lunes, 18 de junio de 2018

Sin los Castro y con Trump


Felipe González y el rey Juan Carlos trataron de convencer a Fidel Castro, en 1995, de las ventajas de que él mismo liderase en Cuba una transición política similar a la española. Estaban en Bariloche, sede de la V Cumbre Iberoamericana. Castro escuchó con paciencia. Al terminar, respondió: “Todo eso que me cuentan está muy bien, pero la transición empezó tras la muerte de Franco y yo estoy vivo”.

Fidel Castro murió el 25 de noviembre del 2016. Siete años y medio antes se había apartado del poder, tanto del Ejecutivo como en el partido, cediendo el testigo a su hermano Raúl. Conservó la autoridad moral que ejerció con cautela. Era el inicio del proceso de una transición política que promete ser larga.

El periodista español Enrique Meneses decía que Fidel era el soñador y Raúl, el que resolvía problemas concretos. Les conocía bien pues estuvo con ellos en los primeros tiempos de Sierra Maestra. Se repite la receta: de Fidel a Raúl, de Raúl a Miguel Díaz-Canel, a la generación que no hizo la revolución.

El nuevo presidente no se entregará a aventuras políticas. Primero porque no puede, solo es una pieza de un engranaje que incluye al Ejército. Y en segundo lugar porque no le conviene. En la mente de todos está el derrumbamiento de los regímenes comunistas de Europa del Este en 1989, y de la URSS en 1991 después de que Gorbachov intentara una revolución encaramado en un castillo de naipes.

El otro modelo es China, que ha liberalizado poco a poco la economía sin perder el control político. Ese segundo modelo, que sería también el de Vietnam, es el que desea el Partido Comunista de Cuba.

Díaz-Canel ha marcado la ruta de su mandato con dos frases: “Raúl encabezará las decisiones de mayor trascendencia” (desde la dirección del partido) y “seremos fieles al legado de Fidel Castro, líder histórico de la Revolución”. Esto no deja de ser una declaración. Lo importante se verá en los próximos meses.

La omnipresencia de un enemigo exterior ha creado un espíritu de resistencia patriótica, pero no sabemos cuál es el grado de hartazgo de la población.

Será difícil una hecatombe súbita como en la URSS porque la revolución, pese a sus fracasos (¿dónde están la libertad y la democracia prometidas en el manifiesto de Sierra Maestra?), ha tenido éxitos en la educación (99,8% de alfabetos), en la cultura (250 museos; 11 millones de habitantes) y en la sanidad (mayor ratio del mundo de médicos por pacientes: 1 por cada 155 frente al 1 por 396 de Estados Unidos). No hay desnutrición infantil, ni pandillas de matones como en El Salvador, Honduras o Guatemala.

Cuba es algo emocional para las izquierdas y visceral para las derechas. Tuvo un líder carismático en una época difícil. La ceguera política de Eisenhower en un mundo dominado por los códigos de la Guerra Fría lo acabó empujando al campo soviético. Fidel se convirtió en un piedra en el zapato para 10 presidentes estadounidenses. Esa lucha contra lo que llamó imperialismo consolidó su estatus en el continente.

Cuba fue un ejemplo para las revoluciones latinoamericanas. El embargo que, sin duda, hizo daño y reforzó su dependencia de la URSS, es otro error: ha dado argumentos a un sistema que no funciona.

Las revoluciones duran poco, a veces horas, otras meses o años. Tienden a calzarse los mismos zapatos. La cubana ha sido una de las más longevas, quizá duró toda la década de los 60, al menos hasta el 1967, año de la muerte del Che. Después sustituyó la utopía por el 'merchandising' revolucionario, que en su caso es imbatible: la fotografía de Korda, los eslóganes, la música. Debajo de la iconografía habita un régimen que tiene presos políticos, que castiga cualquier disidencia.

Cuba no lo tuvo fácil desde el triunfo de la revolución el 1 de enero de 1959. La CIA apoyó una chapuza de invasión en abril de 1961 en Bahía Cochinos y la URSS se puso a jugar al póker con John Kennedy en la crisis de los misiles en octubre de 1962. No se han llevado bien Estados Unidos y los Castro. El mismo Fidel sufrió más de 600 intentos de asesinato. Al menos eso dice la mitología que rodea al personaje. Tres opciones: sus servicios de contraespionaje eran excelentes, sus enemigos, unos chapuzas, o ambas.

La presencia de Trump al otro lado puede darles gasolina ideológica para resistir un poco más en espera de mejores tiempos, de otro presidente. Pasó la oportunidad de Obama. Raúl y Díaz-Canel deben saber que la única salida es una apertura económica y política. La clave es quién marca el ritmo. Si Venezuela dejara de mandar petróleo, el ritmo lo marcará la realidad. O tal vez Putin.

Ramón Lobo
El Periódico, 21 de abril de 2018.
Foto: Trump y Díaz-Canel. Montaje tomado de Infobae.

Leer también: El hombre en la encrucijada.

jueves, 14 de junio de 2018

De Raúl Castro con amor: la presidencia de Cuba



El jueves 19 de abril, en vísperas de su cumpleaños 58, Miguel Díaz-Canel recibió en el Palacio de las Convenciones de La Habana un presente que el castrismo jamás le había regalado a nadie: la presidencia del Consejo de Estado de Cuba. Puede tratarse de un obsequio peligroso, una bomba de mecha corta.

A lo largo de la Revolución, nombramientos de menor jerarquía le han explotado entre las manos a los agasajados, haciéndoles añicos los cuerpos y enviándolos al puesto de desguace al que van a parar ciertos líderes comunistas de segundo orden.

Díaz-Canel parece un hombre tan consciente de la larga tradición de cancilleres y ministros que que nacieron alrededor del año cero de la historia de Cuba, es decir, de 1959 y que justo por esa razón cayeron de repente en desgracia, que difícilmente haya habido alguna vez otro presidente que iniciara su mandato con más apatía y cautela que él.

Tomó posesión casi a su pesar, al menos en apariencia. Lucía aturdido con semejante regalo, como si no pudiera aceptarlo, como si el pantalón obsequiado no fuese su talla de cintura. Pero también parecía alguien a quien le daba pena o terror hacerle un desaire a la persona que con tanta dedicación había guardado esa pieza exclusiva para él. Me recordó cuando alguien de dinero en Cuba quería tener una deferencia conmigo y me llevaba a comer langosta. Se suponía que tenía que disfrutarlo, pero no era lo mío.

