jueves, 15 de noviembre de 2018

Turismo de lujo en Cuba (II)



Aunque los medios de prensa han recalcado que al menos los nuevos hoteles de Iberostar, tanto en La Habana como en Holguín y Trinidad, adquirirán parte del mobiliario que usarán en habitaciones y áreas comunes en la industria nacional, funcionarios cubanos contratados por la cadena española y consultados por CubaNet, afirman que más del 80 por ciento de los materiales usados al menos en la terminación del Hotel Grand Packard de La Habana, fueron importados directamente por la firma española bajo la autorización del Ministerio de Comercio Exterior de Cuba y la dirección de Inversión Extranjera.

“El mobiliario de las habitaciones de los tres pisos superiores (las más lujosas), fue adquirido totalmente en Europa”, afirma un empleado de la firma bajo condición de anonimato, porque los propios directivos de Iberostar les han prohibido a sus trabajadores ofrecer entrevistas, sobre todo a la prensa independiente.

“El mármol de los baños y la cristalería interior y exterior en las suites fueron comprados en Italia, el paño de un metro cuadrado se adquirió en 230 euros y las estructuras de acero inoxidable, el herraje y ajuar en conjunto, por habitación, y su costo ronda los 100 mil euros. Las camas y demás muebles de los tres pisos superiores fueron importados de Alemania y Francia, también las luminarias y sistemas de ventilación, las compras se hicieron con las mismas empresas que amueblaron el Manzana Kempinski. Solo los muebles, colchones y alguna que otra pieza de los dormitorios inferiores fueron comprados en empresas cubanas porque incluso los elementos de los baños se compraron en España y en Panamá”, asevera el empleado.

Según un alto funcionario de la dirección económica de Tecnotex, empresa importadora perteneciente a GAESA, solo una pequeña parte de los muebles sanitarios, vajillas, lámparas, implementos de cocina, motores de refrigeración, climatización, filtraje y bombeo de agua para Iberostar y Kempinski han sido adquiridas por empresas cubanas en Panamá y Europa. En hoteles de la firma francesa Accor o de la española Meliá, Tecnotex sí ha jugado un papel importante, pero con la participación de otras empresas importadoras registradas en Cuba como Amorim Negocios Internacionales S.A., cuyo dueño es el italiano Paolo Titolo, yerno de Raúl Castro por estar casado con su hija Mariela.

“Tecnotex importa una parte de los productos con la participación de Amorim como intermediario, sobre todo cuando se trata de compras en Europa, en Italia, Grecia, Turquía, España y Francia. En esos casos, el financiamiento se hace por medio de Gilmar, una empresa radicada en Liechtenstein”, asegura el funcionario. Gilmar Project Finance Establishment es una off-shore de Cuba establecida en el Principado de Liechtenstein por Guillermo Faustino Rodríguez Lopez-Calleja, hermano del general Luis Alberto López-Callejas, ex yerno de Raúl Castro y presidente de GAESA.

“Tecnotex realiza algunas importaciones, fundamentalmente desde Panamá y Curazao, aunque para eso también usa intermediarios como Tecnomat (Tecnomat Caribe S.L. off shore (registrada a nombre de Bartolomé Roselló Ramón) y Toda Export S.A. y otra empresa de Curazao, que la atiende un cubano residente en Panamá, casado allá desde hace años y que es el encargado de todo lo que es climatización y plantas eléctricas. En Curazao reside Eduardo Díaz, quien se dedica a pagar fletes con las mercancías que vienen desde Europa. Los barcos las traen desde Holanda hasta Curazao y desde Curazao se fleta otra embarcación, todo eso se financia con dinero de Gilmar Project Finance Establishment. Pero antes alguien tiene que viajar a Europa, depositar el dinero en efectivo a través de varias personas y eso es un proceso largo, por eso la mayor parte de las importaciones las hace Iberostar y Kempinski de manera directa, aunque con el pago de una cuota al gobierno de Cuba, como una especie de arancel. Eso está dando mucho dinero al gobierno, pero igual, nadie lo ve”, afirma el funcionario.

Cuando a fines de 2018 quede inaugurado el Hotel Prado y Malecón, de Accor, y ya con el Packard de Iberostar, ambos en la misma línea de lujo del Manzana de Kempinski, lejos de resultar en beneficios a las comunidades de Centro Habana y Habana Vieja donde están enclavados, uno de los problemas será con el abasto de agua potable y el tratamiento de los residuales.

El incremento de hoteles de alto consumo de recursos hídricos es un desastre más en una urbe donde, según datos publicados por el propio gobierno, desde 2006 no se han ejecutado grandes inversiones en ese sentido, y donde incluso el tratamiento de las aguas ha sufrido deterioro, de acuerdo a informes del propio Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos (INRH) en los cuales se habla de avances discretos en la recuperación y ampliación de las redes de abasto así como en el sistema de alcantarillados.

Especialistas del propio INRH calculan un gasto diario de un mínimo de 5 mil metros cúbicos de agua solamente en el Hotel Grand Packard y cuando solo la mitad de las 321 habitaciones sean ocupadas. El impacto de estos tres hoteles de super lujo (Manzana Kempinski, Grand Packard y Prado y Malecón una vez inaugurado, se elevará a unos 20 mil metros cúbicos por día, en una zona de la ciudad donde tradicionalmente el abasto anual de agua potable no supera los 200 mil metros cúbicos.

“Si a estos tres hoteles añadimos otros ubicados en la zona como el Inglaterra, Parque Central, Plaza y Saratoga, en menos de quince días consumirán lo que con mucho trabajo consumen todos los pobladores de Centro Habana y Habana Vieja en un año”, explica, bajo condición de anonimato, una especialista del INRH.

Muy discretamente, el gobierno anunció que se instalarán plantas desalinizadoras tanto en los hoteles proyectados como en los campos de golf e inmobiliarias previstos a ejecutarse junto a transnacionales de Reino Unido, Japón, China y Canadá. Sin embargo, aún no se ha reportado la adquisición de tales equipos y, por ahora, los hoteles Grand Packard y Prado y Malecón no cuentan con tales especificaciones, aunque sí con potentes sistemas para evitar la penetración de agua de mar durante las frecuentes inundaciones que suelen afectar esa área del litoral habanero.

“El lugar donde están construyendo el hotel Prado y Malecón es de los más críticos. El agua allí viene una vez a la semana. Lo mismo ocurre en los sitios donde está Manzana y el Packard, donde además hay que instalar sistemas para contrarrestar el daño del salitre y la penetración del mar, son muchos elementos en contra”, opina Noel Bastidas, ex directivo jubilado de la Dirección de Inversiones y Desarrollo de Proyectos del Ministerio de Turismo de Cuba.

“Durante años varios proyectos no se concretaron por ese asunto. Primero se arrendó el lugar a una empresa china y se fueron por el problema del agua y el alcantarillado deficiente, después estuvo años abandonado hasta que los franceses (Accor) decidieron meterse ahí pero eso fue cuando parecía que los americanos llegarían por racimos, ahora no sé si ya tienen una estrategia para llenar esos hoteles y sacar lo que invirtieron, pero ahí el gran beneficiado, pierda o ganen los franceses (Accor), es el gobierno cubano porque la gran tajada le llega con el negocio de importar materiales y equipos”, asegura el ex directivo jubilado, quien laboró en turismo desde la década de 1970 hasta inicios del 2000.

