viernes, 29 de abril de 2016

Cuba: los negros siguen siendo prisioneros de su raza



Lo primero que hace un portero del bar, restaurant y club Shangri La, en 21 y 42, en el municipio habanero de Playa, es observar de arriba abajo al probable cliente. Si en su radiografía visual supone que la persona no es un tipo con billete, le impedirá el paso y le dirá: "Estamos cerrados por capacidad".

Damián, un cubano que reside en Madrid, cuenta que en su última visita a La Habana, no pudo entrar a algunos bares y centros nocturnos de la capital. “Fui al Shangri La con mi esposa, oriunda de África, y el portero no nos dejó pasar. Noto que en Cuba ha habido un retroceso en el tema de la discriminación racial. Lo más lamentable es que la mayoría de los porteros son negros, al igual que los policías”.

Carlos, peluquero homosexual, deseaba tomarse unas copas en el bar con su pareja, un moreno con pinta de alero de la NBA. “No nos dejaron pasar. Indagué si era porque soy maricón o negro. Pero el hombre no me respondió y me mostró la puerta de salida”.

No resultan hechos aislados. En enero pasado, la periodista Ana Paula Díaz, publicó en Diario de Cuba un trabajo titulado Derecho de admisión, nuevo instrumento para distinguir ‘clases’, donde detalla sucesos de corte racista y homofóbicos acaecidos en el King Bar Restaurante, situado en la calle 23 No. 667 entre D y E, Vedado.

No se puede acusar al régimen de Fidel Castro de racista. Cuando en enero de 1959 el barbudo llegó al poder, empoderó a negros y mestizos relegados en la Cuba republicana.

A domésticas, personal de servicio y mucamas de la raza negra se les abrió las puertas al conocimiento. Siempre existieron en Cuba prejuicios raciales.

El negro era visto como un peón que cargaba los palos del golf, jugaba pelota profesional o bailaba rumba. Tolerarlos no significaba que un segmento de la sociedad los aceptara.

Después que se abolió la esclavitud en 1886, el negro partió en franca desventaja. No tenían propiedades, conocimientos o dinero. Sobrevivieron a la criminal matanza de más de tres mil negros capitaneada por el coronel José Martí hijo en 1912, residiendo en las peores casas y empleos mal remunerados.

Existió una notable intelectualidad negra y mestiza durante la República. Pero el negro iba a la zaga en el ordenamiento social. Castro intentó frenar las desigualdades decretando ordenanzas que permitieran a los negros participar en el pastel económico, político y social.

Pero no se fue a fondo. Y en la nueva burguesía verde olivo persistió el miedo al negro. O el rechazo. No creo que ahora mismo el racismo sea un tema prioritario en la Isla.

Existen otras necesidades perentorias como salir del prolongado bache económico o luchar por la democracia. Pero la apatía del discurso oficial, pretendiendo minimizar el problema, nunca va a ser una solución.

Yamila, una joven negra graduada de cantinera, se presentó en más de diez negocios privados o estatales y no la aceptaron. "Una amiga me comentó que los gerentes buscan jóvenes atractivas, blancas o cuando menos mulatas. No una negra gorda y fea como yo”.

La Asamblea Nacional del Poder Popular, el monocorde parlamento cubano, en su última legislatura reconoció la violación de las normas jurídicas en la contratación de trabajadores en negocios privados.

“Casi todos los dueños de cafeterías y paladares o gerentes de hoteles y centros turísticos prefieren contratar blancas o mulatas blanconazas para que atiendan directamente al público. Está comprobado que las ‘jevas bonitas’ atraen a una mayor clientela. A las prietas yo las mandó a la cocina”, dice Osniel, propietario de un cafetería.

En los hoteles estatales, la dirección y altos cargos están ocupados por personas de raza blanca. Noemí, mulata, durante seis días a la semana labora doce horas diarias como mucama en el hotel Las Dunas, en Cayo Santamaría, Villa Clara, provincia a 460 kilómetros al este de La Habana.

“Me tengo que levantar a las cuatro y media de la mañana para no perder el transporte del trabajo. Llego a mi casa, en un barrio en las afueras de Santa Clara, después de las nueve de la noche. Le pago 30 ‘chavitos’ (pesos convertibles) al mes a una vecina para que me cuide a mis dos hijos, pues soy madre divorciada”, dice Noemí.

Diariamente, cada mucama debe limpiar, tender las camas y avituallar quince habitaciones. El salario básico es de 475 pesos mensuales y 10 cuc de estimulación salarial en caso de cumplir los requisitos exigidos por la gerencia de la cadena española Meliá.

Hace dos años, Noemí quería tomar un curso de contable, pero el jefe, de la raza blanca, le dijo "que no perdiera el tiempo, que aunque me graduara, después era poco probable que me contrataran. Que siguiera como mucama, donde yo hacía bien las cosas”.

Incluso las instituciones policiales no escapan a los prejuicios raciales. Osbert, músico rapero, ya perdió la cuenta de las veces que sin mediar ningún motivo la policía lo detiene para pedirle el carnet y cachearlo en la vía pública. “Después te montan en un camión y de cabeza para la unidad de policía más cercana”.

Un instructor policial que prefiere el anonimato asegura que existe un protocolo donde el color de la piel, fisonomía o conducta sexual les sirve de modelo. “Desgraciadamente los negros y mestizos casi siempre son los sospechosos”, alega.

Según el gobierno la población penal en Cuba ronda los 57 mil reclusos. Yusdel, quien cumple su servicio militar en una prisión de máxima seguridad, aclara que el 80% de los presos son negros o mestizos.

“Hasta en los delitos hay diferencias. Los más violentos o repudiables lo cometen negros y mestizos. Los blancos suelen ir presos por corrupción, estafar o matar vacas”, indica Yusdel.

