lunes, 17 de junio de 2019

La Habana, la ciudad detenida (II)



Melancolía, recuerdos. A sus turistas, La Habana ofrece sus pasados –de ella, no de ellos: de la gloria colonial quedan las fortalezas, palacios, catedrales; de la gloria azucarera quedan los monumentos y avenidas y ambiciones; de la gloria cabaretera quedan pinkies y hoteles, Tropicana; de la gloria revolucionaria quedan los frescos y consignas y esa sensación de estar en un lugar que, para bien o para mal, ya no es de este mundo.

(Aquel día fue tremendo. Hasta entonces las ciudades habían servido para tanto: en ellas sus habitantes se juntaban, se conocían se enfrentaban se mejoraban los unos a los otros, ganaban y perdían, se querían se robaban se copiaban; en ellas se fabricaban cosas, las ideas, los objetos de uso y de deseo; en ellas se apiñaban las armas y las pompas y los demás poderes; en ellas se inventaban las maneras nuevas; sin ellas, nada podía ser lo que era. Pero aquel día, de pronto, los azorados habitantes descubrieron que ya no sabían qué hacer con las ciudades. Desesperaron: brevemente desesperaron, se mesaron los pelos, dijeron en voz alta ay dios ay dios y después murmuraron ay dios y por fin, en un rapto, descubrieron el truco del turismo. Oh, el turismo será la salvación, proclamaban por calles y plazas, tugurios y merenderos, salones de los bancos. Oh, ellos vendrán y viviremos, oh, por el turismo viviremos, oh, pregonaban, y pusieron manos a la obra.

Fue dulce y, como siempre, la historia pudo reescribirse: ahora millones saben –como se saben esas cosas– que las ciudades, antes del turismo, no existían. O, dicho de otro modo: ¿será que realmente no hay forma de evitar que todos los lugares diferentes, evocadores o coquetos de las ciudades del mundo se vuelvan decorados para el paseíto? ¿Será que solo los espacios más feos conservarán su vida? ¿O alguna vez, dentro de 20 o 30 años, la realidad virtual o lo que entonces sea hará inútil el viaje y las viejas ruinas reacondicionadas volverán a su antigua condición de ruinas, y las viejas ciudades serán lugares para que vivan las personas?)

La Habana vive en gran medida del turismo y el turismo la cambia y cambia a sus habitantes y los convierte en servidores de lugares comunes, de esos clichés que atraen a los turistas: servidores. Algunos –algunas– intentan descubrir formas nuevas de hacerlo. Formas que no sean puro tributo a la nostalgia, formas que les permitan hacerse vidas nuevas, y ofrecer algo nuevo, algo distinto.

Las Four Wives son cuatro mujeres en sus treintas que estaban allí cuando Cuba empezó a estar allí, en la mira de cierto jet-set. Trabajaban en producción de cine, se conocieron en rodajes y viajes de famosos, decidieron unir fuerzas y crearon “especie de empresa” para ofrecer turismo de calidad. Ya recibieron, entre otros, a Madonna y a Jagger; ya recibieron becas para aprender “excelencia de negocios” en Columbia Business School de Nueva York. Lili y Verónica son dos de las Four.

–Nuestros visitantes se impresionan con la cultura, la creatividad que hay en La Habana. Cuando los llevamos a la Fábrica el guau está garantizado. Están los que dicen guau y se quieren ir a los cinco minutos, los que dicen guau y se quedan cinco horas, pero el guau está siempre.

Dice Lili: la Fábrica del Arte es la cumbre del cool habanero, una antigua fábrica convertida en complejo de salas, galerías, bares, pistas, exposición, conciertos, rumba. Y Lili es elegante, su sonrisa medio irónica, la palabra fácil; su padre es un 'cuadro' (dirigente) del gobierno y ha viajado mucho. "Nosotras queremos dar un mensaje a nuestros visitantes. Y que es algo muy único que merece conocerse. Todos los países son únicos, pero este modelo no existe en ningún otro lado".

–¿En qué consiste su unicidad?

Lili remolonea, se resiste, pero termina por lanzar su lista:

–Cuba es único porque es un país muy pobre que no tiene miseria; Cuba es único porque la gente trabaja y no se le paga de acuerdo a su trabajo pero no se muere de hambre; Cuba es único porque la gente no trabaja pero no se muere de hambre; Cuba es único porque tiene una población extremadamente educada pese a la pobreza; Cuba es único porque no tiene recursos naturales; Cuba es único porque se ha plantado ante los Estados Unidos por más de 60 años y todavía no nos han podido poner el pie arriba.

Lili y Vero viven en Miramar, la zona elegante, entre árboles como palacios y palacios como bosques y casas y avenidas y el Caribe allí mismo. Lili y Vero tienen coche, viajes, buena ropa, acceso a tantas cosas que la mayoría de los cubanos solo ven en sueños. Son, lo saben, parte y ejemplo de esa nueva clase. Y Verónica dice que últimamente La Habana se ha hecho más permisiva, para bien y para mal, que la gente es más tolerante con las personas distintas: gays, negros, extranjeros. "Ya no te juzgan tanto por cómo vas vestido, si tienes el pelo verde o rojo. Era una sociedad muy conservadora; sigue siéndolo, pero se ha relajado un poco".

–¿Sigue siéndolo, dices?

–Bueno, es que el cambio no se da porque alguien lo diga; se va haciendo con los años, no va a pasar de un día a otro.

–Pero ahora hubo todo el lío con el matrimonio gay en la Constitución... Le digo, y Lili vuelve a intervenir:

–A mí no me gustó que al final no pusieran el matrimonio gay en la Constitución, pero no porque me pegue directamente… O sea: nosotras somos pareja, pero yo no creo en el matrimonio como institución. Yo no me casé con el padre de mi hijo, no me quiero casar con ella, no necesito que medie un papel. Pero dos cosas me molestaron: que el gobierno ha dejado que se vea como una victoria de la Iglesia, y que no entiendo qué tiene en la cabeza cada personita de Cuba cuando iba a las discusiones de la Constitución y de lo que hablaba era del matrimonio gay. En un país con tantos problemas, que está haciendo una reforma constitucional, ¿de verdad usted está preocupado por si se van a casar dos mujeres o dos hombres? Señor, preocúpese por la ley de propiedad, por los salarios, por los impuestos, porque le están diciendo que el partido es el órgano rector de la sociedad, ¿pero tú estás loco? ¿Tú de verdad te estás preocupando por quién se acuesta con quién? Eso me molestó mucho. Fue una cortina de humo, y mucha gente fue tan tonta que se quedó mirándola.

Afuera llueve como si no hubiera mañana; adentro, él dice que la lluvia también la manda Dios.

–No se confundan, la lluvia no la manda el Diablo; él no tiene poder para eso...

Grita el pastor, y le gritan que amén.

–La lluvia nos la manda Dios. Por eso, tu nombre lo exaltamos y glorificamos, Señor. ¡Aleluya! Tú eres el grande, eres el máximo, eres el amo…

Afuera, bajo la lluvia, el Templo Metodista de la calle K es un zigurat tipo torre de Babel pasado por Nueva York 1930; adentro, inundado de personas, es un hangar pintado de cremita, azul y rosa, sin santos ni vírgenes ni hostias; en lugar de vitrales, tres pantallas HD donde el predicador y su orquesta bullanguera se reproducen y se imponen. La música es un dechado de entusiasmo: teclado, bajo y mucha batería y los fieles que cantan gritan con un fervor y un ritmo que la hinchada de Boca envidiaría: Lo mío no pasa, es para siempre;/ empiezo en enero, sigo hasta diciembre./ Suelta la botella, todo lo que te daña…

Los fieles baten palmas y saltan y revolean los brazos pero no adoran a Maradona sino a otro dios que también es, insisten, todopoderoso. Y se creen que no precisan esperar los goles; que igual ganan. –Él se ha llevado todo mi dolor,/ me ha hecho libre…Grita el cantor y redoblan tambores y la tribuna se suma, se entusiasma.

–Me gozaré, gozaré, gozaré en Jehová a-a-a-aaaaa. ¡Go-za-ré!

A mi lado una mujer se retuerce como partida por un rayo y cae al suelo de rodillas, llora, se sacude, llora más. Después se levanta, saca su celular, lo enarbola en su brazo extendido para grabar las bendiciones. Es el momento: los dañados se acercan al estrado, todos cantan más, gritan más, tambores más y el pastor les aprieta la cabeza y les grita al oído; algunos extravían la mirada, otros se caen redondos.

El pastor es un muchacho blanco atildado en sus 40, chaqueta negra y anteojos de pasta, que cuenta a los gritos durante media hora cómo el rey David conquistó Jerusalén y que, al entrar, dice, repite, mandó matar a los ciegos y los cojos. –Sí, lo primero que hizo fue matarlos a todos. Todos los ciegos y los cojos, palabra del Señor.

