lunes, 29 de junio de 2015

Base Naval de Guantánamo: ¿volverán los contratos?


En junio de 1898, Estados Unidos ocupó la bahía de Guantánamo y mediante la imposición de la Enmienda Platt lograron que el 23 de febrero de 1903 se les otorgara el arrendamiento perpetuo del lugar, un área de 117,6 kilómetros cuadrados, de los cuales sólo 49,4 están en tierra firme.

Uno de los argumentos más reiterados sobre este tema por los dirigentes cubanos es la presunta ilegalidad del enclave militar. Presunta porque si bien es cierto que la Base Naval surgió debido a una imposición, en 1934 ambos gobiernos anularon la Enmienda Platt y prorrogaron la permanencia estadounidense mediante un nuevo tratado, que reunió todos los requisitos y cumplió las formalidades exigidas por el derecho internacional, no existiendo ninguna causal de nulidad.

¿De qué ilegalidad hablan entonces los comunistas? Cuando se habla del papel jugado por Estados Unidos en Guantánamo, nunca se dice que el poblado de Caimanera existe gracias a la Base Naval ni se mencionan los aspectos positivos que ese enclave militar ha traído para Cuba.

En una entrevista concedida al periódico Juventud Rebelde, el historiador de la ciudad, Eusebio Leal, reconoció que antes de 1959 la Base fue una fuente de empleo para miles de cubanos y caribeños y tuvo una beneficiosa influencia económica. Según sus palabras, en los años 50, aportaba a Guantánamo no menos de 21 millones de dólares anuales, una cifra extraordinaria en cualquier época.

Con posterioridad a 1959 se redujo drásticamente la contratación de personal cubano, que se mantuvo hasta pocos años atrás. En la década de 1990, la Base se convirtió en campamento para los cubanos que se lanzaron al mar durante la crisis de los balseros y en estos 56 años de gobierno comunista, ha sido un refugio seguro para miles de compatriotas.

Las recientes conversaciones entre Estados Unidos y Cuba ha recolocado el tema de la Base en el colimador de los cubanos, sobre todo entre los que vivimos en esta zona del país.

Numerosos descendientes de trabajadores de la Base podrían recibir cuantiosas sumas de dinero que permanecen congeladas en bancos estadounidenses debido al embargo. También se especula acerca de que la Base se convierta nuevamente en una fuente de empleo para los guantanameros, algo que sería muy saludable para una de las provincias más abandonadas y pobres del país.

Entre febrero y marzo de este año, realicé una encuesta a 111 guantanameros. La tercera y última parte estuvo dedicada a la Base Naval. Al respecto, 50 de los encuestados (45.04%) consideraron que la Base ha tenido una influencia económica favorable en la ciudad, mientras 60 (54.05%) opinó lo contrario. Un encuestado prefirió no responder.

Al ser preguntados si desean que los norteamericanos devuelvan la base sin que se produzcan cambios políticos en Cuba, 57 (51.35%) respondieron afirmativamente mientras que 52 (46.84%) desean lo contrario. Dos encuestados no respondieron.

Con respecto al uso que el gobierno cubano le daría a la base en caso de que fuera devuelta por los norteamericanos, 42 encuestados, (37.83%), estiman que sería militar mientras que 58 (52.25%) consideran que sería civil, señalando entre los posibles usos una zona franca, un centro turístico o una zona industrial. Once encuestados no se pronunciaron.

Acerca de si el pueblo de Guantánamo se beneficiaría con la entrega de la base 59 (53.15%) estiman que sí, mientras 47(42.34%) consideran lo contrario. Cinco no respondieron.

De los 111 encuestados, 106 (95.49%) expresaron que la solicitud de mano de obra cubana por la parte norteamericana sería bien vista por los guantanameros. Sólo 3 respondieron negativamente y dos rehusaron contestar.

A su vez, 98 personas (88.28%) se pronunciaron por la contratación directa y libre en caso de que la Base vuelva a solicitar trabajadores cubanos, lo cual demuestra el rechazo hacia las agencias de empleo del gobierno, las que explotan a los trabajadores al apropiarse de gran parte de los ingresos que les pagan las empresas extranjeras. 104 de los encuestados (93.69%) consideran que si eso ocurriera, tendría un impacto favorable en la ciudad de Guantánamo.

Al preguntarles si verían con agrado la visita de los marines yanquis en la ciudad, 67 (60.36%) respondió afirmativamente, mientras que 41 (36.93%) respondieron negativamente y tres optaron por el silencio.

Según una fuente, en días recientes fue aplicada una encuesta similar a ésta en la Universidad de Guantánamo. Los resultados habrían provocado alarma entre los funcionarios del partido, quienes comentaron que el trabajo político ideológico era muy débil allí.

Ojalá que los gobernantes cubanos escuchen los deseos del pueblo y enrumben al país hacia la normalidad y la democracia.

Roberto de Jesús Quiñones Haces
Cubanet, 11 de mayo de 2015.
Foto: 1960. Marines revisan a obreros cubanos después de éstos terminar su jornada en la Base Naval de Guantánamo. Tomada de Wall Street Journal.

viernes, 26 de junio de 2015

¿Se habla español en Cuba?



Mediodía en La Habana. En un portal de la Calzada 10 de Octubre, dos jóvenes, después de saludarse con un beso en la cara al estilo gangsteril y cruzar sus manos como los ñáñigos de una secta Abakuá, charlan sobre lo que hicieron la noche anterior.

