viernes, 17 de abril de 2015

Vivir en paz cuesta la vida



El suicidio de Dairo Andino León, joven recluta de 18 años que prefirió quitarse la vida antes de cumplir condena en una cárcel militar, por los delitos de deserción e intento de salida ilegal del país, ha llamado la atención sobre un fenómeno social alarmante que está relacionado directamente con la política de un gobierno que condiciona los derechos humanos y las libertades individuales al acatamiento estricto de una ideología oficial fracasada.

Exilios, migraciones masivas, renuncias a la ciudadanía cubana y al derecho a la libre expresión, pasando por los “suicidios sociales”, hasta llegar a la triste realidad de una tasa de natalidad prácticamente en cero debido a la miseria que enfrentan las familias, son síntomas de una misma enfermedad: la de un país que solo avanza hacia la total desintegración, como se infiere de los testimonios de personas que han sufrido la pérdida de algún ser querido.

“Esto, por lo que estamos pasando mi mujer y yo, es el pan nuestro de cada día en este país”, concluye Orestes Álvarez, obrero de 54 años que hace unos meses perdió a su hija Olivia.

“Entré al cuarto y la encontré colgada de la ventana, con un cinto. Fue horrible. Llevaba horas allí. Como la niña dormía con nosotros no nos dimos cuenta hasta por la mañana. Gracias a Dios que no vio nada. No puedo dejar de pensar en eso, siempre que entro al cuarto la veo tirada ahí, y Magali, mi esposa, solo sabe llorar. Es por la niña que Magali se ha mantenido fuerte pero yo sé que un día de estos la pierdo también. Está muy mal”.

José Alberto, el yerno de Orestes, había perdido el trabajo por robar dos sacos de pienso. Los había sustraído del almacén de la empresa no para revenderlos sino para alimentar a los animales que criaba en su patio para autoconsumo. Como anteriormente había sido advertido por la policía, debido a un intento de salida ilegal del país, los tribunales se ensañaron con su delito de carácter menor y, lejos de pagar una multa, debió pasar un año en la cárcel. Cuando salió de la prisión no encontró empleo en ningún lugar porque, a donde fuera, los dirigentes de las empresas lo juzgaban como a un criminal. Tuvo que meterse en el mundo de las peleas de perros para subsistir.

Cuenta Orestes que “ya la niña había nacido y él siempre vivía con el miedo de que lo agarraran. Por eso empezaron con lo de irse del país porque no querían criar a la niña aquí. La primera vez los cogieron y perdieron todo el dinero. El jefe de sector (policía) no le quitaba los ojos de encima, a pesar de que él también cría perros de pelea, es un hijo de puta. Jose andaba como loco buscando hacer dinero, y mi hija también, porque lo que gano no es mucho y a esta pobre criatura hay que darle de comer, vestirla, no es nada fácil".

Unos meses después, armaron una balsa y sin decir nada se lanzaron al mar. A Olivia la rescataron casi muerta y la niña estaba deshidratada, de milagro se salvaron, pero de Jose nadie ha sabido nada. Olivia se tiró a morir, no salía de la casa.

"A mi hija solo le mandaron pastillas para dormirla, a pesar de lo que ella pasó en el mar. Después empezaron con el lio de las citaciones y la policía, para llevarla a los tribunales por querer llevarse a la niña en balsa, la sofocaron sin consideración. Eso nadie lo vio, nadie dijo nada... Hasta que la encontré muertecita", recuerda el padre.

Una especialista en psiquiatría, que atiende una extensa área de salud en el municipio donde reside Orestes Álvarez, comenta sobre los casos de suicidio en la localidad, pero nos solicita discreción por temor a perder el empleo:

-Una cosa es lo que sucede en la realidad y otra es lo que reflejan las estadísticas. Ese caso no lo atendí, pero recuerdo lo que pasó con la muchacha (la hija de Orestes). es que no se le puede dar seguimiento a todos los casos. Es imposible. Somos dos especialistas para casi la mitad de este municipio. Mensualmente recibo entre 30 y 50 casos de intentos de suicidio tan solo en un área.Te hablo solo de intentos y conductas, no de suicidio. Y eso es alarmante porque se trata de personas que vienen por sí mismas o adolescentes que sus padres traen preocupados por las cosas que advierten.

-Es cierto que muchos son adolescentes con desórdenes propios de la edad, pero hay un porciento grande de casos como el de esa muchacha. Y están los que no llegan a la consulta y jamás salen a la luz pública. El suicidio es un tema tabú. Incluso en las instituciones se trata con mucha cautela. Para no ir muy lejos, la semana pasada hubo un soldado, en una unidad de Managua, que tomó pastillas. Según me explicó la doctora que lo atendió, no se trató como un caso psiquiátrico sino como una “intoxicación por fármacos”, así no se refleja en las estadísticas. Por suerte no murió, pero todos sabemos que no faltará mucho para que vuelva a intentarlo si no recibe tratamiento o si no logra irse de aquí.

