lunes, 31 de agosto de 2020

El laberinto de las inversiones hoteleras en Cuba (III y final)


De acuerdo con los testimonios de varios funcionarios del propio Ministerio de Turismo de Cuba, la amplia red de relaciones con empresarios extranjeros forjada por el exmilitar Manuel Marrero Cruz, desde su puesto como Presidente Ejecutivo del Grupo de Turismo Gaviota, perteneciente al mega consorcio controlado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias, le costó la cabeza a Ibrahim Ferradaz, a quien la prensa asoció oportunamente con un desfalco millonario en Cubanacán S.A., más tarde desmentido por la prensa oficialista cubana, así como una gestión deficiente castigada por Fidel Castro, pero que sirviera a Raúl para comenzar a mover sus peones desde el Grupo Empresarial de las FAR (GAESA) hacia puestos claves en la economía.

En 2004, el joven ambicioso, pero leal a Raúl Castro, Manuel Marrero Cruz, sería nombrado ministro y tomaría las riendas de uno de los principales negocios del gobierno cubano, el de las inversiones hoteleras e inmobiliarias, y concretaría el proyecto de acumular la mayor cantidad de capital a la espera de un posible derrumbe del “socialismo” cubano. Tan eficaz ha sido su desempeño y lealtad que sobrevivió a la purga de 2009 y se mantuvo entre los intocables durante el traspaso de poder a Miguel Díaz-Canel Bermúdez.

“Los peores momentos ya habían pasado, te hablo de finales de los 80 hasta 1999, 2000, pero todavía Fidel tenía miedo a una revuelta, a que no hubiera dinero para aguantar una crisis, un exilio, todos nosotros estábamos como locos buscando empresarios que quisieran soltar dinero fácilmente, sin demasiadas preguntas”, explica Rigoberto Esteva, ex funcionario del Ministerio de Comercio Exterior de Cuba y del Ministerio de Relaciones Exteriores, durante el período de 1976 al 2002.

“En el verano del 97 fueron los atentados con bombas en los hoteles y eso desató no solo el pánico entre los turistas y empresarios hoteleros sino también en todo el gobierno. Fidel tuvo que calmar los ánimos de sus amigos , pero se sintió el efecto, aunque no era temporada alta se sintió, todavía en diciembre los hoteles estuvieron más vacíos que lo normal. Pero eso a Fidel no le preocupaba tanto sino que se fueran a la mierda las inversiones porque entonces dejaba de entrar dinero, dinero que jamás iba a emplearse en construir nada, dinero que nadie sabía a dónde iba a parar. Si revisas los periódicos cubanos de esas fechas te darás cuenta que se habla de millones de dólares en inversiones que jamás se realizaron, o no se hicieron como debía ser, que incluso hubo problemas con los pagos a los constructores, que se crearon los contingentes para disminuir los gastos, fue un desastre. Hay muchos hoteles que se hicieron por esa época que hoy están en ruinas, en los mismos cayos, y no se reparan, por el contrario, se construyen nuevos. No se reparan porque ya cumplieron su función de sacarles dinero a los inversionistas, no a los turistas. Fueron pocos los empresarios a los que se les dio su porciento de las ganancias, es más, no había ganancias, todo eran pérdidas y más pérdidas y los gallegos (empresarios españoles) dando gritos, y los que no decían nada es porque sabían que todo era un cuento, y muchos venían a lavar dinero, a hacer dinero evadiendo el fisco en España con empresas en Panamá, Holanda y Reino Unido. Era y sigue siendo una gran bacanal inversionista”, afirma Esteva, quien actualmente vive en el exilio.

Para el año 2004, Cubanacán S.A. y otras instancias del Ministerio del Turismo no estaban rindiendo lo que suponía Fidel Castro para esas fechas. Los desfalcos pronto salieron a la luz luego de investigaciones realizadas en el Departamento de Delitos Económicos de la Seguridad del Estado, por esas fechas casualmente en manos de Alejandro Castro Espín, y entonces fue la oportunidad para Raúl Castro de proponer a uno de sus pupilos para tal empresa. “De pronto destituyen a Ferradaz y amanecemos con la noticia de que viene Marrero, que estaba en Gaviota, todo el mundo dijo, en broma, ya se nos colaron los militares, ya somos de GAESA”, dice, bajo condición de anonimato, un ex alto funcionario del Ministerio de Turismo, actualmente jubilado.

“Nosotros pensamos que las cosas tomarían su nivel porque, supuestamente, Ferradaz no había puesto el dinero donde debía, había como veinte proyectos ejecutándose al mismo tiempo y muy pocos turistas en el horizonte, la pregunta de todo el mundo era que para qué construir tantos hoteles, que reparando los que había era suficiente, pero todos nos equivocamos, Marrero no solo continuó la construcción de hoteles sino que propuso otro plan con más dinero y con más habitaciones. Hubo un grupo de nosotros que nos plantamos y dijimos que eso era una locura, pero el resultado fue que nos excluyeron de todas las reuniones y poco a poco nos fueron jubilando o pasando a otros organismos, allí solo se quedaron los que no abrían la boca”, afirma el exfuncionario.

La parcela de Prado y Malecón, cuya evolución es posible rastrearla en la prensa oficialista por los sucesivos anuncios de lo que se construiría en ella, es un ejemplo de lo pudiera suceder en aquellos sitios que hoy aparecen marcados en la llamada “Cartera de Oportunidades” elaborada por el Ministerio de Comercio Exterior. La que primero estuviera en un programa de reconstrucción para devolver el carácter de vivienda a los edificios que la componían, más tarde derivó en una desolada explanada que posteriormente fue parque y pronto será zona exclusiva para extranjeros.

Incluso, mientras estuvo habitada, ya las imágenes de un gran hotel de lujo, diseñado por el gabinete de arquitectura Choy-León, por encargo del propio gobierno cubano, era presentado en ferias de turismo por todo el mundo, con lo cual se infiere el poco valor que tiene la voluntad popular en los planes “de desarrollo” del régimen en La Habana.

Mientras la capital de Cuba espera el 500 aniversario de su fundación, con más de medio millón de viviendas en mal estado y con cerca de dos mil parcelas en todo su territorio afectadas por derrumbes o por la falta o deterioro de servicios básicos, el Ministerio de Turismo se dispone a ofrecer a las empresas hoteleras e inmobiliarias extranjeras unos 140 proyectos entre parcelas y edificaciones importantes, incluidos los alrededores del Capitolio donde hoy funciona la Asamblea Nacional del Poder Popular.

Reportaje investigativo, periodistas de Cubanet, 25 de febrero de 2019.
Foto: Hotel de lujo Grand Packard Iberostar, esquina de Cárcel y Prado, Habana Vieja. Tomada de Cubanet.

lunes, 24 de agosto de 2020

El laberinto de las inversiones hoteleras en Cuba (II)


“Fueron las trampas más que los obstáculos las que hicieron que pronto la cadena Guitar abandonara Cuba, después de llevarse tremendo chasco con el Habana Libre, que era una hipoteca. Climent se desencantó, el dinero entraba, pero no lo veía pasar. Ponía financiamiento para reparar y mantener el hotel y una parte importante se esfumaba en el bolsillo de la contraparte cubana. Estaba siendo estafado a la cara”, afirma Jesús Guaillo, quien fuera miembro del grupo hotelero español y amigo personal de Climent Guitar.

Puesto que la dictadura permanecía intacta y las promesas no se cumplían jamás, además que los negocios no rendían lo que habían esperado en base a las promesas del propio Fidel Castro, otros siguieron el ejemplo de Guitar. Pedro Pueyo, del grupo Oasis, puso sus miras en la Riviera Maya, mientras otros como Enrique Martinón, aunque permanecieron en Cuba por otros intereses que incluían varias off shores en Panamá y Holanda, fundamentalmente, y abiertas por él, pero para tributar al gobierno cubano, se enfocó en incrementar los negocios en Punta Cana, República Dominicana.

“A Fidel le importaba más el dinero que podía quitarles a sus amigos que las inversiones como tal”, afirma, bajo condición de anonimato, un alto funcionario del gobierno cubano a finales de los 80 y principios del 2000. “Los envolvía con promesas y los seducía con todo lo que tuviera a mano, pero sin mostrar jamás la cara, él no sabía nada, no quería saber. Mujeres (les daba mujeres), hombres, (les ofrecía hombres), y todo eso lo grababa el sobrino (Alejandro Castro Espín) por si acaso. Otros entraban en el juego simplemente porque les gustaba ser amigo personal de Fidel, incluso Fidel fue padrino de la boda de Martinón, y éste no solo simpatizaba con Fidel, también con Raúl por afinidades de todo tipo. Fidel es el que va introduciendo poco a poco a Tony (Castro) en ese mundo, lo manda a España, a Baleares, lo pasea por toda Europa buscando empresarios a los que sacarles el dinero con promesas, pero sin dar la cara. Porque si las cosas se ponían malas, él salvaba la responsabilidad, como pasa siempre que se descubre algo”, explica el ex funcionario, actualmente destituido e impedido de salir del país de por vida.

De hecho, a finales del año 2017, Enrique Martinón fue acusado por la Agencia Tributaria española por su aparición en los Panamá Papers y vinculado, junto con varios funcionarios cubanos, al bufete de abogados Mossack Fonseca.

De acuerdo con varios informes aparecidos en la prensa por aquellos días, el empresario de Canarias, amigo de Fidel Castro, fue declarado culpable por ocultar 1,54 millones de euros de sus hoteles en Cuba, los cuales abrió por medio de sociedades pantalla en Holanda (Ceiba Tourism Corporative) y Suiza (Mexmark GMBH), las cuales respondían directamente a él como intermediario del gobierno cubano, lo cual venía realizando desde 1987 por encargo directo de Fidel Castro, relacionado en algún grado con el grupo de sociedades incluidas en Ceiba Investment LTD, domiciliada en Guernsey, Canal de la Mancha, las cuales en Cuba eran manejadas por el actual Presidente de la Sociedad Cubana de Derecho Mercantil, el ideólogo oficialista Rodolfo Dávalos Fernández, quien aparece como “Secretario”, de la sociedad registrada en Panamá por Martinón.

“Martinón y Fidel (Castro) tenían una relación muy estrecha. Siempre los veía hablando bajito, discutiendo aparte, cuando no, se iban a Cayo Piedra o a Pinar del Río. Fidel hasta fue padrino de su boda en Cuba y para eso se movilizó media isla y miles y miles de dólares en recursos que no había porque estamos hablando de 1998, cuando la cosa estaba bien dura”, comenta el alto funcionario cubano, quien además dibuja un esquema muy similar para las relaciones entre el gobierno cubano y otros empresarios españoles de cierta envergadura.

En los Papeles de Panamá no aparece exclusivamente Enrique Martinón asociado al grupo Ceiba Investment, también figuran otros nombres vinculados a firmas como Meliá y Riu, dos de las fundamentales en las inversiones hoteleras en la isla. “Riu fue uno de los fracasos de Maciques, por más que lo enamoraba con la idea, no cuajaba. Después le tocó a (Ibrahim) Ferradaz continuar insistiendo, pero fue (Manuel) Marrero, desde Gaviota, quien logró convencer al grupo Riu que entrara en la isla con un hotel, pero se fueron al poco tiempo al darse cuenta de lo que estaba pasando”, asegura Mauricio Olivera, ex funcionario de Cubanacán S.A., actualmente residente en Europa.

