viernes, 18 de abril de 2014

La Habana: parque temático Castro-McDisney



Hace unos años, el sociólogo norteamericano George Ritzer adoptó la perspectiva de “la macdonaldización de la sociedad”. Dentro de ella y teniendo en cuenta los parques Disney, acuñó el término “McDisneyzación del turismo”.

Sería interesante conocer la opinión de Ritzer sobre el gran parque temático en que se ha convertido Cuba. O los varios sub-parques en que se divide, según los intereses del visitante.

Para el turismo ideológico, Cuba sigue siendo la meca de la izquierda mundial, ahora más que ayer, antes de que las reformas proto-capitalistas –llámenlas Lineamientos, actualización del modelo económico o como las llamen- la desmonten en piezas y las subasten.

Entonces, se apresuran a hacer la peregrinación antes de que se agote el relato revolucionario, dejen de rodar los almendrones, se acaben de derrumbar los viejos edificios y las jineteras y los pingueros adecúen sus tarifas a las de Bangkok o Amsterdam.

De la utopía revolucionaria, solo queda lo que el turista de antemano planificó ver, y eso es exactamente lo que le muestran los cicerones.

Los turistas no gustan de sorpresas desagradables o contratiempos. Antes que con gente impredecible que les pueda amargar la jornada con el recuento de sus cuitas, prefieren conversar con personas alegres, serviciales y bailadores de salsa, como se espera que sean, aunque se pongan algo impertinentes con la propina.

Si se supone que aquí la revolución no abandona a nadie a su mala suerte, en vez de ciertos locos y pordioseros que deambulan por las calles, los turistas prefieren retratar -por el parecido con el comandante- a esos ancianos de barba larga, camisa verde olivo, gorra miliciana, y licencia de figurantes concedida por el Historiador de la Ciudad.

La Habana para vender de Eusebio Leal es como un grabado de Landaluze. Un tinglado para recaudar divisas. Folklore de postal turística. Mezquita y catedral ortodoxa sin feligreses. Un cementerio-jardín para ricos, con tierra de colores y a la sombra de un convento. Cartománticas negras con batas decimonónicas y pañuelos de bayajá.

Una Habana virtual, sepia, technicolor o verde olivo: de la billetera y el gusto particular de cada cual depende cómo colorearla.

Tabacos Cohiba, mojitos y Cuba Libre sin Coca-Cola. Artesanías, boinas guerrilleras, carteles y camisetas con el rostro ferozmente soñador de Che Guevara. Pseudo-arte posmoderno y casi poscastrista, solo lo suficiente para que se venda bien. Salsa y son. Muchachas y muchachos que se alquilan; sexies, bronceados, saludables, instruidos y a precios de ganga.

Una pintoresca estafa a sólo pocos metros de La Habana profunda, la real. La que habla a gritos y con palabrotas por no reventar de rabia. La ciudad que además del olor a ron y lechón asado de los restaurantes en divisas, apesta a aguas albañales, sudor, fritanga, café mezclado sabe Dios con qué, arrecifes sucios y basuras sin recoger.

En medio del torneo habanero por las migajas del turismo, deambulan extranjeros sonrosados y risueños, como si pasearan por el mejor de los mundos. Ese otro que dicen que es posible y que parecen ver corporeizado en Cuba, donde sólo les molesta el calor.

Deambulan entre columnas, rejas, establecimientos con precios del primer mundo, y edificios en ruinas. Por doquier, policías con boinas negras o grises, ceño adusto, bastones de goma, y perros sin bozal, cuidan el orden. Si exageran el celo en la tarea, no importa.

Son los guardianes del parque, que no se olvide, también es una plaza sitiada por los yanquis, lo cual explica cualquier inconveniente.

Luis Cino
Cubanet, 25 de febrero de 2014
Foto de Juan Antonio Madrazo. En los últimos tiempos, por las calles de la Habana Vieja más transitadas por turistas, abundan mujeres con vestimentas folclóricas y carnavalescas, vendiendo flores, maní y souvenirs. Casi todas son negras o mulatas, unas más jóvenes, otras más viejas.

miércoles, 16 de abril de 2014

Tabarich: nostalgia de la Rusia soviética



"El Tabarich, tiene un antecesor: el casino- cabaret Montmartre, edificado en la Cuba republicana –también para privilegiados– y luego, revolución por medio, convertido en el restaurante Moscú, a propósito de un proyecto de reanimación de La Rampa en la segunda mitad de los años 60", comentó el cineasta Enrique Colina.

