lunes, 8 de julio de 2024

Sobrevivir en La Habana del "socialismo o muerte"

El portero de El Floridita, bar situado en la esquina de Obispo y Monserrate, Habana Vieja, intenta guarecerse del sol debajo de una marquesina desteñida. Bosteza, mira el reloj y luego se arregla la pajarita negra de su uniforme gastronómico.

Cuando por la calle Monserrate descubre a un grupo de turistas rusos, camina hacia ellos con el menú entre las manos y le dice en un inglés decente: “Pasen, por favor, este es el bar más famoso de La Habana, donde Ernest Hemingway tomaba mojitos”, y les muestra una estatua del escritor sentado en una banqueta del Floridita.

Los viajeros hacen una mueca cuando ven los precios de infarto. Ellos quieren beber cerveza barata. Tampoco les gusta el ambiente de un bar desierto, sin música y con el cantinero que bosteza mientras mira indiferente un partido de fútbol de la Champion League.

Cuando los turistas rusos por la calle Obispo se dirigen rumbo a la Avenida del Puerto, varios niños les piden chiclets, confituras y dinero. Las cartománticas con sus coloridos atuendos quieren leerles con urgencia el futuro, una escultura humana embadurnada de betún negro estira su sombrero de copa para que le depositen dólares, euros o pesos, mientras insistentes merolicos les proponen CD piratas de Pablo Milanés, Los Van-Van y Compay Segundo.

Cada vez que pasa un turista por las estrechas callejuelas de la zona antigua de la ciudad, espontáneamente se activa una tropa de vendedores ambulantes que ofrecen desde una caja de tabacos Cohíba, una réplica de la boina del siniestro Ernesto Guevara hasta participar en una orgia lésbica por 40 dólares.

A esas personas que de manera informal, un día sí y el otro también, salen a la calle a buscar dinero en el argot habanero se les denomina 'luchadores' y 'metedores de cuerpo'. Camilo, un tipo que viste con ropa deportiva, tres veces a la semana trabaja como custodio en un bodegón privado, da clase de karate por 1,500 pesos mensuales y dos veces al día recoge las apuestas de la popular e ilegal lotería cubana conocida como la bolita.

En 2021, después de la pandemia, Camilo llegó en tren a la capital desde un poblado recóndito de Santiago de Cuba, provincia cubana a más de mil kilómetros al este de La Habana. “Nagüe, a mí no me asusta el fuego (la calle). La caliente viene pa’rriba de mí y yo voy pa’rriba de la caliente. Llegué solo hace tres años, pero ya traje a mi esposa y a mis dos hijos. Allá en Oriente la cosa está que arde. Apagones de ocho horas todos los días y la gente comiéndose a 'Nicolás por una pata' (pasando hambre). Aquí apenas hay apagones y si tienes voluntad, sales a la calle y te buscas cuatro pesos. Este gobierno es una calamidad, pero no me estoy quejando constantemente ni esperando con la boca abierta que estos canallas me den por la libreta un panecito de mierda y un muslo de pollo.

“A diferencia de otros, me voy pal’ fuego y sin robar ni joder a nadie me busco honradamente el dinero. Lo mismo pedaleo doce horas diarias en un bicitaxi, que vendo pan con picadillo o ropa traída de afuera. Los lechones no se me mueren en la barriga. Cuando llegué a La Habana vivía en un bajareque improvisado cerca de la Autopista Nacional. Ya pude comprar mi cuartico en un solar y aunque no tengo FE (familia en el extranjero), si Dios quiere,dentro de dos años estoy montando en el 'tubo' (avión)”, confiesa Camilo, quien solo duerme cuatro o cinco horas por los empleos que ha tenido y sigue teniendo.

"Soy electricista, pero hago de todo, un hombre orquesta. He trabajado en Antillana de Acero, he sido estibador del puerto, ayudante de la construcción y sepulturero. A La Habana Vieja vengo a vender tumbadoras y artesanías. Cuando la cosa está mala, porque hay pocos turistas y los que vienen no quieren gastar su plata, me busco otra pincha. Dentro de un rato unos socios me recogen para que toque los tambores en una fiesta de santo. Siempre llego a la casa con dinero, mis negritos no pueden morirse de hambre", dice y se sonríe.

En los barrios marginales y mayoritariamente negros y mestizos de Jesús María, Belén, Colón, Cayo Hueso y San Leopoldo, en edificaciones ruinosas, bajareques en peligro de derrumbe y cuarterías superpobladas, residen cientos de miles de personas que han emigrado de otras provincias. Suelen pensar y hablar más rápido que el resto de los cubanos. Se caracterizan por su capacidad de resistencia y la creatividad para burlar las leyes dictadas por las autoridades.

Cuando en la Isla una mayoría apoyaba, o simulaba respaldar a la dictadura verde olivo, en los barrios de la Cuba profunda florecía el mercado negro. Se vendía pan con bistec, cerveza de lata, marihuana y melca (cocaína). Circulaba el dólar, entonces prohibido, y los vecinos sabían quién ofertaba jeans Levi’s o calzado deportivo Nike comprado en un centro comercial de Miami o la zona franca de Colón en Panamá. Existían -y existen- casinos ilegales llamados burles y con el auge del turismo surgieron las jineteras, matadoras de jugadas y pingueros.

Les presento a Dinorah. Nombre ficticio, desde luego. La única vez que vio a su padre, recuerda, fue una tarde al salir de la secundaria donde cursaba octavo grado. La invitó a comer helado en Coppelia, en La Rampa. Treinta y nueve años después no ha sabido más de él.

“Mi abuela y mi mamá, ya fallecidas, fueron madres y padres al unísono. Tuvieron que criar a mis seis hermanos en un país que cuando no faltaba el pan faltaba la guayaba. La gente se queja que ahora estamos mal, pero es que nunca estuvimos bien. Mi madre tuvo que salir a jinetear para mantenernos. No sé si tuvo otras opciones. No la juzgo. Cuando crecí le seguí sus pasos. Y ahora mi hija de 23 años también jinetea. Es un karma que persigue a varias mujeres de mi familia. Algunas han podido largarse de esta locura. Otras, como hija, sueña con ligar un yuma y emigrar”, comenta y asegura:

"Que la prostitución en Cuba ha tenido tiempos buenos, regulares y malos. Depende del turismo o que los tipos con un baro largo quieran gastarlo en vacilar con mujeres. La pandemia fue horrible. Todo el dinero que teníamos guardado se gastó en comida. Los más jóvenes inventaron el sexo virtual por internet. No me gusta esa fantasía, pero algo de dinero se gana. Con la inflación, los hombres no quieren gastar dinero en juergas ni en queridas. La crisis es tan grande que faltan hasta los condones”. Para llegar a fin de mes, vende muestras de perfumes, arregla uñas y hace desriz en el pelo. “Así y todo, el dinero no alcanza”, afirma Dinorah.