Con más cosas en contra que a favor, el gobierno cubano continúa su aventura constructiva encaminada hacia ese turismo de altos estándares que, al parecer, le permite proyectar una imagen de prosperidad pero, al mismo tiempo, enmascarar todo un entramado financiero subterráneo que solo beneficia a un pequeño círculo de la más alta esfera de poder.

Unos 120 proyectos de inversión extranjera en el turismo se perfilan para los próximos cinco años, a la vez que se espera continuar elevando el número de visitantes a Cuba por encima de los 4 millones. Todo eso a pesar de que las cifras públicas del presupuesto estatal apenas ascienden en una tendencia inmovilista similar a los ingresos. Un misterio difícil de explicar.

Segunda parte y final de un reportaje investigado realizado por periodistas de CubaNet. Publicado el 16 de publicado de 2018.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Turismo de lujo en Cuba



Con dos instalaciones bajo la categoría de 5 estrellas plus, el 10 de septiembre de 2018 se inauguró el Hotel Grand Packard, de la cadena española Iberostar, en el habanero Paseo del Prado. A partir de esa fecha, el Gran Manzana Kempinski, frente al Parque Central, dejará de ser pieza única en el tablero de juego de la economía cubana y tendrá su contrapartida.

Pero Kempinski solo será igualado por Iberostar en la carrera del turismo de lujo solo por poco tiempo. La famosa empresa suizo-alemana, reconocida por sus hoteles de altos estándares, ha anunciado que en 2018 se dispone a administrar un segundo hotel 5 estrellas plus junto a la corporación empresarial militar cubana Gaviota, y en breve tiempo planea la apertura de un tercero.

Según funcionarios de la Dirección de Desarrollo, inversiones y Negocios del Ministerio de Turismo, vinculados a los proyectos y consultados por CubaNet, Kempinski ha puesto sobre la mesa de negociaciones cerca de 200 millones de dólares iniciales para una inversión cuya primera etapa habrá de concluir a mediados de 2019 con la apertura de un hotel en Varadero, asociado a un amplio complejo de marina y campos de golf cuyo costo superará los 500 millones de dólares cuando esté concluido.

El tercero de los hoteles de Kempinski, que aún no se ha determinado dónde se emplazará, pero ya se comienza a hablar de la cayería norte de Ciego de Ávila como lugar definitivo o en el centro del Vedado, y cuya ejecución se iniciaría en 2019. Pero todavía el gobierno no ha decidido si continuar o no las labores constructivas en la polémica área de las calles 23 y K, ante las quejas de un grupo de arquitectos acerca del impacto negativo de un super hotel en esa zona, informaron funcionarios de la Dirección de Proyectos de la inmobiliaria Almest, perteneciente a GAESA, Grupo Empresarial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

Tal efervescencia constructiva encaminada al gran lujo pareciera describir una dimensión fantástica de Cuba que contrasta con la dureza de lo cotidiano. Mientras los cubanos de a pie ven cómo sus viviendas cada día se vuelven más inseguras a causa del deterioro por la imposibilidad de adquirir lo necesario para repararlas, las empresas constructoras militares descargan a diario miles de metros cúbicos de materiales en las áreas destinadas al turismo.

Pareciera que el dinero fluye como nunca antes y que, finalmente, el socialismo será construido al mismo ritmo que penetra en la isla el capital europeo con empresas como Accor, Meliá, Iberostar, Globalia y Kempinski. Sin embargo, en opinión de expertos, la economía cubana apenas mostrará señales de recuperación si la estrategia continúa tal como va, enfocada en la atracción de capital sin más fin que su acumulación como valor de cambio y no en la generación de bienes y servicios, es decir, en elementos que posean valor de uso como verdadero índice de generación de riqueza, estabilidad, bienestar y prosperidad.

A pesar de que, de acuerdo con los datos publicados por las propias instituciones de gobierno, el turismo ocupa uno de los ejes fundamentales en los proyectos de desarrollo futuro y que incluso es actualmente la principal fuente de ingresos junto a la exportación de servicios médicos, el monto de ingresos anuales por tal concepto no muestra un incremento sustancial desde el año 2014, incluso el presupuesto estatal aprobado para los planes de inversión, según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI) nunca ha superado los 1,400 millones de dólares entre los años 2014 y 2017, años cuando las ganancias reportadas se han mantenido invariables, rondando los 3 mil millones de dólares, a pesar del crecimiento de las inversiones y el aumento de visitantes anunciado por la prensa oficialista.

“Es un comportamiento muy raro, sospechoso, suponiendo que las estadísticas reflejen la verdad”, opina Vicente Diago, licenciado en Economía, ex diplomático y ex funcionario del MINTUR, actualmente residente en Costa Rica. “Pero hay un elemento que pudiera explicar cómo es posible que habiendo más inversiones, no crezcan los ingresos y es el dinero que Cuba pierde por concepto de erogación de divisas en un esquema de doble moneda. El gobierno posee la mitad del negocio, pero buena parte de la mitad que le corresponde a la parte extranjera sale de Cuba hacia otros bancos y lo hace en euros, algo que supone pérdidas considerables en un país donde el dólar y el euro son un problema. La apuesta por hoteles de gran lujo no cambia el cuadro de ingresos cuando éstos no se vuelven consumidores del producto nacional, es decir, no consumen bienes y servicios de los productores cubanos, al contrario, se vuelven depredadores de otros bienes”, apunta Diago.

Primera parte de un reportaje investigativo realizado por periodistas de CubaNet. Publicado el 9 de julio de 2018.

Foto: Hotel Grand Packard, en Paseo del Prado y Cárcel, Habana Vieja. Tomada de Diario Las Américas.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Miedo a los emprendedores privados


Las gotas de sudor le arruinan el maquillaje a la cajera de una tienda en moneda dura al sur de La Habana. El régimen verde olivo ha determinado apagar los aires acondicionados en mercados, cafeterías y bancos para ahorrar combustible.

El calor espeso trasmite una sensación de ahogo, como si el oxígeno también estuviera racionado. Entre los clientes que hacen cola para pagar sus compras hay dos dueños de negocios gastronómicos que pretenden llevar varias cajas de pollo. La dependiente, con tono grosero, les dice que solo pueden adquirir tres cajas de pollo por persona. De nada vale mostrar la licencia de trabajador por cuenta propia.

En la cola se escucha un rumor de aprobación por la absurda medida. “Qué pretende esta gente (los cuentapropistas), ¿dejar sin pollo al resto de la cola?”, dice una anciana.

Un señor canoso con un overol de mecánico señala que ya pasó en la tienda de La Puntilla, en Miramar, al oeste de la capital. "Lo leí en Cubadebate, unos tipos se llevaron 15 mil manzanas, para que después los merolicos la revendieran a 25 pesos. La mayoría de los cuentapropistas están extorsionando al pueblo con sus altos precios”.

Algunas personas protestan. “Y qué me dicen de los bajos salarios y los precios por las nubes que tiene el Estado en las tiendas por divisa. De eso nadie quiere hablar”, expresa un mulato fornido.

Los dos emprendedores privados explican que llevan ocho años esperando por un mercado mayorista prometido por el gobierno. La cajera termina los comentarios con una propuesta sin derecho a réplica: “Señores, hace tremendo calor pa’ estar con ese brete. Al que no le guste, que vaya a quejarse al gerente”. Fin del debate.

