viernes, 27 de febrero de 2015

El soundtrack de la revolución


Los interesados en hermosear la muy dilatada historia de la revolución castrista nos quieren hacer pasar las canciones de la Nueva Trova como el soundtrack de una época heroica en que todavía se tenía fe en el porvenir luminoso que nos auguraban.

En realidad, esa época dorada -como todavía algunos quieren llamar a la época de los paredones de fusilamiento y las cárceles con miles de presos políticos- cuando empezaron a oírse las canciones de Silvio y Pablo, ya había pasado y era sustituida por un estado de cosas forzado, monótono y desesperanzador.

Fue el tiempo del Decenio Gris, la parametración, el ostracismo de los mejores escritores y artistas, las redadas policiales en El Vedado contra melenudos y homosexuales, la persecución a los Testigos de Jehová, la ley del vago, la obligación de trabajar en la agricultura a los que querían irse del país y un largo etcétera de aberraciones.

Si hay una banda sonora de eso que se empeñan en llamar “la época dorada de la revolución”, serían los boleros del Benny, Lino Borges, Kino Morán y Fernando Álvarez; Los Zafiros, la Aragón, el feeling de Elena Burke, el cuarteto de Meme Solís; la sandunga de Las D’Aida, las baladas de Marta Strada, el ye-yé y el no tengo edad para amarte de Luisa María Guell; el rock lento de Luisito Bravo; las 15 baladas de aquel long playing de Paul Anka que fue lo único que quedó que oliera a rock and roll luego que el Máximo Líder, unos años antes que a The Beatles, identificara a Elvis como la decadente encarnación de la música del enemigo y decretara la guerra sin cuartel contra “los elvispreslianos y los enfermitos”.

Y como no podía bailarse el twist, el gogó o el bugalú, nos desbaratábamos los hombros y la cintura con el Mozambique de Pello El Afrocán, el pilón de Pacho Alonso, y el dengue, cuando no era una enfermedad trasmitida por los mosquitos, sino un ritmo que tocaba la orquesta de Roberto Faz.

Eso fue lo que se escuchó en la mayor parte de la primera década del régimen revolucionario. Lamento defraudar a los homéricos picúos que quisieran algo más épico, que hablara de trincheras, machetes, fusiles contra fusiles y balas veloces al centro del combate. Como lo que vino después. Pero por entonces, los cantautores que compondrían por encargo oficial las canciones que también serían armas de la revolución, todavía estaban en la escuela. O renegando por estar en el servicio militar obligatorio o las UMAP.

Después, a finales de los 60 y los primeros años 70, la banda sonora de la vida en Cuba no la puso solo la Nueva Trova. También y sobre todo fue el pop español que nos empujaban por Nocturno con tal de no poner a los originales que cantaban en el idioma del enemigo; al rock y el soul que se escuchaba a escondidas en la WQAM y otras emisoras de radio del sur de la Florida; y a Juan Formell y Los Van Van, que iniciaban su andar por aquellos años, con números como Marilú, Yuya Martínez y aquella emblemática Compota de Palo, que evocaba los mejunjes intragables con los que nos criaron, luego que se acabaron las Libby’s y Campbell y todavía el CAME no había empezado a enviar las compotas de manzanas rusas y búlgaras.

A propósito, mucha de aquella música, también la que era cantada en inglés, la empezamos a escuchar allá por 1970, en Radio Cordón de La Habana, que fue lo único bueno que dejó aquella locura del Máximo Líder de sembrar café Caturra en los alrededores de la capital, a costa de dejarnos sin árboles y sin frutas.

Pero las canciones en inglés por Radio Cordón, Radio Liberación y el programa De en Radio Rebelde –tomen nota de los nombrecitos de las emisoras- duraron hasta que en 1971, el discurso del Máximo Líder en el Congreso de Educación y Cultura, marcó el inicio del Decenio Gris. Entonces, ni a los Mustangs y los Fórmula V pusieron. Solo se escuchaba música andina y canciones de la Nueva Trova.

Silvio Rodríguez y Pablo Milanés tuvieron talento suficiente como para escribir bellas canciones del amor y de la vida, además del teque por encargo oficial. Eso los salvó de ser meros cantores del realismo socialista en su versión tropical-tercermundista. Por eso han perdurado, y están en esta banda sonora, aunque no sea únicamente de ellos, como pretenden algunos atorrantes.

