lunes, 21 de enero de 2019

Médicos cubanos en la encrucijada


Fue en julio y en 1998 cuando un taxista mexicano nos preguntó a Sara y a mi: “¿Cubanos de Cuba o de Miami?”, como si existiera un país dividido -al igual que Alemania después de la Segunda Guerra Mundial- o dos naciones que se habían apropiado de un mismo nombre. Luego de saber la procedencia, el hombre se empeñó en ganarse nuestros dólares, y al tiempo que se mostraba solícito en llevarnos a los Jardines de Xochimilco, las pirámides y los mercados de artesanía del Distrito Federal, alababa los logros de la medicina en la Isla.

“Esta enfermedad, la curan en Cuba gratis”, nos dijo mientras nos mostraba un brazo y se viraba para que pudiéramos ver mejor las manchas de su cuello y cara. A partir de ese momento, supimos que nuestra conversación marcharía cuesta arriba, con dificultad creciente, si hablábamos de política. Alguien que padece de vitiligo no es fácil de convencer. Sobre todo, si en algún momento le han hecho una promesa de tratamiento gratuito -así nos dijo-, en caso de lograr las conexiones necesarias para emprender el viaje a la Isla.

De nada sirvió explicarle que la medicina para extranjeros en La Habana había que pagarla con esos mismos dólares -muchos, muchos más- que se empeñaba en ganar aquella mañana y otras con turistas como nosotros, que salvo por razones políticas -no existentes entonces y tampoco ahora- los mexicanos de a pie quedaban fuera de la caridad castrista hacia los enfermos latinoamericanos, que los cubanos residentes en la única Cuba que en realidad existe geográfica y políticamente pasan mil trabajos para encontrar cualquier medicamento. Ningún argumento tenía la fuerza necesaria para apartarlo de la esperanza. Aquel chofer debe seguir esperando todavía.

Miles de latinoamericanos han sido atendidos por médicos cubanos. Las cifras son impresionantes. No es fácil rebatir ese esfuerzo. Y, sin embargo, la existencia de una causa justa no le resta un ápice a un objetivo primordial de la campaña: el interés del gobierno por mantenerse en el poder. Si antes el “internacionalismo proletario” se manifestó a través de la lucha armada y la guerrilla, ahora el frente internacional se ha convertido en una fuente de prestigio, influencia y divisas.

Al tiempo que los servicios médicos en el exterior es una de las principales fuentes de ingreso monetario, en buena medida se mantiene la leyenda de los facultativos cubanos dispuestos a ir a cualquier lado y atender a cualquiera. Es posible que la ingenuidad del taxista mexicano se haya reducido con los años, pero aún abundan los que defienden los “logros” de la salud pública en la Isla.

El sacrificio de miles de cubanos -en muchas ocasiones brindando asistencia médica en condiciones difíciles- contribuye al mantenimiento de un gobierno dictatorial.

No se trata de atacar o criticar la labor de los médicos, lo cual sería injusto. Cualquier alivio del dolor y toda cura de un padecimiento son meritorios en sí mismos. Pero hay dos males mayores que este esfuerzo dilata: la permanencia de un gobierno que suprime las libertades individuales y el encubrimiento de la ineficiencia de varios gobiernos latinoamericanos, especialmente el de Venezuela, para resolver sus problemas.

La práctica médica cubana en el exterior, beneficiosa para miles de ciudadanos de otros países, también contribuye al reforzamiento de un gobierno perjudicial para millones de habitantes en la Isla.

Es parte de la lógica de un sistema, que para perpetuarse necesita tanto un objetivo internacional como un enemigo externo: un modelo que se repite en diferentes escenarios (y con diversos medios, tanto pacíficos como violentos) y que siempre se empeña en subordinar el destino nacional a un factor extranjero.

Alejandro Armengol
Cubaencuentro, 23 de noviembre de 2018.
Foto: Tomada de Cubaencuentro.

jueves, 17 de enero de 2019

Cara a cara con Fidel Castro en el Meliá Varadero



El Comandante tenía anunciada su llegada a la explanada del Hotel Meliá Varadero a las 5 en punto de la tarde, pero desde las 4, a pleno sol, la “gloriosa brigada” de trabajadores que había construido el edificio piramidal en tiempo record, orgullo de la Revolución, estaba a pie firme, limpios, derechos todos como una vela y en posición de revista, en un lateral del hotel cuya inauguración iba a presidir Fidel Castro.

El Comandante tardó en aparecer cerca de media hora sobre el horario previsto, pero la espera mereció la pena. Aunque lejos ya la aventura de aquel Partido Comunista Español en el que milité en vida de Franco y que abandoné, como todos los integrantes de mi “célula” -entre ellos José María Barreda, que andando el tiempo se convertiría en presidente del gobierno de Castilla-La Mancha- tras las primeras elecciones generales de 1977, confieso que estar por primera vez a dos metros de la figura histórica, del revolucionario que, embutido en un traje verde olivo como recién planchado, como recién salido de fábrica, ocupaba ya por derecho propio un lugar en los libros de historia, me produjo un fuerte impacto emocional.

Ante el pequeño grupo de periodistas españoles que, invitados por Gabriel Escarrer, patrón del Grupo Meliá, asistíamos a la inauguración, en 1994, del primer hotel gestionado -gracias a los buenos oficios del rey Juan Carlos y de Bruno Kreisky, canciller federal austriaco y vicepresidente de la Internacional Socialista- por una empresa española en la Cuba revolucionaria, desfilaba un hombre al que la izquierda europea había convertido en un mito viviente, un héroe del pueblo capaz de derribar la dictadura de Batista y hacerle frente al “imperialismo yanqui”.

Es verdad que para entonces del mito del revolucionario benefactor no quedaba ni las raspas. El pueblo cubano se moría literalmente de hambre, mientras los más arrojados se echaban al mar en humildes embarcaciones que rara vez lograban alcanzar las costas de Florida, pero aquel día del verano caribeño y en Cuba, uno tenía la ocasión de estar frente al hombre que durante mi primera juventud había encarnado todas las virtudes de la abnegación y el heroísmo.

El Comandante se largó un discurso, relativamente breve para lo que solía ser habitual en él, ensalzando la labor de la “gloriosa brigada” que, con su esfuerzo, había hecho posible el milagro de aquella hermosa edificación, y a continuación todos los presentes empezamos a desfilar hacia el interior del hotel, en cuyo salón de actos se iba a celebrar una conferencia de prensa con el amo y señor de Cuba. Ese había sido precisamente el cebo de aquel viaje a la isla: la promesa, más o menos explícita, del propio Escarrer, de que el grupito de periodistas españoles que le acompañábamos íbamos a tener la oportunidad y el privilegio de charlar cara a cara con Castro durante tiempo indefinido.

