lunes, 27 de enero de 2020

El rey y el vagabundo


La foto no tiene desperdicio. Podría ganar el Pulitzer de este año. El rey Felipe y la reina Letizia caminan sobre los adoquines de la Habana Colonial. Los siguen enguayaberados funcionarios y guardaespaldas, todos de blanco, para diferenciarse del borbón, que va de guayabera azul cielo. A su lado Letizia, sonriente, veraniego escote, zapatos que parecen elegantes alpargatas hechas a la medida. Y de pronto… ¡un perro!

Un indiscreto cánido colado en la instantánea, justamente detrás del Rey que lo ignora, no puede verlo, y algo dice a la Reina con ceño arrugado, como harto del calor y de tanta cola… no la del perro, el mejor amigo, tal vez el único amigo en este lugar. Un funcionario o un agente de la policía política -sutil diferencia-, hace un mohín de disgusto. ¿Va a estornudar o a vomitar? ¿Será a causa del perro intruso, escapado, no perdonado, de la misma naturaleza del holocausto zoonótico?

Cualquier entretenido se preguntaría que hace un rey español por primera vez en Cuba en visita oficial después de 500 años. Pues es fácil. O mejor, lo ha dicho el monarca entre mojitos y comida furtiva en un restaurante privado de la Habana Vieja a los empresarios afincados en la Isla: “No ignoramos las dificultades a las que hacéis frente y que tenemos muy presentes. Nuestras autoridades están trabajando para aliviar su impacto sobre vosotros”. Compete al Rey, jefe de Estado, velar por los intereses españoles en la Siempre Fiel, como hicieron sus mayores durante cuatro siglos y medio.

Los en contra de la visita hablan de traición a la disidencia, y que los reyes han lavado la cara política a la dictadura. Y si bien eso está entre los efectos colaterales, el objetivo principal de su Majestad era asegurar la presencia económica en Cuba; como un cobrador, pero sin frac sin chistera, decirle a los exsúbditos que en España no están muy abundantes para olvidar sus deudas. Sin duda, la aprobación del título III de la Helms-Burton ha puesto a muchos “gallegos” a temblar: hay una justificación adicional por parte de la Isla para demorar los pagos ante el recrudecimiento del llamado bloqueo.

Otra idea deslizada por el Felipe VI es la revitalización de las llamadas Cumbres Iberoamericanas, un foro social de presidentes que en los últimos años ha languidecido por ser, precisamente, hispano-descendientes -la debilidad institucional, el poco fijador democrático.

La última, la Cumbre XXVI, celebrada en Guatemala en 2019, tuvo la presencia de 14 mandatarios, apenas la mitad de los convocados. Siendo la Corona y España los creadores de esta suerte de Commonwealth hispanoamericana o Mancomunidad de Naciones hispanoparlantes -como hubieran deseado muchos intelectuales cubanos en el Siglo XIX- toca al Rey ir al país más díscolo, aquel que sería capaz de “ponerle malo el dao”, y convencerlo, dinero en mano, que es hora de retomar el camino de la cooperación trasatlántica.

Pero Felipe VI o Pedro Sánchez hubieran escogido otro momento: el contraataque foro-paulista ha tenido su primera importante baja en Bolivia, y se acerca, peligrosamente, la pacificación de Chile, el aborto de la insurrección en Colombia, el probable segundo aire de la oposición desleal venezolana, el apagamiento de la insurrección castro-chavista en Ecuador y Perú.

Justamente en las mazmorras del Santiago de Cuba irredento, allí donde el Almirante Cervera hizo galas de obediencia y sacrificó los últimos buques de la otrora Armada Española, ha ido el Rey, que nada lo quiere saber, de José Daniel Ferrer. Difícilmente podrá el gobierno español, por demás bien girado ahora a la izquierda, reparar los daños colaterales hechos al barco de la monarquía española con esta visita que, sin ton, pero con mucho son, no ha recibido más que críticas de las fuerzas democráticas.

Por la parte cubana todo pudo ir mejor, excepto por el perro o los que caminan erectos. El borbón hizo a lo que vino: calmar a los empresarios y traer turismo rosa: las revistas del corazón tienen fotos para rato.

También será muy difícil creerle a la disidencia cubana después que el próximo Alto Representante de la Unión Europea ha visitado el país varias veces y no ha dicho una sola palabra de los arrestos y el desastre socio-económico de la Isla. Josep Borrell es, junto a Sánchez, artífice de este tour real, y son en parte responsables de lo que suceda después de otorgar este cheque en blanco moral al régimen de la Habana.

Poniéndonos en los pies del que hace de presidente, la visita es de una necesidad vital para el desgobierno. No hay lado para el que se vire, que accedan a prestarle dinero. Se lo regalan. Es preferible para evitarse el viaje a la Feria de la Habana, a sudar otra vez bajo 30 grados de temperatura.

Donación de 25 millones para saneamiento y acueductos de los municipios al este de la ciudad -ya habían recibido 51 millones en 2018 para lo mismo-; 50 locomotoras rusas; luces donadas, de uso, por Turín para iluminar Galiano, una de las arterias comerciales que la Involución lleno de sombras chinescas. Y hablando de China, 112 millones, otra vez, para saneamiento y regadíos, a cada cual según su necesidad de higiene.

Aun así, el personaje del presidente tuvo que hacer una escena difícil, la más complicada de su carrera actoral. Fue en el Palacio de los Capitales Generales: enfrentarse como un hombrecito, autoestima mambisa por el piso, al discurso de un rey español que le daba lecciones de libertad y democracia cinco siglos después, sin pedir perdón por el genocidio de Valeriano Weyler en el Siglo XIX.

Aunque el Designado vivió el Obamazo en el Gran Teatro de La Habana en 2016 y nada sucedió entonces, ahora no tiene un máximo líder para cargar las tintas contra el borbón, tras oírlo decir que “es en democracia como mejor se representan y se defienden los derechos humanos, la libertad y la dignidad de las personas y los intereses de nuestros ciudadanos”. No, no hay nadie para escribir algo así como El hermano Felipe o Los Dólares que nos amenazan (esto último para desgraciarle la jugada de las Tiendas Hernán Cortes II).

La foto del Designado, muy cerca del atril del Rey, tampoco tiene desperdicio: ¿será el mismo indiscreto reportero del diario español El País? Quien hace el protagónico parece ajeno, perdido, poker face. El Rey y la Reina no se imaginan cuánto ha tenido que hacer este hombre para que la ciudad parezca digna de sus altezas reales.

Nunca pudieran entender cuanto perro hubo que matar, y cuantos “deambulantes crónicos” (vagabundos) esconder. ¡Vete, Canelo, vete, sale de la foto!, grita alguien por allá detrás. El rey y un perro vagabundo.

Un perro vagabundamente digno: sin casa, pero sin amo. Todo me lo han echado a perder esta gente, suspira él. Y le ordenan no despedir a sus majestades en Santiago de Cuba. Abrumado por el desencanto, a un tiro de piedra, prefiere irse a Caimanera. ¡Ay Miguel! ¡Tan lejos de España, tan cerca de Donald Trump!

Francisco Almagro
Cubaencuentro, 26 de noviembre de 2019.
Foto: Tomada de Cubaencuentro.

lunes, 20 de enero de 2020

El color de la felicidad



Los primeros secretarios del Partido Comunista en Ciego de Ávila, Holguín, Matanzas, Las Tunas y Camagüey estuvieron durante muchas semanas esperando ansiosamente una llamada de La Habana. El lugarteniente de Raúl Castro, José Ramón Machado Ventura, iba a llamar a uno de esos bellacos para darle la buena nueva de que su provincia había sido elegida sede de las celebraciones por el aniversario 66 del asalto al cuartel Moncada, la escaramuza que dio el pistoletazo de salida el 26 de julio de 1953 a la revolución de Fidel Castro.

Los caciques comunistas de cada provincia cubana que no ha sido recientemente la “sede del 26” temían que les fuera a tocar a ellos recibir el mes que viene a Raúl con todos sus generales y ministros, pintar a la carrera el hospital provincial y la calle central de cada pueblo, en caso de que la comitiva de La Habana fuera a pasar por allí, y preparar un gran acto popular en la “Plaza de la Revolución” de la capital provincial con pioneritos y federadas, cederistas y estudiantes universitarios, cortadores de caña y médicos internacionalistas, a cada uno de los cuales habría que escribirle un discurso y darle un “módulo de ropa”, y encima, también habría que organizar una gala dizque “cultural” en el vetusto teatro local, que también habría que pintar, con declamadores y repentistas, un coro y una orquesta, un grupo de niños disfrazados de campesinos felices bailando el zapateo o el changüí o el sucusucu, y quizás hasta una pareja de bailarines profesionales interpretando esmeradamente, como si estuvieran en Sadler’s Wells, una coreografía con la música de “Julito el Pescador”. Los bailarines no son un problema, siempre se pueden traer de La Habana, pero la pintura está perdida y habría que pedírsela prestada a otra provincia o a las FAR. Y a las FAR hay que devolverle inmediatamente todo lo que presta, esa gente no fía.

Finalmente, fue Federico Hernández Hernández, el primer secretario del Partido Comunista en la provincia despectivamente llamada Granma, quien recibió la llamada de Machado Ventura, su provincia había sido elegida “sede del 26”, aunque el Gran Inquisidor no le explicó por qué, si en realidad no hay nada que distinga a Granma de, por ejemplo, Cienfuegos o Camagüey o Mayabeque, todas exhiben orgullosamente el mismo rampante subdesarrollo. El Buró Político del Partido, al hacer el anuncio oficial, no mencionó nada que Granma hubiera hecho recientemente para merecer ese supuesto honor, solo que fue allí donde se inició la primera guerra por la independencia de Cuba, y también que fue en Bayamo donde se celebró el último acto por el 26 de julio en el que habló Fidel antes de sufrir la extraña enfermedad que lo apartó del poder.

Aparentemente, en opinión del Buró Político, esos dos eventos, el Grito de La Demajagua y el letárgico discurso de Fidel en la Plaza de la Patria de Bayamo el 26 de julio de 2006, tienen la misma significación en la historia de Cuba. Hernández Hernández, al recibir la llamada de Machado Ventura, agradeció el honor que el Buró Político había conferido a su provincia, dijo que el pueblo de Granma estaría a la altura de su compromiso con Fidel y Raúl, y, tras un breve momento de vacilación, preguntó cuánta pintura y cemento le iban a dar. Machado Ventura le respondió que nada. Hernández Hernández tuvo que llamar al Ejército Oriental, y consiguió un poco de cemento y lechada, y Danza Contemporánea de Cuba prometió prestarle algunos bailarines. Todavía no ha conseguido la ropa para los oradores, pero el cacique granmense puede darse por dichoso.

Los secretarios del Partido en las provincias de Matanzas, Ciego de Ávila y Villa Clara también fueron llamados por Machado Ventura, pero para decirles que estaban despedidos, o, en la lengua oficial cubana, que habían sido “liberados de sus funciones” y que se les destinaría “a otras tareas”. La culpa la tiene Fidel, que no pronunció su último discurso en ninguna de esas provincias. Si lo hubiera pronunciado en, digamos, Santa Clara, quizás sería esa ciudad este año la “sede del 26”, el defenestrado Julio Ramiro Lima estaría ahora buscando pintura para colorear los edificios del Parque Vidal, y el granmense Hernández Hernández estaría en su casa viendo documentales sobre Machu Picchu o el elefante asiático en Multivisión.

Desdichadamente, el 26 ya no es lo que era. Antes era una ocasión para que la provincia elegida pretendiera que la pobreza, la corrupción y la incompetencia que asolaban al resto del país la habían mágicamente esquivado a ella. A un habanero, viendo en televisión cuán magnífica era la vida en la “sede del 26”, Guantánamo, por ejemplo, le daban ganas de hacer sus maletas y mudarse a Baracoa o Maisí, donde el socialismo cubano sí había dado exuberantes frutos, no como en la capital, hundida en una montaña de escombros y basura. Al año siguiente, un guantanamero, viendo en televisión los relucientes hospitales y escuelas de Pinar del Río, “sede del 26”, pensaría que allí sí la Revolución había cumplido sus promesas, no como en su propia provincia, donde todavía la mayoría de la población se bañaba con cubos de agua. A Fidel le entregaban una lista de los asombrosos avances económicos y sociales de la provincia escogida, que el Comandante mencionaría, sin esquivar siquiera los más pequeños detalles, durante un interminable discurso.

