lunes, 6 de abril de 2020

Cuba: disidentes como monedas de cambio



En 1959, y durante los primeros años de la década de 1960, la estrategia de Fidel Castro contra sus opositores y presuntos asesinos del ejército y la policía de Fulgencio Batista, era simple: juicio sumario, pelotón de fusilamiento y tiro de gracia en la sien.

En 1999 conocí en La Habana a Jorge González, un ex verdugo del Ejército Rebelde, posteriormente oficial de las FAR, que había perdido la cuenta de las ejecuciones en las cuales tomó parte. Tenía 48 años y parecía un anciano. Residía en un bloque de apartamentos en el reparto Alamar, al este de La Habana. Un día me contó que sufría de una pesadilla recurrente. Soñaba que estaba al frente de un pelotón de fusilamiento y después de dar la orden de fuego, al ultimar a la víctima con un tiro en la cabeza, el fusilado era él mismo.

González, ya fallecido, consideraba que aquellos juicios sumarios de 1959 eran un espectáculo. “A nosotros, los del pelotón de fusilamiento, nos alistaban antes del juicio, pues de antemano se sabía el veredicto. Se fusilaba en cualquier parte. En el famoso juicio a los pilotos de Batista en Santiago de Cuba, que se repitió porque el fiscal no los sancionó a pena capital, se les fusiló en el monte y luego con una buldócer se abrió una zanja para enterrarlos". La crónica sobre Jorge González la titulé El llanto del verdugo, y en el 2000 salió en Cubanet. En 2009, cuando me enteré que se había ahorcado escribí La última ejecución, en 2012 reproducida en mi blog.

A raíz del fallecimiento de Fidel Castro, el 25 de noviembre de 2016, la BBC refería que "Archivo Cuba, organización con sede en Miami, señala que en el más de medio siglo que lleva la Revolución, se fusilaron 3,116 personas y otras 1,166 fueron ejecutadas extrajudicialmente, aunque reconoce que es muy difícil saber los números exactos".

Las muertes por fusilamiento después de celebrar juicios sin garantías jurídicas, provocó un escándalo internacional y Fidel Castro se vio obligado a amortiguar la carnicería revolucionaria. Se continuó fusilando, pero a discreción. Tras la invasión de Bahía de Cochinos, en abril de 1961, Castro puso en marcha otra estrategia: menos sangre y más tiempo en la cárcel. En los años duros de la instauración del comunismo criollo (1959-1979), cifras sin confirmar mencionan más de 20 mil presos políticos en la Isla. Las cifras bajarían a cerca de 8 mil presos políticos entre 2010 y 2016, de acuerdo a la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional.

A Fidel Castro no le importaba tanto el número de prisioneros políticos, como los nombres e historiales de algunos de ellos. A más de tres mil combatientes de Bahía de Cochinos los canjeó por compotas para bebés y alimentos en conservas Made in USA. Los presos disidentes más conocidos se han utilizado como arma de presión en negociaciones con la Unión Europea, para complacer a instituciones internacionales, al Vaticano o un congresista estadounidense.

Era habitual que los funcionarios occidentales que se reunían con Fidel Castro en el Palacio de la Revolución llevaran un listado de presos políticos, para intercambiarlos por acuerdos comerciales o trueques políticos. Castro leía la lista, levantaba el teléfono de su oficina y comenzaba el regateo. Si por ejemplo la lista contemplaba veinte reclusos, Fidel liberaba solo a cinco. Siempre tenía las prisiones repletas de opositores. En una coyuntura determinada, le podían servir como piezas negociables.

Con la caída del comunismo en la Unión Soviética y la Europa del Este, el maquiavélico juego perdió valor. En la Primavera Negra de marzo de 2003, que coincidió con la invasión de Estados Unidos a Irak, encarceló a 75 disidentes pacíficos, entre ellos 27 periodistas independientes. La intención era menguar la agresividad del presidente George W. Bush hacia la dictadura castrista y tener en el bull pen una cantidad presos políticos que a Castro, en un futuro, le permitiera canjear por los cinco espías de la Red Avispa cumpliendo sanciones en Estados Unidos.

El modus operandi de Fidel Castro era encarcelar opositores durante las administraciones republicanas, las más enemigas del socialismo fidelista, y luego, tras negociaciones, excarcelarlos cuando en la Casa Blanca estuviera un demócrata. Con la llegada al poder de Raúl Castro el 31 de julio de 2006, la estrategia cambió. Todavía en las cárceles quedan más de un centenar de presos políticos, algunos cuestionables, pero muy pocos prisioneros de conciencia declarados por Amnistía Internacional y casi ninguno demasiado conocido en el exterior.

Últimamente, las detenciones son breves y en caso de encarcelarlos, las condenas no superan los cinco años. El gobernante elegido a dedo, Miguel Díaz-Canel, continuó con el procedimiento raulista. Pero, con el aumento de una incipiente sociedad civil, periodistas alternativos y artistas e intelectuales contestatarios, las líneas maestras de la represión buscan legitimar jurídicamente las sanciones, imponiéndoles elevadas multas o deteniendo, enjuiciando y mandando a prisión a disidentes, activistas, periodistas e intelectuales críticos con el estado de cosas.

La autocracia verde olivo ha aprobado Decretos como el 349 y 370, que buscan deslegitimar a periodistas y artistas incómodos al régimen e inclusive camuflar sanciones a disidentes bajo el pretexto de supuestos delitos comunes. El plan es tener a mano una lista de presos "contrarrevolucionarios" que puedan servir para negociaciones futuras. La probable sanción a varios años de privación de libertad a José Daniel Ferrer, así como el acoso a varios periodistas independientes y el próximo juicio al artista visual Luis Manuel Otero Alcántara van en esa dirección.

Mientras más reconocimiento internacional tiene una figura opositora, más valiosa resulta como moneda de cambio para el régimen. Las sanciones del presidente Donald Trump al régimen de La Habana, la crisis socioeconómica de Venezuela y el descalabro de la economía cubana, por su escasa productividad y falta de liquidez, tienen al gobierno de la Isla al borde del precipicio. A eso se suma el descontento social, la burocracia e ineficiencia de las instituciones estatales y el pésimo servicio en la gestión pública del transporte, agua, gas licuado y recogida de basura, entre otros.