En los 70 y 80, el restaurante Moscú tuvo cierto esplendor. Varias generaciones de cubanos no olvidan “la variedad de sus platos”, según Carmita, vecina de Guanabacoa. Margot, residente en Lawton, recuerda “los techos de madera tallada y la gentileza de los empleados”. Para otros como Desiderio Navarro, no le es tan cercano emocionalmente: “En esa época, el Moscú estaba a años luz de mi bolsillo”

En 1990, un incendio arrasó con el lugar. Ardió convenientemente, quizás a propósito, cuando se produjo la caída del campo socialista en Europa. “Tal vez fue un incendio premeditado", comenta Arturo, antiguo gastronómico.

Luego vino el enfriamiento entre Rusia y Cuba, a principios de la década de 1990 primeros. A partir del 2000, las relaciones tomaron un nuevo giro. En 2007, con el beneplácito de la Embajada de Rusia en La Habana y las autoridades cubanas, se creó el denominado Comité Coordinador Nacional. Lo conforman mujeres rusas y algunos cubano-rusos.

Intentan preservar la cultura rusa, las tradiciones de una comunidad que suma unos 1,077 rusoparlantes. Se valoró rehabilitar el antiguo restaurante Moscú. La idea fue bien recibida, al menos en apariencia. Pero terminó en saco roto.

El restaurante Tabarich se inauguró en octubre de 2013. “Está pensado para lo comunidad rusa que reside en Cuba, y para los cubanos nostálgicos de la era soviética. Fue diseñado con el trasfondo de ese período histórico”, me dice Pavel, su administrador.

Los dueños son dos hermanos que viven en Rusia: Antón, y desde allí financia el lugar, y Andréi, encargado de supervisar el negocio en la isla.

Los platos que se ofertan son realizados por chef cubanos que se han especializado en comida rusa.

Si le gustan los Pielmenis con salsa Smetana, acompañado con cerveza Cristal, ¡que el bolsillo aguante el golpe en pesos convertibles!

Texto y foto: Polina Martínez Shvietsova
Cubanet, 6 de marzo de 2014
Leer también: Putin mira a La Habana, de Miriam Celaya.

lunes, 14 de abril de 2014

Cuba: el negocio del arte


Son como piratas modernos. Su misión es comprar lo más barato posible. Y vender a precios por las nubes. Hagamos una radiografía de un anticuario habanero de obras de arte.

A Dania, 32 años, le salen ampollas en los pies de caminar en exceso. “Un día cualquiera recorro 20 kilómetros bajo un sol de fuego. A veces tiene sus recompensa. He comprado a precios de ganga lienzos, dibujos o grabados de pintores cubanos de los años 40, como Wilfredo Lam, René Portocarrero o Carlos Enríquez. Vajillas de plata, fotos con gran valor artístico y, la última moda, colecciones de sellos de Mao Tse-tung”, cuenta esta comerciante clandestina de obras de arte y objetos exóticos.

Los ingredientes para ser un brillante experto de arte subterráneo los define Augusto, 43 años. “Es una mezcla de agresividad, paciencia, talento y, sobre todo, alto nivel cultural. Y mucha empatía para ganarte el corazón de las personas. Sensibilizarse con sus problemas y saber que venden cosas valiosas porque suelen estar mal de dinero o desean juntar una cantidad para marcharse al extranjero. Yo siempre trato que los clientes sientan que se les está pagando un precio adecuado por sus artículos. La mayoría procede de la otrora clase media cubana, venidos a menos después de la revolución. Viejitos sin familiares en la isla o tipos que supieron invertir su dinero en obras de arte y ahora creen que es el momento de vender para obtener grandes beneficios”, explica Augusto, un especialista de calibre en el mundo de las antigüedades y obras de arte.

En cualquier barrio habanero usted podrá ver a los marchantes de arte haciendo propuestas e intentando hacer negocios con personas que poseen objetos de valor.

