viernes, 12 de febrero de 2016

Cuba 2016: 'wifiar', emigrar y bailar reguetón


Apretujadas, unas cincuenta personas, mujeres y hombres, se protegen de la lluvia en el portal de un viejo cine, en la barriada habanera del Mónaco. No están esperando a que comience la función o a que escampe. Están allí para navegar por internet mediante wifi.

Los más intrépidos, con un paraguas, desafian el fuerte chubasco sentados en los bancos del parque frente al cine. Como pueden, intentan conectarse por IMO y establecer video-llamadas con sus parientes, amigos o novios residentes en el extranjero.

Con la ampliación de los servicios de internet en Cuba, los chiflados por las nuevas tecnologías no se detienen ni siquiera ante las inclemencias del tiempo. En la oscuridad de la noche, de madrugada, bajo un sol que raja las piedras o un aguacero, encuentras a insaciables ‘wiferos’.

Un servicio que no es gratuito. Al contrario, lo pagan bien caro. Dos cuc la hora, 50 pesos al cambio oficial, que equivalen a casi cinco jornadas laborales de un trabajador con salario mínimo. Las pequeñas antenas Huawei, made in China, colapsan por el exceso de usuarios.

Ni las relaciones con Estados Unidos, ni las visitas de Rihanna o de Yasiel Puig, Pito Abreu, Brayan Peña y Alexéi Ramírez, jugadores cubanos de Grandes Ligas, han despertando tanto furor en la Isla.

La gente tenía hambre de nuevas tecnologías. Aunque todavía para una mayoría de cubanos, internet sigue sonando a ciencia ficción. Cosa de películas de Hollywood.

Es muy pretencioso denominar 'redes públicas' a estas conexiones inalámbricas en parques y espacios al aire libre.

“De públicas no tienen nada. Lo público se supone que es para todos y se paga con el dinero de los impuestos de circulación o personal. Esas conexiones son ofrecidas por ETECSA, el monopolio cubano de las telecomunicaciones, que se desgañita diciendo que es una empresa de servicio social. Pero en la práctica son más explotadores que un consorcio capitalista de un país bananero”, dice Jaime, diseñador industrial, mientras como un poseso camina de un lado a otro, buscando captar con nitidez la señal wifi.

Muy cerca de la zona wifi del Mónaco existe una discoteca llamada El Brindis. Se localiza en la calle D'Strampes, en una residencia de dos plantas que fuera expropiada por la revolución.

Además de esa discoteca, en 10 de Octubre, el municipio más poblado de La Habana, existe otra, El Túnel, construida en un antiguo refugio antiaéreo. De los pocos sitios que los jóvenes de Santos Suárez y La Víbora tienen para bailar y socializar.

Pero las dos discotecas se han convertido en antros. Bajo el flascheo de luces fluorescentes, los asistentes halan cocaína, fuman marihuana en los baños o ligan prostitutas que cobran 20 cuc pesos la noche.

Las entradas tienen precios prohibitivos para la mayoría de los jóvenes: 5 cuc y 10 cuc algunos fines de semana. Una cerveza cuesta 1.50 cuc y el reguetón, el ritmo de moda en Cuba, es una pesadilla que agobia.

Si en los años 80, la juventud de la capital se conformaba con tener una guitarra y medio litro de ron y sentarse en el muro del Malecón o hacer una cola de dos horas en la heladería Coppelia, ahora, después de bailar reguetón, la novedad es ir a ‘wifear’.

El 'wifeo' también ha atrapado a cubanos de todas las edades, para quienes es importante chatear con la familia, hacer amigos en Facebook o descargar las últimas aplicaciones de Androide.

Con esa tendencia de ir a los extremos, se suele caer en la banalidad. Es raro encontrar en una zona wifi de la Isla a una persona informándose de sucesos internacionales o leyendo otras versiones noticiosas de lo que acontece en su país.

Tampoco utilizan las múltiples herramientas que posee internet y a ciudadanos de todo el mundo facilita, gratuitamente, el aprendizaje de idiomas, superarse culturalmente, estar al día en los últimos adelantos científicos, realizar investigaciones o diseñar un futuro negocio.

Afortunadamente, hay jóvenes universitarios y emprendedores privados que le están sacando partido a la red. Pero son los menos.

“Imagínate, sentado en una acera, encima de una piedra o arriba de un árbol es bastante complejo para navegar y concentrarse. Sin privacidad y con una gritería del carajo, si deseas estudiar, bajar información o implementar una estrategia de negocio, es simplemente delirante”, comenta Yunier, informático, que se dedica a colgar solicitudes de renta de habitaciones a través del portal estadounidense Airbnb.

Algunos periodistas consideran que el Personaje del Año en Cuba es el wifi. Si lo fuera, la cima debe ser compartida con la pasión por emigrar.

