lunes, 25 de julio de 2016

Razones de un viajero para no volver a La Habana



Viajar a La Habana con el propósito de pasar unos días en familia o entre viejos amigos de la infancia, se está convirtiendo cada vez más en una decisión que acarrea la inversión de elevadas sumas de dinero y el padecimiento de “grandes dolores de cabeza”.

El primer escollo que debe sortear el viajero se presenta en el Aeropuerto Internacional de Miami, al momento de integrarse a una interminable cola repleta de personas que, por lo general, exceden el límite de peso exigido por las autoridades aduaneras en Cuba, pero que las compañías de vuelos chárter en el sur de la Florida permiten “siempre y cuando paguen los clientes” por las libras extras.

De acuerdo con las regulaciones vigentes “hasta la fecha” (es útil la salvedad entre comillas porque las normas cambian con frecuencia), cualquier pasajero puede llevar consigo 55 libras de efectos personales para su uso: ropa, calzado, artículos de tocador, aseo, perfumería y bisutería, definidos genéricamente como Misceláneas.

Pero también el viajero puede entrar a Cuba con 11 libras de regalos para familiares y amigos, entre ellos confecciones, zapatos, artículos de tocador, aseo, perfumería, bisutería, productos para el hogar y alimentos. Aparte, se le permiten 22 libras de medicamentos, que deben transportarse en un equipaje independiente.

Sin embargo, esas disposiciones solo las cumplen muy pocos viajeros, por lo cual en ese primer escenario que enfrenta el pasajero en la cola, el común denominador es observar dos o más bultos por persona, que deben ser forrados con película plástica o 'rapeado', como se dice en el argot popular, para evitar robos que, según la aduana cubana, “hoy son menos frecuentes, pero posibles”.

Después de media hora o cuarenta y cinco minutos, en el mejor de los casos, y ya frente al buró que atienden empleados entrenados para dar órdenes, usando un tono de voz alto e impositivo, el pasajero encuentra ante sí el segundo gran problema. Si la agencia que le vendió el boleto de viaje le informó que pagaría 1 dólar por cada libra extra a partir de las 44 que habitualmente permiten las compañías chárter, esto no siempre resulta una verdad verdadera.

La temporada del año en que se viaje determina el valor a pagar por las libras de más, que oscila entre 1 y 4 dólares por unidad. En días de baja afluencia de viajeros o meses como abril y agosto, el valor puede variar de 1 a 2 dólares. Pero en Navidad y fin de año, por ejemplo, una libra extra puede llegar a costar hasta 4 dólares, según estimaciones extraoficiales. Cabe precisar que ninguna entidad ejerce control sobre estos precios.

Pero si el pasajero piensa que sus problemas están resueltos, emerge una tercera talanquera. Por cada bulto, maleta o equipaje de más de 20 libras, el cliente -a estas alturas ya obstinado- recibe otra noticia que le toca directamente el bolsillo: por cada pieza de su equipaje grande, debe pagar 10 dólares, que se suman a los 20 pagados por unidad en los pequeños negocios de forraje, estratégicamente situados en los alrededores de los mostradores que atienden viajeros con destino a Cuba, en el Aeropuerto Internacional de Miami.

El paso siguiente es someterse a los rigores de los controles de seguridad, a través de la puerta G. Después de casi quedar desnudo, algunos mostrando sus medias de marcas reconocidas (que nadie tiene en Cuba), el pasajero se ve obligado a esperar el avión asignado en una sala atiborrada de gente quejándose del calor. Los únicos espacios donde la temperatura es más agradable son los baños, pero el mal olor ahuyenta a los sudorosos pasajeros.

En el marco de este cuarto suplicio nace un quinto, que se ha convertido en una constante. Casi por regla general, los vuelos a Cuba nunca salen a tiempo. Aunque las conexiones aéreas directas entre Cuba y Estados Unidos aún no están permitidas oficialmente, las compañías Envoy Air, Sun Country Airlines y Swift Air ofrecen de dos a tres vuelos chárter diarios entre Miami y La Habana, con serios problemas en el cumplimiento de los horarios.

La sexta contrariedad surge a 30 mil pies de altura, y aunque algunas personas lo consideren un tema tonto, decenas de vidas corren peligro por la barrera del idioma. La mayoría de los pasajeros son cubanos que solo hablan español, y a duras penas saben decir Yes, pero las instrucciones de cómo afrontar una emergencia, los auxiliares dentro del avión las brindan en inglés. Otros mensajes, como los del capitán cuando se aproxima a La Habana, también se dan en inglés.