Dora es de las que toca puerta por puerta, anunciando que compra tenedores y cuchillos de plata; porcelana europea o China; viejos libros de ediciones únicas y otras rarezas que las personas tienen guardadas hace años en alguna oscura despensa.

Es amable y ríe de forma franca. Tiene un don especial para que gente desconfiada le abran la puerta. “A veces yo misma he estado días registrando en closets y viejos armarios de mis clientes en busca de objetos, pequeños grabados, recortes de periódicos y colecciones numismáticas o filatélicas que la gente piensa no tienen valor”, dice Dora, mientras revisa un bolso de nailon repleto de cubiertos de plata.

Ella suele comprar cada tenedor o cuchara de plata a 20 pesos, menos de un dólar, y luego al por mayor vende el kilo a 50 dólares. Todos estos mercaderes de antigüedades y obras de arte tienen contactos con compradores extranjeros que de antemano le hacen sus pedidos.

Hay temporadas que a los forasteros que les interesa la pintura cubana de un determinado período. “Aunque los pesos pesados como Lam, Mariano, Portocarrero, Ponce, Amelia Peláez, Víctor Manuel o Tomás Sánchez siempre interesan. A veces la suerte nos acompaña y damos un buen palo al adquirir un lienzo de un pintor español o francés de calibre. En Cuba se ven cosas increíble, conozco caso de personas que tienen obras de Picasso o Velázquez. Incluso Degas o Monet. Pero es difícil topar con un cuadro de ese nivel, lo mas fácil es adquirir pinturas del patio, esculturas y vajillas finas”, aclara Norberto, perito de arte en el mercado negro con 35 años de experiencia.

En ese mundo no faltan los estafadores y picaros. Es casi una industria. Miguel, dibujante con talento, por un tiempo se dedicó a copiar cuadros de pintores cotizados. Tenía una red de personas a las que pagaba bien cuando vendían sus estafas. “Muchos cayeron en el jamo. Hice estafa de hasta 14 mil dólares. Hay unos cuantos cuadros falsos de Tomás Sánchez y Wifredo Lam dibujados por mi regados por La Habana”, señala.

Pero en el negocio del arte hay gente seria como Dania, incapaz de timar a nadie. Aunque a la hora de la puja por comprar lo más barato posible puede codearse con un accionista de Wall Street.

Ahora su prioridad número uno es adquirir colecciones de sellos con la imagen de Mao de los años 60. También libros de ediciones exóticas con poemas y doctrinas del líder chino. “Tengo dos compradores chinos que están interesados en la etapa de la 'revolución cultural' y obras de Mao y sellos que deseen vender coleccionista cubanos. Y pagan muy bien”, cuenta Dania, sin dejar caer la comisión que gana.

Todos estos mercaderes, anticuarios o coleccionistas, tienen un denominador común: trabajan duro y mucho, tienen buena labia y amplia cultura, compran barato y venden caro. Además, abordan a sus clientes como auténticos piratas modernos. Siempre, eso sí, con cara de ángeles y exquisitos modales.

Iván García
Diario de Cuba, 13 de julio de 2011
Foto: La Jungla (1943), una de las obras más conocidos del pintor cubano Wifredo Lam (1902-1982). Pertenece al Museo de Arte Moderno de Nueva York. Fue tomada de Yoel Magazine. En 1979, el cuadro fue exhibido en París.

viernes, 11 de abril de 2014

Aperturas utópicas



Bienvenido a una isla ficticia. En Cuba nada es lo que parece ser. Algunas cosas que suceden en el verde caimán superan la imaginación más retorcida.

Si usted es un forastero notará que los edificios y sus calles están deteriorados y en la ciudad y en sus canales de TV no hay publicidad comercial.

Le gente gana poco más de 20 de dólares al mes y, sin embargo, hay cientos de tiendas que venden electrodomésticos, televisores de plasma o aires acondicionado a precios de Nueva York.

Si recorre las flamantes agencias que ofertan automóviles nuevos o de uso, no se frote los ojos, es real: un Peugeot 508 cuesta más de 300 mil dólares y 120 mil una camioneta de uso.