Luis Cino, en su blog Círculo Cínico
19 de noviembre de 2014.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Alquile una limusina rusa de Fidel Castro



Rentar una fantasía: así dice en la parte trasera de las limosinas soviéticas Chaika que en la década 1970-1980, pertenecieron al servicio de protocolo de Fidel Castro y que hoy funcionan como taxis, pudiera describir perfectamente, con un poco de ironía, la esencia del desastre en que viven los cubanos de la isla.

Ya que las utopías sociales no pudieron realizarse, al menos aprovechar las nostalgias por el pasado (de algunos), cobrar por ellas, y convertirlas en un negocio “razonable” en las actuales circunstancias.

Es lo que quizás piensan los dirigentes y funcionarios que han convertido en taxis destinados al turismo, aquellos lujosos autos de fabricación rusa que en ocasiones sirvieron para el traslado del dictador.

Aunque nos pidió no ser identificado, el chofer de una de las limosinas accedió a conversar sobre el peculiar servicio que prestan y nos reveló que la mayoría de los clientes solo buscan dar un paseo por la ciudad, recoger un par de mujeres y vivir la fantasía de tener sexo en el mismo auto que alguna vez usara Fidel Castro.

“Siempre llevo música patriótica, el himno soviético, la Internacional, el himno del 26 de julio o cosas de Carlos Puebla sobre el Che y Fidel, porque muchos me piden esa música mientras se divierten. Allá atrás beben, fuman, meten mujeres y gozan a lo grande. Mientras paguen, yo no me meto en lo que hagan. Han quedado para eso.

"Todo lo que tiene el carro es original, tal como lo dejaron cuando lo usaban ellos (los dirigentes). Hace unos días subió un turista que no sé si era argentino o uruguayo. Estaba vestido con un uniforme verde olivo, parecía un loco, tenía barba y fumaba tabaco. Me alquiló todo el día y me hizo llevarlo a la casa del Che y a la Plaza de la Revolución para tirarse fotos. Andaba con una jinetera, más loca que él. Hicieron de todo allá atrás. Él le pedía a la tipa que lo llamara 'comandante'. Era un relajo”.

Echando mano a todo cuanto pueda ser útil para obtener dinero, los diseñadores de los 'lineamientos económicos' se han propuesto 'salvar' el socialismo cubano de un modo bien capitalista.

Tal vez por eso, lejos de conservarlos como 'reliquias' del pasado, en los antiguos Chaika de Fidel Castro hayan visto una parte fundamental de ese 'sovietismo' que han querido poner de moda, a juzgar por la abundancia de objetos, medallas, relojes, libros, revistas y carteles de la era soviética que se comercializa en cualquier lugar visitado por turistas extranjeros, a quienes además de camisetas, boinas y llaveros con la figura del Che, desde hace unos meses se les proporciona una experiencia gastronómica peculiar en un restaurante de “comida soviética”.

Se llama Nazdarovie y junto con el lema The Spirit of Soviet Cuisine in the Heart of Havana, tiene la imagen de un obrero fornido que lleva en los brazos una bandera roja. Un restaurante para quienes añoran la época de buenas relaciones con la URSS que culminó no solo con el cierre de los campos de espionaje radioeléctrico y las bases militares en el Caribe (que nadie duda que en breve volverán a reabrir), sino además con el sospechoso incendio del restaurante Moscú, en La Rampa, Vedado, y con la inexplicable pérdida de buena parte de los fondos cinematográficos de la otrora 'nación hermana'.

Corren tiempos de resurgimientos. Nazdarovie, el restaurante que promete trasladar nuestros paladares a la era soviética, y la fantasía de rentar el auto donde Fidel Castro pudo haber recibido a Brezhnev o a Gorbachov, son como partes de un colorido paquete turístico para aquéllos que ante los rumores de un deceso inminente, con el pragmatismo que los caracteriza, ya están pensando que muerto, Fidel pudiera valer mucho más que vivo.