El sastre que es Raúl Castro entalló ese traje sin chamarreta para su pupilo disciplinado. Desde 2013,  cuando lo ascendieron a primer vicepresidente del Consejo de Estado, Díaz-Canel tuvo tiempo suficiente para adaptarse a la idea; bien pudo haberse repetido para sus adentros que ya era el jefe en funciones. No importa que todavía no lo fuera, nadie se iba a enterar de su travesura. Si él no lo permitía, la Seguridad del Estado, que husmea en todas partes, no tenía por qué meterse en su cabeza.

Sin embargo, el anuncio formal lo agarró bajo presión. No es para menos. El tiempo político de Cuba funciona con una lógica particular. Puede decirse, sin faltar a la verdad, que así como se sabía desde hace varios años que Díaz-Canel iba a sustituir a Raúl Castro en la presidencia del país, no se supo nunca hasta el último momento quién era el elegido.

El hecho reviste implicaciones especiales porque es la primera vez, desde que se aprobó la Constitución socialista en 1976, que el mandatario de la isla, un ingeniero electrónico, tiene influencia nula sobre las Fuerzas Armadas. Esta brecha quizás pueda abrir un camino inédito de disputas, de lucha de egos, o al menos de desavenencias entre los funcionarios que detentan el poder formal de la diplomacia y el Estado y los generales y coroneles que controlan el poder fáctico del Ejército, los conglomerados económicos y los eficientes aparatos de vigilancia ciudadana.

Los cargos de presidente del Consejo de Estado y de ministros y de primer secretario del Partido Comunista tampoco recaen ya en la misma persona, una situación que promete extenderse hasta 2021, cuando Raúl le entregue a su heredero las riendas del órgano rector de la vida nacional.

Los reportes de la prensa extranjera suelen fallar con frecuencia en sus predicciones sobre Cuba porque la información concerniente a los asuntos gubernamentales siempre se ha movido entre lo predecible y lo misterioso, ente el conservadurismo burocrático pausado y los golpes de efecto repentinos. Los resultados de unas elecciones pueden planearse con cinco años de antelación y también pueden cambiar en el último segundo.

Díaz-Canel debe haber pasado cada uno de los días en que fue primer vicepresidente del país atrapado en esa cuerda esquizoide, mezcla virtuosa de planificación e incertidumbre que viene a ser como la última prueba del videojuego psicológico del totalitarismo cubano. Son los obstáculos que los padres fundadores les pusieron a sus hijos más valiosos, hasta encontrar al hombre nuevo definitivo, una tarea que les tomó casi sesenta años. Díaz-Canel llegó exhausto al final y el 19 de abril apareció en cámaras con el semblante de un sujeto que, más que comenzar un mandato, parece concluirlo.

La frase de cierre del discurso de despedida de Raúl, en cambio, no fue un enérgico “¡Patria o muerte!”, o un optimista “¡Viva la Revolución!”, sino un contundente “Ya acabé”, algo nunca visto u oído en actos tan solemnes, sacándose un peso de encima. Cuba parece representar una carga tal que quien cede el mando se va feliz y quien lo recibe no quiere recibirlo del todo.

“El compañero general de Ejército Raúl Castro Ruz (…) encabezará las decisiones de mayor trascendencia para el presente y el futuro de la nación”, dijo Díaz-Canel en su intervención, como quien no acepta completamente su regalo, o como quien sabe que aunque el regalo es suyo pueden volvérselo a quitar.

Su discurso estuvo marcado por la falsa emoción y por constantes evocaciones al pasado histórico, o más bien a cierta interpretación oficialista de éste; una suerte de comodín para los funcionarios públicos que no encuentran nada relevante o juicioso que decir sobre esas dos interrogantes eternamente pospuestas, el presente y el futuro de Cuba.

No son pocos los dilemas y las malas prácticas que Díaz-Canel deberá corregir en adelante y a las que más le vale encontrarles solución: el proceso de unificación monetaria, una relación estatal plausible con el sector privado, un posible proyecto de reforma constitucional, el trato violento a la oposición política, el paso de los huracanes sobre la isla, el conflicto diplomático de los supuestos ataques sónicos, las turbas juveniles que van a chillar a los foros internacionales, el fantasma de Fidel Castro, el gobierno de Donald Trump.

A diferencia de otros países, donde la gente espera que los políticos no simulen o mientan en sus campañas de candidatura y sus discursos de toma de posesión, para luego darse cuenta de que justo una vez más eso fue lo que hicieron los políticos, en Cuba muchos ansían que Díaz-Canel esté simulando y mintiendo, guardando la forma ante sus superiores y esperando el momento justo, que es ya.

Su entrada en la historia pasa por el riesgo personal y depende únicamente de cuánto se aleje su gestión de sus padres políticos, no importa que deba seguir reivindicándolos en el discurso. Las transiciones empiezan con un demagogo y los cubanos sabrán entender. En un país clausurado para todos, suena como que este hombre tiene todavía una oportunidad.

Carlos Manuel Álvarez
The New York Times en Español, 22 de abril de 2018.
Leer también: Político del cambio o títere? y Hombre nuevo al timón.

miércoles, 13 de junio de 2018

El silencio cómplice de la disidencia y el exilio cubano



Donald Trump, el presidente de Estados Unidos, acaba de reunirse con Kim Jong-un, que no sólo es el dueño y señor de la República Popular Demócratica de Corea, sino uno de los dictadores más sanguinarios del mundo.

Kim siguió los ejemplos de su abuelo Kim Il-Sung, y de su padre Kim Jong-il, una dinastía que ya lleva 70 años al frente de la nación más cerrada del planeta y que durante todo ese tiempo ha logrado la 'proeza' de convertir a su pueblo hambriento y oprimido en zombis, obligados a aplaudir al unísono, que tienen que inclinarse ante sus 'líderes supremos', que no pueden expresarse públicamente y ni siquiera disentir en privado.

A quienes no obedecen ciegamente, les esperan campos de trabajo forzados, torturas y la muerte. No una muerte cualquiera: pueden ser tirados a perros hambrientos, como hizo Kim Jong-un con un tío. O matarlo tapándole la boca y la nariz con un paño envenenado, como hizo con su hermano Kim Jong-nam en el aeropuerto de Malasia.

La única posibilidad que tienen los norcoreanos de salir de aquel infierno es escapándose a través de ríos y bosques o si tienen la suerte de viajar al exterior en una delegación de la tiranía Kim.

La disidencia en la isla y el exilio cubano, que en su mayoría se localiza en Estados Unidos, especialmente en la Florida, saben todo lo que en siete décadas ha ocurrido y sigue ocurriendo en Corea del Norte. Hace un año, en junio de 2017, Otto Warmbier, estudiante estadounidense de 22 años, fallecía en un hospital de Ohio tras un cautiverio en Corea del Norte, debido al grave daño neurológico que le produjeron las torturas a las que fue sometido..