Aunque se pudiera pensar que los negros en Cuba siguen siendo prisioneros de su raza, la realidad tiene variados matices. Más que mestizos, negros o blancos, el progreso en la Isla se mide por lealtades. Y en eso, los negros son los que más tienen que perder.

Iván García
Foto: Camareras del Hotel Nacional. Tomada de Tripadvisor.
Leer también: Los treinta Picassos negros

miércoles, 27 de abril de 2016

Silvestre Méndez, mi hermanito


Mi hermanito, era uno de los términos con los que generalmente Silvestre Méndez te daba la bienvenida. Dos palabras que te permitían conocer a uno de los rumberos cubanos más extraordinarios.

El primer contacto que tuvimos con El Tata, como cariñosamente le decían, fue porque en un programa dedicado a Miguelito Valdés no dijimos que Silvestre Méndez era autor de Tambó. Esta omisión nos permitió tener una amistad muy estrecha con el genial músico.

Silvestre Méndez López nació en La Habana el 31 de diciembre de 1921. Fueron sus padres Julián Méndez e Isabel López. Residió en la capital hasta los ocho años, pero debido al fallecimiento de su madre, se fue a vivir con su abuela paterna a Nueva Paz, entonces municipio del interior La Habana. Cursó estudios de primaria, secundaria y preparatoria y en 1937 matriculó en la Escuela de Artes y Oficios.

La vida de Silvestre transcurrió entre solares y barrios rumberos de la Cuba de finales de los años 30 y principios de los 40. Una de las agrupaciones que recordaba con nostalgia era la Sonora de Piñón, de la cual decía era una de las mejores agrupaciones que se escuchaban en la Isla. Ya Silvestre había compuesto algunos números que le habían grabado Juan José Ramírez “Fantasmita” y que después con la Orquesta de los Hermanos Palau y con arreglos de René Hernández, "Fantasmita" le graba El telefonito, que se convertiría en tema símbolo de El Tata, posteriormente grabado por el Conjunto Casino con Nelo Sosa, Kiko Mendive, Trío Servando Díaz, Orlando Guerra “Cascarita”, Chuy Reyes y su Orquesta con Tony Gary y la orquesta de Willie Colón con Rubén Blades.

El rey de la rumba y el guaguancó inició su carrera artística en el barrio habanero de Jesús María. Su primera obra musical fue Tambó, una rumba que sería grabada por Miguelito Valdés, Novo Morales y la orquesta Casino de la Playa, entre otros, y en el cine fue incluida en varias cintas, como Pescadora, con Ninón Sevilla, e incorporada por Oscar de León a su repertorio.

Músicos excepcionales como Bola de Nieve, el Cuarteto Hatuey, la Orquesta Caribe, Rita Montaner y el maestro Ernesto Lecuona ya habían estado en México en la década de 1930 y es precisamente el maestro Lecuona quien le dice a los músicos cubanos que recorrieran el mundo y dieran a conocer la música popular y a Silvestre le sugiere México. Silvestre recordaba que él, Chano Pozo, y el hijo de Bienvenido León, entre otros, le dieron la bienvenida a Jorge Negrete en su visita a Cuba en 1943.

En mayo de 1946, Silvestre llega a México, ciudad donde había vivido breves períodos de tiempo. Se hospeda en un hotel cercano a las emisoras XEW, XEQ y XEB y esa misma tarde al recorrer las calles de Ayuntamiento le gritaban “¡Silvestre, Silvestre! Y al ver quien le gritaba era nada menos que Kiko Mendive, el Muñeco de Chocolate, que lo invita al Salón Smyrna.

En 1947-48 se incorpora a grabaciones con Vicentico Valdés, Humberto Cané , Antar Daly, para los sellos Peerless y Comix (las de Vicentico fueron reimpresas en el sello Tumbao TCD 116). Después vendrían grabaciones para los sellos Columbia, RCA, Mussart, Anfión, etc. En 1948 el maestro Juan Bruno Tarraza arma un auténtico trabuco de ritmo que se presentaba en el teatro Follies y el cabaret Waikiki acompañando a Tongolele, Toña la Negra, Benny Moré, Yeyo Estrada o Kiko Mendive, así como a dos jovencitas recién llegadas a México: Celia Cruz y Elena Burke.

Pero demos los elementos que conformaban dicha agrupación: Humberto Cané, bajo; Enrique Tappam “Tabaquito”, Antonio Díaz Mena “Chocolate”, Silvestre Méndez, Justi Barreto (estos dos hermanos de sangre), percusión; Manolo Berrio, Alejandro Cardona, Lucas Hernández y “Caramelo”, en las trompetas; Benny Moré, voz (en ocasiones sustituido por Mendive o Estrada). Lamentablemente esta agrupación no dejo grabaciones discográficas, pero podemos deleitarnos con sus interpretaciones en películas como En cada puerto un amor, de 1949, y Novia a la medida, también de 1949 y con escenas musicales a cargo de Benny Moré y Dámaso Pérez Prado, entre otros.

A fines de 1948 el furor del mambo empieza a sentirse en México, y es Chucho Rodríguez el primero en grabar en México temas de Pérez Prado para el sello Peerless. En la RCA le graban México lindo y Mike el vacilador, en la voz de Mendive. Benny Moré, la voz de oro de Cuba, con Pérez Prado le graba el mambo Tocineta y Yiri yiri bon, entre otros. Un tema suyo titulado La tumba soy yo, grabado por la Orquesta de Memo Salamanca, para Silvestre resultó una grabación magnífica, mucho mejor que la que realizada en New York en el LP titulado Oriza. Otros discos importantes lo hace para la Columbia, con la crema y nata de músicos cubanos en México como Mariano Oxamanedi, Alberto Aroche, Oscar O´Farrill "Florecita", Manolo Berrio, Eduardo Periquet, Clemente Piquero “Chicho”, Modesto Durán, Ramón Castro, Kiko Mendive, Yeyo Estrada, Humberto Cané, Homero Jiménez, Andresito López “Mucha trampa”, Enrique Tappam “Tabaquito” y Daniel de la Vega (estos dos mexicanos).