Reportaje investigativo, periodistas de Cubanet, 18 de febrero de 2019.
Foto: Fidel Castro inaugurando los hoteles Paradiso y Sol Palmera en 1990, en Varadero, Matanzas. Tomada de Cubanet.

lunes, 17 de agosto de 2020

El laberinto de las inversiones hoteleras en Cuba (I)


Antes que la parcela de Prado y Malecón fuera concedida a la empresa hotelera francesa Accor, de quien se asegura que pagó más de 20 millones de euros al Ministerio de Turismo y a la Oficina del Historiador, tan solo por la licencia de construcción junto a Gaviota, el mismo pedazo de terreno había sido adjudicado a un par de empresas chinas que, después de desembolsar ambas una suma similar a la de los franceses, apenas realizaron los movimientos de tierra para marcharse definitivamente.

La retirada de los chinos no causó decepciones a los gobernantes cubanos, a fin de cuentas habían logrado sacarles unos cuantos dólares a los inversionistas, además de ahorrarse el pago por la remoción y el traslado de escombros que afeaban la esquina donde hoy, en pocos meses, abrirá sus puertas el tercer hotel 5 estrellas plus, perteneciente al circuito de lujo de La Habana.

Ese pedazo de Prado y Malecón, donde las habitaciones por noche habrán de costar entre los 250 y los 500 dólares, mucho antes que chinos y franceses, estuvo ocupado por varias cuarterías insalubres que, una tarde de finales de 2007, se vinieron abajo por un derrumbe parcial que envió a decenas de inquilinos a albergues o a remotos edificios en los repartos San Agustín y Alamar, según testimonio de los propios afectados.

Curiosamente, sólo ese par de edificios, los que más restaban vistosidad al entorno entre los tantos en peligro de derrumbe, cedieron al abandono general que existía -y aún existe- en una zona densamente poblada por cubanos de muy bajos ingresos y, en consecuencia, incapaces de asumir las reparaciones de sus viviendas, constantemente afectadas por las penetraciones marinas y el salitre.

“Desde finales de los años 90 (el entonces ministro de Turismo) Osmany Cienfuegos, le había echado el ojo a la esquina de Prado y Malecón”, explica Mauricio Olivera, exfuncionario de Cubanacán S.A., empresa encargada por Fidel Castro para contactar y establecer negocios hoteleros en la isla, fundamentalmente de españoles, la misma empresa que, fundada en los años 80, se había visto envuelta desde sus comienzos en negocios fraudulentos de blanqueo de dinero, lo cual saltó a la luz durante la causa contra el General Arnaldo Ochoa y otros oficiales de las FAR y el MININT, quienes señalaron a las “inversiones” con extranjeros como foco de corrupción, según consta en las actas del juicio.

“Se habían localizado varias parcelas importantes y ésa había sido del interés de algunos españoles, pero los problemas de infraestructura, agua, electricidad, que allí eran pésimas no terminaban de convencer a nadie. El mismo Osmany Cienfuegos se lo propuso directamente a (Miguel) Fluxá (dueño de Iberostar), pero éste no le dio una respuesta, solo le dijo que lo estudiaría y por eso Osmany le puso El Estudiante, a Fluxá, porque nunca le decía sí o no, sino que lo iba a estudiar. Entre Osmany Cienfuegos y Abraham Maciques (de Cubanacán y hombre de confianza de Fidel Castro para los negocios administrados desde el Consejo de Estado), fueron los que trajeron a Iberostar, Meliá, Guitar, y a todos se les propuso esa esquina, donde todavía vivían familias enteras con las cuales nada se habló”, asegura Olivera.

Entre los años 1997 y 2006, vecinos de las edificaciones de la esquina de Prado y Malecón, así como de inmuebles aledaños, aseguran que recibieron ofertas muy desventajosas para que abandonaran sus casas, y a muchos se les obligó a aceptar las propuestas mediante presión de diverso tipo como la suspensión del suministro de agua, electricidad y gas.

“Primero vino una comisión de vivienda para declarar inhabitable el edificio, después nos dijeron que nos sacarían solo por un tiempo y que harían allí mismo edificios nuevos de dos y tres plantas, pero después nos empezaron a presionar, pero como nadie se fue, comenzaron los problemas con la luz (electricidad), el agua nunca más la pusieron y esto se volvió un infierno”, cuenta Josefina “Finita” González, antigua moradora del lugar.

Si el mérito de la dupla Osmany Cienfuegos-Abraham Maciques fue atraer empresarios españoles para que invirtieran en Cuba, apoyados por el incondicional e imprescindible Luis Callejón Blanco, empresario español fanático del comunismo cubano y miembro fundador de la gran patronal turística Zontur, su gran derrota fue no poder alcanzar todo cuanto se proponían en el lapso de tiempo que deseaba Fidel Castro. Osmany ya no era una pieza clave, incluso todas las gestiones importantes las debía hacer Callejón, quien fuera el máximo responsable de que Gabriel Escarrer, por medio de su segundo, Juan Vives, se decidiera por introducir Meliá en Cuba.

También a Meliá, como a Enrique Martinón, Pedro Pueyo, Climent Guitar y Miguel Fluxá, los principales empresarios españoles en Cuba desde los años 90, se les propuso invertir en Prado y Malecón, pero todos rechazaron la idea. Se trataba de un proyecto demasiado complejo sobre todo porque el país, con la economía en su peor momento (Período Especial), no estaba en condiciones de suministrar los recursos necesarios para la ejecución, en una ciudad donde los suministros eléctrico y de agua potable no eran estables, además de ser brindados por una red totalmente obsoleta.

Pero, sobre todo, porque nunca había existido un proyecto sólido al respecto, además de que la zona, a finales de los 90 y principios del 2000 era demasiado deslucida para promoverla, algo que hacían por sí solos las playas de Varadero y los cayos vírgenes al norte del archipiélago.

Aunque Osmany Cienfuegos pronto fue sustituido “por irregularidades y errores” como Ministro de Turismo por Ibrahim Ferradaz, y el papel de Abraham Maciques comenzó a ser desempeñado por Juan José Vega, tampoco el cambio logró los éxitos esperados por Fidel Castro en cuanto a conducir y mover a los empresarios de acuerdo con su plan personal.

A los españoles La Habana y sus hoteles en decadencia les importaban muy poco y la mayoría de esos pioneros inversionistas habían descubierto que gran parte de los acuerdos y permisos, todos de palabra y sin ningún respaldo legal ni constitucional, llevaban mucho de sablazo y trampa. Pero, a pesar del peligro, había que apresurarse en establecerse en la isla puesto que todos auguraban la pronta caída del régimen luego que el comunismo se desmoronara en Europa del Este.

Las señales eran visibles: éxodos masivos, descontento popular, revueltas callejeras, hambruna, corrupción entre altos militares, divisiones en las filas del Partido Comunista y, para rematar, atentados con bombas en hoteles.

Reportaje investigativo, periodistas de Cubanet, 11 de febrero de 2019.
Foto: Construcción del Hotel Prado y Malecón, tomada de Cubanet.

lunes, 10 de agosto de 2020

Disidentes negros, discriminados por partida doble


En 1991, dos años después que una oleada incontenible de alemanes del este derribó el anacrónico muro de Berlín, el sindicato Solidaridad pactaba el poder en Polonia con el general Jaruzelski y decenas de tanques en Moscú pretendían apoyar un fracasado golpe de Estado a Mijaíl Gorbachov, la isla de Fidel Castro estaba al borde una bestial crisis económica. Cuba estaba a punto de iniciar un largo viaje por el desierto con una mochila llena de apagones, gente hambrienta y enferma. La agricultura de subsistencia apenas producía alimentos.

En 1989, el año en que llegaron los vuelos de Luanda con los féretros de cubanos fallecidos en la absurda guerra civil en Angola, Etiopía y otros países africanos, un joven intelectual negro, Manuel Cuesta Morúa, recién graduado de historia, daba sus primeros pasos en la disidencia, entonces una oposición pacífica minúscula, liderada por Ricardo Bofill, Gustavo Arcos Bergnes y Elizardo Sánchez. Esa oposición, gestada por las discrepancias con la revolución inconclusa de Fidel Castro, fue creciendo.

Manuel Cuesta Morúa, Leonardo Calvo, Dimas Castellanos y José Antonio Madrazo daban el pistoletazo de arrancada de una oposición negra con una visión socialdemócrata, pero haciendo énfasis en un fenómeno subyacente en la sociedad cubana: el racismo dentro de la revolución, a pesar de que el discurso oficial lo desconocía. Esa vertiente, le granjeó la antipatía de un puñado de disidentes racistas y el acoso de la policía política. Esta gente no solo era negra o mestiza. Eran demócratas. Anticastristas. Y contaba el relato del negro en la Cuba prerevolucionaria y dentro de la revolución, muy alejada de los manuales de la historia oficial.

Ha llovido mucho desde entonces. Cuesta Morúa, más viejo, aún mantiene una excelente condición física, sin perder la sonrisa y su tono familiar para hablar de cualquier tema. Le preguntamos si se ha sentido discriminado en las innumerables veces que ha sido detenido por la Seguridad del Estado y le pedimos un breve análisis de por qué en la disidencia cubana abundan los negros y mestizos.

“En algún lugar escribí que el racismo es estructural y tu pregunta me obliga a precisar que es también transversal. En la policía política ha estado y está presente. Enmascarada y con cierta perversión, a veces sutil, a través de la figura simbólica del capataz negro o mulato. El agente afrodescendiente que te envían como un guiño antirracista, viene a recordarte, con la apropiación narrativa por parte de la llamada Revolución del concepto de agradecimiento -esa sujeción moral del dominado que proviene del antiguo catolicismo- que si estás dónde estás y tienes lo poco que tienes, se lo debes a la Revolución: una combinación nada revolucionaria entre la gracia y el agradecimiento católico en versión policial. En su manifestación más dura hay un plus represivo contra la oposición afrodescendiente. Como un refuerzo justificativo de la represión: si no agradeces y encima te opones, recibes doble ración. Siempre pensé que el abandono de Orlando Zapata Tamayo en su huelga de hambre se debió a que era un negro, pobre y rebelde. Con un agregado: era oriental. Otra de las esquinas del racismo cubano”.

Cuesta Morúa considera que, en su caso particular, la policía política ha tratado de ser muy cuidadosa. “Tengo un par de ideas trabajadas en torno al tema y no se trata de abarrotar la cesta de agravios en la discusión. Sí recuerdo un ataque sorpresivo y curioso para mí. En una ocasión, por allá por 2008, uno de los agentes de turno quiso explotar en mi contra, como para desmoralizarme, mi parentesco con Martín Morúa Delgado, el de la Enmienda Morúa que prohibía entre otras cosas, los partidos de base racial. La pretensión era triple: qué haces tú animando ahora lo que tu antepasado negaba; qué moral tienes frente a los tuyos si tu antepasado los traicionó y todo lo que pretende es un partido afrodescendiente, esto último como para aislar dentro del resto de la oposición. Un tipo de operación de inteligencia psicológica que solo se puede afrontar con inteligencia emocional”.

En su opinión, en la disidencia ahora mismo hay muchos negros y mestizos por tres razones: “Por ese proceso robusto de autoemancipación cultural, psicológica y moral que se expresa con radicalidad de quienes decimos que no le debemos nada a quienes se empeñan en hacernos ver que le debemos todo a la llamada Revolución. Es bastante difícil para los afrodescendientes autoemanciparse y no asumir las bases culturales de la democracia, de lo que podríamos hablar en otro momento, pero que se explica por su ruptura con un proyecto político totalitario. Salta así uno de los elementos claves del racismo estructural: dónde están y cuál es el papel de los afrodescendientes en las estructuras del poder. Y hay otra razón para esta afluencia. La respuesta de salvación económica del régimen fue profundamente racista y reestructuró violentamente, afianzándolo, el racismo de base estructural en la economía”, detalla y agrega:

“Fíjate bien que a finales de los 80 y principio de los 90 del siglo pasado se podían contar con los dedos de la mano los afrodescendientes dentro de la oposición. Todos los nombres se sabían de memoria. A partir de 1995, el flujo no se ha detenido hasta hoy. Y el asunto llegó para permanecer. Toda una ganancia cultural y simbólica que va a tener un profundo impacto en el modelo democrático que nos demos”, concluye Cuesta Morúa.