Warmbier estuvo 17 meses encarcelado en Corea del Norte, luego de ser acusado de tratar de robar un cartel propagandístico en el hotel donde se hospedaba. Fue condenado a 15 años de trabajos forzados, al ser considerado culpable de "actos hostiles contra el Estado". El joven había sido detenido en enero de 2016 en el aeropuerto de Pyongyang despu'es de realizar un viaje de cinco días por el país, organizado por una agencia de viajes de China, donde se encontraba realizando un intercambio académico.

En los medios internacionales no he leído que Trump le recordara a Kim el caso de Otto Warmbier. Y ya que quiso ser tan 'delicado y diplomático' y no quiso mencionar las brutales violaciones de derechos humanos en Corea del Norte, lo menos que pudo hacer es pedirle a Kim que se disculpara por ese crimen, al tratarse de un ciudadano de esa América que para Trump es todopoderosa y está por encima de dios y del diablo.

Sobre el encuentro de Donald Trump con Kim Jong-un en Singapur, el pasado 12 de junio, los congresistas cubanoamericanos, el exilio duro miamense y el ala trumpista de la disidencia isleña han preferido hacerse los 'suecos'. O los 'chivos locos', como se dice en Cuba.

Desde Miami, todos ellos se la pasan amenazando al régimen cubano, diciendo que van a enjuiciar a Raúl Castro por crímenes de lesa humanidad (que al lado de los cometidos por la dinastía Kim son ínfimos: comparada con Corea del Norte, Cuba es un paraíso caribeño), haciendo panfletos y declaraciones, llamando a la desobediencia civil y la rebeldía o a no votar en las elecciones para delegados al Poder Popular.

Quienes desde la llegada del millonario rubio de 72 años a la Casa Blanca ahora son más trumpistas que el propio Trump, son los mismos que se han dedicado a insultar al ex presidente Barack Obama, de 56 años, y tratado de borrar y echar por tierra su legado en Cuba. Pero la diferencia entre Obama y Trump no solamente radica en sus edades y los colores de sus pieles, si no por sus actuaciones y comportamientos políticos, sociales y humanos.

El martes 22 de marzo de 2016, Obama hizo en el Gran Teatro de La Habana un memorable discurso dirigido al pueblo cubano, con Raúl Castro y la élite gobernante viéndolo y escuchándolo desde un palco. Ese día, Obama habló de democracia, de libertades, de valores.

Después, Obama se dirigió a la Embajada de Estados Unidos y se reunió con representantes de la disidencia (entre ellos Antonio Rodiles hoy un supertrumpista) y activistas de derechos humanos y del movimiento LGBT. En otra sala de la Embajada, su principal asesor, Ben Rhodes, intercambió con cuatro periodistas independientes: Yoani Sánchez, Ignacio González, Augusto César San Martín e Iván García.

Desde Miami fueron -y siguen siendo- innumerables las descalificaciones hacia Obama por haber reestablecido las relaciones diplomáticas y comerciales con el castrismo y haber viajado a La Habana y compartido con Raúl Castro, un dictador que a pesar de tener 87 años al lado de Kim Jong-un, de 34 años, es un niño de teta.

Después que Trump y Kim se dijeron oprobios vía Twitter, como los dos son egocéntricos y a ambos les gusta el show, los flashes de las cámaras y acaparar titulares mundiales, se reunieron en Singapur, se dieron varios apretones de manos, se miraron y se sonrieron, como dos viejos enamorados: en el fondo, dada su forma autoritaria e intolerante de ser, Trump debe admirar a personajes como Kim, capaces de mantener bajo un puño de hierro a todo un pueblo durante siete décadas. Y hasta se invitaron a visitarse, uno a Washington, el otro a Pyongyang.

En un trabajo que hasta el momento de redactar esta nota no se había publicado, Iván García escribió:

"Corea del Norte es un Estado delincuencial. Diferentes ONGs le pidieron al presidente Trump que no olvidara recordarle al impresentable Kim Jong-un el tema de los derechos humanos. Pero hasta donde se sabe, no se lo recordó.

"Y es un dilema para la oposición en esas naciones. En el caso de Cuba, es sintomático que opositores consultados intentaron atenuar la estrategia de Trump con Corea del Norte como un mal menor y necesario.

"Entonces, ¿qué argumentos pueden sostenerse para no negociar tratados económicos con el neocastrismo? ¿Qué la dictadura castrista no tiene armas atómicas y la norcoreana sí? Porque si comparamos las dos dictaduras, la de 60 años de los Castro y la de 70 años de los Kim, la cubana es una aprendiz.

"Lo más preocupante, buscando opiniones de opositores para este trabajo, es el silencio y el temor a juzgar las decisiones de la Casa Blanca.

Nadie en la disidencia y el exilio cubano ha levantado la voz condenando las negociaciones de Washington con el Estado canalla de Corea del Norte".

Inexplicablemente, la disidencia y el exilio cubano han guardado silencio. Un silencio cómplice ante el reconocimiento público que un presidente de Estados Unidos acaba de hacer de un sanguinario dictador asiático.

Tania Quintero
Foto de AFP tomada de La Vanguardia.

lunes, 11 de junio de 2018

Mis días con Díaz-Canel


Aquella tarde, cuando nos subimos en su Lada oficial, Díaz-Canel puso un casete de Fito Páez, empezó a repiquetear sus dedos sobre sus rodillas y me dijo: “Ya estás en Buenos Aires”; la canción que canturreaba se llamaba Circo Beat. Aquella tarde no estábamos en Buenos Aires, sino en Santa Clara, Cuba, y Miguel Díaz-Canel andaba en jeans gastados y camiseta del Che, pero no tenía el pelo tan largo como me habían dicho ni había hecho todo lo que se decía. Sobre él corrían, ya entonces, las historias.

—No, eso yo no lo dije.

Me dijo, por ejemplo, cuando le conté que un amigo en La Habana decía que él se había declarado “el secretario de todos, de los obreros, los estudiantes, los campesinos, los homosexuales”.

—No lo dije, no, pero yo siempre he dicho que tenemos que dar un espacio para todos, trabajar para todos, ¿me entiendes?