Como bailador, Silvestre Méndez fue único y esto se aprecia en algunos filmes de Juan Orol o en su participación con las llamadas rumberas del cine nacional. Las mezclas de Silvestre con algo de jazz se dan en algunas grabaciones o en filmes como Ritmos del Caribe, de 1950. La popularidad de Silvestre era enorme y sus temas se los graban Tito Rodríguez, Panchito Riset, Tito Puente, el Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro, Celia Cruz y la Sonora Matancera y Lobo y Melón. Peret, el padre de la rumba catalana, le graba Mi bomba sonó. Un disco magnífico, con ocho temas, lo graba en New York con el título Changó. En ese disco, calificado de 'salvaje' por Silvestre, se reúnen los talentos de Mongo Santamaría, Antar Daly, Marcelino y otros de la pandilla cubana.

Platicar con Silvestre Méndez era toda una secuencia de historias sobre música. Cuando le decíamos: escucha este tema con tal interprete, nos decía “no, el no me grabó ese tema”, pero al escucharlo veíamos que por sus mejillas rodaban lágrimas, que le traían recuerdos con alegrías o tristezas. Cuando uno lo visitaba, veía las paredes de su casa tapizadas de fotografías de músicos legendarios. En su habitación tenía el altar de 'Babalú', dedicado a San Lázaro, su santo.

El director de cine José Barberena Pérez realizó en 1999 un documental titulado de México a La Habana: semblanza de Silvestre Méndez, que no fue del agrado de algunos, pero que constituye un testimonio importante sobre la trayectoria de este genial músico. Ahí encontramos comentarios de Dionisio Sánchez Alvarado, conductor del programa radiofónico Sábado, ritmo y sabor, del músico Carlos Tercero; los maestros Memo Salamanca y Mario Ruiz Armengol ; Juan Jose Ramírez “Fantasmita”; Fellove, Pepe Arévalo, Tabaquito, Tongolele, Amalia Aguilar, y el musicólogo Luis Rovira Martínez.

Durante toda su vida se desempeñó como artista: compositor, músico, cantante, bailarín y actor. Fue un buen deportista, practicaba natación, tenis, campo y pista. Tenía un carácter apacible, era sociable y alegre. Le gustaba compartir con los amigos y aprender todo lo que estuviera a su alcance en cada instante de su vida. Escuchaba todo tipo de música.

La obra que le dió mayores satisfacciones es Yiri Yiri Bon porque parece haber logrado en la letra la descripción de muchas costumbres típicas y tradiciones populares de Cuba. Esta canción fue grabada por diversos artistas, entre ellos Benny Moré, Celia Cruz, Angelita Castani y otros. También fue incluida en películas como Cuando levanta la niebla, con Arturo de Córdoba y María Elena Márquez, donde es interpretada por el Silvestre Méndez y su Conjunto.

La Sociedad de Autores y Compositores de México tiene registradas más de 90 canciones compuestas por Silvestre Méndez. Además de las ya mencionadas, se encuentran, entre otras, Soy rumbero, Cuba es así, México lindo, Malambo, Matilde ven, Negra sensual, Pero qué suegro, Doroteo, No sé qué, Clotilde y el bolero Qué te pasó.

Silvestre recibió diversos reconocimientos por su trayectoria artística, entre ellos el del Canal 11 de la Ciudad de México, a través del programa Soneros, al que fue invitado con su conjunto y sus canciones; lo acompañaron también Tongolele y Ninón Sevilla. El 17 de julio de 1965 la Cruz Roja Mexicana le otorgó un diploma. Su nombre fue incluido entre los autores y compositores que la Promotora Hispano Americana de Música reconoció por el cincuentenario de su fundación.

Se cuenta que la primera vez que Méndez visitó los estudios cinematográficos Churubusco, entró a ver la filmación de la película Marco Antonio y Cleopatra. Unos minutos después, hicieron un receso y el cubano comenzó a interpretar una rumba. El director de cine Roberto Gavaldón lo vio, y una vez que regresaron a continuar la filmación, lo invitó a bailar con María Antonieta Pons, en una escena que tuvo una duración de cerca de tres minutos. La primera vez que Dizzy Gillespie viajó a México, para actuar en el Palacio de Bellas Artes con su orquesta, cuando tocaron Manteca, de Chano Pozo, invitó a Silvestre a que se les uniera.

Silvestre Méndez se hizo ciudadano mexicano y falleció en la Ciudad de México el 8 enero de 1997.

Marcos Salazar Gutiérrez
Tomado del blog DCubanos.

Video: La actriz y bailarina mexicana Meche Barba (1922-2000) y el cubano Silvestre Méndez, bailando Fíjate qué suave, guaracha interpretada por Benny Moré que lleva el mismo título de una película estrenada en 1947 en México. Pero el video no parece que sea de una escena de esa cinta.

Leer también: Músicos cubanos en México (1930-1950), escrito con la colaboración de Silvestre Méndez.

lunes, 25 de abril de 2016

Negro por fuera, blanco por dentro



“La cosa está negra”, le dice una señora a la otra mientras escogen tomates en la tarima del agromercado, refiriéndose a lo difícil de la situación en sentido general, y en este caso, al alto precio de los productos.

Al escuchar eso me despierta la curiosidad sobre el uso de ciertas expresiones racistas que algunas personas utilizan en las calles, tomando como referencia el color negro para definir o precisar algo malo.

