lunes, 21 de octubre de 2019

¿Cómo una comisión de evaluación hubiera juzgado al Benny?



El 24 de agosto se cumpió el centenario del nacimiento, en 1919, en Santa Isabel de las Lajas, en la entonces provincia Las Villas, de Benny Moré (Bartolomé Maximiliano Moré Gutiérrez era su verdadero nombre).

Todos los homenajes resultaron insuficientes para celebrar el aniversario tan redondo del que sin dudas es el más grande cantante que ha dado la música cubana. Se suele exagerar con el calificativo de genio, pero no es el caso del Benny.

Si alguien fue genial fue él, que, sin haber estudiado música, solo a fuerza de sentimiento y de su innato sentido musical, fue el mejor intérprete del son, el bolero, la guaracha y el mambo. Nadie ha podido superarlo en fraseo e improvisación. Su talento era sobrenatural, como si le hubiese sido concedido como don por los dioses de sus antepasados africanos.

Había que verlo, luego de dar tres patadas en el piso, dirigiendo con sus gestos, con todo su cuerpo, aquella prodigiosa orquesta que creó a su medida en los años 50, la Banda Gigante, una jazz band de vendaval, con percusión afrocubana, que sonaba como un conjunto sonero y que no le constreñía su libertad, sino que le permitía adelantar y atrasar el tiempo, cambiar de tono a su antojo y a la que agradecía cada proeza sonora con un “anjá”.

No abundo más sobre la importancia del Benny en la música cubana. Muchos lo hacen mejor que como yo pudiera hacerlo. Por ejemplo, Faisel Iglesias, abogado y escritor cubano residente en Puerto Rico, en Oh vida (Ediciones Unos & Otros, 2019), un libro que acabo de leer y que me ha dejado fascinado por la visión que da del Bárbaro del Ritmo y su música.

Prefiero elucubrar un poco y suponer qué habría sido de Benny Moré y cómo hubiese sido su vida de no haber muerto de cirrosis hepática, a los 44 años, el 19 de febrero de 1963. ¿Pueden imaginar cuán desolado se sentiría cuando de la noche a la mañana se fueron del país, huyendo del huracán revolucionario, Celia Cruz, Olga Guillot, Rolando La Serie, Orlando Contreras, y muchos otros soneros y boleristas amigos suyos?

Si Benny se quedó en Cuba, en El Conuco, como llamaba a su casa en el barrio La Cumbre, cerca de San Francisco de Paula, en las afueras de La Habana, fue porque su salud estaba demasiado deteriorada, no porque simpatizara y se sintiese a gusto con el régimen. De haber vivido unos años más, hubiese tenido muchos problemas. Una persona tan libre como él, por muy querido que fuese por el público, no hubiese encajado en la rígida sociedad instaurada por Fidel Castro en 1959. Dudo que los mandamases hubiesen podido domeñarlo.

¿Cómo habría juzgado una ridícula comisión de evaluación al Benny, que no estudió música, no sabía leer una partitura, y que, en vez de anotarlas en papel pautado, tenía que tararear las melodías que se le ocurrían?

No puedo imaginar a Benny Moré, por muy humilde y sencillo que fuese, como empleado de una empresa artística estatal que se apropiara de la mayor parte de sus ganancias y le ordenara qué hacer y cómo, luego de asignarle turno en una larguísima cola, que podía demorar años, para grabar un disco en la EGREM.

¿Pueden imaginarlo componiendo por encargo oficial, cantando en un coro al estilo de We are the world, junto a reguetoneros y timberos tracatanes, para homenajear a Fidel, los CDR, el MININT o el 26 de julio?

Era tan impuntual que en el cartel del Alí Bar lo anunciaban como “Benny Moré, si viene…” Y si venía, con horas de atraso, llegaba tambaleándose y dando tropezones, aunque no por ello dejase de cantar como siempre, con el alma, como si le fuese en juego la vida…

¿Hubiesen podido contar con él para animar las tribunas y los guateques fidelistas? Con el mal carácter que tenía, con unos tragos de más encima (que era casi siempre), y peor si había fumado marihuana, ¡ay de los funcionarios que se hubiesen atrevido a ir a regañarlo y amenazarlo con imponerle sanciones disciplinarias!

Luis Cino
Cubanet, 24 de agosto de 2019.
Foto: Estatua de Benny Moré en el Paseo del Prado de Cienfuegos. Tomada de Cubanet.
Leer también: Benny, no me vuelvas a cantar esa canción.

lunes, 14 de octubre de 2019

Ir a la escuela en La Habana de mi infancia (1948-1954)



Nací en 1942 y en 1948 comencé a ir al kindergarten (preescolar), en una escuela pública de enseñanza primaría que había casi llegando a la Esquina de Tejas, en el tramo de Monte entre San Joaquín e Infanta, en el municipio habanero del Cerro. El kindegarten pude haberlo hecho a la edad de cinco años, en 1947, pero mis padres consideraron que era mejor que lo hiciera a los seis, en 1948. La maestra, como todas las que entonces atendían las aulas preescolares en Cuba, era graduada de la Escuela del Hogar. No recuerdo su nombre, pero sí que asistía por las mañanas, de lunes a viernes, sin uniforme, con ropa de calle.

La enseñanza primaria la cursé en la Escuela Pública No. 126 Ramón Rosaínz, situada en Monte y Pila, también en El Cerro, a tres cuadras de mi casa, en Romay entre Monte y Zequeira. El primer grado (1948-49) lo hice con la Srta. Roxana; el segundo grado (1949-50), con la Srta. Inés, en 1950-51; el tercer grado (1950-51), con la Srta. Carmen; el cuarto grado (1951-52), con la Srta. Margarita, que era hermana de Carmen. El quinto grado (1952-53) con la Srta. Adolfina y el sexto y último grado (1953-54), de nuevo con la Srta. Carmen.

Todas ellas habían estudiado en la Escuela Normal de Maestros de La Habana y graduado de la carrera de Pedagogía en la Universidad de La Habana. En el caso de las hermanas Margarita y Carmen, de apellido Córdova, tenían el título de Doctora en Pedagogía. Amelia se llamaba la maestra de Educación Física y Lucila, la de Música fue la única maestra negra que tuve. No volví a tener cuando matriculé hasta que matriculé en la Escuela Nocturna de Inglés, que funcionaba en la misma escuela Ramón Rosaínz, en los horarios de 6 a 7, de 7 a 8 y de 9 a 10 de la noche. Las clases eran gratuitas y podían asistir personas de cualquier edad y clase social. Tomasito se llamaba ese profesor negro de inglés y se distinguía porque siempre iba trajeado, con cuello y corbata.

Procedo de una familia humilde. En mi casa solo entraba el sueldo de mi padre, guardaespaldas de Blas Roca, secretario general del Partido Socialista Popular; nunca supe lo que le pagaban, pero no debe haber sido más de 150 pesos mensuales, por eso mi madre dos veces a la semana lavaba y planchaba a domicilio. La estrechez económica no impidió que siempre tuviera batas bonitas, gracias a dos de mis tías paternas, Cuca y Lala, que eran modistas. Mis padres solo tenían que gastar en ropa interior, medias, calzado, útiles escolares, un par de juguetes el Día de Reyes y poco más. Zapatos siempre tuve tres pares: uno para andar en casa y jugar, otro para ir a la escuela, los llamados 'colegiales' (de piel negra, con cordones) y otro para salir, que en verano solían ser de color blanco y en invierno negros, por lo regular de charol. Sandalias usé de pequeña, después zapatos con correíta, que no se salían del pie. En aquel tiempo no recuerdo haber usado ballerinas ni mocasiones.