Me dijo aquella tarde, hace ya más de veinte años. Yo estaba escribiendo sobre Cuba para una revista argentina y su dueño, industrial farmacéutico con negocios en la isla, me había conseguido un privilegio único: que me mostraran el mausoleo del Che Guevara, cerrado, en obras todavía. Para eso tuve que ir hasta Santa Clara, a unos 300 kilómetros de La Habana, su lugar. Miguel Díaz-Canel era, entonces, el primer secretario del Partido Comunista provincial y por eso me recibió, me contó cosas, me sacó a pasear, me alojó en una casa para funcionarios extranjeros, me hizo sentir como un ruso que había llegado tarde. Cuando caminamos por el centro de la ciudad, personas lo paraban, lo interpelaban con retintín caribe:

—Oye, Díaz, a ver para cuándo terminan con el camino aquel que tú dijiste.

Le dijo, por ejemplo, un vecino, y él se paró para darle explicaciones. Otros lo saludaban, le preguntaban algo, lo trataban de cerca. “El secretario Díaz-Canel —escribí entonces— es alto, bien hecho, mucho deporte encima. Tiene 36 años y un diploma en ingeniería electrónica, pero siempre estuvo en política y fue parte del equipo del ahora canciller Robertico Robaina en la Unión de Juventudes Comunistas. Los cuadros dirigentes cubanos están empezando a renovarse: de los quince secretarios provinciales, ocho tienen menos de cuarenta años. En principio, los nuevos no tienen diferencias ideológicas serias con sus mayores, pero en muchos casos se manejan distinto. Después de una época en que funcionó bastante el modelo soviético de burócrata encerrado, los nuevos buscan el contacto, la discusión. Y además, me parece, esta nueva generación ha sido capaz de inventarse una épica de la gerencia: frente a sus mayores, que hicieron revoluciones heroicas, su trabajo de producción y distribución podría parecer menor.

—¿Y no tienes cierta envidia de aquellos años, de lo que ellos hicieron?

—¿Por qué? En estos momentos difíciles, organizar una zafra, lograr la recuperación económica, convencer a la gente de que dé todos sus esfuerzos por la Revolución también es una batalla que vale la pena pelear. Hacer la revolución fue importante, fundamental, pero construir el socialismo también puede ser la pelea de una vida”.

Fueron paseos muy ilustrativos, y el mausoleo me impresionó con sus masas de mármol y de bronce, su pretensión de eternidad, diez metros de Guevara con boina y metralleta. Pero la revelación —burlona, chiquitita— vino poco después. Díaz-Canel me llevó a una reunión. Un año antes un huracán había asolado la provincia y, desde entonces, los responsables de las empresas y servicios provinciales se reunían con él tres veces por semana: desde allí la manejaban al detalle.

—Esta semana no hemos tenido ningún caso de hepatitis. La diarrea bajó de 308 a 259.

Informa uno y otro dice que se encontró carne salada en mal estado y otro que el agua sigue saliendo turbia y otros hablan del caso de un recién nacido que murió, de la disminución de los apagones, de recuperar los atrasos en el plan de helados, de lo bien que va la producción de ron, de la llegada de veinte baterías para micros escolares.

—Nosotros en la funeraria estamos dentro de las cifras. Tenemos siete cajones, que nos pueden alcanzar para diez días más.

Díaz-Canel opina, cita cantidades, da órdenes menores:

—Bueno, hay que aumentar la producción de repostería. Atención, que con las vacaciones va a subir la demanda.

Después discuten cómo van a hacer para darles algo de comer a los chicos que tienen viajes largos en los micros escolares: es un lío pero están dispuestos a solucionarlo, no puede ser que esos muchachos pasen hambre.

Entonces creí que había entendido: allí, en esa reunión de funcionarios provinciales y datos burocráticos estaba la explicación de todo. Lo que arruinó las experiencias comunistas fue, sabemos, la ineficacia, la paranoia, la concentración de poder, la “dictadura del proletariado”. Pero fue, sobre todo, esa ambición magnífica, imposible: la de ser todo para todos, hacerse cargo de cada detalle, proclamar que el Estado debe garantizar el bienestar de cada ciudadano. El capitalismo siempre fue más astuto: consiguió hacernos creer que ese bienestar era la responsabilidad de cada uno, que si a alguien no le va bien en la vida es culpa suya: que el Estado debe ofrecerle ciertas bases y después cada cual que se arregle. No podría haber dos sistemas más opuestos: uno te deja librado a tu suerte so pretexto de la libertad y consigue perpetuarse; el otro te promete todo en nombre de la igualdad y falla porque todo no se puede.

—En el capitalismo, si alguien no tiene un ataúd la culpa es suya, por no poder comprarlo. Aquí, en cambio, la culpa es de Fidel. Eso es muy difícil de sostener, ¿no?

—Sí, claro. Pero tú no sabes la satisfacción que te da cuando ves que va saliendo bien, que la gente va viviendo mejor. Eso no se paga con nada, chico, con nada.

Pasó hace más de veinte años. Después el joven pelilargo se tornó un funcionario atildado, siempre obediente, siempre dispuesto, que se fue volviendo el heredero de la diarquía de los Castro. Ya entonces mostraba su ambición; ya aquella tarde me contó cómo, un año antes, se había ganado el favor del primogénito organizándole de la noche a la mañana un “gran acto de masas”. Después siguió subiendo: fue ministro de Educación Superior, vicepresidente del Consejo de Estado, esas cosas. Ahora es el primer mandatario en más de medio siglo que usa otro apellido.

Pero se diría que las diferencias con sus excomandantes no van mucho más lejos. Leo, en estos días, artículos de amigos cubanos que lo miran llegar sin sombra de esperanza; ellos, por supuesto, lo conocen y dicen que va a seguir por el mismo camino de estos años: que nadie podría llegar tan alto en el escalafón de su aparato sin dar fidelidad garantizada. Así que es, suponen, muy improbable que el sistema cambie.

Y entonces yo no puedo dejar de recordar esa otra noche —Moscú, mayo de 1991— en que Vodimir Natorf, el exsecretario de organización del partido Comunista polaco, bebía vodka con limón, me hablaba del fracaso de los comunistas y me decía que habían cometido muchos errores, pero ninguno tan decisivo como “actuar como si el hombre fuera intrínsecamente bueno, como si existiera un hombre ideal, perfecto, utópico”.

No lo es, por supuesto. Pero tampoco sirve actuar como si fuera tonto, como si hubiera que hacer todo en su lugar, pensar y actuar por él. No le gusta, se rebela un poco. Y, si no encuentra otras vías, puede incluso creer cosas tan raras como que la rebeldía, la libertad, el camino a la felicidad pasan por Miami. Esa es, ahora, la herencia triste de la “Revolución cubana”.

Martín Caparrós*
The New York Times en Español, 27 de abril de 2018.

