lunes, 29 de septiembre de 2014

Las trampas del embargo



En La Habana, los buenos especialistas médicos siempre tienen a mano dos tipos de tratamiento para sus pacientes.

“Si es una persona con familia en el extranjero o de alto poder adquisitivo, le propongo que se llegue a la farmacia internacional a comprar en divisas los medicamentos, pues son de mayor calidad y más efectivos. Aquéllos que no pueden, entonces le receto el tratamiento aprobado por el ministerio de Salud Pública, con medicinas no de mucha calidad fabricadas en laboratorios cubanos o de procedencia china”, cuenta Rigoberto (nombre cambiado) alergista con más de dos décadas de experiencia.

Cuando usted visita alguna de las veinte farmacias internacionales ubicadas en la capital cubana, puede encontrar una gama variada de medicamentos patentados por compañías farmacéuticas de Estados Unidos.

Desde gotas para los ojos, jarabes, tabletas y ungüentos. Sus precios meten miedo. Lidia, ingeniera, revisa meticulosamente los estantes en busca de Voltaren en colirio, indicado por el oftalmólogo para iniciar un tratamiento a su madre que fue operada de catarata.

“Cuesta poco más de 10 cuc (el salario mínimo en Cuba). Tengo que comprar dos frascos, 20 cuc, que es mi salario mensual. Gracias a parientes residentes en Europa puedo adquirirlo”, dice Lidia.

En la misma farmacia, Yamila, ama de casa, espera para pagar 15 sobres de Inmunoferon AM3, estabilizado en una matriz inorgánica que suelen recomendar los médicos para pacientes alérgicos o elevar las defensas del organismo después de un tratamiento prolongado con antibióticos.

“Es una sinvergüencería del gobierno venderlo tan caro. Mi hermana que vive afuera, me manda las cajas con 90 sobres y cada una le cuesta 18 dólares. En las farmacias internacionales te venden 15 sobres por 8 cuc. Y después se llenan la boca hablando del bloqueo (embargo económico) de Estados Unidos contra Cuba”, señala Yamila.

En la isla, el ‘bloqueo’ es el culpable de casi todo lo que no funciona: la suciedad de las calles, estantes vacíos en las bodegas y edificios agrietados en peligro de derrumbe. Una coartada perfecta donde se esconde la desidia, baja productividad y la letal burocracia criolla.

Jamás un gobierno tuvo un arma tan poderosa para justificar su inoperancia. “Si falta el jabón, papel sanitario o condones, la culpa la tiene el bloqueo. Existe un catálogo amplio de chistes a costa del bloqueo. Y es que se ha convertido en una chanza”, dice un vendedor de periódico.

“El bloqueo, señala un estudiante de preuniversitario, afecta solo a las personas que no tienen entrada en moneda dura. Con divisas hay de todo en las tiendas. Desde aseo, comida, equipos informáticos y electrodomésticos”.

Cuando usted recorre las tiendas ubicadas dentro del complejo Miramar Center, notará la amplia gama de productos con patentes estadounidenses.

En un taller de reparación de equipos electrónicos, refrigeración y electrodomésticos de la cadena CIMEX, controlada por empresas militares, en San Lázaro y Carmen, en el municipio 10 de Octubre a 30 minutos del centro de La Habana, puede ver una vasta publicidad sobre las cualidades de RCA, Hamilton Beach, Black & Decker y otras marcas patentadas en Estados Unidos y que se venden como pan caliente en las tiendas por divisas.

Hablar del embargo ya se ha vuelto un cliché. La gente repite mecánicamente el discurso oficial. A 7 personas entre los 18 y 35 años, les pregunté sobre las razones del gobierno de Estados Unidos para instaurarlo y no supieron explicarme.

“Creo que fue porque Fidel promulgó el socialismo en Cuba”. “No sé bien, pero es injusto, por su culpa, muchos niños cubanos no tienen los medicamentos que necesitan". “Que lo levanten de una vez, para que esta gente (los Castro) no siga con la misma cantaleta (discurso)”, fueron casi todas las respuestas.

Nadie supo responderme por qué entonces se vende Coca-Cola, impresoras HP y el régimen adquiere ómnibus con piezas y agregados Made in USA. Pero el cubano de a pie está tan cansado del embargo como de sus añejos gobernantes.

Intuyen que el bloqueo no es el culpable del marabú que desborda el campo, la escasez de naranjas o los precios siderales de carnes, frutas y vegetales en los agromercados. Viven de espaldas al furioso lobby anti-embargo que acontece al otro lado del charco.

Fermín, zapatero remendón que labora en un portal de la Calzada 10 de Octubre, desconocía que una delegación de la Cámara de Comercio de Estados Unidos visitó la isla y, entre sus objetivos, está crear los mecanismos para conceder créditos a pequeños empresarios.