Antes de 1959, en Cuba habían escuelas públicas, privadas y religiosas y la enseñanza estaba separada en hembras y varones. A las privadas y religiosas había que ir con los uniformes, zapatos, medias, corbatas o lazos que cada escuela diseñaba y era obligado comprarlo en determinadas tiendas. En La Habana, en El Encanto, Fin de Siglo, La Época, Ultra, Sánchez Mola y El Bazar Inglés, entre otras. A las públicas también se iba con uniforme, que podías comprar ya hecho en las tiendas, a precios accesibles, o comprar la tela y si nadie en la casa sabía coser, se lo encargabas a una de las muchas costureras que había en los barrios y cobraban barato, unos 5 pesos. Las hembras usábamos saya azul prusia, blusa blanca y lazo azul, de la misma tela de la saya. En el medio del lazo, se ponía y quitaba, con broches de presión, el monograma de la escuela, que vendían en las tiendas de la zona donde radicaba la escuela y uno creo que costaba 0.50 centavos o menos.

La Escuela Ramón Rosaínz se encontraba en El Pilar, una barriada de familias pobres y trabajadoras y también de gente marginal. La calle Pila, que quedaba frente a nuestra escuela (empezaba en Monte y terminaba en Cristina) y era una calle de 'mujeres de la vida', como entonces le decían a las mujeres que se ganaban la vida ejerciendo la prostitución. Algunas de mis compañeras de primaria eran hijas, sobrinas o primas de alguna prostituta, de la calle Pila o de los alrededores, pues por la cercanía del Mercado Único o Mercado de Cuatro Caminos, el más grande de La Habana, era fácil conseguir buenos clientes con los guajiros que traían sus productos del campo, comerciantes, vendedores y choferes de camiones.

Lo sabíamos nosotras y nuestras familias, pero al menos en mi casa, eso no fue un problema para que compartiera con aquellas niñas. Nunca vi a nadie burlarse de una compañerita de aula porque vivía en una casa en mal estado o porque sus zapatos eran más baratos o no tuviera maleta (entonces no habían mochilas, eso era algo que usaban los militares, igual que los pantalones de mezclilla, que era cosa de obreros y mecánicos) y tuvieran que llevar los libros y libretas en la mano o en una jaba de tela hecha por su mamá o su abuela.

Tampoco nos molestaba ni nos daba envidia ver a los estudiantes de las escuelas privadas y religiosas, con sus uniformes vistosos y un ómnibus escolar los recogía en la puerta de su casa por la mañana y por la tarde los dejaba de nuevo allí, aunque vivieran cerca de la escuela, como una vecina mía de la Víbora, que vivía a dos cuadras del Instituto Edison e iba y venía en el bus escolar. Mi prima Lydia Roca, hija mayor de mi tía Dulce Antúnez y Blas Roca, estudió en el Instituto Edison. Me parece estarla mirando, con su uniforme blanco, el monograma con las iniciales IE bordadas en carmelita y zapatos colegiales también carmelitas. Sin embargo, sus tres hermanos, mis primos Paquito, Pepe (Vladimiro Roca) y Joaquín estudiaron en escuelas públicas.

Hasta 4to. grado, dimos clases de música y dibujo y en 5to. y 6to. grado, clases de bordado, economía doméstica y educación física, que dos veces a la semana la dábamos en la azotea de la escuela, que colindaba con el local donde durante muchos años estuvo la COA (Cooperativa de Ómnibus Aliados), una de las organizaciones sindicales más fuertes de la capital (entonces a diario circulaban decenas de rutas de ómnibus por toda la ciudad). Esos dos días, íbamos a la escuela con el uniforme de educación física: blusa blanca, saya azul marino abierta alante con botones y debajo, un short azul y tenis blancos. La marca más conocida era U.S. Keds.

Terminé el 6to. grado en 1954 y matriculé en la Escuela Superior (antes no se llamaba Secundaria), donde cursaban dos grados, 7mo. y 8vo. No sé en otras localidades o provincias, pero en la Superior usé el mismo uniforme de la primaria, pero con otro monograma. Por mi lugar de residencia, me tocó ir a una gran edificación escolar que recientemente se había inaugurado, detrás de la Escuela Normal de Maestros de La Habana, situada en San Joaquín entre Pedroso y Amenidad, Cerro. En una parte del moderno edificio, quedaba la Escuela Superior Anexa La Normal, que así se llamaba, y en la otra, más grande una escuela primaria (después del 59 quitaron la Superior, dejaron la primaria y le pusieron Nguyen Van Troi, igual que el parque que queda enfrente).

Una asignatura nueva eran las clases de cocina, en un salón con mesas, closets, un gran refrigerador y cuatro cocinas de gas, Made in USA (entonces, lo raro era que algo no fuera hecho en Estados Unidos, a Cuba llegaba lo último que se produjera en USA: autos, electrodomésticos, ropa, calzado, películas). Fue algo novedoso para mí, porque hasta 1959 en mi casa no tuvimos refrigerador, comprábamos una piedra de hielo cada día. Y hasta 1968, cuando por la llamada Ofensiva Revolucionaria, nacionalizaron las bodegas y pequeños comercios, entre ellos la carbonería del asturiano Fermín, en la esquina de Romay y Zequeira, mi madre cocinó con carbón.

Los 28 de Enero, aniversario del natalicio de José Martí, nos vestíamos de blanco y desde la Escuela Ramón Rosaínz, por la calle Monte íbamos caminando hasta el Parque Central (unos dos kilómetros), a depositarle rosas blancas al Apóstol. Con uniforme íbamos a visitar la casita donde nació Martí, en Paula 102, o a las charlas que a las alumnas de la Asociación Martiana nos daban en la Fragua Martiana. Uniformadas íbamos también a la Semana del Niño, cuando visitábamos industrias de la zona (Canada Dry, Sabatés, La Estrella o La Española, fábrica de chocolate en Infanta y Estévez). Llevábamos una bolsita, para echar las chucherías que nos regalaban. A las excursiones fuera de la capital (Cuevas de Bellamar, Valle Viñales) íbamos con camisa, pantalón, calzado apropiado y podíamos llevar un cartucho con merienda y un sombrero para protegernos del sol.

La Habana de mi infancia apenas se parece a la del siglo XXI, a no ser por el Malecón, que sigue en pie, con el muro dañado y aceras destrozadas; el Capitolio, recientemente restaurado; el Parque Central, con menos árboles y ya sin su vieja vecina, la Manzana de Gómez, reconvertida en el hotel de lujo Manzana Kempinski. La estatua de Antonio Maceo (el actual espacio recreativo en nada se asemeja al Parque Maceo de mi niñez) y La Giraldilla, entre otros monumentos que no han sido derribados o vandalizados. Teatros como el antiguo Nacional, después García Lorca, hoy Alicia Alonso; restaurantes y bares, como La Bodeguita del Medio y El Floridita, ahora dedicados a sacarle divisas a los usuarios. De los cines que han sobrevivido a la desidia del castrismo, Radiocentro (Yara), Rodi (Mella), América y Riviera, de los pocos a los cuales no les han cambiado el nombre.