* Periodista y escritor argentino (Buenos Aires, 1957). Es autor, entre otros, de los libros El hambre, Echeverría y Lacrónica. Reside en España.

Foto: Miguel Díaz-Canel y su esposa Lis Cuesta, en la inauguración de una exposición fotográfica dedicada al Che, en el Centro de Artes Visuales de Santa Clara el 7 de octubre de 2017. Tomada del periódico villaclareño Vanguardia.

viernes, 8 de junio de 2018

"Díaz-Canel está sentado en un barril de pólvora"



Como cada mañana, Yosbel, 22 años, camina diez cuadras desde su hogar en la avenida Santa Catalina, en el barrio de La Víbora, hasta la sucia Calzada de Diez de Octubre, donde aborda un taxi particular rumbo al Vedado.

Ayudante de cocina en un restaurante privado, Yosbel no terminó sus estudios universitarios. Hijo de padres divorciados, madre diabética y dos hermanas menores de edad, tuvo que comenzó a trabajar para mantener a su familia. "Mi hijo es el hombre de la casa", dice su madre mientras de desayuno le prepara pan con mayonesa y jugo de guayaba.

La avenida Santa Catalina se viste de gala en primavera.

De los viejos framboyanes se desprenden, cientos de flores rojas, amarillas y anaranjadas que tapizan el pavimento entre trinos de gorriones y un sol luminoso y caliente.

Pero Yosbel no se detiene a contemplar la belleza de los framboyanes que le rodean. “Cuando me levanto por la mañana siempre hay un problema distinto. Hoy, por ejemplo, no hay agua y no pude comprarle las medicinas a la vieja porque no entraron a a la farmacia. Por si no bastara, la carne de puerco cada vez está más cara. Y un mango grande cuesta veinte pesos. Por eso la gente en la calle andan de mal humor. Uno se pregunta ¿hasta cuándo vamos a soportar a un gobierno que no hace nada para resolver las carencias de la población?”.

Aclara que el dueño de la paladar paga el diez por ciento de las ventas. "En un día suelo ganar más de 30 chavitos (cuc). En un mes casi 900. Ni con dinero en la cartera puedo resolver el montón de problemas acumulados en mi casa”. Y menciona algunas dificultades: el alto precio del cemento en el mercado negro (en el estatal no hay) y de los materiales de construcción. "Y ni pensar en adquirir muebles o un simple electrodoméstico".

Al final de su historia, similar a la de muchos cubanos, siempre hay un culpable: la ineficiencia del régimen. Yosbel no es un disidente y ni siquiera le interesa la política. Si compra el periódico Granma es por la página deportiva y después utilizar las hojas como papel sanitario o para envolver y botar la basura. Pero tiene un mal día y revienta:

“Asere, ¿hasta cuándo vamos los cubanos aguantar a esta gente? En su discurso inaugural, Díaz-Canel no habló de su programa de trabajo y cómo va resolver tantas penurias que tenemos cubanos. Sus palabras fueron muela jorobada y guataconería. Se sienten seguro en sus cargos. Hasta un día, como han hecho los jóvenes en Venezuela y están haciendo en Nicaragua”.

No hace falta caminar demasiado en Cuba para encontrar personas frustradas con el estado de cosas. Los medios estatales intentan maquillar la realidad presentando un mundo virtual de ciudadanos siempre sonriendo o bailando reguetón y que confían ciegamente en sus mandatarios.

Carlos, sociólogo, considera que “es contraproducente disfrazar la realidad y edulcorarla. Siempre hay un límite. La gente aguanta hasta un punto determinado. En la crispación actual que se vive, cualquier cosa puede provocar un estallido popular. El gobierno de Díaz-Canel no tiene un cheque en blanco como el de Fidel o Raúl Castro. No solo la gente lo va cuestionar, insultar o incluso rebelarse. Los empresarios militares, que han hecho bastante dinero, quieren seguir aumentando su capital y expandiendo sus negocios. Si el actual mandatario no abre la puerta y permite que se desaten las fuerzas productivas locales, domestica la salvaje inflación que va a provocar la unificación de la moneda y mejora drásticamente los salarios, esos militares reconvertidos en gerentes no van a tener a quien venderle sus productos. El desarrollo de un país pasa por potenciar el consumo interno. Díaz-Canel está sentado en un barril de pólvora”.

“Es la economía, estúpido”, apunta Senén, economista jubilado, recordando el eslogan de la campaña de Bill Clinton en 1992. “Cualquier estudio o encuesta que se haga, a pesar que Cuba también necesita cambios políticos, la ciudadanía en la calle prioriza los temas económicos. El nuevo presidente hubiera acertado, hubiera difundido una hoja de ruta explicando su programa. Qué piensa hacer, cómo, en qué tiempo. Díaz-Canel, solo tiene cinco años, pues en caso de un mal desempeño no saldría reelegido. El régimen sigue violando preceptos políticos que son sagrados. Un gobierno se debe a los gobernados, no a los gobernantes. Si de manera urgente la nueva administración no toma el toro por los cuernos, aumentará la frustración social y la apatía”.

"Díaz-Canel es el mismo perro con diferente collar", expresa Bárbara, ama de casa. "No, contesta su esposo, es el mismo cake con distinto merengue". Los cubanos siempre se burlaron de los hermanos Castro y de otros dirigentes, como Esteban Lazo y Abel Prieto, ahora se burlan del nuevo presidente. La prensa extranjera lo ha calificado de delfín, elegido, enigma, pero en La Habana ya le dicen Mickey Mouse y Moco Pegado, por su guataconería con Raúl, su descubridor.

"Para mí, el tipo es un sepulturero, porque vino pa'terminar el papeleo y enterrar al socialismo", comenta el dependiente de un agromercado. El choteo criollo ha desatado innumerables memes en las redes sociales.

Ofelia, peluquera, reconoce que Díaz-Canel es alto y tiene buena presencia, "pero hablando es un muerto, no tiene chispa, debiera pasar un curso donde le enseñen a dirigirse al público. Fidel sí le sabía al arte del teque, Raúl no, con ese vozarrón". Carmelo, taxista privado, dice que "es aburrido, inexpresivo, habla sin énfasis, sin gesticular, algo propio de los cubanos y los latinos. Parece un curda después de una resaca. A mí me da la impresión de que el hombre se da cuenta de que lo embarcaron. Arreglar a Cuba es imposible". A Margot, jubilada que se gana unos pesos vendiendo maní, lo que le gusta es el nombre: "Como ya Fidel quedó en la página dos, tiene rima decir A la Plaza con Miguel".

