viernes, 22 de mayo de 2015

La Habana subterránea



Ni siquiera con suficiente moneda dura en su billetera, Ramsés pudo comprar pescado fresco, queso blanco y latas de atún de mil gramos en una cadena de tiendas por divisas.

“Un socio me llevó a la casa de un tipo que vende pescado de primera. En otro sitio compré yogurt, 12 libras de carne de res de primera, diez jabones Camay y dos tubos de pasta dental Colgate. Todo a mejor precio que en la tiendas del Estado”, cuenta Ramsés, mientras bebe una piña colada en un bar particular al oeste de La Habana.

El activo mercado subterráneo es oscilante. Existen etapas de vacas gordas y otras de escasez. Pero siempre regresa el comercio en negro, donde los precios se corrigen por las leyes ciegas de la oferta y la demanda.

Llamémosle Pedro. Él accedió a contar para Diario Las Américas cómo funciona el negocio clandestino de pescados y mariscos. También me presentó a varios personajes pintorescos que se dedican al juego ilegal, buscadores de oro, venta de alimentos, drogas y ropas de marca.

Para tipos como Pedro, la palabra de un hombre vale más que un contrato legal. “En este mundo las cosas se mueven por las relaciones. Más importante que el dinero es tener buenos contactos. Con solo mirar a un hombre a los ojos me doy cuenta si es serio y puedes hacer negocio”.

Pescadores legales e ilegales, administradores de almacenes estatales u hoteles de turismo figuran entre sus contactos. "Tengo cuatro neveras y suelo comprar de 600 a 700 libras. El precio oscila. El pargo, la cherna y otras especies con cabeza, los compró a 8 pesos la libra. Y los vendo a 25 pesos. Los pescados más cotizados, aguja, dorado, castero y atún o mariscos como la langosta y camarones o la caguama, los compro entre 30 y 35 pesos la libra, según la época del año. Después los vendo a 60 pesos o su equivalente en pesos convertibles. No vendo al menudeo. Tengo clientes de paladares y restaurantes estatales con mucha afluencia de turistas que cada quince días me compran 300 o 400 libras”.

En ocasiones, alquila una camioneta y personalmente viaja a comprar en lugares costeros, donde adquiere grandes cantidades. "Otras veces me lo traen a la casa. A los dueños de embarcaciones de pesca también les suelo comprar. La parte más riesgosa es la de transportar la mercancía hasta la capital. Tengo una licencia de pescador deportivo que me permite trasegar con 50 o 60 libras de pescado como cherna o pargo. El trasiego de mariscos y pescado de alta gama es ilegal. Los camuflo en la camioneta, pero los puntos de controles policiales y las patrullas de carretera son muy hábiles en detectar ilegalidades. No por honestidad, si no para ganar un dinero con los sobornos. Pesan el vehículo y así detectan cuando uno carga más kilogramos que el declarado. Tengo buenos contactos con oficiales de la policía. Mientras más estrellas en la charretera, más seguridad te ofrecen. En el entorno policial y de la inspección estatal la corrupción es amplia. Es un mundo podrido”.

Muchos de los artículos que Pedro necesita no siempre los paga en efectivo. “Con los socios dedicados a la venta de pollo o carne de res hago trueques. Igual con las personas que venden aseo o ropas. En este negocio, como en cualquier otro, es fundamental tener dinero suficiente, tres mil pesos convertibles o más”.

Uno de que 'bisnean' por la izquierda y no pagan impuestos al Estado, vive al final de un pasillo estrecho, en un barrio marginal de la ciudad. En ese mundillo, un periodista es tan intrusivo y molesto como un investigador policial.

“Es casi lo mismo. No te meten en una celda, pero en sus escritos dan pistas a la policía”, dice desconfiado. Veinte minutos me costó convencerlo que suelo enmascarar bien las historias. “Ni fotos, ni grabadora”, aclara.