La respuesta del régimen siempre fue huir hacia adelante. Detener el crecimiento de sectores disidentes como el periodismo y enviar un mensaje de ida y vuelta a los creadores, artistas e intelectuales: si continúan el desafío, podemos encarcelarlos. Ahora le ha tocado el turno a Luis Manuel Otero Alcántara, mulato de 31 años.

Como muchas cubanas, su progenitora, María del Carmen Alcántara, ejerció de madre y padre. Vivían en la barriada pobre y marginal de El Pilar, en el municipio Cerro. Ella optó por criarlo dentro de la casa. Para entretenerse, Luis Manuel construía sus propios juguetes, de madera. "Desde pequeño tuve ese don, no sé de quién lo heredé, porque en mi familia no hay ningún artista. Me pasaba horas hablando solo, creando escenas y personajes imaginarios", me contaba Luis Manuel en una entrevista que le hice en diciembre de 2018.

A la escuela primaria y secundaria siempre iba con un pedazo de madera en las manos. Vestía ropa de uso y solo tenía un par zapatos que siempre estaban rotos. Antes de inclinarse por las artes, Otero estuvo cuatro años entrenándose como corredor de medio fondo en una pista de arcilla de la Ciudad Deportiva. “Al deporte le agradezco la disciplina y compromiso. Corría 1,500 y 5 mil metros planos. Tenía perspectivas. Entrenaba durísimo en busca de mi propósito, escapar de la pobreza. Pero en una competencia en Santiago de Cuba, a pesar de ser favorito, quedé en cuarto lugar. Entonces decidí dejar el atletismo y estudiar y probar suerte en la escultura y las artes visuales”.

El único delito de Luis Manuel es emplazar al régimen desde las artes visuales con un sesgo crítico. Puede gustar o no su actitud y sus performances, pero Otero, al igual que miles de jóvenes cubanos, es libre de expresar sus puntos de vista. Le he entrevistado en diversas ocasiones y le conozco bastante. Es un tipo jovial, convencido de que la democracia se impondrá en Cuba. Entre junio de 2017 y el 1 de marzo de 2020, había sido detenido en 21 ocasiones.

Claudia Genlui Hidalgo, especialista en historia del arte y actual novia de Otero, el miércoles 4 de marzo lo visitó en Valle Grande, prisión del municipio de La Lisa donde esperará la celebración de un "juicio sumario abreviado", según han denunciado sus colegas del Movimiento San Isidro, fundado en 2019 y cuyo antecedente es el Manifiesto de San Isidro, lanzado en septiembre de 2018 por creadores, artistas, realizadores audiovisuales, músicos, poetas, productores y cualquier ciudadano que se considere libre e independiente.

A Otero Alcántara tenían previsto condenarlo de dos a cinco años de privación de libertad, por los delitos de 'ultraje a los símbolos patrios' y 'daños a la propiedad', le dijo la instructora que lleva el caso a Michel Matos, del Movimiento San Isidro. "Ese tipo de delitos no necesita juicio, sino llamar a la fiscalía, ordenar los papeles y en menos de ocho horas ya está procesado. Por eso hay que hacer toda la presión que se pueda", pidió la activista Iris Ruiz tras consultar al abogado del artista.

El periodista guantanamero Roberto Jesús Quiñones Haces y el habanero Luis Manuel Otero Alcántara son dos de las monedas de cambio con que el régimen cuenta para mejorar su posición negociadora. Matan tres pájaros de un tiro: al encarcelar a los 'incómodos', envían un mensaje de miedo a la población y cuando éstos son liberados, los obligan a emigrar. Otro punto a favor del castrismo es que las instituciones internacionales y la UE canjean a los opositores con promesas de no sancionar a Cuba en foros internacionales o por alguna migaja de carácter económico. Eso permite al régimen actuar en lo que mejor se le da: reprimir, acosar, amenazar y mandar a prisión a los disidentes más críticos. Luego le tienden puente de plata para que se vayan del país. Un plan que les ha funcionado desde hace 61 años.

Iván García
Foto: De cuando en febrero de 2018 entrevisté a Luis Manuel Otero Alcántara. La foto fue realizada por Yanelys Núñez, su pareja en ese momento.

lunes, 30 de marzo de 2020

La Habana se ruraliza


Cada vez es menor la parte de La Habana que semeja la capital de un país: los exclusivos y excluyentes Miramar, Vedado y Nuevo Vedado, donde reside la élite privilegiada, en mansiones enrejadas; las Habana Vieja (las dos, la engañifa de Eusebio Leal para captar dinero de los turistas extranjeros, y la de los cubanos de a pie), y Centro Habana, que aún conserva algo de lo que fue, a pesar de las cuarterías ruinosas, los derrumbes y los edificios apuntalados o en “estática milagrosa”.

El resto de la ciudad, la mayoría de los municipios, donde se concentra la mayoría de la población, se ha ido haciendo más periferia, ruralizándose, convirtiéndose en una especie de favela, donde se vive como se puede.

Si uno recorre Arroyo Naranjo, San Miguel del Padrón, Guanabacoa, Cotorro, La Lisa, Marianao, y zonas de Diez de Octubre, Boyeros, El Cerro y Habana del Este, tendrá por momentos la impresión de estar en el campo. Coches y carretones tirados por caballos; patios y jardines cercados con cardón espinoso, oxidadas planchas metálicas o trozos de fibrocemento; rústicas casas de tablas, con techos de tejas que arrancará el próximo ciclón; platanales, gallinas y patos en los jardines; corrales de puercos en los patios; parques convertidos en yerbazales, fogones de leña en los parterres… A eso, súmele el fango cuando llueve, debido a los baches en la calle, los salideros y las aceras destruidas por las ruedas de camiones y tractores.

Eso, por no mencionar el cinturón de los 'llega y pon' que rodea la periferia capitalina, Indaya, Cambute, Guncuní, Los Mangos y otros barrios marginales, o “barrios insalubres”, como prefieren llamarlos los mandamases, tan dados a los eufemismos con tal de no llamar a las cosas por su nombre.

De nada valen los intentos de Planificación Física por imponer cierto orden en medio del caos urbanístico. En vez de eso, lo que hacen, desalojando y demoliendo, es ponerlo todo peor: generar corrupción, cometer abusos con los más necesitados que no tienen para sobornar a los inspectores, agravando aún más el déficit de viviendas.