El 26 de julio de 2006, en Bayamo, Fidel no omitió siquiera una cifra, no se saltó un solo número, con la excepción, comprensible, del número de granmenses que guardaban prisión por motivos políticos, o que habían sido arrestados e interrogados por la Seguridad del Estado, un indicador en el que tal vez Granma no se había destacado tanto como provincia más gusana. Granma, informó el Comandante a la nación, tenía en aquel momento 454 salas de video y una banda de concierto en cada municipio, además de dos infantiles y dos en prisiones. Las escuelas de la provincia tenían 7460 televisores y 5054 computadoras. Las academias de arte Carlos Enríquez, de Manzanillo, y Oswaldo Guayasamín, de Bayamo, habían graduado 171 estudiantes. Se habían completado 350 kilómetros del Acueducto de Manzanillo, y 6.7 kilómetros de la Circunvalación Sur de Bayamo. Tras el paso de un huracán por la provincia, se ufanó Fidel, se había dado a las víctimas 215 331 tejas de zinc y 25 233 colchones.

Granma tenía la tasa de mortalidad infantil más baja del país, 4 niños por cada mil nacidos vivos, era mejor nacer allí que en Dinamarca. El desempleo en la provincia había pasado en solo cuatro años, del 2002 al 2006, de 10.7% a 1.6%, un descenso particularmente abrupto, considerando que en esos años no había cambiado en lo más mínimo el sistema económico de la provincia, no se había descubierto oro en la raíz de la Sierra Maestra ni petróleo en el Golfo de Guacanayabo y Manzanillo no se había convertido en el Hong Kong del Caribe. “Las cosas que aquí señalo son difíciles de creer”, admitió Fidel. En efecto, ni él mismo se las creía.

En el 2012, una desatinada decisión del Buró Político del Partido eliminó la competencia entre las provincias por ser la “sede del 26”. En aquel momento, Machado Ventura dijo que era injusto comparar los índices económicos y sociales de cada provincia, puesto que “ninguna es igual a otra”, algo a todas luces falso, puesto que la pobreza de los habitantes de Sandino es exactamente igual a la de los habitantes de Yateras, la apatía y desilusión de los vecinos de Remedios no es mayor que la de los vecinos de Jiquí.

La “sede del 26” pasó a ser rotativa, a cada provincia le va a tocar alguna vez, por catastrófico que sea su estado, algo que quitó a los secretarios provinciales del Partido su único recurso para evitar ser escogidos, no destacarse demasiado, tener menos computadoras o menos graduados de arte, o menos bandas de música, que las provincias rivales. Por supuesto, ninguno de ellos hubiera querido que Fidel, y luego Raúl, creyera que su provincia era notablemente desastrosa, y ser fulminantemente “liberado” de sus funciones, todos los secretarios del Partido de las provincias quieren ser ministros o miembros del Buró Político, que se los lleven a La Habana y les den casa.

Además, ser la “sede del 26” tenía algunas ventajas años atrás, cuando Machado Ventura podía darle pintura, cemento y cerveza a granel a la provincia escogida. Algunas calles eran reparadas, algunos hospitales que llevaban diez años en construcción eran terminados, algunas escuelas eran pintadas, y sus estudiantes también, del color de la felicidad. Si el 26 salía bien, si Fidel quedaba satisfecho con las celebraciones, el secretario del Partido en la provincia podía comenzar a hacer sus maletas para partir hacia La Habana, o al menos, hacia una provincia más importante que la suya. Pero era un riesgo, Fidel podía notar algo que le desagradara, y ahí mismo se acababan los sueños del cacique local de ser ministro. Algunos secretarios del Partido prefirieron cortar por lo sano, renunciaron a la ilusión de una carrera en la capital y se mantuvieron en sus puestos durante años sin que sus provincias jamás ganaran la “sede del 26”. Y con la pintura que consiguieron pintaron sus propias casas.

El del 26 de julio era un ritual necesario para Fidel, que había abolido la celebración del 20 de mayo, y que había reducido el 10 de octubre a casi completa insignificancia. Fidel necesitaba un día dedicado a la celebración de su propia revolución, no la de Céspedes o la de Martí, y terminó dándose tres, el 26, pero también el 25 y el 27, sin ninguna razón, solo para magnificar el asalto al Moncada como el acontecimiento más importante de la historia de Cuba, más significativo y conmovedor que la proclamación de la República, más que La Demajagua, más que Dos Ríos. Incluso, más que el mismo triunfo de la revolución de 1959, el Primero de Enero.

El triunfo de la revolución, calculó Fidel, fue un acontecimiento confuso e inglorioso, la huida de madrugada de Fulgencio Batista, no el heroico asalto final al Palacio Presidencial de La Habana o al campamento militar de Columbia con el que el Comandante quizás había soñado, una sangrienta batalla que dejara para la historia imágenes imborrables que pudieran ser reproducidas en cuadros, esculturas, portadas de revistas, libros de textos. Puesto que no tenía nada mejor para representar el triunfo de la revolución, la propaganda castrista recurrió a las imágenes de la entrada de Fidel a La Habana, ocho largos días después de la huida de Batista, las imágenes del populacho rompiendo parquímetros el día primero no eran tan inspiradoras como hubiera sido deseable. Además, el triunfo de la revolución coincidía, lamentablemente, con las fiestas de Año Nuevo, no hubiera sido fácil arrastrar a la multitud a un acto político, la gente habría ido de muy mal humor un día de fiesta a escuchar la muela del Comandante, sus peroratas antimperialistas y sus lecciones de historia.

El Primero de Enero era muy inconveniente, pero el Moncada era perfecto. Militarmente, había sido un desastre, un plan mal elaborado y aún peor ejecutado. Fidel no se había cubierto de gloria, se las había ingeniado para escapar dejando atrás a muchos de sus compañeros, y había sido finalmente capturado sin oponer resistencia. Pero si Fidel logró salir de aquella escaramuza con vida, más de sesenta jóvenes murieron en el Moncada, en combate, o ejecutados tras su captura. El Moncada proporcionaba incontables anécdotas de insensato heroísmo, un panteón de sublimes mártires que habrían sido torturados y asesinados con mefistofélica crueldad.

La propaganda del Partido, la historiografía servil y Marta Rojas convirtieron el Moncada en el Gólgota cubano, el antiguo cuartel fue transformado en la basílica mayor de la revolución, dedicada no al culto de Abel Santamaría y sus compañeros asesinados por el coronel Chaviano, sino del gran superviviente, Fidel.

El Moncada estaba en Santiago, una ciudad fiel, no corrupta y traicionera como La Habana, era posible contar con la lealtad de sus habitantes, y que iban a aplaudir a Fidel con rugoso delirio aunque el Comandante se pasara tres o cuatro o seis horas contando tejas de zinc y colchones. Santiago fue llamada “Ciudad Héroe”, ridículamente, como si fuera Stalingrado, y la “cuna de la revolución”, solo para acentuar la diferencia entre ella y la capital, a la que Fidel detestaba, y temía. Finalmente, el asalto había ocurrido en medio del verano, era perfectamente posible ofrecerle a la gente un largo feriado de tres días al final de julio, lo recibirían como un regalo, con jubilosa gratitud, y de todas maneras, muchos cubanos estarían de vacaciones en esa época. No es que se fueran afectar demasiado los planes de producción por los tres días feriados. En verano los cubanos no trabajan aunque no estén de vacaciones.

Desde que Fidel se enfermó, el 26 perdió lustre, aunque Raúl, inevitablemente, lo mantuviera como la principal celebración nacional. Los bailarines que mandan de La Habana no son los mejores, esos están en Sadler’s Wells, los niños del sucusucu ya no lucen tan felices, y la ceremonia política misma ha sido trasladada a las primeras horas de la mañana, para que Raúl pueda regresar a su casa a almorzar. Como Raúl detesta hablar en público, y además, no sabe hacerlo, Machado Ventura ha sido encargado de pronunciar el discurso central del acto del 26, con excepción de los aniversarios quinquenales, que se celebran en Santiago, como el del año pasado, el aniversario 65, del que Raúl no se pudo zafar, pronunció un insufrible discurso con la absoluta convicción de que sería el último que daría en Santiago, cuando llegue el aniversario 70 él estará muerto y todos los santiagueros también.

Poner a Machado a dar el discurso del 26 fue una decisión fatal, no hay nadie menos adecuado que el Gran Inquisidor para arengar a la nación, nadie en el gobierno cubano es más impopular e inspira más visceral aversión, lo mismo entre los ciudadanos sin poder que entre los miembros del Buró Político. En vez de poner a Machado Ventura a hablar, casi sería mejor que le dieran el discurso a Laritza Ulloa para que lo leyera en el Noticiero de Televisión.

Pero Raúl quiere hacer sufrir a los cubanos, ha convertido a Machado Ventura en el orador principal de Cuba, le ha encargado pronunciar los discursos centrales ya no sólo del 26, sino de también de los congresos de las llamadas “organizaciones de masas”, la red de grupos satélites del Partido, la FMC, la CTC, los CDR, la FEU, eventos sin ninguna importancia que sólo sirven para identificar “cuadros” con los imprescindibles vicios de intelecto y carácter, los que más alto griten en el congreso, los que más elocuentemente adulen al dueño del país, para ser promovidos a cargos más altos en sus provincias o, incluso, en La Habana, con casa.

Notablemente, al supuesto presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, no lo han dejado pronunciar el discurso central en el congreso de ninguna de las “organizaciones de masas”, y mucho menos el del 26, que parece reservado para un representante de la generación estúpidamente llamada “histórica”. Sólo lo dejaron hablar en el congreso de la UPEC, porque Machado Ventura se negó, dijo que primero muerto, que prefería que lo “liberaran” y que le fueran asignadas “otras tareas” como ver la programación vespertina de Multivisión, que él no le había dedicado su vida a la revolución para que le hicieran eso.

Seguramente será Machado Ventura el orador principal de este 26 de julio en Bayamo. Su discurso será exactamente igual al que pronunció dos años atrás en el 26 de Pinar del Río, lo único que tiene que hacer es cambiar las cifras de mortalidad infantil, desempleo y médicos internacionalistas de una provincia por los de la otra, puesto que a la sección sobre la solidaridad de Cuba con la sangrienta Venezuela de Nicolás Maduro y a la dedicada a recordar a Fidel no hay que cambiarles ni una letra.

Hernández Hernández, el cacique granmense, también tendrá que decir algo, pero no ha podido empezar a ensayar su discurso porque todavía no se lo han mandado desde La Habana. De momento, Bayamo es un hervidero de rumores, algunos claramente disparatados. Algunos dicen que Yomil y el Dany van a dar un concierto. Otros dicen que no, que Descemer Bueno. Hay incluso un rumor de que van a dar pescado. También se dice que la Seguridad del Estado va a hacer una recogida de miembros y simpatizantes de la UNPACU y otros grupos opositores activos en la provincia, no van a dejar que ni uno solo de ellos se acerque a la Plaza de la Patria de Bayamo el 26 de julio. Este último no es un rumor, es verdad. Hay una lista. Abel no murió para esto.

Juan Orlando Pérez
El Estornudo, 25 junio de 2019.
Foto: 26 de julio de 2019 en Bayamo. Tomada de Cubasí.
Leer también, del mismo autor: El discurso y El problema es la gente.

lunes, 13 de enero de 2020

Crisis económica en Cuba no afecta a la Seguridad del Estado



Hace poco más de un año, un tren cargado con contenedores de cerveza, latas de atún y bolsas de leche en polvo se descarriló en una zona del municipio Boyeros, muy cerca de la Universidad José Antonio Echevarría.

Además de los investigadores y peritos del Departamento Técnico de Investigaciones, oficiales del Departamento de Seguridad del Estado (DSE) confirmaron que el accidente había sido intencional, para robar alimentos, y no contó con la participación de ‘elementos contrarrevolucionarios’.

En los diversos incendios acaecidos en tiendas e instituciones de Comercio Interior en el país y en la central telefónica de Santa Clara, capital de la provincia Villa Clara, a 270 kilómetros al este de La Habana, también los servicios especiales corroboraron que no fueron siniestros planificados.

