lunes, 9 de diciembre de 2019

Cuba no está para sacrificios



Hasta el último día de su vida, el 27 de febrero de 2014, el excomandante Huber Matos relataba a quien quisiera escucharlo que el mismísmo Fidel Castro ordenó el asesinato de Camilo Cienfuegos, su lugarteniente más popular en el Ejército Rebelde. Para no perderse detalle, siempre tenía a mano un ejemplar de su libro Cómo llegó la noche, publicado tras pasar veinte años preso por sedición militar. De acuerdo con el texto, poco después de que Cienfuegos y Matos le reclamaran a Fidel el excesivo poder que comenzaban a amasar los comunistas dentro del Gobierno -en particular, por el Che Guevara y Raúl Castro-, el guerrillero moría a los 27 años en un misterioso accidente de avión el 28 de octubre de 1959.

La oposición en Miami desdeñó la versión oficial -que atribuyó la tragedia al mal tiempo- y siempre creyó que la desaparición de Cienfuegos fue una estratagema de Castro para proteger su liderazgo. Eso no impidió que el socialismo cubano agregara a Cienfuegos a su santoral laico y cada 28 de octubre, los escolares de todo el país lancen flores al mar para honrar al primer gran mártir por la causa fidelista.

De acuerdo a las exigencias del protocolo revolucionario, en 2019 el homenaje debía poseer una connotación especial por cumplirse el 60 aniversario de su muerte. Pero en su lugar, un terremoto económico monopolizó la atención de los cubanos.

El vicepresidente de la República, Salvador Valdés, anunciaba el 15 de octubre, que 77 nuevas tiendas estatales distribuidas entre La Habana y capitales de provincia, comenzarían a aceptar dólares estadounidenses con "productos de mayor calidad y a precios competitivos”, que en principio se centrarán en la venta de aires acondicionados, frigoríficos, motos eléctricas y otros equipos de elevado precio.

La fecha elegida para abrir las primeras 13 tiendas (12 en La Habana y una en Santiago de Cuba) fue el 28 de octubre, robándole protagonismo al héroe nacional que tradicionalmente acaparaba esa jornada.

En la práctica, esto supone implantar 'de facto' un sistema comercial paralelo a los dos existentes, en pesos cubanos (cup) y pesos convertibles (cuc). La idea es simple: los cubanos y residentes permanentes podrán solicitar una tarjeta de débito o crédito en cualquier banco local y utilizarla para recibir remesas en diferentes monedas convertibles (dólares, euros, libras esterlinas, francos suizos, etc). También será posible realizar depósitos dentro del territorio nacional, pero los que se hagan empleando dólares sufrirán la penalización del 10 por ciento vigente desde 2004.

Desde el comienzo de su mandato, en abril de 2018, el presidente Miguel Díaz-Canel había dado señales de que quería aplicar una medida de este tipo alegando la “preocupación popular por la fuga de divisas” -en verdad, transversal a una buena parte de la ciudadanía. Pero el verdadero telón de fondo son las crecientes dificultades que enfrenta la economía y los esfuerzos del gobierno por capturar ingresos en dólares.

“El Estado pretende convertirse en la ‘mula’ mayor”, dijo el economista Emilio Morales, director The Havana Consulting Group, un 'think tank' radicado en Miami, utilizando la palabra con la que los cubanos se refieren a los que viajan al extranjero y compran mercancías para luego venderlas en el país. Según el analista, las compras realizadas por estas 'mulas' cubanas ascendieron a 2.300 millones de dólares durante 2018, principalmente en Haití, Panamá, Rusia, México y los Estados Unidos.

Esos miles de comerciantes irregulares abastecen la amplia red informal establecida a lo largo del país, con artículos tan diversos como piezas para autos, juguetes, pinturas de uñas, champús o teléfonos móviles. Ni siquiera la draconiana legislación aduanera ha logrado impedir que sus márgenes de ganancia oscilen entre el 200 y el 300 por ciento, como promedio, por lo que muchos cubanos radicados dentro y fuera de las fronteras de la Isla han convertido la actividad en una ocupación a tiempo completo.

La colaboración médica, el turismo y las remesas constituyen los pilares esenciales de las finanzas cubanas. La Casa Blanca ha manifestado su intención de sabotearlas para “responsabilizar al régimen cubano por la represión del pueblo y por apoyar al régimen de Maduro en Venezuela”, según ratificó el 18 de octubre el portavoz del Departamento de Comercio de Estados Unidos al informar sobre el establecimiento de un nuevo ‘paquete de sanciones’. La presión sobre Cuba va en aumento.

La Habana se vio obligada a revisar -a la baja- las expectativas económicas por su exitoso modelo de colaboración médica internacional. El regreso de casi 9 mil especialistas que participaban en un programa de atención a comunidades vulnerables en Brasil, sumado a la agudización de la crisis en Venezuela, ha mermado considerablemente esa vía de ingresos.

El turismo también ha sufrido desde que el presidente Donald Trump, dio luz verde en mayo a la aplicación del título tres de la controvertida Ley Helms-Burton, que permite a las cortes del país norteamericano aceptar demandas contra compañías de otros países que inviertan en Cuba. Un mes después fueron suspendidas las licencias que amparaban los viajes de cruceros entre La Habana y varias ciudades de la costa estadounidense, así como los cupos para que los estadounidenses visiten el país de forma particular. El efecto inmediato fue la disminución del 15 por ciento en el número de turistas extranjeros proyectados para el año curso y de una caída del 20 por ciento en los ingresos.

El 25 octubre, cuando todavía se organizaba la aplicación de prohibiciones como la que impedirá a Cuba adquirir dispositivos con más de un 10 por ciento de componentes norteamericanos, altos funcionarios estadounidenses adelantaron a El Nuevo Herald de Miami que, desde el 10 de diciembre, las aerolíneas de ese país solo podrán viajar a La Habana, en detrimento de los otros nueve aeropuertos también reciben aeronaves de Estados Unidos. Poco queda del ‘deshielo’ que cinco años atrás impulsó Barack Obama.

“La industria cubana es hoy aproximadamente tres cuartos de lo que fue hace tres décadas. En realidad, 15 de las 22 actividades (listadas por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información) tienen índices inferiores al 50 por ciento y existen 8 actividades que no alcanzan el 10 por ciento del nivel que tuvieron hace 30 años”, expuso en un artículo el economista Pedro Monreal, asesor de la Unesco en París.

Sus palabras resumen la debacle experimentada por el sector manufacturero como resultado de la descapitalización, de las carencias del sistema burocrático local y del embargo mantenido por Washington durante casi sesenta años. Las demandas que promueve la Helms-Burton tienen como objetivo desestimular a potenciales inversores y ahuyentar los que ya se encuentran establecidos en la nación caribeña.

Por si tamaños obstáculos fueran pocos, a comienzos de septiembre, el gobierno de La Habana se vio obligado a decretar una situación de "coyuntura energética", un circunloquio oficial para avisar a la población de que la escasez de combustible iba a generar problemas para mantener el suministro eléctrico y la frecuencia del transporte. “Las fuertes persecuciones de Estados Unidos se han intensificado durante las últimas semanas, dirigidas a impedir que nuestro país adquiera en el exterior el combustible que necesita”, explicó en cadena de radio y televisión el presidente Díaz-Canel.

“Solo las empresas rusas y chinas han continuado operando con normalidad”, detalló al día siguiente un periodista vinculado a la oficina del primer mandatario. Ya desde finales de 2018 se viene alertando sobre la caída en los envíos de combustible desde Venezuela, que pasaron de 105.000 barriles por día (bpd) en la cima de la relación bilateral (en 2013) a poco más de 55.000 bpd al cierre de 2017, explicó el economista y profesor emérito de la Universidad de Pittsburgh, Carmelo Mesa-Lago. Actualmente, los envíos rondarían los 25.000 bpd, menos de la mitad, según cifras extraoficiales.

A finales de septiembre, la crisis energética obligó a las autoridades a suspender clases universitarias, paralizar la práctica totalidad de las actividades económicas (salvo el turismo) y a reducir en más de un 90 por ciento los servicios de transporte entre provincias, dejando al país al borde de la parálisis. Pero la consecuencia más significativa demoró en manifestarse hasta mediados de octubre.

El primer ministro de la Federación Rusa, Dimitri Medvedev, aterrizaba en La Habana en un viaje que acercó a los viejos aliados de la Guerra Fría. A su partida, dejó tras de sí una larga relación de acuerdos que virtualmente elevan las relaciones con Moscú a otro plano. Incluso la restauración del Capitolio Nacional, la nueva sede del Parlamento cubano, seguirá adelante por cuenta de un proyecto de colaboración bilateral.

En días de recapitulación sobre los sucesos ocurridos seis décadas atrás, tales noticias no han pasado inadvertidas. Muchos creen que la historia se repite. Al momento de producirse la muerte de Camilo Cienfuegos, en octubre de 1959, Cuba y Estados Unidos se distanciaban a marchas forzadas, mientras Rusia se perfilaba con fuerza creciente en el horizonte. Hoy, la efigie del joven barbudo con su mítico sombrero alón preside junto al Che la Plaza de la Revolución en La Habana como símbolo perenne de la abnegación y la entrega por la causa. Pero Cuba ya no es la misma. El país no está para sacrificios.

Ignacio Isla
El Confidencial, 4 de noviembre de 2019.
Foto: Imagen de Camilo Cienfuegos en un agromercado de La Habana. Tomada de El Confidencial.

lunes, 2 de diciembre de 2019

Conversando con Abraham Jiménez



Cuba duele. Es una nación atrapada por la inercia, el inmovilismo y la intolerancia de un gobierno que busca preservar el poder ondeando la bandera del antiimperialismo.