“Empecé haciendo negocios con anticuarios. Compraba oro, libros de valor, óleos de artistas plásticos cubanos bien cotizados. No puedes imaginar la cantidad de funcionarios involucrados en esos negocios. Todo sale por el aeropuerto, hacia Europa o Miami. También hay extranjeros que por su cuenta compran oro y clandestinamente lo sacan por vía aérea. Era muy arriesgado, por eso decidí apostar al seguro y tratar directamente con los funcionarios corruptos. Estuve una temporada preso por traficar con dólares y chavitos falsos. Ahora me dedicó al negocio de los alimentos, materiales de construcción, venta de ropa y electrodomésticos. Mi premisa es la seriedad, rapidez y confianza”.

Explica que con el boom de los emprendimientos privados, la gente quiere materiales de construcción de primera calidad. Y debido a la perenne escasez y altos precios, los particulares compran la comida por debajo del tapete. "Es muy difícil que alguien pueda prosperar si tiene que adquirir los insumos a precios minoristas y, encima, pagar elevados impuestos. Al contrario del Estado, que vende sin facilidades de pago, yo vendo a plazos. Cuando existe confianza mutua, el cliente me paga por partes, sea un televisor de plasma o cien sacos de cemento”.

Al igual que en cualquier barriada habanera, encuentras recogedores callejeros de la popular lotería ilegal conocida como 'la bolita'. Y si usted busca placer no es difícil encontrarlo. En una vivienda donde cuelga un cartel del CDR, una señora tararea una canción. Deja de cantar y en un susurro dice: “Hoy me entró yerba de la buena".

También ofrece ron Santiago, cerveza Heineken más barata que los mercados estatales y chicas por 20 cuc. Es la otra Habana. La subterránea. Donde todo se lucra y la simulación política se mezcla con los negocios sucios.

Iván García

Foto: Tomada de Vuelven las trapishoppings.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Así vieron a Cuba ocho fotógrafos de la revista Life

Calle de La Habana, 1938. Thomas D. Mcavoy, Life.

Tranvías habaneros, 1944. Gerge Skadding, Life.

Familia campesina, 1944. George Skadding, Life.

Embajada de la Unión Soviética en La Habana, 1945. Ed Clark, Life.

Personal al servicio de una familia habanera rica, 1946. Nina Leen, Life.

Partido de béisbol en el Stadium del Cerro, 1951. Mark Kauffman, Life.

Panorámica de La Habana en 1958. Joseph Scherschel, Life.

Prado y San Rafael en enero de 1959. Grey Villet, Life.

Vista de la Base Naval de Guantánamo en enero de 1961. Dmitri Kessel, Life.

lunes, 18 de mayo de 2015

La muerte puede ser un negocio


En una carpintería en Bejucal, municipio de la provincia Mayabeque, al sur de La Habana, los sarcófagos se amontonan en un cuarto sin ventanas, rodeados de aserrín y rollos de telas negra y blanca, a la espera de que la empresa de servicios funerarios pase a recogerlos.

“Son de pésima calidad. La peor madera. Al igual que la tela para recubrir los ataúdes y los enchapes. Cuando se cargan las cajas vacías, tienes que moverlas con cuidado, porque madera se agrieta con cualquier golpe. Como hay déficit de cristales, le ponemos un pedazo de acrílico en la cabecera”, comenta un obrero.

Los servicios funerarios en Cuba son administrados por el Estado. Según Caridad, ama de casa, los problemas van más allá de no poder elegir un sarcófago de calidad.

“Hace una semana falleció mi padre. Aquello fue tremendo. Desde la ambulancia, que demoró tres horas para trasladarlo de la casa al hospital y luego otras dos horas para llevarlo a la funeraria. En la funeraria de Santa Catalina y Luz Caballero -en la barriada habanera de La Víbora- no había ni café. Las coronas que ofertan los establecimientos del Estado tienen las flores marchitas y están confeccionadas de forma chapucera”, cuenta Caridad.

Existen otras opciones, más caras. Alberto, dueño de una paladar en Arroyo Naranjo, en las afueras de la capital, desembolsó alrededor de 180 cuc en los trámites funerarios de un familiar.