“Hablas en serio o es una broma. No me puedo creer que yo sea un pequeño empresario. Dudo que si algunas vez se otorguen préstamos a los particulares, seremos nosotros los beneficiados. Los favorecidos serán los de siempre, los hijos de ministros y ex militares jubilados que tienen negocios. Los jodidos siempre estaremos jodidos”, acota Fermín.

De lo que se trata, en esta nueva dinámica para mejorar las relaciones y flexibilizar el embargo, es que existen múltiples trampas y barreras jurídicas creadas por el régimen verde olivo para controlar el surgimiento de una clase con poder económico.

En los primeros enunciados de los Lineamientos Económicos, aprobados en el último Congreso del Partido Comunista, en abril de 2011, el gobierno del General Raúl Castro juega con las cartas bocarriba, al señalar que las medidas están diseñadas para que los ciudadanos involucrados en actividades económicas por cuenta propia no puedan acumular capitales.

Evidentemente, la 'letra pequeña' no ha sido leída por los políticos y hombres de negocios que en Estados Unidos están haciendo campaña para levantar el embargo.

El zapatero Fermín lo tiene claro: "Aquí al trabajador privado que haga mucho dinero lo etiquetarán de 'delincuente'. Y lo que le espera puede ser la cárcel".

Iván García


viernes, 26 de septiembre de 2014

¿Funcionaría una "diplomacia del béisbol" con Cuba?



El embargo es un lastre pesado para el régimen porque no ha hecho bien sus deberes. Si Cuba tuviese una economía sólida, diversificada, eficiente y moderna, el coste del embargo fuera atenuado.

Pero a Fidel Castro le interesó mucho más gastar una parte apreciable del cheque en blanco que llegaba del Kremlin, en desplegar tropas cubanas en las guerras civiles de Etiopía o Angola durante 15 años.

Luego están los disparates económicos, los planes faraónicos y la economía de campaña ejecutada por Castro I durante sus 48 años de mandato. Y no olvidemos el 'embargo' crudo y silencioso a su gente.

Hace apenas 8 años, los cubanos éramos ciudadanos de cuarta en nuestra patria. No teníamos derecho a comprar un auto, vender la casa, pasar un fin de semana en un centro turístico, tener una línea de teléfono móvil y para viajar al extranjero se necesitaba un úcase oficial.

Raúl Castro cambió las reglas de juego. Pero sigue manteniendo cautivos los derechos políticos y la libertad de expresión.

Negociar el levantamiento del embargo versus derechos humanos es la meta. Y un punto de partida para que el gobierno de Cuba sitúe la primera piedra rumbo a la democracia.

Gústenos o no, Obama ha establecido las políticas de flexibilización hacia Cuba que prometió en su campaña presidencial. Al que se le debe pedir reformas de calado es al presidente Castro.

Existe un espacio que pudiera ayudar a desamarrar el nudo gordiano e iniciar futuros intercambios. Es el béisbol. Se sabe que el deporte de la bola y los strikes es pasión en las dos naciones.

No sería una política novedosa. Ya en los años 70, el presidente Nixon, mediante su 'diplomacia del ping pong', ayudó a descorrer las cortinas de bambú en China.

Permitiendo a peloteros de la isla jugar en la MLB, políticamente, Estados Unidos gana más de lo que pierde. En estos momentos, varios cubanos brillan en la Gran Carpa.

Yasiel Puig, Yunel Escobar, Yoennis Céspedes, Aroldis Chapman, José Dariel Abreu, Dayán Viciedo, Leonys Martin o Alexéi Ramírez están teniendo una campaña brillante.

Casi un centenar de peloteros cubanos están involucrados en organizaciones de Grandes Ligas.

Para cumplir su sueño de ser peloteros libres y ganar salarios de seis ceros, debieron huir de una concentración de la selección nacional en el extranjero o arriesgar su vida en un bote de motor cruzando el Estrecho de la Florida, a merced de traficantes de personas o criminales mexicanos.

Eso debe terminar. Han sido nuestros jugadores de béisbol (más de 400 han saltado la cerca en los últimos 23 años), los que han obligado al régimen a pagarles mejores salarios -todavía ridículos-, mejorar sus condiciones de vida y autorizar contrataciones en otras ligas, cobrándoles un impuesto del 4% al salario devengado.

Si la pelota cubana se ha visto abocada a semi profesionalizarse, ha sido por la presión de los ‘desertores y traidores a la patria’, como en su día les llamaron las autoridades políticas y deportivas. Veamos los puntos a favor de autorizar a los peloteros cubanos a jugar en la MLB.

