viernes, 28 de agosto de 2015

Cuba antes de la revolución


Norman Lewis, el más grande escritor de viajes desde Marco Polo según Auberon Waugh, viajó a La Habana en 1957 con la doble misión de consultarle a Hemingway las posibilidades de la guerrilla de Fidel Castro e investigar qué vendría después de El viejo y el mar. Por el camino dio con un mechón de vello púbico de Catalina la Grande, consultó a la santera del dictador Batista y medió en un duelo a muerte provocado por Ava Gardner.

Fue su editor londinense, Jonathan Cape, quien le pidió que averiguara qué escribía ahora Hemingway, al que publicaba en Inglaterra. La consulta sobre política cubana era encargo de Ian Fleming, inventor de la saga de James Bond, jefe de la sección internacional de The Sunday Times y con lazos en la inteligencia naval británica, donde sirviera durante la guerra. Fleming y Lewis se habían conocido en la fiesta navideña de Jonathan Cape. Los reunió el azar alfabético, pues las escasas dimensiones del local obligaban a más de una convocatoria. A ellos les correspondía la segunda, aunque Fleming malició que aquella era la fiesta de los autores de segundo rango, y señaló a unas cuantas letras que no tendrían por qué estar allí. Elogió la novela más reciente de Lewis, conversaron de poesía y cuando Lewis confesó que García Lorca era su poeta favorito, le preguntó si lo leía en español y quiso conocer de sus viajes por Centroamérica. Así que quedaron para almorzar al día siguiente y a los postres le propuso la expedición a Cuba.

Acreditado por The Sunday Times, Norman Lewis llegó a La Habana un domingo de fines de diciembre. Había estado allí 20 años antes y ahora encontraba mayores razones para admirarla: La Habana era la ciudad más hermosa de las Américas. Tomó una habitación en el Sevilla Biltmore y preguntó por Edward Scott, editor de The Havana Post, quien vivía en una suite del hotel y cuyas señas le había pasado Fleming.

Se decía que Scott era uno de los cuatro individuos que sirvieron de modelo para James Bond, aunque aquel hombre bajo y de expresión aniñada decepcionaba bastante como cuarta parte de 007. Con un habano en sus manos regordetas, pluma de oro en el bolsillo, zapatos bien lustrados y la amante de turno (negra, según alcanzó a ver Lewis) esperándolo en su habitación, a Scott le pareció risible la idea de consultar al novelista estadounidense. Pero Lewis insistió en que Ian Fleming tenía noticias de un encuentro entre Castro y Heming­way en una de las cacerías del escritor por las montañas. “La única montaña donde Hemingway caza es el Montana Bar”, cortó Scott. En cualquier caso, él era el peor conducto para llegar al novelista, pues acababa de retarlo a duelo.

Lewis tuvo que sonreír, ¿es qué allí la gente se batía a duelo todavía? Bueno, si visitaba la morgue de la ciudad (y tal visita valía la pena), descubriría entre los cadáveres de estudiantes revolucionarios a uno o dos duelistas. Noches antes, Ava Gardner acompañó a Hemingway a la fiesta del embajador británico por el cumpleaños de la reina, y en un momento de jolgorio se desembarazó de su ropa interior, agitándola en el aire. Scott lo consideró un insulto a la corona, Hemingway lo amenazó con darle una paliza y él no tuvo más remedio que enviarle invitación para batirse. Así que tendría que apresurarse si deseaba encontrarlo con vida.

Luego de enviar una nota al novelista estadounidense, Norman Lewis se dedicó a husmear en busca de gente interesante y dio con el general Enrique Loynaz del Castillo y el también general Carlos García Vélez, embajador en Londres durante 12 años. “En la prensa suele aparecer que tengo 94 años”, saludó García Vélez. “No es verdad, solo tengo 93". Plantas y muebles victorianos repletaban el salón.

El general tenía siempre a mano su lectura favorita, el Edinburgh Journal, que coleccionaba desde el número inicial de 1764. Hijo del general Calixto García Iñíguez, un bisabuelo suyo había peleado contra Bolívar en Carabobo. Hollywood había hecho una película con la historia de su padre, pero él no la conocía. No sentía el más mínimo interés por el cine o la televisión. Loynaz del Castillo recordó entonces que Barbara Stanwyck protagonizaba el filme, Mensaje a García. “Una chica muy guapa”, lamentó no haber coincidido con ella.

Graduado de cirujano dental en Madrid, Carlos García Vélez fue el director fundador en 1894 de la Revista Española de Estomatología, segunda de su clase en el mundo. Sin embargo, debió regresar entonces a Cuba y estrenarse como combatiente. “Cuando digo que la guerra se dirigió con la brutalidad más extrema me refiero a los dos bandos”, resumió. Él la recordaba como un historiador y dejaba los aspavientos del patriotismo para su amigo Loynaz.

