lunes, 12 de agosto de 2019

Cuentapropistas cubanos, perjudicados por Trump



A partir del 17 de diciembre de 2014, cuando Barack Obama y Raúl Castro acordaron reestablecer relaciones diplomáticas, la estrategia de Washington siempre estuvo encaminada a favorecer al pueblo cubano, a su incipiente sociedad civil y el pujante sector privado.

Richard, dueño de una cafetería de comida criolla, batidos de frutas y entrepanes, al sur de La Habana, recuerda que la administración Obama diseñó varios paquetes de medidas que beneficiarían a los negocios particulares.

“Obama autorizó importar y exportar a Estados Unidos, otorgar microcréditos, abrir una línea de ferry que permitiría ampliar el trasiego de mercancías, porque si en un avión comercial usted puede traer cien libras, en un barco puedes traer 300 o 400 libras. Eso favorecía a la población y a los negocios privados, igual que los microcréditos y la importación de productos y alimentos desde Estados Unidos. Pero el gobierno no lo permitió. En vez de ampliar los contactos entre los cubanos de las dos orillas, prefirió apostar por los cruceros. Ahora el gobierno de Díaz-Canel pretende manipular a los cuentapropistas afectados por las restricciones de Trump, con una campaña mediática donde afirma que los grandes perdedores por la estrategia trumpista son los emprendedores particulares. En parte es cierto, pero intentan soslayar que el gran culpable de que los negocios privados se encuentren estancados es el gobierno, que no ha implementado un marco legal ni ha permitido una mayor autonomía a los particulares”, indica Richard.

Cuando usted habla con cualquier dueño de un pequeño negocio en Cuba, la lista de quejas es amplia. Camila, dueña de una peluquería en el municipio Cerro, confiesa que se siente atrapada en un callejón sin salida.

“En 2010, después que Raúl Castro autorizó ampliar el trabajo por cuenta propia, se pensaba que tendríamos un espacio jurídico con reglas de juego bien definidas. Creíamos que el gobierno contaba con el sector privado para desarrollar el país y no sólo para vender pan con mayonesa. Pero no fue así. El cuentapropismo fue simplemente una pista de aterrizaje que permitió acomodar al medio millón de trabajadores estatales que quedaron desempleados. Nunca han creado un verdadero mercado mayorista ni permiten importar mercancías legalmente. Nos siguen viendo con malos ojos, como sospechosos, porque somos capaces de, a golpe de creatividad, aumentar el nivel de vida nuestro y de la gente, crecer en calidad y ganar dinero de manera independiente. Y eso en Cuba es peligroso”, opina Camila.

Varios emprendedores consultados por Diario Las Américas consideran que las medidas implementadas por el presidente Trump les ha afectado en sus negocios.

Daniel, vestido con una guayabera azul prusia y un sombrero Panamá, sentado al timón de su Plymouth descapotable de 1955, señala que “cuando venían los cruceros y nos visitada una mayor cantidad de turistas americanos, en un día ganaba hasta 200 cuc. El turismo europeo y latinoamericano es de bajos recursos y no pagan 30 o 40 cuc por un recorrido de dos horas por La Habana. Es cierto que Trump con sus medidas ha afectado a buena parte de los negocios particulares en Cuba, pero el principal culpable es el gobierno, que siempre nos ha visto como Caballo de Troya. Ahora, como les conviene, nos están utilizando en su propaganda política. Es un descaro, pues Raúl Castro, Díaz-Canel ni otro alto funcionario, nunca nos han tenido en cuenta, jamás se han reunido con nosotros”.

Díaz-Canel, presidente designado, ha recorrido la isla de oriente a occidente y visitado empresas propiedad del Estado. Intenta rescatar la errática economía nacional, manteniendo la planificación central y el discurso optimista. El plan no ha funcionado. En el año 2020, el régimen pretende que los trabajadores estatales planifiquen sus producciones.

Eduardo, economista, afirma que“se han hecho mil inventos y proyectos y todos, de una manera u otra, han fracasado. La solución parece fácil: poner esas empresas en manos de los trabajadores, es decir cooperativizarlas. Y privatizar servicios que el Estado se ha mostrado incapaz de gestionar. Además de improductivas, las empresas cubanas están descapitalizadas, necesitan tecnología y nuevas inversiones. Cuando se instaure un marco legal adecuado y tengan autonomía real, no ficticia y ganar dinero no sea mal visto, es probable que la economía despegue. Si Díaz-Canel no quiere pasar a la historia como pelele que nadie va recordar, tiene que cambiar los métodos. Y eso pasa por reconocer y brindarle un mayor espacio y dialogar con los emprendedores privados”.

Lidia, dueña de un hostal en El Vedado, considera que el “gobierno debe jugar en serio, porque se desconocen las proporciones reales de la crisis económica que se nos viene encima. Para enfrentar esa crisis, Díaz-Canel debe contar con todos los cubanos, y en especial con los cuentapropistas, quienes en los tiempos duros han demostrado que son capaces de crecer y reinventarse. Los integrantes del Consejo de Estado debieran reunirse con los emprendedores privados y hablar a camisa quitá. La solución a nuestros problemas no la tienen Trump, la tenemos nosotros”.