Los cubanos de a pie a lo suyo. Sobrevivir del ‘invento’ entre ruinas materiales y espirituales. La nación se hunde. Y no es una metáfora. La economía hace agua. Se han roto los valores ciudadanos. El futuro es una mala palabra. Y está la emigración, que no se detiene.

La Isla rema en marcha atrás. Los números no mienten. La Cuba de la prensa oficial es una entelequia. No existen jineteras que se prostituyen por una visa al Primer Mundo. Ni miles de jóvenes que se refugian en el alcohol y las drogas. Hay muchas historias que los medios estatales prefieren callar.

Fue a finales de los años 80 que varios disidentes comenzaron a relatar el desastre. Estaban lejos del periodismo narrativo. Eran denuncias de personas a las cuales el Estado infringía sus derechos. También reportaban el acoso y las palizas de los grupos de respuesta rápida contra los activistas demócratas.

Entre 1993 y 1999 surgieron agencias de prensa independientes que intentaron hacer un periodismo diferente. Cuba Press, dirigida por el poeta y periodista Raúl Rivero, estuvo a la vanguardia. Pero se seguía abusando del artículo de opinión, obviando otros géneros como el testimonio, la crónica y el reportaje.

Muy pocos reporteros escribían de temas sociales o hacían periodismo de calle. Luis Cino, Jorge Olivera, Tania Quintero y Ariel Tapia, entre otros, relataban la cotidianidad con un lenguaje directo y ameno. Luego Yoani Sánchez, primero con su blog Generación Y y después con 14ymedio, apostó por un periodismo enfocado en la realidad del país.

Claro que la política importa. Pero en la oposición no pocas veces confundían activismo político con periodismo. Y la calidad dejaba bastante que desear. Parafraseando a José Martí, pensaban bien, pero rimaban mal.

Después de 2014, con la revolución de Barack Obama y las ilusiones que despertó entre los cubanos el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, desde la Isla, como flores, comenzaron a brotar medios digitales independientes comprometidos con un periodismo de calidad.

En la acera opositora había quienes los veían como personas huidizas y cobardes, porque no llamaban las cosas por su nombre. Pero el nuevo periodismo independiente cubano cualitativamente es superior.

Elaine Díaz, Mónica Baró, Julio Batista y Juan Orlando Pérez, son algunos de los que escriben textos que es una fiesta leer. Dos sólidos pilares de ese periodismo narrativo son Carlos Manuel Álvarez, radicado en México, reconocido por diversas instituciones como uno de los treinta mejores escritores jóvenes de América Latina, y Abraham Jiménez Enoa (La Habana, 1988), que ha publicado en BBC, Univisión, The New York Times en Español y Gatopardo, entre otros.

Graduado de periodismo en el verano de 2012, en la actualidad Abraham es editor y director de El Estornudo, probablemente el mejor sitio de crónicas periodísticas que ahora mismo se hace en Cuba. Entrevistarlo para Diario Las Américas no fue difícil. Contactamos por WhatsApp y acordamos vernos a las tres de la tarde en un café ubicado en 23 y G, en el corazón del Vedado. Llegó dos minutos tarde a la cita. Me asombró su puntualidad, cosa rara entre los cubanos. Vestido con un pantalón caqui, camisa oscura, una cartera de cuero cruzada hacia un lado del cuerpo, barba cerrada y el rostro lavado y despejado, señal que había dormido la mañana. Pidió un café expreso.

Cuando terminó el preuniversitario, Jiménez no pudo coger la carrera de periodismo. "Tenía que competir con alumnos de la Escuela Vocacional Lenin y no tuve muchas opciones. En aquel tiempo apareció un programa militar llamado Cadetes Insertados que me facilitaba realizar estudios universitarios. Decidí apuntarme. Yo quería ser comentarista deportivo y para ello necesitaba estudiar periodismo".

En Cuba es usual que los niños quieran ser peloteros o futbolistas, pero no narradores deportivos. "Recuerdo que mis abuelos pensaban que estaba loco: me pasaba horas acostado en el sofá de la sala con un muñeco, y en vez de jugar a los pistoleros o montar carriola, inventaba juegos de fútbol o pelota y los iba narrando. Pero durante los estudios me di cuenta que no tenía buena dicción y no se me daban bien las cámaras. Entonces comencé a leer los clásicos del periodismo, Truman Capote, Gay Talese, Kapuscinski, Rodolfo Walsh, y me enfoqué en escribir”.

En una crónica publicada en septiembre de 2018 en Gatopardo, Abraham describe el día que se desencantó por completo de la revolución. “Me tomó mucho tiempo percatarme de que la revolución cubana, como concepto, ya no existe; es pasado, se esfumó. Salir del pozo de adoctrinamiento en que uno nace sumido en este país y percibir que todo lo que te han vendido y has comprado, que todo por lo que de alguna manera y en algún momento de tu vida peleaste ya no está, es un ejercicio de conciencia más que de ruptura. Implica identificar algo que siempre tuvo un rostro del que nunca sospechaste por estar hipnotizado y enclaustrado”.

Su manera de pensar tuvo un costo familiar, político y social. Se distanció de su padre, oficial del Ministerio del Interior al igual que su hermana. “Después que terminé el periodismo, pasé el servicio social en un dependencia de prensa del Ministerio del Interior. Lo mejor era que tenía internet. Un amigo me puso en contacto con la editora de On Cuba, un medio que en 2012 no estaba acreditado por el gobierno cubano, y acordamos que comenzaría a escribir en la sección de deportes. Allí estuve hasta 2015. Al año siguiente fundé El Estornudo. Eso empezó a molestar a las autoridades. Aún no había terminado el servicio social cuando me mandaron para mi casa, acusado de 'contrarrevolucionario' y un montón de descalificaciones más. También me prohibieron viajar al extranjero hasta julio de 2021”.

Abraham ha sufrido el racismo en carne propia. “Tengo para contar miles de anécdotas de corte racista. Hace un año, en Gatopardo escribí Desde el Malecón: lista negra donde cuento varias esas anécdotas. El racismo en Cuba está en cualquier lado. Lo he vivido en el ICRT, con el portero de un restaurante o un patrullero policial. Algunos se asombran que un negro dirija una revista digital de periodismo narrativo. Cuando te ven, tú les nota la cara de asombro. Es algo que nunca se ha superado”.

Periodistas independientes, abiertamente anticastristas, consideran light a esta nueva hornada de periodistas y los acusan de desviar la atención de los auténticos problemas del país. Algunos afirman que forman parte de una cortina de humo lanzada por los servicios especiales para acallar a los comunicadores que sufren constantes detenciones y sus medios de trabajo son decomisados. Otros alegan que no denuncian el incesante acoso sufrido por los reporteros independientes y que intentan ningunear a los fundadores de la prensa independiente en Cuba.

No lo creo. Con el paso del tiempo, periodistas alternativos como Carlos Manuel Álvarez se han ido radicalizando. Y El Estornudo, la revista digital que dirige Abraham Jiménez y que apuesta por un periodismo objetivo, figura entre los 19 medios independientes que el pasado 7 de octubre publicaron una Declaración Conjunta para exigirle al régimen cubano más protección y respeto a la prensa.

“En El Estornudo trabajamos ocho personas, unas dentro y otras fuera de Cuba. Y no existe ningún tipo de censura, excepto la que imponga la cordura. Mi impresión es que los nuevos medios que han nacido a partir de 2014 lo tienen claro: no confunden el activismo político con el periodismo. Aunque no se puede generalizar, el periodismo independiente anterior a 2014, era marcadamente opositor. Y tú, para hacer periodismo, tienes que ceñirte a los hechos. Hicimos El Estornudo como un medio de contar buenas historias. Ni quitamos ni ponemos. Las cosas se describen tal como las ve el reportero. Mi trabajo es contar lo que pasa. No marchar con un cartel por la calle”, explica este habanero que puede estar hablando horas sobre periodismo, literatura y deportes.

En su perfil de El Estornudo, Abraham confiesa que el fútbol le produce más orgasmos que las mujeres. Quizás exagera un poco.

Iván García
Foto: Abraham Jiménez, cortesía del entrevistado.
Ver también: Trabajos de Abraham Jiménez publicados en El Estornudo.

lunes, 25 de noviembre de 2019

En Texas, Ana Francy espera que EEUU le conceda asilo político



Cuando usted le pregunta a Ana Francy Pita Domínguez, 27 años, una habanera que espera con incertidumbre en San Antonio, Texas, que el próximo 29 de noviembre la Corte se pronuncie sobre su petición de asilo, cuál es su opinión del régimen cubano, la joven responde de manera concisa: “Es una dictadura. Uno conoce mejor el absurdo que vivimos en Cuba cuando tenemos la experiencia de residir en una sociedad abierta y democrática”, expresa a través de WhatsApp.

La emigración en Cuba es un grifo que nunca se ha cerrado. Desde que Fidel Castro llegó al poder a punta de carabina en enero de 1959, casi tres millones de compatriotas se han marchado de su patria. Han dejado atrás familiares, amigos de la infancia, propiedades, recuerdos y nostalgias.

Es cierto que la primera oleada migratoria, además de abiertamente anticastrista, era más politizada. El resto, ya sea por el éxodo del Mariel, la Base de Guantánamo o el goteo imparable que continuó huyendo de Cuba a partir de 2013, cuando la autocracia verde olivo flexibilizó los trámites migratorios, no se puede encuadrar como emigrantes económicos. Es una vieja treta del régimen para lavar la vergüenza de miles de jóvenes y profesionales que escapan del manicomio ideológico recorriendo un auténtico maratón terrestre por varios países de Sudamérica y Centroamérica o tirándose al mar en cualquier cosa que flote.