Mientras, los turistas continuarán saboreando comida “soviética” como quien muerde los trozos congelados de un mamut siberiano y se tomarán fotografías junto a los Chaika, como pudieran hacerlo ante la osamenta de un dinosaurio. Después de la caída del Muro de Berlín, dicen algunos, más que un asunto de ideologías, el socialismo pasó a ser un tema de arqueología política.

Texto y foto: Ernesto Pérez Chang
Cubanet, 12 de enero de 2015.
Leer también: Las falsas limusinas de Fidel Castro.

lunes, 23 de febrero de 2015

El que trabaja para el Estado, ¿de qué vive?



En mi centro de trabajo teníamos dos magníficos cocineros que con pocos recursos hacían maravillas. Traían los condimentos de su propia casa, algunas veces los trabajadores colaborábamos con la sal u otro ingrediente.

Tenían brillando todos los calderos y las mesetas de aluminio. Su trato era excelente. A todos nos caían muy bien. Hacían maravillas, pero no magia, y a veces el almuerzo era una bolita de arroz amarillo.

Un buen día, el gobierno “orientó” la eliminación de la mayoría de los comedores obreros. Nuestros cocineros fueron reubicados en otros centros, uno de guardia nocturna y el otro para obreros calificados. A los trabajadores nos sustituyeron el almuerzo y nos empezaron a dar el equivalente de unos 60 centavos de dólar por día trabajado, totalizando la mayoría de los meses 12.60 a cobrar, independiente del salario, el cual, según suele decir el gobierno, equivale a unos 18 dólares, como promedio.

Con esta medida, el Estado desempleó a un ejército de cocineros y ayudantes en todo el país. Pero no cayó en la cuenta de que así estaba reconociendo que el salario medio que hasta ese momento cobraba un trabajador cubano, le alcanzaba para almorzar solo a él, y ¡únicamente los días laborables!

Ahora, al casi duplicarse el ingreso, ese trabajador puede también cenar esos días. Por supuesto, con ese monto nadie puede comprar caviar, faisán; ni siquiera un bistec, pues lo que se “persigue” es resolver algo que mantenga al comensal en pie, sin desmayarse del hambre.

Personalmente suelo almorzar un pan con croqueta, papa rellena o, en el mejor de los casos, con jamón. Otros se satisfacen con un almuerzo frugal que tal vez incluya arroz, frijoles, huevo, croquetas o salchichas como plato fuerte y quizás un café.

Entonces, pensándolo bien, si el salario del mes entero solo alcanza para almorzar o comer, las personas que como yo trabajan el mes entero, luchando con el transporte de ida y vuelta, no tienen forma de pagar la electricidad que en cualquier casa de familia supera los 100 pesos, ni el agua, el teléfono, el círculo infantil o las deudas de equipos como refrigeradores, ollas eléctricas y televisores.

Los trabajadores tampoco encuentran la manera de comprar jabón, champú, detergente, desodorante, papel sanitario y en el caso de las mujeres, creyón de labios, pintura de uñas, aretes, adornos para el pelo, tintes, medias, zapatos, ropas y carteras, artículos necesarios en el siglo XXI (o en el XX, que es donde todavía estamos en Cuba). Ni soñar con un teléfono celular, computadora, cámara digital o memoria flash usado en el mundo en estos tiempos.

¿Cómo comprar las sábanas, toallas, frazada de piso, bombillos, salfumán, cloro, cepillos de lavar, escobas, artículos de primera necesidad en una casa, sin mencionar la comida, los productos del agro y de la carnicería o los muebles paseos y viajes de vacaciones?

¿Con qué compra una madre la comida, ropa, zapatos y juguetes destinados a su hijo? Si tiene un bebé, ¿con qué adquiere culeros desechables, cuna, sillita y cochecito? ¿Cómo lo lleva a tomar helado o comer una pizza? Y si se enferma algún miembro de la familia, ¿cómo paga las medicinas?

Siempre que reflexiono sobre esto, recuerdo la estrofa de una canción (creo que es de Los Aldeanos) que dice: “En lugar de estar pensando el que no trabaja, ¿de qué vive?, pregúntate, el que trabaja ¿de qué vive?”.