Muchos culpan de la ruralización de La Habana al influjo de los orientales, o “los palestinos”, como algunos despectivamente los llaman. Se refieren al incesante aluvión de personas procedentes de las provincias orientales (Guantánamo, Santiago de Cuba, Granma, Las Tunas y Holguín) que emigran hacia la capital buscando mejorar sus condiciones de vida, y que no ha logrado ser contenido con el Decreto 217/97, ese aberrante engendro jurídico que convierte en inmigrantes ilegales, sujetos a ser arrestados y deportados a sus lugares de origen, a personas que no tengan un permiso oficial para mudarse dentro de su propio país.

Los orientales que no tienen problemas para residir en La Habana son los que vienen para servir como agentes de la PNR (Policía Nacional Revolucionaria) o a trabajar en contingentes de la construcción y que si es preciso, como ocurrió durante el Maleconazo el 5 de agosto de 1994, tienen que fungir de represores parapoliciales en brigadas de respuesta rápida.

Culpar a nuestros paisanos del interior por la decadencia capitalina es un chovinismo ridículo que solo hace dividirnos a los cubanos más de lo que lastimosamente ya estamos. El castrismo es el culpable de que la mayor parte La Habana, más que ruralizarse y afearse, se haya convertido en una gran villa miseria.

Los guerrilleros que nos impusieron esta penitencia que ya dura 61 años, hoy son una claque de vejestorios, retranqueros, egoístas, aferrados al pasado, a su poder y a sus privilegios. Son ellos los culpables del desastre, no los vecinos de nuestros barrios -vengan de donde vengan, no importa su acento cantarín- que comparten las mismas vicisitudes, y que al igual que nosotros, los habaneros, se las arreglan como pueden para sobrevivir.

Luis Cino
Cubanet, 17 de enero de 2020.
Foto: Vivienda en Ciudad Jardín, Arroyo Naranjo. Tomada de Cubanet.


lunes, 23 de marzo de 2020

Aumenta el consumo de drogas entre jóvenes cubanos



La primera vez que Abdel fumó marihuana lo hizo para no desentonar con sus amigos. Recuerda que después de bajar dos litros de whisky barato, partieron rumbo a una casa en la playa con media docena de muchachas, que tras acordar un pago de veinte pesos convertibles para cada una, armaron una orgía espectacular.

El joven no procedía de una familia disfuncional. Creció y fue educado esmeradamente por unos padres que siempre estuvieron a su lado mientras estudiaba saxofón y piano en un conservatorio estatal. En raras ocasiones, Abdel bebía un par de cervezas o una copa de vino tinto. Ni siquiera fumaba cigarrillos. "En la escuela de música sufrí bullying por mi comportamiento atildado y bitongo”, rememora.

Luego de graduarse se integró a una banda de jazz y comenzaron a llegar los éxitos y contratos en el exterior. También las fiestas después de las descargas donde se ingería alcohol a lo grande, se fumaba marihuana colombiana y al final inhalaban varias rayas de cocaína. “Cuando estábamos en el extranjero era más fácil conseguir la cocaína. Pero en La Habana un integrante del grupo conocía a varios ‘puntos’ que vendían drogas. No importaba el precio del gramo de melca, 90, 100 o 120 cuc. Económicamente las cosas nos estaban saliendo bien. Por puro complejo de manada, para no ser diferente, me sumé a las descargas que cada vez se hacían más frecuentes”, cuenta Abdel.

Hace cinco años la banda se desintegró. Abdel comenzó a tocar como solista. Pero ya no tuvo el mismo éxito. El consumo de drogas le pasó factura. “Dejé a un lado la creación artística. Llegaba tarde a las presentaciones y pasado de tragos. Me volví adicto a las drogas. Me cuesta mucho superar la adicción”, confiesa.

Estuvo ingresado en una clínica antidrogas, pero al año volvió a recaer. Ahora su padre lo lleva a la consulta de un especialista que utiliza un método de rehabilitación novedoso. Abdel reconoce que todo depende de él. "Si no pongo de mi parte nunca podré superar la adicción. Lo peor de esta enfermedad es el daño que provoca a tu familia y seres queridos. Al final no tengo nada. Incluso vendí mis instrumentos musicales para comprar drogas. Iniciarse en ese camino destructivo es fácil, lo difícil es salir de ese infierno”.

Iraida, especialista en rehabilitación, apunta que el alcohol y las drogas crean “una dependencia brutal. No distingue clase social. Igual en sus redes caen personas de bajos recursos, familias disfuncionales que gente de alto poder adquisitivo, intelectuales y ciudadanos que han recibido una buena educación. El mejor tratamiento contra los estupefacientes y el alcohol no garantiza que los pacientes vuelvan a recaer. Muchos llegan tarde a la rehabilitación, cuando el daño físico y síquico ya es irreversible”.

Según la especialista, en Cuba ha aumentado dramáticamente el número de casos. “Veinte o treinta años atrás, los adictos a las drogas eran pocos. El alcoholismo predominaba. Ahora en cada municipio habanero hay una clínica de día para atender casos de drogadicción y alcoholismo y siempre está llena. De acuerdo a un estudio, uno de cada tres adictos a las drogas duras (cocaína, LSD y otras), acuden algunas vez a recibir un tratamiento de desintoxicación. Por lo que el número de casos que no reciben tratamiento médico se puede multiplicar por dos”.

Joel se ha convertido en dependiente del alcohol. Vive en un barrio pobre donde residen familias oriundas de las provincias orientales que ilegalmente residen en La Habana. “Desde que tú te levantas ves a la gente enganchada a la botella de ron. El desayuno es alcohol, en el almuerzo sigue el alcohol y en la comida más alcohol. Todo gira alrededor de una botella de alcohol. Cuando terminé el noveno grado, dejé la escuela para ayudar a mi mamá, que es soltera y tiene que criar ella sola a mis tres hermanos".

Se puso a trabajar en una panadería donde todas las madrugadas empinaban el codo. "Cuando iba a la discoteca comencé a alternar el alcohol con la yerba (marihuana). También consumía pastillas, parkisonil, metilfenidato o anfetaminas, cualquiera que diera un vuele rico. Hasta preparábamos cocimientos con hojas de campana. Terminé enganchándome al cambolo, una mezcla de cocaína con bicarbonato que acaba con tu vida. Estuve preso dos años, me cogieron con cinco pitos de marihuana y cuatro de cambolo. La policía me acusó de vender drogas. Hice tratamiento de desintoxicación, pero a estas alturas de mi vida, no tengo fuerzas ni ganas de dejar las drogas”, revela Joel.

