jueves, 22 de junio de 2017

Atrapados por el rigor castrense de las escuelas militares



De día viste uniforme verde olivo e imparte clases en una escuela de cadetes. De noche se maquilla con colores subidos, se pone un vestido ceñido, tacones de puntera afilada y gafas onda retro.

Llamémosla Yamila. Tiene 21 años, es alumna de una escuela militar y en su tiempo libre acude con un grupo de amigas a beber unas copas y bailar al compás de Shakira o Maluma en un bar privado al oeste de La Habana.

Su deseo es ligar un novio extranjero, casarse y largarse de Cuba. “Desde mi adolescencia he estado becada en escuelas militares. Ya en el preuniversitario, como muchas de mis amigas, queríamos dejar la vida militar. Pero no es tan fácil. Cuando estudias una carrera en la enseñanza castrense, si quieres renunciar, debes esperar dos años para poder ingresar en una universidad de educación superior”, comenta Yamila.

Por falta de profesores, Yamila debe impartir clases en una escuela de cadetes. “Las privaciones son muchas. Existe un mandato en las instituciones militares en Cuba, el Ordeno del Comandante, que nos impide comunicarnos con parientes que viven en el exterior, tener amistad con personas desafectas al gobierno, leer prensa extranjera o libros considerados 'contrarrevolucionarios' y, por supuesto, tener novios extranjeros. La contrainteligencia militar nos tiene montado un gardeo tremendo. Cualquier violación se paga con una sanción de reclusión o un juicio en un tribunal militar”.

Aunque la casta verde olivo en la Isla goza de no pocos privilegios, como villas de descanso, venta de alimentos, ropa y calzado a precios subsidiados, posibilidad de tener un apartamento o comprar un auto, la oficialidad de mediano y bajo rango no suelen ser beneficiada.

“Nos dan una cuota de cigarros con peste a viejo, algunos productos de aseo y unas libras de viandas, pollo y arroz. A cambio de lealtad absoluta al Partido, Fidel, Raúl y los jefes”, apunta un sargento.

Las instituciones militares tienen una enérgica presencia en la vida nacional. En la vieja mentalidad caudillista de los hermanos Castro, Cuba es un archipiélago amenazado por el ‘imperialismo yanqui’, que espera la más mínima debilidad para agredirnos.

A tono con esa concepción, la autocracia isleña ha diseñado una formidable estructura militar imbricada en todos los reglones económicos que aportan moneda dura. Ya sea administrar hoteles, empresas de punta o las telecomunicaciones.

Los cañones anacrónicos y herrumbrosos tanques T-62 de la etapa soviética descansan en refugios soterrados y en un futuro próximo pudieran exportarse como chatarras.

En los años que Fidel Castro tenía un cheque en blanco cedido por el Kremlin, el ejercito tenía más de un millón de hombres en armas, tres mil tanques de guerra y una flota de casi trescientos aviones de combate. Era el más grande de América Latina. Por vez primera en la historia de Cuba, sus fuerzas armadas participaron en guerras en el extranjero. Y en 1962, con la anuencia de Fidel Castro, llegó a emplazar cohetes atómicos cedidos por Nikita Kruschov.

Luego que el comunismo ruso dijera adiós, el atraso productivo y económico local fue el catalizador para una reducción importante en las fuerzas armadas.

Ahora mismo, el ejército de tierra, mar y aire cuenta con alrededor de 170 mil miembros y una reserva de dos millones de hombres. Todavía demasiado grande para un país pobre que no juega ningún rol en la órbita del liderazgo mundial.

El futuro de Cuba es el turismo, y si se invierte, el conocimiento humano y saber capitalizar las inversiones foráneas. Como Costa Rica, no necesitaría ejercito y desde ahora debieran derogar el Servicio Militar Activo.

Esa carga onerosa lastra el crecimiento económico en una sociedad envejecida. La respuesta de las autoridades a un ejército sin contenido de trabajo fue reconvertirlo como protagonista y albacea de la economía nacional.

Actualmente, los militares controlan el 80% de la economía y el holding GAESA igual administra la elaboración de carbón de marabú, 30 mil habitaciones de hoteles que el Puerto del Mariel, a 40 kilómetros de La Habana.

“Pensando en ese futuro, es que las FAR no quieren que los estudiantes de carreras militares la abandonen. Para la alta oficialidad, nosotros somos el relevo para fiscalizar y gestionar las empresas rentables en el país. Pero para llegar hasta ahí, hay que soportar desmanes y cumplir normas anacrónicas”, cuenta Yamila, quien ve su futuro lejos de Cuba.

El régimen cubano es un como un dragón de dos cabezas y un escudo.

Una cabeza, la pensante, de líderes históricos que gobiernan a perpetuidad y que en un futuro se rotarán en estrambóticas elecciones con la participación de candidatos de un solo partido.

