jueves, 27 de abril de 2017

Cuba: Paraíso de "disparadores"


Llamémosle Fermín. Perdió un futuro promisorio como alero de baloncesto y sus padres se mudaron dos veces de barrio, para alejar la vergüenza que les provocaba escuchar a vecinas armar escándalos o maridos iracundos agredir con machete o un bate de béisbol a su hijo.

La primera vez que visitó la cárcel fue con 17 años. Se apostaba a la salida de una secundaría y se masturbaba descaradamente al paso de las colegialas. Una tarde cualquiera, desde una azotea, fisgoneaba a una joven que posteriormente lo acusó a la policía.

Estuvo en un correccional durante doce meses por abuso lascivo. Fue expulsado de la escuela de deporte y la selección nacional juvenil de baloncesto perdió probablemente a uno de sus mejores prospectos, que con sus dos metros y un estilo parecido al del mítico Kareem Abdul Jabbar cuando tiraba el gancho al canasto.

Luego su vida fue cuesta abajo. Bebía demasiado ron y comía poco. De las siete veces que ha estado preso, seis han sido por masturbarse en la calle. Con 55 años intenta cambiar, pero no puede. Ha perdido a sus mejores amigos y es el enemigo público número uno de las mujeres en el municipio Diez de Octubre.

Lo han llevado al psiquiatra para controlar sus excesos. Pero cuando su reloj de placer biológico lo convoca, vuelve a un parque o una escuela de adolescentes, a masturbase al caer la noche.

“Es algo que no puedo evitar. Y no es por falta de mujeres, pues cada vez que he ido preso por exhibición impúdica o abuso lascivo, he estado viviendo con una jevita. Claro, que cuando se enteran me dejan. Pero siento un morbo incontrolable rayándome una paja mientras me miran”, confiesa afligido en una mañana soleada de febrero.

Según Fermín, sus impulsos jamás lo han llevado a la violación. “Ni siquiera lo he pensado. Pero me excito muchísimo cuando veo una muchacha con uniforme escolar o un short que enseñe las nalgas”.

La prensa oficial últimamente ha publicado sobre el aumento de masturbadores públicos en la Isla.

Raisa, maestra, afirma que “están a cualquier hora y en cualquier parte. Son un ejército. No entiendo, con lo fácil que es ligar una mujer en Cuba. Son unos descerebrados. Cuando voy por la mañana a la escuela siempre me choco con dos o tres pajusos. A todos les gusta enseñar la pinga, para que vean que la tienen grande”.

Midalis, estudiante universitaria, dice que los sitios predilectos de los “tiradores son las calles oscuras, las salas de cines, escaleras de edificios o lugares descampados. Por Zapata y G, por la parte posterior del antiguo Castillo del Príncipe (desde 1926 hasta 1974 fue la Prisión de La Habana), hay un montón de pajeros. Se suben hasta encima de los árboles. Y si te descuidas, te echan el semen arriba. Una noche me cayó aquella cosa, y yo pensé que era la cagada de un pájaro, pero no, era esperma, qué asco”.

En Cuba a los masturbadores les llaman disparadores, pajusos, pajeros o tiradores.

Joel, oficial de la policía, cuenta que “cada noche a la unidad llega un burujón de tiradores. Si no son reincidentes, le ponemos una multa de 60 pesos, nunca van presos. Si el tipo es un enfermo mental, entonces se procesa. Pero con las cárceles llenas, si no tienen antecedentes penales casi siempre se libran de la prisión. La verdad es que las leyes contra los masturbadores callejeros son bastante flojas”.

Carlos, sociólogo, considera que la prohibición de revistas y filmes pornográficos, además de la ilegalidad de bayúes o casas de citas con prostitutas, provocan desmedida lujuria en un segmento masculino de la población.

“Al no existir prostíbulos, líneas telefónicas calientes ni publicaciones pornográficas, el morbo aumenta. Todo lo prohibido llama la atención. En Cuba existe una sexualidad reprimida. Un masturbador público no es un demente. Los hay con problemas mentales, pero generalmente son hombres instruidos, inclusive por encima de la media. No es un fenómeno típico de Cuba. Una vez leí que a un filósofo excepcional como Rosseau, se masturbaba por las noches en los parques de Zürich”.

Johanna, jinetera, aclara que los disparadores siempre son hombres. "Nunca he visto a una mujer rayándose una paja en la vía pública. Es una plaga, por donde quiera puedes ver a un tipo frotándose el tolete en cualquier lugar. No les importa si uno va con un niño pequeño. Son unos descarados. Tal vez sean impotentes, pues con la cantidad de putas que hay en la calle, no sé por qué tienen que estar masturbándose. En una ocasión, a uno le grité: Ven, vamos a hacer el amor para que se te quite esa manía, y el tipo se echó a correr”.

Daniel, músico amateurs, señala que también hay disparadoras hembras. "Te cuento lo que me pasó en una guagua super llena. Una mujer, madura ella, me frotaba sus partes con mi mano. La tipa estaba caliente a más no dar. Otra vez, en un parque del Vedado vi a una joven metiéndose los dedos por debajo de la saya.”

Una recomendación a turistas extranjeras: si visita Cuba y le silban en la oscuridad, no tema, no es una banda de asaltantes con armas de fuego. Es un disparador criollo buscando placer con su mano.

Iván García
Hispanost, 15 de febrero de 2017.
Ver: Video con opiniones sobre masturbadores públicos en La Habana.


lunes, 24 de abril de 2017

"Soy abakuá y pinguero"



Dos horas diarias de gimnasio le han esculpido la silueta como si fuese un atleta. También gasta un dineral en manicure, tratamiento capilar con keratina, alisarse el pelo con una plancha caliente y comprando ropa en tiendas clandestinas o alguna boutique estatal de La Habana cuyos precios emulan con los de Nueva York.

Para Didier, 23 años, el físico es un imán poderoso. “No sé quien fue el que lo dijo, pero una imagen vale más que mil palabras”, apunta, conectado a internet vía wifi en el parque Córdoba, barrio de La Víbora, al sur de la capital.

Dejó los estudios en noveno grado y comenzó a ganarse la vida prostituyéndose. En Cuba, la legión de jineteras y pingueros se consolida cada año. Didier supone, y tiene razón, que mientras se mantenga la perenne crisis económica, y comer carne de res sea un lujo, vivir en un apartamento con televisor de pantalla plana, tener un ordenador moderno y aire acondicionado sea un sueño inalcanzable para muchos, “la putería, el pinguerismo y el travestismo aumentarán. Es normal. La gente inventa y trata de sobrevivir a como dé lugar”.

