viernes, 6 de septiembre de 2013

El Jorge Luis Piloto que yo conocí



Lo ví por la tele, el miércoles 14 de octubre de 2009. Está casi igual. Quizás, le sobran algunos kilos, como a mí. Al ver al prestigioso músico y compositor cubanoamericano Jorge Luis Piloto Alsar en un especial que trasmitía el Canal 23 de Miami, dedicado a los 50 años del duro exilio de dos millones de compatriotas desperdigados por medio mundo, de un golpe, volví a mi infancia.

Mientras Piloto hablaba de sus éxitos, me trasladé 35 años atrás, a la abigarrada y pobre calle Romay, número 67, entre Monte y Zequiera. Al barrio del Pilar, en la frontera con Atarés, en el municipio del Cerro.

Y a mi memoria vino el viejo edificio donde fui a vivir tres días después de mi nacimiento, en el Hospital Nacional, con mi madre Tania, mis abuelos Carmen y Quintero, y mi hermana Tamila, un año y quince días más vieja que yo.

Nuestra casa quedaba en el segundo piso. En el primero, Delia la portuguesa, la dueña, había hecho varias divisiones. En el primer cuarto vivían Yolanda y Manolo, matrimonio procedente de una provincia oriental; en el segundo, Delia (el mejor cuarto, con el baño al lado, en el pasado utilizado para citas extramatrimoniales); en el tercero, la familia Piloto-Alsar: Amada, la madre de Jorge Luis, más conocida por Beba, y sus dos hijos, Jorge Luis, el menor, y Juan Carlos, el mayor, que estaba pasando el servicio militar y venía cuando le daban pase. Y en la última habitación, Esther y Leandro, con las dos hijas de ella, Margarita y María Esther.

Eso fue en 1975. Yo tenía 9 años. Jorge, como todos los vecinos le decíamos, era un tipo flaco y muy alto, de cara huesuda, que amaba la música y la guitarra. Lo recuerdo, cómo no, cantando canciones en su humilde cuarto, con una barbacoa (piso de madera) y una escalerita. Las primeras canciones de Silvio Rodríguez las escuché en su voz.

Beba y sus dos hijos venían de Cárdenas, en la provincia de Matanzas, a 140 kilómetros de la capital. A pesar de la diferencia de edades, a Jorge y a mí nos unía una pasión desmedida por el béisbol. Nosotros no teníamos televisor y los primeros juegos que vi por la tele, los vi sentado en un sofá forrado con piel de cordero en el cuarto de Beba y sus hijos.

Me parece estar viendo aquel viejo aparato, quizás de la marca RCA Víctor, color mamoncillo. Siguiendo los partidos en blanco y negro, me hice fan del equipo Industriales, el mismo que adoraba Jorge.

Ya él era un joven veinteañero, pero le gustaba hablar con mi hermana Tamila, un año mayor que yo, y conmigo. Era un gran lector y nos narraba hechos históricos como si fueran cuentos, y los dos lo escuchábamos embobados.

En sus ratos libres, jugaba conmigo a tirar una bola gris de plastilina en un redondel rojo, pintado por Jorge en una desconchada pared de la parte trasera del piso, ocupado por inquilinos humildes. El juego consistía en ver quién acertaba pegar la bola en el centro del redondel.

Un buen día, Jorge, Beba y Juan Carlos se mudaron. En 1979 supe que Jorge había sido premiado en el concurso nacional de música Adolfo Guzmán. Bobby Carcassés fue el encargado de interpretar la canción de Jorge Luis Piloto.

Y llegó el 80. Y con él, los sucesos de la Embajada del Perú y la estampida migratoria por el puerto del Mariel. No sé exactamente cuándo ni cómo Jorge se fue en una embarcación por el Mariel -su madre y su hermano se irían años después.

Prefiero pensar que sigue soñando en azul -el color del equipo Industriales- y aún recuerda los jonrones de Agustín Marquetti y el guante fabuloso de Rodolfo Puente. Y que como cualquier cubano de la diáspora, extraña su infancia en Cárdenas, el mar intenso y único de Varadero; a sus familiares y amigos, a sus primeras novias y las descargas en las estrelladas y calurosas madrugadas habaneras.

Treinta y cinco años después, una tarde brillante y de sol endemoniado, sentado junto a mi hija, desde un televisor Panda chino, veo de nuevo a Jorge, hablando pausado de sus proyectos.

Con 44 años en mis espaldas y pesando 200 libras, la piel se me puso de gallina. Mi hija Melany, entonces con 6 años, al verme los ojos húmedos, con su carita gorda y redonda, me preguntó si me pasaba algo. Le dije: "A ese señor que estás viendo en la tele, lo conocí cuando tenía tu edad".

Su respuesta espabilada me asombró: "Papá, yo también lloraría, las únicas amistades que no se olvidan son las de la infancia". Lleva razón.

Iván García

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