lunes, 19 de julio de 2021

Cuba, fin de una estirpe (I)




Se implantó una dinastía el 1º de enero del 1959. El último Castro abandonó el trono 62 años después, el 19 de abril de 2021. El hijo menor de un terrateniente gallego llevó en sus hombros el experimento de su hermano Fidel Castro.

Revisando estadísticas, los hijos de una clase latifundista llegaron al poder de una nación relativamente próspera. En 1958 Cuba era el tercer país en Latinoamérica en Producto Nacional Bruto per capita, otras estadísticas la muestran en quinto lugar en el hemisferio en Producto Nacional Bruto per capita, tercero en expectativa de vida, segundo per capita en número de automóviles y teléfonos. Cuba era, sin embargo, políticamente frágil, en aquel entonces gobernada por el golpista Fulgencio Batista.

En 1933 el propio Batista había encabezado un primer putsch. Con la Enmienda Platt, abrogada en 1934, Estados Unidos impuso límites a la soberanía nacional. Cuba fue gobernada por John Brooke, Leonard Wood y William Howard Taft, este último de 1906 al 1909. Cuba tuvo ocho presidentes desde el 12 de agosto de 1933 hasta la toma de posesión de Federico Laredo Bru el 24 de diciembre de 1936.

El capital estadounidense controlaba en 1959, 44 de los 161 ingenios azucareros, minas y la infraestructura eléctrica (American and Foreign Power) y telefónica (International Telephone and Telegraph). Se calculan las inversiones norteamericanas en la Isla en mil millones de dólares.

Tras desplazar a los líderes de la lucha contra Batista, intelectuales y abogados que el propio movimiento 26 de julio nombrara primer ministro y presidente; José Miró Cardona (profesor y decano de la Facultad de Derecho) y Manuel Urrutia, Castro concentró el poder en su persona y su familia. La renuncia de ministros progresistas correspondió a la falta de voluntad de crear e institucionalizar una sociedad civil, un sistema jurídico, constitución y la posibilidad de llamar a elecciones limpias y transparentes.

La dinastía Castro, Fidel, Raúl, Vilma Espín de Castro tomaron las riendas del poder con sus más cercanos. Faltaba experiencia proletaria en una familia, producto de la cultura terrateniente y privilegiada. No había en ellos una verdadera conciencia de lucha de clases. La familia Espín recibe aún dividendos de una legendaria empresa dedicada al ron. El propio Fidel era casado con la hija de una familia burguesa, Díaz Balart. Su cuñado Rafael fue subsecretario del Interior bajo el dictador Fulgencio Batista.

Apoyándose en el frenesí que despertaba su carisma, comenzaron los fusilamientos sumarios sin procesos judiciales, se suspendió la prensa independiente y se organizó un sistema de policía secreta. Pronto el “Máximo Líder” contradijo sus declaraciones a la prensa internacional (Ed Sullivan, Edward R. Murrow y aquellas hechas durante su visita a Estados Unidos en abril de 1959). En 1961 declaró su proceso como comunista y anunció su alianza con la Unión Soviética.

A diferencia de las gestas independentistas contra España, los disidentes no intentaron una toma de conciencia, la reforma antes de la institucionalización del terror y el levantamiento nacional “criollo”. Marcharon al exilio y buscaron el apadrinamiento y adiestramiento norteamericano con la CIA. Crearon el precedente —rechazado por Martí y los que forjaran la independencia cubana— de buscar auxilio americano para los problemas internos de Cuba. Quitaron credibilidad a la oposición al buscar el aliado más odiado.

Las contradicciones del patriarca se hicieron patentes al pedir asesoramiento a ex-miembros de la hitleriana SS en 1962. El hecho lo confirman documentos provenientes de archivos alemanes y publicados en Die Welt. Por cuestión de paradoja, Rafi Eitan, jefe del Mossad israelí, se hizo el inversionista más importante en la industria cítrica cubana.

Fidel Castro era un hombre de la modernidad, la modernidad latinoamericana. “El patriarca y fundador… José Arcadio Buendía, se obsesiona con los inventos…Planea un viaje para encontrar la tierra de los inventos”. (Gabriel García Márquez, Cien Años de Soledad). Fidel dio que envidiar a Buendía: intentó drenar la extensa Ciénaga de Zapata, creó un proyecto para rodear La Habana de cafetales sin condiciones microclimáticas, creó un costoso plan para la crianza de búfalos de agua, entronizó a Ubre Blanca, una vaca sagrada que guardaba con la cabeza bajo aire acondicionado, montó un plan de producción agropecuaria para reformar a los homosexuales, se dio a la tarea de cultivar los “plátanos microjet” y desarrolló un plan de túneles donde la población ensayaba a diario planes de refugio en lo que llamó la “Guerra de Todo el Pueblo”.

Algunas de las operaciones internacionalistas fueron rentables. La guerra de Angola, según informes confiables, trajo a Cuba más de 200 MIGs, tres submarinos, fragatas Koni y un botín de marfil, oro y diamantes.

En un delirio de señor feudal, el patriarca regaló una isla, Cayo Blanco, a Erich Honecker, líder de la República Democrática Alemana. Fue una época donde en Cuba vivían etarras, tupamaros, Robert Vesco, otros prófugos de la justicia y hasta un hijo de Saddam Hussein. Coincidían con músicos, actores y plutócratas. El Conde de Albemarle, vizconde Bury, descendiente del cruel Duque de Albemarle quien en el siglo XVIII ocupara militarmente a La Habana vino a Cuba a casarse.

En sus viajes a Cuba, la periodista Annie Bardach documentó la dinámica de un Fidel paternalista, obsesionado con su imagen, producto y protagonista de una historia rocambolesca, rodeado de familiares y secuaces también de fábula. Sus artículos y libros plasman el ambiente que aún en estilo de riguroso periodismo se lee como ficción. Al separarse del relato, entretenido sin dudas, vale preguntarse: ¿se estudia el proceso Castro con el lente de las ciencias políticas y económicas o como literatura? ¿Nos sirven los datos empíricos, los modelos y las estadísticas para explicar el proceso cubano?

Castro pudo superar momentos críticos antes de pasar el mando a su hermano Raúl: Bahía de Cochinos, la crisis de los misiles, el desastre de la “Zafra de los Diez Millones”, el éxodo de 125.000 personas por el puerto de Mariel, el “Período Especial” tras perder el apoyo del bloque soviético y el Caso Ochoa cuando el mundo descubrió que Cuba era punto de escala para el narcotráfico.

La retórica antiyanqui, magnetismo personal y la cultivada apariencia y discurso proféticos le ganaron la admiración de la intelectualidad mundial. No fue hasta el rechazo de Octavio Paz, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, el cineasta Néstor Almendros y luego Régis Debray, tras las depuraciones universitarias, el caso Padilla, la homofobia y la UMAP que tantos otros como Bernard-Henry Lévy, Pedro Almodóvar, Michel Onfray y Raphaël Enthoven dieron sus espaldas a Castro.

Tras un desfile fúnebre en un jeep militar que sufriera múltiples averías bajo un calor agobiante, Raúl Castro tomó el trono. Ted Henken, profesor en CUNY y visitante en la Sorbona de París nos dice “para Raúl y ‘los históricos’ la continuidad fue prioridad. Hemos de recordar que Raúl abrió las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, permitió que los cubanos pudieran quedarse en los hoteles anteriormente reservados para turistas, liberalizó el uso de teléfonos celulares y la red de internet”. Henken recién publica en castellano Cuba Empresarial con los halagos del economista Carmelo Mesa Lago.

Fue la revista Mother Jones la que investigó a fondo la reanudación de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos. Fue digno de Lezama el proceso y mensajes con la jerarquía católica, intercambio de espías, millonarios y los familiares de Alan Gross.