-No aguantan más. No soportan vivir en Cuba. Están agobiados por miles de problemas, los mismos que tú y yo padecemos, o peores, porque hay que viajar a las provincias para saber que La Habana es un Edén si la comparamos con el infierno de Oriente. No quieren verse en el lugar de sus padres, no quieren regresar a sus provincias. No es como en la época de nosotros que no veíamos nada de lo que sucedía afuera, no había revistas ni videos. Ahora ellos ven más allá, comparan, saben que hay otro mundo. El gobierno nos ha dejado empantanados en los años 70. No se puede vivir en esta época con cuarenta años de retraso. Yo, que llevo más de veinte años en esto, no sé hasta qué punto clasificar esos casos como suicidio. Son verdaderos asesinatos. Y que esto quede entre tú y yo porque me hacen tierra.

El testimonio de esta psiquiatra tiene puntos de contacto con el de Juan Carlos Porras, holguinero de 23 años que pasó el servicio militar en La Habana. En esos dos años del servicio, fue testigo de al menos dos actos de suicidio cometidos por soldados. Juan Carlos nos da su visión personal sobre el complejo asunto:

-Nunca había venido a La Habana y jamás me imaginé lo que iba a vivir. A La Habana la conocía por la televisión. Eso le sucede a la mayoría de los que venimos a pasar el servicio a la capital. En cuanto llegamos, comenzamos a chocar con todo. Las cosas en La Habana se ven desde otro punto de vista. Mientras estás encerrado en tu pueblo piensas que pasar hambre y vestir mal es normal, pero entonces cuando ves a la gente y a los jefes viviendo a full, comiendo y bebiendo, te das cuentas que todo es una burla, una mentira.

-Comienzas a deprimirte porque sabes que eres un loco si viras pa'trás. Están los que se ponen a luchar y dicen vamos pa´lante hasta que podamos pirarnos (irse del país), pero los hay que se marean, no aguantan. En mi batería hubo uno que se dio un tiro. Le robó el arma a otro soldado. Lo mató y después se mató él. Había estado preso por robar pistolas y bayonetas para venderlas y fugarse en una lancha. Le querían echar como 20 años por lo de las pistolas. Era un chamaquito tranquilo, no se metía con nadie, y meterle 20 años era un abuso.

-En la misma unidad hubo otro que se empastilló y se ahorcó en el calabozo. Se enredó con el político de la unidad. El tipo era pájaro (gay) y lo obligaba a acostarse con él y lo amenazaba con quitarle el pase, retenerle la baja. Lo chantajeaba. El chamaco lo denunció, pero no le creyeron. Eso no sale en los periódicos. Los mismos oficiales comenzaron a burlarse de él y a decirle maricón y no aguantó. Después que se mató y que los padres armaron lío, botaron al político pero no le pasó nada, anda por ahí. Los militares siempre salen ganando y no puedes decir nada porque te joden la vida.

Mirta Padilla, residente en la misma barriada de Orestes Álvarez, perdió a su sobrino Alejandro Perdomo hace tres años. Relata las circunstancias que lo condujeron al suicidio:

-Lo crié como a un hijo cuando mi hermana falleció. Hice por él todo lo que estuvo a mi alcance. Mi esposo también fue un padre para Alejandrito, pero los niños crecen y quieren hacer su vida y quieren tener cosas, hacer lo suyo. En esta casa somos doce personas y solo hay dos cuartos. Ni yo ni mi esposo podemos arreglar nada. Todos los salarios se van en comida. Y ni así nos alcanza para comer. Yo no sabía que Alejandro andaba en líos de drogas. Me daba dinero y me decía que era por trabajos que hacía por ahí, porque él se graduó de electrónica y era bueno en eso, y también hizo un técnico en computación y leía cantidad, pero no encontraba un buen trabajo, todos pagaban una miseria.

-Un día llegó la policía y registraron la casa, me dejaron esto patas arriba, y entonces fue que me enteré en lo que andaba metido. Pero él ya se había ido para Pinar del Río con la novia, para irse en una lancha. No sé si alguien chivateó, pero los cogieron presos a todos. Eran unos cuantos de aquí del barrio y de Los Pinos. No sé lo que pasó, pero a los dos días vinieron y me dijeron que mi sobrino se había dado un tiro. A la novia la soltaron después, como a los tres días, y me contó que hubo un tiroteo y que como todo estaba muy oscuro no vio más a Alejandrito, pero ella dice que él le decía todo el tiempo que si los cogían, él se mataba. Cuando vinieron a decírmelo, no lo podía creer, él no era así. Era un muchacho alegre, bueno, no era un loco ni un enfermo mental.

Frente a las noticias escalofriantes y a los miles de testimonios aún por recoger, ante las comparaciones con otras realidades foráneas y las estadísticas (la mayoría proveniente de estudios nada confiables, debido a la política de secretismo y desinformación que siempre han practicado los dirigentes cubanos), se debe analizar el caso de suicido del soldado Darío Andino León y de muchísimos otros jóvenes.