Iris Lourdes Gómez García
Cubanet, 25 de diciembre de 2014.
Foto: Tomada de Cubanet.

viernes, 20 de febrero de 2015

Donaciones de sangre en Cuba: necesidad para unos, negocio para otros



Una vez al mes, Eduardo se llega a una pequeña clínica de extracción de sangre en la avenida Mayía Rodríguez, en la barriada habanera de La Víbora, para hacer su habitual donación.

“Tengo una tarjeta de donante permanente. A cambio de mis donaciones de plasma, el Estado me otorga un kilogramo de pollo y unas libras de viandas mensuales, pero lo habitual es que se pasen varios meses sin dártelos. A mí, por ejemplo, todavía me deben seis kilos de pollo. Después de cada extracción nos dan un bocadito de jamón y queso y un refresco. Ese extra de alimentos, aunque mínimo, me sirve para complementar mi dieta, ya se sabe lo caro que resulta la comida en Cuba”, apunta Eduardo.

Iraida, enfermera de un puesto de extracción de sangre, cuenta que la lista de donantes voluntarios disminuye aceleradamente cada año. “La gente prefiere vender la sangre a personas que la necesitan. Se paga entre 5 y 10 pesos convertibles por cada donación, a veces más”.

Daniel vende su sangre a personas que van a tener una intervención quirúrgica. “Me han pagado hasta 20 cuc. Realizo hasta dos extracciones al mes. Con regularidad me hago chequeos médicos para saber mi estado sanguíneo. La gente a quienes les vendo el plasma me lo pide. Ese dinero me ayuda a mantener a mi hijo”.

En cada hospital de Cuba existe un banco de sangre. Según un médico, el plasma no es suficiente. “Tenemos déficit de plasma. Yo le sugiero a mis pacientes que van operarse que consigan un donante en su familia. Y si tienen dinero, que lo compren. En mi hospital, el plasma inventariado se reserva para casos complejos”.

Un funcionario municipal de Salud Pública dice que desde mediados de los años 80, el Estado cubano exporta plasmas sanguíneos. “Es un negocio que genera entre 40 y 50 millones de dólares anuales. También se venden órganos y extractos de glándulas. No es ilegal, recuerda que cuando las personas se hacen su carnet de identidad, voluntariamente, aceptan a donar sus órganos”.

Los medios oficiales de prensa no suelen publicar noticias referidas a este tipo de negocios. María Werlau, directora ejecutiva del proyecto Archivo Cuba, ha realizado una detallada investigación sobre el tema.

En noviembre, en el diario español ABC ella publicó un artículo donde asevera que solo a Brasil, el régimen exportó 16 millones de dólares en productos sanguíneos en 2011 y 4,8 millones en 2013.

Según Werlau, las exportaciones de extractos de glándulas y órganos al país sudamericano llegaron a 88,4 millones de dólares el año pasado. Se conoce que la autocracia verde olivo tiene en los servicios médicos su primera industria.

A pesar de que las estadísticas oficiales se manejan con reserva, se sabe que anualmente reportan ganancias netas entre 8 mil y 10 mil millones de dólares por concepto de servicios médicos en medio centenar de naciones.

Al régimen cubano se le acusa también de explotación laboral con los cooperantes médicos en el extranjero, porque el Estado se apropia hasta del 80% de su salario y los galenos han servido para consolidar compromisos políticos favorables al gobierno.

Detrás de negocios de los cuales poco se habla existe un problema ético. A donantes voluntarios de sangre como Eduardo, el Estado no le paga un centavo y la mísera canasta alimenticia que le otorga, suele entregársela con retraso.

Los donantes de sangre y las personas que al morir donan sus órganos, desconocen el negocio montado por el gobierno de su país. La intención de esos ellos es ayudar al prójimo de manera altruista.

Si el Estado cubano lucra con sangre, plasma y órganos, debieran pagarle al donante o sus familiares, en caso de una persona fallecida. Pero me temo que en asunto de dinero a los hermanos Castro no les gusta negociar. Incluso con cosas que no son suyas.

Iván García

Foto. Banco de sangre en La Habana, uno de los 46 existentes en Cuba. En la isla también hay168 centros fijos de extracción y alrededor de mil móviles. Tomada de Las exportaciones de sangre de Cuba 1995-2010.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Harapos de marca



La oposición pacífica, los ex presos políticos y las Damas de Banco no están invitados a los festejos por el anuncio de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos. Ellos tampoco tienen embullo para asistir.

