista, con su golpe de estado el 10 marzo de 1952, liberó la mecha del descontento ciudadano. Fidel Castro supo capitalizar ese descontento.

Y siete años después, montó una autocracia personal. Con un defecto genético. Si en 57 años de vida republicana existieron desigualdades sociales e injusticias, en 53 años de administración caudillista se socializó la miseria.

Castro dirigió el país como si fuese su finca. La fórmula voluntarismo e improvisación es sinónimo de ineficacia. Cinco décadas después, la mayoría de los cubanos todavía no puede desayunar una taza de café con leche. El transporte público y la alimentación es una zozobra constante. El salario una burla. Y no hablemos de libertades esenciales, como la de expresión o la creación de un partido político.

Su hermano, el General Raúl, con más luz larga y en pos de instaurar una línea sucesoria a perpetuidad, en nombre de un partido, el comunista, y una religión, el castrismo, ha enterrado diez metros bajo tierra los métodos de gobernar de Fidel.

Y ha abierto un poco el diapasón. Ahora por decreto, el cubano ya es dueño real de su casa y puede venderla cuando le venga en gana. Acceder a la telefonía móvil o alojarse en un hotel si tiene moneda dura. O abrir un puesto particular para vender cds y dvds piratas.

Es más de lo mismo. Pero con diferente discurso. Castro II mantiene vigentes las reglas del juego. A quien proteste en la calle, golpes y celda. Y la historia de Cuba, tal como no las cuentan, es preferible dejarla quieta. Hay que seguir ignorando el día que nació la República. Mejor no despertar ciertos muertos.

Iván García

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