En el restaurante de un hotel cinco estrellas -el ministerio de turismo local es muy flexible a la hora de otorgar categorías de lujo- una cena mediocre cuesta más de 120 dólares.

Te venden una botella de vino chileno de tercera como si fuese un tinto de primera francés. Y las tarifas de las llamadas celulares son las más caras del planeta. Con toda razón, muchos turistas se preguntan qué rayos hacen con los dólares recaudados las instituciones del Estado y no le dan una mano de pintura a la ciudad, reparan sus calles o elevan el salario de los trabajadores. La mayoría de los cubanos también se pregunta lo mismo.

Y hablando de cubanos. Se pueden clasificar de tres tipos. El primero, los que no se enteran que vive en una auténtica autocracia y creen que funcionarios dañinos y corruptos infiltrados en los organismos estatales se han puesto de acuerdo para dinamitar el sistema desde dentro.

El segundo, los que piensan que el capitalismo salvaje patrocinado por el Estado llegó sin ser anunciado.

Y el tercero, los que opinan que los camaradas que visten de verde olivo o con guayaberas blancas han instaurado un clan al mejor estilo mafioso y poco les importa las aspiraciones de los cubanos humildes, a tener un auto o abrirse una cuenta de Facebook desde su teléfono móvil.

Son muchos los ciudadanos que se sienten decepcionados y su lealtad al castrismo se ha ido quebrando a golpe de precios abusivos, salarios miserables y un 'futuro luminoso' ofrecido por el régimen que jamás llega.

Gente seria, intelectuales ilustrados y politólogos de toda la vida, se preguntan qué estrategia se esconde tras los precios de infarto en las ventas de autos o acceso a internet desde celulares ofertados por compañías estatales.

De negocios, evidentemente no es la estrategia. Pues con tales precios, poco se puede comercializar. Tal vez sea por razones publicitarios, de cara a la galería, para inflar el pecho en una conferencia internacional y decir que en Cuba se puede comprar un Audi o tener una cuenta de Twitter

Pero no me ando por las ramas. No soy un desprevenido turista ni un cubano con una venda en los ojos. Soy un periodista independiente.

Esta trama alucinante de precios abultados y reformas tibias, donde lo único que ha legalizado el régimen son las transacciones que se efectuaban antes por debajo de la mesa, es una canallada notoria.

La esencia real de la autocracia criolla ha quedado expuesta con las últimas medidas. Ni les interesa que los pequeños empresarios particulares puedan comprar un auto ni les importa que los cubanos de a pie puedan acceder a internet.

Esas aspiraciones van contra su naturaleza y de sus principios. Un tipo con dinero es visto con ojeriza en Cuba. Un ‘contrarrevolucionario’ en potencia.

Los sesudos que rigen los destinos de la isla, piensan que el día de mañana ellos reclamarán cambios de corte político y económico e internet para todos. Para el régimen, la red es la versión digital de una bomba de neutrones.

El diario oficialista Granma una vez calificó a internet, Google, Facebook y Twitter como 'subsidiarias de la CIA'. Caballos de Troya diseñados por el tío Sam para dividir y confundir a los cubanos.

Por eso la estrategia para contener ‘las ambiciones materiales’ del otrora hombre nuevo, de ser propietario de un auto moderno o navegar libremente por internet, es colocar precios que estén al alcance de muy pocos. O de nadie.

Para los analistas locales de contrainteligencia, las redes sociales son sinónimo de Primavera Árabe. Mientras más lejos se puedan mantener de nuestras costas, mejor.

Las últimas 'aperturas' del gobierno de Raúl Castro están ahí. Pero no hay dinero para comprarlas. Un acto de magia. Al mejor estilo de Houdini.

Iván García
Foto: El Capitolio Nacional visto desde una habitación del Parque Central, uno de los hoteles cinco estrellas que hay en La Habana. Situado en la céntrica esquina de Prado y Neptuno, muy cerca tiene a cuatro emblemáticos hoteles: Inglaterra, Telégrafo, Plaza y Sevilla. Y puede que a su alrededor tenga otro más, si por fin convierten la Manzana de Gómez en un complejo hotelero.

miércoles, 9 de abril de 2014

Sálvese quien pueda



Cuando hace 55 años Fidel Castro arribó a La Habana, no solo cimentó el control autoritario en los tres poderes ejecutivos, dinamitó las instituciones republicanas y confiscó cientos de negocios y propiedades, también trazó una estrategia populista para que los más desfavorecidos lo idolatraran.