A pesar de que Alan Gross fue encarcelado en Cuba por llevar ayuda a través de USAID a la comunidad hebrea de La Habana, ni AIPAC ni las otras organizaciones judías estadounidenses ejercieron presión con la administración Obama para liberar a un preso en condiciones frágiles de salud. Sólo un escritor de la progresista revista Mother Jones le visitaba. En segundo lugar —y poco conocido— dos millonarios: Fred y Patty Ebrahimi contrataron a la firma de mercadeo Trimpa Group y a #CubaNow para poner en marcha un poderoso engranaje de mercadotecnia y relaciones públicas y así dar ímpetu al empeño, Akin Group, Engage Cuba y Stonegate Bank, cuyas tarjetas se pudieron utilizar dentro de aquel país, se sumaron al esfuerzo. Akin representaba a muchos agricultores que venden o buscan vender a la Isla a través de la empresa cubana ALIMPORT. La ley Helms-Burton, aclaremos, no afecta las compras de alimentos, madera y medicinas hechas por Cuba que se pagan en efectivo. El volumen de ventas, con fluctuaciones, se vio en aumento con la llegada al poder de George W. Bush. Los barcos salen rumbo a La Habana del puerto de Fort Lauderdale en la Florida.

Entre los otros que pusieron presión para restablecer las relaciones se encontraban la Brookings Institution, la Fundación Ford, Andrés Fanjul y republicanos de peso como Thomas Pickering, John Negroponte y Tom Donohue, presidente de la Cámara de Comercio Estadounidense. Muchos ex-republicanos como el millonario Mike Fernández descubrieron el Partido Demócrata y viajaron a La Habana. Manifestaron su interés en “Cuba Emprende” y en invertir capital en la Isla.

Saladrigas creó el Cuba Study Group y es solidario con el blog “23 y Flagler”. “¡Qué barato nos quiere comprar el nuevo Carlos Saladrigas!” escribía Fidel Castro en Granma. Manny Medina, Jorge Pérez, Paul Cejas, Carlos Gutiérrez, secretario de Comercio de la Administración Bush y Andrés Fanjul todos viajaron en lo que llamaron el “spring break de millonarios” en La Habana.

El New York Times, al filo de esta noticia, comenzó una labor de “concientización” en dos idiomas —editorialmente insólito— para persuadir a sus lectores de las ventajas de abrir relaciones con Cuba. Dedicaron a varios periodistas a tal empresa. Con jingoísmo destapado el diario promovía la narrativa que con la entrada de norteamericanos y el comercio se surtiría un cambio tan radical que se vería una transformación en la política interna castrista. Los argumentos del New York Times, de infantiles, capitalistas e hiper-nacionalistas dan al traste con cualquiera que califique al periódico de “liberal”.

El cabildeo de la comunidad cubanoamericana y una política de la Guerra Fría han dado lugar a la paradoja que rige los viajes a Cuba. Mientras que los asilados políticos que se acogen al Cuban Adjustment Act repletan los vuelos a Cuba —regresando al régimen opresor del que escapan—, al norteamericano de esquina se le hace difícil comprender la razón del privilegio que gozan los refugiados políticos. Al utilizar el argumento de las familias, lógicamente replican que ante un gobierno autoritario las opciones son las de traer a los familiares de visita a Norteamérica, enviar los artículos de necesidad o enviar remesas.

Por intereses comerciales, son las agencias de viajes a la Isla, vuelos chárter, turismo cultural, turismo religioso los que más han presionado no sólo por el cambio de la política de viajes —cosa normal para que los norteamericanos no sufran la política obsoleta— sino para que exista todo una restructuración en las relaciones bilaterales. No son estos negociantes los que puedan aportar a una discusión imparcial sobre el tema.

Juan Juan Almeida, abogado, ahora periodista y analista político en la Florida, vivió en casa de Raúl Castro como un hijo más. Partió luego a Moscú a instancia del propio Raúl y de su padre el vicepresidente del Consejo de Estado Juan Almeida Bosque. Estudió en la Dzerzhinsky, la academia del servicio de seguridad soviético. Al publicar en España su libro Memorias de un guerrillero cubano desconocido (donde aparece en portada empuñando un rifle al lado de Raúl Castro), se integró a la disidencia sufriendo cárcel. Su familia salió al extranjero donde pudo llegar dos años después.

Juan Juan Almeida resume el conflicto de Raúl Castro desde dentro: “Raúl es un reformista frustrado. Se ilusionó con la perestroika. Quiso imponer la reestructuración de la perestroika, por supuesto, a su manera ortodoxa, pero sin glasnost. Cuba, a su entender necesitaba cambio de estructuras, pero no podía permitir la apertura a un revisionismo de la historia oficial, ni a cuestionar la narrativa de la revolución, ni los logros de la Unión Soviética ni el pensamiento leninista”.

Almeida reconoce los cambios que cita el profesor Henken sobre todo el aumento del “cuentapropismo”, añade que se abolió la pena de muerte, aunque “Raúl ‘quirurgizó’ la represión. A diferencia de la época de su hermano, no daba golpes o metía en prisión a todo el mundo; fue selectivo. Supo manejar la oposición maquiavélicamente. Los medios son culpables de crear gigantes; Raúl lo permitió. Desafortunadamente y para quitar credibilidad a los movimientos. Muchos que han sido magnificados por la prensa, no estuvieron a la altura requerida. Lo que ocurre es que a causa del protagonismo y la fragmentación no se ha creado una oposición sino muchos opositores”.

El reino de Raúl se benefició del generoso amparo venezolano, las inversiones en GAESA, que como apunta Almeida “no se requiere un genio de Harvard Business School para ser lucrativa. Piensa: el Estado paga salarios y los costos operativos que otra empresa tendría que afrontar”.

Entablamos una conversación con Rafael Rojas, historiador del Colegio de México. Con el material que nos envía de sus escritos se hace evidente que Raúl y la cúpula geriátrica sufrieron indecisión ante el cambio. El propio dirigente en su momento reconoció que la reforma económica se había paralizado. Stephan Witkowski del Centro de Altos Estudios de América Latina (IHEAL por sus siglas en francés) en la Sorbona llama al intento de “desburocratizar” poco eficaz. Observa la mentalidad obsoleta y la inercia con que se manejan las empresas estatales en Cuba. “No es de sorprenderse” añade Almeida: “Raúl es un hombre práctico y organizado, pero de poca formación, anclado en su manera de hacer las cosas: ‘ordeno y mando’”.

El turismo, que a partir de la visita de Barack Obama comenzó a llegar a la Isla, fue una inyección de divisas. Antes de las medidas tomadas por Trump ya se veía un descenso en el número de visitas y las aerolíneas comenzaban a reducir el número de vuelos a Cuba.

Un factor que complicó las relaciones diplomáticas fue el trastorno neurológico “Havana Syndrome” investigado por la Universidad de Pennsylvania. Se cree que es producto de radiaciones dirigidas a los empleados del Departamento de Estado destacados en la Isla. Fuera de cualquier decisión del presidente, el peligro a los funcionarios de la embajada hizo que se redujera el equipo de trabajo.

Juan Juan Almeida sonríe al escuchar a Raúl afirmar que “termina con la satisfacción del deber cumplido”. Entrega el país con un descenso de más del 11% del Producto Nacional Bruto, con inflación, consecuencia de una fusión de dos monedas, sin el apoyo de Venezuela y la crisis ocasionada por la pandemia.

Justo J. Sánchez
Cubaencuentro, 7 de mayo de 2021.
Foto: Fuego 1, cuadro de Humberto Calzada. Tomada de Cubaencuentro

lunes, 12 de julio de 2021

El más grande fraude de todos los tiempos


La supuesta revolución "verde como las palmas", nacida del triunfo de una insurrección cuyos objetivos fundamentales fueron la restitución de la Constitución del 40 y la celebración de elecciones libres que el golpe militar del 10 de marzo del 52 había desconocido, traicionó ambos propósitos. La política del régimen que se instaló en el 59 fue una continuidad de la que ya se había iniciado en el 52, aunque con nuevos protagonistas. Una pregunta de Fidel Castro ante una multitud en 1959, la pudo haber hecho perfectamente Fulgencio Batista en 1952: "¿Elecciones para qué?".