Tras casi una década frenando al sector privado con la tijera arancelaria e impidiendo que acumulen dinero, el régimen debiera cambiar de estrategia. De momento, Trump, con sus políticas restrictivas hacia Cuba, ha terminado perjudicando a los particulares. Se ha convertido en un aliado de la autocracia verde olivo. Ni que se hubieran puesto de acuerdo.

Iván García

Foto: San Cristóbal, uno de los restaurantes privados (paladares) más famosos de La Habana, donde entre han cenado Barack Obama y su familia, Beyoncé y su esposo y las Kardashian, se encuentra entre los negocios particulares afectados por la política restrictiva de Donald Trump hacia Cuba.

lunes, 5 de agosto de 2019

"Gusanos" pueden invertir en Cuba



Una ‘invasión’ como la de Bahía de Cochinos. Pero con dólares. Se podría negociar con los hermanos Fanjul para administrar un par de centrales azucareros en Cuba o hacer un pacto con la empresa Bacardí.

Esa gente pueden construir mejores carreteras, edificios y gestionar negocios. Podrían volver los descendientes de Julio Lobo o los Gómez-Mena, pero aceptando las reglas de juegos del partido comunista.

Ya se saben cuáles son. El Estado cobra el 80 por ciento de los salarios en moneda dura y el empleado un 20 por ciento en el devaluado peso cubano convertible. Sin derecho a huelga ni reclamos sindicales. Como en los tiempos de Lenin: los burgueses son tan tontos que aceptarían la soga que después los ahorcaría.

Ahora son bienvenidos los otrora gusanos y la escoria infame que abandonó su patria. Sin mediar una disculpa pública, ni negociar el pago a sus propiedades confiscadas y con tribunales administrados por la autocracia.

Pregúntele a Jorge Luis Piloto, músico y compositor nacido en Cárdenas, a 140 kilómetros al este de La Habana, si podrá olvidar los actos de repudio, con la gente tirando huevos y coreando ‘gusano, lechuza, te vendes por un pitusa’.

En el otoño de 2014, mientras conducía su Mercedes Benz por el apacible barrio de Kendall en el condado de Miami-Dade, Piloto me contaba que cuando en 1980 decidió marcharse de Cuba tuvo que firmar una planilla que decía que era homosexual para que un severo oficial del MININT pudiera autorizarlo a abandonar la Isla.

Pregúntele a Orlando ‘Duque’ Hernández, espectacular lanzador derecho del equipo Industriales de La Habana y en la MLB cuatro veces campeón mundial con los Yankees de Nueva York y los Medias Blancas de Chicago, si invertiría tiempo y dinero en el país que en 1996 publicó un feroz editorial expulsándolo de por vida del béisbol nacional.

En octubre del 96, una de las primeras entrevistas que hice como periodista independiente de Cuba Press, fue al 'Duque' Hernández. Conversé con él en su casa del reparto Calixto Sánchez, en el municipio Boyeros, a tiro de piedra del aeropuerto internacional José Martí. El 'Duque' fue profético: “La única puerta que el gobierno me dejó abierta es la del destierro”. Ya se sabe de su fuga en una lancha precaria y de sus éxitos al otro lado del charco.

Pregúntele a los miles de cubanos a quienes les fueron incautados sus negocios y propiedades en la década de 1960, si regresarían a invertir dólares con el mismo régimen que los conminó a marcharse de su patria.

Según un funcionario municipal del partido comunista, van en serio las intenciones del gobierno de permitir que cubanos radicados en el extranjero inviertan en la Isla. “Con la que está cayendo, en momentos que arrecia el bloqueo y con la aplicación de la Ley Helms-Burton, restricciones que frenarán el flujo de turistas y la imperiosa necesidad de captar divisas para desarrollar el país, la nueva estrategia de permitir que los cubanos que viven afuera inviertan en Cuba, pudiera ser un imán que atraiga capitales significativos”, afirma el funcionario y añade:

“Se sabe que entre el 60 y 70 por ciento de los pequeños negocios privados cuentan con dinero procedente del exterior. Lo que se quiere es capitalizar inversiones en pequeñas y medianas empresas. Es cierto que los cubanos que más dinero tienen son acérrimos enemigos del sistema. Pero se está apostando al dinero de un segmento de cubanos más apolíticos, ingenieros, médicos, peloteros y músicos, entre otros profesionales que se han marchado en las últimos veinte o treinta años y han triunfado en Estados Unidos. Puede que un futuro cambien algunas normas y empresarios cubanos radicados en el extranjero tengan mayor autonomía y el Estado les permita contratar y pagarle libremente a sus empleados. Habrá cambios importantes. Pero el poder político se mantendrá incólume”.

Eduardo, economista, considera que “si se crea un marco legislativo adecuado y mayor autonomía empresarial, el capital de los cubanos residentes en el exterior pudiera superar los 2,500 millones de dólares anuales en inversiones extranjeras, que es la meta del gobierno. Si se ampliara ese concepto y se autorizara invertir también a cubanos radicados en el país, el monto se acercaría a los 4 mil millones de dólares”.