Ambos generales sopesaron si el visitante merecía conocer el álbum. Decidida la consulta a su favor, García Vélez buscó un manojo de llaves, apartó una aspidistra y colocó sobre la mesa el legado de Francisco de Miranda, antecesor suyo, combatiente de las guerras de independencia de Estados Unidos y Venezuela, y cuyo nombre aparecía inscripto en el Arco del Triunfo como héroe de la Revolución Francesa.

Cada página de aquel álbum dieciochesco contenía un puñado de cabellos y una dedicatoria de la dama a la que pertenecieran. Allí tenían, al alcance de los dedos, más de 50 muestras de vello púbico de algunas de las muchas amantes de Miranda. Al menos una de aquellas muestras tenía gran interés museístico, la perteneciente a Catalina II, emperatriz de todas las Rusias. Al pie de su pelusa real podía verse rubricada una espléndida y arrogante K. El general García Vélez comentó que, descontando lo que pudiese contener su sepulcro, aquello era cuanto sobrevivía del cuerpo de Catalina la Grande. Y pensar que su propuesta de donación del álbum le había deparado el rechazo del Museo Nacional…

(Norman Lewis se vio con el magnate azucarero Julio Lobo para hablar del apoyo empresarial a Castro, y de haber tratado acerca de sus colecciones, habría tenido noticias de otro mechón notable: el de Napoleón, que Lobo atesoraba junto a una muela del emperador. En La Habana coexistían, por tanto, dos mechones imperiales, el de Napoleón y el de Catalina. La primera de estas reliquias se exhibe hoy en el Museo Napoleónico, adonde fue a dar la colección de Julio Lobo incautada por el régimen revolucionario, pero del álbum de Francisco de Miranda no conozco más que lo que cuenta Lewis).

Dejando atrás batallas y galanterías de otros siglos, Norman Lewis preguntó por el apoyo que tenían las fuerzas de Fidel Castro. “Hay un montón de jóvenes de clase media que ven en él su única oportunidad de llegar a alguna parte”, le aseguró García Vélez.

Meses antes, en febrero de 1957, el reportero de The New York Times Herbert L. Matthews entrevistaba al jefe de la guerrilla en su campamento. La entrevista resultó tan crucial que un libro sobre el tema considera a Matthews “el hombre que inventó a Fidel Castro”. Vaquero, uno de los organizadores del viaje de Matthews a la Sierra Maestra, se citó con Norman Lewis en el hotel Sevilla. Parecía hacer tan descuidadamente su trabajo que iniciaron tratos sin chequeo previo, y cuando un limpiabotas se les acercó, él siguió hablando como si nada.

Estaban a pocos metros de la sede de la inteligencia militar. En la calle se produjeron disparos y vieron hombres corriendo a lo lejos. Los jugadores de un billar cercano iban armados y continuaron en lo suyo. Una prostituta cara aprovechó la ocasión para dejarles su tarjeta. Vaquero dijo estar aburrido de la vida en la Sierra y sentirse solo en la capital, donde no conocía a nadie. En un cine cercano echaban una película de gánsteres y le preguntó a Lewis si no le apetecía acompañarlo. Entretanto, Edward Scott practicaba tiro en la redacción de The Havana Post. Con puntería muy distinta a la de Bond.

Lewis viajó a Santiago de Cuba siguiendo instrucciones de Vaquero. En el parque del centro de la ciudad, un negro le pidió su opinión sobre el filósofo Kant. No era, contra lo que pudiera suponerse, una contraseña. (Quizá el lugar sea proclive a esta clase de encuentros porque el escritor Virgilio Piñera, de visita en la ciudad unos años después, preguntó a una transeúnte dónde vivía Franz Kafka, a lo que la santiaguera contestó que no sabría decirle, pero que un rato antes lo había visto cruzar en una bicicleta).

En Santiago de Cuba consultaba lo invisible Tía Margarita, a quien se encomendaba el propio Fulgencio Batista y cuyo preparado contra las enfermedades nerviosas, a base de huesos de perro, gozaba de fama milagrera. Exvotos de peloteros y senadores repletaban el altar del dios de la guerra Changó, del cual era sacerdotisa. ¿Acaso él quería conocer la fecha exacta de su muerte? No, lo que de veras preocupaba a Lewis era quién ganaría la guerra en Cuba. “Changó dice que la victoria le llegará a quien la merezca”, respondió Tía Margarita. Prometió que faltaba un año para la victoria, y no anduvo errada en esto.

Cada noche los disparos empezaban a las diez en punto. Vaquero avisó a Lewis que ya podía salir rumbo a Manzanillo. Allí lo esperaban con una contraseña que no alcanzó a intercambiar, pues nada más bajarse del autobús lo interceptaron tres soldados. Muy cortésmente, le requisaron la guerrera que comprara en una tienda de efectos militares de Oxford Street y le notificaron que en media hora saldría un autobús y un agente iba a ocuparse de que llegara a la capital sano y salvo.

