miércoles, 23 de abril de 2014

Plátanos contrarios



Tal vez en 2014, Cuba haya comenzado a mostrar los primeros signos inconfundibles de cambio.

Y sea la naturaleza quien dé los primeros pasos, con unos plátanos sumamente raros nacidos al revés en el patio de una vivienda de un pueblo costero al noroeste de La Habana.

Desde su hogar, en la Calle 242 No. 131 entre Primera B y 238, Jaimanitas, su propietaria, Mayelín Martínez Vargas, insiste en hacer pública esa anomalía agrícola: una de sus matas de plátanos parió un racimo que ha crecido en sentido contrario.

Dice Mayelín que hace dos años la sembró y ésta es su primera parición. El resto de sus matas de plátanos son normales. Al principio pensó cortarla, pero luego decidió dejarla con su racimo inverso, para mostrárselo a sus amigos y vecinos, algunos de avanzada edad y conocedores del campo, que aseguran tampoco no haber visto plátanos así.

Mayelín quería que algún medio de prensa divulgara el hecho, como singularidad natural o científica, y para saber la verdad sobre su extraña mata, que veía en su patio como un mal augurio.

Antes de marcharme de su casa, me preguntó si la noticia saldría en Granma o en Juventud Rebelde, pues quería guardarle un ejemplar a su madre, que vive en Bayamo, y mostrárselo cuando la visitara.

Le dije que estuviera tranquila, pues sus 'plátanos contrarios' los conocerían todas las personas del planeta que tuvieran acceso a internet.

Me dijo que en Bayamo su familia no sabe lo que es internet. Pero inmediatamente cambió la cara y se mostró feliz, pues seguro lo vería su hermana Nancy en Alemania, su tío Luis, que vive en Miami, y sus suegros, residentes en Oregón, Estados Unidos.

Texto y fotos: Frank Correa
Primavera Digital, 15 de enero de 2014

lunes, 21 de abril de 2014

Le ronca la malanga, la yuca y el boniato



Durante mucho tiempo, los medios oficiales responsabilizaron a los intermediarios por los altos precios de los productos del agro. Y hablaban de crear un mercado mayorista para acabar con la situación.

En diciembre de 2013 entró en vigor el decreto ley 318, que regula la comercialización sin intermediarios de productos agropecuarios en la capital. Por esa fecha, comenzó a funcionar El Trigal, en la barriada habanera de Marianao, conocido como 'el mercado de la calle 114'.

Pero lejos de disminuir los precios de viandas, frijoles y hortalizas, éstos han aumentado considerablemente, además de que muchas frutas y vegetales son difíciles de encontrar en las tarimas.

Los productos del agro siguen llegando a la población con mala calidad y y su presencia en el mercado no es constante.

Un ejemplo es el boniato, que se cultiva en cualquier época del año porque es una producción de ciclo corto (90 días). Pero de un precio de 80 centavos, se elevó a 2 pesos la libra y los venden llenos de tierra.

Este tubérculo fue un alimento fundamental para el ejército libertador durante nuestras guerras de independencia. "Al boniato hay que hacerle un monumento", decía el capitán mambí Francisco Monés, según ha contado uno de sus hiijos.

Tan abundante llegó a ser, que en Cuba se produjeron pequeñas cantidades de azúcar de boniato que fueron exportadas a Estados Unidos para suplir el déficit de azúcar durante la Segunda Guerra Mundial.

Por el alto precio de la malanga, 5 pesos la libra, hace tiempo muchas personas han renunciado a comerla. No es el único producto caro.

Una señora pregunta al tarimero “por qué está tan cara la guayaba, si en el periódico decían que en Mayabeque han crecido las plantaciones dedicadas a su cultivo. "Esas guayabas hay que traerlas del Trigal y el transporte es muy caro", le contesta.

La yuca, que es vianda de un día, llega a los mercados en mal estado y también ha triplicado su precio. Es frecuente ver cómo la yuca y otras viandas de consumo habitual del cubano, se pudren en las tarimas debido a sus precios, y aún así no se rebajan.

Lucio en su punto de venta del barrio ha dejado de ofertar hortalizas. Dice que no tiene quien le traiga la mercancía y él no dispone de transporte para ir a comprarla a Marianao. Y añade que allí todo es caro, y que la mala manipulación hace que las verduras lleguen deterioradas a las tarimas.

A esta situación hay que sumar las plagas. A un vendedor de El Trigal, Lucio le reclamó y éste lo justificó diciendo que los insecticidas escasean.