En cualquier esquina, grupos de amigos fraguan planes para saltar la cerca. Las rústicas balsas de goma es la opción de los descamisados que están al límite del desespero. Los que tienen dinero suficiente, apuestan por el maratón centroamericano, sobre todo después que, al parecer, se ha destrabado la situación en Costa Rica.

Los más osados prefieren explorar nuevas latitudes. Son los Marco Polo del siglo XXI. Abren un mapamundi y con un plumón rojo destacan las vías más insospechadas para arribar a la 'yuma'. No importan los rodeos ni los kilómetros. El problema es llegar.

Acostumbrados a las mentiras y manipulaciones de su gobierno, los cubanos de a pie sonríen y mueven la cabeza cuando escuchan que la Casa Blanca afirma que la Ley de Ajuste se va a mantener.

“Es un cuento de camino de Obama. En 2016 la Ley se viene abajo”, apunta Carlos, ex cuentapropista que entregó su licencia y el pasado verano exploró en Moscú de qué manera se puede entrar a un de país de la Unión Europea.

“El camino por Alaska, pasando por Siberia y el Estrecho de Bering es una locura, peor que tirarse al mar en balsa”, expresa. Este año, él piensa volar con su esposa y dos hijos a Guatemala, cruzar México y por algún paso de la amplia frontera con Estados Unidos, llegar al nuevo El Dorado.

Para Carlos, y muchos en Cuba, emigrar es la solución. No hay otra.

Iván García
Foto: Tomada del blog The Internet in Cuba.


miércoles, 10 de febrero de 2016

Wifi, vacuna contra la democracia en Cuba



Tras el inicio de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, el verdadero impacto ha sido la implantación, por parte del gobierno de Raúl Castro, del wifi en 54 áreas públicas del país. Zonas antes abandonadas, ahora son un hervidero de gente joven que se afana en comunicarse con familiares y amigos en otros países.

Aunque, lo que parecía una generosidad del gobierno cubano, sólo ha sido el cambio de la bota militar comunicativa sobre el cuello por la zapatilla de goma, pero lo mismo de pesada y torpe. Porque una hora de conexión a Internet cuesta 2 pesos convertibles (cuc) y un cuc equivale a 1,06 dólares, que es lo que vale la tarjeta necesaria para conseguir la conexión. Pero las tarjetas no son fáciles de encontrar porque son acaparadas por los “tarjeteros”, revendedores que las ofrecen a 3 cuc.

Con esa habilidad innata para manejar movimientos y emociones, el gobierno ha tocado el punto más sensible del ciudadano a través de la informática. Ha convertido el wifi en vacuna contra la reivindicación de libertad y democracia. No ha permitido la conexión solitaria a internet en el silencio cómplice de la alcoba, sino que ha colectivizado la conexión en agrupaciones heterogéneas por rincones angostos, plazas ilustres, pasadizos olvidados o escalinatas célebres de toda la geografía nacional. Tanto ha cambiado la fisonomía urbana, que la prensa habanera se queja de los deterioros sufridos por los espacios asignados, a los que les dicen “wifilandia”.

Guillermo, alias El Bandido, es uno los líderes "tarjeteros" de La Habana. Tiene 33 años, piel curtida, leves marcas de viruela en las mejillas. Vende entre 10 y 15 tarjetas diarias, en ocasiones hasta 50. Por cada una, obtiene un cuc de beneficio. “Ese dinero es para celebrar los 15 de mi hija”.

Una joven inspectora con un short verde vigila a los "tarjeteros". ¿Cómo se controla esto?, le pregunto. “De ninguna manera”, responde. Un policía negro, vestido de azul marino, pulgares hincados en los bolsos del pantalón, gorra con visera y aire fiero, pide que muestren las tarjetas que los revendedores esconden en pliegues de pantalón, medias, zapatos… ¿Qué pasa?, indago con El Bandido. "Este policía hoy está de maleante", me dice. .

Es una ganancia es mínima, si se compara con el momento en que se autorizó el wifi en el verano 2015. Leandro, alias El Quijá, 23 años, blanco, inquieto, descubrió este filón económico en las primeras semanas y llegó a vender hasta 400 tarjetas al día. “Ahora hay un límite, solo puedes comprar tres. Si quieres más eres contrarrevolucionario”, afirma. Al cabo de unos días, El Quijá se fue a gastar la plata a Varadero. Cuando regresó, ya había un enjambre de "tarjeteros" de todas las edades, sexos y razas: Jordi, el negrito peludo llamado Bruce Lee; Dennis Malapinta; Albertico El Canas; El Paturri y Las Perdularias, un grupo de chicas.