El economista hace un cálculo simple: “Las mulas que importan pacotillas están invirtiendo entre mil y mil 500 millones de dólares anuales comprando cosas en Panamá, México, Rusia. Es el doble o el triple de las inversiones extranjeras. Al gobierno no le resultaría complejo crear un espacio para recaudar ese capital. Estoy convencido que si se quieren construir cimientos poderosos en la economía cubana, se tendrá que involucrar a todos los cubanos, vivan donde vivan, como han hecho Vietnam y China”.

El directivo de una empresa de gastronomía en La Habana, asegura que “hay planes de volver a activar la cooperativización dentro del sector gastronómico a nivel nacional. También se arrendarían y privatizarían espacios, pues está demostrado que la gastronomía estatal no funciona. Solo quedaría un segmento de establecimientos que vendería a bajos precios a las capas más vulnerables de la población”.

Si en 2012 un arrogante canciller Bruno Rodríguez, minimizaba las inversiones de la pequeña y mediana empresa privada y apostaba por los grandes capitales, ahora las cosas han cambiado. Aunque la mira siempre estará enfocada en inversiones multimillonarias que pudieran desembolsar magnates como los Fanjul o la familia Bacardí.

“Pero primero habrá que crear un precedente de inversiones menores que funcionen de manera correcta y amparadas por un marco jurídico neutral y transparente”, aclara el funcionario municipal del partido.

Eso sí, no se aceptarán exigencias políticas. El régimen optaría por un segmento de ‘gusanos’ a los cuales sólo les importaría sus negocios. La democracia y los derechos humanos pasarían a un segundo plano.

Iván García

Foto: Alberto Lazo, emprendedor de origen cubano radicado en la Florida. Tomada de Emprendedor de origen cubano hace del bienestar un negocio en Miami.

lunes, 29 de julio de 2019

Los helados de los chinos cubanos en Puerto Rico



Después de descubrir este reportaje en el San Francisco Chronicle, sobre los chinos cubanos que después de la revolución fidelista emigraron a Puerto Rico -sobre todo a partir de 1968, el año del acabóse-, a mi memoria vinieron los helados que hacían los chinos del puesto que quedaba a media cuadra de mi casa, en la esquina Romay y Zequeira, Cerro, La Habana. Además de frutas frescas, vendían chicharrones de viento y tripitas, mariquitas, boniato fritos, manjúas y frituras de bacalao. El cartuchito más barato costaba 3 centavos y 10 centavos el más caro.

Los chinos no le echan leche a sus helados, pero gracias a su técnica de batido, consiguen que sean muy cremosos. En mi infancia (1942-1952) los chinos de mi barrio los elaboraban de coco, mamey, guanábana, anón, chocolate y orejones (melocotón, albaricoque y otras frutas secas). Además de los chinos del puesto que hacían helado, en mi cuadra (Romay entre Monte y Zequeira) había un 'tren de lavado', como le decían a sus lavanderías y tintorerías. Tanto los chinos del puesto como los del 'tren de lavado' no esperaron que la revolución arribara a su décimo aniversario para irse de Cuba. Igual hicieron muchos bodegueros, carniceros, dueños de cafetines, puestos de fritas, guaraperas y otros timbiriches que había por toda La Habana y por toda la Isla.

Antes de 1959, quienes viviamos en el tramo de Monte, desde la Esquina de Tejas hasta el Parque de la Fraternidad, solíamos ir a pie a las numerosas tiendas situadas en Monte, Reina y Galiano. A veces se regresaba en guagua, pero si uno iba acompañado y aprovechaba para merendar en el Ten Cent de Monte o Galiano, regresaba a su casa caminando. En la década de 1960, el transporte público en la capital todavía era bueno, pero hasta que en 1979 me mudé a la barriada de La Víbora, en 10 de Octubre, seguí con la costumbre de rara vez coger una guagua para desplazarme a los actuales municipios de El Cerro y Centro Habana.

Como ya conté en Harry Potter y la revolución escatimada, durante 19 meses trabajé como mecanógrafa en el Comité Nacional del Partido Socialista Popular, en Carlos III y Marqués González y casi siempre iba y venía a pie, aunque en ocasiones me daban 'botella' los choferes de Blas Roca (Fiallo), de Joaquín Ordoqui (Pancho) y de Lázaro Peña (Adalberto). Con Lázaro, su mujer Zoila (Tania Castellanos) y su hijo Lazarito (Lachi), muchas veces regresé en su auto, pues ellos vivían en el edificio situado en Infanta y Manglar, a pocas cuadras de mi domicilio. En ese mismo edificio residía Bola de Nieve.

Recuerdo que en 1963, desde Belascoaín y Desagüe me dirigía a pie a mi casa y al bajar por Desagüe y acortar por El Pontón, veo un puesto de viandas con un chino. Entro y descubro un cartel hecho a mano que decía Helado de Limón. Cada bola costaba un medio (5 centavos) y tenías que llevar donde echarlo, porque no tenía papel, vaso ni barquillo. En la cartera llevaba una libreta, la saqué y con las hojas del medio el chino me hizo un cucurucho donde cupieron cuatro bolas de helado de limón. Fueron los últimos helados chinos que tomé en La Habana.

