lunes, 12 de agosto de 2019

Cuentapropistas cubanos, perjudicados por Trump



A partir del 17 de diciembre de 2014, cuando Barack Obama y Raúl Castro acordaron reestablecer relaciones diplomáticas, la estrategia de Washington siempre estuvo encaminada a favorecer al pueblo cubano, a su incipiente sociedad civil y el pujante sector privado.

Richard, dueño de una cafetería de comida criolla, batidos de frutas y entrepanes, al sur de La Habana, recuerda que la administración Obama diseñó varios paquetes de medidas que beneficiarían a los negocios particulares.

“Obama autorizó importar y exportar a Estados Unidos, otorgar microcréditos, abrir una línea de ferry que permitiría ampliar el trasiego de mercancías, porque si en un avión comercial usted puede traer cien libras, en un barco puedes traer 300 o 400 libras. Eso favorecía a la población y a los negocios privados, igual que los microcréditos y la importación de productos y alimentos desde Estados Unidos. Pero el gobierno no lo permitió. En vez de ampliar los contactos entre los cubanos de las dos orillas, prefirió apostar por los cruceros. Ahora el gobierno de Díaz-Canel pretende manipular a los cuentapropistas afectados por las restricciones de Trump, con una campaña mediática donde afirma que los grandes perdedores por la estrategia trumpista son los emprendedores particulares. En parte es cierto, pero intentan soslayar que el gran culpable de que los negocios privados se encuentren estancados es el gobierno, que no ha implementado un marco legal ni ha permitido una mayor autonomía a los particulares”, indica Richard.

Cuando usted habla con cualquier dueño de un pequeño negocio en Cuba, la lista de quejas es amplia. Camila, dueña de una peluquería en el municipio Cerro, confiesa que se siente atrapada en un callejón sin salida.

“En 2010, después que Raúl Castro autorizó ampliar el trabajo por cuenta propia, se pensaba que tendríamos un espacio jurídico con reglas de juego bien definidas. Creíamos que el gobierno contaba con el sector privado para desarrollar el país y no sólo para vender pan con mayonesa. Pero no fue así. El cuentapropismo fue simplemente una pista de aterrizaje que permitió acomodar al medio millón de trabajadores estatales que quedaron desempleados. Nunca han creado un verdadero mercado mayorista ni permiten importar mercancías legalmente. Nos siguen viendo con malos ojos, como sospechosos, porque somos capaces de, a golpe de creatividad, aumentar el nivel de vida nuestro y de la gente, crecer en calidad y ganar dinero de manera independiente. Y eso en Cuba es peligroso”, opina Camila.

Varios emprendedores consultados por Diario Las Américas consideran que las medidas implementadas por el presidente Trump les ha afectado en sus negocios.

Daniel, vestido con una guayabera azul prusia y un sombrero Panamá, sentado al timón de su Plymouth descapotable de 1955, señala que “cuando venían los cruceros y nos visitada una mayor cantidad de turistas americanos, en un día ganaba hasta 200 cuc. El turismo europeo y latinoamericano es de bajos recursos y no pagan 30 o 40 cuc por un recorrido de dos horas por La Habana. Es cierto que Trump con sus medidas ha afectado a buena parte de los negocios particulares en Cuba, pero el principal culpable es el gobierno, que siempre nos ha visto como Caballo de Troya. Ahora, como les conviene, nos están utilizando en su propaganda política. Es un descaro, pues Raúl Castro, Díaz-Canel ni otro alto funcionario, nunca nos han tenido en cuenta, jamás se han reunido con nosotros”.

Díaz-Canel, presidente designado, ha recorrido la isla de oriente a occidente y visitado empresas propiedad del Estado. Intenta rescatar la errática economía nacional, manteniendo la planificación central y el discurso optimista. El plan no ha funcionado. En el año 2020, el régimen pretende que los trabajadores estatales planifiquen sus producciones.

Eduardo, economista, afirma que“se han hecho mil inventos y proyectos y todos, de una manera u otra, han fracasado. La solución parece fácil: poner esas empresas en manos de los trabajadores, es decir cooperativizarlas. Y privatizar servicios que el Estado se ha mostrado incapaz de gestionar. Además de improductivas, las empresas cubanas están descapitalizadas, necesitan tecnología y nuevas inversiones. Cuando se instaure un marco legal adecuado y tengan autonomía real, no ficticia y ganar dinero no sea mal visto, es probable que la economía despegue. Si Díaz-Canel no quiere pasar a la historia como pelele que nadie va recordar, tiene que cambiar los métodos. Y eso pasa por reconocer y brindarle un mayor espacio y dialogar con los emprendedores privados”.

Lidia, dueña de un hostal en El Vedado, considera que el “gobierno debe jugar en serio, porque se desconocen las proporciones reales de la crisis económica que se nos viene encima. Para enfrentar esa crisis, Díaz-Canel debe contar con todos los cubanos, y en especial con los cuentapropistas, quienes en los tiempos duros han demostrado que son capaces de crecer y reinventarse. Los integrantes del Consejo de Estado debieran reunirse con los emprendedores privados y hablar a camisa quitá. La solución a nuestros problemas no la tienen Trump, la tenemos nosotros”.

Tras casi una década frenando al sector privado con la tijera arancelaria e impidiendo que acumulen dinero, el régimen debiera cambiar de estrategia. De momento, Trump, con sus políticas restrictivas hacia Cuba, ha terminado perjudicando a los particulares. Se ha convertido en un aliado de la autocracia verde olivo. Ni que se hubieran puesto de acuerdo.

Iván García

Foto: San Cristóbal, uno de los restaurantes privados (paladares) más famosos de La Habana, donde entre han cenado Barack Obama y su familia, Beyoncé y su esposo y las Kardashian, se encuentra entre los negocios particulares afectados por la política restrictiva de Donald Trump hacia Cuba.

lunes, 5 de agosto de 2019

"Gusanos" pueden invertir en Cuba



Una ‘invasión’ como la de Bahía de Cochinos. Pero con dólares. Se podría negociar con los hermanos Fanjul para administrar un par de centrales azucareros en Cuba o hacer un pacto con la empresa Bacardí.

Esa gente pueden construir mejores carreteras, edificios y gestionar negocios. Podrían volver los descendientes de Julio Lobo o los Gómez-Mena, pero aceptando las reglas de juegos del partido comunista.

Ya se saben cuáles son. El Estado cobra el 80 por ciento de los salarios en moneda dura y el empleado un 20 por ciento en el devaluado peso cubano convertible. Sin derecho a huelga ni reclamos sindicales. Como en los tiempos de Lenin: los burgueses son tan tontos que aceptarían la soga que después los ahorcaría.

Ahora son bienvenidos los otrora gusanos y la escoria infame que abandonó su patria. Sin mediar una disculpa pública, ni negociar el pago a sus propiedades confiscadas y con tribunales administrados por la autocracia.

Pregúntele a Jorge Luis Piloto, músico y compositor nacido en Cárdenas, a 140 kilómetros al este de La Habana, si podrá olvidar los actos de repudio, con la gente tirando huevos y coreando ‘gusano, lechuza, te vendes por un pitusa’.

En el otoño de 2014, mientras conducía su Mercedes Benz por el apacible barrio de Kendall en el condado de Miami-Dade, Piloto me contaba que cuando en 1980 decidió marcharse de Cuba tuvo que firmar una planilla que decía que era homosexual para que un severo oficial del MININT pudiera autorizarlo a abandonar la Isla.

Pregúntele a Orlando ‘Duque’ Hernández, espectacular lanzador derecho del equipo Industriales de La Habana y en la MLB cuatro veces campeón mundial con los Yankees de Nueva York y los Medias Blancas de Chicago, si invertiría tiempo y dinero en el país que en 1996 publicó un feroz editorial expulsándolo de por vida del béisbol nacional.

En octubre del 96, una de las primeras entrevistas que hice como periodista independiente de Cuba Press, fue al 'Duque' Hernández. Conversé con él en su casa del reparto Calixto Sánchez, en el municipio Boyeros, a tiro de piedra del aeropuerto internacional José Martí. El 'Duque' fue profético: “La única puerta que el gobierno me dejó abierta es la del destierro”. Ya se sabe de su fuga en una lancha precaria y de sus éxitos al otro lado del charco.

Pregúntele a los miles de cubanos a quienes les fueron incautados sus negocios y propiedades en la década de 1960, si regresarían a invertir dólares con el mismo régimen que los conminó a marcharse de su patria.

Según un funcionario municipal del partido comunista, van en serio las intenciones del gobierno de permitir que cubanos radicados en el extranjero inviertan en la Isla. “Con la que está cayendo, en momentos que arrecia el bloqueo y con la aplicación de la Ley Helms-Burton, restricciones que frenarán el flujo de turistas y la imperiosa necesidad de captar divisas para desarrollar el país, la nueva estrategia de permitir que los cubanos que viven afuera inviertan en Cuba, pudiera ser un imán que atraiga capitales significativos”, afirma el funcionario y añade:

“Se sabe que entre el 60 y 70 por ciento de los pequeños negocios privados cuentan con dinero procedente del exterior. Lo que se quiere es capitalizar inversiones en pequeñas y medianas empresas. Es cierto que los cubanos que más dinero tienen son acérrimos enemigos del sistema. Pero se está apostando al dinero de un segmento de cubanos más apolíticos, ingenieros, médicos, peloteros y músicos, entre otros profesionales que se han marchado en las últimos veinte o treinta años y han triunfado en Estados Unidos. Puede que un futuro cambien algunas normas y empresarios cubanos radicados en el extranjero tengan mayor autonomía y el Estado les permita contratar y pagarle libremente a sus empleados. Habrá cambios importantes. Pero el poder político se mantendrá incólume”.

Eduardo, economista, considera que “si se crea un marco legislativo adecuado y mayor autonomía empresarial, el capital de los cubanos residentes en el exterior pudiera superar los 2,500 millones de dólares anuales en inversiones extranjeras, que es la meta del gobierno. Si se ampliara ese concepto y se autorizara invertir también a cubanos radicados en el país, el monto se acercaría a los 4 mil millones de dólares”.

El economista hace un cálculo simple: “Las mulas que importan pacotillas están invirtiendo entre mil y mil 500 millones de dólares anuales comprando cosas en Panamá, México, Rusia. Es el doble o el triple de las inversiones extranjeras. Al gobierno no le resultaría complejo crear un espacio para recaudar ese capital. Estoy convencido que si se quieren construir cimientos poderosos en la economía cubana, se tendrá que involucrar a todos los cubanos, vivan donde vivan, como han hecho Vietnam y China”.

El directivo de una empresa de gastronomía en La Habana, asegura que “hay planes de volver a activar la cooperativización dentro del sector gastronómico a nivel nacional. También se arrendarían y privatizarían espacios, pues está demostrado que la gastronomía estatal no funciona. Solo quedaría un segmento de establecimientos que vendería a bajos precios a las capas más vulnerables de la población”.

Si en 2012 un arrogante canciller Bruno Rodríguez, minimizaba las inversiones de la pequeña y mediana empresa privada y apostaba por los grandes capitales, ahora las cosas han cambiado. Aunque la mira siempre estará enfocada en inversiones multimillonarias que pudieran desembolsar magnates como los Fanjul o la familia Bacardí.