En La Habana encontró una invitación de Hemingway, que lo esperaba al día siguiente. Lewis lo había imaginado imponente y vigoroso, y descubrió a un viejo exhausto, vestido de pijama y emborrachándose con Dubonnet desde temprano. Su aspecto era tan triste que en cualquier momento podría ponerse a lagrimear. ¿Era aquello una entrevista?, quiso saber. Él procuró tranquilizarlo: le traía un mensaje de su devoto amigo Jonathan Cape. Tan devoto que evitaba gastar demasiado en la cubierta de sus libros, le reprochó el viejo. ¿Conocía él a Edward Scott? Someramente, adujo Lewis. Bien, quería que le echara una ojeada a la carta a The Havana Post que estaba preparando.

En la carta rechazaba el reto a batirse con el argumento de que Scott se debía a los lectores de su diario y no habría de exponer su vida. Quiso saber si la consideraba una respuesta digna. Lewis opinó que lo era. El viejo le pidió entonces su sincera opinión sobre todo aquel asunto. Él comentó que le parecía ridículo. Exacto, sonrió por primera vez. Y cuando lo consultó acerca de las oportunidades de la guerrilla, el viejo novelista respondió tan sibilino como una santera: “Mi respuesta es inseparable del hecho de que vivo aquí”.

Otra vez de visita en Cuba, en 1959 Lewis fue testigo de cómo una paloma se posaba en el hombro de Fidel Castro, que discurseaba. La escena, orquestada por un entrenador de palomas de quien entonces no se tuvo noticia, surtió efecto también sobre Lewis. Fidel Castro era el mejor orador desde Demóstenes, sostuvo temerariamente.

Edward Scott inclinaba ahora su diario hacia la izquierda, se retrataba con Ernesto Che Guevara y sabía de un local donde jugar al bingo pese a las prohibiciones. Lewis olfateó cierto puritanismo en el ambiente. Los borrachos eran mandados a centros de desintoxicación, las prostitutas eran reeducadas. Un Cadillac oficial lo condujo al centro donde unos jóvenes aprendían a autocriticarse. Y le llegaron noticias de que el propietario del mejor restaurante chino de la ciudad, quien fuera astrólogo de Chiang Kai-shek, había elegido el suicidio después de que le ordenaran suprimir el lujo en su cocina.

Norman Lewis asistió a un juicio militar y pudo conocer al estadounidense Herman Marks, jefe del pelotón de fusilamiento de La Cabaña, a quien dejó hablar con largueza. Marks alardeó de que a la gente le gustaba dejarse ver con él. En el hotel Riviera le procuraban la mejor mesa, Fidel lo saludaba efusivamente. Creía en el trabajo bien hecho, y el suyo era fusilar. Había elegido aquel emplazamiento del paredón, con vista al Cristo de La Habana. Consentía que los sentenciados ordenaran su propia muerte, si acaso deseaban esa fanfarronada última. No aceptaba regalos, ninguno de esos relicarios o patas de conejo que tanto significaban para sus dueños. Únicamente gemelos de camisa, que regalaba luego a sus amigos. Estaba en contra de que los proyectiles usados se vendieran por cinco pesos para hacer brujería. Y conocía a diplomáticos y visitantes extranjeros que daban cualquier cosa por asistir a una de sus noches de trabajo.

Existía, al parecer, un turismo de las ejecuciones. “El artista de Fidel”, bautizó Lewis a Marks, y un año más tarde lo dio por fusilado en aquel paredón. La historia de Herman Frederick Marks resultó, sin embargo, distinta. Nacido en Milwaukee en 1921 y arrestado más de treinta veces por robo, asalto, secuestro y violación, conoció desde temprano la cárcel. En Cuba combatió bajo las órdenes de otro extranjero, Ernesto Che Guevara, quien lo menciona en uno de sus diarios. Ponía un entusiasmo carnicero en su trabajo: en lugar del tiro de gracia, vaciaba su pistola en el rostro del ejecutado para hacer más difícil el reconocimiento por parte de los familiares. Lo acompañaba un perro, cruce de pastor alemán con otra raza, aficionado a lamer sangre humana. “El Carnicero”, lo llamaban. A ­Marks, no al perro.

En alguna de sus madrugadas, Marks debió temer que aquella estatua de Cristo fuese su última imagen y que el perro que criaba terminara probando su sangre. De manera que, acompañado de su esposa, la modelo y fotógrafa neoyorquina Jean Sécon, secuestró una embarcación. Luego de una semana a la deriva, recalaron en Yucatán. En julio de 1960 se encontraba en terreno estadounidense. En enero de 1961 fue arrestado por oficiales de Inmigración que iniciaron los trámites para deportarlo. Apelaciones mediante, logró librarse del reencuentro con sus jefes habaneros, recuperó su ciudadanía estadounidense y puede que viva aún, a los 94 años.