Volviendo a Puerto Rico. En la heladería King's Cream, la primera que chinos de origen cubano abrieron en Ponce, además de helados de coco, guanábana, limón, tamarindo y chocolate, también ofrecen de piña, fresa, fruta de la pasión (parcha), naranja (china), almendra, maní y maíz, como pueden ver en Tripadvisor.

En Cuba, los chinos no solo hacían sabrosos y baratos helados, también comida criolla. Cuando en mi casa queríamos comer carne con papas, mis padres me mandaban con una cantina a una fonda china en Castillo casi esquina a Monte. Siempre compraba lo mismo: arroz blanco, frijoles colorados, carne de res con papas y plátanos maduros fritos. No recuerdo cuánto costaba, pero con un peso alcanzaba para comer tres personas.

Los cubanos de mi generación estamos en deuda con los chinos, japoneses y coreanos que emigraron a Cuba en siglos XIX y XX. Algunos lograron hacer fortuna, pero la mayoría trabajó durísimo para poder salir adelante y mandarle dinero a los suyos en sus países de origen.

Muy pocos aprendieron bien el idioma, pero se aclimataron e integraron y unos cuantos se casaron con cubanas, que cuando eran negras dejaron un novedoso mestizaje: el de los mulatos-chinos. Como Lucrecia López Vega, descendiente de chinos y africanos. Hace dos años, cuando Lucrecia cumplió 95 años, en mi blog le dedicamos un post.

Tania Quintero

Foto: María Lao, hija de inmigrantes chinos cubanos que en Ponce, abrieron King's Cream. Su hermano Mario Lao abrió una segunda heladería en San Germán, también en Puerto Rico. Tomada de San Francisco Chronicle.

lunes, 22 de julio de 2019

El castrismo tiene cuerda para rato


Después de la presentación del locutor, Fidel Castro desplazaba sus seis pies y dos pulgadas y más de 225 libras hasta la tribuna, entre aplausos, consignas y una muchedumbre que rítmicamente coreaba Fi-del, Fi-del, Fi-del.

Vestido con su sempiterna casaca militar y botas negras de cuero, el dictador se alisaba la barba, achicaba sus ojos y miraba a la multitud en la distancia. Luego, con su gorra verde olivo sudada en la visera, ladeaba la cabeza y a menudo apoyaba los dedos índice y anular en su mentón.

Tras el baño inicial de masas, hacía un gesto leve con su mano para que la gente hiciera silencio. Entonces arrancaba a hablar. La mayoría de sus más de 2,500 discursos eran improvisados.

Sus alocuciones, extensas, sobrepasaban la hora y media, aunque el 26 de septiembre de 1960 en las Naciones Unidas habló durante 4 horas y 29 minutos. Solía recurrir al uso de estadísticas comparativas, las cuales le permitían remarcar las bondades y diferencias del ‘exitoso’ socialismo de corte soviético que, sin previo aviso, había instaurado en la Isla una tarde de abril de 1961.

Manejaba las utopías y augurios como un auténtico maestro. Sus promesas incumplidas se recopilan por decenas, igual que sus groseras mentiras. Prometió que la ganadería estatal produciría tanta carne de res, leche y queso que Cuba se convertiría en una potencia exportadora de alimentos.

Sin sonrojarse, en su primer año de gobierno declaraba que no era comunista y que organizaría elecciones democráticas. Sabía cómo manipular al populacho.

El castrismo no es una teoría con base científica o una determinada metodología. Tampoco una doctrina filosófica o ideológica. Es una sarta de palabras sueltas que se pueden leer en las miles de intervenciones de Fidel Castro, atornilladas por la propaganda del partido comunista como un mantra político a seguir.

Castro siempre tuvo segundas intenciones ocultas. Le gustaba parecer desparpajado, irreverente y nacionalista. Su mesianismo lo llevó a despilfarrar el erario público y exportar la subversión a rincones de América Latina.

Estaba convencido que era más inteligente y listo que el resto de los cubanos. Usurpaba funciones de expertos ganaderos, agrícolas e industriales a la vez que llevaba a cabo sus delirantes proyectos sociales y económicos.

Cualquiera de sus teorías se convertían en un cúmulo de improvisaciones que a golpe de talonario público se establecían como preceptos dentro de la economía de comando que él mismo creó.

Dejó una lista de directrices políticas que no se debieran repetir, como administrar por decreto mediante un gobierno paralelo sin respetar al parlamento ni tener en cuenta las opiniones contrarias.

Fidel fue pura improvisación. Por tanto, el castrismo original tiene un cimiento endeble. Si es que lo tiene. Se basa en una abrumadora maquinaria burocrática que aparenta seguir al pie de la letra las ordenanzas oficiales. Pero al ser un sistema demencial, provoca descontroles que son aprovechados para robar y lucrar.

Los que pretendan desmontar al castrismo, tendrán primero que barrer hasta el último resquicio del pernicioso burocratismo. Un burocratismo que según cálculos extraoficiales, podría estar conformado por más de dos millones de personas que como sanguijüelas chupan al Estado.