No como sucesos aislados, sino como parte de las perpetuas inmolaciones, de todo signo, que han caracterizado a la sociedad cubana en los últimos cincuenta años.

Ernesto Pérez Chang
Cubanet, 9 de diciembre de 2014.
Foto: Funeral de Dairo Andino León en Cienfuegos. Tomada de Cubanet.

miércoles, 15 de abril de 2015

Un habanero y un oriental dentro de un "almendrón"



Hace unos días, mientras compartíamos el ambiente de un taxi colectivo habanero de antigua fabricación, más conocido por 'almendrón', un ocasional compañero de viaje, al escucharme opinar sobre la actualidad nacional en uno de esos debates que con frecuencia se producen dentro de los almendrones, me preguntó acerca de lo él llamó "dos situaciones absurdas recientemente ocurridas".

Según el señor, de mediana edad y acento del Oriente del país, parecía increíble que a La Habana la hubiesen declarado una de las siete ciudades maravilla del mundo, al tiempo que incrédulo se preguntaba qué parámetros o requisitos se tenían en cuenta para tal selección. Sin dejar de gesticular en el angosto espacio del vehículo, dijo: “¿Cómo se les ocurrió a esos locos llevar a los presidentes de la Comunidad del Caribe (CARICOM) de visita nada menos que al zoológico?”

El comentario más socorrido sobre el impensable galardón es que los integrantes de la Seven Wonder Fundation no tienen que afrontar la dura cotidianidad de nuestra “maravillosa” urbe. Según trascendió una de las motivaciones fundamentales de la selección es la manera en que se expresa o manifiesta la diversidad en la ciudad.

Cabe preguntarse qué visión de la diversidad genera una ciudad donde los opositores y los jóvenes afrodescendientes son permanente objeto de arbitraria represión, o donde pacíficas defensoras de los más elementales derechos son víctimas de permanente violencia y maltratos físicos.

Solo pude decirle a mi interlocutor que algo sí es innegable: La Habana es la única capital del planeta donde todos los edificios están en visible estado de deterioro, donde los inmuebles se desmoronan y los infortunados sobrevivientes siguen viviendo en el lugar a la intemperie, donde todas las calles están en deplorable estado y todos los automóviles son viejos.

Estoy seguro que los ilustres maravillados con La Habana ni siquiera imaginan cuantos habitantes de nuestra maltrecha capital llevan décadas arreando cada día enormes recipientes de agua a causa de la falta de acceso directo al preciado líquido, cuántos niños nacidos en la ciudad están privados de las cuotas racionadas de alimentos por ser considerados ilegales como habitantes de las decenas de villas miserias que “adornan” la maravilla.

Parece realmente una broma macabra y demuestra lamentable desprecio por los seres humanos, declarar Ciudad Maravilla a un rincón del mundo con el peor sistema de transporte, donde la indigencia y la mendicidad crecen sin remedio, donde en las noches cualquier espacio puede convertirse en baño público por la casi total inexistencia de esos imprescindibles servicios y donde el panorama social y moral se ensombrece con la extensión de la prostitución infantil en uno y otro sexo.

A mi ocasional interlocutor, le dije que mejor no acordarse de semejante premio. Mejor pensar que un día La Habana va a volver a ser la ciudad maravillosa que una vez fue, pensar que será también moderna, funcional, segura y socialmente equilibrada. Es preferible soñar con una Habana futura de la que todos podamos orgullecernos por los nuevos rascacielos y antiguos monumentos, pero sobre todo porque la dignidad e integridad de todos los seres humanos, sin distinción sea el valor más respetado y protegido.

Pero cuando El Palmero, como él mismo se hace llamar, no salió de su asombro fue cuando le recordé que durante muchos años, las islas del Caribe fueron exportadores de mano de obra muy barata para la otrora solvente industria azucarera de la Isla, mientras el alto liderazgo cubano se convertía en pieza del rejuego geopolítico de la guerra fría dándose aires de potencia global. Sin hacer el menor caso a sus vecinos de las Antillas menores, sumieron a Cuba en la miseria y el retraso, mientras estas pequeñas naciones se colocaron en los primeros lugares del Índice mundial de Desarrollo Humano y son modelos de desarrollo sostenible y equilibrio social.

Esta realidad se la ponía difícil a los encargados del protocolo oficial en la pasada Cumbre Cuba-CARICOM. Si a los altos dignatarios caribeños los hubieran conducidos a visitar el hospital Hermanos Amejeiras, las condiciones hospitalarias de la más presentable instalación médica de la Isla y las agobiantes aglomeraciones de pacientes harían temblar de pavor a los visitantes. Si hubieran visitado las escuelas emblemáticas, a saber el Instituto Preuniversitario de Ciencias Exactas Vladimir I. Lenin o la Universidad de Ciencias Informáticas UCI, los invitados de ocasión no podrían menos que preguntar dónde están los afrodescendientes, siempre en visible minoría en estos centros educacionales de supuesta excelencia.