La otra cabeza es la Seguridad del Estado, que fiscaliza, reprime y sanciona el pensamiento liberal y a la disidencia que apuesta por un capitalismo moderno y democrático.

El escudo lo conforman unas fuerzas armadas que como teatro de operaciones tiene la administración de los negocios de la junta militar. Un capitalismo de Estado en toda regla. Como el Vaticano. Pero sin Papa.

Iván García
Foto: Estudiantes de escuelas militares durante un desfile por la Plaza de la Revolución. Tomada Gentleman's Military Interest Club.

lunes, 19 de junio de 2017

Jineteras especializadas



El sol transforma en un horno los adoquines del desolado parque de las palomas, contiguo a la Lonja del Comercio. Algunos turistas caminan por los tenderetes privados de La Habana antigua que venden maracas, tumbadoras o los mismos lienzos de siempre con viejos autos estadounidenses pintados en colores brillantes y la Catedral de fondo.

Pero Yanisbel (los nombres han sido cambiados) escudriñaba desde su mesa en un café al aire libre a un grupo de gringos maduros que bebían un mojito tras otro, como si fuera limonada.

A menos de cien metros, reposaba el crucero Adonia y sus pasajeros, desperdigados por la ciudad, con guías turísticos recorrían mercados cercanos para comprar habanos y ron añejo, otros se hacían fotos.

Pero estos norteamericanos optaron por un maratón alcohólico. Yanisbel y su amiga, en apariencia de manera casual, se llegaron a la mesa con el viejo truco de pedirles una fosforera para encender sus cigarrillos mentolados.

Un vestido ceñido con escote atrevido, un perfume anestesiante y una gestualidad corporal -y universal- de hembra en plan de fiesta, siempre causa el efecto deseado en un grupo de hombres después de haberse bajado media de docena de mojitos bien cargados de ron.

“De diez veces, nueve damos en el blanco. Esa jugada no falla. Los tipos comenzaron a flirtear, y cuando vieron que hablábamos inglés, entraron en confianza. Tres horas después estábamos bailando salsa. Por la noche nos invitaron a Tropicana y matamos la jugada en un apartamento de alquiler en el Vedado. A mi amiga y a mí nos pagaron 200 dólares. Hicimos casi de todo”, cuenta Yanisbel con una sonrisa pícara.

El reciente flujo de visitantes y turistas procedentes de Estados Unidos, ha provocado nuevas estrategias en la fauna marginal que vive de la prostitución y de negocios por la izquierda.

Los yanquis tienen fama de ser espléndidos. “Ni los españoles ni los mexicanos pagan más de 50 dólares por una noche. A no ser que se reprendan con una chica o chico”, comenta Yusnier, que es pinguero, como en la Isla le dicen a quienes se dedican a la prostitución masculina.

Supuestamente, los estadounidenses que viajan a Cuba deben enrolarse en alguna de las doces categorías autorizadas por el gobierno de Barack Obama bajo el acápite de 'contactos pueblo a pueblo'. Pero esas normas son letra muerta.

“Le llaman las doce mentiras. Cualquiera en Estados Unidos propone un proyecto de viaje y saca el boleto rumbo a La Habana. No se puede hacer turismo, pero ¿quién va venir a Cuba y no visitar Varadero o tener sexo con una cubana joven y bonita? Es el mejor contacto pueblo a pueblo que puede existir, porque además le ayuda a aliviar su precaria situación económica”, expresa un turista estadounidense que viajó en el crucero Adonia el lunes pasado.

Es raro encontrar una jinetera cubana que al menos no sepa un par de oraciones en inglés. “De las películas pornográficas aprendí a decir Oh, my God, y otras expresiones cuando estoy haciendo sexo con un yuma. Cuando la arribazón de yanquis comience de verdad, las jineteras que no hablen inglés se morirán de hambre o tendrán que buscar el dinero con clientes del mercado nacional”, expresa Noemí, una trigueña que asegura haber gastado el equivalente a 350 dólares en colocarse implantes en caderas, nalgas y senos.

Camila alterna sus estudios de bachillerato con la prostitución ocasional, y cree que al estadounidense promedio le gusta la mujer con cuerpo natural. “Da igual si son negras, mulatas o blancas, pero que al menos tengan una conversación inteligente. Ahora hay que cultivarse más. No todos los yumas ni los europeos vienen en busca de sexo. Muchos desean conocer detalles de esa cosa rara que se llama Cuba”, subraya.

Yesenia cuenta su estrategia para cazar turistas de billeteras macizas, fundamentalmente cubanoamericanos. Su meta final es emigrar a Estados Unidos. “Quiero empezar haciendo Pole Dance en una discoteca en Miami Beach e ir guardando dinero para abrir un gimnasio o una peluquería”, confiesa.