Dentro de ese fangal tumultuoso y ensordecedor de la ciudad, se mueve el bullicio especulativo y superviviente de La Habana. Entrar en ese mundillo urgente y resolutivo de la juventud cubana no es tarea sencilla. Se agita entre el murmullo vocálico, el léxico popular y el sigilo cómplice en un ámbito donde lo ilegal se ha convertido en usuario y contraseña de vida, y lo legal en algo extravagante y atípico.

Sumido en el estrépito de la circulación, el grito sin complejos, el vaho sofocante condimentado de azul y plomo de los escapes; lo sensual, lo variopinto y lo provocativo no deja de sorprender en una oferta estética de una visualidad múltiple y cambiante hecha de movimiento jocoso, gozoso, transportada por una fisonomía acuciada por el calor, la destemplanza y la búsqueda contínua de la supervivencia: tarjeta, Cohiba, viagra, perfume, muchacha, coral, taxi...

Cualquier cosa puede ser objeto de culto salarial en un país donde se sobrevive con sueldos de 150 o 200 pesos (al cambio de hoy 14 o 19 dólares al mes). Se vive a base de negociar con todo lo que se captura, y se malvive con la esperanza de salir del país por cualquier puerta que se entreabra y muestre una mínima luz. Algo demasiado complejo, pues la esperanza se está despeñando hacia lo imposible, y donde las ansias jóvenes, sobre todo, se desbocan hacia salidas airosas por las vías del jineteo (prostitución): variado, sencillo, indómito y natural. Eslabón que forma parte de la múltiple cadena económica que lo domina todo.

El Mundo callejero de las necesidades que deambula con la lujuria de la urgencia general de cada día, queda diezmado en sus emociones encontradas cuando pasan las caravanas de coches antiguos, descapotables, engalanados con cintas, mientras hacen sonar las bocinas como una comitiva presidencial sin gobierno, cargados de turistas exaltados de contento que levantan las manos saludando sin saber a quien.

Los soportes del sistema siguen intactos a pesar de los anunciados cambios. La calle y los medios de comunicación no se mueven un ápice de sus posiciones de control y propaganda.

El día de los Derechos Humanos, el 10 de diciembre, apenas un par de Damas de Blanco irrumpieron en la concurrida Calle 23 a media mañana, y tan pronto como se oyeron sus primeras consignas de “¡Libertad y Democracia!” se abalanzó sobre ellas una plaga de gigantones guardias de paisano, las acorralaron contra la cerca de la heladería Coppelia y se las llevaron en dos coches policiales.

Pero la economía “fuera del estado” sigue su curso. Las dos monedas, peso cubano y peso convertible o cuc continúan su camino plagado de indiferencia mutua. Ahora están en proceso de dejar sólo una moneda. Parece que van a optar por el peso cubano. Se necesitan 25 pesos cubanos para comprar un dólar. Se creará un vértice más fructífero de la pirámide social, y una base popular de marginados salariales más decadente, si cabe.

Texto y foto: José María Ruilópez, Gijón, España
Cubanet, 29 de diciembre de 2015.
Leer también: Wifi, otra oportunidad para resolver por la izquierda; Parques Wifi, zonas de peligro; Wifi y el cuidado de parques y monumentos y Cómo ahorrar tiempo en los puntos Wifi.

lunes, 8 de febrero de 2016

La llegada de Madame Wifi a Ariguanabo



Madame Wifi ha llegado a Ariguanabo, en el municipio San Antonio de los Baños, perteneciente a Artemisa, provincia a unos kilómetros del centro de La Habana.

El lugar de la magia y del milagro se encuentra en el parque de la iglesia, frente al edificio de ETECSA, la empresa estatal de telecomunicaciones de Cuba.

Desde horas tempranas es visible el movimiento de personas que van a hacer uso del servicio, sentados o de pie en diferentes lugares del parque. Los lugareños que llegan primero se van situando en los bancos que tienen sombra, pero cuando todos los bancos han sido ocupados, se sientan a la orilla de la iglesia, recostados a las paredes e inclusive delante de sus puertas.

Los móviles, tabletas o laptops para acceder a internet son diferentes, pero todos de tecnología de punta. La tarjeta de acceso cuesta dos pesos cubanos convertibles, equivalente a dos dólares.

La tarifa es muy alta, porque esto solo permite una hora navegación. La mayoría utiliza ese tiempo para comunicarse con amigos y familiares y también para acceder a diversos sitios, como Revolico, web dedicada al alquiler de casas y habitaciones, ofertas de servicios y compra y venta de cualquier cosa, hasta una caja de muertos.

A pesar de la situación que tiene en estos momentos el correo Nauta y sobre todo a su lentitud, la activación de la Wifi en Ariguanabo ha tenido una gran aceptación, sobre todo entre adolescentes y jóvenes, quienes han nacido escuchando la palabra internet.