Una tercera demanda en la que coincidían algunos de los grupos conspirativos era la reforma agraria, porque era una asignatura pendiente de la Constitución, la cual proscribía el latifundio y establecía el reparto de tierras. Pero este propósito fue un ejemplo de cómo el ideal originario de la Revolución fue modificándose bajo la manipulación del nuevo caudillo. Cuando el 17 de mayo de 1959 se aprobó oficialmente la primera Ley de Reforma Agraria en La Plata, Sierra Maestra, el texto del artículo 1 establecía el límite de las propiedades en 30 caballerías: "Las tierras propiedad de una persona natural o jurídica que excedan ese límite serán expropiadas para su distribución entre los campesinos y los obreros agrícolas sin tierras".

Esa misma noche, en un bohío de La Plata, cuando ya todos los ministros se habían retirado, Castro, bajo la luz de un quinqué, hizo por su cuenta unos "pequeños ajustes", estableciendo que algunas empresas agropecuarias "no deben ser fragmentadas para su distribución a los campesinos", sino para crear "propiedades de todo el pueblo", a las que llamó "Granjas del Pueblo". Probablemente por esa razón, el ministro de Agricultura, Comandante Humberto Sorí Marín, principal redactor de aquella ley, renunció al cargo al día siguiente y comenzó a conspirar.

Esos "pequeños ajustes" fueron el antecedente de la Segunda Ley de Reforma Agraria, el 3 de octubre de 1963, cuando se dispuso "la nacionalización, y por consiguiente, la adjudicación al Estado cubano de todas las fincas rústicas" que tuvieran una extensión mayor a cinco caballerías de tierra.

Algo semejante se hizo en las ciudades con fábricas, comercios, bancos y otras empresas, parodiando la frase de Marx de que se debía "poner fin al divorcio entre el productor y los medios de producción", lo cual quería decir que dejaban de ser propiedad de las clases explotadoras para pertenecer a quienes las trabajaban. Pero como se consideraba al Partido Unido de la Revolución Socialista, luego, Partido Comunista, como "el destacamento de vanguardia de la clase obrera", ese partido se hacía cargo de todas esas industrias a nombre de sus representados, sin que jamás se hiciera una consulta plebiscitaria con todas las garantías.

En consecuencia, los bienes explotados por capitalistas y terratenientes fueron expropiados y dejaron de ser privados para pertenecer al Estado, pero la verdadera finalidad no era que pasaran a manos de los trabajadores. Si así hubiera sido, nunca se habría producido la llamada "ofensiva revolucionaria" del 68, en que hasta los trabajadores independientes fueron expropiados, por lo que el fin era favorecer a la dirigencia de ese Estado y a la nueva clase burocrática engendrada en su seno, y no a la clase trabajadora.

Esta fórmula, que en los hechos significaba expropiar a los explotadores pero no empoderar a los explotados, tenía sus raíces en la propia Rusia con la Revolución de Octubre. Si Lenin calificó de "capitalismo monopolista" a lo que consideró como última etapa del capitalismo y a la vez antesala del socialismo, lo que en verdad vino después no fue el empoderamiento de los trabajadores sino el centralismo de Estado, un megamonopolio que no sólo engulló a la totalidad de los bienes de producción, ya fuesen propiedades grandes o pequeñas, incluyendo a todas las instituciones de la sociedad.

Los trabajadores pasaron a convertirse, en meras tuercas de la maquinaria productiva del Estado. Cuando en Cuba, en los campos de concentración de trabajo forzado de las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción) muchos de los que allí estábamos comenzamos a fingir accidentes con los machetes para evitar ser llevados al brutal trabajo de las plantaciones, se nos amenazaba con procesarnos "por dañar una propiedad del Estado".

En Cuba dejó de haber revolución desde fines de los 60, hace más de 50 años. Desde entonces, sólo ha habido reformas, o sea, cambios de forma de lo que ya existe sin alterar su esencia, un recurso que hoy ya no va a ser suficiente para apaciguar los ánimos de la población.

No ha habido socialismo ni se está construyendo. Y por supuesto, ni en broma se piensa ya en lo que se decía al principio de alcanzar un nivel superior del socialismo donde el propio Estado desaparezca, como soñaron Marx y otros teóricos socialistas y anarquistas. Todo lo contrario. Solo existe un gigante supremo y absoluto, lo que dijera Martí para definir al monopolio: "Un gigante implacable sentado a las puertas de todos los pobres". Pero esto, que surgiría después como un nuevo cambio cualitativo superior del desarrollo de esos monopolios, sería el más grande de todos ellos, lo que Lenin llamaría, impropiamente, "socialización completa".

El cuento del "socialismo", tanto en Cuba como en todo los países que copiaron el modelo soviético, fue el más grande fraude de todos los tiempos.

¿Qué viene después de esto? Nada más, no sólo porque ya no es posible otro cambio cualitativo superior en el nivel de acaparamiento y desarrollo de la centralización en los marcos de un país, sino porque ya lleva en sus entrañas el germen de su propia destrucción debido a la ausencia tanto de la competencia como del incentivo productivo. Por el contrario, el gigantesco monopolio estatal tiende a generar una monstruosa burocracia que ha plagado de corrupción y miseria a la nación.

Ante un modelo que no tiene futuro, la dirigencia cubana se encuentra que el camino por donde avanza, cada vez más estrecho, se ha convertido en un callejón sin salida, en medio de la crisis más profunda de toda su historia, y tiene ante sí una disyuntiva: olvidarse de las reformas y decidirse a realizar otra revolución desde arriba, esta vez a favor de los de abajo -algo que, por supuesto, nadie vislumbra-, o seguir resistiendo hasta que desde abajo estalle una explosión social que desplace a los de arriba.

Ariel Hidalgo
14ymedio, 29 de mayo de 2021.

lunes, 5 de julio de 2021

El caso de Luis Manual Otero Alcántara



Seis días después del asalto al cuartel Moncada, Fidel Castro y siete de sus compañeros fueron capturados en las estribaciones de la Sierra Maestra, por la zona de El Caney. Dormían en una choza cuando los sorprendió una patrulla al mando del teniente Pedro Sarría. «Las ideas no se matan», fue su respuesta ante la insinuación de un subordinado. Este militar mostró indudables valores cívicos y respeto a la ley.

La captura de los fugitivos se produjo en medio de una intensa campaña liderada por monseñor Enrique Pérez Serantes, arzobispo de Santiago de Cuba, cuyo objetivo era que se respetaran sus vidas. Gracias a aquellas gestiones, y a la presión de la opinión pública, pudieron tener un juicio con garantías e, incluso, fueron amnistiados tras cumplir menos de dos años de prisión debido a un movimiento cívico nacional.

Cuando regresaron a Cuba en el yate Granma, el 2 de diciembre de 1956, debieron sortear una gran operación de la tiranía encaminada a liquidarlos. Con motivo de aquella ofensiva, que costó la vida a otros opositores en las denominadas Pascuas Sangrientas, Juan Marinello, presidente del Partido Socialista Popular (PSP), envió una carta, fechada el 12 de enero de 1957, a varias personalidades hispanoamericanas, en la que señalaba: "Es obligado que expresemos a usted que el PSP no comparte los métodos de lucha puestos en práctica por el Sr. Castro y su grupo, por entender que no son apropiados y eficaces para dar fin a la tiranía (…) que Cuba padece; pero nuestro partido solicitó y solicita respeto y garantías para la vida de Castro y sus acompañantes (…)"..

Tres hombres —un militar, un prelado católico y un alto dirigente comunista— cuyas ideologías no podían ser más diferentes, antitéticas si se quiere, se habían identificado con una causa que tenía como objetivo esencial el respeto a la vida y a la integridad física de personas a las cuales no los unían lazos políticos. En 2019 se aprobó en Cuba una Constitución que obliga a todos a cumplirla, pero que también protege los derechos declarados de todos los cubanos: de los que no votaron o de los que votaron en contra. Aquí no valen excepciones, el respeto a la ley y la protección legal incluyen igualmente al sector denominado oposición, un sector en crecimiento.