“Qué vuelta, aserecó”, saluda un negro alto con peinado estrafalario y un pañuelo de colorines enrollado en su mano izquierda. “Ahí, tirando mi ambia, a ver qué se pega. Oye, lancha, dónde te metiste anoche”, responde el amigo, con un short a cuadros y el torso tatuado.

“Ah, la que formé con Ranger el enmarañao y Robertico cara e mono. Nos tiramos en la disco con una bola de fula a reventar. Compramos dos cajas de tanque, enfory, un poco de polvo y dos tiras de píldoras. Nos espantamos un yayuyo y dos parkisonil por cabeza. El güiro se nos puso a toa mecha. Cuadré una macri, buti, la pinta de la propaganda del refresco de melón. Pero la perra la tiraba de primera. Mitad mujer, mitad tuerca. Tu sabe cómo e'tu paisano. Le metí to'el di tú por la boca. Le di sánzara toa la noche”, cuenta el prieto gesticulando, mascullando las palabras, casi ladrando.

“Yo andaba en un bisne con Titico el babalao. Luego estuve con el Sapo, que salió de la cana, y nos bajamo una pometa de salta pa’ tra. Me enredé con una enyenica que estaba soltá de humo por el capó. Se la tiré en estéreo. Dos de azúcar y tres de café”, alardea el amigo.

La traducción del diálogo, para los cubanos que residen fuera de la Isla hace treinta años, es más o menos la siguiente: Como estás. Bien, mi socio. Ayer estuve con Ranger el abakuá y Robertico cara de mono. Fuimos a una discoteca. Teníamos mucho dinero. Compramos dos cajas de cerveza, marihuana y pastillas. Fumamos una combinación de marihuana y polvo y tomamos parkisonil. Estábamos en las nubes. Ligué una blanca, gordita. En la cama era de primera. Gasté todo mi dinero con ella. Estuve haciendo el amor toda la noche.

La respuesta del amigo, traducido al castellano sería: Andaba en un negocio con Titico. Luego me encontré con el Sapo, que hace poco salió de prisión y nos tomamos una botella de ron de tercera. Ligué una muchacha que estaba muy buena. Lo hice bien en la cama.

Esa conversación, matizada de palabras obscenas, reproduce un cuadro vernáculo y habitual entre los cubanos de a pie , quienes hablan un español ríspido, entrecortado e incoherente.

Es el hombre nuevo que creó Fidel Castro. El tipo de corte y rasga. Pendenciero en la calle, machista y bullanguero. La colección social que no dice Buenos días y no respeta a las mujeres ni a los ancianos.

Según Noel, filólogo, es la cosecha que estamos recogiendo después del delirio político y la utopía de construir una sociedad diferente.

“Fidel Castro quiso tomar el cielo por asalto. El Señor y Señora fueron sustituidos por compañero o compañera. Las reglas de juego que se instauraron, en las cuales el progreso personal dependía del Estado, lo mismo para optar por un televisor que un reloj despertador, provocaron un ambiente laboral de chivatería. Por cualquier cosa, un colega de trabajo, un amigo o un vecino te delataba en instancias superiores. Se enseñó a odiar, al enemigo y al que piensa diferente. Debíamos disparar bien con un AKM. Pero la moral y la cultura quedaron rezagados a un segundo plano. Ahora, alarmado, Raúl Castro quiere rescatarlos. Me temo que es un poco tarde”, dice el filólogo.

Carlos, sociólogo, ofrece otro ángulo del asunto. “Qué se puede esperar de una sociedad donde sus dirigentes convirtieron la marginalidad y la chusmería en un estilo de vida. En las concentraciones la gente coreaba, Nikita, mariquita, lo que se da no se quita. O, Ae, ae, la chambelona, Nixon no tiene madre, porque lo parió una mona. Consignas y discursos oficiales repletos de agresividad e intolerancia no contribuyeron a formar buenos valores. Un país cuyo líder públicamente se ofendió porque el mandatario soviético negoció con Estados Unidos una salida a la Crisis de Octubre, evitando así un holocausto. La chusmería y la mediocridad fueron alentadas por los gobernantes. Desde los actos de repudio a los que se marchaban del país y a los disidentes, hasta los bailables populares y las pipas de cerveza en los barrios”, comenta el sociólogo.

Noel considera que el español que se habla hoy en Cuba está entre los peores de la América de habla hispana.

“Cuando usted oye hablar a un argentino, peruano, colombiano o costarricense, se da cuenta de hasta qué punto los cubanos hemos degradado el idioma. Se pudiera entender que un latinoamericano pobre y analfabeto hablara incorrectamente el castellano. Pero en un país donde el nivel promedio es de 12 grados y hay un millón de graduados universitarios, resulta patético la manera en que un segmento amplio de la población se expresa. Muchos no dominan más de 500 o 600 palabras y las faltas de ortografía abarcan a los profesionales”, argumenta el filólogo.

No pocos en la Isla se preguntan si hablamos español o cubano.

Iván García
Foto: Ernesto Pérez Chang. Tomada de Cubanet.

miércoles, 24 de junio de 2015

Rafa, Neptuno y los discos de vinilo



Para los que no podemos resistir el deseo inquietante de encontrar el disco de vinilo que buscamos, Rafa nos viene que ni pintado.