Mientras acomoda sus tres cajas de pollo en el maletero de un anacrónico Moscovich de la era soviética, uno de los emprendedores cuenta que “cada día se pone más difícil la cosa para los trabajadores por cuenta propia. El gobierno y la prensa buscan enemistarnos con la población, alegando que vendemos a precios imposibles de pagar por un obrero. Pretenden erigirse como guardianes de los ciudadanos y son ellos, con sus trabas, altos impuestos y precios carísimos, el principal problema de la ecuación”.

No hay nada nuevo bajo el sol. En la década de 1980, el régimen de Fidel Castro autorizó a los campesinos a vender sus excedentes según la ley de oferta y demanda, pero poco tiempo después el Estado armó una campaña propagandística, acusándolos de acaparadores y enriquecimiento ilícito.

En los años 90, en pleno Período Especial, se permitió la apertura de pequeños negocios y luego, tras la llegada de Hugo Chávez a Miraflores, quien generosamente abrió el grifo de los petrodólares al Palacio de la Revolución, miles de emprendedores tuvieron que entregar sus licencias, cercados por la cuchilla fiscal.

Algo típico en Cuba. Existe una puerta giratoria donde con pasmosa naturalidad los negocios familiares pasan de la ilegalidad a la legalidad. Cuando en el invierno de 2010 el general Raúl Castro amplió la lista de empleos privados, ya la mayoría se ejercían por debajo de la mesa. El Estado cubano siempre va a remolque. Legaliza lo que hace años funciona sin permiso oficial.

Daniel, dueño de una casa de hospedaje para turistas en la Habana Vieja, considera que “la buena voluntad de Obama y sus promesas de ofrecer microcréditos y posibilidades de negocios a los emprendedores particulares fue un aviso para que el gobierno desatara su guerra contra nosotros. Nos ven como un enemigo potencial. Un caballo de Troya que a golpe de dinero y negocios socavaremos los ‘principios revolucionarios’ del pueblo", afirma y agrega:

"Las numerosas violaciones y trampas financieras entre los trabajadores particulares tienen un solo culpable: el Estado, que con sus normativas absurdas e impuestos irracionales obliga a la gente a crear mecanismos de evasión tributaria. Con su estupidez, el propio gobierno engendra la ilegalidad y la corrupción. Las autoridades nunca nos han visto con buenos ojos. Le tienen más miedo a un millón de emprendedores exitosos que a la 82 división del ejército de EEUU”.

En una conversación con una decena de trabajadores particulares, todos coinciden en que las condiciones para operar sus negocios son adversas. Y lo que es peor, el futuro no es halagüeño.

Yuri, taxista, asegura que “para en el mes de diciembre el gobierno pretende cooperativizar a todos los taxistas de La Habana. Hablan de vender el petróleo a dos pesos el litro y un descuento del 20 por ciento en la venta de piezas de repuesto. Pero nadie se lo cree. ¿Por qué no nos venden el petróleo a ese precio y acuerda con nosotros una tarifa fija por rutas? Lo que quieren es tenernos bajo control y fiscalizar nuestras ganancias. A los dueños de pequeñas flotas de autos o camiones los sacarán del juego, porque cada taxista debe ser dueño del vehículo. No se permitirá la contratación. Todos los mayimbes tienen carros con aire acondicionado, a ellos no les importa que el transporte público cada vez esté peor. Por el éxodo de cientos de taxistas es casi imposible abordar un taxi en La Habana en hora pico”.

Alex, dueño de una cafetería que vende jugos, entrepanes y comida criolla, considera que “si siguen apretando las tuercas, miles de trabajadores privados entregarán sus licencias. En vez de eliminar la pobreza y al ejército de mendigos que pululan por la ciudad, quieren liquidar negocios que ofrecen servicios de calidad. Cuando en Cuba uno sale a comer, opta por un paladar y si una mujer desea arreglarse el pelo, prefiere ir una peluquería privada antes que a una dependencia estatal donde es pésima la atención. El gobierno quiere potenciar sus empresas, nos ven como una competencia que le está afectando sus bolsillos".

A la espera de las nuevas medidas, Roberto, propietario de un hospedaje en El Vedado, aún no sabe si irse del país o empezar a operar de manera clandestina. "Porque si algo funciona en Cuba es el mercado negro", subraya.

Iván García


lunes, 5 de noviembre de 2018

Manzanas, corrupción y castigo


Por alguna ignota razón, las manzanas han tenido un protagonismo extraordinario en el imaginario cultural de Occidente. Para bien o para mal, esta fruta ha jalonado hitos que han trascendido el paso del tiempo y las fronteras geográficas.

En la mitología griega, una manzana de oro sembró la discordia entre las diosas Palas Atenea y Afrodita, discrepancia que influiría dramáticamente en la Guerra de Troya. Y en la mitología bíblica una manzana fue la tentación que precipitó a Adán y a Eva al Pecado Original, por el que hemos sido castigados todos (¡bendito pecado!).

Cuenta una antigua leyenda suiza que el héroe nacional, Guillermo Tell, hubo de ensartar con una flecha, certeramente disparada desde su ballesta, una manzana colocada sobre la cabeza de su hijo por el tirano opresor de su pueblo; mientras otra fábula explica cómo el sabio Isaac Newton descubrió la ley de gravitación universal, uno de los más importantes fenómenos físico-naturales, gracias a una manzana que cayó directamente sobre su cabeza.

La manzana constituye una especie de objeto de culto sembrado en nuestras conciencias desde la más tierna infancia. ¿Quién de niño no conoció la manzana de Blanca Nieves? Y ya en la adultez, ¿quién no ha soñado con visitar al menos una vez en su vida Nueva York, la Gran Manzana?

Lo sorprendente es que en la Cuba del siglo XXI esa fruta se convertiría no solo en protagonista, sino en el cuerpo del pecado de una de las tantas sagas de corrupción que cruzan la dura realidad cotidiana de la Isla. He aquí que en días recientes la dulce pomácea, o más exactamente 15 mil ejemplares de ella, se transmutaron para los cubanos en una tentación mucho más peligrosas que la de las Sagradas Escrituras.

El caso ha sido suficientemente difundido por los medios de prensa oficiales, pero resulta oportuno hacer un breve resumen de los hechos. Se trata de la venta, supuestamente ilícita en un mercado minorista de La Habana (La Puntilla, Miramar), de 15 mil manzanas a “un pelotón de jóvenes forzudos” –según los calificó un torvo comisario dizque “periodista-revolucionario-ejemplar”, en palabras del Presidente suplente–, que despertó la suspicacia del referido amanuense, quien para desgracia de los transgresores fue personalmente testigo de la transacción comercial.

Para mayor pecado, “buena parte” de estos jóvenes estaban “uniformados” con la bandera estadounidense. Más les hubiese valido vestir hojas de parra, como los pecadores primigenios del paraíso terrenal. Esa grosera provocación de exhibirse con un símbolo del malvado Imperio no la iba a soportar el periodista favorito del Presidente.

Quizás por eso, lejos de salirle al paso a los jóvenes para darles una charla educativa y evitar el “acaparamiento” y “el uso indebido de los recursos del Estado” –toda vez que los compradores sobornaron al chofer de un minivan estatal para trasladar su mercancía– este revolucionario intransigente espió sus movimientos, los siguió, apuntó celosamente la matrícula del vehículo que cargó las 150 cajas de manzanas “de 100 CUC cada una (¡qué dolor causó este detalle al combativo reportero!) y exigió a la cajera de la tienda el comprobante de compra. Las dos fotografías, la del minivan y la del recibo de la compra, fueron publicadas en su blog personal, La pupila insomne, donde se cumple aquello de que “siempre hay un ojo que te ve”.