Dice, y saca consecuencias morales sobre la fe y la decisión y el valor y esas cosas, y al final dice que quiere contar la historia de Voltaire –“voltaire”, dice, en perfecto castellano– que era un filósofo francés que en los años 1700 anunció que en un siglo no habría ni una Biblia más y que cuando se murió la sociedad bíblica de Francia compró su casa para guardar biblias y que ya pasaron muchos siglos y la Biblia está por todas partes y de ese Voltaire nadie se acuerda, grita, así que no se dejen intimidar por falsas amenazas, el que manda mensajes de intimidación no muestra su fuerza sino su miedo y su debilidad, grita, por vigésima vez, y que ahora todos los periodistas vienen a pedirle entrevistas, que hoy mismo vinieron de la agencia francesa, dice, a pedirle una entrevista y él les dijo que no, que hoy es el día del señor, que qué se creen esos que no creen, dice, y cientos le levantan los brazos y le gritán amén amén y más amén.

Y no explica que lo vienen a buscar porque su iglesia, sus gritos, sus manifestaciones fueron la vanguardia del movimiento que consiguió que el gobierno cubano retirara de su nueva Constitución el derecho al matrimonio gay. “El matrimonio es mujer y hombre. Estamos a favor del diseño original, la familia como Dios la creó”, dice un cartel muy grande a la entrada del templo, radiante de triunfo. Y eso que la adalid del movimiento por los derechos LGBT es una señora Mariela Castro, hija de un señor Raúl Castro, de una familia con ciertas influencias –que, durante décadas, reprimió a los homosexuales como en pocos lugares de Occidente en estos tiempos.

Como tantos, como todos los que pueden, la señora Tania ofrece lo que tiene para conseguir algunos dólares: su pequeño apartamento, en este caso. Aquí, en nombre de la sociedad sin clases se armó una sociedad dividida sobre todo en dos clases: los que tienen acceso al dólar, los que no. Los que reciben dólares de algún pariente que emigró o pueden vender algo en dólares –un cuarto, una cama, un trayecto en su coche, una comida, un cuerpo, su cama, unos cigarros– por un lado; los que tienen que vivir de su sueldo –cada vez menos, cada vez más difícil– por el otro. "Pero te insisto que no traigas a nadie. O si vas a traer a alguien, que se anote".

La señora Tania me muestra el apartamentito que le alquilé por Airbnb, llena papeles y más papeles de control y me cuenta historias de turistas asaltados por las chicas o chicos que se llevaron a sus alojamientos. "Y aunque no te maten, chico, igual te llevas un susto del carajo." La señora Tania es una mulata robusta y sonriente, buena verba, que de verdad parece preocupada. Yo le digo que no vengo en ese plan y ella me dice que uno nunca sabe y hace un gesto de no te preocupes no te juzgo –ni te creo: qué otra cosa puede buscar en La Habana un señor solo y mayorcito.

La primera vez que escuché las palabras “turismo sexual” creí que era un modo bromista de decir follar aquí y allá, casual, sin mayor compromiso; tardé en entender que se refería a los esfuerzos de sujetos tan comprometidos con sus apetitos que viajan miles de kilómetros para saciarlos con personas que en sus lugares no estarían a su alcance: los que aprovechan las desigualdades del mundo para dar de comer a sus fantasmas. Aquí pasa, sigue pasando. Y, por alguna razón que se me escapa, la opinión más general condena a los cubanos y cubanas que lo aprovechan y lo sufren mucho más que a los extranjeros y extranjeras que lo explotan.

Así que por edad, por raza, por condiciones generales –voy solo, miro mucho, escucho– yo sería uno de esos “europeos” que vienen a coger por encima de su liga o, por lo menos, más barato. Lo sé pero no deja de irritarme ese vendedor joven, ambulante, que, tras entregarme el paquete de galletas, me dice que también tiene una jeva:

"También tengo una jeva justo para usted." Una jeva, en cubano, es una chava una chavala una chama una chamaca. O, esta noche: una mercadería.

(Todo está en la manera de caminar, lo que en Colombia llaman el caminado. Los hombres casi tanto como las mujeres, habaneras y habaneros caminan como si cada paso fuera una obra de arte, su modo de decir este soy yo, así desdeño el suelo, así me impongo: los hombros echados para atrás, su cuello extenso, su mentón altivo, la espalda recta, cada nalga un despliegue de certezas, cada pierna su ineludible consecuencia.)

Pero aún en estas calles, en esta sociedad, las nuevas tecnologías se van abriendo paso. Un moreno grandote, la camiseta negra apretada para marcar los pectorales, me muestra al paso un móvil con la foto de una mujer desnuda. "Woman. Dice, pedagógico, y me mira de nuevo: Not expensive, cheap." Yo estoy por ofenderme, y después no.

(Todo, también, en la ropa. Aquí la ropa, once meses al año, es un adorno, no una necesidad, y muchos usan su mínima expresión: un short, una camiseta, unas chanclas de plástico. El resto es vanidad o es uniforme.)

Y menos cuando me cuentan un chiste, viejo pero eficaz: -En Cuba hay gente que sigue de verdad las enseñanzas del Che Guevara. -¿Y quiénes son? -Las jineteras, chico, que no paran de buscar al hombre nuevo cada noche.

Pero también es cierto que no siempre se trata de trucos puramente sexuales: muchos cubanos y cubanas ofrecen más, ofrecen una vida, matrimonio –para irse. La morena rotunda, pelos rojos, zapatos como torres, le dice al señor alto y flaco, rubicundo, levemente encorvado, que todo bien mi amol, que le dijeron que no necesita el papel de soltería, que menos mal, que se pueden casal. El señor suspira y le sonríe. En la sala de espera de la Consultoría Jurídica Internacional las parejas son enconadamente desparejas –y vienen a casarse. La Consultoría es un chalet pequeño en Miramar, sus bancos blancos para esperar afuera, sillones negros para esperar adentro, sus empleadas diligentes.

–Aquí casarse es fácil. Es un papel, qué importa. Dice Olgui, la recepcionista.

En la sala las dos parejas no se miran: la morena y su largo rubicundo se quedan de pie; en un sillón, una francesa de cincuenta y tantos, las piernas abundantes, el vestido apretado, el pelo corto rubio, se pega a un mulato bajo y fuerte, el diente de oro, la pulsera de oro, las zapatillas nuevas. El mulato y la rubia teñida se ríen, la mano de ella sobre el muslo de él. Esperan: en un rato más los llamarán para que muestren sus documentos, firmen los papeles, paguen los 700 euros; pasado mañana volverán para casarse y recibir el certificado y empezar los trámites de legalización, así él podrá irse a Francia. Les quedan dos o tres meses de trámites: los casamientos sirven para burlar fronteras y los estados se defienden, multiplican las aduanas burocráticas. La morena y el larguirucho salen a fumar; yo salgo para tratar de hablar con ellos pero me interrumpen.

–¿Puedo pedirle ayuda, jefe? Me dice un cuarentón cubano enorme, el cráneo bien lustrado, su pantalón y su camisa nuevos, escasos para tanto músculo.

–Sí, claro, ¿qué necesita?

Me pide que le haga el nudo de la corbata, que él no sabe.

–Sin corbata no es boda, es cualquier cosa. Me dice, la sonrisa tímida, y que lleva más de diez años en Valencia pero a la hora de casarse se buscó una cubana y ahora tiene que hacer todo esto para poder llevársela.

Yo lo ayudo, con dificultades; el hombre está nervioso y se va a dar una vuelta. Hace calor, vuelvo a los sillones.

–¡Oye, otra parejita para ver documentos! Grita Olgui, y de adentro le gritan que pasen, y la francesa y el moreno entran. No queda más nadie en la sala de espera y Olgui calcula que ya llevo suficiente tiempo y viene a preguntarme si necesito algo. Yo le digo que espero a alguien que no llega; amable, compasiva, me dice ya vendrá, no se preocupe. Y si no viene, no viene, me dice: quiere decir que esa mujer no le convenía. Yo le digo que cuánta verdad e intento un buen suspiro; me sale más o menos.

Aquí hay ruinas. Me gustan las ruinas porque son el estandarte del descontrol: alguien mandó construir un edificio para que sirviera de prisión –digamos, o palacio o iglesia o gallinero– y ahora sirve para que gente lo visite y piense en esos tiempos en que alguien lo hizo construir, para que gente lo visite y se sienta más culta, para que un chico o una chica coman mostrándolo a esa gente, para tantas cosas tan distintas de las que imaginó quien lo hizo hacer. Me gustan las ruinas porque son una risa corta sobre la nadería del poder, los engaños del tiempo. Me gustan las ruinas, pero no para vivir en ellas.

Alrededor de mi casa en Centro Habana siempre parece que algo hubiera pasado –algo ominoso. Las calles suelen estar vacías, las fachadas heridas por el tiempo y el descuido, los silencios. Es plena ciudad y no hay negocios. Odio tener que aceptar que el comercio hace que una ciudad parezca viva. O, mejor: que nuestra idea de una ciudad viva es una donde la gente compra y vende. Acá todos los días parecen una mañana de domingo.