En Cuba, en cada centro de trabajo, ministerio e instituciones, un oficial del DSE supervisa cualquier manifestación disidente. En las embajadas cubanas en el exterior, misiones de trabajo en el extranjero o en un buró de turismo, dentro o fuera de la isla, en sus nóminas tienen funcionarios de inteligencia capacitados en la búsqueda de información y reclutamiento de agentes.

La inteligencia y contrainteligencia verde olivo está en todas partes. No es un mito. Y de todo se ocupa: desde investigar en una terminal de ómnibus urbanos cómo se roba el combustible hasta indagar en una escuela preuniversitaria las interioridades de los nuevos teams juveniles que han surgido en el país. Y al igual que en China o Rusia controlan el tráfico de internet y las redes sociales.

Según un ex oficial de la Dirección General de Inteligencia (DGI), “los servicios especiales buscan reclutar a las mentes más brillantes entre los estudiantes universitarios. No importa la carrera que cursen. Tienen bajo su mando a brigadas de informáticos y especialistas en software y nuevas tecnologías. Si un informático en Cuba logra penetrar un sistema operativo, por ejemplo de Apple, Microsoft o desencriptar WhatsApp, ponle el cuño que la Seguridad intenta reclutarlo. A pesar del atraso tecnológico de la sociedad cubana, cuentan con herramientas avanzadas para trabajar en la red. Los nuevos convenios con Rusia y China, les ha permitido no quedarse atrás en el sector de las nuevas tecnologías. Y ahora mismo están más capacitados de lo que la CIA supone”.

La capacidad de análisis y de recolección de información de los servicios especiales cubanos se encuentra entre las mejores del mundo. La cantidad de recursos que utilizan son ilimitados.

El ex oficial jubilado cuenta que a finales de los años 80, la DGI tenía en plantilla “a miles de espías de todo tipo en el mundo y los utilizan como agentes dobles o agentes de provocación o influencia. Las embajadas cubanas, como las de otros países, son auténticos nidos de espías. Y las misiones internacionalistas posibilitan introducir agentes para recopilar información concreta de opositores, empresarios o comprar a funcionarios corruptos”.

Preguntado si las conjeturas del gobierno de Donald Trump sobre la presencia de agentes de inteligencia en Venezuela, Bolivia y Ecuador son infundadas, el ex oficial asegura: “Estados Unidos es el mayor recolector de información del planeta, ya sea por vías tecnológicas o humanas. Y, por supuesto, saben de primera mano (los americanos, rusos y chinos también lo hacen), que los cubanos aprovechan las misiones en el exterior para además de buscar información, venido el caso, subvertir el orden establecido”.

Diversos libros, documentos desclasificados y oficiales de inteligencia que desertaron han contado el alcance y capacidad de penetración de los servicios especiales cubanos en America Latina y los Estados Unidos.

Una doctora que prestó servicio en Venezuela, explica “que desde que llegas a Maiquetía, el aeropuerto internacional de Caracas, las autoridades cubanas te retienen el pasaporte para intentar frenar una posible deserción. Leí el artículo del New York Times sobre los médicos cubanos en Venezuela y es verdad que en todas las brigadas hay personajes sospechosos que nadie sabe de dónde salieron que controlan el trabajo de las misiones y advierten lo que debemos hacer en cada caso. Al igual que en Cuba, inflábamos la cifras de pacientes que atendíamos y las estadísticas. En mi caso específico, que trabajé en una zona donde la oposición a Maduro era muy grande, el compañero de la Seguridad de la brigada siempre quería información y detalles sobre las personas que yo atendía”.

Personas consultadas para este artículo que cumplieron misiones en el exterior afirman que siempre hubo presencia y control de la Seguridad del Estado. “Ellos no conviven con nosotros. Llegan un día y merodean por tu puesto de trabajo. Tienen autorización para estar en cualquier sitio. Todos los que han trabajado en misiones en el extranjero saben que hay oficiales de la Seguridad supervisándonos. Lo que hacen uno no lo sabe. Pero es evidente que además de controlar las posibles deserciones, se dedican a buscar otro tipo de información. Donde más notoria es la presencia de oficiales de la Seguridad es en Venezuela. Están en todas partes”, asegura un técnico de la salud que prestó servicio en varias misiones médicas.

El ex oficial retirado de la inteligencia afirma que “debido a los nexos con sindicatos, lideres e intelectuales de izquierda, la presencia de los servicios de espionaje cubanos es bastante activa en el continente. En Bolivia y Ecuador, gracias a la connivencia cuando gobernaba Evo Morales y Rafael Correa, la Seguridad tuvo una fuerte presencia y bases operativas instaladas. Venezuela es punto y aparte. Las directrices de muchas operaciones políticas y de inteligencia pasan por La Habana. Pero en países como Canadá, España y Estados Unidos también la inteligencia tiene una participación activa, sobre todo en el mundo académico. Cualquiera se preguntará para qué el gobierno cubano necesita tanta información. La respuesta es simple: para venderla al mejor postor”.

Dentro de la Isla, la Seguridad del Estado tiene un esquema de trabajo que abarca a todos los organismos, empresas o proyectos emprendidos por el régimen. Hay secciones para enfrentar a la disidencia y también para fiscalizar a cada uno de los ministerios.

Probablemente la sección con mayor número de oficiales es la que controla a los gobernantes. Excepto Raúl Castro, todos los funcionarios en Cuba están bajo vigilancia. Desde un ministro cualquiera hasta el propio presidente.

Iván García
Foto: La sede del Departamento de Seguridad del Estado, más conocida como Villa Marista, radica en San Miguel y Mayía Rodríguez, Reparto Sevillano, en el municipio habanero de Diez de Octubre.
Leer también: Columna vertebral de la represión.

lunes, 6 de enero de 2020

De las ilusiones perdidas



Desde que en enero de 1959 llegó al poder, Fidel Castro se empeñó en desbaratarlo todo.

Eliminó muchas costumbres y creó otras. Arbitrariamente cambió fechas: los carnavales ya no se celebrarían en febrero, sino en julio. Y los niños no tendrían más juguetes el 6 de Enero, si no también en julio, en un artificial Día de los Niños por él creado.

¿Qué había ocurrido en julio para ser escogido el mes más importante del calendario revolucionario cubano? Nada más y nada menos que el asalto a un cuartel militar, en Santiago de Cuba, con víctimas mortales en uno y otro bando, el 26 de julio de 1953. Un hecho sangriento se convirtió en el centro de tres días de festejos. Desde entonces, el 25, 26 y 27 de julio es el feriado más largo de los cubanos.

A partir de marzo de 1962, cuando el gobierno implantó dos libretas de racionamiento, una de alimentos y otra de productos industriales, los padres que deseaban mantener la tradición de los Reyes Magos se las vieron negras, a no ser que tuvieran familiares en el exterior, fueran habilidosos en la fabricación de juguetes o les quedaran algunos de su infancia.

Un año antes, en abril de 1961, el propio Fidel Castro había proclamado el carácter socialista de la revolución. Y para que la niñez cubana volviera a tener con qué jugar, la solución fue estatal y equitativa: todos los menores de 0 a 13 años tenían derecho a un juguete básico y dos adicionales. Una vez al año, en el mes de julio: por la libreta de "productos industriales" y en la tienda asignada por el Ministerio de Comercio Interior (MINCIN).

El método inventado por los burócratas del MINCIN peor no pudo ser: había que llamar por teléfono a la tienda que a uno le correspondía, casi siempre cercana al domicilio. Desconozco las cifras de entonces, pero en la década de los 60, era bajo el número de hogares con teléfono, por lo que una gran cantidad de personas teníamos que acudir a vecinos con conexión telefónica. Y a su amabilidad, toda vez que uno podía pasarse horas tratando de comunicar para reservar un turno de compra.

A cada tienda le asignaban equis número de clientes e igual cantidad de juguetes básicos y adicionales. Una muestra de ellos, con sus correspondientes precios, había que mostrarlos en las vidrieras con una o dos semanas de anticipación, para que niños y padres tuvieran idea de lo que en ese comercio podían adquirir.

A nosotros siempre nos tocó comprar en La Casa Mimbre, en Monte entre Romay y San Joaquín, Cerro, al doblar de nuestra casa. Mis dos hijos nunca tuvieron los juguetes deseados, porque el turno telefónico de compra nunca lo conseguí para el primer ni segundo día, sino para el tercero o el cuarto, cuando ya habían sido vendidos los juguetes más atractivos. Solía ocurrir que en otras tiendas quedaban los juguetes que mis hijos querían, pero como no era la asignada, teníamos que conformarnos con nuestra mala suerte.

Pese a lo desastroso del sistema 'rinrin' , el MINCIN volvería acudir a él en los años 70, para hacer reservaciones en restaurantes, cafeterías y pizzerías de la capital.

Ya no existe la libreta de productos industriales ni hay que llamar por teléfono para un turno con derecho a comprar tres juguetes por cada menor de edad registrado en las antiguas Oficodas, oficinas de control y distribución de alimentos.

El límite ahora es la moneda dura: los niños cuyos padres poseen cuc (pesos cubanos convertibles) o dólares, serán los que tendrán juguetes de Santa Claus o de los Reyes Magos. O de los dos. Los otros, tendrán que conformarse con verlos en las tiendas recaudadoras de divisas.

Tania Quintero
Publicado el 6 de enero de 2014 en mi blog.
Foto: Portada de Carteles, revista fundada en La Habana en septiembre de 1919, el último número salió el 31 de julio de 1960. Tomada del blog My Cuban Traumas.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Aquel 31 de diciembre de 1958



El 31 de diciembre de 1958 marca el final de la dictadura de Fulgencio Batista. Max Lesnik es amigo de Fidel Castro desde mucho antes de ese momento. Juntos pelearon contra el régimen de Batista. El joven Fidel llegó a esconderse durante dos semanas en la casa de Max en La Habana cuando era el hombre más buscado por la policía.

En aquellos primeros días del sueño de la Revolución, Max Lesnik era jefe de propaganda de un movimiento insurreccional. Como tal fue uno de los primeros revolucionarios en salir hablando por la televisión. Pero la evolución de su amigo barbudo no le gustó a Lesnik. El entreguismo de Castro a los soviéticos provocó sus críticas en un programa de radio y el periodista tuvo que abandonar el país rumbo a Estados Unidos.

En Miami tampoco fueron comprendidos sus posicionamientos en contra del embargo y a favor del diálogo con el gobierno de la dictadura comunista comandada por su viejo amigo. Su postura le costó ser víctima de sucesivos atentados por parte del exilio radical.

Ya en los 90, con la caída del Muro de Berlín y el fin de las dictaduras comunistas del este de Europa, Lesnik decidió que había llegado el momento de retomar la relación con su antiguo camarada. "Si hubieras estado en mi lugar hubieras hecho lo mismo para salvar la revolución", le confesó Fidel, mientras abrazaba a su amigo de juventud, con la barba marcada por las nieves del tiempo.

Desde entonces, Max Lesnik se convirtió en El hombre de las dos Habanas, título del documental que le dedicó su hija Vivian a este "exiliado en el exilio". Vive a caballo entre la capital cubana y la pequeña Habana de Miami. Allí muchos le consideran un traidor, un infiltrado de los comunistas.

Carlos Alberto Montaner sí goza de popularidad entre el exilio de Miami. Curiosamente, aunque no es precisamente cariño lo que siente por Fidel Castro, el 31 de diciembre de 1958, con tan sólo 15 años, recuerda aquel día como un momento de entusiasmo. "Me acuerdo que un pariente llamó para decirnos que Batista se había ido. Todos en mi casa estaban felices. Mi padre era amigo de Fidel e incluso mi tío había sido su jefe de filas en el Partido Ortodoxo".

La alegría duró poco en la casa de los Montaner. Los fusilamientos televisados y un juicio en el que el propio Comandante revocó la libertad de unos pilotos simpatizantes de Batista que habían sido absueltos por un tribunal, desencadenaron una historia que comienza en la cárcel y termina, una vez más, en el exilio.

Cincuenta años después, el periodista y escritor Carlos Alberto Montaner cree que el líder cubano es preso de su locura. "En una ocasión, un historiador venezolano que se entrevistó con él me contó que Fidel sueña con la destrucción de Estados Unidos y que está convencido de que un día paseará triunfal por Washington".