Cuando me acerco al puesto de frituras, la vendedora, que al parecer me conoce desde la primaria, me dice:

“Oye, negro, no te pones viejo”.

“Hay que mantenerse”, le contesto.

"Bueno, ustedes tienen mejor piel que los blancos y se ve que tú eres blanco por dentro”.

Me alejo sin poderle contestar, porque se aproxima la guagua, pero reafirma mi curiosidad, mientras pienso en eso de 'blanco por dentro'.

Llego a la reunión donde varias personas vamos a escuchar a mi amiga Grace Lynis Dubinson, arquitecta y estudiosa del tema de la discriminación y la historia del racismo en Estados Unidos, creadora de Cinnamon Traveler Heritage.

Ella nos habla de un proyecto de agricultura comunitaria que tiene en Atlanta. En su exposición, da detalles de cómo el grupo de trabajo intenta proteger los cultivos ante algunos animales que cruzan las cercas para comérselos, pero uno de los colegas al oír esto, interrumpe y pregunta:

-¿Ustedes no tienen una planta que aquí en Cuba le dicen ataja negros? Los campesinos la siembran en las cercas para proteger los cultivos.

Confusa, Grace trata de entender, ella habla un poco español, pero para verificar lo que acababa de escuchar, me pide que le traduzca, cosa que hago en detalles.

Muy enojada, en la silla se inclina para atrás, se incorpora y reprocha categóricamente el supuesto nombre que muchas personas le han dado a esa planta espinosa, que yo no sabía que así la llaman.

Al llegar a casa, pregunto a mi madre por el nombre de esa planta y me dijo que siempre la había conocido por cardona.

Varias veces repetí el nombre, para que no se me olvidara. A+l día siguiente se lo dije a Grace. Alguien ya le había regalado una muestra de la planta.

Esa manifestación de racismo es el resultado multicausal de problemas sociales que en ocasiones la sociedad no lo ve, porque repite patrones históricos.

Jorge Milanés Despaigne
Havana Times, 4 de marzo de 2016.
Foto: Grace Lynis Dubinson, tomada de Respeto por las raíces.


viernes, 22 de abril de 2016

¡Deja que yo te cuente!



Cuando trabajaba, siempre pensé que mi jubilación sería más tranquila, con los hijos ya grandes, los nietos, tener una vida menos agitada… La mayoría de las personas pensaba igual. Pero no te creas, que no era una época tan ideal como se dice ahora, también había muchos problemas, lo que pasa es que el sueldo sí valía.

Estuve muchos años ganando 138 pesos, con mi mamá anciana, tres hijos y mi esposo, de un segundo matrimonio. Cuando aprobaron una de esas leyes de aumento, a mediados de los años 80, me subieron a 280 pesos. De todos modos, antes de ese salario, fui dirigente un montón de tiempo, y ganaba ese poquito que te dije.

Claro, no era como ahora. Mira, todas las semanas, o por novenas, que era como se decía, por la libreta llegaba carne o llegaba pescado, había una variedad de productos. Habían laterías por la libre en los mercados y eso ayudaba, porque se podía comprar alguna. Eran asequibles al sueldo de la mayoría. Sobre todo, lo más importante, era que había mucha variedad en los contenidos y en los precios. Ahora, todo es muy caro o muy malo, o las dos cosas. Y la cuota es cuando viene y como viene.

Yo trabajaba en un establecimiento de producción contínua, a máquina y manual, era la jefa del departamento económico. Por cierto, entonces no había eso de 'búsqueda' ni de 'faltante'. Antes de 1959 estudié en la Escuela de Comercio, y a mí me enseñaron que en la contabilidad, de cualquier sitio, ni sobra ni falta nada. Hay que cuadrarlo todo.

En esta fábrica mi sueldo llegó a ser de 280 pesos, que no era malo, aunque los había más altos. Me alcanzaba porque me planificaba. Además, en mi casa éramos seis personas. Mi esposo ganaba unos 300 y pico pesos. Mi mamá tenía una pensión de 60 pesos. Unos 800 pesos para mantener a seis personas, tres adultos y tres niños.

Nosotros podíamos ir los domingos a una pizzería o comer en algún sitio. Y hasta dejarle propina al capitán y que mi esposo le pagara un trago, para que nos tratara bien. Imagínate tú. Una propina de cinco pesos, que hoy no es nada, por entonces era un regalo. Por cinco pesos un taxista te paseaba hasta donde quisieras. Pero, fíjate, con los ingresos nuestros tampoco podíamos ir a un hotel, hacer turismo en vacaciones, ni nada de eso. Llevar a los muchachos al zoológico y en guagua para la casa. No alcanzaba para más.

Vivíamos sin excesos. Si te planificabas te alcanzaba, pero no era tampoco nada del otro mundo. Con eso también había que comprar ropa, zapatos, pagar los servicios, en fin, todo lo que hacía falta. Para hacer un arreglo, pintar la casa, comprar un mueble, había que reunir, no era que se comprara y ya, ni que el dinero estuviera en las matas. Valía el sueldo, pero había que sudarlo. Y algunos equipos electrodomésticos solo te los daban por el centro de trabajo.

Actualmente vivo sola. Soy viuda y como jubilada recibo 270 pesos mensuales. Tengo un hijo que vive en España, y otros dos en Cuba. De los que viven aquí, uno es un profesional, y la otra es técnica, es contadora en un departamento económico. Los dos trabajan para el Estado, para eso estudiaron, aunque hoy no les sirva de mucho, y tienen sus salarios para ir resolviendo sus vidas.