“Compré un ataúd hecho por un carpintero particular, me costó 65 cuc. Y gasté 90 cuc en alquilar autos, comprar comida a los parientes, 10 cuc al empleado de la funeraria que maquilló al difunto y a los sepultureros les di 15 cuc para que me colocaran una jardinera con flores y cuidaran que no ultrajen el cadáver”, confiesa Alberto.

La prensa independiente ha reseñado varios casos de hurtos de osamentas humanas en cementerios, utilizadas en oficios religiosos. “Los paleros a cada rato vienen. Aunque a veces escudándose en la noche, se roban los huesos. O le pagan a los custodios, ellos ganan 300 pesos, y por 10 o 20 ‘chavitos’ les da lo mismo el muerto que sea”, cuenta un trabajador del Cementerio de Guanabacoa.

En el villorrio de El Calvario, en el desvencijado cementerio local, el sepulturero cosecha calabazas en una zanja al fondo del camposanto. “Hace tiempo que no hay entierros. La venta de calabazas le reporta una entrada extra de dinero”, dice un vecino.

En La Habana se ha puesto de moda incinerar a los fallecidos. Existe un solo crematorio, en Guanabacoa. “Cobran 300 pesos (alrededor de 16 dólares). Es un proceso rápido e higiénico. Después depositan las cenizas en un recipiente, que puedes guardar en tu casa, esparcirlas en el mar u otro sitio preferido de la persona”, explica Darién, quien guarda las cenizas de su madre al lado de su cama.

En un artículo publicado en el semanario provincial El Artemiseño, la periodista Yudaisis Moreno, se mostraba sorprendida por el comentario de un trabajador del servicio funerario, donde planteaba que “la estimulación salarial dependerá de poder enterrar unos 50 cadáveres cada mes”.

La reportera suponía que era una broma. Pero no lo era. Moisés Leonardo Rodríguez, periodista independiente, publicó una nota en Cubanet donde confirmaba que en el Cementerio del Mariel, la empresa funeraria local premiará salarialmente a sus trabajadores si efectúan 34 exhumaciones o entierros mensuales.

En Cuba sobreviven varios empleos estrafalarios como rellenar fosforeras, fabricar quinqués o forrar botones, pero en 56 años de autocracia verde olivo la defunción, como la vida, siempre fueron administrados por el Estado.

Ahora con las tímidas reformas económicas del general Castro hasta la muerte se puede negociar.

Iván García

Foto: Empujando un carro fúnebre en Cabañas, Artemisa. Tomada de Cubanet.

viernes, 15 de mayo de 2015

Cuba, paraíso del aborto


Un día después de la pasada Navidad, Daniela le pidió una semana de vacaciones al dueño de la empresa donde trabaja en la Florida. Le dijo que necesitaba realizar varias gestiones personales.

Reservó un billete aéreo con destino a La Habana y en el hospital Hijas de Galicia, en la barriada de Luyanó, le hicieron un aborto. “Solo tengo 22 años y estaba embarazada de dos meses. Aun no tengo seguro medico en Estados Unidos y por eso decidí hacerme el aborto en Cuba. Es el primero que me hago. Mi prima me consiguió los contactos”.

Cuarenta dólares deslizados subrepticiamente en un bolsillo de la bata blanca de la doctora y un bolso repleto de comida y juguetes para sus hijos, agilizaron la intervención quirúrgica.

Un ginecólogo habanero confiesa que a su consultan suelen acudir cubanas residentes en Estados Unidos para interrumpir sus embarazos. "Probablemente lo hacen a escondidas de su familia o porque resulta más barato y seguro hacérselo en Cuba. Por debajo del tapete te dan 50 dólares, a veces o más, depende de su nivel de vida".

La Isla se ha convertido en un auténtico paraíso del aborto. Según la última Encuesta Nacional de Fecundidad, un 21 por ciento de las mujeres cubanas de entre 15 y 54 años ha tenido al menos un embarazo que acabó en un aborto provocado o en una regulación menstrual.

Cuba presenta altas tasas de infertilidad femenina y una de sus causas es la práctica del aborto como método anticonceptivo desde edades tempranas, advirtió José Peláez, experto del Grupo Nacional de Obstetricia y Ginecología en la prensa oficial.