Cae la noche en la zona colonial de La Habana. En los bares de la calle Obispo las prostitutas esperan que alguien les pague un trago. Una pareja de travestis en tacones merodean por las inmediaciones del Paseo del Prado a la caza de clientes. Al costado del hotel Sevilla, tres tipos beben alcohol casero de cuarta categoría. Se pasan en silencio la caneta plástica entre ellos. No tienen nada que hablar.

Camilo apura el paso mientras se come una pizza que compró antes de hacer la guardia nocturna en un bodegón privado. Opina que los héroes nacionales no son no José Martí ni Antonio Maceo. “Los timbalúos de verdad somos los cubanos que llevamos 65 años aguantando esta dictadura. Nos debieran hacer un monumento”.

Iván García
Foto: Vendedor de periódicos en La Habana, realizada por Juan Antonio Madrazo y tomada de Diario de Cuba.

lunes, 1 de julio de 2024

Premiado el periodista independiente Iván García

El Instituto Interamericano para la Democracia (IID) otorgó al periodista independiente Iván García Quintero, corresponsal de Diario Las Américas en Cuba, el Premio Horacio Aguirre a la Libertad de Prensa. La ceremonia tuvo lugar en el Museo de la Diáspora de Miami el miércoles 22 de mayo, en el marco del foro "¿Qué podemos hacer por el pueblo de Cuba?".

Durante su intervención, García recordó a activistas por la democracia en la isla como Ricardo Bofill, Roberto Luque Escalona, Martha Frayde y Rolando Cartaya, entre otros que "apostaron firmemente por la democracia", mientras sufrieron "represión, linchamientos verbales y cárcel". Y contextualizó que entonces muchos cubanos, "al ver a una multitud o fuerzas de la policía golpear a disidentes indefensos, como a la poetisa María Elena Cruz Varela y posteriormente a las Damas de Blanco, viraban la cara hacia otro lado, por miedo".

Sin embargo, explicó, "la creciente participación ciudadana ha modificado el panorama político en Cuba", lo que ha conducido a que "un amplio sector de cubanos critica abiertamente al gobierno", porque "en Cuba se vive una auténtica revolución ciudadana".

Respondiendo a la pregunta que le dio título al foro, García hizo un llamado a "apoyar, concertar y buscar canales de diálogo con aquellos adversarios que reconocen en privado que el 'manicomio ideológico' está llegando a su fin". Y planteó "dejar a un lado los egos superfluos" y sugirió que "desde una estrategia colectiva, que sume, no que reste, debemos avanzar por el camino al que aspira la mayoría de los cubanos: reformas auténticas, elecciones libres y libertad de expresión".

En el acto participaron desde Cuba el activista Manuel Cuesta Morúa, la periodista Camila Acosta y el productor audiovisual Rolando Rodríguez Lobaina, quienes se unieron por videollamada o video pregrabado a otros invitados presentes en la sede del IID en Miami, entre ellos, Iliana Lavastida, directora de Diario Las Américas, quien propuso "aprovechar cada tribuna, como la ofrecida por el IID, para denunciar las acciones del régimen de La Habana y la labor de inteligencia que sus agentes realizan en todas partes".

El sacerdote católico Juan Lázaro Vélez González recalcó que "la Iglesia tiene mucho que aportar desde su doctrina social y levantar más la voz", a lo que agregó que "la intercesión por la libertad en Cuba no debe quedarse en el maquillaje". Para el periodista y expreso político Pedro Corzo, que intervino a través de videollamada, la "mejor contribución" al pueblo cubano "es incrementar los esfuerzos para que la institucionalidad republicana regrese a la isla". Apuntilló que "el régimen no tiene futuro, pero el pueblo de Cuba sí".

La directora de Juventudes de la Asamblea de la Resistencia Cubana, Kiele Cabrera, enfatizó que los jóvenes cubanos "todavía necesitan más educación para una transición a la libertad". Por su parte, Carlos Sánchez Berzaín y Tomás Relagado, director y presidente del IID, respectivamente, cuestionaron al régimen imperante en la nación insular.

Daniel Castropé
Texto y fotos: Diario Las Américas, 22 de mayo de 2024.

Video de la premiación de Iván García en el marco del foro ¿Qué podemos hacer por el pueblo de Cuba?

lunes, 24 de junio de 2024

Cuba: la vieja relación entre racionamiento y totalitarismo

El lunes 15 de abril, la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba en un mensaje pidió a los fieles rezar por "las madres que luchan por alimentar a sus hijos", planteó que "nuestra querida Patria transita por tiempos muy difíciles", y reconoció que "el cubano sufre, llora y carece de lo esencial".

El tema nos remite a la libreta de "abastecimiento", un eufemismo gubernamental para solapar el racionamiento de productos básicos para la alimentación. Como solo se puede distribuir lo que se produce, desde la implementación del racionamiento los artículos normados han ido mermando en cantidad y calidad, y aumentado el tiempo de entrega.

Cuando se implementó el racionamiento, los cubanos recibían carne de res, pollo, aceite, manteca, leche condensada, papel sanitario, café, arroz, grano y productos industriales, gracias a los subsidios soviéticos. Actualmente se distribuyen mensualmente siete libras de arroz (3,2 kilogramos), cuatro de azúcar, medio litro de aceite de soya, un paquetito de 115 gramos de café mezclado (esa mezcla de café con chícharos no califica como café pues, según la Organización Internacional de Café, cuando la mezcla es más de un 5%, deja de serlo y en Cuba la proporción es de 50%), cinco huevos, diez onzas de granos, y una libra de pollo.

El racionamiento es una política que se pone en práctica ante conflictos bélicos y desastres naturales para distribuir productos de primera necesidad a precios controlados. En el siglo XX se implementó durante la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial, y en países comunistas, como Polonia o Vietnam. En esos y en otros casos, una vez superada la causa de su implantación, el racionamiento fue eliminado. Los países que lo conservan, como el caso de Cuba, tienen por causa fundamental la incapacidad productiva del sistema y el control establecido sobre las personas.

