viernes, 24 de mayo de 2013

El tren de Saladrigas


No deja de asombrarme la cantidad de opositores pro-democráticos que acogen como un mesías y escuchan con devoción al empresario cubanoamericano Carlos Saladrigas ahora que viene cada varios meses a La Habana, autorizado por la dictadura, a hablar de reconciliación nacional.

Y no es que personalmente tenga algo en contra de la reconciliación entre todos los cubanos, ¡que más quisiera!, pero es que se nota a la legua -y Saladrigas no se esfuerza demasiado en ocultarlo- que dicha reconciliación es sólo un medio para lograr su fin: conseguir que el régimen autorice a los cubanoamericanos a invertir y hacer negocios en Cuba.

Saladrigas habla muy poco, si es que lo hace, de las libertades políticas. Para él, es como si el mercado por sí solo fuera a traer la democracia a Cuba. Tal vez, se conformaría con que algunos de estos inversionistas venidos de la diáspora -una versión cubana de los exiliados inversionistas chinos- pueda tener representantes en la Asamblea Nacional del Poder Popular. Para aplaudir a sus partners del partido único y las fuerzas armadas, no faltara más.

Saladrigas, de tan anticastrista que era, se oponía a cualquier diálogo con el régimen y fue de los que más hicieron por impedir que vinieran cubanos de Miami a las misas que dio Juan Pablo II en Cuba en enero de 1998. Pero catorce años después, dejó lo que ahora llama histeria y dio su más entusiasta OK para que vinieran, con bastantes dólares, a las misas de Benedicto XVI, a pesar de que durante la estancia del Sumo Pontífice, varios centenares de disidentes estaban encerrados en calabozos, molidos a golpes, sitiados en sus casas, y con las líneas de los teléfonos cortados.

Que me perdone Mr. Saladrigas si estoy equivocado, pero tanto hablar de la necesidad de que la dictadura -que él no llama así ni por casualidad- permita a los empresarios cubano-americanos invertir en Cuba para montarse en el tren de los cambios económicos, hacer lo suyo y ganar bastantes billetes, sin hablar de libertades políticas, me suena más a oportunismo que a patriotismo.

Saladrigas y los empresarios del exilio -ahora algunos prefieren llamarlo diáspora- que sólo esperan una señita para montarse en el tren de los cambios que no son tales, sino “actualización del modelo”, me recuerdan a Jasón y los argonautas que partieron a la Cólquide a buscar el vellocino de oro. Durante el viaje, abandonaron a Hércules, porque su peso hacía peligrar el barco. Estos de ahora, antes de enfrentarse al dragón y los dos toros terribles, echan del tren -sin todavía acabar de montarse- a la democracia, que les pesa demasiado.

Pero Saladrigas quiere quedar bien con su conciencia. Que luego no digan que el traqueteo del tren no le permitió escuchar los quejidos ni enterarse de los daños colaterales. Conocedor de los males que puede traer el mercado, aun más en el socialismo de mercado, donde pagan poco y no hay derecho a nada, Saladrigas aconseja contar con la Iglesia Católica para que atempere las durezas del capitalismo deshumanizado que vendrá. Supongo que sea con albergues para los que no tengan casas y ollas colectivas para los hambrientos. Y que el cardenal invite a Seguridad del Estado a entrar en los templos para sacar por la fuerza a los que se pongan majaderos.

En la más reciente venida de Saladrigas a Cuba, varias decenas de personas colmaron el Instituto de Estudios Eclesiásticos, en la Habana Vieja, para escuchar arrobados al mesías del Cuba Study Group, y aplaudirlo, con los ojos aguados por la emoción.

Aconsejaría pensarlo dos veces antes del próximo aplauso y la próxima lágrima, no sea que Saladrigas, tan pragmático y conciliatorio como es, trueque a sus admiradores de la disidencia interna, no por compotas o un plato de lentejas, sino por el permiso para hacer negocios en Cuba. En definitiva, para eso los mandarines no necesitan cambiar demasiadas cosas: basta con unos cuantos decretos leyes y un cuño del Ministerio del Interior.