Como resultado, menudearon las sanciones. Dos empleados de la tienda fueron separados de sus puestos de trabajo como medida administrativa. Sus nombres aparecieron publicados en la prensa a pesar de no estar sujetos a sanciones penales. Otros fueron amonestados y todos los demás miembros del colectivo laboral fueron advertidos y regañados. Por su parte, algunos de los mencionados jóvenes adictos a las manzanas han sido acusados de “enriquecimiento ilícito”, entre otras causas, han sido detenidos y deberán enfrentarse a los tribunales.

El caso no constituye exactamente una novedad, y tampoco es menos cierto que la corrupción es un flagelo que ha hecho metástasis en toda la sociedad cubana y actualmente abarca todas las esferas de la vida diaria, al que hay que combatir.

La corrupción ha alcanzado dimensiones tan colosales en la sociedad cubana que no solo nos implica de alguna manera a todos, sino que es parte indispensable de la supervivencia. Pero dado que es el propio sistema quien la genera y la reproduce, no es posible erradicarla atacando los efectos, sino eliminando la causa: el sistema, que es esencialmente corrupto. Ergo, es un problema sin solución.

Sin embargo, lo que resulta más alarmante es que las cabezas de turco siempre sean personas anónimas, mercachifles oportunistas, marginales de todo pelaje, mulas, cuentapropistas o cualquier víctima propiciatoria del subsuelo social que resulte útil a las autoridades para amedrentar a todos a través de un escarmiento colectivo.

Lo que no publica la prensa oficial es la más peligrosa de las cadenas de corrupción, la que medra al amparo de las instituciones oficiales, en particular de las encargadas de velar por el cumplimiento de las leyes: los cuerpos de inspectores, la policía nacional (“revolucionaria” también, sépase) y una banda de funcionarios de diversos precios.

He aquí que, curiosamente, también por los días de las manzanas de la discordia se ha producido un caso de corrupción policial que, a despecho del silencio del monopolio gubernamental de prensa, está circulando informalmente por algunos barrios de la capital cubana. Se trata, dice la voz popular, de un policía que detuvo a un 'bachaquero' venezolano, de los muchos que pululan con relativa impunidad, especialmente por la Habana Vieja, al que decomisó su mercancía: una mochila cargada de chancletas. Vale recordar al lector que en Cuba casi todo es vendible y comprable.

El pícaro agente, como tantos de sus colegas, decidió no reportar el decomiso y obtener ganancias netas para sí mismo. Sin embargo, como la mayoría de los suyos, no tuvo inteligencia suficiente para poner a buen recaudo su botín. El 'bachaquero', sintiéndose perjudicado –o quizás apelando a la protección de la que goza en la Isla– decidió hacer la denuncia en la estación policial de la calle Zanja, de manera que cuando los superiores ordenaron la revisión de la taquilla del gendarme corrupto no solo encontraron la mercancía completa dentro de la mochila, sino también hicieron otro hallazgo inesperado: un paquete de marihuana. Eso selló la suerte del despistado agente.

Según una fuente informal y rumores no confirmados, la Fiscalía está pidiendo 25 años de cárcel para el policía –no se ha aclarado si por idiota o por corrupto–, y no ha trascendido si el venezolano implicado ha recibido algún castigo o si ha sido deportado a su país. Muy probablemente, en estos rumores haya una parte de verdad y mucho de fantasía.

Pero la experiencia nacional de décadas de trapicheo y corruptelas, sumado al conocimiento de los mecanismos administrativos y a la falta de transparencia del monopolio de prensa gubernamental, indican que en todo caso debe haber mucho más de realidad que de fábula en este asunto.

Por las dudas, he estado entrando al blog del celoso periodista del Presidente, tan combativo él, tan revolucionario, a ver qué le parece tamaña desfachatez. Pero por alguna misteriosa razón no ha publicado nada sobre el asunto. Debe ser porque se supone que la policía también es un cuerpo de “revolucionarios” y entre cofrades no se sacan al sol los trapos sucios. ¡Faltaría más!

Miriam Celaya
Texto y foto: CubaNet, 27 de septiembre de 2018.
Leer también: El triste caso de la noble manzana, Lo que esconden las manzanas y La Puntilla, quince días después del episodio de las manzanas.


jueves, 1 de noviembre de 2018

La cubanidad (III y final)



La “cubanidad” fue una creación propia que no calcó los caminos que siguió el discurso del mestizaje en la región latinoamericana.

El historiador Guillermo Zermeño Padilla ha reconstruido para México la ruta del discurso del mestizaje. La “mestizofilia” reelaboró el sentido del día de la raza, celebratoria de la hispanidad, para celebrar el día del mestizaje o mezcla de la raza indígena y española. La “operación” fue realizada por el régimen de la revolución encabezada por Carranza en 1917.

Así, el Día de la Raza en México fue asociado en ese país a la celebración de la modernidad mexicana, con una noción de mestizaje que supone un espacio “que conjunta el elemento americano y el latino o español.” Años después, ese espacio que absorbe “lo indígena” y “lo español” sería cubierto por José Vasconcelos con el neologismo “mestizaje”, y funcionaría “como mito fundador de la nación, que sobrevuela a sus mismos creadores y operadores.”

Una manera de comprender los significados subyacentes, en Cuba, a la elaboración de la cubanidad mestiza elaborada por Fernando Ortiz, es contrastarla con otras tesis que compitieron con la suya en la misma fecha.

En 1940, Rafael Esténger mereció, con un texto titulado “Cubanidad y derrotismo”, el primer premio en un concurso convocado por el Consejo Corporativo de Educación, Sanidad y Beneficencia, ente dominado por Fulgencio Batista.

Su texto hacía parte obvia de las búsquedas de la hora para traducir como nacionalismo el programa burgués reformista de hegemonía social, conquista de espacios económicos y dominación política. En ese ensayo, Esténger explicaba: “puede hablarse de la cubanidad (en tanto) somos la fusión incompleta de dos razas –bajo dos pautas cardinales: la tradición europea y el contacto yankee– que suman e invalidan recíprocamente sus caracteres para formar ese total caótico que es el pueblo cubano”.

A la altura en que Esténger escribía esas palabras, era impensable replicar las ideas de Ramiro Guerra sobre la nacionalidad cubana. Crítico del latifundismo, y propulsor de fórmulas pro keynesianas para Cuba, Guerra había considerado que el pueblo cubano era “en su conjunto, una rama del pueblo español desarrollándose en un medio geográfico e histórico diferente”.

Esténger considerada “demasiado simplista” esa tesis, por lo elemental: olvidaba la importancia básica del negro y el mestizo en la integración del pueblo cubano, y no comprendía “la mescolanza étnica”.

Esténger recurría a Ricardo Rojas y a la noción de “argentinidad”. Lo hacía para subrayar la idea de nación como un espacio de concordia y unidad, que negaba los aspectos conflictivos hacia el interior de las fronteras nacionales. Esténger aseguraba: “en igual sentido puede hablarse también de la cubanidad, por cuanto existe una fuerza espiritual originaria que nos lleva a nosotros, tras heroísmos y vicisitudes, a constituir un tipo peculiar y único de cultura”.