Y hay, por todas partes, montones de basura, los escombros. Allí donde los carteles habituales dicen “No arrojar basura”, aquí dicen “No arrojar basura ni escombros”. Las casas producen escombros como las personas producen basura, sus desechos; los restos de edificios están en cada esquina. La calle está vacía pero atruena: es raro que no suene a mil alguna música, reguetones jadeados, boleros suspirados, pop latino. La Habana tiene música. Es literal: en las zonas turísticas abundan –de verdad abundan– los grupos que la hacen en vivo, tras el dólar, sin perdonar ningún lugar común del trópico. Pero también hay muchos locales donde se hace buen jazz, buen son, buena clásica, búsquedas diversas. Y en cada calle televisiones, equipos, altavoces.

(Cinco mujeres lo rodean y él las mira entre azorado y extrañado: quizá nunca antes las vio así. Deben ser una madre, dos tías, dos hermanas o primas y le bailan: por la calle pasa una comparsa con tambores y ellas le bailan alrededor y él las mira. Él tiene dos, quizá tres años y parece asustado. Al final se resigna y trata de imitarlas. Ellas lo aplauden, él lo intenta más, da saltitos, se ríe, bailotea. Está a punto de hacerse caribeño.)

Y entre basuras y escombros y ruidos, las ventanas. Las ventanas aquí suelen tener personas –rejas y personas– porque los interiores son chicos, son oscuros, y qué mejor que asomarse, mirar la calle, ver pasar la vida. Y tras cada ventana hay un cuarto lleno de gente y esos sillones mofletudos, gordos, que abundan en el trópico. Y algún señor fumando ante la tele, y algún chico jugando, una mujer limpiando o cocinando, una abuela durmiendo –la perfecta imagen de familia y cuatro o cinco más alrededor, los espacios repletos.

Se podría simplificar diciendo que es una ciudad pobre, si no fuera porque es la ciudad que prometió que ya no habría tal cosa como ricos y pobres. Es duro cuando algo –cuando alguien– tiene que responder por sus palabras. Pero tras unos días los ojos se acostumbran: te parece que caminar entre escombros y casas derruidas es lo normal, que así son las ciudades. Entonces te parece que la ves con ojos habaneros. Y después de aprender a mirarla, aprender a vivirla. Vivir de a poco, de lo poco, sin esas prisas que, de todos modos, te darán muy poco. Un arte de vivir amenazado. O también: un arte de vivir amenazado.

Te decían que la salud, la educación: que Cuba tenía problemas, pero estaba tanto mejor que los demás países latinoamericanos en cuestiones de salud y educación y probablemente, entonces, fuera cierto. Ahora te dicen que la seguridad: que Cuba está tanto mejor que los demás países latinoamericanos, que puedes caminar tranquilo por la calle, que no hay esa violencia de los demás países, y parece que es cierto: un Estado que intenta, desde hace más de medio siglo, el control absoluto tiene sus ventajas. Entonces te dejas llevar por la fe y caminas sobre las aguas, esas calles. Es tarde, están oscuras y vacías, te cruzas cada tanto con sombras ominosas, muchachotes, personas que en cualquier otro medio no serían personas sino pura amenaza y vas tranquilo, cómodo, porque te han dicho que no hay problemas de seguridad, y lo has creído. Nada calma tanto como la fe –y aquí lo saben.

Martín Caparrós
El País Semanal, 27 de abril de 2019.
Foto: Yander Zamora, tomada de El País Semanal.

lunes, 10 de junio de 2019

La Habana, la ciudad detenida (I)



Ella espera que su casa no se le caiga encima. Lo espera: de verdad lo espera, pero teme. Ella no es una metáforma. Ella -llamémosla Ella, por si acaso- vive aquí desde 1976 cuando, a sus 6 años, su madre se juntó con un señor que vivía aquí. Aquí, entonces, era una de las esquinas más presuntuosas de La Habana Vieja: un edificio monumental de fines del siglo XIX, cedro, vitrales, mármoles, la pompa de esos tiempos. Aquí, entonces, cada cuarto era el hogar de una familia, y había más de treinta: se habían mudado después de la revolución, cuando los dueños escaparon.

(Ese momento literalmente milagroso que solemos llamar revolución, cuando tantas normas cambiaron de sentido, tantas cosas que tenían dueño dejaron de tenerlo y había que ver a quién y a qué servían. Digo, por ejemplo: esos lugares que muchos habían mirado con deseo, con envidia, con rencor convertidos de pronto en casas para muchos o casas para jefes o escuelas o clínicas o centros culturales o focos de la revolución siguiente, un suponer.)

Aquí, en los 90, plena penuria del final soviético, de pronto un techo se desmoronó. Fue lo primero; durante los veinte años siguientes -Ella se graduó de enfermera, se casó, tuvo dos hijos- el edificio se fue cayendo a trozos: un suelo acá, una escalera allá, todo un ala sobre una cisterna. Nunca hubo muertos, si acaso algún herido. Nadie reparaba; según se deshacía, evacuaban familias: ya solo quedan ocho. Entre ellas, la de Ella: ella, sus hijos, su pequeña nieta. Le pregunto si no tiene miedo.

-¡Claro que tengo miedo! ¿Cómo no voy a tener miedo? Esto se viene abajo, imagínate, cada vez que oyes un ruidito el corazón se te para, te piensas que se viene el derrumbe.

La casa que fue espléndida es, ahora, un basurero de sí misma: agujeros en el suelo, árboles en los huecos, andamios en el aire, escaleras cortadas, barandas que se sueltan. Le pregunto por qué se queda.

-¿Y qué quiere, que duerma en la calle? Esto es lo único que tengo. Yo soy pobre, no puedo irme a ningún lado. Lo unico que puedo hacer es esperar, dice, desesperada.

En medio de las ruinas sus dos habitaciones están limpias, ordenadas, cuidadas con cariño; afuera es el naufragio. Y así hay miles. Dice que ese edificio es uno como tantos. Le pregunto cómo se arregla todo esto.

-Bueno, el que lo tiene que arreglar es el Estado. Si yo tuviera dinero ya me habría comprado algo, pero no tengo. Ella es morena, sonriente, alta, delgada; ya no es enfermera, ahora gana más limpiando casas. No es, insisto, metáfora de nada.

Una ciudad detenida en el tiempo. Una ciudad -que parece- detenida en el tiempo. Una ciudad donde aquellos que prometieron un gran cambio detienen todo cambio -en nombre de aquellos cambios que siguen prometiendo. Una ciudad que se parece a un trabalenguas, cuyo nombre es el nombre de un veneno: los habanos. Y hay, también, habaneras: unas canciones que ya pocos tocan, de las que descienden, dicen, otras; el tango y los tanguillos, por ejemplo.

Es invierno, alguien se queja del frío que nos hace: "Casi veinte grados, mi hermano. Era verdá que el tiempo estaba loco". Hay prejuicios. Siempre hay, pero sobre La Habana más. Si se aceptan los prejuicios, La Habana sería una ciudad vieja semiderruida donde se mezclarían putas, vividores, turistas talluditos y retratos del Che, coches de los 50 y una alegría que poco justifica. Si no se aceptan sería eso mismo -y tantas otras cosas.

Y es, sin duda, una ciudad histórica. También: una ciudad llena de historias y de historia. Lo más difícil, para contar La Habana, es que todo parece siempre atravesado por la historia: que hay que hablar siempre de la historia, que siempre hay una que contar. Le digo que aquí en general me sonríen poco y me dice que por algo será. "¿Por qué?" "No sé, por algo". La ambigüedad es un arte muy local.

La historia está por todos lados. Está en la persistencia de esos edificios que tienen de 60 a 400 años; está en la persistencia de esos coches que también tienen sesenta; está en los carteles que hablan de una revolución que ya no revoluciona, en los restos de un movimiento que llegó para cambiarlo todo y ahora se dedica a conservarlo sin piedad.

Hace 257 años los españoles la habían perdido a manos de una flota inglesa. Tras un año de ocupación la canjearon por la Florida, una península anegada que no sabían usar. Y para evitar la repetición de la jugada –no tenían mucho más que entregar– edificaron fuertes con murallas tremendas. La Habana, entonces, ya tenía como 50.000 habitantes y esos palacios, esas iglesias, esas plazas que la volvían una villa imperiosa. “Siempre fidelísima”, decía ya entonces su escudo, iniciando una carcajada que duró varios siglos: siempre Fidelísima.

Mientras tanto creció, prosperó más. En 1837 inauguró el primer tren de América Latina; Cuba era rica, orgullosa, pujante, una colonia. Después se liberaron y se sintieron todavía más ricos. A principios del siglo XX se lanzaron a edificar con pompa y ambición y dinero del azúcar y el tabaco. En La Habana hay -al menos- dos edificios de tamaño y pretensión mayores que cualquier otro en la región. El Capitolio y la Universidad son bruto revoleo de escalinatas y columnas, cúpulas y estatuas, el ansia de una ciudad playa que se inventaba sus alturas, la ambición de un país nuevo por presentarse clásico. Cuba estaba -como siempre- a punto de transformarse en algo grande.