El artista Luis Manuel Otero Alcántara ha utilizado la protesta pacífica y la desobediencia civil como medio de disenso. Su situación actual, un raro limbo en el que no está detenido o acusado legalmente, pero tampoco es libre para abandonar el Hospital Calixto García, debe preocupar a cualquier persona, independientemente de sus criterios políticos. El deterioro físico, y evidentemente psicológico, que reveló un video circulado de su estancia en una sala de psiquiatría, es demasiado perturbador e inquietante para voltear la mirada.

Ya sea en un proceso por delitos comunes o de otra índole, todos los ciudadanos debieran estar protegidos por la ley. Debe existir una orden judicial para el arresto, se debe permitir acceso a un abogado y contactos con la familia e incluso, si no es un terrorista o un asesino peligroso, toda persona puede responder al proceso en libertad. Aquí no pueden existir relativismos. Lo correcto y lo incorrecto, lo digno y lo indigno, el bien y el mal, son conceptos que no están distanciados por vallas ideológicas.

La actual situación de Otero pone en la mira no solo a los órganos de Seguridad del Estado, sino a todas las instancias políticas con nivel de decisión en Cuba, empezando por el Partido Comunista. Igualmente pone a prueba a cada ciudadano que no se indigne, aun en su fuero interno si no se atreve a hacerlo de manera pública.

Luis Manuel es la cabeza más visible del Movimiento San Isidro (MSI), que se hizo notar a raíz de las polémicas suscitadas por el controvertido Decreto-ley 349. Tal decreto, en una moratoria debido al rechazo que ocasionó, significaría una restricción a la libertad del arte que se produce fuera de las instituciones culturales del Estado y un aumento de la censura. En respuesta, algunos artistas e intelectuales discrepantes comenzaron a utilizar mucho más el performance callejero y convocatorias a exposiciones independientes.

La represión de los órganos de Seguridad del Estado —excesiva e inconstitucional—, fue desencadenando una escalada de respuestas y más miembros al grupo. De modo tal, se hicieron usuales los actos de repudio organizados por las autoridades, las detenciones y golpizas arbitrarias; todo ello recién aprobada una Constitución que declaraba a Cuba un Estado Socialista de Derecho.

El MSI, algunos de cuyos integrantes han manifestado apoyo al bloqueo norteamericano y simpatías con el anterior presidente Trump, no es representativo de la mayoría de los muchos críticos que tiene la burocracia parto/estatal cubana. Ello, sin embargo, no hace menores mi indignación, mi preocupación y mi vergüenza al ver cómo los han tratado, la forma arbitraria en que los han reprimido.

A Luis Manuel Otero Alcántara debe reconocérsele el valor personal para luchar abiertamente por sus derechos, y su perseverancia a la hora de defender aquello en lo que cree. Para mí eso es admirable, aunque no coincida con él en otras cosas. Lo creo víctima de intereses extremistas y radicalizados; no obstante, no me parece una persona cuya motivación para oponerse a lo establecido esté determinada por razones económicas. Si fuera así, no viviría en las condiciones de pobreza en que lo hace y que todos hemos visto.

No es un político, pero muchas de sus exigencias son válidas para cualquier ciudadano, es más, la mayoría de ellas: libertades de expresión, movimiento, asociación y manifestación pacífica; están refrendadas por la propia Ley de Leyes. Su desobediencia sostenida frente a un aparato represivo que ha utilizado en su contra métodos ilegales desde mucho antes de que se declarara en huelga de hambre, puede poner en serio peligro su vida. ¿Lo permitiremos?

Algunas veces me han señalado como una historiadora que idealiza el pasado. No lo creo así, pero nadie podrá negar que fue muy superior a la actual aquella educación cívica y los valores humanos que unieron a tres hombres tan discrepantes políticamente como un militar, un prelado católico y un alto dirigente comunista, identificados en la causa común de defender la vida y la integridad física de personas con las cuales no tenían vínculos ideológicos.

Alina Bárbara López Hernández
La Joven Cuba, 28 de mayo de 2021.

Foto: Luis Manuel Otero Alcántara en la azotea de su casa, cuando vivía en Romay entre Monte y Zequeira, Cerro. Tomada de Facebook.

lunes, 28 de junio de 2021

Santa Catalina, la avenida de los flamboyanes



Durante años —los del Bachillerato, en la Víbora— Santa Catalina era para el escribidor el cine Alameda y la cafetería El Gallito, en la esquina de esa avenida con la calle Saco, con sus demandados entrepanes y aquellos helados que llamábamos tropicream y que poco tenían que ver, aunque se les parecieran, con los frozzen que llegaron después. Para los que vivíamos en Lawton, en Luyanó o en «la calzada más bien enorme de Jesús del Monte», como le llamó el poeta Eliseo Diego, Santa Catalina era un regalo para los ojos, una de las calles más espléndidas del municipio de Diez de Octubre, con sus mansiones de portales y jardines y multitud de flamboyanes sembrados a ambos lados de la vía que, florecidos, vestían de rojo la calle. Por eso Santa Catalina era la avenida de los flamboyanes.

Se trata de una calle residencial, donde apenas ha hecho mella la chapucería y el mal hacer de las construcciones de los últimos años, aunque los flamboyanes desaparecieron casi por completo. Las casonas de las décadas de los años 40 y 50, del siglo XX, conservan, en su mayoría, su pasado esplendor, aunque no pueden dejar de lamentarse las transformaciones que terminaron arruinando la casa del maderero Antonio Pérez, en la esquina de Santa Catalina y Heredia, y un poco más arriba el timbiriche que, con ánimos de convertirlo en el local de un negocio privado, se adosó a la residencia de Carlos Márquez Sterling, presidente que fuera de la Cámara de Representantes y de la Asamblea Constituyente de 1940, y que no se explica el escribidor cómo fue autorizado por los inspectores de Urbanismo. Un timbiriche, que por bien construido que esté, abarata la casa y la avenida. Una residencia que los vecinos siguen llamando Villa Constituyente o El Capitolio.

Con el fin de conectar la Víbora y el Cerro se planeó en 1907 la construcción de una avenida de 25 metros de ancho, proyecto que tuvo su origen en los días de la primera intervención militar norteamericana. Para ello se escogió la calle Santa Catalina, que se extendería, de inicio, hasta Palatino. De aprobarse otro reparto, del que ya se hablaba entonces, sus propietarios tendrían la obligación de continuar esa avenida.

La vía se inicia en la Calzada de Diez de Octubre y termina hoy en la Calzada de Rancho Boyeros. Pasa, en sus inicios, por los repartos La Víbora y Mendoza, y, al final, por los de Santa Catalina, Casino Deportivo y Palatino. Atraviesa en su devenir calles tan transitadas como Juan Delgado, Mayía Rodríguez, Vento, Palatino y Primelles. Hay, sin embargo, otra Santa Catalina. Arranca también en la Calzada de Diez de Octubre y se interna en el reparto Lawton hasta morir en Avenida de Acosta, casi al pie del ya desactivado Quinto Distrito Militar y luego de dejar atrás el parque Buttari. Es una Santa Catalina más modesta y popular.

A juicio del escribidor fue en los años 40 cuando Santa Catalina cobró fisonomía y significación. Es por entonces que el viejo teatro Mendoza, en la intersección con Juan Delgado, se remodela y adquiere el nombre de cine Santa Catalina (hoy teatro para niños La Edad de Oro). Y es en el Anuario Cinematográfico y Radial Cubano correspondiente a 1946-1947 cuando se menciona por primera vez al Alameda, cine de estreno aunque de barrio con, dato no comprobado, 1 400 capacidades.

A su lado se construyó, ya en los años 50, el minimax La Copa que, como todos los de su tipo, impuso una nueva manera de comprar, que no llegó a generalizarse. Frente emplazaron una farmacia, que sigue ahí, y, entre otros comercios menores, la dulcería Franser, convertida en un establecimiento de la cadena Sylvain. Antes, abría sus puertas en el área la casa de socorros del barrio de Arroyo Apolo (hoy clínica estomatológica) que sustituyó a la vieja casa de socorros de Jesús del Monte, de la misma manera que el cuartel del Comando 4 del cuerpo de bomberos sustituía el cuartel ubicado asimismo en la calzada mencionada.