Nadie se puede divertir acosado por la policía y, además, saben que las celebraciones, con toda su resonancia internacional, es otra repartición de pizzas y cervezas amenizada por un combo del Ministerio de Cultura que el gobierno organiza para ganar tiempo, recibir dinero y permanecer en el poder.

Lo saben porque llevan muchos años en la calle o en los calabozos enfrentados al poder de la dictadura y a sus habilidades para las trampas políticas. Esa experiencia es la que les ha permitido examinar con lucidez, sin unanimidades vanas, ni radicalismos baratos, la repercusión que pueden tener para la verdadera democracia en la isla la firma de los acuerdos.

Los opositores se quedaron asomados a sus ventanas con serenidad para ver como puede comenzar a desvanecerse la euforia prefabricada para muchos sectores de la sociedad que creyeron que enseguida comenzarían a caer en paracaídas miles de turistas norteamericanos sobre los techos de los solares con los bolsillos de sus camisas guarabeadas llenos de dólares.

Desde sus sitios de observación y reflexiones pudieron apreciar también que la rumba real se bailaba en los salones de los jefes y escucharon, en la lejanía, la música de otras cumbanchas en grandes residencias de empresarios.

Esa posición a la hora de asumir los nuevos aires de amistad entre los dos gobiernos no supone, de ninguna manera, que la oposición pacífica esté negada a mirar de frente y con coraje las alternativas de la realidad cubana. Indican, eso sí, que son fieles a sus programas de transformaciones democráticas sin remiendos ni coberturas o disfraces con harapos extranjeros.

La mayoría cree que ha sido un pacto favorable para el gobierno cubano que no ha hecho ningún compromiso público en materia de favorecer las libertades individuales y los derechos humanos. Al mismo tiempo, la oposición tiene la certeza de que el régimen continuará su trabajo represivo y lo único que moverá con todos estos revuelos es su cuenta bancaria.

Los comunicadores libres, por su parte, han hecho lo que tienen que hacer: cubrir la fiesta y escribir sus reseñas con responsabilidad. El periodismo independiente, imprescindible y enriquecedor y múltiple, como debe ser, ha ofrecido una visión amplia que incluye notas contagiadas por el entusiasmo de la conga.

A mí me gusta la crónica que Luis Cino Alvarez firmó para Primavera Digital. El intelectual recuerda con ironía que ha sido acusado por el gobierno durante años de “desviado ideológico y proyanqui” por su afición a la música y a la literatura norteamericana y que ahora sus acusadores “ya deben tener preparadas las banderitas de las barras y las estrellas que agitarán jubilosos, en el aeropuerto y a lo largo de la avenida de Rancho Boyeros para recibir al Secretario de Estado John Kerry”.

Hagan lo que hagan los Estados Unidos, dice Cino, “los que nos hemos ganado el derecho a soñar el futuro de la patria en democracia seguimos aquí. Como siempre”.

Raúl Rivero
El Nuevo Herald, 28 de diciembre de 2014.
Foto: Tomada de Martí Noticias.

lunes, 16 de febrero de 2015

Un "selfie" en las ruinas



En el documental “ Un Nuevo Arte de Hacer Ruinas”, de los realizadores alemanes Florian Borchmeyer y Matthias Hentschler y basado en el cuento homónimo del escritor cubano Antonio José Ponte, el autor evoca “esa perversidad en sacar sentido del placer de algo que está decayendo”. El documental es una exploración de antiguos edificios de La Habana y sus habitantes. Desde luego que alude metafóricamente a la propia historia de Cuba, y más específicamente a la de su larga y decrépita Revolución castrista.

El filósofo esloveno Slavoj Zizek, un icono de la contracultura del siglo XXI, a quien los medios catalogan el “Elvis (Presley) de la teoría cultural” ha referido en entrevistas y conferencias la falta de vergüenza del régimen cubano respecto al estado ruinoso del país.