El Pabellón de Jade, el mejor restaurante chino mencionado por Lewis, no aparece en la guía telefónica de La Habana de 1958. Quizá se trataba del Pacífico. La lectura favorita del general García Vélez debió ser no el Edinburgh Journal, sino el Edinburgh Adviser, fundado en 1764. Podría pensarse que en estas aventuras cubanas de Norman Lewis hay materia suficiente para una novela. Pero él la escribió ya, y espléndidamente. En cambio, lo que sí aguarda por algún novelista, mitad Walter Benjamin y mitad Patrick Modiano, es la guía telefónica habanera de 1958. La Habana de entonces concitaba un interés muy parecido al que en la actualidad concita. Igual que en época de Norman Lewis, quienes hoy la visitan hablan de una hermosa capital a punto de muy grandes cambios.

Antonio José Ponte
El País Semanal, 9 de julio de 2015.
Leer también: Contrabando, juego y narcotráfico en Cuba en los años 20 y comienzos de la revolución.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Racionamiento en dos tiempos



Los venezolanos, que están inaugurando el racionamiento, pueden tener una idea engañosa sobre su alcance y perspectivas y llegar a pensar que éste es mejor que las largas colas, por lo que es necesario transmitirles la experiencia cubana.

El 12 de marzo de 1962 se dictó en Cuba la Ley No. 1015: "Sobre la mejor distribución de los abastecimientos", que en el tercer Por Cuanto se refería "al brutal cerco económico dirigido por el imperialismo norteamericano" y en el siguiente expresaba textualmente:

"Esta situación de escasez relativa de ciertos artículos ha sido utilizada por elementos antisociales y contrarrevolucionarios para especular unos y fomentar otros campañas dirigidas a promover el acaparamiento y a fomentar la incertidumbre de los consumidores respecto al suministro de artículos cuya existencia es sin embargo suficiente para cubrir el consumo actual."

En correspondencia, se emitió una Resolución que determinaba la cuantía del racionamiento para todo el país -por persona al mes- de los artículos siguientes: dos libras de grasa comestible, aceite o manteca de puerco; seis libras de arroz; 13 y media libras de frijoles de cualquier clase, garbanzos, chícharos o lentejas.

Para las principales ciudades: una pastilla de jabón de lavar por persona al mes, un paquete mediano de detergente al mes, una pastilla de jabón de tocador por persona al mes -que según expresó Fidel Castro en un discurso alcanzaba para bañarse economizándolo bien-, un tubo grande de pasta de dientes cada dos personas.

Pero había artículos regulados exclusivamente en la gran Habana: tres cuartos de libra de carne de res por persona a la semana, un pollo de dos libras netas por persona al mes, media libra de pescado de escama limpio y en ruedas por persona cada 15 días, cinco huevos por persona al mes, un litro de leche diario por cada niño menor de 7 años y un litro diario por cada cinco personas mayores de 7 años, tres y media libras de viandas a la semana por persona, dos libras adicionales de malanga semanal para cada niño menor de 7 años y un octavo de libra de mantequilla por persona al mes.

Todo fue menguando paulatinamente. Para el mes de febrero de 2015, por cada consumidor, en La Habana se distribuyeron: siete libras de arroz, diez onzas de granos, tres libras de azúcar blanca, una libra de azúcar prieta, media libra de aceite y cuatro onzas de café para mayores de 7 años. Además, a los municipios que les tocara, se iba a entregar una libra de pollo para mayores de 14 años, media libra de mortadela, una libra de picadillo de res para menores de 13 años, cinco huevos y 11 onzas de pollo por pescado.

Lo que se distribuye en la actualidad en Cuba no alcanza para una semana y las familias deben adquirir el resto a elevados precios en los mercados agropecuarios o en las tiendas recaudadoras de divisas. Y con salario medio mensual que según fuentes oficiales, en 2014 ascendió a 514 pesos, que equivalen a 20,56 pesos cubanos convertibles.

Los venezolanos deberían mirarse en este espejo y avizorar lo que les están preparando.

Arnaldo Ramos Lauzurique
Diario de Cuba, 19 de febrero de 2015.
Foto: Tomada de Cubanet.

lunes, 24 de agosto de 2015

Conductores insatisfechos




Debido al mal estado en que se encuentran muchos vehículos en Cuba y por no brindar la seguridad adecuada a los pasajeros, la Dirección Nacional de Tránsito emitió nuevas regulaciones para todo tipo de auto.