“Pero primero habrá que crear un precedente de inversiones menores que funcionen de manera correcta y amparadas por un marco jurídico neutral y transparente”, aclara el funcionario municipal del partido.

Eso sí, no se aceptarán exigencias políticas. El régimen optaría por un segmento de ‘gusanos’ a los cuales sólo les importaría sus negocios. La democracia y los derechos humanos pasarían a un segundo plano.

Iván García

Foto: Alberto Lazo, emprendedor de origen cubano radicado en la Florida. Tomada de Emprendedor de origen cubano hace del bienestar un negocio en Miami.

lunes, 29 de julio de 2019

Los helados de los chinos cubanos en Puerto Rico



Después de descubrir este reportaje en el San Francisco Chronicle, sobre los chinos cubanos que después de la revolución fidelista emigraron a Puerto Rico -sobre todo a partir de 1968, el año del acabóse-, a mi memoria vinieron los helados que hacían los chinos del puesto que quedaba a media cuadra de mi casa, en la esquina Romay y Zequeira, Cerro, La Habana. Además de frutas frescas, vendían chicharrones de viento y tripitas, mariquitas, boniato fritos, manjúas y frituras de bacalao. El cartuchito más barato costaba 3 centavos y 10 centavos el más caro.

Los chinos no le echan leche a sus helados, pero gracias a su técnica de batido, consiguen que sean muy cremosos. En mi infancia (1942-1952) los chinos de mi barrio los elaboraban de coco, mamey, guanábana, anón, chocolate y orejones (melocotón, albaricoque y otras frutas secas). Además de los chinos del puesto que hacían helado, en mi cuadra (Romay entre Monte y Zequeira) había un 'tren de lavado', como le decían a sus lavanderías y tintorerías. Tanto los chinos del puesto como los del 'tren de lavado' no esperaron que la revolución arribara a su décimo aniversario para irse de Cuba. Igual hicieron muchos bodegueros, carniceros, dueños de cafetines, puestos de fritas, guaraperas y otros timbiriches que había por toda La Habana y por toda la Isla.

Antes de 1959, quienes viviamos en el tramo de Monte, desde la Esquina de Tejas hasta el Parque de la Fraternidad, solíamos ir a pie a las numerosas tiendas situadas en Monte, Reina y Galiano. A veces se regresaba en guagua, pero si uno iba acompañado y aprovechaba para merendar en el Ten Cent de Monte o Galiano, regresaba a su casa caminando. En la década de 1960, el transporte público en la capital todavía era bueno, pero hasta que en 1979 me mudé a la barriada de La Víbora, en 10 de Octubre, seguí con la costumbre de rara vez coger una guagua para desplazarme a los actuales municipios de El Cerro y Centro Habana.

Como ya conté en Harry Potter y la revolución escatimada, durante 19 meses trabajé como mecanógrafa en el Comité Nacional del Partido Socialista Popular, en Carlos III y Marqués González y casi siempre iba y venía a pie, aunque en ocasiones me daban 'botella' los choferes de Blas Roca (Fiallo), de Joaquín Ordoqui (Pancho) y de Lázaro Peña (Adalberto). Con Lázaro, su mujer Zoila (Tania Castellanos) y su hijo Lazarito (Lachi), muchas veces regresé en su auto, pues ellos vivían en el edificio situado en Infanta y Manglar, a pocas cuadras de mi domicilio. En ese mismo edificio residía Bola de Nieve.

Recuerdo que en 1963, desde Belascoaín y Desagüe me dirigía a pie a mi casa y al bajar por Desagüe y acortar por El Pontón, veo un puesto de viandas con un chino. Entro y descubro un cartel hecho a mano que decía Helado de Limón. Cada bola costaba un medio (5 centavos) y tenías que llevar donde echarlo, porque no tenía papel, vaso ni barquillo. En la cartera llevaba una libreta, la saqué y con las hojas del medio el chino me hizo un cucurucho donde cupieron cuatro bolas de helado de limón. Fueron los últimos helados chinos que tomé en La Habana.

Volviendo a Puerto Rico. En la heladería King's Cream, la primera que chinos de origen cubano abrieron en Ponce, además de helados de coco, guanábana, limón, tamarindo y chocolate, también ofrecen de piña, fresa, fruta de la pasión (parcha), naranja (china), almendra, maní y maíz, como pueden ver en Tripadvisor.

En Cuba, los chinos no solo hacían sabrosos y baratos helados, también comida criolla. Cuando en mi casa queríamos comer carne con papas, mis padres me mandaban con una cantina a una fonda china en Castillo casi esquina a Monte. Siempre compraba lo mismo: arroz blanco, frijoles colorados, carne de res con papas y plátanos maduros fritos. No recuerdo cuánto costaba, pero con un peso alcanzaba para comer tres personas.

Los cubanos de mi generación estamos en deuda con los chinos, japoneses y coreanos que emigraron a Cuba en siglos XIX y XX. Algunos lograron hacer fortuna, pero la mayoría trabajó durísimo para poder salir adelante y mandarle dinero a los suyos en sus países de origen.

Muy pocos aprendieron bien el idioma, pero se aclimataron e integraron y unos cuantos se casaron con cubanas, que cuando eran negras dejaron un novedoso mestizaje: el de los mulatos-chinos. Como Lucrecia López Vega, descendiente de chinos y africanos. Hace dos años, cuando Lucrecia cumplió 95 años, en mi blog le dedicamos un post.

Tania Quintero

Foto: María Lao, hija de inmigrantes chinos cubanos que en Ponce, abrieron King's Cream. Su hermano Mario Lao abrió una segunda heladería en San Germán, también en Puerto Rico. Tomada de San Francisco Chronicle.

lunes, 22 de julio de 2019

El castrismo tiene cuerda para rato


Después de la presentación del locutor, Fidel Castro desplazaba sus seis pies y dos pulgadas y más de 225 libras hasta la tribuna, entre aplausos, consignas y una muchedumbre que rítmicamente coreaba Fi-del, Fi-del, Fi-del.

Vestido con su sempiterna casaca militar y botas negras de cuero, el dictador se alisaba la barba, achicaba sus ojos y miraba a la multitud en la distancia. Luego, con su gorra verde olivo sudada en la visera, ladeaba la cabeza y a menudo apoyaba los dedos índice y anular en su mentón.

Tras el baño inicial de masas, hacía un gesto leve con su mano para que la gente hiciera silencio. Entonces arrancaba a hablar. La mayoría de sus más de 2,500 discursos eran improvisados.

Sus alocuciones, extensas, sobrepasaban la hora y media, aunque el 26 de septiembre de 1960 en las Naciones Unidas habló durante 4 horas y 29 minutos. Solía recurrir al uso de estadísticas comparativas, las cuales le permitían remarcar las bondades y diferencias del ‘exitoso’ socialismo de corte soviético que, sin previo aviso, había instaurado en la Isla una tarde de abril de 1961.

Manejaba las utopías y augurios como un auténtico maestro. Sus promesas incumplidas se recopilan por decenas, igual que sus groseras mentiras. Prometió que la ganadería estatal produciría tanta carne de res, leche y queso que Cuba se convertiría en una potencia exportadora de alimentos.

Sin sonrojarse, en su primer año de gobierno declaraba que no era comunista y que organizaría elecciones democráticas. Sabía cómo manipular al populacho.

El castrismo no es una teoría con base científica o una determinada metodología. Tampoco una doctrina filosófica o ideológica. Es una sarta de palabras sueltas que se pueden leer en las miles de intervenciones de Fidel Castro, atornilladas por la propaganda del partido comunista como un mantra político a seguir.

Castro siempre tuvo segundas intenciones ocultas. Le gustaba parecer desparpajado, irreverente y nacionalista. Su mesianismo lo llevó a despilfarrar el erario público y exportar la subversión a rincones de América Latina.

Estaba convencido que era más inteligente y listo que el resto de los cubanos. Usurpaba funciones de expertos ganaderos, agrícolas e industriales a la vez que llevaba a cabo sus delirantes proyectos sociales y económicos.

Cualquiera de sus teorías se convertían en un cúmulo de improvisaciones que a golpe de talonario público se establecían como preceptos dentro de la economía de comando que él mismo creó.

Dejó una lista de directrices políticas que no se debieran repetir, como administrar por decreto mediante un gobierno paralelo sin respetar al parlamento ni tener en cuenta las opiniones contrarias.

Fidel fue pura improvisación. Por tanto, el castrismo original tiene un cimiento endeble. Si es que lo tiene. Se basa en una abrumadora maquinaria burocrática que aparenta seguir al pie de la letra las ordenanzas oficiales. Pero al ser un sistema demencial, provoca descontroles que son aprovechados para robar y lucrar.

Los que pretendan desmontar al castrismo, tendrán primero que barrer hasta el último resquicio del pernicioso burocratismo. Un burocratismo que según cálculos extraoficiales, podría estar conformado por más de dos millones de personas que como sanguijüelas chupan al Estado.

Los burócratas cubanos no tienen una ideología definida. Son papagayos, repetidores de las consignas de moda. Se alimentan de transgresiones y actos delincuenciales que han aprendido a camuflar de legalidad.

Con el tiempo, los burócratas se han convertido en un quiste mafioso. Cuando el régimen ha ordenado una batida contra la ineficiencia y el burocratismo, se atrincheran y se resisten a cambiar, a pesar de cantar La Internacional.

La democracia los dejaría en el paro. Un gobierno transparente y una economía de mercado sería un veneno eficaz una para una burocracia que vive del robo, el lucro y la malversación.

A la potente burocracia criolla se suma el entorno que rodea a los caciques del partido y ministros de turno. Personajes a quienes el sistema castrista les garantiza cierta calidad de vida a cambio de lealtad.

El poder es tentador, sobre todo en países autoritarios como Cuba, donde casi nadie rinde cuentas, las huelgas y manifestaciones están prohibidas y no se celebran elecciones libres y democráticas al estilo occidental.

Dentro de una autocracia, el poder es un juego de ganar-ganar. La prensa no le critica ni les canta las cuarenta. La gente echa pestes del gobierno, pero en voz baja. Y encima, cuentan con el acompañamiento de los servicios especiales, que más que proteger la Seguridad Nacional se han transformado en la guardia pretoriana del propio poder.

Desarmar un tinglado dictatorial de sesenta años lleva tiempo. Serían necesarios grupos opositores reconocidos por la ciudadanía, capaces de convocar movilizaciones callejeras. Pero la disidencia cubana no cuenta con lo uno ni lo otro.

Para eliminar al castrismo no basta con la muerte de su fundador ni de su hermano sustituto. Tal vez, en algún momento, a los poderosos empresarios militares les molesten las absurdas reglas de juego y decidan comenzar a socavar el status quo. O en la Isla surja una agrupación opositora, amplia y cohesionada, que mire hacia adentro, hacia la gente de a pie y empiece a tender puentes con sectores populares y artistas e intelectuales jóvenes.

A corto o mediano plazo, en el panorama nacional se vislumbran dos posibilidades, una mala y otra buena.

La mala, es que en las actuales circunstancias, a pesar de una economía que hace agua y una crisis sistémica, al castrismo le queda combustible para maniobrar y mantenerse a flote.