La Universidad de La Habana, con su escalinata y su Alma Mater. La Biblioteca Nacional a la que iba a estudiar cuando fui alumna de la Escuela Profesional de Comercio de La Habana (1957-59). Iglesias como la de los Pasionistas en la Víbora y, por supuesto, la Catedral, en la Habana Vieja. Antiguas mansiones coloniales hoy sedes de museos y paradores turísticos administrados. Hoteles como el Nacional, Inglaterra, Sevilla, Plaza, Havana Hilton (Habana Libre), Riviera, Comodoro, Capri, Deauville... Pero sobre todo, el emblema de la capital y del país: El Castillo de los Tres Reyes del Morro, que lleva más de cuatro siglos siendo testigo de asedios de piratas, conquistadores ingleses, guerras de independencia, ciclones, revueltas populares y turbulencias sociales y políticas.

Para los cubanos nacidos en la década de 1940, si sus padres eran auténticos, liberales, ortodoxos o comunistas, como era mi caso, no veíamos a Estados Unidos como un enemigo. Desde pequeños, en los estanquillos veíamos periódicos y revistas americanas; en los cines, si las películas no eran mexicanas, eran americanas. En la radio igual, lo mismo escuchábamos a Joseíto Fernández en aquel programa donde a ritmo de la Guantanamera narraba asesinatos y crímenes que los programas con Frank Sinatra, Nat King Cole, Elvis Presley... O dedicados a la música de Ernesto Lecuona o Sánchez de Fuentes, autor de Habanera tú. O los espacios fijos que había en las emisoras, con Vicentico Valdés, Blanca Rosa Gil, Panchito Riset, Barbarito Diez, Tejedor y su Grupo, Benny Moré... O los dedicados a la música clásica, española, mexicana o argentina. A los seguidores del feeling, guaguancó, danzones y décimas campesinas. O cuando podías escuchar lo último de las orquestas cubanas de moda (Jorrín, América, Aragón, Riverside, Sonora Matancera, Roberto Faz) o de jazz bands estadounidenses que eran muy escuchadas en Cuba, como las de Benny Goodman y Glenn Miller.

Parece que no, pero todo eso influye, porque uno crece con la posibilidad de escuchar la música que tu quieras, de leer el libro del autor que más te guste y ver o no películas de México, Estados Unidos o Argentina (de Cuba no recuerdo haber visto ninguna). Ver muñequitos (comics), impresos, en la tele o en la prensa nacional (mis preferidos, Trucutú y Benitín y Eneas). Seguir o no las aventuras, primero en la radio (Los Tres Villalobos, la más popular) y después en la televisión. Las aventuras tenían tantos oyentes como las radionovelas (El derecho de nacer) o Divorciadas, un programa basado en hechos reales. Podías seguir el espiritismo de Clavelito, los espacios humorísticos y las actuaciones musicales en vivo, en Radio Progreso y otras emisoras. Comprar o no la revista Bohemia o Carteles o las de temas femeninos, como Romance y Vanidades, la más vendida, costaba 20 centavos, salía una vez al mes y cada número traía una nueva novelita de Corín Tellado.

Uno estaba al tanto de lo que se usaba en Estados Unidos, que ya desde entonces era un país de referencia para el cubano de a pie, aunque la gente rica prefería la moda y los perfumes de París. Si querías un vestido igual al que viste en el catálogo de Lana Lobell, ibas al Ten Cent, te comprabas un sobre que dentro traía los patrones o moldes y costaba menos de un peso. Si vivías en La Habana, ibas a Muralla, la calle donde se vendían más telas, encajes, botones, bieses, serpentinas, zippers e hilos del país, y por tres o cuatro pesos, cuando mucho, comprabas dos o tres varas o yardas (antes no se decía metros) del tejido que el modelo requería. Nadie en mi escuela, mi barrio y mi familia sufría si no podía comprar lo que estaba de moda en USA.

Quienes tal vez sufrían un poco eran los apasionados de los autos, pero en las agencias que había en la capital, podían comprarlos a plazos, igual que los aires acondicionados, refrigeradores, cocinas, batidoras y otros electrodomésticos americanos. Entonces, cualquiera podía sacar un pasaje en avión a Cayo Hueso (Key West) o Miami, pasarse allí unas horas haciendo compras y regresar ese mismo día. Mejor aún si ibas en el Ferry, donde podías venir con autos, muebles y todo lo que necesitaras para tu casa o para tu taller de mecánica, chapistería o carpintería.

Pero todo se acabó cuando en 1959 llegó el comandante y como para él todo eso formaba parte de la "diversión", mandó a parar. Y fue cuando los cubanos empezaron a joderse, a ir pa'trás, a estancarse, viviendo con libreta de racionamiento desde 1962, cada vez con más escasez y penurias, sin democracia ni libertades. Sesenta años después, Cuba está peor que en 1959. Con niños, adolescentes y jóvenes a quienes no les motiva estudiar y trabajar para desarrollar y modernizar el país en que ellos, sus padres y sus abuelos nacieron.

Tania Quintero

Foto: Las alumnas que cursamos el 2do. grado con la Srta. Inés, en 1950-51 y no en 1951-52 como yo alguna vez puse en la foto. Después de terminado ese curso escolar, la Srta. Inés se sucidió dándose candela. Una noticia muy dura para quienes fuimos sus alumnas, pues era una de las maestras más dulces y risueñas de la escuela. Al menos yo nunca supe los motivos que le llevaron a acabar con su vida. Soy la primera a la izquierda, en la segunda fila, con el pelo recogido y lazos blancos.

Nota.- Antes de su publicación, Lola, una cubana que vive en España y hace años es lectora del blog, leyó Ir a la escuela en la Habana de mi infancia, y a través del email, me envió el siguiente testimonio:

Estimada Tania: Me encanta leer esos recuerdos suyos, porque son muy parecidos a los míos. Nací en 1951, aunque mi familia, por ser mi padre dueño de un negocio, por el régimen que se instaló en Cuba en 1959 podría ser considerada "burguesa", aunque excesos ni lujos jamás hubo en mi casa. Fuimos al kindergarten de una escuela pública, luego a un pequeño colegio privado y más tarde a Baldor. Mi madre, por cierto, nunca compró los uniformes que vendían ya confeccionados en las tiendas. Ella sabía coser y me los hacía. Había aprendido a coser con Juana Dueñas, una modista que cosía a gente rica, vivía en La Habana y a veces íbamos de visita a su casa. Mi padre siempre nos decía que su obligación era trabajar para mantener a la familia y que la nuestra, los hijos, era estudiar. A mis hermanos mayores les pagaba un pequeño sueldo por unas horas que trabajaban en la cafetería, siempre sin dejar los estudios. Mi padre diariamente se levantaba a las cinco de la mañana para atender su negocio. Él consideraba que había que enseñarnos que el dinero no crece en los árboles, se gana trabajando. Mi madre tenía amistades que vivían en barrios humildes y muchas veces íbamos a visitarlos. Yo disfrutaba enormemente jugando con aquellos niños y nunca me sentí diferente a ellos ni ellos a mí. Sencillamente éramos niños y como tal nos comportábamos. Es una pena saber que ahora en Cuba existen más diferencias sociales que hace 60 años. Un saludo afectuoso, Lola