Comenzó a prostituirse con 15 años. “Tengo una pinga grande y gorda. Un día una jevita que estaba conmigo y era jinetera, me dijo que unos canadienses clientes suyos, me pagaban 150 dólares si me acostaba con ellos. Pa’luego es tarde, me dije, y los partí en dos como si fueran un lápiz”, cuenta con la típica jerga del bajo mundo habanero.

Didier, no cree que se demerite su hombría. “No men, esto es un negocio. Soy macho a toda, pero mi profesión es pinguero. También soy ñangué (abakuá), ¿hay algún problema con eso?”, se pregunta asombrado.

Orlando, gay y peluquero, que cada noche recorre la sucia Calzada de Diez de Octubre en busca de pareja, comenta: “Olvídate de la ética y el machismo. Yo todavía estoy con los hombres por amor. Pero ahora todo se vende, hasta el sexo. Los travestis cobran, las jineteras igual y los pingueros no se quedan atrás. Hace unos días, un muchachito, lindísimo y buenísimo, me dijo que me singaba por 10 fulas. Y era masón. Es que en las propias prisiones cubanas la tortilla y sodomia entre hombre se practica por arrobas. A mí no me pueden hacer cuentos. Soy una loca presidiaria, he estado recluido cuatro veces por escándalo público”, dice sonriendo y se pasa la mano por su pelo teñido de rubio.

Enrique, abakuá desde hace treinta años, asegura que “en nuestra secta, al igual que en la masonería, se están viendo cosas escandalosas. Patos (gays), bugarrones y tipos que son abakuá y se dedican a pinguear con extranjeros. Los admiten en los plantes por dinero. Ya lo dice la biblia, se verán horrores”, señala, abriendo los ojos.

La Sociedad Secreta Abakuá es la única de su tipo existente en el continente americano y en Cuba también es conocida por Ñañiguismo. Surgió en las primeras décadas del siglo XIX, en los momentos de mayor hostilidad hacia los esclavos negros, quienes, ante el acoso, el medio que hallaron para evadir la represión fue una agrupación mutualista bajo la expresión más desarrollada de su conciencia social, la religión.

Los antecedentes del Abakuá o Ñañiguismo se hallan en las sociedades secretas que existieron en la región nigeriana de Calabar, y tiene como base una leyenda que narra la historia de la violación de un secreto por una mujer: la princesa Sikán encuentra al pez sagrado Tanze y reproduce su bramido en el tambor sagrado Eku.

Las actividades de culto se realizan todas en templos y se practica sólo en La Habana y Matanzas. En estas dos provincias se localizan 40 plantes, distribuidos en los municipios de Guanabacoa (14), Marianao (11), Regla (6), San Miguel (4), Cárdenas (4) y uno en la ciudad de Matanzas.

Las Firmas o Anaforuanas representan a cada una de las jerarquías que integran la estructura de los abakuá y cumplen una función consagratoria cuando se trazan sobre determinados elementos del ritual. Los sellos son la representación o identificación de cada juego o potencia abakuá, de los cuales existen 123 en toda Cuba.

En las Sociedades Secretas Abakuá sólo son admitidos hombres. “No se aceptan homosexuales, bugarrones, prostitutos ni tipos flojos”, aclara Enrique. Aunque siempre se cuelan algunos. Como es el caso de Didier.

Iván García
Hispanost, 20 de febrero de 2017.

Foto: No es exactamente la de un pinguero, si no un gay habanero. Tomada de La manzana envenenada, reportaje publicado en On Cuba Magazine en mayo de 2014.

jueves, 20 de abril de 2017

Las nobles bestias (II y final)


Tenía sesenta y cuatro años, costillas hasta en el esternón, el cinismo o la terrible indiferencia en la mirada, y una costura que le iba del ombligo a la ingle. Había sido albañil en Varadero. Había ayudado a construir hoteles como Sol Palmeras, que “arquitectónicamente, si lo miras desde arriba, parece una rosa.”

Era el decano del bote. Desde hacía ocho meses tenía un nuevo quimbo. Las autoridades le habían tumbado varios, y también había vivido allá arriba, a la intemperie durante año y medio. Según sus consejos, había que subir con él porque con él nadie se metía. “Ahí viene Chen culo roto”, “ahí viene Chen el maricón”, decían cuando llegaba, pero no eran más que bromas. Huevo, el delincuente al que muchos temían, era su ahijado, por eso Chen hacía y deshacía y nadie en el bote se permitía tocarlo. La policía ni siquiera lo apresaba, aunque no por respeto, sino por dejadez. Él lo sabía. No tenía caso reprenderlo.

–Si me sacan de aquí, me voy para allá. Y si me sacan de allá, vengo para aquí. Conmigo no hay maldad.

–¿Y si cierran el bote?

–Habrá que irse para el bote que pongan. Porque en el bote es donde hay que estar. Nosotros, los de esta clase.

–¿De qué clase?

–La clase baja. No en delincuencia. La clase honestamente mía, la honesta mía. El millonario está a una altura, el semimillonario a otra, y yo en el bote. Si te enseño donde dormí anoche, y dormí como un presidente. ¿Sabes por qué dormí como un presidente? Porque no tengo a nadie cayéndome atrás, no tengo que tener ninguna escolta. Me doy un traguito, me fumo un cigarro, pienso.

El Estado lo había internado un par de veces en La Colonia, centro para indigentes y discapacitados mentales ubicado relativamente cerca del vertedero. Pero Chen siempre se escapaba.

–Ahí se cagan encima. Yo tengo peste porque estoy en el bote, pero ellos tienen más peste que yo.

–Los locos me arañaban –decía Luz María, que también estuvo internada.

Chen se echaba sobre las raíces del cedro varicoso, tomaba de su oreja el lápiz de bodeguero y como un chamán se ponía a descifrar el verso de la charada.

–Animal que nace en la tierra y muere en el mar –leía.

Todos pensaban.

–La tortuga –decía Yorgelis.

–Puede ser. También el avión –decía Chen–. El avión se pierde en el mar.

–El río –decía Yorgelis.

–El río está bueno –decía Chen–. El río es 71 y anoche tiró el 76. María es la madre de Jesús y la primera madre que existe y lo tiró el Día de las Madres.

Luego sacaba otro papel y comenzaba:

–Animal que siempre vive volando. Clave: el viento.

–No sé –decía Yorgelis.