En busca de cebollas, una vecina fue desde Lawton hasta Centro Habana. Un mazo con 6 cebollas le costó 15 pesos, y 10 pesos una libra de tomates. Cuando protestó, el vendedor le dijo: “Compré las cebollas a 8 pesos el mazo y 6 pesos la libra de tomates. A eso hay que sumar que pagué 300 pesos para que un camión me los trajera desde del Trigal hasta aquí. ¿A cómo los voy a vender?”.

Una clienta le preguntó al dueño de un punto de venta de viandas, frutas y hortalizas, que siempre estaba bien surtido, por qué ahora estaba vacío. “Es que no tengo camión y traer las mercancías desde El Trigal me cuesta un ojo de la cara”, le respondió.

Por Gladys Linares
Cubanet, 17 de febrero de 2014

sábado, 19 de abril de 2014

Al Gabo, dondequiera que esté


Con una selección de textos publicados en medios de distintos países, los realizadores de los blogs de Tania Quintero e Iván García queremos recordar a Gabriel García Márquez, quien a los 87 años se acaba de ir en México, su segunda patria.

A los lectores actuales -y también a los futuros-, el gran escritor colombiano nos dejó una formidable colección de reportajes y libros, encabezados por Cien años de soledad, El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca y Amor en los tiempos del cólera. A Mercedes, su viuda, y a sus hijos Rodrigo y Gonzalo, nuestro más sentido pésame.










El amigo de Fidel, El Mundo, 2014.










Tania Quintero e Iván García

Video: Fragmento de la conversación que hace unos años Gabriel García Márquez sostuvo con Ernesto McCausland, periodista colombiano fallecido en 2012.

viernes, 18 de abril de 2014

La Habana: parque temático Castro-McDisney



Hace unos años, el sociólogo norteamericano George Ritzer adoptó la perspectiva de “la macdonaldización de la sociedad”. Dentro de ella y teniendo en cuenta los parques Disney, acuñó el término “McDisneyzación del turismo”.

Sería interesante conocer la opinión de Ritzer sobre el gran parque temático en que se ha convertido Cuba. O los varios sub-parques en que se divide, según los intereses del visitante.

Para el turismo ideológico, Cuba sigue siendo la meca de la izquierda mundial, ahora más que ayer, antes de que las reformas proto-capitalistas –llámenlas Lineamientos, actualización del modelo económico o como las llamen- la desmonten en piezas y las subasten.

Entonces, se apresuran a hacer la peregrinación antes de que se agote el relato revolucionario, dejen de rodar los almendrones, se acaben de derrumbar los viejos edificios y las jineteras y los pingueros adecúen sus tarifas a las de Bangkok o Amsterdam.

De la utopía revolucionaria, solo queda lo que el turista de antemano planificó ver, y eso es exactamente lo que le muestran los cicerones.

Los turistas no gustan de sorpresas desagradables o contratiempos. Antes que con gente impredecible que les pueda amargar la jornada con el recuento de sus cuitas, prefieren conversar con personas alegres, serviciales y bailadores de salsa, como se espera que sean, aunque se pongan algo impertinentes con la propina.

Si se supone que aquí la revolución no abandona a nadie a su mala suerte, en vez de ciertos locos y pordioseros que deambulan por las calles, los turistas prefieren retratar -por el parecido con el comandante- a esos ancianos de barba larga, camisa verde olivo, gorra miliciana, y licencia de figurantes concedida por el Historiador de la Ciudad.

La Habana para vender de Eusebio Leal es como un grabado de Landaluze. Un tinglado para recaudar divisas. Folklore de postal turística. Mezquita y catedral ortodoxa sin feligreses. Un cementerio-jardín para ricos, con tierra de colores y a la sombra de un convento. Cartománticas negras con batas decimonónicas y pañuelos de bayajá.

Una Habana virtual, sepia, technicolor o verde olivo: de la billetera y el gusto particular de cada cual depende cómo colorearla.

Tabacos Cohiba, mojitos y Cuba Libre sin Coca-Cola. Artesanías, boinas guerrilleras, carteles y camisetas con el rostro ferozmente soñador de Che Guevara. Pseudo-arte posmoderno y casi poscastrista, solo lo suficiente para que se venda bien. Salsa y son. Muchachas y muchachos que se alquilan; sexies, bronceados, saludables, instruidos y a precios de ganga.

Una pintoresca estafa a sólo pocos metros de La Habana profunda, la real. La que habla a gritos y con palabrotas por no reventar de rabia. La ciudad que además del olor a ron y lechón asado de los restaurantes en divisas, apesta a aguas albañales, sudor, fritanga, café mezclado sabe Dios con qué, arrecifes sucios y basuras sin recoger.