Esa cubanidad acudía en auxilio de la nación para poder colocar al espacio político y social “por encima” de “las frívolas disputas del politiqueo profesional”, de “los dramas económicos de hacendistas y colonos, de comerciantes e industriales, que ven zozobrar las últimas esperanzas de una capitalización de sus riquezas”; y sobre “extemporáneos programas comunistas”. La crítica a la vieja política, la defensa del capitalismo reformista y la contención del comunismo eran los objetivos de la “cubanidad” de Esténger.

Esa tesis, aunque compartía objetivos, intereses y términos con la propuesta de Fernando Ortiz, no podía competir con las elaboraciones del polígrafo y político cubano. Ortiz no solo fue un científico social de primera importancia mundial: fue también uno de los más destacados ideólogos socioliberales de la burguesía cubana reformista.

Se trataba de un rostro capaz de ser reconocido como primera autoridad científica de la nación, al tiempo que un muy reconocido político progresista. Había militado primero en el Partido Conservador, y luego, hasta 1927, en el Partido Liberal, dentro del cual había formado, como ha reconstruido Ana Cairo, una pequeña corriente autodenominada Izquierda Liberal, pero su prestigio político rebasaba ampliamente sus inserciones partidistas puntuales.

El llamado “tercer descubridor de Cuba” lideró un asombroso activismo político y científico antirracista –animó instituciones, dirigió revistas, organizó una cantidad infinita de actividades– en una vastísima campaña cívica de adecentamiento nacional y de valoración del aporte negro a la cultura cubana.

Ortiz podía compartir el programa de Esténger de nueva política, defensa del capitalismo regulado y contención del comunismo, pero el peso que dio a la democracia política como obligación de la República y al reconocimiento del lugar del negro como obligación de la nación llevaron su discurso a donde ninguna de las versiones antes comentadas de “cubanidad” podría llegar.

Al asentar la “cubanidad” sobre una base estrictamente cultural, Ortiz la purgó de toda connotación racial susceptible de ser usada en negativo: “La cubanidad no la da el engendro; no hay una raza cubana. Y raza pura no hay ninguna. La cubanidad para el individuo no está en la sangre, ni en el papel ni en la habitación. La cubanidad es principalmente la peculiar calidad de una cultura, la de Cuba. Cuba es un ajiaco”.

Por ese camino, consideró la “raza cósmica” de José Vasconcelos como “pura paradoja” y defendió la “posible, deseable y futura desracialización de la humanidad”. La tesis de Ortiz vinculaba las teorías orgánicas y voluntaristas de la nación en una construcción abierta: se es cubano por nacer en Cuba y formar parte de su comunidad de cultura, y por la “conciencia de ser cubano y la voluntad de quererlo ser”. La imagen del “ajíaco”, teorizada como “trasculturación”, fue elaborada por Ortiz entre 1939 y 1940 como la más poderosa metáfora del mestizaje que tendría la “cubanidad”.

Un texto del periódico Diario de Marina había sugerido en 1912 otra metáfora gastronómica para la nación: “de ‘blancos’ y ‘negros’ se compone el arroz con frijoles y es un plato muy típico de Cuba y bastante sabroso”. La metáfora del “ajíaco”, símbolo de la nación mestiza, que da como resultado de su cocción un producto mezclado que “despurifica” a los blancos y negros que entraron juntos al caldero nacional, alcanzaría éxito arrollador tras los 1930 hasta hoy, por encima de cualquier otra imagen de lo cubano que separase al blanco del negro, del tipo de Cuba como un “arroz con frijoles”.

Ortiz elaboró un concepto de nación no comprometido con el esencialismo, pero capaz de tomar como relevante a la cultura y de someter todo el conjunto a preceptos cívicos susceptibles de ser reconocidos como universales. En ese contexto, la “cubanidad” era un recurso del nacionalismo para re-crear la nación y democratizar la política republicana.

El nacionalismo, vía la “cubanidad”, representaba la ideología que hacía posible la unidad nacional, el espacio inclusivo de la nación, el cauce de integración de las diferencias sociales, raciales, sexuales y regionales, y la posibilidad de desarrollar una economía nacional. En otras palabras, con la “cubanidad” dio nombre al programa reformista cubano de los 1930 y se definió al pueblo cubano como un espacio atravesado por la demanda conjunta de justicia racial y social.

Ese nacionalismo era asimilacionista (por comprometido con el mestizaje) en lo étnico / racial, pero redistributivo en lo social. Bajo la cobertura de la “cubanidad” en la Convención Constituyente de 1940 se defendieron temas muy disímiles entre sí y todos de gran importancia: las demandas de derechos sociales, de trabajo para los nacionales, de nacionalización de la enseñanza o de paridad entre los hijos habidos dentro y fuera del matrimonio. La penetración cultural del mestizaje como sinónimo de la nacionalidad se afincó sobre esta realidad: funcionaba en un marco que producía un tipo de reconocimiento cívico –respeto y dignidad por las “razas” y valoración positiva de su integración– al tiempo que redistribución en forma de defensa de los derechos sociales.

Como promete la inclusión en el cuerpo universal de la nación, el nacionalismo es habitualmente incapaz de mirar sus exclusiones. Como ha observado Josep Fontana, la forma estado-nación no surgió de la acción de grupos que, por compartir una conciencia nacional, se dieron a la tarea de construir un estado. El hecho se produjo a la inversa:

“Fueron los viejos estados del absolutismo los que, cuando vieron amenazado el consenso social en que se basaban, optaron por convertirse en naciones. La nacionalización del estado ha exigido una compactación de ese conjunto, identificándolo con una nacionalidad dominante en él, lo que podemos llamar un proceso de “etnogénesis”, y elevando a quienes formaban parte de él de la categoría de súbditos a la de ciudadanos, iguales en derechos ante la ley, por lo menos en teoría, aunque, durante mucho tiempo, con derechos políticos muy distintos, en función sobre todo de su fortuna.”

La explicación de Fontana aporta posibilidades para comprender el nacionalismo de la “cubanidad” como un espacio transclasista y transracial, desarrollado bajo control de la burguesía reformista cubana.

La cubanidad proponía un republicanismo cívico (era necesario “republicanizar la república”, frente al “republicanaje”, decía Ortiz) atento a los derechos –no un patriotismo étnico basado solo en aspectos “biológicos” como la tierra y la lengua– pero respetuoso a la vez de las condicionantes culturales del medio en que debía desenvolverse y de sus exclusiones nacionales históricas.

La cubanidad mestiza “ganó” en competencia política con otras visiones de lo nacional. Ganó por razones fundadas, y produjo también sus ganadores. Era una línea discursiva bien armada: la metáfora del ajíaco era entendible por todos; todos podían verla puesta en escena en terrenos como la poesía y la música negras y las comparsas de carnaval, y alcanzaba estatus científico con el concepto de “transculturación”, celebrado en la fecha por Malinowski.

Abarcaba desde el sentido común, hasta la alta cultura, pasando por la ciencia. Además, se acompañaba de reclamos de democracia social, vinculando las que hoy se llaman demandas de distribución y de reconocimiento. No dejó ningún cabo suelto. Ganó también porque sus autores contaban con mayor poder social y capacidad de organización para desplegar su discurso y hacerlo más convincente.

La cubanidad mestiza no era un “mito”: contribuía al “ennegrecimiento” de lo nacional, defendía las demandas de derechos sociales, limitaba el despliegue de la acción política autónoma negra, y mantenía el control de actores burgueses reformistas como dominantes.