El vuelo de menos de 45 minutos, en el que solo algunas veces reparten un minúsculo vaso de refresco, le significa al usuario entre 329 y 399 dólares. En temporada alta ha llegado a tener un valor de 429 dólares. La buena noticia es que los precios de los tickets entre Miami y La Habana podrían bajar, con la entrada de la aerolínea American Airlines, que proyecta unos diez vuelos diarios hacia territorio cubano desde Miami y otras ciudades de Estados Unidos.

En la Terminal 2 del Aeropuerto Internacional José Martí se reanudan las molestias para el pasajero, sobre todo para el que lleva cinceladas en su mente las palabras rumba y gozadera. En ese establecimiento aeroportuario, por donde desembarcan los aviones procedentes de Estados Unidos (pasajeros que para el régimen son “gusanos”, y así los tratan), solo operan dos esteras para el equipaje, pero en el típico clásico comunista, alrededor de 40 empleados de la aduana atienden a los viajeros, esperando favores en dinero o en especie.

El séptimo trastorno ocurre cuando somete su equipaje de mano a las máquinas de rayos X, en la primera inspección de la aduana cubana. Además de las 55 libras de efectos personales y las 11 libras de regalos, es permitido ingresar dos teléfonos celulares y una tableta electrónica o, en su defecto, un computador portátil. Quienes no conocen estas restricciones reciben multas onerosas como, por ejemplo, 30 cuc por cada aparato celular extra (a partir de cinco son objeto de decomiso) y 60 cuc cada tableta, aparte de la permitida.

El paso siguiente es esperar el equipaje grande. Según testimonios recogidos entre los viajeros frecuentes, es el momento de mayor tensión. No obstante, ese octavo escollo se puede catalogar como circunstancial: algunas veces el equipaje llega completo, pero otras no, sin que nadie brinde una explicación satisfactoria. Algunos pasajeros alegan que “algunos bultos no llegan porque traen otros que se quedan en Miami de vuelos anteriores”.

Luego de sortear el noveno obstáculo, el pasajero podrá salir de la terminal aérea. Cuatro o cinco horas antes, desde el segundo puesto de inspección de la aduana, se puede ver a las personas que detrás de unas vallas metálicas, esperan por los suyos.

Ya para ese momento, la tensión se ha agudizado. Los empleados de la aduana conceden algunos 'privilegios' a los yumas (extranjeros), a quienes se les permite una mayor cantidad de equipaje, que deben declarar y pagar “por valoración”. A un yuma, un bulto extra puede significarle alrededor de 100 dólares, pero al cubano o les decomisan el equipaje adicional o por cada uno debe pagar entre 150 y 200 dólares.

Finalmente, el pasajero abandona el aeropuerto. Familiares o amigos han ido a recogerlo en un “almendrón” y al salir del estacionamiento la tarifa es de 3 cuc. Si decide irse en un taxi estatal, y su destino final es Miramar, el pago será de 20 cuc.

Cualquiera de las dos opciones, no lo exime de dirigirse a una casa de cambio, a cambiar dólares por pesos cubanos convertibles, cuyo valor establecido por el régimen es de 15 centavos por encima del circulante estadounidense.

En este instante, es probable que el pasajero tenga diez razones para no querer regresar más a La Habana.

Daniel Castropé
Diario las Américas, 27 de abril de 2016.
Leer también: Escenas cubanoamericanas; Entrar a Cuba con una 'ayudita' y La maleta.
Foto: Terminal 2 Aeropuerto de Boyeros.

jueves, 21 de julio de 2016

Emigrar, el futuro de muchos en Cuba


No le pregunten a Nadiezda, 23 años, estudiante universitaria, sus valoraciones sobre el VII congreso del partido comunista o si cree posible que algún día en Cuba se pueda implementar un socialismo próspero y sostenible.

Una sonrisa socarrona es su respuesta. “Por mí que se queden con el país. Lo razonable, sobre todo para los jóvenes, es emigrar. Cuando me gradúe pienso marcharme. No sé si temporal o definitivo, pero lo seguro es que me voy”, señala sentada en un café en las inmediaciones del Parque Central de La Habana.

La ola de migratoria en la Isla no se ha detenido. Ni siquiera después del 17 de diciembre de 2014 con el restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos, dos adversarios de la Guerra Fría. Ni tras la brillante oratoria de Barack Obama en el Gran Teatro Alicia Alonso de La Habana, el 22 de marzo de 2016.

Al contrario, ha cogido más fuerza luego de escuchar los planes delirantes del régimen, de planificar el futuro de la nación hasta 2030 desde una sala refrigerada en el Palacio de las Convenciones.