Los burócratas cubanos no tienen una ideología definida. Son papagayos, repetidores de las consignas de moda. Se alimentan de transgresiones y actos delincuenciales que han aprendido a camuflar de legalidad.

Con el tiempo, los burócratas se han convertido en un quiste mafioso. Cuando el régimen ha ordenado una batida contra la ineficiencia y el burocratismo, se atrincheran y se resisten a cambiar, a pesar de cantar La Internacional.

La democracia los dejaría en el paro. Un gobierno transparente y una economía de mercado sería un veneno eficaz una para una burocracia que vive del robo, el lucro y la malversación.

A la potente burocracia criolla se suma el entorno que rodea a los caciques del partido y ministros de turno. Personajes a quienes el sistema castrista les garantiza cierta calidad de vida a cambio de lealtad.

El poder es tentador, sobre todo en países autoritarios como Cuba, donde casi nadie rinde cuentas, las huelgas y manifestaciones están prohibidas y no se celebran elecciones libres y democráticas al estilo occidental.

Dentro de una autocracia, el poder es un juego de ganar-ganar. La prensa no le critica ni les canta las cuarenta. La gente echa pestes del gobierno, pero en voz baja. Y encima, cuentan con el acompañamiento de los servicios especiales, que más que proteger la Seguridad Nacional se han transformado en la guardia pretoriana del propio poder.

Desarmar un tinglado dictatorial de sesenta años lleva tiempo. Serían necesarios grupos opositores reconocidos por la ciudadanía, capaces de convocar movilizaciones callejeras. Pero la disidencia cubana no cuenta con lo uno ni lo otro.

Para eliminar al castrismo no basta con la muerte de su fundador ni de su hermano sustituto. Tal vez, en algún momento, a los poderosos empresarios militares les molesten las absurdas reglas de juego y decidan comenzar a socavar el status quo. O en la Isla surja una agrupación opositora, amplia y cohesionada, que mire hacia adentro, hacia la gente de a pie y empiece a tender puentes con sectores populares y artistas e intelectuales jóvenes.

A corto o mediano plazo, en el panorama nacional se vislumbran dos posibilidades, una mala y otra buena.

La mala, es que en las actuales circunstancias, a pesar de una economía que hace agua y una crisis sistémica, al castrismo le queda combustible para maniobrar y mantenerse a flote.

La buena, es que las sociedades de corta y clava no funcionan y terminan capitulando.

Pero, ¿cuándo sucederá? Es la pregunta que cada día al levantarse se hacen los cubanos.

Iván García
Foto: Tomada de Diario Las Américas.
Leer también: Castro el matón y Castro el cobardón.

lunes, 15 de julio de 2019

Lichi



Eliseo Alberto de Diego (La Habana 1951-Ciudad de México 2011) es el escritor cubano más joven que ha muerto en el exilio. Su obra, reconocida muy temprano en más de medio mundo, le dio renombre como poeta, como novelista y como un cronista excepcional de la realidad de su país de origen y de la vida de la nación que lo acogió como un hijo, donde vivió dos décadas y de la que se hizo ciudadano en el año 2000.

El luto no tiene geografía, es una punzada leve y permanente que provoca, por ejemplo, la ausencia de alguien querido y necesario. Entre los lectores de buenos versos, entre los seguidores de las alternativas y los caminos del exilio y la historia de Cuba, Lichi Diego tiene una legión de gente que guarda esa categoría de duelo progresivo.

Para llegar a entender el corazón de aquel cubano simpático, conversador, afectuoso y cálido hay que leer estos tres libros de poesía: Importará el fuego, Las cosas que yo amo y Un instante en cada cosa. Y habrá que entrarle a las páginas de novelas La fogata roja, La eternidad por fin comienza un lunes, Caracol Beach, La fábula de José, Esther en alguna parte y El retablo del conde Eros. No pueden faltar estos dos libros de periodismo: Informe contra mí mismo y Dos cubas libres.

Otros títulos trascendentales de no ficción y un trío de piezas de literatura para niños son En el jardín del mundo, Del otro lado de los sueños, Breve historia del mundo y un libro publicado después de su muerte en México que se llama La novela de mi padre. Reflexionando sobre el exilio y la forma especial de acercarse a la lejanía y al cariño que llegó a sentir por su patria, Lichi decía:

“El regreso es imposible, siempre se va. Uno va y va y va. El regreso es una metáfora, un recurso literario. Yo he sido muy crítico con Fidel y con el gobierno de mi país, Yo, además he recibido numerosas críticas de parte del gobierno cubano, críticas hasta insultantes, pero yo no escribiré nunca nada que le haga daño a Cuba. Antes de eso, mejor me corto la lengua y los brazos. A mí me gusta decir, y estoy dispuesto a demostrarlo que nadie ama más a Cuba que yo. La pueden amar como yo muchos, millones, no digo que no, pero más no, porque eso es humanamente imposible.”