En diez meses de 2019, las autoridades cubanas incautaron más de mil 490 kilogramos de estupefacientes, informó a la prensa oficial el coronel Juan Carlos Poey Guerra, jefe de la dirección antidrogas del Departamento Técnico de Investigaciones del Ministerio del Interior (MININT). El 93% de esa droga fue incautada por recalo. Los carteles de drogas sudamericanas y mexicanas, cuando son interceptados por patrullas guardafronteras, tiran las pacas de cocaína en aguas internacionales.

De acuerdo a un ex oficial del MININT, “esas pacas tienen balizas que les permite identificarlas posteriormente. Cuba, al estar situada en el corredor marítimo donde se trasiega con miles de toneladas, muchas de esas pacas llegan a nuestras costas. La mayoría la ocupa el MININT, pero un número que no podemos precisar, la persona que se adueña de ella la vende en las redes clandestinas de drogas. Estamos hablando cocaína pura y marihuana de calidad. Un pescador costero saca su cuenta: una paca que venda lo saca de la pobreza para toda la vida. También se han dado casos de oficiales del MININT que no queman toda la droga incautada y venden una parte de la misma”.

Iraida, especialista en desintoxicación, explica que en Cuba cada vez es más frecuente que los consumidores de drogas duras y blanda se inicien en edades más tempranas. "No tengo cifras a mano, pero la incidencia de jóvenes que beben alcohol o prueban sicotrópicos y marihuana es alta”, y pide a las familias mayor atención a sus hijos. “A veces pasamos por alto pequeños detalles como la hora que llega a dormir, su comportamiento en el hogar o desconocen con quiénes ni dónde se reúnen. Cualquier señal puede servir para atajar una futura adicción”.

A veces todo comienza con una fiesta entre amigos. Pregúntenle a Abdel, el músico habanero.

Iván García
Foto: Tomada de Cubadebate.
Leer también: Drogas en Cuba, de la prevención al enfrentamiento; Más tráfico y consumo, admite la Aduana; Las drogas no tienen cabida; La batalla contra las drogas es interminable; Por uno pagan todos; El alcoholismo, una epidemia silenciosa; Alcoholismo y juventud; Escalada del alcoholismo en Cuba y El elixir de la revolución y El alcoholismo en las provincias orientales.

lunes, 16 de marzo de 2020

Siguen las colas y el desabastecimiento



Una mañana cualquiera, un desvencijado camión ZIL 130 de la era soviética aparcó al costado de un mercado en una estrecha calle colindante con la Avenida Santa Catalina, en el populoso barrio de La Víbora, al sur de La Habana, para descargar bolsas de yogurt saborizado y dos cajas de costillas de cerdo que desprendían un olor desagradable.

David, un viejo enclenque a quien le tiemblan las manos debido a un incipiente Parkinson, estaba recolectando latas vacías de refrescos y cervezas que recoge de la calle, y cuando vio parquear el camión en el mercado, marcó en la cola donde un grupo de jubilados y amas de casa esperaban que abriera aunque nadie supo precisar qué venderían.

Un hombre que por su sordera habla a gritos, le dijo a David que ese camión solía traer yogurt y huevos. El rumor se esparció por el vecindario y la cola aumentó considerablemente. “No hay huevos en toda La Habana”, afirmó una señora con una jaba en su mano. “Si fuera solo en La Habana. No hay huevos en toda Cuba. En Bayamo, donde vivo, hace meses que no hay huevos en venta libre”, comentó un anciano.

La cola iba creciendo y el administrador del mercado demoraba la apertura. La gente comenzó a protestar. “Oye, ya son las diez de la mañana (en teoría, las tiendas y comercios abren a las nueve y media) acaba de abrir”, protestaban varias mujeres. “Hasta que no revise la mercancía no abro”, contestó el administrador, un mulato con voz intimidante y pinta de estibador del puerto.

Cerca de las once abrió el mercado. Cuando le llegó el turno a David, solo quedaban costillas de cerdo y yogurt. “¿Y los huevos’”, preguntó. “¿Qué huevos?”, respondió el dependiente. “Dicen en la cola que el camión descargó huevos”, señaló David. “Abuelo, déjese de sonsera y no le haga caso a los chismes callejeros, que el hambre tiene a la gente viendo fantasmas”, alegó el vendedor.

En la cola se producen reproches. “Son unos descarados, cogen los huevos y los venden por la izquierda”, expresa alguien en la fila. El bullicio crece dentro del mercado hasta que sale el administrador y manda a callar a la gente. “O se comportan bien, señores, o cierro el mercado”. Fin de la disputa.

David regresó a lo suyo, a recoger y escachar latas. A las dos de la tarde, luego de amontonar en la sala de su reducido apartamento los sacos con materia prima, caminó medio kilómetro hasta la panadería e hizo otra cola, esta vez de una hora, para comprar pan suave en venta libre. Su única comida de ese día consistió en arroz blanco, frijoles colorados y la mitad de una costilla de cerdo que compró en el mercado. Suele desayunar pan con aceite y ajo.

Los ancianos en Cuba son los que peor soportan la crisis económica casi estacionaria que desde 1989 sufre el país. Los precios de los alimentos se han quintuplicado. Pero sus pensiones apenas crecen y son devoradas por la inflación.

Debido al estrafalario horario de los establecimientos, los jubilados y amas de casas son quienes por lo general hacen las colas, incluso de madrugada. Y la mayoría se la pasa vigilando los alimentos que llegan a la bodega, carnicería, agromercado u otro mercado estatal.

Justina trabajó muchos años en un taller de costura. Ya está jubilada y su tarea principal es comprar los mandados y cocinar. Con la reducción actual de las entregas de gas licuado, afirma que es imposible cocinar para tres personas durante 32 días con solo un balón. “Antes el Estado me entregaba una balita de gas licuado cada doce días y si se me acababa, lo compraba en venta libre a cien pesos la balita. Pero han dicho que ya no piensan volver a vender gas licuado liberado. Ni haciendo magia se puede cocinar con un solo balón durante un mes. Cuando uno cree que las cosas en este país no pueden estar más malas, se ponen peor”.