Para solicitar refugio humanitario o político en Estados Unidos no siempre hay que ser un disidente, periodista independiente o activista de derechos humanos. La nueva generación de cubanos ha sido víctima de un bombardeo indiscriminado de propaganda política en una nación donde el Estado vela por lo que ven y leen los ciudadanos. Y hasta por lo que piensan.

Después de casi 25 años ejerciendo como periodista libre, he tenido la posibilidad de conversar con empleados del turismo que le roban al gobierno, profesionales descontentos, emprendedores privados frustrados y también con jóvenes de barrios marginales que viven de vender drogas, el juego prohibido o la prostitución.

Ninguno me habló con simpatía del gobierno. Todos están insatisfechos por las penurias económicas que sufren. Desde luego, la mayoría teme enrolarse en un grupo de la disidencia. Tampoco la oposición cubana ha sabido aprovechar la formidable materia prima que le rodea. Ocho de cada diez cubanos, cuando usted en confianza conversa con ellas, le confiesan que están en contra del régimen.

He conocido numerosas personas que me han aportado información de primera mano en un bar, un taxi colectivo o simplemente se han puesto en contacto conmigo por teléfono. Ana Francy fue de esas personas.

Cuando la conocí tenía 17 años, unos grandes ojos que miraban con asombro y era muy delgada. Yo estaba con un amigo en una pizzería particular en La Víbora. La chica, tímida y en voz baja, me dijo que quería hablar conmigo. Alguien le había dicho que yo ‘era de los derechos humanos’, como le dicen en Cuba a quienes abiertamente disienten del régimen.

Había concluido sus estudios de técnico medio y no tenía trabajo. Su padre, médico de profesión, había estado en una misión en Timor Oriental y la autocracia nunca le pagó los 50 pesos convertibles que le prometieron dar de por vida. Vivía con su abuela y necesitaba trabajar. Estaba haciendo los trámites para sacar la licencia de trabajadora por cuenta propia como manicure.

Recuerdo que me confesó: “No soporto este sistema. Mira mi familia, honesta y trabajadora, nunca sale adelante. Quiero reparar mi casa y no tengo dinero. Quiero desayunar, almorzar y comer. No hacer una sola comida al día. Quiero que mi abuelita tenga una vejez feliz. Este gobierno no me da opciones”.

Al final de su conversación me preguntó si podía integrarse en la disidencia. "Hago cualquier cosa. Sé limpiar, mecanografiar, coser, cocinar”. De momento me quedé sin respuesta. Pero después le dije que era muy joven, lo duro que resultaba el acoso de la Seguridad del Estado, las consecuencias que podría tener una decisión de ese tipo y que inclusive podía ir a la cárcel. Ana Francy insistía. Pensaba en su padre, a quien conocía del barrio.

Le prometí, para salir del trance, consultar con algunos colegas de la disidencia. Al cabo de tres años volví a verla. “Nunca me diste respuesta”, me dijo. Entonces le propuse que colaborara conmigo dándome información sobre el trabajo privado y la salud. Tenía parientes y amistades que laboraban en esos sectores.

Me presentó a decenas de personas que me aportaron informaciones valiosas. Ella misma me contó sobre la corrupción de los inspectores que regulan el empleo por cuenta propia y el acoso sexual del jefe del sector de la policía de su zona. A través de Ana Francy conocí a médicos, enfermeros, economistas y emprendedores privados. Al principio nos veíamos en una cafetería frente a su casa. Luego el grupo creció -alrededor de quince personas- y nos reuníamos en su casa. Eran jóvenes que siempre estaban atentos a las noticias que les llevaba en una memoria flash con reportajes sobre Cuba publicado por la prensa independiente y extranjera.

El martes 7 de marzo de 2017, un oficial de la policía le llevó una citación a su casa. Fue la primera vez que la Seguridad del Estado intentó intimidarla.“Fui con mi madre a la unidad. El oficial que me citó era flaco. Sacó su carnet de la Seguridad del Estado. Andaba con un abrigo puesto en medio de un calor tremendo. Era joven, pero parecía viejo. Me citó tres veces. No sé de qué forma consiguió el número de móvil y me llamaba insistentemente”, cuenta y añade:

“Me dijo que se llamaba Alejandro. Quería que yo trabajara para la Seguridad del Estado. Habló mil mierdas de ti. Que tu mamá, Tania Quintero, era una opositora peligrosa. Que tú eras un agente de la CIA preparado para crear redes de influencia y prostitución. La muela más loca que escuché en mi vida”, rememora Ana Francy por WhatsApp.

Desde el primer instante, Ana Francy me contó el asedio de la Seguridad del Estado. Escribí una crónica que Diario Las Américas publicó el 19 de marzo de 2019 con el título Seguridad cubana acosa a corresponsal de Diario Las Américas en la Isla y que en el blog Desde La Habana salió con el título "Hace cinco años estamos investigando a Iván García". Públicamente le dije a la Seguridad que si tenían interés en mí, que me preguntaran directamente, que no molestaran a mis fuentes (además de Ana Francy, citaron a otras personas).

El acoso de los servicios especiales hacia Ana Francy arreció. Constantemente visitaban a sus padres. Tras el fallecimiento de su abuela, Ana Francy y su novio, un cubano radicado en Estados Unidos hace siete años, comprendieron que la única opción viable era emigrar.

El 10 de marzo de 2019, en una mañana nublada que presagiaba un temporal, Ana Francy abordó en La Habana un avión rumbo a México. “La odisea que sufrí no se la deseo ni a mi peor enemigo. Pensaba entrar por Laredo, pero en ese tiempo habían secuestrado un ómnibus de cubanos. Cogí mucho miedo y decidí irme por El Paso. Cuando llegué solo tenía 500 pesos mexicanos. No sabía qué hacer. Cuando fui a la iglesia a que me facilitaran un número para la solicitud de asilo me dieron el 9898. Imagínate, en ese momento iban por el 7000. Con un grupo de cubanos salí a buscar trabajo. Me puse a trabajar en una peluquería. Me pagaban mil quinientos pesos mexicanos. Llegó un momento que por el puente internacional no pasaba nadie. Cinco al día, dos o ninguno. No sabía qué hacer. Estaba trabajando, pero todas las fronteras de México con Estados Unidos son muy peligrosas”, rememora Ana Francy.

Quince días después, con 700 dólares ahorrados, decidió tomar un vuelo barato a Reynosa, en Tamaulipas, al noreste de México. “Reynosa sí da miedo, dicen que es una ciudad tomada por el narco. Todas las noches se escuchaban los tiroteos. Una tarde, cuando fui a cobrar un dinero por la Western Union, en la casa donde estábamos alquilados un grupo de cubanos, la mujer y su esposo que se dedicaban al negocio del secuestro, nos quitaron mil dólares a cada uno, con el pretexto de pagarle a un coyote para entrar a Estados Unidos. Todo era mentira. Decidí esperar mi número de solicitud de asilo. Como tenía personas en Texas que me avalaban, me dejaron pasar hasta el día que fuera a la Corte. Tuve suerte, pues ahora no dejan entrar a nadie. Tienen que esperar en México”.

La aspiración de Ana Francy, como la gran mayoría de los cubanos que emigran, es trabajar, superarse, formar una familia, vivir dignamente y respetar las leyes. “Quiero seguir estudiando, mejorar mi inglés, ser una persona libre que no tenga que preocuparse por lo que va a comer cada día. Y por las noches, antes de acostarme, rezar para que mi madre y mi padre puedan vivir en una Cuba diferente, democrática. Han trabajado toda su vida y no tienen nada”.

El próximo 29 de noviembre una Corte de Texas dictará sentencia. Ana Francy espera.

Iván García
Foto de Ana Francy Pita Domínguez enviada por Whatsapp.

lunes, 18 de noviembre de 2019

El barrio de Luyanó (II y final)


En Luyanó crecí y viví hasta los 20 y tantos años. Es mi barrio. Sus características, sus bondades y sus debilidades tienen que haber dejado su impronta en mi personalidad lo cual no me molesta. Mi barrio no es la Víbora, ni el Vedado, ni tan siquiera Santos Suárez y que su fama no es la mejor, tampoco la tiene Hialeah donde actualmente vivo, y es casi por las mismas razones: son barrios de trabajadores, básicamente manuales.

Luyanó era un barrio duro, no admitía ni lloriqueos ni a gente pusilánime, pero también era divertido, franco y abierto. Es así como como lo veo en la distancia física y temporal. Lo conocí con sus talleres llenos de trabajadores, de allí salían, para poner muebles en las casas de los más ricos y los más pobres, y muebles para niños, cunas y sillitas, para todo el país. Talleres de pailería, mecánica, soldadura y herrería donde se elaboraban cercas y rejas decorativas, donde se confeccionaban las camisas McGregor, famosas en aquellos años, que se compraban en Cuba y se exportaban a Estados Unidos, decenas de trabajadoras ganaban un salario en ese taller.

En el mismo borde de Luyanó, estaba la planta de Swift, que producía embutidos, perros calientes y jamones de alta calidad. De menos trascendencia, pero de mayor interés para la población de menos recursos, La Caridad elaboraba las “fritas” que se vendían por toda La Habana, y Guarina confeccionaba helados y pasteurizaba leche. Los que carecían de recursos para comprarse un refrigerador -o como decíamos un “frigidaire"- adquirían las neveras El Vencedor hechas en Luyanó. Decenas y decenas de mujeres se ganaban el sustento como costureras, laboriosos artesanos confeccionaban los marcos y cuadros kitsch que adornaban las salas de miles de hogares, otros elaboraban toda la parafernalia necesaria para colar el café, equipamiento que se vio disminuido por la llegada de las cafeteras italianas Bialetti.