Raúl Rivero

lunes, 8 de julio de 2019

"La patria es un plato de comida", le gustaba decir a Eliseo Alberto



A Raúl Castro, a Miguel Díaz-Canel y su Consejo de Estado y Ministros, a los dirigentes del Partido Comunista, a los diputados de la Asamblea Nacional del Poder Popular y a todos los que actualmente desde provincias y municipios, están al frente de los destinos de Cuba, no solo hay que exigirles democracia, libertad de prensa, viviendas, transporte público, aumentos de salarios y pensiones y derecho a huelgas y manifestaciones callejeras pacíficas, también que acaben de resolver el gran problema que el país siempre ha tenido y tiene: la escasez crónica de alimentos.

En sesenta años de revolución, los dirigentes castristas no han sido capaces de mantener llenas las bodegas, tiendas, farmacias y ferreterías, como estaban cuando llegaron al poder en enero de 1959. En más de un discurso, Fidel Castro aseguró que Cuba iba a tener abundancia de carne, leche, queso, malanga y frutas, entre otros alimentos.

Varias décadas después, ha ocurrido lo contrario. Cada vez hay menos viandas, hortalizas, legumbres y frutas. La cuota de carne de res, unas onzas per cápita, definitivamente desapareció en 1992. Hace poco, en el blog de la Fundación Nacional Cubano Americana, Raúl Rivero escribía:"La carne de res vive en el olvido y la de puerco tiene ahora el precio del faisán de la India". Aquel jamón viking que en los 80 vendían por la libre y mi madre le decía "jamón de agua", comparado con el picadillo de soya, la pasta de oca, el fricandel, la masa cárnica, el perro sin tripa y el cerelac, entre otros inventos culinarios creados en los 90 por los 'gurús del castrismo', era manjar de reyes. La leche de vaca fresca, mantequilla, queso crema y yogurt ofertados a la población en lecherías cercanas a sus domicilios igualmente se esfumaron. Con sus altas y bajas, el pollo y el huevo más o menos sobrevivieron.

Hay niños que nunca han comido camarones, langostas, pargo, cherna, rabirrubia... Jóvenes que nunca han probado frutas como el anón, chirimoya, guanábana, tamarindo, mamoncillo, ciruela, plátano manzano, níspero, marañón, canistel... Hasta las naranjas y mandarinas se han esfumado y un limón puede costar cinco pesos.

Tengo 76 años y en mi infancia, el picadillo -carne de res de segunda que en tu presencia molía el carnicero- era comida de pobres. Hoy, después del paso del picadillo de soya, bodrio que los burócratas del Ministerio de Comercio Interior oficialmente le llamaban "picadillo extendido o texturizado" y era una mezcla de harina de soya, sangre y vísceras de váyase a saber cuáles animales, ya solo los cubanos de la tercera edad recuerdan al verdadero picadillo, al cual además de ají, tomate, ajo, cebolla y sal, se le echaban pasas, aceitunas y alcaparras (en la bodega de la esquina de mi casa, en Monte y Romay, un cucurucho de papel con pasas, aceitunas y alcaparras costaba 5 centavos).

Comida de pobres eran también las latas de sardinas en aceite o tomate de España, Portugal o Marruecos. O el bacalao de Noruega, cuyas pencas veías colgadas en todas las bodegas. O los camaroncitos secos, que por unos centavos podías comprar o pedir fiado al bodeguero, que lo anotaba en un cuaderno hasta que lo pudieras pagar. En las casas más humildes no faltaba el maíz, para preparar tamales en hojas o en cazuela, en guiso con carne de cerdo o seco, en harina, que algunos comían con un poco de leche y azúcar o con enchilado de masas de cangrejo. O como postre, en pudín o majarete. Hoy aquellas comidas de pobre son un lujo, al alcance de unos pocos.

La implantación de la libreta de racionamiento, en marzo de 1962 marcó el inicio de la "distribución equitativa" de los escasos productos perecedores y no perecederos existentes en los almacenes estatales. Pero también marcó el inicio de la desaparición de los alimentos tradicionalmente consumidos por los cubanos. Alimentos comprados con pesos, la moneda nacional, que entonces tenía el mismo valor que el dólar. Alimentos que adquirías en la bodega, el puesto, la carnicería o el Mercado Único o de Cuatro Caminos, el más abastecido que había en La Habana.

La solución no es el avestruz, la jutía o el cocodrilo, animales que dudo formen parte de la dieta de una élite verde olivo a la cual jamás le ha importado lo que comen o dejan de comer los cubanos de a pie. Una élite que no necesita la libreta de racionamiento, que no sabe lo que es hacer cola para comprar un pan incomible, ni tener que estar rompiéndose la cabeza a ver qué le cocinas a tus hijos o pasándole un email a un pariente en Estados Unidos para que te mande unos dólares que te permitan sobrevivir un mes a ti y los suyos. Una élite cuyos descendientes viven a todo trapo, como se ha visto en fotos y videos subidos a las redes sociales. Es lo que trajo el barco fidelista.

La solución es una agricultura, una ganadería y una pesca rentable y, sobre todo, sostenible, donde los principales protagonistas no sean los burócratas de los ministerios y empresas, si no los agricultores, ganaderos y pescadores individuales o agrupados en cooperativas por ellos mismos organizadas. Y que sus producciones se distribuyan como siempre se distribuyeron, directamente a puestos y mercados, con sus propios camiones, sin intermediarios, para que lleguen pronto y en buenas condiciones a los consumidores.