Pero al entrar en la platea de aquel gran anfiteatro, mi gozo se fue al pozo. Aquello estaba de bote en bote, con las primeras filas ocupadas por dizque periodistas y cámaras de televisión cubanas y de varios países latinoamericanos, emisoras de radio y canales televisivos de claro matiz izquierdista, simpatizantes todos con la Revolución. Por un momento pensé que Fidel se disponía a hacer algún anuncio trascendental, capaz de dar la vuelta al mundo.

Mientras trataba de superar la sorpresa que me producía la presencia de aquel gentío congregado para inaugurar algo que en España habría merecido la presencia del alcalde del pueblo, conseguí colocarme con no poco esfuerzo en el centro de la quinta o sexta fila, frente a la mesa presidencial en cuyo centro se acomodaba ya el gran Fidel y una cohorte de ministros de su Gobierno, amén del propio Escarrer y ejecutivos de su grupo.

Desde el minuto uno levanté la mano pidiendo el uso de la palabra, pero aquello se demostró pronto misión imposible. Todo eran preguntas laudatorias con respuesta inducida sobre las gloriosas conquistas de la Revolución, todo un infame peloteo a Castro, de modo que después de varios intentos infructuosos, dejé de levantar la mano decidido a disfrutar del espectáculo. Y en eso, el vicepresidente del grupo Meliá abandona la mesa presidencial, se acerca con dificultad hasta mí, y en voz baja me dice que levante la mano, que el ministro cubano de Información, sentado a la izquierda de Castro me va a dar la palabra como representante de los periodistas españoles presentes.

Y en efecto, una amable señorita me pasa un inalámbrico, de modo que, puesto en pie, me lanzo a perorar sobre la emoción que para mí supone, Comandante, hallarme frente al mito que ha acompañado los sueños revolucionarios de tantos jóvenes españoles durante tanto tiempo, la ilusión de una primera visita a Cuba que me ha permitido descubrir esa íntima relación existente entre la isla y España, imposible de extrapolar a cualquier otro país de habla española, la conciencia del drama que para la España del 98 supuso la pérdida de Cuba, solo perceptible cuando uno pisa la isla y se empapa de su peculiar aroma. Pero también, añado, la sorpresa que me ha producido comprobar el ambiente de decepción en que viven muchos cubanos, la miseria palpable en cada uno de sus rincones, y la infinita ansia de libertad que cualquier cubano que no pertenezca a la nomenklatura del partido es capaz de susurrarte al oído en cualquier esquina lejos de testigos incómodos. Y en estas condiciones, Comandante, mi pregunta es la siguiente: ¿En qué condiciones estaría usted dispuesto a dar paso a unas elecciones libres, como le está solicitando la comunidad internacional, que conduzcan a un Gobierno verdaderamente democrático en la isla de Cuba?

Un silencio espeso cayó sobre el auditorio. Miradas cargadas de sorpresa y reprobación en mi derredor, y el Comandante que se lanza a hablar. Recuerdo perfectamente dos de sus argumentos condenatorios. Que cómo era posible que un español, miembro de un pueblo que había luchado durante no sé cuántos siglos por liberar a su país de la dominación árabe, fuera capaz de pedir a Cuba y a los cubanos que se rindieran de nuevo al odioso imperialismo yanqui que, al otro lado del canal de Florida, estaba listo para extender su zarpa sobre la isla. Presa de un cabreo que no intentaba disimular, Fidel se iba calentando, y hubo un momento en que comenzó a sudar copiosamente, de modo que mientras peroraba se secaba el sudor de su frente con un enorme pañuelo blanco, tan impoluto como su casaca verde oliva que vestía, con lentos movimientos de su brazo derecho. Su indignación no parecía tener límites. Y de repente casi gritó: ¡y además, una cosa le voy a decir, compañero, y es que ni usted ni nadie tiene derecho a inmiscuirse en los asuntos internos de Cuba como tampoco los cubanos nos metemos en los asuntos internos españoles! Y con un movimiento brusco se levantó de su asiento, dando por terminada la rueda de prensa ante la atónita parroquia.

Todos en pie y casi en posición de firmes, le vi desfilar lentamente por el pasillo a cuatro o cinco metros de donde me encontraba. Seguía sudando por todos los poros de su cuerpo. Tras él, Gabriel Escarrer, que me lanzó una mirada asesina de soslayo. Le acababa de arruinar la fiesta. Todos estábamos citados para, a continuación, tomar parte en la cena de inauguración del hotel en un enorme salón profusamente decorado y alumbrado. Media langosta y medio pollo asado con patatas, manjares que millones de cubanos jamás podrían probar porque estaban reservados para los dólares de los turistas que empezaban a llegar a la isla dispuestos a disfrutar de playa y sexo, las dos especialidades de la revolución castrista. A la mañana siguiente, Escarrer me confesó que Fidel, con quien había compartido mesa, “tardó un cuarto de hora en serenarse y recuperar la compostura”. No osé preguntar detalles por los epítetos que me dedicó.

Me preocupé más, a pesar del “cordón sanitario” que a partir de mi pregunta a Fidel colocó el régimen en mi derredor, por constatar allí donde pude el ambiente de oprobio, pobreza extrema y falta de libertad en la que una mayoría de cubanos vivía en la isla, señas de identidad o imagen de marca de una ideología que, a lo largo de sus cien años de historia, no ha producido más que miseria y muerte por las cuatro esquinas del planeta, pero que, cosas de la humana naturaleza, algunos listos con aire profesoral todavía pretenden vendernos hoy como mercancía nueva en esta peripatética España del siglo XXI. Que la muerte del tirano caribeño, el 25 de noviembre de 2016, traiga pronto la libertad al pueblo cubano.

Jesús Cacho
Texto y foto: Vozpópuli, 26 de noviembre de 2016.
Leer también: La historia de dos hitos negros de España.

lunes, 14 de enero de 2019

Cuba y España, como veinte años atrás



El revuelo y las exageradas expectativas generadas por la visita de dos días a Cuba del presidente del gobierno de España, Pedro Sánchez, recuerdan el ambiente que existía hace exactamente veinte años.

Entonces, como ahora, parecía revivir, alentado por las zalamerías de los mandamases en aprietos económicos, el viejo sueño español de recuperar “la siempre fiel Isla de Cuba”. Y sin necesidad de apelar al último hombre y la última peseta, que decía el tozudo Cánovas del Castillo, quien no parecía saber mucho de real política.