Estaba la fábrica de cigarros La Corona, que como un subproducto vendía las yaguas, que conformaban las pacas en que habían recibido el tabaco en hoja, a los que construían sus rústicas viviendas en la Loma del Burro (y por ello se conocía como Las Yaguas). En la acera del frente se fabricaban las cafeteras Royal que competían con la Nacional para estar presente en los locales donde se vendían tazas de café a 3 centavos en todo el país. La fábrica de sogas de henequén Carranza; una casa convertida en taller para el procesamiento y curtido de pieles de cocodrilo, que despedía un fuerte olor a tanino; la planta de descascarar los arroces que se importaban; el alambique de licores de aromáticos olores; el taller de envasado de especies con sus olores que te embargaban. Todo un emporio vibrante y pleno, que quizá solo queda en mis recuerdos.

En la rama del transporte, dos empresas vienen a mi memoria, una dedicada a mover mercancías por todo el país y que con decenas de “rastras”, algunas refrigeradas, llevaban en letras rojas y enormes el nombre de Amaro, ocupaba media manzana en la calle Enna. La otra, muy peculiar, era un establo en la calle Ensenada, donde las mulas pasaban la noche, reponiéndose del agotamiento del día y se resguardaban y reparaban los altos carretones que durante el día los “gallegos”, llevando las largas riendas, subidos a los altos pescantes y protegidos del sol por una negra y grande sombrilla, que en la extracción de mercancías del puerto hacia los almacenes en toda La Habana, competían con los camiones Mack, que en lugar de la barra de trasmisión para el movimiento de las ruedas traseras, utilizaban una cadena de grandes y gruesos eslabones.

Todo lo anterior hacía a Luyanó distinto a los demás barrios habaneros, en nada se parecía a los próximos Santos Suarez o la Víbora por poner solo esos dos ejemplos, más residenciales y con una población más cercana a la clase media, Luyanó era básicamente obrera, quizá eso explique su carácter duro del cual ya hablamos.

Luyanó estaba repleto de comercios de variados, múltiples, tamaños y fines. Panaderías que no solo vendían diversos panes y galletas, sino también los llamados “dulces finos”; bodegas de chinos, gallegos y cubanos, con sus jamones y arenques colgando de la estantería de madera; los sacos de diversos frijoles y arroces de diferentes calidades y precios, el variado laterío de dulces, sardinas, bonito, leche condensada, salchichas, aceite de oliva; los grandes pomos de aceitunas, las mortadellas y jamonadas para ser lasqueadas y venderlas por centavos. Café que se podía comprar en sellados sobres de celofán o molido en la misma bodega y envasado por el bodeguero en cartuchos de gruesa textura para preservar los aromas y que podía venir acompañado de una ñapa (ración de azúcar).

En Navidad, turrones españoles, dátiles e higos secos, sidras y vinos. En un extremo de la bodega había una una barra oscura de madera, sin banquetas. Detrás, un refrigerador de múltiples puertas donde se guardaban los quesos, crema, patagrás o el “suizo”, que era producido en Camagüey, la mantequilla y los litros de leche, los refrescos y cervezas de distintas marcas. En esa barra, a los borrachines se les servían tragos, que podían ir desde una “línea” de ron peleón como el Peralta o el Palmita o un coñac Napoleón. Una cornucopia de productos que por su variedad de precios estaba al alcance de todos.

Habían varias cafeterías, pero la más destacada era la de Maboa, en los límites de Luyanó con Tamarindo y la Calzada de Jesús del Monte, con sus batidos de frutas, los más baratos, 12 centavos un vaso grande y podías rellenarlo. Los mejores que he tomado. También, Dos Hermanos y sus deliciosos frozen de chocolate, la Asunción con sus sándwiches que competían con los afamados del Bar OK en Belacoaín y Zanja. Y la cafetería al costado del cine Atlas, que vendía “discos voladores” de jamón y queso derretido.

Los puestos de frutas, mayoritariamente en manos de chinos, ofrecían todas las viandas y frutas que en aquella época, se producían en el país. Junto a mameyes, mangos, anones, tamarindos, canisteles y guayabas, encontrabas vegetales y verduras que otros chinos producían en las cercanías de la ciudad, aprovechando cualquier arroyuelo que les permitía cultivar lechuga y berro. Los laboriosos chinos también ofrecían helados confeccionados con las frutas que se maduraban pronto y, por si no bastara, vendían mariquitas, chicharrones, boniatos fritos, frituras de bacalao y de maíz y de malanga, dulces o saladas. Un festival de olores y sabores.

Los chinos no solo dominaban el comercio de frutas, hortalizas y viandas, igualmente el del lavado y planchado de ropa, los llamados “trenes de lavado” con su compleja contabilidad que resultaba infalible, con sus caracteres trazados con un palito en sustitución de una pluma y con esa tinta negra china. Lavaban, almidonaban y planchaban, con planchas de carbón, la ropa que se les encomendaban, generalmente sábanas y pantalones y camisas de trabajo, ya que la ropa más delicada se enviaba a las tintorerías, cuyos dueños eran cubanos.

Las carnicerías estaban sin excepción en manos cubanas y en Luyanó sobresalía una llamada Rancho Verde, que no solo era la mayor, sino que además vendía huevos, gallinas y guanajos vivos, que a solicitud del cliente eran sacrificados y desplumados en una máquina especial destinada a ese fin. También vendía carnes de alta calidad, un poco más caras que la del resto de las carnicerías.

Abundaban las farmacias. Si tomábamos la calle Municipio de oeste a este, en sus primeras doce cuadras, nos podíamos encontrar tres de ellas que se turnaban con las del resto de Luyanó, para cubrir las madrugadas, por lo que siempre a pocas cuadras, encontrarías una abierta para alguna urgencia. En las farmacias no solo se despachaban medicinas con o sin receta: el farmacéutico, graduado universitario y generalmente dueño del establecimiento, oía de tu dolencia y te recomendaba algún medicamento. En esas farmacias, que olían a éter, te podían poner una inyección o te curaban una pequeña herida, servicios gratuitos para sus clientes habituales.

Casi en cada cuadra había una quincalla, donde vendían desde telas, botones, zippers, tijeras, hilo de coser y de tejer, libretas, lápices, plumas, tinta de escribir, pilas, linternas, bombillos, cigarros, tabacos, fósforos, fosforeras, juguetes pequeños, utensilios de cocina, perfumes y un larguísimo etcétera.

Igualmente habían muchas barberías, y los sillones de limpiabotas brindaban un necesario servicio al lado o cerca de un estanquillo de venta de periódicos, revistas, "muñequitos" (comics) y medio escondido, alguna revistilla porno. Y estaban las llamadas “caficolas” donde por tres centavos te podías tomar un vaso grande de refresco preparado al momento con agua de Seltz y el sabor que uno escogiese.

En Luyanó existían tres o cuatro ferreterías, la más importante estaba en Fábrica entre Santa Ana y Ssanta Felicia, no era Home Depot, como los grandes almacenes de Miami, pero lo mismo podías comprar un saco de cemento, que una llave de baño, un lavamanos o media libra de clavos de dos pulgadas.

Como ya he mencionado, la composición social de Luyanó era mayoritariamente obrera y predominaban las personas de la raza blanca y aunque las familias negras y mulatas eran minoría, no estaban necesariamente entre las más pobres. El racismo, al menos en mi memoria, no era una traba para que negros y blancos compartiesen. En mi niñez, “la pandilla” a la cual yo pertenecía, jugábamos pelota, a las bolas y empinábamos papalotes. Éramos ocho o nueve, entre ellos dos negros, uno hijo de madre soltera que lavaba y planchaba “pa’la calle” y vivían en el solar más grande de Luyanó, en Compromiso y Fábrica, el otro era el hermano de la muchacha que ayudaba en los quehaceres de mi casa y siempre almorzábamos juntos.

En cuanto al tema político solo recuerdo que existían dos concejales (Neto y Tancredo) y una eterna aspirante por el Partido Auténtico, Juana Martínez, que era todo un personaje: además de ser una “sargento político” de Ramón Grau y San Martín, regentaba un antro donde se jugaba el póquer, bacarat y otros juegos de azar. Le decían la “Casa del Pueblo” y permitida por el Capitán de la Oncena Estación, la que correspondía a Luyanó. En su parte posterior ensayaba la banda de música de la policía local.

El otro centro partidista era un esmirriado local del Partido Socialista Popular (PSP), en la zona de Tamarindo, en la corta calle Maboa, quedaba frente al “tren de bicicletas” de Darío, donde se arreglaban y alquilaban bicicletas, y a una fonda de chinos que vendían un excelente arroz frito por 25 centavos la ración. En esa misma cuadra, mi abuelo, viejo miembro del PSP, tomaba una acera por tribuna y daba conferencias anarquistas y contaba historias fantasiosas, y no le faltaban oyentes embargados por su imaginación y fácil locución, lo trataban respetuosamente, lo cual era muy saludable porque mi abuelo era de armas tomar.

La "bolita" se jugaba en todo el municipio, incluidas las “vidrieras”, donde además de vender cigarros y tabacos, se podía anotar un número a la "bolita" o a los terminales de la lotería. Decenas de “apuntadores” recorrían casas, calles y centros de trabajo para que los esperanzados apostaran unas pocas monedas al número con que habían soñado o relacionados con animales y otros elementos que aparecían en el Chino de la charada. Castillo, uno de los zares del juego de azar, radicaba a escasas cuadras de Luyanó, en la calle Porvenir, en la barriada de Lawton.

Los "apuntadores" eran perseguidos por los policías, no por interés social o legal, sino para cobrarles por la “protección” que les daban. Otra fuente de ingreso de los policías era pedir una caja de cigarros en cada bodega o bar durante su recorrido. Ponían un “real” (diez centavos) sobre el mostrador, esperando que el empleado lo rechazase. Si eso no ocurría, las consecuencias podían ser muy graves para ese dependiente.