Antes, Yesenia debe ir en busca de clientes. “Suelo ir a bares de renombre como el Floridita o Sloppy Joe's y a paladares caras, a ver si pesco un yuma. De mi bolsillo me he pagado dos noches en un hotel 'todo incluido' de Varadero o Cayo Coco. Es una inversión rentable. Cuando regreso a mi casa, vengo con 500 o 600 pesos convertibles”.

Luisa, una morena que alguna vez fue jugadora de baloncesto juvenil, considera que una buena conversación, ser agradable y educada es la mejor carta de presentación. “No es aconsejable vestirse como una prostituta ni con ropa del Dolarazo de Miami. Mi meta es enganchar a un tipo que me saque de esta mierda de país. Si me puedo ir casada, mucho mejor”.

Jineteras cubanas de cualquier categoría, ya sean putas baratas, de clase media o 'grandes ligas', se diferencian de sus homólogas en América Latina porque más que sexo, buscan una visa. A cualquier sitio. Preferentemente a USA.

Iván García
Foto: Tomada de El Cubano Intransigente.

jueves, 15 de junio de 2017

Las mafias que heredará la Cuba del futuro



Cuando llega el momento de contar y repartir el dinero siempre buscan a Gerardo (los nombres han sido cambiados), un tipo ocurrente que bebe ron como un cosaco.

En una oficina estrecha y climatizada, encima de un buró de cedro, se apilan decenas de paquetes con billetes, de acuerdo su denominación. A la derecha, el devaluado peso nacional. A la izquierda, el peso convertible.

El administrador, su segundo o Gerardo, el jefe de almacén, son los únicos autorizados para distribuir el dinero. Gerardo cuenta con la agilidad de un tahúr profesional. “No me gusta usar la máquina de contar billetes. Prefiero hacerlo manualmente, a la vieja usanza. El administrador se lleva un 20 por ciento más. El segundo administrador y yo, a partes iguales. El resto es para repartir entre el jefe de la empresa, el director de gastronomía municipal, el tipo que está al frente de la inspección y un fondo que tenemos en caso de reparaciones”.

En todos los centros nocturnos, cafeterías y restaurantes estatales es más o menos igual el procedimiento. “Los que venden menos, ganan menos y para arriba reparten menos cantidad. Lo que ganan más reparten más. Ha sido así toda la vida. Da igual que sea una unidad gastronómica o un cabaret y que la empresa pertenezca a Recreatur o Palmares. En Cuba, todas las empresas de Comercio Interior, CUPET, turismo o gastronomía lucran con el dinero del Estado. Y cuando digo todas, son todas. El administrador de un centro que sea honesto, los propios directivos, en combinación con los empleados, lo explotan (hacen que dimita)”, explica Gerardo.

En la Isla existen diferentes organizaciones dentro del sector de servicios y almacenes los abastecen y ganan dinero en abundancia. Las estructuras son un calco de los grupos mafiosos.

“Siguen diferentes protocolos. Hay gerentes que reparten menos entre sus trabajadores. Pero quien administra un centro de servicio del Estado, sabe que debe garantizarles el dinero a sus superiores. De lo contrario, las inspecciones y auditorías las tienen encima a toda hora. Si caes preso y no has chivateado a nadie, los directivos de la empresa te mantienen a la familia, te pagan buenos abogados y cuando sales de libertad te reintegran la negocio por la izquierda. Si se te ha ido la lengua, te entierran en vida. A los tipos molestos se los quitan de encima pagándole a un delincuente para que le propinen una golpiza”, apunta un ex directivo de turismo.

El ex directivo señala que “alrededor de los negocios que mueven comida, bebidas y divisas, siempre hay una legión de aprovechados, ya sean funcionarios del Partido municipal o provincial, altos oficiales del G-2 o la policía, a los cuales se les regalan cosas y nunca pagan cuando van a cenar o hospedarse. Llegado el caso, te sirven de instrumento”.

Para un sociólogo, las instituciones cubanas de servicios, son el embrión perfecto de futuras organizaciones criminales dentro del país. “Como ocurrió en Rusia y otras naciones ex comunistas, que no supieron hacer una limpieza a fondo con los antiguos funcionarios del régimen. Si en Cuba no barremos con esos vicios, con el dinero ganado y su red de corrupción, los clanes mafiosos controlarán futuros negocios y comprarán tribunales y hasta la misma policía. Si se apuesta por una democracia disfrazada y no verdadera, eso es lo que pasará”.

Charly, comprador en una empresa, considera que la “corrupción, distorsiones y complicidades dentro del aparato estatal es el que mantiene con vida al sistema. A nadie le interesa más que las cosas no cambien, o aparentar que cambian sin cambiar nada, que a los directivos de turismo y empresas de gastronomía, comercio, distribución y servicios. Pues te permite hacer un billete gordo por la izquierda. Aquí las cosas funcionan así. Desde otorgar una licitación hasta comprar determinado producto, tienes que mojar con dinero a unos cuantos”.