Uno, el principal, no arriesgarían sus vidas en embarcaciones a veces precarias. Dos, desaparecerían las extorsiones de bandas criminales. Tres, con los altos sueldos que ganarían, ayudarían a sus familiares en Cuba.

Un tema que las autoridades de la MLB pudieran demandar, es el derecho de cada jugador a negociar con sus organizaciones con el representante que el pelotero escoja. Si desean que sea Cubadeporte, es su problema. Pero si optan por un representante de una firma estadounidense o de otra nación, el régimen deberá aceptarlo.

A simple vista, se nota que el gobierno cubano pide a gritos negociar en materia beisbolera. No creo que ponga muchas trabas. Incluso soy más ambicioso.

La MLB debiera pactar un acuerdo con el INDER y remozar cientos de campos beisboleros arrasados por la desidia estatal e instalar academias donde se preparen nuevos prospectos.

Los muchachos tendrían lo más avanzado de las actuales técnicas beisboleras y un subsidio decente que elevaría su calidad de vida. Miles de jóvenes regresarían a la práctica de la pelota en pos de labrarse un mejor futuro.

Sería un adolescente menos que pierde el tiempo en las esquinas, con una botella de ron peleón, fumándose un ‘yayuyo’ o planificando tirarse al mar en una balsa de goma.

A Castro II ya se le vino abajo su discurso denigrando al deporte profesional. Una probable 'diplomacia del béisbol' sería un golpe a mediano plazo a las tonterías ideológicas promovidas por el régimen de La Habana.

Y podría ser un escalón para negociar asuntos más serios, como los derechos políticos, la libertad de expresión o las indemnizaciones sin pagar a empresas estadounidense en los años 60.

Cuando un tema espinoso o polémico, como el embargo, se encuentra en punto muerto, no hay mejor manera que destrabarlo con un cebo, donde las partes no pongan demasiadas objeciones para lograr un acuerdo.

El béisbol puede ser ese cebo.

Iván García
Foto: Los encuentros de equipos de béisbol de Cuba y los Orioles de Baltimore, celebrados en 1999 en la capital cubana y en la ciudad de Maryland, marcaron un hito en las relaciones deportivas entre la isla y Estados Unidos. Tomada del periódico The Baltimore Sun.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

De Pacheco a Oviedo



No creo que todo tiempo pasado haya sido mejor. Pero sigue siendo una imagen recurrente aquella etapa en que los amigos del barrio acudíamos al viejo estadio del Cerro, a ver los dobles juegos dominicales de béisbol.

Con tres pesos, nos zampábamos una pizza de queso chorreante, un litro de malta y media docena de panes con croquetas. Siempre nos sentábamos en las gradas que van de home a tercera. Era el pasaporte de fidelidad al equipo Industriales.

Con estadísticas en la mano, intentábamos demostrar que los peloteros de La Habana eran diferentes. Jugaban técnicamente mejor el beisbol. Tenían otras herramientas.

Pero había cuatro jugadores de otras provincias que estaban fuera de toda discusión: el inicialista Antonio Muñoz, el formidable Omar Linares, el rey de los jonrones Orestes Kindelán y Antonio Pacheco.

Agustín Marquetti era un ídolo en la capital. Ningún industrialista que se precie puede olvidar su memorable jonrón en aquella épica final de 1986 frente a Pinar del Río, que nos dio el campeonato.

Entonces, ya Marquetti era un veterano glorioso. Una nueva hornada de jugadores talentosos al estilo de Rolando Verde, Juan Padilla, Lázaro Vargas y Javier Méndez comenzaban a labrar su historia.

Para reforzar el mito de Marquetti, los comentaristas televisivos aseguraban que había peleado en Playa Girón con solo 15 años. En voz baja y con tono de misterio, los fanáticos más viejos aseguraban que el zurdo de la sonrisa perenne era capitán del G-2.

Sea lo que fuera, Marquetti cedía en números ante su sempiterno rival Antonio Muñoz. Un mulato, campesino de un villorrio perdido en el macizo montañoso del Escambray, que cuando le pegaba a la pelota, ésta salía disparada hasta el infinito, como si hubiese sido propulsada por un cañón.

Con la nueva perla de Santiago de Cuba, Antonio Pacheco, sucedía algo similar. Los industrialistas estábamos convencidos que la combinación de doble play de Germán Mesa y Juan Padilla estaba al nivel de las mejores en la MLB.

Padilla era un guante espectacular. Poseía un pivot vertiginoso, no he visto a otro camarero en Cuba que atrape pelotas imposibles por encima de segunda base como él.