El aborto voluntario, que es legal en el país, constituye un problema de salud pues "se está utilizando por los jóvenes como método anticonceptivo, regulatorio de la fecundidad. Te encuentras pacientes que han tenido tres y hasta seis interrupciones (voluntarias del embarazo)", indicó el especialista.

Carlos, sociólogo, considera que no se puede soslayar el papel asumido durante años por el Estado, en su intención de sustituir a la familia.

“Esa política promovida por Fidel Castro de becar a niños y adolescentes alejados de sus padres, fue la semilla germinal de muchos fenómenos que vemos ahora, como la pérdida de valores o la promiscuidad sexual. Entonces adolescentes con 13 o 14 años practicaban el sexo, fumaban o bebían alcohol. Y crecieron los abortos y embarazos indeseados”, subraya el sociólogo.

Liudmila, trabajadora social, afirma que “los medios oficiales, ocupados en la propaganda política, nunca hicieron una campaña efectiva para que se practicara un sexo seguro. Solo después que a fines de los 80 irrumpiera el SIDA en Cuba, se comenzó a trabajar en esa dirección. También la extensa crisis económica que atraviesa el país es clave para que las mujeres no deseen tener hijos y decidan abortar".

La Isla exhibe un elevado índice de envejecimiento poblacional. Para 2025, el 30% de la población tendrá más de 60 años. El déficit de viviendas obliga que hasta tres generaciones diferentes tengan que convivir bajo un mismo techo.

Y está el fenómeno creciente de la emigración. Pregúntenle a Tamara, dependiente de un café por moneda dura, por qué no desea tener hijos en Cuba.

Mirándote a los ojos responde: “Con un salario de 489 pesos es imposible constituir una familia. Además, vivo en un cuarto con mis padres, mi abuelo y dos hermanos. No hay cama para tanta gente. Tendré un hijo cuando me vaya de este país. Si sigo aquí, no tendré ninguno”.

Yanisset, empleada de una farmacia, lamenta haber abusado del aborto. “Me hice cinco. Luego tuve dos embarazos ectópicos y ahora no puedo tener hijos. Es muy difícil ser mujer y no poder ser madre”.

Octavio, ginecólogo de experiencia, percibe que un segmento amplio de mujeres desconocen los perjuicios que provocan el aborto. “Cada día hay más pacientes jóvenes en mi consulta. Algunas con cuatro meses de embarazo ponen en peligro sus vidas”.

Sheila, 17 años, tiene turno en un hospital de ginecología y obstetricia del Vedado. “Es mi segundo aborto. No tengo miedo, te ponen anestesia y no sientes nada. Es rápido y sin complicaciones”.

En una mochila, le lleva un sandwich de jamón y un litro de refresco al médico. Y el bolsillo de su jean, un billete de 10 cuc. Aún no ha decidido si dárselo antes o después del aborto.

Iván García

Foto: Estatua a la entrada del Hospital Hijas de Galicia con una singular historia. Pese a los numerosos monumentos que en Cuba enaltecen el amor maternal, los abortos se han convertido en algo cotidiano en la Isla.

Leer también: Cuba: sobredosis de abortos, publicado en 2007 en este blog.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Memoria recortada


Hace cinco años, con alegría recibí la apertura al público de los archivos de LIFE. Es que fue una de las revistas más cercanas en mi infancia. Como en mi blog he contado, estudié inglés en cursos gratuitos impartidos a partir de las 6 de la tarde, en la misma escuela donde hice la primaria, la Escuela Pública No. 126 Ramón Rosaínz, situada en Monte y Pila, Cerro.

En todos los estanquillos vendían revistas americanas. Aunque eran baratas, mi padre no me podía dar todas las semanas 0.20 centavos para comprarme una LIFE u otra de las muchas publicaciones en inglés, para que practicara el idioma.