Las ayudas que me pueden dar, en términos económicos, no son muchas. El que vive fuera, que también trabaja y no es rico ni tiene ningún negocio, me manda algo todos los meses, que se me va en comer. Como puedes ver, no me alcanza ni para arreglar el techo, ni para resolver el montón de cosas que hacen falta en una casa vieja como ésta. Es chiquitica, pero si te hago la lista de todo lo que hay que arreglar, no acabamos nunca. Pero igual digo, que si no tuviera ese dinerito, pasaría muchísimo más trabajo.

Mi vida, con mis ingresos, con ayuda y todo, es bastante estrecha. Estoy operada de un cáncer de colon, necesito determinado tratamiento médico, determinada alimentación. Con 76 años que tengo y mi salud, que no estoy muriéndome pero tampoco soy una pepilla y sufro mis achaques y mis cosas, no puedo andar en guagua. Para ir al médico o salir a cualquier lado donde no pueda ir caminando, tengo que pagar diez pesos por un carro de alquiler.

Si sumas la ida y la vuelta, y si me acompaña alguno de mis hijos, ya es cuatro veces esa cuenta. Los controles médicos actuales no los entiendo. Si vas a la posta médica o al policlínico, te pasas toda la mañana para una receta, si hay la medicina y si el médico vino. Y de la farmacia, mejor no hablar, ya hasta en el noticiero lo han dicho.

Todos los días te dicen que la población cubana está envejeciendo, pero nadie dice cómo viven de verdad los jubilados. Los círculos de abuelos y los parques con los viejitos haciendo ejercicios se ven de lo más lindos en la televisión.

Pero nadie viene a tu barrio a ver las horas que uno se pasa en una cola, ni las vueltas que hay que dar de mercado en mercado para resolver cualquier cosa, ni el sol que se coge. No te aumentan un centavo, y todo el mundo sabe que hay que hacer magia para vivir con las pensiones que tenemos los jubilados.

Así que, periodista, como dice el programa ¡Deja que yo te cuente!

Antonio López Sánchez
Palabra Nueva
Foto: Tomada de Cuba Absolutely.

miércoles, 20 de abril de 2016

Mi jubilación y el júbilo re-cobrado



Hoy me llegó la jubilación. La semana pasada, el director de la empresa expresó: “Culmina una etapa de su vida y comienza otra. Nos deja una estela de sacrificio y amor por su puesto de trabajo, un legado que imitar por sus compañeros”. Eso dijo en la actividad organizada por el sindicato para despedirme, tras dos años en que el propio director trató de hacer ídem para otorgarle mi plaza a la chiquilla que recién intenté preparar.

Yo no quería jubilarme, pero me hicieron entender casi a la fuerza que las nuevas generaciones llegaban con bríos a tomar el batón que les cedemos nosotros, aunque, pensaba yo, a la susodicha se le cayera en algún segmento de la vuelta al óvalo. Decidí entonces que al cumplir los 70 me iría a casa a disfrutar un merecido descanso.

Eso pensé hasta que me informaron el monto de lo que me pagarían por casi 50 años de sacrificio y amor. “Tienes suerte -me decían algunos-, no a todo el mundo lo retiran con trescientos pesos”. Había soñado con más, lo confieso. Creí que tomarían en cuenta los cinco millones de dólares que le ahorré a la economía del país con mis innovaciones, por las cuales solo recibí similar número de diplomas.

Mi pobre esposa falleció hace un año confiada en que todo mejoraría para nosotros. Tomó muy en serio la aseveración hecha por el gobierno de que los lineamientos trazados tras el último congreso solo tendrían efecto en el nivel de vida de la población en el año 2015. Se murió sin ver los resultados. Yo sigo vivo y tampoco los veo.

Del monto de mi chequera me seguirán descontando el refrigerador que gentilmente me obligó a comprar la revolución… energética luego de ceder el Westinghouse que compró mi padre, que todavía funcionaba. Dos años me quedan para pagar un Haier que ha estado varias veces a punto de enfriarme por su mal funcionamiento. Menos mal que un amigo español, ingeniero como yo, al que conocí en uno de los tantos foros en que participé, me compró un televisor cuando vino de vacaciones hace unos meses. Pero con mi amigo ya no podré contar en lo adelante, pues falleció también por el infarto que le sobrevino tras constatar las condiciones en que yo vivía.

No tengo hijos que me puedan mantener, pero me siento fuerte todavía como para no parar en un asilo. Me disgustaría pasar mis últimos días en esos almacenes de viejos que el Estado tampoco puede mantener. Por ello me he trazado una estrategia para sobrepasar en la calle, con mi propio esfuerzo, lo que extraeré del banco todos los meses con mi tarjeta magnética; digo, si logro entender algún día las teclas del puñetero cajero automático.

Un vecino me va a pagar un peso cada vez que le saque al perro a pasear al parque. Por el tamaño, será el animal el que me saque a mí, pero no está mal si tomamos en cuenta que al parque tendré que ir de todas formas si pretendo vender todos los cucuruchos de maní que me dará otra vecina, a los que les gano diez centavos. La competencia es fuerte, pues hay otros viejos que también lo hacen y ya tienen su público.

Lo de pasear al perro será por la mañana. Por la tarde recibiré dos pesos por recoger en su escuela y cuidar un rato al niño de una excompañera de trabajo. Es un tanto indomable -el niño-, pero pienso descontarme al menos dos cucuruchos diarios por tal de mantenerlo a raya. La noche la tengo reservada para trabajar tres horas en una fábrica clandestina de cigarros. Me aseguran dos cajas diarias para mi insaciable fuma y quizás propina si trabajo bien.

Lo demás será alguna que otra pinchita eventual que me caiga de vez en cuando. Ayer, por ejemplo, una enfermera del hospital en que me atiendo me propuso diez pesos por salir de la consulta embalsamado en algodón. Estuve a punto de decirle que no, todavía poseo escrúpulos, pero después pensé que iba a ser la única manera de tener garantizada la cura del uñero que sufren mis pies.

