lunes, 18 de enero de 2021

¿Entrará algún día Cuba en la modernidad?



El régimen que bajo el comando de Fidel Castro se instaló en el poder en enero de 1959 e inamovible en el poder permanece, se niega a dialogar con los cubanos que tengan ideas distintas a las anquilosadas de quienes llevan 62 años desgobernando Cuba. No importa si son periodistas independientes, disidentes, artistas, intelectuales, científicos, juristas, defensores de los derechos humanos, protectores de los animales y del medio ambiente, religiosos o de la comunidad LGBTI, entre otros representantes de la amplia y diversa sociedad civil existente en la Isla.

Los viejos y nuevos castristas ningunean, vigilan, acosan, reprimen y están dispuestos a encarcelar a los que piensan diferente.

Las discrepancias hay que dirimirlas entre todos los cubanos, piensen como piensen, civilizadamente. Aunque es complicado hablar con un régimen que, sin aportar pruebas, acusa a una parte de sus ciudadanos de ser "herramientas de los servicios especiales de Estados Unidos". Urge parar ya con las campañas difamatorias en los medios estatales controlados por el departamento ideológico del Partido Comunista, el único permitido, y por el Departamento de Seguridad del Estado del Ministerio del Interior. No seguir incitando a la violencia entre cubanos y de seguir usando el mismo lenguaje que en sus tiempos usó Fidel Castro, llamando 'gusanos', 'escorias', 'antisociales', 'marginales', 'delincuentes', 'mercenarios' y 'agentes de la CIA', a quienes le contradijeran, tuvieran otros puntos de vista o no se plegaran a su política de ordeno y mando.

Ahora, los continuadores del fidelismo, han agregado la palabra 'terrorista'. A ninguno de los actuales artistas, intelectuales y periodistas independientes, ni los más jóvenes ni los más viejos, aspiran a recabar dinero de cubanos exiliados en Estados Unidos y otras naciones para comprar armas y con ellas asaltar un cuartel, desembarcar en las costas cubanas, sublevarse en las montañas, organizar una guerrilla, descarrilar trenes, atacar un palacio presidencial como hizo el Directorio Revolucionario 13 de Marzo. O el Movimiento 26 de Julio, que tenía células terroristas.

Sergio González, alias El Curita, fue el jefe de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio en La Habana. El 8 de noviembre de 1957, El Curita organizó una operación contra la dictadura de Fulgencio Batista denominada La Noche de las Cien Bombas. Según EcuRed, la Wikipedia criolla, "la operación consistió en la colocación de bombas y petardos en lugares estratégicos de la capital cubana que explotaron simultáneamente a las nueve de la noche. La acción se ejecutó sin que resultara herido ningún civil inocente".

En El Movimiento de Resistencia Cívica en La Habana, escrito por Jorge Alberto Serra y publicado en La Jiribilla en agosto de 2007, un párrafo dice: "El sentimiento generalizado de rechazo a Batista y a su régimen dictatorial intensificó cada vez más las actividades entre los miembros de la Resistencia en estrecho vÌnculo con el M-26-7 antes de la anunciada huelga. Se organizaron mítines de protesta en calles, tiendas y recintos religiosos; se distribuyeron volantes llamando a la huelga y a la resistencia al régimen; se reprodujeron boletines y otros documentos; se efectuó el riego de alcayatas con el objetivo de dificultar el tráfico, fundamentalmente en los días festivos en las principales avenidas; se realizaron pequeños sabotajes con fósforo vivo en cines y tiendas elegantes de la ciudad".

Los continuados y furibundos ataques hacia los artistas, intelectuales y periodistas independientes se han convertido en un bumerán.

Los desfasados gobernantes olvidan que estamos en el siglo XXI, en la era de las libertades, del desarrollo sostenible, de la modernidad. Y aunque Cuba está a la zaga en las nuevas tecnologías y son pocos los cubanos conectados a internet en sus hogares, si damos crédito a la Oficina Nacional de Estadísticas e Información, en 2019 en la Isla habían 6.042 600 millones de abonados a la telefonía celular (de ellos, 80 por ciento usaba con frecuencia internet de datos en 3G y LTE). Millones de cubanos residentes en las 15 provincias y el municipio especial Isla de la Juventud, pueden acceder a internet desde sus celulares, hacer fotos y videos y de inmediato informarse de lo que está pasando en su propio país, noticias que en ocasiones los medios estatales ocultan, distorsionan, no reportan o se demoran en reportarlas, algo que no sucedía 25 años atrás, cuando surgió la prensa independiente en Cuba y entonces, como ahora, con la presencia de periodistas provenientes de los principales medios cubanos.

Los papagayos al servicio de un régimen decrépito que sin sonrojarse están haciendo linchamiento verbales y gráficos -algunos, inclusive han sido compañeros de estudios de los linchados- no se dan cuenta, como sí se da cuenta la gente en la calle, que todos ellos nacieron después de 1959, fueron a círculos infantiles donde se suponía sembraban la semilla del Hombre Nuevo, a escuelas donde fueron pioneros con pañoletas azules o rojas y en los matutinos alzaban un brazo y gritaban "Seremos como el Che".

Luis Manuel Otero, la figura más visible del Movimiento San Isidro, conformado por artistas, poetas, músicos e intelectuales independientes y al cual el castrismo intenta humillar y desacreditar, nació en La Habana el 2 de diciembre de 1987, día que los revolucionarios celebraban el 31 aniversario del desembarco del yate Granma. Mulato y pobre, se destacó como atleta escolar, luego se decantó por el arte visual y fue aceptado como miembro de la Asociación Hermanos Saíz, de jóvenes creadores, y de la Asociación Cubana de Artistas y Artesanos, exponía en galerías pertenecientes al Ministerio de Cultura y era entrevistado, entre otros medios estatales, por El Caimán Barbudo, órgano cultural de la Unión de Jóvenes Comunistas. Entonces, Luis Manuel no era 'marginal', 'delincuente' ni 'terrorista'. Una de sus performances con más repercusión ocurrió hace tres años.

El periodista independiente Waldo Fernández Cuenca, el 24 de abril de 2017 lo contaba en Diario de Cuba: "Cientos de curiosos recorrieron deslumbrados los pasillos exteriores de lo que será el Hotel Manzana Kempinski, donde el empresario italiano Giorgio Gucci inauguró su boutique Giorgio G. VIP. Mientras, en las inmediaciones de lo que se perfila como uno de los espacios más lujosos de La Habana, el artista Luis Manuel Otero Alcántara preguntaba ¿Dónde está Mella? Otero se paró en las afueras del hotel como estatua viviente y con fotos de Julio Antonio Mella cubriendo su cabeza. "Había un busto de Mella en el mismo centro" de la Manzana de Gómez, "el cual fue retirado, como es habitual, sin explicación alguna", dijo. "Así ha sucedido con bustos de otras figuras cuando remodelan un lugar, y yo deseaba hacer ver la pérdida progresiva de esas estatuas". La performance duró pocos minutos. Primero la policía le dijo que no podía pararse a la entrada del hotel, luego, cuando bajo la lluvia el artista se fue a la calle, vino la Seguridad del Estado y se lo llevó junto a su pareja, la historiadora de arte Yanelys Núñez". Tuvieron suerte: no los detuvieron, los dejaron en su destartalada vivienda de la calle Damas 955 entre San Isidro y Avenida del Puerto, Habana Vieja, que en esa época albergaba el Museo de la Disidencia y posteriormente sería sede del Movimiento San Isidro.