Pero Pacheco era Pacheco. Al bate, de los tres mejores en el béisbol que se juega en la Isla después de 1959. Tenía pinta de Grandes Ligas. Desde su manera de pararse en home hasta sus cualidades ofensivas y defensivas.

Poseía cinco herramientas. Bateaba hacia todos los ángulos del terreno y era un experto en dirigir la bola hacía la banda derecha. Reunía fuerza, tacto y velocidad.

Solo Lourdes Gourriel se podía codear con el de Palma Soriano a la hora de traer una carrera crucial, cuando el bate pesaba y las piernas le temblaban a muchos.

Pacheco era una leyenda viva. Había integrado selecciones nacionales desde la categoría 9-10 años. Nació en una etapa donde los deportistas eran soldados de Fidel Castro.

Como loros, en cada entrevista debían repetir que le dedicaban el triunfo a Castro, jamás firmarían un cheque millonario para jugar en la MLB ni renunciarían al cariño de su pueblo.

La prensa oficial lo llamaba Capitán de capitanes, por ser líder en el equipo nacional. En la distancia se percibe mejor la burda manipulación y el manicomio propagandístico al que fuimos sometidos.

Todos tenemos cuota de culpa. Aceptábamos sin chistar cualquier ordenanza oficial. Y no se contaba con nosotros para nada. Éramos unos peleles en manos de un tramposo.

Cumplidos los 60 años, Agustín Marquetti calladamente lo reconoció. Se marchó de Cuba y hoy junto a su hijo enseña a niños y adolescentes en una academia beisbolera de Miami.

Recientemente, Antonio Pacheco tramitó su status de refugiado en Tampa. Siempre habrá quien le recuerde su pasado de fidelidad al régimen. Pero que levante la mano el cubano nacido después de 1959 que en determinado momento no fue una marioneta de los Castro.

Excepto aquellos que cometieron crímenes como el del remolcador el 13 de julio de 1994, firmaron penas de muerte a personas solo por pensar diferente o reprimen disidentes, no es sano amontonar resentimientos.

Mientras Pacheco legaliza su status en Estados Unidos, cientos de jóvenes peloteros en Cuba sueñan con ganar salarios de seis ceros en la Gran Carpa. Ahora los nuevos ídolos son ‘Pito’ Abreu, Yasser Puig y Yoennis Céspedes.

En el recién finalizado campeonato nacional juvenil, ganado por La Habana, sobresalió un grupo de peloteros prometedores. Me detengo en uno de ellos.

Joan Oviedo, habanero, un pitcher derecho de un metro 90 de estatura y solo 15 años -la misma edad en que Marquetti peleaba en Bahía de Cochinos- que tira rectas sostenidas entre 91 y 94 millas, además de una curva de nivel.

Anoten ese nombre. Puede que a la vuelta de unos años, ocupe cintillos en la MLB. No siempre los tiempos pasados fueron mejores.

Iván García

lunes, 22 de septiembre de 2014

Sombras del deporte cubano



Me cuenta un viejo pelotero retirado, que a finales de los años 60, tras una paliza feroz propinada por los Industriales a una novena camagüeyana, un grupo de fanáticos abrió la jaula del león de un circo ambulante, que esperaba la conclusión del partido para comenzar su función.

“Aquello fue tremendo. La fiera, con el hambre que tenía le partía como toro al trapo rojo a todo lo que se moviera. Ni siquiera el domador pudo controlarlo. Solo el ejército y un escuadrón de bomberos pudieron reducirlo”, rememora el ex beisbolista.

Actualmente, no pocos partidos de la Serie Nacional en estadios de centrales azucareros suelen terminar en una batalla campal. En 1978, a los alumnos de la secundaria donde estudiaba nos enviaron a trabajar en el tabaco, en el municipio pinareño de San Luis.

Recuerdo el ambiente agresivo del público en el estadio de la localidad, los ojos enrojecidos por el alcohol, los machetes desenfundados y la bronca monumental de la afición por los estudiantes habaneros que apoyábamos a Industriales. Por suerte, la novena azul perdió.

Desde hace tiempo no es aconsejable asistir con la familia a los estadios. Por el pésimo transporte público. Y por las groserías e improperios que le gritan a los jugadores desde las gradas.

En la década de 1940-50, mis abuelos eran seguidores del Cienfuegos y cuando su club jugaba en el Stadium del Cerro, iban con mi madre, que no entendía de pelota, pero aprovechaba para comer papitas fritas y tomar Coca-Cola. Entonces, muchas familias pasaban la tarde del domingo viendo jugar béisbol.

Hoy, el viejo estadio del Cerro es un antro de apostadores que cuando pierden dinero insultan a los peloteros. La policía, bien gracias.