Leer también: Colegios privados existentes en Cuba antes de 1959, Instituto Edison, la escuela y el libro, Instituto de Segunda Enseñanza de la Víbora, Comercio y Bachillerato, El Cepero, serie de cuatro posts con relatos de Alfredo Zayas sobre el Instituto Preuniversitario Especial Raúl Cepero Bonilla, en el antiguo Colegio de Maristas de la Víbora: 1ra., 2da. , 3ra.  y 4ta. parte y final . Ver fotos escolares en Mi generación de los 60.

lunes, 7 de octubre de 2019

La educación en Cuba no es gratuita



Después del acto de inicio del curso escolar en Santa Clara, el lunes 2 de septiembre, la maestra pidió a los padres que entraran al aula con sus hijos. Les dio la bienvenida, se presentó, les habló de los horarios, de lo importante que era aprobar ese año, de la merienda, de lo que se puede y lo que no se puede hacer, de las reuniones de padres que supuestamente se harán durante el curso… y también del calor, del intenso calor que esos niños sufren debido a la escasa ventilación de un recinto adaptado para ser aula.

“Nos dijo que se iban a recoger 4 cuc por alumno para comprar ventiladores cuando sacaran en las TRD (tiendas recaudadoras de divisas)”, asegura Yanara, joven madre cuya hija cursa el tercer grado en una escuela cuyo nombre prefiere no mencionar. “Es la maestra de la niña y lo menos que quiero es buscarle problemas allí en la escuela, pero sí hay que decirlo para que se sepa que desde el primer día de clases, ya le están sacando dinero a los padres. Sé que es verdad, las temperaturas con altas y los niños pasan calor, pero debiera ser la misma escuela, creo yo, la que garantice todas esas condiciones si saben que no hay casi ventanas en las aulas”.

Tras la reunión otra madre se atrevió a preguntarle a la educadora ¿por qué pedían tanto dinero por cada alumno? "Y ella respondió que los ventiladores estaban muy caros, y que, como hay padres que se hacen los zorros, tenían que asegurar el dinero suficiente. Que no se preocupara, pues a los hijos de quienes dieran el dinero los pondría en la parte más ventilada del aula, y los que no, bueno, pasarían calor”.

Yanara reflexiona: “¿Puede decirse que eso sea justo y equitativo? ¿Qué culpa tiene un niño? Eso mismo es lo que hacen algunos maestros con aquellos alumnos cuyos padres le hacen regalos: los tratan mejor”. Yo tengo el dinero para el ventilador, pero hay padres que no es que sean descarados o zorros, es que no lo tienen. Solo pueden comprarle zapatos, medias, ropa para la educación física, una mochila...Todo eso cuesta mucho dinero”. Y recuerda que el año pasado también recolectaron dinero para un ventilador, cestos de basura, y materiales de limpieza, “porque la escuela no los garantizaba”.

Si bien para lectores de otros países pudieran resultar desconcertantes estas situaciones, para los de Cuba se trata de algo normal y corriente. Desde hace mucho tiempo y de manera creciente los padres han sacado de sus bolsillos el dinero con que se mejora buena parte de las condiciones de vida y estudio de sus pequeños en las aulas cubanas. Sin embargo, la enseñanza primaria está lejos de ser hoy la que mayor desembolso supone para los padres.

Tener un estudiante becado puede convertirse en un verdadero tormento: además de ropa, calzado y otros accesorios, debe conseguirse una taquilla para guardar las pertenencias y en algunos casos hasta pequeñas neveras o frigoríficos para conservar sus alimentos de la semana. “Antes sí se ponían pesados, pero ya los profes se hacen los de la vista gorda y no nos dicen nada, porque saben que a golpe de comedor no hay quien pueda. En el curso anterior, la propia facultad ajustaba las clases para que los jueves nos fuéramos a nuestras casas, a veces los miércoles, porque la alimentación estaba crítica y también había que ahorrar electricidad”, cuenta una estudiante de tercer año de la Universidad Central Martha Abreu de Las Villas, quien asegura que su familia “no es pudiente, pero hicieron un esfuerzo y le compraron una neverita criolla”.

"La educación en Cuba cada vez está más lejos de ser gratuita.y quizás donde mejor se percibe ese cambio es en las universidades. Hoy, muchas veces el estudiante que no tiene una laptop en el aula se siente mal, y en buena medida algunos profesores indican las actividades docentes asumiendo que todos tienen idénticas posibilidades, cuando en realidad no es así En Cuba aumentaron el salario, es verdad… pero, ¿cuánto cuesta una laptop, donde la venden? ¿Qué sucedió con las GDM que en su momento tanto celebraron los dirigentes del gobierno y hasta el presidente cubano?”, se pregunta una profesora universitaria.

Estos son solo algunos de esos costos que suponen mejorar las condiciones de vida de los estudiantes, pero otros fenómenos más complejos e igual de lamentables se aprecian hoy en las aulas del país. “El mismo proceso de gentrificación que se ha venido observando en algunos barrios de la capital y otras ciudades cubanas, incide igualmente en la esfera educativa”, explica la docente entrevistada. En su opinión, es tan creciente y profunda la corrupción que hoy se aprecia en las escuelas del país que no solo se compra un examen o los favores de un maestro, sino que se resuelve la matrícula en determinados centros.

“Los individuos que por determinadas circunstancias han logrado hacerse de grandes capitales, porque dirigen una empresa o tienen cierta influencia en el gobierno, no solo logran hacerse de aquellas casas que un día fueron de la clase más adinerada, sino que ubican a su hijo en el preuniversitario que desean, y pueden hasta comprar profesores y moverlos de una escuela a otra, pagar repasadores exclusivos”, comenta la profesora.

Son varias las maneras para conseguir los favores de un profesor o director de una escuela. Van desde el simple tráfico de influencias, hasta el pago directo o indirecto de dinero, en pesos convertibles. El curso pasado, varios padres denunciaron que algunos profesores del preuniversitario Osvaldo Herrera de la ciudad de Santa Clara, aceptaban recargas telefónicas y favorecían a ciertos alumnos en los exámenes.

Al encontrarse ubicado en el mismo centro de la ciudad, justo en el perímetro del Parque Vidal de Santa Clara, una matrícula en este preuniversitario es altamente cotizada. Más de una vez se han hecho cuestionamientos y críticas debido al tortuoso sistema de matrícula. No pocos padres argumentan que allí se compran las ubicaciones.

La profesora universitaria afirma que "es una competencia desigual, pues el listón le queda más alto a aquellas familias que sin disponer de suficientes recursos se ven obligadas a desembolsar su dinero para pagar un repasador, comprar una computadora, o asegurarse de que su hijo tenga iguales oportunidades formativas. Poco a poco se va profundizando una realidad: ¿quiénes viven en los mejores barrios y las mejores casas? ¿quiénes van a las mejores o más céntricas escuelas? Lo mismo pasa en la salud, ¿quiénes consiguen ese medicamento que escasea o disfrutan de la mejor atención médica?”, argumenta la profesora entrevistada.