Al margen de jaranas y nombretes, lo cierto es que abre un compás de espera y para juzgarlo, como mínimo, habrá que esperar hasta julio, cuando estaría nombrado el nuevo Consejo de Ministros y se supone que Díaz-Canel haya realizado algo concreto. Pero la percepción entre los cubanos de a pie es que él es una suerte de cobaya de laboratorio.

De triunfar, el mérito es para Raúl Castro por su visión política. Si fracasa, otro excomulgado de la dictadura verde olivo que cae en desgracia. Uno más.

Iván García

Uno de los numerosos memes y caricaturas que los cubanos han circulado por las redes sociales.


lunes, 4 de junio de 2018

Cubanos opinan sobre Miguel Díaz-Canel



Verano de 1993. Cuando caía la noche en Falcón, poblado al borde de la Carretera Central, atravesado por los ríos Sagua la Chica y Jagüeyes, la gente se sentaba en la puerta de sus casas a contar historias y beber ron casero destilado con heces de vaca.

Eran los años duros del período especial y en Falcón, como en el resto del territorio nacional, durante los extensos apagones programados de doce horas que por decreto oficial transformaban a Cuba en una isla oscura y silenciosa, los cubanos mataban así el tiempo e intentaban hacer más llevadero el calor veraniego.

En una finca particular de Falcón, en el municipio Placetas, Villa Clara, a unos 320 kilómetros al este de La Habana, el 20 de abril de 1960 nació Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez, bisnieto del asturiano Ramón Díaz-Canel, quien a mediados del siglo XIX emigró a Cuba en busca de una vida mejor.

Buena parte de los casi 6 mil habitantes de Falcón, un sitio idilico donde a los lejos se escucha el cantío de los gallos, se dedican a la ganadería, la cosecha de tabaco y la siembra y recogida de viandas y hortalizas. La fiesta principal son las parrandas, que enfrenta a dos barrios, sagüeros y jagüeyeros. Todavía los falconeros, entre ellos Díaz-Canel, recuerdan la inundación del 18 y 19 de agosto de 2008, cuando por las intensas lluvias de la tormenta tropical Fay, muchos vecinos tuvieron que correr hacia una loma cercana. No hubo muertos ni heridos, pero sí importantes pérdidas materiales.

Antonio, jubilado, oriundo del lugar, cuenta que “unos años atrás, Díaz-Canel era flaco, se dejaba el pelo largo y le gustaba la música americana. Él y su familia eran y son buenos ciudadanos. Antes de ser elegido primer secretario del Partido en Villa Clara -una suerte de alcalde- tuvo un puesto importante en la Unión de Jóvenes Comunistas. Pero el hombre llegaba con el apagón a su hogar y si le tocaba, hacía la guardia del CDR o se ponía a hablar de deportes con cualquiera”.

En los nueve años que administró Villa Clara, una provincia con 13 municipios y poco más de 800 mil habitantes, la valoración popular fue de notable. "El brother andaba en bicicleta china por toda la ciudad y a pesar de las carencias, siempre se preocupaba por los villaclareños. En la radio local inauguró el programa Alta Tensión y los oyentes podían hacer llamadas y reportar sus quejas. Fue el primer político cubano que autorizó un centro nocturno con actuaciones de homosexuales y travestis", rememora Elpidio, residente en La Esperanza, Ranchuelo, Villa Clara.

En 2003 fue promovido a primer secretario del Partido en la provincia de Holguín, a 800 kilómetros al noreste de La Habana. “En Holguín, Díaz-Canel no fue tan espontáneo como en Villa Clara. Dejó de sonreír y engordó como otros dirigentes partidistas y funcionarios estatales. En sus intervenciones incorporó la jerga de los apparatchiks”, señala el holguinero Daniel, hoy viviendo en la capital.

En Holguín conoció a su actual esposa Lis Cuesta Peraza. Hizo algo poco habitual en el comportamiento machista de los burócratas comunistas: en vez de tenerla como amante, se divorció de la madre de sus dos hijos y se casó con Cuesta, una profesora que laboraba en el Instituto Superior Pedagógico José de la Luz y Caballero. "Ojalá se convierta en primera dama, le daría más caché, porque no es lo mismo ver a los presidentes solos, como si fueran solteros o viudos, que acompañados de una mujer, sobre todo si está preparada como ella", expresa Mercedes, maestra retirada.

En 2009, Díaz-Canel fue nombrado Ministro de Educación Superior, cargo que ejerció hasta 2012. Ya para entonces, solía vestir con la típica guayabera blanca, el uniforme de los mandarines criollos. "En esos tres años como ministro, no recuerdo ninguna normativa novedosa o atrevida de Díaz-Canel. Al contrario, continuó con la misma muela del socialismo, citas de Fidel y el estribillo de que la universidad es solo para los revolucionarios", apunta Sergio, ingeniero.

La autocracia verde olivo, un sistema disparatado donde prevaleció el personalismo, nunca propició que se engendraran políticos de calibre. Gobernaba Fidel. El resto aplaudía y cumplía órdenes. En julio de 2006 a Castro se le reventó el intestino y en un 'dedazo' histórico, nombró sucesor a Raúl, un conspirador nato con manías dictatoriales, pero que tenía por costumbre trabajar en equipo y escuchar otros puntos de vista.

Según las malas lenguas, a Castro II le agradan las personas bien parecidas. Sea por su físico o por su curriculum, lo cierto es que cuando releva a su hermano, ya le había echado el ojo a Díaz-Canel, un tipo por el cual suspiraban algunas cuarentonas. En 2012, al designarlo vicepresidente del Consejo de Estado, Raúl lo ubicó a un escalón de la presidencia. Han pasado seis años, pero Díaz-Canel sigue comportándose con cierta timidez en el escenario público.

"Parece como si aún viviera en Falcón", señala el jubilado Antonio. "A veces se le ve cohibido, apendejado", dice Yadira, estudiante universitaria. "Su comportamiento es contradictorio. Me acuerdo que fue el primer dirigente en aparecer con una tableta en una reunión del partido", añade Víctor, también universitario. Rogelio, taxista privado, opina que "Canel un día habla como si fuera un político liberal y al día siguiente hace un discurso propio de los dictadores".

De buena tinta, en La Habana se rumora que gracias a Díaz-Canel, el ICRT transmite en vivo los partidos de fútbol del Real Madrid y el Barcelona. "El socio es culé (barcelonista) a morirse. De ésos que cuando pierde el Barça le sube la presión. Creo que cuando coja confianza en la presidencia, hará gestiones para que se trasmitan partidos en vivo de la NBA y las Grandes Ligas. Es muy amante de los deportes", comenta un productor de la televisión estatal.