Lo ocurrido el 17 de febrero, cuando el jugador matancero Demis Valdés agredió con un bate al lanzador Freddy Asiel Álvarez y lesionó a Ramón Lunar, es uno entre numerosos brotes de violencia que ocurren en el panorama deportivo cubano.

Unos meses atrás, en un juego de la Liga Nacional de Baloncesto, los asistentes, inconformes con una decisión arbitral, comenzaron a tirar objetos al tabloncillo y varios espectadores intentaron agredir al árbitro. En la final entre Ciego de Ávila y Capitalinos un jugador habanero armó una reyerta colosal, tirando sillas hacia las gradas.

En el campeonato provincial de fútbol sala celebrado en la sala Kid Chocolate, frente al Capitolio, las riñas del público formaron parte del ‘espectáculo’. La mayoría de los estadios en Cuba se han convertido en auténticos bares. Los fanáticos llevan en sus bolsillos un ron llamado Planchao, envasado en una caja de cartón.

Los partidos que se juegan en el interior del país constituyen todo un acontecimiento para poblados y caseríos. El partido comunista local acondiciona el terreno y a la carrera le dan una mano de pintura al estadio. En las afueras del recinto parquean pipas de cerveza y ron a granel. “Hay que tener tremendos cojones para cantar una jugada en contra del equipo home club en un terreno municipal”, confiesa un árbitro.

Tampoco al espectáculo ayuda la poca seriedad y profesionalidad de algunos jugadores: fuman dentro del banco o en medio del partido están entretenidos pasando un SMS o escuchando música en su móvil.

He visto a peloteros vendiendo la merienda y el refresco que les dan. También pelotas. Es cierto que reciben pagos miserables, pero estar ofertando meriendas o pelotas a un peso convertible, como si fuesen vendedores ambulantes, deja un mal sabor de boca.

El colmo, contaba un comentarista deportivo de la COCO, es que en la última vuelta ciclística Camagüey-Habana, a un competidor le robaron su bicicleta. Valga aclarar que los ciclistas que no pertenecen a la selección nacional, deben adquirir las bicicletas de carrera de su bolsillo o, si tienen suerte, conseguir las de donaciones.

A no ser que usted esté desempleado, sea pariente de un jugador o un periodista que debe cubrir el evento, a muy pocos se les ocurre ir al antiguo estadio La Tropical, a ver un partido de fútbol de la temporada nacional. Amén del pésimo juego y un terreno que parece un patatal, en las gradas no encontrará más de cincuenta personas.

La realidad es que el deporte cubano ha dejado de ser un espectáculo atractivo para ser presenciado en familia.

Iván García
Foto: Público en el Estadio del Cerro antes de 1959. Tomada del blog Béisbol 007.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Caer en desgracia



Me contaba un funcionario de rango medio del Partido Comunista, único autorizado por el régimen, que el sigilo y la sospecha son marcas registradas dentro de las estructuras del poder en Cuba.

“Los medios internacionales hacen ver que el acoso mayor y la represión es para la disidencia. No hay dudas que son hostigados. Pero la oposición juega sin cartas marcadas. Ellos dicen o publican con sus nombres sus análisis o proyectos políticos. La Contrainteligencia sabe cómo piensan. Pero el mayor control de la Seguridad del Estado es para los miembros del Partido que ocupan puestos relevantes dentro del aparato político o económico. Ya sea a nivel municipal, provincial o nacional. Aquí la represión es sin golpes ni actos de repudio, pero cuando caes en desgracia, tu vida corre peligro”, señala.

Según otra fuente que trabaja en una institución oficial, el coronel Alejandro Castro Espín, hijo del presidente Raúl Castro, es el coordinador principal de la vigilancia en la membresía partidista.

“Escudados bajo la campaña nacional de la lucha contra la corrupción, se mueven los hilos de un hostigamiento más sutil para descabezar cualquier vestigio de pensamiento no acorde al proyecto oficial dentro de las filas del Partido. Hay que andar con pies de plomo. Se debe ser muy cauteloso de lo que hablas y tus relaciones personales. Siempre estamos bajo asedio”, señala la fuente.

La eficacia del departamento encargado de fiscalizar a personas importantes dentro del status quo es notable. Desde que Fidel Castro llegó al poder en 1959, la policía política se ha encargado de abortar cualquier escisión dentro de sus filas.

Las más conocidas fueron la microfacción que lideraba Aníbal Escalante en 1968 o la purga de altos militares acusados de tráfico de drogas en 1989. Pero han existido otras.

Desde Luis Orlando Domínguez, Juan Carlos Robinson, Roberto Robaina a Felipe Pérez Roque y Carlos Lage Dávila. Algunos como Domínguez y Robinson estuvieron tras las rejas varios años.