Lo peor, opina el sociólogo, “es que estas deformaciones generadas por el Estado son muy difíciles de aniquilar. Es como luchar con un dragón de múltiples cabezas, cuando cortas una, aparecen dos más. A eso súmale las pandillas, aún en embriones, de marginales que se dedican a estafar y traficar con drogas. Cuando existan mayores espacios y menor control social, se transformarán en capos de las drogas o cárteles que también querrán una parte del pastel”.

Expertos consultados consideran que lo ideal sería barrer de arriba abajo las actuales estructuras directivas de producción y servicios del país. Incluso puede que ni así se garantice que los focos mafiosos se incuben en una hipotética democracia.

En países democráticos también existen mafias y delitos de cuello blanco. El problema es que sobrevivan la menor cantidad posible.

Iván García
Diario Las Américas, 28 de abril de 2017.
Foto: Tomada de la BBC.

lunes, 12 de junio de 2017

Matones en La Habana



El detonante de la rencilla donde encontró la muerte el joven Daniel Rodríguez, con apenas 19 años de edad, fue la deduda adquirida en una pelea de gallos finos, según lo registrado en las actas de la Causa 368/2015 del Tribunal Popular de La Habana.

La riña no fue una simple trifulca a puños, sino una larga contienda de disparos con armas de fuego al estilo de un filme del Oeste. Sucedió una vez en el Reparto Eléctrico y aunque no ha pasado mucho tiempo, la gente del lugar apenas lo recuerda a fuerza de vivir acostumbrados a episodios similares.

Los ajustes de cuentas, fundamentalmente por deudas, no son hechos aislados en los barrios marginales de la capital. Aunque la violencia no alcanza los niveles alarmantes que en otras ciudades de América Latina, desde finales de los años 80, se aprecia una tendencia al aumento de los delitos asociados e incluso se registra la aparición de figuras propias del llamado “crimen organizado”.

Si bien el matón o sicario no es un personaje nuevo en el mundo de la delincuencia habanera, hoy en día es más frecuente escuchar hablar en la calle de la posibilidad de contratar los servicios de un criminal para resolver querellas relacionadas con el juego de interés, la prostitución, incumplimientos de préstamos monetarios, comercio de drogas, tráfico de personas e incluso cuestiones de la vivienda y sus enredadísimos trámites de legalización.

Abundan los testimonios de personas que han vivido la pesadilla de que algún enemigo les haya colocado precio a sus cabezas o a las de algún familiar cercano. Es el caso, por ejemplo, de Xiomara Verdecia, madre del joven Daniel Rodríguez, quien cuenta cómo días antes de que le mataran al hijo, había visto a los matones rondar la casa:

“Venían en un carro y se parqueaban delante de la casa. Allí pasaban rato, así un día tras otro. Le estaban cazando la pelea”, me cuenta Xiomara, que pudo haber perdido a su otro hijo, Yunier, actualmente en prisión por el delito de tenencia de armas de fuego.

Hace apenas unos meses, medios de prensa independiente reportaron el asesinato de una persona en la zona wifi del Parque Fe del Valle, al comienzo del Bulevar, en San Rafael y Galiano.

No se ofrecieron demasiados detalles del suceso y la policía, como es usual en Cuba, jamás se pronunció públicamente sobre el caso. Sin embargo, se intuye que la acción fue ejecutada por un matón.

“Los pocos testigos que hay vieron a un sujeto descender de un carro y aproximarse directamente a la víctima a la que ultimó de una sola puñalada. Era muy temprano, casi no había nadie. De inmediato, y con tremenda frialdad, lo vieron volver de nuevo al carro y huir del lugar”, comenta un funcionario de la policía.

Para quienes conocen la realidad desde el mismo epicentro del fenómeno, el caso del Parque Fe del Valle, es la típica ejecución de un sicario y no una elemental pelea entre dos rivales:

“No hubo una discusión previa, simplemente llegó y lo mató. Eso es lo que hace el matón. No se pone a discutir, hace su trabajo lo más limpio posible y no establece comunicación con la víctima. El matón hace el trabajo y ya”, explica Roger, alias El Pochi, quien guardó prisión durante quince años por un delito de asalto con arma blanca.

Alberto, un recluso que cumplió sanción en una prisión de Sancti Spíritus por el delito de tenencia de armas de fuego y asesinato, y actualmente en libertad condicional por buena conducta, nos ofrece una visión diferente. Para él no existe un patrón que defina el trabajo de los sicarios pues no todos lo consideran un oficio sino un trabajo circunstancial.

