miércoles, 29 de octubre de 2014

De "potencia médica" a curanderos milagrosos


Una tarde del mes de julio, Víctor Martínez, 68 años, funcionario jubilado del otrora poderoso Ministerio del Azúcar, ante la incertidumbre de equipo médico que le atendía un fulminante cáncer de colon, llamó a un reconocido santero.

Tras 22 biopsias y una operación fallida que no lo logró extirparle el tumor, como muchos cubanos, Víctor puso su vida en manos de un curandero.

Proliferan en Cuba los curanderos y sanadores sin ningún respaldo científico. No es el caso de Lino Tomasén, médico graduado, un negro inmenso que cura con los dedos. Su consulta siempre está abarrotada de cubanos y extranjeros.

Desde mucho antes del amanecer, decenas de personas hace cola en las afueras de su domicilio, en una edificación destartalada de la calle Concordia, en el barrio pobre y duro de San Leopoldo, en la parte vieja de La Habana.

Cobra 20 pesos por cada consulta y acepta regalos. Por toda la ciudad se habla de sus milagros. Desde paralíticos que salieron caminando después de una sesión a enfermos con cáncer terminal curados sin otra explicación lógica que el contacto con las manos de Tomasén.

Lino tiene más pacientes que muchos doctores encumbrados. En la Cuba profunda abundan los sanadores. Hay de todo. Inescrupulosos que a base de pócimas naturales aseguran curar desde un catarro hasta el más devastador cáncer.

La caída en picada de la salud pública hace que infinidad de cubanos apuesten por una solución mágica a sus enfermedades. Yadira, madre de una niña de 7 años que padece de trastornos cardiovasculares, desesperada por las imprecisiones médicas y un par de cirugías poco exitosas, abordó un ómnibus interprovincial hasta la provincia Ciego de Ávila, a 400 kilómetros al este de la capital, en busca de un milagro.

En un bolsillo de su cartera guardaba una estrujada hoja con la dirección del sanador. “Yo había visto en un video los milagros del curandero. Y me decidí a consultarlo”, señala Yadira.

Lo que vio la espantó. Un hombre de aspecto lombrosiano con pinta de matarife de vaca, que interviene quirúrgicamente a sus pacientes con un rústico cuchillo de cocina.

Sin las más elementales condiciones sanitarias, el curandero avileño hace su labor. “Es aterrador ver cómo le clava el cuchillo a los pacientes. Utiliza anestésicos inventados por él mismo. Pero aseguran que ha curado a cientos de personas”, señala Yadira quien optó por desechar al curador.

El retroceso cualitativo de la medicina en la isla es una de las causas del florecimiento de un ejército de supuestos sanadores milagrosos que cuelgan videos en You Tube.

Todos muestran un curriculum impresionante con cientos de vidas salvadas y pócimas extraordinarias que afirman curar cualquier mal. Josué, cirujano, no tiene nada contra la medicina naturalista ni los curanderos.

“Pero debe están avalados por una comisión médica. Suelen ser vulgares estafadores que juegan con el desespero de los pacientes ante una enfermedad terminal. Si hubiese un remedio para todas las enfermedades, no existiría la muerte”, acota.

En el realismo mágico de América Latina la sanación milagrosa tiene una larga data. Se rumora que Fidel Castro, presidente de Cuba durante 47 años, es un devoto furibundo de la magia negra.

Después de cruzar el túnel de La Habana, a unos dos kilómetros se encuentra el reparto Bahía. Un barrio de edificios feos de 4 y 5 pisos y algunos de 12 plantas construidos con tecnología yugoslava en los años 90.

Desde hace cinco años, en un parque del reparto, crece una ceiba que santeros oficialistas trasplantaron por la salud del líder de la revolución. Según una santera del lugar, la ceiba, que sobrevivió plagas y ciclones en un patio habanero, fue donada antes de morir por una anciana madrina que era famosa por sus poderes.

El 13 de agosto de 2009, coincidiendo con el cumpleaños de Castro, el barrio se llenó de paleros, santeros y curiosos. Con el mayor secreto y solemnidad, los babalaos sacrificaron para los santos, gallos negros y una jicotea “que recogía todo lo malo”. Luego rociaron el tronco con la sangre de los animales.

Cuando salió el sol, trasladaron la ceiba consagrada al parque y la plantaron entre toques de tambores y cantos a Olodumare. Cincuenta babalaos rogaron a los orishas para que el comandante viva tanto como el árbol. Y dieron 16 vueltas a la ceiba.

Es habitual entre los dictadores, narcisistas de libros, aferrarse a lo esotérico. Un día lluvioso de 1958, mientras las guerrillas capitaneadas por el barbudo bajaban del macizo montañoso de la Sierra Maestra y comenzaban su avance hacia el centro de la isla, para conjurar el baño de sangre y traer la paz a Cuba, los babalaos de Fulgencio Batista, otro autócrata, organizaron un gigantesco ebbó en el estadio de Guanabacoa, villa relativamente cerca de la ceiba ofrendada a Castro.

En el Parque de La Fraternidad, en el corazón de La Habana, se yergue, majestuosa y siniestra otra ceiba. La mandó a sembrar el general Gerardo Machado, otro dictador, en 1928. Se cuenta que bajo sus raíces enterró el 'daño' preparado a sus adversarios y una 'prenda judía' que le permitiera vivir cien años.

Ante un servicio médico donde falta equipamiento moderno para diagnósticos, los atormentados pacientes y sus familiares, acuden a cualquier santero o cura milagrosa que les alargue la vida.

Víctor Martínez, funcionario jubilado, lo intentó. Pero ni las pócimas ni la santería le pudieron salvar. Murió el primer sábado del mes de agosto.

Iván García

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