Y construyeron más edificios tan pomposos, explosiones neoclásicas, y el mar tan a menudo y el cielo siempre a mano: La Habana debe ser la capital más bonita del idioma. Y también la más rota y también la más triste. La Habana me entristece. Camino, miro, pregunto, escucho y me entristece. Para mi generación y alguna más, para los que creímos en todas estas cosas, La Habana es el resumen del fracaso, el lugar donde todo iba a ser y no fue nada.

–Imagínate, mi hermano. Un lugar donde hace 60 años que gobiernan los mismos. ¿Dónde tú vas a encontrar algo parecido?

La Habana es la melancolía. Varias, diversas melancolías: aquí hay una para cada uno, todas para todos.

-Yo quiero vender Cuba, pero diferente. Que no sea solamente las paredes rotas, esos carros, la ropa en los balcones, la negra en la ventana, el perrito, el tabaco; nuestra imagen es eso. Te lo digo con conocimiento de causa; yo he trabajado con Chanel, con Vogue, y ellos siempre vienen buscando lo mismo. Yo quiero mostrarles que tenemos muchas otras cosas, playas, paisajes, montañas, gente extraordinaria, pero no hay caso; solo pueden ver eso.

Hace ya 30 años, a sus 10, Luis Mario era un niño comunista -un pionero- con todos los honores: hijo de militares de alto rango, educado, entrenado, se sabía todos los catecismos y podía desarmar una kalashnikof con los ojos cerrados. "Cuando era niño todos teníamos esos grandes ideales comunistas; después empiezas a conocer mundo y te das cuenta de que hay muchas cosas que repensar".Hace veinte, a sus 20, Luis Mario empezaba a ser fotógrafo y se hacía unos dólares armando vacaciones para italianos ricos que venían a disfrutar La Habana.

"Eso me permitió tener un poder adquisitivo importante, entender el poder del dinero". Después sus amigos le consiguieron acomodo en Roma: fotografiaba moda y arquitectura, viajaba, se divertía, vivía mucho mejor que lo que nunca había imaginado. Al cabo de diez años volvió a La Habana para ocuparse de su madre –y buscarse la vida. "La ciudad no había cambiado mucho. Pero justo entonces empezaron a abrirse cosas, pareció que se iba a poder emprender… Aunque después mucho de lo que se anunciaba no se concretó, fue un momento histórico, a bastantes nos cambió la vida".

En Cuba no existía, entre otras cosas, la publicidad. Luis Mario descubrió que esos jóvenes que fabricaban y trataban de vender nuevos productos (camisetas, zapatos, restaurantes, tours, estéticas), necesitaban fotógrafos, diseñadores, publicistas, y armó su productora. Pero sus imágenes no tenían soporte; para dárselo produjo también una revista digital sobre bellezas, fiestas, mercancías, frivolidades varias: Vistar Magazine . Fue el primer medio no estatal en medio siglo.

Si yo fuera sociólogo, antropólogo, economista, comunista, periodista incluso, estudiaría La Habana: la manera en que una ciudad, una sociedad, van adquiriendo lo peor del capitalismo. Cómo se construye eso que en el resto del mundo damos por supuesto: el consumo, la competencia, la publicidad, las clases. Y me detendría en la aparición de esos sectores nuevos: jóvenes que descubrieron esos mecanismos y tratan de aplicarlos, entre trabas y alientos, en una sociedad que los rechazó durante décadas. Y ganan dinero y viven mejor y lo muestran –y producen tensiones. Tras tantos esfuerzos y sacrificios para establecer una sociedad igualitaria, las desigualdades crecen, se ven cada vez más: se consolida la división en clases de una sociedad que intentó o pretendió no tenerlas.

(Pero muchos de estos jóvenes prósperos modernos vienen de las grandes familias de la revolución. La idea está tan instalada que produce incluso leyendas urbanas: la cantidad de bares, por ejemplo, adjudicados a “un nieto de Fidel”.)

-Sí, estamos en un momento muy difícil de describir, porque están por pasar muchas cosas pero todavía no ha pasado casi nada. Es cierto que se están creando esas desigualdades, que hacen que algunos envidien a los que tienen y empiezan a mostrarlo…

Cuando Obama visitó La Habana, Luis Mario fue uno de los emprendedores invitados a verlo; allí contó sus ideas y consiguió inversores, pero ahora ha decidido trabajar solo con recursos nacionales. Esta mañana de sábado, en su oficina en medio de un gran galpón con decorados, máquinas, parrillas de luz, donde funciona su productora de televisión y su estudio de fotografía, Luis Mario tiene su mejor cara de sueño, un hijo chico que corretea y demanda, una camiseta verde leve que dice Misled Youth –juventud engañada.

-A mí no me gusta el capitalismo, no me gusta Estados Unidos, no me gusta la bandera americana, no me gusta lo que han hecho en el mundo, no me gusta su sistema: creo que no son libres, son prisioneros de un banco, siempre pagando las cuentas y las hipotecas…

Dice, pero sus preocupaciones son las de un empresario con clientes y empleados. Y tiene un tren de vida muy distinto de la mayoría de sus compatriotas."Sí, yo soy un privilegiado aquí en Cuba. Mi privilegio es que hay mucha gente que me quiere conocer, que le da placer estar conmigo, tener una cuenta de 250 dólares en un restaurante y que te digan no, tú aquí no pagas…

Bueno, el verdadero privilegio es poder ir a ese restaurante, donde quizá sí tienes que pagar esa cuenta y son diez sueldos de un cubano medio. "Sí, es cierto. Pero yo hago muchas cosas que me permiten vivir así. Aquí hay gente que tiene mucho más dinero, lo consigue mucho más fácil. Yo voy más sobre lo social, comparto más mi ganancia con la gente que trabaja conmigo, pero sí, no dejo de ser parte de esta sociedad elitista cubana… Me muevo en el sector de la cultura, donde siempre hay pintores que venden cuadros, músicos que hacen conciertos, hay más dinero que para el resto de los cubanos, sí, que ganan 400 o 500 pesos, menos de 20 dólares, y no les alcanza y a lo mejor tienen que hacer cosas indebidas, corrompen su moral para poder llevarse alguito para sus casas".

Dice Luis Mario y se preocupa por lo que está diciendo. Empiezo a acostumbrarme a ese estilo cubano de relatos cautos, donde siempre faltan elementos, donde los silencios hablan tanto o más que las palabras. "Digamos, un ejemplo mejor: tú tienes familia, tienes hijos, a lo mejor trabajas en una fábrica de tabacos y sabes que ese tabaco se está vendiendo en 13 dólares, pues te llevas algunos tabacos para venderlos. ¿Y eso cómo se combate? La única manera es llenándoles el refrigerador de comida. Porque la realidad es que ninguno de los dirigentes vive con ese salario, tienen sus cosas, tienen sus amistades… pero hay otro montón de gente que no encuentra salida, y yo estoy luchando por eso, porque esas personas no tengan que hacer nada malo para dar de comer a su familia".

La última vez que estuve en La Habana, Fidel Castro todavía estaba vivo. O no, quién sabe; quizá no todo el tiempo. Yo había pasado allí unos días de paseo, desconectado, sin la menor intención de enterarme de nada. El viernes 24 de noviembre de 2016 mi avión para Miami salía a las 18 y, tras la escala, mi vuelo a Madrid despegó a las 22,30. A la mañana siguiente, cuando aterricé en Barajas, encendí mi teléfono para mirar las novedades y lo primero que ví me hizo, literalmente, dar un grito. La mitad del avión se dio vuelta a mirarme. “¡Qué boludoooooo!”, había gritado yo, la voz en cuello, cuando ví que el portal de este diario decía –cuerpo catástrofe– que “Murió Fidel”.

No lo podía creer. Raúl, su hermano viudo, lo había anunciado por cadena nacional a las 22.25, mientras mi avión salía de Miami. Por azar había estado en el lugar donde tenía que estar; por ignorante me había ido –y me había perdido la historia que tantos periodistas esperaron durante tantos años. Desde entonces, siempre sospeché que, cuando salí, Castro ya estaba muerto: que esas muertes no se anuncian enseguida, que hay que preparar los mecanismos y las tropas y que seguramente me habían engañado una vez más. Eran pamplinas, excusas sin sentido; lo cierto es que fue el peor fracaso de varias décadas de profesión, llenas de ellos.

En las paredes de La Habana sobreviven, por supuesto, carteles y pintadas que hablan de la revolución y Fidel Castro y el pueblo unido y el imperialismo americano, pero ahora hay muchos más celebrando los 500 años de la ciudad: la historia reemplaza las antiguas proclamas de futuro.

Son las diez de la mañana en el Vedado y desayunamos en uno de esos cafecitos cool que están apareciendo en la ciudad, siete u ocho mesas que ofrecen frutas y sandwiches y zumos en inglés a precio dólar; éste, además, tiene un pequeño bebedero de agua azucarada donde vienen a libar los colibríes. Yo pido una tortillita con queso.