La buena, es que las sociedades de corta y clava no funcionan y terminan capitulando.

Pero, ¿cuándo sucederá? Es la pregunta que cada día al levantarse se hacen los cubanos.

Iván García
Foto: Tomada de Diario Las Américas.
Leer también: Castro el matón y Castro el cobardón.

lunes, 15 de julio de 2019

Lichi



Eliseo Alberto de Diego (La Habana 1951-Ciudad de México 2011) es el escritor cubano más joven que ha muerto en el exilio. Su obra, reconocida muy temprano en más de medio mundo, le dio renombre como poeta, como novelista y como un cronista excepcional de la realidad de su país de origen y de la vida de la nación que lo acogió como un hijo, donde vivió dos décadas y de la que se hizo ciudadano en el año 2000.

El luto no tiene geografía, es una punzada leve y permanente que provoca, por ejemplo, la ausencia de alguien querido y necesario. Entre los lectores de buenos versos, entre los seguidores de las alternativas y los caminos del exilio y la historia de Cuba, Lichi Diego tiene una legión de gente que guarda esa categoría de duelo progresivo.

Para llegar a entender el corazón de aquel cubano simpático, conversador, afectuoso y cálido hay que leer estos tres libros de poesía: Importará el fuego, Las cosas que yo amo y Un instante en cada cosa. Y habrá que entrarle a las páginas de novelas La fogata roja, La eternidad por fin comienza un lunes, Caracol Beach, La fábula de José, Esther en alguna parte y El retablo del conde Eros. No pueden faltar estos dos libros de periodismo: Informe contra mí mismo y Dos cubas libres.

Otros títulos trascendentales de no ficción y un trío de piezas de literatura para niños son En el jardín del mundo, Del otro lado de los sueños, Breve historia del mundo y un libro publicado después de su muerte en México que se llama La novela de mi padre. Reflexionando sobre el exilio y la forma especial de acercarse a la lejanía y al cariño que llegó a sentir por su patria, Lichi decía:

“El regreso es imposible, siempre se va. Uno va y va y va. El regreso es una metáfora, un recurso literario. Yo he sido muy crítico con Fidel y con el gobierno de mi país, Yo, además he recibido numerosas críticas de parte del gobierno cubano, críticas hasta insultantes, pero yo no escribiré nunca nada que le haga daño a Cuba. Antes de eso, mejor me corto la lengua y los brazos. A mí me gusta decir, y estoy dispuesto a demostrarlo que nadie ama más a Cuba que yo. La pueden amar como yo muchos, millones, no digo que no, pero más no, porque eso es humanamente imposible.”

Raúl Rivero

lunes, 8 de julio de 2019

"La patria es un plato de comida", le gustaba decir a Eliseo Alberto



A Raúl Castro, a Miguel Díaz-Canel y su Consejo de Estado y Ministros, a los dirigentes del Partido Comunista, a los diputados de la Asamblea Nacional del Poder Popular y a todos los que actualmente desde provincias y municipios, están al frente de los destinos de Cuba, no solo hay que exigirles democracia, libertad de prensa, viviendas, transporte público, aumentos de salarios y pensiones y derecho a huelgas y manifestaciones callejeras pacíficas, también que acaben de resolver el gran problema que el país siempre ha tenido y tiene: la escasez crónica de alimentos.

En sesenta años de revolución, los dirigentes castristas no han sido capaces de mantener llenas las bodegas, tiendas, farmacias y ferreterías, como estaban cuando llegaron al poder en enero de 1959. En más de un discurso, Fidel Castro aseguró que Cuba iba a tener abundancia de carne, leche, queso, malanga y frutas, entre otros alimentos.

Varias décadas después, ha ocurrido lo contrario. Cada vez hay menos viandas, hortalizas, legumbres y frutas. La cuota de carne de res, unas onzas per cápita, definitivamente desapareció en 1992. Hace poco, en el blog de la Fundación Nacional Cubano Americana, Raúl Rivero escribía:"La carne de res vive en el olvido y la de puerco tiene ahora el precio del faisán de la India". Aquel jamón viking que en los 80 vendían por la libre y mi madre le decía "jamón de agua", comparado con el picadillo de soya, la pasta de oca, el fricandel, la masa cárnica, el perro sin tripa y el cerelac, entre otros inventos culinarios creados en los 90 por los 'gurús del castrismo', era manjar de reyes. La leche de vaca fresca, mantequilla, queso crema y yogurt ofertados a la población en lecherías cercanas a sus domicilios igualmente se esfumaron. Con sus altas y bajas, el pollo y el huevo más o menos sobrevivieron.

Hay niños que nunca han comido camarones, langostas, pargo, cherna, rabirrubia... Jóvenes que nunca han probado frutas como el anón, chirimoya, guanábana, tamarindo, mamoncillo, ciruela, plátano manzano, níspero, marañón, canistel... Hasta las naranjas y mandarinas se han esfumado y un limón puede costar cinco pesos.

Tengo 76 años y en mi infancia, el picadillo -carne de res de segunda que en tu presencia molía el carnicero- era comida de pobres. Hoy, después del paso del picadillo de soya, bodrio que los burócratas del Ministerio de Comercio Interior oficialmente le llamaban "picadillo extendido o texturizado" y era una mezcla de harina de soya, sangre y vísceras de váyase a saber cuáles animales, ya solo los cubanos de la tercera edad recuerdan al verdadero picadillo, al cual además de ají, tomate, ajo, cebolla y sal, se le echaban pasas, aceitunas y alcaparras (en la bodega de la esquina de mi casa, en Monte y Romay, un cucurucho de papel con pasas, aceitunas y alcaparras costaba 5 centavos).

Comida de pobres eran también las latas de sardinas en aceite o tomate de España, Portugal o Marruecos. O el bacalao de Noruega, cuyas pencas veías colgadas en todas las bodegas. O los camaroncitos secos, que por unos centavos podías comprar o pedir fiado al bodeguero, que lo anotaba en un cuaderno hasta que lo pudieras pagar. En las casas más humildes no faltaba el maíz, para preparar tamales en hojas o en cazuela, en guiso con carne de cerdo o seco, en harina, que algunos comían con un poco de leche y azúcar o con enchilado de masas de cangrejo. O como postre, en pudín o majarete. Hoy aquellas comidas de pobre son un lujo, al alcance de unos pocos.

La implantación de la libreta de racionamiento, en marzo de 1962 marcó el inicio de la "distribución equitativa" de los escasos productos perecedores y no perecederos existentes en los almacenes estatales. Pero también marcó el inicio de la desaparición de los alimentos tradicionalmente consumidos por los cubanos. Alimentos comprados con pesos, la moneda nacional, que entonces tenía el mismo valor que el dólar. Alimentos que adquirías en la bodega, el puesto, la carnicería o el Mercado Único o de Cuatro Caminos, el más abastecido que había en La Habana.

La solución no es el avestruz, la jutía o el cocodrilo, animales que dudo formen parte de la dieta de una élite verde olivo a la cual jamás le ha importado lo que comen o dejan de comer los cubanos de a pie. Una élite que no necesita la libreta de racionamiento, que no sabe lo que es hacer cola para comprar un pan incomible, ni tener que estar rompiéndose la cabeza a ver qué le cocinas a tus hijos o pasándole un email a un pariente en Estados Unidos para que te mande unos dólares que te permitan sobrevivir un mes a ti y los suyos. Una élite cuyos descendientes viven a todo trapo, como se ha visto en fotos y videos subidos a las redes sociales. Es lo que trajo el barco fidelista.

La solución es una agricultura, una ganadería y una pesca rentable y, sobre todo, sostenible, donde los principales protagonistas no sean los burócratas de los ministerios y empresas, si no los agricultores, ganaderos y pescadores individuales o agrupados en cooperativas por ellos mismos organizadas. Y que sus producciones se distribuyan como siempre se distribuyeron, directamente a puestos y mercados, con sus propios camiones, sin intermediarios, para que lleguen pronto y en buenas condiciones a los consumidores.

Una isla con un clima y una tierra fértil que a lo largo de sesenta largos y angustiosos años, ha sido dirigida por un ejército de barbudos con méritos históricos, guerrilleros y revolucionarios que nadie les niega, pero incapaces de administrar una nación que cuando a partir de 1959 la tuvieron bajo su mando, era desarrollada y en numerosos renglones alimentarios, poseía mejores resultados que otras naciones del continente.

Barbudos que crearon una dinastía y conviritieron al archipiélago cubano en una finca particular. Barbudos que han envejecido en el poder y les importa más el mausoleo donde van a ser enterrados que el porvenir de una población a la que desde el principio supieron adoctrinar, controlar, vigilar, atemorizar, reprimir, encarcelar...

Y en vez de obreros convocando a huelgas exigiendo sus derechos laborales y de ciudadanos manifestándose libre y pacíficamente por calles y plazas, por legado han dejado a miles de cubanos que han preferido huir de la tierra donde nacieron. Que han preferido tirarse al mar en una balsa, morir ahogados o devorados por tiburones. O escapar y morir congelados en el tren de aterrizaje de un avión. O cruzar selvas, ríos y fronteras peligrosas, en busca del futuro que los barbudos le han negado -y le siguen negando- a cientos de hombres y mujeres, jóvenes en su mayoría, que prefieren emigrar y morir en cualquier parte del mundo antes que protestar en su país.

Cuando un pueblo pierde sus tradiciones culinarias por falta de alimentos, pierde su alma, su aché. "La patria es un plato de comida", le gustaba decir al periodista y escritor Eliseo Alberto (La Habana 1951-Ciudad de México 2011), a quien tuve la suerte de conocer y tratar a mediados de la década de 1970 en la ciudad donde los dos nacimos.

Tania Quintero
Foto: Menú típico cubano: arroz blanco, potaje de frijoles negros, bistec de palomilla (carne de res) con ruedas de cebolla fritas o crudas por encima y plátanos maduros fritos. Ese menú actualmente es un lujo en Cuba, pero antes de 1959, era comida de pobres. Muchos cubanos lo comían a diario, a veces sustituyendo el arrroz blanco y los frijoles negros, por moros y cristianos o congrí; el potaje de frijoles negros por frijoles colorados; los plátanos maduros por tostones, mariquitas o papas fritas; el bistec de palomilla por uno hígado de res. Antes de 1959, al menos en La Habana, la carne de cerdo se comía en masas frita solo con sal, asada con adobo criollo, guisada con papas, maíz o quimbombó o con arroz amarillo, pero no tanto en forma de bistec como ahora. En los puestos de fritas un pan con bistec de res costaba 15 o 20 centavos. Cualquier plato solía acompañarse de ensalada de tomate, pepino, col o lechuga, aguacate, yuca con mojo o boniato hervido. La foto fue tomada de El Nuevo Herald.