Si la visita la hubieran programado a la muy publicitada Zona de Desarrollo del Mariel, los ocasionales visitantes se percatarían que nadie se ha dejado conquistar por los desesperados cantos de sirenas de los gobernantes cubanos, quienes van por el mundo ofreciendo a los posibles inversionistas foráneos todo género de facilidades y privilegios aunque cada día es más difícil encontrar quien se deje engañar y estafar.

Definitivamente, la mejor solución fue montar a los presidentes y primeros ministros en cómodos buses para deleitarse con la belleza y vida placentera que llevan los animalitos en el Zoológico Nacional y, de paso, sacar la lógica y útil conclusión de que si los animales viven así, entonces las personas disfrutan de una existencia espectacular.

No pudieron menos que reírse mis compañeros de viaje cuando comenté que, por suerte, la Cumbre Cuba-CARICOM se celebró poco después que se instalaran en el Zoológico los animales donados por Namibia. Si la visita se hubiera producido un año más tarde, podrían encontrarse al hoy majestuoso león con evidente menos peso corporal, la melena un tanto desgreñada, descansando bajo un árbol, dispuesto a degustar un suculento racimo de plátano burro, único alimento disponible por culpa del “criminal bloqueo imperialista”.

Al abandonar el vehículo en el céntrico Parque de la Fraternidad, El Palmero, en tono jocoso, afirmó: “la mentira y el absurdo son el pan nuestro de cada puñetero día, si no fuera tan triste habría que reírse”. Y se perdió entre la ola de transeúntes que se movían hacia las inmediaciones del Capitolio, que después de su interminable reparación será sede del parlamento fantasma de esta Isla surrealista.

Leonardo Calvo Cárdenas
Cubanet, 6 de febrero de 2015.

lunes, 13 de abril de 2015

Quibú, ninguno más apestoso que tú



¡Oh, río Quibú! El Amazonas es más caudaloso, el Nilo es más largo, pero ¡oh, Quibú!, ninguno es más apestoso que tú”. Rimaba el humorista Héctor Zumbado, ante el río de Marianao que alguna vez tuvo aguas cristalinas.

Muy lejos quedó la fama del manantial de aguas medicinales en sus orillas. En el siglo XIX, las visitadas fuentes eran propiedad de doña Beatriz Navarrete. En la lápida que antaño se colocó allí leemos:

Reinando la Majestad Don Fernando VII (QDG) / El excelentísimo Sr Don Dionisio Vives / El Sr Don José Ma. Calvo, Alcalde de primera elección de La Habana / Con el auxilio del Real Consulado / Y de los vecinos, se construyó esta fuente, el 22 de Julio de 1831 / Don Ignacio Tovar dirigió la obra.

Curioso por saber el destino de la legendaria fuente y de los vecinos que la rodean, visité Los Pocitos. María Josefa, anciana originaria del lugar, nos cuenta que las aguas del manantial eran llevadas a lomos de mula y en carretones de caballos a las casas de los pobladores. “Ahora, como ves, la fuente y el río están contaminados. No existe la menor voluntad por rescatar la tradición. Y nosotros vivimos en la miseria, sin las aguas del milagroso manantial, como si navegáramos entre los excrementos que corren por el río Quibú".

Y concluyó diciendo: “Mira, mi hijito, si el mártir José Testa Zaragoza, asaltante del cuartel Céspedes, en Bayamo, y natural de aquí, de Los Pocitos, volviera a nacer, estoy segura que sin pensarlo se enfrentaría a esta desgracia de gobierno”.

Con el paso del tiempo, esta comunidad que en los años de la República se caracterizó por las excelentes condiciones ambientales, se ha degradado hasta extremos insospechados. Las casitas de llega y pon sirven para resumir las condiciones de vida de todo un asentamiento poblacional que se extiende por gran parte de la ribera del río Quibú. En ellas viven familias descendientes de esclavos africanos que hubo en esa zona o proceden de otras provincias.

Como casi todo Marianao, Los Pocitos muestra un cúmulo impresionante de problemas sociales: desde el deterioro del fondo constructivo, el hacinamiento habitacional, la degradación de las redes hidrosanitarias, la contaminación del río Quibú, hasta tener las peores escuelas del municipio y padecer toda clase de violencia.

Actualmente, Los Pocitos es una barriada marginal y de alta peligrosidad de La Habana. Entre 2006 y 2011 pareció que iba a mejorar por el proyecto Pocitín, una propuesta socio-cultural que promovía la educación y el desarrollo del arte, a fin de eliminar las constantes peleas callejeras y actividades delictivas en ese territorio.