Existen a lo largo de la calle comercios e instalaciones de servicio que satisfacen los requerimientos y necesidades de los pobladores del sector. Lo transitado de la vía justifica los cuatro servicentros que existen en ella, los de las calles Poey, Mayía Rodríguez, Vento y Boyeros.

La cafetería del cine Santa Catalina se transformó en la pizzería El Fiore en los tiempos —comienzos de los años 60— en que prendió la cocina italiana en el gusto popular. Ineludible es la mención, en la misma esquina, de la cafetería Niágara, famosa por sus sándwiches cubanos cuando un lunchero apodado Paco se instaló en el lugar luego de dejar su empleo en la cafetería de 23 y 8, en el Vedado.

Entre las escuelas de la calle sobresale el antiguo colegio Nuestra Señora de Lourdes, (hoy escuela Mariana Grajales) en la esquina de Santa Catalina y Saco. La clínica Pasteur (hoy policlínico) dejó su sede en la Calzada de Diez de Octubre número 1158 y se instaló a fines de los 50 en el número 108 de Santa Catalina, mientras que la clínica Santa Isabel abandonaba su local en esta calle para, por la misma época, estrenar edificio propio en la esquina de Mayía Rodríguez y Freyre de Andrade. El paradero de la ruta 14, al lado de la iglesia de San Juan Bosco, encontró en el Sevillano nueva ubicación, hace años vacía. La hoy llamada funeraria de la Víbora, en el número 265, seguirá siendo Pompas Oliva para quien esto escribe.

La dulcería Ward, en la esquina de Primelles, ponía una nota única por la calidad de sus dulces y helados, lo confortable del local, su amplísima zona de parqueo y la eficiencia de su servicio. Eran célebres sus cakes decorados artísticamente para bodas, cumpleaños, bautizos y aniversarios en general, así como sus cakes melódicos con la música del Happy Birthday. Tenía también la Ward establecimientos en la calle J, 465, y en Infanta, 210.

Se dice que la torre de este templo es tan elevada para que se sepa, desde bien lejos, que en la calle Santa Catalina existe una iglesia católica. Está puesta bajo la advocación de San Juan Bosco y su construcción transcurrió entre 1944 y 1947, aunque la primera piedra fue colocada en 1943 por monseñor Manuel Arteaga, arzobispo de La Habana, en camino ya de ceñirse el capelo cardenalicio. Poco a poco se fueron adquiriendo lotes de terreno adyacentes con vistas a hacer al lado del templo una residencia para la juventud y obra salesiana, hasta que pudo adquirirse el terreno de la izquierda, donde parqueaban las guaguas de la 14.

En su avance hacia la Calzada de Rancho Boyeros, la avenida para por el frente de una dependencia de la Empresa de Bebidas y Licores que fue en su tiempo una embotelladora de la Coca-Cola, una de las tres que dicha compañía tenía en el país; la de Santiago de Cuba, la de Santa Clara y esta, que se fundó en 1906 en Obrapía entre Aguiar y Cuba, en el espacio donde funcionó después la Bolsa de La Habana. De allí pasó a la calle Alejandro Ramírez, a un costado de la Quinta de Dependientes, y de ahí a Santa Catalina, con 275 trabajadores.

Pasa la calle asimismo por el costado de Las Delicias, la finca de Rosalía Abreu, en el reparto Palatino, donde se instaló hace un par de años un parque tecnológico. Era Rosalía dueña de una riqueza enorme y de un extraordinario amor por los animales, factores que dieron como resultado la asombrosa colección de animales que reunió en su predio de siete caballerías de extensión. No solo monos —chimpancés, orangutanes…—, sino también muchísimas variedades de aves, osos, caballos, conejos, gatos y perros y hasta un elefante en lo que muchos consideran el primer zoológico que existió en Cuba, donde fueron objeto de profundos estudios en lo que llegó a considerarse «el experimento antropológico más grande jamás realizado».

Rosalía, al igual que su hermana Marta, fue una gran benefactora. Apoyó numerosas causas sociales, sostuvo escuelas, hospitales y asilos para pobres y contribuyó con fuertes sumas de dinero a la causa de la independencia cubana. Todo eso palidece, en el recuerdo de la gente, ante su afición por los monos. Su finca de Palatino, donde hizo construir un castillo con todas las de la ley, es conocida como "la finca de los monos". La prensa sensacionalista se ensañó con ella. Cierto es que su mascota preferida, un chimpancé que respondía por Jimmy, la acompañaba en sus visitas y paseos con un elegante traje hecho a su medida; viajaba en el asiento delantero del automóvil, al lado del chofer y se encargaba de abrir y cerrar la puerta de su ama y cargar las cosas que ella adquiría o necesitaba. Cuando falleció, Rosalía legó varios millones a sus monos, pero la familia no demoró en deshacerse de ellos, vendidos a zoológicos e instituciones académicas norteamericanas.

La avenida de Santa Catalina, ya al final, pasa por el costado de la Ciudad Deportiva, una de las obras de mayor relevancia de la ingeniería civil cubana, y, sin duda, una de las edificaciones que distinguen a la capital del país. Un hito urbano, aseguran especialistas, por su llamativa forma, pero también un hito constructivo que demuestra los niveles que se habían alcanzado en Cuba en cuanto a la calidad de ejecución.

Ciro Bianchi Ross
Juventud Rebelde, 3 de abril de 2021.
Foto de Ernesto González Díaz tomada de Havana Times.

lunes, 21 de junio de 2021

Los López-Calleja: el poder de un apellido



Si hay una persona en Cuba que conoce sobre flujos migratorios, comportamiento del fenómeno por grupos etarios y sociales, raza, lugares de nacimiento y que, incluso, es capaz de realizar pronósticos al respecto, esa es Cristina López-Calleja Hiort-Lorenzen, profesora titular y doctora en Ciencias Económicas del Centro de Estudios sobre Migraciones Internacionales, de la Universidad de La Habana.

Sus colegas no dudan en señalarla como una autoridad indiscutible en el tema desde los años 80 hasta la actualidad, y prueba de ello es que sus estudios aparecen citados en investigaciones realizadas por otros renombrados académicos cubanos y extranjeros, además de las decenas de reconocimientos y condecoraciones del régimen por sus servicios, la más reciente recibida a finales de 2018.

“Nadie maneja más información sobre migraciones que ella y su equipo personal. A nadie se le ha dado tanto acceso a documentos secretos. Pudiera decir que ni siquiera un especialista de la ONEI (Oficina Nacional de Estadísticas e Información) sabe más que la doctora Cristina sobre el tema”, afirma un colega suyo, entrevistado por CubaNet bajo condición de proteger su identidad, pues sería castigado por el régimen con la pérdida del empleo y hasta con la cárcel.

En su testimonio no exagera. Otras fuentes, en algún momento vinculadas directamente con el trabajo de la experta, lo han confirmado a nuestro medio. Los archivos más confidenciales del Ministerio de Relaciones Exteriores, a los cuales tributan la totalidad de los consulados y embajadas de Cuba en el mundo, han estado a su disposición desde mucho antes de que el canciller Roberto Robaina —destituido en 1999— iniciara en los años 90 su estrategia política de acercamiento a los emigrados cubanos, la cual tenía un trasfondo eminentemente económico aunque fuese promovida por la dictadura como un “gesto de reconciliación”.

Las conferencias conocidas como “La nación y la emigración” fueron iniciadas en La Habana en abril de 1994 y, de acuerdo con valoraciones de varios exfuncionarios del MINREX consultados por CubaNet, tuvieron por objetivo no revelado atraer el capital y el apoyo político de lo que el propio régimen consideraba como la parte “moderada” del exilio.