En cuanto a las medidas que debe plantearse el presidente Barack Obama respecto a Cuba, Montaner cree que el embargo "sin duda debe levantarse, pero en el momento en que Fidel Castro desaparezca de la escena y comiencen los primeros síntomas de cambio". Enfrente, Max Lesnik cree que es el gobierno de Estados Unidos quien debe dar el primer paso y liberar a los cinco espías cubanos que presos en sus cárceles para que Raúl Castro, a cambio, ponga en libertad a los disidentes.

Montaner y Lesnik tienen posiciones distintas, pero los dos dos fueron felices aquel 31 de diciembre de 1958.

Manuel Aguilera Cristóbal
El Mundo, 31 de diciembre de 2008.
Foto: Primera plana del diario cubano El Mundo el 1 de enero de 1959. Tomada de Cubaencuentro.

lunes, 23 de diciembre de 2019

Navidades en dos tiempos


En La Habana usted no verá a hombres disfrazados de Santa Claus, vestidos de rojo, gordos y amables, repartiendo confituras a los niños a la entrada de centros comerciales. En el resto de la isla, tampoco encontrará un ambiente navideño especial.

Los hoteles para turistas y las tiendas o cafeterías por divisas sí exhiben árboles cargados con bolas y luces. No así en los establecimientos por moneda nacional, donde han preferido desechar toda esa parafernalia. En estos centros de servicios, lúgubres y necesitados de pintura, por lo general cuelgan retratos de Fidel Castro y consignas de la revolución.

Si es una bodega de barrio, puede observar una lista escrita a mano y en ocasiones con faltas de ortografía, recordándole a los morosos que aún no han pagado los equipos electrodomésticos, cuatro años atrás otorgados por el Estado, para sustituir las neveras americanas de los años 50 y los televisores en blanco y negro fabricados en la Unión Soviética.

A pesar de que la ciudad no tiene la pinta navideña de otros lares, los ciudadanos de a pie se aprestan a celebrar en casa la Nochebuena, el 24 de diciembre. Quien tiene familia en el extranjero o negocios rentables por debajo del tapete, se puede dar el lujo de comprar un cerdo y asarlo en el patio, mientras bebe cerveza de marca o un buen añejo.

A quienes las cosas no le fueron mal, a las 12 de la noche del 31 de diciembre, podrá comer turrones, manzanas y uvas, y brindar con sidra. Pero la mayoría gastará las suelas de sus zapatos, recorriendo los agromercados, en busca de carne de cerdo, frijoles negros, yuca, tomate, lechuga... A todo volumen escuchará música salsa o reguetón, mientras bebe cerveza a granel y ron de medio pelo.

A la Misa del Gallo suelen asistir aquéllos que viven cerca de una iglesia. A su manera, los cubanos festejan la Navidad. No siempre fue así. Cuando Fidel Castro llegó al poder en 1959, paulatinamente y con toda intención, echó a un lado una de las tradiciones más arraigadas en las familias cubanas.

La estocada final la dio en 1970, a raíz de la zafra azucarera de los 10 millones, donde con el pretexto de que los festejos interrumpían el trabajo en los cañaverales, eliminó el 25 de diciembre del calendario como día feriado. Por decreto, esos días de asueto desaparecieron en la isla.

Aunque al coincidir el triunfo de la revolución con el primero de enero, los días 1 y 2 de enero son feriados. Menos mal. Si los barbudos comandados por Castro hubiesen tomado el poder en marzo o agosto, de seguro los cubanos, no festejarían la llegada del nuevo año.

La ausencia de la Navidad en el calendario revolucionario duró 27 años. En 1997, en honor a la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba, Castro volvió a instaurar el 25 de diciembre como feriado nacional. Es una efemérides oficial, pero las autoridades no se sienten motivadas en crearle a la población un ambiente navideño. En privado sí lo celebran.

Siendo un niño, fui con mi abuela y mi hermana a casa de Blas Roca, líder comunista ya fallecido y pariente nuestro por línea materna. En ese tiempo, Blas era uno de los pesos pesados en la jerarquía política. Recuerdo cómo se me iban los ojos, cuando vi asando un puerco entero y una cantidad apreciable de otros manjares.

Eran años difíciles para casi todos los hogares, incluido el nuestro. Debido a una letal fiebre porcina, la carne de cerdo constituía un lujo. No sé ahora, pero entonces a sus hombres de confianza, como Blas Roca, Fidel Castro solía regalarle cestas inmensas con frutas, turrones, golosinas y botellas de vino español.

Una época en que la gente vestía con camisas de trabajo y calzaba zapatos plásticos. Carne de res, la justa, distribuida por la libreta de racionamiento. Y muy pocos se atrevían a celebrar la Nochebuena, tan prohibida como el jazz y los Beatles.

Décadas después, algo ha cambiado. Es cierto, el castrismo sigue en el poder. La economía anda a la deriva y ciertas libertades son negadas. Pero hoy no existe el temor de que alguien te haga un informe a “las instancias pertinentes” por festejar la Navidad.

Obvio, uno aspira a más. Y mientras celebra con su familia, desea que en el año venidero ocurran cosas buenas. Todavía los cubanos no hemos perdido el optimismo. Por suerte.

Iván García
Publicado en este blog el 24 de diciembre de 2011.
Foto: Tomada de internet.

lunes, 16 de diciembre de 2019

El regreso del lujo a Cuba


La apuesta por el turismo en Cuba no es nueva. No llegó con los años 90 como salvavidas económico ante el desplome del socialismo europeo. La idea primigenia de convertir la Isla en un paraíso tropical de descanso no se le puede atribuir a los actuales decisores de la política nacional, quienes buscan una tabla de salvación para la maltrecha y dependiente economía cubana.

Apenas dos años antes del triunfo de la Revolución encabezada por Fidel Castro en 1959, se preparaba el más ambicioso proyecto constructivo del sector turístico en Cuba: El Montecarlo de La Habana. Un plan que incluía “la construcción de 50 grandes hoteles resorts: desde la orilla del Jaimanitas hasta la playa Varadero. El gran Hotel Montecarlo de La Habana –actual Marina Hemingway- era el inicio de este fabuloso proyecto”, relata el historiador Enrique Cirules en su libro El Imperio de La Habana.

Tras la idea estaba el crimen organizado, la cúpula de las familias mafiosas asentadas en Cuba desde décadas antes y cuya cabeza era el célebre Meyer Lansky. El Proyecto Montecarlo continuaba las inversiones de la Compañía Hotelera de La Habana y de la Compañía de Hoteles la Riviera de Cuba S.A. que, a inicios de los años 50, impulsaron la construcción de “un complejo hotelero en la capital cubana, Varadero, Cienfuegos, Isla de Pinos y las montañas de Pinar del Río, para el deleite de un cierto turismo adinerado”, según Cirules.

Para conseguir la meta, durante años la mafia había creado relaciones con políticos de turno y bancos –a veces fundándolos- que garantizaran el capital para sus negocios y sirvieran para blanquear fondos provenientes de actividades ilícitas, especialmente las drogas. De haberse completado, La Habana, la capital del Caribe, la urbe cosmopolita y desigual donde se mezclaban lo moderno, la dictadura militar, los carteles de neón, la mafia y una revolución social en ciernes, habría sido el centro hotelero más importante de la región.

Pero a partir de 1959 el nuevo gobierno puso freno al turismo tal y como se le concebía hasta entonces. Por décadas se paralizaron los planes turísticos y Cuba se volcó en la producción de azúcar. Pero tras el derrumbe del socialismo a inicios de los 90 y sin un mercado preferencial, la industria azucarera se desplomó y el turismo internacional, desatendido por décadas, fue entonces la principal opción cubana. Casi 30 años después, lo sigue siendo. Actualmente el país cuenta con una planta hotelera de más de 72 mil habitaciones y aspira a duplicar esa cifra en poco más de diez años, según el Plan de Desarrollo 2018-2030 del Ministerio de Turismo (MINTUR).

Tras seis décadas y con la anuencia del gobierno cubano –aunque todavía sin casinos-, una renovada versión del Proyecto Montecarlo cobra vida. Solo que esta vez no tendrá a Lansky y sus compañías tapaderas como principales actores. Ahora son Gaviota S.A. y la inmobiliaria Almest S.A. (ambas pertenecientes al Grupo de Administración Empresarial S.A., más conocido por GAESA, organismo central del sistema empresarial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias), las encargadas de convertir al país en un lujoso paraíso de descanso tropical. Un proceso que ya está en marcha.

Hoy la apuesta cubana pasa por redefinir su mercado y apuntar a un sector élite de turismo adinerado, según explica el profesor universitario y experto en turismo José Luis Perelló. Para ello, el MINTUR también ha presentado proyectos relacionados con el desarrollo del golf, bases náuticas y marinas. Según explicó José Daniel Alonso, director general de Desarrollo, Negocios e Inversiones del MINTUR, en conferencia de prensa en junio de 2019, en la actualidad el 72 por ciento de la planta hotelera cubana tiene categoría de 4 y 5 estrellas. Eso significa que cerca de 52 mil 300 habitaciones deberían poseer un estándar alto.

Sin embargo, especialistas como José Luis Perelló y los estadounidenses Richard E. Feinberg y Richard S. Newfarmer, consideran que Cuba aún debe mejorar en muchos aspectos para que sus instalaciones de cuatro y cinco estrellas lleguen a los estándares internacionales requeridos para esa clasificación. Desde 2016, el estudio Turismo en Cuba, en la ola hacia la prosperidad sostenible, publicado por Feinberg y Newfarmer, “mostraba que la dirección del sector en Cuba había volteado sus ojos hacia un nuevo segmento de mercado”. Los investigadores lo documentan así: “El gobierno ha reconocido que debe aumentar la calidad de su oferta y orientarse hacia los alojamientos superiores y de lujo”.

Apenas tres años después se han construido los principales proyectos hoteleros de máximo estándar en Cuba, en especial aquellos ubicados en La Habana y todos operados por el Grupo de Turismo de Gaviota S.A, que actualmente maneja –mediante contratos de administración y comercialización hotelera con las cadenas Meliá, Iberostar, Blue Diamond, Kempinski y Accor- los únicos seis hoteles de lujo que funcionan en Cuba: tres de ellos en La Habana, dos en Cayo Santa María, en Caibarién, Villa Clara y uno en Guardalavaca, Holguín.

A la inauguración del Hotel Manzana Kempinski en 2017, siguió la apertura del Iberostar Packard en 2018 y del hotel Paseo del Prado en 2019; este último administrado por la francesa Accor y enfocado en el turismo de lujo y cultural, confirmó Diego De Conti, representante de la firma, durante la Feria Internacional de Turismo celebrada en mayo de 2019 en La Habana. Siguiendo esta línea, en breve Gaviota sumará otras dos instalaciones de lujo, esta vez en Cayo Guillermo, Ciego de Ávila: el Cayo Guillermo Resort Kempinski y el Muthu Rainbow (especializado en la comunidad LGBTI).

El profesor José Luis Perelló explica que, por años, “Cuba había caído en el juego de las tarifas. Buscando el indicador de arribo de visitantes, había descuidado el indicador de ingresos por visitante. De ahí la necesidad de buscar nuevos segmentos de mercado de mayores ingresos”. Esta visión es ampliada por Feinberg y Newfarmer, quienes aseguran que “la industria turística cubana se enfocaba en ofrecer complejos vacacionales con todo incluido a clientes que buscaban una buena relación precio-calidad provenientes de Canadá (especialmente de Quebec), Rusia y otras poblaciones europeas de bajos ingresos deseosas de atrapar las ofertas de paquetes baratos comercializadas por operadores turísticos internacionales”.

Estadísticamente, Cuba conseguía su meta de aumentar la cifra de turistas extranjeros que llegaban a la Isla, mas no por ello crecían sus ganancias. El economista Pedro Monreal confirma que “ya en 2018 se había registrado una disminución de los ingresos de las entidades turísticas y una contracción del ingreso por turista/día”. Datos compilados por el economista Humberto Herrera Carlés muestran que, a partir de 2011 los ingresos por turista han disminuido constantemente desde los 800 dólares hasta poco menos de 700 dólares en 2017. Además de contraerse también los días de estancia en Cuba de los visitantes extranjeros.