Esto de los vinilos es algo más que un afán sonoro: no basta guardar en mp3 o wav ésa o aquella grabación memorable, cincuentenaria o más añeja aún: hay que tener ese redondel vinílico en nuestras manos (a veces difícil, a estas alturas); manosearlo, más bien acariciarlo, admirar -o no- su portada o criticar la contraportada por lo escaso de la información que nos aporta, descubrir lo que tiene que revelarnos, necesariamente.

Rafa es el mago regente que no sólo satisface esa especie de búsqueda delirante, sino que, además, nos fideliza en otras locuras melómanas no menos intensas. Siempre está ahí, a mano y dispuesto. Lo digo no sólo por la céntrica ubicación del tugurio donde tuvo necesariamente que recalar con sus discos a cuestas, sino porque Rafa es algo más, mucho más que un simple comprador y vendedor de discos viejos. Rafa puede olfatear, intuir y llegar a sensibilizarse con tu deseo, y también dejarte de piedra, desde su humildad invencible y con voz de susurro, con lo que sabe acerca de los discos.

Rafael Jiménez Cardines es un hombre culto, de modales auténticos, ajenos a la cortesía impostada y excesiva con que te abruman en muchos negocios de escasa data. Economista de profesión, santiaguero de nacimiento y orgulloso de la herencia recibida de su padre, el amor por la música le hace asumir su negocio como una profesión de fe.

Algún que otro escéptico -o no enterado- le ha comentado algo así: “Ya pasó el CD, llegó el mp3 y por el mundo todo está ya en iTunes y Spotify sin necesidad de ningún soporte, sólo un reproductor. ¿Por qué te empeñas en mantener este negocio? ¿Es rentable comprar y vender esos discos viejos?”.

Sin titubear, Rafa responde: “La mayoría de los catálogos de los sellos disqueros más importantes a nivel mundial está ya digitalizada, pero no todo lo que se grabó hace 40, 50, 60, 70 años lo está. Y en el caso de la música cubana, muchísimas grabaciones de los 60 y hasta que se introdujo en Cuba el CD no lo están. No importa el soporte que esté de moda, ni lo que venga más moderno: estos discos siempre se van a vender, en el mundo entero hay tiendas especializadas en su compra y venta, tienen su mercado asegurado en el coleccionismo, la conservación y las investigaciones y también, y -no menos importante-, en aquellos que no sólo ven en el disco negro una fuente de sonidos, sino también un objeto portador de nostalgia, asociado a alguna etapa o a algún recuerdo de sus vidas”.

Y tiene razón. En el transcurso de los primeros 60 años del siglo XX, en Cuba no sólo los sellos discográficos foráneos más famosos (Victor, Decca, Brunswick, Columbia en las primeras décadas y RCA Victor, Seeco, Montilla y otros, después) registraron el curso y la vida de ritmos, cantantes, dúos, tríos, solistas, conjuntos y orquestas que hicieron la música cubana de entonces.

En décadas posteriores surgieron casas discográficas cubanas, con un enorme éxito y una gran responsabilidad en el registro de lo que en esos años ocurría musicalmente en el país: Panart, Puchito, Kubaney, Gema… Y después de 1960 (en un período coincidente con la aparición del casete y hasta la irrupción del CD), el sello Areíto produjo en su inmensa mayoría los fonogramas que salieron en Cuba en formato LP y discos de 48 rpm.

Muchas zonas de esa música cubana permanecen todavía asequibles solamente en un disco negro, ya sea long play (LP) o en placas de 78 y discos 45 rpm. Muchas son las personas que nutren los grupos de coleccionistas o simples melómanos que siguen prefiriendo escuchar esos viejos soportes. Así han impedido la muerte del vinilo, al tiempo que han propiciado su pacífica convivencia con el CD, con los más recientes reproductores y dispositivos de almacenamiento en formato digital y hasta las ya establecidas plataformas de escucha (streaming) y descargas (download) de música.

Aunque a todo -o casi todo- se acostumbra una, la primera vez que fui en búsqueda de los discos de Rafa, me sobrecogió lo que vi no más pararme en el umbral de la tienda Seriozha -tal es el nombre actual de la otrora y probablemente resplandeciente tienda Waterloo, que, con la lejana sovietización de nuestras vidas, quedó rebautizada con tal diminutivo-, destinada por algún designio divino a acoger a los vendedores por cuenta propia que encontraron acomodo en ella sin diferenciar la actividad a la que dedican sus esfuerzos mercantiles.

Cuando entras, luego de sortear tuberías, herrajes sanitarios, artículos de manicure y tocador, útiles de carpintería, hilos y agujas, bisutería barata, piñatas y artilugios para fiestas infantiles y todo lo que puedas imaginar, recorres el pasillo central y al final vislumbras algo diferente: un amasijo polícromo y organizado de discos de vinilo, perfectamente colocados en cajas protectoras que a la vez permiten, con códigos que sólo Rafa conoce, la búsqueda rápida o su resguardo oportuno en previssión de cualquier pérdida, daño o contingencia.

Y junto a ellos, o más bien entre ellos, te recibirá la sonrisa de quien se siente el anfitrión de una fiesta. Rafa reina en Neptuno, y más exactamente en el número 408 de esa calle, entre San Nicolás y Manrique, Centro Habana. Son las señas del micromundo que habita desde las once de la mañana hasta que van llegando las cinco de la tarde y donde ejerce de mago gentil y solícito, adivino previsor y seguro.

