viernes, 27 de mayo de 2016

Una ciudad a la bartola



Mientras hace la cola para pagar la factura del teléfono, Yordanka, una mulata regordeta que fuma sin cesar, le cuenta a una amiga que su familia hace las necesidades en bolsas de nailon y luego las botan en uncontenedor de basura.

“Mi’ja, el baño hay que descargarlo a cubos y el agua no nos alcanza”. Y sin un ápice de vergüenza abunda en detalles. “Todas las semanas mi marido o yo compramos veinte o treinta bolsas de nailon. Hacemos nuestras necesidades y luego, pum, las tiramos al latón de basura de la esquina. Estábamos pensando comprar un tibor, pues de verdad que es incómodo ensuciar dentro de un nailon: tienes que tener tremenda puntería”, cuenta jovial, como si fuese un chiste en un festival del humor.

Su amiga, lejos de reprocharla, aporta más leña al fuego. “Niña, si yo se lo digo a mis dos hijos varones. Después de las nueve de la noche orinen por el balcón de la casa pa ‘fuera, porque hay que ahorrar agua”.

Y no son historias aisladas. Después que terminan los conciertos bailables organizados por instituciones culturales a golpe de cerveza y reguetón, es habitual observar a mujeres y hombres orinando en cualquier recodo.

“Cuando terminan las pachangas en la Plaza Roja, en el barrio de La Víbora,al día siguiente tengo que limpiar el portal y la escalera. Amanece llena de orine y mierda”, apunta Rafael, quien reside en la planta baja de un edificio de apartamento cercano al lugar.

El café Pain de Paris, situado en la ruidosa Calzada de 10 de Octubre y donde antaño ofertaban dulces y panes franceses, se ha transformado en un bar. La administración habilitó un baño, pero después que se robaran piezas y herrajes, lo cerraron al público. Ahora los parroquianos orinan a un costado del café, en plena vía pública.

“Es que la cerveza da muchas ganas de orinar. Pura, mire para otro lado”, le dice un joven a una señora que camina por la Calzada. Según las normas de las empresas gastronómicas estatales, las cafeterías y bares que expenden cervezas deben tener baños para los clientes. Pero eso es letra muerta.

“Ellos (el gobierno) exigen mucho, pero pagan poco y no nos dan recursos para poder reparar el baño. Si no vendemos cerveza no cumplimos el plan de venta mensual y dejamos de ganar dinero”, confiesa un administrador de una mugrienta pizzería estatal.

Después de que en 2010 el régimen de Raúl Castro ampliara las licencias del trabajo por cuenta propia, varios locales clausurados han sido rescatados como baños públicos regentados por privados. Pero son insuficientes y la higiene es espantosa. Son atendidos por mujeres y hombres jubilados, que reciben lo justo para comprar viandas, carne de cerdo y pan de corteza dura.

“Los cuidadores de baños cobramos un peso por orinar y tres por ensuciar (defecar). Es que luego tenemos que acarrear más cubos de agua para descargar. Nos buscamos de 40 a 60 pesos diarios. Yo pago 100 pesos mensuales de impuestos”, expone Celia, una anciana delgada y encorvada que cuida un baño público en la calle Monte.

En restaurantes y cafeterías de primera, los encargados de cuidar baños tienen aromatizantes y muestras de perfumes. En un pequeña cesta a la entrada, las personas depositan monedas en pesos convertibles.

“He tenido noches de reunir hasta 15 chavitos (alrededor de 17 dólares). Pero tengo que estar alerta, pues los clientes, aunque parezcan educados y decentes, si pueden, cargan con la taza del inodoro y el lavamanos”, acota Elsa, empleada en el Barrio Chino, en el corazón de la capital.

En un retrete plástico de azul desteñido en la Avenida del Puerto, al octogenario Osvaldo le fue bien mientras estuvieron abiertos tres bares aledaños. “Pero con la jodedera de hacer un puerto para ferries y cruceros, quitaron los bares y ya nadie viene a mear aquí. Descargaba con una lata grande vacía de mermelada de guayaba, que tenía amarrada a una soga, la tiraba al mar y con el agua de la bahía mantenía el retrete descargado y limpio. Pero como la cosa se puso mala y tengo artrosis, me fui pa’l carajo”.

Desde el pasado lunes 22 de febrero la autocracia verde olivo de Raúl Castro desplegó un intenso operativo para combatir al mosquito Aedes Aegypti, los salideros de agua y la mugre que invade La Habana.