Diversificar la oferta, más allá de la modalidad de sol y playa que ha distinguido al país dentro del mercado internacional, pasaba inexorablemente por ofrecer servicios que se ajustaran al alto estándar internacional y fuesen atractivos para un nicho de mercado al que Cuba, con sus All Inclusive no era capaz de satisfacer. Eso explica que el MINTUR, dentro de su Plan de Desarrollo, contenga 145 proyectos de cinco estrellas y cinco estrellas plus, con un costo estimado de 13,484 millones, de los cuales el 70 por ciento de la inversión provendrá de capital netamente cubano.

Para 2025 y solo en La Habana, Gaviota y Almest completarán la construcción de, al menos, 26 hoteles cinco estrellas más que sumarán en conjunto 7,457 habitaciones. Lo que les permitirá –a mediano plazo- consolidar el dominio sobre el segmento de alto estándar en la capital. Para completar la expansión del lujo, Cuba planifica el desarrollo inmobiliario vinculado a los campos de golf a todo lo largo de la Isla con 27 proyectos, los cuales ya constituyeron cuatro empresas mixtas y una ampliación de la red de marinas e instalaciones náuticas que permitirá ampliar la capacidad del país en 4,700 atraques.

El profesor Roselló aclara: “El nuevo segmento al cual Cuba está tratando de llegar es uno de mayores ingresos y donde la marca de la cadena hotelera es muy importante. Por eso había que construir hoteles cinco estrellas de ciudad, pero de alto estándar. En el cual –te lo digo como me lo han dicho- las personas que se hospedan son de la misma jerarquía social, porque yo no tengo que compartir espacios con gente inferior a mi clase social”.

Ese interés contrasta con la igualdad pregonada por el proceso social cubano iniciado en 1959. Pero los tiempos han cambiado y los directivos del turismo y las empresas del sector están dispuestos a pasar por alto el tema de la igualdad social si los turistas contribuyen a elevar las ganancias del MINTUR..

La Habana Vieja se ha convertido en el mayor foco constructivo de la capital. En la zona colonial de la ciudad trabaja la Unión de Construcciones Militares (brazo constructivo de GAESA), y siempre puede verse el cartel de rigor ubicado en sus cercas perimetrales, ofreciendo información básica de la obra y sus ejecutores. En algunos se lee la frase de Eusebio Leal: “No guardo rencor al pasado; al contrario, he creído en la necesidad de ir al futuro desde el pasado”. Aunque descontextualizada, la frase no podría ser más certera.

Hace seis décadas, Meyer Lansky y otras familias asentadas en Cuba tenían el empeño de desarrollar una infraestructura destinada al disfrute del sector adinerado, consistente en hoteles, marinas y casinos majestuosos. Todo iba a estar dedicado a la promoción del gran turismo internacional, principalmente norteamericano, y que además de hoteles y casinos, tendría centros de recreación, grandes y medianos cabarés, cadenas de clubes y sitios nocturnos”, explica Enrique Cirules. Hoy, el objetivo, con ligeros cambios, parece repetirse.

El pico constructivo acelerado dentro del sector turístico en Cuba fue notable en los dos últimos años, coincidiendo con una etapa de mejoras en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba. El país se prepara para el turismo estadounidense. En junio de 2019, durante una sesión de la Asamblea Nacional del Poder Popular, el presidente Miguel Díaz-Canel que “no podemos esperar a que el bloqueo finalice para construir la planta hotelera”, reflejó el diario digital Cubadebate.

José Luis Perelló prevé que la fecha límite es 2025. Entonces, el país deberá estar listo para recibir al turismo estadounidense. “Si no fuimos capaces de prepararnos para esa fecha crítica, entonces habremos perdido nuestra gran oportunidad”, sentencia. Apostando por el mercado estadounidense –que subió de 93 mil visitantes en 2013 hasta 638 mil en 2018, pero que bajará de nuevo tras las nuevas medidas de la administración de Trump- Cuba entra en la competencia por un segmento de mayores ingresos, del cual se había alejado por casi 60 años.

Al salir de Cuba a inicio de los años 60, la mafia y el Proyecto Montecarlo dejaron atrás algunos de los hoteles que todavía siguen siendo insignias de la ciudad: Nacional, Riviera, Capri, Vedado, Comodoro, Saint John's, Deauville y Habana Hilton (Habana Libre). En pocos años se les sumarán otros que buscan un fin muy concreto: convertir a la Isla en un destino de lujo. En algún sitio, con su sombrero ladeado, Meyer Lansky debe estar sonriéndose.

Julio Batista
El Toque, 29 de octubre de 2019.
Este texto forma parte de un especial de El Toque sobre la apuesta hotelera cubana.

lunes, 9 de diciembre de 2019

Cuba no está para sacrificios



Hasta el último día de su vida, el 27 de febrero de 2014, el excomandante Huber Matos relataba a quien quisiera escucharlo que el mismísmo Fidel Castro ordenó el asesinato de Camilo Cienfuegos, su lugarteniente más popular en el Ejército Rebelde. Para no perderse detalle, siempre tenía a mano un ejemplar de su libro Cómo llegó la noche, publicado tras pasar veinte años preso por sedición militar. De acuerdo con el texto, poco después de que Cienfuegos y Matos le reclamaran a Fidel el excesivo poder que comenzaban a amasar los comunistas dentro del Gobierno -en particular, por el Che Guevara y Raúl Castro-, el guerrillero moría a los 27 años en un misterioso accidente de avión el 28 de octubre de 1959.

La oposición en Miami desdeñó la versión oficial -que atribuyó la tragedia al mal tiempo- y siempre creyó que la desaparición de Cienfuegos fue una estratagema de Castro para proteger su liderazgo. Eso no impidió que el socialismo cubano agregara a Cienfuegos a su santoral laico y cada 28 de octubre, los escolares de todo el país lancen flores al mar para honrar al primer gran mártir por la causa fidelista.

De acuerdo a las exigencias del protocolo revolucionario, en 2019 el homenaje debía poseer una connotación especial por cumplirse el 60 aniversario de su muerte. Pero en su lugar, un terremoto económico monopolizó la atención de los cubanos.

El vicepresidente de la República, Salvador Valdés, anunciaba el 15 de octubre, que 77 nuevas tiendas estatales distribuidas entre La Habana y capitales de provincia, comenzarían a aceptar dólares estadounidenses con "productos de mayor calidad y a precios competitivos”, que en principio se centrarán en la venta de aires acondicionados, frigoríficos, motos eléctricas y otros equipos de elevado precio.

La fecha elegida para abrir las primeras 13 tiendas (12 en La Habana y una en Santiago de Cuba) fue el 28 de octubre, robándole protagonismo al héroe nacional que tradicionalmente acaparaba esa jornada.

En la práctica, esto supone implantar 'de facto' un sistema comercial paralelo a los dos existentes, en pesos cubanos (cup) y pesos convertibles (cuc). La idea es simple: los cubanos y residentes permanentes podrán solicitar una tarjeta de débito o crédito en cualquier banco local y utilizarla para recibir remesas en diferentes monedas convertibles (dólares, euros, libras esterlinas, francos suizos, etc). También será posible realizar depósitos dentro del territorio nacional, pero los que se hagan empleando dólares sufrirán la penalización del 10 por ciento vigente desde 2004.

Desde el comienzo de su mandato, en abril de 2018, el presidente Miguel Díaz-Canel había dado señales de que quería aplicar una medida de este tipo alegando la “preocupación popular por la fuga de divisas” -en verdad, transversal a una buena parte de la ciudadanía. Pero el verdadero telón de fondo son las crecientes dificultades que enfrenta la economía y los esfuerzos del gobierno por capturar ingresos en dólares.

“El Estado pretende convertirse en la ‘mula’ mayor”, dijo el economista Emilio Morales, director The Havana Consulting Group, un 'think tank' radicado en Miami, utilizando la palabra con la que los cubanos se refieren a los que viajan al extranjero y compran mercancías para luego venderlas en el país. Según el analista, las compras realizadas por estas 'mulas' cubanas ascendieron a 2.300 millones de dólares durante 2018, principalmente en Haití, Panamá, Rusia, México y los Estados Unidos.

Esos miles de comerciantes irregulares abastecen la amplia red informal establecida a lo largo del país, con artículos tan diversos como piezas para autos, juguetes, pinturas de uñas, champús o teléfonos móviles. Ni siquiera la draconiana legislación aduanera ha logrado impedir que sus márgenes de ganancia oscilen entre el 200 y el 300 por ciento, como promedio, por lo que muchos cubanos radicados dentro y fuera de las fronteras de la Isla han convertido la actividad en una ocupación a tiempo completo.

La colaboración médica, el turismo y las remesas constituyen los pilares esenciales de las finanzas cubanas. La Casa Blanca ha manifestado su intención de sabotearlas para “responsabilizar al régimen cubano por la represión del pueblo y por apoyar al régimen de Maduro en Venezuela”, según ratificó el 18 de octubre el portavoz del Departamento de Comercio de Estados Unidos al informar sobre el establecimiento de un nuevo ‘paquete de sanciones’. La presión sobre Cuba va en aumento.

La Habana se vio obligada a revisar -a la baja- las expectativas económicas por su exitoso modelo de colaboración médica internacional. El regreso de casi 9 mil especialistas que participaban en un programa de atención a comunidades vulnerables en Brasil, sumado a la agudización de la crisis en Venezuela, ha mermado considerablemente esa vía de ingresos.

El turismo también ha sufrido desde que el presidente Donald Trump, dio luz verde en mayo a la aplicación del título tres de la controvertida Ley Helms-Burton, que permite a las cortes del país norteamericano aceptar demandas contra compañías de otros países que inviertan en Cuba. Un mes después fueron suspendidas las licencias que amparaban los viajes de cruceros entre La Habana y varias ciudades de la costa estadounidense, así como los cupos para que los estadounidenses visiten el país de forma particular. El efecto inmediato fue la disminución del 15 por ciento en el número de turistas extranjeros proyectados para el año curso y de una caída del 20 por ciento en los ingresos.

El 25 octubre, cuando todavía se organizaba la aplicación de prohibiciones como la que impedirá a Cuba adquirir dispositivos con más de un 10 por ciento de componentes norteamericanos, altos funcionarios estadounidenses adelantaron a El Nuevo Herald de Miami que, desde el 10 de diciembre, las aerolíneas de ese país solo podrán viajar a La Habana, en detrimento de los otros nueve aeropuertos también reciben aeronaves de Estados Unidos. Poco queda del ‘deshielo’ que cinco años atrás impulsó Barack Obama.

“La industria cubana es hoy aproximadamente tres cuartos de lo que fue hace tres décadas. En realidad, 15 de las 22 actividades (listadas por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información) tienen índices inferiores al 50 por ciento y existen 8 actividades que no alcanzan el 10 por ciento del nivel que tuvieron hace 30 años”, expuso en un artículo el economista Pedro Monreal, asesor de la Unesco en París.

Sus palabras resumen la debacle experimentada por el sector manufacturero como resultado de la descapitalización, de las carencias del sistema burocrático local y del embargo mantenido por Washington durante casi sesenta años. Las demandas que promueve la Helms-Burton tienen como objetivo desestimular a potenciales inversores y ahuyentar los que ya se encuentran establecidos en la nación caribeña.

Por si tamaños obstáculos fueran pocos, a comienzos de septiembre, el gobierno de La Habana se vio obligado a decretar una situación de "coyuntura energética", un circunloquio oficial para avisar a la población de que la escasez de combustible iba a generar problemas para mantener el suministro eléctrico y la frecuencia del transporte. “Las fuertes persecuciones de Estados Unidos se han intensificado durante las últimas semanas, dirigidas a impedir que nuestro país adquiera en el exterior el combustible que necesita”, explicó en cadena de radio y televisión el presidente Díaz-Canel.

“Solo las empresas rusas y chinas han continuado operando con normalidad”, detalló al día siguiente un periodista vinculado a la oficina del primer mandatario. Ya desde finales de 2018 se viene alertando sobre la caída en los envíos de combustible desde Venezuela, que pasaron de 105.000 barriles por día (bpd) en la cima de la relación bilateral (en 2013) a poco más de 55.000 bpd al cierre de 2017, explicó el economista y profesor emérito de la Universidad de Pittsburgh, Carmelo Mesa-Lago. Actualmente, los envíos rondarían los 25.000 bpd, menos de la mitad, según cifras extraoficiales.