El periodista puertorriqueño Benjamín Morales, de El Nuevo Día, el pasado 17 de abril escribía: "Placetas, donde la localidad de Guaracabulla ostenta una ceiba que marca lo que se supone sea el centro de la isla, a partir de esta semana podrá decir que es también el epicentro de la dirigencia cubana, cuando Miguel Díaz-Canel, su hijo más célebre, se convierta en el primer presidente que no se apellida Castro Ruz ni fue guerrillero".

Después de recoger opiniones a pie de calle -y entre las cuales no figuraba la de Antúnez, conocido opositor de Placetas- Morales resumía: "El entusiasmo embarga a los pobladores, pero ellos no se dejan cautivar en exceso, pues entienden que los cambios son buenos, siempre y cuando no afecten lo que es beneficioso para el pueblo".

Para la mayoría de los habaneros, ocupados en llevar cada día un plato de comida a la mesa familiar y tratar de sobrevivir a las penurias del socialismo caribeño, la cacareada sucesión presidencial no ha colmado sus expectativas.

“Es más de lo mismo. Lo veo como una extensión del fidelismo, con otro nombre, tal vez instaure el 'canelismo'. No espero grandes cosas de él. Si logra salvar el desastre en que se ha convertido Cuba, habrá que erigirle un monumento”, manifiesta Diana, empleada bancaria.

Miguel Díaz-Canel igual puede transmutarse en un Adolfo Suárez que convertirse en otro Nicolás Maduro. Habrá que esperar.

Iván García



jueves, 31 de mayo de 2018

Simplemente Plaza



El Vedado constituye el núcleo histórico donde se asienta el municipio Plaza. Su nombre surgió de una prohibición colonial por la cual, debido a los ataques de piratas y corsarios. Estos atravesaban un monte poblado de árboles y uvas caletas existente entre la Caleta de San Lázaro, donde en 1546 se había erigido un torreón como punto de vigilancia, y La Chorrera, para atacar la incipiente Villa. Y por ello quedó vedado residir, abrir caminos y establecer cultivos o potreros en el mismo, por un acuerdo del Cabildo del 10 de diciembre de 1565.

Posteriormente se atenuaron las prohibiciones, y se realizó la primera merced de un lote para criar ganado a Alonso de Rojas, miembro de la más poderosa familia de vecinos de la Villa. A finales del siglo XVI ya existían otras estancias dedicadas a la cría de ganado y, a principios del siglo XVII, el lugar comenzó a ganar fama de ser muy saludable, por haberle devuelto la salud al obispo Almendáriz, quien diera nombre después al río que por allí corría: Almendares.

En 1646 se construyó en su desembocadura el pequeño castillo de La Chorrera, que aún existe, y se establecieron varios ingenios azucareros cerca del río. También se realizaba la extracción de madera de sus espesos bosques y, más tarde, en el siglo XVIII, comenzó la explotación de las canteras de Medina, que suministraban la piedra de sillería para las edificaciones en la ciudad.

En ese momento se construyeron en su cercanía 30 chozas de embarrado para que pudieran guarecerse quienes trabajaban en las canteras. Más tarde, la firma Fernández, Dupierris y Co. trajo chinos contratados para estos trabajos y los alojó en barracas que construyó en los alrededores. La fundación del barrio comenzó realmente en 1836, cuando las familias Sigles y Espinosa recibieron cinco caballerías de tierra en el lugar, como indemnización por los terrenos que les habían sido expropiados con objeto de construir la muralla de la ciudad.

Sin embargo, la creación de El Vedado como tal comenzó en 1858, al aprobar el Ayuntamiento la parcelación de la estancia El Carmelo, que comprendía desde el río, las actuales calles 21 y Paseo y la línea de la costa, en un total de 105 manzanas, adquiriendo mayor impulso cuando, en 1859, el famoso economista y publicista Conde de Pozos Dulces y sus hermanas obtuvieron la parcelación de la finca El Vedado, originalmente en 29 manzanas, entre las actuales calles G y 9 y los antiguos terrenos de El Carmelo. El Vedado pronto sustituyó a El Cerro, como asentamiento de las familias pudientes.

El Vedado, a diferencia de otros asentamientos de crecimiento espontáneo, como El Cerro y Jesús del Monte, fue el primer barrio habanero -aunque todavía no se le denominaba reparto- que se creó y desarrolló según normas reglamentarias y de planificación, con manzanas de cien metros por cada costado y el uso de números y letras para denominar sus calles. La calle Línea fue la primera en trazarse, y por ella comenzaron a circular tranvías tirados por caballos.

A partir de 1868, en El Vedado se comenzó a jugar el béisbol, y se estableció un terreno con glorieta para los espectadores en la manzana de las calles Línea, Calzada, G y H. También en la costa se establecieron los baños de mar El Progreso, frente al comienzo de la calle F y, hacia finales de la dominación española, los de Las Playas, frente a la calle D, y los de Carneado frente a Paseo. En 1883 se edificó el lujoso Hotel Trotcha en Calzada entre Paseo y calle 2.

Con la instauración de la República, El Vedado adquirió aún más fama, pues muchos de los jefes libertadores, al recibir su paga por los años de servicio durante la guerra de independencia, compraron terrenos y levantaron sus casas en él. Después se llenó de chalets, palacetes y residencias y, posteriormente, de edificios, establecimientos de todo tipo, escuelas, centros culturales, clubes, cabarets y muchos otros, llegando a convertirse, en la década de 1950, en el centro de diversión más concurrido de la ciudad, acaparando la mayor parte de su vida nocturna.

El municipio Plaza incluye los repartos Plaza, Príncipe, Vedado, Aldecoa, Ayestarán (parcialmente), Ensanche de La Habana, Ensanche del Vedado, Hidalgo, La Dionisia, Nuevo Vedado y Puentes Grandes. Se encuentra enclavado entre Malecón y calle 23, La Puntilla, río Almendares, Calzadas de Puentes Grandes, Ayestarán e Infanta. Sus calles, calzadas y avenidas principales son 23, 17, 12, L, M, N, O, Calzada, Línea, Malecón, Paseo, G (Avenida de los Presidentes), Zapata, Carlos III (parte) y 26.

Dentro del municipio existen edificaciones de la época colonial como el Fuerte de Santa Dorotea de Luna de La Chorrera (1646); el Castillo de El Príncipe, edificado entre 1767 y 1779 en la llamada Loma de Aróstegui; la Quinta de los Molinos; las casas de los marqueses de Avilés, de Nicolás Alfonso, de Cosme Blanco Herrera, de Antonio González Curquejo, de Juan Bautista Docio, de la familia Loynaz del Castillo (en ruinas); y las iglesias de El Carmelo y de la Santísima Virgen del Carmen (en ruinas).Estas construcciones se deben a los arquitectos, ingenieros y maestros de obras Juan Bautista Antonelli, Agustín Crame, Silvestre Abarca, Luis Huet, Manuel Pastor, Félix Lemau, Mariano Carrillo de Albornos y otros no recogidos por la historia.