Lo que Inés Casal Enríquez, madre de Julio Llópiz Casal, artista visual especialista en instalación, fotografía, performance, diseño y la escritura, en una misiva le dijo a Fernando Rojas, viceministro del Ministerio de Cultura, es válido para casi todos los artistas y periodistas independientes nacidos en las década de los 80 y 90, a quienes la Seguridad del Estado, con el apoyo de vocingleros oficiales, con sus burdas manipulaciones, están tratando de desmoralizar y crearles causas judiciales, para justificar detenciones, arrestos domiciliarios, posibles juicios y encarcelamientos. "Mi hijo no es terrorista. Mi hijo no busca desestabilizar al sistema y mucho menos incitar a un levantamiento popular. mi hijo no está manipulado, dirigido, pagado por ningún gobierno extranjero, por ninguna organización, por ningún medio de prensa. Mi hijo no es un delincuente, es un artista cubano que también trabaja por Cuba y para Cuba. Mi hijo dice lo que piensa en cualquier lugar y circunstancia".

Los padres de Llópiz, escribió su madre, entregaron todas sus fuerzas, todas sus energías, todo su conocimiento, todos sus sueños revolucionarios a su país. Ella confesó que fue militante del Partido Comunista durante casi 30 años, y lo fue a conciencia, porque creía en la Revolución, pero hace años se sintió traicionada en sus sueños y dejó de creer en ella. Casi todos los padres, abuelos, hermanos, tíos y parientes cercanos de esos artistas y periodistas independientes creyeron en Fidel Castro y su revolución, algunos fueron militantes, otros combatientes internacionalistas, militares del Ministerio del Interior o de las Fuerzas Armadas o médicos, como los padres del periodista y escritor Carlos Manuel Álvarez.

En vez de dedicar tantos recursos, personal y dinero en uno de los aparatos represivos más poderosos del continente americano, debieran dedicarlo a tratar de mejorarle un poco la vida a una población que en su mayoría depende de las míseras cuotas de alimentos que "papá Estado" le posibilita comprar en la bodega de su barrio por una libreta de racionamiento instaurada por Fidel Castro en marzo de 1962, hace 58 años, todo un récord Guinness. En vez de seguir fomentando el odio y la confrontación, el castrismo debería aprovechar el talento, creatividad y deseos de una generación de artistas, intelectuales y periodistas independientes que lo que desean es que Cuba prospere, su gente no tenga que hacer colas para comprar alimentos, medicinas y artículos de aseo, pueda reparar sus casas, sus hijos o nietos puedan desayunar antes de ir a la escuela y en sus mochilas llevar una buena merienda. Que los obreros, campesinos, ingenieros y otros profesionales puedan aportar ideas e innovaciones para que sus respectivos lugares de trabajo sean rentables y competitivos, y que La Habana, la capital del país, no siga cayéndose a pedazos y familias enteras se queden sin vivienda. Pero sobre todo, que nadie más muera por un derrumbe, como ocurrió el 27 de enero de 2020, cuando María Karla Fuentes, Lisnavy Valdés y Rocío García, de 11 y 12 años, alumnas de sexto grado, fallecieron por la caída de un balcón en la barriada habanera de Jesús María.

Hasta el famoso cantautor Silvio Rodríguez, nada sospechoso de ser 'contrarrevolucionario', dijo en su blog que daba la impresión de que las autoridades cubanas "se agarraron de lo que fuera para suspender el diálogo, quitárselo de arriba", a propósito de que el anodino ministro de Cultura declarara roto el acuerdo de diálogo al que se había llegado el 27 de noviembre, entre las autoridades y los más de 300 artistas e intelectuales que pacíficamente se manifestaron en las afueras del Ministerio de Cultura, durante más de 14 horas para exigir ser escuchados. Un gobierno se debe a sus gobernados, no viceversa. Los gobernantes tienen la obligación de sentarse a dialogar con los que piensan igual o parecido y también con los que piensan distinto. Esos cubanos calumniados en medios estatales, sin derecho a réplica, son tan o mejores cubanos que quienes diseñan y dirigen campañas difamatorias a las cuales prestan sus rostros y nombres, periodistas-portavoces de los gobernantes, no de los ciudadanos.

Con esa posición de fuerza, el régimen castrista está propiciando la violencia, el caos y abriéndole la puerta a un estallido social. Con su empecinada actitud, mandamases y represores evidencian lo alejados de la realidad que están. Tal vez saben de la realidad por las encuestas que hacen el Partido Comunista y el Ministerio del Interior, pero prefieren taparse ojos y oídos y dedicarse a batallas y campañas, lo que le permite desviar la atención de los asuntos prioritarios e incluso justificar el incumplimiento de planes que aliviarían un poco la agobiada existencia de una población que desde que se levanta hasta que se acuesta es pensando qué va a comer al día siguiente. Los dirigentes cubanos jamás se codean con la gente, no caminan por las aceras y calles destruidas, no entran a solares y cuarterías, no saben cómo viven en las miles de chabolas y favelas que se localizan desde oriente hasta occidente. Y aunque todos ellos tienen internet en sus residencias, ni siquiera entran a You Tube y ven la cruda realidad que youtubers de la isla muestran en sus vlogs. Tampoco ven los videos hechos por Palenque Visión o la Televisión Serrana en el olvidado Oriente cubano.

Se creen o imaginan que todavía están en 1959, cuando los cubanos masivamente salieron a las calles a respaldar a aquel barbudo que prometía democracia y libertad de prensa y ya en mayo de 1960 cerró periódicos, revistas y hasta un semanario humorístico. No se percatan, o no quieren percatarse, que cada vez es más alto el porcentaje de cubanos que dejó de creer en la revolución y el socialismo de Fidel Castro y los dirigentes históricos, hoy ancianos que rondan los 90 años. No se percatan, o no quieren percatarse, que los cubanos están hartos de 62 años de discursos, promesas y mentiras, de movilizaciones obligadas para asistir a marchas combatientes, tánganas y mítines de repudio contra vecinos, amigos o familiares, cuyo único 'delito' es no tener las mismas opiniones, pensar con su cabeza, no con la de otros.

Tanto los cubanos de a pie, esos que ya ni café pueden tomar por la mañana, como los que reciben divisas y viven un poco mejor, aman a su patria y no quisieran tener que dejarla por no tener futuro para ellos ni para sus hijos, o por estar continuamente ninguneados, acosados y reprimidos. Quisieran vivir y morir en Cuba, pero sin tener que hacer largas colas para conseguir un trozo de carne de cerdo, arroz, viandas y frijoles, cada vez más escasos y caros. También quisieran comer caliente dos veces al día, tener desodorante, champú, jabón, pasta dental, papel sanitario... No vivir con la zozobra de que un huracán o un aguacero le va a tumbar el techo de su cuarto, asistir a consultas médicas en policlínicos y hospitales limpios y bien equipados, en las farmacias adquirir las medicinas recetadas, montar pequeños negocios con garantías legales y pasar unos días de vacaciones.

Y, por supuesto, cómo no, vivir "en un país libre, cual solamente puede ser libre en esta tierra y en este instante", estrofa de la Pequeña serenata diurna estrenada en 1975 por Silvio Rodríguez, nada sospechoso de ser 'contrarrevolucionario'. Vivir con libertad, democracia, diálogo, tolerancia y respeto a quienes tengan ideas y opiniones diferentes, lo anhelan todos los cubanos, incluidos los periodistas independientes y los artistas del Movimiento San Isidro, así descritos por Carlos Manuel Álvarez en Los artistas del hambre: relatos del desalojo de una protesta en Cuba, publicado el 30 de noviembre en El País: "Son negros, pobres, desplazados, viven en casas precarias rodeadas de hoteles lujosos para turistas de pantorrillas blancas. Son todo lo que la Revolución prometió reivindicar y terminó persiguiendo, cazándolos para ocultarlos. Lo que ellos ponen sobre la mesa, y de ahí la furia con la que buscan borrarlos, no es solo la pelea por la liberación del rapero Denis Solís, sino que abren el abanico de posibilidades para la forma de una república nacional negra, de una nueva cultura largamente pospuesta, lo que articula al movimiento con las narrativas globales de hoy. Solo entonces, a través de ese resquicio beligerante, Cuba estaría entrando en la modernidad".