Fidel Castro, en enero de 1959, aseguró que "aumentaría la producción agrícola, duplicaría la capacidad de consumo de la población campesina y lograría para el pueblo un nivel de vida superior al de cualquier otra nación". Para cumplir esa promesa eliminó las libertades ciudadanas, la economía de mercado, la propiedad privada e implantó la planificación centralizada. Y el 12 de marzo de 1962 planteó: "Sin embargo, nosotros creemos que hay que crear más espíritu marxista; y en la juventud, sobre todo, hay que crear algo más que espíritu socialista, ¡hay que crear espíritu comunista!".

Por "pura coincidencia", ese mismo día 12 de marzo, el Consejo de Ministros promulgó las leyes 1015 y 1016: con la primera se creó la libreta de abastecimiento y una Junta Nacional con atribuciones para disponer la lista de artículos a racionar; con la segunda, para controlar el desvío de los artículos, se impuso la obligatoriedad de una factura comercial en la venta de artículos y el decomiso de los que no estuvieran amparados por ese documento. Es decir, todo indica una relación estrecha entre el racionamiento y la formación de un espíritu comunista.

Dieciséis años después, en 1967 —sin lograr el incremento de la producción— dijo: "Llegará el día que las frutas, los vegetales, hasta la leche se distribuirá gratuitamente a todo el mundo […]. Llegará un momento, señores, llegará un momento en que podamos decirle también al pueblo: el café que quieran vayan a buscarlo al mercado gratuitamente".

Ante la indetenible merma de la producción, Raúl Castro, enfáticamente planteó en 2008: "¡Hay que virarse para la tierra! ¡Hay que hacerla producir!", y expresó que la producción de alimentos constituía "un asunto de máxima seguridad nacional". Sin embargo, las reformas que introdujo quedaron subordinadas al predominio de la propiedad estatal y la planificación socialista. Y en diciembre de 2016, en la Asamblea Nacional del Poder Popular, ante el desespero, expresó más o menos lo siguiente: "Tenemos que hacer algo, hacerlo ya, mañana mismo, aunque nos equivoquemos."

Una de las manifestaciones de la incapacidad productiva es la necesidad de importar cada vez más. El entonces segundo secretario del Partido Comunista, José Ramón Machado Ventura, en 2020 llamó desesperadamente a producir alimentos, porque "el país no puede seguir con esa elevada importación de comida y pienso animal, que podemos producir internamente".

Para brindar una imagen diferente hacia el exterior, en septiembre de 2021, Miguel Díaz-Canel, al intervenir ante la Cumbre de la Organización de Naciones Unidas sobre los Sistemas Alimentarios, planteó: "El Gobierno cubano, con extraordinarios esfuerzos y pese a carencias y dificultades, garantiza el derecho universal a la alimentación a través de una canasta básica familiar normada, que reciben todos los cubanos y cubanas, y que incluye 19 productos alimenticios de primera necesidad a precios asequibles". Sin embargo, ese mismo año, el Ministerio de Comercio Interior procedió a darle baja de la libreta de abastecimiento. Y en diciembre de 2023, con una nueva normativa, redujo a solo dos meses el periodo fuera del país para ser dado de baja.

Hoy, el declive sostenido confirma que la economía no puede avanzar sin libertades ciudadanas ni economía de mercado. Con el modelo agotado, hundidos en la insolvencia financiera, sin suficiente inversión extranjera, sin acceso a los mercados de capital y con los ingresos por turismo, remesas y alquiler de profesionales reducidos, Cuba se encuentra ante la encrucijada: conservar o sustituir el modelo totalitario.

Además de los países con economía de mercado, el ejemplo de Vietnam es ilustrativo. Este país estuvo sometido a guerras desde 1930. En la última de ellas, sobre su territorio cayeron tres veces más bombas que las empleadas durante la Segunda Guerra Mundial, el 15% de la población pereció o resultó herida, en el sur del país se destruyó el 60% de las aldeas existentes, y al concluir la contienda, enfrentó el bloqueo externo y los ataques fronterizos. Después que el sistema de economía planificada sumió al país en la hambruna, los vietnamitas emprendieron el Doi Moi en 1986: un programa basado en mecanismos de mercado, autonomía de los productores, y derecho de los nacionales a ser empresarios.

Ese programa elevó la iniciativa, el interés y la responsabilidad de los agricultores que hoy producen alimentos para sus más de 100 millones de habitantes y ocupan el segundo lugar mundial en exportación de arroz; son el segundo en café (que los cubanos le enseñaron a cultivar), detrás de Brasil; y el primero en pimienta. Por sus resultados en 1993, Estados Unidos dejó de oponerse a la concesión de créditos; en 1994 suspendió el embargo y en 1995 estableció relaciones diplomáticas.

La pregunta es por qué en lugar de Los Lineamientos, de la Tarea Ordenamiento, del Paquetazo y de las visitas a los municipios, no se acomete la reforma estructural que el país requiere para erradicar de Cuba la libreta de abastecimiento.

Dimas Castellanos
Texto y foto: Diario de Cuba, 15 de abril de 2024.

lunes, 17 de junio de 2024

Ver crecer las calles, y con ellas, La Habana

La Habana cuenta con planos bellísimos de todas sus etapas de desarrollo. Perderse en ellos es encontrar los recovecos de su historia y entenderla mejor. Y es también sorprenderse del aspecto de algunas calles y del papel que jugaron en la evolución urbana de la capital.

Hay calles que sencillamente nacieron para comunicar la vieja Habana con puntos de interés, al inicio zonas de cultivo. Por ello nacieron como ejes fundamentales, vías populares que no perecieron con el avance urbanizador sino que formaron parte de él, motivando a partir del siglo XVIII el trazado de algunas poblaciones a su vera.

En este caso están todos los antiguos caminos. El del Monte fue de los primeros en salir a las zonas de cultivo inmediatas. Estuvo prolongado hacia el oeste por el Camino de Vuelta Abajo, conocido hoy en sus distintos tramos como Calzada del Cerro, de Puentes Grandes y Avenida 51; buscaba traspasar las fronteras de La Habana hasta las plantaciones de tabaco en Pinar del Río.

Hacia el oeste estaba también el de la Playa (San Lázaro) que enlazaba con el reducto de La Chorrera, y el de San Antonio (Reina) que dirigía a un ingenio de igual nombre. Ya en el siglo XIX este último se extendió con la Avenida de Carlos III, para desplazar mejor las tropas entre el Castillo del Príncipe y el Campo de Marte (hoy Parque de la Fraternidad). Para comunicar con Batabanó se trazó el Camino Real del Sur (Diez de Octubre), y hacia la población de Guanabacoa, rumbo Güines, estaba el Camino del Sudeste (en su primer tramo Calzada de Luyanó).