Existían dos billares y en ellos no solo se jugaba billar, se vendía mariguana. No era el único lugar de Luyanó donde se podía comprar mariguana. En la esquina de Villanueva y Municipio tenía su centro de operaciones unos hermanos conocidos como Los Villalobos, título de una famosa aventura radial de la época, criminales que inclusive amedrentaban a los policías que se pasaban de la raya que los hermanos habían trazado y a más de uno desarmaron tirando los revólveres a la azotea de un almacén colindante. Fue legendario el caso del policía que trató de amedrentarlos y con una navaja lo cortaron desde la nuca hasta los pies, dejándolo desnudo y ensangrentado, requirió unos cien puntos de sutura. Sin embargo, se decía que eran caballerosos y no permitían que nadie se propasase con las muchachas que pasaban por su zona de operaciones.

También existían personas honorables y destacadas, recuerdo a un negro muy vinculado a la iglesia presbiteriana, Juan Jiménez Pastrana, autor de varios libros, entre ellos el muy reconocido Los chinos en la historia de Cuba 1847-1930. Otra personalidad destacada fue el Dr. Betancourt (he olvidado su nombre), destacado pediatra especializado en enfermedades del pulmón, fue director del Hospital Infantil Antituberculoso, una persona bondadosa capaz de ir a cualquier casa que se le llamase para atender a un niño, cobraba por ese apreciado servicio tres pesos o nada, según como viese la situación económica del hogar visitado.

En mi adolescencia me integré a un grupo de jóvenes amantes del béisbol, de la ópera, la música clásica y la tradicional cubana. Uno de los integrantes tenía una deformidad de nacimiento y poseía una excelente voz de tenor dramático, otro que a veces se nos unía, se caracterizaba por su timidez, gaguera y amaneramiento, llegó a obtener el premio Tito Gobbi en Italia, por su excelente voz de barítono. Los demás no estábamos tan bien dotados para el bel canto, aunque yo, de baja estatura, pretendía emular a Ezio Pinza.

Nos reuníamos a escuchar CMBF y los discos que aportábamos alguno de nosotros. Ahí oí por primera vez la 5ta. Sinfonía de Shostakovich en la interpretación de Leonard Bernstein y la Sinfónica de New York. Por las noches nos encontrábamos en los portales de un bar, ninguno tomábamos, pero discutíamos si la Aida de Jussi Björling era mejor que la de Mario del Monaco, o si el Rigoletto de Leonard Warren y Jan Peerce era insuperable. Y sin mediar la más mínima transición se comenzaba a valorar al equipo del Almendares y sus eternos rivales el Habana.

Normalmente esperábamos a la una de la madrugada a que saliesen los primeros panes de la panadería que quedaba en frente, La llave de oro, que horneaba usando leña. A la flauta de pan que comprábamos por siete centavos le añadíamos una barra de un cuarto de mantequilla. En ocasiones se acercaba Pito, un joven que cuando no estaba sumidos en los vapores de la 'hierba', cantaba excelentemente los boleros de moda.

A veces, a ese grupo también se unían jóvenes con los cuales compartíamos libros. Así conocí a Curzio Malaparte, Giovanni Papini, Kafka, Joyce... En Luyanó no había ninguna librería, ni de uso, la más cercana era La Polilla, en la Calzada de Diez de Ocubre casi esquina a Carmen, en La Víbora. Hasta allá tenía que ir o localizar a algún vendedor por los alrededores del cine Tosca.

Bigote de gato no fue el único personaje del folclor luyanosense. Teníamos también a Moquifín, quien se pasaba meses borracho, pero no era agresivo, no decía malas palabras ni se metía con nadie. Lo más que hacía cuando lo molestaban demasiado era tirarle una trompetilla al agresor y todo terminaba en risas. Se decía que era un especialista de filatelia y cuando estaba sobrio trabajaba en una casa filatélica en la calle Obispo. Pero cuando estaba sobrio era insoportable, daba sermones y repartía Despertad, una publicación de los Testigos de Jehová.

Otros personajes eran La Momia, quien en su trance de la droga ni hablaba ni se movía recostado, estirado e inmóvil, a un poste, y El Patato, con una difícil infancia que él pregonaba a toda voz y era en extremo pendenciero, de pequeña estatura, lo cual llevaba a que lo golpearan a menudo, esas broncas siempre terminaban con la frase “esto no se queda así” y la golpiza se volvía a repetir. El Patato tiene un pequeño monumento en la calle Rosa Enríquez donde cayó acribillado a balazos por la policía el 9 de abril, día de la huelga general fracasada.

Personajes más benignos, pero no menos interesante fueron El Ingeniero, que trabajaba como tal en Belot, pesaba más de 300 libras y como solterón empedernido, un jueves sí y el otro no, iba al barrio de Colón a solucionar sus necesidades sexuales, gustaba de dar complejas conferencias antimperialistas y a veces narraba la historia de cómo los americanos le habían robado su patente para refinar los aceites usados. El Doctor era un negro bajito y delgado que siempre andaba con libros en inglés debajo del brazo, la imagen perfecta del “negrito catedrático” del bufo cubano. En una ocasión se ganó dos mil pesos en la lotería e invitó a dos amigos blancos, a visitar el sur de Estados Unidos, las anécdotas de la tournée de escalofriantes pasaban a hilarantes.

En Hijas de Galicia, muy joven, falleció mi madre. Mi padre murió en su hogar casi cuarenta años después. En mi casa me violó una dama viuda y treintona, enamoré a más de una muchacha y a los 20 años, luego de mi padre firmar la autorización, por primera vez me casé. De ese matrimonio nacieron mis dos primeros hijos.

El barrio de Luyanó está enclavado en mi ser, pero ya nada de lo que resguardo en mi memoria existe. El tornado del mes de enero de 2019 fue poca cosa comparado con el que empezó en otro enero, sesenta años atrás.

Waldo Acebo Meireles
Cubaencuentro, 8 de julio de 2019.
Foto: Luyanó, bodega en la década de 1950. Tomada de Cubaencuentro

lunes, 11 de noviembre de 2019

El barrio de Luyanó (I)



Los orígenes de Luyanó se remontan a mediados de los años 50 del siglo XIX cuando el Capitán General José Gutiérrez de la Concha e Irigoyen (1), de triste recordación, autorizó el reparto (2) de las tierras ejidales, dando lugar al surgimiento de los Repartos de Iglesias, Caballero, Rodríguez, Pérez, Herrera y Ojeda, que conformaron el territorio básico e histórico de Luyanó. Tres poseedores de esas tierras, convertidos en sus propietarios por decisión del Capitán General, perpetuaron sus apellidos en los nombres de tres calles: Rodríguez, Pérez y Herrera, las cuales ya aparecen registradas en el mapa de La Habana de Esteban Pichardo (3), publicado en 1874, cinco años antes de su muerte.

Los límites de ese conjunto de repartos, a los cuales durante un tiempo se les llamó Concha, quedaban al norte y este de un camino vecinal denominado Camino del Alcoy que después se convertiría en Calzada de Concha (4), al sur la Calzada de Luyanó y al oeste la Calzada de Jesús del Monte. El nombre de Luyanó procede del río que originalmente se le conoció con el nombre Uyanó, tal vez de origen indígena (5).

Cómo Uyanó pasó a ser Luyanó, probablemente por algún copista, amanuense o escribano, que le añadió una L a Uyanó. No creo que haya sido por un agrimensor, éstos eran en extremo cuidadosos. Lo mismo pasó con el arroyo Polo que con el correr de los años se convirtió en Arroyo Apolo.

La Calzada de Luyanó era de suma importancia en el siglo XIX ya que se convertía en la continuación de la Calzada de Güines, una de las vías de entrada de los azúcares a La Habana para su exportación. El encuentro entre esas dos calzadas se producía en el puente Alcoy (6), donde existía un portazgo similar al que había entre la Calzada del Bejucal, la de Jesús del Monte y la del Batabanó. En ese portazgo no solo se cobraba por los derechos de entrada -el famoso portazgo- sino que se producía el cambio de las carretas tiradas por bueyes a los carretones tirados por mulas: por razones de seguridad los bueyes no podían entrar a la capital.

Tanto en un portazgo como en el otro, el ir y venir de viajeros, transeúntes, barriles de azúcar y otras mercancías generaba una concentración de animales, carretas y carretones, y personas, entre las cuales los esclavos no eran minoría. Era una zona muy bulliciosa con lugares para comer, tomar un refrigerio o dormir una siesta o pasar una noche. Habían artesanos, carpinteros, herreros, talabarteros, quienes arreglaban cualquier desperfecto en los medios de transporte, herraban caballos y mulos, un sinfín de actividades y de negocios. (7)

Según el mapa de Esteban Pichardo ya mencionado, varias calles de Luyanó antes de los años 70 del siglo XIX, tenían nombres relacionados con el movimiento reformista y su ideología, como Municipio, Justicia, Acierto, Reforma, Fábrica, Compromiso, Fomento (8), Arango (9) y Villanueva (10). De modo que el pensamiento reformista no lo podemos encasillar en los años 20-30 del siglo XIX, porque tuvo una trascendencia más allá de esa etapa como indican el bautismo de esas calles, las cuales han mantenido sus nombres hasta el día de hoy.

Otros nombres hacen referencia a accidentes geográficos: Atarés, Ensenada, Guasabacoa, de evidente ascendencia aborigen. Calles que corren de sur a norte apuntando al lugar que le ha prestado su nombre. Casi la mitad de Luyanó aparece en el mapa señalado con sus calles nombradas y trazadas, pero ello no es indicativo de que ya en esa época estuviesen pobladas.