Uno de los gestores del proyecto, Adrián Sosa Blanco, nació en Los Pocitos y conoce bien su historia. Haber dirigido la Casa del Joven Creador, conocida por La Madriguera, le permitió convertirse en uno de los artífices del programa. “Me esforcé en estimular la iniciativa creadora. Habilitamos una nave, en las calles 136 entre 83 y 85, donde se comenzaron a brindar talleres sobre cultura de paz, drogadicción y alcoholismo, atención a la niñez, entre otros problemas que afectaban el barrio. Nos visitaron artistas de prestigio nacional. El proyecto logró cambiar la imagen negativa de Los Pocitos”.

Infelizmente, la burocracia acabó con el proyecto.En 2010, la prensa local reconoció que Pocitín clasificaba entre los tres proyectos culturales más importantes de la capital, logrando cambios positivos en la mentalidad de los residentes.

Muy lejos quedaba ya el manantial de aguas medicinales en las orillas del Quibú. Hoy, el contaminado río, con sus basureros y sus pestilencia, es una vergüenza. Otra más.

León Padrón Azcuy
Cubanet, 3 de marzo de 2015.
Foto: Río Quibú. Tomada de Cubanet.

viernes, 10 de abril de 2015

Los hijos de papá se divierten





¿Se fotografiaría Fidel Castro Díaz-Balart o Alejandro Castro Soto del Valle con Lola, Yaíma, Mirta y otras supuestas o reales heroínas del trabajo por imponer récords en la limpieza de tripas en el Combinado Cárnico Habana, la recogida de café en Guantánamo, o el despalille de hojas de tabaco en Viñales, Pinar del Rio?

¿Caminarían como reyes, con botas de goma, gorro, delantal blanco y nasobuco por el comedor obrero de la empacadora de carne? ¿Sobre sus reales cabezas revolucionarias usarían sombreros de guano para cubrirse del sol en las montañas orientales? ¿O, tal vez, gorra verde para visitar una fábrica de puros en Vueltabajo y así rendir homenaje a estas dignas mujeres? No lo creo.

El problema es que a los hijos de estos papás que habitan en las cumbres borrascosas del poder en Cuba, les causa mareos mirar hacia abajo. Desde niños, dice Radio Bemba (chismorreo popular), les enseñan a marcar distancia de la plebe, hacer algo que los demás no pueden ni soñar, y sobre todo, a vivir bien.

En los últimos años, y pese a que las autoridades del régimen mantienen para el pueblo el mismo cinturón de castidad ética, social y económica de siempre, los hijos de papá y su excelsa parentela visitan museos de artes en Nueva York, se retratan junto a la Torre Eiffel, en París, u organizan torneos de golf en las zonas de Cuba que aún no han sido tomadas por las ruinas.

Por eso es que las fotos de Fidelito, como le dicen al primógenito, y de Alejandro (uno de los cuatro hijos varones que Castro tuvo con Dalia Soto del Valle) al lado de Paris Hilton y Naomi Campbell, no sorprenden a ningún cubano con acceso a internet.

Para ellos, el capitalismo no es una maldición, la fortuna no es una ignominia, ni el glamour un gesto de frivolidad, como hicieron creer sus padres a sangre y fuego de nacionalizaciones, marginación, empobrecimiento y consignas por más de medio siglo. Todo vale para los hijos de papá; lo demás es historia antigua.

No importa que sus padres no hayan tirado un chícharo para que ellos sean, presuman o actúen como ricos, compartan con millonarios de visita en la isla, empresarios, deportistas, jeques, políticos, gurúes de cualquier corriente, o ídolos de una farándula light, distantes de la majomía marxista-leninista.

Lo demás, es decir, las guerras, el racionamiento, las colas, el dengue, la crisis habitacional, la falta de agua, el calor, los baches, el infernal transporte, la picazón, el temor, la música, el ruido, el dominó, el sálvese quien pueda, el aquí no se rinde nadie y Seremos como el Che hasta la muerte, es para el pueblo.

Celestino Mendoza perdió un hijo de 19 años en Angola. Osmani estaba punto de casarse, nunca había salido de La Habana, su ciudad, pero con tal de cumplir sólo dos años de los tres que comprendía el Servicio Militar Obligatorio, se fue a una guerra que no era la suya. Voló hecho pedazos en un tren en esa lejana geografía.

De Osmani sólo tiene recuerdos de la infancia, adolescencia y efímera juventud, además de una chapilla con un número y el sitio donde reposan unos huesos que dicen las autoridades son los de su hijo, traídos a la patria durante la Operación Tributo. También es dueño de un dolor interminable.

“No guardo ningún tipo de rencor, ni le deseo mal a nadie, pero cuando veo las fotos de estos hijos de puta, haciendo todo lo contrario de aquello por lo que murió mi hijo, me dan ganas de ni se sabe qué. El más lejano pariente de estos vividores solo ha visto en películas un campo de batalla”

Mientras miraba las fotos, una ex modelo de La Maison dijo: “No es extraño. Ese es su hábitat natural. Si lo menos que hacen sus descendientes es pasear su impostura por El Tocororo, Don Cangrejo, El Pedregal, La Cecilia y otros sitios suntuosos para el encuentro entre pudientes del jet set y los hijos de papá, qué no harían ellos”.