A finales de septiembre, la crisis energética obligó a las autoridades a suspender clases universitarias, paralizar la práctica totalidad de las actividades económicas (salvo el turismo) y a reducir en más de un 90 por ciento los servicios de transporte entre provincias, dejando al país al borde de la parálisis. Pero la consecuencia más significativa demoró en manifestarse hasta mediados de octubre.

El primer ministro de la Federación Rusa, Dimitri Medvedev, aterrizaba en La Habana en un viaje que acercó a los viejos aliados de la Guerra Fría. A su partida, dejó tras de sí una larga relación de acuerdos que virtualmente elevan las relaciones con Moscú a otro plano. Incluso la restauración del Capitolio Nacional, la nueva sede del Parlamento cubano, seguirá adelante por cuenta de un proyecto de colaboración bilateral.

En días de recapitulación sobre los sucesos ocurridos seis décadas atrás, tales noticias no han pasado inadvertidas. Muchos creen que la historia se repite. Al momento de producirse la muerte de Camilo Cienfuegos, en octubre de 1959, Cuba y Estados Unidos se distanciaban a marchas forzadas, mientras Rusia se perfilaba con fuerza creciente en el horizonte. Hoy, la efigie del joven barbudo con su mítico sombrero alón preside junto al Che la Plaza de la Revolución en La Habana como símbolo perenne de la abnegación y la entrega por la causa. Pero Cuba ya no es la misma. El país no está para sacrificios.

Ignacio Isla
El Confidencial, 4 de noviembre de 2019.
Foto: Imagen de Camilo Cienfuegos en un agromercado de La Habana. Tomada de El Confidencial.

lunes, 2 de diciembre de 2019

Conversando con Abraham Jiménez



Cuba duele. Es una nación atrapada por la inercia, el inmovilismo y la intolerancia de un gobierno que busca preservar el poder ondeando la bandera del antiimperialismo.

Los cubanos de a pie a lo suyo. Sobrevivir del ‘invento’ entre ruinas materiales y espirituales. La nación se hunde. Y no es una metáfora. La economía hace agua. Se han roto los valores ciudadanos. El futuro es una mala palabra. Y está la emigración, que no se detiene.

La Isla rema en marcha atrás. Los números no mienten. La Cuba de la prensa oficial es una entelequia. No existen jineteras que se prostituyen por una visa al Primer Mundo. Ni miles de jóvenes que se refugian en el alcohol y las drogas. Hay muchas historias que los medios estatales prefieren callar.

Fue a finales de los años 80 que varios disidentes comenzaron a relatar el desastre. Estaban lejos del periodismo narrativo. Eran denuncias de personas a las cuales el Estado infringía sus derechos. También reportaban el acoso y las palizas de los grupos de respuesta rápida contra los activistas demócratas.

Entre 1993 y 1999 surgieron agencias de prensa independientes que intentaron hacer un periodismo diferente. Cuba Press, dirigida por el poeta y periodista Raúl Rivero, estuvo a la vanguardia. Pero se seguía abusando del artículo de opinión, obviando otros géneros como el testimonio, la crónica y el reportaje.

Muy pocos reporteros escribían de temas sociales o hacían periodismo de calle. Luis Cino, Jorge Olivera, Tania Quintero y Ariel Tapia, entre otros, relataban la cotidianidad con un lenguaje directo y ameno. Luego Yoani Sánchez, primero con su blog Generación Y y después con 14ymedio, apostó por un periodismo enfocado en la realidad del país.

Claro que la política importa. Pero en la oposición no pocas veces confundían activismo político con periodismo. Y la calidad dejaba bastante que desear. Parafraseando a José Martí, pensaban bien, pero rimaban mal.

Después de 2014, con la revolución de Barack Obama y las ilusiones que despertó entre los cubanos el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, desde la Isla, como flores, comenzaron a brotar medios digitales independientes comprometidos con un periodismo de calidad.

En la acera opositora había quienes los veían como personas huidizas y cobardes, porque no llamaban las cosas por su nombre. Pero el nuevo periodismo independiente cubano cualitativamente es superior.

Elaine Díaz, Mónica Baró, Julio Batista y Juan Orlando Pérez, son algunos de los que escriben textos que es una fiesta leer. Dos sólidos pilares de ese periodismo narrativo son Carlos Manuel Álvarez, radicado en México, reconocido por diversas instituciones como uno de los treinta mejores escritores jóvenes de América Latina, y Abraham Jiménez Enoa (La Habana, 1988), que ha publicado en BBC, Univisión, The New York Times en Español y Gatopardo, entre otros.

Graduado de periodismo en el verano de 2012, en la actualidad Abraham es editor y director de El Estornudo, probablemente el mejor sitio de crónicas periodísticas que ahora mismo se hace en Cuba. Entrevistarlo para Diario Las Américas no fue difícil. Contactamos por WhatsApp y acordamos vernos a las tres de la tarde en un café ubicado en 23 y G, en el corazón del Vedado. Llegó dos minutos tarde a la cita. Me asombró su puntualidad, cosa rara entre los cubanos. Vestido con un pantalón caqui, camisa oscura, una cartera de cuero cruzada hacia un lado del cuerpo, barba cerrada y el rostro lavado y despejado, señal que había dormido la mañana. Pidió un café expreso.

Cuando terminó el preuniversitario, Jiménez no pudo coger la carrera de periodismo. "Tenía que competir con alumnos de la Escuela Vocacional Lenin y no tuve muchas opciones. En aquel tiempo apareció un programa militar llamado Cadetes Insertados que me facilitaba realizar estudios universitarios. Decidí apuntarme. Yo quería ser comentarista deportivo y para ello necesitaba estudiar periodismo".

En Cuba es usual que los niños quieran ser peloteros o futbolistas, pero no narradores deportivos. "Recuerdo que mis abuelos pensaban que estaba loco: me pasaba horas acostado en el sofá de la sala con un muñeco, y en vez de jugar a los pistoleros o montar carriola, inventaba juegos de fútbol o pelota y los iba narrando. Pero durante los estudios me di cuenta que no tenía buena dicción y no se me daban bien las cámaras. Entonces comencé a leer los clásicos del periodismo, Truman Capote, Gay Talese, Kapuscinski, Rodolfo Walsh, y me enfoqué en escribir”.

En una crónica publicada en septiembre de 2018 en Gatopardo, Abraham describe el día que se desencantó por completo de la revolución. “Me tomó mucho tiempo percatarme de que la revolución cubana, como concepto, ya no existe; es pasado, se esfumó. Salir del pozo de adoctrinamiento en que uno nace sumido en este país y percibir que todo lo que te han vendido y has comprado, que todo por lo que de alguna manera y en algún momento de tu vida peleaste ya no está, es un ejercicio de conciencia más que de ruptura. Implica identificar algo que siempre tuvo un rostro del que nunca sospechaste por estar hipnotizado y enclaustrado”.

Su manera de pensar tuvo un costo familiar, político y social. Se distanció de su padre, oficial del Ministerio del Interior al igual que su hermana. “Después que terminé el periodismo, pasé el servicio social en un dependencia de prensa del Ministerio del Interior. Lo mejor era que tenía internet. Un amigo me puso en contacto con la editora de On Cuba, un medio que en 2012 no estaba acreditado por el gobierno cubano, y acordamos que comenzaría a escribir en la sección de deportes. Allí estuve hasta 2015. Al año siguiente fundé El Estornudo. Eso empezó a molestar a las autoridades. Aún no había terminado el servicio social cuando me mandaron para mi casa, acusado de 'contrarrevolucionario' y un montón de descalificaciones más. También me prohibieron viajar al extranjero hasta julio de 2021”.

Abraham ha sufrido el racismo en carne propia. “Tengo para contar miles de anécdotas de corte racista. Hace un año, en Gatopardo escribí Desde el Malecón: lista negra donde cuento varias esas anécdotas. El racismo en Cuba está en cualquier lado. Lo he vivido en el ICRT, con el portero de un restaurante o un patrullero policial. Algunos se asombran que un negro dirija una revista digital de periodismo narrativo. Cuando te ven, tú les nota la cara de asombro. Es algo que nunca se ha superado”.

Periodistas independientes, abiertamente anticastristas, consideran light a esta nueva hornada de periodistas y los acusan de desviar la atención de los auténticos problemas del país. Algunos afirman que forman parte de una cortina de humo lanzada por los servicios especiales para acallar a los comunicadores que sufren constantes detenciones y sus medios de trabajo son decomisados. Otros alegan que no denuncian el incesante acoso sufrido por los reporteros independientes y que intentan ningunear a los fundadores de la prensa independiente en Cuba.

No lo creo. Con el paso del tiempo, periodistas alternativos como Carlos Manuel Álvarez se han ido radicalizando. Y El Estornudo, la revista digital que dirige Abraham Jiménez y que apuesta por un periodismo objetivo, figura entre los 19 medios independientes que el pasado 7 de octubre publicaron una Declaración Conjunta para exigirle al régimen cubano más protección y respeto a la prensa.

“En El Estornudo trabajamos ocho personas, unas dentro y otras fuera de Cuba. Y no existe ningún tipo de censura, excepto la que imponga la cordura. Mi impresión es que los nuevos medios que han nacido a partir de 2014 lo tienen claro: no confunden el activismo político con el periodismo. Aunque no se puede generalizar, el periodismo independiente anterior a 2014, era marcadamente opositor. Y tú, para hacer periodismo, tienes que ceñirte a los hechos. Hicimos El Estornudo como un medio de contar buenas historias. Ni quitamos ni ponemos. Las cosas se describen tal como las ve el reportero. Mi trabajo es contar lo que pasa. No marchar con un cartel por la calle”, explica este habanero que puede estar hablando horas sobre periodismo, literatura y deportes.

En su perfil de El Estornudo, Abraham confiesa que el fútbol le produce más orgasmos que las mujeres. Quizás exagera un poco.

Iván García
Foto: Abraham Jiménez, cortesía del entrevistado.
Ver también: Trabajos de Abraham Jiménez publicados en El Estornudo.

lunes, 25 de noviembre de 2019

En Texas, Ana Francy espera que EEUU le conceda asilo político



Cuando usted le pregunta a Ana Francy Pita Domínguez, 27 años, una habanera que espera con incertidumbre en San Antonio, Texas, que el próximo 29 de noviembre la Corte se pronuncie sobre su petición de asilo, cuál es su opinión del régimen cubano, la joven responde de manera concisa: “Es una dictadura. Uno conoce mejor el absurdo que vivimos en Cuba cuando tenemos la experiencia de residir en una sociedad abierta y democrática”, expresa a través de WhatsApp.

La emigración en Cuba es un grifo que nunca se ha cerrado. Desde que Fidel Castro llegó al poder a punta de carabina en enero de 1959, casi tres millones de compatriotas se han marchado de su patria. Han dejado atrás familiares, amigos de la infancia, propiedades, recuerdos y nostalgias.

Es cierto que la primera oleada migratoria, además de abiertamente anticastrista, era más politizada. El resto, ya sea por el éxodo del Mariel, la Base de Guantánamo o el goteo imparable que continuó huyendo de Cuba a partir de 2013, cuando la autocracia verde olivo flexibilizó los trámites migratorios, no se puede encuadrar como emigrantes económicos. Es una vieja treta del régimen para lavar la vergüenza de miles de jóvenes y profesionales que escapan del manicomio ideológico recorriendo un auténtico maratón terrestre por varios países de Sudamérica y Centroamérica o tirándose al mar en cualquier cosa que flote.

Para solicitar refugio humanitario o político en Estados Unidos no siempre hay que ser un disidente, periodista independiente o activista de derechos humanos. La nueva generación de cubanos ha sido víctima de un bombardeo indiscriminado de propaganda política en una nación donde el Estado vela por lo que ven y leen los ciudadanos. Y hasta por lo que piensan.

Después de casi 25 años ejerciendo como periodista libre, he tenido la posibilidad de conversar con empleados del turismo que le roban al gobierno, profesionales descontentos, emprendedores privados frustrados y también con jóvenes de barrios marginales que viven de vender drogas, el juego prohibido o la prostitución.

Ninguno me habló con simpatía del gobierno. Todos están insatisfechos por las penurias económicas que sufren. Desde luego, la mayoría teme enrolarse en un grupo de la disidencia. Tampoco la oposición cubana ha sabido aprovechar la formidable materia prima que le rodea. Ocho de cada diez cubanos, cuando usted en confianza conversa con ellas, le confiesan que están en contra del régimen.