Tania Quintero

lunes, 11 de enero de 2021

En la televisión nacional nos llaman enemigos de Cuba




En mi vida he salido al menos dos veces en el noticiero de la televisión cubana. La primera vez tenía diez años, le daba la mano a Fidel Castro y era un niño feliz. La segunda vez, hace unos pocos días, fue en varios reportajes donde me calificaban como alguien "abiertamente hostil contra Cuba" es decir, enemigo de mi país. No hay aquí un recorrido inédito.

Es probable que muchas de las personas que alguna vez le dieron la mano a Fidel Castro hayan sido luego tildados de “traidores a la patria”, juzgados por ello, borrados de fotos y cortados de cintas cinematográficas. Ese hombre, que no admitía el disenso, era un pasaporte directo hacia la muerte civil de quienes no coincidían con él.

El 24 de noviembre volé a Cuba desde Nueva York vía Miami y fui a reportear en la sede del Movimiento San Isidro, grupo de activismo radicado en La Habana Vieja, donde varios artistas contestatarios y ciudadanos rechazados por el Estado habían comenzado una protesta pacífica por el encarcelamiento arbitrario del rapero Denis Solis, miembro de la organización. La protesta había derivado luego en una huelga de hambre y sed de algunos de sus integrantes, que tenía en vilo a la opinión pública y preocupado al poder político.

Poco después de mi entrada al lugar, usando como pretexto evitar la propagación del Covid-19, la policía política sofocó con violencia la protesta la noche del 26 de noviembre, justo unas horas después del cuarto aniversario de la muerte de Castro, como para demostrar que su legado de represión sigue vivo. (Al igual que en otros países, incluso en algunos menos autoritarios que Cuba, la pandemia se ha convertido en una excusa eficiente para el aumento de la vigilancia y control de la población). Quienes estábamos ahí fuimos detenidos y luego liberados, pero todavía tenemos patrullas estacionadas frente a nuestras casas para restringir nuestra movilidad.

El incidente provocó mi regreso triunfal a la televisión. Vi mi imagen recortada, editada, mientras una voz engolada me movía como una marioneta por el retablo de la propaganda. “¡Qué raro!”, pensé. El dolor se convertía en desconcierto. Si salía yo hablando, lo hacía en off. La gente podía ver mi cara, que era ahí una máscara villana, pero no podían escuchar mis palabras ni tampoco la manera en que las pronuncio, el seseo contínuo, cómo atropello lo que digo o me demoro unos segundos intentando encontrar una idea que nunca es la que es. Esos pequeños defectos que me convierten en una persona habían desaparecido.

Lázaro M. Alonso, un compañero de curso en la universidad, fue presentador de uno de los programas  en los que enjuiciaron mediáticamente al Movimiento San Isidro y a mí. Tampoco creo ser más víctima que él. Este tipo de traiciones son consustanciales a las culturas totalitarias. La tarea de mentir a conciencia es quizá el papel más desagradable de representar en el teatro ideológico cubano. Pero mantener a toda costa la puesta en escena del silencio de los cubanos en plena crisis política y económica, es un lujo que el régimen ya no se puede dar. Solo las nuevas tiendas en dólares no están desabastecidas y los cubanos deben pagar en una moneda que únicamente pueden conseguir a través de remesas y no de su salario. El descontento social es palpable.

Verme difamado en televisión hizo que pensara en mi familia. Esa conexión afectiva fue lo único que disipó hasta cierto punto el profundo sentido de extrañamiento. Como todos los cubanos, una vez fui pionero, alumno ejemplar de la patria, y en el barrio muchos me miraban orgullosos porque Castro me había saludado. Ahora el régimen, como director de la puesta en escena nacional, me asignaba el rol de enemigo de Cuba.

Cuando vaya de visita a Cárdenas, mi pueblo, quizá algunos me miren como se mira a un sujeto peligroso o apestado. Tal vez también deba padecer ese tipo de saludo triste que algunos usan para demostrar que no sucede nada conmigo, que me saludan no porque me quieren saludar, sino para convencerse de que no temen saludarme. Para no confundirme, para que el “pionero” y el “enemigo del pueblo” no se peleen, vuelvo al viejo tema Nubes, de Carlos Varela, uno de nuestros músicos de protesta, que dice: “¿Y ahora por qué rezas en tu viejo altar? No bajes la cabeza, y no mires atrás”.

He recibido en estos días muchas muestras de afecto hasta de gente que ya no recordaba conocer, o mensajes bienintencionados que me hablan de cosas que no entiendo —valentía, ejemplo, también de patetismo y ridiculez—, pero me gustaría creer que he digerido el episodio de la disolución de la huelga y mi detención de manera pausada, hasta donde tal cosa sea posible, porque luego de mi detención y salida vino un interrogatorio de casi tres horas con la Seguridad del Estado. Me amenazaron y acusaron de recibir órdenes de un gobierno extranjero, queriendo encontrar las señas de una conspiración internacional donde solo hay reclamo popular.

Tengo 30 años y soy un tipo permanentemente molesto. De algún modo, vivo así, como si cada día me lincharan en la televisión. En ese sentido, lo que ocurrió en la emisión del noticiero que nos dedicaron al Movimiento San Isidro y a mí no fue más que un trámite. Por una razón u otra, no es algo personal. Todo el mundo en este país vive con una piedra metida en el zapato o como si llevara unos lentes sucios, mal graduados.

El enojo es el sentimiento generalizado entre los cubanos, la incomodidad constante, incorporada; más que el miedo, el hartazgo o el entusiasmo ciego y doctrinario. Por las calles del comunismo caminamos como quien se pone tacones para atravesar un suelo de adoquín. Hacemos malabares para no caernos, simulando normalidad, hasta que algunos, desesperados por el contorsionismo, se doblan el tobillo. Protestar luego por ese esguince sin cura es lo que hace que te llamen enemigo del pueblo.

Lo que el Movimiento San Isidro expresa entonces, como una articulación dolida, es el reclamo de un país lesionado. La resistencia de este grupo, liderado por el artista Luis Manuel Otero Alcántara, dura ya varios años, y no los consiguen acallar. La represión que soportaron ahora no parece tampoco haber sido en vano. Al día siguiente, en un gesto inédito, centenares de jóvenes y artistas se reunieron en las afueras del Ministerio de Cultura para pedir el reconocimiento pleno de los espacios culturales independientes y el cese de la censura ideológica en el arte.

Después de horas de espera, se efectuó la reunión con los funcionarios. Treinta artistas elegidos de manera democrática presentaron las demandas de la comunidad allí reunida. Lo que ha acontecido luego era previsible: el incumplimiento por parte del poder político de los puntos principales de un acuerdo meramente verbal. El acoso, el descrédito en la prensa y el lenguaje beligerante de los máximos representantes del régimen ha arreciado en redes como Twitter, y algunas de las figuras principales presentes en la reunión, como la artista Tania Bruguera han sido detenidas.

El régimen militar cubano no parece ya tan infranqueable. Aunque a corto plazo no hay que esperar nada del gobierno —de momento, se han negado a continuar con el diálogo—, hay señales valiosas que no se deben ignorar: el hecho de que muchos jóvenes habaneros se hayan convertido en ciudadanos por unas horas y que un ministerio recibiera a artistas que durante años se ha encargado de desprestigiar.