Luis Cino
Cubanet, 23 de abril de 2012.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Miami: mordaza allende los mares



Con la idea de conocer cómo es la vida de los cubanos residentes en los Estados Unidos que han emprendido pequeños negocios, al estilo del cuentapropismo, realicé varias entrevistas durante mi reciente visita a ese país. El tema reveló que muchos de ellos están aún llenos de temores adquiridos en Cuba, bajo la represión del régimen.

En la totalidad de los casos me presenté como periodista independiente residente en Cuba. Más de la mitad de los entrevistados me comentaron que no deseaban realizar declaraciones políticas. Cuando aclaraba que mi única intención era describir la vida de los cubanos, para acercar las realidades de las dos orillas, no lograba mucho más.

La mayor parte de los entrevistados mostró recelos en sus respuestas; dejaron claro que deseaban continuar sus viajes a la Isla, algunos con la añoranza de emprender negocios. Otros solicitaban información del website donde se publicaría la nota. Cubanet les pareció conflictiva. En su mayoría, me preguntaron (todavía con esa forma de hablar susurrante que aprendemos en la isla) si Fidel Castro estaba muerto.

Me pareció estar en La Habana, donde entrevistar en la calle a un testigo de algún acontecimiento público requiere técnicas muy persuasivas de interrogatorio, y donde tomar una foto de un derrumbe o incendio puede ocasionar un arresto y la confiscación de la cámara fotográfica o celular. Lo que más lamenté fue el susurro y en algunos casos el rodeo con que hablaban.

En Cuba había recibido señales del rumbo que tomaba el alcance represivo del gobierno. Conozco cubanos que viven en el extranjero y no intercambian emails con miembros de la oposición para no tener problemas al entrar en la isla.

El tema cobra su máxima desvergüenza entre los cubanos que están regresando a la Isla, hipnotizados por el proceso de “perfeccionamiento del modelo económico del socialismo”. Para obtener la repatriación, hasta los perdonados desertores solicitan su reingreso en los CDR, símbolo exquisito de la doble moral en Cuba.

No pretendo que los cubanos de la diáspora digan todo lo que no pudieron decir mientras vivían en su tierra. Basta con que honren la libertad de expresión existente en el lugar donde residen.

Son lamentables las huellas que la represión ha dejado en la conciencia de los cubanos. La hipocresía como una de las consecuencias se ha extendido hasta quienes han logrado escapar del sometimiento.

Texto y foto: Augusto César San Martín
Cubanet, 26 de marzo de 2013.

lunes, 20 de mayo de 2013

El lechón de la despedida



El 14 de enero de 2013 se dio el pistoletazo de arrancada para que huyan los que puedan. Solo se precisa pasaporte, visa del país de destino, dinero y suerte. Pero tener un pasaporte en Cuba no es una garantía de que te irás a otros países a conquistar progreso. Los cubanos estamos mal adaptados, por el padrinaje estatal de más de cinco décadas.

En el mundo real se nos cataloga generalmente como vagos o posibles emigrantes. Así que adquirir un pasaporte no necesariamente significa que vas a irte a vivir o a visitar los Estados Unidos. La cosa está dura para que te aprueben la entrada.

Con el alza del banderín, la carrera de algunos ha sido febril. Se sabe de familias enteras que han vendido todos sus bienes y posesiones materiales para intentar buscar un país de destino y recomenzar una vida diferente. También sé de gente que se ha dedicado a visitar todos los consulados de las embajadas radicadas en Cuba, buscando conexiones para brincar hacia cualquier país del planeta.

En muchos casos, la respuesta que se han encontrado es que, por ser cubanos, se consideran potenciales inmigrantes, y por lo tanto, no serían bien recibidos en la mayoría de los países. En medio de tanto desenfreno, hay algunos que navegan con suerte, porque antes han adquirido el bendito pasaporte español por la vía familiar.

Un buen amigo, casado con una mujer descendiente de españoles, consiguió el milagro. Fueron beneficiarios de la denominada Ley de los Nietos, que promulgó el gobierno español hace unos años. Este amigo vivía de la fotografía, además jugaba a la bolita o emprendía cualquier negocio ocasional para poder sostener a su familia. Sin embargo, el dinero de los “inventos” no le daba para vivir.