Por decreto presidencial, rebajó las tarifas eléctrica y telefónica. Redujo drásticamente los alquileres. Elevó el salario mínimo. Construyó edificios destinados a familias que residían en barrios insalubres.

Y mientras clausuraba la prensa libre, al pueblo le posibilitó el disfrute de playas y clubes exclusivos de la aristocracia, reconvertidos en círculos sociales obreros. Un golpe de efecto que consolidó su poder en las clases bajas.

Polarizó la sociedad. Miles de prostitutas se transformaron en costureras o milicianas. Pero la revolución de los pobres, como los bombillos, tenía vida limitada. Dilapidó el erario público gobernando en zafarrancho de combate.

Si pudo mantener algunas políticas sociales fue gracias a la tubería de rublos y petróleo procedente de la Rusia soviética. Pero sus extravagantes tesis económicas fracasaron una tras otra.

Ni en la Ciénaga de Zapata se pudo cultivar arroz, ni los cafetales que bordeaban La Habana produjeron café caturra. Las vacas enanas para cada familia fue un chiste de mal gusto.

La zafra de los 10 millones fracasó. Los cubanos jamás vieron en sus mesas la carne de res ni los excedentes de malanga y otros cultivos agrícolas prometidos. Hasta el vaso de leche vaticinado por Raúl Castro fue un fiasco. Y, por supuesto, no alcanzamos el nivel de vida de Nueva York, como el guerrillero barbudo había pronosticado.

Los Castro dilapidaron cientos de miles de millones de dólares en subvertir gobiernos de América Latina y en guerras civiles en África. La revolución de los humildes acabó en un proceso donde desaparecieron las clases y la inmensa mayoría de la población empobreció.

La miseria se socializó. Solo la casta verde olivo se mantuvo con un alto estándar. Después de los estrepitosos fracasos económicos de Castro I, en julio de 2006 su hermano heredaba el poder.

Castro II, en un intento por edificar una sociedad más próspera y eficiente y lograr un nivel de coherencia y productividad, de manera camuflada comenzó a aplicar políticas de corte neoliberal, criticadas hasta ese momento por la prensa oficial.

Papá Estado se fue a bolina. Los subsidios disminuyeron al mínimo. Un millón y medio de desempleados debían ahora sobrevivir reparando paraguas, haciendo de payasos en cumpleaños infantiles o vendiendo pan con croqueta.

Si el lema del Comandante era 'la revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes', el slogan del General fue 'usted también puede ser trabajador por cuenta propia'.

Atenazados por elevados gravámenes, la isla se convirtió en un enorme bazar de oficios y buscavidas. Es cierto que determinados negocios de gastronomía, hospedaje y fotos, entre otros, han alcanzado la categoría de pequeñas empresas.

Pero hay que tener una gran imaginación para enmarcar como Pymes (pequeñas y medianas empresas), a zapateros remendones, taxistas privados que manejan viejos autos estadounidenses o señoras de la tercera edad que debido a su insuficiente pensión, cuidan baños públicos.

En la Cuba de 2014 tiene lugar una transición silenciosa. Del Estado benefactor, que intentaba mantener prestaciones sociales decentes, a un capitalismo de Estado al más puro estilo familiar.

Si en Honduras o El Salvador un puñado de familias controla el 70% de las riquezas, en la isla sucede otro tanto. Las empresas administradas por militares controlan el 90% de la economía nacional.

Nadie rinde cuentas. Se desconoce el monto del dinero que manejan. Amparados por sus propias leyes, campean a sus anchas. Sin ser criticados en periódicos y noticieros radiales o televisivos, de los cuales también son dueños.

Cuba es hoy una bomba de tiempo. La lija de una caja de fósforos que al menor roce pudiera incendiarse. Un país que ha hecho de la represión su modus operandi. Y donde es casi absoluto el control sobre los medios y fuerzas de producción.