Nuestra entrevistada se declara defensora de la educación pública.“No quiero que se privatice la educación en Cuba, no quiero una educación religiosa tampoco, nada más alejado de mis deseos. Quiero que la educación sea laica, universal y gratuita, y que tenga los mismos niveles de calidad que un día tuvo. Reconozcámoslo, ya esto no se parece en nada a lo que un día tuvimos en Cuba”.

Santiago García Abreu
Cibercuba, 4 de septiembre de 2019.
Foto: Primer día de clases en una escuela de Guantánamo. Tomada de Havana Times.


lunes, 30 de septiembre de 2019

Cuba: Tribus urbanas 2.0


Con una camiseta de Kevin Durant, dos tallas más grande y que baila en su enclenque complexión física, el último modelo de Nike y un peinado estrafalario, digámosle Michel, en un banco de mármol del Paseo del Prado, en el corazón de La Habana, espera sentado al resto de su team llamado One Chalk.

Menos de cinco minutos después, comienzan a llegar adolescentes que visten a la moda y portan teléfonos inteligentes. Se saludan, beben un trago de una botella de whisky barato y desde sus celulares comienzan a textear frenéticamente por WhatsApp.

Al ver a más de un centenar de jóvenes reunidos, vecinos y transeúntes se preguntan qué pasa. “No es ninguna manifestación contra el gobierno. Son fiñes, hijos de Papá, que ahora les ha dado por crear teams y los fines de semana por la mañana se reúnen en el Prado, en las afueras del Capitolio y otros lugares emblemáticos de la ciudad”, dice Didier, quien por los alrededores del lujoso Hotel Packard, Habana Vieja, se dedica a venderle a los turistas cajas de tabaco elaboradas clandestinamente

Lidia, trabajadora social, cuenta que en la escuela de su hija se han formado “diversos teams con nombres ininteligibles. Son buenos muchachos. No tienen nada de raro, ni abusan del alcohol o las drogas. Se citan en sitios públicos, por lo regular de día, para hablar de moda y temas juveniles. No suelen hablar de política, algo que no les interesa”.

Más detalles sobre los teams ofrece Liuba, 16 años, alumna de preuniversitario. “Existen más de doscientos teams en Cuba, en distintas provincias, aunque la mayoría son de La Habana. Las edades de sus miembros van desde los 13 o 14 años hasta los 20 años. Cada team tiene un jefe a quien le dicen Boss, que por lo general es su fundador y por lo tanto el líder. Cada integrante del team se modifica su nombre o se cuelga un mote. Se utilizan siglas y signos de puntación que parecen nórdicos, como por ejemplo Yäimí BlackClóvër o Liudmila Töa Unicorniö. Los nombres se inventan. Estan los Tö Cörrecto, Intoccabile, Cali-Fornicatión, Illuminatti, Level Up u Ozi Towers”.

Según Liuba, en etapas de clases se citan por WhatsApp, Facebook o Instagram a una fiesta en casa de alguien del grupo, un bar particular o en una piscina privada. "El Boss, por ejemplo, recoge dinero (10 cuc diez por persona) para alquilar una guagua hasta una piscina y allí nos reunimos 70 o más muchachos de diversos teams. Un team puede tener de 15 a 200 integrantes. Nos vestimos a la moda. Y aunque en Cuba hace calor, nos gusta ponernos overoles y enguatadas. A veces nos encontramos en centros nocturnos como Tercera y 18 o el Salón Rosado de La Tropical, en la Avenida 41, donde compartimos la música y bebemos cerveza o ron. Hay muchachos que no toman bebidas alcohólicas y algunos, los menos, ingieren sicotrópicos, fuman marihuana o halan polvo. Pero no es lo común, pues salvo excepciones somos jóvenes sanos. Nuestro denominador común es el interés por la moda, las últimas tendencias tecnológicas, los avances de la informática y la telefonía celular. A muchos teams les gusta el fútbol de clubes europeos y el baloncesto de la NBA. Nuestro hobby preferido es chatear, ver quien recibe más Like y participar en competencias que entre nosotros armamos en las redes, utilizando casi siempre WhatsApp”, detalla Liuba.

Mijaíl, 19 años, estudiante universitario, explica que hasta hace unos meses estuvo en un team. "Pero la rigurosidad de las asignaturas en la Universidad y la madurez que uno va adquiriendo me apartaron de esas tribus urbanas. Es gente joven, bastante sana, con un nivel de vida por encima del promedio en Cuba. Sus padres tienen negocios privados o en el exterior tienen familiares que les giran remesas. Conectados a WhatsApp en un mes pueden gastar hasta 60 cuc. Muchos padres prefieren tener a sus hijos en ese micromundo, alejados de nuestra realidad y de los problemas de la sociedad cubana, en una absoluta indiferencia política. Lo de estos teams es conectarse, compartir entre ellos, vestir a la moda, subir fotos a las redes sociales y verse los fines de semana en bares como Soda 52”.

Carlos, sociólogo, considera que “los teams conformados por millennials y que chatean y se organizan a través de las redes sociales es un fenómeno reciente. Fue con la apertura de la comercialización de internet en los teléfonos móviles cuando comenzaron a propagarse. Si damos créditos a algunas investigaciones sociológicas, no llevan más de dos años creados. Si los comparamos con las tribus urbanas del Parque G, así llamadas porque surgieron en la Avenida G del Vedado en la primera década del siglo XXI, estos grupos son más despolitizados, menos dados al alcohol y las drogas, tienen menos problemas en su entorno familiar y sufren menos rechazo por parte de un sector de la sociedad. Los frikis, emos y otras tendencias que cohabitaban en la Avenida G venían de familias disfuncionales, eran más agresivos, dados a las broncas callejeras y rechazaban abiertamente al régimen. Escuchaban música de grupos disidentes como Porno Para Ricardo y Los Aldeanos. A estas nuevas tribus les interesa la moda, la tecnología, el fútbol, vestir al Swag Style o seguir la saga de Candy Krush. Lo más 'disidente' es que algunos les gusta el reguetón de Chocolate MC, que está censurado en los medios oficiales”.

En opinión del sociólogo, si en algo se parecen los miembros de un team es que ninguno sufre grandes carencias materiales. "Tienen parientes a amigos que les envía dinero o les recargan las cuentas para navegar por internet, aunque entre ellos hay solidaridad y se comparten el dinero para chatear. Son hijos de altos funcionarios del gobierno o proceden de familias que reciben altas sumas por concepto de remesas o forman parte de la incipiente clase media conformada por cuentapropistas de éxito" .

Sin embargo, a pesar de su aparente inocencia, un ex oficial de inteligencia dice tener información que la Seguridad del Estado está estudiando el fenómeno de los teams. "Sobre todo les llama la atención la capacidad de aglutinar que tienen los líderes autodenominados Boss. Por su tremenda capacidad movilizativa, quieren investigar si no reciben ayuda financiera externa, pues en cuestión de minutos cientos de ellos se convocan a un sitio público. Utilizan aplicaciones como WhatsApp que están encriptadas. Ahora se reúnen para hablar boberías, pero cualquier día, piensan los servicios especiales, pueden convocar una marcha contra el gobierno y tomar desprevenida a la contrainteligencia”.