En opinión de un chofer, “los hijos de papá se adueñan de todo. Pero en Cuba no se sabría si no fuera por internet. Por eso le temen más que el diablo a la cruz. Saben que Beyoncé asomada al balcón del Hotel Saratoga, movilizó a más cubanos en un día, que todo un año la parafernalia propagandista para reunir al pueblo en un acto de ‘reafirmación’ revolucionaria”.

Por su parte, una joven sentada en la escalinata de la Universidad de La Habana, expresó: “Y así nos piden fidelidad a los postulados socialistas de la Revolución. Haz lo que te digo y no lo que yo hago. Para nosotros, más austeridad, estudio, trabajo y fusil”

Por estos días, en que la televisión cubana no cesa de pasar la foto que Korda le tomara al Che durante el sepelio a las víctimas por la explosión del vapor La Coubre en la bahía de la Habana (1963), muchos quisieran ver en pantallas la cara sonriente de París Hilton junto a los rostros sonrientes de dos Castro Jr. Pero ni lo sueñen.

El festín de una nueva clase que sin heredar nada y aportar menos, vive a todo tren, ocupa cargos, juega a ser dios o rey, trafica influencias, domina feudos, viaja y retoza sin importarle lo demás, es bendecido en silencio por sus “austeros” padres desde el poder.

Víctor Manuel Domínguez
Cubanet, 10 de marzo de 2015.
Fotos: En la primera, con su lujoso celular, Paris Hilton se hace un selfie con Fidel Castro Díaz-Balart. En la segunda, alguien le hace el selfie a la Hilton y a Alejandro Castro Soto del Valle. Y en la tercera, éste no quiere desaprovechar la oportunidad para retratarse con la modelo de ébano, Naomi Campbell. Tomadas de internet.

miércoles, 8 de abril de 2015

Hijos del desencanto



En La Habana casi nadie ve el futuro con menos escasez, salarios mejores y precios más asequibles de los productos de primera necesidad.

Solo una parte ínfima cree que el país saldrá adelante, tal y como lo anuncian los medios oficiales. Una minoría que increíblemente no ha perdido su fe, a pesar del flujo y reflujo de las agonías que suelen ocupar los primeros planos en su supervivencia diaria.

A ese grupo optimista no pertenece Miguel, joven que se gana la vida con la venta ilegal de CD’s con música y filmes pirateados. “De aquí hay que irse. Esta gente (el gobierno), no le dan un aire (oportunidad) a nadie. Quieren que sigamos en la miseria. Mis padres se han puesto viejos esperando un cambio. Hace tiempo dejaron de creer en Fidel, Raúl y su revolución. A mí no me puede pasar lo mismo. Tengo que buscar la manera de salir para donde sea”.

No paga licencia. Para obtener un pequeño margen de rentabilidad tiene que vender en la sombra. El costo de los discos en las tiendas del Estado, cuando hay, es de un peso convertible. Conseguirlo por la mitad en el mercado negro es difícil.

“Los vendo a dólar. Y la competencia de los que hacen el ‘paquete’ es tremenda. Imagínate, la gente obtiene por el mismo precio un menú más amplio y variado en memorias flash, contenidos que descargan en sus computadoras”, explica.

Entre esa franja de la sociedad donde ya desapareció la ilusión de vivir en un país más ordenado, limpio y sin tantas prohibiciones, se destaca Hortensia.

“Esto no tiene arreglo. La ruina y el mal olor se han adueñado de la ciudad. Es como si estuviéramos en una pesadilla a la que definitivamente hay que acostumbrarse. A mis 72 años no espero mucho más. Morirme, cuando me toque, sin el trauma de estar ingresada en algún hospital donde también se ha perdido el amor y la decencia”, dice Hortensia con una media sonrisa .

A tres metros de la puerta de su domicilio se observa el discurrir de aguas negras, provenientes de un hueco ubicado en el borde de uno de los baches que la erosión y el abandono han provocado.

En sus palabras, marcadas por la incertidumbre, sale a relucir el tema de la papa, un producto deficitario por el cual a los vendedores furtivos se les paga 2 cuc por 4 kg, la décima parte del salario promedio en Cuba.

Hortensia y Miguel son hijos del desencanto. Dos cubanos residentes en la Habana Vieja que no creen en redenciones posibles.

El anhelo de irse de Miguel y la resignación a adaptarse a las circunstancias embarazosas por parte de Hortensia, marcan las pautas de una mayoría que se cansó de esperar por ese país modélico que prometieron los fundadores del socialismo en la Isla.

Jorge Olivera Castillo
Cubanet, 26 de febrero de 2015.
Foto: Calle de La Habana. Tomada de Cubanet.

lunes, 6 de abril de 2015

Tener 40 años en Cuba


En Cuba, a los hombres y mujeres que han llegado a los 40, se les denomina 'tembas', 'puros', 'mediotiempo'...