En Cuba, más de un millón 700 mil clientes utilizan gas licuado. En el sector privado, más de 800 mil domicilios cocinan con ese tipo de combustible.

Susana, profesora y madre de dos hijos, dice que tendrá que inventar para cocinar. “Soy madre soltera y mi salario de mil pesos es insuficiente. Gano un dinero extra vendiendo ropa y dando repasos, pero ni así llego a fin de mes. Con este problema del gas la cosa se pone fea. Si usas muchos equipos de cocción eléctrica la cuenta de la luz se dispara. La respuesta del gobierno a los problemas siempre es la misma: la culpa la tiene el bloqueo. Se limpian las manos como Pilatos y miran hacia otro lado. No son autocríticos, no asumen su mala administración. Que no metan más cuentos, la televisión los delata, mira lo gordos que están. Seguro que a ninguno les falta gas ni comida en sus casas”,

Cada día que se pasa entre colas, desabastecimientos y nuevas medidas regulatorias de la Casa Blanca contra el régimen, como la disminución de los vuelos charter, contribuye a aumentar el descontento social en un sector importante de la población. Héctor, ingeniero, culpa a Trump, al exilio duro de Miami y a la anacrónica dictadura castrista de la situación del país. “Los políticos de origen cubano en Estados Unidos se la pasan promoviendo restricciones, pidiendo que la gente no envíe dinero a Cuba, buscando la forma de que el pueblo se tire a la calle. Y ellos en la yuma sin arriesgar el pellejo. También considero que este gobierno debiera renunciar, porque no han sabido crear bienestar ni riqueza. Estamos en medio de un fuego cruzado”.

A principios de enero, por las redes sociales se supo que un misterioso movimiento, autodenominado Clandestinos, había vertido sangre de cerdo en bustos de José Martí y en afiches de Fidel Castro. Pero su cruzada comenzó con el pie izquierdo. Tanto el gobierno como buena parte de la oposición en la Isla, condenaron el vandalismo a Martí. Los cubanos de a pie, se enteraron de los hechos sin demasiados comentarios y con más dudas que certezas.

“Ese grupo actúa de una manera rara. Leí en las redes sociales un manual que emitieron y me parece una auténtica chapucería. Creo que esos tipos no radican aquí. O es una jugada de la Seguridad del Estado, para justificar una represión contra la disidencia. Denigrar a Martí, el único prócer que es el héroe de los cubanos de las dos orillas, es una mala estrategia. Después han querido enmendar la plana. Pero a mí me sigue siendo sospechosa una supuesta banda que pone la imagen de un filme que validaba los actos violentos, casi todos terroristas, ejecutados por el Movimiento 26 de julio. No dan la cara y utilizan esas caretas cursis tomadas de un serial televisivo español. Me parece que es una tomadura de pelo y no una organización seria”, explica Carlos, sociólogo.

Miguel, chofer de ómnibus urbanos, considera que las acciones de Clandestinos han “provocado tensión en las calles. Ha aumentado la presencia policial por las madrugadas. La otra noche, un policía me preguntó para que yo quería una lata de esmalte rojo que había comprado en la tienda”.

Reinaldo Escobar, periodista independiente y jefe de redacción de 14ymedio, apuntaba que ahora "todos los que crían y venden puercos son individuos altamente sospechosos". Miriam Celaya, también periodista independiente, en Cubanet escribía: "Me niego verticalmente a aplaudir o a encumbrar fantasmas. Eso es Clandestinos hasta tanto se demuestre lo contrario. Por naturaleza, recelo de rostros enmascarados que evocan a los Tupamaros, a los etarras y a otras denominaciones de nefasta recordación y equívocas causas. En todo caso, prefiero la resistencia frontal y a cara descubierta contra el castrismo porque tengo la terca convicción de que el derecho a tener una Cuba libre, democrática, plural e inclusiva no es ni debería ser, un asunto clandestino, sino todo lo contrario"

El primer mes del año 2020 no ha terminado y en Cuba se ha disparado la incertidumbre. A las largas colas y el desabastecimiento crónico se suma la escasez de gas licuado. Y como novedad, un grupo fantasmal inició una cuestionable campaña contra la autocracia verde olivo. Habrá que esperar a ver qué pasa.

Iván García
Foto: Una de las muchas colas que a diario hacen los habaneros. Tomada de Cubanet.
Leer también: Largas colas para comprar artículos de aseo personal y El ron es lo único que nunca falta en Cuba;

lunes, 9 de marzo de 2020

¿Por qué el derrumbe en el que murieron tres niñas no es un accidente?



Los derrumbes parciales o totales en La Habana, en la mayoría de los casos, no son accidentes. En la mayoría de los casos, ocurren en un inmueble que previamente ha sido declarado inhabitable irreparable por uno o varios especialistas del Estado, lo cual significa que dicho inmueble representa un peligro para la vida y debe ser demolido y que existe un dictamen técnico, o varios, por lo general son varios, registrados en instituciones estatales, porque un inhabitable irreparable suele pasar años y hasta décadas recibiendo las mismas evaluaciones antes de que sus habitantes sean albergados o trasladados a nuevas viviendas.

En La Habana, a fines de 2015, había más de 34 mil familias con anuencia de albergue, es decir, más de 34 mil familias residiendo en inmuebles cuyo estado constructivo representaba un peligro para sus vidas.

Ese 27 de enero, tres niñas murieron a causa del derrumbe de un balcón en el consejo popular Jesús María, del municipio La Habana Vieja, y la prensa oficial cubana dijo que se trataba de un triste accidente. El portal digital Cubadebate basó su nota en una entrevista con una vecina del lugar, quien explicó que el balcón que se desprendió y cayó encima de las tres niñas formaba parte de una vivienda que estaba siendo esporádicamente demolida, luego de un derrumbe parcial que sufriera el año anterior.

Cubadebate destacó, en negritas, lo siguiente: "Colocaban una cinta perimetral para evitar que las personas pasaran por los bajos del edificio". No precisó cada qué tiempo iba la brigada de demolición.