Arturo, integrante de un team, reconoce que una mañana en su escuela un oficial de la Seguridad del Estado se reunió con varios Boss, para recabar información de nosotros. "Quería saber de dónde había surgido esa idea, cuáles en realidad son nuestros intereses y temas de conversación. Habló en buena onda. El tipo tomó nota y nos dijo que próximamente la UJC iba a programarle actividades a los teams”.

En una sociedad de corta y clava como la cubana, un team de adolescente por muy ingenuo que parezca, no escapa al control de los servicios especiales. Por eso el régimen de los hermanos Castro lleva sesenta años en el poder.

Iván García
Foto: Tomada de Facebook.

lunes, 23 de septiembre de 2019

El ardid de fingirse opositor para entrar a Estados Unidos



“Soy un perseguido político” es la fórmula que le abrió y aún le abre las puertas de los Estados Unidos a muchísimos cubanos que hoy viven del “lado de allá” o esperan en algún centro de detención en la frontera por el otorgamiento de un estatus de “refugiado” pero que, en realidad, mientras vivieron del “lado de acá” jamás nadie les vio protestar ni siquiera entre dientes contra el gobierno.

No estoy seguro sobre cuál es la cifra real de tales “perseguidos” que han logrado engañar a las autoridades migratorias del país norteño, pero estoy convencido de que debe ser una cantidad considerable, teniendo en cuenta que es uno de los argumentos más escuchados en los reportajes periodísticos y notas de prensa que abordan el tema de la migración cubana en los últimos meses, después que fuera eliminada por Barack Obama la política de “pies secos, pies mojados”.

Lo cierto es que veo los rostros y leo los nombres de algunos “indignados” con las nuevas medidas migratorias que les fastidian el juego y, por más que busco en la prensa alguna vieja noticia donde aparezcan como encarcelados o acosados por la policía política, no logro dar con ninguna donde estén ni siquiera aludidos en las notas puntuales que suelen publicar las organizaciones opositoras o aquellas que documentan y dan seguimiento a cada uno de los casos.

Con la excepción de los verdaderos activistas y periodistas que todos conocemos, en peligro real, el resto son un gran invento, y la culpa, en buena parte, es de aquella anterior legislación que no exigía profundizar en la indagatoria sobre quién es quién y para la cual ser cubano era igual a ser perseguido político o víctima del sistema, un error que permitió durante años pasar “gato por liebre” y el resultado ha sido lamentable.

Perseguidores arrepentidos de su pasado, pero solo cuando les estampan el visado o les aseguran una manutención de por vida en las “entrañas del monstruo”. Entre ellos se encuentran ex dirigentes del partido comunista, ex militares, ex oficiales de la policía y la seguridad del estado. Directivos que lanzaron huevos a la “gusanera” en la Embajada del Perú, o quitando estímulos salariales si un trabajador no iba a la Marcha del Pueblo Combatiente o expulsando de su plaza a un obrero o estudiante porque el aval del Comité de Defensa de la Revolución denunciaba que no hacía la “guardia cederista” o no asistía al “trabajo voluntario”. “Cuentapropistas” que hicieron su fortuna portándose bien con el jefe del sector de la policía o que le negaban entrevistas a los medios independientes, o que incluso los injuriaban por usar una foto de su negocio en algún reportaje, porque eso lo podía perjudicar en su aventura de ganar y ganar dólares para comprar su boleto a Miami.

También fugaces periodistas independientes de una ingenuidad apabullante, que de pronto descubren que el ejercicio diario de su profesión no es un lecho de rosas y a la menor amenaza corren a buscar refugio despavoridos. Y hasta opositores y activistas que a la primera detención entran en pánico como si no se hubiesen esperado tal reacción represiva o de censura.

El más claro ejemplo son aquellos cientos, quizás miles, de los cuales leímos sus nombres en la prensa independiente y que, luego de pisar suelo estadounidense y obtener algún estatus como residente o ciudadano, jamás volvimos a saber sino por sus publicaciones en Facebook o Instagram, celebrando las mejores navidades de sus vidas, vacacionando en Disneyland o con suma discreción en Varadero o Cayo Coco. O disfrutando de una inútil y prolongada beca en tal o más cual universidad o reclamando más coraje y sacrificio a los que se quedaron atrás en el infierno insular, por no ser capaces de luchar y rebelarse contra el demonio. El que empuja no se da golpes.

Más allá de que esos “perseguidos”, incluso con lágrimas en los ojos, puedan alegar la pérdida de algún negocio en la isla y el desamparo legal que les impide reclamar su devolución, las malas condiciones de vida o la falta de oportunidades como simples ciudadanos sin privilegios políticos o el mero hartazgo ideológico, ingredientes de cualquier régimen totalitario de izquierda, en realidad son personas que, por no haber estado vinculadas a ninguna actividad opositora, sus vidas ni las de sus familiares corren ni corrieron ningún tipo de peligro.

El ardid de fingirse opositor, incluso aliarse solo por una cuantas semanas a algún grupo disidente cubano o hacer un poco de periodismo independiente con el único objetivo de crearse un pequeño “historial” que les facilite emigrar, ha sido una constante en el flujo de cubanos hacia los Estados Unidos, lo cual no solo ha llegado a dañar y molestar a la comunidad cubana en el exilio que en las décadas de 1960 a 1980 tuvo un componente ciertamente político sino que, además, ha repercutido negativamente en la imagen de aquellos grupos que en el interior de la isla y desde diversas tendencias políticas, han tenido una aptitud opuesta a tales engaños y oportunismos.

Si es doloroso ver cómo cubanas y cubanos lo han perdido todo, incluso hasta la vida, en su tránsito por Centroamérica o en altamar, intentando empezar de cero en una tierra de oportunidades, también lo es ver cómo muchos de los que logran pasar a los Estados Unidos mediante la representación teatral de un papel de víctima o perseguido político, más tarde retornan a Cuba para tomarse un mojito en el hotel Manzana Kempinski, porque está de moda, o simplemente se quedan en la Yuma y a conciencia se toman a conciencia la Coca-Cola del olvido. A todos ellos deberían retornarlos.

Ernesto Pérez Chang
Cubanet, 24 de julio de 2019.
Foto: Cubanos en la frontera entre México y Estados Unidos. Tomada de Cubanet.

lunes, 16 de septiembre de 2019

Crónica en balsa



Hay una categoría de cubanos que se ha ganado una definición especial dentro del rango estricto de la esfera que abarca la complejidad y la riqueza de su ciudadanía. Se la han ganado por la manera riesgosa y grave que asumieron para alcanzar la libertad y dejar en el mapa de la Isla todas las podredumbres de la dictadura, desde el hambre y la escasez, hasta la cárcel o la muerte.

Hablo de los llamados balseros, unos cuantos miles de criollos que viven ahora fundamentalmente en el sur de la Florida y otras partes del mundo y que tuvieron que salir de su patria, en cualquier tipo de embarcación y con el peligro latente y real del mar abierto y misterioso, que los separaba de las costas libres de Norteamérica.