En San Lázaro y Vista Alegre, detrás de la Iglesia de los Padres Pasionistas, en 10 de Octubre, a las dos horas de haber recogido escombros y desechos sólidos, los vecinos volvieron a llenar de tarecos el solar yermo.

“Es que ya la gente está acostumbrado a vivir rodeada de basura y se pasan por el fondillo las normas de convivencia. Y no les digas nada, porque entonces te quieren comer vivo”, señala Marta, residente del lugar.

Tampoco las instituciones del Estado ayudan. En las avenidas y calles concurridas apenas existen cestos donde echar papeles, cucuruchos de maní vacios o latas vacías de refrescos y cervezas.

El respeto por las normas de urbanidad es algo que los cubanos no se toman muy en serio. En cualquier esquina hay grupos de personas bebiendo como corsarios y los conductores de vehículos en cualquier lugar se detienen y se toman un par de cervezas antes de seguir su camino.

Ciudadanos indolentes rompen teléfonos públicos, rayan los ómnibus o escriben en las paredes citas amorosas de mal gusto. En su estrambótica guerrilla urbana, a su paso, desbaratan objetos situados en parques y calles, incluidos monumentos.

“Quizás sea una manera inconsciente de demostrar su apatía hacia el gobierno. Nunca levantan la voz o convocan una huelga por ganar bajos salarios. Lo suyo es disparar ráfagas de vulgaridades. Donde quiera y contra cualquiera”, alega Carlos, sociólogo. Y La Habana paga las culpas.

Iván García
Foto: Debido a la escasez de baños públicos en La Habana, muchos niños (y no tan niños) se han acostumbrado a orinar en cualquier lugar. Foto de Juan Suárez tomada de Havana Times.

miércoles, 25 de mayo de 2016

La Habana: robos a tutiplén



Una tableta Apple o un teléfono inteligente son la coartada perfecta para un atraco en La Habana. También crecen en la capital los robos en viviendas ocupadas, autos o motos. La solución es convertirlas casas en búnkers. Si a alguien le sobra trabajo en Cuba es a los herreros.

Giselle Carmona, 23 años, iba camino al bar Montejo en la Calzada 10 de Octubre, a tiro de piedra de la iglesia Los Pasionistas, en La Víbora, cuando le arrebataron su teléfono Samsung Galaxy de última generación.

“Eran cerca de las nueve de la noche. Yo iba escuchando música cuando un negro muy alto, con una navaja, me pidió el teléfono. Luego salió corriendo por la calle O’Farrill hacia arriba. Enseguida hice la denuncia en la estación de policía, pero ha pasado un mes y no han atrapado al ratero”, cuenta Giselle.

Luego de hablar mediante IMO con su hermana que reside en Coral Gables en un punto wifi ubicado en el parque Santa Amalia, municipio Arroyo Naranjo, el más violento y con mayor cantidad de sucesos de sangre en La Habana, Yaibel, 32 años, fue interceptado en una calle oscura y le despojaron su teléfono inteligente Huawei y una laptop Hewlett Packard.

“Fue alrededor de las once de la noche, hace dos meses. La policía ni siquiera hizo una foto robot. Me enseñaron un carpeta de fotografías de supuestos delincuentes y me dijeron que si aparecía algo me avisarían. Hasta el sol de hoy. Con el número de IMEI del teléfono lo desactivé en ETECSA, pero me han contado que hay tipos que lo craquean y lo ponen a funcionar”, acota Yaibel.

Un iPhone o un Samsung de altas prestaciones cuesta en el mercado negro entre 500 y 900 pesos convertibles (600 a 1000 dólares). El salario de dos a cuatro años de un profesional.

Un oficial de la policía que opta por el anonimato asegura que el número de asaltos y robos en viviendas ocupadas ha crecido de manera alarmante en La Habana.

“En municipios como Arroyo Naranjo, Diez de Octubre y San Miguel del Padrón,el promedio de arrebatos de dinero, prendas de oro, celulares y robos de autos o sus agregados es de ciento 150 a 200 todos los meses. Los robos en hogares también ha crecido. El 60 o 70% de los casos quedan sin resolverse”, alega el instructor policial.

Las causas por las que no se solucionan van desde exceso de casos que lleva cada investigador, mal trabajo en las pesquisas, hasta déficit de productos químicos para levantar huellas o equipamientos de última tecnología.