Al gobierno español le parecía que, en medio de tanta penuria económica, bastaría solo con unos cuantos gestos amistosos, turistas y, sobre todo, inversionistas, para tener a Cuba de nuevo en los brazos. Tras el fin del subsidio soviético, Fidel Castro, con tal de salvar “la revolución y el socialismo”, parecía dispuesto a todo.

En mayo de 1990, cuando la Unión Soviética se derrumbaba, Castro asistió a la inauguración del primer hotel de la cadena Meliá, el Sol Palmeras, en Varadero. Hoy, Meliá y otras cadenas españolas son dueñas de más del 70% de las habitaciones de los hoteles cubanos.

Cuando en 1998 se cumplió el centenario de la Guerra Hispano-cubana-norteamericana, la Cuba oficial lamentó la derrota española. Hubo un homenaje en Santiago de Cuba al almirante Cervera y sus marinos. Hicieron un monumento al general Vara del Rey en la Loma del Caney y el ICAIC hizo que Elpidio Valdés y el general Resóplez se aliaran para enfrentar a los yanquis.

España pretendía vengarse de los norteamericanos por la derrota de 1898 apuntalando, con el dinero de sus inversionistas, un virreinato comunista, casi una comunidad autónoma, pero más pro-española, sin complicaciones lingüísticas y mucho menos problemática que Cataluña y Euzkadi, a solo 90 millas de la Florida.

Para hacer más dulce la revancha, el gobernante cubano era el hijo de un soldado gallego, que sostenía un quijotesco enfrentamiento contra los Estados Unidos. No en vano a Franco, el Caudillo, también gallego, le simpatizaba tanto Fidel, el Comandante.

Por aquellos días todo era reverencias con los españoles. Y no sólo por parte de las jineteras. Poco faltó para que se hiciera realidad aquel chiste de que el Departamento Ideológico del Partido Comunista de Cuba había orientado la necesidad de que a todo el que preguntara por Hatuey, el que aparecía en las cervezas, le explicaran que fue un taíno enfermo de los nervios que se suicidó dándose candela y hablando disparates de los españoles en medio de un arrebato por fumar tabaco verde.

Pero fueron inútiles los esfuerzos españoles por influir en la política cubana. A Fidel Castro no le parecieron bien los consejos amistosos que entre banquetes y sonrisas le dieron Manuel Fraga y Felipe González para impedir que Cuba corriera un destino numantino, ni tampoco le gustó la fórmula de Carlos Solchaga para recomponer la economía cubana.

Cuando el Rey Juan Carlos vino a la Cumbre Iberoamericana que se celebró en La Habana en 1999 y brindó por la democracia, el Comandante pensó que era una broma del monarca. Pero cuando José María Aznar se enfrentó al régimen cubano y optó por la Posición Común en la Unión Europea, el Máximo Líder no disimuló su ira y la emprendió contra el “Caballerito del bigote”.

Ya para entonces, no eran imprescindibles las inversiones españolas. La millonaria ayuda de la Venezuela chavista y los negocios con China le permitieron a Fidel Castro emprender la contrarreforma económica.

España empezó a perder terreno en Cuba. Y no porque dejara de ser tolerante con el régimen castrista. El gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero hizo de la ingenuidad su política oficial hacia Cuba. No fue muy diferente con el gobierno del Partido Popular de Mariano Rajoy. Ambos se quedaron en espera de las reformas democráticas, confiados en que, en algún momento, el régimen tendría que mover fichas.

El actual gobierno del socialista Pedro Sánchez, ya sin la Posición Común en la UE, aspira a recuperar el terreno perdido y volver al punto en que estaban las relaciones hace 20 años o más.

Durante su recién concluida visita a Cuba, Sánchez eludió el tema de los derechos humanos y las libertades políticas. Tampoco se reunió con opositores. No quiso irritar al gobierno cubano.

Para España, aun con mentalidad colonial, sólo que con complejo de metrópoli venida a menos, lo que importa es estar en Cuba, con sus negocios, estratégicamente posicionada. Quiere democracia para Cuba, pero sin apuro.

Mientras, se conforma con disponer de un edén para los hombres de negocios y los gozadores del turismo sexual y un parque temático para izquierdistas nostálgicos. En ese paisaje idílico de playas, hoteles, música, ron, cuerpos tostados y miles de cubanos locos por adoptar la ciudadanía española de sus abuelos, suponen que algún día brotará, por generación espontánea o por inercia, la democracia.

Luis Cino Álvarez
Cubanet, 26 de noviembre de 2018.
Foto: Fidel Castro el 10 de mayo de 1990, pronunciando el discurso de inauguración de los hoteles Paradiso y Sol Palmeras, en Varadero, los dos primeros construidos por Meliá en Cuba. Tomada de la web Fidel, soldado de las ideas.

jueves, 10 de enero de 2019

Nostalgia por la República



La República de Cuba fue hecha trizas el 1 de enero de 1959, hace ahora sesenta años.

Nadie lloró por ella, unos estaban ocupados haciendo las maletas, y otros, rompiendo parquímetros. En los meses y años siguientes, las instituciones de la República que la dictadura de Fulgencio Batista no había destruido ya, fueron meticulosamente destruidas por la Revolución; la Constitución de 1940 nunca fue restaurada, el Congreso nunca volvió a sesionar en el Capitolio de La Habana ni en ningún otro auditorio, el Habana Hilton cambió de nombre, los periódicos desaparecieron uno tras otro, Celia Cruz y Olga Guillot se fueron del país, y Lezama y Virgilio se murieron en vida los dos.

El más grande monumento republicano, La Habana misma, fue arrasada, sometida a un castigo ejemplarizante, como si la ciudad, sus gloriosos edificios, Centro Habana, el Cerro, las mansiones del Vedado y de Quinta Avenida, los parques, las estatuas y las fuentes, hubieran sido cómplices de Ventura y Carratalá. Sobre La Habana burguesa la Revolución construyó… nada, con alevosía, y La Habana se fue derrumbando lentamente bajo el peso de ese desprecio.

Si la República burguesa había sido violenta y cruel, aunque elegante, la Revolución fue violenta, cruel y chea, de una chealdad tan pegajosa, tan enconada, que no había nada en Cuba que, aunque naciera noblemente, no terminara a la larga siendo feo y pobre, Alamar, Coppelia, el parque Lenin, el concurso Adolfo Guzmán, las películas del ICAIC, las ediciones de Letras Cubanas y Arte y Literatura, los hospitales y las escuelas construidos de una punta a otra del arco de la isla.