Vaya, que si las cosas me salen bien y el uñero no se me complica, tendré garantizada una vejez aceptable, que me dé para alguna que otra cervecita y un almuerzo digno en la cafetería que abrió en la esquina el presidente del comité.

Repito: aún me siento lúcido para seguir brindando mi experiencia como ingeniero, pero la 'mecánica' a la que me tendré que enfrentar es otra. Ojalá que lo gane por cuidar a las dos fieras, vender maní y empaquetar cigarros me dé para solventar la vida. Es lo que yo llamo mi 'seguridad social'.

Jorge Fernández Era
Palabra Nueva
Foto: Tomada de Habana por dentro.

lunes, 18 de abril de 2016

¿Me jubilo, no me jubilo?



Alguien que se acerca a los 60 o 65 años de edad debería festejar que acaban, por fin, las tensiones diarias del trabajo e inicia el sosiego, acomodado en la seguridad económica que debían aportar décadas de rigores laborales.

Pero Hemingway lo advirtió en una de sus frecuentes reflexiones sobre la vida: “Las cosas son como son y no como deben ser”. Al menos en Cuba, los trabajadores viejos, cuando están a punto de colgar el sable laboral, se hacen una pregunta parecida a la que se hizo Hamlet en la obra de Shakespeare: ¿Jubilarse o no jubilarse?

Un ex profesor de psiquiatría explica: “Me jubilé hace casi diez años, pero tuve que continuar trabajando porque la jubilación no me alcanza ni para cubrir lo elemental de la canasta básica. Ganaba un buen salario en la institución de salud donde laboraba, pero cuando fui a jubilarme me aplicaron la ley vieja, con la que te retiraban con el 50 % del salario. Yo ganaba 507 pesos y me jubilaron con 265. Y no puedo vivir con 265 pesos. Y como tenía una profesión colateral, que es el periodismo, me dediqué a ejercerla íntegramente desde entonces, y gracias a eso he ido defendiéndome”.

Quienes viven más lejos del abismo material que supone una jubilación con 250 pesos en un país donde una botella de aceite vale 60 pesos (2.40 cuc) son los que, o comparten el techo con hijos que trabajan -con preferencia en el sector privado- o tienen familiares en otros países, en especial Estados Unidos, que les envían remesas.

"De ésos sin chequera somos unos cuantos. En mi caso porque los ciclones destruyeron los expedientes. Hubo tantos ciclones que acabaron con los expedientes… al mío se le pegaron las hojas. Eso no servía para nada. Lo boté yo mismo”.

Habla mientras separa los periódicos que va a comenzar a vender en San Lázaro e Infanta, en el habanero barrio de El Vedado. Está sentado en un banco de una parada de guaguas. De aspecto desvencijado, con ropa sucia y vieja, sin varios dientes en ambas encías, comparte el hogar con una hermana, también anciana, en la misma barriada donde “se defiende”.

“Cuando cumplí los 65 me dijeron que para retirarme debía trabajar cinco años más por el asunto del expediente, y entonces le pedí la baja y le dije: ‘Cinco años más no te voy a trabajar, porque lo que yo estoy ganando no me alcanza’.

”Compro los periódicos en la calle, se los pago a 50 quilos y los vendo a peso. Si compro treinta periódicos me gano quince pesos y si compro cuarenta me gano veinte, y hay días que puedo comprar sesenta. No es que me alcance, pero limito los gastos. Hay cosas baratas y cosas caras, yo compro la barata, la que está a mi alcance. Cuando puedo comerme un pan con hamburguesa y dos refrescos, eso me como. Y el día que puedo comprar una cajita de comida de 25 pesos. la compro”.

¿Usted bebe ron?, le pregunto. “Me tomo algunos tragos. No te voy a negar. Me los tomo cuando puedo".

Vive con una hermana médica, también jubilada, que aunque su hermano no lo reveló, parece tener un retiro algo más holgado de lo que consigue este anciano con sus periódicos. Entre los dos se sostienen, se ayudan.

Para comprender un poco más el mundo espiritual y real de los jubilados, hay que irse a un parque o a una plaza pública. En uno de esos lugares es donde “opera” este revendedor de periódicos, hombre inteligente que conoce la predilección de sus coetáneos por leer la prensa. Allí, donde se reúnen decenas de ancianos, es un sitio ideal para observar una curiosa mezcla de optimismo y desolación, tristeza y esperanza, capacidad de resistencia y flaqueza.

La Habana registra 335,178 jubilados con una pensión promedio de 272 pesos, de acuerdo con datos de la Dirección Provincial de Asistencia y Seguridad Social.

Hay ancianos y familias en peor situación. Viven bajo un programa de resguardo que supervisa la Dirección de Trabajo de La Habana -igual en el resto de las provincias- y que consiste en ofrecerles alimentación barata en comedores, donde después ellos hacen sobremesa jugando dominó o conversando, apoyo monetario, pago de utensilios y atención médica: un programa conjunto entre las direcciones de Trabajo y Seguridad Social y de Salud Pública, que la subdirectora de Asistencia Social de la Dirección de Trabajo de La Habana, Milagros López Leiva, defiende como un proyecto humano que no abandona a los más necesitados.

En la capital, la protección a ancianos jubilados, o que nunca trabajaron o se retiraron antes de tiempo, está apoyada con 84 millones de pesos que anualmente se destinan a su atención, y aunque el dinero no es suficiente para proporcionarles una vejez cómoda, al menos los alivian.