Al parque del Wifi también acuden personas mayores, convencidas de que el mundo actual ya no se concibe sin internet. Casi todas lo hacen para comunicarse con familiares en el exterior mediante el correo electrónico las redes sociales o chatear para ver los rostros de sus seres queridos.

El horario inicial es desde las 8 de la mañana a las 4 de la tarde, pero se espera poder utilizarlo las 24 horas.

Madame Wifi no es exactamente lo que la gente desea, por los precios y las incomodidades. Pero al menos es un pequeño paso hacia el acceso ilimitado a la red, la información y la comunicación de los cubanos con el mundo.

Por Bárbara Fernández Barrera
Red Cubana de Comunicadores Comunitarios
26 de noviembre de 2015


viernes, 5 de febrero de 2016

El Rey Anglada, un libro justiciero



Cuando leí El Rey Anglada, de Juliana Venero Bon, quedé con ese agradable sabor de boca que nos dejan los actos reivindicativos. Hacía más de treinta años de los hechos en que fueron involucrados el mítico camarero capitalino y otros peloteros, y todavía no existía un libro que repasara aquellos episodios tan enigmáticos como el Triángulo de las Bermudas, el asesinato de JFK o el Monstruo del Lago Ness.

Para quienes no lo vivieron, no se acuerdan o no quieren recordarlo, les dejo este fragmento de la Nota Informativa aparecida en Granma el 20 de marzo de 1982:

“Luego de un largo, paciente y minucioso trabajo investigativo, la Policía Nacional Revolucionaria comprobó por pruebas testificales y confesión de los encartados, la culpabilidad de varios peloteros y entrenadores, así como de otros elementos antisociales en relación con diferentes actividades delictivas. Se descubrió una red de banqueros, apostadores e intermediarios que con una conducta corrupta, indigna e inmoral, se dedicaban a lucrar con lo que para ellos era un provechoso negocio.

(…) El Instituto Nacional de Deportes, Educación y Recreación, teniendo en cuenta la propuesta de la Comisión Nacional de Béisbol y valorando la gravedad de los hechos, ha decidido:

–Suspender con carácter definitivo de toda competencia deportiva por su condenable actitud a los atletas y entrenadores siguientes: 1. Jorge Beltrán Lafferté, 2. Dagoberto Echemendía Pineda, 3. Rey Vicente Anglada Ferrer, 4. Ernudis Poulot Pérez, 5. Eladio Iglesias Martínez, 6. Radamés Maceo Cué, 7. Ramón Luna Rodríguez, 8. Eduardo Herrera Tamayo, 9. Leonardo Alemán Hernández, 10. José R. Cabrera Romero, 11. Omar Ramos Mesa, 12. Dagoberto García Rodríguez, 13. Carlos Jiménez Rodríguez, 14. Bruno Cousso Linares, 15. José Alpízar Ibáñez, 16. Lázaro Martínez Cárdenas, 17. Félix Batalla de la Rosa”.

A partir de aquel momento, el béisbol cubano debió prescindir de uno de los jugadores más espectaculares que le han nacido jamás, y Anglada fue a prisión por espacio de casi tres años. Su imagen había quedado degradada ante aquel público que repletaba el Latino para verlo hacer las maravillas que sabía. Sin embargo, el número “36” nunca aceptó los cargos que se le imputaban.

Del libro referido -que dicho sea de paso es mención Premio UNEAC 2011 en Testimonio- entresaco esta conversación deliciosa sostenida por Anglada con su amigo Ulises Fariñas:

“¿Tú crees que yo, un pelotero que dejaba el pellejo en el terreno, que no salía, no merendaba, no comía cuando perdíamos, fuera capaz de eso?” Me quedé así [cuenta Fariñas] y le comenté: “Pero, Rey, tuvo que haber alguna causa”, y me dijo: “Simplemente me tocó a mí porque jugaba como un profesional, pensaba como un profesional y me vestía como un profesional. Esa fue toda mi culpa”.

Al cabo de los años -prácticamente dos décadas-, aquel hombre golpeado hasta el cansancio recibió lo que muchos entendieron como un desagravio cuando le entregaron las riendas de Industriales, primero, y después del team Cuba. Pero el daño estaba hecho, como lo dice él mismo en las páginas de El Rey…

“La prisión fue algo más que desagradable y la inocencia siempre conmigo; era lo que más me alentaba y a la vez más me molestaba. Yo decía: si cometí un delito tengo que pagárselo a la sociedad. Pero el saber que no había hecho nada y estar recluido no fue fácil, sobre todo para mi familia, que sufrió. Mi mamá lo llevó por siempre, esa carga la llevó toda su vida; era lo que más me molestaba”.

Bastaría con los párrafos citados para justificar la existencia de esta biografía estructurada en tres capítulos: “El Glamour”, sobre su etapa de gloria deportiva; “La Oscuridad”, en torno a los sucesos del 82; y “La Revancha”, que se ocupa del retorno de Anglada como manager.