Por una cuestión de estrategia familiar, decidieron que él se iría a las Islas Canarias por nueve meses a buscar nuevos horizontes económicos. De más está decir que el dinero para los trámites burocráticos en la embajada española rebasó sus posibilidades y hasta su imaginación. Así que contrajo deudas con otros amigos, tanto del exterior como cubanos.

Sin embargo, cuando llegaron los días previos al viaje, la despedida fue de lo más extravagante. En la casa de este amigo se comió lechón asado, yuca y arroz moro durante dos días. Centenares de cervezas bailaron fluidamente al ritmo de Descemer Bueno y Adele. En tanto, pasó un desfile de amigos de todas las edades, épocas y clases. Todo el mundo en ese momento crítico se convierte en “familia”.

Entonces, el día de la partida, las cosas se enredaron de un modo casi kafkiano. La pesadilla se concretó en el mismo aeropuerto. Al amigo le decomisaban los carretes fotográficos de su obra artística, mientras el avión lo estaba esperando y lo llamaban por los altavoces del aeropuerto.

Los oficiales lo retuvieron en la frontera y el avión partió sin él. Esa noche lo mandaron a dormir en el hotel El Bosque, debido a que la aduana le reasignó, para el día siguiente, un nuevo vuelo rumbo a España. Logró irse extremadamente exhausto, furioso y a punto del colapso nervioso, en el último avión de la noche que volaba a Madrid.

Días más tarde, repuesto de tan aterradora salida de Cuba, nos comentó por email el trabajo que pasó para brincar de esta “isla, hoyo del no tiempo y del no espacio”. A pesar del susto y el mal rato, piensa que la suerte lo ha acompañado. Logró materializar lo que millones de cubanos anhelan: un pasaporte con visado y toda la responsabilidad sobre los hombros para labrarse un futuro mejor.

Texto y foto: Polina Martínez Shvietsova
Cubanet, 28 de marzo de 2013.

viernes, 17 de mayo de 2013

Jorge Olivera en la boca del lobo


Lo mejor que puede hacer un habanero es caminar por sus calles en plena primavera. En estos días de marzo, Jorge Olivera Castillo, 52 años, poeta y periodista, se deleita con el verdor de los árboles, el olor del salitre y el sol tenue.

En una mañana cualquiera, traza su itinerario particular. Y sin rumbo deambula por un dédalo de callejuelas sucias con fachadas de solares apuntalados: en esos sitios residen los protagonistas de sus historias y poemas. Le gusta caminar por las calles de Centro Habana, y por los lugares que no aparecen en las postales turísticas.

Fue precisamente en otra primavera, la de 2003, cuando el Estado quiso doblegar a un puñado de hombres y mujeres pacíficos, haciendo uso arbitrario de su poder absoluto. Y a largas sanciones penales condenó a cubanos que, como Jorge Olivera, disentían y disienten de un régimen que confunde patria con una finca y democracia con lealtad a un comandante.

Olivera fue uno de los 75 reos de la Primavera Negra. Diez años después, recuerda sin drama aquellos días. “Sobre las dos de la tarde del 18 de marzo de 2003 fui arrestado. Había regresado del hospital, de atenderme un problema gastrointestinal, cuando violentamente irrumpió una tropa de alrededor de veinte militares. En ese momento era director de Habana Press, agencia de prensa independiente. Realizaron un registro minucioso de cuanto papel tenía. Incautaron libros de literatura universal y mis crónicas y artículos. Una vieja máquina de escribir Remington. Fotos de familia, cartas de amigos, recibos de la luz y hasta la cuenta del teléfono. Barrieron. Todo fue confiscado por decreto estatal”.

Cuando un gobierno dice que un hombre que escribe debe ser procesado, algo no anda bien en esa sociedad. Las armas de periodistas libres como Jorge Olivera, Ricardo González, Raúl Rivero y otros 24 reporteros condenados a muchos años de prisión, eran las palabras, máquinas de escribir y teléfonos fijos a través de los cuales una vez por semana leían sus noticias y textos sobre la otra Cuba que el régimen pretende ignorar.