“Las técnicas más avanzadas se utilizan para asesinatos o hechos de sangre. Los robos en la vía pública, cuando se reiteran en determinada zona, pasan a ser investigados por el DTI provincial, pues las unidades sectoriales no dan abasto. En algunas avenidas importantes hay cámaras de vigilancia, pero muchas no funcionan y los delincuentes conocen las calles que no tienen vigilancia. La eficiencia y profesionalidad policial solo funciona en la serie televisiva Tras la Huella”, confiesa el instructor.

El aumento de robos en viviendas ha despertado las alarmas de un segmento elevado de ciudadanos. Sobre todo en aquellos que han invertido dinero en reparar sus casas comprando electrodomésticos modernos, ordenadores y televisores LED.

A Yosvani, dueño de una cafetería, dice que a él le robaron en pleno día.“Eran como las diez de la mañana. Vivo solo con mi esposa que está embarazada. Esa mañana ella tenía turno médico. Los ladrones rompieron la puerta de hierro con un gato hidráulico y se llevaron la computadora, dos televisores de pantalla plana, dinero, ropa y joyas”.

Ahora se vio obligado a invertir casi dos mil pesos convertibles en‘bunkerizar’ su casa: colocó cerraduras anti robo, dos verjas de hierro fundido, un portero electrónico con cámara y puso alarmas en todas las ventanas exteriores.

Sergio, residente en el Casino Deportivo, barriada al suroeste de la capital, se dedica a vender en el mercado negro una gama de sistemas de protección anti robos.

“Desde alarmas y artilugios para autos a cámaras y sistemas electrónicos para viviendas. Un portero con timbre y cámara cuesta entre 250 y 300 cuc. Cerraduras electrónicas de alto estándar pueden llegar a mil pesos convertibles. Es una inversión extra, pero es muy jodido que tú te sacrifiques en tener todas las comodidades en tu hogar y de buenas a primera te lo desvalijen”, acota.

Solo en su cuadra, Sergio ha vendido cuatro porteros electrónicos y dos cerraduras electrónicas. Si usted recorre cualquier barrio habanero notará como el 80% de las casas están enrejadas.

Los de bolsillos amplios refuerzan sus propiedades con rejas y cerraduras de mayor calidad. Muchos apartamentos y residencias parecen cárceles con sus balcones y portales tapiados.

Los dueños de automóviles y motos deben tener una protección extra. Garajes que parecen jaulas de hierro con alarmas anti robos. “A mí me han robado dos veces los neumáticos y la reproductora, a pesar de toda la protección”, dice Alejandro, dueño de un Lada 2107 de la era soviética.

Niorvis estaba en una cafetería bebiendo un par de cervezas y al salir le habían llevado los neumáticos traseros de su jeep Willis. “Me lo dejaron calzado con bloques. Hicieron esa pincha (trabajo) en menos de veinte minutos, que fue lo que estuve en la cafetería”.

Con el aumento de turistas, el arrebato de bolsos y cámaras a extranjeros es otra modalidad que crece. “Sobre todo en Centro Habana, Vedado y Habana Vieja, desvalijan la reproductora o la goma de repuesto del auto rentado”,señala un policía.

Los hechos de sangre son relativamente escasos. Riñas con armas blancas y hasta algún muerto se suelen dar en barrios al sur de la capital como Luyanó, Mantilla o La Cuevita.

La Habana está lejos de ser un matadero al estilo de Caracas o Tegucigalpa. La prohibición de tenencia de armas ayuda. Pero si de robar se trata, ande con los ojos muy abiertos.

Un teléfono inteligente, una cámara de video de alta definición o una tableta Apple son una golosina para los rateros.

Iván García
Foto: Tomada de La Habana y la inseguridad ciudadana.

lunes, 23 de mayo de 2016

La vida en Centro Habana



En la Semana Santa de 2016, los miles de turistas que por esos días estuvieron en La Habana, coincidieron con la visita de Barack Obama (domingo 20 al martes 22 de marzo) y el concierto de los Rolling Stones, el viernes 25 de marzo.

Al margen de esos dos acontecimientos, la vida siguió como de costumbre para muchos vecinos de Centro Habana.


















Fotorreportaje de Juan Suárez
Havana Times, 25 de marzo de 2016.
Ver también el fotorreportaje La Cuba que Obama no vio.

viernes, 20 de mayo de 2016

El extravagante mercado inmobiliario cubano



En la Avenida Acosta, entre Heredia y Calzada de Diez de Octubre, Víbora, barrio al sur de La Habana, en doscientos metros se concentran cinco cafeterías, tres pizzerías, tres paladares, dos heladerías y una dulcería.