Zizek, que visitó la isla en el año 2001, recuerda cómo un funcionario le mostraba el mal estado en que se encontraba el país como una evidencia de la capacidad de resistencia del régimen ante las dificultades, dándole a esas mismas ruinas un valor ético y moral. Zizek bromea diciendo: “En teoría de psicoanálisis jactarse de la pérdida en sí misma, considerarla como un símbolo de autenticidad, es un ‘movimiento de castración’. No en balde el líder se llama Fidel Castro cuyo nombre (en tal contexto), puede traducirse como fidelidad a la castración”.

Lo que Zizek explica desde la psicología, otros lo miran desde la curiosidad. Es un morbo irresistible que compulsa al ciudadano del mundo a querer descubrir cómo es que tanta gente, un país entero ha podido sobrevivir prácticamente desconectado de la aldea global que es hoy el planeta tierra. Con los mínimos bienes materiales y por tanto tiempo. Y aunque el turismo que vende Cuba es el de las playas, los puros habanos, la música autóctona, el ron y las mulatas, las ruinas de la revolución y de su gente son hoy por hoy atractivos temáticos que muchos extranjeros buscan.

Fuera de la isla, sólo basta presentarse como cubano para que cualquiera, pero en especial personas instruidas de entre 25 y 50 años, mayormente interesadas en otras culturas y por lo general ideológicamente de izquierdas, te asalten a preguntas. Lo he notado en todos los lugares en los que he estado, desde California a Estambul, entre europeos, americanos y asiáticos. Siempre terminan confesando que quieren ir a Cuba antes de que cambie. Quieren ver y vivir -aunque sea superficialmente- el singular experimento comunista-caribeño. Ven en la isla algo único y diferente.

Hay turistas potenciales con un interés genuino, aunque algo romántico. Gente que no considera al régimen cubano viable para sus países o para el futuro, pero sí sienten alguna afinidad hacia éste. Pero más que nada, curiosidad, mucha curiosidad.

Después de terminado el viaje, estos ciudadanos educados regresan con una experiencia que contar a los amigos. Está el izquierdista trasnochado e irresponsable que sólo admira al gobierno dictatorial de la isla porque ha sabido ‘enfrentarse’ a Estados Unidos sin renunciar a sus presuntos presupuestos ideológicos. Pero aquellos decentes y más razonables usualmente se decepcionan tras su primera visita al comprobar que los cubanos quieren irse en masa de su país y ser partícipes de un consumismo capitalista al que nunca han tenido acceso.

Esos visitantes se espantarían aún más si pudiesen comprobar cómo los que han promovido el discurso de la resistencia a toda costa son los que mejor viven en la isla. Y sin grandes responsabilidades, como la de un gerente de empresa o un dueño de negocio en cualquier país capitalista. Esa élite, a fin de cuentas, tiene la protección del autoritarismo y el control absoluto del Estado, del Partido Comunista.

Hombres y mujeres que no podrían vivir sin internet y sin Ipad se muestran fascinados por ese lugar tan raro donde la tecnología y la conectividad son casi inexistentes. La imagen que este turista del siglo XXI tiene de Cuba es la de un paraíso donde el consumismo desmedido de sus países no existe. Sólo aire puro, gente de sonrisa fácil, que desconoce los vicios de la globalización, y música sensual y sonidos arrebatadores por todos lados; autos viejos, puros, ron, taxis de hace 60 años y mucha libertad sexual.

Una isla que representa una suerte de pureza ante el frío alcance de una era tecnológica e hiper materialista. En ese sentido, es notable el cambio de percepción con respecto al viejo perfil de “paraíso del proletariado”. Hoy Cuba es para los cazadores de fotos y selfies, un sitio perdido en el tiempo. Es el paraíso de los olvidados.

Ariel de Castro, Estambul

Foto: Una de los muchos edificios en ruinas existentes en La Habana. Subida a Panoramio por el madrileño Carlos Cuerda Damas.


viernes, 13 de febrero de 2015

Apurando las balsas



Es como una ruleta rusa o escapar de una prisión de alta seguridad al estilo de Alcatraz. Aunque la posibilidad de ser atrapados o morir asusta, los cubanos se siguen jugando su futuro aferrados a una balsa o un billete de avión a Quito.

Según las estadísticas, al menos ocho de cada diez balseros son capturados por la Guardia Costera de Estados Unidos. Y se presume que uno de cada tres es almuerzo de tiburones en el peligroso Estrecho de la Florida.