En su pequeña y modesta oficina, desde donde por teléfono destraba casos de asistencia social que frenan funcionarios indolentes o demasiado burocratizados (o ambas cosas a la vez) que están bajo su juridicción, Milagros López Leiva aclara: “Nosotros -y hablo así porque me siento parte del Estado- a muchos de ellos les regalamos una serie de recursos que de otro modo jamás pudieran alcanzar”.

Hay ancianos que tienen que insistir, pelear, demostrar lo indemostrable, para que los acepten como beneficiarios de ayuda estatal. Un sostén que se traduce en apoyo monetario mensual (prestaciones en el lenguaje administrativo) a familias vulnerables, y cuya cantidad máxima es 225 pesos, 45 pesos para alimentación en comedores, entrega de módulos de inducción (enseres de cocina) y recursos para el hogar como camas y colchones.

Mientras esos ancianos y familias que bordean el precipicio material reciben respaldo imprescindible, miles de jubilados no clasifican en esa categoría porque cobran su chequera (jubilación) cada mes, aunque en realidad sean cobros más nominales que reales. Muchas veces personas con algún padecimiento, con 'tarjetones' (tarjeta que les da derecho a comprar medicamentos) que les chupan buena parte de su chequera.

El economista cubano Antonio Romero considera el tema de los jubilados “extremadamente complejo y está asociado a una de las grandes preocupaciones de la economía y la sociedad cubanas: la expresión de una estructura demográfica que ha cambiado y que se refleja en una población cada vez más vieja, con un nivel alto de envejecimiento y una baja tasa de natalidad. Y la sociedad y el modelo económico tendrán que asumir a una población que cada vez estará más jubilada”.

De acuerdo con Romero, “en las nuevas condiciones económicas de Cuba hay que mejorar el estándar de vida de los jubilados, y como centro de esa mejoría tiene que estar el incremento de los niveles de jubilación que reciben actualmente”.

Para él, como para otros economistas, eso está claro, pero también lo está que no puede ser ahora mismo porque “la economía tiene reglas, una de ellas que no puede distribuirse lo que no se crea. Si en este momento usted aumenta el mínimo de jubilación, que es 220 pesos mensuales, a 600 pesos, crea una presión inflacionaria sobre la economía, y con esos 600 pesos el jubilado comprará lo que compraba con los mismos 220 que ganaba antes.

"¿Cuál es la lógica entonces? Dentro del proceso de transformación económica que está en marcha en Cuba, que es contradictorio y complejo, que debe hacer mucho más e incluso rectificar parte de lo que se ha hecho, y considerando el principio básico de la justicia que debe tener este socialismo próspero y sostenible que queremos construir, el Estado tendría que darle atención priorizada a ese segmento de la población, que en su mayoría la está pasando mal, y eso implica eliminar la carga económica desmedida de nuestra política social que se basa en subsidios transversales y generalizados para toda la población.

"Hay que pasar de una política social generalizada a una focalizada, que atienda los sectores sociales vulnerables, o que enfrentan desafíos inconmensurables. Políticamente la discusión es compleja porque se imbrica con un concepto difícil de abandonar: hemos creído que una sociedad socialista alternativa al capitalismo tiene que basarse en el principio de la igualdad o el igualitarismo, y que eso es sinónimo de justicia social. Pero lo más justo es que cada cual reciba de acuerdo a lo que aporte a la sociedad, incluidas la capacidad y calidad de ese aporte. Lo que debe tener una sociedad como la nuestra es un sector de jubilados bien atendido porque dieron todo durante su vida laboral, con el grado de prioridad y los subsidios necesarios para que aumenten sus niveles de vida”.

Antonio Romero aclara que para lograrlo se necesita una transformación casi revolucionaria porque implica reconocer diferencias sociales grandes, algunas de ellas incluso injustas, y a la vez el Estado tendría que jerarquizar un modelo alternativo al capitalismo y por eso mismo atender prioritariamente, con sus recursos, a sectores sociales y no a mercados y productos generalizados para toda la sociedad.

Cuando eso sea posible será entonces el fin del desasosiego para jubilados como un ex empleado gastronómico de 81 años, vecino del reparto Los Pinos y cuya esposa carece de pensión porque dejó de trabajar antes de tiempo. Él recibe 240 pesos mensuales y se le van 75 en las medicinas de los dos. Los demás miembros de su núcleo son su hija, con un salario de 430 pesos, y su nieta, estudiante universitaria.

Este jubilado se pasa el tiempo comparando los precios de los años 80 con los actuales, asombrado de que una libra de boniatos cueste dos pesos en el mercado, lamentándose de haber trabajado tanto en vano, mientras se jacta de la honestidad con la que nadie podía sobornarlo cuando cuarenta años atrás, inspeccionaba unidades gastronómicas poderosas como la heladería Coppelia.

A su edad, busca una actividad que lo ayude a llenar la mesa. Por ahora, siembra yerbabuena en su patio y su jardín y se la vende a dueños de florecientes paladares de los alrededores, para la preparación de mojitos y los platos de comida cubana que disfrutan turistas y compatriotas de bolsillos abultados.

En septiembre de 2015 se sintió reconocido cuando el Papa Francisco, durante su visita a la Isla, en las palabras dedicadas a la familia pronunciadas en Santiago de Cuba, reverenció a los ancianos cuando dijo: “No descuidemos a los abuelos. Los abuelos son nuestra memoria viva.Un pueblo que cuida a sus abuelos, y que cuida a sus chicos y a sus jóvenes, tiene el triunfo asegurado”.

Mario Vizcaíno Serrat
Palabra Nueva
Foto: Tomada de internet.

viernes, 15 de abril de 2016

Jubilados cubanos: los grandes perdedores


Eugenio, 74 años, se levanta a las 4 y media de la madrugada a comprar veinte barras de pan. El dueño de una cafetería le paga 40 pesos diarios para que el anciano, cargado de achaques, cada mañana le garantice pan fresco y le limpie el lugar.