Son pasos que, si bien pequeños, deberían conducir a una conversación nacional. No con ningún actor secundario y escurridizo, como un ministro. Hay que exigir una reunión con el presidente Miguel Díaz-Canel. Mis minutos en la televisión pasan, pero algo tiene que quedarnos de esta lucha.

Carlos Manuel Álvarez
The New York Times en Español, 7 de diciembre de 2020.

lunes, 4 de enero de 2021

Comerse uno mismo



Lo que los cubanos buscan en la comida al final no es comida. Las largas colas para comprar un pedazo de pollo o unos files de huevos no son al final las largas colas para comprar un pedazo de pollo o unos files de huevos. La razón por la que las colas nunca terminan no es porque escasee precisamente el alimento o el producto que ese día milagrosamente ha aparecido y todos salen en desbandada a comprar. Lo que escasea es otra cosa, cifrada, que la gente intuye.

La gente toma su pedazo de pollo y sus filas de huevos después de horas de trabajo en el trapiche de la nada y miran extrañados aquello que el vendedor, desfallecido y cansado, les ha puesto en sus manos desfallecidas y cansadas, y la gente se dice a sí misma: «Esto es lo que estaban vendiendo, pero esto no es lo que yo vine a comprar, aun cuando me haya convencido de que esto es lo que vine a comprar». Luego la gente llega a su casa y administra el pedazo de pollo y los files de huevo. Van comiendo siempre un poco, hasta donde alcance, apaciguando al animal del hambre, volviéndolo dócil, pero sin poder matarlo nunca. La gente come para anestesiar algo que no pueden curar. La comida en Cuba es como un medicamento que no sana, sino que alivia por un rato. Es justo que paguemos ese precio, pues ¿por qué habría que pedirle al animal del hambre que se tranquilice con comida?, si sabemos que eso nunca va a suceder.

Una vez más hay que a salir a la calle, a comprar aquello que nos hemos convencido que salimos a comprar, hasta que el vendedor desfallecido y cansado nos pone el producto en nuestras manos desfallecidas y cansadas y nos damos cuenta por enésima vez de que lo que estaban vendiendo no era precisamente lo que habíamos ido a comprar. Hay gente que se ha pasado la vida entera, día a día, dándose cuenta de esto. Pero ese darse cuenta hay que entenderlo como una noción entre brumas, algo que se sospecha, que no logra dibujarse aún del todo y que siempre se mantiene en estado de duermevela, entre derretido y fugaz. Mejor así, decimos, antes de que la bestia del hambre nos lance el zarpazo final.

La bestia del hambre ruge en casa y hay que inyectarle el calmante de la comida. Incluso, si se aguza el oído, puede escucharse a lo largo de Cuba el rugido sordo de todas las bestias del hambre sincronizadas, cantando al unísono su melodía de mínimo espanto, secuestradas en las jaulas de los cuerpos desfallecidos y cansados. Desgracia imperceptible, evidencia íntima. Cuerpos, además, de los que el hambre tampoco quiere escapar. Su secuestro es también una estancia voluntaria, porque esas hambres fueron incubadas ahí, crecieron ahí, no quieren ni sabrían irse ya a otro lugar. Conocen esas anatomías tal como los héroes conocen a sus patrias y los dictadores a sus pueblos. Han moldeado la figura de esos cuerpos tal como los héroes moldean las figuras de sus patrias y los dictadores las figuras de sus pueblos.

En Un artista del hambre, el cuento de Kafka que quizá me haya perturbado por más tiempo después de su lectura, el ayunador agoniza dentro de su jaula circense y le dice a todos que lo perdonen, pero solo lo escucha el inspector, pegado a la reja (¿quién, si no el inspector, va a escuchar?). «Sin dudas», dice, «todos te perdonamos». El ayunador había deseado toda la vida que lo admiraran por su resistencia para no probar bocado, y cuando el inspector le responde que, en efecto, lo han admirado, el ayunador contesta que no debieron hacerlo, porque ayunar le era forzoso, no podía evitarlo. ¿Y eso por qué? Pues porque nunca pudo encontrar comida que le gustara. «Si la hubiera encontrado, puedes creerlo, no habría hecho ningún cumplido y me habría hartado como tú y como todos», fueron las últimas palabras del ayunador.

Los huelguistas de San Isidro son un poco el ayunador. Han buscado por toda Cuba una comida que les gustara, han querido hartarse como los demás, pero no han podido encontrarla en ningún lugar. Y he ahí que, como la libertad sólo se encontraba en ellos, empezaran a comerse a sí mismos.

Carlos Manuel Álvarez
El Estornudo, 3 de diciembre de 2020.

lunes, 21 de diciembre de 2020

Felicidades por Navidad y Año Nuevo

Con estas canciones navideñas de Andrea Bocelli, deseamos que a pesar de la maldita pandemia, puedan pasar unos días felices de Navidad y Año Nuevo en unión de sus seres más allegados.

Sin olvidar que no se sabe hasta cuándo hay que seguir tomando precauciones para no contagiarse con el coronavirus: lavándose a menudo las manos, cubriéndose la boca si tose, usando mascarillas y guardando distancia entre unos y otros.

Desde Suiza y México les saludan, 
Tania Quintero y Marco A. Pérez López.

lunes, 14 de diciembre de 2020

La croqueta soberana



Fábrica de croqueta en Cuba.

Hace unos días, apareció un resumen de la comparecencia del Ministro de la Industria Alimentaria en la Mesa Redonda, programa que de lunes a viernes transmite la televisión cubana. Para los que ya tenemos nietos, la información del ministro, pudo provocar un flashback a otros tiempos: los de la "pizza napolitana" y la croqueta de "carne", alimentos que emergían por toda la capital, salvándole la vida a más de un habanero.

La croqueta fue aún más socorrida, a pesar de que el caminante casi podía morir de asfixia al taponarse el cielo de la boca. Era la época de los Marinit, Fruticuba, Coppelita, después los frozen y otras ofertas gastronómicas, los cuales languidecieron a finales de los 60 y regresaron en los 80 para volver a desaparecer para siempre en pleno siglo XXI.

La pizza y la croqueta, sin embargo, han sobrevivido. La pizza pudo capear el temporal del llamado Período Especial con quesos de leches insospechadas, y salsas de remolacha mezcladas con puré de tomate rancio. Los más listos derritieron condones encima. Pero es la croqueta el alimento insignia, si cabe el término, de la culinaria revolucionaria.

La croqueta soberana o la soberana croqueta tiene la virtud de ser esa masa intangible e indescifrable, casi exotérica, capaz de aceptar cualquier elemento de la naturaleza siempre que la sazón y la sal le den categoría de comestible.

Lo mejor escrito sobre la croqueta cubensis fue obra de Héctor Zumbado, hará ahora unos cuarenta años. Ni siquiera ese maestro del humor inteligente podía prever que la croqueta sobreviviría al agudo ensayo tragicómico cuatro lustros después. Menos todavía hubiera imaginado el autor de Riflexiones a un ministro hablando de la croqueta como parte de la "soberanía alimentaria y cultura nutricional".

El rollizo funcionario, encargado de alimentar a más de diez millones de personas en Cuba, lo expresó muy serio, sin asomo de broma: la sobreproducción de croquetas respecto al año anterior es un logro en la estrategia de lograr la independencia en la alimentación del pueblo.