El periodista independiente Jorge Enrique Rodríguez, corresponsal del periódico español ABC y habitual colaborador de Diario de Cuba y ADN, coincide con Cuesta en muchas aristas, pero opina que existe un racismo intenso en un sector de la oposición dentro y fuera de la Isla. “Después del asesinato de George Floyd en Estados Unidos, brotó dentro de la oposición cubana un racismo preocupante, bien enraizado, y además de personas que en este minuto, son líderes de la oposición, que están hablando de libertad y democracia para Cuba, pero que mis temores es que esa supuesta libertad y democracia va a venir con un racismo intrínseco que esas personas tienen. Estoy hablando de Liu Santiesteban, Eliecer Ávila y Francisco Iglesias, los tres ejemplos más puntuales, los he estado siguiendo en las redes sociales a partir del asesinato de George Floyd y sus declaraciones han destapado su veta racista”.

Al periodista independiente, más que el racismo dentro de Cuba o el que pueda ejercer el régimen o la Seguridad del Estado, le preocupa esos prejuicios en un sector opositor que radica en Miami, que es la más empoderada, la que administra capitales y que es la que tiene más posibilidades de hacer lobby dentro de las estructuras políticas en Estados Unidos. Y se pregunta: “¿Qué habrá un día después del día después? Fue la primera pregunta que me hice al corroborar las posiciones de éstos y muchos otros opositores que, como te dije, mayormente están en la diáspora y en lobbys de poder”.

Rodríguez considera que ha aumentado el número de disidentes negros y mestizos porque precisamente eso significa lo racista que ha sido el régimen en sus sesenta y un años en el poder. “Ya nuestra comunidad abrió los ojos. En ese sentido, hay que ser justo con Roberto Zurbano, quien en 2013 escribió aquel artículo para el New York Times donde dijo: la revolución no ha terminado con los negros”.

En la provincia de Guantánamo, a poco más de mil kilómetros al este de La Habana, reside Rolando Rodríguez Lobaina. Ex campeón nacional de karate, se graduó de ingeniero informático en La Habana, y desde 1996, destacó como líder juvenil opositor al fundar la Alianza Democrática Oriental, cuyo activismo contestatario se ha diseminado por las calles de las cinco provincias orientales. Actualmente, Rodríguez Lobaina es director de Palenque Visión, una agencia que sin medias tintas muestra con crudeza la realidad de una Cuba que el castrismo pretende ignorar.

Para Rolando, hablar de racismo en Cuba es complicado. “Es muy común incluso escuchar en personas negras o mestizas decirle a su similar ‘tenía que ser negro’. Muchos de esos actos racistas ocurren por reflejos condicionados. El racismo en Cuba viene de diferentes formas. Yo noto que en las provincias orientales, los prejuicios por el color de la piel han pasado de moda. En provincias como Holguín y Camagüey, históricamente con mucha discriminación hacia los negros, hoy es común ver chicas blancas con personas mestizas o negras”.

El director de Palenque Visión opina que en la región oriental se da un fenómeno más grave que el racismo: la pobreza extrema que crece cada año, la falta de futuro y el alto índice de alcoholismo. Aunque el racismo sigue latente. “Por ejemplo cuando se mencionan las estadísticas de robos, asaltos o asesinatos se responsabiliza a los negros por esos delitos. Pero es interesante analizar por qué los negros y mestizos viven en peores condiciones de insalubridad, barrios muy pobres, los conocidos llega y pon. Es evidente, a pesar de la pobreza extendida por las malas políticas del régimen, de que el desarrollo psicosocial de los negros no es igual al promedio de blanco e incluso mestizos. También habrá que analizar por qué tienen menos oportunidades".

El régimen no ha tenido en cuenta esas disparidades, ni tiene un plan para resolver un fenómeno que crece por día. "Por ese abandono social, en los últimos años un gran número de mestizos y negros se ha sumado a la disidencia. Pero no creo que sea una oposición netamente negra, mestiza o blanca, hay un equilibrio. No predomina una raza sobre otra. Lo que no impide que haya prejuicios. Los opositores de de raza negra lo pasan mal cuando los arrestan. Tienen que soportar los epítetos usados por los militares de ‘negro de mierda, ingrato’ y cosas por el estilo. Nunca olvidaré lo que le hicieron a Orlando Zapata. Es el mejor ejemplo de un opositor negro que sufrió discriminación racial en la prisión hasta su muerte por una huelga de hambre en febrero de 2010”, concluye Rolando Rodríguez Lobaina.

Iván García

lunes, 3 de agosto de 2020

Negros en Cuba, más rehenes que nunca


La primera vez que a Ronald lo detuvieron en la vía pública tenía 16 años. Le registraron su mochila, luego lo esposaron y subieron a un camión donde todos los detenidos eran negros. Ocurrió hace un lustro. Había terminado de estudiar en casa de un amigo y se dirigía a su domicilio cuando de manera agresiva fue interceptado por fuerzas policiales.

“Era una redada antidrogas. Un perro gigantesco me olfateaba y olía mi mochila. Aunque no encontraron nada sospechoso, el oficial al frente del operativo, me mandó para un calabozo de la Décima Unidad de Policía en la Avenida Acosta, municipio Diez de Octubre. Allí estuve tres días, ni siquiera me interrogaron. Cuando me soltaron no me dieron ni una disculpa”. Ronald pensó que tuvo mala suerte, que había sido un error.

“Pero en los últimos cinco años me han detenido o pedido el carnet de identidad más de quince veces. Es el modo de operar de la policía en Cuba. No es mala suerte, es un procedimiento abiertamente racista, pues las autoridades policiales a las personas negras las etiquetan como presuntos delincuentes”, afirma Ronald, ahora con 21 años.

Joel, ex oficial retirado de la policía lo confirma. “Por estadísticas, está demostrado que la mayoría de los delitos más repulsivos son perpetrados por negros y mestizos. Ocho de cada diez reclusos en Cuba pertenecen a la raza negra o mestiza. Es normal entonces que la policía base su modus operandi de acuerdo a esa realidad”.

Los números son contundentes. Hace diez años, la autocracia verde olivo admitió que en las casi 200 prisiones existentes en la Isla, había 57 mil reclusos. Grupos opositores, no reconocidos por el gobierno, alegan que la cifra ronda los 100 mil reos, lo que situaría a Cuba entre los primeros seis países del mundo en población penal por cantidad de habitantes.

Una noche invernal de 2002, en un extenso discurso en el teatro Karl Marx, Fidel Castro dijo que el 80 por ciento de los reclusos eran de raza negra. Y habló de realizar un estudio sociológico, para buscar respuesta al fenómeno. "Pero todo quedó a medias", recuerda Carlos, sociólogo. “Yo me había graduado hacía siete años. Me llamaron a integrar una comisión encargada de estudiar y buscar respuesta a esa problemática. Visitamos varias prisiones y conversamos con cientos de reclusos. Fuimos a barrios marginales y hablamos con familias negras. Intentamos delinear un mapa sociológico para demostrar cómo el color de la piel incide en la pobreza y la consumación de delitos. Pero un día llegaron altos funcionarios y pararon la investigación”, rememora Carlos y agrega:

“A quienes participamos en ese estudio nos quedó una cosa clara: los prejuicios raciales siguen presentes. En esa fecha, algunas instituciones, tenían un marcado comportamiento discriminatorio, como los ministerios del Turismo y Cultura, el ICAIC, ICRT, las FAR, el MININT y las escuelas del partido comunista, donde el 90 por ciento de los que adiestraban a futuros funcionarios y oficiales eran de la raza blanca. Dudo que las cosas hayan cambiado”, opina Carlos.

Un funcionario del Ministerio de Cultura considera que en determinados aspectos, algunas cosas han cambiado para bien. “En las últimas dos décadas se ha trabajado para que un mayor número de negros y mestizos ocupen cargos importantes en la esfera cultural. Se hace un esfuerzo por incrementar la publicación de libros de escritores negros. En algunas ramas, como la plástica, se ha tenido más éxito que en otras. En el ballet, por ejemplo, salvo excepciones, sigue habiendo prejuicios raciales, lo que incide directamente en la captación de talentos”.

Por vía WhatsApp un funcionario del ICRT contó a Diario Las Américas que “ha sido política del organismo aumentar el número de artistas en papeles protagónicos así como periodistas, locutores, comentaristas y analistas de raza negra, muchas veces sacrificando la calidad. Para cumplir con las reglas de juego, se contrata a negros o mestizos que no tienen la calidad requerida o son menos talentosos que sus homólogos blancos”.

El racismo en Cuba es diferente al de Estados Unidos y al de naciones de Europa, con mayores porcentajes de habitantes de origen caucásico. Hagamos un poco de historia. Cuando en 1886, España decide abolir a la esclavitud en la Isla, miles de esclavos dejaron de recibir castigos corporales y se convirtieron en hombres libres, a medias. Al no poseer bienes y escasa educación, hacían los trabajos más duros y peor remunerados. La abolición de la esclavitud en Cuba no vino acompañada de políticas estatales que propiciaran la inserción de los antiguos esclavos en la sociedad.

Cuando el 20 de mayo de 1902 se fundó la República, se amplió la enseñanza universal y en teoría todos tenían los mismos derechos, pero los negros continuaron a la zaga. Hubo excepciones y el ascenso social de algunos negros y mestizos fue más producto de la voluntad y el esfuerzo personal que de una estrategia gubernamental. Aunque oficialmente estaba prohibido, el racismo permaneció latente.

Todavía hoy, ciertos historiadores quieren minimizar la matanza de más de tres mil negros en la llamada Guerrita de Color en 1912. Se pretende ignorar que entre los que ordenaron aplastar la revuelta y ejecutar a cientos de cubanos negros se encontraba José Francisco Martí Zayas-Bazán, coronel del Ejército Nacional e hijo de José Martí. La Constitución de 1940 pudo darle un vuelco radical a la lacra del racismo en la Cuba republicana. Pero los gobernantes de turno no implementaron medidas y leyes que lo hicieran posible.

En casi todas las ciudades del país había clubes exclusivos para blancos. En La Habana y otras provincias, negros y mulatos fundaron asociaciones fraternales. La revolución de los barbudos pretendió abolir el racismo y los prejuicios raciales a golpe de decretos y discursos. Se trazaron políticas de integración y, supuestamente, todos los ciudadanos eran iguales. Pero llegar a la cúspide social continuó estando vedado a la gente negra.

Legalmente no existía racismo. Hablar de desigualdades raciales era un tabú y te tildaban de contrarrevolucionario. Para Fidel Castro o eras revolucionario o estabas contra la revolución, al margen del color de tu piel. El racismo continuó en un sector de la sociedad. El primer error fue acabar con el debate sobre el tema. Prohibir los estudios étnicos, socioculturales, antropológicos y sociológicos. Invisibilizar las pésimas condiciones de vida e insalubridad de barriadas y comunidades donde predominan los negros.

Dentro y fuera de Cuba se piensa que la mayoría de la población cubana está formada por negros y mestizos. Según un estudio sobre el color de la piel, publicado en febrero de 2016 por la ONEI (Oficina Nacional de Estadística e Información), cuatro años después de realizado el Censo Nacional de Población y Viviendas de 2012, el 64.1% de la población es blanca, el 26.6% es mestiza y el 9.3% es negra. Más datos pueden consultarse en el blog del periodista Pablo Alfonso.