En abril de 2003, un Tribunal Sumario lo condenó a 18 años de privación de libertad. “El juicio fue un circo. Sin garantías jurídicas. Los abogados defensores tenían más miedo que nosotros. Las pruebas definitivas que demostraban que yo era una amenaza pública eran escritos míos desperdigados por internet y grabaciones de mi participación en programas de Radio Martí”, cuenta Jorge.

Estuvo 36 noches durmiendo en Villa Marista, cuartel general de la policía secreta, un antiguo colegio religioso transformado en prisión preventiva para los opositores. Situado en el Reparto Sevillano, municipio 10 de Octubre, Villa Marista es un residuo de la Guerra Fría. Una imitación caribeña de la Lubianka moscovita del período comunista. En marzo de 1991 estuve allí trece días detenido, acusado de 'propaganda enemiga'. Cuando entras al edificio de dos pisos, con paredes pintadas de verde claro, te recibe un oficial de guardia sentado tras un cristal.

Usan técnicas de intimidación y torturas sicológicas. Ya no eres un ser humano. Te convierten en un objeto. Una propiedad de los servicios especiales. Antes de vestirte con un uniforme gris, te desnudan y humillan delante de varios oficiales. Te obligan a hacer cuclillas y abrirte el ano. Como en Abub Ghraib o la prisión en la Base Naval de Guantánamo. Pero en Cuba se viene aplicando desde mucho antes.

“Fueron días terribles. Las celdas mínimas de cuatro personas estaban tapiadas. Las camas eran una plancha de zinc fijadas a la pared con una cadena. Los medicamentos te los sitúan en una bandeja metálica fuera de la celda. Te llaman por un número. Ya no era Jorge, sino el recluso 666. Duermes con dos lámparas de luz fría que nunca se apagan. A cualquier hora del día o la noche te llaman para largos interrogatorios. Te conducen por largos y sombríos pasillos repletos de celdas donde no ves a ningún otro detenido. Es como la boca de un lobo”, recuerda Olivera.

Ciertos dictadores suelen tener humor macabro. Después de extensas torturas, Stalin utilizaba los juicios y las autoinculpaciones como un espectáculo. A veces no era un show. Te ponían de espalda a una pared y te encajaban un tiro en la sien. Si deseaban alargar la agonía y romperte como ser humano, te enviaban a un Gulag.

En Cuba, los agentes de la Seguridad del Estado han calcado esos métodos. Excepto el tiro en la sien. Una de esas pinceladas de burlas que gusta gastarse el aparato represor de los Castro, Olivera la mantiene fresca en su memoria. Los condenados de la Primavera Negra fueron repartidos por las prisiones de la isla en confortables ómnibus climatizados, iguales a los usados para los turistas.

“El colmo del cinismo. Viajábamos viendo películas y ese día nos dieron buena comida. Nos trataron a cuerpo de rey mientras nos depositaban en cárceles a cientos de kilómetros de nuestros hogares. A mí me recluyeron en el Combinado Provincial de Guantánamo, a mil kilómetros de donde residían mi esposa y mis hijos”, recuerda.

La peor experiencia que ha vivido Jorge Olivera fue la cárcel. “La comida era un bodrio. Las golpizas de los celadores a los presos comunes son habituales. Los reclusos se automutilan. O se suicidan. La poesía me salvó de la locura”. Fue en la cárcel donde Olivera comenzó a escribir poemas. En 2004, debido a un rosario de enfermedades, le concedieron una licencia extrapenal.

Técnicamente aún no es un hombre libre. Si el gobierno así lo estima, los presos de la Primavera Negra que quedan en la isla pueden volver tras las rejas. De los 27 periodistas independientes encarcelados en marzo de 2003, Jorge Olivera el único que queda en Cuba. En el exterior le han publicado cuatro libros de poesía y dos de cuentos.

Ahora mismo, da forma al último de sus poemarios. Sístoles y Diástoles es el título provisional. Escribe para Cubanet y Primavera Digital, un semanario que desde hace seis años realizan los mejores periodistas independientes cubanos.