–El papalote, que es 74 –decía Chen–. Eso: 71 y 74.

Vestía siempre un pantalón verde olivo. De la viga del techo de su quimbo colgaba un Mickey Mouse.

Venía de El Cristo, un pueblo a la orilla de Santiago de Cuba. Trabajaba en la agricultura y vivía con su mamá. Fue un amigo quien le avisó del negocio del bote.

Ahora recopilaba pomos plásticos y lo vendía a una refresquera en Alquízar. Cuando creía haber reunido lo suficiente, volvía a su casa, le dejaba el dinero a su madre y regresaba a La Habana. Luz María y Chen lo habían acogido sin problemas. Él no era el único que pasaba temporadas en los quimbos. Él era el buzo de turno. Hablaba poco y se mantenía a la sombra. Tenía 24 años y quería leer algo. Libros o revistas, lo que fuera.

Hacía pocos días, la policía lo había confundido con un ratero y se lo había llevado preso. Él les dijo que no había estudiado, pero que conocía sus derechos, y que ellos tenían que decirle por qué lo detenían y de qué se le acusaba.

–Si no va la mujer que puso la denuncia, y dice que yo soy inocente, todavía estuviera ahí.

–¿Y tuviste miedo?

–No –interrumpía Chen–. Si tienes miedo aquí, vete para el cementerio y entiérrate tú mismo.

–No, no tenía –decía Yorgelis.

Quizás lo más doloroso y llamativo de su persona eran los pómulos y la nariz. Granos maduros de violentísimo acné, infestados por la asquerosidad del bote, le desfiguraban el rostro y lo convertían en un payaso sin audiencia. Bolas duras, pus cristalizado, pequeñas y enrojecidas pelotas de golf a las que, de haber estado por fuera de la piel, y no por dentro, se les hubiera zafado la rosca y se hubiesen podido desmontar.

Huevo no esperaba a emborracharse en los quimbos, sino que ya llegaba borracho. No medía más de uno ochenta. Era desgarbado y alardoso. Tanto se hablaba de él, tanto se invocaba, que podía ser tomado como una ficción. Traía un cuchillo entre el pantalón y la espalda. El cabo asomaba por fuera del pulóver.

Le preguntó a Luz María qué había de comida y cuando Luz María le dijo que frijoles se enfureció.

–¿Frijoles solos?

–Frijoles solos.

Chen salió de su quimbo. Era incapaz de compadecerse por nadie. Era rapaz.

–Saca el arroz que tienes –dijo Huevo.

–No tengo ningún arroz –dijo Luz María.

–¿Tengo que buscarlo? –dijo Huevo.

–Saca el arroz, Luz María –dijo Chen.

–¿Tengo que buscarlo? –repitió Huevo.

La lengua se le enredaba. Los ojos amarillos, inyectados en alcohol y soberbia.

–Es que no tengo ningún arroz –decía Luz María como el animalejo que era–. Pregúntale a cualquiera, no tengo ningún arroz.

Huevo se dirigió hasta el quimbo y Luz María lo persiguió.

–No entres ahí, maricón –dijo–. Tú no tienes nada que hacer ahí.

Huevo la apartó de un manotazo y Luz María rodó por el suelo. Chen observaba desde una esquina.

–Ella sabe cómo es él –dijo.

Huevo salió con una jaba de arroz y la mostró triunfante. Luego regó el arroz por la tierra y dijo:

–¿Este es el arroz que no tenías?

Luz María berreaba. Huevo fue hasta ella. Le preguntó que para qué jugaba con él. La tomó por los hombros y la sacudió. Le apretó la boca, la mordió, y metió la mano en lo que debía ser el sexo de Luz María, aquella hilacha. Mientras la entraba al quimbo, y Luz María se dejaba hacer, Chen viró la espalda y se perdió entre los trillos.

Caminó durante un rato, llegó a la báscula, que es donde pesan a los camiones antes de que descarguen, y subió al primer colector que entró. Matrícula: HUF 943.

Grupos de perros jíbaros pululaban en medio del paisaje lunar. El polvo blanco de los terraplenes, las gavetas, los montículos cuadriculados de basura, la exigua luz natural. Alrededor, las luces eléctricas de la ciudad chispeaban como un graderío en vilo.

Cuando el colector HUF 943 arribó a la zona de descarga, de la tierra emergieron cuerpecillos fragorosos, que poco o poco se irguieron con sus pinchos, farolas, linternas, y rodearon la pieza de volteo.

La mezcla putrefacta de desechos cayó, y los buzos la atacaron con agilidad. Llevaban botas, camisas de mangas largas, pañuelos sobre las orejas, y algunos tenían cascos de mineros. Con los pinchos, escarbaban hasta encontrar algún plástico o metal. Hurgaban en el ácido. El líquido negro corría como una baba. Todo lo que La Habana había descartado pasaba allí su última revisión.

Siguieron llegando camiones. Fue una jornada tranquila, sin violencia. En el bote se habían reportado machetazos, puñaladas, y también se habían encontrado un par de cadáveres. Pero, como norma, los buzos solían ayudarse. Si alguien colectaba alguna materia prima que no le servía para su negocio, se la cedía a otro.

Cuando Chen decidió bajar de nuevo, sobre las diez de la noche, ya Huevo roncaba en un rincón, desparramado, soltando estrepitosos bufidos. Luz María bailaba sola, cerca de la fogata. Tomó a Chen de la mano y le dijo que bailara con ella. Que cantara Álvaro Torres, y que lo cantara tan bien como él sabía hacerlo. Chen se negó al principio.

En aquel momento, no sabían nada de lo que iba pasar. Al año siguiente, Luz María fallecería de una infección vaginal, Chen desaparecería, y la maleza tupida se tragaría los quimbos. En aquel momento, ajenos, bailaban en medio de la desolación.

–Dame un beso –dijo Luz María.

–Estate quieta –dijo Chen.

–Hace un mes que no te bañas.

–Yo me baño todos los días.

–Te creo.

–Tienes que creerme.

–Bueno, dale, dame un beso.

Entonces Chen, fingiendo desgano, agarró a Luz María por la cintura. Puso los labios.

–Es lo que yo digo –dijo finalmente–. Que dos buenos siempre se unen.

Carlos Manuel Álvarez
El Estornudo, 29 de agosto de 2016.
Foto: Luz María en su cuarto. Tomada de El Estornudo, donde se pueden ver más fotos.

lunes, 17 de abril de 2017

Las nobles bestias (I)


Hace un año, antes de que la maleza se cerrara sobre sí y la inmundicia fuera sustituida por el metálico aroma del silencio, en las inmediaciones del basurero llovía con saña y todos se acurrucaban como animales enfermos en el quimbo de Luz María, una choza putrefacta.