En su intento de blanquear la sociedad, instituciones locales han creado la categoría de mestizo, un maquillaje macabro para separar a los negros de acuerdo con la tonalidad más clara o más oscura de su piel, popularmente clasificados como mulato, jabao, moro o la racista expresión de 'mulato o mulata blanconaza'. En el artículo Las razas humanas no existen (El Diario, España, 23 de mayo de 2019) se afirma que "el color de los seres humanos actuales es el resultado de una compleja secuencia de eventos biológicos y demográficos. No es posible delimitar biológicamente unos grupos y otros con arreglo a ese rasgo", sin negar la diversidad genética en los seres humanos.

Cuando se suma la cantidad de negros y mestizos en Cuba, y también el número de aquellos encuestados que durante el Censo dijeron que eran blancos cuando en realidad no lo eran (y contribuyeron a alterar las estadísticas reales), usted puede estar seguro que los negros en la Isla somos la mitad o más de la actual población cubana.

Dejémonos de cuentos. Aceptemos que no tenemos respuesta a por qué los negros son mayoría en las cárceles, cometen los delitos más repudiados y viven en las peores casas. Por qué ganan menos dinero, son minoría entre los dueños de negocios privados y pocos los que llegan a ocupar puestos importantes en las instituciones estatales gracias a su talento. Y no por la chapucera maniobra de un régimen que pretende cumplir con lo políticamente correcto dándole una mano de pintura negra al Consejo de Estado y de Ministros, a la Asamblea Nacional del Poder Popular y al Comité Central del Partido Comunista.

Sí, es cierto, hay negros en algunos puestos dirigentes. Pero siguen siendo voces secundarias. Para triunfar, los negros en Cuba tienen que optar por el deporte, la música popular y los bailes folclóricos, salvo contadas excepciones.

El miedo al negro sigue latente en Cuba, igual que los prejuicios. Mientras más oscura es la piel, más humillaciones se reciben. El negro no solo sufre el racismo de los blancos, también a veces debe soportar el menosprecio de los mestizos. Desde luego, peor que el racismo, es la miseria socializada y la falta de libertades económicas y políticas. Pero ese es otro tema.

Iván García
Leer también: Las campanas no doblan por los negros cubanos.

lunes, 27 de julio de 2020

El hampa habanera se reinventa


Al mediodía, Sheyla recibió un mensaje por WhatsApp de un cliente VIP. Luego de maquillarse, ceñirse un vaquero azul claro con parches en las rodillas, ponerse una blusa blanca escotada y unos Nike Air Force, se despidió de su madre que dormitaba en la sala y llamó a un chofer particular que por diez cuc la llevaría hasta el Vedado.

"Negocios son negocios", dice Sheyla. "Incluso en tiempos de pandemia y cuarentena, a la hora de hacer caja, el deber me llama", comenta con una sonrisa franca. Desde hace cinco años es jinetera. “De clase media alta", proclama con orgullo. Y subraya: "Tocando a la puerta de las prostitutas exclusivas”.

En Cuba, la prostitución es ilegal. Pero a veces hay tanta impunidad, que pareciera que las autoridades miran hacia otro lado. Existen varias categorías. Las más baratas son denominadas 'matadoras de jugadas'. Suelen ser muchachas de barrios humildes en las afueras de La Habana que se prostituyen por cinco pesos cuc la media hora. Por lo general, sus clientes son de lo peor de la fauna marginal. Hombres que beben alcohol a pulso, se alimentan poco y mal, viven en condiciones precarias y escapa del tedio, la pobreza y la falta de futuro comprando sexo barato.

En otro grupo se clasifican las chicas que cobran diez pesos cuc la noche. Más aseadas y atractivas, pero igualmente pobres, con historias de padres que no conocieron y parientes que abusaron de ellas. Le siguen las jineteras de más nivel. Jóvenes entre 18 y 30 años con una instrucción aceptable, suelen hablar inglés o italiano. Cobran de 50 a 100 dólares la noche. Dólares, léase bien, pues solo van a la cama con extranjeros o cubanos residentes en el exterior.

Las más instruídas pudieran ser médicas, ingenieras u otra profesión. Pero los salarios deprimidos y el deseo intenso de emigrar las lleva a prostituirse. Dentro del mundo del sexo tarifado, las jineteras cubanas se distinguen de sus homólogas occidentales porque no cobran por horas y porque el cliente es un objetivo a cazar sentimentalmente.

Las jineteras de clase media alta, como Sheyla, no tienen chulos que las exploten y suelen tener varios ‘novios’ extranjeros o cubanos radicados en otros países que mensualmente les giran dinero. De ese grupo selecto, explica Sheyla, “uno escoge al que más te cuadre para intentar casarse o vivir con él en un futuro. Hay que ser cuidadosa, muchos tipos te caen a mentiras. Tengo planes de emigrar a Estados Unidos y casarme con un cubano que está muy enamorado de mí. Si me sale bien, me retiro del bisne. Si no, me pongo a bailar gogo en Miami Beach”.

Con la llegada del Covid-19 las cosas cambiaron para muchas jineteras. El turismo se esfumó y cerraron bares, clubes y centros nocturnos. Las que tienen ‘novios’ fuera de Cuba y les envían giros internacionales están 'escapando' (resolviendo). También las que pueden vivir de sus ahorros o concertar citas con clientes privilegiados. Sheyla confiesa que “llevaba treinta y dos días sin estar con nadie ni salir pa’l fuego. Pero el dinero se va como agua. Entonces decidí contactar a un cliente de hace tiempo. Me paga cien dólares la noche y me trata como si fuera una princesa”.

Yordanka, adicta al gimnasio, tuvo más suerte. Estaba de 'faena' con un enamorado canadiense en un hotel en Cayo Coco, en la costa norte de la isla, cuando el gobierno cubano cerró las fronteras. Lo que parecía una semana de juerga terminó convirtiéndose en una relación formal. “Ha gastado cantidad de dinero. Lo traje para mi casa. Llevamos casi cuarenta días sin salir a la calle. Le pagamos a un vecino para que nos traiga la comida”, cuenta Yordanka.

Abdiel, listero de la lotería ilegal conocida en Cuba como la bolita, señala que al principio de la cuarentana el negocio se vio afectado. “Imagínate, la mayoría de los centros de trabajo cerraron y en la calle había poca gente. Teníamos que visitar una por una las casas de los principales apostadores y decidimos dejar de recogerle a los que juegan menos dinero. Desde que creamos un grupo de WhatsApp, las recogidas han subido, aunque no al nivel de tiempos normales, cuando recogía cuatro mil pesos diarios en cada una de las dos tandas. Ahora tengo días de recoger tres mil y pico”.

Abdiel aclara que no tienen problemas con los que tienen tarjeta Transfermóvil de Etecsa. "Ellos ponen el dinero jugado en el número de mi cuenta. Los que no lo tienen, hacen sus apuestas, le tomo una captura de pantalla y después paso a recoger el dinero en efectivo o a pagarle el premio si ganaron algo. Claro, son gente de confianza”.

Según personas consultadas. a los vendedores clandestinos de ron, sicotrópicos y drogas las cosas les están yendo mejor de lo previsto. “El alcohol no cree en coronavirus ni situación coyuntural. Donde quiera venden ron, pero los precios son muy caros. Yo tengo ron del bueno, sacado de la fábrica, a 50 pesos la botella. Y me vuela. Supongo que la gente encerrada entre cuatro paredes y sin comida, opta por darse unos tragos para olvidar los problemas. El pitcheo está durísimo y el alcohol relaja”, precisa una fuente.

Un vendedor de marihuana y melca asegura que al detenerse la vida nocturna, "los precios del polvo y la yerba bajaron. Un gramo de coca estaba entre 100 y 130 cuc, en estos momentos se vende a 90 cuc. Y el cigarro de marihuana yuma (foráneo) costaba a cinco cañas, ahora cuesta cuatro. El cambolo sigue al mismo precio, 2 cuc pesos cada piedra. Y las pastillas entre 20 pesos y un cuc. El negocio no está pa’hacer una fiesta, pero no me quejo”.

Sheyla, jinetera de clase media alta, confiesa que está harta de la cuarentena. Extraña los tragos de caipirinha y el reguetón a toda mecha en las discotecas habaneras. “La pincha de nosotras es de contacto directo. Sin nasobuco ni nada. Ahora hay con andar con cautela, no vaya que ser que un cliente tenga el coronavirus. Estoy a punto de volverme loca encerrada en mi casa. Y eso que, gracias a Dios, tengo comida y ciertas comodidades”.

La que se sacó la lotería fue Yordanka. “Quien lo iba a decir. Que conocería a mi futuro esposo en plena pandemia del Covid-19”. Dentro de unos meses, Yordanka se ve vestida de blanco y del brazo de su pareja. No le importa si la boda la celebran La Habana, Cayo Coco o Varadero. Pero la idea de seguir viviendo en Cuba se le antoja difícil.

Iván García
Foto: Tomada de un fotorreportaje sobre el turismo sexual en Cuba publicado en El País ante de la pandemia del coronavirus.
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lunes, 20 de julio de 2020

Lo que se le pide a Díaz-Canel


Pocas horas antes del domingo 10 de mayo, Abdiel, socio de Cuber, un negocio que oferta a domicilio viandas, hortalizas y frutas, entre otros alimentos, contactó por WhatsApp con el resto de emprendedores en busca de opciones para impedir que las lluvias anunciadas afectaran la distribución de cakes por el Día de las Madres.

Fue una reunión exprés, cuenta Abdiel, diez minutos de conferencia telefónica en la que se dispuso que los choferes encargados de repartir los cakes se presentaran una hora antes de lo acordado para que la entrega se efectuara a tiempo. En diez minutos se calculó el gasto de combustible, el pago a los choferes contratados, a las dulcerías particulares y las ganancias que recibirían cada uno de los empleados después de la jornada de trabajo.

Cuber, como otros negocios particulares, no necesitó banda ancha de internet, extensas reuniones ministeriales con decenas de ministros y funcionarios para buscar soluciones creativas a los problemas que provoca la estacionaria crisis económica agravada por el Covid-19 y el agudo desabastecimiento de alimentos que asola a Cuba.

“Y mira que tenemos razones para quejarnos. Nunca el gobierno implementó un mercado mayorista, los impuestos son excesivos y abusivos, debieran deducirlos de las ganancias, no de los gastos, en fin… La lista de problemas es amplia, pero si vamos a detenernos en ellos jamás saldríamos adelante”, comenta Abdiel y añade:

“Incluso, por muy creativos que seamos, si el Estado no encuentra soluciones a los problemas económicos, a la larga tendremos que cerrar. Un emprendedor no puede inventar la carne de puerco ni la malanga. Pero sabemos cuáles son los mecanismos para estimular la producción agropecuaria. Es simple: eliminar Acopio como intermediario y que cada campesino siembre, produzca y venda sus cosechas a quien desee. Es tan fácil que no entiendo por qué el gobierno se empantana con el tema de la producción agrícola”.

Mientras el sábado 9 de mayo un grupo de emprendedores privados en diez minutos encontraban soluciones a sus problemas, Miguel Díaz-Canel, el presidente designado por Raúl Castro, se reunía con varios ministros y funcionarios en el Palacio de la Revolución, en busca de respuestas a la crisis económica y de salud pública provocadas por el Covid-19.

En cada sesión, por videoconferencia, la plana mayor del régimen se comunica con los gobernantes provinciales y municipales. Damián, miembro del partido comunista, cuenta algunas interioridades de esas reuniones.