Recientemente, ocupó espacios noticiosos el hecho de que cinco habitantes del aquella nación fueran devueltos por las autoridades de Estados Unidos al puerto de Cabañas, en la provincia de Artemisa, porque fueron sorprendidos tratando de llegar a territorio estadounidense en un bote rústico.

Ha sido noticia porque se trata de un episodio anormal y extraño, que los cubanos intenten de llegar por mar a tierra libre después que en enero de 2017, el presidente Barak Obama cerró la política de “pies secos/pies mojados” mediante la cual los ciudadanos de Cuba, apoyados por la Ley de Ajuste Cubano, podían residir de manera permanente en el país vecino.

A partir de ahora, volverá a ser mencionada cualquier propuesta de travesía de los casos aislados y puntuales de individuos que se lancen a probar su suerte. Pero la verdad es que nadie, de la Cuba de adentro ni de los que habitan en la geografía americana, pueden olvidar el fenómeno que se produjo, entre el 15 de abril y el 31 de diciembre de 1980, cuando se produjo un verdadero movimiento de masas con su origen en el puerto habanero del Mariel.

Los datos recuerdan que cerca 125 mil cubanos salieron de la Isla en aquella oportunidad, es decir, el 1,3 por ciento de la población, según un censo de la Oficina Nacional de Estadísticas. Unos años antes, se había producido otra escapada masiva de cubanos, por la zona matancera de Camarioca. En esa ocasión se fueron para Estados Unidos unas 30 mil personas, también en diversos tipos de barcos, balsas y chalanas.

No habrá más generaciones de balseros y el apelativo se perderá con el tiempo y con la riqueza del idioma, aunque haya memoria de los acontecimientos globales y haya memoria para la cifra, difícil y desconocida, de los cubanos que salieron y nunca llegaron.

Raúl Rivero
Blog de la FNCA, 22 de julio de 2019.
Foto: Una de las muchas embarcaciones que en 1980 salieron repletas de cubanos desde el puerto del Mariel. Tomada de Mariel, 30 años después.

lunes, 9 de septiembre de 2019

Bofill, Fidel, Escalante y la microfracción



El activista cubano de derechos humanos y el último sobreviviente de una de las primeras crisis políticas de la revolución cubana, Ricardo Bofill Pagés, murió en la madrugada del viernes 12 de julio en Miami, tras una larga dolencia cardíaca y de sufrir complicaciones de una operación en la espalda, confirmaron varios amigos suyos. Tenía 76 años.

Bofill fue uno de los pioneros del controversial movimiento de defensa de los derechos humanos en Cuba. La creación, por parte suya en 1976 del Comité Cubano de Derechos Humanos, constituyó una especie de parteaguas de la tercera década del proceso revolucionario cubano. Una de las tareas en las que se concentró fue en la confección de informes detallados sobre violaciones de derechos humanos que lograron llamar la atención de organizaciones como Amnistía Internacional o el Comité de Derechos Humanos de la ONU.

Dos años antes, en 1974, Bofill había salido de la cárcel. Su excarcelación condujo también al nacimiento de la disidencia cubana en términos parecidos a la que surgió en la difunta Unión Soviética en esa época. No deja de ser curioso porque el primer encarcelamiento de Bofill se produjo en 1968, cuando fue acusado de ser más prosoviético que castrista en el marco del episodio de la llamada microfracción.

La microfracción constituye un episodio controvertido de la revolución cubana y fue una de sus primeras crisis políticas. Ocurrió en torno a un grupo de militantes del Partido Socialista Popular (PSP), conocidos como 'los viejos comunistas de antes de la revolución' , enfrentados a los nuevos, formados por ella. Fidel Castro, los acusó de conspirar junto a Moscú.

El caso comienza a mediados de 1966 cuando Fidel Castro conoce que Aníbal Escalante Dellundé, un viejo militante comunista que nunca ocultó su devoción por los soviéticos, que llegó a ser el líder principal del PSP antes de 1959 y a tener una destacada influencia en el poder durante los primeros años de la Revolución, estaba sosteniendo reuniones clandestinas con viejos militantes del PSP, entre ellos Bofill.

El objetivo, según las autoridades de la isla, sería establecer un movimiento de opinión dentro de los círculos políticos cubanos, partiendo de la base de que pese a mantener buenas relaciones con los dirigentes políticos soviéticos de entonces, Fidel Castro en realidad no era lo suficientemente prosoviético y, por lo tanto, no era de confianza.

Hubo dos argumentos fuertes en esa época: que los principales dirigentes de la revolución tenían ascendencia pequeño-burguesa y no querían tener en cuenta el supuesto liderazgo revolucionario de Moscú a nivel global.

Durante casi un año se les fue dando cordel hasta que los investigadores le colocaron a Fidel Castro un informe sobre la mesa: Escalante y otros viejos militantes del PSP habían estado organizando reuniones conspiradoras y estableciendo contactos con diplomáticos y periodistas de la Unión Soviética.

En concreto, el grupo quería que Moscú se enterara de que la dirigencia de la Cuba revolucionaria tenía todas las condiciones para darle la espalda a Moscú. Uno de esos indicios era la molestia que Fidel Castro manifestó cuando Moscú negoció en secreto con Washington la retirada de los cohetes nucleares de la isla en octubre del año 1962, crisis que llevó al mundo al borde del conflicto atómico.

Para colocar en contexto el surgimiento de un grupo fraccionista dentro del Partido Comunista de Cuba (el PCC fue fundado el 3 de octubre de 1965), el 24 de enero de 1968 el actual primer secretario del partido, general Raúl Castro, presentó un Informe al Comité Central donde dejó constancia de las interioridades de la conspiración.

"A mediados del año 1966 llegaron a nuestro poder distintas informaciones sobre opiniones, críticas a la dirección de la revolución y específicamente al compañero comandante Fidel Castro, así como comentarios contra la línea ideológica del Partido, provenientes de algunos viejos militantes del PSP. Hasta este momento las informaciones habían surgido espontáneamente, refiriéndose muchas de ellas a planteamientos que se vertían a finales del año 1965 en la finca ‘Dos Hermanos’, que administraba Aníbal Escalante Dellund, donde se celebraban comidas festivas a las que acudían viejos miembros del PSP, amigos de este último", relató Raúl Castro, a la sazón ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y segundo secretario del PCC.

La microfracción nunca fue muy amplia. Sus integrantes, identificados por las autoridades, no llegaban a cuarenta y no todos terminaron sancionados. Pero entre ellos "se hacían planteamientos políticos tales como que Aníbal Escalante representaba la verdadera corriente ideológica de la clase obrera. Que su sola presencia en Cuba, aunque no participase en las actividades políticas, constituía un freno para los elementos pequeño-burgueses enquistados en la dirección del país, que existe una política para eliminar a los viejos comunistas, que esta política se inició con los acontecimientos de marzo de 1962", afirmó el ex ministro de las FAR en su Informe.

Raúl Castro se refería al encontronazo de Fidel Castro con Escalante, que según el escritor Norberto Fuentes acabó con la presencia del ex líder del PSP en la esfera del poder, quien tenía casi todo el control de las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI), que antecedieron la formación del PCC.

Cuando a principios de 1962 Moscú consulta con La Habana la instalación de misiles nucleares en la isla, explica Fuentes, "Fidel se ve en la necesidad de reforzar su control de las ORI y para ello saca a Aníbal del partido. En esa época la gente del PSP (que ya no existía legalmente) estaba totalmente en el poder".