Todo ese complejo gastronómico es privado. Una de las pizzerías es una cooperativa gastronómica: un ruinoso bar lo arrendaron al Estado y lo transformaron en un establecimiento de calibre.

Dos viejas casas fueron vendidas a emprendedores privados, y después de remodeladas, las convirtieron en restaurantes. Según una de las ex propietarias, por 45 mil dólares traspasó su vivienda.

“Con una parte del dinero mi hija se fue para Ecuador. Con el resto me compré un apartamento de dos cuartos en Vieja Linda, en el reparto Los Pinos -perteneciente al municipio habanero de Arroyo Naranjo- y todavía me quedó una tierrita (dinero) pa’ ir tirando”, cuenta.

Carlos, dueño de la pizzería ubicada en Acosta y Heredia, compró una casa contigua a su negocio y armó una taberna de corte victoriano que abrirá próximamente.

La buena noticia para el conglomerado de negocios gastronómicos es que todos tienen ganancias que fluctúan entre los 25 a 120 dólares diarios. Incluso más los fines de semana.

La mala, es que el precio de venta de una casa, no importa el estado constructivo, se ha disparado notablemente.

“Antes del boom de los negocios particulares, una residencia por esta zona de la Víbora costaba entre 8 y 20 mil dólares. Ahora su precio se ha duplicado, y las casas anteriores a 1959 que se conservan en buen estado, pueden costar hasta 100 mil dólares”, detalla Calixto, quien se dedica a la compra y venta de casas.

Pudiera pensarse que el alto costo inmobiliario es distintivo de esas dos cuadras, donde sin mediar ningún estudio de mercado, los negocios privados marchan viento en popa.

Pero no. A tres kilómetros del ‘dorado gastronómico’, Jorge, 56 años, remoza su apartamento, ubicado en el pasillo interior de una vivienda que estuvo ocupada por familias de bajos ingresos.

El plan de Jorge es sencillo: “Vender el apartamento de dos cuartos en 13 mil dólares y poder marcharme del país. Ya mis dos hijas y mi esposa se fueron. Solo falto yo”.

Cuando en el otoño de 2011 la autocracia verde olivo de Raúl Castro autorizó la compra y venta de casas, el mercado inmobiliario se ha movido de manera irregular, pero siempre al alza.

Un funcionario que prefiere el anonimato aclara que “antes de esa fecha, las compras o ventas de viviendas eran ilegales. Se camuflaban con permutas y traspasos por herencias. Así, por debajo de la mesa se vendían miles de casas. Entonces el precio de un apartamento de tres habitaciones, planta capitalista moderna, no superaba los 20 mil dólares, a no ser que estuviera situado en el Vedado o Miramar. Era raro que una mansión llegará a costar 100 mil dólares”.

Y añade que “en 2012 las ventas fueron pocas, menos de 12 mil en todo el país. Luego crecieron, al igual que los precios. Hay tres tipos de compradores: extranjeros casados con nacionales, cubanos que residen en el exterior y cuentapropistas boyantes que se han comprado casas para convertir en nuevos negocios o residir en ellas”.

Según el burócrata local, los precios exorbitantes dependen de la zona y el estado constructivo. “Una casa en el reparto Cubanacán puede costar más de un millón de dólares. Y una casa en Mantilla no más de 20 mil. Yo creo que los precios en Cuba están acordes a los de otros países. Un piso en Europa o Estados Unidos vale 200 mil dólares y una casa sin grandes pretensiones no baja de 300 mil euros”.

Noris, arquitecta, cree que el mercado inmobiliario cubano anda desquiciado. “En ningún lugar del mundo se venden casas con 60 o más años de explotación y pagando al contado. Los bancos te otorgan créditos. Y cuando usted compra una casa, puede venir hasta con los muebles. En Cuba después de adquirir una vivienda debes gastar varios miles para repararla y adaptarla a tu gusto”.

A pesar de los días lluviosos y el aire frío procedente del malecón, el mercado informal de compra y venta de casas ubicado en el Paseo del Prado, Habana Vieja, siempre está concurrido. Aquí los corredores no tienen oficinas ni visten trajes de quinientos dólares.

Sentados en bancos de mármol, escoltados por leones de bronce, intercambian información con presuntos clientes sobre las viviendas en venta. Anisia y su esposo escuchan atentamente a un señor canoso con voz de barítono que les ofrece una variedad de casas y precios.

“Nosotros queremos comprar un apartamento en el Vedado o Miramar, pero los precios no bajan de 70 mil dólares. Tendremos que seguir reuniendo”, apunta el matrimonio.