Hoy, Luis Orlando es dueño de un negocio de dulces y buffet para fiestas y bodas en el reparto Flores, al oeste de La Habana. Robaina, luego de caer en desgracia, se dedicó a pintar lienzos y administra un café de tapas en el Vedado.

El ex canciller Felipe Pérez Roque y el viceministro Carlos Lage, apartados del poder en 2009, laboran en puestos administrativos de poca monta.

Fueron hombres de confianza de Fidel Castro, pero cuando el autócrata cubano se jubiló, en una nota oficial publicada en el diario Granma, los recriminó en duros términos.

“La miel del poder por el cual no conocieron sacrificio alguno, despertó en ellos ambiciones que los condujeron a un papel indigno. El enemigo externo se llenó de ilusiones con ellos, traicionaron la revolución cubana”, expresó Castro.

De acuerdo a estas fuentes, demostrar ambición política y pretender aspirar a ser presidente del país es visto como algo desleal.

“En las estructuras políticas occidentales, competir por la presidencia es habitual. Pero en Cuba eso es una falta que puede resultar muy grave. Para escalar posiciones debes ser dócil y aparentar una lealtad mayúscula a los líderes históricos, Fidel y Raúl Castro”, aclara uno de los funcionarios.

No pocos opositores sospechan que la muerte de Laura Pollán y Oswaldo Payá Sardiñas fue urdida por la policía política. Pero quizá haya más preguntas sin respuestas de antiguos personeros del régimen fallecidos en circunstancias oscuras.

José Abrantes, ministro del Interior, murió de un infarto en una cárcel al sur de La Habana. Rosa María Abierno Gobín y Eduardo Díaz Izquierdo, encartados en la Causa No. 1 de 1989 (que sentenció a muerte al General Arnaldo Ochoa y otros tres oficiales), fallecieron de cáncer.

El legendario Manuel Piñeiro, alías Barbarroja, cerebro gris de la subversión guerrillera y grupos urbanos clandestinos en América Latina, perdió la vida la noche del 11 de marzo de 1998 tras impactar su coche contra un árbol.

Cuarenta días después del incidente de tráfico ilegal de armas desde Cuba a Corea del Norte, el domingo 25 de agosto en un accidente de tránsito moría el General de División Pedro Mediondo, Jefe de la Defensa Antiaérea y Aviación (el buque norcoreano Chong Chon Gang interceptado en el canal de Panamá transportaba misiles antiaéreos y dos cazas de combates Mig-21 camuflado bajo 250 mil sacos de azúcar prieta).

“Si eres disidente puedes ser golpeado y parar en la cárcel. Pero si el asunto por el cual se cae en desgracia dentro del aparato estatal es grave, entonces eres hombre muerto”, señala un militante del Partido jubilado.

Cuando en el futuro se abran los archivos secretos del Departamento de Seguridad del Estado se sabrá cuánto hay de ficción y cuánto de realidad.

Iván García

Foto: Tumba de José Abrantes en el Cementerio de Colón, en La Habana. Tomada de Flores para el verdugo.

Leer también: "Yo solo sé que tengo miedo"Nota.- En ese trabajo, mi colega Tania Díaz Castro se refiere a Vicentina Antuña y Edith García Buchaca como dos desconocidas en el mundo cultural. Después de 1959 es probable que no todos en Cuba supieran quiénes eran Vicentina y Edith, como tampoco hubieran escuchado hablar de Mirta Aguirre, Graziella Pogolotti, Lydia Cabrera o la dominicana Camila Henríquez Ureña, entre otras. Pero ya desde las décadas 1940-50, ellas formaban parte de la intelectualidad femenina de la isla. También en el siglo XX, en la pedagogía se destacaron María Luisa Dolz, Dulce María Borrero y Carolina Poncet, entre otras, y en la arquitectura, María Elena Cabarrocas y las hermanas Elena y Alicia Pujals, entre otras. Y en la música ni se diga, baste mencionar la Orquesta Anacaona, María Teresa Vera y Zenaida Manfugás. En todas las épocas y en casi todas las profesiones, las cubanas han sido mujeres de vanguardia (Tania Quintero).

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Educación: fraude consentido



Un día antes del examen de Matemáticas, la maestra recalcó con tanto énfasis lo que se debía estudiar para la prueba, que los alumnos captaron el mensaje y desecharon el resto del contenido.

A la mañana siguiente, las preguntas del examen eran iguales a las del repaso. No hay nada nuevo bajo el sol. El fraude académico en Cuba, sobre todo en los grados primarios, secundarios y preuniversitarios, es algo endémico.

Se camufla de diversas maneras. Desde el pago con moneda dura a un profesor, a métodos más sutiles como repasos de última hora, que son respuestas cantadas previas al examen final.