A veces hace diagnósticos como si fuera un médico, en su afán de no ofrecer un disco que podría estar dañado o ser inservible. Y aunque no sea su intención, también ejerce de sabio. Conoce como pocos los entresijos de la discografía comercial cubana y maneja con igual rigor sus datos, números oficiales y el anecdotario que los adereza.

Con una memoria de vértigo, Rafa puede decirte cuántas ediciones tuvo aquel disco de Los Van Van, cuáles de los tracks del único disco de Freddy vieron la luz primero en formato de 45 rpm o en qué discos aparece la segunda generación de Irakere. Te aclara la relación de génesis entre Guaguancó Matancero y Los Muñequitos de Matanzas, cuántos vinilos grabó La Sonora Matancera en Cuba, de cuántos fonogramas se compone la discografía de este o aquel cantante, y en qué disco está aquella canción que te gusta tanto y que persistes en hallar.

Sobre la discografía extranjera que circuló en la isla en discos de vinilo, Rafael puede ser una buena fuente. Y lo hace fuera de toda pose, como quien ve natural el manejo de un conocimiento sobre un tema específico. El dominio de su negocio y su promoción desde una responsabilidad loablemente cultural.

Con igual cortesía y pericia lo he visto tratar lo mismo a un melómano empedernido, un simple comprador advenedizo, un vendedor desesperado que a una estrella de Hollywood. Con quienes escribimos e investigamos sobre música se esmera en sernos útil y su ayuda termina siendo de gran valor, lo que, al menos para mí, resulta sumamente meritorio, sabiendo que la compra y venta de discos de vinilo es de lo que vive.

Rafa no es solo un vendedor de discos. Asiste a conciertos y eventos, frecuenta reuniones de coetáneos cuyos gustos musicales son coincidentes y confiesa que, aunque escucha toda la música que se le ponga por delante, de todos los géneros y procedencias, tiene una preferencia muy especial y nostálgica por el rock en español de finales de los 50 e inicios de los 60, citando nombres poco comunes al oído de los que hoy caminamos por La Habana: Luis Bravo, Tony Escarpenter, Luis Aguilé y Jorge Bauer, junto a la música brasilera, los tangos, los corridos de la revolución mexicana, el bolero y la música norteamericana en general.

“Disfruto cuando logro encontrar un disco que sé que es importante para algún cliente. Disfruto cuando, con esmero y paciencia, logro devolverles una imagen aceptable a los que por años permanecieron en la desidia y el olvido de sus antiguos propietarios. Disfruto cuando puedo satisfacer el pedido o la curiosidad de un cliente. En definitiva, más allá del aspecto económico, sé que culturalmente todo eso es importante”, asegura Rafael con total convicción.

Si hay calor o si no hay luz en la tienda Seriozha, Rafa no deja de ser un encantador de serpientes: su conversación te atrapará, le comprarás un disco -o no- y se hará el milagro de que te sientas cómodo entre tanta música prensada, tanta sonoridad prometedora, tanto calor y tanto polvo.

Y en este punto es en el que te invade la convicción de que Rafa y sus discos merecerían un sitio mucho mejor para convivir que la inefable tienda Seriozha. Porque en los predios de Rafa, habita siempre la música, esa que aún tiene muchísimos secretos que revelarnos y que, atrapada en un vinilo, con scratch asegurado, puede acercarnos a sonoridades desconocidas o a otras que, por sabidas, son demasiado amadas como para dejarlas desaparecer.

Por eso, Rafa precisaría de otro sitio para su reino de vinil.

Texto y foto: Rosa Marquetti Torres
Desmemoriados. Historias de la música cubana
20 de abril de 2015

lunes, 22 de junio de 2015

Cosas que viví en La Habana


Estuve en La Habana en 1990, quizá una quincena. Al cuarto de hora de llegar la ciudad era como mi casa, o así me trataban los cubanos. De tú, rápidamente, de compañero, enseguida; fue enseguida como un abrazo caliente, pero no siempre era así. La mayor parte del tiempo el abrazo fue caliente, pero también pude notar el frío.

De aquella experiencia publiqué un texto en El País entonces. Qué tal en Cuba. Al volver, la gente me preguntaba: “¿Qué tal en Cuba?”, y así titulé mi relato de lo que allí había vivido.

Cuba ejerce, ha ejercido, siempre seguirá ejerciendo, una enorme fascinación sobre los que conocen su historia, sobre los que han leído su literatura, sobre los que han vivido allí, sobre los que hayan escuchado contar cómo es de día, de noche y en sueños.

Cuba es una fantasía y también es una realidad triste: lo es para muchos que han sufrido por ser cubanos, o siendo cubanos, y no han podido vivir allí, los que han debido irse, los que no han podido volver, los que viven apenados la falta de libertad para haber sido siempre cubanos y libremente cubanos.

Cuba es un dolor para muchos de los que la aman; cualquier resquicio que la lleve a respirar es también una señal de felicidad, aunque sea pequeña, para los que le deseamos el bien, por su historia, por su gente, por su literatura, por su arte. Por la energía con la que marcó el siglo XX, también en los tiempos oscuros, o sobre todo a partir de los tiempos oscuros. Cómo ese gran lagarto le dio tanto al mundo, de dónde le viene esa pasión, qué artilugio tiene en su ser esa isla para resultar luminosa incluso cuando está apagada.