En internet se localizan decenas de sitios dedicados a la venta de casas. Quizás el más reputado sea Cuba Home Direct, creada por Milly Díaz, una cubana que aprendió el oficio de agente inmobiliario en Gran Bretaña.

Las casas edificadas antes del 59 cuestan el doble de una vivienda construida por la revolución de Fidel Castro. Dagoberto, corredor de permutas, asegura que “el noventa por ciento de las viviendas construidas después de 1959 son de pésima calidad. No solo por sus defectos constructivos, también porque son barrios donde no existe una infraestructura pública idónea”.

La construcción de viviendas en Cuba es una asignatura pendiente del régimen. Hay un déficit de un millón doscientos mil casas en la Isla.

En 2015 se construyeron 17 mil viviendas por esfuerzos propios. La mayoría de estas construcciones son financiadas por parientes en el extranjero, personas que trabajaron un tiempo fuera de Cuba o dueños deemprendimientos privados exitosos.

Adelfa, lleva siete años intentando terminar su casa. Vive junto a su esposo y tres hijos en una casa con piso de cemento, paredes sin repellar y ventanas de hierro donde los cartones sustituyen a los cristales.

“Ya he gastado 8 mil pesos convertibles (alrededor de 9,500 dólares) y todavía me falta la mitad. Estamos parados por falta de dinero”, expresa.

En las tiendas por moneda dura los materiales de construcción están gravados en un 300%. A pesar de los altos precios de venta, se potencia en La Habana un nicho de mercado que se dedica a comprar casas para instalar negocios, como sucede en el barrio de la Víbora.

Aunque Jorge considera que es más lucrativo vender la casa y marcharse del país. “Mientras más lejos, mejor”.

Iván García

Foto: La Fuente bar, restaurant y pizzería, un negocio familiar situado en la Avenida de Acosta entre 5ta. y 6ta., La Víbora, municipio 10 de Octubre, La Habana.

miércoles, 18 de mayo de 2016

¿Somos felices aquí? (II y final)



En Cuba, muchas personas llevan más de la mitad de su vida en un albergue. O su vida completa, hay gente que ha nacido en un albergue; muchachas que han celebrado sus quince años en un albergue.

En Primera entre 0 y 2, Miramar, siguen las ruinas del edificio Riomar, construido en 1950. En 2013, la colega Irina Pino entrevistó a Elsa Torres Camacho, que aún vive allí. Ríomar contaba con 11 pisos de apartamentos, vestíbulo, carpeta, sala de estar, recibidores, tres salones de fiesta, dos piscinas, seis ascensores y una plaza de parqueo.

A principios de los 60, muchos propietarios de apartamentos en el edificio Riomar abandonaron el país. Los apartamentos fueron ocupados por técnicos cubanos de otras provincias, extranjeros del campo socialista y cubanos repatriados.

En más de veinte años, las familias cubanas que permanecen en las ruinas de Ríomar han escrito cartas a todos los niveles para que los saquen de ahí. “Sólo en una ocasión nos escucharon y repararon una columna del sótano”. El inmueble gradualmente se fue deteriorando “como todo edificio al que no se le da mantenimiento por décadas, y peor aún si es un edificio junto al mar”.

Sin embargo, es imposible ignorar que junto a estas ruinas está el edificio de la corporación estatal CIMEX, que sí parece recibir mantenimiento regularmente. ¿Habiendo tantos albergados en Cuba, qué esperanza queda para los habitantes de Ríomar? ¿Saldrán del edificio hacia nuevas viviendas o serán albergados? ¿Quedará espacio en los albergues?

En 2011, entrevisté a la colega Irina, por el derrumbe de la casa de sus padres. Cuando fue a averiguar por las capacidades en los albergues, le dijeron que no había.





Yoel González Leyva, amigo de nuestro fotógrafo, sufrió un accidente a los 23 años. Perdió un brazo, una pierna y varios de los dedos de las extremidades que conservó. En vez de tenerse lástima, se enorgullece de haber resistido dos infartos y un paro cardiaco a esa edad, contra todo pronóstico.

Yoel vivía en un edificio que se quemó después del accidente. Gracias a las gestiones de su padre, Vivienda les dio la casita donde viven ahora. El principal problema, sin mencionar el estado lamentable, es que los cuartos están arriba. Yoel no puede subir las escaleras, duerme abajo en una colchoneta.

Tiene 41 años y espera tener la casa a su nombre para empezar a repararla. Pero un vistazo basta para percibir que la reparación requiere un dineral: materiales, mano de obra… Recibe una chequera de 158 pesos cubanos mensualmente (menos de 8 dólares).