En los tiempos modernos, la Avenida Rancho Boyeros (1935) surgió con igual carácter conector. En este caso se hizo para comunicar más eficientemente el nuevo centro de la ciudad con el aeropuerto inaugurado en 1930. Es otra La Habana que muestran los planos de inicios de esa década, con el entorno de la actual Avenida Boyeros completamente campestre, solo ocupado por múltiples fincas y la línea del ferrocarril. Cuesta también imaginar el diseño de la primera vía "de la Independencia", mucho más estrecha y enlazada a Carlos III, Zapata y G, a la altura del Castillo del Príncipe, sin su bifurcación hacia Paseo abrazando la Plaza Cívica aún sin construir.

Por otro lado, también ha habido calles que sirvieron de límite, y que permiten entender hasta dónde llegaba la urbanización del territorio habanero en diferentes momentos. Ejemplos imprescindibles son Egido, Monserrate, Galiano, Belascoaín e Infanta. Las dos primeras calles nombran una sola vía que coincide con el trazado de las murallas, recordando la calle del centro histórico por la que se paseaba al interior del muro pétreo.

Cuando La Habana comenzó a crecer hacia el oeste sin ocupar el glacis de la muralla, la población que vivía al norte de la calle Reina, completó el espacio comprendido entre las calles Galiano y Belascoaín. Estas vías ordenaron el trazado de este territorio en las dos primeras décadas del siglo XIX, sirviendo de líneas borde; a sus lados campo y plantaciones.

Hacia 1828, lo que es hoy Centro Habana, se había expandido hacia el centro histórico llegando a la muralla, pero el límite oeste seguía siendo Belascoaín. Fue en el último cuarto del siglo XIX que la ciudad llegó a Infanta, nueva vía que le sirvió de borde.

Finalmente, destacan algunas calles que crecieron por tramos, por lo que no todos los habaneros interactuaron con ellas del mismo modo en que hoy lo hacemos. Entre ellas está lógicamente Malecón, que por su dimensión monumental requirió mucho tiempo para su completamiento. Específicamente, entre 1901 y 1902, llegó a la calle Crespo desde La Punta; en 1919 alcanzó Belascoaín; en 1927, Infanta; en 1950, Paseo; y en 1958, la desembocadura del Almendares.

Sin embargo, otras avenidas importantes y no tan largas como la anterior, se fueron construyendo por partes, aunque ya pocos lo recuerden. En estos casos la razón fue que crecieron a la par de la urbanización en la que estaban insertas, es decir, no se planificaron desde el inicio a gran escala como la Avenida del Golfo.

Casos interesantes fueron las avenidas Paseo y G, en El Vedado, que originalmente terminaban en la Calle 27. Cuesta pensar en aquellos tiempos en que tan vistosas avenidas decimonónicas terminaban así, tan ramplonamente. En la década de 1920, se planificó su prolongación como parte de las obras del nuevo centro cívico que se consideraba construir en la Loma de los Catalanes. Sin embargo, aunque en la década siguiente la Avenida G se completó como la conocemos hoy, Paseo solo se alargó hasta Zapata. Fue a partir de 1951 que conectó con la Avenida Carlos Manuel de Céspedes, cuando se construyó este tramo de Boyeros que rodea el lateral oeste de la actual Plaza de la Revolución.

Tal vez, una de las vías más interesantes que creció a pedacitos fue Santa Catalina, aunque es un aspecto suyo bastante desconocido. Esta avenida vital del sur habanero, que corta al centro el barrio de La Víbora, nació perpendicular a la actual Calzada de Diez de Octubre en el siglo XIX, como parte del reparto Catalina de la Cruz. Entonces solo tenía tres cuadras y su nombre guardaba relación con el de su urbanización aprobada en 1864.

Con la rápida población de esta zona, en la década de 1920 la avenida se prolongó hasta Goss, donde entroncaba con el antiguo Camino de Cruz del Padre, hoy desaparecido. A continuación quedaban las fincas de las Monjas Catalinas y la de Palatino, ambas atravesadas por el Canal de Vento y el Ferrocarril de Cristina. En un plano de 1931, se ve que Santa Catalina fue ampliada hasta la calle Palatino. Este tramo debió ser muy sencillo, pues se muestra más estrecho que el resto de la vía, y con un puente para cruzar la línea del ferrocarril. Su entorno en esta parte seguía siendo natural salvo por el reparto La Sola (1922).

En otro plano de 1943, se ve extendida hasta Boyeros, sin embargo, desde Vento seguía sin tener el mismo ancho que la avenida original. Fue en la década de 1950 que se homogenizó la vía y se fomentó la urbanización de sus lotes aledaños. Sinceramente, resulta muy curioso pensar que esta importante avenida que ya cumple 160 años, conector expedito entre Boyeros y Diez de Octubre, haya tenido cinco momentos muy bien diferenciados a lo largo de sus primeros 100 años, y que a los últimos 60 años corresponda la imagen que hoy identificamos.

Yaneli Leal
Texto y foto: Diario de Cuba, 5 de mayo de 2024.

lunes, 10 de junio de 2024

La Víbora y sus orígenes

En 1902, el novelista Ramón Meza lamentaba que el barrio de La Víbora, llevara el nombre de tan "espeluznante reptil". Lo curioso es que este ha sido uno de los caprichos populares más longevos de La Habana, nunca transfigurado en ley, ya que el barrio La Víbora no está asentado ni delimitado legalmente en ningún documento histórico. Lo que conocemos como tal es la unión de varios repartos popularmente unificados bajo el nombre de un antiguo asentamiento campestre.

Una vez que La Habana se instaló junto a la bahía, las zonas sur y oeste se definieron como espacios de explotación agrícola y ganadera, lo que garantizó su paulatino poblamiento. Con la rápida expansión extramural, el sur se potenció como región productiva y de comercio, en fuerte vinculación con los caminos trazados desde intramuros. Entre los primeros estuvo el de Monte, que a la altura de la Esquina de Tejas se bifurcaba y continuaba hacia el sur por el camino de Matabanó. Esta línea sinuosa pero bastante vertical en disposición norte-sur comunicaba con el antiguo poblado de Batabanó. Luego fue rebautizado Camino Real del Sur; a partir del siglo XVIII, Jesús del Monte; y desde 1918, Diez de Octubre.

En el sur de La Habana, esta vía constituyó punto de partida de los primeros proyectos urbanizadores, definiendo una ocupación lineal que se expandió a ambos lados de ella. De ahí que las secciones más irregulares estén condicionadas por el accidentado recorrido del legendario camino, y los trazados de los repartos varíen su orientación al buscar paralelismo con la antigua calzada.