Si Luis XV -considerado el prototipo de monarquía absoluta por la frase "el Estado soy yo"- reviviera y se diera una vuelta por La Habana, condecoraría a los Castro como alumnos aventajados.

En el mundo actual, es difícil encontrar un Estado-monopolio similar al cubano. Solo Corea del Norte le hace competencia.

Iván García
Foto: Tomada de Martí Noticias.

lunes, 7 de abril de 2014

Mi generación o el desastre del ciclón



Cuando yo nací en 1965, la revolución de Fidel Castro cumplía seis años en el poder. Desciendo de una familia obrera, humilde, y honrada. Mi abuelo, viejo luchador comunista, había sacrificado su vida por un sueño que a la larga fue un desastre.

Desde muy temprano, mi madre empezó a tratar de crear en mí un "futuro proletario". Inclusive el círculo infantil al cual asistí, radicaba en la azotea de la CTC y se llamaba Los Proletaritos.

Imposible recordar qué estaba haciendo en octubre de 1967: tenía sólo dos años. Pero si se da como oficial la hora en que mataron al Che, estaría comiendo o preparándome para dormir.

Lo que sí sé es que la muerte del mítico guerrillero argentino en La Quebrada del Yuro, Bolivia, me marcaría de por vida y es, por cierto, el único símbolo de una ideología fallida que de algún modo veneré.

Perdono los errores garrafales de Ernesto Guevara en economía y política, y su amor por la violencia. Pero como arriesgó -y perdió- su vida, para demostrar su tesis, merece mi admiración.

En 1975, a raíz del primer congreso del Partido Comunista de Cuba, además de apasionarme los juegos de pelota en la calles, me devoraba el periódico Granma, y tenía la rara costumbre en un niño de 10 años, de ver todas las noches el noticiero nacional de televisión. Con esa edad, discutía mis criterios y me gustaba opinar.

Hasta ese momento, la palabra revolución la escribía con mayúscula: todavía la consideraba perfecta. Para casi todos los de mi generación, Fidel Castro era el Gran Hermano. Me faltaba aún lucidez. No podía discernir que el presidente de mi país estaba al frente de todos los disparates habidos y por haber.

Que dirigía el país como un campamento, con el riesgo de sus peligrosas quimeras y el morbo por la guerra y el desvarío que cosechaba fracasos (el más sonado sería el de la zafra de los diez millones), año tras año, de campaña en campaña, incansablemente.

Al igual que la mayoría de los de mi generación, lloré el crimen de Barbados, las agresiones a los pescadores y a la economía. Entonces no podía entender que a un dictador de izquierda se le oponían y oponen energúmenos iguales que él y violentos radicales de derecha, que con oportunismo político e injustificados ataques, sirven en bandeja de plata la justificación para que la siniestra contrapartida de La Habana monte su maquinaria de odio para los muchos de mi generación que todavía quedan en la isla.

Y en eso llegó 1980. Azuzados por la maestra, a los alumnos se nos pidió que tiráramos piedras a nuestros amiguitos "escorias". Iba a cumplir 15 años y ya pensaba y analizaba lo suficiente como para hacerme el firme propósito de no participar en acto de "repudios" a otros que no pensaban como yo.

A un profesor de marxismo, amigo mío, le dije mi decisión. Con ojos desorbitados me hizo jurar que no se lo diría a nadie. Me dijo: "No participes, si quieres no hagas nada, pero no se lo digas a nadie. Hablar francamente te condena". Siete años después, me enteré que el profe se había exilado, como tantos que han hecho de la emigración la tercera pasión nacional, superado sólo por el sexo y el béisbol.

Después del Mariel ya mi generación nunca más sería homogénea. Se polarizó. Unos serían instructores de la Seguridad del Estado, y otros -con la misma edad- sus detenidos, como estuve yo en marzo de 1991 en Villa Marista. Algunos caerían en Angola sin saber por qué, y más de uno moriría víctima de un ajuste de cuentas mientras cumplía prisión por un delito común. Se iba a los extremos dentro en un país caracterizado por el extremismo desde 1959.