La infinidad de chistes y motes sobre la croqueta es interminable. Repetirlos es empanizar cuartillas. Lo cierto es que la croqueta criolla asoma su mofada masa cada vez que aprieta el hambre en la Isla. Nitza Villapol diría que se debe a su fácil elaboración e ingredientes: enseñó en televisión que era lo mismo hacerla con chícharos que, en época prerrevolucionaria, de jamón ibérico.

Ahora el ministro no muestra la proporción de carnes y otros elementos en la neocroqueta del Período Especial II. Solo explica que unas provienen de las industrias cárnicas -sin decir la porción de carnes, pezuñas y crestas usadas en la masa- y que la croqueta de la pesca (¿agua dulce o salada?) la dobla en cantidad. Lo curioso y doloroso a la vez no es la croqueta en sí y para sí, filosóficamente hablando, sino el lenguaje futurista usado por los funcionarios castristas como si los productos ya estuvieran en la mesa. Lenguaje, por cierto, que está más cerca más de lo teológico, del quiera Dios, que, de lo real, del aquí y el ahora.

Aunque ha sido una regularidad en el discurso prometedor del régimen, no deja de ser preocupante que se siga hablando de lo que será, y no de lo que es, hambre, excepto por la producción excedida de neocroquetas. Así, tenemos frases como "se trabaja en esto", "se prevé tal cosa", "se desarrolla este proyecto", "en cartera tenemos tal negocio", "se incrementará la producción de…".

La generosa y vilipendiada croqueta también se fue al exilio. Es raro el timbiriche de Miami sin varios tipos de croquetas. No hay fiesta cumpleañera ni convite de amigos en la Pequeña Habana sin croqueticas, pancitos con pasta y pastelitos de guayaba. Donde quiera que habite un cubano, la croqueta seguirá estando entre sus manjares más preciados. Eso nos dice que la croqueta, un invento francés que quiere decir crujiente, no es un asunto de soberanía alimentaria, sino de soberanía individual y cultural.

No puede haber independencia en la alimentación de un país si las personas no tienen libertad para producir, vender y consumir por su cuenta. Es el hombre y no el partido comunista, un ministro o el director de una empresa, quien hace posible la autonomía alimentaria y no al revés.

No ha existido una sociedad en la historia que haya logrado alimentar bien a todos los ciudadanos administrando desde una oficina lo que tienen que comer y cuándo. Eso es una locura, una maldad, una violación al derecho humano de elegir cómo y de qué alimentarse aun cuando no se tenga con qué. Eso es válido, incluso, para aquellos países desarrollados con bolsones de miseria, y líderes populistas que escogen alimentos de fácil elaboración y productos de dudosa procedencia para llenar estómagos agradecidos y acallar bocas insubordinadas.

Como diría el refrán, en todas partes se cuecen croquetas; solo que en unos lugares se consumen por placer, y en otros, por dura necesidad.

Francisco Almagro
Diario de Cuba, 20 de septiembre de 2020.
Foto: Elaborando croquetas de "averigua" en una fábrica cubana. Tomada de Diario de Cuba.

lunes, 7 de diciembre de 2020

Pa' los cubanos, bazofia, pa' los dirigentes, exquisiteces

A falta de pan, casabe. O lo que sea. Es urgente elaborar comida para la población. Inventiva, compañeros. Rescatar las viejas recetas gastronómicas del período especial que mitigaron el déficit de alimentos. Aprovechar nuestras reservas (¿?), hacer más con menos. Recuerden que la producción de alimentos es más importante que los cañones.

No es el monólogo de un tarado. Son las notas tomadas al vuelo por el administrador de una pizzería estatal al sur de La Habana durante una reunión de ‘los factores’ en la sede del partido comunista municipal. La narrativa del régimen cubano es desquiciante. Redundante. Peripatética. Soliloquios cargados de jergas, citas de Fidel Castro y repetición de viejos conceptos y consignas.

Llamémosle Richard. Un joven administrador que cuando ocupó el cargo, su proyecto era competir con las mejores pizzerías privadas. Reunió a los desanimados trabajadores, más acostumbrados a robar que a producir, y les pintó un panorama prometedor. Había leído un puñado de libros sobre el cooperativismo en Europa y best sellers al estilo de Made in Japan de Akio Morita y Autobiografía de un triunfador de Lee Iaccoca.

Richard todavía cree en la empresa socialista. “Si le dan los medios de producción a los trabajadores y el Estado deja ser el dueño que gana la plusvalía, se puede competir con el sector privado. Lo que se necesita es sentido de pertenencia. Que los obreros sientan que son los dueños”. Cuenta que tenían garantizada la materia prima y los insumos. "Al tener menores costos, los precios de venta eran más bajos, menores los impuestos a pagar y las minuciosas inspecciones más flexibles. Si nos los proponíamos, podíamos competir en calidad con las pizzerías privadas".

Pero una cosa es la teoría y otra la práctica. El presidente Miguel Díaz-Canel, designado por el dictador Raúl Castro, repite como un papagayo que su intención es que el sector estatal y el privado compitan en igualdad de condiciones.

Richard es un cuadro (dirigente) formado en ese relato. En la realidad diaria, las cosas fueron diferentes. A diferencia de los particulares, recibían a menor precio la materia prima, pero el plan de ventas era muy elevado y parte del dinero que ganaban se desviaba en pagos para funcionarios de comercio interior que le garantizan los insumos o al bolsillo de los quisquillosos inspectores para que no cerraran la pizzería por insalubridad.

“Todo es un cuento. Si se permitiera formar una auténtica cooperativa, los salarios fueran de cuatro mil o cinco mil pesos. Y excelente la calidad gastronómica. Pero es ese lado corrupto del Estado el que te obliga a pagar dinero de las utilidades para el director de comercio del municipio, al jefe de inspectores, al director de los almacenes, sin contar que los ‘factores’ del partido pasan por aquí para que se les garanticen alimentos en actividades recreativas y reuniones de balance. Y no pagan un centavo. Esos factores, entre otros, son los que impiden que los trabajadores no sean los verdaderos dueños de los comercios estatales”, reconoce Richard.

Convencido que con la metodología del estrafalario socialismo cubano es muy complicado prosperar, la pizzería volvió al pasado. Un antro de empleados más que a trabajar, van a robar queso, puré de tomate y harina. O cualquier cosa. Comenzaron a perderse los herrajes del baño recién reparado y las piezas de los splits instalados en el salón. Con la llegada de la ‘situación coyuntural' de Díaz-Canel, en septiembre del año pasado, Richard recibió instrucciones de implementar un nuevo menú sin dejar de ofertar ‘alimentos al pueblo’.

Hace quince días, en una reunión con todos los administradores municipales, los directivos de la empresa dictaron nuevos ucases. Richard, muestra los apuntes que escribió en su agenda: Vender pizzas con queso saborizado o con otros ingredientes rescatados de la etapa del período especial. Que puede ser yuca, boniato o picadillo de soya. De lo que se te ocurra hacerlas. Pero tienes que seguir reportando dinero a la empresa.

"Es un absurdo total", dice y explica que el menú 'coyuntural' está compuesto por sucedáneos para engañar el estómago de la gente. Ahora la pizzería oferta cajitas de arroz salteado con tripas y miragurt, una bebida saborizada, hecha a base de suero de leche vacuna, maicena y azúcar, catalogada como un alimento probiótico. También están vendiendo pay (pie) con cáscaras de melón. Próximamente van a elaborar los pays con cáscara de plátano.

Si algo distingue a la gastronomía estatal socialista es su pésima calidad. Díaz-Canel intenta revertir el panorama dando cansones teques (charlas) sobre la cultura del detalle. Pero cae en saco roto. Eulalia, nutricionista, considera que las pobres cosechas, baja producción de cárnicos y capturas pesqueras irrelevantes son las causas de la dieta alimentaria implementada por el Estado sea de muy baja calidad nutricional.