“No es que fulanito o menganito se dediquen a eso. Es que tú estás en problemas y necesitas que te ayuden y entonces aparece alguien que a veces hasta por 20 fulas (dólares) da una golpiza, quema un taller, mata unos animales... Matar a alguien siempre cuesta más, pero igual, porque son gente a las que tú les dices, 'oye, me hace falta que me quites a fulanito de encima, y el tipo se encarga por 200, 500, mil fulas... No creo que exista mucha gente que se dedique a eso, son gente que aparece y ya. Yo nunca he conocido a ninguno aunque, claro, nadie te va a decir que lo es”, asegura Alberto.

Aunque oficialmente se hace silencio sobre estas cuestiones, que no ayudan a proyectar una buena imagen del país o que pudieran cuestionar la eficacia de una ideología socialista por su incapacidad de erradicar lacras sociales que, supuestamente, solo habrían de ser generadas por sociedades capitalistas, los tribunales y las fiscalías procesan estos asuntos.

Tatiana Reyes, abogada que ha atendido algunos de estos casos, dice que se están viendo con más frecuencia. “Se reconoce que existe la figura del matón y que los cambios que ha habido en la economía cubana, la aparición de la propiedad privada, el mercado negro, la corrupción ha provocado un aumento de la criminalidad. Ya no es el delincuente de los años 90, en pleno período especial, que asaltaba para quitar un par de zapatos o para arrebatar una cartera a una anciana, ahora cuando se habla de criminalidad hay que incluir el tipo al que se le paga para que destroce un bar o una paladar que le hace competencia a otros, el tipo al que se le paga para que le corte la cara a una jinetera que engañó al chulo, y está el que mata porque ya se habla de miles de dólares, de cientos de miles de dólares en deudas de juego, en bancos privados, en drogas”.

Librado, un guantanamero que residía temporalmente en La Habana y actualmente cumple prisión en Santiago de Cuba por haber lesionado a una persona en una pelea callejera, en conversación telefónica nos cuenta sobre su experiencia personal:

“A mí me mandaron a matar, no tengo duda sobre eso. Yo no conocía al tipo personalmente pero sí lo vi algunas veces en las peleas de gallos. Pero en ningún momento él y yo acordamos nada. La deuda mía era con otro. Nunca había jugado en la localidad de Pedro Pi, pero fui porque mi gallo todo el mundo lo conocía y nadie quería pelear con él. Pero en Pedro Pi (donde existe una de las más famosas vallas clandestinas de Cuba) nadie sabía del gallo y yo aposté dos mil quinientos dólares para cinco mil, pensando que iba a ganar al seguro, y nada, perdí. No pude pagar y ahí me echaron los perros (lo mandaron a matar). Donde hay pelea de gallos, hay matones, si no, cualquiera va y estafa. Si te escondes en Miami, es donde más rápido te la aplican. Yo me fui para Guantánamo, al municipio Manuel Tames, donde nadie sabía, pasó un año y pico y allí me fueron a buscar y me encontraron".

La proliferación de negocios clandestinos o semiclandestinos, la necesidad de sus dueños de crear leyes y códigos propios que les permitan subsistir en medio de complicadas estructuras que, durante años, han sido creadas en esa economía paralela a la oficial, donde quizás se mueva mayor cantidad de dinero que la que llega a las arcas del Estado, el empeoramiento de la crisis económica y el ambiente de oportunismo creado por aventureros foráneos y funcionarios corruptos, es el caldo de cultivo idóneo en el cual, con el paso del tiempo, la criminalidad en Cuba y el fenómeno de los matones, dejará de ser un síntoma de enfermedad aguda, pasajera, y quizás se transforme en un padecimiento crónico para el que será difícil encontrar la cura.

Ernesto Pérez Chang
Cubanet, 5 de mayo de 2017.
Foto: Tomada de Cubanet.

jueves, 8 de junio de 2017

Alcohol, drogas y reguetón: así algunos cubanos evaden la depresión



Habla a una velocidad alucinante, en una jerga que se reinventa cada día en el bajo mundo habanero. Asesina el castellano con frases imposibles de descifrar para alguien que no resida en Cuba. Mientras conversa, mueve las manos como aspas de ventilador. Viste a la moda. Vaquero ceñido al cuerpo repleto de parches, gafas onda retro, zapatillas de puntera afilada y un peinado estrafalario, con el pelo teñido de caoba y una cresta de gallo alisado con un cepillo caliente.

Tatuajes en brazos y piernas. Y con su galimatías verbal, intenta vendernos un análisis en blanco y negro de la vida. Le llamaremos Adrián. Es mestizo y pese a su pinta de alero de la NBA, su 10mo. grado no le alcanza para terminar de leer los subtítulos de los filmes estadounidenses pirateados que los sábados por la noche trasmite la televisión estatal.

Para él, leer libros es cosa de viejos, intelectuales o bipolares. "Leer es desperdiciar el tiempo", dice. Y recuerda la vez que estando en Cuba Sí, prisión de máxima seguridad en la provincia de Holguín, a casi 800 kilómetros al noreste de La Habana, “a un ecobio le pagué dos jarros de leche en polvo y media cajetilla de cigarros Populares para que me escribiera una carta a la jevita”.