Es un drama. Solo hacia Estados Unidos, más de 70 mil cubanos se marcharon de su patria en 2015. Cerca de 22 mil lo hicieron de manera legal, ordenada y segura. El resto, a como diera lugar.

En balsa o recorriendo cinco mil kilómetros desde Centroamérica hasta la porosa frontera sur estadounidense, para luego aplicar con la Ley de Ajuste, recibir bonos de comida y algún dinero hasta obtener trabajo y establecerse preferentemente en la Florida.

A la nueva camada de balseros terrestres o por mar no le han confiscado propiedades, tampoco son opositores del régimen. Es una oleada migratoria marcada por la apatía.

Ellos quieren ser personas. Ganar plata y comprar tantas cosas como sea posible, luego de vivir en una nación donde el consumo y el dinero han sido sospechosos para unos autócratas que siguen soñado en un hombre nuevo, antiimperialista, obediente y comunista.

Si usted visita La Habana, converse con la nueva generación y se enterará cómo traman sus planes migratorios. Percibirá su indiferencia en un país que aún mantiene la afiebrada narrativa de consignas huecas y un potente control social.

Jordán es de esos jóvenes. Ya ha gastado el equivalente a 1,600 dólares en su intento por llegar a la 'yuma'. Tres veces probó suerte en esa ruleta rusa que es pretender hacerlo en una precaria embarcación.

No le importó la fatal estadística que uno de cada cuatro balseros es merienda de tiburones. No quiso saber que el Estrecho de la Florida es el campo santo marino más grande de América.

Su meta era llegar. “Las tres veces nos cogió un guardacostas americano y nos viró para Cuba. Siempre he viajado en grupo y en lanchas con motor de petróleo y GPS. Por eso voy a probar suerte por tierra”, apunta Jordán.

Piensa viajar a Guyana y de ahí transitar por vía terrestre hasta un punto de la frontera mexicana con Estados Unidos. Los gastos de sus tres primeros intentos los sufragó con los ahorros que tenía para casarse.

Ahora tiene un capital mayor. “Vendí mi moto en 6 mil fulas. Pienso viajar con once o doce mil dólares. A la cuarta va la vencida”, comenta.

Ninguno de los miles de cubanos jóvenes (y no tan jóvenes), que tienen planes de emigrar quiere saber de enrolarse en la disidencia ni apostar por la democracia dentro de Cuba.

“Tú estás loco, nagüe. Esos tipos de los derechos humanos no van a lograr nada. Pa’ tumbar a estos viejos hay que tirarse pa’l monte. Con marchas y gritos ellos no van dejar el poder. Yo me voy echando. El último que quede, que apague la farola del Morro”, expresa Sergio, oriundo de Bayamo, ciudad a 700 kilómetros al este de La Habana, y quien a mediados de mayo espera volar a Canadá con un contrato de trabajo.

Nadiezda no se ve viviendo en la Isla en los próximos cinco años. “Mis abuelos y mis padres se sacrificaron por una revolución que les prometió una vida digna y los ha dejado tirados en la cuneta. Yo no soy masoquista. No puedo vivir en un país donde el futuro es un dilema. Me da igual que Raúl Castro siga en el poder o venga uno nuevo. No le hice caso a la mierda que hablaron en el congreso del partido, tampoco la que sale en el Granma. En la Isla se quedarán los viejos, los obstinados y los locos”.

Mientras la sociedad envejece aceleradamente, el gobierno hace planes grandiosos con vistas al año 2030. Al parecer, las estadísticas migratorias de 2015 y del primer trimestre de 2016 poco les interesan.

Debieran importarle. Por el camino que vamos, Cuba será un gigantesco asilo de ancianos.

Iván García
Video: Boris Larramendi y Habana Abierta en Asere, qué volá.

lunes, 18 de julio de 2016

La Habana ya no es tan elegante



Los aseres del barrio son el oráculo perfecto, la guía, los pitonisos del ahora, ellos llenan la noche con sus humos y sus palabras cargadas de doble sentido o de sinsentido.

La Habana ya no es nada elegante, de hecho, es barriotera, orillera y, además, sobrevive como puede, es una tipa de esas que tiene su negocio y nada más le interesa, es una mujer con rolos y desaseada que mete su chanchullo en medio de este gran solar que somos todos nosotros.

Nada elegante resultan los balcones de Centro Habana, desde donde te lanzan lo mismo una brujería que un cubo de orines, hay que andar desconfiado, con miedo, lleno de aprensiones, porque los aseres tienen la verdad absoluta, ellos sí que conocen el país, ellos sí que nacieron para este momento.