El año anterior, 1993, Fidel Castro había designado en el cargo al joven canciller Robaina, probablemente con el objetivo de proyectar al exterior una imagen renovada de su gobierno. Habían llegado las inversiones extranjeras en turismo, sus planes de construir cientos de hoteles requerían de grandes sumas de capital y para lograrlo no dudaría en estimular incluso los envíos de remesas y, más que eso, reforzar grupos de influencia en el exterior, oficialmente conocidos como “grupos de solidaridad con Cuba”, haciendo creer que en la Isla se iniciaba un periodo de “aperturismo”.

Con la caída del comunismo en Europa del Este y el cese de la ayuda financiera de los soviéticos, la economía cubana se hundió en la peor crisis de su historia. El Producto Interno Bruto se contrajo en cerca de un 35 por ciento, la falta de combustibles paralizó el país y el descontento generalizado casi provocó el estallido popular que pudo poner fin a la dictadura de Fidel Castro.

Tan astuto como perverso, el líder comunista encontró una vez más la solución a sus problemas internos activando su más socorrida válvula de escape, es decir, favoreciendo el éxodo migratorio masivo. A la par que se libraba de los más descontentos y enmascaraba entre ellos a varios de sus espías para sembrarlos en el corazón del “enemigo”, revitalizaba el exilio con “sangre nueva”, asegurándose por una década más otro manojo de emisores de remesas.

En consecuencia, culpó al gobierno de los Estados Unidos de los disturbios callejeros, abrió las fronteras marítimas retirando la vigilancia de los guardacostas y dejó que miles de cubanos se echaran al mar, con todo el riesgo para la vida que implica cubrir en embarcaciones improvisadas las 90 millas que separan a Cuba de la Florida. En los años 80, con el demócrata Jimmy Carter en la Casa Blanca y las negociaciones oficiales sobre el exilio cubano, Fidel habría hecho algo similar. Los sucesos en la Embajada de Perú le sirvieron de pretexto para armar otra oleada migratoria, precisamente cuando más relajadas estaban las relaciones con Estados Unidos y los exiliados volvieron a visitar la Isla y enviar ayudas económicas a sus familiares, luego de 20 años de separación e incomunicación.

Previamente a los sucesos del Mariel, en noviembre de 1978, Fidel Castro, por medio del MINREX y el Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de La Habana, fundado en 1972, había comenzado los primeros tanteos del llamado “exilio moderado”. Ese fue el inicio del Centro de Estudios de Migraciones Internacionales (CEMI), además de la génesis de la actual Dirección General de Asuntos Consulares y Atención a Cubanos Residentes en el Exterior (DACCRE) del MINREX.

Solo una persona de confianza podía ser la responsable de un asunto tan importante como el estudio detallado, científicamente preciso, de los componentes del exilio cubano. Alguien con la inteligencia y capacidad suficientes para analizar y procesar variables de todo tipo y que, al mismo tiempo, asegurara discreción y fidelidad a toda prueba. Esa era Cristina López-Calleja Hiort-Lorenzen, especialista en matemática estadística, con sólidos conocimientos de economía y cálculos probabilísticos pero, por sobre todas las cosas, esposa de uno de los militares más leales a Fidel Castro, el general de división Guillermo Rodríguez del Pozo (1929-2016), excombatiente del Movimiento 26 de Julio en Santa Clara, jefe de los Servicios Médicos de las Fuerzas Armadas (FAR) desde 1968 y sustituto de Raúl Castro, ministro de las FAR, desde 1982.

De la unión entre Guillermo y Cristina nacieron varios hijos, entre ellos Luis Alberto Rodríguez López-Calleja en 1960, actualmente considerado el hombre más poderoso de Cuba no solo por su papel al frente del Grupo Empresarial de las FAR (GAESA) —el conglomerado empresarial y financiero más importante del régimen— sino por la relación personal con Raúl Castro, dos elementos que sin dudas han determinado su ascenso al Buró Político del Partido Comunista, como albacea de la fortuna del clan familiar. Pero cuando Fidel Castro designó a Cristina López-Calleja Hiort-Lorenzen al frente del equipo de investigaciones sobre la migración cubana, Luis Alberto era apenas un adolescente que, aunque vecino de Raúl Castro, a quien visitó en algunas ocasiones en compañía de sus padres, ni soñaba con casarse con Déborah Castro Espín, quizás tampoco con estudiar en Rusia, graduarse allá lejos con Título de Oro en Administración de Empresas y, debido al indiscutible talento para los números heredado de su madre, terminar siendo el protegido del general de división Julio Casas Regueiro, jefe del Departamento Económico de las FAR y verdadero creador de GAESA.

Cuando Luis Alberto Rodríguez López-Calleja se casó con Déborah en los años 80, ya hacía tiempo su madre Cristina había hecho de las migraciones su campo de estudios fundamental y sus informes regulares eran tenidos en cuenta por Fidel Castro en las estrategias de acercamiento a determinados grupos de exiliados que eran de su interés, fundamentalmente en los Estados Unidos y Europa. “En principio eran cuestiones relacionadas con la penetración de organizaciones enemigas, después en los años 90 todo tomó un carácter económico”, señala un ex-diplomático cubano bajo condición de anonimato por temor a represalias, aun cuando no reside en Cuba desde hace más de una década.

“Fue la época en que se crearon muchas empresas en Europa y hasta en Estados Unidos, no solo en paraísos fiscales”, continúa explicando. “Sobre todo navieras, negocios de flete, compra de activos, y en los Estados Unidos, en México, Canadá también, agencias de viajes, vuelos chárter, compra de piezas, ese tipo de cosas. Se estudiaron casi todos los grupos de emigrados, se elaboraron perfiles para saber después con quiénes se iba a trabajar y cómo, cuál era el modo de trabajar con los de aquí (España) y con los de Estados Unidos, y ya dentro de los Estados Unidos, los grupos de la Florida, los de Nueva Jersey, los de Chicago, los de las universidades. Dónde estaban los emigrados en los años 60, los de los 70 y 80, qué tipo de familias dejaron en Cuba, en qué universidades estudiaban los hijos, y los hijos de los hijos, todo”, afirma quien prestara servicios en varias ciudades europeas entre finales de los años 70 y mediados de los 90.

Una constancia de que existieron tales intereses pudiera ser la investigación titulada Las migraciones internacionales potenciales y efectivas en Cuba. Presentada por la propia Cristina en el III Congreso de la Asociación Latinoamericana de Población (ALAP), celebrado en Argentina en 2008, se trata de un estudio detallado basado en la Encuesta Nacional de Migraciones Internas, realizada por iniciativa del gobierno cubano, donde se realizaron preguntas a la población sobre las aspiraciones a emigrar a otro país, caracterizándose a esas personas por sus atributos sociodemográficos.

Según escribió la propia autora en la nota introductoria, “partiendo del cruzamiento de datos, se abordó el análisis de la existencia de relaciones entre la migración interna y la potencial externa. Se estudiaron los migrantes potenciales”, así se establecieron grupos y “se realizó un análisis sobre el comportamiento de la emigración externa a partir del año 1959 hasta el 2007, comprobándose la reducción del crecimiento neto y el aumento del saldo migratorio negativo”.

No obstante, la presencia de Cristina López-Calleja en el evento en Argentina en 2008 tuvo el objetivo estrictamente político de enmascarar las verdaderas causas de la emigración en Cuba, en un momento en que el poder en la Isla transitaba de manos de Fidel Castro a las de su hermano Raúl. En tal sentido, la autora concluye que “la mayoría de la población cubana reconoce, a pesar de las carencias y demás dificultades, las posibilidades y ventajas del Socialismo y se mantiene a pesar de ello al lado de la Revolución”, pero igual deja ver cuán importante es para el régimen cubano el asunto de la migración y por qué los Castro lo han dejado en manos de alguien de su círculo familiar, tal como han hecho con otros temas peliagudos como el de las inversiones, la salud, el turismo y hasta la sexualidad.