–Lo siento, no hay huevos.

Me dice el camarero, joven, su gorra rasta, y le digo que no entiendo. Él se arma de paciencia:

–Que no hay huevos, ¿no sabía? Hace como un mes que no hay huevos en ninguna parte.

Semanas antes, en Caracas, fue lo mismo. Que el socialismo latinoamericano esté falto de huevos es un chiste fácil. También es fácil llamarlo socialismo. Prefiero la explicación de Carlos Manuel:

–Es un asunto interesante. Cada vez hay más diferencias entre los consumos de los ricos y los pobres, pero de pronto aparecen estas carencias que igualan a todos. Ahora no hay huevos y es para todos, para nadie.

–La socialización de la carencia, ya que de la propiedad no.

Le digo; tres mesas vacías más allá dos chicas en sus veinte se miran, se susurran, se acarician.

–Es como si la muerte de Fidel hubiera permitido que la gente se atreviera a más. No que hayan cambiado las reglas o las leyes; es que falta esa presencia que mantenía una forma del orden.

Dice Carlos Manuel: que su ausencia, ahora, es la presencia más notoria.

La Habana son columnas. Las ciudades, como el resto de los seres, suelen tener su esqueleto por adentro, tapado por sus carnes. La Habana lo tiene afuera, derritiéndose al sol: no hay ciudad que muestre más columnas. La Habana es una ciudad –relativamente– chica: dos millones de personas, casi un pueblo. Y su plano básico es también –relativamente– fácil de entender: la costa la organiza. Cuatro barrios tan distintos se suceden a lo largo del viejo Malecón. Primero, Habana Vieja es el distrito colonial más impresionante de la América hispana: palacios, fortalezas, templos, plazas, calles –y los turistas y el deterioro que empieza a revertirse para ellos. Después, Centro Habana es el primer ensanche, fines del XIX, calles amplias y secas y rectas, casas y edificios, cemento y baches –todo a medio caer. Después, el Vedado son calles verdes y avenidas, caserones, apartamentos art decó, construidos entre 1920 y 1960. Y por fin Playa, la zona verde y rica y palaciega, muy Miami vieja, sobre todo en su parte Miramar.

En Miramar y en el Vedado hay unos cientos –unos cientos– de esas casas que el castellano solía llamar mansiones y el español contemporáneo casoplón. En este caso, en su versión neoclásica 1900: dos plantas sólidas, extensas, rodeadas de una galería ancha de columnas, capiteles, vitrales, filigranas y su jardín alrededor, sus árboles como si el mundo fuera un árbol.Y cada tanto se oye el ruido de algún coche que pasa.

Existe una ciudad sin coches. O, por lo menos, sin el caos que los coches suponen en el resto del mundo. Las ciudades más ricas se matan por encontrar formas de vencer esa plaga. La Habana ya lo hizo o casi, sin querer. Cuba no importa coches por no gastar divisas y el mercado, vengativo, hace lo suyo: con tan pocas ofertas, los precios siguen por las nubes. Un Lada de cuando había muros en Berlín puede costar 20 o 25.000 dólares; un Peugeot de los noventa puede llegar a los 50.000.

Así que no es fácil moverse por La Habana. Hay pocos buses, tardan, llegan llenos y además se llaman guaguas. En la ciudad más estatista, buena parte del transporte público estaba a cargo de la iniciativa privada de estos coches enormes americanos de 60, 70 años, totalmente recauchutados por el ingenio local, que llaman almendrones o, digamos, pinkies. Hacían rutas fijas levantando pasajeros –cinco o seis– y les cobraban 10 pesos –30 céntimos– por tramo. Pero algunos se pasaron al turismo y otros dejaron de ser rentables: con la caída de Venezuela la gasolina aumentó mucho, así que quedan pocos. Y están los que llaman directos, un taxi más nuevo que va donde le digas por una cifra negociable, pero son caros y escasos. Y hay rickshaws, aunque la idea de que alguien pedalee para llevar a otro, para que otro se mueva sin moverse, no parece especialmente socialista –ni eficiente.

–Acá no hay cuento, mi hermano. Te pasas el día manejando, dándole y dándole. A quién le vas a contar que es por el socialismo, el bien de los cubanos, el mañana. Es p’hacerte unos pesos, mi hermano, acá no hay cuento. Es triste, pero es la realidad.

Su Chevrolet ’47 tiene volante de Peugeot, motor de Kia con repuestos de factura propia, la palanca de cambios que es un trozo de caño y una imagen de San Lázaro que lo mantiene andando. El santo, pequeño sobre el salpicadero, es un señor de taparrabos, malherido, cojo, y Néstor, también 47, lo mantiene rodeado de billetes y monedas. "Mientras él se ocupe, todo chévere". Me dice, y que sí, que él es médico y sigue trabajando en el servicio de nefrología de un hospital pero que con eso no hay quien viva, que si no fuera por el taxi su familia la pasaría muy mal y que bueno, qué se le va a hacer, así es esto mi hermano. Y que sí, que lo pensó pero no quiere hacerlo descapotable y pintarlo de rosa porque no tiene ganas de ponerse un sombrero y salir a pasear gringos.

Sería negocio: una hora de recorrido se puede cobrar 30 o 40 dólares, según la cara del cliente. Me reía imaginando algún rincón oculto de la China donde una fábrica de obreros semiesclavos fabricaban en secreto coches que parecían antiguos; después alguien me dijo que los hacen en talleres de La Habana, que recuperan almendrones y los rearman para volverlos convertibles. No es fácil simular la historia, pero aquí hay especialistas entrenados.

Los pinkies -autos pintados de color rosa- se han vuelto un estandarte –tan extraño, inesperado– de La Habana. A veces son de otros colores –rojo, violeta, verde, azul, celeste incluso– pero siguen teniendo el alma pinky: un pedazo de chicle hecho automóvil, el genuino sabor americano de esos tiempos, que solo el socialismo supo conservar y Trump añora tanto. Y están por supuesto sus choferes, disfrazados de chulos tropicales con sus camisas blancas y sus sombreros panamá. Porque los pinkies son cosa de hombres: no se ven mujeres manejándolos.

Martín Caparrós
El País Semanal, 27 de abril de 2019.
Foto: Yander Zamora, tomada de El País Semanal.

lunes, 3 de junio de 2019

La Habana, entre penurias, glamour y jineteras



Mientras Armando, jubilado de 75 años, hace guardia nocturna en una destartalada escuela en las afueras de La Habana, Elsa, su mujer, de 72 años, ingeniera retirada, en una cazuela de hierro prepara rositas de maíz que al día siguiente venderá a 5 pesos la bolsa. A esa misma hora, Yislen se acicala y se dirige a un ostentoso bar privado.

Durante cuatro décadas, Armando y Elsa fueron empleados estatales. Participaron en las marchas del primero de mayo y en innumerables protestas contra el ‘imperialismo yanqui’ convocadas por Fidel Castro. Cuando llegó la hora de jubilarse, con una chequera que ronda los diez dólares mensuales per cápita, se vieron obligados a buscar trabajos precarios que les permita sobrevivir en las duras condiciones del socialismo cubano.

“Tengo veinte mil achaques, pero tres veces a la semana soy custodio en una escuela donde me pagan 375 pesos (17 dólares) mensuales. Aprovecho esos turnos de madrugada para marcar en la cola en un mercado cercano. A veces no llega el camión y hago la cola por gusto. Pero si el camión trae queso fundido, arroz brasileño o cuartos de pollo, soy de los primeros en comprar”, dice Armando.

Elsa, su esposa, padece de gastritis y se le inflaman las piernas cuando permanece mucho tiempo de pie. “No tenemos a nadie que nos envíe dólares. Conseguir comida es una odisea en este país. Por eso vendo rositas de maíz y hago arreglos de ropa, sobre todo infantil, pues los niños crecen muy rápido”.

En Cuba, miles de ancianos jubilados como Armando y Elsa se ven obligados a trabajar para subsistir. Las tibias reformas económicas emprendidas por Raúl Castro nos les trajo beneficios. Al contrario. Los ancianos y los jubilados son los grandes perdedores en una sociedad que envejece aceleradamente.

Con 11,2 millones de habitantes, actualmente el 20 por ciento tiene más de 60 años, pero en un década el 32 por ciento de la población superará esa edad. Al envejecimiento poblacional se suma que por culpa de la permanente crisis económica, histórica escasez de comida y unos servicios sociales en bancarrota, las mujeres en edad reproductiva no quieren tener hijos. Según estadísticas oficiales, desde hace más de tres décadas, la tasa global de fecundidad se mantiene por debajo de los 2,1 hijos por mujer, cifra insuficiente para alcanzar un adecuado reemplazo generacional.