En medio del torneo habanero por las migajas del turismo, deambulan extranjeros sonrosados y risueños, como si pasearan por el mejor de los mundos. Ese otro que dicen que es posible y que parecen ver corporeizado en Cuba, donde sólo les molesta el calor.

Deambulan entre columnas, rejas, establecimientos con precios del primer mundo, y edificios en ruinas. Por doquier, policías con boinas negras o grises, ceño adusto, bastones de goma, y perros sin bozal, cuidan el orden. Si exageran el celo en la tarea, no importa.

Son los guardianes del parque, que no se olvide, también es una plaza sitiada por los yanquis, lo cual explica cualquier inconveniente.

Luis Cino
Cubanet, 25 de febrero de 2014
Foto de Juan Antonio Madrazo. En los últimos tiempos, por las calles de la Habana Vieja más transitadas por turistas, abundan mujeres con vestimentas folclóricas y carnavalescas, vendiendo flores, maní y souvenirs. Casi todas son negras o mulatas, unas más jóvenes, otras más viejas.

miércoles, 16 de abril de 2014

Tabarich: nostalgia de la Rusia soviética



"El Tabarich, tiene un antecesor: el casino- cabaret Montmartre, edificado en la Cuba republicana –también para privilegiados– y luego, revolución por medio, convertido en el restaurante Moscú, a propósito de un proyecto de reanimación de La Rampa en la segunda mitad de los años 60", comentó el cineasta Enrique Colina.

En los 70 y 80, el restaurante Moscú tuvo cierto esplendor. Varias generaciones de cubanos no olvidan “la variedad de sus platos”, según Carmita, vecina de Guanabacoa. Margot, residente en Lawton, recuerda “los techos de madera tallada y la gentileza de los empleados”. Para otros como Desiderio Navarro, no le es tan cercano emocionalmente: “En esa época, el Moscú estaba a años luz de mi bolsillo”

En 1990, un incendio arrasó con el lugar. Ardió convenientemente, quizás a propósito, cuando se produjo la caída del campo socialista en Europa. “Tal vez fue un incendio premeditado", comenta Arturo, antiguo gastronómico.

Luego vino el enfriamiento entre Rusia y Cuba, a principios de la década de 1990 primeros. A partir del 2000, las relaciones tomaron un nuevo giro. En 2007, con el beneplácito de la Embajada de Rusia en La Habana y las autoridades cubanas, se creó el denominado Comité Coordinador Nacional. Lo conforman mujeres rusas y algunos cubano-rusos.

Intentan preservar la cultura rusa, las tradiciones de una comunidad que suma unos 1,077 rusoparlantes. Se valoró rehabilitar el antiguo restaurante Moscú. La idea fue bien recibida, al menos en apariencia. Pero terminó en saco roto.

El restaurante Tabarich se inauguró en octubre de 2013. “Está pensado para lo comunidad rusa que reside en Cuba, y para los cubanos nostálgicos de la era soviética. Fue diseñado con el trasfondo de ese período histórico”, me dice Pavel, su administrador.

Los dueños son dos hermanos que viven en Rusia: Antón, y desde allí financia el lugar, y Andréi, encargado de supervisar el negocio en la isla.

Los platos que se ofertan son realizados por chef cubanos que se han especializado en comida rusa.

Si le gustan los Pielmenis con salsa Smetana, acompañado con cerveza Cristal, ¡que el bolsillo aguante el golpe en pesos convertibles!

Texto y foto: Polina Martínez Shvietsova
Cubanet, 6 de marzo de 2014
Leer también: Putin mira a La Habana, de Miriam Celaya.

lunes, 14 de abril de 2014

Cuba: el negocio del arte


Son como piratas modernos. Su misión es comprar lo más barato posible. Y vender a precios por las nubes. Hagamos una radiografía de un anticuario habanero de obras de arte.

A Dania, 32 años, le salen ampollas en los pies de caminar en exceso. “Un día cualquiera recorro 20 kilómetros bajo un sol de fuego. A veces tiene sus recompensa. He comprado a precios de ganga lienzos, dibujos o grabados de pintores cubanos de los años 40, como Wilfredo Lam, René Portocarrero o Carlos Enríquez. Vajillas de plata, fotos con gran valor artístico y, la última moda, colecciones de sellos de Mao Tse-tung”, cuenta esta comerciante clandestina de obras de arte y objetos exóticos.