La República fue denunciada y vilipendiada, fue llamada pseudo república, república neocolonial, su aniversario fue cancelado, las estatuas de sus feroces presidentes fueron arrancadas de sus pedestales. Fidel, que había sido un estereotipo republicano en cada uno de sus personajes juveniles, pequeño gánster universitario, abogado pico de oro, romántico revolucionario, prisionero político, dedicó su considerable talento, ya convertido en dictador comunista, a eliminar hasta el último resto de la República, los bares y cabarets de La Habana, las profesiones y los sindicatos independientes, los colegios religiosos, CMQ, la Navidad. Cuando murió, quizás pensó Fidel que la República, finalmente, moría con él, que el último monumento de la República que quedaba por tumbar era él mismo. Debe haber muerto feliz.

Pero la República no había muerto, solo sus instituciones, su edificio político, había sido derribado. La República que Fidel quiso borrar de la memoria de los cubanos había ido recuperando su reputación hasta el punto de llegar a parecer, en contraste con las ruinas de la Revolución, una Edad de Oro. Fidel quizás no lo vio desde su lecho de muerte, pero la República, su simbología, su gramática, había reaparecido por todas partes, se había escapado de los reductos en los que había a duras penas sobrevivido durante décadas, la Discoteca del Ayer de Radio Progreso, el Museo de Bellas Artes, el reconcomio de los viejos.

A medida que Fidel y su revolución se desvanecían, la memoria de la República se volvía más vívida y atractiva, aunque, contradictoriamente, quedaran cada vez menos cubanos que se hubieran asomado alguna vez a las vidrieras de San Rafael, Galiano y Neptuno antes de que se quedaran vacías, hubieran visto El show de Pototo y Filomeno en televisión y no en Youtube, hubieran comprado un billete de la Lotería Nacional, o hubieran escuchado a Chibás dando su fatídico aldabonazo.

Nostalgia republicana hay en cada nota del Buenavista Social Club y en los videos de Leoni Torres. En el culto de Lezama y Orígenes y en las incontables ponencias presentadas en LASA sobre el teatro, la poesía, la vida o las aventuras sexuales de Virgilio Piñera. En los Buicks y Chevrolets que circulan por Cuba y por las grandes avenidas de Instagram. En los nuevos hoteles de La Habana, el Saratoga, el Manzana Kempinski, el Packard, y en cada restaurante o bar dedicado no a servir comida cubana o internacional, o daiquirís y mojitos hemingwayanos, sino 1957. En la columna dominical de Ciro Bianchi en Juventud Rebelde, en el avispado costumbrismo de Vivir del Cuento, y en las visitas guiadas al restaurado Capitolio. En Miami, por supuesto, una ciudad construida con recuerdos y pastelitos de guayaba.

Nadie hubiera podido predecir que la nostalgia por la República terminaría por contaminar a los mismos gobernantes de Cuba, los sucesores de Fidel. La nueva Constitución de Raúl Castro, que será sometida a un supuesto referendo en febrero de 2019, recupera, inesperadamente, las figuras del Presidente de la República, el Primer Ministro y el Gobernador provincial, y aunque no crea alcaldes, quizás porque San Nicolás del Peladero arruinó para siempre el prestigio de ese título, crea Intendentes, que viene siendo lo mismo. La Asamblea Nacional sigue llamándose así, a la francesa, y no Congreso, a la americana, pero Raúl ha dispuesto que su sede sea de nuevo el resplandeciente Capitolio, con el inconveniente de que Cuba tiene, con solo 11 millones de habitantes, más diputados que la Assemblée Nationale de Francia, un país de 67 millones, y habría que recortar severamente la corte de Esteban Lazo para que quepa en el hemiciclo de la antigua Cámara de Representantes, que solo tiene 169 curules.

Más notable aún es el comportamiento del todavía llamado Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Miguel Díaz-Canel, que anda por el mundo como si fuera Emmanuel Macron. Díaz-Canel, en unas pocas semanas vertiginosas, ha visitado la sede de Google en Nueva York, ha charlado con Robert de Niro sobre Taxi Driver y El Padrino, ha tomado té en Londres con el Príncipe de Gales, ha presenciado la toma de posesión del nuevo Presidente de México, se ha declarado a favor del matrimonio homosexual y ha sido ovacionado en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana por su decisión de derogar un decreto de su propio gobierno, lo nunca visto, aunque el decreto en cuestión fuera sobre el número de mesas permitidas en restaurantes privados y, no el maléfico Decreto 349 que institucionaliza la censura en Cuba.

A todos los lugares a los que ha ido lo ha acompañado Lis Cuesta, su esposa, que actúa y es tratada como Primera Dama de la República, aunque Granma, ese último bastión virulentamente antirrepublicano, todavía no sepa cómo referirse a ella. No sería extraño que cuando el antiguo Palacio Presidencial termine de ser reparado, Díaz-Canel, presumiblemente ungido ya como Presidente de la República, se instale en él, aunque lo comparta, porque hay que salvar las apariencias, con el Museo de la Revolución. Sería muy justo que la República y la Revolución terminaran viviendo agregadas en la Habana Vieja.

En buena medida, los culpables de esta resurrección republicana son los turistas, que cuando van a Cuba no se tiran fotos en la piscina gigante de Alamar, o junto a la Sala Polivalente Kid Chocolate, sino en la escalinata de la Universidad, en la Bodeguita del Medio, en La Vigía, en las rocosas calles de Centro Habana, o manejando un Chevy Deluxe de 1952 a lo largo y ancho del Malecón. O, fuera de La Habana, en las melancólicas ciudades coloniales, Trinidad, Cienfuegos, Camagüey.

Lo que los extranjeros ven mejor, más claramente en Cuba, no es lo que la Revolución construyó, sino lo que la sobrevivió. La narrativa comercial que impuso el turismo mundial a Cuba, cuando Fidel dejó que los turistas extranjeros se asomaran a la isla, no fue la de un país en pleno goce de su atormentada normalidad, sino la de un parque temático de los 50, no la patria de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, de Tomás Gutiérrez Alea y Fernando Pérez, de Reina María Rodríguez y Ángel Escobar, no el país absurdo de la libreta de abastecimiento, los cubos de agua, la cocina de luz brillante y Villa Marista, sino el set de la segunda parte de El Padrino.