Chen comentaba algo sobre los cambios meteorológicos. Luz María despulgaba a su perro sin pelos. Y Yorgelis seguía destinando buena cantidad de sus fuerzas a mantener izada aquella especie de sonrisa sin vida que siempre, bajo cualquier circunstancia, le adornaba la cara y se la entristecía.

Permanecían adentro por pura convención. Quietos. Erizados. Nada indicaba que se estuvieran mojando menos que afuera. Los goterones caían del techo, gruesos y sensibles. Hasta que por suerte escampó y se desperezaron y aquel trance fue sustituido por un sol justiciero, que puso las cosas en su sitio.

Yorgelis salió a vender dos sacos de pomos plásticos que había recopilado. Luz María retomó la botella de aguardiente peleón. Y Chen volvió a su quimbo. Según él, a dormir. Aún faltaba una hora para que anocheciera y Chen decidiera subir al bote (basurero). Tenía calculado el tiempo en que llegaban los camiones del aeropuerto y de las Fuerzas Armadas. Los militares, por ejemplo, podían desechar patas y cabezas de puerco enteras, galones de mermelada, panes del mismo día. Chen prefería a los militares.

Luz María, mientras tanto, hablaba sola y preparaba los frijoles.

–¿En cuánto tiempo se ablandan?

–Metiéndole leña y leña hasta que se ablanden.

Se mostraba temerosa y miraba constantemente para la entrada del puente. Luego caminaba y luego volvía a detenerse. Después se agachaba, comenzaba a escardar la tierra. No paraba de beber. Y seguía escudriñando, al acecho.

–¿Tu madre cómo siguió?

Tres o cuatro días antes, su madre y su padrastro habían ido a visitarla. El padrastro de Luz María, un oriental cuarentón, había sido también su novio. Y fue Luz María, luego, quien lo unió con su madre. Una señora de 60 años que no conversaba nunca, que se movía de un lado a otro, cumpliendo diligencias por puro deber maternal, sin que nadie se lo ordenara, y que en una de esas, por desoír a su hija, echó un pomo embarrado de gasolina en la fogata de la noche y el látigo súbito de la candela se avivó tanto que le requemó la zona del párpado derecho.

Nadie se alarmó demasiado. Ni siquiera la señora.

–Está mejor –dijo Luz María–. Todavía tiene el ojo hinchado, pero yo se lo advertí.

Unos pollos salvajes picoteaban entre la mugre. El perro merodeaba al pie del árbol principal, un cedro varicoso y añejo. En el latón tiznado, los frijoles reverberaban a fuego lento. En la palangana con agua turbia, un pantalón en remojo se mezclaba con un nailon hediondo y a eso le llamaban lavar. Los restos de lluvia se disipaban. Cuando aquella quietud amenazaba con volverse definitiva, por la entrada del puente se asomó un hombre, en dirección a los quimbos.

–Ahí viene Huevo –chilló Luz María.

Y empezó a mugir. Fue hasta el perro. Después pidió que la protegieran. Tragó un buche de aguardiente e imploró, por Dios santo, que la protegieran. Volvió a mugir y a desesperarse, como sabiendo que nadie podía protegerla. Aún así, casi en un susurro, siguió suplicando que la protegieran, que, madre mía, la protegieran, que no, que de nuevo no y que la protegieran.

El bote de 100 es el mayor vertedero de Cuba. 104 hectáreas cuadradas, el 80 por ciento de los residuos de La Habana –unas 1650 toneladas diarias–, y una capacidad de diseño de 7 millones 800 mil metros cúbicos. Desde su apertura, en 1976, fue considerado un “peligro medioambiental” y un “gran foco de contaminación”.

Es, o pretendió ser, un vertedero de relleno sanitario. La descomposición de la materia orgánica produce gas metano y, entre los espacios de la basura, el gas se acumula, combustiona. Durante décadas, los incendios han proliferado en el vertedero y la humareda fétida se ha extendido por los alrededores, hasta algunos barrios de Marianao o hasta la CUJAE, principal universidad de ciencias técnicas del país.

Para evitarlo, habría que aplastar la basura en cuanto se deposite en los huecos o gavetas. Habría que compactarla una y otra vez, y luego taparla con tierra, como si fuera un sándwich. La técnica del sándwich es lo que caracteriza a los vertederos de relleno sanitario.

El bote de 100, que comenzó siendo una laguna y ya alcanza cuatro o cinco pisos, ha tenido etapas mejores y peores, o peores y menos peores. Con equipamiento insuficiente, nulo en ocasiones, sin buldozer, sin compactadores, sin la infraestructura necesaria para el tratamiento de los gases tóxicos, la basura se ha acumulado, se ha desbordado y ha llegado casi a los portales de las casas cercanas al lugar. Seguir llamando vertedero al bote de 100 es, pues, un tecnicismo generoso. Cuando tales descontroles suceden, los vertederos pasan a ser basureros.

En el Período Especial la situación se agravó. Luego Comunales, la entidad encargada de la recogida y el mantenimiento de la basura, lograría autofinanciarse. Sin embargo, tras la centralización de la divisa en 2005, y la redistribución de los ingresos desde el nivel gubernamental, Comunales tuvo que empezar a competir con otras prioridades. Que eran muchas y urgentes –transporte, vivienda, servicios de educación y salud–, por lo que, desde enero de 2005 hasta junio de 2006, no recibió un centavo.

El vertedero, por supuesto, colapsó, y nunca logró recuperarse del todo. Llegaron a construirse terraplenes, viales, y hubo intentos de inversiones mixtas entre el gobierno cubano y empresas europeas, pero no fructificaron.

La industria del reciclaje sabe bien que la basura no es basura, sino dinero, y, a menor escala, como ejercicio de supervivencia, lo saben los sujetos comunes y corrientes. La materia prima más valorada es el aluminio, los metales. También el cristal, el plástico y, para algunos, la ropa, los restos de comida. Los metales se comercian con empresas de reciclaje, el plástico suele vendérsele a fábricas clandestinas de refrescos y la ropa, si no se destina para uso personal, se la ofertan entre ellos mismos.