Se ha registrado que a finales del siglo XVII o principios del XVIII, entre las actuales calles Acosta y Santa Catalina, había una especie de cuadra que servía de descanso a los arrieros que trasportaban mercancías hasta la actual Habana Vieja. La edificación tenía una campana de bronce que anunciaba la salida y entrada de vehículos, por lo que fue conocida como Paradero de la Campana. Luego su nombre cambió al de La Víbora, por la pintura que identificaba el consultorio de un médico alemán que allí radicaba desde 1728. Este nombre quedó e incluso renombró extraoficialmente la vía de Jesús del Monte desde la Loma de Luz o Chaple hasta el final.

Al siglo XIX correspondieron los primeros proyectos urbanizadores aprobados por el Ayuntamiento, y aunque algunos no se ejecutaron inmediatamente, fueron testigos del interés inmobiliario que existía en el área. Su vinculación con los centros de producción y cultivo definieron la población de clase media y baja, con inclusión de familias de renombre que, atraídas por el carácter campestre y las hermosas vistas, tomaron parte activa en la urbanización y desarrollo social, económico y cultural de la localidad.

La práctica constructiva tradicional y las regulaciones vigentes condicionaron la estrechez de las calles y la ocupación compacta de las manzanas. Sin embargo, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, los repartos buscaron ganar en amplitud e higiene, al incluir vías amplias, parterres, portales y pasillos laterales. Los patios, por lo general traseros, respondieron a la preeminencia de lotes largos y estrechos.

Contemporáneos discretos de El Carmelo y El Vedado, los nuevos repartos del sur, aún con sus irregularidades, manifestaron la influencia de las corrientes de planeamiento urbano decimonónicas que motivaron el diseño de barrios residenciales mejor ordenados y ventilados, dígase más modernos física y visualmente, y con sistemas de infraestructura moderna (alumbrado, acueducto, alcantarillado y pavimentación). No obstante, el gran cambio fisionómico del lugar tomó gran parte del siglo XX.

Actualmente cuesta imaginar lo que en 1940 describía un vecino de la calle Estrada Palma, entre Heredia y Poey, nacido en 1914:

"Al principio se podía decir que vivía uno en pleno campo. […] Por las tardes íbamos a pasear con nuestros hijos, el mayor de 11 años, por lo que se llamaba La Huerta de los Chinos, vasto campo sembrado por los asiáticos que lo ocupaban, de variadas hortalizas, y cruzado de zanjas y regatos de agua no muy limpia, y por lo que se vio recientemente, nada higiénica. Eran unas excursiones encantadoras, llenas de sorpresas y fáciles peligros. Perderse y volverse a encontrar entre aquellos matorrales; caminar haciendo mil equilibrios sobre la gran cañería maestra de Vento que cruzaba sobre una cañada. Cazar tomeguines con jaulitas de trampa. Atrapar pintorescas mariposas, temblantes sobre las endebles ramas de los romerillos. Volver a casa cargando un palo travesado, del que pendían goteantes y frescas lechugas, jugosas acelgas, nutritivas coliflores, tiernos rabanitos, etc. Algunos domingos por la mañana ascendíamos a la Loma de Chaple, frontera a nuestra casa de Estrada Palma, a ver el plateado globo de aluminio del Capitán Zorrilla, ascender allá a lo lejos, detrás del Plaza, donde se hallaba la carpa de Pubillones. […] Hoy todo aquello está urbanizado, fabricado, cuadriculado, solicitado, y de La Huerta de los Chinos no queda ni un rábano de muestra".

Del germen marcado por el barrio De la Cruz (1864), cuyos límites originales fueron las actuales calles Diez de Octubre, Carmen, Poey y Libertad, el territorio fue consecutivamente parcelado y definido por otros barrios. Estos fueron: Vivanco (1903) y sus ampliaciones en 1907 y 1922 (La Sola), Acosta (1905), El Rubio (1906), Loma del Mazo (1906), ampliación De la Cruz o Párraga (1908), Havana Land Co. (1908), Loma de Chaple (década de 1900), Nueva Habana (1914) y su ampliación de 1947, Chaple (1914), La Floresta (1914), y San Juan Bosco (década del 40).

En algunos trazados participaron conocidos arquitectos e ingenieros cubanos como Walfrido Fuentes, Antonio Fernández de Castro, Eugenio Rayneri, Benito Lagueruela y Francisco Centurión. Estos dos últimos fueron inmortalizados en dos calles, hoy renombradas Continental y Pedro Consuegra.

Resulta interesante que entre tantos nombres perviviera aquel del siglo XVII homogeneizando hasta hoy los que legalmente tuvieron los proyectos de urbanización. De este modo, los que en realidad eran 15 repartos, han trascendido popularmente como uno. Tras una amplia investigación que involucró planos de urbanización, documentos históricos y la consulta de especialistas y vecinos de la zona, Juan Carlos Santana definió un derrotero para ayudar a comprender lo que entendemos por La Víbora, definida por las calles General Lee, Diez de Octubre, Acosta y Vento.

Un barrio habanero amado por sus bondades paisajísticas y arquitectónicas que lamentablemente se deprecian a paso acelerado por la desidia estatal, la crisis económica y la deficiente administración pública.

Yaneli Leal
Texto y foto: Diario de Cuba, 21 de abril de 2024.

lunes, 3 de junio de 2024

Lawton, mi barrio habanero

Todos los barrios de La Habana tienen su sello propio. Sus casas y trazados diferentes. Hasta sus olores. Por un tiempo, para René, vecino de la calle Font, a tiro de piedra del viejo matadero, el olor nauseabundo de las reses era un distintivo de su Lawton natal.

Si le preguntas a Gabriel, desde hace 25 años viviendo en Boston, Estados Unidos, el olor del alcohol emanado de la destilería de la Calle B, el convento de Santa Clara de Asís y los 'pitenes' (juegos) en las cuatro esquinas con una pelota verde de esponja, son cosas que nunca podría olvidar.

Cada cual tiene su Lawton particular. Con una población de cerca de 25 mil habitantes, Lawton es uno de los barrios fundacionales de La Habana moderna. Pertenece al municipio Diez de Octubre, el más poblado de la capital, con más de 200 mil habitantes. Les cuento su breve historia.

Se dice que a unos 6 kilómetros del centro de la ciudad, se encontraba la finca de Don Fernando Batista. Hacia mediados del siglo 18, su secretario personal, de apellido Lawton, lo convenció para que vendiera sus terrenos a la compañía de ferrocarril. Con la comisión que ganó adquirió una finca en los terrenos que colindan con la actual Calle B.