Pero las condiciones para el mantenimiento de los carros viejos, son muy difíciles, por la falta de piezas de repuesto y neumáticos, por su alto costo. Esto provoca que a veces los autos llamados “almendrones”, sean verdaderos “frankensteins” de la mecánica..

Choferes como Emilio Zambrano, Julio Ricardo, Eduardo Miranda y Emilio Larduet, están muy preocupados por esas revisiones, ya que los autos antiguos que poseen son el sostén de sus familias. Algunos han tenido que dejar de utilizarlos para “botear” (alquilar) y un grupo considerable ha sido multado.

No es menos cierto que muchos de estos vehículos ruedan por las calles de la Isla, en difíciles condiciones técnicas. Pero también es una realidad que constituyen un alivio en el transporte, sobre todo para aquellas personas que se pasan horas esperando un ómnibus estatal, aunque no todas pueden pagar 10 o 20 pesos en moneda nacional por esta opción de viaje.

También habría que cuestionar la afirmación estatal de que muchos de los accidentes de tránsito ocurren por las condiciones en que se encuentran estos vehículos, es que lo que se le ha transmitido a la población. Sin embargo, hablan del mantenimiento vial ni del pésimo estado en que se encuentran casi todas las calles y avenidas por las cuales tienen que circular en La Habana.

Es una obligación del gobierno exigir que los vehículos que transportan pasajeros estén en buenas condiciones, pero también deberían garantizar la posibilidad de que los cuentapropistas que se dedican a alquilar sus autos, tengan talleres de reparación equipados con lo necesario y no se vean obligados a acudir al mercado negro.

Por sus altísimos precios, los taxistas particulares ni soñar pueden con la posibilidad de comprar coches modernos a la venta en agencias oficiales. Aunque lo ideal es que el Estado destinara al transporte público suficientes ómnibus. Para exigir hay que garantizar.

Texto y foto: Judith Muñiz Peraza
Red Cubana de Comunicadores Comunitarios
La Habana, 3 de marzo de 2015.

viernes, 21 de agosto de 2015

Mafias en turismo, gastronomía y distribución de alimentos



Hace 21 años, justo en los años duros de esa guerra sin raid aéreos denominada 'período especial', una auténtica crisis económica y social estacionaria que se prolonga por dos décadas y media, Leosvel, maestro panadero en un barrio habanero, en diez noches reunió el dinero suficiente para comprar un Ford de 1955.

“Era una etapa donde el hambre y las carencias alcanzaron un tope. Un pan de 80 gramos llegó a costar cinco pesos. Por la izquierda, vendía tres carros de pan que me reportaban más de 6 mil pesos de ganancia. También vendía harina, aceite vegetal y levadura. En un año reparé mi casa, compré electrodomésticos y a diario tomaba cerveza importada. Fue una época de vacas gordas. Ahora también uno se busca billetes. Pero los que se forran con más dinero son los funcionarios. Mientras más arriba estén, más plata se llevan a casa”, cuenta el maestro panadero.

Entre sesudos y académicos que estudian el sistema cubano, siempre queda la incógnita de cómo es posible que una nación con un salario promedio de 23 dólares mensuales, una economía de cuartel y arrebatos ideológicos, haya podido sobrevivir 56 años.

Desde luego, el poderoso control político, social y policiaco, génesis de los Estados con praxis marxistas, ha sido un elemento de peso. Pero los embriones mafiosos que como tumores malignos se extienden por todas las ramas dela economía y la burocracia de guayaberas blancas, junto a la casta de militares, se han convertido en un vigoroso sostén del manicomio ideológico y económico en Cuba.

Los clanes más rentables se localizan en turismo, gastronomía, almacenes estatales y acopios agrícolas. Les describo el comportamiento de un funcionario típico que labora en alguno de esos sectores.

El 85% pertenece al partido comunista. El carnet rojo les sirve para progresar en la cadena ejecutiva de la economía nacional. Casi todos han pasado cursillos exprés de dirección, administración y finanzas.

Son obesos, usan maletines negros, en los bolsillos de sus camisas sobresalen varios bolígrafos y en sus muñecas, relojes Omega, Tissot o Rolex. Prometiendo cosas son picos de oro. Pero cuando hablan parecen máquinas contestadoras: manejan al dedillo la estrafalaria jerga oficial del régimen.

Su militancia les resulta rentable y les permite aparentar fidelidad al gobierno. Cuando los convocan a un acto de repudio, si tienen que reventar a golpes a un disidente, lo revientan sin compasión.

La clave para mantenerse tantos años robando y obteniendo beneficios, es repartir dinero a tipos importantes y crear redes de incondicionales mediante tráficos de favores y regalías.

Llamémosle Eduardo y es gerente de un restaurante en La Habana. Dice que en el turbio mundillo donde se desenvuelve, el dinero cuenta, pero los amigos poderosos son muy importantes.