La Revolución, en esa narrativa, era necesariamente una aberración, la brusca interrupción de la sociedad y la cultura de la República, un oscuro capítulo jacobino, Ernesto Guevara nuestro Saint-Just, Fidel nuestro Robespierre, entre el gentil pasado republicano y la inevitable restauración capitalista. Si en China, otro reducto comunista abierto al turismo mundial, los visitantes son dirigidos a admirar tanto los monumentos clásicos como la exuberante modernidad de Beijing, Shanghai o Chongqing, en Cuba no hay casi nada moderno que admirar, la Cabaña, el Capitolio, el Habana Libre y el Focsa son todavía los edificios más notables de La Habana, y fuera de La Habana, quizás solo se puedan contar el Morro de Santiago y la carretera de La Farola en Guantánamo, el primero construido en el siglo XVII, la segunda, terminada en 1964, cuando todavía no había sido siquiera creado Granma para celebrar los triunfos de la ingeniería nacional.

Pero la resurrección republicana no puede ser achacada solo a extranjeros. En la República, en lo que recuerdan o imaginan que la República fue, se refugian muchos cubanos avergonzados de la miseria, la suciedad y el caos de la post revolución. El Capitolio, un metro más alto, un metro más largo, un metro más ancho que el de Washington, da al menos algo que mirar a los habitantes de las inmundas cuarterías que lo rodean, que no tendrán agua, o leche, o paracetamol, pero tienen la misma vista que los huéspedes del hotel Saratoga. En Sindo Garay y María Teresa Vera, en Benny Moré y Ernesto Lecuona, hay un antídoto contra los brutales reguetones, para aquellos que piensen que una canción como El palón divino y sus secuelas Mi palón divino 2, Palón divino 3 y El palón intencional anuncian el fin de los tiempos, son los himnos del Armagedón.

En el P-11, yendo de Alamar al Vedado todos los días, un pasajero que no esté completamente atontado por su infortunio, quizás se distrae admirando la ciudad por debajo del sobaco encendido de otro pasajero, como la vería un turista, el Morro, el Túnel de la Bahía, el Prado, el Parque de la Fraternidad, la Iglesia de Reina, la Avenida de Carlos III, el Monumento a José Miguel Gómez, la Avenida de los Presidentes, y quizás le parezca menos humillante, una desgracia no tan grande, ser cubano. No sería lo mismo para el pasajero del P-6, subiendo por Belascoaín hacia Cuatro Caminos, y de ahí a La Víbora, Dante tropical cruzando círculos concéntricos de miseria, cada uno más aterrador.

Jóvenes historiadores revisan la Constitución de 1940 en busca de pruebas de que Cuba no es un caso perdido, de que es posible dar al país democracia, justicia, prosperidad, y no solo órdenes. En la columna de Ciro Bianchi los lectores de Juventud Rebelde reciben noticias de un país que, aunque fuera crónicamente violento y desigual, era al menos sumamente entretenido, pasaban infinidad de cosas, había escándalos de sexo y de dinero, políticos venales que subían al poder y caían estrepitosamente, millonarios que construían mansiones y bandidos que las saqueaban, estudiantes revoltosos y sindicatos revolucionarios, poetas que morían de amor y mujeres y hombres que merecían que un poeta muriera de amor por ellos, no como en esta Cuba mustia, fatalmente aburrida de 2018, en la que no pasa nada nada nada nada.

Cada domingo, en la columna de Bianchi aparece el retrato de una sociedad dinámica, plural, creativa, fértil, cuya obra más grande, la más ambiciosa, la más avanzada, no fue un mero túnel por debajo del mar, ni un puente, ni un capitolio, ni una universidad, ni una novela, fue la revolución misma, aunque después de hacerla, se le echara a perder, se convirtiera en algo en que nadie, ni siquiera Fidel, quiso que se convirtiera.

La nostalgia por la República, por sus símbolos, por sus modos, es, profundamente reaccionaria, en lo estético, en lo ideológico. Se puede llegar a olvidar que la Revolución no fue un accidente, aunque no fuera inevitable, que los cincuenta y siete años de la República, sus crímenes, sus injusticias, la incompletitud y fracaso de su proyecto nacional, explican no solo el 1 de enero de 1959, sino todo lo que vino después, incluyendo este agónico momento en que Cuba, no sabiendo a dónde mirar, y no viendo nada delante, tiene la tentación, poderosa, de mirar al pasado. La nostalgia por la sociedad prerrevolucionaria impide encontrar la ruta de Cuba en nuevos movimientos e ideas, en los más radicales y sorprendentes, en lo político y en lo estético.

El mismo Lezama, si estuviera vivo, no sería lezamiano, y Virgilio les entraría a zapatazos, con el tacón de Flora, a todos los que escriben ponencia tras ponencia sobre él. Celia Cruz, de esta Cuba de hoy, se habría ido también. No es probable que cantara El palón divino con Chocolate, pero seguro que habría cantado con Gente de Zona y hasta con el Chacal. Mella y Guiteras estarían organizando una revolución, no yendo a reuniones. Ninguno de ellos tendría tiempo para la nostalgia, esa enfermedad, esa parálisis de la ambición.

La República que hay que añorar no fue la que hace sesenta años fue abandonada a su suerte, después de haberla esquilmado y desangrado, por Fulgencio Batista. La que hay que añorar es la República dura, peligrosa, fea, inevitablemente pobre, pero libre, y quizás no tan injusta, que podría salir, si los cubanos todavía tienen un poco de suerte, de esta prolongada pausa en la historia de la isla. El Capitolio siempre estará ahí, para que los turistas le tiren fotos, que de eso van a vivir los cubanos, no tienen de qué más. Pero a la República hay que enterrarla para siempre, con Fidel, ese sería un buen castigo para los dos.

Juan Orlando Pérez
El Estornudo, 12 de diciembre de 2018.
Foto: Tomada de El Capitolio Nacional y las futuras generaciones.

lunes, 7 de enero de 2019

Sanatorio Antituberculoso de Topes de Collantes



La iniciativa para la construcción del Sanatorio Antituberculoso de Topes de Collantes provino del entonces Jefe del Ejército, coronel Fulgencio Batista. La primera piedra del Sanatorio se colocó el 15 de junio de 1937.

Durante las presidencias del propio Batista (1940-1944), de Grau San Martín (1944-1948) y de Carlos Prío Socarrás (1948-1952) se desarrolló muy poco el proyecto, hasta que Batista, reinstalado en el poder tras el golpe de Estado de 1952, ordenó su reanudación y terminación.