Repasemos la gastronomía cubana en tiempos de crisis: picadillo de soya, masa cárnica, pasta de oca, fricandel, perro (salchicha) sin tripa, cerelac, café mezclado con chícharos, croquetas y hamburguesas elaboradas con ingredientes desconocidos, 'productos lácteos sin leche' y numerosos inventos culinarios para paliar el hambre.

René, sentado bajo una ceiba en un parque de La Víbora, espera que un desvencijado camión de fabricación rumana, descargue huesos de cerdo en una carnicería. “Mira ya la cola. Cuando abra, tu verás la matazón que se forma. Y es para comprar huesos, que debieran regalarlos y no venderlos. A mí lo que me molesta, es que el gobierno siempre se la pasa ensalzando la mierda que nos vende como si fueran alimentos de primera calidad. Ya sea la mortadella especial, el picadillo extendido o el pan con harina de boniato. Si son productos de tanta calidad, porque no lo venden en las tiendas por dólares o se lo comen ellos y le dan al pueblo el queso, la carne de res y el jamón ibérico que venden en esas tiendas. ¿Por qué no lo hacen?", se pregunta y él mismo responde: "Porque no son tontos”.

Un ex oficial del Ministerio del Interior dijo a Diario Las Américas que mientras los cubanos de a pie tienen que “comer cualquier bazofia, cazar gatos y hacer sopa con palomas, los generales y altos funcionarios del gobierno almuerzan a la carta, cenan en casas de visitas y reciben mensualmente cestas de comida con mariscos, carne de res, embutidos españoles, vino, cerveza, ron y whisky. Casi todos están gordos y barrigones. A ellos no les afecta que en Las Tunas se hayan muerto de hambre siete mil vacas por falta de pienso y agua”.

En su programa del martes 2 de junio de 2020, Juan Juan Almeida comentó que el general Raúl Castro es un anciano débil de estómago y como para Castro los alimentos producidos en Cuba no tienen suficiente calidad, muchos no reúnen las condiciones adecuadas de refrigeración o llevan tiempo mal almacenados, por la cuarentena impuesta en Cuba por el Covid-19, semanalmente un avión vuela a Panamá a hacerle compras a él y a su familia. Entre los productos encargados se encuentran salmón silvestre de Alaska, huevos orgánicos, lentejas, caldo de hueso, carne japonesa de res de Kobe, aceite, mantequilla, queso de burro, cereales Kellogg's, nueces, jugo de melocotón y kiwis naturales.

El socialismo marxista en Cuba es muy sui géneris. En teoría está basado en la igualdad. Pero en la práctica, unos son más iguales que otros.

Iván García


lunes, 30 de noviembre de 2020

Ministro de Liquidación

 


El Ministro de Economía y Planificación de Cuba, Alejandro Gil, es hermano de Vicky, María Victoria Gil, quien durante dos décadas presentó el programa De La Gran Escena en la televisión cubana. Este dato biográfico no explica, sin embargo, por qué Miguel Díaz-Canel lo escogió para dirigir la economía cubana en los meses finales antes de la clausura definitiva del país y el traslado de los últimos remanentes de su población a otros territorios.

La contribución de Vicky, del director de De La Gran Escena, José Ramón Artigas, y de su perenne escritor, Orlando Quiroga, a la educación sentimental de varias generaciones de jóvenes homosexuales cubanos, es incalculable, podría decirse que De La Gran Escena, junto con el seminario de San Carlos y San Ambrosio, los videos de Madonna que ponían en Contacto, y la mera existencia de César Évora, fue uno de los factores más importantes que explican la supervivencia de la comunidad gay de Cuba en los oscuros años que median entre la llegada del SIDA a la isla y el estreno de Fresa y Chocolate.

Algún día se pondrá una placa de homenaje al equipo de De La Gran Escena en el corazón del barrio gay de La Habana, la franja de ruinas y escombros entre Prado y Galiano que incluye sitios sagrados como la casa de Lezama Lima, los restos del Teatro Musical, antiguo Alhambra, el lugar donde fue velado Alberto Yarini en Galiano entre Ánimas y Lagunas, y el parque Fe del Valle. Pero Díaz-Canel no designó ministro al hermano de Vicky Gil como homenaje a su programa. Si el presidente de Cuba quería tener un gesto hacia los admiradores de Barbra Streisand y Freddy Mercury en la isla, lo único que tenía que hacer era impedir que sus genízaros cargaran contra la pequeña e inofensiva marcha gay en La Habana en mayo de 2019. Pero no hay quien entienda a Díaz-Canel, un día va a un concierto de Laura Pausini, divino él, y otros días, la mayoría, se comporta como un sargento de las UMAP.

En realidad, no se sabe por qué Díaz-Canel nombró a Gil ministro. Quizás porque Gil fue el único de los candidatos sometidos a consideración que no tuvo tiempo de buscarse un certificado médico para evitar ser escogido. Se sabe muy poco de él, de su pedigrí académico, de su experiencia administrativa, de su filosofía. Cuando Díaz-Canel anunció su promoción a ministro en la sesión de la Asamblea Nacional del 21 de julio de 2018, no dedicó ni un segundo a explicar la razón. Aquel día, los ministros de Cuba fueron presentados a la Asamblea como si fueran los peloteros del equipo nacional escogido para participar en el torneo de Haarlem.

"Solicito que se pongan de pie en la medida en que los mencione", dijo Díaz-Canel, y uno por uno los ministros se levantaron de sus escaños al oír su nombre, aupados por los aplausos brezhnevianos de la Asamblea. Ramiro Valdés, el primero en ser llamado, escrutó a los diputados desde su escaño en la presidencia, haciendo una lista mental de los que estaban aplaudiendo con menos entusiasmo. Ricardo Cabrisas, nombrado viceprimer ministro, parecía sumamente contrariado, como si lo hubieran obligado a posponer nuevamente su jubilación, que solicitó por primera vez cuando todavía existía el CAME. Ulises Rosales del Toro no parecía saber dónde estaba, se cuadró como si esperara que Fidel apareciera por un lateral del escenario a pasar revista.

Cuando Díaz-Canel terminó de leer su lista, y todos los ministros quedaron de pie, la Asamblea pudo ver algo insólito, una colección de mediocridades comparable sólo al equipo de béisbol cubano que una semana antes de aquella sesión en el Palacio de las Convenciones se las había ingeniado para perder 5 a 4 en el torneo de Haarlem con Alemania, los teutones del diamante.

No es que los gobiernos de Fidel o Raúl Castro se hayan distinguido por su altura intelectual o política, basta recordar que Guillermo García fue ministro de Transporte, el 'Gallego' Fernández de Educación, Ulises Rosales del Azúcar y Felipe Pérez Roque de Exteriores, pero el de Díaz-Canel es el peor gabinete, el menos calificado, el menos competente, en la historia de Cuba. El propio Díaz-Canel debe haber advertido qué pobrecitos eran los currículos de la mayoría de aquellos ministros, y prefirió no leerlos. "Ustedes recibieron la síntesis de las compañeras y compañeros mencionados", le dijo a la Asamblea, "lo que les ha permitido apreciar que todos poseen una amplia trayectoria y experiencia como cuadros".

La Asamblea asintió, y hubiera asentido con igual sinceridad si en vez de Alejandro Gil hubiera sido su hermana la escogida para Ministra de Economía y Planificación. La economía nacional no se habría afectado con el cambio de hermanos, pero al menos el Consejo de Ministros hubiera tenido una mujer más. Sólo ocho, el 23% de los 34 ministros anunciados por Díaz-Canel, eran mujeres, una proporción ligeramente inferior a la del consejo de ministros del mariscal El-Sisi en Egipto, que también tiene ocho mujeres, pero menos carteras.