Los ingredientes para ser un brillante experto de arte subterráneo los define Augusto, 43 años. “Es una mezcla de agresividad, paciencia, talento y, sobre todo, alto nivel cultural. Y mucha empatía para ganarte el corazón de las personas. Sensibilizarse con sus problemas y saber que venden cosas valiosas porque suelen estar mal de dinero o desean juntar una cantidad para marcharse al extranjero. Yo siempre trato que los clientes sientan que se les está pagando un precio adecuado por sus artículos. La mayoría procede de la otrora clase media cubana, venidos a menos después de la revolución. Viejitos sin familiares en la isla o tipos que supieron invertir su dinero en obras de arte y ahora creen que es el momento de vender para obtener grandes beneficios”, explica Augusto, un especialista de calibre en el mundo de las antigüedades y obras de arte.

En cualquier barrio habanero usted podrá ver a los marchantes de arte haciendo propuestas e intentando hacer negocios con personas que poseen objetos de valor.

Dora es de las que toca puerta por puerta, anunciando que compra tenedores y cuchillos de plata; porcelana europea o China; viejos libros de ediciones únicas y otras rarezas que las personas tienen guardadas hace años en alguna oscura despensa.

Es amable y ríe de forma franca. Tiene un don especial para que gente desconfiada le abran la puerta. “A veces yo misma he estado días registrando en closets y viejos armarios de mis clientes en busca de objetos, pequeños grabados, recortes de periódicos y colecciones numismáticas o filatélicas que la gente piensa no tienen valor”, dice Dora, mientras revisa un bolso de nailon repleto de cubiertos de plata.

Ella suele comprar cada tenedor o cuchara de plata a 20 pesos, menos de un dólar, y luego al por mayor vende el kilo a 50 dólares. Todos estos mercaderes de antigüedades y obras de arte tienen contactos con compradores extranjeros que de antemano le hacen sus pedidos.

Hay temporadas que a los forasteros que les interesa la pintura cubana de un determinado período. “Aunque los pesos pesados como Lam, Mariano, Portocarrero, Ponce, Amelia Peláez, Víctor Manuel o Tomás Sánchez siempre interesan. A veces la suerte nos acompaña y damos un buen palo al adquirir un lienzo de un pintor español o francés de calibre. En Cuba se ven cosas increíble, conozco caso de personas que tienen obras de Picasso o Velázquez. Incluso Degas o Monet. Pero es difícil topar con un cuadro de ese nivel, lo mas fácil es adquirir pinturas del patio, esculturas y vajillas finas”, aclara Norberto, perito de arte en el mercado negro con 35 años de experiencia.

En ese mundo no faltan los estafadores y picaros. Es casi una industria. Miguel, dibujante con talento, por un tiempo se dedicó a copiar cuadros de pintores cotizados. Tenía una red de personas a las que pagaba bien cuando vendían sus estafas. “Muchos cayeron en el jamo. Hice estafa de hasta 14 mil dólares. Hay unos cuantos cuadros falsos de Tomás Sánchez y Wifredo Lam dibujados por mi regados por La Habana”, señala.

Pero en el negocio del arte hay gente seria como Dania, incapaz de timar a nadie. Aunque a la hora de la puja por comprar lo más barato posible puede codearse con un accionista de Wall Street.

Ahora su prioridad número uno es adquirir colecciones de sellos con la imagen de Mao de los años 60. También libros de ediciones exóticas con poemas y doctrinas del líder chino. “Tengo dos compradores chinos que están interesados en la etapa de la 'revolución cultural' y obras de Mao y sellos que deseen vender coleccionista cubanos. Y pagan muy bien”, cuenta Dania, sin dejar caer la comisión que gana.

Todos estos mercaderes, anticuarios o coleccionistas, tienen un denominador común: trabajan duro y mucho, tienen buena labia y amplia cultura, compran barato y venden caro. Además, abordan a sus clientes como auténticos piratas modernos. Siempre, eso sí, con cara de ángeles y exquisitos modales.

Iván García
Diario de Cuba, 13 de julio de 2011
Foto: La Jungla (1943), una de las obras más conocidos del pintor cubano Wifredo Lam (1902-1982). Pertenece al Museo de Arte Moderno de Nueva York. Fue tomada de Yoel Magazine. En 1979, el cuadro fue exhibido en París.

viernes, 11 de abril de 2014

Aperturas utópicas



Bienvenido a una isla ficticia. En Cuba nada es lo que parece ser. Algunas cosas que suceden en el verde caimán superan la imaginación más retorcida.

Si usted es un forastero notará que los edificios y sus calles están deteriorados y en la ciudad y en sus canales de TV no hay publicidad comercial.