Andar por Centro Habana es como coger un bus a través de la selva oscura, adentrarse en la jungla, correr el riesgo de quedarse detenido entre tanta amenaza, tanta frase soez, tanta gente que te mira como si no fueras, como si no debieras, como si no existieras. Puede costarte caro ripostar un insulto, defenderte de un empujón en el P 12, hacerte el recto y acudir a tu hipotética sarta de principios éticos.

No vale tampoco transformarte en un asere, hacerte el guapo, pintarte ni formar lío, no vale que le pongas el bafle a ellos que nacieron con el bafle puesto, a ellos que conocieron esta Habana del pi al pa, que te pueden arrastrar, arrollar, despingarte.

Sí, descojonarte y no pagarte, cogerte pa eso, porque no perteneces a la selva, no tienes el pedigrí del orín cayendo por la escalera del solar, no hay en ti un sudor genuino que huela a los baños del estadio Latinoamericano, no, nada eres, ni pudieras serlo aunque te esfuerces y digas que renuncias a tu pueblo de provincia, que asumes la militancia capitalina y centrohabanera, aunque te fumes un cacho de marihuana y te hagas el machote y aletees como un gallito, nunca serás un asere. Olerás a mierda, a pobre, a emigrado.

Los aseres lo definen todo. Los aseres son como brujos. Los aseres están bendecidos por cábalas chabacanas, pero ciertas. Son los aseres quienes sobreviven, mientras tú te diluyes en ese mar sin mar que es Centro Habana, mar de murallas moribundas, de viejas que no mueren, de chismes que trascienden eras, de gente irrompible, de gente rompible, de gente rota.

La Habana no es nada elegante y, sin embargo, lo parece, Habana asere, Habana muralla derruida, Habana que se pierde y encuentra, Habana que te vende un cacho de marihuana a las tres de la mañana y tú escupes y hallas que el humo de la droga no es como en las películas y descubres que no eres el ganador de esas películas, aunque tu vida sea una película de esas de las peores.

Habana emigrante, llena de aseres, donde ya quisieras tú ser otro asere de ésos, compartir el portal, el quicio, sentarte en short a las tres de la tarde, hablar de la bolita, del país, de la mala suerte, de la buena suerte de unos pocos, del malecón, del 94, del vecino, de la situación (aunque ellos la nombren la cosa). Habana que se te diluye, vieja chocha y lúcida, tramposa, lívida, leve.

Los aseres tienen la razón, La Habana no es para nadie, no aguanta a nadie, no se entrega, hay que buscarla, lucharla, hasta que se seque el malecón, no es novia ni puta de nadie, no tiene formalidades, nada la define, no la puedes entrever, se ve difusa en los calderos de santería, ninguno la adivina aunque muchos la predicen, Habana a punto de explotar, Habana que si estornuda acaba con el país, Habana inestable, gritona, jinetera, jinete de la historia, altar del Capitolio, gentuza ilustre.

Los aseres tienen razón, la poseen, la dejan a la deriva, la tiran de carnada en el malecón.

Habana que no es la de Lezama ni la de Cabrera Infante, ni el sueño lejano de Martí frente al mar de rocas. Habana que no es el bastión elegante de Julián del Casal, donde los diarios ya no hablan de pedrerías y poetas suicidas, donde los diarios no hablan.

Habana que padece el Síndrome de Estocolmo, Habana-colmo, Habana-polvo de cocaína.

Breve Estocolmo que se enajena en un invierno caluroso, en una temperatura artificial, vieja frazada del Caribe que buscan los turistas en medio de opíparas copulaciones, en medio de orgiásticas griterías en medio de la calle Reina, donde un travesti te da la bienvenida, mundo ramplón, mundo mudo que no cesa de gritar.

Los aseres tienen la razón, los aseres son los pitonisos, la élite, los sobrevivientes, los papirriquis, los que se quedaron, los tipazos, los duros, ellos son y tú sientes que no eres, que nunca fuiste, que no serás. En fin.

Frank Simón
Havana Times, 21 de abril de 2016.
Foto: Vista de La Habana. Tomada de Cuba, una república marginal.

Leer también: La espiral de Guacarnaco, cuento inédito de Canek Sánchez Guevara.

jueves, 14 de julio de 2016

El "disidente" Fidel Castro


A veces los extremos se tocan. Parecía improbable que un día, políticos estadounidenses, algunos de origen cubano, se sentaran en la misma mesa con una pandilla de talibanes que pretenden erigirse como guardianes de la fe de todos los residentes en la República de Cuba.

En el duelo dialéctico, que motiva a observar con anteojos desde un palco, un impresentable Donald Trump luce liberal ante la retranca política en uno y otro lado del Estrecho de la Florida.