Con esos números en contra, cualquier persona racional buscaría otra opción para escapar de la miseria socializada y el futuro entre signos de interrogación instaurado hace 56 años por los caudillos isleños.

Pero la gente en Cuba lo sigue intentando. Por mar o por aire. La leyenda tejida por los balseros es de vieja data. Huir de la isla es el autentico ‘performance’ de los cubanos de a pie que en apariencia aplauden al estrafalario gobierno de los hermanos Castro.

La meticulosa planificación, creatividad para construir una chalupa y la travesía azarosa, lidiando contra toda clase de peligros y la vigilancia costera, son para enmarcar en letras góticas.

El inventario de fugas es amplio. Se han escapado cubanos en el tren de aterrizaje de un avión, un camión transformado en barcaza, una tabla de surf o una caja de DHL.

Los hay más violentos y expeditos. Y secuestran una embarcación o un avión a punta de pistola. El número de balseros cubanos hacia Estados Unidos aumentó en un 75% entre 2013 y 2014. De 2,129 a 3,722 hasta el pasado mes de octubre, según un estimado de la Guardia Costera de Estados Unidos.

Los que son atrapados por escampavías estadounidenses navegan con suerte. Otros yacen en el fondo del Estrecho de la Florida, un mar infestado de tiburones y turbulencias.

Probablemente algún día, cuando se cotejen las cifras de los residentes en Cuba y cubanos radicados en Estados Unidos, se conozca la cifra exacta de fallecidos en uno de los camposantos marinos más grandes del mundo.

Aquéllos que tienen la suerte de residir en una nación democrática, se preguntan cómo es posible asumir una actitud heroica o suicida para escapar de un país, cuando resultaría más simple no ir a votar, declarar una huelga de brazos caídos o protestar masivamente en las calles hasta que caiga un mal gobierno.

Es la trama siniestra que encierra una autocracia, que al ciudadano común no le permite razonar que existen caminos legales para cambiar el estado de cosas. Entonces ve la solución en escapar por el mar.

El régimen de Castro aborda el tema con una ligereza que raya en el cinismo. Hasta 1993 encarcelaban a quienes atrapaban en intentos de fugas. Por impedir las huidas marinas han llegado al crimen.

El 13 de julio de 1994 es una fecha para no olvidar. Intentando detener a un remolcador en el puerto de La Habana, las autoridades mataron a 41 personas, diez de las cuales eran niños.

La casta gobernante de ancianos culpa de criminal a la Ley de Ajuste Cubano y a los balseros marinos o aéreos los cataloga de 'emigrantes económicos'.

Desde luego, la gente huye de la Isla debido a la anarquía económica, falta de futuro y pocas opciones de prosperar. Esto se comprueba cuando se conversa con los que se lanzan al mar en una balsa: ninguno aprueba la gestión de su gobierno.

Ahora, al antiguo enemigo de la Guerra Fría, que provocó que Fidel Castro edificara medio millón de refugios antiaéreos, equipara al más impresionante ejército de América Latina con un millón de hombres en armas, 4 submarinos, 270 aviones MIG, una fábrica de minas terrestres y AKM y 3 mil tanques T-62, se le estrecha la mano.

El gesto es aprobado por la mayoría de los cubanos, excepto un segmento de opositores, que argumenta que el presidente Obama ha otorgado mucho a cambio de muy poco. Otros que ven con cierto desdén la nueva etapa son los futuros balseros.

Y apuran sus planes. Queman las naves. Venden su casa, un auto o joyas para comprar un boleto rumbo a Quito e iniciar desde el meridiano ecuatoriano un periplo azaroso por varios países centroamericanos hasta llegar a la frontera de Estados Unidos.

En 2014, 15 mil cubanos entraron desde México a Estados Unidos. Este año, por el temor de que la Ley de Ajuste tenga sus días contados, la cifra puede ser superada.

Un pasaje en una balsa con motor y GPS cuesta entre 400 y 600 dólares. Incluso más. Entre la gente joven, planificar fugas por el mar es un tema en boga, como hablar de Cristiano Ronaldo o Messi.

Junto al tabaco, el ron y las mulatas, las balsas también forman parte del paisaje cubano. Son el personaje del año.

Iván García