“Primero cada funcionario o ministro de un organismo determinado lleva su plan o agenda, casi siempre alejado de la realidad, cargado de mentiras, sin un estudio a fondo y repleto de jergas y tecnicismos. La primera parte del discurso es culpar al bloqueo (embargo) de todos los problemas, ya sea el barco que no ha traído petróleo o el barco que no trajo el pollo o la harina de trigo. Si hay dificultades en la comercialización, se culpa a los 'factores', que nunca tienen nombre ni apellido. De las colas se culpa al pueblo y al final plantean que la solución es más economía planificada y más mano dura con los irresponsables que no cumplen el distanciamiento social durante la pandemia. A modo de conclusión, Díaz-Canel o Manuel Marrero, el primer ministro, 'bajan una muela' (hacen una intervención) preelaborada. Al día siguiente se vuelven a reunir. Desde que Díaz-Canel es presidente, lleva dos años de reunión en reunión. Antes del coronavirus viajando por todas las provincias, ahora de lunes a viernes, acumulando horas-nalgas sentado en una butaca giratoria en un salón con aire acondicionado y con su nasobuco (mascarilla)".

Varios economistas de calibre han publicado sus opiniones con respecto a Cuba. Todos coinciden, desde luego, que el Covid-19 ha puesto al desnudo las carencias estructurales de la economía nacional. Juan Triana, Pedro Monreal, Pavel Vidal, Omar Everleny y Carmelo Mesa-Lago, entre otros, una y otra vez han subrayado cómo deberían ser las reformas económicas que debieran ser emprendidas por el gobierno.

No todos creen en el liberalismo a pulso. Ni siquiera hablan de democracia o libertad de expresión. Se centran en el tema económico y le piden al gobierno que tome nota de la experiencia china o vietnamita, países regidos por un partido comunista que ha logrado crecimientos económicos impresionantes gracias a la economía de mercado.

Los más liberales, consideran que las transformaciones económicas debieran estar acompañadas por reformas políticas. Pero la parálisis de la autocracia verde olivo es tan profunda, que ni siquiera intentan reformas al estilo chino. El coronavirus fue el catalizador que provocó la tormenta perfecta, debido a factores internos y reformas aplazadas por el régimen castrista. Si la unificación monetaria se hubiera realizado en tiempo y forma, se hubiera permitido que los profesionales pudieran abrir negocios particulares, incentivado las cooperativas y privatizado instituciones estatales que no funcionan como la gastronomía, unido a un alza de salario sustancial, probablemente el país estaría en una mejor situación para afrontar la posterior crisis económica que la pandemia legará a escala mundial.

Pero el Covid-19 cogió al régimen fuera de base. Manipulando cifras, no hablando con claridad, con una narrativa delirante y una ristra de promesas incumplidas. Pese a los malos augurios económicos, a la crispación ciudadana que pudiera desembocar en estallidos sociales y a la crisis alimentaria de corte africana que padece hoy Cuba, si Díaz-Canel fuera capaz de diseccionar correctamente el actual escenario, y es un hombre honesto, existen soluciones factibles para salir del atolladero.

Cuba está abocada a una crisis comparable con la del Período Especial en la década de 1990. Probablemente menos profunda en términos de PIB, pues en aquella etapa se perdió un 35% del producto interno bruto, la economía no estaba tan diversificada ni el turismo se había consolidado, como tampoco la exportación de servicios médicos y de productos de la biotecnología generaban la cantidad de divisas que generaron posteriormente.

Pero el desgaste por la mala administración del país provoca que los cubanos de a pie no confíen en sus gobernantes.

De una manera u otra, los cubanos llevan treinta años viviendo en una crisis económica estacionaria. Aunque ya habían vivido momentos muy difíciles, como la Ofensiva Revolucionaria en 1968 y el fracaso de la Zafra de los 10 Millones en 1970,por solo mencionar dos ejemplos, consideran que el Período Especial se atenuó, pero no terminó. En todos y cada uno de esos momentos la administración de la economía por parte de las autoridades ha sido deficiente.

El régimen no supo aprovechar el caudal de dólares que llegaba de Venezuela. En la primera década de este siglo, el gobierno de Hugo Chávez giraba anualmente hacia La Habana entre tres mil y cuatro mil millones de dólares por concepto de prestación de servicios médicos, deportivos y profesionales. Además de enviar a Cuba más de 100 mil barriles diarios de combustible a precio de saldo. Era una época donde el barril de petróleo alcanzó cifras récord.

Incluso la Isla se ubicó en el puesto 38 en la exportación de petróleo, al reexportar un 30 por ciento del combustible que llegaba desde Venezuela. ¿En que se gastó ese dinero? Fueron años donde supuestamente la economía creció entre un 9 y un 12 por ciento. Al nivel de los tigres asiáticos (Corea del Sur, Singapur, Taiwán y Hong Kong).

Es tan evidente el desastroso desempeño económico de Cuba y Venezuela, abrazados a modelos disfuncionales y atrapados en crisis que nunca tocan fondo, que cualquier Estado medianamente serio comprende que deben renunciar a repetir esos disparates.

Urge reformar la economía desde los cimientos. Aprobar leyes que propicien la inversión extranjera, que incluya a los cubanos radicados en el exterior. Desatar las fuerzas productivas internas. Y derogar para siempre el bloqueo interno del régimen contra el pueblo. No se le pide otra cosa al gobierno de Miguel Díaz-Canel.

Iván García

Foto: Díaz-Canel a su llegada a la Cumbre de Jefes de Estado y Gobierno de la Unión Europea y la Comunidad de Estados Americanos y Caribeños (CELAC), celebrada en Bruselas, Bélgica en junio de 2015. Tomada del artículo Raúl Castro estaría preparando a Díaz-Canel para una sucesión anticipada o algún imprevisto, de Juan Juan Almeida, publicado en diciembre de 2016 en Martí Noticias.

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lunes, 13 de julio de 2020

Cuba, 60 años de colas



Hacer cola en Cuba es una especie de catarsis. Las personas charlan durante horas de su familia, de política o problemas conyugales. Mientras en una parroquia un cura espera en silencio la confesión de nuestros pecados, en una cola el interlocutor es cualquier persona. Ni siquiera hace falta conocerse.

A veces las colas duran un par de horas. Otras se extienden por una semana. O quince días. Leticia, ama de casa, recuerda que a finales de la década de 1980, estuvo diez días en una cola para comprar alimentos y confituras en la antigua tienda Sears, a un costado del Parque de la Fraternidad, en el corazón de La Habana.

Antonio, un anciano cascarrabias, padre de cinco hijos y abuelo de ocho nietos, asegura que aprendió a jugar ajedrez en una cola de seis noches, esperando que abastecieran de carne de cerdo para celebrar el año nuevo.

Para Teresa, enfermera jubilada, las colas le traen buenos recuerdos. En los años 70 en una cola en la carnicería de su barrio donde iban a vender hígado de res, conoció a su actual esposo y padre de sus dos hijos.

Es difícil que un cubano nunca haya hecho una cola. Por cualquier cosa: un trámite burocrático, comprar papas o una camisa de cuadros Made in China. Entre un calor húmedo y pegajoso, a pesar de ser las cuatro de la madrugada, y un enjambre de mosquitos que la gente intenta espantar a manotazos, Rubén, amante de la pesca costera, afirma que en una “cola hay que tener la paciencia de un buen pescador y la voluntad de un maratonista olímpico”.

“A veces picas y consigues lo que buscas. O te pones fatal y haces la cola por gusto. No siempre las colas son directas. Hay casos que primero se hace una cola para que te den un turno. Entonces con ese turno es que aseguras un puesto en la siguiente cola, porque últimamente llegan pocos productos a los mercados. Hace dos semanas hice una cola de tres horas para coger un turno que me permitiera comprar un paquete de galletas. El turno era para comprar al día siguiente. Pero solo vendieron hasta el número 50 y yo tenía el 93. Dos semanas después vendieron de nuevo galletas y fue cuando pude comprarlas”, cuenta Rubén.

Hace tres días, en una cola para comprar módulos de viandas en el mercado agropecuario del Mónaco, en La Víbora, Anselmo, ex tabaquero jubildo, junto a varios conocidos del barrio, repasaban la historia de las colas y las crisis económicas en Cuba. “Que yo recuerde, y tengo ochenta y dos años, después de triunfar la revolución, hasta octubre de 1960, todavía en tu casa podías tomarte una malta con leche condesada y en cualquier cafetería, almorzar un pan con bistec de res, ruedas finas de cebolla y papas fritas. Tomarte una tacita de café de verdad, no ese café mezclado con chícharos que venden ahora. Con leche de vaca que vendían en litros, preparar una champola de guanábana o chirimoya o un batido de mamey. En el antiguo mercado de Cuatro Caminos, por dos pesos podías comprar un pargo grande y fresco, y por diez pesos, un puerco mamón para asar”, rememora Anselmo y añade:

“Con la reforma agraria comenzaron a escasear los productos agrícolas, sobre todo las frutas cubanas. Fidel decía que la culpa era de los transportistas privados que eran contrarrevolucionarios y dejaban pudrir las cosechas. Luego nacionalizó el flete de carga, creó ese desastre llamado Acopio, y las viandas y hortalizas se perdían por temporadas. En 1962 se agudizó el bloqueo y gradualmente empezar a desaparecer las cosas, desde un cepillo de diente hasta las manzanas de California. En marzo del 62, Fidel implementó la libreta y dijo era provisional, que desaparecía antes de diez años, por las reformas emprendidas en la agricultura, avicultura, ganadería bovina, caprina y la pesca. Y aseguraba que tendríamos tanta malanga, leche y carne de res que nos convertiríamos en una potencia exportadora de alimentos. Pero se equivocó. La prensa a cada rato recuerda al comandante, pero no dice que prometió todas esas cosas".

Caridad, ama de casa, asegura que ya a fines de 1960 comenzó la primera crisis económica. "Fue en 1968, cuando Fidel nacionalizó los timbiriches de fritas y los pequeños negocios. No había nada. Para comer en un restaurante tenías que tener un turno que te daban en el trabajo por méritos laborales. Los 70 también fueron durísimos tras el fracaso de la zafra de los diez millones. Una caja de cigarros llegó a costar más de veinte pesos. Comer caliente dos veces al día era un lujo, igual que ahora, y hasta los juguetes se vendían regulados, por la libreta”.

Carlos, sociólogo, considera que las crisis económicas en Cuba son estacionarias. “Hubo un pequeño oasis, a mediados de los años 80. Entonces, un trabajador con su salario podía alimentar a su familia. En esa época funcionó el llamado Mercado Paralelo, donde en venta libre se ofertaba jugos embotellados de Bulgaria y otros productos provenientes de los ex países socialistas de Europa, y nacionales, a precios accesibles, jamón viking, embutidos de calidad, helados, yogurt, mantequilla, queso crema, confituras y dulces en conserva, entre otros. Al existir una flota pesquera (que luego Fidel desguazó y vendió como chatarra), vendían calamares y diferentes tipos de pescados. Eso duró un par de años. Ha sido la única etapa donde el salario tuvo un valor real”.

Según el sociólogo, con la llegada del Período Especial y hasta la fecha, el salario perdió todo su valor. "Se pagaba en una moneda devaluada. Y para comprar alimentos y otras mercancías había que tener divisas. Esa distorsión provocó que se perdiera la motivación por el trabajo. La doble moneda propició un espejismo productivo en muchas empresas estatales, con canjes monetarios arbitrarios que provocaron que producir alimentos en Cuba resultara más caro que importarlos”.

Por una razón u otra, ya sea de carácter financiero o político, la economía en la Isla nunca ha carburado. Los expertos señalan diversas causas. La principal es la planificación y estatización de esferas económicas que debieran funcionar según la oferta y demanda. Yoel, economista, considera que China y Vietnam son el mejor ejemplo de que un país con gobierno marxista puede tener un loable crecimiento económico si apuesta por la economía de mercado.