Inicialmente, la construcción fue dirigida por el arquitecto Cristóbal Díaz González y en 1954 se reanudaron las obras constructivas con los arquitectos José Pérez Benito y Rafael Castiz. El Sanatorio se edificó a una altura de 850 metros, sobre una superficie de 32 mil metros cuadrados, con once plantas y para llegar hasta la entrada era necesario transitar por una empinada carretera de 23 kilómetros de largo.

Para la construcción del Sanatorio se emplearon unos seis millones de ladrillos. Su estructura era de acero y se utilizaron 2,860 toneladas de vigas, 4.760 toneladas de cemento, 542 toneladas de cabilla, 23 600 metros cúbicos de piedra y 40,000 metros cúbicos de arena. La inauguración tuvo lugar el 11 de noviembre de 1954 y su nombre oficial era Sanatorio General Batista.



Contaba con la más avanzada tecnología médica de la época y tenía una sala-teatro con capacidad para 400 espectadores, una biblioteca y una sala de estudios. En la planta baja se encontraban la dirección y la administración, así como la cocina, frigorífico y otros servicios. En el sótano quedaban los almacenes, la lavandería y la casa de calderas.

Se habilitó para atender a mil pacientes. Desde su apertura a fines de 1954 hasta el 30 de junio de 1958, ingresaron allí 1,930 enfermos, de los cuales 1,285 fueron dados de alta por haberse curado, 30 fallecieron y 615 se encontraban hospitalizados. También brindaba asistencia médica a los vecinos de la comarca, a quienes se les prestaron 454,953 servicios, de ellos 13,785 de emergencia.



Al finalizar 1958, se había terminado la residencia del director y construido veinte viviendas destinadas a los médicos y dos edificios multifamiliares (uno para el alojamiento de enfermeras y empleadas, y otro para el personal masculino), como parte de la proyectada Ciudad Collantes, que sería dependiente de la Jurisdicción Autónoma de Topes de Collantes (creada por la Ley 1008 de 6 de agosto de 1953). En el sexenio1952-58, además del Sanatorio fueron concluidas obras como la Península de Ancón, el acueducto, el Hospital Civil de Trinidad, la Unidad Médica del Puerto de Casilda y la Colonia Antituberculosa Luis Ortega Bolaños en la provincia de La Habana.



Cuando en 1959 los revolucionarios liderados por Fidel Castro toman el poder, los edificios del Sanatorio se utilizaron, primero, para alojar y proceder a su adoctrinamiento político, de contingentes de maestros Anton Makarenko y después para hospitalizar a personajes del régimen aquejados de trastornos respiratorios como el Che Guevara en 1965. Con el paso del tiempo, el antiguo Sanatorio Antituberculoso han terminado formando parte del Parque Nacional Topes de Collantes, dedicado a la explotación del llamado Turismo de Salud para turistas extranjeros que pagan su estancia en divisas, necesarias para la debilitada economía cubana.

Texto y fotos tomados de Todo Cuba.org.

jueves, 3 de enero de 2019

Como los muertos, "Revolución"


En Cuba, “Revolución” es una palabra que, como “Dios” o “matrimonio”, ya no significa realmente nada, y cada quien usa para referirse a cosas distintas. Solemnemente, en el teatro Karl Marx, “Revolución”. Con la mirada perdida en el futuro, “Revolución”. Con la mirada perdida en el pasado, “Revolución”. Con roña, “Revolución”. Con lágrimas en los ojos, “Revolución”. Como Silvio Rodríguez, “Revolución”. Como los campeones olímpicos, “Revolución”. Con la voz como una pared pintarrajeada, “Revolución”. Como José Daniel Ferrer, “Revolución”. Con hambre, “Revolución”. Con hastío, “Revolución”. Como un copo de nieve, “Revolución”. Apunten, disparen, ¡fuego!, “Revolución”. Dame la R, “Revolución”. Todos, a coro, “Revolución”.

Desde un punto de vista puramente académico, “Revolución”. Con ásperas dudas, “Revolución”. El pollo de dieta, “Revolución”. A propósito de Virgilio Piñera, “Revolución”. De pinga, “Revolución”. Ni pinga, “Revolución”. En Londres, “Revolución”. En una balsa en el mar, “Revolución”. En la Plaza de la Revolución, “Revolution”. En zigzag, “Re-vo-lu-ción”. Bajito, para que los vecinos no lo oigan, “Revolución”. Un tiro en la sien, “Revolución”. “A la Revolución y al socialismo debemos todo lo que somos”, con un guiño en los ojos. Lezamianamente, “las cenizas que retornan”. En el matutino, “Revolución”. Como los locos, “Revolución”.

Fidel insistió en llamar “Revolución” al sistema político que creó en Cuba después de 1959. “Revolución” significaba la guerrilla de la Sierra Maestra, Abel y Frank, el Partido Comunista, Girón, la Casa de las Américas, las ESBEC (Escuelas Secundarias Básicas en el Campo) y los IPUEC (Institutos Preuniversitarios en el Campo), la zafra azucarera, la amistad indestructible entre Cuba y la Unión Soviética, Cuito Cuanavale, la Asamblea Nacional, Silvio y Pablo en la escalinata de la Universidad, Juantorena con el corazón, Alicia Alonso en Giselle y, sobre todo, Fidel mismo.

La “Revolución” fue el reino que Fidel creó para sí en lugar del paisito ridículo que le había tocado, una isla deleznable, una paupérrima roca en el Caribe en la que él apenas podía ponerse de pie, tan chiquita le quedaba. La “Revolución”, en cambio, era más grande que Estados Unidos, más grande que Rusia, más grande que el Imperio Británico de la Reina Victoria, un millón de veces más grande que Cuba, la “Revolución” era un territorio simbólico tan vasto como la reputación y el poder del propio Fidel, el Gilgamesh de La Plata, el Alejandro del Jigüe, el Cid Campeador de la Segunda Batalla de Santo Domingo, el Lancelot del Central Australia. “Revolución” terminó siendo intercambiable con “Fidel”, cuando los cubanos decían “Fidel”, querían decir la “Revolución”, y viceversa, la “Revolución” era munificente y daba a los cubanos escuelas y hospitales, la “Revolución” era severa y perseguía y castigaba ejemplarmente a quienes querían destruirla, la “Revolución” era sabia y evitaba las trampas tendidas por el enemigo, la “Revolución” ocasionalmente cometía errores pero sabía rectificarlos, la “Revolución” era solidaria y ofrecía la carne y la sangre de Cuba a los revolucionarios de todo el mundo, la “Revolución” podía sufrir momentáneos reveses pero los convertía, gloriosamente, en victorias. En lugar de “Cuba”, o de “República”, “Revolución”.