Sobre el tema gastronómico sugiero leer:

¿Salimos a comer algo?; La Habana difunta para un Infante premiado; Ocurrió en Calimete; Leopoldo, el fritangueroEl puesto de fritas de mi barrio; Mis vivencias con la comida china; Comiendo para sobrevivir; El dilema de comer pez gato; De cuando nos comimos los gatos; Lo que el viento se llevó; Lo que se fue perdiendo en Cuba; La papa, estrella ausente; Ajo, cebolla y ají; Ajiaco criollo, de aliado a enemigo; Congrí oriental y Moros a la habanera; Cinco frutas desaparecidas en Cuba; El marañón, una fruta perdida; Érase una vez un naranjal; La fresa, fruta prohibida para los cubanos; Las manzanas de Alquízar; Las frutas exóticas del delirio; Discurso pronunciado en 1966 por Fidel Castro, donde anunció el cultivo de uvas, fresas y espárragos en Cuba; La cosa está mala; Cuando los cerdos pastan en las nubes; Ironías del destino; Lo peor siempre fue la escasez y Hay que tener familia en el extranjero.

lunes, 1 de julio de 2019

República repudiada por decreto oficial



El Capitolio Nacional, situado en el Kilómetro Cero de La Habana, recupera su esplendor. El ala norte y sur de la institución fue remozada con esmero. Y decenas de operarios colocan láminas doradas compradas en Rusia en su enorme cúpula central de 91 metros de altura.

La aburrida y monocorde Asamblea Nacional del Poder Popular, única en el mundo que no elabora leyes y solo aprueba por unanimidad las normativas que bajan desde el ejecutivo autocrático, ya ocupa varias oficinas en el Capitolio.

En algún momento de 2020 o 2021, la otrora Cámara del Senado y de Representantes funcionará como sede de la Asamblea Nacional, aunque tendrán que recortar la abultada nómina de parlamentarios, pues el hemiciclo de la Cámara de Representantes solo contaba con 200 asientos y el Senado 54 y actualmente el número de diputados es de 605.

Eusebio Leal, el historiador de la ciudad que se caracteriza por su oratoria exuberante, es un personaje contradictorio. Los residentes de la Habana Vieja aprueban su gestión en la recuperación de obras históricas y apertura de nuevos espacios públicos, mientras sus adversarios lo tildan de tracatán educado. Pero ha sido Leal el factor principal que además del maquillaje dado a un trozo de la zona colonial, ha influido en la recuperación de la memoria histórica de la capital en todos sus aspectos: desde la urbanística hasta la republicana.

Una fuente cercana al historiador cuenta que el hecho de que el Capitolio vuelva a ser sede parlamentaria, es un premio a la tenacidad de Eusebio Leal, quien con angustia observaba el deterioro del inmueble. Es cierto que la renovación de ese epicentro geográfico de La Habana intenta ocultar la miseria a su alrededor así como el derribo de desvencijados edificios vecinales para sustituirlos por hoteles de lujo.

Según los conocedores del tema, Eusebio Leal, de puntilla, intenta introducir el reconocimiento al Día de la República, una fecha borrada de un manotazo por Fidel Castro. Algún que otro historiador oficial, hablando con la boca pequeña o publicando un artículo en páginas interiores de medios intelectuales, reconocen ciertas virtudes del 20 de mayo y su primer presidente Don Tomás Estrada Palma.

Pero todavía la descomunal maquinaria propagandística del Partido Comunista ignora nuestra fecha republicana. Al preguntarle a Odalys, empleada bancaria, 29 años, si conoce el significado del 20 de mayo, responde: “No, no sé qué pasó ese día. Es que son tantas las fechas que se celebran que uno se vuelve loca”.

Tres estudiantes sentados en el Parque Córdoba, en La Víbora, que matan el tiempo conectados en sus teléfonos móviles al diario deportivo Marca, de España, dicen que para ellos la fecha más importante de Cuba es el 1 de enero de 1959, cuando triunfó la revolución. “Luego le siguen por importancia el asalto al Moncada, el 26 de julio, el 2 de diciembre, desembarco del Granma, el 8 de octubre, cuando mataron al Che, y el 10 de octubre”, explica Daniel, alumno de 12 grado. ¿Y el veinte de mayo?, le pregunto. “Ah, sí, pero esa no es importante. Fue cuando surgió la república mediatizada”, contesta Daniel.

Como si fuera un reflejo condicionado, cuando usted habla con personas nacidas después de la llegada al poder de Fidel Castro, la inmensa mayoría desconoce o minimiza el significado del 20 de mayo. Ernesto, habanero residente en Hialeah, confiesa que en su primer 20 de mayo en Miami fue que supo de la importancia de esa efemérides. "Allí casi todos los cubanos colocan banderas en la fachada de sus casas y en los carros. La prensa de Florida hace un recuento histórico de ese día y cubanos de éxito visitan la Casa Blanca y charlan con altos funcionarios o el mismísimo presidente. Pero en Cuba casi nadie sabe lo que pasó ese día”.

Ciento diecisiete años después, no quedan testigos vivos de aquella mañana de sol brillante cuando el Generalísimo Máximo Gómez izó la bandera de la estrella solitaria en el Castillo de los Tres Reyes del Morro. En una nota del colega Jesús Hernández, publicada hace tres años en Diario las Américas, contaba que “la fecha escogida fue el 20 de mayo por ser el día posterior al 19, cuando el Apóstol de la Independencia, José Martí, murió en combate, para cumplir con aquello de muere un hombre, nace una nación”.

Relataba Hernández: "Entonces, el antiguo Palacio de los Capitanes Generales, en La Habana, sitial de los 65 capitanes generales españoles que gobernaron a Cuba, acogió a distinguidos visitantes, embajadores y altos oficiales del Ejército Libertador para presenciar el nacimiento de la República. Nadie imaginó el 20 de mayo de 1902 que un siglo después de haberse establecido la República, los cubanos tendrían que seguir luchando por sus derechos cívicos y humanos. Y es que la desdicha que Cuba sufre hoy no es superior o menor a la que el país confrontó antes, pero el presente que se vive duele más que el pasado porque lo vivimos, lo medimos con desconfianza, incertidumbre e inclusive provecho”

La historiografía oficial ha querido ignorar nuestro día de la independencia. Sepultar 57 años con políticas más o menos erradas, dos dictadores por el camino y no pocas desigualdades, pero con un crecimiento económico impresionante, una Carta Magna democrática y una capital entre las más hermosas de América.

Cientos de empresarios cubanos fundaron negocios boyantes. Una legión de arquitectos, médicos, pedagogos y abogados sobresalían en sus respectivas profesiones. La música cubana vivió su década de oro. Benny Moré encendía el Alí Bar, la Lupe armaba su puesta en escena en el club La Red. El Caballón, Bebo Valdés, acompañaba al piano a Nat King Cole en Tropicana y una negra inmensa con voz de mezzosoprano, la Freddy, cantaba boleros en el bar Celeste.

La revolución de Fidel Castro pretende demonizar el pasado. No era perfecto. Pero teníamos República.

Iván García
Foto: Sello conmemorativo por el centenario de la bandera cubana. Tomada de Lighthouse Stamp Society.

lunes, 24 de junio de 2019

La Habana, la ciudad detenida (III y final)



–Esto es Cuba, mi hermano. ¿Quieres ver la realidad cubana? ¡Esta es la realidad cubana!

Me grita Yorman, un negro poderoso. Yorman está sentado a la entrada rota de una casa, su short de fútbol, sus chancletas. La fachada está en ruinas: unos arcos sin nada detrás, sin techo encima. Yorman me dice que si quiero ver, que pase. –¿Y cómo está la realidad cubana?

–En candela. Pésimo. Me dice y se sonríe. Los habaneros hablan como si les faltara boca, como si las palabras no les cupieran en la boca y tuvieran que abrirla tanto para hacerles lugar. Yo le digo que no tiene cara de pésimo y él me dice que el cubano siempre está alegre, pase lo que pase, y que él de todas formas ya es como si no estuviera, que en unos días se va a Suecia porque su mujer está allá y que acá siempre los mismos se lo quedan todo, que no tiene remedio, y que pase, que mire.

–¿Quieres ver la realidad cubana? Adentro, al final de un pasillo, tras las ruinas, hay un patio rodeado de cuartos: lo que aquí llaman un solar –y allí corrala o conventillo o inquilinato o vecindad, según. En el patio hay baldosas partidas, ropa tendida, adultos conversando, chicos a gritos, perros quietos. Cada cuarto tiene unos veinte metros cuadrados, una puerta, si acaso una ventana, su bañito y su rincón cocina; cada familia vive toda junta. En tantos otros sitios un sitio así alojaría pobres muy pobres, marginales varios; aquí, en este solar, me dice Yorman, hay una médica, un funcionario de la televisión, un utilero de teatro y siguen firmas. Y que no pagan alquiler y pagan, por agua, luz y gas, dos o tres euros al mes, pero a veces se quedan sin agua.

–¿Así que argentino, eh? Me dice Abel y me sonríe. Abel tiene la cara angosta y picada de granos, los ojos muy azules; me dice que su madre era de Santiago y llegó a este edificio en el ’56, huyendo de alguna persecución porque era del movimiento de Fidel y que él nació aquí mismo, en el solar, hace 40 años.

–¿Y qué tal con Macri? ¿Los está destruyendo? Yo le pregunto cómo sabe; porque lo ve en la tele. Abel tiene dos o tres dientes en la boca y una cruz dorada del tamaño de un plátano con su Jesús colgándole del pecho.

–Cada sistema tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Claro, a mí lo que me gustaría es el comunismo científico de Marx y Engels, pero eso es científico, en la vida real no se puede. Me gustaría, porque ahí no existe el dinero, todo se hace por camaradería, por solidaridad. Pero eso en este mundo no se puede, así que hay que sacar lo mejor de cada sistema. Hasta del capitalismo se pueden sacar cosas buenas.

–¿Como qué? Abel se hace el tonto, saluda a una vecina, azuza al perro. Yo le insisto: qué, por ejemplo.

–Y, que uno puede ser una persona. –¿Cómo? –Sí, en el socialismo todo lo hace el Estado, no hay lugar para las personas. Yo, la verdad, chico, prefiero cuando se puede ser una persona.

Yorman suelta su carcajada; Dirma –la esposa de Abel– le grita que otra vez diciendo tonterías. La discusión empieza; va a ser larga. Una sociedad donde el Estado intenta controlar tantas cosas será una sociedad donde muchas cosas se hagan al margen –por detrás, en contra, lejos, en detrimento– del Estado.

Diría que casi todos detestan la política y que no conozco otro lugar donde se hable tanto de política. O, por lo menos, de quienes gobiernan y de cómo, tan presente en sus vidas. Es el resultado de 60 años de un gobierno que decidió ser lo más importante que sucedía a sus ciudadanos. Pese a lo que algunos quisiéramos, la política suele importar a pocos: no hay nada menos masivo que la democracia. Aquellos movimientos revolucionarios supusieron que era un error, otro efecto de la alienación capitalista, e intentaron involucrar a todos.

(Y entonces ese momento estrepitoso en que unos pocos deciden que sí saben lo que millones necesitan pero ignoran –y se lanzan a dárselo, se sacrifican para dárselo, hacen de dárselo el centro de sus vidas. Y, si tienen mucha mucha suerte, se lo dan, lo imponen: millones viven entonces como esos pocos decidieron. Hay algo de monstruoso, de terrible en todo eso pero, sin esos pocos, sin los intentos tantas veces fracasados de esos pocos, ¿todo seguiría siempre igual? ¿Seríamos, digamos, siervos de la gleba?)