El fraude escolar es una aberración donde la culpa es compartida entre la familia y el régimen. En su intento de demostrar la supremacía de una ideología, el Estado otorgó licencia a los maestros para que, de una u otra forma, promovieran de grado a todos sus alumnos.

“En los años 70 y 80, incluso en la actualidad, un profesor que no promoviera a más del 95% de sus estudiantes era mal visto. Lo políticamente correcto era que el 100% de tu aula pasara de curso. Y con notas de sobresaliente. Ese monstruo creció. Tapábamos las deficiencias con poco rigor académico. Ya no recuerdo las veces que entré al aula durante un examen y le soplé todo el contenido a mis alumnos. Esas aguas han traído estos lodos. La calidad del estudiantado, incluyendo el universitario, está en su peor momento”, cuenta un antiguo profesor de Geografía reconvertido en taxista particular.

Un documento audiovisual independiente, realizado hace tres años, dejaba en evidencia carencias elementales entre los cubanos nacidos después de 1959. En el material, ubicaban al muro de Berlín en Australia. No podían situar en un mapa a Brasil. O desconocían la fecha en que cayeron los próceres más importantes de Cuba.

La enseñanza dogmática de la Historia, con un acento especial en Fidel Castro y una visión encartonada de José Martí, ha provocado que esa asignatura sea una de las más aborrecidas entre los estudiantes cubanos.

“Es que te cuentan las hazañas de Martí, Maceo o Fidel como si fuera un filme de Superman o Batman. Nos enseñan a memorizar fechas y contar los sucesos o batallas como dice el libro o como el profesor desea. No puedes analizar los hechos según tu apreciación. Todo es muy mecánico”, dice Josuán, alumno de décimo grado.

El régimen se ha enfrascado en una cruzada para frenar el fraude escolar, la violencia verbal y las groserías urbanas. “Se pierden horas en reuniones y cursos pedagógicos, analizando cómo superar o mejorar la calidad académica, pero jamás se toca un asunto clave: mejorar el salario de los maestros”, señala una profesora de secundaria.

Los salarios miserables han provocado deserciones a granel. Muchos docentes prefieren ser maleteros en un hotel, hacer pizzas en una cafetería privada o vender frituras de harina, donde ganan cinco veces más que dando clases.

Solo en La Habana hay un déficit de cuatro mil maestros de primaria y secundaria. Para tapar el parche, prepararon educadores en cursos exprés. Un orgulloso Fidel Castro los denominó ‘maestros emergentes’. En la calle la gente les colgó el mote de ‘maestros instantáneos’.

“Lo principal es que no tienen vocación. Además de su deficiente preparación, súmale los métodos pedagógicos desfasados”, señala Osvaldo, profesor jubilado. Sergio es maestro emergente. Se enroló en el magisterio para escapar del Servicio Militar. “Opté por la pedagogía para no vestirme de verde. No hay incentivos para educar en este país. Los bajos salarios y escasa vocación impiden revertir la situación”.

Zoila, maestra de primaria, considera que para frenar el fraude académico consentido debe darse mayor autonomía al profesor, perfeccionar los contenidos de estudio y que los maestros mejor preparados den clases en la enseñanza primaria. “Es en primaria donde se forjan los futuros profesionales. En Cuba la pirámide está invertida. Los mejores profesores dan clases en la universidad y los peores en la primaria”.

En las calificaciones también influyen los regalos hechos por los padres. “Uno los categoriza. Si te dan cosas de calidad, como un ventilador o dinero, el trato es exquisito y siempre al alumno se le da el máximo en las notas”, confiesa una profesora.

Un estudiante cuenta que según el rigor del examen, se le paga al profesor. “Puede variar de 5 a 20 cuc. Hay maestros más baratos que otros. Y están los incorruptibles, pero son los menos”.

En 2013, la aburrida prensa oficial denunció un escándalo de fraude escolar en el bachillerato. Los maestros involucrados fueron a parar tras las rejas. Pero la medida ejemplarizante no ha disminuido el negativo fenómeno.

“Por cien pesos (4 dólares), la subdirectora del colegio de mi hija da clases en su domicilio. Lo que ella repasa, a veces sin cambiar una coma, es lo mismo que sale en examen. Yo no lo hago, pero otros padres pagan ese tipo de repaso, que es un fraude sutil”, comenta Sandra, ama de casa.

Aunque la actual ministra de Educación, Edna Elsa Velázquez ha declarado públicamente su empeño en arrancar de raíz el fraude escolar, la tarea se antoja una batalla utópica.