“Cobro 220 pesos (10 dólares) como jubilado. Era electricista, como soldado peleé en Playa Girón y en la lucha contra bandidos en el Escambray, y fui oficial de la reserva en la guerra de Angola. Arriesgué mi vida por la revolución. Ya nada de eso cuenta. Ahora, en el gobierno de Raúl Castro, la gente debe arreglárselas como pueda. Los ancianos somos una carga pública”, dice con enfado.

Las tibias reformas económicas llevadas a cabo por la administración verde olivo no han traído beneficios a los jubilados. Ana Luisa, 71 años, maestra retirada, lleva seis meses yendo a la oficina de la seguridad social de su municipio, con la intención de conseguir una autorización para adquirir materiales de construcción a precios subsidiados.

Los burócratas le niegan esa opción. “Alegan que tengo una hija en el extranjero. Les digo que hace años ella no me envía un dólar. No me creen. Irónicamente, un trabajador social que me atendió me dijo: ‘Abuela insístele, dile lo mal que lo estás pasando, mándale fotos de la casa, cuéntale de tus problemas de salud. Tu hija es la que puede ayudarte a reparar tu casa'. Son unos hijos de puta”, comenta.

En La Habana, es habitual encontrarse ancianos pidiendo limosna o recogiendo latas vacías de cerveza en grandes sacos, y luego venderlas como materia prima. En el Paseo del Prado, frente al Capitolio, turistas japoneses y europeos tiran fotos del edificio, una réplica a escala menor del Congreso de Estados Unidos.

Varios ancianos sucios y con demencia senil les piden unas monedas. Algunos les dan centavos de pesos convertibles y con sus cámaras dejan constancia de la escena. Antonio, un negro de 68 años, con una úlcera avanzada en una pierna, es uno de ellos. Cada mañana se da una vuelta por el Capitolio, a limosnear.

Fue obrero destacado en una fábrica. “Participé en misiones internacionalistas. Mi pensión es de 253 pesos (11 dólares). Tuve cuatro hijos y cuando no están presos, no se ocupan de mí. Soy una carga para el Estado y mi familia. Me fui del asilo. Me atendían mal y la comida era un bodrio. Los empleados se robaban los alimentos y los productos de aseo. Ahora, de vez en cuando, almuerzo en un comedor habilitado por la iglesia. Duermo en la escalera de un edificio con peligro de derrumbe. El dinero que consigo mendigando lo gasto en comer y tomar ‘chispa’ (alcohol de cocina filtrado con carbón industrial). Le pido a Dios que no castigue. Que una noche me acueste y no me levante más. Quiero morir sin sufrir y sin molestar a nadie”.

Según el informe sobre Envejecimiento en la Capital, presentado por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), en 2009 en La Habana habían 18 hogares de ancianos, con 1,819 camas. Todos estatales y la mayoría en pésimo estado constructivo, a diferencia de los administrados por la Iglesia Católica, los mejores del país. Algunos asilos estatales, como el de San Miguel y Agustina, La Víbora, han sido maquillados con una mano de pintura. Pero la atención no es buena.

La gente pasa por el sitio y vira la cabeza al otro lado. Los viejos, andrajosos, enfermos y poco lúcidos, se dedican a pedir dinero y cigarros a los transeúntes. Los más fuertes, cada mañana salen a la calle, a tratar de conseguir un puñado de pesos para un almuerzo decente.

Rogelio, 80 años, desde las 5 de la mañana hace cola en un estanquillo de prensa. “Compro 50 periódicos, Granma y Juventud Rebelde. Los vendo a peso cada uno, hay días que los vendo todos, otros, solo la mitad. Con ese dinero voy a una fonda de mala muerte donde almuerzo arroz blanco, potaje de chícharos y un pescado hervido con más espinas que carne. Pero al menos como caliente”.

Con una pensión entre 10 y 12 dólares al mes, poco se puede hacer en Cuba para vivir con dignidad. Bien lo sabe Danilo, de 78 años, suciamente vestido. Se dedica a hurgar entre los contenedores de basura, en busca relojes rotos, pomos plásticos vacíos de refresco y componentes de ordenadores y televisores.

“Por cada pomo plástico, un cuentapropista que se dedica a vender puré de tomate envasado me paga un peso. Otro, que repara equipos electrónicos, me compra ls piezas si no están averiadas. En una jornada me busco entre 40 y 50 pesos. Lo gasto en cafeterías particulares, donde puedo comer pollo o carne de cerdo. Si me sobra algo, compro alcohol ligado con agua, el trago de los pobres. Por la noche, tiendo una colcha en cualquier portal. Si hace frío, duermo en algún edificio abandonado. Para qué voy a quejarme. Este gobierno es lo que trajo el barco”.

En el informe de la ONEI, se reportaba que después de Villa Clara, La Habana, con más de 2 millones de habitantes, era la provincia más envejecida del país y los municipios con más adultos de la tercera edad eran Plaza de la Revolución (25,4%) y 10 de Octubre (22,8%). Y se recomendaba la creación de más hogares de ancianos, casas de abuelos (seminternos), comedores comunitarios, facilitarles espejuelos graduados (gafas), prótesis dentales, aparatos auditivos y de locomoción y una mayor atención domiciliaria, entre otras.

Pero las mejoras económicas introducidas por el régimen siguen sin contemplar a los ancianos y jubilados. La mayoría de esos viejos dieron lo mejor de su juventud para defender a Fidel Castro y su revolución, incluso en tierras extrañas. Ahora viven olvidados. Sin decoro, en la miseria. Son los grandes perdedores.

Iván García
Foto: Tomada de Cubanet.
Leer también: Los naúfragos de la ciudad y Abuelos por pesos cubanos.