Yislen, 23 años, tampoco desea ser madre. Con sus tacones de aguja y perfume intenso, al filo de las once de la noche alquila un taxi hasta el bar Shangri-la, al oeste de la ciudad. Es graduada en computación, pero se gana la vida como prostituta. Cobra cien pesos convertibles por noche. “No vale la pena jinetear por veinte chavitos (cuc). Como mi interés es ligar turistas europeos y cubanoamericanos, voy a bares y discotecas de moda. Si cuadro un yuma bien, si no, entonces intento pasarlo lo mejor posible. Mi meta es irme del país. Me da miedo llegar a vieja en Cuba. Mi madre es enfermera y vende medicinas para subsistir. No quiero terminar como ella o mi abuela”.

En un bar privado, la cerveza no baja de 3 cuc. En los de más glamour, una botella de whisky puede costar hasta 200 cuc y 6 cuc la cerveza importada. A pesar de la situación económica en ebullición, el desabastecimiento de alimentos y aumento de las penurias cotidianas, los centros nocturnos de primera categoría están llenos a reventar.

Richard, con pinta de rapero, se dedica a vender drogas. Confiesa que “a pesar de que el gramo de polvo ronda los 90 o 100 fulas, tengo clientes que me compran cuatro o cinco gramos de melca solo pa’ rumbear con jevitas. Hay una pila de gente sin un quilo en el bolsillo, pero también hay personas que gastan dinero a manos llenas. Y no todos son hijos de papá”.

Muchos vástagos y parientes de altos funcionarios del régimen viajan al extranjero, beben vinos caros y viven en otra dimensión. Una clase emergente, compuesta por músicos, deportistas y emprendedores privados de éxito, en una noche de ocio puede gastarse 300 pesos convertibles en alcohol, drogas y fiestas con jineteras caras.

Eddy, jinetero, afirma que "en La Habana existen sitios exclusivos donde los yumas (extranjeros) saben que un chico o una chica no se va a la cama por menos de 100 cuc. En otros lugares, una jinetera cuesta 20 cuc y las 'matadoras de jugada' de los barrios pobres habaneros hacen sexo por 5 o 6 chavitos. En la prostitución homosexual sucede lo mismo: mangones que ni por 200 cuc se van con un extranjero. Otros te la maman por dos fulas en la escalera de un edificio”.

Yosmani, residente en la barriada marginal de Colón, a tiro de piedra del Malecón y de los hoteles cinco estrellas plus Packard y Manzana Kempinski, considera que “la apertura de hoteles de lujo por esa zona es una oportunidad, una puerta que se le abre a los negocios por la izquierda, ya sea sexo, compra de divisas o venta de tabacos. A muchos de los que se hospedan en esos hoteles cuando visitan un país pobre como Cuba, les resulta tentador adquirir obras de arte en el mercado negro o acostarse con una adolescente por solo cien dólares o euros”.

En el Paseo del Prado, muy cerca del deslumbrante Iberostar Grand Hotel Packard, se suele sentar Guillermo, quien con un grupo de amigos beben ron y están a la caza de algún bisne.“Siempre se pega algo. Lo mismo el empleado de un hotel está vendiendo queso gouda, un yuma está buscando un par de maracas o una jinetera quiere alquilar una habitación para acostarse con un extranjero. En una noche me puedo buscar 20 o 30 chavitos”.

En el otro extremo de la capital, sin hoteles de lujos ni turistas de paso, la mayoría de las personas se refugian viendo culebrones en la televisión, jugando dominó, hablando con sus vecinos o haciendo cola de madrugada en un mercado estatal, con la esperanza de poder comprar pollo, yogurt o arroz importado. Si es que ese día llega el camión.

Iván García

Foto: Durante más de treinta años, este cubano ha vivido en la azotea de un edificio deteriorado, a un costado del antiguo centro comercial conocido como Manzana de Gómez, reconvertido en el Gran Hotel Manzana Kempinski. Tomada de Los nuevos hoteles de lujo en Cuba, reportaje publicado en The New York Times en Español el 10 de mayo de 2017.

lunes, 27 de mayo de 2019

Aquellos tiempos grises que no debemos olvidar



El llamado Quinquenio Gris duró mucho más de cinco años. No concluyó, como pretenden algunos, en 1976, cuando el Consejo Nacional de Cultura fue reemplazado por el Ministerio de Cultura: la grisura no se empezó a disipar hasta los primeros años 80.

Tampoco se inició en 1971, con el Congreso de Educación y Cultura y el Caso Padilla. Ya antes se avizoraba la oscuridad que vendría. Aun antes de que en 1968 se iniciara la ordalía contra Heberto Padilla y Antón Arrufat; antes de que empezara a disparar inmisericordemente contra los escritores, desde las páginas de Verde Olivo, la revista de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, aquel ectoplasma estalinista que firmaba Leopoldo Ávila y que todavía no se sabe a ciencia cierta si era en realidad el teniente Luis Pavón, José Antonio Portuondo o ambos a dúo.

Seis años antes de que el teniente Armando Quesada ordenara quemar los muñecos del Guiñol Nacional, y de que una extremista recalcitrante y obtusa como Magaly Muguercia se creyera capacitada para decidir que el teatro cubano tenía que ser obligatoriamente “una expresión socialista”, tan temprano como 1965, ya otros personajes, imbuidos de “fervor revolucionario”, se erigían en inquisidores hasta extremos que resultarían risibles si no fuesen monstruosos.

Fue el caso, por ejemplo, del escritor y folklorista Samuel Feijóo. El 15 de abril de 1965, para ponerse a tono con las UMAP y aquel comunicado de la Unión de Jóvenes Comunistas que chillaba, “¡Fuera los homosexuales y los contrarrevolucionarios de nuestros planteles”, el autor de “Juan Quinquín en Pueblo Mocho” publicó en el periódico El Mundo un comentario titulado “Revolución y vicios”, una preciosura rabiosamente homofóbica de la cual citaré unos fragmentos que no tienen desperdicio.

Decía Feijóo: “Este país virilísimo, con su ejército de hombres, no debe ni puede ser expresado por escritores y artistas homosexuales. Porque ningún homosexual representa la Revolución, que es un asunto de varones, de puño y no de plumas, de coraje y no de temblequeras, de entereza y no de intrigas, de valor creador y no de sorpresas merengosas. Porque la literatura de los homosexuales refleja sus naturalezas epicénicas, al decir de Raúl Roa. Y la literatura revolucionaria verdadera no es ni será jamás escrita por sodomitas”.

Y continuaba más adelante: “No se trata de perseguir homosexuales, sino de destruir sus posiciones, sus procedimientos, su influencia. Higiene social revolucionaria se llama eso. Habrá de erradicárseles de sus puntos clave en el frente del arte y de la literatura revolucionaria. Si perdemos por ello un conjunto de danza, nos quedamos sin el conjunto de danza enfermo. Si perdemos un exquisito de la literatura, más limpio queda el aire. Así nos sentiremos más sanos mientras creamos nuevos cuadros viriles surgidos de un pueblo valiente”.

El pedido de Samuel Feijóo sería complacido con creces, con la depuración no solo de los homosexuales, sino también de los religiosos, los aburguesados, los melenudos (“enfermitos” y “elvispreslianos” los llamaba el Máximo Líder) y todo aquel sospechoso de “problemas ideológicos”. Como el mismo Feijóo, al que no dudaron en echar a cajas destempladas de la Universidad de Las Villas.

La cacería de brujas, que se inició a mediados de los 60, alcanzaría su clímax a partir de 1971. Todavía duraba en los días del éxodo de Mariel, en 1980. Desde entonces ha llovido mucho. Y sobre lo mojado. Algunas cosas han cambiado un poco, y otras, la mayoría, no tanto.

Molestará que escarbe en las grisuras y negruras a esos con el Síndrome de Estocolmo que han decidido olvidar y perdonar “los errores” y horrores del pasado, especialmente algún que otro Premio Nacional de Literatura y homenajeado en las ferias del libro.

Preferirán no recordar la parametración, y aquellos telegramas que los citaban a una oficina en la Quinta Avenida de Miramar, donde tenían que hacerse “una autocrítica” ante la Comisión de Evaluación del Consejo Nacional de Cultura, presidida por el teniente Armando Quesada, que en vista de los “errores confesados” y su “falta de idoneidad”, planilla mediante, les aplicarían la Resolución 3, y para darles una oportunidad de reivindicarse y de que no los agarrara la Ley de la Vagancia, los enviarían a trabajar a la construcción, a una fundición, como sepultureros o a empaquetar libros y revistas en una biblioteca municipal.

Preferirán obviar que hubo quienes fueron a parar a la cárcel. Como Pepe Camejo, el más importante de los titiriteros cubanos, o el escritor René Ariza, a quien condenaron a ocho años de encierro.

A los olvidadizos y magnánimos perdonadores de los inquisidores de ayer les puede molestar que un majadero hurgue en las llagas, que reviva los malos recuerdos, pero se hace muy oportuno volver sobre este tema, hoy que el decreto 349 amenaza con devolvernos a los candados, las prohibiciones y las grisuras.