Escribe Cristina López-Calleja como colofón de su estudio: “La migración cubana es manipulada por los enemigos de la Revolución Cubana, por lo que constituye un problema de seguridad nacional”. De modo que Cristina López-Calleja Hiort-Lorenzen, siguiendo sus propias palabras, fue convertida, por un asunto de “seguridad nacional”, en una autoridad del tema migración. Aunque, como dato curioso, además de sus investigaciones sobre matemáticas estadísticas, aplicadas a las migraciones, es coautora de una “Introducción a la teoría de las probabilidades”, publicada por la Editorial Científico-Técnica en 2008 y hasta de una “Metodología de la enseñanza de la Física”, para secundaria básica, por la Editorial Pueblo y Educación, en 1985.

En la actualidad, a pesar de su edad avanzada, se encuentra muy activa en Twitter, replicando publicaciones de Miguel Díaz-Canel Bermúdez, Ramiro Valdés, del espía Gerardo Hernández Nordelo, de la abogada Eva Golinger y hasta del papa Francisco. Pero existen muy pocas imágenes de Cristina. Sus cuentas en redes sociales no son nada espléndidas. En ese aspecto ha sido mucho más cuidadosa que su hijo Luis Alberto, al que sólo se le ha visto el rostro en los últimos dos años, según ha ido ocupando el vacío dejado por su exsuegro Raúl Castro. En su cuenta de Twitter, donde se presenta como cubana y fidelista, Cristina fue un poco más generosa y colocó una imagen de cuando se conocieron ella y su esposo Guillermo Rodríguez del Pozo, en Santa Clara. Él se había graduado de Medicina y ella terminaba sus estudios de Matemática en la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas.

De acuerdo con datos de los registros públicos, Cristina Adelina López-Calleja Hiort-Lorenzen es hija del ingeniero cienfueguero Arístides López-Calleja, nacido en 1903. El nombre de la madre es Eva Frances Magdalene Hiort-Lorenzen, nacida en abril de 1907 de un matrimonio de judíos emigrantes, naturales de Dinamarca y Polonia. De esa unión nacieron otros López-Calleja Hiort-Lorenzen: Arístides Rodolfo, Magda, Arturo Edmundo y Cristina, la menor de los hermanos, en 1936, madre de Luis Alberto Rodríguez López-Calleja.

Pero no han sido este último y su padre, el general Guillermo Rodríguez del Pozo, quienes han llegado a ocupar altos cargos en la Isla. Durante los primeros años de la República, Enrique López-Calleja Hensell (1854-1934) fue ministro de Comunicaciones y hasta existe un sello postal del año 1953, con valor de 3 centavos, que lo recuerda. La familia de los López-Calleja es inmensa y está dispersa por el mundo. Los hay en España, Dinamarca, Italia, Grecia, Turquía, Polonia, Chipre, Luxemburgo. Algunos jamás han visitado Cuba ni mantienen relaciones con esas dos ramas que hoy viven en el exilio. De estas, hay una línea de los López-Calleja con un primer grupo que se instaló en Europa antes de 1959, más otro que lo ha hecho mucho más reciente, a partir de los años 90. Hay otra línea igual de segmentada, pero establecida en los Estados Unidos.

Emigraron por la misma época y algunos miembros adquirieron el apellido “Levy” (como Sara Levy Rodríguez, pianista de Santa Clara que salió de Cuba en 1958 y adquirió el apellido de su esposo) o lo fundieron al “López”, eliminando el Calleja para así hacerlo más breve o, en casos más conocidos (como el de Arturo López-Levy, egresado del Instituto de Relaciones Internacionales de Cuba y actualmente profesor en universidades estadounidenses), posiblemente para establecer algún tipo de distanciamiento con los López-Calleja que se mantienen en Cuba vinculados al régimen, pero nada en concreto se pudiera afirmar sobre las verdaderas intenciones, porque la mayoría viaja con frecuencia a la Isla y hasta mantienen comunicación entre ellos y con los Oltuski, otra familia estrechamente relacionada con el régimen de los Castro e igualmente emparentada con los López-Calleja por la vía del general Rodríguez del Pozo.

Isabel Cristina Rodríguez López-Calleja, hermana de Luis Alberto, fue la última en emigrar hace apenas un par de años. Sus dos hijos, Ana Cristina y Juan Carlos, se establecieron en Miami hace una década atrás, reclamados por el padre, un médico nombrado Juan Carlos Sarol, que fuera director, entre los años 1992 y 2000, del departamento de Gastroenterología del Hospital Hermanos Ameijeiras, en La Habana. El doctor Sarol emigró primero a San José, Costa Rica, donde fue contratado como médico en enero del 2000. En 2005 se marcha a Puerto Rico y adquiere la residencia, pero en 2007 se instala en Orlando, Florida, para trabajar en el Regional Medical Center hasta 2009 en que termina su labor como residente. En 2016 termina sus estudios postdoctorales en Endoscopia y Gastroenterología en el Larkin Community Hospital, donde ha sido médico consultante desde 2013 a la actualidad.

Su hija Ana Cristina (o Christa Anne Mumford, como se hace llamar en las redes sociales) es especialista en Farmacia. El hijo, Juan Carlos Sarol, aparece como directivo de dos pequeñas empresas registradas en Florida recientemente: Flohomes Roofing, de reparaciones de viviendas, inscripta en abril de 2020, y una pequeña inmobiliaria-financista, AGS Property Solutions, inscripta en agosto del mismo año. Entre los López-Calleja que marcharon a Europa está Arturo Edmundo López-Calleja Hiort-Lorenzen, tío materno del presidente de GAESA. Vinculado al Ministerio de Educación de Cuba, profesor de la CUJAE, con una misión en Angola entre los años 1977 y 1978. Durante uno de sus viajes en 2011, como comprador del gobierno, decidió quedarse a vivir en Asturias, España. Otro descendiente, Javier López-Calleja, actualmente residente en Fort Lauderdale, Estados Unidos, estudió Ingeniería Mecánica en la Academia Naval de la Marina en los años 80, y fue trabajador de la Flota Cubana de Pesca hasta 1993, cuando decidió no retornar.

De los que se mantienen en Cuba, la mayoría está vinculada como directivos a hoteles (la directora comercial del Hotel Kohly es Diana Rabassa López-Calleja, mientras que el vicepresidente de Gaviota S.A. es Frank Oltuski), a empresas exportadoras, a la compra de insumos en el exterior y a numerosas off-shore en Europa y América Latina, como es el caso de Guillermo Faustino Rodríguez López-Calleja, a quien se le ha comprobado su participación en más de una veintena de sociedades mercantiles, entre las que se pudiera destacar la actualmente inactiva Anglo-Caribbean Shipping Co. Limited por la curiosa relación que guarda con el actual director de Asuntos Consulares y Cubanos Residentes en el Exterior (DACCRE), Ernesto Soberón, el mismo departamento de la cancillería cubana que comparte información clasificada con Cristina López-Calleja Hiort-Lorenzen, en su papel de investigadora del CEMI.

Ernesto Soberón es hijo de Francisco Soberón Valdés, que fuera designado por Fidel Castro como ministro presidente del Banco Central de Cuba entre 1995 y 2009. Pero, lo más interesante en relación con los López-Calleja es que Soberón Valdés fue entre 1992 y 1995 director de Anglo-Caribbean Shipping, compañía off-shore radicada en Reino Unido, que más tarde pasara a manos de Guillermo Faustino Rodríguez López-Calleja, de acuerdo con los registros de la empresa.

La reciente reestructuración del Buró Político del Partido Comunista de Cuba ha evidenciado que Luis Alberto Rodríguez López-Calleja no es un empresario más en el panorama político-económico cubano. Es una prueba de su papel de albacea de los bienes de una familia en el poder. Raúl Castro ha abandonado su puesto visible pero deja en su lugar a hombres de confianza de la cúpula militar, los verdaderos dueños de las armas y el dinero. El “jefe de los hoteles” va ganando poder en Cuba. A finales de 2019, acompañó a Miguel Díaz-Canel Bermúdez en la gira por Europa. Pero también lo hizo en septiembre de 2018, cuando el gobernante cubano viajó a Nueva York, aunque en aquella ocasión apenas se lo podía distinguir en un par de fotos captadas por la prensa.