“Mientras la antigua URSS giraba millones de rublos a Cuba, según algunos expertos casi dos veces más que el Plan Marshall de Estados Unidos a naciones de Europa después de la Segunda Guerra Mundial, Fidel Castro se burlaba del bloqueo y ni siquiera lo mencionaba. A pesar de esa inyección de capitales, la industria cubana no creció, tampoco la agricultura y las estructuras económicas tenían cimientos endebles. Cuando desapareció el campo socialista, Cuba debió apostar por la experiencia china, pero el régimen siguió apostando al voluntarismo y la economía de comando".

En opinión de Yoel, solo aplicaron algunos parches y limitadamente permitieron inversiones extranjeras. "En eso Chávez llegó al Palacio de Miraflores y alargó la respiración artificial del inoperante modelo económico cubano. Entonces Venezuela tenía recursos y el petróleo tenía altos precios. Cuba incluso reexportaba un 30 por ciento del combustible que Venezuela le entregaba. Pero es tan ineficiente el modelo cubano, que ni en época de vacas gordas supo equilibrar la balanza comercial, aumentar el consumo interno, mejorar calidad de vida e incrementar salario de los trabajadores. Gran parte de ese dinero lo administraron empresas militares en la construcción de hoteles, construcciones que en los últimos diez años han gastado casi veinte mil millones de dólares”.

Le pregunté a diez personas que habitualmente hacen colas para comprar alimentos, medicinas y artículos de aseo cuál es la etapa económica más compleja que ha vivido. Las diez personas consultadas nacieron a partir de 1970. Por lo tanto, sus épocas a comparar son dos: el Período Especial de los 90 y la 'situación coyuntural' .

Todos coincidieron en que el panorama actual es más complejo que el de los 90. Margot, profesora, explica por qué: “El Período Especial fue durísimo, con apagones de doce horas diarias. Pero por la libreta de racionamiento te otorgaban más alimentos. Cuando se despenalizó el dólar en 1993, el que tenía divisas, podía comprar alimentos variados y de calidad en las tiendas por divisas. Ahora ni por divisas encuentras comida y mucho menos variedad”.

Los cubanos tienen el inusual récord de llevar 60 años haciendo colas.

Iván García
Caricatura de Osval, tomada de Colas sintomáticas, publicado en el periódico Escambray, Sancti Spiritus, el 10 de junio de 2020.
Ver video Hoy peor que ayer: las colas en Cuba,subido a Diario de Cuba el 6 de mayo de 2020.

lunes, 6 de julio de 2020

"Hace 31 años que no como bistec de res"



La madrugada está fresca. Magda, 29 años, utiliza la aplicación WhatsApp para evadir la prohibición de hacer colas promulgada por las autoridades cubanas en tiempos de coronavirus. Son las dos de la mañana y ocho personas intentan espantar el sueño hablando naderías o haciendo chistes con sus mascarillas artesanales puestas.

Un dependiente del mercado le vende la información de cuándo va a entrar pollo, hígado de pollo, picadillo de pavo, salchichas o hamburguesas. “Se le paga cinco pesos convertibles para que nos avise la llegada del camión con algunos de esos productos. La mayoría de las personas de la cola son del barrio, si pasa la policía podemos alegar que no tenemos sueño. Hacemos la cola al doblar del mercado, a media cuadra. Tenemos un vigía que nos avisa y si viene un patrullero, nos disgregamos y escondemos en nuestras casas”, cuenta Magda, madre soltera de dos hijos, quien además de hacer colas pone extensiones de pelo y arregla uñas.

El mercado está ubicado en una zona tranquila, rodeada de grandes framboyanes que delimita las barriadas de La Víbora y Santos Suárez. Hernán, jubilado, está sentado en el portal de su casa junto a dos vecinos suyos. “Si sumamos las edades arañamos los 250 años”, dice. En un radio portátil escuchan un programa de boleros. Cuando el presentador anuncia Lágrimas Negras, interpretada por Diego el Cigala y acompañado al piano por Bebo Valdés, hacen silencio.

Terminada la canción regresan las nostalgias y y los recuerdos. “Qué Habana aquella. Si tenías cuatro pesos en el bolsillo, los fines de semanas podías beber cerveza y bailar con tu pareja escuchando a Benny Moré en el Alibar. o ver a la Lupe en La Red y si tenías un poco más de dinero, ibas a Tropicana, donde el Caballón (Bebo Valdés) acompañó a Nat King Cole cuando estuvo en La Habana”, rememora uno de los ancianos.

Hernán cierra los ojos como si quisiera atrapar el pasado. “Sí señor, qué Habana aquella. Los bares con sus victrolas y en cualquier fonda te comías una completa y en los timbiriches, una frita por diez centavos o un pan con bistec de res por quince centavos”. Cerca, dos habaneros jóvenes escuchan. Hernán les pregunta cuándo fue la última vez que comieron camarones enchilados, pargo asado o bistec de palomilla.

“Camarones al ajillo lo he comido un par de veces, cuando unos parientes que viven en Miami me invitaron a un hotel todo incluido. Y carne de res hace tres años que no pruebo ni la de segunda”, responde uno de los jóvenes. Uno de los ancianos comenta: "Has sido más afortunado yo, pues la última vez que comí un bistec de palomilla fue cuando se cayó el Muro de Berlín. De eso hace ya 31 años, fue en la primera quincena de noviembre de 1989 cuando compré por la libreta mi cuota de carne de res, que ya después el gobierno no la dio más. Todavía las guaguas Leyland circulaban por La Habana”.

Comienzan los chistes. “En Cuba al bistec de res le dicen Jesucristo: se habla de él, pero nadie lo ha visto”. O “en Miami se come el bistec de vuelta y vuelta y en Cuba das mil vueltas y no encuentras un bistec”. Todos ríen. Típico de los cubanos, burlarse de sus propias desgracias. Pero enseguida se ponen serios. Hernán baja la voz y dice: “Ahora todos los días en el noticiero o en el Granma hablan del hambre que están pasando en Estados Unidos. Como si fuéramos bobos. Tenemos familiares y amigos en Miami y esa gente no está gorda por gusto”.

El debate se enciende. Las personas que hacen colas critican al régimen en duros términos. “La princesa Mariela Castro es una cara de guante, decir que ella está preocupada por el pueblo norteamericano cuando aquí la mayoría de los cubanos come caliente una vez al día y no ve la carne hace años. La proteína que estamos comiendo es pollo y salchichas, si tienes suerte de comprarlo después de cinco horas de cola. De lo contrario, como los frijoles están desaparecidos, arroz blanco, boniato hervido y croquetas de averigua que saben a rayo”, expresa alguien.

Todos en la cola coinciden en que si el gobierno no hace profundas reformas económicas y no le da libertad a los campesinos para producir, podría desatarse una hambruna en Cuba. “Que busquen soluciones a la escasez de comida. Porque van a tener que recoger con palas a los viejos muertos por el hambre en la calle”, indica otro.

Mientras la prensa oficial abre fuego con toda su artillería al modo de vida en Estados Unidos, el régimen verde olivo no tiene un plan de salida al complejo panorama interno donde confluyen una pandemia, crisis económica, arcas gubernamentales vacías y un sistema que en seis décadas no ha podido satisfacer la alimentación del pueblo.

Ha habido incapacidad administrativa y política. Y también se ha mentido. Si en archivos, videotecas o internet se revisan los extensos discursos de Fidel Castro, se encuentran innumerables citas asegurando que Cuba exportaría tanta carne de res, queso, leche y productos agrícolas, que se convertiría en una potencia mundial.

Erasmo, un ex ganadero que ahora vende tabletas de maní molido para sobrevivir, hace cincuenta años trabajó en una vaquería ubicada en el Valle de Picadura, en la actual provincia de Mayabeque, una comunidad donde Castro puso a prueba un modelo de producción ganadera que terminó en el más rotundo fracaso.

“En el Valle de Picadura estuvo un científico francés André Voisin, que nos enseñó técnicas modernas de pastoreo para alimentar el ganado. Fidel visitaba la granja a diario. Se hicieron cruces con la Holstein canadiense y con ganado de elevado rendimiento de Estados Unidos. Se les denominó F-1 y F-2 en evocación al comandante. Las vaquerías tenían aire acondicionado en los cuartones de ordeño. Toda la extracción de leche era mecánica. Y de fondo, como terapia para las vacas, una sinfonía de Beethoven que te daba la sensación de haber llegado al paraíso”, explica Erasmo.

Cincuenta años después el Valle de Picadura es una comunidad fantasma. En busca de un futuro diferente, los pobladores más jóvenes huyen hacia La Habana o emigran al país que les facilite una visa.

Cuando en las tiendas por divisas había carne de res, un kilogramo costaba entre 9,80 y 11,80 cuc, dependiendo del corte. Una cifra superior al salario mínimo y equivalente a un tercio del sueldo de un profesional. Diario Las Américas indagó con varias personas radicadas en Miami si suelen comer carne o son vegetarianos o veganos.

Germán, albañil, dice que come carne de res tres veces a la semana. “Llevo cinco años en Estados Unidos. Al principio, almorzaba, comía y hasta merendaba carne de res. Actualmente diversifico mi alimentación. Yo soy considerado pobre aquí, pues gano menos de dos mil dólares mensuales, pero puedo comprar diversos cortes de carne de res, además de queso, pescado y leche descremada. Claro que el periódico Granma miente. Con el coronavirus se limitó la cantidad de carne a comprar por cada consumidor. Pero te podías llevar a casa tres bandejas que en su conjunto eran más de diez libra de carne de res. Una cantidad que, excepto los mandarines, no come el pueblo cubano en un año”.

Iliana, periodista, precisa que hay varias cadenas de mercados. Unos más caros que otros, pero todos asequibles incluso para personas que viven en la extrema pobreza. “Yo hice mi última compra en Winn Dixie que es un mercado para bolsillos promedio. Pero si vas a la cadena Presidente puedes comprar más barato. Por ejemplo cinco libras de pechuga de pollo deshuesada y sin antibióticos cuestan 9.58 dólares, cinco libras de falda de res 8.18, cuatro libras de carne de cerdo 7.22, diez libras de filetes de pescado 29.07 y dos libras de camarones frescos 16.22 dólares”.

Diosbel, mecánico automotriz, considera que la comida no es un problema en Estados Unidos “Una persona que vive sola y gana un salario mínimo, con 500 dólares desayuna, almuerza y come lo que desee, que no es lo mismo que comer lo que haya, como en Cuba. Aquí los problemas son otros. El alquiler, sobre todo en Miami que es carísimo, o pagar las deudas estudiantiles. Pero no lo comida”.

Amanece en La Habana. La cola en el mercado ya es una aglomeración. Magda, avisa a los ancianos para que ocupen su puesto antes que pasen la lista. “Ya deben tener los estómagos llenos de hablar toda la madrugada de la carne de res y lo que comían antes de la revolución" y sonriente les dice: "Pónganse las pilas, pues si no comerán arroz pelao”.

Hernán tiene el número 82 en la cola. No sabe si podrá comprar pechugas de pollo. Si alcanza, le va pone diez pesos al número 82 en la ilegal lotería conocida como la bolita. De lo contrario, probará suerte en una próxima cola.

Iván García
Foto: Bistec de res con cebolla y arroz blanco. Tomada de Receta Cubana.
Leer también: La carne y la plaga

lunes, 29 de junio de 2020

El Mariel cambió a Miami



Dos motivos fundamentales impulsaron a miles de cubanos a una travesía incierta durante la avalancha producida por el puente marítimo Mariel-Cayo Hueso, Florida, a mediados de abril de 1980. El deseo de vivir en libertad y la necesidad de un mejor futuro económico. Ambos se complementan, aunque no son sinónimos.

Con una audacia que en más de una ocasión se interpretó como falta de agradecimiento, cuando no como poca capacidad de adaptación e indisciplina, los marielitos -la palabra se ha ganado el honor de poder rechazar las comillas- conquistaron su lugar bajo el sol de Miami. Lo consiguieron con trabajo y dedicación.