He conocido numerosas personas que me han aportado información de primera mano en un bar, un taxi colectivo o simplemente se han puesto en contacto conmigo por teléfono. Ana Francy fue de esas personas.

Cuando la conocí tenía 17 años, unos grandes ojos que miraban con asombro y era muy delgada. Yo estaba con un amigo en una pizzería particular en La Víbora. La chica, tímida y en voz baja, me dijo que quería hablar conmigo. Alguien le había dicho que yo ‘era de los derechos humanos’, como le dicen en Cuba a quienes abiertamente disienten del régimen.

Había concluido sus estudios de técnico medio y no tenía trabajo. Su padre, médico de profesión, había estado en una misión en Timor Oriental y la autocracia nunca le pagó los 50 pesos convertibles que le prometieron dar de por vida. Vivía con su abuela y necesitaba trabajar. Estaba haciendo los trámites para sacar la licencia de trabajadora por cuenta propia como manicure.

Recuerdo que me confesó: “No soporto este sistema. Mira mi familia, honesta y trabajadora, nunca sale adelante. Quiero reparar mi casa y no tengo dinero. Quiero desayunar, almorzar y comer. No hacer una sola comida al día. Quiero que mi abuelita tenga una vejez feliz. Este gobierno no me da opciones”.

Al final de su conversación me preguntó si podía integrarse en la disidencia. "Hago cualquier cosa. Sé limpiar, mecanografiar, coser, cocinar”. De momento me quedé sin respuesta. Pero después le dije que era muy joven, lo duro que resultaba el acoso de la Seguridad del Estado, las consecuencias que podría tener una decisión de ese tipo y que inclusive podía ir a la cárcel. Ana Francy insistía. Pensaba en su padre, a quien conocía del barrio.

Le prometí, para salir del trance, consultar con algunos colegas de la disidencia. Al cabo de tres años volví a verla. “Nunca me diste respuesta”, me dijo. Entonces le propuse que colaborara conmigo dándome información sobre el trabajo privado y la salud. Tenía parientes y amistades que laboraban en esos sectores.

Me presentó a decenas de personas que me aportaron informaciones valiosas. Ella misma me contó sobre la corrupción de los inspectores que regulan el empleo por cuenta propia y el acoso sexual del jefe del sector de la policía de su zona. A través de Ana Francy conocí a médicos, enfermeros, economistas y emprendedores privados. Al principio nos veíamos en una cafetería frente a su casa. Luego el grupo creció -alrededor de quince personas- y nos reuníamos en su casa. Eran jóvenes que siempre estaban atentos a las noticias que les llevaba en una memoria flash con reportajes sobre Cuba publicado por la prensa independiente y extranjera.

El martes 7 de marzo de 2017, un oficial de la policía le llevó una citación a su casa. Fue la primera vez que la Seguridad del Estado intentó intimidarla.“Fui con mi madre a la unidad. El oficial que me citó era flaco. Sacó su carnet de la Seguridad del Estado. Andaba con un abrigo puesto en medio de un calor tremendo. Era joven, pero parecía viejo. Me citó tres veces. No sé de qué forma consiguió el número de móvil y me llamaba insistentemente”, cuenta y añade:

“Me dijo que se llamaba Alejandro. Quería que yo trabajara para la Seguridad del Estado. Habló mil mierdas de ti. Que tu mamá, Tania Quintero, era una opositora peligrosa. Que tú eras un agente de la CIA preparado para crear redes de influencia y prostitución. La muela más loca que escuché en mi vida”, rememora Ana Francy por WhatsApp.

Desde el primer instante, Ana Francy me contó el asedio de la Seguridad del Estado. Escribí una crónica que Diario Las Américas publicó el 19 de marzo de 2019 con el título Seguridad cubana acosa a corresponsal de Diario Las Américas en la Isla y que en el blog Desde La Habana salió con el título "Hace cinco años estamos investigando a Iván García". Públicamente le dije a la Seguridad que si tenían interés en mí, que me preguntaran directamente, que no molestaran a mis fuentes (además de Ana Francy, citaron a otras personas).

El acoso de los servicios especiales hacia Ana Francy arreció. Constantemente visitaban a sus padres. Tras el fallecimiento de su abuela, Ana Francy y su novio, un cubano radicado en Estados Unidos hace siete años, comprendieron que la única opción viable era emigrar.

El 10 de marzo de 2019, en una mañana nublada que presagiaba un temporal, Ana Francy abordó en La Habana un avión rumbo a México. “La odisea que sufrí no se la deseo ni a mi peor enemigo. Pensaba entrar por Laredo, pero en ese tiempo habían secuestrado un ómnibus de cubanos. Cogí mucho miedo y decidí irme por El Paso. Cuando llegué solo tenía 500 pesos mexicanos. No sabía qué hacer. Cuando fui a la iglesia a que me facilitaran un número para la solicitud de asilo me dieron el 9898. Imagínate, en ese momento iban por el 7000. Con un grupo de cubanos salí a buscar trabajo. Me puse a trabajar en una peluquería. Me pagaban mil quinientos pesos mexicanos. Llegó un momento que por el puente internacional no pasaba nadie. Cinco al día, dos o ninguno. No sabía qué hacer. Estaba trabajando, pero todas las fronteras de México con Estados Unidos son muy peligrosas”, rememora Ana Francy.

Quince días después, con 700 dólares ahorrados, decidió tomar un vuelo barato a Reynosa, en Tamaulipas, al noreste de México. “Reynosa sí da miedo, dicen que es una ciudad tomada por el narco. Todas las noches se escuchaban los tiroteos. Una tarde, cuando fui a cobrar un dinero por la Western Union, en la casa donde estábamos alquilados un grupo de cubanos, la mujer y su esposo que se dedicaban al negocio del secuestro, nos quitaron mil dólares a cada uno, con el pretexto de pagarle a un coyote para entrar a Estados Unidos. Todo era mentira. Decidí esperar mi número de solicitud de asilo. Como tenía personas en Texas que me avalaban, me dejaron pasar hasta el día que fuera a la Corte. Tuve suerte, pues ahora no dejan entrar a nadie. Tienen que esperar en México”.

La aspiración de Ana Francy, como la gran mayoría de los cubanos que emigran, es trabajar, superarse, formar una familia, vivir dignamente y respetar las leyes. “Quiero seguir estudiando, mejorar mi inglés, ser una persona libre que no tenga que preocuparse por lo que va a comer cada día. Y por las noches, antes de acostarme, rezar para que mi madre y mi padre puedan vivir en una Cuba diferente, democrática. Han trabajado toda su vida y no tienen nada”.

El próximo 29 de noviembre una Corte de Texas dictará sentencia. Ana Francy espera.

Iván García
Foto de Ana Francy Pita Domínguez enviada por Whatsapp.

lunes, 18 de noviembre de 2019

El barrio de Luyanó (II y final)


En Luyanó crecí y viví hasta los 20 y tantos años. Es mi barrio. Sus características, sus bondades y sus debilidades tienen que haber dejado su impronta en mi personalidad lo cual no me molesta. Mi barrio no es la Víbora, ni el Vedado, ni tan siquiera Santos Suárez y que su fama no es la mejor, tampoco la tiene Hialeah donde actualmente vivo, y es casi por las mismas razones: son barrios de trabajadores, básicamente manuales.

Luyanó era un barrio duro, no admitía ni lloriqueos ni a gente pusilánime, pero también era divertido, franco y abierto. Es así como como lo veo en la distancia física y temporal. Lo conocí con sus talleres llenos de trabajadores, de allí salían, para poner muebles en las casas de los más ricos y los más pobres, y muebles para niños, cunas y sillitas, para todo el país. Talleres de pailería, mecánica, soldadura y herrería donde se elaboraban cercas y rejas decorativas, donde se confeccionaban las camisas McGregor, famosas en aquellos años, que se compraban en Cuba y se exportaban a Estados Unidos, decenas de trabajadoras ganaban un salario en ese taller.

En el mismo borde de Luyanó, estaba la planta de Swift, que producía embutidos, perros calientes y jamones de alta calidad. De menos trascendencia, pero de mayor interés para la población de menos recursos, La Caridad elaboraba las “fritas” que se vendían por toda La Habana, y Guarina confeccionaba helados y pasteurizaba leche. Los que carecían de recursos para comprarse un refrigerador -o como decíamos un “frigidaire"- adquirían las neveras El Vencedor hechas en Luyanó. Decenas y decenas de mujeres se ganaban el sustento como costureras, laboriosos artesanos confeccionaban los marcos y cuadros kitsch que adornaban las salas de miles de hogares, otros elaboraban toda la parafernalia necesaria para colar el café, equipamiento que se vio disminuido por la llegada de las cafeteras italianas Bialetti.

Estaba la fábrica de cigarros La Corona, que como un subproducto vendía las yaguas, que conformaban las pacas en que habían recibido el tabaco en hoja, a los que construían sus rústicas viviendas en la Loma del Burro (y por ello se conocía como Las Yaguas). En la acera del frente se fabricaban las cafeteras Royal que competían con la Nacional para estar presente en los locales donde se vendían tazas de café a 3 centavos en todo el país. La fábrica de sogas de henequén Carranza; una casa convertida en taller para el procesamiento y curtido de pieles de cocodrilo, que despedía un fuerte olor a tanino; la planta de descascarar los arroces que se importaban; el alambique de licores de aromáticos olores; el taller de envasado de especies con sus olores que te embargaban. Todo un emporio vibrante y pleno, que quizá solo queda en mis recuerdos.

En la rama del transporte, dos empresas vienen a mi memoria, una dedicada a mover mercancías por todo el país y que con decenas de “rastras”, algunas refrigeradas, llevaban en letras rojas y enormes el nombre de Amaro, ocupaba media manzana en la calle Enna. La otra, muy peculiar, era un establo en la calle Ensenada, donde las mulas pasaban la noche, reponiéndose del agotamiento del día y se resguardaban y reparaban los altos carretones que durante el día los “gallegos”, llevando las largas riendas, subidos a los altos pescantes y protegidos del sol por una negra y grande sombrilla, que en la extracción de mercancías del puerto hacia los almacenes en toda La Habana, competían con los camiones Mack, que en lugar de la barra de trasmisión para el movimiento de las ruedas traseras, utilizaban una cadena de grandes y gruesos eslabones.

Todo lo anterior hacía a Luyanó distinto a los demás barrios habaneros, en nada se parecía a los próximos Santos Suarez o la Víbora por poner solo esos dos ejemplos, más residenciales y con una población más cercana a la clase media, Luyanó era básicamente obrera, quizá eso explique su carácter duro del cual ya hablamos.

Luyanó estaba repleto de comercios de variados, múltiples, tamaños y fines. Panaderías que no solo vendían diversos panes y galletas, sino también los llamados “dulces finos”; bodegas de chinos, gallegos y cubanos, con sus jamones y arenques colgando de la estantería de madera; los sacos de diversos frijoles y arroces de diferentes calidades y precios, el variado laterío de dulces, sardinas, bonito, leche condensada, salchichas, aceite de oliva; los grandes pomos de aceitunas, las mortadellas y jamonadas para ser lasqueadas y venderlas por centavos. Café que se podía comprar en sellados sobres de celofán o molido en la misma bodega y envasado por el bodeguero en cartuchos de gruesa textura para preservar los aromas y que podía venir acompañado de una ñapa (ración de azúcar).

En Navidad, turrones españoles, dátiles e higos secos, sidras y vinos. En un extremo de la bodega había una una barra oscura de madera, sin banquetas. Detrás, un refrigerador de múltiples puertas donde se guardaban los quesos, crema, patagrás o el “suizo”, que era producido en Camagüey, la mantequilla y los litros de leche, los refrescos y cervezas de distintas marcas. En esa barra, a los borrachines se les servían tragos, que podían ir desde una “línea” de ron peleón como el Peralta o el Palmita o un coñac Napoleón. Una cornucopia de productos que por su variedad de precios estaba al alcance de todos.