No obstante, hasta el momento nadie ha decidido publicarla en nuestro país, y la autora -después de mil y una gestiones infructuosas- optó por la posibilidad que le ofrecía la editorial Alexandria Library Publishing House, de Miami. Una vez más, y por desgracia, los vacíos informativos domésticos eran copados allende los mares.

“Hemos padecido por años el síndrome de la censura y de la autocensura -explica Venero Bon. Los censuradores o los que tienen el poder de decidir lo que se publica y lo que no, por lo general cuidan mucho de sí mismos. Creo que lo que realmente me impulsa, en primera instancia, a tratar de publicar el libro fuera de Cuba es darme cuenta de que estaba censurado, algo que inicialmente no había percibido. Posiblemente fui ingenua. Solo alguien en una de las últimas editoriales donde estuvo el libro me dijo, como un favor personal, que no fue aprobado ‘de arriba’. Entonces desperté”.


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¿Qué razones crees tú que han motivado la no publicación del libro en Cuba?

Soy editora hace más de veinte años, y no creo que este libro sea censurable: es más, nunca pensé que iba a suceder. Primero, porque Anglada jamás se fue del país, y segundo, porque inclusive le dieron la oportunidad de volver a la pelota. Siempre creí que se iba a publicar aquí, donde hablar de estos hechos es una necesidad. Pero ya ves, terminó en una editorial de Miami, donde varias personas –sobre todo el hijo de Bobby Salamanca- apoyaron mucho para que saliera adelante. Es absurdo que haya salido allá y no acá, que es el destino principal de esta obra.

¿Sientes que te esforzaste lo suficiente para que viera la luz en Cuba?

Por seis años traté de publicarlo sin éxito en varias editoriales: Letras Cubanas, Extramuros, Ediciones Cubanas (dos veces), Pablo de la Torriente Brau, Ciencias Sociales, En Vivo… Ni siquiera la mención en el concurso Premio UNEAC le otorgó el aval requerido, al parecer.

¿Cómo surgió la idea de biografiar a Anglada?

A mí me encanta la pelota. Me crie en ese ambiente e iba mucho al estadio. Recuerdo bien aquel equipo Metropolitanos, y para mí fue traumático dejar de ver a Rey. Esos hechos nunca fueron esclarecidos, y todo seguía como en un limbo. Pero en 2005 le hice una entrevista para Alma Mater, y ahí salió a relucir el famoso juicio en el que no se les acusa de venta de juegos, sino de peligrosidad, y todas esas sombras despertaron mi interés por emprender un libro.

Después de terminado el texto, ¿estás convencida de la inocencia de Rey Vicente Anglada?

Él es un hombre que lo que piensa lo dice y no tiene miedo. Bravo por él, por defender su inocencia, por aprovechar la oportunidad que la vida le dio con este libro -no tuvo otra antes- para desgarrarse y no contar solo sus glorias sino también los dolores, los daños, las injusticias. Decía Cicerón que la justicia es reina y señora de todas las virtudes, y este libro responde a un acto de justicia. Para contestar a tu pregunta puedo decirte que ahí está el libro. Si no creyera en su inocencia hubiese mirado para otro lado después de aquella entrevista en 2005. Desde ese momento supe que había una deuda por saldar con este hombre que merecía el beneficio de la duda, y también con toda la afición de la pelota.

¿Consideras cumplido el propósito que te movió a investigar?

Habría querido entrevistar a más implicados en el caso, tanto de una parte como de la otra. De todos modos, lo que me interesaba más era que se supiera lo que pasó en la vida de este hombre al que se le acusó de algo que no se pudo probar, cumplió prisión, y luego tuvo que ganarse la vida como podía, desde manejando camiones hasta como electricista. Nunca va a estar de más retomar la historia, y si algunos se equivocaron, que lo reconozcan. Eso sería un paso grande en el camino. Como aficionada de este país que ama la pelota y perdió con Anglada a uno de sus ídolos, pienso que estos hechos merecían un libro, para que no quedara a oscuras esa parte de nuestra historia beisbolera.

Michel Contreras
On Cuba, 5 de enero de 2015.

Portada del libro tomada de Amazon.
La foto de Juliana Venero Bon* es de Katheryn Felipe.

* Juliana Venero Bon es Licenciada en Filología y Máster en Lingüística Aplicada. Ha trabajado como editora en Letras Cubanas, Gente Nueva, Abril y actualmente lo hace en el Instituto de Literatura y Lingüística. Es autora del libro De Buena Fe (Extramuros 2010 y Edicioes Cuanas 2011) y cuentos suyos han sido publicados en varias antologías. Recibió el Premio Palabra Nueva del Arzobispado de La Habana en Reportaje en 2006. Como periodista, su firma ha aparecido en El Caimán Barbudo, La Jiribilla, Alma Mater, Esquife, Librínsula y En Vivo, entre otras publicaciones.