Solo nueve de los ministros presentados por Díaz-Canel eran negros y mestizos, el 26%, aunque no está claro por qué el resto de los ministros, los que no marcaron "negro" o "mestizo" en la planilla, se creen que son blancos. A primera vista, lo más notable del gobierno presentado por Díaz-Canel en el verano del 2018, además de estar formado por una amplia mayoría de hombres supuestamente blancos, era que nadie tenía la menor idea de dónde habían salido la mayoría de ellos.

Las biografías oficiales de los ministros, que la Asamblea pudo leer, no fueron publicadas en Granma, y los periodistas que trataron de averiguar algo sobre Gil sólo pudieron encontrar algunos pocos datos. Su hermana salió a defenderlo en Facebook, dijo que era un hombre "brillante, sencillo, dedicado, estudioso, inteligente y sacrificado", y reveló que había "cambiado su vida de privilegios en Inglaterra como gerente de la compañía mixta Seguros Caudal para regresar a Cuba a trabajar de sol a sol sin prebendas ni comodidades".

Con eso de los "privilegios", Vicky probablemente no quiso decir que su hermano tenía una mansión en Belgravia y una mesa reservada todas las noches en Le Gavroche, un palco en Covent Garden y una amante rusa, ex modelo y letal agente del FSB, con la que se encontraba todos los martes en una suite del Mandarin Oriental en Hyde Park, sino solo, probablemente, que podía acceder a los lujos de los que disfruta la clase obrera británica, pero que a los cubanos les pueden parecer tan fantásticos como los tesoros de Alí Babá, picadillo de Tesco, pulovitos de H&M, internet, paracetamol, agua corriente, el metro...

Al parecer, Gil, ingeniero en Explotación del Transporte, fue Gerente de Cargas de Intermar S.A., una "agencia internacional de inspección y ajuste de averías y otros servicios conexos", que forma parte, en efecto, del grupo Caudal, una entelequia que, en la oscura terminología económica cubana, funciona como una "organización superior de dirección empresarial", una OSDE, un invento de Raúl Castro para tratar de darle más autonomía a las empresas de la isla y hacer que la toma de decisiones sea menos lenta y torpe. La introducción de las OSDE ha tenido resultados asombrosos, como cualquiera puede observar en Cuba, y Caudal S.A., en particular, recibió en 2019 el título de Colectivo Distinguido Nacional en una emocionante ceremonia celebrada en el Museo de la Clandestinidad, después de la cual hubo un motivito.

Un colega de Gil en Intermar recuerda "la profundidad de su razonamiento y la claridad de su discurso, carente de retórica y altamente profesional". De acuerdo con ese colega, Gil "todos los días hacía honor a su reputación de jefe inteligente y afable… todos lo queríamos". Pero, también observó ese testigo, la "subordinación" de Gil "al mando superior" era "total y completa, sin disidencias". Esa doble combinación, cierta competencia técnica y obstinada docilidad política, parecen haber impulsado la carrera de Gil en el Ministerio de Finanzas, donde escaló posiciones hasta llegar a viceministro primero. Cambió de ministerios, de Finanzas y Precios a Economía y Planificación en el 2017. Un año después era ministro y responsable de completar la liquidación del país y la venta de sus últimos bienes en el mercado mundial antes de la llegada de los nuevos habitantes de la isla.

Gil no es siquiera miembro del Comité Central, una señal de lo rápido que ha sido su ascenso. En el último congreso del Partido, en 2016, Marino Murillo era todavía Ministro de Economía y vicepresidente del Consejo de Ministros, y a él sí lo incluyeron en el Comité Central. Ahora Murillo, a quien se le ve en público cada vez menos, es todavía jefe de algo llamado "Comisión Permanente de Implementación y Desarrollo" de los célebres "Lineamientos" de la Política Económica y Social del Partido, una posición desde la que inevitablemente ascenderá, quizás después del retiro o la muerte de Raúl, al puesto de profesor auxiliar de Economía Política del Socialismo en la Universidad de Granma, en Bayamo. Si es listo, y logra que nadie lo culpe personalmente de la hambruna que diezmará a la población cubana a inicios del 2021, dejando algunas provincias completamente deshabitadas, Gil será arrastrado al Comité Central en el próximo congreso, a menos que consiga por fin ese dichoso certificado.

Algunos observadores han descrito a Gil como un tecnócrata, pero el Ministro de Economía de Cuba no es tal cosa, sus decisiones, las pocas que puede tomar él solo, no están primariamente basadas en la ciencia, sino en la necesidad política, su tarea más importante no es reconstruir la economía cubana, sino impedir un estallido social, que una tromba de gente entre al Palacio de la Revolución, arrastre a Díaz-Canel y se lo ponga de sombrero a Martí en la Plaza de la Revolución. El gobierno de Cuba no tiene tecnócratas, esa figura no existe en un sistema político diseñado para impedir, no controlar, el disenso, incluso aquel que esté basado en el conocimiento y la experiencia.

La técnica es la técnica, Teófilo Stevenson dijo sabiamente una vez, y sin técnica no hay técnica, pero los líderes cubanos sólo aceptan aquellos dictámenes técnicos que no contraríen acciones políticas vistas como necesarias o convenientes para su supervivencia, o incluso, en el pasado, meros caprichos y ocurrencias de Fidel. Ningún ministro de Cuba tiene autoridad para proponer acciones que puedan mejorar significativamente la vida de la gente a costa quizás de abrir grietas en el monopolio de poder del diminuto grupo que decide todo lo importante.

Ninguno se atrevería siquiera a sugerir tímidas medidas de liberalización de la propiedad, la producción, los precios y los mercados si no reciben primero una indicación clara, inequívoca, de que pueden hacerlo. Y quizás incluso si Raúl Castro en persona los invitara a construir el capitalismo, los ministros de Díaz-Canel creerían que les han tendido una trampa y balbucearían una consigna contra el imperialismo, o arrancarían a cantar la Marcha del Pueblo Combatiente, o cualquier otra verracada.

Gil ya no tiene que guiarse por los dogmas marxistas, estalinistas o maoístas que inspiraron las políticas económicas cubanas en otras épocas, esos dogmas han sido despedazados por la realidad, cien mil copias de los Fundamentos de la Filosofía Marxista de F. V. Konstantinov (Gozpolitizdat, Moscú, 1958, 688 pp) valen ahora menos que un kilo de pollo en el mercado mundial. Pero por más equivocados o absurdos que fueran esos dogmas, al menos proveían una guía, dotaban a los directores de la economía cubana de una hoja de ruta, un destino, un punto al que llegar, la ilusión de que estaban ejecutando un plan de desarrollo económico y social que terminaría cuando Cuba fuera más rica que Holanda.

De esos dogmas sólo queda la áspera retórica de la superioridad del socialismo sobre la economía de mercado, y los clichés de la gloria de la Revolución, la resistencia antimperialista y la justicia social, que los ministros de Cuba son obligados a repetir en Twitter, una vez al día por lo menos, tarea que Gil cumple con notable disciplina. A pesar de lo que dicen los ministros en sus tuits, y de los cacareados "lineamientos" de Murillo, ya no hay plan, se vive al día, los ministros de Cuba están completamente dedicados a la intrincada contabilidad de la miseria, cuántos jabones se pueden repartir en Pinar del Río este mes, cuántos kilómetros de tuberías hay que reparar urgentemente en La Habana para que media ciudad no se quede sin agua, cuántos pacientes de asma en Camagüey no han recibido todavía sus inhaladores, cuántos kilómetros de tripas de res y cerdo se pueden "recuperar" para alimentar a la gente. Ya era así antes de la pandemia, ahora sólo es infinitamente peor.