Luis Cino
Cubanet, 22 de marzo de 2019.
Dibujo: El pavonato, realizado por Anna Veltfort.

lunes, 20 de mayo de 2019

"Creo que hemos llegado"



De una capital de provincia a otra, el cortejo siguió rumbo al oeste por tren hacia la ciudad de Matanzas, a unos 180 kilómetros de distancia. Tal y como ocurrió en el primer tramo, los vecinos de todos los pueblos y caseríos lo esperaban a los lados de la línea del ferrocarril con pancartas, banderas y flores. Cada vez que divisaba un grupo de niños, el presidente electo Tomás Estrada Palma, hacía parar el tren y se bajaba a saludarlos. Finalmente, tarde en la noche del 9 de mayo, llegaron a Matanzas. El viaje había durado más de 12 horas.

El 10 de mayo, en Matanzas, tuvo lugar la misma demostración de afecto y entusiasmo por el nuevo presidente. En uno de sus discursos en esa ciudad, Don Tomás afirmó una vez más algo que había dicho muchas veces antes: era su intención expandir y mejorar la educación primaria, y hacerla una prioridad de su administración.

A la una de la madrugada del 11 de mayo, abordó el vapor Julia para la última etapa de su viaje. Bordeando la costa, el barco enfiló hacia la apoteosis que lo estaba esperando en La Habana. Tropas estadounidenses todavía estaban en la capital, pero se preparaban para el cambio.

Al nivel de Cojímar, a 8 kilómetros al este de La Habana, el Julia entró en una especie de canal formado por dos líneas de barcos, yates y remolcadores decorados con banderines. Por orden del general Leonard Wood, el saliente gobernador norteamericano, cuando el Julia fue divisado por vigías en el Castillo del Morro a eso de las 7 de la mañana, por primera vez, en honor al presidente Estrada Palma, la bandera cubana fue izada temporalmente en la fortaleza. Un bullicio de alegría se propagó por la multitud que había estado esperando en el Malecón, a la entrada del puerto habanero desde muy temprano.

El día había amanecido soleado y brillante, con una agradable temperatura. A las 8 y 45, el Julia dobló por el Morro y entró en la boca del puerto. Lanchas, barquitos de vela, barcos de pesca, remolcadores, todos llenos de público, rodeaban al Julia sonando cualquier bocina, sirena o silbato que tuvieran. Las tripulaciones de los barcos USS Kanawha y USS Dixie, fondeados en la bahía, estaban paradas en formación en cubierta.

Los restos del Maine todavía podían verse. Las campanas de todas las iglesias de La Habana empezaron a repicar y explosiones de fuegos artificiales venían de todas direcciones, en medio del bullicio de voces humanas. El Julia atracó en el Muelle de la Luz en el cual se había erigido un estrado donde esperaban los dignatarios.

El Muelle de la Luz, vale recordar, se ha mantenido activo por más de cien años como punto de embarcación de las lanchas que van a los pueblos de Regla y Casablanca, al otro lado de la bahía. En nuestros tiempos, más de una vez, estas lanchas han sido secuestradas por cubanos desesperados, tratando de escapar de la tiranía de Fidel Castro, como ocurrió el 2 de abril de 2003, cuando una de estas lanchas que trataba de escapar con una veintena de personas a bordo fue apresada. Los tres autores del intento de secuestro fueron ejecutados el 11 de abril, nueve días después de su arresto. Se llamaban Lorenzo Enrique Copello Castillo (32 años), Bárbaro Leodán Sevilla García (22 años) y Jorge Luis Martínez Isaac (40 años).

Volviendo al 11 de mayo de 1902. Después del recibimiento en el muelle por el Alcalde de La Habana, Fernando Freyre de Andrade, y por un grupo de niñas llevando banderitas de todos los países latinoamericanos, Estrada Palma y su comitiva se dirigieron al Palacio de los Capitanes Generales, en la Habana Vieja o Colonial, donde el gobernador Wood y el generalísimo Máximo Gómez, comandante en jefe del Ejército Libertador, los esperaban, rodeados de los miembros de los grupos más importantes de la nueva sociedad cubana.

Desde el 11 al 20 de mayo, Estrada Palma experimentó la presión de las "recomendaciones", "sugerencias" y "consejos" de aquellos que, por una u otra razón, se sentían merecedores de un puesto en el nuevo gobierno. Se cuenta que cuando Don Tomás se encontraba en alguna situación incómoda, hacía una tosecita que le daba tiempo a evadir una respuesta directa. Debe haber tosido más que de costumbre en esos días.

Finalmente se anunciaron los miembros del gabinete. Eran todos civiles, miembros de los dos partidos políticos existentes en aquel momento. No había ningún general ni notable "independentista" de la guerra. Por el contrario, nombres asociados con el Partido Autonomista, que preferían el acomodamiento con España, fueron escogidos, como José Nicolás Hernández, su secretario durante la Guerra de los Diez Años y su compañero de celda durante su prisión en el Castell Sant Ferran o Castillo San Fernando, en Figueres, Cataluña, que fue nombrado Jefe de Despacho. Como prisioneros de guerra de los españoles, Estrada Palma y Hernández fueron enviados a la Península, igual que a otros cubanos luchadores por la independencia, como Calixto García, encarcelado en Pamplona, Navarra. A Estrada Palma y Hernández los enviaron a un castillo que en el siglo XVIII había sido la fortaleza militar más grande construida en Europa, después reconvertido en cuartel y cárcel. Allí estuvieron desde fines de 1877 hasta mediados de 1878.

¿Habrá meditado Don Tomás sobre la significación de las honras recibidas cuando se retiró esa noche en la víspera de su inauguración? ¿Habrían sido esas honras para él, la persona que había sacrificado tantos años de su vida por la causa de Cuba Libre, o habrían sido para "el Presidente", como símbolo de la independencia de la nueva república? Solamente una mente objetiva y desapasionada podía diferenciar entre las dos. Probablemente él pensó que las dos alternativas eran ciertas y que los cubanos eran leales y agradecidos, así como felices por su liberación.

¿Se habrá acordado de la advertencia de Bartolomé Masó cuando lo visitó en Manzanillo unos días antes? Masó le dijo: "Vas a encontrar inquietudes, dolor, emboscadas, decepción, intrigas de los ambiciosos, los pérfidos y los desleales". (Estas palabras aparecen en Don Tomás: Biografía de una época, de Manuel Márquez Sterling, cuyo padre estuvo presente en la entrevista entre Estrada Palma y Bartolomé Masó en Manzanillo). Años después, cuando su gobierno estaba amenazado por una insurrección armada inspirada por el rival Partido Liberal, a Estrada Palma lo caracterizaron rodeado de un grupo de aduladores que no lo dejaba darse cuenta del peligro.

A las 12 del día del 20 de mayo, en el Salón Rojo del Palacio de los Capitanes Generales, el general Wood y sus ayudantes de uniforme de gala, y Tomás Estrada Palma y su gabinete con los presidentes del Senado y la Cámara vestidos de chaqué y corbata blanca, se encontraron en el medio del salón. Wool leyó una declaración que terminaba "y yo declaro que la ocupación de Cuba por los Estados Unidos y el gobierno militar de la Isla ha cesado". Los jueces de la Corte Suprema, Don Rafael Cruz Pérez y Don Carlos Revilla hicieron el juramento.

La bandera cubana fue izada simultáneamente en el Palacio de los Capitanes Generales; en el Castillo del Morro por el general Emilio Núñez; por un grupo de veteranos en la Fortaleza de La Cabaña, y en todas las instituciones militares y gubernamentales de Cuba. Cuentan que el general Máximo Gómez se volvió hacia el general José Miguel Gómez -que después sería el segundo presidente de la república-, y emocionado le dijo "Creo que hemos llegado". Una frase que desde entonces forma parte del vocabulario cubano.

Margarita García
Fragmento de su libro Antes de "Cuba Libre". El surgimiento del primer presidente Tomás Estrada Palma (Editorial Betania, Colección Ensayo, 2015).

Acerca de la autora.- Margarita García nació en La Habana, donde asistió al Colegio Trelles y al Ruston Academy. Después que emigrara a los Estados Unidos, estudió en la Universidad de Columbia en Nueva York, obteniendo los títulos de Bachelor of Science (BS), Master of Arts (MA) y Doctor of Philosophy (PhD), todos en Psicología Experimental. Durante 38 años trabajó como profesora en el Departamento de Psicología de la Universidad Monclair en Nueva Jersey, de la cual se retiró con el grado de Profesora Emérita. En 2004 comenzó a estudiar la vida de Tomás Estrada Palma y ha visitado los lugares donde estuvo antes de ser proclamado primer presidente de la República de Cuba, el 20 de mayo de 1902. Está casada con Guillermo Estévez y tiene una hija llamada Victoria.