En el bote de 100, un micromundo feroz, hay varios tipos de buzos o recolectores. Todos perseguidos por las autoridades. Si los apresan, son acusados de propagación de epidemias, pero luego los sueltan y ellos regresan, y luego los vuelven a apresar o apresan a otros que también regresan y si no regresan tampoco importa. Siempre hay nuevos que se suman al negocio de la inmundicia.

Es un círculo vicioso en el que las fuerzas del orden tienen las de perder. Primero porque alguien que decide irse a la basura a sobrevivir ya debe haberlo perdido todo. Poco le debe importar lo que suceda con él. Y segundo porque quizás la única solución verdadera sería lograr que todos o buena parte de los puestos laborales fueran más rentables que colectar desperdicios para revender. Y eso, en un país donde el salario promedio, unos veinticinco dólares mensuales, representa lo mismo que un par de días de sacrificio en el basurero, parece poco menos que imposible.

Suman decenas. Están los habaneros que viajan diariamente hasta la zona específica donde los camiones descargan la basura. Están los que deciden pernoctar durante tres o cuatro días, emprender maratónicas jornadas de recogida, luego recesar y luego volver. Están lo que llegan de otras provincias, suerte de nómadas como Yorgelis, que hacen estancia durante dos o tres meses, hasta que acumulan un dinero respetable. Y estaban los que vivían a tiempo completo en las inmediaciones: Luz María y Chen.

Desde afuera, los límites del bote semejaban los de un volcán de papel maché. Pared de basura sólida que crecía diagonalmente en busca de un punto concéntrico. Adentro, la lava. Ni siquiera era muy intrincado. Por Boyeros, siete u ocho cuadras después de la Avenida 100, se doblaba a la derecha y, al final de la callejuela, se cruzaba el puente.

Entre matojos tupidos que camuflaban, protegían y daban sombra, rodeado por una zanja truculenta que cuando llovía mucho se desbordaba, aquel promontorio pelón albergaba olores que alcanzaban su mayor simpleza química. No era que algo apestara. Era que las moléculas mismas que provocan el hedor se instalaban en las cerdas de la nariz, pinchaban el entendimiento. Llegaban a apestar los receptores: la propia nariz, el propio raciocinio.

Para aguantar el aire contaminado, el foso del hambre, los mosquitos en la noche y el calor impenitente, Luz María, Chen y cualquiera que pasara por allí tenía que anestesiarse con alcohol. Pero el alcohol era tanto que ya nadie se emborrachaba. La ebriedad, lo que sobreviene con ella, dictaba la norma.

–Le dije que se cambiara ese moño, que no me gusta –decía Chen.

–A mí me gusta –decía Luz María, y con un palillo se hurgaba en las uñas de los pies.

–Con el moño de ayer se veía más clásica, más cómica, más natural.

–¿Y cómo se ve ahora?

–Exagerando, inflando, esa no es ella –decía Chen.

–Ah, ya –decía Luz María, que aquel día, con unos flequillos que le caían a los lados, y un pañuelo azul en la cabeza, parecía una gitana.

–Ah ya de qué –decía Chen.

–Ah ya, ah ya –decía Luz María, y se levantaba y se iba a buscar a su perro.

–Yo lo hago para que se vea bonita, pero no me quiere hacer caso –decía Chen.

Luego Luz María regresaba y decía que la comida que le gustaba a Chen era la que ella hacía.

–Y a ti te gusta la que hago yo –decía Chen.

–Las comidas de nosotros son las que más nos gustan –decía Luz María.

Hablaban de comida con naturalidad, pero el manjar más rico en proteínas que pasó por los quimbos fue, en buen tiempo, una masa oscura y deformada de carne –pollo, según ellos–, hirviendo en agua borboteante, después de cuatro días en descomposición.

–Nosotros nos cocinamos de ambas partes –decía Chen–. Sazón con sazón.

Parecía un mensaje lascivo.

–¿Son novios ustedes? ¿Se gustan?

En los quimbos, las cosas no funcionaban de ese modo. Ni novios, ni gustos. Solo instintos.

–Una pulguita– decía Luz María, que acariciaba el lomo calvo, comido por la sarna, de su perro famélico.

–Amigos. Amigos que nos queremos mucho –decía Chen, haciendo creer que en los quimbos las cosas funcionaban de ese modo.

La desmemoria pesa como un hierro. Había mucho pasado olvidado en aquel presente duro y absoluto. La ley del bote –vidas precarias, pero desenfrenadas– imponía una forma muy esclava de la libertad.

Un filamento de mujer. Muñón de treinta y nueve años que parecía de sesenta y que lo que había vivido desbordaba cualquier edad. Menos los colmillos, le faltaba el resto los dientes. Le faltaban pedazos de la oreja derecha. Tenía por senos dos pellejos secos. Los huesos, de tan salidos, parecían querer liberarse de la piel. Solidificada en sus comisuras, la saliva formaba una pasta blanca que nunca desaparecía. Si lloraba, no soltaba lágrimas. Si la obligaban a recordar algo de su vida anterior, lo contaba como si fuese una fábula o se tratara de otra persona, cercana a ella, pero no precisamente ella.

Había venido de Oriente en los noventa. Había sido bailarina en Varadero y luego en Tropicana. Había traído para La Habana a su madre y a su abuela. Cuando su abuela enfermó, tuvo que abandonar el trabajo. Cuando regresó, ya había perdido el puesto.

En algún momento conoció a su marido, y fue su marido quien la inició en el bote. Pero su marido había caído presos dos veces por recoger basura y ahora ella estaba sola y tenía cartas guardadas donde el marido le decía que la amaba y que lo esperara. Ella le enviaba a la cárcel ruedas de cigarros. Cuando su marido volviera, todo iba a recomponerse.

–Estoy cansada de pasar tanto trabajo –decía–, las hernias me duelen, las rodillas flojas.

Su quimbo estaba compuesto por cartones, sacos, tapas plásticas de cestos de basura, poliespuma, retazos de los más distintos materiales.

–Aquí me baño –decía–. Nadie me ve– y señalaba para un rincón oscuro. Un tablón superpuesto dividía el baño de lo que se suponía era la sala. Los objetos, los adornos, provenían en su totalidad del basurero: los vasos donde tomaba agua, los calderos donde fregaba, los muñecos de biscuits, los pomos de desodorante, los trapos amontonados en las esquinas.

No había orden ni método. Solo un afán desmedido por acumular desechos.

–En este televisor me entretengo a veces –una pantalla sola, encima de una mesa.

Había flores plásticas, volandas del Papa Juan Pablo II y del Kamasutra, DVD de series frívolas como Adicted to Love, y revistas de moda con la cara aséptica de una rubia sensual sonriendo en la rutilante portada rosa.