En la narrativa política siempre existe un peligro latente: perder el sentido de la realidad. Y eso está pasando ahora mismo. Según todas las encuestas en Cuba y en Estados Unidos, una mayoría se decanta por relaciones respetuosas y negocios entre ambas naciones.

Se supone que los líderes políticos y de opinión, de cualquier tendencia, estén al servicio público y no al revés. Pero en el sutil juego de ajedrez después del 17 de diciembre de 2014, ya comienzan a erigirse -y enquistarse- barricadas.

La autocracia castrista intenta vender una imagen victoriosa después de sus conflictos de la Guerra Fría con 'el imperialismo yanqui'. Es el primer escollo. Si se va a dialogar proclamándose ganador de antemano, la negoción se intoxica.

Claro que el régimen verde olivo tiene legítimas propuestas al colocar a debate el embargo, la devolución de la base militar de Guantánamo o sus peticiones de indemnizaciones económicas.

Lo otro son perretas. Si sienten demasiado orgullo y consideran que no deben rebajar su dignidad ni su status quo, Estados Unidos no tiene por qué sentir complejo para exponer su vocación por la democracia y el respeto a los derechos humanos, tal como ellos lo entienden.

Programas para fortalecer a los emprendedores privados y la débil sociedad civil cubana, no son injerencistas cuando se hacen a la luz pública. La añeja autocracia también despliega su habilidad diplomática y de influencia en territorio 'enemigo' de acuerdo a sus intereses estratégicos.

Lo bueno de un clima de distensión es que todos pueden sentarse a discutir y exponer de manera civilizada sus posiciones. Lo malo es excluir a diversas facciones o ignorarlas. Y en ese terreno Cuba pierde. A ninguna organización en favor del levantamiento del embargo, se le impide hacer lobby político en Estados Unidos.

Ni a Arturo López-Levy, Edmundo García o Engage Cuba, los servicios especiales estadounidenses los acosan o reprimen por emitir sus criterios distintos. En la Florida ya no hay coches bombas destinados a la Alianza Martiana o el diario Progreso Semanal.

En esta partida de póker, los hermanos Castro ceden debido a su intolerancia. La oposición en la Isla no tiene poder de convocatoria (cómo van a tenerla si legalmente están prohibidos) ni un proyecto de gobierno razonable en su agenda. Pero tienen derecho a existir y manifestarse pacíficamente.

En Cuba no existen organismos especializados en encuestas y preocupaciones ciudadanas. Por ello, las percepciones para un periodista o comunicador se basan en las charlas callejeras. Y sí, la mayoría de los cubanos ve con buenos ojos el nuevo trato y sintonizan con el discurso e imagen del presidente Barack Obama.

Es un hecho real: debido a casi seis décadas sin instituciones democráticas, prensa libre y tribunales independientes -sumado a una presentación agresiva del aparato difusor del gobierno hacia la oposición-, los cubanos de a pie anteponen sus reclamos económicos, salariales y sociales, a los de corte político.

El panorama después del 17D ha traído a un nuevo protagonista al debate que con sus propuestas disienten del discurso oficial. Tras la fumata blanca con el enemigo, se notan los costurones y las diferencias.

También las vacilaciones e inacciones. Al parecer, Raúl Castro se conforma con establecer relaciones diplomáticas con Estados Unidos y apoyar algunos negocios con empresas estatales.

Es evidente que al gobierno de La Habana no le agrada la teoría de empoderar al trabajador privado. Por tanto, no ha autorizado ninguna medida que les permita crecer dentro de un marco jurídico apropiado y con autonomía para importar desde puertos estadounidenses.

Entre los talibanes criollos, despierta recelo cualquier negocio en el campo de la informatización con empresas líderes estadounidenses. Las propuestas de Google les suenan a alarma de combate.

El ala conservadora y timorata del partido comunista controla los medios oficiales y la propaganda política. Los que apuestan por avanzar, incluso dentro de los preceptos nacionalistas o marxistas, solo utilizan plataformas digitales, lo que rebaja su resonancia popular debido al limitado número de internautas en el país.

Y en medio de ese intercambio de ideas apareció Fidel Castro. Legalmente es un estadista jubilado. Pero su liderazgo histórico entre sus partidarios lo convierte en una especie de padre de los dioses.

La palabra de Castro siempre pesó más que la ley. Fue estratega ganadero, mariscal en la guerra civil africana, meteorólogo en jefe y director de una supuesta revolución energética.

Aunque parezcan disparatadas, sus opiniones son ucases, o un llamado al silencio para los más atrevidos en las filas revolucionarias.