Está seguro de que contará con un subsidio del Estado. Como 'hobby' de vez en cuando recoge laticas y cosas que puede vender como materia prima. No puede sacar licencia para dedicarse a eso, porque “me quitan la chequera, dicen que no puedo tener dos entradas de dinero”.

No tiene televisor ni refrigerador; su padre debe cocinar diariamente. “En la casa donde veo el televisor, me guardan la jamonada, el picadillo y lo que viene a la carnicería”.

Asiste a la iglesia, donde también recibe alguna ayuda. “Pero somos muchos”. Allí ayuda como puede: da clases a los sordos. Se le han roto varias sillas de ruedas y prótesis. Se mueve a pie casi todo el tiempo.

El problema de la vivienda, si no es el más grave del país, compite por el puesto. Aquellas microbrigadas en las que alguien podía permanecer desde dos años hasta quince (conocí a alguien que estuvo ese tiempo), antes de recibir un apartamento o renunciar, no resolvieron la situación.

No importa cuántos cubanos emigren, el problema de la vivienda sigue. Pero ¿acaso podemos quejarnos? En lo absoluto. Aunque tengamos problemas de vivienda, contamos con muchísimos museos a los que podemos entrar por precios que oscilan entre nada y cinco pesos cubanos. Esto es apenas una prueba del acceso a la cultura que nos garantiza nuestro gobierno.

Hablando de museos: muy pronto tendremos otro, ubicado en 5ta. y 14 en Miramar, en una casa enorme con espacio para albergar al menos tres familias. Antes, allí radicó el Museo del Ministerio del Interior. Ahora, la casa se encuentra en reparación para reabrir como Museo de la Denuncia. No hay peligro de que nos quedemos sin museos. ¿Cómo no vamos a ser felices aquí?

Texto de Yusimí Rodríguez y fotos de Juan Suárez.
Havana Times, 15 de marzo de 2016.

lunes, 16 de mayo de 2016

¿Somos felices aquí? (I)



Una de las esquinas más transitadas de La Habana es la de Tejas, donde se cruzan las avenidas Infanta, Diez de Octubre, Monte y Calzada del Cerro. Resulta difícil pasar por alto, a la izquierda, en dirección a Diez de Octubre, un edificio de la primera mitad del pasado siglo, cuyo deterioro es evidente. Si el exterior da pena, el interior espanta.

Un miembro de la familia del primer piso me dice que el edificio es de 1936. Esta numerosa familia ha vivido aquí por más de treinta años y ha visto su casa deteriorarse lenta e implacablemente. Las paredes llenas de moho y grietas profundas, el techo que suelta pedazos, una parte de la casa apuntalado. Cuando llueve, la casa es un colador.

Han ido a la Oficina de la Vivienda, pero no hay solución para su problema. No culpan al Estado, sino al vecino de los altos. “No arregla la casa, su techo filtra y el agua ha ido echando perder el de nosotros; además, cuando dan martillazos allá arriba, se caen los pedazos de techo aquí”.

Uno de los hombres de la casa afirma que ha hablado con el vecino, “pero él prefiere que esto se derrumbe para que les den algo”. Sin embargo, mi interlocutor afirma con orgullo que esta construcción es fuerte, no será fácil demolerla. “Tiene arreglo y se puede reparar el balcón, pero es muy grande, hace falta una cantidad de dinero”, que no tienen cubanos de a pie como ellos.

“Además, sería una lástima demolerla, es grande, tiene seis cuartos”, aclara. Pero el motivo principal para no demoler este edificio es que Eusebio Leal lo declaró patrimonio. El fotógrafo y yo no podemos evitar preguntarnos: ¿si es patrimonio, por qué no lo repara el Estado?

No llegamos a hablar con la familia de los altos, no hay nadie en el apartamento. Hasta la azotea es imposible subir; la escalera mete miedo, pero cuando bajamos y volvemos a encontrarnos con la familia del primer piso, nos dicen que los de arriba “suben por esas escaleras corriendo”.

Juan, mi colega fotógrafo, hace un comentario demoledor: “El problema es que la gente se acostumbra a vivir así”.

Soy un ejemplo de cómo nos acostumbramos y hasta llegamos a sentirnos felices con nuestra situación, en cuanto encontramos a alguien que vive peor (y siempre aparece). La mía es tan común en Cuba que se torna insignificante: el hacinamiento. Cuatro personas, de tres generaciones diferentes, en un apartamento de dos cuartos.