La solución la tuvo mi madre. Habló con Fermín, carbonero nacido en Asturias, propietario de una pequeña carbonería en la esquina de Zequeira y Romay. Para envolver el carbón, a Fermín la gente le llevaba periódicos y revistas, entre ellas LIFEy National Geographic Magazine. Él las iba separando y una vez por semana yo pasaba y las recogía. Otro surtidor de revistas era Castell, chofer de un camión de Lindsay, una de las grandes lavanderías y tintorerías habaneras.

Castell era muy amigo de Delia, portuguesa que vivía en el primer piso de nuestro edificio, y quien se ganaba la vida alquilando a parejas uno de los cuartos de la casa, para discretos encuentros amorosos por unas horas o una noche. Ese tipo de negocios era tan frecuente en La Habana de mi infancia como el de las "cantinas", personas que se dedicaban a preparar comida y repartirlas a domicilio, en cantinas (envases) de aluminio.

Nunca vi la mujer con la cual todas las semanas Castell se acostaba: lo que recuerdo es que con Delia me dejaba revistas, de las que iban a botar clientes a los cuales recogía ropa sucia y se la llevaba lavada y planchada. Su zonas de recorrido eran el Vedado y Miramar, y entre ellas estaban dos de mis favoritas: Good Housekeeping, que aún se publica, con el mismo perfil y Lana Lobell, catálogo de modas por encargo, ya desaparecido.

Aprendí a recortar en el Kindergarten, a donde solían ir los niños a partir de los 3-4 años, antes de empezar la enseñanza primaria. Más que pintar y colorear, me gustaba recortar y pegar. En las quincallas, por 5 centavos, uno compraba un paquetico con una veintena de papeles de colores. El pegamento podía ser una pasta blanca sólida, para untar con el dedo o un pequeño pincel, o líquido, carmelitoso, en un frasco de cristal con una goma que tenía una abertura, para no ensuciarse las manos.

El Kinder lo hice en una escuela pública que había en Monte entre San Joaquín y 10 de Octubre, muy cerca de la Esquina de Tejas y donde después de muchos años, ya ruinoso el local, pusieron una de esas tiendas dedicadas a vender chucherías por divisas.

A los 5 años me inscribieron en la Ramón Rosaínz, seis cuadras más arriba, cerca del Mercado Único o Mercado de Cuatro Caminos, su nombre popular. En la Rosaínz comencé en el Pre-Primario, como entonces se le decía al Pre-Escolar. Cuando uno terminaba ese grado, ya prácticamente sabía leer, aunque la lectura se consolidaba en el Primer Grado.

En mi infancia, existían asignaturas que luego fueron suprimidas de los planes de estudio en las escuelas primarias, como Moral y Cívica, Música, Dibujo, Ortografía, Caligrafía, Trabajo Manual, Corte y Costura y Economía Doméstica.

Luego de hojear las revistas que Fermín y Castell me regalaban (y leer lo que a esa edad me podía interesar), recortaba las fotos y dibujos que me pudieran servir para pegar en las libretas, y las guardaba en una caja, distinta a la de los recortes destinados a jugar con las "cuquitas" o paper dolls, esas muñequitas de cartón con vestiditos de papel.

Igualmente recortaba y coleccionaba fotos de ropa, viviendas, artistas y países, para con mis amiguitas jugar a la casa y el vestuario que nos gustaría tener o el artista y país que nos gustaría conocer... cuando fuéramos grandes!

Para ese juego nunca recorté fotos de alimentos: éstos los guardaba para ilustrar clases relacionadas con la nutrición y recetas de cocina. Según los parámetros de entonces, pertenecíamos a la "clase baja", o sea, éramos pobres.

Pese a nuestro limitado presupuesto familiar, nunca dejé de desayunar, almorzar, comer y merendar dos veces al día. Tampoco recorté jabones ni productos de aseo: hasta el cubano más humilde podía por pesos comprar una pastilla de jabón Camay o Palmolive para bañarse, o de Oso o Rina para lavar la ropa.

Tania Quintero

lunes, 11 de mayo de 2015

Vuelven los apagones



Desde noviembre de 2014, con el pretexto de la sustitución de cables, transformadores y postes del servicio eléctrico, gradualmente han aumentado los apagones en La Habana.