Reconocer críticamente el proceso de elaboración de la “cubanidad”, visibilizar los fines que perseguía, los actores que lo promovían, los avances que procuró y los límites que mantuvo, debería ser parte de cualquier programa que se precie de defender una “cubanidad” inclusiva y justiciera para las condiciones del siglo XXI, recordando que el poder de definir lo cubano significa políticamente asignar lugares sociales y roles políticos a respectivos actores nacionales.

Julio César Guanche
On Cuba Magazine, 7 de mayo de 2018.
Caricatura de Fernando Ortiz realizada por Massaguer. Tomada de La Jiribilla.
Leer también: Don Fernando Ortiz, de Miguel Barnet; 130 años del natalicio de Fernando Ortiz, de Ciro Bianchi Ross; Ortiz nos enseñó a sentirnos orgullosos de la vasta presencia negra en nuestras vidas, de Roberto Fernández Retamar; Fernando Ortiz, erudito blanco con alma de negro; El engaño de las razas y Honores a Martí y otros mártires, de Fernando Ortiz.

lunes, 29 de octubre de 2018

La cubanidad (II)



Antes de producirse la explosión de lo negro como parte ineludible de la “cubanidad” –proceso iniciado en la década de 1920 y profundizado en la de 1930– la cultura “cubana” se había representado en el punto criollo, en el zapateado, en la guaracha y en el bolero, pero no en las expresiones culturales de lo negro.

Eduardo Sánchez de Fuentes lo había asegurado con energía entre 1923 y 1924, cuando organizó conciertos de música popular y de la música nacional excluyó la rumba, el guaguancó y la conga, entre otros géneros, “porque esos ritmos bárbaros evocaban lo africano, que era extranjero a la idiosincrasia nacional”.

La Cuba blanca se representaba en el viejo Liborio, cuya imaginación sería combatida a fondo en Cuba hacia los 1930. Para esa altura, eran ya old fashion hasta sus patillas españolas. En 1933, Israel Castellanos explicó que incluso el guajiro, a medida que se habían ido americanizando los hábitos y costumbres cubanas, había ido recortando sus patillas “al extremo de que dentro de muy pocos años de la típica patilla, no restará más que el histórico dibujo de Landaluze”.

Pero el país tenía cosas más importantes para criticarle a Liborio que sus patillas.

El personaje, creado por Ricardo de la Torriente en 1900 –primero con el nombre de El Pueblo–, había expresado hasta entonces una noción de pueblo, que si bien había participado activamente de la lucha por la independencia, y poseía un firme sentido antimperialista frente a los Estados Unidos, permanecía “indocto” e “incapacitado” desde el punto de vista político. El personaje representaba a un sujeto entrado en años (canoso), blanco, campesino sin tierra, racista, de inteligencia “natural” y dependiente sentimental y materialmente del poderoso.

Tales rasgos no eran privativos de su versión en el humor ilustrado. En 1911, Enrique Barbarrosa le otorgó rasgos similares cuando utilizó a Liborio en una correspondencia ficticia con el presidente José Miguel Gómez (1909-1913) sobre los problemas de la República en esa fecha.

El personaje le recriminaba al Presidente, alias Tiburón, con tristeza y lealtad, varios aspectos de su gobierno. Gómez, con el paternalismo típico del caudillo, le respondía que había procurado amoldar su programa de gobierno “a los males y necesidades” de Liborio, pero se encontró con “escollos” y con una voluntad “más fuerte que la voluntad del hombre: la voluntad de Dios”. Al término de su carta, Tiburón le pedía a Liborio: “Ten calma y no te impacientes”.

La visión pasiva y dependiente del pueblo –ingenuo, pobre, agradecido y paciente, sujetado al latifundio y al caudillo–, representada por Liborio, contó desde temprano con críticos entre sectores populares. En 1909, Julián V. Serra criticó a fondo el imaginario de Liborio desde las páginas de Previsión, periódico del Partido Independiente de Color: “Alguien ha tenido la peregrina idea de personificar al grupo cubano en la típica figura del campesino blanco de este país. Esta premeditada ocurrencia carece de un detalle digno de ser tomado en consideración; y es que el tal Liborio es blanco, o parece serlo, y no se explica que siendo el pueblo cubano uno de los más heterogéneos del mundo, pueda estar bien personificado en la típica figura de este humilde ciudadano que por su tipo, no representan nada más que a una de las dos entidades étnicas que forman el total de la población cubana.”

En contraste, Serra proponía: “la no menos interesante figura de José Rosario (personaje de ficción de la raza negra), el cual tenemos el alto honor de presentar como cubano criollo también.” José Rosario era de “carácter enérgico y un valor rayano en la temeridad, con poca instrucción, con muy buen sentido práctico, de costumbres en extremo sencillas y sin pretensión alguna". Era beligerante y luchador, y no dejaba de “traer el (machete) yaguarama al cinto nunca; pues con ese contundente instrumento ha ganado todo cuanto posee”.

Serra le atribuía rasgos sociales negativos a Liborio. Este habría trabajado como “mayoral” al servicio del dueño esclavista y colonial, pero era discriminado junto a José Rosario por ser ambos “hijos del país”. No obstante, Liborio tenía “miedo atroz” a rebelarse.

En la crónica de Serra, José Rosario no olvidaba lo sucedido a Aponte ni a 'su primo' Plácido, pero no era “débil y afligido” como Liborio. José Rosario prometía tomar para sí la parte “más difícil” de la lucha, pero con la condición de que uno debía morir a manos del otro en caso de traición.

Serra concluía que “a eso obedece que Liborio esté disimulando los desaires que recibe por alcanzar la protección del vecino de enfrente (Estados Unidos), con la esperanza de que lo ayude a dejar impune la falta de cumplimiento de su palabra”. Liborio encubría su actuar ante José Rosario afirmando que “hay que tener en cuenta que la República es ‘con todos y para todos’.”

El argumento de Serra comprendía la beligerancia de José Rosario por sus derechos y lo que consideraba la astucia taimada del pueblo blanco cubano para encubrir sus traiciones y permanecer con el control y el beneficio del proceso al que ambos habían contribuido. Serra afirmaba algo que sería un núcleo permanente de las demandas del negro cubano en el escenario republicano: su aporte histórico a la construcción de la nación para legitimar sus merecimientos en el presente.

El personaje de José Rosario, marcado racialmente como “el ébano”, no podía prosperar como símbolo nacional en la Cuba cercana a 1912, el año en que fue cometida la más grande masacre racista perpetrada por el estado republicano cubano en toda su historia. En su lugar, Liborio continuó su andadura como “representación folklórica del pueblo cubano”. Así, décadas después, sería la imagen de la cerveza La Tropical, “la bebida de Liborio”, esto es, la cerveza “del pueblo”.

En 1944, Antonio Iraizoz explicaba aún que el personaje guardaba diferencias con otros símbolos nacionales, como el Tío Sam o John Bull, que no inspiraban conmiseración, sino cierta autoridad vigilante: “Nadie se los imagina capaces de ser burlados. Ellos mandan. Ellos dominan. La nación va íntegra en ellos. Ningún sector social queda fuera del símbolo. No pasa igual con nuestro Liborio. Nuestro Liborio lo vemos siempre infeliz, esquilmado, desatendido, ingenuo, inspirando lástima, nunca temor. Así que logramos la República, él la personificó. Penosos y reiterados hechos, la extensión de la desconfianza, trajo una falta de fe y de seguridad, que Liborio, siéndolo todo, ha acabado de no ser nada. Y sin embargo, es nuestro querido símbolo nacional.”