Acerca del libro.- En su debut como escritora, la Dra. Margarita García ha creado un retrato del hombre antes de que éste encontrara el "oceáno de dificultades" de la presidencia -como dijo George Washington al ser elegido y que terminarían por abrumarlo. En el libro se narran antecedentes pocos conocidos de Estrada Palma antes de convertirse en el primer mandatario electo de la Isla. El texto se desarrolla a través de tres continentes, desde celdas de prisiones hasta preparación de expediciones de filibusteros e ingeniosos esquemas de recaudación de fondos. Y se muestran fotos nunca antes vistas e ilustraciones difíciles de encontrar. Es el relato íntimo de un patriota, un maestro de vocación y profesión, un revolucionario idealista, un hombre escrupulosamente honesto y un presidente testarudo.

Foto: Llegada del vapor Julia, donde viajaba Tomás Estrada Palma, al Muelle de la Luz en el puerto de La Habana, el 11 de mayo de 1902. Tomada de Hojas de prensa para la historia de Cuba. Suplemento de Memorandum Vitae.

lunes, 13 de mayo de 2019

Socialismo con guitarras rusas



El Período Especial, que estremeció el país en los años noventa del siglo pasado, no ha llegado ahora a Cuba tocando con educación en la puerta y con una tarjeta de presentación para que la gente se prepare y salga a buscar donde pueda, su salvación. No, como debe de ser, ese fenómeno devastador, hace su entrada con una sutileza escandalosa en la sociedad cubana.

Invade a rebato y con insistencia los sectores de la alimentación y la medicina, se encarga de desmontar los servicios de transportes, trabaja en la mortalidad de los viejos y, todo eso, bajo un apagón organizado por el gobierno para que la nación no se quede sin luz de una vez.

Amortiguado por el esfuerzo de los cómplices de los comunistas, como la estructura que impera en el país es débil y enfermiza, en cuanto le fallan sus proveedores y ayudantes, el Período Especial no regresa. Resurge, porque las esencias de ese fracaso, de esa derrota económica, están en las bases del socialismo. Y de una manera más acentuada en el socialismo que se quiere amenizar con guitarras rusas. Así es que, en este momento es la crisis venezolana, entre otras cosas, la que saca de sus escondrijos las cuchillas del Periodo Especial.

Un vistazo a lo que pasa hoy en Cuba enseña por cualquier zona del país colas, discusiones, broncas por algunos productos alimenticios y la situación de la electricidad, en veremos desde hace más de un año por el problema de los venezolanos, registra ya apagones en el sector residencial y se ha racionado el suministro en los consultorios de los médicos de la familia.

Los filos de esta nueva crisis que estaba adormecida comienzan a tocar directamente o a rozar todos los aspectos de la vida del cubano de la calle. Su fiebre contamina todo y cada asunto se convierte en un tema difícil, complejo, amargo y hasta peligroso. Entre otros reflejos terribles en la población, aparece el deseo constante de abandonar el territorio nacional, de salir a buscar una existencia honorable y normal en otros países con todos los peligros que implica hacer una salida ilegal por cualquier vía.

No tiene importancia el nombre rebuscado y lánguido que los gobernantes criollos le pusieron a la gran crisis de los noventa. Viene una etapa para los cubanos, sin esperanzas ni salidas coherentes y racionales, que el mismo Raúl Castro retrató en un examen de la situación de la economía de Cuba y que deja lejos y empequeñecido al Periodo Especial: “Tenemos que estar preparados para la peor variante.”

Raúl Rivero
Blog de la FNCA, 12 de abril de 2019.

lunes, 6 de mayo de 2019

Maestros cubanos intentan sobrevivir



A perro flaco todo lo que le caen son pulgas. Llamémosle Caridad, una maestra de preuniversitario que frisa los 50 años. Luego de ahorrar el equivalente a 300 dólares para reparar la destartalada cocina de su casa, el pasado 27 de enero un poderoso tornado que asoló cinco municipios habaneros le demolió parcialmente el techo de la vivienda y destrozó el televisor, electrodomésticos y otros bienes personales.

“No es fácil. Cuatro años ahorrando dinero con los repaso a mis alumnos o vendiendo ropa y después viene un tornado y tengo que empezar de nuevo. Pero otros están peor que yo. En mi escuela hay profesores de provincias que tienen que residir en albergues en condiciones deplorables. Si no fuera por las familias que ayudan a los maestros, hace rato que me hubiera dedicado a otra cosa. El magisterio en Cuba es una vergüenza. Un trabajo de indigentes”.

No siempre fue así. Rita, abuela de un estudiante de secundaria, recuerda que en sus tiempos “ser maestro era un orgullo. Ahora el gobierno critica la etapa republicana y le gusta comparar que han crecido en número de profesores y escuelas, pero en aquella época, en cualquier colegio público de La Habana los alumnos desayunaban y merendaban, los maestros tenían vocación, valoraban su profesión y eran respetados por la sociedad".

La realidad ha cambiado bastante. Hoy, muy pocos en Cuba quieren ser maestros. Octavio, un pinareño que da clases en Arroyo Naranjo, municipio de La Habana, explica que “estudió pedagogía porque desaprobé las pruebas de ingreso a la universidad donde pensaba estudiar Derecho. Entonces, para escapar del servicio militar, opté por magisterio”.

Osmara, estudiante de preuniversitario, dice que en su escuela "la mayoría de los profesores dan lástima. Se visten mal y por detrás los alumnos nos burlamos. Como sus salarios son bajos, algunos dan repasos pagados, venden pacotillas o chiclets. Son excepcionales los que dan buenas clases. Hay alumnos con más conocimientos que los maestros”.

Melissa, alumna de secundaria, comenta que “desde la escuela primaria, casi todos los maestos que he tenido son pésimos. No parecen educadores. A veces se comportan como si fueran marginales, piden que les llevemos merienda, que los padres les recarguen el celular, les regalen ropa o comida”.

Reinerio cuenta que en su instituto tecnológico, "los profesores no van a trabajar bien vestidos, como en las fotos de cuando mi mamá y mis tías iban a la escuela antes de 1959, que se veían elegantes. Y no es solo el atuendo, también el lenguaje. Hablan como si fueran aseres del barrio. Y lo peor, algunos tienen faltas de ortografía y deficiencias profundas en las materias que imparten. Mi instituto parece un pulguero, con los maestros vendiendo bisuterías o dulces. Cuando hay juego de la Champions, el profesor de Historia no da clases”.

Según los adolescentes consultados, existen maestros corruptos. “A pesar de los escándalos de corrupción que han habido, con profesores que vendían pruebas, si tus padres te puedan dar 30 o 40 cuc, puedes comprar exámenes, te permiten fraudes o te pueden otorgar altas calificaciones ”,

Aunque contraviene las normas del Ministerio de Educación, muchos profesores cobran por repasar a sus alumnos. “Por lo general lo hacen en casa de un alumno. Suelen cobrar uno o dos pesos convertibles por cada uno, en dependencia de la asignatura. En esos repasos, el maestro hace hincapié en lo que debes estudiar, por que se supone es lo que saldrá en la prueba. Una especie de fraude cantado”, opina un estudiante de último año de preuniversitario.

Liván, padre de una alumna de sexto grado, se queja de que todos los meses gasta entre 10 y 15 cuc en pagar repasos. "Cobrar por dar repasos es ilegal. Pero el Ministerio de Educación se hace de la vista gorda. Les pagan una miseria y obligan a los maestros a estar en el invento para sobrevivir. A eso súmale que siempre están pidiendo favores. Los padres con recursos les regalan ventiladores, ropa y dinero”.

Luis Carlos, ex profesor de Física que ahora trabaja en una dulcería particular, señala que “el salario de un maestro, dependiendo de su calificación, fluctúa entre 400 y 700 pesos mensuales. Los profesores universitarios ganan un poco más, mil o mil quinientos pesos. Pero ese dinero en Cuba no alcanza ni para los desayunos”.

Rosa, maestra de noveno grado, alterna la enseñanza con la labor de dependienta en una paladar. “Termino reventada, pues en la paladar termino a la una de la madrugada. Si estoy muy cansada, al día siguiente no voy a dar clases. En la paladar, entre salario y propina, me busco 20 chavitos (cuc) diarios o más. Cuando pueda conseguir una 'pincha' fija y bien pagada, dejo el magisterio”.

Poco antes del inicio del curso escolar 2018-2019, la ministra de Educación Ena Elsa Velázquez, reconoció que el sistema educativo del país padecía un déficil de 10 mil docentes. La Habana, Artemisa y Matanzas eran las provincias con más dificultades para garantizar un maestro en cada aula.

Ningún maestro llega a fin de mes solo con su salario. Por eso cobran por dar repasos, venden mercaderías o buscan una entrada de dinero fuera de su horario laboral. Lidia, maestra de cuarto grado, aspira a encontrar un novio extranjero en Instagram. Gustavo, profesor de matemáticas, prepara gallos destinados a pelear en carteles ilegales. Y Eddy, maestro de educación física, por la noche se pone una saya, peluca rubia y tacones altos y se prostituye en una céntrica calle.

Iván García
Foto: Maestra particular. Tomada de La silenciosa huelga de los maestros cubanos.
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