En la barriada de Lawton, al sur de la ciudad, los cortes eléctricos son cotidianos. “La gente lo entendió en un principio. Cada 21 días quitaban la luz durante 9 o 10 horas porque estaban cambiando los postes. Pero han pasado cinco meses y ahora los apagones, a pesar de las renovaciones, son más frecuentes. Una vez por semana, entre 8 y 10 horas. Pero también por la noche, causando molestias debido al intenso calor”, comenta un vecino.

El 28 de marzo, hubo cortes a intervalos desde las 11 de las mañana hasta las 5 de la madrugada. “Eran apagones de media hora o veinte minutos, pero se repetían constantemente. Ésos son los peores, pues los electrodomésticos, aires acondicionados y computadoras que no tienen protectores de voltaje se pueden averiar”, señala un residente en la calle Carmen.

Según la Empresa Eléctrica las fallas en la generación no son por déficit de combustible, como se rumora en la calle, sino por problemas técnicos. ¿Cómo es posible que después de hacer reparaciones a fondo eso suceda?, pregunté por teléfono a una especialista de la empresa.

“Algunos arreglos no han tenido la calidad requerida y han provocado problemas de voltaje en las líneas. Estamos trabajando para reparar esos fallos”, respondió de forma lacónica.

¿Y quién responde por las averías en refrigeradores, computadoras y aires acondicionados de las personas afectadas por las diversas interrupciones?, indagué.

“No es un asunto nuestro. En las tiendas venden protectores para los equipos”, contestó y colgó el teléfono.

Es cierto. En las tiendas por divisas se ofertan varios modelos de protectores para equipos eléctricos y electrónicos. Pero a un precio que oscila entre 11 y 33 cuc.

El salario promedio en Cuba es de 20 pesos convertibles. Jubiladas como Lidia, 76 años, devenga una ridícula pensión de 198 pesos, alrededor de 9 cuc. Debido a fallas en el voltaje y apagones constantes, se le averió el refrigerador Haier, fabricado en China, que el Estado le vendió en 2007 a cambio de entregar un añejo Philco de mediados del siglo XX.

“Por ese aparato chino debo pagar, a plazos, 6 mil pesos (unos 250 dólares). Todavía lo estoy pagando de mi pensión. El Haier me ha salido malísimo. Se ha roto dos veces por problemas en el condensador. Después, la junta de la puerta no cerraba. Ahora, debido a los apagones, se fastidió de nuevo. Los funcionarios de la empresa eléctrica dicen que ellos no tienen la culpa. ¿Pero cómo puedo comprar un protector con una pensión de 9 chavitos?”, se lamenta Lidia.

Los apagones en Cuba son una marca registrada de la casa. Después que Fidel Castro se hiciera con el poder en enero de 1959, diseñó una estrategia para electrificar toda la nación.

El 94% del país está electrificado. Es la buena noticia. La mala, que los cortes de luz, en una isla tropical donde la humedad, el calor y los mosquitos abundan, generan malestar en la población.

En los años 60, 70 y 80 los apagones eran parte inseparable del folclor nacional. Pero el caos llegó a partir de 1990. Con el período especial, un autentico estado de guerra sin el rugir de los cañones, los cortes en la electricidad se intensificaron.

Doce horas diarias. Daniel, 47 años, profesor universitario, recuerda: “Eran alumbrones. Por las noches, para poder dormir, tirábamos una colchoneta en la azotea del edificio. En el verano era un drama. Por eso entiendo a los jóvenes que se lanzaron en balsa en 1994, intentando llegar a la Florida”.

A finales de los 90 y hasta 2005, los grandes apagones menguaron. Aunque no del todo. El Estado los programó. Cada barrio tenía tres cortes de luz semanales, de cuatro a seis horas. La agenda de apagones salía publicada en los periódicos provinciales. La crispación social estaba a flor de piel.