Le gente gana poco más de 20 de dólares al mes y, sin embargo, hay cientos de tiendas que venden electrodomésticos, televisores de plasma o aires acondicionado a precios de Nueva York.

Si recorre las flamantes agencias que ofertan automóviles nuevos o de uso, no se frote los ojos, es real: un Peugeot 508 cuesta más de 300 mil dólares y 120 mil una camioneta de uso.

En el restaurante de un hotel cinco estrellas -el ministerio de turismo local es muy flexible a la hora de otorgar categorías de lujo- una cena mediocre cuesta más de 120 dólares.

Te venden una botella de vino chileno de tercera como si fuese un tinto de primera francés. Y las tarifas de las llamadas celulares son las más caras del planeta. Con toda razón, muchos turistas se preguntan qué rayos hacen con los dólares recaudados las instituciones del Estado y no le dan una mano de pintura a la ciudad, reparan sus calles o elevan el salario de los trabajadores. La mayoría de los cubanos también se pregunta lo mismo.

Y hablando de cubanos. Se pueden clasificar de tres tipos. El primero, los que no se enteran que vive en una auténtica autocracia y creen que funcionarios dañinos y corruptos infiltrados en los organismos estatales se han puesto de acuerdo para dinamitar el sistema desde dentro.

El segundo, los que piensan que el capitalismo salvaje patrocinado por el Estado llegó sin ser anunciado.

Y el tercero, los que opinan que los camaradas que visten de verde olivo o con guayaberas blancas han instaurado un clan al mejor estilo mafioso y poco les importa las aspiraciones de los cubanos humildes, a tener un auto o abrirse una cuenta de Facebook desde su teléfono móvil.

Son muchos los ciudadanos que se sienten decepcionados y su lealtad al castrismo se ha ido quebrando a golpe de precios abusivos, salarios miserables y un 'futuro luminoso' ofrecido por el régimen que jamás llega.

Gente seria, intelectuales ilustrados y politólogos de toda la vida, se preguntan qué estrategia se esconde tras los precios de infarto en las ventas de autos o acceso a internet desde celulares ofertados por compañías estatales.

De negocios, evidentemente no es la estrategia. Pues con tales precios, poco se puede comercializar. Tal vez sea por razones publicitarios, de cara a la galería, para inflar el pecho en una conferencia internacional y decir que en Cuba se puede comprar un Audi o tener una cuenta de Twitter

Pero no me ando por las ramas. No soy un desprevenido turista ni un cubano con una venda en los ojos. Soy un periodista independiente.

Esta trama alucinante de precios abultados y reformas tibias, donde lo único que ha legalizado el régimen son las transacciones que se efectuaban antes por debajo de la mesa, es una canallada notoria.

La esencia real de la autocracia criolla ha quedado expuesta con las últimas medidas. Ni les interesa que los pequeños empresarios particulares puedan comprar un auto ni les importa que los cubanos de a pie puedan acceder a internet.

Esas aspiraciones van contra su naturaleza y de sus principios. Un tipo con dinero es visto con ojeriza en Cuba. Un ‘contrarrevolucionario’ en potencia.

Los sesudos que rigen los destinos de la isla, piensan que el día de mañana ellos reclamarán cambios de corte político y económico e internet para todos. Para el régimen, la red es la versión digital de una bomba de neutrones.

El diario oficialista Granma una vez calificó a internet, Google, Facebook y Twitter como 'subsidiarias de la CIA'. Caballos de Troya diseñados por el tío Sam para dividir y confundir a los cubanos.

Por eso la estrategia para contener ‘las ambiciones materiales’ del otrora hombre nuevo, de ser propietario de un auto moderno o navegar libremente por internet, es colocar precios que estén al alcance de muy pocos. O de nadie.

Para los analistas locales de contrainteligencia, las redes sociales son sinónimo de Primavera Árabe. Mientras más lejos se puedan mantener de nuestras costas, mejor.

Las últimas 'aperturas' del gobierno de Raúl Castro están ahí. Pero no hay dinero para comprarlas. Un acto de magia. Al mejor estilo de Houdini.

Iván García
Foto: El Capitolio Nacional visto desde una habitación del Parque Central, uno de los hoteles cinco estrellas que hay en La Habana. Situado en la céntrica esquina de Prado y Neptuno, muy cerca tiene a cuatro emblemáticos hoteles: Inglaterra, Telégrafo, Plaza y Sevilla. Y puede que a su alrededor tenga otro más, si por fin convierten la Manzana de Gómez en un complejo hotelero.