miércoles, 13 de junio de 2012

La mujer negra cubana: prejuicios a flor de piel (III)


Todas las mulatas y negras que han brillado en la radio, cine, televisión y teatro, lo han hecho venciendo manifestaciones racistas ocultas o explícitas. Baste recordar que todavía hay quienes en la isla piensan que “a la mujer, como a la vaca, hay que buscarla por la raza”. ¡Cuántas de estas artistas no habrán escuchado aquello de que Fulano tiene el alma negra o de que Mengana es negra por fuera, pero blanca por dentro!

En la Cuba del nuevo milenio ha mantenido vigencia otro crudo refrán, con un notorio trasfondo mercantil y discriminatorio: “Los hijos de la negra, el dinero los blanquea”.

Y para que la prole no pase los sinsabores de bisabuelos, abuelos y padres, familias negras y mestizas con determinado desenvolvimiento económico si tienen que pagar una alta suma para que la hija o el hijo ocupe una plaza en la llamada “área dólar” (un hotel, una shoppings, un restaurante o una corporación) sin miramientos lo pagan.

Eso no significa que todos los negros que uno ve tras el mostrador de una tienda de Habaguanex, de lunchero en un Pain de Paris o de cajero en el diplomercado de 5ta. y 42, hayan llegado hasta allí por vía fraudulenta. A propósito, un chiste dice: ¿En qué se diferencia la caja negra de un avión de la caja negra en la tienda de 5ta. y 42? En que la caja del avión registra las causas de un accidente y la negra de la caja en 5ta. y 42 causa faltantes (se refiere a dinero o mercancías “misteriosamente” desaparecidas).

Una de las empresas donde más empleomanía de color se ve es en ETECSA, siglas de la empresa estatal de telecomunicaciones, perteneciente al Ministerio de Comunicaciones y la Informática y donde ya hubo un ministro negro, Silvino Colás, general proveniente de las fuerzas armadas.

Es verdad: después de la llegada al poder de Fidel Castro, en 1959, algunas cosas cambiaron para los negros y en especial para las mujeres de esa raza. Antes, el acceso a puestos valorizados, como telefonistas internacionales, aeromozas y empleadas bancarias, por mencionar sólo tres, estaban prácticamente vedados a las cubanas de oscura piel.

Pero tales conquistas son insuficientes para una población conformada por un 51 por ciento de mestizos, un 11 por ciento de negros, un 37 por ciento de blancos y un 1 por ciento de distintas etnias, principalmente asiáticas, según datos arrojados por el último Censo de Población y Viviendas, efectuado en septiembre de 2002. Tengo, el poema de Nicolás Guillen, sigue siendo una ficción.

En el artículo Y los negros, ¿dónde están?, escrito en julio de 2001, argumentaba: “No es que oficialmente exista discriminación, pero el hecho de que el centro del poder ha estado comandado por una misma élite blanca de procedencia pequeño burguesa -grupo tradicionalmente prejuicioso y prepotente- no ha dado margen para una integración real. Dentro de las filas de la revolución los pocos negros en puestos relevantes, sin excepción, vienen de abajo. Porque antes, como ahora, era muy raro encontrar a una familia acomodada de la raza negra”.

En ese mismo artículo expresaba: “En otros ambientes es innegable: los negros se han impuesto”. Y afirmaba que eran el Uno en los deportes y en la música popular. Pero me faltó añadir que en Cuba hay quienes se complacen en resaltar la veta folclórica, como si el tiempo no hubiera transcurrido desde que el primer cuadro de Landaluze nos inmortalizara en aquellas escenas habaneras.

El cine, la televisión, la literatura y la publicidad no han podido desprenderse, consciente o inconscientemente, del negrito criollo, ni de la jacarandosa negra o la mulata sensual, vecina de un solar, que camina contoneándose, se viste y peina llamativamente, es cómica -recordemos el personaje de Bombón en la telenovela cubana Si me pudieras querer- suele decir “malas palabras” y es devota de una deidad africana, si no santera ella misma.

No es el retrato sustancioso que Jorge Amado hizo de la bahiana, fuera puta o mae de santo, sino la traspolación de un cliché que, en muchos casos, se considera un “gancho” para vender. De ahí que para atraer turistas, si es preciso, se contrata y disfraza a mujeres negras con vestidos y collares de Oshún, Yemayá, Shangó, Obbatalá: tratando de lograr el “folclor”, el resultado es una caricatura.