Y la invención de una época, una épica. Se precisaba un relato muy potente para mantener a millones de personas viviendo más o menos mal, sufriendo privaciones, aceptando mandos y controles, esperando un futuro que no llegaba nunca. Sorprende que algo así haya durado décadas. El problema es que al caer no dejó casi nada: el recuerdo de tanto sacrificio para muy poca recompensa, la urgencia de buscarse metas nuevas. Ahora, entonces, sin filtros ni barreras, el único set de metas que nuestro tiempo ofrece: el placer del yo, entendido como coche casa ciertos supuestos lujos, el consumo. La gran paradoja es que creer en el futuro es ser antiguo. Modernizarse es dejarlo atrás, vivir para un presente –algo– más cómodo.

Un barrio, llueve a mares. Bajo un techo de lata, en el bochinche, docena y media de refugiados esperamos que pase. El muchacho está por terminar ingeniería y me habla con envidia de un su abuelo que sí hizo cosas importantes, dice, cosas que quedan en la historia: a sus 20 se metió en la guerrilla, lo apresaron, lo torturaron, se escapó. –Mírame, a mi edad él ya había hecho una revolución. Esos sí que eran tiempos. –¿Y ahora, en estos, qué puedes hacer? –¿Qué voy a hacer? Si yo no creo en nada. La lluvia arrecia.

¿Cómo fue que el futuro se nos volvió pasado, tan callando? ¿Fue de tanto esperarlo? Hay una imagen de Ernesto Guevara que es el Che. Es esa imagen infinitamente repetida, impresa, pintada, embanderada, de una cara acuciante entre barbas, una boina, una estrella y los pelos al viento. Esa foto, esa imagen, resumió para muchos durante mucho tiempo la actitud a tomar: la mirada segura enfocada allá lejos, en las luces por venir, la definición de esa boina y esa estrella y la determinación de los pelos flameados por el viento de la Historia. Esa foto era una forma de estar en la Historia. Esa foto fue tomada en un acto protocolar, en una tribuna de altos funcionarios en La Habana.

Hay imágenes que son lo que no parecen; la mayoría ni siquiera parece, no figura, no imagina. Yo tenía 11 o 12 años, fines de los ‘60, en Argentina había una dictadura y mi padre, intelectual de izquierda, agitador, había imprimido unos afiches rojos con esa cara de Guevara que decían “Un guerrillero no muere para que se lo cuelgue en la pared”. Me lo mostró, le pregunté para qué entonces. –¿Entonces, pa, para qué se muere un guerrillero? Se le cruzaron, supongo, tres o cuatro respuestas, y prefirió el silencio.

Aquí en La Habana esa cara está por todas partes. Y, ahora, también, la del otro, su amigo, el jefe del que quiso separarse. Guevara joven, Castro viejo. Ahora que los dos, con medio siglo de diferencia, terminaron de morirse, sus caras llenan juntas la ciudad y cuentan dos historias tan diversas. Es brutal ver codo a codo la historia de ése que lo entregó todo y la de ése a quien todos se entregaron; el que siempre se escapó del poder, el que nunca dejó que el poder se le escapara; el que se volvió un modelo, el que construyó un modelo; el que quería que todos fueran como él, el que como él decía. Es extraño, casi cruel, tan elocuente ver colgados de las mismas paredes al joven triunfante en la derrota, el viejo derrotado en el triunfo; el que se hizo más y más global, el que se hizo más y más local; el que se compran los turistas, el que no.

–Por medio de este escrito hago constar que he decidido quitarme la vida por un problema personal. Digo, por un problema con personal, con el departamento de personal. Soy un trabajador humilde, cumplidor, nunca he faltado ni un minuto, pertenezco a varias organizaciones, pero estoy disconforme con lo que me pagan: considero que es mucho, demasiado.

El hombre flaco está subido a una especie de cubo negro y habla desde allí y dice que no soporta más, que ahora mismo se tira. Tiene la voz quebrada, plañidera. –Es tanto dinero que cuando cobro nunca sé lo que voy a hacer con esta cantidad. Le pedí al jefe de personal que me lo rebajara pero me dijo redondamente que no, que si me paga menos ya es ilegal, que puede ir preso. Eso es mentira. Aquí nadie va preso por pagar miseria. Si no, cuántos habría ya con pena de muerte.

El público se ríe a carcajadas. En un teatro que por alguna razón se llama “Karl Marx”, grande, bien hecho, humoristas celebran los 500 años de La Habana con un show. –Y no crean que no he buscado alternativas. Yo un día le dije mira, dame la baja que me voy pa’ otro lugar donde me paguen menos… Dice, y se calla: no necesita decir más; el público se ríe porque sabe. Hay una forma del humor de régimen que consiste en sugerir, nunca decir; callarse justo antes para que sea el espectador –la complicidad del espectador– quien escuche lo que no debe ser dicho. Una forma de crear un nosotros: somos los que sabemos, los que no necesitamos palabras para hablar. Otro, ahora, celebra la ciudad con una suerte de oda:

–¡Cuánto la quiero! La Habana, mi ciudad, mis recuerdos, mis escombros. ¡La Habana, donde nadie nunca se acuesta sin comer… Dice, y calla para que cada quien complete. Otro cuenta que ha recibido una postal de Italia de un amigo que le dice que ojalá algún día pueda viajar para ver esas ruinas magníficas. ¿Yo, viajar?, dice el cómico, ¿para qué quiero yo viajar? –y hace el mimo de abrir una ventana. Y que después sigue leyendo que su amigo le dice que aquello es especial, las ruinas espléndidas de una civilización próspera que fue invadida por un malvado imperio del Oriente. Ajá, dice, y otra vez las carcajadas sin palabras.

Era lunes. Ya había pasado cuatro días en La Habana cuando una amiga me llamó preocupada: –Del CPI te buscan. Me dijo, como si eso alcanzara para el pánico. –¿De dónde? –Del CPI, el Centro de Prensa Internacional. Quieren saber qué estás haciendo acá, si estás investigando algo.

Yo no investigo; miro, si acaso, escucho, escribo. El funcionario del CPI había dicho que lo llamara urgente: que si no me acreditaba, me expulsaban. Me pareció un exceso; lo llamé. El trato no fue amable: –Si usted vino a hacer alguna actividad periodística, no cumplió con las leyes de Cuba. –Disculpe, como no estoy haciendo nada de actualidad… Pero no hay problema, ¿qué quieren que haga? –No es lo que nosotros queramos, es que si usted va a un país tiene que cumplir con sus leyes. Si yo voy a la Argentina o a España me van a hacer cumplir la ley, ¿o no? –Seguramente, pero nadie lo va a buscar para averiguar qué está haciendo. –¡Cómo que no! ¿Usted se cree que yo me chupo el dedo? Yo he viajado mucho y sé cómo es.

El diálogo no siempre acerca a los pueblos. Al final me dijo que me presentara al día siguiente para pedir una acreditación. Era tajante: si no, tendría problemas graves. Al otro día, cuando fui a reportarme, una recepcionista hosca me dijo que el funcionario estaba reunido y tardaría un par de horas. Yo, una vez más, no supe cómo interpretarlo. Me fui, le dije que volvería al día siguiente. –Ya tú sabes, chico. Ya tú sabes. Al otro día volví. El funcionario seguía ausente o reunido o incapaz de verme. Si los buenos trabajan así, no es extraño que ganemos los malos. Dejé anotado mi teléfono y dije que si me precisaban me llamaran.

¿Hace cuánto que no me despertaba sin noticias? ¿Cuánto, desde la última vez en que empezar el día no consistió en manotear una pantalla y mirar si pasó algo en casa, si me escribieron del trabajo, si el mundo sigue andando? La Habana no solo es una ciudad –casi– sin coches; también es una ciudad –casi– sin internet.

Es decir: una donde los hogares no tienen internet, donde los teléfonos móviles no tenían internet hasta hace unos meses y donde, todavía, la mayoría no lo tiene: el 3G es demasiado caro. Así que, cuando un cubano quiere llamar, por ejemplo, a sus parientes de Miami para pedirles algo o mirar el último video de Maluma o el resultado del Madrid, se compra una tarjeta que le da un tiempo de internet y se suma a ese paisaje tan radicalmente habanero: personas –docenas de personas, mayoría de jóvenes– sentadas o paradas en todos los rincones de una plaza que tiene un “punto wifi”, cada cual enfrascada –enfrascada es la palabra– en su teléfono. Se reúnen para aislarse, se encuentran en un lugar para acceder a otros.

O sea que en La Habana “conectarse”, estar comunicado, no es algo que existe por defecto, no una fatalidad, no una constante; es una decisión que hay que tomar, un momento elegido. Supone volver a aquellos días en que la comunicación sucedía en ciertos tiempos y lugares. Aquí, ahora, es como entonces: debo llegar a un lugar donde pueda conectarme y ver cómo ha cambiado –sin cambiar– mi vida en las seis horas anteriores. Y eso por no hablar de la aventura inmarcesible de llegar a los lugares sin google maps ni google leches.

Pero la resistencia del gobierno cubano a abrir el internet a sus súbditos se parecía tanto a esos intentos de tapar el sol con cuatro dedos. El 3G cada vez más accesible producirá un cambio que quizá cambie mucho más que el reemplazo de un viejo jerarca del Partido Comunista por un jerarca maduro del Partido Comunista: la irrupción de internet en la vida cotidiana. Mientras tanto, siguen siendo tiempos del paquete. Probablemente nada, en las últimas décadas, cambió la vida cubana tanto como el paquete.

Dicen que todo empezó en esa Universidad de las Ciencias Informáticas que creó Fidel Castro a principios de siglo. Era uno de los pocos lugares de Cuba con buenas conexiones; allí, entonces, a alguien se le ocurrió bajar y compilar cada semana gigas y gigas de programas de televisión mayormente americanos –deportes, músicas, noticias, series, espectáculos varios– y armar una red para distribuirlos. Lo llamaron el paquete y los habaneros se fueron acostumbrando a pasar, cada lunes, a cargar su pendrive en la casa de su distribuidor vecino. Con el tiempo los vendedores se fueron haciendo menos clandestinos; ya no hay barrio que no tenga sus puestitos: un tera de tele por un dólar. Su aparición fue un cataclismo: el taladro que rajó el muro de silencio. Durante décadas, los medios oficiales habían creado el paraíso dibujando el infierno: todos sabían que aquí no se vivía muy bien, pero la tele y la radio contaban lo horrible que se vivía allá afuera. El paquete fue la primera grieta seria en la fortaleza del relato; el Estado perdió el monopolio de la información.

Abdel La Esencia o Michel Butic, jerarcas del paquete, tienen el poder que antaño tenían ciertos burócratas: el de armar la escena cultural. Antes un músico –digamos un músico– para ser escuchado debía salir por la televisión o la radio oficiales, los únicos que había. Ahora le basta con pagar a estos señores para que lo incluyan. Sin el paqueteno podría explicarse, por ejemplo, el triunfo del reguetón cubano.

La música retumba y unas chicas bailan alrededor de un chico; en Prado, el paseo más tradicional de La Habana, un reguetonero principiante está grabando su video. El chico hace como que canta y hace gestos; a sus lados las chicas muy chicas, de espaldas, zarandean sus glúteos con denuedo. –Dale lai. Dale lai. Conecta y dale lai, que todo Cuba lo consuma, dale lai. Canta, poco más o menos, el chico y tardo en descubrir que lai es like y que el chico se llama José y que eso es lo que quiere.