La vecina citada solo dijo que acudían "cada cierto tiempo", que tumbaban tres ladrillos y se retiraban, que siempre colocaban una cinta amarilla para impedir el paso por el área, pero que "la gente es negligente" y la cortaba. Si la vecina dijo algo más que contrastara esa visión, Cubadebate no lo incluyó.

El momento más osado de la nota fue cuando refirió lo que varios vecinos habían afirmado. A saber, que "esto se podía haber evitado", aunque por lo narrado antes de ese momento, lo que se interpretaba era que para evitar la muerte de las tres niñas hubiera bastado con que la gente no cortara la cinta amarilla que colocaba la brigada de demolición luego de ir a tumbar tres ladrillos cada cierto tiempo.

De acuerdo con Cubadebate, si hay responsables en esta historia son quienes cortaban la cinta amarilla.

No soy una experta en el asunto. He estado cubriendo el tema de la vivienda desde 2015. He entrevistado a personas afectadas, especialistas, fuentes oficiales. He reportado sobre barrios vulnerables a inundaciones por lluvias o penetraciones del mar y sobre edificios declarados inhabitables e irreparables en La Habana y Santiago de Cuba. También reporté sobre los efectos del tornado del 27 de enero de 2019 en municipios como Regla y Diez de Octubre.

Mi acercamiento al tema de la vivienda ha sido siempre como periodista. Sin embargo, desde que leí la noticia de Cubadebate sobre el derrumbe del balcón de una vivienda que estaba siendo demolida, presuntamente porque había sido declarada inhabitable e irreparable, una de las primeras preguntas que me hice fue si el balcón estaba, o no, apuntalado.

Cuando se va a demoler un inmueble, el apuntalamiento o aseguramiento de la estructura es uno de los pasos básicos. Incluso, no es raro encontrar en La Habana historias de demoliciones que tardan en ejecutarse por falta de madera para apuntalar. Durante la fase de recuperación del tornado de 2019, encontré varias familias damnificadas que enfrentaban este problema, aunque en la prensa se pueden localizar reportes de años anteriores.

El arquitecto Yoandy Rizo, consultado sobre este punto, confirmó que sí, que es necesario apuntalar el balcón de una vivienda que va a ser demolida o se encuentra en peligro de derrumbe, pero que no hacerlo es una negligencia tan absurda como común. "Esta realidad que todos consentimos, es una amenaza latente y progresiva que expone a un riesgo innecesario no solo a operarios sino también a vecinos y transeúntes. Cuando ocurre un derrumbe total o parcial en un edificio es porque el edificio ya ha dado suficientes señales de que lo va a pasar, así que no hay excusas para este tipo de evento", agregó Rizo.

Aunque las primeras fotografías del derrumbe ya son de por sí bastante reveladoras, en la noche del 28 de enero El Estornudo visitó el lugar de la tragedia, justo cuando la comunidad realizaba una vigilia por las víctimas, y pudo hablar con varios vecinos que confirmaron que el balcón de la vivienda ubicada en el número 102 de la calle Vives no estaba apuntalado.

Sergio Gutiérrez, vecino del número 104, una de las personas que ayudó a rescatar los cuerpos de las niñas de debajo de los escombros, contó que desde noviembre del año pasado había comenzado la demolición a mandarriazos de la vivienda ubicada en los altos del número 102, colindante con la suya, y que el balcón nunca se apuntaló. Lo que restó de balcón, por el doblar de la calle, se apuntaló tras el derrumbe del 27 de enero. Sobre las señalizaciones también le pregunté a Gutiérrez, y su respuesta fue que no recordaba que se hubieran colocado cintas amarillas durante ni después de las acciones de demolición.

María Karla Fuentes (11 años), Rocío García (10 años) y Lisnavy Valdés (11 años) no perdieron la vida en un accidente. Los responsables del derrumbe del 27 de enero, al igual que ellas, tienen nombres y apellidos. Lo único fortuito en este caso fue que María Karla, Rocío y Lisnavy estuvieran paradas debajo del balcón en el instante exacto en que se desplomó, no que el balcón se desplomara en una zona residencial bastante transitada y próxima a la escuela primaria donde las tres niñas estudiaban.

Decir que sus muertes fueron un accidente es decir que el único responsable fue el azar y que ninguna de las instituciones estatales que debieron estar implicadas en el proceso de ese inmueble de la calle Vives –como la Dirección Municipal de Planificación Física, la Dirección Municipal de la Vivienda o la empresa contratada para demoler, que usualmente es Secons– tuvieron responsabilidad en sus muertes.

Culpar al azar implicaría reconocer que las personas encargadas de la demolición de ese inmueble hicieron correctamente su trabajo y que deberían continuar haciéndolo como lo han venido haciendo hasta ahora. Si nadie cometió ningún error, si no hubo negligencia, no hay nada que cambiar.

Hacer justicia pasa por determinar responsables. Mientras tragedias de este tipo se consideren accidentes, historias similares van a repetirse una y otra vez, hasta que no quede en la ciudad un edificio en mal estado en pie. No son más cintas amarillas lo que necesita La Habana.

Si en La Habana se pretendiera colocar cintas amarillas en cada sitio donde existe peligro de derrumbe, necesitaríamos miles de kilómetros de cintas amarillas y las familias vivirían sorteando cintas amarillas en el baño o la cocina, pues hay quienes comen, duermen y ven televisión en viviendas que están en peligro de derrumbe.

Si algo necesita La Habana, y el país todo, son viviendas dignas, y justicia.

Mónica Baró
El Estornudo, 10 de febrero de 2020.
Foto: Altar por las tres niñas fallecidas. Tomada de El Estornudo.

lunes, 2 de marzo de 2020

A un año del tornado en La Habana



Pasadas las dos de la tarde, en la polvorienta Calle Quiroga esquina a la Calzada de Diez de Octubre, al sur de La Habana, se escucha el pitido de una olla eléctrica. Enrique, 65 años, jubilado, se levanta del quicio donde está sentado a sazonar los frijoles negros. Sube por una escalera de concreto y llega hasta un pequeño apartamento pintado de azul y blanco, ubicado a un costado de la Iglesia de Jesús del Monte. Abre con dificultad la puerta que “el albañil tuvo que hacer magia para encuadrarla pues es de latón y venía con defectos de fábrica, como las ventanas”.