Para 1929, de acuerdo a un mapa de ese año (11), todas las calles de Luyanó estaban trazadas, pero solo unas pocas estaban recubiertas con adoquines como Reforma, Fábrica, Villanueva, Rosa Enríquez y Municipio, las tres primeras atraviesen el barrio de norte a sur y la última de este a oeste. Sin embargo, curiosamente, casi todas tenían aceras. Para los años 60 del siglo XX se completó la pavimentación y se asfaltaron todas las calles.

En 1878 se crea el Señorío con el título de Conde San Rafael de Luyanó que ocupó Adolfo de Quesada y Arango de Horé (12) hasta su muerte en 1881, heredándolo su viuda y a la muerte de la misma quedó vacío, no era más que un título honorífico sin mayores consecuencias ni ventajas, salvo aquello de lucirlo en los encuentros sociales.

Luyanó se inserta en la historia nacional con dos hechos, el primero ocurrió en 1868 y se le conoce como El Grito de Luyanó, y se produjo el 2 de noviembre de ese año, con el fin de secundar, en el occidente de la Isla, el alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes. Desgraciadamente el intento estuvo mal concebido y peor organizado y fracasó. El segundo hecho fue el combate que se originó el 9 de agosto de 1931 entre las fuerzas policiales de Machado y el Capitán del Ejército Libertador Manuel del Pino y su amigo Felipe Cabezas que se atrincheraron en una fábrica de medias, que existía en Luyanó, donde escondían armas para la lucha contra Machado. El combate duró más de tres horas ocasionándole varias bajas a la policía. Al acabárseles las municiones, los revolucionarios fueron masacrados.

Luyanó recibió y dio cobijo a inmigrantes gallegos tanto en el siglo XIX como en el XX. La presencia gallega en la barriada le va a dar origen a la Casa de Salud La Benéfica que ya aparece en el citado mapa de Pichardo, por lo tanto, resulta anterior a la constitución del Centro Gallego que se produjo en 1879. Posteriormente se fundaría la clínica mutualista Hijas de Galicia (a estas dos clínicas nos referiremos más adelante). Lo mismo ocurrió con El Cerro que acogió a asturianos, quienes fundaron la clínica mutualista de los asturianos La Covadonga. Mi tío-abuelo vivió en El Cerro y fundó una fábrica de fósforos que le daba empleo a vecinos y coterráneos emigrados.

En el territorio de Luyanó se establecieron diversas fábricas, talleres y almacenes, lo que determinó la conformación de la población, mayoritariamente de obreros y empleados, con la presencia minoritaria de miembros de la clase media que podían ser los dueños o encargados de esos negocios, también por los comerciantes que fueron asentando sus negocios en una localidad que resultaba atractiva por el creciente número de residentes que ganaban un jornal o salario.

La planta habitacional de Luyanó era, fundamentalmente de casas de un solo piso (13), de ladrillo, colindantes unas con otras, las casas de dos pisos de inicios del siglo XX tenían en la planta baja un negocio, generalmente una bodega, pocas casas eran de madera y las de techos de tejas se encuentran, salvo excepciones, en la zona inicial de desarrollo de la barriada. Las pocas casas de vecindad, cuarterías o solares fueron construidas como solución para la población de más bajos ingresos. Otra solución fueron los llamados “pasajes” que generalmente, al fondo de casas de mayor prestancia, brindaban una solución más digna y de menos hacinamiento, con baños y cocinas individuales. En los años 50 se construyeron varios edificios de apartamentos, pero ninguno superó las tres plantas y generalmente tenían espacios en la planta baja para establecer diferentes negocios o comercios.

Las características del desarrollo de Luyanó limitaron la presencia de zonas de recreo existiendo solamente dos parques uno, el más concurrido, en la calle Fábrica, por ese nombre se le conoce, con frondosos árboles, asientos de madera y un bello pabellón, hoy desaparecido, que daba a la calle Justicia y sus anchas aceras exteriores e interiores permitían los juegos infantiles. El otro parque bordeaba la Calzada de Concha.

Pero como las calles estaban sin pavimentar, el recurso habitual, salvo que fuesen juego de pelota “al duro”, entonces quedaban los llamados placeres o solares yermos, espacios sin construir. El más utilizado era el “placer de chocolate”, que ocupaba toda una manzana donde solo existía una casa de madera en la esquina de Velázquez y Fábrica, habitada por una familia negra, quizás de ahí el nombre, el único problema era que en los meses de enero a marzo la comparsa El Alacrán ocupaba el lugar para sus ensayos, cercaban casi todo el terreno con paredes de yaguas que evitaban no solo el paso sino la vista de los ensayos, y cobraban a los que quisieran entrar a mirar. Otro placer era donde plantaba su carpa el circo Montalvo, un circo de barrio que daba funcionaba dos semanas o un mes, según el público que tuviesen.

En el placer del “blanquizar”, el más pequeño de todos, a inicios de los 50 se construyó el Centro Deportivo Pepe Barrientos, con canchas de voleibol, básquet, gimnasio de boxeo, fisicoculturismo, con baños y taquillas. Se acabaron los juegos de pelota, pero había otras opciones. Pero quienes quisieran jugar pelota. tenían que moverse fuera de Luyanó, hacia el placer de la calle Reyes o, con otros riesgos, al "arenal”, colindante con Cayo Cruz, área ganada a los mangles y a la zona cenagosa de la Ensenada de Guasabacoa.

En cuanto a atención social, Luyanó tenía una Casa de Socorro en la Calzada de Luyanó y una crèche (guardería) que fue construida a inicios de los años 40, era una bella construcción estilo art deco, y le brindó cierto alivio a las madres trabajadoras de la zona, aún existe en la esquina de Villanueva y Arango. La Casa de Socorro no solo atendía emergencias, también ofrecía consultas médicas, servicio de inyecciones y una farmacia que entregaba medicinas gratuitamente.

El principal centro de salud en Luyanó era La Benéfica, una clínica mutualista del Centro Gallego para varones, que por 2,85 pesos mensuales, cantidad que entonces representaba el 4 por ciento del salario mínimo y brindaba atención médica, diversos especialistas, dentista, medicinas, cirugía, servicio de diagnóstico como análisis, rayos X, etc. Además contaba con un gimnasio y baños turcos. La clínica estaba rodeada de jardines, fuentes y árboles.La cuota mensual daba derecho a la escuela primaria Concepción Arenal, a un balneario en las playas de Marianao y a todas las actividades del Centro Gallego, que incluían una biblioteca, bailes sabatinos y dominicales y excelentes mesas de billar. Hijas de Galicia era para el sexo femenino y brindaba similares servicios, excepto el gimnasio.

Aparte de los centros de salud señalados, existían dos clínicas que trataban dolencias de las mujeres, pero en la práctica era para realizar legrados o abortos, una práctica prohibida aunque admitida por las autoridades. El más económico estaba en la esquina de Pérez y Fábrica y el otro, más elegante y caro, en la Calzada de Luyanó.

Por el número de iglesias, podemos poner en duda la religiosidad de los luyanosenses. Existía una pequeña capilla católica en una escuela de niñas pobres, una pequeña iglesia católica, Nuestra Señora de la Guardia, de planta neogótica, tres protestantes y un templo de los Testigos de Jehová. Iglesias protestantes había una bautista en la Calzada de Luyanó, en un local adaptado, la anglicana o episcopal, establecida en los años 20 con una construcción de estilo ecléctico ubicada en Municipio y Ensenada, constaba de una pequeña escuela primaria, y la Presbiteriana, también establecida en los años 20 en la calle Santa Felicia entre Fábrica y Reforma, con elementos bizantinos y tenía una escuela primaria, considerada la mejor, patrocinaba los Boys Scouts de la barriada.

Además de estas escuelas, existían otras laicas privadas y un kindergarten gratuito sufragado por el Partido Socialista Popular. La Escuela Pública No. 24, en la esquina de Guasabacoa y Herrera, no solo brindaba enseñanza primaria, también clases nocturnas de inglés, mecanografía y secretariado, que eran muy concurridas por quienes buscaban elevar su posición social. Clases similares eran impartidas en centros privados y casas particulares, en algunas de las cuales se ofrecían también clases de piano.

Si por el número de iglesias no podemos determinar la religiosidad, por el número de cines sí podemos afirmar que la población de Luyanó era muy cinéfila. Solamente en la Calzada de Luyanó existían cuatro cines: el Norma construido en los años 20 con un edificio con elementos art nouveau y columnas interiores que bloqueaban la pantalla según donde te sentaras; el Luyanó con un frente parcialmente construido de bloques de cristal y una fachada y techo curvilíneo como un hangar; el Atlas, y el Dora especializado en películas mexicanas, argentinas y españolas. Por la Calzada de Jesús del Monte encontrabas el Moderno y el Florida, que proyectaban películas de estreno, los dos con aire acondicionado. Y en el interior del barrio, se localizaba el Ritz, donde los jueves era el “día de las mujeres” estas solo pagaban cinco centavos para ver dos películas, pero podían ser víctimas de masturbadores y rascabuchadores. Y a pocas cuadras el Fénix, que originalmente se le llamó Ferroviario porque en su planta alta se encontraba el sindicato ferroviario y tenía una característica que lo hacía similar al cine Negrete, en el Paseo del Prado: era largo y carecía de balcony. En el Fénix conocí los film noir del cine estadounidense. Creo que el único cine que existe es el Florida, los demás desaparecieron.