Siempre me acompaña esa invocación que Guillermo Cabrera Infante, su gran escritor, puso al frente de Tres tristes tigres citando a Lewis Carroll: de qué color es la luz de una vela cuando está apagada. Cuba es la luz de una vela cuando está apagada.

Por esa energía, por todo ello fui a Cuba, acaso para encontrarme de nuevo la atmósfera de aquel libro de Cabrera Infante; pero ese libro luminoso se cerró como una página y ya Cuba vivía en un capítulo distinto de otro libro en el que la luz se había hecho melancolía, rumor del mar habitado por las sombras.

Todo lo que viví allí esos días lo tuve en mi mente durante muchos años, como si no me hubiera ido jamás de la isla; pero la primera decisión que tomé, al irme de Cuba, después de haber visto lo que vi allí, fue la de no regresar, al menos hasta que los ciudadanos que eran como yo, pero eran cubanos, no pudieran hacer allí lo mismo que podía hacer yo.

No era una cuestión ideológica, ni de cualquier otro carácter: era una repugnancia sincera a lo más grosero de la discriminación de los seres humanos en nombre de una omnipresente invocación a las amenazas que el visitante, cualquier visitante, representaba como parte de una conspiración internacional contra la seguridad y la independencia de la isla.

La Habana es fascinante, lo son sus gentes, sus calles, los bares y el mojito, el café e incluso la falta de café en los cafés, pero aquello fue lo que me impidió el regreso: la sensación de que ninguno de los que me recibió o habló conmigo, de la vida, del periodismo, de la literatura, podía hacer lo mismo que estaba al alcance de un extranjero como yo. Ese mero hecho no era tan simple de traspasar en La Habana (y en los otros lugares a los que fui): formaba parte de ese muro invisible que no podías cruzar tú hacia los otros ni que los otros podían cruzar hacia ti.

Cuando me fui de Cuba pasó algo que muchas veces he citado como simbólico de aquella situación, acaso la metáfora más tierna y más cruel que ilustra ese suceso atosigante que representaba tal discriminación. Estábamos en el aeropuerto, esperando la salida; un hombre mayor, un cubano que seguramente no había viajado antes en avión, esperaba como yo en la sala de embarque.

Él estaba sobre las baldosas negras y yo estaba sobre las baldosas rojas; sólo nos separaba el color, no había ni rampas ni cintas que interrumpieran nuestros pasos para encontrarse. Y el hombre se dirigió a mí preguntándome, como si nosotros estuviéramos en el otro mundo: "Perdone, ¿está permitido que yo pase a ese sitio donde está usted?".

Invité a amigos a lugares a los que yo podía entrar, como mis amigos igualmente extranjeros, y ellos no podían acceder; se les negaba el salvoconducto en su propia ciudad, en su propia tierra, en su propia isla; lo aceptaban ejerciendo un humor indudable, se reían de las prohibiciones, que eran múltiples; se reían, pero no las podían sobrepasar. Al final, aquella lucha tranquila entre los que prohibían y los prohibidos parecía una película de la guerra fría con guion de Billy Wilder.

También se parecía al relato, real y lleno de sarcasmo, que el mexicano Jorge de Ibargüengoitia escribió tras su primer viaje a la isla, para recibir un premio, cuatro años después de la victoria de la revolución. Ibergüengoitia escribió Revolución en el jardín (publicado aquí por Reino de Redonda); no era sarcasmo ni burla: era la relación de lo que el autor de Maten a León descubrió allí. En medio del glamour de los primeros años ya estaba creada una enorme trama burocrática que convertía la revolución en un terreno abonado para una tragedia que conllevó tanta víctima desde aquel tiempo.

Durante esa estancia, acaso el enredo más chungo, como decimos en España, se produjo una tarde en la Marina Hemingway, donde invitamos a un grupo de amigos, importantes escritores cubanos, reconocidos y nunca repudiados por el Gobierno. Ellos no llegaban a la cita, hasta que se hizo tan tarde que creí oportuno llamar a recepción. Ellos estaban allí, desde la recepción me confirmaron sus nombres y sus apellidos, pero eran cubanos, no podían acercarse, no podrían compartir la cena a la que les habíamos invitado. Convencí a los guardianes de la importancia de los retenidos, y al final estos pasaron. Con ellos vinieron también un corresponsal español y una periodista cubana.

Al cabo de unos días, el corresponsal fue expulsado de Cuba, por mantener contactos prohibidos con gente del interior. Había sido, obviamente, acusado por la mujer que lo acompañó esa noche, que era miembro de la seguridad del Estado, probablemente figuraba entre los guardianes del comandante. Menos de diez años más tarde esa mujer trabajaba en Madrid para un diario conservador español y luego se integró al exilio de Miami.

Una de esas tardes en que la convivencia cálida parecía convocar la franquicia de las puertas se me acercó una televisión canadiense; buscaban reflexiones extranjeras sobre lo que sucedía en Cuba, qué tal en Cuba. Me pusieron el micrófono y dije lo que pensaba. Después, un hombre de traje oscuro se acercó a mi oído. “¿Te conocemos de algo?”. Un día, yendo hacia una playa social, paramos el coche e hicimos fotos. Al cabo de unos minutos, un jeep del ejército paró junto a nosotros. Ahí no se pueden hacer fotografías. ¿Dónde está el letrero que lo prohíbe? Ahí está, dijo el muchacho, “pero no se ve por la yelba”. Nos llevaron detenidos al cuartel en el que parece que habían tenido a Ochoa, y al final un chasquido de dedos de un superior nos libró de una detención más larga.