José usa esos jeans angostos que terminan encima del tobillo, las zapatillas gordas, las cadenas doradas guesas sobre el pecho, los colmillos de oro, los aritos de oro en la nariz y oreja. Su familia siempre vivió en el Cerro, un barrio modesto. Su papá es médico neurólogo, su mamá es maestra, y él, cuando salió del colegio, hace seis o siete años, estudió para fisioterapeuta; era serio, terminó sus estudios.

Pero, mientras, intentó una carrera más rentable: decidió hacerse del santo. Fue a ver a un babalao –sacerdote del culto yoruba– que le dijo que el suyo era Changó, y ahí mismo empezó su formación. Así que tuvo que buscarse la vida para encontrar la plata necesaria: casi dos mil dólares. –Es caro, sí. Hay que pagarle al babalao. Y hay que comprarse muchas cosas: los instrumentos, los recipientes, los animales. –¿Qué animales? –Los animales para sacrificar, chivos, gallos, gallinas, codornices. Dice, y que eso está muy difundido en Cuba, que por supuesto hay personas que creen en Dios solamente, pero que él cree en los dos, en Dios supremo omnipotente y en su santo.

–Hay quienes se hacen del santo por salud, para ganar más, para tener éxito. Yo me hice para estudiar, para ser babalao y ganarme la vida. Es una carrera buena, se gana buen dinero. Sus clientes lo contactan por las redes sociales; en esos ritos, José aprendió a tocar los tambores, empezó a pensar más en música.

–Pero nunca se me había ocurrido ser reguetonero, hasta que me vinieron a buscar. Un amigo me llevó a un estudio, me dijo que probara. Y yo me sentí bien, como si hubiera encontrado mi lugar. Y entonces, cuando tuvo que hacerse un nombre, se hizo llamar El Like porque, dice, cada vez que subía una foto en Facebook le daban muchos likes. José es grandote, cuerpo bien trabajado, cara bien dibujada. José sonríe como esos que saben que su sonrisa los ayuda, les consigue cosas; una sonrisa que se sonríe a sí misma.

En los últimos años el reguetón se ha convertido en la banda sonora de América Latina –y La Habana es uno de sus nidos. Es, también, para Cuba, un fracaso cultural muy bruto: con sus letras, sus coches, sus mansiones, sus oros y sus culos es un canto al capitalismo más extremo. Las autoridades, al principio, lo combatieron; el paqueteles ganó la batalla. Ya hace un tiempo que aceptaron su derrota, y ahora tratan de unirse a él, de cooptarlo: postulan un reguetón cubano “con valores distintos”. No es el que más se oye.

–Tú eres una loca calurosa/ que te gusta hacerte la fría/ pero conmigo tú gozas,/ así que quítate la ropa y conmigo retoza./ Como te gusta el chucuchucuchú/ no te pongas nerviosa… Canta José en otra de sus obras. Y después me dice que sí, que él sabe que la imagen del reguetón es un poco turbia, de pistola, pero que él nunca se ha fajado con nadie.

–¿Por qué elegiste el reguetón? –Porque camina mucho. Por lo menos aquí en Cuba camina, llega rápido a todas partes. El año pasado, cuando empezó, Butic le metió un par de canciones en el paquete “gratis, porque es hermano de la religión”, y le fue bien, empezó a hacer eventos, a ganar un dinero, pero entonces descubrió que su representante le robaba y lo echó, y su carrera volvió a fojas cero. –Hay que tener paciencia, mucha paciencia. A veces te pasas días y días sin trabajar, que no te llaman. Pero yo tengo esperanzas de que vamos a salir adelante, yo sé que a la gente le gusta lo que hago. Y eso es lo que yo quiero, que la gente me conozca y me valore, que reconozca mis canciones, que me aplauda.

José tiene claras sus metas: dice que lo primero que hay que buscar es la fama “porque si llega la fama después el dinero viene solo”. –Y nosotros los cubanos somos conformistas. Como no somos capitalistas, como nunca hemos tenido tanto, uno se conforma con un carro, una casa, unos viajecitos, unas mujeres buenas… Sería un sueño.

–¿Y si no funciona? –Va a funcionar, va a funcionar, no te preocupes. Yo no me preocupo, pero lo vuelvo a preguntar. José me mira con fastidio –Mira, chico, si al final no funciona yo me vuelvo a mi santo y santas pascuas.

La mujer –negra, las carnes desbordadas, pura licra– viene orgullosa por la calle portando dos cartones de 30 huevos cada uno, porque hoy llegaron huevos a mi barrio, y el jolgorio y las colas infinitas. En la puerta de su casa su marido –negro, flaco, pantalón corto, sus chancletas– la espera de muy mala cara, un cigarro en la boca:

–¿Mujer, no hiciste nada de comer? Ella se calla. –¿No ves que tengo hambre? ¡Coño, tengo hambre!

Media libra de aceite – Tres libras de azúcar blanca – Una libra de azúcar morena – Cinco libras de arroz – Una libra de frijoles – Un paquete de pasta – Una libra de pollo – Una caja de fósforos – Un cuarto de libra de café mezclado a 50% con chícharo – Diez huevos – Dos libras de papa – Un pan al día. (Una libra son 453 gramos; estos son los productos que recibe cada mes, contra un total de dos o tres euros, cada cubano con su libreta de abastecimientos. El resto tiene que comprarlo al precio que pueda.)

Pero antes, te dicen, la libreta traía mucho más: había comida en cantidad. Y entonces, te dicen, todos comían y tenían más o menos lo mismo –salvo, quizá, algunos jefes escondidos. Pero la población en general estaba acostumbrada a esa igualdad. Un hombre me cuenta que cuando era chico sus parientes de Miami a veces le mandaban algo de ropa y le daba vergüenza: –Todos los chicos teníamos la misma ropa, las mismas zapatillas. Yo no quería ponerme eso que me mandaban, yo con eso era el friki, el diferente, no quería. Todo era más sencillo, más sano...

Alguien alguna vez instalará una instalación: una góndola medio vacía, ocho o diez productos de colores tristes repetidos hasta lo indecible, que llamará “Socialismo real” o “¿Socialismo?” y alguien dirá que ya es hora de cambiarle el nombre. Que cuando algo fracasó en el 98,6 % de los casos es mejor barajar y dar de nuevo. O sea: buscar nuevas ideas, nuevos nombres para la noble intención de construir sociedades que no resulten tan indignas. (El mes pasado un amigo actor le pidió que se quedara con su perro una semana, que él tenía un trabajito fuera, y Zulma le dijo que sí. Entonces su amigo le dejó una decena de filetes de hígado para el animal; Zulma tardó dos días en decidirse, al tercero explotó: no podía ser que el perro comiera mejor que ella. Y, además, seguro que no iba a contar nada. Zulma dice que nunca en su vida había comido tanta carne.)

Así que hay colas: de pronto en cualquier calle aparece una cola porque hay que hacer un trámite o acaba de salir el pan del horno. La diferencia de clase también está en las colas. Están los pringaos habituales, los que tienen que hacer cola para casi todo. Y están los nuevos ricos, los que, ante cualquiera cola, siempre pueden conseguir un empleado que, por una propina, les permita no hacerla. Esperar. Tania me dice que la vida habanera es una educación de la paciencia. Esperar en la calle a ver si llega, si acaso, algún transporte; esperar en la cola a ver si llega, si acaso, tu momento de comprar o pagar o tramitar o presentarte; esperar, si acaso, que algo llegue.

Esperar, por ejemplo, más de sesenta años.

–¿Tú eres un privilegiado? –Sí, seguro que sí. Soy un privilegiado porque mi padre es un gran actor, una personalidad, así que me ha hecho conocer a personas que son difíciles de llegar para una persona normal, artistas, dueños de lugares, todo eso. Adán mide como dos metros de alto, alguno de ancho, pelo y barba levemente hipsters; Adán tiene 22, estudió piano clásico, toca en un grupo pop y no había cumplido 18 cuando se embarcó con su padre en la aventura de convertir una panadería semiderruida de San Isidro, un barrio duro de La Habana, en un centro de arte. Ahora se pasa los días en su Galería Gorría; está terminando de poner en marcha el hotel boutique del segundo piso y el bar de la terraza, sus vistas rimbombantes. Pero pretende más: quiere armar en ese barrio portuario un distrito de arte que se pueda caminar, con galerías, teatros, espacios culturales.

–Muchos vecinos son difíciles, la mayor parte no trabaja.. –¿Y qué hacen? –Nada. No sé, pasa mucho aquí en La Habana Vieja, en Centro Habana, especialmente la gente joven no está trabajando, se dedican a ver lo que les cae por ahí, el turista que le pueden raspar algunos dólares… Inventan, inventan. Dice Adán, y que intenta que participen de sus iniciativas, que organiza conciertos, festivales, cursos infantiles, murales grafiteros, y que es muy bonito hacer un trabajo comunitario y social, que tiene toda esa parte filosófica.

–Pero además a mí, como cuentapropista, me conviene que la gente de aquí cambie su manera de pensar, deje de ser marginal. Yo quiero traer turismo, que va a ser nuestro mayor ingreso; para que vengan, las calles tienen que estar más limpias, la gente tiene que dejar de botar la basura, no meter bulla, no pelearse por una botella de ron en la esquina, todos esos cambios que necesitamos para que esto funcione. Me dice, y que La Habana ha envejecido porque muchos jóvenes se fueron, pero que ahora se están yendo menos.

–Ya no es tan fácil irse a Estados Unidos, y además ahora el que trabaja aquí en un bar gana lo mismo que en Miami. Un primo mío que está de bartender saca 800, 900 dólares al mes, que con eso aquí vives espectacular porque no tienes que pagar renta, no tienes que pagar nada, puedes vivir bien. Y ahora además puedes viajar, no como antes, que ahora a mí me parece una cosa loca, que no podías salir, para salir de Cuba tenías que pedir un permiso especial.

–La Habana es un lugar maravilloso, pero también te asfixia. Si puedes tienes que irte, coger aire, para volver mejor. Tania tiene como 50 años, una sonrisa ancha, mucha prisa porque está por tomarse un avión. Tania es una artista de fama global, que ha expuesto en la Tate Gallery, la Bienal de Venecia, Documenta y tantas más, pero ahora en su ciudad no puede. Es famosa, también, por sus críticas a la inmovilidad y a ciertos cambios. Tania vive en una casa de La Habana Vieja y me dice que la mayoría de sus vecinos ya son extranjeros, europeos, una china.

–Ya están volviendo las cosas malas del capitalismo, el clasismo, el racismo. Yo conozco personas que sus hijos no se mezclan con personas de otras clases. Tienen un mundo construido donde van a tomarse un helado en dólares, a los restauranes, a las fiestas. Ya empezaron a existir varios mundos… Ya existen; también en eso –sobre todo en eso– La Habana empieza a ser una ciudad como las otras. Pero no del todo: ninguna lo es del todo.