De 1849 a 1864 fue autorizada la urbanización de diez repartos, por ese entonces conocidos como Barrio de Concha. Entre ellos estaba Lawton, que en 1859 se inscribió como Reparto Ferrer. Para los años iníciales del siglo XX, aquellos terrenos que había comprado el pícaro Lawton, secretario de Don Fernando, adquirieron un valor inusitado debido al trazado diseñado por la compañía de tranvías.

En la década de 1920, en el actual paradero de ómnibus de Lawton, se funda la empresa de tranvías de La Habana. Luego, en la década de 1940 la zona prosperó con la construcción de la Avenida Dolores, que parte en dos el populoso y amplio barrio.

Sus casas, por lo general, eran de pisos bajos y estilo ecléctico. En sus buenos tiempos, Lawton era un mosaico abigarrado de viviendas donde convivían obreros, bodegueros, pequeños empresarios y un sector de clase media en las alturas del reparto Vista Alegre o el Quinto Distrito.

Camilo Cienfuegos, uno de los comandantes de la guerrilla de Fidel Castro, fallecido en un accidente de aviación en octubre de 1959, era de Lawton. Su hogar hoy es un museo. Entre los 'lawtoneros' ilustres se encuentran el trovador Santiago Feliú, ya fallecido, el periodista e historiador Ciro Bianchi Ross y el disidente Oscar Elías Biscet.

Aunque nació en Santos Suárez, también perteneciente al municipio Diez de Octubre, Celia Cruz, la guarachera de Cuba, en los años 50 se mudó a Lawton, a la casa que construyó en Terraza 110 entre 12 y 13, en el antiguo reparto La Mallorquina. Entre los músicos que también construyeron casas en Lawton se encuentran Arsenio Rodríguez, Lino Frías y Rolando Laserie.

Al igual que el resto de distritos habaneros, tras la llegada del ciclón verde olivo, Lawton ha pagado factura por la desidia y el descuido estatal en el mantenimiento de sus edificaciones. Sus aceras y calles están repletas de huecos y baches. Y debido a grandes salideros en las cañerías, el agua se pierde sin llegar al grifo. Las carencias habitacionales, que afectan todo el país, han provocado un auténtico caos urbanístico.

Ya muchas fachadas perdieron su diseño original. Los amplios ventanales de madera o hierro forjado han sido sustituidos por impresentables ventanas de aluminio chino o toscamente confeccionadas por herreros privados, a veces sin cristales, lo que convierte a muchos domicilios de Lawton en Frankesteins arquitectónicos.

Vecinos como Demetrio llevan veinte años intentando reparar su casa. Habita en una vivienda a medio hacer, rodeado de hormigón. Gente que se las apaña como puede para mejorar su calidad de vida destruyendo sin piedad los valores urbanísticos. Pero no queda otra. El Estado no vende materiales de construcción a precios razonables y a estas alturas nadie espera que lo haga. Para impedir que los techos se desplomen, las personas buscan soluciones por su cuenta.

No es ésta una barriada de hoteles, restaurantes, discotecas y centros nocturnos de calibre. Los jóvenes de Lawton tienen que desplazarse a otros municipios si quieren bailar y divertirse. De lo contrario, asistir a los bailables del Parque de la Policía, conocido así por estar en las inmediaciones de una unidad policial, o de la Plaza Roja de La Víbora, donde a ratos la fiesta termina entre trompadas y navajazos.

Lawton también tuvo -y todavía tiene- sus locos célebres. Como Pedrito, que imitaba a los salseros de moda y murió de beber en exceso 'chispa de tren', un alcohol apto para piratas. O El ruso, viejo ex presidario extraditado hace unos años desde Estados Unidos que va de puerta en puerta pidiendo comida o dinero a cambio de enseñarte a hablar inglés. Hubo varios dementes antigubernamentales. Uno de ellos, Germán, antiguo policía de Batista, andaba con una carreta cargadas de piedras y a toda voz gritaba insultos contra los hermanos Castro.

De Lawton, como de otros barrios capitalinos, se han ido muchos vecinos del país. Otros están reuniendo dinero para irse este año o el próximo.

Iván García

Foto: Lawton se caracteriza por sus elevaciones y calles empinadas, algunas con escaleras, como la de la foto, situada en Calle 11 entre E y Font, con la particularidad de que en el medio han situado un busto de José Martí. Tomada del Facebook "Lawton de La Habana".

lunes, 27 de mayo de 2024

Los apóstatas de los bellos ideales

Semanas atrás, publiqué en este diario tres trabajos en los que me refería a algunos escritores hispanoamericanos que dedicaron poemas a Stalin. Tras leerlos, un buen amigo me envió un email en el cual me comentaba: “¡Qué desolador y triste acopio de incapacidad y fanatismo nos entregan en este repaso los escritores de nuestra lengua que vivieron esos años, que presenciaron esos crímenes, y que, por su misma condición de intelectuales, eran precisamente los llamados a denunciarlos, a desconfiar de las demagogias y sus visiones simplistas! Lo mismo ocurrió con el nazismo, en la tierra de tantos pensadores bien informados, tan cultos y conocedores de las ideas nobles y salvadoras, como se mostró en un libro que hizo furor en los 90, Hitler's Willing Executioners. Tristemente, siempre ha pasado así: hay un virus de ingenuidad, bobería y de esquematismo que domina a un grupo de gente ilustrada en una sociedad dada, y esos imponen su embriaguez y sus esquemas al resto de la intelligentsia”.

Y al final de su mensaje, este amigo me decía: “Quizás podrías pensar en una futura serie de comentarios de compensación, en que mostraras que si bien hubo tontos útiles (y deplorables) como Miguel Hernández, hubo figuras de una talla inmensa, que supieron hacer uso de la independencia de criterio y del coraje. En español no hay muchos de estos últimos, por cierto. No es como ocurrió en Francia, donde existió un André Gide, que hizo gala de honestidad y lucidez en esa misma época en que Neruda se revolcó en la sumisión y la bajeza”.

A los pocos días leí en la prensa la noticia de la salida de un libro que precisamente trata el tema sugerido por mi amigo: El dios que fracasó (Ladera Norte, Madrid, 2023, 325 páginas). Es la primera edición de esta obra que ve la luz en España, y además cuenta con una excelente traducción de Elena Tarrod. Esta ha incluido además una buena cantidad de notas que son sumamente útiles para los lectores. En nuestro idioma, existían dos traducciones anteriores aparecidas en Argentina. Una de Unión de Editores Latinos, de 1951, con el título de El fracaso de un ídolo; y otra, de 1964, que salió bajo el sello de la filial en Buenos Aires de Plaza & Janés. Su título coincide con el de la española, que es más fiel al inglés: The God that Failed. Ese libro se publicó en Estados Unidos en 1949 y al año siguiente en Inglaterra. Como era de esperar, su salida provocó un enorme revuelo, lo cual contribuyó a que tuviera varias reimpresiones.