Después de la revolución popular de 1930-1933 contra el dictador Gerardo Machado, la gran mayoría de los sectores sociales cubanos no quería reconocerse en la imagen de Liborio. La demanda de una Cuba “nueva” expresaba la sospecha, e incluso el desdén, de muchos por esas características y por la forma en que los había combinado la república oligárquica.

En específico, la visión de Liborio como imagen del pueblo despolitizado, siempre sufriente, atomizado y solitario, sin organización social, con el recurso único de su “humor popular” para enfrentar su circunstancia, y sin capacidad, en consecuencia, de inspirar temor, era una imagen incompatible con el pueblo que había desarrollado en las calles y campos de Cuba una revolución popular de grandes proporciones y había ganado, a precio de sangre, conciencia cívica, estructuras de organización, votos por otorgar y presencia pública en las calles.

La descripción de Liborio por parte de Iraizos identificaba la escisión oligárquica entre Estado y nación, entre poder y pueblo, entre los que “mandan y dominan” y quienes “sufren y son esquilmados”. En contraste, los discursos de los actores populares emergentes en la revolución de 1930-1933 demandaba hacer más dependiente al Estado del pueblo, esto es, emplear al Estado como un recurso a favor de la ciudadanía, reconciliando al poder y al pueblo en un Estado efectivamente nacional, cuya cobertura republicana alcanzara tanto al Estado como al pueblo.

Por lo mismo, se pensaban como un vasto conjunto social que, cuando especificaba a los trabajadores, lo hacía como individuos pero también como sujetos colectivos, organizados en asociaciones, gremios y sindicatos.

En ello, la representación de Liborio debía experimentar cambios. En los 1930, en la revista Carteles el humorista gráfico Roseñada utilizó el símbolo con el nombre de Liborito. Aparecía escéptico como siempre, pero con criterio independiente, bien avisado, y bien colocado, sobre la circunstancia nacional, y ubicado espacialmente fuera del entorno campesino, aunque mantuvo guayabera y sombrero mambí.

En los años 50, apareció Liborito Pérez en las páginas de Zig Zag, de la mano de Castor Vispo y del propio Roseñada. Así lo ha explicado la historiadora Olga Portuondo:

“Liberado de la pluma de Torriente, Liborio sobrevivirá en la República posterior al machadato, porque la imagen esencial que el pueblo tuvo de sí mismo maduró en esas décadas. Así se convertiría en figura urbana (conservando el sombrero y la camisa del guajiro), irónico hasta el cinismo, con apariencia de tonto, pero sagaz e intuitivo; tal y como lo reclamaba una sociedad más ducha en materia de política, mejor armado en aquellas lides, profundo sabedor de una conciencia soberana. Éste es el Liborito que llegará hasta mediados de los años 50 del siglo XX.”

El personaje de Liborio ha sido asociado siempre, aún con estos problemas, con el “pueblo cubano”, pero no siempre apareció nombrado para representar la “cubanidad”. La explicación se encuentra en que ninguna versión exitosa de la cubanidad podía construirse sin hacer suya en pleno al negro cubano.

El discurso de la Cuba “nueva” –tan caro en la década de 1930– debía tener entre sus contenidos la renovación de la imaginación sobre la raza. El entonces joven poeta Nicolás Guillén, en dura polémica con Luis A. Baralt le espetó en 1935 que: “Es triste tener que sacar de su error al doctor Baralt. Es triste, porque habrá que decirle que esa Cuba “nueva” que él sueña es una Cuba viejísima. Una Cuba unilateral, falsa, hitlerista, compurga de sangre, abecedaria y socialera, que por fortuna no pasará de mera exposición periodística, de tema para conversaciones familiares, de ardiente aspiración que la realidad se encargará de aplastar brutalmente. Porque no habrá revolución verdadera sin que las masas hoy ahogadas cuenten en ella y sin que nuestra patria deje de ser una colonia asentada sobre las cenizas, todavía demasiado calientes, de la esclavitud.”

Como he comentado antes, diversas propuestas procesaron reclamos como el de Guillén y formularon diferentes versiones de la nacionalidad y del pueblo cubanos. Se trata de algo poco visibilizado: la definición sobre el lugar del negro se encuadraba en varios proyectos de nación beligerantes entre sí en esa fecha. Entre ellas, la versión mesticista de la nacionalidad y del pueblo haría acto de presencia, con el nombre de “cubanidad”, y disputaría, también por este lado, la hegemonía del campo político cubano, tema al que dedico el siguiente, y último texto de esta serie.

Julio César Guanche
On Cuba Magazine, 4 de mayo de 2018.
Caricatura de Liborio, personaje creado por Ricardo de la Torriente. Tomada de Liborio en el cielo.
Leer también: Nación e integración desde los albores del siglo XX cubano.

jueves, 25 de octubre de 2018

La cubanidad (I)



Actualmente, vivimos cierta celebración banalizadora de los aportes de Fernando Ortiz sobre la cubanidad, que pretende, con un entusiasmo digno de mejor causa, convertir ese concepto en lo que nunca fue: una representación de la nación esencializada culturalmente y marcada políticamente.

En algunas apropiaciones primitivas, Ortiz aparece casi como precursor del “socialismo marxista patriótico” actual.

Si bien el sabio no rehusaría versiones del patriotismo ni del socialismo, hizo el trabajo intelectual cubano más asombroso de todo el siglo XX para producir una noción de cubanidad muy compleja, tanto desde el punto de vista intelectual como político.

La idea de “cubanidad” no nació con los guanajatabeyes ni fue tema de debate entre los taínos. Los símbolos nacionales que hizo suyos el patriotismo cubano en el XIX fueron el tricolor, el Himno de Bayamo y las medallitas de la Caridad del Cobre, pero los mambises no marcharon a degüello al grito de “Viva la Cubanidad”.

La elaboración de este concepto corresponde a un periodo específico –los 1930–, y a un proceso determinado por actores y agendas singulares en disputa por el control ideológico del campo político cubano en las condiciones de la modernización del Estado y la sociedad insulares tras la revolución del 30.

En las primeras décadas del siglo XX latinoamericano, las revoluciones “de 1911”, como les llamó Ángel Rama a la mexicana y la uruguaya, produjeron un cambio en la comprensión sobre el nacionalismo. Las demandas promovidas por esas conmociones –educación popular, nacionalismo, asentar al Estado sobre una mayor base social, la crítica contra la corrupción y las exigencias de redistribución de riqueza– significaron la mayor réplica democrática frente a la concepción elitista de los “ilustrados” de la modernización.

Los relatos nacionalistas habían explicado tradicionalmente los procesos de construcción de ciudadanía desde el a priori de la virtud “intrínseca” del Estado nación para servirles de cauce, y construían una relación necesaria entre nacionalización y democratización. Para los 1930 la crisis de ese relato era terminal, y carecía de poder simbólico para reformular una nueva hegemonía política sobre la nación.

La propuesta central del nuevo nacionalismo sería la inclusión de la cuestión social y de los sujetos culturales preteridos históricamente por el discurso nacional, como los indígenas y los negros. La idea traducía a la política la concepción del pueblo-nación, en la que éste representa el interés común frente a los intereses particulares, el bien común frente al privilegio. En los años 1930, ese discurso quedó recogido bajo la cobertura ideológica de conceptos del tipo “argentinidad”, “mexicanidad”, “ecuatorianidad” o “cubanidad”.