Y la manera en que el viejo del piano de ese hotel se recuesta sobre el piano después de cada pieza, agotado, acabado, y se acaricia la cabeza. Y la manera en que esa madre gorda negra le pega a su nena de seis o siete años y le grita que corra más despacio, que no se vaya a lastimar. Y la manera en que dos hombres flacos recogen los escombros de una pared caída, con tanta parsimonia, tanta calma, como si cada piedra fuera un mundo. Y la manera en que esa cuarentona con uñas como fuegos y pelos como llamas y piernas como piernas en su falda tan corta camina con la cabeza gacha, como quien vuelve de allí mismo.

Y la manera en que esos dos muchachos con ropas de colegio se amenazan que se van a pegar y no se pegan y se insultan pero con cuidado porque saben que no vale la pena. Y la manera en que ese negro flaco, ropa pobre, gorra descolorida, baila solo en la calle frente a la ventana de uno de esos cafés con orquesta, puro goce. Y el gato que se detiene y que lo mira, y el policía que no quiere mirarlo, y el chico rubio que lo mira y se ríe. Y el olor de basuras y de aguas y las voces de tantos y los ruidos y sones y la pereza y todo el tiempo por detrás, y alguno por delante. La Habana Vieja; llueve, pero poco.

Martín Caparrós
El País Semanal, 27 de abril de 2019.
Foto: Yander Zamora, tomada de El País Semanal.

lunes, 17 de junio de 2019

La Habana, la ciudad detenida (II)



Melancolía, recuerdos. A sus turistas, La Habana ofrece sus pasados –de ella, no de ellos: de la gloria colonial quedan las fortalezas, palacios, catedrales; de la gloria azucarera quedan los monumentos y avenidas y ambiciones; de la gloria cabaretera quedan pinkies y hoteles, Tropicana; de la gloria revolucionaria quedan los frescos y consignas y esa sensación de estar en un lugar que, para bien o para mal, ya no es de este mundo.

(Aquel día fue tremendo. Hasta entonces las ciudades habían servido para tanto: en ellas sus habitantes se juntaban, se conocían se enfrentaban se mejoraban los unos a los otros, ganaban y perdían, se querían se robaban se copiaban; en ellas se fabricaban cosas, las ideas, los objetos de uso y de deseo; en ellas se apiñaban las armas y las pompas y los demás poderes; en ellas se inventaban las maneras nuevas; sin ellas, nada podía ser lo que era. Pero aquel día, de pronto, los azorados habitantes descubrieron que ya no sabían qué hacer con las ciudades. Desesperaron: brevemente desesperaron, se mesaron los pelos, dijeron en voz alta ay dios ay dios y después murmuraron ay dios y por fin, en un rapto, descubrieron el truco del turismo. Oh, el turismo será la salvación, proclamaban por calles y plazas, tugurios y merenderos, salones de los bancos. Oh, ellos vendrán y viviremos, oh, por el turismo viviremos, oh, pregonaban, y pusieron manos a la obra.

Fue dulce y, como siempre, la historia pudo reescribirse: ahora millones saben –como se saben esas cosas– que las ciudades, antes del turismo, no existían. O, dicho de otro modo: ¿será que realmente no hay forma de evitar que todos los lugares diferentes, evocadores o coquetos de las ciudades del mundo se vuelvan decorados para el paseíto? ¿Será que solo los espacios más feos conservarán su vida? ¿O alguna vez, dentro de 20 o 30 años, la realidad virtual o lo que entonces sea hará inútil el viaje y las viejas ruinas reacondicionadas volverán a su antigua condición de ruinas, y las viejas ciudades serán lugares para que vivan las personas?)

La Habana vive en gran medida del turismo y el turismo la cambia y cambia a sus habitantes y los convierte en servidores de lugares comunes, de esos clichés que atraen a los turistas: servidores. Algunos –algunas– intentan descubrir formas nuevas de hacerlo. Formas que no sean puro tributo a la nostalgia, formas que les permitan hacerse vidas nuevas, y ofrecer algo nuevo, algo distinto.

Las Four Wives son cuatro mujeres en sus treintas que estaban allí cuando Cuba empezó a estar allí, en la mira de cierto jet-set. Trabajaban en producción de cine, se conocieron en rodajes y viajes de famosos, decidieron unir fuerzas y crearon “especie de empresa” para ofrecer turismo de calidad. Ya recibieron, entre otros, a Madonna y a Jagger; ya recibieron becas para aprender “excelencia de negocios” en Columbia Business School de Nueva York. Lili y Verónica son dos de las Four.

–Nuestros visitantes se impresionan con la cultura, la creatividad que hay en La Habana. Cuando los llevamos a la Fábrica el guau está garantizado. Están los que dicen guau y se quieren ir a los cinco minutos, los que dicen guau y se quedan cinco horas, pero el guau está siempre.

Dice Lili: la Fábrica del Arte es la cumbre del cool habanero, una antigua fábrica convertida en complejo de salas, galerías, bares, pistas, exposición, conciertos, rumba. Y Lili es elegante, su sonrisa medio irónica, la palabra fácil; su padre es un 'cuadro' (dirigente) del gobierno y ha viajado mucho. "Nosotras queremos dar un mensaje a nuestros visitantes. Y que es algo muy único que merece conocerse. Todos los países son únicos, pero este modelo no existe en ningún otro lado".

–¿En qué consiste su unicidad?

Lili remolonea, se resiste, pero termina por lanzar su lista:

–Cuba es único porque es un país muy pobre que no tiene miseria; Cuba es único porque la gente trabaja y no se le paga de acuerdo a su trabajo pero no se muere de hambre; Cuba es único porque la gente no trabaja pero no se muere de hambre; Cuba es único porque tiene una población extremadamente educada pese a la pobreza; Cuba es único porque no tiene recursos naturales; Cuba es único porque se ha plantado ante los Estados Unidos por más de 60 años y todavía no nos han podido poner el pie arriba.

Lili y Vero viven en Miramar, la zona elegante, entre árboles como palacios y palacios como bosques y casas y avenidas y el Caribe allí mismo. Lili y Vero tienen coche, viajes, buena ropa, acceso a tantas cosas que la mayoría de los cubanos solo ven en sueños. Son, lo saben, parte y ejemplo de esa nueva clase. Y Verónica dice que últimamente La Habana se ha hecho más permisiva, para bien y para mal, que la gente es más tolerante con las personas distintas: gays, negros, extranjeros. "Ya no te juzgan tanto por cómo vas vestido, si tienes el pelo verde o rojo. Era una sociedad muy conservadora; sigue siéndolo, pero se ha relajado un poco".

–¿Sigue siéndolo, dices?

–Bueno, es que el cambio no se da porque alguien lo diga; se va haciendo con los años, no va a pasar de un día a otro.

–Pero ahora hubo todo el lío con el matrimonio gay en la Constitución... Le digo, y Lili vuelve a intervenir:

–A mí no me gustó que al final no pusieran el matrimonio gay en la Constitución, pero no porque me pegue directamente… O sea: nosotras somos pareja, pero yo no creo en el matrimonio como institución. Yo no me casé con el padre de mi hijo, no me quiero casar con ella, no necesito que medie un papel. Pero dos cosas me molestaron: que el gobierno ha dejado que se vea como una victoria de la Iglesia, y que no entiendo qué tiene en la cabeza cada personita de Cuba cuando iba a las discusiones de la Constitución y de lo que hablaba era del matrimonio gay. En un país con tantos problemas, que está haciendo una reforma constitucional, ¿de verdad usted está preocupado por si se van a casar dos mujeres o dos hombres? Señor, preocúpese por la ley de propiedad, por los salarios, por los impuestos, porque le están diciendo que el partido es el órgano rector de la sociedad, ¿pero tú estás loco? ¿Tú de verdad te estás preocupando por quién se acuesta con quién? Eso me molestó mucho. Fue una cortina de humo, y mucha gente fue tan tonta que se quedó mirándola.

Afuera llueve como si no hubiera mañana; adentro, él dice que la lluvia también la manda Dios.

–No se confundan, la lluvia no la manda el Diablo; él no tiene poder para eso...

Grita el pastor, y le gritan que amén.

–La lluvia nos la manda Dios. Por eso, tu nombre lo exaltamos y glorificamos, Señor. ¡Aleluya! Tú eres el grande, eres el máximo, eres el amo…

Afuera, bajo la lluvia, el Templo Metodista de la calle K es un zigurat tipo torre de Babel pasado por Nueva York 1930; adentro, inundado de personas, es un hangar pintado de cremita, azul y rosa, sin santos ni vírgenes ni hostias; en lugar de vitrales, tres pantallas HD donde el predicador y su orquesta bullanguera se reproducen y se imponen. La música es un dechado de entusiasmo: teclado, bajo y mucha batería y los fieles que cantan gritan con un fervor y un ritmo que la hinchada de Boca envidiaría: Lo mío no pasa, es para siempre;/ empiezo en enero, sigo hasta diciembre./ Suelta la botella, todo lo que te daña…

Los fieles baten palmas y saltan y revolean los brazos pero no adoran a Maradona sino a otro dios que también es, insisten, todopoderoso. Y se creen que no precisan esperar los goles; que igual ganan. –Él se ha llevado todo mi dolor,/ me ha hecho libre…Grita el cantor y redoblan tambores y la tribuna se suma, se entusiasma.

–Me gozaré, gozaré, gozaré en Jehová a-a-a-aaaaa. ¡Go-za-ré!

A mi lado una mujer se retuerce como partida por un rayo y cae al suelo de rodillas, llora, se sacude, llora más. Después se levanta, saca su celular, lo enarbola en su brazo extendido para grabar las bendiciones. Es el momento: los dañados se acercan al estrado, todos cantan más, gritan más, tambores más y el pastor les aprieta la cabeza y les grita al oído; algunos extravían la mirada, otros se caen redondos.

El pastor es un muchacho blanco atildado en sus 40, chaqueta negra y anteojos de pasta, que cuenta a los gritos durante media hora cómo el rey David conquistó Jerusalén y que, al entrar, dice, repite, mandó matar a los ciegos y los cojos. –Sí, lo primero que hizo fue matarlos a todos. Todos los ciegos y los cojos, palabra del Señor.

Dice, y saca consecuencias morales sobre la fe y la decisión y el valor y esas cosas, y al final dice que quiere contar la historia de Voltaire –“voltaire”, dice, en perfecto castellano– que era un filósofo francés que en los años 1700 anunció que en un siglo no habría ni una Biblia más y que cuando se murió la sociedad bíblica de Francia compró su casa para guardar biblias y que ya pasaron muchos siglos y la Biblia está por todas partes y de ese Voltaire nadie se acuerda, grita, así que no se dejen intimidar por falsas amenazas, el que manda mensajes de intimidación no muestra su fuerza sino su miedo y su debilidad, grita, por vigésima vez, y que ahora todos los periodistas vienen a pedirle entrevistas, que hoy mismo vinieron de la agencia francesa, dice, a pedirle una entrevista y él les dijo que no, que hoy es el día del señor, que qué se creen esos que no creen, dice, y cientos le levantan los brazos y le gritán amén amén y más amén.