Las comunicaciones en Luyanó eran excelentes, a pesar de las calles sin pavimentar, una estación de ferrocarril estaba a dos cuadras de sus límites, y más de diez “rutas de guaguas” la bordeaban o lo atravesaban de norte a sur y de este a oeste, utilizando las calles pavimentadas. Ello permitía enlazar a Luyanó con el resto de La Habana, El Diezmero, Lawton, Víbora, Puentes Grandes, Vedado, Guanabacoa, San Miguel del Padrón, Jacomino, El Cotorro, entre otras localidades habaneras. También había varias “piqueras de taxis”.

En la música popular, Luyanó es mencionada en algunas guarachas, tenía su representación, la más famosa fue una de la década de 1940 en la cual el puertorriqueño Daniel Santos con la Sonora Matancera cantaba Bigote Gato. En más de un sitio se practicaba la santería, había una fuerte presencia abakuá en el territorio y durante los carnavales por sus calles pasaban congas y comparsas.

Waldo Acebo Meireles
Cubaencuentro, 3 de julio de 2019.
Mapa donde se ven los límites del Luyanó histórico. Tomado de Cubaencuentro.

Notas.-

(1) Gobernador de la Capitanía de Cuba en tres ocasiones 1850-1852; 1854-1859 y 1874-1875, por sus servicios recibió los nombramientos de marqués de La Habana, vizconde de Cuba, grande de España de primera clase.

(2) La palabra “reparto”, en el caso cubano y particularmente habanero, designa un fenómeno económico y social, es el “reparto” en pequeñas parcelas de una finca rústica, con el propósito de urbanizarla. Este término es un cubanismo ya que en España y en la América hispana, a ese mismo fenómeno y sus resultados se le conoce como: colonia, fraccionamiento, urbanización, unidad habitacional, villa, etc., sólo en Nicaragua y El Salvador se utiliza con el mismo significado que en Cuba.

(3) Pichardo y Tapia, Esteban. Plano de la Habana. Ed. José Valdepares 1874.

(4) En los años 50 del siglo XX se intentó rectificar ese nombre llamándosele oficialmente Ramón Pintó en recordación de un anexionista condenado al garrote vil por Concha, en la práctica, como ha ocurrido con decenas de calles habaneras, el pueblo le siguió llamando por su nombre original.

(5) En las Actas Capitulares encontramos que en el cabildo de 21 de agosto de 1551 aparece que el gobernador Pérez de Angulo pide le hagan merced de una caballería de tierra, “en el Ancón de la mar deste puerto”, que queda perfectamente localizada al determinarse que linda esa estancia “con el Uyanó”; ensenada que recibió posteriormente el nombre de Buasabacoa, más tarde a esa ensenada se le llamó Guasabacoa. En un plano de 1750 copiado en 1911 por el agrimensor Arturo Espinosa aún aparece señalado “Río del Uyanó”.

(6) Este Puente tomó su nombre de Federico Roncali (Conde de Alcoy) que precedió a Concha como Capitán General en los años de 1848 a 1850.

(7) Aunque esos portazgos fueron perdiendo su importancia con el desarrollo de los ferrocarriles en los años 50’del siglo XX tanto en La Palma como en la Virgen del Camino se mantenía ese aire de feria, de miles de transeúntes que cruzaban a diario y encontraban un lugar de descanso, para tomar un refrigerio o para cambiar de un medio de transporte a otro.

(8) Por la Junta de Fomento.

(9) Por Francisco María de la Luz de Arango y Parreño.

(10) Por Claudio Martínez de Pinillos y Ceballos II Conde de Villanueva y I Vizconde de Valvanera.

(11) Rojo García, Francisco. Plano General de la Ciudad de La Habana y sus alrededores. Cultural S.A. 1929

(12) Destacado músico criollo que dejó varias obras para piano entre ellas varias contradanzas.

(13) Las necesidades habitacionales no resueltas en los últimos 60 años han generado las construcciones de barbacoas y plantas adicionales, muchas de ellas precarias.

lunes, 4 de noviembre de 2019

La Habana y los huracanes



Cada temporada ciclónica transcurre en La Habana como un juego de la ruleta rusa. Desde el 1 de junio al 30 de noviembre, la aparición de un huracán en el Atlántico, despierta las alarmas en la población.

Muchos cubanos de a pie viven en la zozobra y siguen los partes del tiempo con la misma pasión que una telenovela brasileña o un candente play-off final de la Serie Nacional de Béisbol.

Aunque la autocracia comunista en la Isla ha determinado que el embargo económico, comercial y financiero de Estados Unidos es el culpable de las penurias cotidianas y de las que están por venir, los daños provocados por huracanes, tormentas tropicales, penetraciones del mar y otros fenómenos meteorológicos, suman cientos de millones de dólares en pérdidas materiales cada año.

Lo más afectado es la infraestructura inmobiliaria. Tener en cuenta que el 70 por ciento de las viviendas en Cuba están en regular o mal estado técnico. Entre todas las ciudades cubanas, la que corre más riesgos es La Habana, por su deterioro habitacional y densidad poblacional en municipios como Centro Habana, Habana Vieja, Cerro, Diez de Octubre, Arroyo Naranjo y San Miguel del Padrón.

El pasado 27 de enero, un poderoso tornado, en poco más de 16 minutos recorrió once kilómetros y cinco municipios habaneros, provocando siete fallecidos, 195 heridos y más de 7 mil viviendas dañadas, de las cuales 730 sufrieron derrumbes totales. Casi nueve meses después, cuando usted recorre las zonas afectadas por el tornado, observará edificaciones y casas en los cimientos o que todavía esperan por ser reconstruidas.

La dictadura de los hermanos Castro ha coartado libertades fundamentales y es enemigo de la democracia moderna, pero cuenta con un organizado y eficaz sistema de Defensa Civil, estructurado como un organismo militar.

Luis, ex delegado del Poder Popular en la barriada de La Víbora, dice que en Cuba todo es burocrático e ineficiente, "pero la Defensa Civil hace bien y rápido su trabajo. Cuándo tú comparas la cantidad de muertos en los fenómenos naturales con otras naciones del Caribe, e incluso Estados Unidos, verás que por lo general son mucho menores. Después del ciclón Flora, que en 1963 dejó casi tres mil fallecidos en las regiones orientales, la Defensa Civil ha creado un sistema de aviso preventivo y evacuación de calidad” y añade:

“No contamos con muchos recursos, pero el hecho de vivir en una sociedad diferente, donde la gente acata más las orientaciones de la Defensa Civil que en otros países, provoca que el número de víctimas mortales sea reducido. Salvar vidas es la primera prioridad en la etapa de ciclones. Es cierto que Cuba y sobre todo La Habana, están expuestas a sufrir severos daños. Hay barrios de la capital que un simple aguacero inunda las zonas bajas y provoca destrozos. Por desidia del gobierno y falta de mantenimiento, la ciudad no está preparada para recibir el impacto de un huracán categoría 5 como Dorian. No solo por el aspecto constructivo, las pérdidas materiales también abarcarían a las redes eléctricas, pues al no contar con tendido soterrado, el aéreo es muy vulnerable”.

Nueve meses después que el tornado desplomara el techo de su endeble vivienda, Mercedes, ama de casa, aun no ha terminado de reparar su casa en Jesús del Monte. "De manera bastante chapucera, me pusieron un techo de tejas acanaladas que si este año pasa un ciclón se lo vuelve a llevar. Una brigada de constructores comenzó con tremendo embullo a repellar la casa y levantar el baño, un cuarto y la cocina, pero las obras se pararon por falta de materiales. Solavaya si La Habana tiene que sufrir un ciclón como Dorian. Vi en la televisión las imágenes de Bahamas y ese monstruo arrasó en esas islas”.

Los científicos y meteorólogos no se ponen de acuerdo al señalar cuáles son las causas para que cada año asolen al Caribe y Estados Unidos huracanes cada vez más destructivos, probablemente por los cambios climáticos.

Regis Chapman, jefe de la Oficina para el Caribe del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas, expresó que “Bahamas es un país más desarrollado, con mejores infraestructuras y estándares de construcción que otros del Caribe, y la sede del gobierno sigue intacta en la capital, lo cual facilitará la coordinación de la emergencia. Pero hay que tener en cuenta que el huracán, de categoría 5, estuvo dos días clavado encima de las islas. No hay infraestructuras capaces de soportar un azote así”.

Diego, un cubano residente en la Florida que viajó a La Habana para evadir la furia de los vientos huracanados de Dorian, cuenta que “la FEMA (siglas en inglés de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias) hace un trabajo impecable. A veces hay muertes que se pueden evitar, pero muchas personas no cumplen las orientaciones del gobernador o la FEMA. Se va la luz, como en Cuba, pero la mayoría de las personas tienen plantas en sus casas y nunca demora más de dos o tres días en volver. Todas las viviendas tienen un seguro que te cubre los daños. Además, no falta comida, agua potable, linternas, baterías y otros insumos necesarios en estos casos. Ha habido problemas, pero las instituciones federales funcionan bien cuando hay desastres naturales en Estados Unidos. En Cuba, la Defensa Civil hace una gran labor, el problema viene después que pasa el ciclón: a los cubanos, el Estado no le garantiza con rapidez recuperar sus casas y restablecer los servicios, sin contar la escasez de alimentos”.

En San Cristóbal sigue protegiendo a La Habana, escrito en 2002, la periodista independiente Tania Quintero relataba: "Tres ciclones en menos de un año han afectado a Cuba. Y ninguno ha pasado por la capital. San Cristóbal es el patrono de la ciudad. En la religión yoruba se denomina Aggayú Solá, Según la leyenda cristiana, San Cristóbal era un gigante que ayudaba los hombres a cruzar ríos anchos y turbulentos y en una ocasión ayudó a cruzar al propio niño Jesús. En la santería, Aggayú Solá es Orisha mayor, padre de Shangó y deidad de la tierra seca. No solamente los habaneros creyentes dan gracias a sus santos por la protección que les ha venido dando. También deben estar agrdecidos los gobernantes, sobre todo Fidel Castro: el paso de un huracán fuerza cinco lo pondría en un dilema, pues más de la mitad de las edificaciones de la ruinosa ciudad se vendrían abajo".