Lo grave no es que escriba una delirante reflexión, intentando minimizar el impacto del discurso que Obama dirigió a los cubanos desde un teatro habanero. Lo preocupante se encierra en una línea. Cuando expresa que Cuba no necesita regalos de Estados Unidos.

De un plumazo, el comandante único se carga olímpicamente las opiniones populares y los criterios favorables al deshielo iniciado el 17D.

Dos son los escenarios posibles. O la nueva carga al machete de Fidel Castro tiene más de farol que de política oficial. O, el ex mandatario con su libelo, marca una matriz de opinión a seguir y un retroceso estratégico en las negociaciones entre Cuba y Estados Unidos.

Su aparición fue calculada. Un jarro de agua fría para los optimistas que vislumbraban, tras el discurso de Obama, un nuevo impulso al intercambio entre los dos países. También un cortafuegos en el VII Congreso del Partido Comunista, donde se apareció el último día y con voz temblorosa leyó unas palabras.

Las intromisiones de Fidel ponen al desnudo ciertos titubeos en el gobierno de su hermano Raúl, que sigue cancaneando con el motor en baja. Según varias personas consultadas, la estrategia de Obama ha creado fisuras dentro del establishment isleño.

Ahora el cubano de a pie se pregunta, si no se necesita para nada al vecino del norte, por qué entonces se negoció el restablecimiento de relaciones diplomáticas y comerciales.

Por esta vez, Fidel Castro ha coincidido con sus oponentes, aquellos disidentes que tildan la nueva situación como un contubernio entre Barack Obama y Raúl Castro.

En cualquier bando donde militen, los duros siempre terminan por dinamitar las esperanzas.

Iván García
Foto: Fidel Castro en la clausura del VII Congreso del Partido Comunista de Cuba, en el Palacio de las Convenciones de La Habana, el 19 de abril de 2016. Tomada de Telemundo.

lunes, 11 de julio de 2016

Cuba, la esquina caliente



No le faltó humor a Raúl Castro cuando en el VII Congreso del Partido Comunista advirtió: "Estados Unidos tiene dos partidos: demócrata y republicano, igual que nosotros, Fidel dirige uno y yo el otro". Tras los últimos prometedores acercamientos, tomó distancias de su vecino americano y no hizo mención ni a la pubertad informática en que se encuentra el país ni a sus remedios.

A sus 84 y 89 años, se emplearon a fondo con intervenciones made in Castro, "lo peor que puede hacer un revolucionario es quedarse cruzado de brazos" y, con tintes de despedida, clausuraron el último cónclave en que participa la llamada "generación histórica", la que protagonizó la insurrección contra la dictadura cubana que apoyó Washington.

Hace años, en el Parque Central de La Habana, a la sombra de las 28 palmeras reales alusivas al día en que nació Martí, la gente, discute libremente sobre béisbol, el deporte nacional. Observar a los cubanos ejerciendo así la libertad de expresión -aunque acotada al mínimo deportivo- es insólito para cualquier extranjero.

A esas reuniones las llaman "la esquina caliente" y ahí los aficionados discuten, entre risas y gritos, sobre sus equipos, las decisiones de los árbitros y sus jugadores. Sin duda, si la discusión fuera sobre política, al instante los hubieran encarcelado. Discuten desde los tiempos duros de la cartilla de racionamiento, que el eufemismo local denomina "libreta de abastecimiento".

Ahora, en parques y en algunas esquinas, por ejemplo, La Rampa, -en la céntrica calle 23, quizás la arteria principal de la capital- se ve a mucha gente, con su teléfono móvil en la mano, tratando de conectarse a internet. Buscando wi-fi (guai-fai dicen en perfecto inglés) para comunicarse con la familia o, simplemente navegar por la red, previa compra de la tarjeta de Etecsa, la empresa de telecomunicaciones de Cuba, por dos dólares la hora (casi un 10% del salario mensual promedio).

Podría parecer poco, pero para un cubano que no ha tenido la posibilidad de comprar un teléfono móvil, hasta anteayer, poder acceder al exterior supone abrirse por partida doble a un universo de ensueño. Para los estándares del mundo desarrollado, la velocidad de conexión (tecnología 2G) va a pedales. Sin embargo, para el que no ha podido comparar es ultrasónica. Ya se sabe, dicen "las cosas del Palacio -de la Revolución, en este caso- van despacio".

Solo un 5% de los cubanos tiene acceso a la red por lo que empiezan a proliferar iniciativas, surgidas en los últimos años, como el "Paquete semanal". Consiste en la distribución de un terabyte de material digital -series de televisión, películas, revistas o publicaciones online descargadas- en el mercado clandestino, como sustituto del internet de banda ancha. Su distribución es ilegal, pero el gobierno lo tolera porque no contiene material "subversivo", sino más bien de entretenimiento. La entrega -en forma de disco duro externo- se efectúa los lunes, a domicilio o en un punto de recogida, que puede ser la parte trasera de un almacén de telefonía móvil.