Y no explica que lo vienen a buscar porque su iglesia, sus gritos, sus manifestaciones fueron la vanguardia del movimiento que consiguió que el gobierno cubano retirara de su nueva Constitución el derecho al matrimonio gay. “El matrimonio es mujer y hombre. Estamos a favor del diseño original, la familia como Dios la creó”, dice un cartel muy grande a la entrada del templo, radiante de triunfo. Y eso que la adalid del movimiento por los derechos LGBT es una señora Mariela Castro, hija de un señor Raúl Castro, de una familia con ciertas influencias –que, durante décadas, reprimió a los homosexuales como en pocos lugares de Occidente en estos tiempos.

Como tantos, como todos los que pueden, la señora Tania ofrece lo que tiene para conseguir algunos dólares: su pequeño apartamento, en este caso. Aquí, en nombre de la sociedad sin clases se armó una sociedad dividida sobre todo en dos clases: los que tienen acceso al dólar, los que no. Los que reciben dólares de algún pariente que emigró o pueden vender algo en dólares –un cuarto, una cama, un trayecto en su coche, una comida, un cuerpo, su cama, unos cigarros– por un lado; los que tienen que vivir de su sueldo –cada vez menos, cada vez más difícil– por el otro. "Pero te insisto que no traigas a nadie. O si vas a traer a alguien, que se anote".

La señora Tania me muestra el apartamentito que le alquilé por Airbnb, llena papeles y más papeles de control y me cuenta historias de turistas asaltados por las chicas o chicos que se llevaron a sus alojamientos. "Y aunque no te maten, chico, igual te llevas un susto del carajo." La señora Tania es una mulata robusta y sonriente, buena verba, que de verdad parece preocupada. Yo le digo que no vengo en ese plan y ella me dice que uno nunca sabe y hace un gesto de no te preocupes no te juzgo –ni te creo: qué otra cosa puede buscar en La Habana un señor solo y mayorcito.

La primera vez que escuché las palabras “turismo sexual” creí que era un modo bromista de decir follar aquí y allá, casual, sin mayor compromiso; tardé en entender que se refería a los esfuerzos de sujetos tan comprometidos con sus apetitos que viajan miles de kilómetros para saciarlos con personas que en sus lugares no estarían a su alcance: los que aprovechan las desigualdades del mundo para dar de comer a sus fantasmas. Aquí pasa, sigue pasando. Y, por alguna razón que se me escapa, la opinión más general condena a los cubanos y cubanas que lo aprovechan y lo sufren mucho más que a los extranjeros y extranjeras que lo explotan.

Así que por edad, por raza, por condiciones generales –voy solo, miro mucho, escucho– yo sería uno de esos “europeos” que vienen a coger por encima de su liga o, por lo menos, más barato. Lo sé pero no deja de irritarme ese vendedor joven, ambulante, que, tras entregarme el paquete de galletas, me dice que también tiene una jeva:

"También tengo una jeva justo para usted." Una jeva, en cubano, es una chava una chavala una chama una chamaca. O, esta noche: una mercadería.

(Todo está en la manera de caminar, lo que en Colombia llaman el caminado. Los hombres casi tanto como las mujeres, habaneras y habaneros caminan como si cada paso fuera una obra de arte, su modo de decir este soy yo, así desdeño el suelo, así me impongo: los hombros echados para atrás, su cuello extenso, su mentón altivo, la espalda recta, cada nalga un despliegue de certezas, cada pierna su ineludible consecuencia.)

Pero aún en estas calles, en esta sociedad, las nuevas tecnologías se van abriendo paso. Un moreno grandote, la camiseta negra apretada para marcar los pectorales, me muestra al paso un móvil con la foto de una mujer desnuda. "Woman. Dice, pedagógico, y me mira de nuevo: Not expensive, cheap." Yo estoy por ofenderme, y después no.

(Todo, también, en la ropa. Aquí la ropa, once meses al año, es un adorno, no una necesidad, y muchos usan su mínima expresión: un short, una camiseta, unas chanclas de plástico. El resto es vanidad o es uniforme.)

Y menos cuando me cuentan un chiste, viejo pero eficaz: -En Cuba hay gente que sigue de verdad las enseñanzas del Che Guevara. -¿Y quiénes son? -Las jineteras, chico, que no paran de buscar al hombre nuevo cada noche.

Pero también es cierto que no siempre se trata de trucos puramente sexuales: muchos cubanos y cubanas ofrecen más, ofrecen una vida, matrimonio –para irse. La morena rotunda, pelos rojos, zapatos como torres, le dice al señor alto y flaco, rubicundo, levemente encorvado, que todo bien mi amol, que le dijeron que no necesita el papel de soltería, que menos mal, que se pueden casal. El señor suspira y le sonríe. En la sala de espera de la Consultoría Jurídica Internacional las parejas son enconadamente desparejas –y vienen a casarse. La Consultoría es un chalet pequeño en Miramar, sus bancos blancos para esperar afuera, sillones negros para esperar adentro, sus empleadas diligentes.

–Aquí casarse es fácil. Es un papel, qué importa. Dice Olgui, la recepcionista.

En la sala las dos parejas no se miran: la morena y su largo rubicundo se quedan de pie; en un sillón, una francesa de cincuenta y tantos, las piernas abundantes, el vestido apretado, el pelo corto rubio, se pega a un mulato bajo y fuerte, el diente de oro, la pulsera de oro, las zapatillas nuevas. El mulato y la rubia teñida se ríen, la mano de ella sobre el muslo de él. Esperan: en un rato más los llamarán para que muestren sus documentos, firmen los papeles, paguen los 700 euros; pasado mañana volverán para casarse y recibir el certificado y empezar los trámites de legalización, así él podrá irse a Francia. Les quedan dos o tres meses de trámites: los casamientos sirven para burlar fronteras y los estados se defienden, multiplican las aduanas burocráticas. La morena y el larguirucho salen a fumar; yo salgo para tratar de hablar con ellos pero me interrumpen.

–¿Puedo pedirle ayuda, jefe? Me dice un cuarentón cubano enorme, el cráneo bien lustrado, su pantalón y su camisa nuevos, escasos para tanto músculo.

–Sí, claro, ¿qué necesita?

Me pide que le haga el nudo de la corbata, que él no sabe.

–Sin corbata no es boda, es cualquier cosa. Me dice, la sonrisa tímida, y que lleva más de diez años en Valencia pero a la hora de casarse se buscó una cubana y ahora tiene que hacer todo esto para poder llevársela.

Yo lo ayudo, con dificultades; el hombre está nervioso y se va a dar una vuelta. Hace calor, vuelvo a los sillones.

–¡Oye, otra parejita para ver documentos! Grita Olgui, y de adentro le gritan que pasen, y la francesa y el moreno entran. No queda más nadie en la sala de espera y Olgui calcula que ya llevo suficiente tiempo y viene a preguntarme si necesito algo. Yo le digo que espero a alguien que no llega; amable, compasiva, me dice ya vendrá, no se preocupe. Y si no viene, no viene, me dice: quiere decir que esa mujer no le convenía. Yo le digo que cuánta verdad e intento un buen suspiro; me sale más o menos.

Aquí hay ruinas. Me gustan las ruinas porque son el estandarte del descontrol: alguien mandó construir un edificio para que sirviera de prisión –digamos, o palacio o iglesia o gallinero– y ahora sirve para que gente lo visite y piense en esos tiempos en que alguien lo hizo construir, para que gente lo visite y se sienta más culta, para que un chico o una chica coman mostrándolo a esa gente, para tantas cosas tan distintas de las que imaginó quien lo hizo hacer. Me gustan las ruinas porque son una risa corta sobre la nadería del poder, los engaños del tiempo. Me gustan las ruinas, pero no para vivir en ellas.

Alrededor de mi casa en Centro Habana siempre parece que algo hubiera pasado –algo ominoso. Las calles suelen estar vacías, las fachadas heridas por el tiempo y el descuido, los silencios. Es plena ciudad y no hay negocios. Odio tener que aceptar que el comercio hace que una ciudad parezca viva. O, mejor: que nuestra idea de una ciudad viva es una donde la gente compra y vende. Acá todos los días parecen una mañana de domingo.

Y hay, por todas partes, montones de basura, los escombros. Allí donde los carteles habituales dicen “No arrojar basura”, aquí dicen “No arrojar basura ni escombros”. Las casas producen escombros como las personas producen basura, sus desechos; los restos de edificios están en cada esquina. La calle está vacía pero atruena: es raro que no suene a mil alguna música, reguetones jadeados, boleros suspirados, pop latino. La Habana tiene música. Es literal: en las zonas turísticas abundan –de verdad abundan– los grupos que la hacen en vivo, tras el dólar, sin perdonar ningún lugar común del trópico. Pero también hay muchos locales donde se hace buen jazz, buen son, buena clásica, búsquedas diversas. Y en cada calle televisiones, equipos, altavoces.

(Cinco mujeres lo rodean y él las mira entre azorado y extrañado: quizá nunca antes las vio así. Deben ser una madre, dos tías, dos hermanas o primas y le bailan: por la calle pasa una comparsa con tambores y ellas le bailan alrededor y él las mira. Él tiene dos, quizá tres años y parece asustado. Al final se resigna y trata de imitarlas. Ellas lo aplauden, él lo intenta más, da saltitos, se ríe, bailotea. Está a punto de hacerse caribeño.)

Y entre basuras y escombros y ruidos, las ventanas. Las ventanas aquí suelen tener personas –rejas y personas– porque los interiores son chicos, son oscuros, y qué mejor que asomarse, mirar la calle, ver pasar la vida. Y tras cada ventana hay un cuarto lleno de gente y esos sillones mofletudos, gordos, que abundan en el trópico. Y algún señor fumando ante la tele, y algún chico jugando, una mujer limpiando o cocinando, una abuela durmiendo –la perfecta imagen de familia y cuatro o cinco más alrededor, los espacios repletos.

Se podría simplificar diciendo que es una ciudad pobre, si no fuera porque es la ciudad que prometió que ya no habría tal cosa como ricos y pobres. Es duro cuando algo –cuando alguien– tiene que responder por sus palabras. Pero tras unos días los ojos se acostumbran: te parece que caminar entre escombros y casas derruidas es lo normal, que así son las ciudades. Entonces te parece que la ves con ojos habaneros. Y después de aprender a mirarla, aprender a vivirla. Vivir de a poco, de lo poco, sin esas prisas que, de todos modos, te darán muy poco. Un arte de vivir amenazado. O también: un arte de vivir amenazado.

Te decían que la salud, la educación: que Cuba tenía problemas, pero estaba tanto mejor que los demás países latinoamericanos en cuestiones de salud y educación y probablemente, entonces, fuera cierto. Ahora te dicen que la seguridad: que Cuba está tanto mejor que los demás países latinoamericanos, que puedes caminar tranquilo por la calle, que no hay esa violencia de los demás países, y parece que es cierto: un Estado que intenta, desde hace más de medio siglo, el control absoluto tiene sus ventajas. Entonces te dejas llevar por la fe y caminas sobre las aguas, esas calles. Es tarde, están oscuras y vacías, te cruzas cada tanto con sombras ominosas, muchachotes, personas que en cualquier otro medio no serían personas sino pura amenaza y vas tranquilo, cómodo, porque te han dicho que no hay problemas de seguridad, y lo has creído. Nada calma tanto como la fe –y aquí lo saben.

Martín Caparrós
El País Semanal, 27 de abril de 2019.
Foto: Yander Zamora, tomada de El País Semanal.