Ahora que se destaca el triunfo económico de quienes llegaron sin un centavo -con apenas la ropa que traían puesta, hecha jirones por la espera de varios días y el viaje- no debe olvidarse que su integración a la sociedad estadounidense tuvo un carácter transformador.

La llamada Generación del Mariel fue la que cambió de forma irrevocable a Miami, al ampliar el consumo, la fuerza de trabajo y el uso del idioma español hasta rincones que hasta ese momento habían resistido “la invasión cubana”.

Los marielitos llegaron cargando diversas “culpas”, de las que le costó trabajo librarse. La primera fue haber vivido hasta ese momento bajo el régimen de La Habana. No importó que fuera por fecha de nacimiento, ideales políticos o imperativos familiares. Durante los primeros años, a cada momento se les recordó sus errores o los de sus familiares, que imposibilitaron una “salida a tiempo del comunismo”. Si hoy en Miami es normal que al iniciar una nueva vida cualquier cubano no tenga que ocultar su pasado en la isla, es gracias al Mariel.

Mientras que hasta ese momento la mayoría de los exiliados habían llegado gracias a sus esfuerzos y los de sus familiares, luego de un recorrido que podía incluir una estancia de varios años en un tercer país y una larga espera -que para muchos significó también largos períodos de trabajo obligatorio en la agricultura antes de lograr la salida-, estos recién llegados habían simplemente aprovechado una oportunidad única.

Tras tomar la decisión de abandonar la isla -algunos fueron obligados a irse-, los habían montado en un bote, propiedad de unos desconocidos la mayor parte de las veces y desembarcado en Cayo Hueso. No habían venido, los “habían traído”.

Esa fue la segunda culpa a cargar. Lo ocurrido años antes -en el puerto de Camarioca, Matanzas, y luego durante los Vuelos de La Libertad- fue un éxodo escalonado que no llegó a causar esa división tan precisa y repentina entre unos y otros: “Yo estaba aquí y tú acabas de llegar”.

También a diferencia de quienes salieron primero, los marielitos se encontraron una estructura creada de negocios cubanos que les facilitó su inserción laboral -con mayores o menores ventajas, con un grado más elevado o más moderado de explotación- e hizo posible que en cierto sentido fuera menos “traumática” su nueva vida.

Quien se estableció en esta ciudad en 1980 tuvo que pasar por dos procesos distintos de asimilación. Uno fue la adaptación clásica a un nuevo país, nuevas costumbres y un nuevo idioma. El otro fue el descubrir de que junto con una serie de principios elementales -que en Cuba se habían ido deteriorando y continúan aún en crisis-, en Miami subsistían una serie de valores caducos que el recién llegado pensaba superados. Fue en parte una vuelta a los años 50 en el mundo de los 80: el futuro en forma de pasado.

El álbum fotográfico de lo ocurrido en los días del Mariel y las imágenes de la vida actual de esos miles de protagonistas, constituye un poderoso instrumento de propaganda. Entonces la historia se captó en blanco y negro. Fueron días extremos, de grandes contrastes.

La adopción de Miami como patria no deja de tener un carácter contradictorio, aunque puede justificarse. A diferencia de los que llegaron durante las décadas de 1960 y 1970, la Cuba que los marielitos dejaron atrás no significa añoranza, salvo en los recuerdos personales.

El triunfo del inmigrante es mayor en la medida que se integra más al país de adopción. Quienes llegaron por el Mariel no han abandonado por completo el sentirse cubano, más bien han aumentado la geografía de su patria.

Alejandro Armengol
Cubaencuentro, 22 de abril de 2020.
Leer también: "Me daba igual llegar a Estados Unidos que a las Malvinas" y El orgullo de ser gusano.

lunes, 22 de junio de 2020

Cuaderno de Travesía (II y final)



Una multitud desesperada, triste, fatigada y con incertidumbre, aguardaba presuntamente a ser llamada, humillada y conminada a montar, cuando había espacio disponible, en uno de los ómnibus que irregularmente llegaban al lugar procedentes de Santiago de Cuba u otros puntos de la región oriental del país, en su trayecto hacia La Habana. El sol de mayo quemaba, expuestos como estábamos a la resolana. Aunque había algunos espacios sombreados, se nos prohibía pisar el césped, obligándonos a permanecer al sol, aún a mediodía.

De vez en cuando “daban” -en realidad debíamos de pagar por ellas en efectivo, pero en el lenguaje revolucionario el verbo “dar” constituye un axioma- unas raciones de arroz cocido sin sal, ni gusto a nada remotamente bueno, que nos servían en unas cajas de cartón cuyo olor se impregnaba al arroz. Bebíamos -también pagando por ellas- las raciones de un agua soleada que más parecía un caldo espeso, cuando la oficialidad determinaba que se nos debía “despachar” o “darnos” el agua.

A pocos metros había una fuente de agua helada, vedada para nosotros. El intento de beber de ella le había costado patadas y culatazos a un jovencito flacucho y desnalgado, de pómulos prominentes en la cara desdentada, apodado Chucho. Al noveno día de estar allí, fui llamado por los altoparlantes. Ningún autobús había arribado, de manera que no me llamaban para autorizarme a partir. Se trataba de un ajuste de cuentas para decirlo en sus propias palabras, que un oficial recién llegado al lugar exigía. Este oficial -un verdadero animal con ropa, con perdón de cualquier animal vestido- había sido, en Vertientes y Camagüey, figurón de proa del Ministerio de Cultura.

Con la preparación de un analfabeto funcional, lo habían colocado en esos puestos, atendiendo a su condición de oficial de la contrainteligencia. Lo había conocido cuando, siendo un joven escritor, había pertenecido a los talleres literarios primero, y luego, antes de ser separado de esta organización, a la Brigada Hermanos Saíz, de jóvenes escritores y artistas cubanos, de la que fugazmente fui miembro sin haberlo solicitado, y con la misma fugacidad dado de baja de su nómina. De algún modo, descubrir mi presencia en aquel conglomerado suscitó en el oficial no se qué pruritos revolucionarios que lo llevaron a provocarme.

Comenzó por decirme que hablara claro, que le dijera bien claro allí, delante de todo el mundo, por qué razón estaba yo en este lugar. En las manos sostenía una carta autoincriminatoria, escrita por mi mano y firmada por la responsable del CDR al costo de 150 pesos cubanos de entonces, más de la mitad de mi salario de un mes. Le hice ver que la carta se lo explicaría mejor de lo que yo podía hacerlo en ese momento. Me dijo que no estaba pidiéndome explicaciones sino exigiéndomelas.

Lo fraseó con otras palabras, naturalmente, y por último con las manos en jarras me espetó: "La revolución es muy justa y generosa, chico; lo que no consiente es que se burlen de ella para que lo sepas, so maricón. ¡Qué eso es lo que tú eres! Una escoria de mierda". En ese instante, debí estar loco, con esa locura temeraria que a veces da la desesperación, o el sentido de haber tocado fondo. Le respondí con ostensible ironía que “seguramente, gracias a las virtudes y a la generosidad de la revolución, personas como él estaban en el lado decente, y yo en el lado de la escoria”.

Dudo que pudiera entender exactamente mis palabras, pero tal vez eso mismo excitó más su odio y su vesania. Lo vi quitarse la gruesa faja militar y pensé que me iba a matar con su pistola. En esos instantes lo hubiera deseado. En lugar de esto, lo que hizo fue comenzar a azotarme con la faja. Pronto, se le sumaron otros militares, que me dieron golpes y patadas. Gracias a la intervención de un oficial de mayor rango, que apareció caído del cielo, se detuvo la paliza y ordenó que fuera cargado por algunos de mis compañeros de infortunio y colocado bajo la sombra escasa que ofrecía un alero cercano.

Al poco rato, un médico o enfermero me practicó un somero examen y dictaminó que lo único que necesitaba era un poco de descanso. Con un ojo semicerrado a causa de la paliza, no alcancé a distinguir si lo decía con sarcasmo. A los once días de estar en este campamento, presa de un profundo abatimiento, y aún adolorido, me llamaron nuevamente, pero esta vez se trataba de salir con destino a La Habana. En algún lugar del camino, no sé si antes de entrar a Las Villas o en la actual provincia de Ciego de Ávila, el autobús hizo escala en un merendero o lugar turístico completamente desierto para que bajáramos a comer algo.

El autobús había salido de Santiago de Cuba, de madrugada, y esta era la primera parada que hacía para que los viajeros comieran alguna cosa. Las empleadas del lugar -atemorizadas, sin dudas- daban la impresión de ser nórdicas de nacimiento, tan glacial y distante era su trato. Estiré cuánto pude el dinero que todavía me quedaba escondido en la planta del calcetín en previsión de cualquier eventualidad, y pagué tres pesos por un emparedado de pan viejo, que sólo contenía un trozo de requesón. No había agua, o las empleadas tenían orientado decir aquello, y pagué otros dos pesos por una limonada del tiempo.

Llegamos muy tarde a La Habana, ya de noche y no supe que recorrido hizo la guagua hasta llegar a la siguiente escala, un lugar conocido como Cuatro Ruedas, tal vez un antiguo aserradero o un campo de entrenamiento de algún tipo, rodeado por una cerca muy alta de tablones de madera, que impedía ver y ser vistos desde fuera. En este lugar nos obligaban a deshacernos del carné de identidad, que depositábamos en una cubeta desbordante de aquel odioso documento, y nos volvían a “examinar”, como si quisieran asegurarse de quiénes éramos.

Parecía cosa de rutina. Allí había muchas mujeres oficiales, que se esforzaban por dar pruebas de su celo revolucionario conminando, por ejemplo, a uno de los recién llegados, una “loquita” a la que llamaban “la holguinera”, a que se bajara los pantalones; y a un viejo vencido por la edad, y quién sabe cuántas otras vivencias, a que le tocara las nalgas. Cuando el viejo se negó con determinación a cumplir la orden, las oficiales revolucionarias lo ofendieron llamándolo viejo bugarrón barato, y lo amenazaron con echárselo a los presos comunes que se lo iban a comer como pirañas.

En Cuatro Ruedas se suscitaron varios incidentes entre perros y la población no canina, en la que los primeros llevaron la mejor parte. En este sitio esperé cuatro días a ser llamado para embarcar, y el último, presencié uno de tales ataques. Más bien, en el estado de depauperación física y mental en que me hallaba supe de algún modo de que estaba sucediendo alguna cosa de la que rogué a Dios que me librara. No sé qué cosa específica hizo saltar el detonante que provocó la agresión de los canes entrenados para reprimir.

Alguien me había ofrecido su espalda y había requerido la mía para poder recostarnos y dormir algo, y dormido estaba -profundamente dormido- cuando sentí repetidamente en la cara el contacto de algo frío, húmedo. Al abrir los ojos, tenía delante de mí un enorme perro pastor alemán que me lamía la cara. No sentí miedo. Inexplicablemente, no me dio miedo alguno. O tal vez tuve tanto miedo que no lo supe. Lo cierto es que el perro no me agredió.

El caos a mi alrededor era tremendo, pero no había conseguido arrancarme de mi sueño, tampoco a mi compañero lo habían despertado los gritos ni el corre-corre. Cuando finalmente los perros fueron atraillados nuevamente, había muchos heridos entre nosotros. Unos mordidos por los perros, otros pisoteados por los que trataban de escapar al ataque de estos, o golpeados -dirían los guardias- en la confusión producida, por otros que buscaban cobrarse un viejo agravio.

En el autobús que me llevó desde Cuatro Ruedas al Mosquito, punto de preembarque en la costa, viajaron varios heridos. Uno de ellos había perdido un ojo, vaciado, sin saber cómo ni cuándo. Lo llevaron a curar a algún lugar fuera de allí y lo trajeron nuevamente a tiempo para embarcar en el autobús que nos llevaba al campamento improvisado en la costa.