El asunto es que puso como condición que las negociaciones se hicieran directamente con él sin pasar por Escalante. “Tu no podías instalar los cohetes con Aníbal en el poder”, agrega el escritor, residente en Miami. Durante los siguientes cuatro años el viejo militante del PSP, en un semi exilio, se dedica a trabajar en la redacción de la revista semanal moscovita Tiempos Nuevos.

En su Informe, Raúl Castro adiciona que en el grupo "hablaban de que había una fuerte corriente antisoviética" y enfatizaban que "la URSS es el país que debe llevar la hegemonía" global. Tambien "planteaban que la pequeña burguesía era la corriente predominante en la política de la revolución y que había hecho intentos por lograr que todo el poder pasase a sus manos".

En este sentido -apuntó Raúl Castro-, sostenían que «"la pequeña burguesía y los elementos de derecha fueron preparando las condiciones para los acontecimientos del 26 de marzo de 1962 (cuando Escalante fue apartado de la esfera del poder) y la Crisis de Octubre, posibilitaron que se reconsiderara la política comercial, proyectándose nuevamente hacia los países capitalistas, los propósitos de la pequeña burguesía no eran solamente desplazar el comercio hacia las áreas capitalistas sino retroceder a Cuba al sistema que se había barrido en enero de 1959".

O sea, el grupo de Escalante consideraba a la dirección revolucionaria, a los dirigentes del Movimiento 26 de Julio, como elementos burgueses con planes de salir de la órbita moscovita y regresar a los brazos de Washington. De ahí el interés en contactar a la dirección soviética, a través de sus diplomáticos y periodistas en Cuba, a fin de convencerla de presionar a La Habana en el plano económico para que corrigiera sus posturas "aventureras".

Pero hay más. Eran también eran muy críticos en sus apreciaciones sobre la vía armada para tomar el poder, tesis política rechazada por los soviéticos y abrazada por la dirección revolucionaria que bajó de la Sierra Maestra. Ejemplo de ello es la creación en 1966 de la Conferencia Tricontinental.

La reunión del Comité Central del 24 de enero de 1968 duró casi 24 horas, en parte porque Fidel Castro estuvo hablando doce, un discurso que nunca fue publicado. También intervino Carlos Rafael Rodríguez, quien fuera un miembro muy importante de la dirección del PSP, el único dirigente de la organización que se unió a Fidel Castro en la Sierra Maestra y en ese momento el número tres del gobierno. Además, Fidel Castro leyó una carta de autocrítica de Escalante, a la cual no le dio gran valor, y se escucharon las explicaciones de los dos únicos miembros del antiguo PSP que integraban el Comité Central del PCC, José Matar y Ramón Calcines, tras lo cual fueron expulsados de la organización política.

Los demás implicados, que estaban ya detenidos, 35 en total, fueron juzgados en los meses siguientes y recibieron penas de cárcel entre 15 (Escalante, la mayor) y 2 años. El viejo líder del PSP no estuvo mucho tiempo tras las rejas. Fue liberado en 1971, poco antes del viaje de Fidel Castro a Chile, tras un pedido de los comunistas chilenos. Escalante murió en 1977 mientras dirigía una granja agrícola.

Un par de meses después de la reunión del Comité Central, Fidel Castro lanzó en la escalinata de la Universidad de La Habana la llamada Ofensiva Revolucionaria, que acabó con los negocios privados. En ese discurso, antes de entrar en materia, se refirió a la microfracción y anunció que no serían divulgados más detalles que los publicados en la prensa, admitiendo que de hacerlo pudiera tener implicaciones diplomáticas, obviamente con Moscú.

"Infortunadamente todos los problemas no pueden ser tratados públicamente. Somos un Estado constituido, y como Estado constituido lógicamente tenemos que atenernos a ciertas normas, y en el mundo complejo y difícil que vivimos no siempre todos y cada uno de los problemas se pueden discutir a la luz pública. Sencillamente porque hay cuestiones de orden diplomático, cuestiones que tienen que ver con las relaciones entre Estados, y cosas por el estilo, o cuestiones que por ser de conocimiento del enemigo podrían ser perjudiciales», explicó Fidel Castro.

Pero abrió una pequeña ventana e hizo una minima valoración del impacto de la crisis pasada: "Es cierto que algunas de las manifestaciones de tipo político de los elementos microfraccionales y el fenómeno microfraccional pudieron haber sido tratados más ampliamente -y nosotros ese aspecto lo tratamos ampliamente en la reunión del Comité Central-, hay que decir ciertamente que la microfracción como fuerza política -como fuerza política- carecía de significación; como intención política, sus actos eran de carácter grave; y como corriente dentro del movimiento revolucionario, una corriente francamente reformista, reaccionaria y conservadora, aunque comprendemos perfectamente bien que en la atmósfera de estos tiempos circulan muchas corrientes de esa índole".

Y cerró el asunto con un "al fin y al cabo, la microfracción nosotros la consideramos un problema ya resuelto". Desde entonces y hasta hoy, no se ha desclasificado el proceso de Aníbal Escalante y sus 34 compañeros. Han pasado 51 años. Los protagonistas han muerto. La Unión Soviética ya no existe.

Ricardo Bofill terminó condenado a doce años de cárcel por microfraccionario. Cuando lo detuvieron, la policía encontró apenas un estudio sobre la situación político-económica cubana entonces y que supuestamente iba a ser enviado a Moscú. Cumplió ocho años. Al salir de prisión tuvo dificultad para encontrar trabajo. Apenas pudo ejercer pequeños oficios como bibliotecario, pese a que antes de la microfracción llegó a ser profesor de Filosofía Marxista en la Universidad de La Habana.

Desilusionado con la política gubernamental cubana, comenzó a dedicarse a la defensa de los derechos humanos. En 1976, tras salir de la cárcel, creó el Comité Cubano de Derechos Humanos, iniciativa que de cierto modo lo hizo volver a sus raíces prosoviéticas. Diseñó el grupo y su trabajo de denuncias a la imagen y semejanza de lo que hacían los disidente rusos en esa época: conferencias de prensa, comunicados a la prensa internacional y confección de informes dirigidos a organizaciones internacionales. Más no podía. Durante la década de 1980 llegó a pedir asilo político en la Embajada de Francia en La Habana, y volvió a la cárcel brevemente, acusado de "propaganda enemiga". Salió de Cuba en 1988.

"Bofill fue fundamental, esencial, en la creación de la disidencia. Es el padre de todo eso. Contó con la ayuda de Elizardo Sánchez Santacruz y de Adolfo Rivero Caro, quien después en Miami lo ayudaría a descarrilar el movimiento disidente, porque lo convirtió en un movimiento de la extrema derecha de Miami", afirma el escritor Norberto Fuentes.

Cuando Fidel Castro falleció el 25 de noviembre de 2016, Ricardo Bofill, ya enfermo, dijo a la televisión en Miami que no se "alegraba" de su muerte. Era el último sobreviviente del grupo de la microfracción.

Rui Ferreira
On Cuba, 14 de julio de 2019.
Foto: Ricardo Bofill. Tomada de On Cuba.