–Tejer también me entretiene. Estas las tejo yo –y tomaba una muñeca industrial, de goma.

Luz María no sabía decir siquiera en qué año estábamos. Razón suficiente para creerle cada palabra que salía de la caverna oscura, tremebunda y áspera que era su boca. Todo hombre que pasaba por allí terminaba teniendo sexo –o lo que fuera– con ella. Que era lo más cercano a una mujer. No es que la violaran. Es que copulaban, como animales.

Su barriga era un cuero hinchado. La costra era tan dura que parecía tener dos pieles. El ombligo sobresalía como el dial de la miseria. Y siempre, con algún creyón muy pálido, se pintaba la línea temblorosa de los labios y las bolsas rugosas debajo de las cejas.

Carlos Manuel Álvarez
El Estornudo, 29 de agosto de 2016.

Foto: Chen y Luz María. Tomada de El Estornudo, donde se pueden ver más fotos.

jueves, 13 de abril de 2017

La corrupción en Cuba es un estilo de vida


Después de un fin de semana junto a un grupo de amigos, bebiendo vodka con jugo de naranja y comiendo masas de cerdo a la brasa, Miguel, inspector de la empresa eléctrica, regresa el lunes al trabajo dispuesto a hacer dinero a como dé lugar.

El caos estatal y las innumerables indisciplinas sociales del cubano de a pie son el caldo de cultivo perfecto para que el ejército de inspectores estatales implementado por la autocracia verde olivo lo aprovechen a su favor.

“Trabajo con otros dos inspectores. Un día cualquiera, cada uno gana de 20 a 30 pesos cuc. Y, para cumplir con lo establecido, imponemos media docena de multas a empresas o personas”, subraya Miguel, mientras en un equipo de audio escucha baladas españolas de los años 70.

El modo de operar es fácil. “Por ejemplo, en Cuba es frecuente que los consumidores roben electricidad para pagar menos en la cuenta a fin de mes. Lo suelen hacer casi todos los dueños de negocios de comida, herreros o personas que por su contenido de trabajo consumen elevadas cuotas de energía. O se conectan a la red pública o inventan decenas de trucos para defraudar al Estado. También lo hace el ciudadano común. ¿Cómo lo aprovecha un inspector para ganar dinero? Simple, detectarlos y amenazarlos con elevadas multas para que el infractor te proponga un trato y te ofrezca determinada cantidad de dinero. Otra manera de ganar plata es vendiendo por la izquierda contadores eléctricos de 220 voltios en 30 o 40 chavitos (pesos convertibles)”, confiesa Manuel.

Las coimas por debajo de la mesa y la corrupción rampante se ha convertido en una manera de resolver una entrada extra de dinero para miles de funcionarios que supuestamente deben velar por el cumplimiento de la ley.

“Las 'mordidas' son habituales. A toda hora y todos los niveles. Lo mismo por parte de un policía de tránsito, un inspector de carretera que un burócrata del Ministerio del Transporte cuando te legaliza un documento”, cuenta Arsenio, taxista privado. Y añade: “Si en Cuba se cumpliera la ley y no existiera la salvaje corrupción actual, te aseguro que rodarían muy pocos almendrones por las calles. La mayoria se ha remotorizado con piezas que salen por la puerta de atrás de establecimientos del Estado. Otros son un peligro vial por su mal estado, pero tu ofreces 200 cuc y los funcionarios que hacen el chequeo técnico te dan el OK”.

La corrupción en la Isla es un estilo de vida. Es muy raro que un bodeguero o carnicero no le robe al cliente en la pesa, que un trabajador en un centro de elaboración de alimentos no cargue en su mochila con varios kilogramos de aceite, queso o jamón o que un inspector no se deje sobornar por un usuario cuando es pillado infringiendo la ley.

“Cuba es el país de la siguaraya. Aquí con dinero en mano se puede conseguir lo que tu quieras. Es más fácil ver a Dios caminando por la calle que encontrar a un funcionario honesto. Uno de los sectores más corruptos es el sistema judicial. El entramado de normas, controles y papeleos generan una corrupción galopante”, confiesa un abogado.

Julio Ferrer Tamayo, jurista disidente actualmente encarcelado, lo sabe mejor que nadie. Con documentos que lo certificaban, hace diez meses Julio me contaba el entramado corrupto de la Fiscalía en el municipio Guanabacoa y a nivel nacional, que involucraba incluso al propio Rubén Remigio Ferro, presidente del Tribunal Supremo Popular.

Pero sus denuncias, en vez de ser investigadas por el gobierno, fueron la coartada perfecta para armarle un expediente judicial a Ferrer y su esposa, la también abogada Marienys Pavo Oñate, y enviarlos los dos a prisión.

“En Cuba un abogado o persona honesta es un estorbo. Y siempre buscan la manera de 'empapelarte' y joderte. Es muy difícil que en este país, de una forma u otra, un cubano no infrinja la Ley. Si compras carne de res o leche en polvo en el mercado negro, que lo hace todo el mundo, te acusan de cualquier cosa, te aplican determinadas normas y te sancionan. Por eso la gente opta por sumarse a los entramados de corrupción o virar la cara hacia otra parte y no darse por enterado”, apunta un abogado que prefirió el anonimato.

Saúl, jefe de almacén de una panadería y miembro del partido comunista, ha acumulado suficiente experiencia para lidiar con la marea corruptora que campea en el sector de comercio interior y gastronomía, un auténtico cartel mafioso.

“Aquí todo el mundo roba o se empapa con dinero mal habido. Desde los directivos de la empresa hasta un simple panadero. Por eso el sistema costará mucho trabajo cambiarlo. Son miles las personas que, de una forma u otra, viven agarradas a la teta de la vaca estatal. En una democracia eso no pasaría, o fuera más complejo infringir las leyes. Las autoridades lo saben, y te dejan robar a cambio de compromiso político y lealtad a la revolución”, indica Saúl.

Y es que en Cuba un billete en moneda convertible guardado con discreción en el bolsillo de un burócrata corrupto, a cambio te permite certificar diferentes ilegalidades.

Las claves de por qué la autocracia de los hermanos Castro se mantienen en el poder hace seis décadas, pasan por la corrupción, el robo y el descontrol de la economía y los servicios a nivel nacional. No lo duden.