Leer también: Libro sobre Rey Vicente Anglada pide a gritos una mano amiga.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Un retrato del Rey del bolero



El chileno Lucho Gatica, un artista mitológico que, en la segunda mitad del siglo XX y gracias a la radio y la televisión, hizo que varias generaciones de latinoamericanos se amaran con sus canciones como himnos privados, vive enamorado en Los Ángeles, California, una ciudad que le ha permitido tener la gloria en el jardín y la fama en una estrella en una calle de Hollywood.

Nació en Rancagua, un pueblo del centro de Chile. Comenzó a cantar como segunda voz de su hermano Arturo que era un profesional de la música. Después consiguió que una productora le diera oportunidad de grabar como solista unos boleros y se inició su leyenda.

Fue en Ciudad de México donde alcanzó su renombre. En la capital mexicana se instaló a finales de los 50, cuando su voz, que la prensa del corazón insiste en llamar aterciopelada, comenzó a invadir el continente americano y España donde, en 1959, lo recibió una multitud con banderolas y algarabía en el aeropuerto de Barajas.

El bolerista chileno impuso un estilo, una manera de cantar en la que los expertos hallaron que el hombre, en realidad, no cantaba, más bien, decía sus boleros. Y los decía desde muy cerca con una complicidad que fascinaba.

Fue uno de los primeros artistas latinoamericanos en abrirse camino en Norteamérica. En los años 60 dio recitales en el Carnegie Hall de Nueva York y, luego en California, presentado por Nat King Cole, actuó en el Hollywood Bowl. Su popularidad era tal que los magos de la publicidad organizaron y difundieron por todo el país una sesión de fotos del Rey del bolero junto a Elvis Presley, el Rey del rock.

El hombre, que promovió con su música el amor como una especie de Cupido con micrófono en vez de arcos y flechas y con poder absoluto del Río Bravo a la Patagonia, halló su amor definitivo un poco más al norte. En ese país se casó con la norteamericana Diane Schmidt y tuvo a su hija Luchana, ahijada de Julio Iglesias. En 1987 reincidió y se casó con otra estadounidense, Leslie Debb, que lo hizo padre de Lily Teresa. Con ellas se mudó a la barriada de Bel Air en Los Ángeles.

En 2013, con 85 años, organizó la producción de un nuevo disco. Se titula Historia de un amor y canta once boleros en duetos con Miguel Bosé, Luis Fonsi, Michael Bublé, Laura Pausini, Ricardo Montaner, Lucero, Olga Tañón, Nelly Furtado, Il Volo, Beto Cuevas y Pepe Aguilar. Gatica ha dicho que el bolero va a perdurar y a seguir como la contraseña mágica para enamorarse.

El chileno tiene allá en Los Ángeles dos amuletos para esperar la noche: un verso de Contigo en la distancia, del cubano César Portillo de la Luz que le acompaña a toda hora: "Si pudiera expresarte como es de inmenso en el fondo de mi corazón mi amor por ti". Y una frase que sacó de una carta que le envió hace años su amigo Atahualpa Yupanqui: "Aún soy joven, tengo menos de 100 años y una guitarra y un corazón".

Raúl Rivero
El Mundo, 15 de septiembre de 2015.

Video: En un programa televisivo, en 1990, Lucho Gatica interpreta dos boleros: Tú me acostumbraste, del cubano Frank Domínguez (1927-2014), y La barca, del mexicano Roberto Cantoral (1935-2010), autor de El reloj, otro de los grandes éxitos del chileno.

lunes, 1 de febrero de 2016

De Viñales a Hialeah


Decenas de veces, en las visitas que desde 2009 realizo a Cuba para un proyecto profesional como fotógrafo, he escuchado decir: “¡Quiero salir de Cuba. Quiero ir a Miami. Hay oro en las calles de Miami!” Uno de mis amigos cubanos, Julio, oyó esta frase desde niño, sobre todo de personas con parientes o amigos que habían emigrado a la Florida. Quizás por eso siempre soñó con salir de Consolación del Sur, zona rural donde nació y se crió.

Luego de tres años nos reencontramos en Cuba, durante su primer viaje a la isla. Para entonces ya vivía con Luisa, su esposa y sus dos hijos, en un suburbio de Hialeah donde el 80% de la población es cubana. Su madre, Yara, lo esperaba en Viñales. No cabía dentro de sí. No sabía si llorar o reír. Para liberar la tensión, a veces gritaba. Se abrazaba a Yadira, su hija de 23 años.