Un lápiz o un bolígrafo es un objeto extraño para Adrián. Lo que se le da es el “bisne por la zurda, fiesta y pachanga y cuadrar locas”. La política, el futuro de Cuba y la superación personal, bien gracias. Sus temas de conversación se limitan al fútbol, reguetón, mujeres y cómo hacer dinero en las duras condiciones del socialismo tropical.

Pese a vivir como un gitano, comer lo que aparezca y beber más alcohol del recomendable, confiesa no saber qué es la depresión. “Pa’ escapar de esta mierda lo mejor es andar volao. Fumarte un prajo de maní, templar y no estresarte. Total, uno no va arreglar el país”, aconseja Adrián.

Como Adrián, en cualquier barrio de La Habana usted se encuentra con personas que viven en la marginalidad y aseguran que nunca se han deprimido ni han tenido intenciones suicidas. Uno de ellos es Gerald (nombre supuesto).

A sus socios de farándula, los espera a la entrada de la discoteca El Túnel, antiguo refugio antiaéreo reconvertido en centro nocturno en la barriada de La Víbora, al sur de la capital. Escondido en el pantalón lleva dos cajas de ron Planchao, un gramo de melca y varios cigarros de mariguana, “pa’ hacer un yayuyo”. Y añade que “encima porto dos pesetas, pa’comprarme unos tanques y luego ligar una canchanfleta barata. Cuando salgamos la disco, nos vamos pa’ la playa a descargar y formar nuestra riquera”.

Según Gerald, la mejor opción para alejar la depresión es vivir a toda mecha. “La vida es una sola, asere. No se puede coger lucha. Lo mejor es vacilar, arrebatarse y templar. Claro que si pudiera largarme de Cuba me iría. Pero en La Habana, Hong Kong o Miami, la ecuación es la misma: la gozadera. Todo el tiempo que puedas”.

Lo que queda del Hombre Nuevo, aquel delirio del Che Guevara y Fidel Castro, es una combinación de zombi con robot a la cual si le añades un poco de banalidad, el resultado es un estilo de vida ligero de equipaje, lleno de preceptos machistas y de indiferencia hacia el entorno que le rodea.

Por supuesto, un elevado porcentaje de cubanos se sienten frustrados, angustiados y deprimidos por disímiles razones: desde la falta de futuro hasta la manera de encontrar una estrategia que les permita sobrevivir en el manicomio verde olivo. El sistema implantado por el castrismo es un corsé de hierro que inmoviliza al ciudadano. Las campañas políticas, movilizaciones y la parafernalia propagandística del régimen contribuye a adormecer, adoctrinar y domar a la gente.

En Lo importante es recibir ayuda, texto aparecido en el periódico Trabajadores, el tema de la depresión era abordado. Se ofrecían datos internacionales (300 millones de personas en el mundo padecen depresión y ansiedad, el 16% de los casos en Latinoamérica), pero no se daban cifras nacionales. Junto a opiniones de cuatro especialistas médicos, se reportaba que en la Isla existen 136 departamentos municipales para el cuidado de la salud mental en el primer nivel de atención, mientras en el segundo nivel cuenta con 17 servicios de psiquiatría en hospitales generales y clínico-quirúrgicos, 15 en hospitales pediátricos y 19 en hospitales psiquiátricos de todo el país.

También se aclaraba que Cuba dispone de un servicio de consejería telefónica, el número 103, que es gratuito, confidencial y anónimo, atendido las 24 horas por un personal calificado que "aún cuando brinda orientación acerca del manejo de las adicciones, un número considerable de las llamadas solicita ayuda psicológica por trastornos depresivos".

“Alarmante. Más del 67% de la población cubana muestra síntomas de ansiedad, depresión y tristeza. Así lo revela un estudio solicitado por la dirección del país al Grupo Nacional de Psicología del Ministerio de Salud Pública ”, escribía Juan Juan Almeida en un artículo publicado el 13 de abril en Martí Noticias.

Conversé sobre el tema con un experto. “Sí, la extensa crisis económica, bajos salarios y un futuro impredecible, deprime a cualquiera. La pirámide invertida en nuestra sociedad, donde algunos profesionales ganan salarios más bajos que los de un basurero, frustra a muchos de ellos que, o dejan de ejercer sus labores y se dedican a oficios mejor pagados, buscan cómo obtener una beca en el extranjero o planifican emigrar de Cuba”.

Un funcionario de salud pública expresa que “además de los factores conocidos que provocan estrés, depresión y un modo de vida poco saludable, hay que hablar del suicidio. La tasa de muertes autoprovocadas en Cuba es la segunda del continente americano y está entre las diez primeras del mundo”.