El dios que fracasó, cuenta su editor, el profesor y político británico Richard Crossman (1907-1974), fue concebido al calor de una discusión. Se hallaba él pasando unos días en el norte de Gales junto con el escritor de origen húngaro Arthur Koestler (1905-1983). Una noche, un debate sobre un tema político llevó la charla a un punto muerto. Eso hizo que su amigo le comentase:

“—O no puedes o no quieres entender. Pasa lo mismo con todos vosotros, los anglosajones anticomunistas, cómodos e insulares. Odiáis nuestros gritos de Casandra y no nos queréis como aliados; pero, al fin y al cabo, los excomunistas somos los únicos que, entre los de vuestro lado, sabemos de qué va todo esto”.

Eso los llevó a charlar sobre por qué Fulano de tal se hizo comunista y por qué luego abandonó o no el partido. Crossman pidió a Koestler que le contara cómo se afilió él al partido, y le insistió que expresara “no lo que sientes ahora, sino lo que sentías entonces”. Cuando su amigo llevaba un rato hablando, lo interrumpió y le dijo que ese asunto debería plasmarse en un libro. Y de inmediato empezaron a barajar nombres de excomunistas capaces de expresar por escrito la verdad sobre sí mismos.

La amplia lista inicial que hicieron terminó limitándose a media docena de escritores y periodistas de diferentes países. Crossman apunta que un aspecto que consideraron esencial fue el de que “cada colaborador pudiese, no revivir el pasado —eso es imposible—, sino que, mediante un acto de autoanálisis imaginativo, pudiera recrearlo, a pesar de conocer la situación de los hechos desde el presente”.

Los seis intelectuales escogidos para describir su viaje de ida y vuelta al comunismo fueron el propio Koestler; el italiano Ignazio Silone (1900-1978); el afroamericano Richard Wright (1908-1960); el francés André Gide (1869-1951); el norteamericano Louis Fischer (1896-1970) y el británico Stephen Spender (1909-1995). De acuerdo a un criterio que creo resulta fácil deducir, los testimonios de los tres primeros se reproducen en un primer bloque titulado “Los iniciados”. Los otros tres integran la segunda parte, que se llama “Los adoradores a distancia”. Las experiencias que narran todos corresponden al período que va de 1917 a 1939, durante el cual, como anota Crossman, las conversiones eran muy comunes.

Además de esos seis textos propiamente dichos, en El dios que fracasó se incorporaron otros dos de carácter complementario. El primero es la introducción de Crossman, quien aparte de referirse al proceso de creación del libro desgrana una serie de ideas y reflexiones muy atinadas. El otro está firmado por la irlandesa Enid Starkie (1879-1970), catedrática de literatura francesa un Oxford. Fue ella quien se encargó de seleccionar, con la aprobación del propio Gide, las páginas de este que se reproducen. Las extrajo de las dos obras que él publicó después de su viaje a la Unión Soviética: Regreso de la URSS (1936) y Retoques a mi regreso de la URSS (1937), en las cuales dejó constancia de su desilusión y su crítica al estalinismo.

Leer este libro hoy, setenta y cinco años después de que viese la luz por primera vez, constituye una experiencia fascinante. En las breves páginas que redactó como prólogo para esta reedición, el escritor español Félix de Azúa apunta que puede parecer literatura arcaica y en cierto modo, lo es, “aunque en algunos países se mantenga el comunismo más vetusto como en Cuba o en Corea del Norte”. Sin embargo, agrega, es “una lectura instructiva porque muestra la permanencia de un sistema manipulador y represivo, adaptado al actual medio español por partidos como Batasuna-Bildu, Podemos-Sumar, los nacionalistas periféricos y similares”. Y no deja de advertir que hay además una herencia de totalitarismo inconsciente que permanece en España y Latinoamérica.

Referirme en detalle a cada uno de los textos es una tarea demasiado ardua y ocuparía mucho espacio. Así que me voy a limitar a glosar un par de ellos, para que se pueda tener una idea de cómo los autores asumieron la propuesta de narrar su fascinación por el comunismo y su posterior desencanto. Lo haré poniendo énfasis en las razones que contribuyeron a su cambio de postura respecto a esa ideología.

Empezaré por Koestler, quien en 1931 se afilió al Partido Comunista Alemán. Tras su ingreso, empezó a tener encuentros con miembros que tenían nombres de pila —Edgars, Paulas e Ivanes—, pero no apellidos ni dirección. Se fue dando cuento de que en el trato con ellos predominaba “una atmósfera fraternal paradójica, una mezcla de camaradería y desconfianza mutua”. Algo, reconoce Koestler, cierto para todo movimiento clandestino. Años después fue enviado a la Unión Soviética, donde, “aunque llevábamos anteojeras, no estábamos ciegos, e incluso los más fanáticos no podían darse cuenta de que no todo iba bien en nuestro movimiento”. Tras el estallido de la Guerra Civil española, logró entrar en este país para unirse al ejército republicano. Pero fue reconocido y denunciado como comunista y las tropas franquistas lo capturaron y encarcelaron. Pasó allí cuatro meses y fue liberado gracias a la intervención del gobierno británico. No sabía que a partir de ese momento había dejado de ser comunista.

Tras salir de España, se enteró de que, en las purgas estalinistas, su cuñado y dos de sus mejores amigos habían sido detenidos. Los tres eran miembros del Partido Comunista Alemán. A su cuñado, un médico políticamente ingenuo, se le acusaba de ser un saboteador que había inoculado sífilis a sus pacientes y también, como era de esperar, un agente de una potencia extranjera. “No se ha vuelto a saber de él desde su detención hace doce años”, apunta Koestler.

Los dos amigos eran un físico y su esposa. A él lo detuvieron en 1937, bajo la acusación de haber contratado a veinte bandidos para tender una emboscada a Stalin y a Kaganovich en su próximo viaje por el Cáucaso. Se negó a firmar una confesión, y permaneció en diversas prisiones durante tres años. En 1940, tras la firma del pacto Ribbentrop-Molotov, fue entregado a la Gestapo, junto con un centenar de comunistas austriacos, alemanes y húngaros. El físico sobrevivió a la Gestapo y participó en el levantamiento de Varsovia.