Junto al también periodista Víctor Manuel Domínguez, dirige un club de escritores. Es miembro de honor del Pen Club de la República Checa y de Estados Unidos. Si las personas pudieran recibir una calificación por su condición humana, no me temblaría la mano para otorgarle un diez a Jorge Olivera. Sus prioridades informativas siguen siendo describir la realidad de sus vecinos de Centro Habana, la crisis de valores, la prostitución y la corrupción oficial.

Al autor de Sobrevivir en la boca del lobo, rechaza la 'amnesia' de algunos disidentes de nuevo cuño. “No se puede olvidar la historia. La generación contestataria que domina las nuevas tecnologías es bienvenida. Pero debieran ser honestos y reconocer que antes de ellos, nosotros estábamos ahí. Buscando noticias en sitios calientes y bajo un constante acoso policial. No teníamos Twitter ni Facebook, escribíamos con bolígrafos al dorso de papeles reciclados. Pero nunca dejamos de informar sobre la vida precaria y la falta de futuro de la gente en Cuba. Eso no se puede relegar ni olvidar. La historia de la disidencia es muy larga. Y antes que nosotros, estuvieron los que fueron sentenciados a pena de muerte en La Cabaña. Si olvidamos esas etapas, mutilamos o sesgamos una parte importante de la lucha pacífica contra el régimen castrista”, expresa Jorge Olivera.

Su sueño es hacer radio, tener salud y vivir en democracia. Espera que no esté demasiado lejano el día cuando pueda reencontrarse con Tania Quintero y Raúl Rivero, dos de sus colegas exiliados. No en Suiza o España, si no caminando en primavera por las calles de La Habana.

Iván García
Foto: Víctor Manuel Domínguez

miércoles, 15 de mayo de 2013

Retrato con punto guajiro



Uno de los grandes poetas campesinos cubanos escribió unas décimas en las que compara su país con una vieja carreta de caña atascada en el camino de la romana en plena zafra azucarera. El carretero desesperado, la vara del aguijón en alto. Y los bueyes de la yunta guía con el fango de las lluvias de primavera en las patas, el narigón y el yugo. Es una metáfora amarga que suele cerrar las canturías a la hora en que quedan sólo amigos y familia.

El poder y la popularidad de esa espinela tienen que ver con la realidad de una sociedad obligada a renunciar al progreso y al porvenir porque comenzó, en los años 60, a destruir las estructuras del pasado capitalista. Ahora se empeña en aniquilar el pasado de un socialismo sostenido a larga distancia por lo que allí llaman, sin ninguna concesión a la creatividad o al decoro, manos amigas.

Se acabó el capitalismo y sobre sus escombros se levantó un aparato importado, pegado con saliva, con más eficacia verbal, represiva y de ensoñación que arraigo verdadero. Todo en el mismo tiempo detenido, que es este tiempo mismo todavía en el que el régimen ha tenido que ordenar que se busque entre los ripios de capitalismo unos emplastos para ayudar a sepultar el proyecto que llevó la isla al pantano que describe el repentista.

Esos residuos del capital se utilizan para devolverle unos pedazos de tierra a los campesinos porque la agricultura estatal es el edén del marabú que nada más sirve para hacer carbón. En aquellas ruinas han descubierto que no es grave que alguien venda refrescos o que era un error no admitir que un hombre se ganara la vida como paseador de perros o de fontanero por cuenta propia.

Ahora, la campaña de arrase socialista se centra en eliminar el puntal de la igualdad proclamada por el castrismo en sus orígenes: la cartilla de racionamiento, vigente desde 1962. Otro parche grotesco del momento es la decisión de pagarle generosamente a los médicos sus guardias nocturnas. A dos pesos cubanos la hora. El salario promedio de esos profesionales es de 500 pesos al mes, unos 21 dólares.

El afán de acabar con los dos pasados sin mirar al futuro es la carreta estancada que ve el poeta. Le deja a la imaginación del lector el policía que está detrás del flamboyán.