La última evidencia de que la ideología comunista estaba condenada al fracaso la tuve en 1987, cuando pasé el servicio militar en un almacén del Ministerio del Interior. Allí la inmoralidad y el robo autorizado eran el pan de cada día.

El punto culminante de ese proceso interior fueron la perestroika y Gorbachov. Quitarse de encima ese pesado fardo de ideas que definitivamente no eran las nuestras, fue como una cirugía sin anestesia para muchos de mi edad. Resultó lacerante y es innegable que dejó su huella.

Por eso tengo que hacer un acopio de voluntad muy grande para no convertirme en un zombi o tomar una balsa y huir como hicieron muchos de mi generación.

Santiago Feliú, cantautor de la nueva trova. lo definió magistralmente en una de sus canciones: "¡Ay de mi generación! ¿Quién pagará los desastres de este ciclón?"

Iván García
Cubafreepress, 20 de junio de 1998
Foto: 1980. Algunos de los carteles mostrados durante la marcha combatiente que Fidel Castro organizó por toda la 5ta. Avenida de Miramar, donde se encontraba la Embajada del Perú. Esa sede diplomática estaba repleta de cubanos que esperaban un salvoconducto para salir del país. Finalmente, 125 mil personas abandonarían el país por el puerto del Mariel, a unos 45 kilómetros del centro de La Habana. Tomada del blog Cubanos por siempre.

viernes, 4 de abril de 2014

Cuba, Estados Unidos y el embargo


Mientras en la mañana del 27 de enero la presidenta brasileña Dilma Rousseff, inauguraba la primera fase del puerto del Mariel, a 45 kilómetros al oeste de La Habana, gigantescas grúas descargaban 500 contenedores de pollos procedentes de Estados Unidos.

Si usted visita el otrora diplomercado de Tercera y 70, Miramar, en sus anaqueles de refrescos observará botellas y latas de Coca-Cola, Fanta y Sprite, facturados por la empresa de Atlanta.

No son los únicos productos gringos. También hay manzanas, arroz, M&M, chocolate Godiva, salsas Del Monte, pollos, pavos y champú Head & Shoulders elaborado en Cincinatti.

Muy cerca, en el Centro Comercial Comodoro, se pueden adquirir jeans Guess o chaquetas Levi's y calzado Reebok, Nike o New Balance. En la Farmacia Internacional, situada en el interior del hotel Habana Libre, Vedado, se pueden adquirir medicamentos Made in USA.

Y en el departamento de productos electrónicos de la amplia y concurrida Plaza Comercial de Carlos III, se ofertan impresoras Hewlett Packard y componentes para ordenadores Dell.

Todos esos oasis cubanos de consumo, donde evidentemente no existe el embargo, tienen un denominador común: tienes que pagar en moneda dura. En ocasiones, a la población le han vendido, sin necesidad de mostrar la cartilla de racionamiento, arroz cosechado en Estados Unidos a 5 pesos (0,25 centavos de dólar) la libra.

Pero salgamos a la calle a conversar sobre el tema del embargo con gente de a pie. “Estoy tan cansada del bloqueo y sus justificaciones como de los gobernantes. El bloqueo es el pretexto perfecto para tapar las ineficiencias generadas por el mal trabajo del Estado”. Agustina, 51 años, maestra.

“Se habla tanto del bloqueo que el tema se banaliza. No puedo creer que las calles repletas de baches, las tuberías de agua rotas y las casas necesitadas de pintura y reparación sea por culpa del bloqueo”. Norberto, 39 años, taxista.

“Es cierto que algunos medicamentos de última generación no se pueden comprar, por estar patentados por empresas estadounidenses. Pero cuando el gobierno quiere los compra. Los antibióticos utilizados en el tratamiento de Hugo Chávez eran de Estados Unidos y en las 20 farmacias internacionales existentes en la capital venden medicamentos yanquis”. Olga, 48 años, cirujana.

“Por culpa del criminal bloqueo, Cuba no puede desarrollarse. Sin bloqueo, con cinco millones de turistas norteamericanos visitando el país y con créditos frescos, las calles estarían asfaltadas y los edificios no estuvieran en peligro de derrumbe”. Antonio, 67 años, militar jubilado.