Las penurias y ajetreos cotidianos no son aconsejables para aquellos cubanos puntuales y formales, que valoran el slogan 'el tiempo es dinero'. El caótico servicio del transporte público, las extensas colas, el desgaste provocado por la escasez de alimentos, la necesidad de alimentar a la familia con al menos dos platos calientes al día, las billeteras vacías o semivacías y, encima, tener que soportar el bombardeo a mansalva de medios informativos que manipulan o desvirtúan el acontecer nacional e internacional, desquicia al tipo más sensato.

A esa realidad, súmele el calor de infarto, ausencia de libertades políticas y vivir bajo un mismo techo con tres generaciones diferentes. Siempre queda la opción de cerrar los ojos y taparse los oídos. Evadir la realidad con ron o drogas y bailar reguetón hasta que amanezca. Como aconseja Adrián.

Iván García
Martí Noticias, 18 de abril de 2017.

Foto: Tomada de Borrachos, pero sin catarro.

lunes, 5 de junio de 2017

Rompe cráneos en Centro Habana



El biotipo Eliancito, con maricona al hombro y pistola oculta, recorre las calles de Centro Habana, recién llegado de una misión en Venezuela, donde estuvo destacado durante la semana más caliente de las protestas: su oficio es partir cabezas, disparar sin ser visto. Su maricona contiene una lata de aerosol de pimienta, una cabilla, un peinecito y una fuca. Aprendió a matar, confundido entre los manifestantes.

Su modelo es el Fidel Castro del Bogotazo, el Fidel del 48. Formar el caos es su religión. Partirle las patas a la disidencia es su destino. Es un karateca y un cobarde. Aún en posición ventajosa, enfrentado a un grupúsculo de amas de casa y panaderos ambulantes, recula.

La monada patrullera también da marcha atrás. Tienen miedo, y se les nota. Saben bien lo que se avecina: la guerra total, donde llevan la de perder. Un día los esbirros amanecerán colgados de los postes. Ya ha pasado antes en Cuba. Ya sus carotas circulan por las redes, son jetas de Facebook.

Ni la superioridad numérica consigue infundirles valor, porque hay que ser muy canalla para partirle una porra en la cabeza a un pobre desgraciado de Centro Habana. El "pan con lechón" de nuestras antiguas dictaduras es ahora el pan-con-ná raulista, un bastón importado de alguna tienda de productos paramilitares, quizás de Hialeah.

Un doble de Eliancito, un seboruco, un clon del Cangrejo, un energúmeno, un pendejo que baña de spray al mulato uniformado de la PNR que se le para delante por equivocación. Un mono de laboratorio envalentonado por la total confusión de sus víctimas, un perro pitbull amaestrado en las jaulas del DGI (Departamento General de Inteligencia).

Miren cómo cocea, el muy burro. Fíjense cómo anda disfrazado de turista este gorila.

Pero los académicos de LASA son más gorilas que él, tan esbirros como este energúmeno, tan responsables de las palizas que reciben los cubanos sin títulos ni visas.

Este bruto es la creación de la alta cultura cubana, de su silencio y su complicidad. El cerebro del karateca está tan vacío como el de uno de esos académicos que todavía recuerda la dictadura chilena. La intelectualidad cubana se esconde detrás de sus discursitos raciales para no ver lo que le pasa a los negros en las calles de La Habana.

Aunque parezca un asunto de la chusma centrohabanera, aunque parezca que trata de las cuitas de un pobre panadero ambulante, este vídeo, muestra el estado terminal de una cultura degenerada, la podredumbre social que acelera la caída de los sistemas, y detrás de ellos, la de la farándula artística, la comparsa académica e intelectual que les ríe las gracias a la tiranía, perdona a los jenízaros y se burla del pueblo.

Néstor Díaz de Villegas
Diario de Cuba, 5 de mayo de 2017.

Nota.- El título original del artículo es El biotipo Eliancito rompe cráneos en Centro Habana y apareció en NDDV, el blog del autor y Diario de Cuba lo reprodujo con su autorización.

jueves, 1 de junio de 2017

Niños cubanos de padres emigrados



Desarraigo. Es la definición que le parece más correcta a Silvio, médico de un policlínico al sur de La Habana, cuando comparte su historia personal.

Luego de una breve pausa, donde el silencio aumenta el ronroneo de un viejo ventilador con aspas polvorientas, Silvio respira profundo, concentrado, intentado dominar un volcán de emociones que ahora mismo lo embargan.

“Es muy duro. Crecer sin los consejos de tus padres. Hacerte hombre sin poder compartir tus triunfos y derrotas. Sin poder presentarles a tu primera novia, que conozcan a sus nietos o cuando te gradúas, no ver sus rostros entre el público ni poder retrarte con ellos. Sí, es muy duro, una carga insoportable”, dice Silvio en un sollozo y se tapa el rostro con las manos.