Al Mosquito llegamos de noche. Nos indicaron bajar y buscar donde colocarnos. Apenas si había espacio disponible y, a menos que uno se acomodara sobre el diente de perro pelado, debía permanecer de pie. A veces se suscitaban peleas por un palmo de tierra, que los guardias unas veces ignoraban, y otras acababan a culatazos. Creo que nos mantenían separados o tal vez sólo agrupados en categorías que no preciso. Sólo me parece recordar que los presos políticos (¿o eran los criminales más peligrosos?) ocupaban un área adyacente a la nuestra, asignada por las autoridades.

En el perímetro donde me hallaba las autoridades no intervenían cuando prácticamente a la vista de cualquiera -aunque era de noche el lugar estaba profusamente iluminado por muchas luces y reflectores- dos hombres tenían sexo, y algunos otros esperaban en fila su turno. Se había impuesto un ambiente carcelario al que cualquiera estaba sujeto. Toda la noche estuvieron llamando por los altoparlantes los nombres de aquellas personas que debían embarcar, no sé si de inmediato, o luego de algún otro escrutinio previo.

Como a las seis de la mañana oí que me llamaban. Nos fueron concentrando en el interior de una pileta o piscina vacía, a la espera de algo. Creo que fuimos separados los hombres de las mujeres, pero no podría asegurarlo. Me sentía afiebrado y estaba mareado como si hubiera bebido alcohol. Antes de bajar a la piscina, nos obligaron a desnudarnos mientras permanecíamos apelotonados allí, y una vez en cueros nos hacían subir nuevamente, y avanzar hasta colocarnos frente a unas mesas a las que estaban sentados varios oficiales que formulaban algunas preguntas y autorizaban a seguir de largo o por el contrario obligaban a volverse a cualquiera.

Aquellas preguntas formuladas a veces por una muchacha de bello rostro, y no siempre con la voz crispada, eran de este tenor: ¿Y tú por qué te vas del país, si aquí no te hemos hecho nada? ¿Te gustan más las pingas de los imperialistas? Chico, ¿tú no crees que hasta para ser maricón hay que tener un poquito de dignidad? ¡Aquí no se persigue a nadie por ser homosexual! ¿No te queda ni un poquito de patriotismo por ahí?

En El Mosquito conocí y traté brevemente a personas como Patricio y Delfín. Este último decía tener quince años, luego me confesó tener solamente trece. No sé de qué manera se las arregló para colarse allí, pero su edad no pareció nunca delatarlo o constituir motivo de rechazo por parte de las autoridades. Decía no tener padres. Ambos habían muerto. El en Angola, ella suicidada.Una tía que se había hecho cargo de Delfín estaba medio loca. Tal vez me vi reflejado en el muchacho. Por un tiempo pensé que se trataba de una alucinación. Todo lo era para mí en aquellos momentos.

Cuando finalmente me autorizaron a partir, perdí de vista al muchacho, y ya no lo volvería a ver sino hasta que coincidimos nuevamente en alguna ocasión, en la base militar de Indiantown Gap, en Pennsylvania. Un oficial nos indicó el muelle y allí nos dirigimos en una fila apretada y silenciosa. El barco ya estaba atestado y nos fuimos haciendo sitio como pudimos, con la ayuda de algún marino preocupado por la distribución del peso a bordo del viejo camaronero.

De las gavias del barco colgaban los hombres como racimos, y los había también sobre el techo del camarote y donde quiera que fuera concebible meterse. Para las pocas mujeres, los enfermos, los viejos y los niños que iban a bordo, se había reservado el área más protegida de la cabina de mandos y el interior del barco. Cuando se autorizó la salida del Coral Reef, nos hicimos a la mar con una carga humana de unas 250 personas. según mis cálculos. Las cifras oficiales indican una cantidad mucho menor. La travesía nos tomó aproximadamente unas diecisiete horas hasta alcanzar Key West, en La Florida.

En Indiantown Gap, Pennsylvania, conocí a Luis y a su mamá. Era un retrasado mental de unos 50 años, y ella una señora que debía pasar de los 70, que habían emigrado porque el gobierno castrista decidió vaciar cárceles y hospitales psiquiatátricos, aprovechando la avalancha desde Mariel hacia Estados Unidos. Luis resultó uno más entre los invitados a irse de Cuba y -generosamente- le ofrecieron a su madre la posibilidad de acompañarlo, ya que ella era su único familiar en Cuba.

Los dos estaban en una situación física y mental tan precaria que quienes hacíamos trabajo voluntario en la Mental Health Clinic improvisada por profesionales cubanos y de otras nacionalidades nos turnábamos en alimentarlos, bañarlos y vestirlos. Otro hijo de la señora, que desde hacía muchos años vivía en Puerto Rico, tras muchas averiguaciones consiguió saber que su madre y su hermano se encontraban en la base. Nunca olvidaré el momento de aquel reencuentro.

Mi reencuentro familiar, sin embargo, tendría lugar más de quince años después, cuando luego de haberme denegado la autorización en varias ocasiones, las autoridades consintieron que volviera de visita al país. La necesidad del Estado cubano de conseguir dólares, y no un acto de compasión, había hecho posible el regreso temporal de la "escoria". En ninguna de mis visitas, mis padres me comentaron lo que sufrieron, luego de mi salida de casa y de Cuba, supe, por amigos y vecinos, que mi familia sufrió varios actos de repudio y mi padre fue amenazado de muerte y soportó el lanzamiento de huevos, tras cubrir con lechada los insultos escritos en la fachada de nuestra casa.

Mi abuela murió seis meses después de mi salida de Cuba, lo supe por una carta de las que consiguió llegar a mis manos. En aquella época de insolente procacidad y desparpajo del régimen castrista, cuando el destino del país parecía garantizado por la protección y el subsidio soviético, las comunicaciones postales o telefónicas desde el mundo libre con la isla, eran poco menos que inexistentes.

Como mis padres no disponían de teléfono, debía solicitar con antelación una llamada previamente convenida con ellos mediante un cablegrama (que podía no llegar a sus manos) al número de alguien de confianza, y entonces, de producirse la conexión el día y a la hora indicados intentar comunicarnos por el exiguo tiempo que nos concedieran las operadoras de uno u otro lado del océano. De más está decir que dichas comunicaciones se interrumpían de repente sin que uno pudiera apelar a nadie, u obtener una explicación medianamente satisfactoria. El tiempo concedido y las circunstancias apenas si daban en ocasiones para intercambiar unos saludos crispados o frases que intentaban expresar los sentimientos recíprocos.

Durante mucho tiempo me sentí culpable de que la muerte de mi abuela hubiera ocurrido poco tiempo después de mi salida. Me culpaba por la precipitación conque había salido de casa, por no haberme despedido de ella debidamente, informándola de lo que me estaba ocurriendo. Debo confesar que me embargaba la infundada esperanza de regresar a mi país en poco tiempo. El régimen colapsaría. La implosión era poco menos que inminente. El colapso moral ya se había producido, y luego vendría el otro. Eran juicios de valores no fundados en realidades más burdas. ¿Quién dice que no vivíamos ya hacía mucho bajo los escombros?

En 1987, fui el primero de los marielitos, según indican los anuarios encargados de recoger y divulgar estos hechos, en recibir un doctorado de una universidad americana. Y ese mismo año comencé a dictar clases en Tulane University, en Nueva Orleans. Desde mi llegada, o más bien después de mi salida del campamento de refugiados en Pennsylvania, había pasado a residir en Philadelphia. En esta ciudad, luego de trabajar en infinidad de cosas el primer año (1980-81) comencé estudios en la Universidad de Pennsylvania y más tarde en la Temple University, de la que me gradué finalmente en el área de estudios latinoamericanos.

En 1981, conocí a quien ha sido desde entonces mi compañero de ir por la vida, y por el regresé a Philadelphia luego de pasar tres años en Luisiana pues la distancia física se nos hacía verdaderamente intolerable. Mi primer libro de relatos en los Estados Unidos, Algo está pasando, no vio la luz hasta 1992 a instancia de amigos buenos y generosos, entre los que puedo mencionar señaladamente a los doctores Matías Montes Huidobro, el reconocido hombre de letras cubano y su esposa la ensayista y profesora Yara González Montes, y la doctora Alicia Aldaya quien fuera mi colega en Nueva Orleans y la prologuista de la primera edición del libro.

Juntamente con mis actividades académicas y mis investigaciones en el campo de la literatura cubana y latinoamericana que podríamos llamar sumergida o postergada, tales como la narrativa de José María Heredia o la autobiografía de la infancia de la poeta camagüeyana Emilia Bernal Agüero. . Como parte de unos y otros intereses, en 2005 participé con mi compañero Kurt O. Findeisen, médico, traductor y músico, en la fundación de Ediciones La gota de agua que, hasta el momento, ha publicado un buen número de títulos.

Dieciséis años después de mi partida regresé a Cuba. Antes de esta fecha los numerosos intentos de mi parte fueron en vano. Luego de ese primer viaje, volví otras veces. He presenciado lo indecible y he sido amenazado, arrestado e intimidado, y han tratado de captarme para servir a los intereses del régimen fuera de Cuba. Por negarme, nunca más puedo volver a mi patria. He sido devuelto a México desde el aeropuerto de Rancho Boyeros cuando viajé para asistir a los funerales de mi padre. Cinco años después de su fallecimiento me permitieron volver. Y una vez más se me acercaron durante mi corta estadía con el propósito de "persuadirme" y colaborar con el régimen.

Básicamente se trataba de comprometer mi integridad, mi libertad e independencia a cambio de prebendas como la publicación y promoción de mis libros dentro y fuera de Cuba (una vez despojados de su espíritu de denuncia o, estridencia en el lenguaje empleado por ellos) y, por supuesto, la facilidad para entrar y salir del país a conveniencia, entre otras promesas.

El mejor elogio que me han hecho en mucho tiempo, y que conservo con aprecio, lo oí de boca de amigos y viejos conocidos durante algunos de mis viajes a la isla. “Tú sí que sigues siendo el mismo”. Por supuesto que no se referían a la apariencia física o al semblante, que no podrían ser los de hace cuarenta años, sino a un modo de conducirme y de pensar en términos generales.

Claro que he cambiado, que las experiencias de toda índole han influido en mí de un modo u otro; que mi vida se ha enriquecido considerablemente en todos los aspectos, gracias a mi salida de Cuba, a pesar de muchos despojos que tal decisión o circunstancia llevaran aparejadas. Pero en lo esencial soy la misma persona. Cuando conseguí poner pie nuevamente en Cuba creyendo que, en cierto modo se trataba de un regreso, me di cuenta de que el país amado había dejado de existir allí donde se suponía radicaba su asiento geográfico. Se trataba de un secuestro, de una deserción inconcebibles.

Los que habíamos sido tildados de traidores y a quienes ahora se llamaba 'traidólares' no sólo proveíamos las tan necesitadas divisas para el régimen de Castro, más importante aún, éramos en más de un sentido los portaestandartes naturales de una forma de ser cubanos no reñida con la libertad personal, y ello me sirvió para reflexionar que por ahí mismo había comenzado la isla a ser patria alguna vez para los cubanos ansiosos de un suelo propio afincado en la dignidad de la persona.

Por eso la experiencia toda del Mariel representa para mí, visto en retrospectiva, la oportunidad única que alguna vez nos fue dada, de retener ese ideal de patria y de dignidad personal, en el que otros compatriotas de la isla, menos dichosos, puedan mirarse y reinventarse algún día, sin obstáculos onerosos ni mermas a la libertad personal.

Rolando Morelli
CiberCuba, 3 de mayo de 2020.
Foto: Embarcación a punto de zarpar en el puerto del Mariel. Tomada de CiberCuba