Con nerviosismo miraba la foto que Julio le enviara dos años atrás, aquella donde posa junto a un coche deportivo rojo. El marido de Yara, quien fue más que un padrastro para Julio y sus dos hermanos, caminaba nervioso, impaciente, por el campo de frijoles. La familia y amigos también estaban ansiosos por verlo, por escucharle hablar de los cubanos en Miami. Muchos están fascinados por esa ciudad. Hay de todo y más, dicen. Corren cuentos de cómo los cubanos han llevado un pedazo de alma y calor humano a la tierra americana de Hialeah.

En algunas familias cubanas existe la creencia de que quienes logran irse a los Estados Unidos, legal o ilegalmente, entran a una vida de satisfacción económica y cultural. Por eso esperan alguna ayuda, ya sea en forma de remesa, de recargas a los móviles, o el envío de algún equipo electrónico. Pero la realidad es que muchos de los que viven en Hialeah no pueden mandar nada durante un buen tiempo. Los que quedan en Cuba desconocen las dificultades de los países capitalistas, por eso a veces se molestan, y hasta se enojan, cuando la prometida ayuda material no llega.

Julio vive en un pequeño apartamento de 35 metros cuadrados en Hialeah, con un dormitorio estrecho para cuatro personas. La Ley de Ajuste Cubano le permitió obtener la residencia de inmediato y un aporte inicial importante para comenzar su aventura americana. Algo diferente le espera al resto de inmigrantes latinoamericanos, y por este motivo algunos no ven con buenos ojos a los procedentes de la isla, quienes rápidamente se convierten en “cubanoamericanos”.

En junio de 2015 estuve en Miami, en casa de Julio y Luisa. Desde el principio muchos me decían: “¡Esto es Cuba con comida, es Cuba con comida!” Pero la realidad es otra. Hialeah es una ciudad dormitorio con casas bajas, alineadas, sin personalidad. Es fría. No hay nadie en las calles ni niños jugando. Tampoco plaza o lugar de encuentro. Ningún camino es de oro. Lo que sentí fue una sensación de miedo que nunca vi en ningún barrio de Cuba.

Julio trabaja ilegalmente en una pequeña empresa de refrigeración ubicada en una zona industrial en las afueras de la ciudad. El jefe es cubano, igual que otros empleados. Tiene un segundo trabajo, también ilegal: limpiar una escuela dos veces a la semana. Lo realiza junto a su esposa y con eso pagan la educación de sus hijos. En tres años nunca visitó el mar. Aún no habla una palabra en inglés. En Miami todo es demasiado grande. Las distancias son inmensas. El coche se convierte en las piernas de sus habitantes. Julio y Luisa poseen un coche deportivo rojo del 2006. Es de tercera mano. Probablemente les costó entre 500 y mil dólares. Barato, como todos los coches usados, aunque para los de la isla estos son un símbolo de riqueza, de estatus social.

Cuando los cubanos de Miami se presentan, lo primero que dicen, después del nombre, es el año y la matrícula de su auto. Los hijos de Julio y Luisa tienen 9 y 7 años. En la escuela han aprendido un poco de inglés y viven encerrados en la casa, jugando con sus teléfonos y tabletas, por miedo a salir a las calles donde muchas personas andan armadas, y abundan los drogadictos o borrachos. Ellos, al final, podrían convertirse en adictos patológicos a los juegos electrónicos, lo que actualmente también es un problema social.

Los cubanos de Miami tienen que trabajar mucho y duro para reconstruir sus vidas. Quienes carecen de estudios avanzados y llegan sin preparación enfrentan la dura realidad de una ciudad que incluso, puede volverse peligrosa. Julio y Luisa son personas maravillosas, trabajadoras. En la Florida pagan el alquiler y el seguro de la casa. También el del carro. Además, la escuela de los niños que les cuesta aproximadamente 80 dólares por cada uno a la semana. Cuentan con poco tiempo libre para compartir entre ellos, y a veces tampoco pueden enviar dinero o artículos a la familia de Viñales.

Cuando por fin Julio se reencontró con su madre, ella gritaba, lo revisaba, lloraba y se le abrazaba. No preguntaba nada, no quería saber nada. Ese día Julio vestía ropa de marca comprada en los mercados. Luisa traía dos anillos en cada dedo, los exhibía orgullosa, como también hacía su hija de 9 años, con sus muy largas y verdes uñas postizas.

Recordé entonces aquellas historias del escritor italiano Leonardo Sciascia, acerca de nuestros coterráneos que al regresar de los Estados Unidos alquilaban ropas y collares para dar una buena impresión, ocultar la dura realidad y decir a sus padres y familiares que todo estaba bien. Ahora la historia se repite.

De regalo Julio y Luisa trajeron bolsas de chocolates y las repartieron entre los niños del vecindario, los hijos de aquéllos con los que Julio se había criado y que ahora corren, semidesnudos y alegres por las calles, soñando con la vida de ese 'gringo' que vino de la Florida, donde dicen que hay calles de oro.