Una isla con un clima y una tierra fértil que a lo largo de sesenta largos y angustiosos años, ha sido dirigida por un ejército de barbudos con méritos históricos, guerrilleros y revolucionarios que nadie les niega, pero incapaces de administrar una nación que cuando a partir de 1959 la tuvieron bajo su mando, era desarrollada y en numerosos renglones alimentarios, poseía mejores resultados que otras naciones del continente.

Barbudos que crearon una dinastía y conviritieron al archipiélago cubano en una finca particular. Barbudos que han envejecido en el poder y les importa más el mausoleo donde van a ser enterrados que el porvenir de una población a la que desde el principio supieron adoctrinar, controlar, vigilar, atemorizar, reprimir, encarcelar...

Y en vez de obreros convocando a huelgas exigiendo sus derechos laborales y de ciudadanos manifestándose libre y pacíficamente por calles y plazas, por legado han dejado a miles de cubanos que han preferido huir de la tierra donde nacieron. Que han preferido tirarse al mar en una balsa, morir ahogados o devorados por tiburones. O escapar y morir congelados en el tren de aterrizaje de un avión. O cruzar selvas, ríos y fronteras peligrosas, en busca del futuro que los barbudos le han negado -y le siguen negando- a cientos de hombres y mujeres, jóvenes en su mayoría, que prefieren emigrar y morir en cualquier parte del mundo antes que protestar en su país.

Cuando un pueblo pierde sus tradiciones culinarias por falta de alimentos, pierde su alma, su aché. "La patria es un plato de comida", le gustaba decir al periodista y escritor Eliseo Alberto (La Habana 1951-Ciudad de México 2011), a quien tuve la suerte de conocer y tratar a mediados de la década de 1970 en la ciudad donde los dos nacimos.

Tania Quintero
Foto: Menú típico cubano: arroz blanco, potaje de frijoles negros, bistec de palomilla (carne de res) con ruedas de cebolla fritas o crudas por encima y plátanos maduros fritos. Ese menú actualmente es un lujo en Cuba, pero antes de 1959, era comida de pobres. Muchos cubanos lo comían a diario, a veces sustituyendo el arrroz blanco y los frijoles negros, por moros y cristianos o congrí; el potaje de frijoles negros por frijoles colorados; los plátanos maduros por tostones, mariquitas o papas fritas; el bistec de palomilla por uno hígado de res. Antes de 1959, al menos en La Habana, la carne de cerdo se comía en masas frita solo con sal, asada con adobo criollo, guisada con papas, maíz o quimbombó o con arroz amarillo, pero no tanto en forma de bistec como ahora. En los puestos de fritas un pan con bistec de res costaba 15 o 20 centavos. Cualquier plato solía acompañarse de ensalada de tomate, pepino, col o lechuga, aguacate, yuca con mojo o boniato hervido. La foto fue tomada de El Nuevo Herald.

Sobre el tema gastronómico sugiero leer:

¿Salimos a comer algo?; La Habana difunta para un Infante premiado; Ocurrió en Calimete; Leopoldo, el fritangueroEl puesto de fritas de mi barrio; Mis vivencias con la comida china; Comiendo para sobrevivir; El dilema de comer pez gato; De cuando nos comimos los gatos; Lo que el viento se llevó; Lo que se fue perdiendo en Cuba; La papa, estrella ausente; Ajo, cebolla y ají; Ajiaco criollo, de aliado a enemigo; Congrí oriental y Moros a la habanera; Cinco frutas desaparecidas en Cuba; El marañón, una fruta perdida; Érase una vez un naranjal; La fresa, fruta prohibida para los cubanos; Las manzanas de Alquízar; Las frutas exóticas del delirio; Discurso pronunciado en 1966 por Fidel Castro, donde anunció el cultivo de uvas, fresas y espárragos en Cuba; La cosa está mala; Cuando los cerdos pastan en las nubes; Ironías del destino; Lo peor siempre fue la escasez y Hay que tener familia en el extranjero.

lunes, 1 de julio de 2019

República repudiada por decreto oficial



El Capitolio Nacional, situado en el Kilómetro Cero de La Habana, recupera su esplendor. El ala norte y sur de la institución fue remozada con esmero. Y decenas de operarios colocan láminas doradas compradas en Rusia en su enorme cúpula central de 91 metros de altura.

La aburrida y monocorde Asamblea Nacional del Poder Popular, única en el mundo que no elabora leyes y solo aprueba por unanimidad las normativas que bajan desde el ejecutivo autocrático, ya ocupa varias oficinas en el Capitolio.

En algún momento de 2020 o 2021, la otrora Cámara del Senado y de Representantes funcionará como sede de la Asamblea Nacional, aunque tendrán que recortar la abultada nómina de parlamentarios, pues el hemiciclo de la Cámara de Representantes solo contaba con 200 asientos y el Senado 54 y actualmente el número de diputados es de 605.