“Tengo varios socios de tragos y jodederas que son altos oficiales de Seguridad del Estado. Si caes en desgracia, viran la cara y no se dan por enterados. Pero mientras está en la cima, te sirven para amedrentar a tus jefes. Es como tener un perro de raza. Cuando voy a la dirección municipal de gastronomía, llego con un coronel del 'aparato' (de la Seguridad). El mensaje subliminal que le envío al director es: Fulano está bien conectado. Para tenerlos a tu lado, tienes que hacer gastos. Insignificantes para un administrador, como regalarle comida, cajas de cervezas y pagarles francachelas con chicas jóvenes. A cambio, te sacan de problemas menores, como una multa de tránsito o un inspector atravesado. También te resuelven estancias en villas turísticas exclusivas para militares. Reconozco que ellos y nosotros somos unos sinvergüenzas. Vividores que le hemos cogido la vuelta a chuparle la teta al sistema”, confiesa Eduardo.

Orlando, gerente de una discoteca, explica interioridades de su negocio. “Es fundamental tener una 'buena pluma' (contador) a tu lado. El robo sale por ahí. También tener relaciones con la farándula. Si traes músicos y humoristas de nivel se te llena el local. La mitad de lo que se recauda en la entrada es para el artista. La otra, más las ventas de bebidas y alimentos son para cumplir el plan, repartir dinero entre el administrador, jefe de almacén y económico. Siempre debes guardar un sobre destinado al jefe de tu empresa. Es la garantía para poder evadir las inspecciones. En Cuba, en cualquier rama de la economía o los servicios, corre dinero por debajo de la mesa. Los 'explotes' (caídos en desgracia) no afectan los mecanismos. Una sólida red sigue funcionando como un reloj suizo”, cuenta Orlando.

Estos grupos mafiosos surten de harina, queso, carne de res, camarones, cerveza, ron y whisky a los negocios privados. “Un alto por ciento de la bebida y comida me llega de almacenes estatales”, señala el dueño de una paladar.

Algunos intentan no llamar la atención y ser discretos en su comportamiento. Otros hacen lo contrario. Gastan miles de pesos en moneda dura y se hacen un Ifá (santo). Se compran dos o tres autos y alquilan en hoteles de Varadero.

“Cuando las autoridades activan una ofensiva contra la corrupción, se recogen las velas. Hasta que pase el temporal. En este mundo explotan las piezas menos importantes. Los jefes de jefes son intocables”, argumenta el jefe de un almacén.

"¿Y quién dirige todo eso?", indago. El hombre sonríe y responde: “El sistema te obliga a ser mafioso. Los capos son los que salen en el noticiero defendiendo la revolución. Para acabar con estas mafias, hay que acabar primero con ellos”.

Iván García

Foto: Almacén de víveres en Vives y Alambique, en el barrio habanero de Jesús María. Hecha por ojitoaqua, Panoramio.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Otro vistazo a Miramar



El oeste de la capital cubana rompe con el diseño arquitectónico de otros sitios de la ciudad, eclécticas mansiones rodeadas de jardines, cuidadas avenidas, grandes supermercados. En ella la red hotelera ha encontrado una zona de desarrollo turístico.

Quizás por el origen de este reparto, el panorama pudiera pensarse diferente, pero al igual que en otras zonas, existen carretillas con productos del agro en sus calles, autos clásicos como el Ford, Cadillac, Volkswagen, Pontiac, convertidos hoy en autos de alquiler, se desplazan por sus avenidas con sus tubos de escape ahumando el verde entorno, en contraste con los modernos automóviles.

Las acumulaciones de basura se vislumbran como en cualquier espacio de la ciudad, casas arrendadas para alquiler, otras, víctimas del crecimiento urbano, donde los garajes han sido convertidos en vivienda, transformando la elegante arquitectura del inmueble, hacen del otrora barrio burgués, un sitio común en la ciudad.

Las grandes mansiones construidas luego del desbordamiento de la vieja ciudad, algunas abandonadas por los que decidieron vivir en otro sitio del planeta, han sido reparadas y hoy sirven de sede a corporaciones, embajadas, empresas mixtas, policlínicos, escuelas o jardines de la infancia, en otras, residen antiguas familias o funcionarios del estado. Los antiguos clubes de recreo, funcionan como círculos sociales.

El sueño de cualquier cubano pudiera ser tener una confortable morada en esta zona de la capital, con el nuevo régimen de la vivienda y un capital suficiente cualquier ciudadano cubano puede hacerse de una hermosa propiedad en el más importante proyecto urbanístico ideado por las familias más acaudaladas cincuenta años atrás… concebido entonces como el exclusivo reparto Miramar.

Vivir en el oeste pudiera ser la expectativa de cualquier ciudadano común, pero no es menos cierto que La Habana posee otros sitios donde el esplendor de sus construcciones lo hacen tan llamativo como el barrio de Miramar.










Texto: Elvira Pardo Cruz
Fotos: Elio Delgado Valdés
Havana Times, 23 de noviembre de 2014.

lunes, 17 de agosto de 2015

Zapatos



Yo, como Juan José Millás, también vengo de un mundo donde los zapatos no eran un artículo para desechar enseguida. Pensaba en esto cuando leía una de las columnas del reconocido periodista español, en el que hablaba, obviamente, de zapatos.

Cuando era niño, nunca tuve más de cuatro pares de. Un par “para salir”, un par de colegiales para la escuela, un par de tenis para jugar, y las chancleticas del baño, que no me queda claro si debo incluirlas entre los zapatos.

Los zapatos tenían que durar (y para durar estaban fabricados, por cierto). Si se rompían, se llevaban al zapatero, se remendaban y volvían a la carga. Solo cuando ya no valía la pena repararlos, mi mamá me llevaba a la peletería y me compraba un par nuevo.

Pudiera parecer que yo era miembro de una familia muy pobre, pero la verdad es que mis padres eran profesionales, ganaban un buen salario. No era cuestión de falta de dinero, era cuestión de sentido común: ¿por qué botar lo que todavía nos sirve?

Mis zapatos colegiales duraban un curso completo. Los estrenaba en septiembre y los usaba todos y cada uno de los días lectivos, salvo aquéllos en que había fiesta en la escuela. Nunca se me ocurrió usar zapatos distintos durante la semana, alternarlos, asombrar a mis compañeros con unas zapatillas vistosas y multicolores.

Mi hermano y yo fuimos niños educados sin carencias, pero sin lujos ni ostentaciones. Y les aseguro que fuimos niños muy felices.

¿Qué cambió para que mi sobrina tenga ahora más de diez pares de zapatos y todavía a sus padres les parezcan pocos? ¿Qué cambió para que yo no lleve nunca los zapatos rotos a la zapatería y sencillamente los sustituya por otros nuevos?

Evolución, dirán algunos. Frivolidad, estoy tentado a decir. La frivolidad galopante de los nuevos tiempos, tiempos de consumismo y exhibición.

Los precios del calzado están por los aires, pero así y todo, a muchos de nosotros nos daría vergüenza que nos vieran todos los días con los mismos zapatos (y sí, hay gente que se fija en eso). Sería como admitir que no nos va muy bien, que no tenemos “buen gusto”, que somos gente demasiado simple o con muy pocos recursos.

Claro, reconozcamos que los zapatos en el mercado ahora mismo, con todo lo caros que son, no suelen exhibir la calidad y durabilidad de antaño. Tendríamos que ir a comprarlos a las boutiques (más de 100 cuc por un par), y ya sabemos cuántos salarios mínimos caben en cien pesos cubanos convertibles.

Los de las tiendas recaudadoras de divisas casi nunca bajan de los 20 cuc, y pocas veces se mantienen en forma más de un semestre. Los zapateros se han sumado a esta danza de los millones y a veces te piden por un arreglo casi la mitad de lo que te costó el zapato.

No quiero seguir sacando cuentas, porque es muy probable que resulte que mucha gente viva literalmente para comprarse sus zapatos. A no ser que se los manden “de afuera”, o que los hereden de un pariente rico. Solo tengo una pregunta: ¿cómo se las arregla un trabajador del Estado, sin ingresos extras, para renovar su zapatera?

Ése es un gran misterio, teniendo en cuenta que hace muchos años que dejaron de vender zapatos “por la libreta”.


Texto y foto: Yuris Nórido
On Cuba Magazine, 6 de julio de 2015.

viernes, 14 de agosto de 2015

El auge de las drogas y el alcohol



Cuando cae la noche en el barrio gris y marginal de Palo Cagao, en el municipio habanero de Marianao, a Yosbel le atrapa la angustia. Y el aburrimiento lo empuja a comprar metilfenidato en un negocio clandestino de la zona.

Nunca se ha cuestionado el efecto dañino de los sicotrópicos. Lo hacen sentir bien. “Me cambia el cuerpo. Luego uno se engancha. El vicio te vence. Y cada peso que me busco lo gasto en metil”, apunta sentado en el contén de una acera rota.

En estos distritos duros de La Habana, las patrullas policiales no son frecuentes. Las calles destruidas, oscuras y a medio asfaltar no son sitios para turistas.

“Cualquier cosa provoca una bronca. En estas barriadas, la promiscuidad es habitual. La gente está cansada de todo. Aburrida de lo mismo. De no tener futuro. De saber que siempre van ser unos muertos de hambre. No sé, son tantas cosas que no puedo definir. El caso es que cuando te cae un menudo en el bolsillo, el primer sitio que se visita es un bar o ir a comprar pastillas para ‘volar’”, comenta Yosbel.

El metilfenidato le provoca una sensación de lucidez y elocuencia. “Me siento rico. La muela (hablar) se me desata. Le descargo el vuele a una jevita (chica) o a un socio tan aburrido como yo”, señala con una sonrisa lánguida.

Aunque el gobierno de Raúl Castro amortigua y silencia el fenómeno de las drogas y el alcoholismo, su auge es preocupante. En Cuba, cualquier efemérides o acontecimiento es el pretexto perfecto para tomar un brebaje de tercera categoría que se vende como cerveza a granel.

Las drogas no son una excentricidad. Carlos, sociólogo, dice que muchos jóvenes mayores de 16 años ya han probado la marihuana o sicotrópicos.

“Si fuese algo raro no existirían clínicas en todos los municipios de la capital para atender alcohólicos y drogadictos. Se piensa que solo en la farándula, a nivel de artistas, músicos, intelectuales y gente con billete se mueve el furor por la cocaína o la marihuana importada. Pero entre los adolescentes de matrimonios disfuncionales, jóvenes- y no tan jóvenes- que viven en barrios pobres, enajenarse es cotidiano".

Según el sociólogo, se ha estructurada una respuesta gubernamental para atender esos casos. "Pero al tener escasa publicidad, es desconocido por las personas adictas. También subsiste el temor de confesar que son drogadictos, pues muchos creen que pueden ser enjuiciados”.

Adriano, trabajador por cuenta propia, tuvo que ser ingresado en una sala del hospital siquiátrico conocido como Mazorra, para recibir tratamiento médico por el uso continuado de marihuana y alcohol.

“Yo tenía un negocio de vender ropas. Todo el dinero que ganaba lo gastaba en yerba y ron. La que armaba en mi casa cuando estaba 'arrebatado' era de apaga y vamos. Mi madre me ingresó en Mazorra. Ahora reconozco que estoy enfermo. Es el primer paso, reconocerse adicto. En las charlas colectivas hay casos muy duros. Gente que intentó asesinar a sus padres por no tener dinero para comprar bebida o drogas. Limpiarse depende de sí mismo. Pero con el montón de problemas existentes en Cuba, cualquiera puede recaer”, confiesa.

A pesar de los precios prohibitivos, se ha producido una escalada en el uso de drogas y sicotrópicos. Un gramo de cocaína, altamente adulterada, puede costar entre 60 y 80 pesos convertibles.

El metilfenidato en polvo se vende a 2 cuc el gramo. Sicotrópicos como Parkisonil se ofertan en La Habana subterránea a 25 pesos la pastilla, dependiendo si es blanca o roja. La marihuana criolla se expende a 25 o 30 pesos el cigarrillo. La importada, conocida como ‘yuma’, a 120.

En el argot callejero, la yerba tiene motes llamativos: la patá de King-Kong, submarino amarillo o se acabó el abuso. El ron casero, destilado con excremento de vaca y carbón industrial es conocido como bájate el blúmer, vírate al revés o anestesia pa'l dragón.

Medio litro de ron infame cuesta 10 pesos. Es el trago habitual de mendigos, lunáticos y olvidados. La marihuana criolla se fuma para evadirse de la realidad, como complemento en una juerga con prostitutas o por puro vicio.

En el mes de mayo, la prensa oficial informaba del decomiso de 14 fincas entregadas en usufructo o de propiedad privada en Sancti Spíritus. En el municipio de Taguasco se encontraron 453,252 semillas de marihuana, 433 plantas y 395 tallos podados.

Un operativo similar fue llevado a cabo por la Sección Antidrogas del Ministerio del Interior, en la zona Hoyos de Mursulí, en Banao, Sancti Spíritus. Fueron apresados dos ciudadanos naturales de la provincia de Santiago de Cuba, quienes le habían comprado ilegalmente la finca a un campesino de la Cooperativa de Créditos y Servicios Ramón Pando Ferrer.

En una de las fincas confiscadas, se ocultaban 69,612 simientes de marihuana. Existen pescadores furtivos y vecinos de poblados costeros que venden los alijos de drogas que recalan en Cuba.

“Con una sola paca que vendas, resuelves tus penurias. Gente que se dedica al negocio en La Habana te puede dar hasta 80 mil cuc por la paca. Se rumora que policías y militares corruptos también se dedican al giro, pues cuando la ocupan no incineran toda la droga”, apunta un residente de un pueblo de la costa habanera.

Mientras el consumo de alcohol, sicotrópicos y drogas crece en flecha, los medios oficiales hacen mutis. Manejar con discreción un flagelo que asola al mundo no es la solución mágica. En el caso de la Isla tiene tintes políticos. Sería reconocer el fracaso del sistema.

Iván García