Aunque insuficiente para los jóvenes, hambrientos de banda ancha, el Paquete no deja de ser un primer paso. El gobierno critica el contenido banal de muchos de los programas incluidos, pero su mayor preocupación es que este material se escapa a su control, pues no puede ser sometido a la censura, al circular de mano en mano.

Así las cosas, en 2014 puso en marcha una alternativa, Mi Mochila, para enfrentar "la chabacanería y lo banal" y frenar la proliferación de materiales potencialmente críticos con el régimen castrista. Esta iniciativa que incluye contenidos seleccionados por el gobierno, compite mal con el Paquete debido a su pobre distribución, la desconfianza de los usuarios y el poco dinamismo de las instituciones, que mantienen estancado el proyecto.

En una reunión con estudiantes, Miguel Díaz-Canel -en la parrilla de salida para suceder a los Castro, confirmado en este congreso como número tres- se refería a la Mochila, de la que los jóvenes pasan olímpicamente, de forma realista: "Es verdad que tenemos carencias, pero hace más de dos años en la intranet del Ministerio de Educación están las cien mejores películas de la historia del cine".

Cuando la turista española Glenda estuvo en La Habana, en enero de 2016, tuvo muchas dificultades para conectarse por WiFi. Tras comprar una tarjeta para tener acceso buscó, a duras penas, la conexión desde un parque donde había muchos cubanos haciendo lo mismo.

Hay verdadera hambre de comunicación con "el exterior". Llama la atención que se pueda acceder a la prensa extranjera lo que, hasta cierto punto, es una democratización del país, a través del éter.

Ahora mismo, aún cuando hay muchas libertades cercenadas, se puede decir que la de información está permitida. Cuando esto se generalice quizá podamos hablar del principio del fin, pues las primeras brechas que tuvo el régimen cubano, se abrieron cuando, después de muchos años de prohibición de llamadas y cartas, de los cubanos con los extranjeros y con los cubanos que se habían ido a vivir desde principios de la Revolución a Estados Unidos, se autorizó por primera vez los viajes a Cuba de la llamada "comunidad". Se trataba de los primeras visitas de cubanos de Miami a la isla, lo que permitió muchos reencuentros de familiares que llevaban años sin verse y sin poder hablar.

Volver a cerrar la cortina informativa va a ser muy difícil. Es cierto que internet en Cuba tiene un bajo número de conexiones y un ancho de banda limitado, censurado y de alto costo. El soporte tecnológico impide una masificación de los servicios en el sector residencial y el wi-fi público -que carga o descarga, más o menos, un megabyte por segundo- ha aumentado el acceso de los cubanos a la red y les ha permitido hacer vídeo-charlas con sus familiares que viven en el extranjero.

La ironía de los escépticos no repara que Cuba es el único país del mundo por dimensión y cultura, que puede dar el salto a lo digital sin transiciones. El potencial y avidez de sus jóvenes -si fueran impulsados por estímulos de libertad- produciría una explosión económica, para lo que solo necesita acceso a internet y redes de comunicaciones (ahora inalámbricas, muy fáciles de construir).

Y podría llegar a duplicar su PIB anual, durante algunos años. Aunque WhatsApp, Skype y YouTube estén todavía prohibidos, si las cosas no se tuercen y con la ayuda de Google -que ha instalado un centro tecnológico en La Habana, desde el que ofrece acceso gratuito a la red, a una velocidad de conexión superior a la que provee el monopolio estatal, eso si, con la contraseña revolucionaria "aquinoserindenadie"- la banda ancha podría llegar a convertirse en la punta de lanza que enerve el embargo.

Como ocurrió con la caída del Muro de Berlín en 1989, los finales apuntan siempre a lo mismo: la cotidianeidad es imparable y se cuela por todas partes.

Luis Sánchez-Merlo
El Español, 21 de abril de 2016.
Foto: Wi-fi en La Habana. Tomada de NBC News.

jueves, 7 de julio de 2016

El virus Obama


En La Habana hubo personas inmunes al virus Obama. Jorge, taxista clandestino, es uno de ellos. Desde hace quince años, vive de lo que se cae del camión.

“He vendido cemento por la izquierda, ropas traídas de Ecuador y carne de caballos que se matan en los campos cubanos. Nunca le he trabajado al Estado. Ahora manejo este cacharro (auto) para buscarme unos kilos. Pero en los días de la llegada de Obama, el dominó se me trancó”, señala sentado en el capó de un Moskovich de la era soviética.