Con tal de no ser asociado con esa horrible palabra, “República”, para que los locutores del Noticiero de Televisión nunca dijeran “República” después de su nombre, Fidel se tomó el trabajo de escribir toda una Constitución, creó nuevos títulos de poder y no cambió el nombre oficial del país porque, quién sabe, quizás alguien le dijo que “Revolución Cubana” no podía ser el nombre oficial de Cuba, se vería mal en los tratados internacionales, se iban a reír de él en Nueva York y en Ginebra. Formalmente, la “República de Cuba” siguió existiendo, pero Fidel dejó claro que de república no tenía nada.

La insistencia en el uso de “Revolución” era un truco retórico, indicaba la excepcionalidad cubana, la diferencia entre la isla y sus corruptos enemigos capitalistas, por una parte, y por la otra, sus lúgubres aliados socialistas, que insistían en llamarse a sí mismos repúblicas populares y democráticas como si lo fueran de verdad. A la vez, la palabreja “Revolución”, repetida ad infinitum, justificaba la debilidad institucional de Cuba, el borroso trazado de su gobierno, su parlamento y su judicatura, señalaba la concentración del poder en la entrepierna de Fidel, el templo supremo de la “Revolución”, su Partenón, su Vaticano.

Cada vez que un cubano se refería a la “Revolución” en vez de a la “República” o al gobierno del país, o, simplemente, a “Cuba”, en cualquiera de las contradictorias acepciones de ese nombre, se despojaba de su calidad de ciudadano y se convertía en soldado, en un guerrillero del Primer Frente Oriental “José Martí”, o del Segundo, “Frank País”, bajo las órdenes directas del Comandante en Jefe o de su hermano, con la misma obligación de hacer sin chistar lo que le mandaran a hacer, y como único, inalienable derecho, el de enfrentar la muerte en el paredón de fusilamiento sin una venda en los ojos. La anáfora “Revolución, blah, Revolución, blah, Revolución, blah” era la asmática respiración de un país en estado de permanente, infinita emergencia, la aceptación de la normalidad de la pobreza y la represión, su insolente continuidad.

Vivir eternamente en “Revolución” no solo justificaba las privaciones y sufrimientos de los cubanos, presentándolas como inevitables, sino que las glorificaba, el hambre, el hacinamiento y la infelicidad eran útiles y honrosos, una prueba crucial para comprobar la fortaleza del supuesto “espíritu de sacrificio” de los “revolucionarios”, ya fueran estos sinceros, o solo en apariencias. Por supuesto, todos los que osaran llamar a la “Revolución” por otro nombre, por ejemplo, “Dictadura”, o siquiera sugirieran que en el fondo de la “Revolución” debía haber algo, aunque fuera un poco, de “República”, eran automáticamente adscritos a la “Contrarrevolución”, otra palabra mágica que también llegó a significar en Cuba tantas cosas, la CIA, Miami, Kennedy, los bandidos del Escambray, la quema de cañaverales, los grupúsculos, Virgilio Piñera, Celia Cruz, la guerra bacteriológica, Salvador el de Para Bailar, el Duque Hernández, que la gente terminó por no saber exactamente a qué se refería, como “invierno”, o “trabajar”.

Por supuesto, hubo una magnífica, frondosa Revolución Cubana, verde como las palmas, aunque quizás no tan verde y no tan alta, y también, inevitablemente, porque no hay revolución que no la tenga, una contrarrevolución, pero ambas terminaron hace tanto tiempo que ahora parece que tuvieron lugar en la misma época que la rebelión de Hatuey y la toma de La Habana por los ingleses. La Revolución Cubana se saldó con la doble victoria de Fidel Castro y sus seguidores sobre el ejército de Fulgencio Batista, primero, y después sobre un tenaz movimiento contrarrevolucionario apoyado por Estados Unidos. Pero ya a mediados de los sesenta la energía transformativa de la Revolución Cubana se había extinguido, se había completado un cambio fundamental de la política, la economía y la vida social cubanas, y la contrarrevolución había sido ampliamente derrotada, a esas alturas un cañaveral quemado o una bomba en un avión no iban a hacer a Fidel siquiera parpadear.

Quizás el fin de la Revolución Cubana pueda ser marcado en octubre de 1962, cuando Kennedy le prometió a Jrushchov no invadir Cuba a cambio de evitar una guerra nuclear, algo que ofendió terriblemente a Fidel, estrepitosamente ninguneado por las dos potencias, tratado no como un Alejandro o un Napoleón sino como un guajiro ignorante y terco, pero que fue lo mejor que le pasó jamás, porque le permitió acomodarse en el poder con la aparente garantía, jamás dada antes al gobernante de un país tan insignificante como Cuba, de que cualquier intento norteamericano de deshacerse de él iba a conducir a la extinción irremediable de toda la humanidad.

O tal vez sea más correcto poner el fin de la Revolución Cubana en la amarga reunión de Fidel y Ernesto Guevara en marzo de 1965, pocos días después del furioso discurso del Ché en Argel criticando a la Unión Soviética y denunciándola como imperialista. De aquella reunión salió el Ché trasquilado, y sin sitio en Cuba, dejándosela entera a Fidel, aunque su sitio en la “Revolución”, Caballero Bayardo, Ché Comandante, amigo, fusil contra fusil, fuera celosamente conservado, e incluso convertido en el santuario de la única otra religión aceptada además del culto de Fidel, el franciscano, cursi guevarismo de los adolescentes y de la Nueva Trova.

Quizás la Revolución no murió en esa rabiosa mejorana entre Fidel y el Ché, sino unos meses más tarde, en octubre, cuando los restos de los antiguos grupos revolucionarios completaron su unificación en el Partido Comunista de Cuba, de estilo estrictamente soviético, tanto, que los discursos de aquel congreso fundacional no fueron pronunciados en ruso solo porque todavía no había demasiados cubanos que conocieran el idioma de Leonid Brezhnev, las clases de ruso en televisión comenzarían después. Si algún acontecimiento prueba sobradamente el agotamiento de la energía creativa y la originalidad de la Revolución Cubana y su disolución en el miasma del socialismo real, es la creación del Partido único, que fue una doble catástrofe, porque con el Partido también fue creado su periódico, Granma, diario del reino mitológico de la “Revolución” y no de Cuba, lo que explica la glacial diferencia entre los contenidos de ese periódico y la verdad.