Iván García

lunes, 10 de abril de 2017

Negocios privados sobreviven como pueden en Cuba


En un cubículo sin apenas ventilación y alumbrado deficiente, Magda prepara la masa para un millar de pequeñas empanadas y cangrejitos. Al terminar de amasarlos, los rellena con una pizca de guayaba en barra o queso rallado.

Luego los fríe en un caldero de hierro con el aceite hirviendo. Después, vuelca las empanadas y los cangrejitos en un cubo metálico. El reloj marca las 6 y media de la mañana. La hora de Magda y su ayudante de comenzar la jornada laboral.

Lo hacen en un estrecho local que huele a fritanga. El calor insoportable y el vapor que escupe un horno eléctrico antiquísimo rescatado gracias a la inventiva casera lo convierten en una sauna.

“Cuando llego a mi casa, gasto un jabón entero para quitarme el olor a grasa. Trabajo doce o trece horas dos días y descanso otros dos. No gano mucho, si lo comparamos con el alto costo de la vida en Cuba, 80 pesos diarios (alrededor de 4 dólares), pero el triple de dinero si trabajara para el Estado. Como a todo el mundo el dinero, solo me alcanza para comer, más o menos bien, y algún que otro fin de semana llevar a pasear a mis tres hijos al zoológico o el acuario”, comenta Magda mientras se sacude los brazos de harina.

El negocio donde trabaja Magda es un timbiriche con techo de fibrocemento, contiguo a una concurrida parada en el barrio de la Víbora, al sur de La Habana. Benito, el dueño, tiene tres empleados, ella y un ayudante elaborando empanadas y uno vendiendo café y refrescos.

Los precios son módicos. Un peso las empanadas, dos los cangrejitos y dos pesos el café y refresco. Tras cuatro años obteniendo ganancias diarias que fluctúan entre 15 y 20 dólares diarios, Benito se aventuró a expandir su negocio.

“Invertí casi todos mis ahorros, unos 3 mil pesos convertibles, junto a un español que está casado con una pariente mía, y abrimos una cafetería climatizada para vender comida. Pero los números no cuadran. Tenemos pérdidas. Creo que era mejor mantenerme con el chinchal. Entre los altos impuestos, la competencia y que no todo el mundo puede pagar 65 pesos por un plato de comida o 40 por una pizza, estamos teniendo mermas”, dice con una calculadora china en la mano.

En la Avenida Acosta, donde radican los dos negocios de Benito, existe una especie de 'milla gastronómica'. Funcionan cinco paladares de alto estándar, alrededor de diez cafeterías y pizzerías, dos heladerías y una decena de puestos ambulantes que ofertan productos ahumados, galletas y confituras.

Serguey, propietario de una cafetería de comida criolla y sandwiches, no puede confirmarlo con datos o por un estudio de mercadotecnia.

“En esta zona hay mucho de tráfico de personas y existe una buena gestión de venta. Pero se ha saturado de negocios. Antes ganaba 30 cuc diarios, ahora poco más de 15. Algunos comienzan a tener perdida y han cerrado. Excepto la pizzería de la calle Heredia, con una amplia clientela y la heladería, el resto gana lo justo para pagar los impuestos y el salario de los trabajadores. Las ganancias te permiten vivir con desahogo si lo comparamos con la mayoría de los cubanos, pero sin lujos”, cuenta Serguey, que desde dos años tiene planificado reparar su casa, y por no tener el dinero suficiente, pospone las obras.

Los pequeños emprendimientos privados comenzaron bajo el mandato de Fidel Castro en el verano de 1993, seguidos con lupa y con demasiada cautela, y fueron ampliados por Raúl Castro en 2010, aunque siempre con la vigilancia del Estado.

Pero los frenos y controles fijados a los particulares, para impedir que las personas se enriquezcan y una vergonzosa lista de corte feudal que certifica las profesiones autorizadas por la autocracia, tiene poco de relevancia y creatividad.

Se ha publicitado en exceso sobre las tímidas aperturas económicas de pequeño alcance y vigiladas por el radar estatal. Pero una economía de subsistencia, informal y de pan con guayaba no serán los resortes que permitan desatascar la extendida crisis económica local.

Son pasos bien encaminados, pero limitados por el absurdo temor oficial que un sector de cubanos se enriquezca. Por cada pequeño empresario triunfador como los dueños de La Fontana, La Guarida o casas de hospedajes de lujo, una veintena ganan lo justo.

Según Osviel, funcionario de la Oficina Nacional de Administración Tributaria (ONAT), en el municipio Cerro, “todos los meses cierran cientos de negocios. Del 2010 a la fecha han entregado la licencia más de 100 mil cuentapropistas que deja su negocio o prueban en otro diferente. En la lista de 201 trabajos aprobados, cinco o seis, entre ellos transportistas, gastronómicos, hospedajes, fotógrafos de quince y bodas, diseñadores y fabricante de muebles, que si hacen las cosas con calidad ganan entre mil y tres mil pesos convertibles mensuales. Pero son los menos”.

Aunque un dueño de negocio privado paga entre dos y cinco veces más que un empleo estatal, al no existir un marco regulatorio definido, los empleados no tienen suficientes garantías laborales.

“Aquí no se descansa. ¿Vacaciones? Ni loco, cuando regrese el dueño ya contrató a otra persona. En los negocios particulares se trabaja como una mula, pero se ve el provecho. Pudieran existir mejores condiciones laborales. Pero a mí no se me pasa por la cabeza exigirle nada al dueño. Me siento bien pagada y tratada. Al que todos debemos exigirles mejores salarios y calidad de vida es al gobierno. Pero nadie levanta la voz. Somos una manada de carneros”, subraya Magda, y remueve con una espumadera decenas de empanadas friéndose en el caldero.

Y es que en Cuba, tanto en la esfera pública como la privada, las personas asumen que el Estado o el dueño de negocio les están haciendo un favor.

Iván García
Foto: Cafetería particular en La Habana. Tomada de Cuba y Negocios.

jueves, 6 de abril de 2017

Cuba: ¿borrón y cuenta nueva?



Una tarde plomiza de 1960 que amenazaba lluvia, René, 79 años, recuerda que media docena de milicianos enfundados con uniformes anchos y portando fusiles belgas, se presentaron en la casa de su tío en el apacible barrio de la Víbora para certificar la confiscación de sus propiedades.