Bajo el nombre de Revolución Energética, Fidel Castro diseñó un plan. Renovó las centrales eléctricas, para que funcionaran con el pesado diésel cubano sobrado de azufre. Montó cadenas de plantas eléctricas portátiles para casos de emergencias.

Sustituyó viejos artefactos electrónicos por modelos más modernos. Y se comenzaron a sustituir postes de madera de las décadas 1940-50, por pilotes de concretos. El tendido eléctrico se fue renovando.

Han pasado diez años del inicio del proyecto y aun se trabaja, a paso de tortuga, en la renovación de la red eléctrica. El problema no es por déficit de petróleo. Venezuela canjea por médicos y asesores más de 100 mil barriles diarios de petróleo. Cuba, según reportes internacionales, vende el 30% en el mercado mundial.

Una fuente de todo crédito señala que debido a la crisis que vive Venezuela desde la primavera de 2014, se ha recortado la entrega de petróleo a Cuba.

“Ahora la cifra ronda los 65 mil barriles diarios. Y el gobierno sigue vendiendo su cuota del 30%. No creo que la causa de algunos apagones, que son más frecuente fuera de la capital, sea por falta de combustible, pues ahora se utiliza diésel nacional y hay nuevas plantas que combinan el petróleo con el gas. Es más un problema tecnológico” argumenta la fuente.

Los recientes apagones en La Habana han disparado las alarmas. Los vecinos de Lawton se preguntan si los frecuentes cortes de luz obedecen a una directriz estatal o son accidentales. Es que en Cuba los apagones, como los almendrones, ya forman parte del paisaje.

Iván García

miércoles, 6 de mayo de 2015

La cruz de Celia



Los habitantes de San Juan y los turistas que visitaban la capital de Puerto Rico, estaban fascinados al ver cómo surgían pedazos de La Habana de los años centrales del siglo pasado en cualquier esquina de la zona vieja de la ciudad.

Siguieron las rutas de un Buick negro y de un Plymouth Special de Luxe descapotables, que allá llaman convertibles, y no se alarmaron cuando constataron que funcionaba una dependencia del Partido Comunista de Cuba en la sede del emblemático cuartel Ballajá.

Era la magia del cine que aprovechaba el parentesco de San Juan y La Habana para que la compañía Fox Telecolombia filmara algunos capítulos de la biografía de la cantante cubana Celia Cruz. Es una serie de 80 capítulos de una hora de duración que recrea la juventud y la carrera triunfal de la artista, fallecida en el exilio de Nueva Jersey en el verano de 2003.

Modesto Lacén es el actor puertorriqueño que desempeña el papel del trompetista Pedro Knight, esposo de Celia Cruz. La actriz Jeimy Osorio interpreta a la cantante.

Los productores del filme destacan que la señora Cruz, nacida en La Habana, en 1925, pasó a la historia como "esa mujer que lejos de su tierra la honró con creces y nos demostró que no hay sueños imposibles. Será un homenaje a quien dejó en alto el ser latino, que nunca pasó inadvertida con sus vestidos de colores alegres, el característico contoneo de sus caderas y una poderosa voz que inmortalizó el inconfundible ¡Azúcar!".

La serie es la historia novelada de la llamada Reina de la Salsa: su infancia habanera, su recorrido como cantante en programas de radio y su éxito mundial. Obtuvo siete premios Grammy, una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood y grabó cerca de 50 álbumes.

Celia Cruz salió de su país en 1960. Dos años después, mientras trabajaba en Nueva York recibió la noticia de la muerte de su madre en La Habana, pero el Gobierno revolucionario de Cuba no le permitió viajar para el sepelio.

La serie sobre su vida se filma en San Juan porque su música todavía está prohibida en su país y los medios oficiales la ignoran. Prefieren que los habitantes de San Juan pasen por el mal rato de tener un local del Partido Comunista de Cuba en su ciudad a ver que llega al malecón Celia Cruz, aunque sea en la piel de una actriz.

Raúl Rivero
El Mundo, 24 de marzo de 2015.

Foto: Celia Cruz y su esposo Pedro Knight y Jeimy Osorio y Modesto Laicén, los actores que le dan vida en la serie.