Raúl Rivero
El Mundo, 22 de marzo de 2013

Foto: Cuba 1923. Postal de carreta con bueyes, pintada por Chapman.
Leer también: Frutas maduradas a la cañona.

lunes, 13 de mayo de 2013

La "enfermedad del empingue"



Los indicadores mostrados por Cuba en los resúmenes anuales del Ministerio de Salud Pública, entre los que destacan la más baja tasa de mortalidad infantil de América Latina, un promedio de vida similar al de países desarrollados, un cuadro de vacunación integral y rigurosos controles epidemiológicos, sitúan a la isla, según la Organización Mundial de la Salud, entre los países con mejor organización y vigilancia en el combate contra enfermedades.

Sin embargo, un estudio que realiza Joaquín Bustamente, investigador y promotor independiente de sanidad (así se auto denomina) arroja un crecimiento desproporcionado de dos enfermedades crónicas que afectan seriamente a la población cubana y el Estado no toma medidas para combatirlas.

Bustamante analiza los comportamientos sociales en pueblos del campo y centra su tesis en la repercusión de la economía en la salud del individuo. Recorre la isla de punta a cabo observando, compilando datos, cotejando el efecto pernicioso en el organismo producido por la crisis económica, política y social que azota a Cuba.

En su estudio morfológico y conductual del ciudadano en diferentes pueblos visitados, define al infarto y la hipertensión como primeras causas de muerte. Pero hace poco descubrió otro padecimiento, muy relacionado con los anteriores porque actúa como su detonante.

Este padecimiento se propaga en sentido proporcional al crecimiento de la crisis y debido al empeoramiento progresivo que ha tenido la economía cubana. El experto considera que pudiera llegar a convertirse en una especie de virus.

La bautizó como la 'enfermedad del empingue'. Dice que se muestra cuando la persona encuentra sin salida los caminos, las múltiples fuerzas externas actuando sobre él, aplastándolo. Y por si no bastara, el discurso oficial, radial y televisivo, erosionando como una burla sobre su equilibrio emocional, psíquico y sus normas de conducta. Los principales síntomas son irritación, malestar, desespero, angustia, carácter huraño, envejecimiento prematuro y una extrema violencia verbal y física.

Su más reciente periplo fue de tres días por provincias del centro del país. Además del alto número de infartados e hipertensos que encontró, también contabilizó numerosos divorcios, lesionados en trifulcas, encarcelados, asesinatos y suicidios.

Tras el panorama desolador que encontró en esos pueblos del campo, donde se vive bajo una desprotección total y una miseria rampante, vio a hombres y mujeres discutir y pelearse no solo en las fiestas populares: también en la bodega, en la cola del pan y hasta en los pozos colectivos, discutiendo por un cubo de agua.

Frank Correa
Cubanet, 28 de marzo de 2013.
Foto: Tomada de Cubanet.

viernes, 10 de mayo de 2013

Esperando por internet



Cuenta en su blog Fernando Ravsberg, corresponsal de la BBC en La Habana, que “pasan las semanas, los meses y los años sin que Cuba alcance la prometida informatización de la sociedad”.

Según Ravsberg, ha intentado que algún directivo del Ministerio de Comunicaciones le responda sobre la situación de internet. Al final, la respuesta es la misma: no voy a hacer declaraciones, este no es el lugar, o en otra ocasión.

Se queja el corresponsal de la lentitud extrema de la conexión, que en su mejor momento alcanza no más de 56 Kilobytes, lo cual le impide bajar videos, abrir fotos puede demorar ente 15 y 20 minutos y para revisar unas 20 páginas informativas se necesitan alrededor de tres horas.

Ravsberg asegura que siempre están los que achaquen la lentitud al ‘bloqueo’ estadounidense, mientras los opositores le expresan que es un complot del gobierno de Castro para monopolizar la información.

Un tercer grupo alega dificultades técnicas. Hay un poco de razón en cada uno. En los años 90, el embargo impedía conectarse a los cables submarinos que circulan por mares adyacentes a Cuba.

La isla debía conectarse por vía satelital, más costosa y lenta. El ancho de banda asignado era mínimo. Pero desde que Barack Obama asumió la presidencia, en 2010 a una empresa radicada en Miami se autorizó a establecer negocios con la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba, ETECSA.