Jorge fuma un cigarrillo tras otro y explica por qué deseaba que Obama se largara pronto en su Air Force One.

“Men, ¿tu sabe cuánta gente aquí vive del invento? Ahora mismo no puedo botear pa’l Vedado o la Habana Vieja, por la cantidad de policías regados en la ciudad. Muchas calles cerradas y controles por donde quiera. A mí, ni las muelas (discursos) de Obama ni Raúl Castro me iban a resolver los pesos para mantener a mi familia”, confiesa.

Raisa, copropietaria junto a su esposo Carlos de la paladar San Cristóbal, en San Rafael entre Lealtad y Campanario, Centro Habana, bien pudiera ponerle una vela a San Obama.

“Después de su visita, el negocio marcha mejor que nunca. La cena de la familia Obama ha arrastrado a muchísimos clientes, cubanos y extranjeros. Todos quieren saber que comió y cuanto nos dejó de propina”, explica.

Carlos, el esposo de Raisa, es un chef de alto vuelo. Fue uno de los más 200 empresarios estatales y emprendedores privados que en la tarde del lunes 21 de marzo se reunieron con Obama en el Antiguo Almacén de la Madera y el Tabaco, hoy sede de una cervecería, en la Avenida del Puerto, frente a la Alameda de Paula, Habana Vieja.

Raisa dijo a Radio Martí que el presidente pidió Solomillo sazonado al estilo cubano y la primera dama, Tentación habanera, una variante de las fajitas mexicanas. "Carlos y yo los atendimos personalmente. Obama pagó de su billetera. Ojalá que su visita permita levantar las barreras entre los dos países”.

Yulia, jinetera, cuenta que no se quiso perder el paseo de los Obama por la Habana Vieja. “Desde el balcón de la casa de una amiga vimos pasar a Obama, su esposa, las dos hijas y la suegra, con sus paraguas, porque estaba lloviendo. A mí el prieto me cae bien, aunque esos días, con tantos policías y segurosos, tuve que estar quitada del bisne”.

Gregorio, vendedor de discos piratas en el Vedado, considera que el gobierno de Castro no debiera desaprovechar la oportunidad de su visita. “Asere, a Estados Unidos le da igual tener negocios o relaciones con Cuba. Nosotros somos los que salimos más beneficiados”.

A la mayoría de los entrevistados no les agradó la descortesía del gobierno, de no recibir a Obama por todo lo alto. “Raúl debió recibirlo en el aeropuerto. Si yo hubiera sido Obama hubiera dado la vuelta y me hubiera ido”, comenta un vendedor de periódicos.

Andrés, bebiendo cerveza en la paladar Jared de la calle Zanja, no cree que esa visita traiga beneficios a los cubanos. "El problema no es Obama, es el gobierno cubano que no tiene intención de cambiar”.

En el antiguo hotel Universitario, actualmente destartalado, en 17 entre L y M, Vedado, Oscar, cantinero, opina que "este niche está escapao. Prestigia a nuestra raza. Aunque no es cubano, me siento orgulloso de él. La manera cómo se desenvuelve, relajado, siempre con buen rollo, sonriente... Es un tipo chévere”.

A Diorbes, trabajador de un mercado agrícola, durante la visita de Obama, Raúl Castro le pareció más dictador que nunca. “En ningún país democrático un presidente puede decir que le muestren una lista y que por la noche libera a los presos políticos. Es un ejemplo de que Raúl y Fidel hacen en Cuba lo que sale de los cojones”.

Elizardo Sánchez Santacruz, opositor al frente de la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional, sí se tomó muy en serio la propuesta de Raúl Castro. “Se hicieron todas las gestiones posibles para que esa lista llegara a manos del gobierno. Estamos hablando de unos 80-90 presos políticos, algunos con muchos años de cárcel”.

El ex prisionero político Ángel Moya, esposo de Berta Soler, líder de las Damas de Blanco, cuenta que el 21 de marzo, al día siguiente del arribo de Obama, lo detuvieron a él a Berta y a una docena de Damas de Blanco. "¿De qué cambios estamos hablando? El régimen jugó con Obama. Siguió la represión y la falta de libertades políticas ha continuado".

Lo cierto es que por esos días, el presidente de Estados Unidos se robó el show en La Habana. En las esquinas, atestadas paradas de ómnibus y colas en la panadería, muchos días después se continuaba hablando de su visita. Con excepción del taxista Jorge. Fue de los pocos inmunes al virus Obama.

Ivan García
Video: Discurso pronunciado por Barack Obama el martes 22 de marzo de 2016 en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso.