viernes, 27 de marzo de 2015

1959 en mi vida (III y final)



El lado grato era atender la biblioteca, ayudar a la Mora a encargar comida en La Fama China o ir al correos a comprar sellos para la correspondencia que se enviaba a provincias y al exterior.

El lado ingrato yo lo veía en el revolico y la incertidumbre en que habíamos empezado a vivir los cubanos en la isla entera. Pese a mi juventud y mi inexperiencia política, me daba perfecta cuenta de que por aquel local de Carlos III y Marqués González, donde laboré desde agosto de 1959 hasta febrero de 1961, pasaba todo lo que en ese momento se sazonaba y cocinaba en el fogón de la revolución.

Los días previos a la ley de nacionalización de las compañias extranjeras, estadounidenses en su mayoría, César Escalante tuvo una actividad febril, junto a otros miembros del Comité Nacional del PSP. Lo recuerdo ir y venir desde sus oficinas a las nuestras, serio, apurado. Fueron dos días con sus noches muy tensos y de mucho correcorre, con reuniones contínuas, llamadas, idas y venidas, imagino que para deliberar con los hermanos Castro. Y yo, claro, mecanografiando, cambiando párrafos, rehaciendo cuartillas.

El colofón sería el acto en el Stadium del Cerro (actual Estadio Latinoamericano). Por si no bastara su repercusión, tuvo un ingrediente mediático extra: en medio de su discurso, Fidel Castro enmudeció. De aquella Ley trascendental, la imagen que me ha quedado es el caminar apresurado de César Escalante, Fidel afónico, los americanos encabronados y yo muerta de cansancio.

Si en aquel potaje la "especialidad" de César era la ideología, la de su hermano Aníbal era el rumbo político de la revolución. O al menos eso era lo que a mí me parecía, pues Aníbal era el enlace entre la dirección nacional del PSP y Alejandro, seudónimo de Fidel Castro. Cada vez que un mensaje escrito debía ser enviado a Alejandro, Guerrero me hacía dejar lo que estuviera realizando y me llevaba para la oficina de Aníbal, al fondo del local.

En una Underwood situada en un rincón, Aníbal me mandaba a sentar, mientras él, dando zancadas de un lado a otro, empezaba a dictarme. Y yo tiquitiquitiquiti. Hacía una pausa y me decía: "A ver, léeme qué has puesto ahí". "Aníbal, puse lo que usted me dictó", le decía. Y él: "Vamos, vamos, lee y no hables".

Y yo le leía. Si le parecía bien, seguía dictando, si no, me hacía sacar el papel, él lo rompía y empezaba a dictar de nuevo. Aníbal me decía las comas, puntos y aparte, punto y seguido, aunque no se necesitaban demasiadas reglas ortográficas: siempre eran mensajes cortos y apremiantes.

Desde que veía a Guerrero venir hacia mí como un gallito culeco, para mis adentros decía: "Uf, ahí viene Guerrero para un corta y clava de Aníbal".

Ninguna de esas urgencias me causaban mayor preocupación. Era joven y aquellos dimes y diretes políticos no me quitaban el sueño.

Tenía 17 años, pero no era tonta. Y me daba cuenta de que tenían razón los enemigos incipientes de la revolución, cuando comenzaron a decir que "la revolución era como un melón, verde por fuera y roja por dentro". Sin sonrojarse, Fidel los desmentía y aseguraba que era "más verde que las palmas".

Sí, que las palmas del Soviet de Mabay: el 13 de septiembre de 1933, dirigidos por el comunista Rogelio Recio, los campesinos del ingenio Mabay, en el poblado del mismo nombre, en la antigua provincia de Oriente, decidieron unirse y fundar un gobierno popular, bautizado con el nombre de Soviet de Mabay. Ese día, en lo más alto del central azucarero ondearía la bandera roja con la hoz y el martillo.

Tania Quintero
Foto: Así lucía en 1959 la Avenida Carlos III vista desde la calle Reina. Tomada del blog Memorias y acontecer cubano.

miércoles, 25 de marzo de 2015

1959 en mi vida (II)



Por 46 pesos al mes trabajaba de lunes a domingo, mañana, tarde, noche y madrugada si era preciso.

Blas Roca, mi jefe, en 1959 decidió reeditar su libro Los fundamentos del socialismo en Cuba. Cogió la última edición, fue arrancando hoja por hoja y en ellas directamente iba haciéndole los arreglos. La complicación venía cuando añadía nuevos párrafos y ponía numeritos en unas hojitas de blocks que costaban 2 centavos en las quincallas y eran los que a él le gustaban para escribir.

Trabajar como una 'caballa' a esa edad tenía sus ventajas: de vez en cuando hacía lo que me daba la gana. Por ello saqué la máquina de escribir de la biblioteca y la llevé para la oficina de Blas, que solo tenía un buró, tres taburetes y un librero.

Allí podía trabajar con tranquilidad, pues Blas, para poder concentrarse, estaba pasándose un tiempo en una casa en la playa de Guanabo, él solo, con dos escoltas. A las cinco de la mañana se despertaba, hacía café y se sentaba a escribir. Antes que el sol apretara caminaba un rato por la arena y volvía a su libro. Con un chofer me enviaba las hojas a mecanografiar y cuando yo las tenía listas, avisaba y pasaban por la oficina del Comité Nacional del PSP a recogerlas.

Pero a veces Blas me mandaba a buscar. Me encantaba ir a Guanabo en un Impala, sentada alante, disfrutando el paisaje de la costa norte habanera. La contentura pronto se me quitaba, cuando veía que había hecho arreglos en las cuartillas ya mecanografiadas. Después vendría lo peor: quedarme a almorzar con él.

Blas enseguida se daba cuenta de la cara de mierda que ponía y con su hablar pausado, típico de los manzanilleros, me decía: "De verdad que eres una vaina. Carmen y Quintero (mis padres) te han criado muy mal, con bistecitos y platanitos fritos. Y no te han enseñado a comer calabaza con cáscara".

Y a continuación soltaba una disertación sobre las propiedades de la calabaza. Mientras, tenía que hacer de tripas corazón y tomarme saquella sopa anaranjada y olorosa de flores de calabaza, cogidas de un huerto detrás de la casa. Desde una ventana los escoltas miraban con disimulo y se reían. A ellos dos veces al día, le traían cantinas con comida "normal" y no ese invento de sopa de flores de calabaza.

Todo el trabajo con Blas a propósito de la reedición en 1959 de Los fundamentos del socialismo en Cuba se hizo en un mes. Al ser la única mecanógrafa y bibliotecaria en ese momento, no podía darme el lujo de desatender al resto de los que allí tenían oficina permanente. Los que trabajaban en sus casas o en otros lugares, también venían y si me lo pedían, tenía que mecanografiarles. Cuando había reunión debía salir de la biblioteca porque allí se celebraba, en torno a una gran mesa y con una docena de taburetes.

La Mora era la encargada de una pequeña cocina donde se colaba café. Los días de reuniones, ella, Mario (el encargado de la limpieza) y yo, al mediodía íbamos a La Fama China, restaurante situado a dos cuadras, en Belascoaín y Maloja, a buscar veinte y pico de cajitas, unas con arroz frito y otras con chop suey de puerco o pollo, encargadas con antelación. El almuerzo lo acompañaban con agua fría y al final, café. Algunos fumaban, pero en aquella época, aún no le habían declarado la guerra al tabaco.

La biblioteca la atendía sin complicaciones. En una ocasión, del Ministerio de Relaciones Exteriores me mandaron a pedir unos libros de filosofía y marxismo y enseguida se los envié con un chofer. Cuando venció el préstamo, junto con los libros adjuntaron una carta dirigida a la "Dra. Tania Quintero, directora de la Biblioteca del Partido Socialista Popular". Me dio tremenda risa.

Los 46 pesos dejaron de ser un trauma desde el primer mes: en El Encanto me compré un frasco de Miss Dior por 5 pesos (sí, pesos, la moneda nacional). Crucé al Ten Cent de Galiano y después de merendar llevé para la casa una libra de chocolate con almendras (0,99 centavos). Seguí hasta los Almacenes Ultra y allí terminé de gastar mi primer salario, en un par de sandalias, una cartera, una saya, una blusa, un pañuelo de cabeza, dos blumers y dos ajustadores. Y todavía me quedó para regresar en taxi a la casa.

Tania Quintero

Foto: Calle Reina en los años 50, donde radicaban los Almacenes Ultra, una de las tiendas más populares de La Habana, junto a Fin de Siglo, El Encanto, La Época, Los Precios Fijos, Flogar y El Bazar Inglés. Tomada de Cjaronu's blog.

lunes, 23 de marzo de 2015

1959 en mi vida (I)



Diciembre de 1958. Desde una azotea de una casona de la Habana Vieja, casi toda la visita a una familia amiga de mis padres me la pasé con una mezcla de temor y misterio, mirando el gran movimiento de tropas militares en La Cabaña que sin necesidad de anteojos, se divisaba desde el privilegiado lugar, muy cerca de la entrada del túnel de la Bahía de La Habana.

En noviembre había cumplido 16 años y mis preocupaciones, debo confesar, guardaban relación con aquel ir y venir de militares: el Ejército Rebelde, me lo había dicho mi padre, estaba a punto de tomar la ciudad de Santa Clara, en el centro mismo de la isla. Pero mi padre, que todo me lo decía, no me había dicho que un paquete grande y pesado que yo había recibido de un desconocido y guardado en un recoveco de nuestra casa en Romay 67, eran luces de bengala, para ser utilizadas en el descarrilamiento de un tren en Las Villas.

Cincuenta y siete años atrás, en diciembre del 58, tampoco podía imaginarme que la dictadura de Fulgencio Batista pronto desaparecería. Ni que apenas un mes después de aquel día en que pasé varias horas observando los movimientos de vehículos militares, yo estaría allí, en La Cabaña. Y almorzaría frijoles colorados con plátano maduro y calabaza en el comedor de los barbudos. Y vería por vez primera al Che y le saludaría.

Los meses de enero a julio de 1959 los recuerdo como si yo y todos los que me rodeaban hubiéramos estado viviendo en un limbo. A pesar de las noticias y corazonadas, los acontecimientos se sucedieron como el sube y baja de un cachumbambe.

De pronto, el rojinegro se convirtió en la combinación de moda, desplazando los colores de la enseña nacional. Los católicos, por si acaso, decidieron mantener oculta la imagen del Sagrado Corazón. Los espiritistas, seguidores de Clavelito, sí dejaron el vaso de agua a la vista. Pero fue mayoría la que se sumó a la catarsis fidelista y en las puertas de las casas comenzaron a aparecer cartelitos de Gracias Fidel.

En mi casa nunca hubo ninguna imagen religiosa y a no ser mi tía Candita, nadie creía en el espiritismo. No éramos fanáticos y no pusimos ningun cartelito. Vivíamos en un tercer piso y nadie lo hubiera visto, pero ésa no fue la razón. Mi padre no veía con buenos ojos a Fidel Castro. Cuando el día después del asalto al cuartel Moncada vi aquellos titulares en la prensa, le pregunté. "Eso fue un putsch y Fidel Castro es un putschista", me respondió.

Febrero de 1959. Con el tibiritábara de la revolución, en la Escuela Profesional de Comercio de La Habana, donde estudiaba, no habían empezado las clases y había tremenda fajazón entre los del Movimiento 26 de Julio, el Directorio Revolucionario 13 de Marzo y la Juventud Socialista. Cada grupo quería controlar la asociacion de estudiantes. Me había sumado a la huelga estudiantil decretada en 1958 en todo el pais y llevaba un año sin asistir a clases.

Entonces me entró el culillo por trabajar y tener mi propio sustento. Una noche, después de comer, le dije a mi padre que quería trabajar. "¿Trabajar? ¿En qué? Si tú nada sabes hacer", me dijo. "Yo me pasé todo el año 58 dando clases de corte y costura con la tía Cuca", argumenté. "Sí, y qué, ¿vas a trabajar en un taller de confecciones?", contestó. "A lo mejor, o puedo coser para la calle. Ya sé hacerme mi ropa", seguí argumentando. "Mira, acuéstate a dormir y mañana seguimos hablando".

Al día siguiente le llevé una propuesta: pasar un curso de mecanografía y taquigrafía en inglés y español, en la Havana Business Academy, al doblar de la casa. El problema era que costaba 8 pesos al mes. Logré convencerlo -al final era su única hija- y me pagó dos meses, marzo y abril. Se presentó un obstáculo: para mecanografiar con velocidad y poder conseguir pronto un trabajo tenía que practicar todos los días. Y a eso sí mi padre se negó: a comprarme una Remington portátil que en 40 pesos vendía un vecino.

La solución fue irme todos los días a las oficinas del Comité Nacional del Partido Socialista Popular (PSP), en Carlos III y Marqués González, Centro Habana, donde él trabajaba cuidando el local. Y tantas veces fui que terminé sustituyendo a Aleida, la mecanógrafa, en avanzado estado de gestación.

El administrador era Secundino Guerra, más conocido por Guerrero, quien después fue miembro del Comité Central del Partido Comunista. Manuel Luzardo, Manolo, que llegó a ser ministro de Comercio Interior, era el tesorero del PSP. Él fue quien determinó mi salario: 46 pesos. Cuando me lo dijo, formé bateo. Manolo, que era grande y gordo como mi padre e igualmente tacaño, me respondió: “Todavía no has cumplido los 17, ¿para qué necesitas más dinero? ¿Tú no sabes que el dinero corrompe?”.

Tania Quintero
Foto: Similar a ésta era la máquina de escribir que un vecino me vendía por 40 pesos.

viernes, 20 de marzo de 2015

Cuba no es una telenovela


Ha puesto a soñar durante medio siglo a millones de televidentes de América Latina. Les ha dado ilusión, lágrimas y la felicidad pasajera de sus telenovelas. Una de ellas, Kasandra, se llevó a 10 idiomas y apasionó a hombres y mujeres de muchos países: japoneses, húngaros y griegos, entre ellos.

Su capacidad para hallar historias de amor en el espacio infinito que había entre su máquina de escribir y el cielo no le han impedido nunca a Delia Fiallo (La Habana, 1924) aterrizar como un ángel en paracaídas para opinar sobre lo que pasa en su país.

Lo ha hecho ahora, a raíz de los acuerdos entre Barack Obama y Raúl Castro para normalizar las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos con un artículo titulado Aquí no ha pasado nada.

La autora, que comenzó su trabajo en la radio en su país natal, en 1949, y lo llevó a Venezuela y Estados Unidos, escribió: "Como cubana disidente que se enfrentó al sistema, se vio forzada a abandonar su patria, lo perdió todo, tuvo que volver a empezar desde cero en una tierra extraña y durante 48 años arrastra la nostalgia del exilio, me causa gran dolor que el cambio anhelado salga de un oscuro trámite entre el presidente del país adonde vine en busca de libertad y el dictador del país que abandoné porque no la había".

Delia Fiallo es considerada en aquella región como la madre o la diosa de la telenovela y entre sus títulos más conocidos y difundidos por las cadenas de televisión están Esmeralda, Marielena, Topacio, La señorita Elena, Una muchacha llamada Milagro, Leonela, Morelia y Cristal, la pieza que marcó su retiró en 1986.

Prohibida con empeño por el Gobierno de su país, que pretendió dejarla en el olvido, el nombre de la mujer ha regresado, siempre por vías alternativas, al público cubano. La pieza que firmó esta semana la señora Fiallo es especialmente dura con la Administración demócrata de Estados Unidos.

"¿Qué importan los miles de ejecutados en los paredones de fusilamiento por el delito de disentir, ni los cientos de prisioneros de conciencia muertos en las cárceles a bayonetazos, por tortura, por falta de medicamentos? ¿Qué importa la destrucción, el sufrimiento de las separaciones familiares, el horror, la miseria, el odio sembrado entre hermanos, la desesperanza que la revolución socialista desató sobre un país próspero y feliz que estaba a la cabeza de las naciones latinoamericanas?", dijo Delia Fiallo. Ya el presidente Obama restableció las relaciones con Cuba. Y aquí no ha pasado nada.

En Cuba gobierna una dictadura que se hace propaganda con panfletos controlados por el Partido Comunista. Están prohibidas las manifestaciones populares que no sean a favor del Gobierno. Salir en grupo con un lápiz o un bolígrafo en la mano y en silencio se recibirá por la policía como un acto contrarrevolucionario.

Raúl Rivero
El Mundo, 13 de enero de 2015.
Foto de Polina Martínez, tomada de Los gitanos del Almendares.

miércoles, 18 de marzo de 2015

El negocio estatal del monopolio



En el mercado de la Avenida 26 y Calzada de Puentes Grandes hay un estante con turrones españoles sin vender. En las neveras se amontonan decenas de pavos congelados, quesos importados y embutidos a precios de escándalo.

En el anaquel de equipos electrónicos, un televisor Sony de 32 pulgadas llama la atención de los clientes, pero al ver el precio, 766 pesos convertibles (cuc), la gente sigue de largo.

Consumidores habituales como Adrián, quien temporalmente labora en Costa Rica, intrigado, pregunta si el Estado cubano tiene una política comercial coherente.

No lo parece. Un mes después de las Navidades, seguían ofertando turrones a 4 cuc, pavos congelados entre 48 y 55 cuc y artilugios electrónicos pasados de moda al triple de su valor en cualquier tienda de Miami.

La Habana no es Ginebra. Como promedio, la gente gana 20 dólares mensuales. Y si muchos pueden llegar a fin de mes sin demasiadas preocupaciones, es gracias a las remesas enviadas por parientes al otro lado del charco o por lo que han podido robar en alguna dependencia estatal.

Pero si usted visita la agencia de automóviles Peugeot, en Vía Blanca y Primelles, se quedará boquiabierto y sin aliento al ver los precios estratosféricos de los autos en venta.

Coches de segunda mano entre 17 y 25 mil cuc y un Peugeot 508 en algo más de 263 mil cuc, unos 300 mil dólares al cambio en la Isla. “Con esa plata uno se compra un Ferrari o un Lamborghini”, dice Diosdado, trabajador de un garaje contiguo y quien un año después de la autorización por parte del régimen de la venta de coches, no deja de indignarse ante los prohibitivos precios.

En 2014, el gobierno de Raúl Castro hizo un chiste de mal gusto cuando en la prensa anunció que con los fondos recaudados por las ventas de vehículos, se adquirirían ómnibus nuevos para el transporte urbano.

“Fue la broma del año. Tengo entendido que solo se ha vendido una veintena de autos y motos, casi todos de segunda mano. Creo que la política del gobierno es aparentar apertura, pero en el fondo el negocio es no vender”, señala un empleado de la agencia.

Navegar por internet en una sala de Etecsa cuesta 5 dólares la hora. A pesar del precio, en varias salas de La Habana hay colas. “No vengo a por placer. Estoy gestionado un contrato de trabajo en Brasil. De otra manera, jamás pagaría ese precio”, acota Daniel.

En 3ra. y 70, un supermercado de Miramar donde suelen hacer sus compras diplomáticos y funcionarios, Samanta, jinetera, le pide al carnicero varios cortes de de carnes de res de primera.

En un carrito metálico, desbordado de carnes, latas, golosinas y productos de aseo, ha consumido 177 cuc, el salario anual de un profesional. “No tengo otra opción. Si no pagas estos precios abusivos en los mercados del Estado, no comes carne de res. Gracias a Dios, tengo suerte en mi negocio”, dice la prostituta habanera.

Según un trabajador de un almacén estatal, “da pena ver cómo se echan a perder alimentos en los almacenes. O están repletos de mercancías con poco movimiento de venta. A pesar de eso, el Estado no baja los precios, es la ventaja de tener un monopolio en las ventas”.

Cualquier persona o negocio que afecte ese monopolio, se lanza la voz de ataja. En 2013 se prohibió la venta de ropa y las normas aduaneras acosan el trasiego de ‘mulas’ desde Miami, Ecuador o Caracas.

La pregunta que se hace Regino, jubilado, es si el nuevo giro diplomático entre Cuba y Estados Unidos podría redundar en una rebaja en los precios.

“He estado cuatro veces de visita en Miami. Un televisor de pantalla plana ronda los 200 dólares y 450 una buena computadora. En Cuba un televisor de plasma supera los 800 dólares y un ordenador, que es una antigualla, frisa los mil. Es una locura. No hay bolsillo que aguante. Por eso nunca se va acabar el tráfico de mercancías desde la Florida. Espero que después del 17 de diciembre, el gobierno haga una rebaja de precios y le quite el 'impuesto revolucionario' que Fidel le puso al dólar. De lo contrario, no tendría sentido toda la hoja de ruta trazada por Obama”, razona Regino.

De momento, la autocracia verde olivo no tiene una estrategia en su parrilla de salida que beneficie al consumidor. La lógica en Cuba siempre gira en dirección contraria.

Iván García
Foto: Tomada de Cubanet.

lunes, 16 de marzo de 2015

Cuentapropistas exitosos, un grupo a tener en cuenta



Observar con frialdad y despojarnos de todo partidismo es la mejor forma de entender que la decisión tomada por el ejecutivo estadounidense, de restablecer relaciones con Cuba es acogida con beneplécito por todo un sector cubano que después de sufrir la furia de lo que parecía ser un infinito enfrentamiento, confía en un paso que, sin dudas, repercutirá de manera positiva en el actual modo de vida en la isla.

Está claro que Estado Unidos, además de ejecutar una jugada geopolítica magistral pues con este acercamiento aisló a Rusia y a China de América Latina, usando como palanca la indiscutible influencia de Cuba en la región, persigue también convertir Cuba en una suerte de vecino estable, capaz de garantizar el control sobre su emigración ilegal y constreñir el anidar en nuestra isla de grupos terroristas y del crimen internacional.

Aceptemos sin ingenuidad que esto último sólo se logra trabajando de conjunto con militares y/o gobernantes cubanos, dictatoriales o no.

¿Me gusta? Claro que no, conozco a los altos dirigentes cubanos, sé que están estructurados para aplastar sin remordimiento a todo aquel que se ponga del lado contrario al de ellos. Son delincuentes y son dictadores. Pero la oposición cubana no tiene nada que ofrecer: además de luchar por el poder usando la receta ideal para caer en el desastre, parece desconocer que la solución de los problemas sociales se encuentra en la política real y no en el marketing internacional.

Ni la ñoñería victimaria ni la sabiduría arrogante posee atractivo. Por ello sus acciones carecen de efecto movilizador.

A ninguno de los opositores, por ejemplo (utilizando la tan repetida campaña que lleva el general Rául Castro en contra de la corrupción), le he escuchado hablar sobre impulsar un proyecto de “ley de transparencia” en el que cada uno de los miembros del gobierno y el Estado cubano se vea obligado a crear una vía directa online a la que todos, en cualquier momento, nos podamos asomar para saber cuánto ganan, cuánto tienen y en qué gastan el presupuesto nacional.

No obstante, los debemos apoyar y me parece significativo que el debate de Cuba llegara a Washington y fueran invitados miembros de la oposición cubana. Desde mi punto de vista, esa invitación significa un verdadero empujón y una sombrilla protectora para esas voces valientes que dentro de Cuba dejan su vida en las calles.

Pero si lo que persigue el gobierno de Estados Unidos es “entender el impacto de los cambios en la política para los derechos humanos y la democracia en Cuba”, entonces, además de disidentes y opositores, también debían invitar a algunas de esas personas que, aunque no le hemos aplicado el merecido título de líderes, es la verdadera vanguardia, la que inspira y anhela la juventud cubana y nuestra sociedad civil.

Me refiero, obviamente, a esos nuevos y exitosos emprendedores (detesto usar la palabra “cuentapropistas“) cubanos que emergen dentro de la isla y canalizan el descontento social creando una zona de confort visual y atractiva al todavía reducido, pero creciente sector que sueña emigrar hacia ella.

No escuchar a este grupo social que cada día se hace más potente, más influyente y que aplaude el acercamiento entre Cuba y Estados Unidos porque quiere beneficiarse de él, es como desear que los negros nubarrones de hoy continúen formando parte del eternamente empobrecido paisaje nacional.

Juan Juan Almeida
La voz del Morro, 10 de febrero de 2015.
Foto: Paladar Doña Eutimia, Callejón del Chorro No. 60, Plaza de la Catedral, Habana Vieja.

viernes, 13 de marzo de 2015

Ser o no ser... ilegal



Hace 12 años, Yosniel comenzó a realizar sus primeras fotos y videos pornográficos con un teléfono Nokia de segunda generación. Eran desnudos cursis y grabaciones caseras chapuceras.

“Las primeras fotos que hice eran selfies de desnudos míos o en pareja. Luego comencé a trabajar con un italiano que frecuentemente viaja a Cuba a producir filmes pornográficos comerciales. De un tiempo acá he montado un pequeño negocio. El sexo siempre resulta rentable. Las leyes y el puritanismo de la sociedad los prohíbe. Pero por debajo de la mesa muchos lo consumen. En la Isla, al no existir bayúes, cabarets de nudismo y prostitución legal, el negocio es una mina de oro. La materia prima, prostitutas, travestis, lesbianas y gay sestán ahí. En un futuro, la pornografía cubana será líder en el Caribe”, augura Yosniel.

En una casa en las afueras, Yosniel ha montado un estudio para sus locaciones y sesiones fotográficas. Tiene dos cámaras de alta definición y un PC Apple pasado de moda para editar las filmaciones.

“Algunos equipos me lo han donado extranjeros que vienen a la Isla a filmar pornografía. Otros los he comprado en el mercado negro. El gobierno debiera legalizar la prostitución en determinados áreas, como en Holanda o Suiza. Prohibirla es una tontería. Un segmento amplio de turistas y cubanos adinerados son clientes asiduos. Cobrarían un impuesto razonable y las chicas tuvieran garantías legales y certificados médicos. Mi sueño es vender mis producciones en el mercado de Estados Unidos. Si pudiera obtener un crédito de algún banco estadounidense sería maravilloso. Pero me temo que lo que hago también sea ilegal en la yuma", afirma.

Los proxenetas, jineteras, pingueros y personas que realizan fotos y videos pornográficos son acosados por la policía especializada. No pueden sindicalizarse y sus empresas no cuentan en la hoja de ruta promulgada por Obama para empoderar al cubano de a pie.

Raciel, dueño de dos antenas satelitales ilegales que conectan a medio centenar de casas en la parte antigua de La Habana, ha leído con lupa esa hoja de ruta emitida por la Casa Blanca.

“Creo que muchos de los actuales negocios ilegales clasificamos para adquirir créditos gringos. Solo en Cuba somos clandestinos. En cualquier nación existen empresas de antenas satelitales, venta de ropa al detalle o cines 3D, por poner tres ejemplos de negocios prohibidos por el gobierno. Aunque están disgustados con el sistema, por temor, la mayoría de los ciudadanos no quiere enrolarse en la disidencia. Sin embargo, estén a favor o en contra Raúl Castro, alquilan el ‘paquete’ o compran carne de res en el mercado negro”, señala Raciel.

Quienes ofertan los famosos ‘paquetes’ -ediciones audiovisuales con programas de canales estadounidenses, españoles, colombianos o del cine independiente cubano-, caminan por el filo de la navaja.

“Estamos en un limbo jurídico. Por eso no queremos llamar la atención de las autoridades, incluyendo noticias disidentes o denuncias sobre derechos humanos en los 'paquetes'. Sería maravilloso si pudiéramos adquirir equipos o pedir créditos en Estados Unidos. Pero tenemos fecha de caducidad: cuando el gobierno abra las puertas a internet y la televisión por cable, tendremos que colgar los guantes”, apunta Nora, informática que se dedica a editar los comerciales en telenovelas y seriales que vienen en los ‘paquetes’.

Es amplio el registro de negocios que el gobierno prohíbe. Desde juegos de azar hasta las discotecas privadas. Según Sergio, economista, se calcula que unas 100 mil personas trabajan en la economía negra o sumergida.

“Es la tercera fuerza laboral, después de los empleados estatales y trabajadores por cuenta propia. De seguir los altos impuestos, emprendedores privados con licencia pasarían a desempeñarse por la izquierda. Es una puerta giratoria muy utilizada en el país. Algunos de estos negocios solo son ilegales en la Isla. Otros, como las drogas, prostitución o piratería de videos y clonar señales de antenas satelitales también son prohibidos en Estados Unidos. Me pregunto: qué tipo de sociedad civil quiere potenciar Washington? La disidencia tiene un atractivo discurso de futuro, pero la gente no confía en ellos. Es que los opositores viven en otra dimensión. Hablan del pueblo, pero hace años que no trabajan, ni siquiera como cuentapropistas . Y los líderes se la pasan viajando, igual que cualquier funcionario del gobierno”, acota el economista habanero.

Consuelo, 70 años, vende cantinas de comida ilegales. “Sería bueno acceder a créditos o importar alimentos directamente desde Estados Unidos. Pero no creo que este gobierno lo acepte. Los negocios ilegales estamos atrapados por los altos impuestos y las prohibiciones. Y cuando se abra el comercio, los monopolios yanquis nos arrollarán”, comenta mientras en su calurosa cocina prepaara un potaje de frijoles colorados.

Para Raudel, taxista clandestino que por las noches alquila por los alrededores de céntricos restaurantes de la capital, la licencia estatal es un estorbo.

“Además de pagar abusivos impuestos, hay que darle dinero a inspectores y policías corruptos. Cuando un turista se monta en mi auto, no le importa si tengo o no mis papeles en regla. No creo que tras el giro diplomático del 17 de diciembre las cosas cambien demasiado en Cuba. Lo bueno del turismo americano es que paga mejor. Ya eso es algo”, afirma.

Iván García