Diana, ferviente practicante de la santería, confiesa que ella reza cada vez que informan que un ciclón puede pasar por Cuba, "sobre todo por La Habana, mijo, que si con un aguacero se caen dos o tres edificios, imagínate que sucedería si pasa un ciclón como el que afectó a Bahamas. Tienen que recogernos con palas”. Y se santigua.

Orestes, arquitecto, cree que las regiones del Caribe e incluso en Estados Unidos, en materia constructiva no están lo suficientemente preparados para resistir huracanes con vientos de más de 300 kilómetros por hora.

“En esos lugares, las casas modernas las edifican con materiales ligeros, lo cual permite una construcción acelerada. Son bonitas y funcionales, pero poco eficaces para soportar las rachas de vientos de un ciclón categoría 5. Las que mejores soportan los huracanes son las edificaciones construidas con acero y concreto, siempre y cuando se hagan con calidad. En el caso de La Habana, una combinación de factores permite que quede muy expuesta a los eventos climatológicos, como la falta de mantenimiento y las construcciones de mala calidad que no cumplen los parámetros técnicos dictaminados por instituciones oficiales, para construcciones estatales y particulares”.

El último huracán que cruzó por La Habana fue Irma, en septiembre de 2017. En dos años, el deterioro de la capital ha continuado aumentando. Por eso, como dije al principio, los habaneros perciben cada temporada de huracanes como un juego de la ruleta rusa.

Iván García

lunes, 28 de octubre de 2019

"Estoy en manos de la Seguridad del Estado"



Después del mediodía, los barrios de La Habana entran en un letargo temporal hasta que ceda la canícula. Caminando por la Avenida 19, rumbo a casa de la profesora Omara Ruiz Urquiola, rebelde con causa y disidente por convicción, el despiadado sol de agosto parece que va reventar el asfalto.

La gente se esconde del calor en cualquier portal y los perros callejeros se cobijan bajo los árboles. En un agromercado en la calle 72, un dependiente ronca plácidamente encima de una tarima, en un garaje improvisado dos jóvenes reparan una moto eléctrica, y antes de llegar al domicilio de Omara, se escucha un reguetón que desafina con la abulia vespertina.

La vivienda de Omara, sin grandes pretensiones arquitectónicas, es un chalet de dos pisos construido a finales de la década de 1940, durante la expansión al oeste de la capital de la pujante clase media habanera. No más entrar, ella se excusa: “No mires el reguero, es que estamos intentando arreglar la casa”. Tres sacos de arena reposan en el piso. Por una escalera estrecha se llega a la cocina. En una repisa, un pequeño televisor de pantalla plana trasmite la competencia de clavados en los Juegos Panamericanos de Lima, Perú.

Omara, 46 años, se graduó de Historia del Arte en 1996. El sencillo vestido, con un estampado estilo hindú, y el hecho de estar descalza, le da una apariencia ghandiana. Lleva el pelo recogido, es muy delgada, tiene la frente amplia y es de hablar pausado. Una mujer con un respeto a prueba de bala por los valores cívicos y ciudadanos.

En una semana le han hecho numerosas entrevistas. “Casi una diaria”. Pero el tono de su voz no suena a molestia. Por el muro de la terraza, con una abundante vegetación, un hermoso gato blanco y negro camina en perfecto equilibrio. Luego de encender la grabadora de mi teléfono móvil comenzamos a hablar. “El apellido Urquiola es de origen vasco. En Cuba la mayoría de los Urquiola son oriundos de Pinar del Río, aunque hay también en Holguín”, aclara.

Las discrepancias familiares con la revolución de Fidel Castro llegaron cuando Omara era adolescente. “Mi papá, Máximo Omar Ruiz Matoses, fue detenido por la Seguridad del Estado en 1990. Tenía grado de coronel y era jefe del grupo de desarrollo científico del MININT (Ministerio del Interior). Cumplió 17 años de prisión. En esa fecha yo tenía 17 años. Recuerdo las visitas a la cárcel La Condesa y cómo nuestra familia se convirtió en una suerte de apestada social. Mi hermano Ariel y yo éramos los hijos de un ‘traidor a la patria’”, cuenta Omara y añade:

“Fueron años durísimos. Cuba entraba en pleno Período Especial, que afectó a la gente con apagones, escasez de todo tipo y hambre. Ya mi padre había confrontado a las máximas autoridades del país. Él, como muchos oficiales, conocía de la tenebrosa crisis económica que afectaría al país. Pero los altos cargos acallaron los deseos de cambio en el cuerpo militar con represión, cárcel y una limpieza a fondo en el MININT y las FAR (fuerzas armadas)”.

Ya en aquel tiempo, Omara comenzó a tener demasiadas preguntas sin respuesta sobre el modo de gobernar en Cuba. “Nunca quise ser de la UJC (Unión de Jóvenes Comunistas). Mi desilusión contra el sistema comenzó en la adolescencia. Fue un proceso lento, pausado. Un hecho que me marcó mucho fue la represión sin sentido desatada por la policía después que culminara un recital de Carlos Varela en el campo deportivo Eduardo Saborit. Allí con mis ojos vi la represión. Por gusto, la policía repartió golpes y bastonazos a los jóvenes que acudieron al recital”.

En el verano de 1996 se gradúa en Historia de Arte. Termina su servicio social en 1998 y comienza a dar clases en la Escuela Nacional de Arte. También fue profesora del Instituto Superior de Arte. Los dos trabajos los simultaneó hasta 2009. Llegó a ser jefa de departamento.

En 2005, a Omara le diagnostican un cáncer hereditario avanzado en uno de sus senos. Es precisamente su enfermedad el detonante del calvario, acoso y encarcelamiento que ha sufrido su hermano Ariel Ruiz Urquiola, doctor en Ciencias Biológicas. Repetidas veces, Omara ha tenido problemas con su tratamiento en el Instituto Nacional de Oncología. En ocasiones malos procedimientos de los doctores, negligencias, falta de medicamentos. Esa realidad ha provocado que la profesora denunciara el sistema cubano de Salud Pública.

Señala que “muchos pacientes estuvieron dos meses sin medicamentos. Esas vidas estaban en riesgo. Fue entonces que mi hermano Ariel decidió iniciar una huelga de hambre y sed hasta que no me entregaran los medicamentos”. En la Isla de los hermanos Castro hay tres cosas que el régimen autocrático no perdona: criticar a la revolución y sus gestores, exigir democracia y libertad de expresión, y hacer huelga, de hambre o laboral.

Ariel y Omara cruzaron esa frontera. Desde ese mismo momento comenzaron los operativos de la policía política, la intromisión en su vida privada y las detenciones arbitrarias. Omara está convencida de que detrás de su destitución como profesora del Instituto Superior de Diseño Industrial (ISDI) está la mano de la Seguridad del Estado.

“Varias veces he dicho que no me considero opositora. Aunque tengo amigos disidentes y periodistas independientes, no milito en ninguna organización. Pero cuando en Cuba tú ejerces como ciudadana, todo comienza a convertirse en un problema político. Ya sea exigir tus derechos o darle apoyo a un grupo minoritario”.

El jueves 25 de julio, su jefa la citó para una reunión extraordinaria el lunes 29 de julio. Nadie supo explicarle el motivo de esa reunión, ni siquiera Milvia Pérez, la decana del ISDI. “No sabemos nada de la reunión. Es una indicación de la dirección de la Universidad de La Habana”, le respondió Pérez.

El 29 de julio, a las diez de la mañana, comenzó el proceso para destituir a Omara Ruiz. “Fue un encuentro plagado de mentiras y mediocridades. Era evidente quien estaba detrás de aquella farsa. Técnicamente fui despedida, no expulsada. Se ha manejado el término expulsión, pues está claro que me dieron una patada. Legalmente fui separada de mi puesto de trabajo, porque, según ellos, no cumplí con los parámetros administrativos para seguir en el centro”, explica Omara y subraya: “Daré pelea legal, pero no voy a consumir mi existencia en ese proceso. Se sabe que en Cuba las instituciones jurídicas están secuestradas por la Seguridad del Estado”.

El acoso contra Omara no se detiene. Quieren invisibilizarla como profesional. Anularla como ciudadana. "Hace unos días, me comunicaron que he sido vetada para participar en el encuentro sobre el Centenario de la Bauhaus, que organiza el Palacio del Segundo Cabo y el Centro para las Interpretaciones de la Relaciones Culturales Cuba-Europa. Yo iba a ser panelista. Ese evento es auspiciado por la Embajada de Alemania y la Oficina del Historiador de la Ciudad y es esta Oficina la que veta mi participación. ¿Hay o no hay campaña en mi contra?”, se pregunta la profesora.

Intenta ver las cosas con un prisma optimista. En las redes sociales, varios alumnos suyos e innumerables personas, incluso algunas que coquetean con la cultura oficial, le han brindado apoyo. Se siente fuerte. “Vengo de luchar por la vida, de respirar, ellos (los del régimen) no tienen para enfrentarse a mí”, argumenta sin altanería.

Pero reconoce que es una simple ciudadana que batalla contra fuerzas poderosas. Los servicios especiales pueden atormentarla de diversas formas, demorando la entrega de sus medicamentos y prohibiéndole viajar al exterior.

Omara lo sabe. “Porque de cierta forma, yo estoy en manos de la Seguridad del Estado”.

Texto y foto: Iván García