Al gobierno de Cuba no le hacen falta tecnócratas, lo que le hacen falta son magos.

En un gobierno que incluye al Ministro de la Industria Alimentaria, Manuel Santiago Sobrino, al de Educación Superior, José Luis Saborido, al de Relaciones Exteriores, Bruno Rodríguez, y a unos cuantos más que dan pena, que no serían escogidos ni para dirigir un almacén en un país normal, el pobre Alejandro Gil parece una lumbrera, un corredor de bolsa de la City de Londres que Díaz-Canel encontró un día en Searcys at the Gherkin, almorzando con la rusa, Tatiana, filete de res Hereford cocido a la brasa con setas y nabos, acompañado de trufas fritas y una botella de Château Latour 1999, y trajo a Cuba con la misión de encontrar un comprador para la isla.

Pero en comparación con otros ministros de Economía y Finanzas, ya no de Europa, sino de Centroamérica y el Caribe, la experiencia y las calificaciones de Gil, las que se conocen, son muy modestas. El Ministro de Finanzas de Jamaica, por ejemplo, Nigel Clarke, tiene una maestría y un doctorado de Oxford, y ha dirigido o presidido veinte empresas públicas y privadas, incluyendo el banco central y la autoridad portuaria de su país. El profesor Miguel Ceara Hatton, Ministro de Economía de la República Dominicana, estudió en la Universidad Nacional Autónoma de México, trabajó para la UNICEF y el PNUD, ha impartido clases de macroeconomía y teoría del desarrollo durante décadas en varias universidades de su país, ha sido columnista de los principales diarios de Santo Domingo y ha publicado once libros.

Victoria Hernández Mora, Ministra de Economía, Industria y Comercio de Costa Rica, que no estudió en Londres ni en Massachusetts, sino en San José, es una experta en cooperativas y pequeñas empresas, ha sido durante muchos años profesora universitaria e investigadora y fue directora del Banco Popular y de Desarrollo Comunal de su país. El Ministro de Desarrollo Económico de Honduras, Arnaldo Castillo, hizo una ingeniería en Taiwán y un MBA en Hong Kong, habla mandarín e inglés y fue gerente de distribución de Fruit of the Loom en China. El Ministro de Economía y Finanzas de Panamá, Héctor Alexander, que tiene una maestría y un doctorado de la Universidad de Chicago, y ha sido ministro y viceministro varias veces, fue al inicio de su carrera subgerente de la Zona Libre de Comercio de Colón, el más importante centro de distribución de mercancías del hemisferio.

Esos ministros tienen distintas ideologías políticas y principios de administración económica, y algunos críticos podrían describirlos, groseramente, con lenguaje y estupidez konstantinovescos, como meros administradores del subdesarrollo y la dependencia de sus países, pero nadie podría alegar que no están ampliamente calificados para sus puestos, mucho más que cualquier ministro de Díaz-Canel. No hay ninguna razón para pensar que Gil era, al principio de su carrera, menos inteligente o capaz que sus colegas del arco del Caribe y el Golfo de México, pero su formación y su experiencia, como la de los otros ministros diazcanelistas, ha estado fatalmente limitada por la galopante mediocridad de la enseñanza de las ciencias sociales y económicas en las escuelas y las universidades cubanas, el aislamiento internacional de la sociedad y la economía del país, el contagioso oscurantismo ideológico del Partido, y la falta de libertad política e intelectual que exprime el cerebro de los funcionarios de Cuba hasta sacarles las últimas gotas de imaginación, creatividad y coraje.

Por supuesto, en Cuba quedan, en cada campo o especialidad, decenas de miles de brillantes profesionales que podrían, si los elevaran al Consejo de Ministros, a la dirección de las empresas, a las columnas de los periódicos y a los decanatos universitarios, revertir la ruina del país, quizás al final los cubanos no tendrían que abandonar la isla, podrían quedarse. Pero a esos talentos los han obligado a callarse, y a hablar sólo cuando los llaman, a sólo dar consejo cuando se lo piden, que es casi nunca.

La degradación intelectual de los círculos de mando y administración del gobierno cubano, su desprofesionalización, la inhabilidad o desinterés de los líderes del país para identificar, formar y promover a las estructuras de mando individuos con la capacidad de pensar y crear libremente, y a la vez, la renuencia de los profesionales más calificados del país a ser elevados a puestos de dirección, en el Consejo de Ministros, las provincias y las empresas, es uno de los síntomas más claros de la descomposición del sistema político que ha regido Cuba durante seis décadas. El otro síntoma de que ya esto no da más es el equipo nacional de béisbol. En comparación con estos alcornoques de ahora, Carlos Lage, el pediatra que administró la isla durante el período especial, parece Angela Merkel. Roberto Robaina, Barack Obama.

Al menos Gil estuvo algún tiempo en Londres, que es como estar en todo el mundo a la vez, uno se imagina que el Ministro de Economía de Cuba ha visto los frisos del Partenón en el Museo Británico y ha comido hamburguesas en el McDonald’s de Leicester Square. Ha comprado en Boots, en Primark y, nos hacemos la ilusión, también en Waterstones. Ha caminado entre las torres de los bancos de Canary Wharf, entre los turistas del South Bank, y entre los bears, los twinks y las drag queens del Soho. Ha visto a los batallones de la policía desfilar en la Marcha del Orgullo Gay, no asaltarla. Ha visto a un ciudadano llamar mentiroso al Primer Ministro del Reino Unido en Question Time en la BBC, y a los demás miembros de la audiencia estallar en aplausos.

Quizás, siguiendo la recomendación de su hermana, de Vicky, vio en el West End El Fantasma de la Ópera y Les Misérables, otros dos favoritos de De la Gran Escena (el programa ya ha puesto 248 veces a Sarah Brightman cantando el aria del Fantasma, y 156 veces a los estudiantes revolucionarios de París rugiendo «Do you hear the people sing, singing a song of angry men?»). A diferencia de otros ministros de Cuba, que sólo han visto brevemente el mundo exterior cuando han ido de «visita oficial» o «de trabajo», o «como parte de una delegación», Gil ha vivido y trabajado allí, y quizás, sólo él en ese esperpéntico gabinete de Díaz-Canel, tiene una idea de cómo podría ser Cuba, no como Inglaterra, y mucho menos como Holanda, pero, quizás, echando a volar la imaginación, un país donde no haya que hacer días colas para comprar comida y el paracetamol no falte en las farmacias.

A lo mejor Díaz-Canel lo escogió para Ministro de Economía porque era el único de los candidatos considerados que tenía una remota idea de cómo funciona el capitalismo, había leído alguna vez The Financial Times, había comprado pacotilla en Amazon y podía hablar inglés con ministros extranjeros. Cuando a Cabrisas le llegue finalmente el retiro, habrá que sustituirlo con alguien que pueda ir al Club de París a suplicar, y al menos Gil es relativamente presentable. Pero si hay alguien en ese Consejo de Ministros que sabe que la Cuba de Raúl Castro y Díaz-Canel no tiene arreglo, es él.

Por eso su función, que no puede declarar abiertamente, y que disimula tuiteando tonterías, no es planificar el futuro, como indica su título, el futuro ya no existe. Su tarea es cerrar Cuba, para siempre, desalojarla, y dejar que los sobrevivientes puedan comenzar una nueva vida en cualquier otra parte. Él tiene pensado volver con Tatiana.

Juan Orlando Pérez
El Estornudo, 30 de septiembre de 2020.
Foto de Alejandro Gil Fernández tomada de Cubanet.