El proyecto era rehabilitar un viejo cable submarino y dotarlo tecnológicamente, para que cubriera la demanda creciente en el acceso a internet desde Cuba. El costo no superaba los 18 millones de dólares. Pero al régimen no le gustó esa opción. Sus directivos plantearon que si se quería mantener la soberanía digital, debía planificarse una conexión submarina con Venezuela.

Era un negocio a tres bandas. Cuba y Venezuela, como parte de su alianza económica conocida por ALBA y Jamaica. El costo rondaba los 70 millones de dólares. El cable partía desde La Guaira venezolana y se enlazaba en Siboney, Santiago de Cuba. En febrero de 2011 el cable llegó a las costas cubanas.

En agosto de ese año, según una nota del Ministerio de Comunicación, se hizo operativo. Sin embargo, desde esa fecha, la velocidad de conexión en hoteles, empresas o particulares autorizados por el gobierno no ha mejorado.

Todo lo contrario. Cada día las conexiones son peores. Alrededor del cable hay toda una trama de corrupción. Se especula que el desfalco sobrepasó los 20 millones de dólares. La calidad del trabajo y los materiales utilizados dejaban mucho que desear. Casi un centenar de directivos y técnicos fueron investigados. Uno de ellos desertó en Panamá.

Otros fueron destituidos de sus cargos y esperan juicio. En ese momento, Ramiro Valdés, un comandante de toda confianza de Fidel Castro y creador de los servicios especiales en Cuba, era ministro de comunicaciones. Se rumora que asesores cercanos al ministro estarían involucrados en ese caso de corrupción. Ramiro Valdés fue sutilmente apartado de su cargo.

Y promovido hacia arriba. Ahora ocupa la cartera de un super ministro y su rango de acción se extiende a diferentes esferas. Desde el trazado de un nuevo acueducto en el oriente cubano, hasta la asesoría eléctrica a Venezuela.

Una nota informativa de ETECSA, publicada en febrero en el diario Granma, expresaba que a pesar de tener en funcionamiento el cable, para lograr una mayor conectividad se necesitaban inversiones importantes en la infraestructura interna de telecomunicaciones.

El cuento de la buena pipa. Un técnico que prefirió el anonimato dijo que el cable podría elevar la velocidad de trasmisión de datos en tres mil veces. Pero en su opinión, debido a la falta de mantenimiento en las redes y en el cable de fibra óptica que cubre todo el territorio nacional, se han sucedido fallas técnicas.

El equipamiento tecnológico es obsoleto. A partir del mes de abril, por falta de equipos, los teléfonos fijos defectuosos no se podrán cambiar. Cuando ETECSA era una empresa con capital mixto, el socio italiano renovaba el parque tecnológico y de transporte.

¿Por qué un misterioso grupo llamado RAFI de capital nacional que controla casi todas las acciones de ETECSA desde 2010, a pesar de obtener amplios beneficios, no es capaz de renovar el equipamiento obsoleto?

Esa pregunta se la hice vía telefónica a un directivo de ETECSA. Recibí la callada por respuesta. Por pura desidia política, el gobierno del General Raúl Castro no dedica tiempo en intentar buscar soluciones a problemas técnicos que impiden comercializar internet a precios asequibles a los ciudadanos.

No hay una reunión ministerial o una sesión de la Asamblea Nacional donde no se discuta del tema. Una especialista me contó que hace dos años se elaboró un proyecto que permitiría comercializar internet. “Por razones políticas no se nos dio una respuesta. El plan duerme en la gaveta de algún jerarca”.

No es difícil delimitar responsabilidades. Si ya el poco y lento enlace a la red no es asunto de conexión, por tener operativo un cable submarino, entonces solo quedan dos opciones abiertas.

Si hay voluntad política, los problemas técnicos se pueden resolver a corto plazo. La duda por despejar seguirá siendo si un régimen que lleva 54 años controlando con mano firme el flujo informativo, tenga interés en cambiar el estado de cosas.

No lo creo. El régimen verde olivo ve detrás de internet a un enemigo peligroso.

Iván García
Foto: Tomada de Banca & Negocios.