Cuando me fui aún no había leído el libro Informe contra mí mismo, de Eliseo Alberto, la historia amarga de su relación de amor y desencanto con la isla cuyos dirigentes le habían pedido que denunciara a sus padres.

Cuba es un dolor; mientras vea un resquicio por el que le entre la luz a sus sombras sentiré que ese dolor se alivia, y si se alivia será mejor, y será bueno, incluso para aquellos a quienes parece que la herida no se le va a cicatrizar nunca. Aunque amanezca otra vez en La Habana la luz que buscaba Cabrera Infante en el más luminoso de sus libros.

Juan Cruz
El País, 15 de enero de 2015.
Foto: Atardecer en La Habana. Tomada del blog Habanero 2000.

Nota.- En su crónica, Juan Cruz (Canarias 1948) no relaciona su viaje a Cuba con el inicio del 'período especial', una etapa a la que en este blog le hemos dedicado bastante espacio, como la serie de 10 posts titulada El período especial fue del carajo. También unos hemos publicado unos cuantos escritos sobre La Habana, entre ellos Reportaje a pie de calle (TQ).

viernes, 19 de junio de 2015

La encrucijada del béisbol cubano



Repasemos los sucesos. Alfonso Urquiola, exitoso manager de Pinar del Río, develó a un bloguero oficialista el entramado de corrupción, nepotismo y caudillismo que corroe a la Federación Cubana de Béisbol.

Nada nuevo que no se sepa de una institución tras bambalinas controlada por Antonio Castro, hijo del comandante y von vivant de la burguesía verde olivo.

Hace tiempo que la pelota local es un nido de sinvergüenzas. Con managers como Víctor Mesa, quien con métodos ortodoxos dirige una novena al estilo de un escuadrón de soldados.

En un antro de chanchullos y trapicheos, la honestidad de Urquiola siempre es bienvenida.

Una fuente que labora en la Comisión Nacional de Béisbol cuenta que “aquello está jodido. Es un nido de ratas y pícaros. Lázaro Vargas, por ejemplo, aprovechó su puesto como director de Industriales para que le concedieran un auto nuevo y una casa. Ahora, con la posibilidad de contrataciones en el extranjero, los funcionarios y entrenadores cuadran por debajo de la mesa futuras operaciones. Hay preparadores que le hacen llegar perfiles de jugadores noveles a los scouts de Grandes Ligas. El dinero tiene desquiciada a esa pandilla”.

En un país donde los rumores a veces tienen más credibilidad que las noticias oficiales, el comportamiento de estrellas como Yulieski Gourriel ha provocado numerosas suspicacias en el mundillo beisbolero.

Yulieski jugaba en la liga profesional japonesa y alegando una lesión, incumplió su contrato. Es cierto que en el tramo final de la temporada sufrió un desgarro muscular.

Pero lo razonable era marchar a Japón para que los médicos de su equipo lo auscultaran. Ha sido muy sospechoso que dejara de cobrar un salario millonario.

Según las nuevas normas instauradas en el otoño de 2013, los deportistas cubanos se quedan con el 85% del salario. Se les descuenta un 10% de impuestos y una gabela del 4% que cobra Cubadeportes.

Después del gravamen en Japón, Yulieski cobró alrededor de 800 mil dólares el año pasado. A sus 30 años, en el mejor momento de su carrera y, hasta donde se sabe, un pelotero disciplinado, solo jugosos intereses financieros pueden provocar incumplir un contrato.

Diario de Cuba indagó con entrenadores y jugadores de La Habana sobre el caso Gourriel. “Yulieski tiene una categoría especial dentro del equipo. En una de las subseries que se jugó en la región oriental, no viajó en ómnibus con el grupo. Lo hizo en el avión presidencial que se estaba probando para los viajes de Raúl Castro al extranjero. Yulieski es novio de una nieta de Raúl. Según se comenta, hay un pre contrato fabuloso en la MLB, solo están esperando que Obama autorice a contratar jugadores cubanos que residan en la Isla”, aclara un pelotero.

Para alimentar el suspense, en su cuenta de Facebook Gourriel comentó que a lo mejor llegaban buenas noticias en los próximos meses.

“Cualquiera que deja de ganar un salario elevado estuviera deprimido. El ‘Yuli’ anda como si nada. Es evidente que algo se cocina entre bambalinas. Por nada del mundo yo perdería un contrato millonario en el extranjero”,confiesa un jugador capitalino.

El culebrón de Yulieski crece como una bola de nieve. Y deja muy mal parado a la Federación local. En 2014, Alfredo Despaigne tuvo que rescindir su contrato por utilizar un pasaporte falso.

“Con esos truenos, más la poca seriedad para negociar y cumplir los contratos, los dueños de equipos en la MLB tienen que ser previsores. Esta gente (los federativos beisboleros) te dejan colgado de la brocha en cualquier momento”, opina un funcionario de la comisión provincial de béisbol.

El embrollo y el disparate no menguan. Yusnier Díaz, 18 años, con promedio de 348 y un desempeño soberbio al campo no fue proclamado novato de la temporada por haber viajado a Ecuador.

“Es una falta de respeto lo que hicieron con Yusnier. ¿Qué tiene que ver que se haya marchado? Con la nueva estrategia se pensaba despolitizar a los otrora desertores. Pero Díaz, al igual que Joan Moncada, se fue del país de manera legal. La comisión de pelota anda perdida”, señala un entrenador de una selección municipal.