Habían varias cafeterías, pero la más destacada era la de Maboa, en los límites de Luyanó con Tamarindo y la Calzada de Jesús del Monte, con sus batidos de frutas, los más baratos, 12 centavos un vaso grande y podías rellenarlo. Los mejores que he tomado. También, Dos Hermanos y sus deliciosos frozen de chocolate, la Asunción con sus sándwiches que competían con los afamados del Bar OK en Belacoaín y Zanja. Y la cafetería al costado del cine Atlas, que vendía “discos voladores” de jamón y queso derretido.

Los puestos de frutas, mayoritariamente en manos de chinos, ofrecían todas las viandas y frutas que en aquella época, se producían en el país. Junto a mameyes, mangos, anones, tamarindos, canisteles y guayabas, encontrabas vegetales y verduras que otros chinos producían en las cercanías de la ciudad, aprovechando cualquier arroyuelo que les permitía cultivar lechuga y berro. Los laboriosos chinos también ofrecían helados confeccionados con las frutas que se maduraban pronto y, por si no bastara, vendían mariquitas, chicharrones, boniatos fritos, frituras de bacalao y de maíz y de malanga, dulces o saladas. Un festival de olores y sabores.

Los chinos no solo dominaban el comercio de frutas, hortalizas y viandas, igualmente el del lavado y planchado de ropa, los llamados “trenes de lavado” con su compleja contabilidad que resultaba infalible, con sus caracteres trazados con un palito en sustitución de una pluma y con esa tinta negra china. Lavaban, almidonaban y planchaban, con planchas de carbón, la ropa que se les encomendaban, generalmente sábanas y pantalones y camisas de trabajo, ya que la ropa más delicada se enviaba a las tintorerías, cuyos dueños eran cubanos.

Las carnicerías estaban sin excepción en manos cubanas y en Luyanó sobresalía una llamada Rancho Verde, que no solo era la mayor, sino que además vendía huevos, gallinas y guanajos vivos, que a solicitud del cliente eran sacrificados y desplumados en una máquina especial destinada a ese fin. También vendía carnes de alta calidad, un poco más caras que la del resto de las carnicerías.

Abundaban las farmacias. Si tomábamos la calle Municipio de oeste a este, en sus primeras doce cuadras, nos podíamos encontrar tres de ellas que se turnaban con las del resto de Luyanó, para cubrir las madrugadas, por lo que siempre a pocas cuadras, encontrarías una abierta para alguna urgencia. En las farmacias no solo se despachaban medicinas con o sin receta: el farmacéutico, graduado universitario y generalmente dueño del establecimiento, oía de tu dolencia y te recomendaba algún medicamento. En esas farmacias, que olían a éter, te podían poner una inyección o te curaban una pequeña herida, servicios gratuitos para sus clientes habituales.

Casi en cada cuadra había una quincalla, donde vendían desde telas, botones, zippers, tijeras, hilo de coser y de tejer, libretas, lápices, plumas, tinta de escribir, pilas, linternas, bombillos, cigarros, tabacos, fósforos, fosforeras, juguetes pequeños, utensilios de cocina, perfumes y un larguísimo etcétera.

Igualmente habían muchas barberías, y los sillones de limpiabotas brindaban un necesario servicio al lado o cerca de un estanquillo de venta de periódicos, revistas, "muñequitos" (comics) y medio escondido, alguna revistilla porno. Y estaban las llamadas “caficolas” donde por tres centavos te podías tomar un vaso grande de refresco preparado al momento con agua de Seltz y el sabor que uno escogiese.

En Luyanó existían tres o cuatro ferreterías, la más importante estaba en Fábrica entre Santa Ana y Ssanta Felicia, no era Home Depot, como los grandes almacenes de Miami, pero lo mismo podías comprar un saco de cemento, que una llave de baño, un lavamanos o media libra de clavos de dos pulgadas.

Como ya he mencionado, la composición social de Luyanó era mayoritariamente obrera y predominaban las personas de la raza blanca y aunque las familias negras y mulatas eran minoría, no estaban necesariamente entre las más pobres. El racismo, al menos en mi memoria, no era una traba para que negros y blancos compartiesen. En mi niñez, “la pandilla” a la cual yo pertenecía, jugábamos pelota, a las bolas y empinábamos papalotes. Éramos ocho o nueve, entre ellos dos negros, uno hijo de madre soltera que lavaba y planchaba “pa’la calle” y vivían en el solar más grande de Luyanó, en Compromiso y Fábrica, el otro era el hermano de la muchacha que ayudaba en los quehaceres de mi casa y siempre almorzábamos juntos.

En cuanto al tema político solo recuerdo que existían dos concejales (Neto y Tancredo) y una eterna aspirante por el Partido Auténtico, Juana Martínez, que era todo un personaje: además de ser una “sargento político” de Ramón Grau y San Martín, regentaba un antro donde se jugaba el póquer, bacarat y otros juegos de azar. Le decían la “Casa del Pueblo” y permitida por el Capitán de la Oncena Estación, la que correspondía a Luyanó. En su parte posterior ensayaba la banda de música de la policía local.

El otro centro partidista era un esmirriado local del Partido Socialista Popular (PSP), en la zona de Tamarindo, en la corta calle Maboa, quedaba frente al “tren de bicicletas” de Darío, donde se arreglaban y alquilaban bicicletas, y a una fonda de chinos que vendían un excelente arroz frito por 25 centavos la ración. En esa misma cuadra, mi abuelo, viejo miembro del PSP, tomaba una acera por tribuna y daba conferencias anarquistas y contaba historias fantasiosas, y no le faltaban oyentes embargados por su imaginación y fácil locución, lo trataban respetuosamente, lo cual era muy saludable porque mi abuelo era de armas tomar.

La "bolita" se jugaba en todo el municipio, incluidas las “vidrieras”, donde además de vender cigarros y tabacos, se podía anotar un número a la "bolita" o a los terminales de la lotería. Decenas de “apuntadores” recorrían casas, calles y centros de trabajo para que los esperanzados apostaran unas pocas monedas al número con que habían soñado o relacionados con animales y otros elementos que aparecían en el Chino de la charada. Castillo, uno de los zares del juego de azar, radicaba a escasas cuadras de Luyanó, en la calle Porvenir, en la barriada de Lawton.

Los "apuntadores" eran perseguidos por los policías, no por interés social o legal, sino para cobrarles por la “protección” que les daban. Otra fuente de ingreso de los policías era pedir una caja de cigarros en cada bodega o bar durante su recorrido. Ponían un “real” (diez centavos) sobre el mostrador, esperando que el empleado lo rechazase. Si eso no ocurría, las consecuencias podían ser muy graves para ese dependiente.

Existían dos billares y en ellos no solo se jugaba billar, se vendía mariguana. No era el único lugar de Luyanó donde se podía comprar mariguana. En la esquina de Villanueva y Municipio tenía su centro de operaciones unos hermanos conocidos como Los Villalobos, título de una famosa aventura radial de la época, criminales que inclusive amedrentaban a los policías que se pasaban de la raya que los hermanos habían trazado y a más de uno desarmaron tirando los revólveres a la azotea de un almacén colindante. Fue legendario el caso del policía que trató de amedrentarlos y con una navaja lo cortaron desde la nuca hasta los pies, dejándolo desnudo y ensangrentado, requirió unos cien puntos de sutura. Sin embargo, se decía que eran caballerosos y no permitían que nadie se propasase con las muchachas que pasaban por su zona de operaciones.

También existían personas honorables y destacadas, recuerdo a un negro muy vinculado a la iglesia presbiteriana, Juan Jiménez Pastrana, autor de varios libros, entre ellos el muy reconocido Los chinos en la historia de Cuba 1847-1930. Otra personalidad destacada fue el Dr. Betancourt (he olvidado su nombre), destacado pediatra especializado en enfermedades del pulmón, fue director del Hospital Infantil Antituberculoso, una persona bondadosa capaz de ir a cualquier casa que se le llamase para atender a un niño, cobraba por ese apreciado servicio tres pesos o nada, según como viese la situación económica del hogar visitado.

En mi adolescencia me integré a un grupo de jóvenes amantes del béisbol, de la ópera, la música clásica y la tradicional cubana. Uno de los integrantes tenía una deformidad de nacimiento y poseía una excelente voz de tenor dramático, otro que a veces se nos unía, se caracterizaba por su timidez, gaguera y amaneramiento, llegó a obtener el premio Tito Gobbi en Italia, por su excelente voz de barítono. Los demás no estábamos tan bien dotados para el bel canto, aunque yo, de baja estatura, pretendía emular a Ezio Pinza.

Nos reuníamos a escuchar CMBF y los discos que aportábamos alguno de nosotros. Ahí oí por primera vez la 5ta. Sinfonía de Shostakovich en la interpretación de Leonard Bernstein y la Sinfónica de New York. Por las noches nos encontrábamos en los portales de un bar, ninguno tomábamos, pero discutíamos si la Aida de Jussi Björling era mejor que la de Mario del Monaco, o si el Rigoletto de Leonard Warren y Jan Peerce era insuperable. Y sin mediar la más mínima transición se comenzaba a valorar al equipo del Almendares y sus eternos rivales el Habana.

Normalmente esperábamos a la una de la madrugada a que saliesen los primeros panes de la panadería que quedaba en frente, La llave de oro, que horneaba usando leña. A la flauta de pan que comprábamos por siete centavos le añadíamos una barra de un cuarto de mantequilla. En ocasiones se acercaba Pito, un joven que cuando no estaba sumidos en los vapores de la 'hierba', cantaba excelentemente los boleros de moda.

A veces, a ese grupo también se unían jóvenes con los cuales compartíamos libros. Así conocí a Curzio Malaparte, Giovanni Papini, Kafka, Joyce... En Luyanó no había ninguna librería, ni de uso, la más cercana era La Polilla, en la Calzada de Diez de Ocubre casi esquina a Carmen, en La Víbora. Hasta allá tenía que ir o localizar a algún vendedor por los alrededores del cine Tosca.

Bigote de gato no fue el único personaje del folclor luyanosense. Teníamos también a Moquifín, quien se pasaba meses borracho, pero no era agresivo, no decía malas palabras ni se metía con nadie. Lo más que hacía cuando lo molestaban demasiado era tirarle una trompetilla al agresor y todo terminaba en risas. Se decía que era un especialista de filatelia y cuando estaba sobrio trabajaba en una casa filatélica en la calle Obispo. Pero cuando estaba sobrio era insoportable, daba sermones y repartía Despertad, una publicación de los Testigos de Jehová.

Otros personajes eran La Momia, quien en su trance de la droga ni hablaba ni se movía recostado, estirado e inmóvil, a un poste, y El Patato, con una difícil infancia que él pregonaba a toda voz y era en extremo pendenciero, de pequeña estatura, lo cual llevaba a que lo golpearan a menudo, esas broncas siempre terminaban con la frase “esto no se queda así” y la golpiza se volvía a repetir. El Patato tiene un pequeño monumento en la calle Rosa Enríquez donde cayó acribillado a balazos por la policía el 9 de abril, día de la huelga general fracasada.

Personajes más benignos, pero no menos interesante fueron El Ingeniero, que trabajaba como tal en Belot, pesaba más de 300 libras y como solterón empedernido, un jueves sí y el otro no, iba al barrio de Colón a solucionar sus necesidades sexuales, gustaba de dar complejas conferencias antimperialistas y a veces narraba la historia de cómo los americanos le habían robado su patente para refinar los aceites usados. El Doctor era un negro bajito y delgado que siempre andaba con libros en inglés debajo del brazo, la imagen perfecta del “negrito catedrático” del bufo cubano. En una ocasión se ganó dos mil pesos en la lotería e invitó a dos amigos blancos, a visitar el sur de Estados Unidos, las anécdotas de la tournée de escalofriantes pasaban a hilarantes.

En Hijas de Galicia, muy joven, falleció mi madre. Mi padre murió en su hogar casi cuarenta años después. En mi casa me violó una dama viuda y treintona, enamoré a más de una muchacha y a los 20 años, luego de mi padre firmar la autorización, por primera vez me casé. De ese matrimonio nacieron mis dos primeros hijos.

El barrio de Luyanó está enclavado en mi ser, pero ya nada de lo que resguardo en mi memoria existe. El tornado del mes de enero de 2019 fue poca cosa comparado con el que empezó en otro enero, sesenta años atrás.

Waldo Acebo Meireles
Cubaencuentro, 8 de julio de 2019.
Foto: Luyanó, bodega en la década de 1950. Tomada de Cubaencuentro