En el apartamento donde vive Enrique con su esposa y dos nietos se nota la chapucería. El repello de las paredes es desigual. El piso de losa presenta desnivel y el techo filtraciones. Aún así, Enrique considera que su vida ha dado un salto cualitativo. “Es verdad que la cacareada cultura del detalle que pregona el presidente Miguel Díaz-Canel no se cumple en la construcción de viviendas. Las casas y edificios que se construyen en Cuba tienen un montón de defectos, o como la mía, te la entregan a medio hacer. Yo tuve que terminar de azulejear la cocina y el baño. Pero el cambio ha sido tremendo. Viví toda mi vida en una casa de madera construida en el siglo XIX. Las tablas estaban renegridas y podridas. Ahora vivo mil veces mejor. Es verdad que este gobierno hace cosas mal hechas o a medias y hace promesas que nunca cumple. Pero con los afectados del tornado se pusieron las pilas”, afirma.

En menos de un año, brigadas estatales y de cooperativas constructoras levantaron y repararon cientos de edificaciones devastadas por el tornado que azotó La Habana en la noche del 27 de enero de 2019 y que en solo 16 minutos mató a cuatro personas, hirió 195, arrasó más de 1,600 árboles y 7,761 viviendas, de las cuales 761 se derrumbaron total o parcialmente. Los municipios por donde pasó el fuerte tornado fueron Diez de Octubre, Guanabacoa, Regla, San Miguel del Padrón y Habana del Este.

El Estado vendió a mitad de precio materiales de la construcción, herrajes de plomería y tanques plásticos para almacenar agua. Enrique opina que la atención médica y la alimentación que por esos días les dieron a los afectados fue bastante buena. "Claro, las familias que tenían más poder adquisitivo resolvieron los problemas más rápido. A los pobres, como siempre, todo se les pone gente más difícil”, dice, antes de alertarme que no me apoye en la pared, “porque la casa está pintada con lechada y se te queda pegada en la ropa”.

Si usted camina por la Calle Quiroga hasta Reyes, en la barriada de Luyanó, notará que el polvo irrumpe en la zona. “Cuando hay viento es peor. Se forma una polvareda que pa’qué. Ya los vecinos hemos hablado con el delegado del Poder Popular para que una pipa de agua limpie las calles. Es que mucha gente todavía está construyendo y guardan la arena, cemento y recebo a la intemperie”, explica Mirta, ama de casa, que tiene a su vivienda solo con el repello.

Ella cree que para el verano, “si Dios quiere, pueda terminar mi casita. Pero la cosa se ha puesto mala. Ya el gobierno no tiene el embullo de hace un año. Ya por aquí no vienen los pejes gordos a ver cómo marchan las obras. Se ha perdido el interés. Muchas brigadas de constructores no vienen a trabajar pues el transporte ha empeorado por falta de combustible. La ‘situación coyuntural’ está dificultando que podamos terminar nuestras casas", aclara Mirta.

La percepción que tiene la mayoría de los afectados por el tornado, es que al principio, las autoridades se esforzaron seriamente para dar respuesta a las múltiples situaciones ocasionadas por el tornado. Odette, dueña de una dulcería particular, piensa que se pudieron hacer mejor las cosas. “A pesar del burocratismo existente en casi todas instituciones, las ayudas, reparaciones o construcciones de viviendas funcionó ágilmente, sobre todo en los primeros seis meses. Después no fue lo mismo. Aún hay personas de bajos recursos que no han podido regresar a sus hogares".

Ovidio, delegado del Poder Popular en el Consejo Jesús del Monte, asegura que más del 90 por ciento de los afectados terminaron de reparar su casa o están construyéndola. “Solo tres o cuatro casos no se han resuelto y se ha demorado el papeleo para que el Estado subvencione sus materiales de la construcción, al no tener dinero para comprarlos. Otros, irresponsables, alegaron que los materiales que les dieron eran insuficientes y lo vendieron en el mercado negro. Ahora culpan al gobierno por no poder reparar sus casas. Pero fue culpa de ellos”.

Los vecinos de Luyanó no olvidan la ayuda entre los propios vecinos, de la iglesia y de numerosos ciudadanos que les llevaron ropa, alimentos, artículos de aseo, medicamentos, dinero... “Me quedo con eso. Se vivió una cooperación entre cubanos que hacía tiempo no se veía. Vinieron artistas, músicos y deportistas famosos cargados de cosas. Compatriotas de Miami que entregaban personalmente a cada familia cientos de dólares. Los dueños de negocios privados preparábamos comida y la repartíamos gratuitamente. Los dulces que confeccionaba se los regalaba a niños y ancianos. Es duro perder el techo, no tener un centavo y que nadie te tienda la mano. Lo mejor que dejó el tornado fue la solidaridad entre los cubanos”, recuerda Odette.

Un párroco de la Iglesia de Jesús del Monte coincide en que fue "una auténtica movilización espontánea de personas que llegaron a los lugares afectados para ayudar al prójimo. La iglesia católica también aportó su granito de arena. Dio comida a los más necesitados y medicinas que estaban en falta a enfermos que las necesitaban”.

Curiosamente, la Iglesia no ha recibido ningún mantenimiento. Ni siquiera una mano de pintura. Sigue sin la cruz. ¿Y no había aparecido la cruz como en aquellos días se dijo?, le pregunto. “No, fue una falsa alarma. No se sabe dónde fue a parar”, responde. El jubilado Enrique escucha la conversación. Él piensa que la fundieron y vendieron como chatarra. "Era de bronce y pesaba unos cuantos kilogramos. Seguro necesitaban el dinero".

El cura sonríe. Mueve la cabeza de un lado a otro. “Ya pondremos otra cruz, un nuevo campanario y pintaremos la iglesia. Lo primero era ayudar a los más afectados. Y en todo momento Dios estuvo con ellos”.

Enrique mira en la distancia y asienta con su cabeza. Mientras, desde la explanada de la Loma de Jesús del Monte, dos alumnas de secundaria observan la espectacular vista de La Habana que desde allí se divisa. Cerca, al costado de la parroquia, varios niños juegan fútbol y dos jóvenes se conectan a internet a través de sus teléfonos móviles.

Iván García

Foto: En muchas casas de Luyanó todavía está crudo el repello. Tomada de Los vecinos de Luyanó siguen tragando polvo.