El desfase de la Federación es monumental. No acaban de diseñar un calendario que concluya justo antes de comenzar la Serie del Caribe.

Otro tema que se debate entre fanáticos y especialistas es el sobreuso a que están sometidos los peloteros cubanos.

Alfredo Despaigne lleva dos años jugando pelota sin descansar. Recién concluida la temporada, Héctor Mendoza se incorporó a su novena en Japón. En sus contratos está estipulado que pueden integrar la selección nacional si así lo estiman los federativos de la Isla.

“Si quieren cortar el bacalao con la MLB, tendrán que cambiar las normas. Es difícil que un dueño de Grandes Ligas libere a un pelotero en plena temporada para que juegue los Panamericanos u otra competencia de poco rango. Luego viene la claúsula de la MLB de fatiga extrema. ¿Tú te imaginas a Yasiel Puig, después que termine en octubre con los Dodgers reintegrarse a jugar con Cienfuegos? Es una locura”, argumenta un preparador de pitcheo de categorías infantiles.

Las estrategias de los mandarines que rigen el deporte de la bola y los strikes en Cuba resultan incoherentes. Desde el calendario con 16 equipos, hasta una política de contrataciones que solamente ha logrado inscribir tres peloteros en una liga de calibre como la japonesa.

Mientras, los jugadores siguen optando por saltar la tapia.

Iván García

Foto: Yulieski Gourriel Castillo (Sancti Spiritus, 1984), de cuando jugó en Japón con el Yokohama DeNa BayStars. Tomada del blog Zona de Strike.

miércoles, 17 de junio de 2015

Jackie Robinson siempre fue el mejor de su clase


La mejor temporada de Jackie Robinson en su carrera de 10 años en las Mayores tuvo recompensas. Era 1949, en su tercera campaña con los Dodgers de Brooklyn, no había pasado suficiente tiempo como para despejar las rabias en su contra.

Más rabia aún debió haberle dado a quienes promulgaban la superioridad de una raza que un hombre negro se convirtiera en campeón bate de la Liga Nacional con .349, además de liderar la casilla de robos con 37.

El 12 de julio de aquel año, Robinson había comenzado el Juego de Estrellas por la Liga Nacional como su segunda base, para ser el primer negro en hacerlo. En aquella ocasión se fue de 4-1, con doblete y tres anotadas.

Robinson ya había sido primero en otros renglones. El 18 de abril de 1946 se había convertido en el primer pelotero negro en romper la barrera racial, lo que no sólo le abrió el camino a los grandes atletas marginados en la gran carpa, sino que ayudó a cambiar los derechos civiles en Estados Unidos.

En 1997 fue el primero y el único en la historia con su número retirado en todo el béisbol de las mayores. Antes había coleccionado otros hitos, como el haberse convertido en el primer negro que trabajó como analista de juegos de televisión, así como el primer vicepresidente de esa raza en una corporación.

En 1949 fue el primer negro en ganar el premio al Jugador Más Valioso, así que el 24 de enero de 1950 fue premiado por Branch Rickey, quien le convirtió en el jugador con el mejor contrato en toda la historia de la franquicia. Ese día le dieron un contrato de un año por 35 mil dólares, en un equipo donde estaban Roy Campanella, Duke Snider, Gil Hodges, Pee Wee Reese y Don Newcombe.

De tanto marcar hitos, la historia de Jackie Robinson se hizo sencilla y a su vez le hizo sencillo el camino a la inmortalidad. El 24 de enero de 1962, se convertiría (¿cómo no iba a ser él?) en el primer negro en el Salón de la Fama.

Robinson es uno de los mejores ejemplos para ilustrar lo que representa una lucha continua en la búsqueda de las metas. Fue estrella en cuatro deportes durante sus años de estudiante, pero jamás pudo obtener una beca, por lo cual en 1941 se vio forzado a dejar sus estudios en la Universidad de California, Los Angeles, debido a problemas financieros.

Previo a su debut en las Mayores, había tratado de convertirse en un jugador del más alto nivel, cuando hizo una prueba con los Medias Blancas de Chicago, en 1942. Ese mismo año fue reclutado para servir en el ejército de Estados Unidos en la II Guerra Mundial. En 1944 fue dado de baja y comenzó a jugar béisbol en las Ligas Negras.

La realidad es que Jackie no fue el mejor de los peloteros de todas las Ligas Negras, pero era quien tenía mejor preparación para resistir todas las presiones a las cuales se le sometió.

En 1962, con 124 de los 160 votos (77,5%), Jackie Robinson fue elevado al Salón de la Fama del Béisbol en Cooperstown.

Iván González Romero
Diario las Américas, 23 de enero de 2015.
Ilustración de J.J. Blanco.

lunes, 15 de junio de 2015

Crónica beisbolera



Ni siquiera a tipos como Yosbel, un apostador de larga data, le interesan los juegos de la serie provincial en La Habana.

“Además que es una pelota muy mala, los resultados siempre son imprevisibles. La base para apostar es que siempre haya equipos machos y hembras. En la provincial las novenas son machos un día y hembra el otro. Los juegos son casi de manigua. Se cometen un bulto de errores al campo y los peloteros están deficientemente preparados. Los terrenos son un asco”, señala.