“Mi familia era propietaria de una planta de procesar leche donde elaboraban queso blanco y en crema. También eran dueños de un edificio de apartamentos y una finca. En dos horas se quedaron solo con la casa de la Víbora y un auto. El gobierno de Fidel Castro confiscó el resto sin pagar un centavo. A los seis meses volaron a Miami. Por supuesto, veo bien que el Estado cubano nos compense por esa arbitrariedad. Pero lo dudo. A esta gente (el régimen) nunca le ha gustado pagar deudas”, cuenta René quien aún vive con sus hijos y nietos en la casona que pertenecía a sus parientes.

El huracán confiscatorio del barbudo fue intenso. Residencias, obras de arte, joyas, autos, industrias, comercios, empresas y periódicos fueron nacionalizados en nombre de la justicia revolucionaria.

Después, en 1968, la pira de expropiaciones se extendió a los puestos de fritas, bodegas de barrio y amoladores de tijeras. “Llegaban con cara de perro y lo decomisaban todo. Luego el propietario del chinchal debía firmar una planilla para atestiguar que la entrega era voluntaria. Que yo sepa, nadie protestó. Había mucho miedo”, recuerda Daniel otrora dueño de un taller de reparación de calzado.

A Roy Schechter, un estadounidense nacido en Cuba, el gobierno expropió una finca de 5,666 hectáreas y una casa colonial de 17 cuartos en La Habana, ahora residencia de la Embajada de China.

La hija de Schechter, Amy Rosoff, contó a la publicación News.com que cuando las autoridades le informaron a sus padres que ya sus propiedades no les pertenecían, escaparon de la isla en un ferry con sus joyas escondidas. Schechter incluso pagó a todos sus empleados antes de irse, con la esperanza de regresar. El resto de su vida lo pasó trabajando en la tienda de zapatos de su suegro y recordándole a su hija la reclamación de las propiedades perdidas.

Litigios como ésos hay miles. El gobierno de Estados Unidos alega que la autocracia militar en Cuba debe pagar 7 mil millones de dólares a sus antiguos dueños. Varios bufetes jurídicos en Estados Unidos y España esperan dar una batalla legal para que sus clientes obtengan una justa compensación. Nicolás Gutiérrez, residente en la Florida (pero nacido en Costa Rica por el exilio de sus padres, Nicolás Gutiérrez Castaño y Aleida Álvarez), defiende la idea de que algún día las familias que fueron expropiadas por el régimen cubano sean recompensadas.

Y es que Gutiérrez, abogado de profesión, califica como ley del robo el decreto 890, emitido el 13 de octubre de 1960, mediante el cual el gobierno recién instaurado despojó de sus propiedades a todas las compañías estadounidenses que operaban en la isla, así como a los cubanos dueños de diversos negocios.

Entonces, la familia Gutiérrez quedó despojada de sus pertenencias que incluían varios ingenios azucareros y cuyo valor en aquel momento superaba los 45 millones de dólares.

El patrimonio de los Gutiérrez-Castaño, uno de los más afectados por la ley de expropiaciones, tuvo como basamento los años de trabajo de Nicolás Castaño Capetillo, inmigrante vasco que llegó a Cuba en 1851, con 14 años de edad y apenas 3er grado de escolaridad. Al morir en 1926, “estaba considerado entre los hombres más ricos del país”, dijo su bisnieto en la entrevista concedida a la periodista Iliana Lavastida, publicada en Diario Las Américas en enero de 2015.

Mientras a cientos de familias o multinacionales como Coca-Cola o Exxon les fueron confiscados sus negocios, miles de cubanos purgaron con largos años de cárcel su desafío al régimen castrista.

Aun está por documentar la cifra de compatriotas que fueron fusilados en juicios sumarísimos, por oponerse utilizando los mismos métodos a los que Fidel Castro recurrió en su enfrentamiento contra el dictador Fulgencio Batista.

Ser disidente en los primeros años del Gobierno Revolucionario era un delito grave. Miles de mujeres y hombres sufrieron palizas y malos tratos en las cárceles de la Isla. La historia del presidio político cubano no se puede olvidar.

Ahora que corre el último rollo de la saga de los hermanos Castro, el tema cobra actualidad. ¿Qué hacer? ¿Olvidar el pasado o implementar una comisión que investigue las arbitrariedades cometidas por el gobierno?

Se puede aprender de la experiencia de Europa del Este. En la primavera de 2013 hubo una conferencia en Miami donde participaron cubanos de las dos orillas y disidentes de la antigua Alemania comunista.

La reconciliación no es fácil, advirtieron tanto Dieter Dettke, profesor del Centro BMW de Estudios Alemanes y Europeos en la Universidad de Georgetown, como Günter Nooke, disidente en la RDA y luego comisionado de derechos humanos en la Alemania reunificada.

Un verdadero acercamiento requiere tanto el perdón como la justicia, pero no la venganza, dijo Dettke, señalando que, después del derrumbe de la RDA, 246 de sus altos funcionarios fueron acusados de diversos abusos. Alrededor de la mitad fueron declarados no culpables.

Para la reconciliación “se necesita tener a un pecador que se arrepiente”, dijo Nooke, quien señaló además que el gobierno alemán había acordado después de la reunificación pagar indemnizaciones a las víctimas de la STASI, aparato de seguridad notoriamente brutal de la RDA.

No se puede pretender pasar de página como si nada hubiese pasado. El régimen esgrime en su defensa que por causas del embargo, Estados Unidos debe indemnizar a Cuba con 100 mil millones de dólares.

Cabría preguntarse si la autocracia verde olivo piensa pedir una disculpa por mentir al pueblo cubano. Nunca se nos pidió nuestra opinión para implementar sus absurdas estrategias políticas, económicas y sociales.

Cuando pase la tormenta, los cubanos todos, debemos determinar cómo gestionaremos nuestro futuro sin olvidar el pasado. Teniendo presente que el odio afecta la lucidez.

Iván García
Foto de Gilberto Ante (Manzanillo 1925-La Habana 1991), hecha el 17 de mayo 1959 en La Plata, Sierra Maestra. En el bohío del campesino Julián Pérez, Fidel Castro, el economista Oscar Pinos Santos (sentado en una esquina, con espejuelos y reloj) y Antonio Núñez Jiménez, presidente del Instituto Nacional de Reforma Agraria (a la izquierda, con boina), entre otros miembros del Gobierno Revolucionario, le dan los toque finales a la primera Ley de Reforma Agraria, que expropiaría los grandes latifundios y se convertiría en la primera medida legal de carácter radical de los barbudos en el poder. El 4 de octubre de 1963 se aprobaba una segunda Ley de Reforma Agraria, que según algunos especialistas marcó el inicio del desastre de la agricultura en Cuba (TQ).