“Apoyo la tenacidad de la ministra. Pero es un mal afincado y alimentado durante años por el propio Estado. Es luchar contra molinos de viento”, señala una maestra habanera.

Iván García
Foto: Tomada de Martí Noticias.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Robar y mentir, un estilo de vida



Cuando puede, Joel (nombre cambiado) se roba un poco de picadillo condimentado, varias libras de queso fundido y un chorro de aceite vegetal en la pizzería estatal donde trabaja.

No solo carga con alimentos que después revende en el mercado negro. Otras cosas también caben en el saco. Tubos de luz fría, un rodillo de madera o una caja de papel carbón para mecanografiar. Lo que se ponga a tiro se lo lleva para su casa.

Estos robos no se hacen al amparo de la noche. Pasado el mediodía, tranquilamente, Joel sale por la puerta principal de la pizzería con un surtido variopinto en su mochila.

Pero no solo el arte de robar al Estado se ha convertido en una regla de oro en la isla. Igualmente mentir, adulterar cifras y prometer una producción imposible de cumplir.

Y, créanme, Joel no es un mal tipo. Buen padre, amigo y esposo ejemplar. Cuando se le pregunta si se considera un vulgar delincuente, muy serio, te mira a los ojos y responde que no.

Las argumentaciones y pretextos para justificar las sustracciones no caben en un texto periodístico de 730 palabras. “Robar en un centro donde se elaboran alimentos o en almacenes del Estado forma parte de una ley no escrita. Casi todos lo hacen. Un simple trabajador se lleva unos kilogramos de lo que puede. Un jefe intermedio hace miles de pesos robando y adulterando cifras de producción. Un jefe superior de nivel municipal o provincial tiene tanto dinero como desee. Es una cadena de ladrones y corrupciones”, dice un ex chofer del sector de comercio interior.

La gastronomía estatal es un antro de delincuentes de cuello blanco. Una especie de cartel mafioso. Han montado una auténtica maquinaria de producir billetes para su beneficio a costa de robarle al Estado y al consumidor.

“Cada semana, le hago llegar un sobre con 600 cuc al director de mi empresa. Eso me sirve como protección ante las inspecciones y auditorías”, comenta un gerente.

Todos los administradores, gerentes y jefes superiores de gastronomía, centros de producción, turismo o almacenes estatales, son miembros del partido comunista. No roban para dañar el sistema o por motivos ideológicos. Al contrario. Es el disfuncional Estado verde olivo el que amamanta esa caterva de sinvergüenzas.

Para Reina, ama de casa, "no solo es un delincuente aquel que destripa una vaca para vender su carne. También deben ser juzgados los funcionarios que han dejado morir de hambre más de 50 mil reses en los últimos dos años".

Una amiga de Reina añade: "Y los jefes del partido y poder popular que prometen a miles de familias con viviendas en peligro de derrumbe, como la mía, que el 'caso será estudiado’ y llevan veinte años burlándose de nosotros".

Y ni qué decir sobre la alta jerarquía. Se pueden editar varios tomos con las mentiras y promesas incumplidas por los líderes de la Revolución.

"En 1970, Fidel Castro prometió que tendríamos tanto queso y leche como Holanda. Tendríamos tanta carne de res, papa, malanga y plátano que nos convertiríamos en exportadores", recuerda Anselmo, profesor retirado.

"Nunca nos dijo que cada familia podría tener un auto ruso. No. Era mejor y más sano tener una bicicleta china. Pero sí en tono radiante prometió que hiciéramos un espacio en casa, para albergar a una vaca enana que nos daría leche fresca", señala Rebeca, peluquera.

Mentir y prometer es política de Estado en Cuba. También incumplir los tratos comerciales con otras naciones. No pagar las deudas. Y engañar a empresarios extranjeros.

De lo que se trata es de valores cívicos perdidos. Además de deshonestos, un gran número de cubanos son expertos en saquear al erario público. Incluso cuando se marchan del país, siguen con sus prácticas aberrantes. Sin rubor, un habanero radicado en Miami, a varios amigos nos contaba cómo roba electricidad sin pagar un centavo.

En una lista de la Interpol aparecen decenas de cubanos afincados en Estados Unidos que han estafado al Seguro Social o el Medicare. Ninguna persona digna puede sentirse orgullosa de ese tipo de comportamientos.

Mentir, defraudar y robar es ya patológico para no pocos compatriotas, dentro y fuera de la isla. Pero si Fidel Castro engañaba al pueblo desde una tribuna, o ser miembro del partido es una escalera para acceder al pillaje, qué se puede esperar del resto de los ciudadanos.

Robar y mentir se ha convertido en algo más que un estilo de vida para muchos en Cuba.

Iván García
Foto: Tomada de El Ciudadano, Chile.