Su esposa fue detenida un año antes que su esposo. Era ceramista y primero la acusaron de haber introducido esvásticas en el dibujo que diseñó para unas tazas de té que se iban a producir en serie. Después, de haber ocultado bajo su cama dos pistolas que iban a usarse para matar a Stalin en el siguiente Congreso del Partido. Pasó dieciocho meses en la Lubianka, donde trataron de que actuase como pecadora arrepentida en el juicio contra Bujarin. Intentó suicidarse, pero la salvaron a tiempo y poco después fue puesta en libertad, gracias a los esfuerzos del cónsul austriaco en Moscú.

A propósito del caso de ese matrimonio, Koestler escribe que “nuestros marxistas nucleares no pueden afirmar que ignoran lo que ocurre en Rusia. Conocen en detalle la historia de, al menos, dos de sus colegas, ambos leales servidores de la Unión Soviética, detenidos por cargos grotescos, retenidos durante años sin juicio y entregados a la Gestapo. Saben además que estos casos no son excepcionales; tienen a su disposición informes fiables y de segunda mano de cientos de casos similares que afectan a los círculos académicos rusos. Y lo mismo puede decirse de todos los autores, periodistas e intelectuales que están afiliados al Partido Comunista o son sus simpatizantes. Cada uno de nosotros conoce al menos a un amigo que murió en los campos de trabajos forzados del subcontinente ártico, que fue fusilado acusado de espionaje o que desapareció sin dejar rastro. Cómo vibraban nuestras voces con justa indignación, denunciando los fallos de la justicia en nuestras confortables democracias. Y cómo callábamos cuando nuestros camaradas, sin juicio ni condena, eran liquidados en la sexta parte de la tierra. Cada uno de nosotros tiene un esqueleto en el armario de su conciencia; con sus huesos se podrían llenar unas catacumbas más laberínticas que las de París.

“En ninguna época y en ningún país han sido asesinados y reducidos a la esclavitud tantos revolucionarios como en la Rusia soviética. Para alguien que durante siete años encontró excusas para cada estupidez y cada crimen cometidos bajo la bandera marxista, el espectáculo de esta dialéctica del autoengaño, de estos equilibrios en la cuerda floja realizados por hombres inteligentes de buena voluntad, es más descorazonador que las barbaries cometidas por los simples de espíritu. Habiendo experimentado las posibilidades casi ilimitadas del funambulismo mental en esa cuerda floja, sé cuánto hay que estirar para que esa cuerda elástica se rompa”.

Louis Fischer fue un famoso periodista norteamericano, que en 1921 fue enviado como corresponsal en Berlín del New York Evening Post. Aunque nunca se afilió a ningún partido político, se convirtió en una apasionado y acérrimo defensor de la Rusia soviética, donde vivió por varios años. Escribía desde allí para el diario The Nation, y en sus artículos negó la gran hambruna provocada por la colectivización forzosa, que dejó unos siete millones de muertos. Asimismo, acusó al grupo de diarios y revistas de William Randolph Hearst de organizar campañas antisoviéticas. Durante la Guerra Civil española, Fischer fue voluntario de las Brigadas Internacionales. Regresó a Estados Unidos en 1938 y fue en esa época cuando comenzó su ruptura con el estalinismo. De hecho, abandonó The Nation por el carácter favorable de la información sobre la Unión Soviética que se publicaba.

Al referirse a la impresión que tuvo al visitar decenas de granjas colectivas entre 1932 y 1936, Fischer confiesa que su propia actitud comenzó a preocuparlo: “¿No estaba glorificando el acero y los kilovatios y olvidando al ser humano? Todos los zapatos, escuelas, libros, tractores, luz eléctrica y metropolitanos del planeta no añadían nada al mundo de mis sueños si el sistema que los producía era inmoral e inhumano”. Empezaron a aparecer así las primeras manchas negras en el lienzo de sus impresiones sobre la Unión Soviética.

En 1928 presenció el juicio a cincuenta importantes ingenieros soviéticos, a quienes se les acusó de sabotaje y espionaje. Creyó una parte del mismo, pero se hizo preguntas sobre el resto. Ese mismo año, Trotski fue detenido y deportado al Asia Central. Su crimen consistía en diferencias políticas y doctrinales con Stalin. Eso hizo reflexionar a Fischer que “el uso de la policía secreta para poner fin a una disputa política fue el Waterloo del Partido Comunista. A partir de entonces, los que tenían la fuerza pensaban que también tenían la razón. Y los disidentes preferían la seguridad a expresar lo que pensaban. El cinismo triunfó sobre la honestidad”. Apunta que se percató de esos fenómenos, pero entonces no comprendió que eran “el principio de una decadencia que ha llevado a la gran mentira y el gran silencio actuales. Inevitablemente, también, han contribuido a la aparición del Gran Líder”.

Para 1936, el trabajo periodístico había perdido para él toda emoción y ya no le compensaba ni estimulaba. De ahí que optara por irse a España. Estaba ya de regreso en su país natal, cuando el pacto nazi-soviético de 1939 acabó por abrirle los ojos. Aquel acuerdo no era para ganar tiempo, sino para ganar territorio. Fue la tumba del internacionalismo y la piedra angular del imperialismo bolchevique. Con aquel hecho, escribe Fischer, “dio comienzo la agresión planificada de Rusia que le ha proporcionado el chirriante imperio que tiene hoy día y que le ha convertido en el peor problema de la humanidad”.

Al hacer un balance de la etapa que pasó en la Unión Soviética, Fischer expresa que “mis años como partidario de los soviéticos me han enseñado que nadie que ame a la gente y a la paz debería favorecer una dictadura. El hecho de que un sistema proclame la libertad, cuando realmente la está limitando, no es una buena razón para abrazar un sistema que la aplasta completamente”.

Al final de su texto, apunta que ahora se da cuenta de que “el bolchevismo detenta la mayor concentración mundial de poder sobre el hombre”. Y agrega: “La Rusia de Stalin es condenada como un «estado policial», pero ese no es más que una parte del mal. El Kremlin mantiene sojuzgados a sus ciudadanos no solo mediante el poder policial y carcelario, sino también mediante el poder aún mayor que le confieren la propiedad y la dirección de todas las empresas económicas de la nación. Los trusts, cárteles y monopolios capitalistas son meros pigmeos comparados con el gigantesco monopolio político-económico que es el Estado soviético. No se puede presentar apelación alguna contra su poderío porque no hay poder en la Unión Soviética que no pertenezca a la dictadura gubernamental”.

Carlos Espinosa Domínguez
Texto y foto: Cubaencuentro, 16 de febrero de 2024.