Cuenta el médico habanero que sus padres fueron sus abuelos. “A pesar de sus achaques físicos, bajo nivel cultural y vivir al limite financieramente, me educaron como un hombre de bien. Si he podido ser lo que soy es gracias a ellos. Donde quiere que estén, siempre los tengo presente”, indica Silvio, mientras se persigna y mira al techo raso intentando captar la energía de sus abuelos ya fallecidos.

“Nunca más he sabido de mis padres. Familiares cercanos me han dicho que presuntamente fallecieron cuando intentaban marcharse de Cuba en una balsa. Me aferro a la idea de que están vivos. Que algún día, por Facebook o en una carta, contactarán conmigo. He soñado muchísimas veces como sería ese reencuentro. Los niños que crecemos sin padres siempre nos aferramos a la esperanza”, subraya Silvio.

Pero no todos los niños o adolescentes abandonados por progenitores que deciden emigrar o trabajar en el extranjero llegan a convertirse en profesionales y aportan eficazmente a la sociedad.

Osvaldo, frisa los 55 años y un tercio de esa edad lo ha pasado tras las rejas. La cárcel es su segunda casa. Cuando es un hombre libre vive de estafar incautos, consumir drogas y nunca ha tenido una pareja estable.

Su vida se asemeja a viajar a 300 kilómetros por hora en un Ferrari. No hay término medio. Es todo o nada. Hablar sobre la estabilidad familiar es un ejercicio banal. Los temas de conversación de Osvaldo son el dinero, “en fulas, preferentemente,” planear estafas o ver qué próxima mujer cae en el jamo.

Pero ni la rudeza de las prisiones cubanas o sus incidentes en el bajo mundo habanero le hacen olvidar que creció sin padres. En su brazo izquierdo lleva un tatuaje habitual de los presidiarios consuetudinarios: No hay amor como el de madre. El único recuerdo de sus padres lo tiene guardado en un antiquísimo gavetero de caoba ennegrecida.

Es una foto en blanco y negro de un niño con un gorrito de cartón en la cabeza, rodeado de refrescos y un cake con tres velas al frente. “Es de los pocos momentos agradables que he tenido en mi vida. Mis padres juntos conmigo. Después que se fueron por el Mariel, todo fue diferente. Mi papá estaba preso y los guardias del Combinado lo conminaron a marcharse. Mi madre se fue con él y me dejaron a cargo de sus hermanos, mis tíos. Bandoleros a más no dar, que visitaban la prisión como ir a un agro. Probablemente esa soledad de crecer sin mis padres me ha convertido en el hombre que soy en la actualidad. Pero a estas alturas de mi vida no quiero ni puedo cambiar”, apunta Osvaldo con la frente alzada, como si estuviese retando a un duelo a un enemigo imaginario.

Si alguna vez Osvaldo se hubiese molestado en visitar un psicólogo, y acostarse en el desván para escuchar sus consejos, quizás le hubiera servido de ayuda. Pero nunca lo creyó necesario. “Son cosas del destino. Y punto”, enfatiza.

Una nota para Martí Noticias de Rosa Tania Valdés cuenta que un grupo de psicólogos de Pinar del Río, provincia a 174 kilómetros al oeste de La Habana, en un reciente estudio divulgado por la Revista de Ciencias Médicas asegura que los niños que crecen sin sus padres o con uno de ellos, experimentan ira, tristeza y pérdida de los valores familiares.

“También mutismo, dificultades en la asimilación de materias escolares y complejo de inferioridad”, acota Niurka, psiquiatra.

Yanci de la Caridad Flores y Yamila, su hermana gemela, conocen de primera mano los perniciosos efectos colaterales de crecer sin padres. A sus 44 años, aun no tienen clara la historia que llevó a su madre a dejarlas abandonadas con su abuela paterna.

Yanci y Yamila residían con sus padres en una casona colectiva con varias familias en la calle Gertrudis, en la barriada de La Víbora. Según algunos vecinos, su madre enloqueció e intentó darles candela a sus hijas. Otros cuentan que estaba presa por un delito común y en 1980 se marchó a Estados Unidos por el puerto del Mariel.

El padre también era un preso común y en el 80 igualmente se fue por el Mariel. A fines de los 90 se enteraron que su padre se había vuelto a casar, tenía una hija y vivía en Miami. Pero el reencuentro nunca se produjo: el padre murió de un cáncer en 2003.

La ausencia de los progenitores todavía le provoca pesadillas a Yanci y Yamila. Rastrean por internet en busca de la mujer que las trajo al mundo. Por ahora sin suerte. Su madre sigue siendo un enigma.

Pero no pierden la esperanza de reencontrarse con ella algún día y decirle que nunca la han olvidado. Y si hubiera muerto, hacerle llegar unas flores a la tumba en el cementerio de Estados Unidos donde estuviera enterrada.

Iván García
Foto de Raquel Pérez tomada de BBC Mundo.