Santa y su hija Kirenia viven en un cubículo de dos metros cuadrados en un albergue. Ahí debían ubicarse las camas para ellas y la niña de Kirenia (ahora tiene otra hembrita y un bebé). Originalmente carecía de cocina, pero tenía el baño adentro. El hermano de Kirenia hizo la meseta de la cocina y una barbacoa con unos pedazos de pino. Son tablas muy finas; no deben caminar encima de ellas.

Ahí está la única cama que tenían, pero se mojó por las filtraciones y el colchón se echó a perder. Ya Santa no puede dormir arriba porque la humedad le ha hecho daño, hay una grieta en la pared por la que entra el agua cuando llueve. Ahora duerme abajo, sobre una colcha, en el suelo. Pero esta es la parte afortunada en las vidas de Santa y Kirenia. Tiempo atrás, la suegra de Santa mandó a demoler el cuarto de madera que ella había construido en su patio. La demolición se realizó con Kirenia, que tenía 10 años, dentro del cuarto. A partir de entonces vivieron en la calle y sin libreta de abastecimiento, por años.

A otra señora, tras once años albergada, como caso excepcional, por varias enfermedades que padece, le prometieron sacarla para un sitio en mejores condiciones. Nueve meses después, continúa esperando.

El récord, en este albergue, lo tenía Alina: albergada por 21 años. Le ofrecieron casa en diciembre del 2014, pero el espacio era insuficiente para los seis miembros de la familia. En mi última visita al albergue, vi que un pedazo del suelo se está hundiendo.

En 2010 entrevisté por primera vez a Alfredo Núñez Elías, quien estaba viviendo en un edificio que sufrió varios derrumbes parciales. Cuatro años después, volví a entrevistar a Alfredo. Lo habían sacado de aquel edificio para un albergue.

En su condición de impedido físico (una pierna amputada) debía caminar quince metros para ir el baño, y diez metros para usar la olla de presión en la cocina. Llevaba casi tres años allí y esperaba una solución rápida para su caso. Meses después me decía que estaba resignado y dispuesto a esperar. Había gente que llevaba quince y veinte años albergada.








Texto de Yusimí Rodríguez y fotos de Juan Suárez.
Havana Times, 15 de marzo de 2016.

viernes, 13 de mayo de 2016

Por una escuela cubana libre, discurso pronunciado en 1941



El fortalecimiento del sentimiento de nacionalidad ha sido la asignatura histórica de la intelectualidad cubana comprometida con la Patria. La metodología para esa aspiración es la de entender la sociedad como un proyecto educativo soberano con un encargo nacional. El texto a continuación pertenece a la compilación de documentos intitulada Por la Escuela cubana en Cuba Libre. El volumen contiene todas las intervenciones -individuales y colectivas- que tuvieron lugar en ese patriótico evento convocado y liderado en 1941 por un gran cubano: el doctor Emilio Roig de Leuchsenring. Entre los participantes se hallaban los doctores Fernando Ortiz, José Antonio Portuondo y Elías Entralgo. La doctora Sarah Ysalgué de Massip fue miembro de la junta coordinadora de un evento que se llevó a cabo en una época en la cual la sociedad civil cubana dio muestras de conocer el manejo de los instrumentos para la articulación de la constitucionalidad republicana y la vigorización del sentimiento de identidad nacional en el pueblo llano.

Discurso de la doctora Sarah Ysalgué de Massip en el evento “Por la Escuela cubana en Cuba Libre. Trabajos, acuerdos y adhesiones de una campaña cívica y cultural”, celebrado en La Habana en 1941.

Como profesora fundadora de las Escuelas Normales de Cuba, dedicada durante más de veinte y tres años a la tarea de preparar maestros, he creído que es mi deber tomar parte activa en este acto, que es el inicio de una campaña Por la Escuela cubana en Cuba Libre encaminada a fortalecer el sentimiento de nuestra nacionalidad en esta hora crítica del mundo, cuando los estercoleros de la traición y de los intereses creados como hongos monstruosos los Quislingos dispuestos a entregar la patria a cambio de ventajas personales.

Cuba aparece en el escenario de la vida internacional retrasada en tres cuartos de siglo respecto de sus hermanas del Continente. En este período, mientras un grupo heroico de cubanos luchaba por librar a su país de la explotación inicua a que lo tenía sometido la Metrópoli, otros cubanos, ignorantes, se sometían voluntariamente, llenos de terror ante la idea de lo nuevo.