Eusebio Leal, el historiador de la ciudad que se caracteriza por su oratoria exuberante, es un personaje contradictorio. Los residentes de la Habana Vieja aprueban su gestión en la recuperación de obras históricas y apertura de nuevos espacios públicos, mientras sus adversarios lo tildan de tracatán educado. Pero ha sido Leal el factor principal que además del maquillaje dado a un trozo de la zona colonial, ha influido en la recuperación de la memoria histórica de la capital en todos sus aspectos: desde la urbanística hasta la republicana.

Una fuente cercana al historiador cuenta que el hecho de que el Capitolio vuelva a ser sede parlamentaria, es un premio a la tenacidad de Eusebio Leal, quien con angustia observaba el deterioro del inmueble. Es cierto que la renovación de ese epicentro geográfico de La Habana intenta ocultar la miseria a su alrededor así como el derribo de desvencijados edificios vecinales para sustituirlos por hoteles de lujo.

Según los conocedores del tema, Eusebio Leal, de puntilla, intenta introducir el reconocimiento al Día de la República, una fecha borrada de un manotazo por Fidel Castro. Algún que otro historiador oficial, hablando con la boca pequeña o publicando un artículo en páginas interiores de medios intelectuales, reconocen ciertas virtudes del 20 de mayo y su primer presidente Don Tomás Estrada Palma.

Pero todavía la descomunal maquinaria propagandística del Partido Comunista ignora nuestra fecha republicana. Al preguntarle a Odalys, empleada bancaria, 29 años, si conoce el significado del 20 de mayo, responde: “No, no sé qué pasó ese día. Es que son tantas las fechas que se celebran que uno se vuelve loca”.

Tres estudiantes sentados en el Parque Córdoba, en La Víbora, que matan el tiempo conectados en sus teléfonos móviles al diario deportivo Marca, de España, dicen que para ellos la fecha más importante de Cuba es el 1 de enero de 1959, cuando triunfó la revolución. “Luego le siguen por importancia el asalto al Moncada, el 26 de julio, el 2 de diciembre, desembarco del Granma, el 8 de octubre, cuando mataron al Che, y el 10 de octubre”, explica Daniel, alumno de 12 grado. ¿Y el veinte de mayo?, le pregunto. “Ah, sí, pero esa no es importante. Fue cuando surgió la república mediatizada”, contesta Daniel.

Como si fuera un reflejo condicionado, cuando usted habla con personas nacidas después de la llegada al poder de Fidel Castro, la inmensa mayoría desconoce o minimiza el significado del 20 de mayo. Ernesto, habanero residente en Hialeah, confiesa que en su primer 20 de mayo en Miami fue que supo de la importancia de esa efemérides. "Allí casi todos los cubanos colocan banderas en la fachada de sus casas y en los carros. La prensa de Florida hace un recuento histórico de ese día y cubanos de éxito visitan la Casa Blanca y charlan con altos funcionarios o el mismísimo presidente. Pero en Cuba casi nadie sabe lo que pasó ese día”.

Ciento diecisiete años después, no quedan testigos vivos de aquella mañana de sol brillante cuando el Generalísimo Máximo Gómez izó la bandera de la estrella solitaria en el Castillo de los Tres Reyes del Morro. En una nota del colega Jesús Hernández, publicada hace tres años en Diario las Américas, contaba que “la fecha escogida fue el 20 de mayo por ser el día posterior al 19, cuando el Apóstol de la Independencia, José Martí, murió en combate, para cumplir con aquello de muere un hombre, nace una nación”.

Relataba Hernández: "Entonces, el antiguo Palacio de los Capitanes Generales, en La Habana, sitial de los 65 capitanes generales españoles que gobernaron a Cuba, acogió a distinguidos visitantes, embajadores y altos oficiales del Ejército Libertador para presenciar el nacimiento de la República. Nadie imaginó el 20 de mayo de 1902 que un siglo después de haberse establecido la República, los cubanos tendrían que seguir luchando por sus derechos cívicos y humanos. Y es que la desdicha que Cuba sufre hoy no es superior o menor a la que el país confrontó antes, pero el presente que se vive duele más que el pasado porque lo vivimos, lo medimos con desconfianza, incertidumbre e inclusive provecho”

La historiografía oficial ha querido ignorar nuestro día de la independencia. Sepultar 57 años con políticas más o menos erradas, dos dictadores por el camino y no pocas desigualdades, pero con un crecimiento económico impresionante, una Carta Magna democrática y una capital entre las más hermosas de América.

Cientos de empresarios cubanos fundaron negocios boyantes. Una legión de arquitectos, médicos, pedagogos y abogados sobresalían en sus respectivas profesiones. La música cubana vivió su década de oro. Benny Moré encendía el Alí Bar, la Lupe armaba su puesta en escena en el club La Red. El Caballón, Bebo Valdés, acompañaba al piano a Nat King Cole en Tropicana y una negra inmensa con voz de mezzosoprano, la Freddy, cantaba boleros en el bar Celeste.

La revolución de Fidel Castro pretende demonizar el pasado. No era perfecto. Pero teníamos República.

Iván García
Foto: Sello conmemorativo por el centenario de la bandera cubana. Tomada de Lighthouse Stamp Society.