Durante la República se edificaron, entre otras, las casas de Fausto G. Menocal, Orestes Ferrara, Luis N. Menocal, Juan Gelats, Condesa de Loreto, José Manuel Cortina, Fernando Ortiz, José Gómez Mena (después de la Condesa de Revilla de Camargo), Juan Pedro Baró y Catalina Lasa, Pablo González de Mendoza y Paulino Ingelmo. Se construyeron la iglesia de San Juan de Letrán y la Parroquia de El Vedado; la Universidad de La Habana; el Instituto de Segunda Enseñanza de El Vedado; el colegio De La Salle de El Vedado y la Universidad Social Católica San Juan Bautista y Academia Comercial De La Salle en el Nuevo Vedado; los colegios de los Hermanos Maristas (Avenida de Boyeros), Baldor, Trelles, Arturo Montori, Teresiano, St. George´s, Saint Joseph, La Luz y del Apostolado y la Havana Business Academy.

También en esa etapa se construyeron los hoteles Nacional, Presidente, Habana Hilton, Habana Riviera, Capri, Colina, Vedado, Saint's John y Victoria, así como los edificios Alaska (demolido ya), López Serrano, Radiocentro, Ambar Motors, Retiro Médico, Retiro Odontológico, FOCSA, Naroca, Olimpic, Someillán 1 y 2, las torres de Línea y los edificios de la Plaza Cívica, hoy Plaza de la Revolución, entre otros.

Igualmente fueron construidos los hospitales General Calixto García, Pedro Borrás Astorga (demolido ya), América Arias, Oncológico, Nefrológico, Reina Mercedes, Joaquín Albarrán, Instituto de Cirugía Ortopédica, Centro Médico Quirúrgico y las clínicas Antonetti, Sagrado Corazón y Fundación Marfán. Los cines y teatros Auditorium, Nacional, Trianón, Warner (Radiocentro), Riviera, Rodi, 12 y 23, Arte y Cinema La Rampa, Acapulco y otros.

Además, la Casa de la Comunidad Hebrea y el Centro Sefardista, la Embajada de los Estados Unidos, los clubes Vedado Tennis Club, Maxim, Tikoa, Turf, Atelier, Club 21, La Zorra y El Cuervo, Imágenes, La Red y Monseñor, el cabaret Montmartre (en ruinas). Y numerosos restaurantes: Pekín, Centro Vasco, El Jardín, Mandarín, La Roca, La Torre, Emperador, Polinesio, Potín, Hong Kong, Rancho Luna y Castillo de Jagua.

En el municipio Plaza se localizan tres cementerios: el de Colón, el chino y el bautista. Es zona de jardines y parques: los Jardines de La Tropical, los parques del Maine, Medina, Gonzalo de Quesada (antiguo Villalón), Víctor Hugo, Mariana Grajales, Zoológico de La Habana, José Martí, Acapulco, de la Universidad y otros. Debe señalarse también, por su importancia, la existencia de dos túneles bajo el río Almendares, el de Línea y el de Quinta Avenida.

Plaza no se caracterizó nunca por poseer instalaciones industriales. Entre las pocas que existieron en su territorio actual, pueden señalarse Aceites Vegetales S.A., fabricantes del aceite El Cocinero, posteriormente convertida en un centro cultural llamado Fábrica de Arte Cubano, la Papelera Moderna S.A. (desactivada y destinada a almacén de medicamentos); y los astilleros junto al río Almendares, hoy Astilleros Chullima.

Todas sus edificaciones se deben a decenas de arquitectos, ingenieros y maestros de obras. Entre ellos, Pedro Martínez Inclán, Leonardo y Luis Morales Pedroso, José F. Mata, Joaquín Emilio Weiss, Aquiles Capablanca, Francisco Centurión, Víctor Manuel Morales de Cárdenas, Herminio Lauderman, Ernesto Gómez Sampera, Enrique Govantes Pemberton, Ricardo Porro, Manuel de Tapia Ruano, Frank Martínez, José Pérez Benitoa, Rafael de Cárdenas, Antonio Boada, Lorenzo Gómez Fantoli, Eugenio Rayneri, Emilio Cosculluela y Juan Tosca. Así como los profesionales agrupados en firmas como Morales y Mata (después Morales y Cía), Moenck y Quintana, Govantes y Cabarrocas, Arroyo y Menéndez, Max Borges e Hijos, Mira y Rosich, Arellano y Batista, Ratecas y Tonarely, Harrison y Abramovitz , Welton Becket & Associates, McKim Mead and White, Cristofól y Hernández Dupuy, Junco, Gastón y Domínguez y Rubio y Pérez Beato entre otras.

Deben señalarse, por su importancia, los maestros de obra Ramón Magriñá y Jaime Cruanyos, autores de los hermosos Jardines de La Tropical, hoy en estado ruinoso. También en el municipio existen obras artísticas de los escultores y pintores Giovanni Nicolini, Elbert Peets, Fritz Weigel, Mario Joseph Korbel, Moisés A. de Huerta, Teodoro Blanco Ramos, Sergio López Mesa, Alfredo Lozano Peruga, Jilma Lidia Madera, Sergio Calixto Martínez Sopeña, Rita Longa, Domingo Ravenet, Tomás Oliva González, Aurelio Melero, Hipólito Hidalgo de Caviedes, Mariano Rodríguez, René Portocarrero, Wifredo Lam, Juan José Sicre, Amelia Peláez, Tony López y Florencio Gelabert entre otros.

A pesar del visible deterioro de algunas de sus edificaciones, de la conversión de muchas residencias en ciudadelas, de la pérdida de algunos importantes inmuebles y del estado caótico en que se encuentran muchos de sus edificios altos por falta de mantenimientos, el municipio Plaza no es de los más afectados por los años de indolencia y abandono gubernamental.

Todavía en muchos de sus repartos se respira el aire de bonanza que lo caracterizó durante los años de la República que, sin dudas, fueron los más esplendorosos. Hoy han aparecido en su rescate numerosos negocios privados, principalmente en el giro gastronómico, que lo han hecho renacer, dándole algo de vida a sus noches.

Fernando Dámaso
Diario de Cuba, 3 de julio de 2016.
Foto: Tomada de Diario de Cuba.