Nota.- El lunes 27 de enero medios nacionales y extranjeros recordaban el primer año del paso de un devastador tornado por La Habana. En horas de la tarde de ese mismo día, el derrumbe de un balcón en la barriada habanera de Jesús María provocaba la muerte de tres niñas cubanas. Al día siguiente, 28 de enero, un sismo de 7,7 grados se sentía al sureste de Cuba y en otras islas del Caribe.

lunes, 24 de febrero de 2020

El comunismo es algo extravagante en Cuba


La ideología comunista no está de moda en Cuba. Incluso, muchos de los que públicamente apoyan al régimen instaurado por Fidel Castro, no se consideran marxistas.

Renán, 42 años, quien conduce un taxi climatizado durante doce horas en zonas turísticas de La Habana, cuenta que en su empresa estatal le propusieron ingresar al Partido Comunista de Cuba (PCC). “El jefe de núcleo en la base, desde hace tiempo, intenta convencerme para que ingrese al partido. Una tarde se me acercó a meterme una muela política y me propuso ser miembro. Yo le dije que ya era suficiente manejar doce o trece horas el taxi y estar buscando comida para mantener a mi familia. No quería más responsabilidades. Pero el hombre es duro de pelar y seguía con su propuesta. Entonces le conté que pensaba marcharme del país, para que me dejara tranquilo. A estas alturas del juego casi nadie quiere afiliarse al partido”.

Nayda, 16 años, estudiante de onceno grado, por sus excelentes notas académicas y buen comportamiento escolar fue propuesta para ingresar a la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC). “Primero habló conmigo una funcionaria de la juventud del municipio Diez de Octubre que me dijo que era un honor pertenecer a la organización. Me intentó convencer para que cuando terminara el preuniversitario ingresara en un una carrera militar. Me dijo que tendría todas las condiciones materiales garantizadas y que en esa academia la alimentación era de primera clase. Le dije que no me interesaba ninguna de las dos cosas”, comenta Nayda.

Eberto, 53 años, jefe de almacén en un centro nocturno, explica que en su empresa “prácticamente montaron una operación de cacería para que yo ingresara al partido. Cualquier evasiva que le daba, que era religioso, masón o no me interesaba el marxismo, me respondían que ahora al partido podía ingresar cualquiera. Lo único que se pide es fidelidad a la revolución y a Fidel. Yo les dije que era revolucionario y fidelista, pero no tenía interés en afiliarme a ninguna organización y mucho menos pasar un curso en una escuela del PCC, que era lo que querían en mi empresa. No soy bobo, donde está el billete es en el centro donde trabajo. No comiendo catibía en una escuela partidista”.

Norge, ex oficial del DTI que laboró en la refinería Ñico López, al este de La Habana, cuenta que no le quedó más opción y aceptó el carnet del partido, porque era instructor de delitos económicos. "Como ya me retiré quiero pedir la baja. Tengo a mis hijos en Estados Unidos y si quiero visitarlos o residir allá va ser difícil que me den visa si digo que soy militante del partido”.

Un funcionario que fue miembro del PCC en el municipio Cerro, ya jubilado, afirma que "desde que desapareció el antiguo campo socialista ha disminuido la membresía, tanto en el partido como en la juventud comunista. En las décadas de 1970 y 1980 era un orgullo pertenecer al PCC y la UJC. Se aceptaban a los mejores. Ahora se aceptan a católicos, babalaos y abakuás, algo que contradice las teorías marxistas. Hace 30 años había un millón de militantes en el PCC y una cifra similar en la UJC. En estos momentos la cantidad de miembros ha caído a la mitad”.

En la enciclopedia digital EcuRed, autorizada por el régimen, se destaca que en la actualidad la membresía de la UJC es de medio millón de personas. En el acápite correspondiente al PCC ni siquiera mencionan una cifra actualizada de afiliados. Wikipedia sí ofrece un dato: 670 mil miembros en el PCC. Pero la estadística es de hace tres años.

Según el ex funcionario del partido municipal, cada año renuncian al partido cientos de personas. “Las causas son diversas. Muchos intuyen que pertenecer al partido no trae ningún beneficio. Hay gente que se enrola en el partido pensando que el carnet le puede resolver un montón de cosas materiales. Los únicos que obtienen beneficios son los cuadros profesionales que trabajan en los comités municipales y provinciales. Y por supuesto, los que pertenecen al Comité Central, Buró Político, Consejo de Estado y de Ministros, donde reciben cestas de alimentos, dietas en divisas, buenas casas, internet de banda ancha y autos con chofer".

Diario Las Américas le preguntó a 18 personas, en edades comprendidos entre 17 y 70 años, si se consideraban marxistas o creían que el comunismo es la solución a los problemas de Cuba, y los 18 respondieron que no.

Saúl, economista, considera que el comunismo es una utopía inalcanzable. "Fidel Castro intentó probarlo en Cuba. En los años 60, en el poblado pinareño de San Julián, se utilizaron métodos comunistas. Pero no funcionó. Ninguna sociedad en el mundo ha alcanzado el comunismo. Y la sociedad que lo antecede, el socialismo, es como un edificio que nunca acaba de construirse. La única diferencia entre el socialismo y el capitalismo es en la forma de enfocar la economía y la plusvalía. Mientras la economía en el capitalismo desarrollado es liberal y potencia las pequeñas y medianas empresas privadas, en el socialismo la mayor parte de los medios de producción pertenecen al Estado. La plusvalía en el capitalismo la gana el empresario y sirve para perfeccionar sus mercancías, hacer dinero y generar más riqueza. En el socialismo las ganancias de las empresas se las lleva el Estado para mantener al pesado bloque de burócratas que frenan el desarrollo y la productividad dentro de la sociedad”.

Por su parte, el ex funcionario del partido en el municipio Cerro, asegura que debido al envejecimiento poblacional y la emigración, la membresía de las organizaciones comunistas cubanas continuará cayendo en picada. Y subraya: “La provincia con peores índices, donde cada vez es más difícil captar personas para que ingresen a la policía, fuerzas armadas o el partido comunista es La Habana. Un dato: muchos integrantes del Buró Político y el Consejo de Estado, inclusive algunos dirigentes provinciales, no nacieron en la capital”.

Si en Cuba el comunismo es algo extravagante, en La Habana lo que está de moda es el reguetón.

Iván García
Foto: Valla en una carretera cubana. Tomada de la web de Radio y TV Martí.