En la serie provincial habanera participan 16 equipos, uno por cada municipio más la selección juvenil capitalina clasificada para la fase final del torneo nacional sub 18.

Sergio, fanático incorregible a la pelota, aún recuerda aquellos campeonatos provinciales de los años 60, 70 y 80 que se jugaban en La Habana.

“La calidad era muy alta. Y la competitividad tremenda. Ahora los juegos son con balas de fogueo. Pitchers de barrio que no dominan la mecánica y jugadores con pinta de bodegueros. En muchos casos el somatotipo es deficiente. Tampoco ayuda la mala calidad de la pelota, con un forro plástico. Me han comentando algunos lanzadores que cuando intentan tirar una recta de dos costuras la bola se mueve para donde le da su gana. Pero los verdaderos vamos al estadio a ver toda clase de juegos”, comenta.

A pesar que la serie provincial antecede al campeonato nacional, las novenas compiten con una variopinta colección de viejos uniformes y escasos implementos. Y por encima del talento, prima la guapería y violencia en el terreno.

Sería demasiado optimista catalogar como estadio al Cardona, colindante con las barriadas del Mónaco y Casino Deportivo. Las gradas recibieron una mano de pintura barata. El terreno es irregular y los jugadores al campo deben hacer magia para atrapar una bola rodada.

Por falta de baños, los jugadores y el público orinan en cualquier recodo. El fuerte olor a orine nos transporta a Luanda u otra ciudad africana. La tarde en que fui, jugaba la selección de Marianao y el equipo juvenil, el mejor armado del torneo.

Antaño, por ser bisoños, un equipo juvenil siempre quedaban relegados al sótano. Ahora tienen el cartel de favoritos. El año pasado en la etapa clasificatoria, los juveniles ganaron 14 juegos y solo perdieron uno. En lo que va de torneo tienen siete triunfos y un solo revés.

Suelen ganar los juegos por marcadores abultados. Y muchos conocedores del béisbol asisten a los partidos para descubrir futuros talentos.

En esta versión juvenil hay jugadores interesantes. Cualquier ojeador anotaría los nombres de Miguel Antonio Vargas, hijo de Lázaro Vargas, el destituido DT de Industriales; Orlando Martínez, bateador zurdo con paciencia en el home y un sistema de bateo perfecto, o lanzadores como Joan Oviedo, quien a sus 16 años tira rectas para home de hasta 94 millas.

El equipo juvenil le entró por los ojos a Marianao y vencía 10 carreras por cero, despachando líneas y jonrones que no tenían nada que envidiar a sluggers del primer nivel.

En el graderío, los padres armaban su pachanga y alentaban a sus hijos. Por exceso de confianza y varios cambios de jugadores, Marianao se rebeló y fabricó un racimo de ocho carreras en dos innings y puso tensión en el partido.

Entonces el juego se convirtió en una guerra. Familiares de jugadores de Marianao, que tomaban a pico de botella ron de quinta categoría, ebrios y eufóricos, soltaban palabrotas a granel y desafiaban a los parientes del otro bando.

Lázaro Vargas tuvo un careo con el padre de un pelotero adversario tras un desball intencional contra su hijo, que había pegado cuatro hits en el juego.

El espectáculo, modales y lenguaje chabacano eran más cercanos a una prisión de alta seguridad que a un encuentro deportivo. Solo había dos árbitros en el terreno y aquello amenazaba convertirse en un motín.

La policía brillaba por su ausencia. Los peloteros de cada banca acariciaban sus bates y todo presagiaba combate. A duras penas terminó el juego a favor de los juveniles, con carreras que llegaba a saco y marcador de 15 por 14, más de polo acuático que de béisbol.

Ya en la calle, varios jugadores se increpaban unos a otros y voló uno que otro gaznatón de parientes iracundos.

“Ojala la gente en Cuba tuviera esa rabia para reclamar sus derechos. En cada partido que asisto siempre hay problemas. El público la coge con Lázaro Vargas por su pésima actuación con Industriales. Y les gritan ofensas a jugadores juveniles que son casi niños. Lo peor es que peloteros establecidos, ya hombres, intentan meterle miedo arrimándole la pelota y jugando de manera violenta. Algunos de ellos ven en estos muchachos un peligro a su titularidad en Industriales”, acotó el padre de un lanzador abridor del equipo juvenil.

Por falta de transporte, en muchos equipos los jugadores deben asistir al partido por sus propios medios. Hace un par de años se suspendieron varios juegos por falta de pelotas y bates.

Peloteros de nivel como Rudy Reyes o Alexander Malleta se ven obligados a jugar para cobrar los mil pesos mensuales que les pagan desde 2014.

El torneo tiene más de relajo que de seriedad. Carlos Tabares, veterano jardinero central, que juega con Playa, se desempeña en tercera base. Las chanzas en las gradas son subidas de tono.

“Qué clase de película. Tabares tiene menos brazo que un manco. De verdad que esta serie provincial es de apaga y vámonos”, señaló un aficionado en un juego posterior, en el terreno numero uno de la Ciudad Deportiva.

Y lleva razón. Salvando algunos jóvenes peloteros que pintan en grande, la serie provincial parece un circo. Con temperaturas que rondan los 37 grados es mejor quedarse en casa.

Iván García
Foto: El pelotero Carlos Tabares (La Habana 1974), con gafas, con el músico Cándido Fabré (Santiago de Cuba 1959). La foto es de 2011 y fue tomada de Zona de Strike.