El desenlace del drama en Cuba estaba predeterminado de antemano por factores independientes de la acción de los que en él tomaban parte. La carga de fuerzas históricas acumulada durante lustros, se frustró por la influencia del factor geográfico, decisivo en toda la Historia de Cuba. La República nació debilitada por la intervención de fuerzas nuevas, cuya acción no había sido calculada de antemano y los gérmenes del coloniaje, aterrorizados durante la lucha, resurgieron dispuestos a recobrar el terreno perdido.

Labor sabia habría sido tratar de fortalecer entonces la naciente y endeble nacionalidad; pero la educación, instrumento excepcional para reafirmar la personalidad de los pueblos fue abandonada en gran parte a la incapacidad, o a manos extrañas, indiferentes o enemigas.

El estudio de la Geografía, de la Historia y de la Lengua se ha considerado siempre y en todas partes como el medio más poderoso de fortalecer la nacionalidad. El ejemplo de Alemania duele hoy en la carne viva del mundo. La enseñanza de la Historia exaltó de tal modo el sentimiento nacional de aquel país que hizo en pocos años de una nación-mosaico la orgullosa potencia del Deutschlanduberälles.

Con un suelo pobre y miserable, duro e infecundo hasta la mitad del siglo XIX, por estudio intenso de la Geografía aquel país ha aprendido a utilizar todas sus posibilidades convirtiéndose en una de las primeras potencias económicas del globo. ¿Y qué decir del estudio de la lengua? Los pueblos sojuzgados han conservado siempre en su idioma como la esencia espiritual de la nacionalidad y sobreviven mientras perdura su lengua.

En Cuba colonial, en todas las escuelas tenía que enseñarse la Geografía y la Historia de España, el Catecismo y la Lengua Castellana. En Cuba republicana, durante mucho tiempo sólo se enseñaron la Geografía y la Historia de Cuba en los primeros grados de la escuela primaria, y aunque se instituyó, muy tímidamente por cierto, en las Escuelas Normales, hasta ahora ni un solo adolescente cubano ha recibido un curso completo especial sobre la Geografía de su país.

Y estas enseñanzas, creadas recientemente en la Universidad por un legislador que no debe ser olvidado, no son, sin embargo, obligatorias para los profesionales de la enseñanza, que no sólo han de enseñar ciencias o letras o métodos, sino que han de contribuir a moldear el alma de los adolescentes cubanos, mientras muchos de ellos pueden ignorar completamente nuestra Historia y desconocen los rasgos esenciales de nuestra Geografía.

Estos hechos, terriblemente impresionantes a poco que se reflexione sobre ellos, han creado un complejo de inferioridad nacional traducido en el apoliticismo o el intervencionismo en lo político; por el snobismo en la vida social; y por el sentido de provisionalidad y la corrupción administrativa reflejada en la frase tan usual del “albur de arranque”, es decir, del aprovechamiento antes de la liquidación final. Y en la educación, por idea subconsciente del cubano que quiere prepara a su hijo para que sobreviva al desplome, convirtiéndolo en un extranjero en su propia tierra. Somos libres sólo de nombre; no porque fuerzas externas amenacen nuestra nacionalidad, sino porque faltos de fe, eternos derrotistas, tenemos el espíritu en cadenas.

Pero la patria aún no ha muerto. Está débil, sí, y por eso nos movilizamos. No es esta una campaña chauvinista ni excitadora de odios. Es justo anhelo de vivir, de ser. Nos levantamos para recoger el patrimonio legado por nuestros libertadores y consideramos al maestro cubano como nuevo mambí que ha de forjar el sentimiento de nuestra nacionalidad. Los pueblos, como los niños, necesitan hacer por sí mismos; equivocarse, caer y levantarse de nuevo; sólo la propia experiencia los hace fuertes. Por eso queremos una Escuela cubana en Cuba libre, escuela tan libre como se quiera en la adopción de métodos; polifacética y múltiple por sus enseñanzas; pero rígidamente vigilada para impedir que los niños cubanos, futuros ciudadanos, sean víctimas inocentes del egoísmo de ganapanes; y rígidamente controlada en cuanto a la formación del espíritu nacional…

Publicado en Cuba Posible el 1 de abril de 2016.

Foto: La Dra. Sarah Ysalgué de Massip durante una conferencia trasmitida por la Universidad del Aire de la CMQ (http://www.encaribe.org/es/article/universidad-del-aire/443), programa de la radio cubana en la década 1940-50 en el cual participaron prestigiosos intelectuales de la isla. Tomada de En Caribe.