“Desde la escuela primaria es la misma muela, que si el bloqueo tiene la culpa, bla, bla, bla... Sí, puede que sea injusto, pero en las tiendas por ‘fulas’ se pueden comprar alimentos, ropas y equipos hechos en Estados Unidos”. Yordana, 17 años, estudiante de preuniversitario.

“Con tantas manipulaciones, es difícil discernir la verdad de la mentira. Los distintos mandatarios estadounidenses no han atinado en su política de mantener el bloqueo. Los sistemas donde la ideología pesa más que la economía se caen por su propio peso, como en la antigua URSS o la RDA, ellos no estaban bloqueados. Que lo quiten, que esta mierda se va al garete en cinco años”. Rodolfo, 73 años, jubilado.

El tema del embargo es la excusa utilizada por el régimen para justificar su inoperancia. La autocracia verde olivo asevera que en estos 54 años de embargo, las pérdidas económicas se elevan a más de 100 mil millones de dólares.

En la isla, un alto porcentaje de la población está a favor de la derogación del embargo. Lo mismo ocurre en las filas de la disidencia, aunque hay opositores que apoyan su mantenimiento e inclusive su endurecimiento.

En 22 plebiscitos convocados por la ONU, la mayor parte de las naciones han votado por el fin del embargo. Pero, ojo, mucho de esos países también le piden al gobierno cubano que respete los derechos humanos.

De cualquier modo, es el embargo financiero y comercial más prolongado de la historia moderna. Fue instaurado en 1962 por la administración de John Kennedy. Pero antes, en 1960, Eisenhower, de manera gradual aplicó algunas medidas restrictivas en la compra de azúcar cubana y el intercambio económico, como respuesta a la confiscación de propiedades de ciudadanos estadounidense por parte de Fidel Castro.

En 1992, el embargo adquirió carácter de ley con el propósito de mantener las sanciones económicas contra Cuba. Según lo recogido en el Cuban Democracy Act, estas sanciones continuarían mientras el gobierno de Castro se negara a dar pasos “hacia la democratización y mostrara más respeto por los derechos humanos”.

El embargo solo impide las transacciones económicas y financieras de Estados Unidos a Cuba. El 12 de marzo de 1996, el presidente Clinton firmó la Ley Helms- Burton.

Esta Ley le dio una nueva vuelta de rosca al embargo comercial, debido al derribo por aviones Mig-23 de la fuerza aérea cubana, de dos avionetas privadas -según algunas fuentes en aguas internacionales- del grupo Hermanos al Rescate, radicado en Miami, que lanzaban octavillas antigubernamentales en La Habana.

En 1999, Clinton amplió el radio de acción de las sanciones, prohibiendo a filiales estadounidenses vender a Cuba valores superiores a los 700 millones de dólares anuales.

En 2008, tras el paso de dos devastadores ciclones por la isla, George W. Bush permitió el comercio de alimentos y medicinas, pagando en efectivo. A partir de esa fecha, Estados Unidos se convirtió en un esencial socio comercial de Cuba en materia de alimentos. Estados Unidos vende el 90% del arroz que la isla importa y entre el 60% y 70% de los alimentos que consume, desde pollo y maíz hasta leche en polvo y carne de cerdo.

Por diversas razones, el embargo ha sido inefectivo. La principal, que no ha traído democracia, respeto por los derechos humanos y políticos ni libertad de expresión. Todo lo contrario.

A pesar del embargo, en Cuba se venden productos estadounidenses en tiendas recaudadoras de divisas. Es un coladero. Tiene más agujeros que un queso francés roquefort.

Que por la libre y en moneda nacional no se venda carne de res o la zafra azucarera sea ineficiente, no es culpa del embargo. Aunque los Castro, hábilmente, intentan incluir todo en el mismo paquete.

Iván García
Foto: Despachando arroz por la libreta de racionamiento en una bodega habanera. El 90% del arroz que se consume en Cuba procede de Estados Unidos.

DOSSIER
Comercio y turismo de Estados Unidos rodea el embargo
¿Se acerca el fin del embargo?
La pescadilla se muerde la cola
Personalidades políticas opinan a favor y en contra del embargo
Por qué comerciantes cubanos prefieren que se mantenga el embargo.