Los que están arribando a esa edad, presenciaron el antes y el después de 1989 en la Isla.

Su niñez transcurrió, entre las escuelas al campo y en el campo, la bonanza aparente subvencionada por el CAME (Consejo de Ayuda Mutua Económica) y la guerra de Angola. Siendo jóvenes, les llegaron los ecos de la caída del Muro de Berlín, sufrieron la crisis y los apagones del período especial.

Los que se quedaron, ven sus vidas como náufragos de una isla que zozobró. Algunos se aferran a los pedazos, para mantenerse a flote. Otros ven alejarse la realización de sus sueños en un país que les negó -y les niega- el futuro.

Cubanet recogió testimonios en Bayamo y en La Habana. En Bayamo, a unos 700 kilómetros al este de la capital, una pareja accede a conversar, sobre cómo ven el presente y el futuro de sus vidas. Dentro de dos años, él cumplirá los 40. Ni él ni ella quisieron decir sus nombres.

-Pronostican que en 2016 el paisaje en Bayamo pudiera ser otro, pero eso mismo hace tiempo el gobierno le prometió a mis padres y lo que yo heredé de ellos fue la crisis y las ganas de irme de este pueblo y de este país, dice el hombre.

-Bayamo es una ciudad linda, pero nos queda chiquita cuando vemos el montón de oportunidades que estamos perdiendo. Aquí los que más o menos prosperan, son los que reciben ayuda de quienes se fueron jóvenes a probar suerte en otro país. No quiero para mis hijos la desesperanza que heredé de mis padres. En eso mi marido y yo estamos de acuerdo, dice la mujer

Se hace llamar El Pelón, es promotor cultural, graduado en el caos educacional de la pasada década:

-Tengo familia viviendo en Estados Unidos. En una etapa pensé en irme a Miami, saliendo por Puerto Padre, en Las Tunas. Luego la vida se me enredó y aquí sigo. Cuando llegas a los 40, aún queda parte del impulso inicial, pero luego se va perdiendo. Avanzas a media máquina. Te resignas y te das cuenta que no es lo mismo llegar a otro país con veinte años que con cuarenta o más.

El teatro Maxim Rock, es un hervidero de jóvenes y no tan jóvenes. Es sábado en La Habana. En el teatro coinciden dos generaciones de amantes del género, intentando pasar la noche lo mejor posible. Consigo dialogar con dos jóvenes. Él afirma tener 40 años, ella aparenta 30. Hablan de manera informal, sin identificarse:

-Hace 20 años andaba por El Vedado, cazando extranjeros, “jineteando”, eran los 90, la época de los apagones y toda esa pesadilla de la que nadie quiere acordarse. Hay que ser valiente para irse, pero también para quedarse. Es lo que respondo cuando me preguntan por qué sigo viviendo en Cuba, cuenta él.

-Algo tendrá que cambiar, el tiempo de “esta gente” (el gobierno) ya pasó hace rato. Siguen aferrados a lo mismo con lo mismo. Y están muy mal si creen que el silencio del pueblo es por resignación, cuenta ella.

En otro barrio habanero, en una casa de los abuelos, que se sostiene en estática milagrosa, un grupo de hombres arman otra ronda de dominó sobre la mesa. Hace rato todos rebasaron los cuarenta.

Cada ficha es una opción a la que se apuesta en silencio como en el juego de la vida y la política. Sus rostros son la historia de una nación a la deriva, entre el pasado moribundo que los sentó en esta mesa, y el futuro, incierto como las fichas.

A la misma hora, en el parque Máximo Gómez de Miami, otros cubanos juegan también dominó. Son veteranos de la nostalgia. Algunos todavía esperan la inminente caída de los hermanos cara dura, igual que cuando tenían veinte años y llegaron a la Florida.

Mientras, la sombra de la reconciliación, sin libertad para los cubanos de la Isla, avanza entre ambos lados del Estrecho.

Texto y foto: Camilo Ernesto Olivera
Cubanet, 27 de febrero de 2015.
Foto: El Pelón, en una calle de Bayamo.

viernes, 3 de abril de 2015

Fidel Castro: las estadísticas lo condenan



El hombre que en octubre de 1962 durante 13 días puso al mundo al borde de una conflagración atómica; el joven abogado que en el verano de 1953 planificó un asalto al mayor bastión militar de Santiago de Cuba, con soldados amateurs equipados con fusiles de cazar torcazas; el guerrillero que con 81 figurantes derrotó al ejército del dictador Fulgencio Batista, que por cien lo superaba en cantidad y calidad de armamento, a sus casi 89 años, los números del PIB, las cifras en rojo de la economía y la fisonomía de la Isla, lo señalan como el gran culpable del desastre que es hoy Cuba.

Pudo burlar la muerte en disímiles ocasiones. Un poco la suerte, un poco la generosidad de tipos como el teniente Sarría, que lo detuvo mientras dormía en un pequeño monte arbolado tras el fracaso del asalto al cuartel Moncada.