Hacia fines de los 90, en los Festivales del Nuevo Cine Latinoamericano, anualmente celebrados en La Habana, antes de cada función el ICAIC proyectaba anuncios de las firmas patrocinadoras del evento. En el 2000 ese tipo de merchandising cesó, sin explicaciones. Pero se especuló que el motivo es la renuncia de la dirección de la revolución (en particular de su “máximo líder”) a aceptar ninguna clase de publicidad al estilo capitalista y, mucho menos, en las esferas culturales y deportivas, dos de las vitrinas propagandísticas del “inmaculado” sistema socialista cubano.

La prohibición de esos anuncios coincidió con un comentario de Ana María Radaelli difundido en Juventud Rebelde en diciembre de 1999. La periodista criticaba la relevancia que en dichos comerciales se le daba a modelos blancos, rubios y de ojos claros, y apenas se reflejaba el componente étnico distintivo de los cubanos.

A pesar de las décadas de “victoriosa revolución”, decir mujer, negra y pobre sigue siendo la última carta de la baraja. Sólo el esfuerzo y la voluntad de que se sea capaz, permitirá a esta cubana salir de la marginalidad y desbaratar esquemas -si la edad aún se lo permite, por supuesto.

Si esa mujer, además de negra y pobre, es fea, obesa -o no posee una despampanante figura- y, para rematar, es una cabecita de clavo (escasa de pelo o “pasa”), casi está obligada a convertirse en monja o machetera o hacerse judoca. Pero si encima de todas esas “desgracias” es lesbiana, ¡candela!

A partir de 1993, con la despenalización del dólar, en la sociedad cubana se enraizó un consumismo sui generis (yo lo calificaría de naif), donde es realzado el estereotipo de la belleza alba. Todas las muñecas vendidas en las shoppings, salvo contadas excepciones, son blancas, rubias, trigueñas o pelirrojas, pero blancas. Las de trapo, en contraste, son negras. Las muñecas mulatas suelen simbolizar a Oshún o Yemayá -La Caridad y Regla, vírgenes mestizas del santuario nacional.

Es que... así siempre ha sido. Las penúltimas de la cola. Y, encima, los estereotipos. A negras y mulatas tienen que gustarles los hombres. Tienen que ser femeninas y maternales. Para “hacer tortilla” (ser lesbiana), las blancas. Es el cartelito. Mas ha habido -y hay- negronas, machonas, tortilleronas, con biotipos parecidos a un estibador del puerto o un luchador de sumo. Con desparpajo de ellas dicen: “Zutana es un negrón”.

Es fácil imaginar cuán difícil les ha sido la vida en una sociedad que les exige lo contrario. Y por ello no es raro encontrarlas en las cárceles, con el uniforme de prisioneras o de guardianas. Me han contado de una que con tales características logró imponerse política y socialmente. Maestra de profesión, durante una etapa fue delegada del poder popular. En la actualidad se desempeña en el área dólar. Y tanto en su trabajo como en su comunidad goza de respeto y simpatía.

En el Partido Comunista de Cuba militan muchísimas mujeres mestizas y negras, pero ninguna de ellas ni soñar siquiera con un puesto no ya como el de Condoleezza Rice en Estados Unidos, sino de presidenta del parlamento o miembro del buró político. Y no porque estén menos preparadas que sus compañeros, sino porque son muchas las vallas que primero tienen que saltar y, despues, derribar. En dos ministerios ha habido dos mulatas, Nora Frómeta, en la industria ligera, y Bárbara Castillo, en comercio y gastronomía. Hasta el momento, el cargo de canciller esta reservado a hombres. Lo más blanco posible.

Conscientes de que la tenencia de un carné del partido o de la juventud comunista conlleva, como Elegguá, el don de “abrir caminos”, no se podría criticar a las representantes de la raza negra que, oportunistamente, se hacen “comunistas”. Es una de las tantas metas que una cubana, de cualquier color, debe proponerse si quiere escalar, en el mejor sentido de la palabra. Con todo, la senda de la “confiabilidad” política es más complicada y azarosa que la del sexo. Mas no todas están dispuestas a seguir acrecentando la afrenta de hembras calientes labrada por una sociedad machista y menospreciativa.

Tania Quintero

Foto: La soprano Yoslainy Pérez Derrick, momentos antes de cantar en la Jornada por la Diversidad y la Integración, celebrada en marzo de 2012 en la sede del Comité Ciudadanos por la Integración Racial, radicada en el domicilio de su director, Juan Antonio Madrazo.

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