Texto y foto: Fulvio Bugani
Trabajadores, 3 de enero de 2016.
Foto: Reencuentro de Julio con su familia de Viñales, luego de tres años en Hialeah.



viernes, 29 de enero de 2016

"En Cuba todos infringimos las leyes"



En una encuesta entre 18 personas, de los dos sexos y diferentes edades y oficios, los dieciocho afirman haber utilizado reiteradamente el mercado negro o más de una vez haber infringido las leyes.

“No queda otra. Con los bajos salarios, si vives de la libreta y no usas el mercado subterráneo, te mueres de hambre. Todos los meses compro diez libras de pescado castero a dos cuc la libra. ¿Con qué dinero podría comprarlo legalmente al precio que lo venden?”, se pregunta Ignacio, ingeniero.

José Alberto, dueño de una cafetería de sandwiches y comida criolla, dos horas antes del amanecer, en su bicicleta se llega a un hotel cuatro estrellas. Allí, el custodio le ha guardado un par de quesos, varios kilos de carne de cerdo y media docena de botellas de aceite vegetal.

“Quienes tenemos negocios privados nos vemos obligados y comprar alimentos e insumos por la izquierda. Es imposible que una cafetería prospere si las cosas las adquieres en el mercado minorista. Nos han llevado a hacer trampas financieras, no reportar las ganancias reales y no inscribir en el registro a trabajadores temporales. Recuerda que a fin de año, en la Declaración Jurada, aquéllos que ganan más de 50 mil pesos deben pagar el 50% en impuestos”, explica José Alberto.

Es en los pequeños negocios familiares donde las personas olímpicamente se saltan las normas prescritas. Esa indisciplina social, casi patológica, es provocada por la fuerte presión fiscal del Estado, un insaciable capataz con una plusvalía desmesurada que ya desearía ganar el más desalmado empresario capitalista.

A los viejos taxis colectivos en La Habana, considerados por la prensa internacional un 'ejemplo de mercadotecnia', el Estado no le subsidia ni un tornillo. Los vetustos coches salidos de una factoría en Detroit hace más de seis décadas, son auténticos Frankesteins automotrices.

“Si de verdad se cumplieran las leyes, todos los taxistas estuviéramos presos o pagando elevadas multas. Cuando el gobierno no te vendía motores ni piezas de recambio, la gente armaba el auto con partes y piezas que salían por la puerta de atrás de los talleres estatales. No te asombres si en un almendrón (auto americano antiguo) encuentras componentes de diez países. En el mío, el motor es alemán, la caja de velocidad sudcoreana, el chasis rumano, los frenos japoneses, el timón de un Lada ruso, los asientos y manubrios son holandeses y la pintura es española. Lo único viejo es la carrocería”, dice risueño Raudel, taxista.

Las piezas que no son desfalcadas a empresas del Estado llegan a Cuba a través de negocios sinuosos, varados en un limbo jurídico. Dos veces al mes, Daniel viaja a Panamá y Miami para comprar piezas automotrices destinadas a añejos carros estadounidenses y rusos.

“Ya perdí la cuenta del billete que he aflojado a los tipos de la Aduana para poder pasar la mercancía. Es una cadena y todos se mojan con dinero. Esto no lo para nadie. Se beneficia mucha gente”, expresa.

Mucho antes de que Barack Obama y Raúl Castro restablecieran relaciones diplomáticas, en diciembre de 2014, los adornos y decoraciones de cafeterías, bares y paladares llegaban desde Miami.

Hay negocios gastronómicos donde la carne de res y hasta los condimentos también venían -y siguen viniendo- del norte. En teoría, violaban la ley de ambas naciones (aunque ahora no la de Estados Unidos). Pero la corrupción desborda las ordenanzas.

No solo los emprendedores privados compran mercaderías hurtadas a instituciones del Estado. Que levante la mano el cubano que no ha adquirido cinco libras de arroz en el mercado negro, una lámpara de luz fría robada de una oficina o medio kilo de carne de res de una vaca degollada la noche anterior de manera ilegal.

Adela, ama de casa, le paga 10 cuc mensuales al empleado que revisa el contador de la luz para que manipule su factura eléctrica. “En mi casa tenemos dos aires acondicionados y un montón de artefactos electrónicos. Casi todos en Cuba lo hacen. Gana el cobrador y uno ahorra plata. Si fuera honesta, todos los meses gastaría casi mil pesos (40 dólares) de luz. Los salarios que paga el gobierno no alcanzan y provocan que la mayoría de los cubanos seamos deshonestos".

En Cuba funcionan dos economías. La real es una broma. La sumergida es más eficaz. Siempre que tengas dinero.

Iván García
Foto: Tomada de Cuba: lavado de dinero, ilegalidades e información