En Cuba, la metáfora tuvo que bregar para asentarse como nombre de lo nacional.

A la altura de 1940, Orestes Ferrara podía preguntarse: “¿Por qué nosotros hemos inventado esto de cubanidad?” Alberto Lamar Schweyer en uno de los libros más polémicos del período, aseguró en 1929 que la cubanidad era una “fuerza espiritual”.

Así entendida, debía ser “aquello que siendo en cada caso una forma de pensar individual, se repite en todos los ciudadanos constituyendo ese estado de ánimo colectivo, seguro de reaccionar siempre frente a determinados problemas, en una forma igual y precisa.” Lamar necesitaba la “cubanidad” así concebida por los objetivos de su discurso: si no existía ese estado de armonía, no existía entonces la cubanidad, por ende, no existía el patriotismo.

Rafael Soto Paz (periodista y escritor cubano, autor entre otros libros, de una antología de periodistas cubanos publicada en 1943) calificó de “cubanidad negativa” el proyecto blanco, esclavista y aristocrático de la sacarocracia cubana, dizque fundador de la nación. Era una manera de decir que la cubanidad había sido un proyecto inexistente en la realidad para los negros cubanos.

Para Soto Paz, figuras como José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero y Domingo del Monte eran tres arquetipos de “falsa cubanidad”. Al ser propietarios de esclavos fueron al mismo tiempo enemigos del abolicionismo, ultraconservadores, y así “negadores de la capacidad del cubano para gobernarse, y sobre todas las cosas, condenadores persistentes de todos los movimientos organizados en pro de la independencia de Cuba”.

Discursos como los de Lamar Schweyer o Soto Paz no fueron mayoritarios. Diversas elaboraciones trataron con más “éxito” de darle forma propia al término en un proceso de disputa cultural e ideológica. No era un debate solo “intelectual”: definir la cubanidad significaba asignar lugares sociales y roles políticos a respectivos actores nacionales.

En la década de 1930 pueden identificarse varios proyectos diferentes de nacionalidad cubana elaborados por respectivos actores cubanos:

1) la “raza” cubana como parte de “la raza americana”;

2) la “raza” negra como “nacionalidad oprimida”;

3) la nación cubana como “conglomerado étnico”, y

4) la “cubanidad” como resultado de la fusión “afrocubana”.

Todas estas versiones soportaban distintas acepciones de “pueblo”, y comprendían diversas maneras de integrarlo y de delimitar los alcances de la inclusión.

La tesis de la “raza americana” era propuesta por los gobiernos de las “21 repúblicas americanas”. Respondía a la posición de la región ante la guerra mundial, al nuevo liderazgo de los EE.UU., al proyecto de “pacificación” de las relaciones de América latina con España, propiciaba su diferenciación de otras “razas”, y se distanciaba del uso racial del fascismo.

En esa década, este nacionalismo americanista se producía en Cuba en imágenes como “el blanco (pobre) y el negrito”, de razas separadas, pero fraternales entre sí y era estimulado por las celebraciones oficiales del “día de la raza”.

La “raza cubana” tendría las ventajas de su “autoctonía”: podría dejar atrás lo peor de la herencia española, cuyos vicios aún no habían sido vencidos por el “esfuerzo que han realizado los hombres de la República” y también podía combatir el “snobismo yanquizante”.

Con el poder renovador de la raza cubana como “escudo” se podría al fin abandonar la dependencia espiritual cubana, otrora de la metrópoli española, ahora de Washington, y romper con la tara nacional de esperar siempre el advenimiento del hombre providencial, o la emergencia de algún suceso extranjero que llenase de oro el país.

El poder de la nueva raza haría valorar el “esfuerzo interior” que organizaría de “manera sólida la cubanidad”. El uso de la noción de “raza americana” se complicaría del todo con la rebelión fascista de Francisco Franco tras 1936 contra la segunda república española.

La tesis de la raza negra como “nacionalidad oprimida” fue defendida por el primer Partido Comunista cubano en la primera mitad de los 1930. Respondía a una política del Comintern o Komintern, abreviatura en ruso de la Internacional Socialista. La noción de nacionalidad “separada” justificaba crear la “faja negra de Oriente”.

Según esta opinión, “las masas negras tenían un carácter de minoría nacional”. Si estas masas constituían en Cuba más del 20 por ciento de su población total, en la zona negra de Oriente (La Maya, Caney, Cobre, Guantánamo, Palma Soriano, Baracoa, Santiago de Cuba, y parte de Bayamo), más del 50 por ciento de la población era negra, y ocupaba un territorio continuado, una economía propia, un lenguaje común y una cultura unitaria.

Desde esa posición, Martín Castellanos estableció que la opresión del negro no se debía a factores culturales o biológicos, sino estrictamente clasistas. La diferencia se localizaba entre explotadores y explotados, no entre blancos y negros. El enfoque de clase desestimaba el recurso de la “guerra de razas” como solución al problema negro, pero defendía su segregación estratégica.

Un objetivo de los autores de la tesis de la nacionalidad negra era mantener la cultura negra fijada a la conciencia de clase, para con ella mantener abierta la lucha, sin permitir la “neutralización” de su radicalidad, como sucedería, en su opinión, en caso de asimilación o de mezcla “indigna” con la cultura “blanca dominante”. Para dicho enfoque, la cultura negra podía corromperse también en manos de negros sin conciencia de clase. Compartían, por ejemplo, que el blues y el jazz habían “rodado por el mundo de manera indigna, arrastrándose por todos los antros, pasando de mano en mano, alcoholizados y prostituidos, vendiendo su alma y su cuerpo por dinero”, a diferencia del spirituals negro songs, que conservaba la “pureza” del dolor y la lucha del negro.

Para la tercera de la tesis sobre la nacionalidad cubana mencionadas, que la entendía como “conglomerado étnico”, la causa del negro era la causa de la nacionalidad. Este punto de vista criticaba el “afrocubanismo”.

La geografía, la economía, la historia y la cultura habrían forjado “un tipo cubano” que no respondía ni al África ni a España. Para Alberto Arredondo, “responde a Cuba, a una nueva realidad tiempo-espacial.”

Al hablar de la “nacionalidad”, al decirse “cubano”, se hablaba a la vez del blanco y del negro. El resultado era un producto mezclado, pero no indiferenciadamente “mestizo”.

Con este enfoque, cuestionaban las comparsas (recuperadas en 1937, después de estar prohibidas desde la década de los 1910) como una “tradición inventada” –tomo prestado el concepto de Hobsbawm–, que respondía a las necesidades del presente cubano, y no a las “purezas” de un pasado africano. Por lo mismo, impugnaban la “despolitización” de la llamada “poesía negra”, que celebraba un espacio de vida para el negro en el que éste no deseaba vivir y que de hecho luchaba por dejar atrás.

Para esta mirada, el “afrocubanismo” se saltaba el trayecto republicano del negro, obviaba que eran sujetos contemporáneos, no “ancestrales”, y “abducía” a los negros desde el pasado colonial para soltarlos, como máquina del tiempo, en los 1930 con “su cultura” lista para ser “redescubierta”. Esta visión afirmaba una novedad radical en la fecha: no había que “incorporar” al negro a la nación, porque este se encontraba allí desde su mismo origen.

Julio César Guanche
On Cuba Magazine, 3 de mayo de 2018.
Caricatura de Conrado Massaguer, 1923. Tomada de On Cuba.