Al mes siguiente, noviembre, en una reunión entre Fidel y varios jefes militares, fue propuesta la idea de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), puesto que si Cuba iba a ser soviética, bien podía tener su propio Archipiélago Gulag. Ese podría ser escogido como el fin de la Revolución, el momento en que Fidel dio su consentimiento a la propuesta de encerrar en campos de trabajo a ciudadanos cubanos que no habían cometido ningún delito.

Pero quizás la Revolución Cubana no concluyó firmemente en 1962 ni en el devastador 1965, sino en la noche del 23 de agosto de 1968, de la que se cumplieron cincuenta años. Esa noche, Fidel apareció en televisión y justificó la invasión de Checoslovaquia por los ejércitos del Pacto de Varsovia, que había comenzado dos días antes. Fue aquel quizás el más difícil discurso que Fidel jamás pronunciara, el más arriesgado ejercicio retórico que intentaría en una larga carrera rica en giros y piruetas ideológicos, la abyecta aceptación del derecho de la Unión Soviética a impedir la independencia de uno de sus satélites, violando, descaradamente, el derecho internacional. Casi confundiendo a su audiencia, y al Embajador soviético, Fidel admitió que la invasión había sido ilegal. “Visos de legalidad no tiene, francamente, absolutamente, ninguno”, dijo.

Pero aquella admisión era solo el preámbulo del crimen político que Fidel iba a cometer en un instante, no contra Checoslovaquia, sino contra Cuba y la Revolución. “Lo esencial que se acepta o no se acepta”, dijo sin que le temblara la voz, “es si el campo socialista podía permitir o no el desarrollo de una situación política que condujera al desgajamiento de un país socialista y su caída en brazos del imperialismo”. Casi sin respirar, siguió: “Nuestro punto de vista es que no es permisible y que el campo socialista tiene derecho a impedirlo de una forma o de otra”. Esas palabras pusieron fin a la Revolución Cubana, lo que quedaba de ella murió mientras Fidel denunciaba a los líderes de la Primavera de Praga y daba la absolución de Cuba a los invasores. Mirando a su país a través de las cámaras, Fidel canceló formalmente la soberanía de Cuba y aceptó explícitamente el derecho de la Unión Soviética a invadir la isla si alguna vez hubiera peligro de que una Primavera de La Habana fuera aprovechada por “el imperialismo” para destruir la “Revolución”. Por toda su bravuconería, desplegada exuberantemente en aquel largo discurso, Fidel, esa infausta noche de agosto de 1968, lució más pequeño que nunca, no más un Gilgamesh, sino solo un tiranuelo tropical.

Fidel lleva dos años muerto, y por hábito, por pereza, por ignorancia, por agria terquedad, o por oportunismo, muchos cubanos siguen hablando de la “Revolución” como si todavía fuera 1968. En el reciente congreso de la Unión de Periodistas de Cuba, un delegado condenó, histéricamente, a quienes escriben para “publicaciones alineadas con la subversión contra Cuba” creyendo “que van a tumbar la Revolución con una gacetilla de cinco párrafos”. En la Asamblea Nacional, en el debate del anteproyecto de Constitución, una diputada defendió la introducción del matrimonio homosexual, porque, dijo, muy en serio, como si Cuba hubiera sido gobernada durante sesenta años por Virgilio Piñera y no por Fidel Castro, que “estaría acorde con la ética de la Revolución… en correspondencia con el concepto de Revolución”. Cinco iglesias protestantes declararon su oposición al matrimonio homosexual arguyendo que no tiene relación con la cultura cubana, “ni con los líderes históricos de la Revolución”.

Entrevistada por Juventud Rebelde, una jovencita dijo “estar segura” de que la discusión pública de los cambios constitucionales “constituirá una pauta, no solo con relación a la dirección del país, sino con la continuidad histórica de la Revolución”. Granma, por su lado, dijo que la discusión del proyecto de Constitución en algunos círculos de emigrados cubanos en Estados Unidos y Europa será un “proceso inédito en la historia de la Revolución”, aunque no ha sido confirmada la participación en esos debates del Duque Hernández ni la de Salvador el de Para Bailar. El boxeador Lázaro Álvarez, campeón de los pesos ligeros en los Juegos Centroamericanos de Barranquilla, dedicó su triunfo al “pueblo cubano y a la Revolución”. Desafortunadamente, Cuba terminó segunda en el medallero de los Juegos, muy atrás de México, a pesar del esfuerzo de Álvarez y sus compañeros.

Las palabras pierden su significado, se mueren, cuando no tienen nada específico a qué referirse, cuando son usadas, recurrentemente, sin exactitud, con negligencia, como, en Cuba, “transporte”, o “periodismo”. Pero pueden recuperar su referencia súbitamente, de un golpe pueden volver a significar, férreamente, lo que significaban antes. Como José Martí, “Revolución”. Que te raspe la garganta, “Revolución”. En serio, “Revolución”.

Juan Orlando Pérez
El Estornudo, 29 de agosto de 2018.

lunes, 24 de diciembre de 2018

Frituras de malanga



Con esta receta cubana, Iván García, Tania Quintero y Marco A. Pérez, los realizadores del blog, queremos desearle a nuestros lectores unos felices días de Navidad y un esperanzador año 2019.

Ingredientes

3 malangas medianas
2 huevos
2 cucharadas de cebollino fresco finamente picado
5 dientes de ajo
Sal y pimienta a gusto
Aceite de girasol

Modo de preparación

Lave con un cepillo las malangas y despues de secarlas con un paño, pélelas cuidadosamente (tienden a resbalar a medida que se va retirando la cáscara). Ya peladas, ralle las malangas con un guayo o rallador fino. El resultado será una pasta muy blanca. Pele los dientes de ajo, retire el nervio central, póngalos en un mortero con una pizca de sal y macháquelos bien. Incorpore el ajo machacado al recipiente con la pasta de malanga, que debe ser hondo para poder mezclar bien todos los ingredientes. Aparte, bata los huevos y viértalos en el recipiente con la malanga y el ajo. Añádale el cebollino picadito, agreguéle sal y pimienta a gusto y mezcle todo bien. Con una cuchara vaya cogiendo de la masa y échelas a freír en el aceite caliente. A medida que vaya sacando las frituras, las va poniendo sobre papel de cocina para que absorban la grasa. Después las coloca en una fuente.

Si las frituras de malanga se prefieren como postre, échele solo huevos y sal. Se comen con almíbar, melao de caña o miel de abejas. La malanga puede ser sustiuida por el ñame. En Costa Rica también comen frituras de malanga y en República Dominicana a la malanga le dicen yautía y con ella preparan tortitas rellenas con queso.