Ya en el poder, su impresionante cuerpo de seguridad -mil 500 hombres que le cuidaban las espaldas y protegían sus propiedades a lo largo de todo el archipiélago-, afirmaba haber abortado más de 600 planes de magnicidios.

En uno de ellos, en Santiago de Chile 1972, estuvo a tiro. Un fusil empotrado dentro de una cámara de televisión pudo terminar con su vida. El grupo de cubanos anticastristas, al no tener una vía de escape segura, interrumpió la operación.

Como cualquier ególatra incorregible, Castro ha esbozado una historia a su gusto y semejanza. En las escuelas cubanas se estudia más al ‘Comandante Invicto’ que a Jesucristo.

Todavía lo siguen vendiendo como el hombre perfecto. Un visionario. Un artista de la guerra. El padrecito de la patria. Sus partidarios se rasgan las vestiduras por él. Quienes lo veneran destacan sus logros. Pero los números y la realidad desnudan ese mito.

El mérito de Fidel Castro fue poner a Cuba en los cintillos internacionales. Para bien o para mal. Su cruzada ‘antimperialista’ encontró el pretexto perfecto en la doctrina marxista. Cuando se estudie a fondo la Guerra Fría, no se puede soslayar su figura.

Más allá de pedirle a Kruschov que apretara el gatillo nuclear, fue un frenético adalid de la subversión en América Latina, las luchas anticoloniales en África y la guerra civil en Angola y Etiopía.

No tuvo amigos, solo intereses. Infunde más temor que lealtad a los que le rodean. A sus mejores socios, Nelson Mandela y Gabriel García Márquez, ya Dios se los llevó.

Nació en el país equivocado. Si hubiese sido británico, alemán o estadounidense, tal y como le hemos conocido, el mundo hubiera retrocedido a la edad de piedra. Por suerte nació en Birán, en el oriente de la isla, alejado de los centros del poder mundial.

Fue una pesadilla para los opositores cubanos. Como arma de contención, a destajo utilizó la cárcel y el paredón.

Masificó la educación con un suplemento brutal de adoctrinamiento ideológico. Era más fácil ser ingeniero que carpintero. Con el diluvio de rublos y petróleo llegados desde el Kremlin, montó un sistema de salud pública que se convirtió en la joya de su corona.

Al contrario de otros autócratas, no erigió edificios imponentes, ciudades magníficas o carreteras soberbias. No. Se le daba mejor construir mausoleos y plazas que le permitieran discursear en todas las provincias.

También diseñó una vaca, la F-1, que pretendía ser campeona mundial en producción lechera y carne. Fanfarrones como Fidel Castro hay pocos. Prometió que para 1980 La Habana tendría mejor nivel de vida que Nueva York. Sobrarían las naranjas, los plátanos y la malanga.

Los cubanos se asquearían con la producción desaforada de carne, leche, quesos, pescados y mariscos. Cuba sería la puerta del paraíso. No habría dinero. La isla se convertiría en un vergel donde el hombre nuevo retozaría en sus playas, luego de haberle vaciado un cargador de AK-47 a soldados imperialistas en cualquier rincón del planeta donde osaran poner sus botas.

Hasta 1990, un segmento elevado de la población creyó en el 'Máximo Líder'. Ensimismada, la gente escuchaba sus balandronadas. Se vivía con lo justo, a la espera del comunismo que, según decía, estaba al doblar de la esquina.

Pero el mar de felicidad prometido por el Comandante no llegó. De otras latitudes solo llegaban noticias inquietantes. El 9 de noviembre de 1989 el Muro de Berlín se vino abajo.

Los ‘hermanos del campo socialista’ se liberaron del imperialismo soviético. El propio imperio ruso se despedazó. La ideología comunista dijo adiós.

Fidel Castro no supo -o no quiso- apostar por el cambio. Tuvo la oportunidad de oro de liderar reformas y llevar a Cuba a una etapa de modernidad y democracia. No estaba por la faena.

Desde hace más de dos décadas, todo va en reverso. Los números no mienten. Las producciones, industriales o agropecuarias, han decrecido. En los campos, más vacas mueren de hambre que en los mataderos del Estado.

Las presas, carreteras y hospitales edificados por Castro se caen a pedazos por falta de mantenimiento. Los ciudadanos que antaño le aplaudían, huyen en balsas de goma, intentando alcanzar las costas de la Florida.

Con sus achaques a cuestas, el viejo guerrillero aún convive con sus delirios de grandeza, su manía de predicador y la convicción de ser un profeta. Augura guerras apocalípticas y el fin del capitalismo moderno.

Nueve años después de haber cedido por enfermedad el poder a su hermano Raúl, Fidel es un eco lejano entre la gente de a pie. Lo mismo ocurre con su revolución. Todos la dan por muerta.

Iván García
Dibujo de Harryiel. Tomado de Deviant Art.