En 2019, durante la Cumbre de los No Alineados, aparecía ya en el epicentro de la delegación junto a Bruno Rodríguez Parrilla y Rodrigo Malmierca Díaz, lo cual indicaba la probable preparación del militar-empresario para ocupar otros puestos con mayor poder de decisión en el gobierno. Se habló incluso de que sustituiría al viejo Ricardo Cabrisas Ruíz, pero no sucedió. GAESA es posiblemente mucho más importante que cualquier otra institución en la economía del régimen.

Con el ascenso oficial de Raúl Castro al poder en 2009, lo que anteriormente fuera una entidad militar que participaba casi de igual a igual en el escenario económico junto a otras empresas e instituciones estatales relacionadas con el turismo y la inversión extranjera, en poco menos de una década terminó por absorber más del 80 por ciento de las actividades comerciales, exportadoras, financieras e inversionistas. El poder de GAESA, tan solo como grupo hotelero, es indiscutible. Para noviembre de 2014 Gaviota S.A. lograría ubicarse en el número 55 del ranking de las 300 mayores cadenas del mundo, de acuerdo con la revista Hotels, y en el número 3 de Latinoamérica, según la misma publicación.

Luis Alberto Rodríguez López-Calleja ha sido el encargado de generalizar e instituir en toda la economía cubana los métodos ensayados desde el Departamento Económico de las Fuerzas Armadas. El ejemplo más reciente serían las tiendas recaudadoras de dólares (MLC, siglas de Moneda Libremente Convertible), reconocidas por Raúl Castro en su informe al 8vo. Congreso del Partido Comunista como una estrategia para estimular el envío de remesas por parte del exilio, y enmarcadas en un esquema de GAESA que integra desde los propios establecimientos comerciales, el sistema de proveedores, las agencias importadoras y las entidades financieras.

Cubanet, 27 de abril de 2021.
Foto: Luis Alberto Rodríguez López-Calleja (tercero de izquierda a derecha) durante la gira de Miguel Díaz-Canel por Europa a fines de 2019. Tomada de Cubanet.

lunes, 14 de junio de 2021

La despedida de Raúl Castro



Durante las sesiones del 8vo Congreso del Partido Comunista de Cuba, Raúl Castro dejó su cargo de primer secretario. Esta había sido una propuesta del 7mo congreso, defendida por él y asumida tras amplio debate. De modo que es inexacta su afirmación de que nada lo obligaba; el respeto a los acuerdos de la máxima instancia partidista son, o deben ser, inexcusables.

En 2006, con la enfermedad y consecuente retiro de Fidel, quedaba sellada la etapa heroica y utópica de la Revolución cubana. Demasiados errores habían lastrado la utopía. De su hermano menor se esperaba menos carisma pero más realismo. Muchos apostaron a un pragmatismo que permitiría recuperar el maltrecho proceso de reformas que afloró tibiamente en los noventa para detenerse en cuanto se fortaleció la relación con la Venezuela bolivariana.

Raúl Castro, aún sin ser presidente en funciones ni primer secretario del Partido, favoreció un escenario interno y externo de enorme expectativa. El autocrítico discurso que pronunciara en Camagüey el 26 de julio de 2007, generó gran confianza en muchos sectores. Su anuncio de «cambios estructurales y de concepto» llegaba en el momento adecuado. Aquella intervención fue analizada con entusiasmo durante meses en asambleas de trabajadores.

Un año más tarde, en la alocución por la misma efeméride, alertó sobre un arreciamiento de la crisis mundial y moderó su crítica. «Hay que acostumbrarse no sólo a recibir buenas noticias», le dijo a un pueblo que realmente nunca ha estado acostumbrado a ellas. Pronto se hizo evidente que de la fórmula que convirtiera en eslogan de su gestión: «sin prisa, pero sin pausa», sería favorecida más la primera que la segunda de tales intenciones.

No obstante, hacer tabula rasa de su gobierno sería injusto. A Raúl se le debe el disfrute de derechos constitucionales que habían sido violados por décadas: viajar a otros países, hospedarnos en nuestros propios hoteles, vender nuestras casas y automóviles, tener un celular. Fueron más los obstáculos que eliminó que los caminos nuevos; más lo que descongeló que lo que germinó. Sin embargo, se le agradece.

La denominada actualización del modelo económico y social cubano, anunciada por él, generó incontables páginas de documentos —plasmados en los «Lineamientos de la política económica y social de la Revolución» y en la «Conceptualización del modelo económico y social cubano». De ahí que pueda afirmarse que este ha sido el proceso reformista más planificado de la historia de la Revolución. Una planeación bastante infecunda.

A casi tres lustros de anunciadas las reformas, y tres congresos del Partido más tarde —si contamos desde el 6to en que fue nombrado primer secretario— se despide de su cargo con un Informe Central que me deja la sensación de haber vivido en un período comparable a una serpiente que se muerde la cola.

Si el 6to Congreso aprobó los Lineamientos —hijos de un debate profundo—, y el 7mo certificó la Conceptualización, resultado igualmente de una discusión abierta; el 8vo nos informa, lacónicamente, que de los referidos Lineamientos se propone: «mantener 17, modificar 165, suprimir 92 y adicionar 18». Cuáles son los cambios exactos, qué los motivó, quiénes los decidieron; son interrogantes que me hago. Imagino que también le ocurra a otros. En su intervención realizó una fuerte crítica a Marino Murillo, hasta ahora visto como el hombre fuerte de la implementación de los Lineamientos. Pero las cabezas de turco han abundado en la historia de este proceso.

Fue más intensa su mirada hacia adentro, hacia el Partido, que de acuerdo al lema que presidió el congreso es visto como «el alma de la Revolución», que hacia la sociedad que deja. Una sociedad que en las últimas décadas ha venido empeorando en todos los órdenes: económico, político y social. Se va Raúl, y no deja otras expectativas que un puñado de consignas. Su discurso mostró irritación, inflexibilidad y sobre todo, una falta tremenda de empatía. Pero eso solo lo consiguen los líderes. Bien dijo el presidente Díaz-Canel que «Fidel es Fidel y Raúl es Raúl». El primero lograba transmitir la idea de que nos salvaríamos o nos condenaríamos juntos.

Según palabras de Raúl: «La economía cubana en los últimos cinco años ha mostrado capacidad de resistencia frente a los obstáculos que representa el recrudecido bloqueo». Corrección: son las cubanas y cubanos los que hemos mostrado una heroica capacidad de resistencia, no solo contra el bloqueo, sino contra los errores, la lentitud y el dogmatismo de los que determinan la política económica en Cuba.

Del mismo modo se equivoca el dirigente cuando certifica que «Sin el Partido no podría existir la Revolución». El PCC se fundó en 1965, seis años después del triunfo revolucionario, y, por otra parte, la vitalidad de un proceso político no la otorga una organización, tampoco un artículo constitucional que lo declare irreversible; su existencia depende de la gente que la apoye, de la base social que la haga suya.

¿Puede asegurar Raúl Castro que esa base social es inconmovible? Nunca se dio a conocer públicamente el «Estudio del clima sociopolítico de la sociedad cubana» que los delegados al Congreso analizaron previo al cónclave. Pero la insistencia del informe en que las voces críticas son resultado exclusivo de la influencia subversiva proveniente de los Estados Unidos, y su emplazamiento a enfrentarlas con fuerza, indica que el clima en cuestión no es ya tan favorable.

En su extenso documento, convocó a «borrar de nuestras mentes prejuicios del pasado asociados a la inversión extranjera y asegurar una correcta preparación y diseño de nuevos negocios con la capacitación del capital extranjero». Seguramente piensa que debemos borrar otras cosas, como el rechazo —del que nos enorgullecíamos—, al crecimiento de la desigualdad social. Su crítica a la «cierta confusión» que tuvieron algunos cuadros de dirección al emprenderla contra la «supuesta desigualdad» que ha creado la comercialización dolarizada en Cuba, vuelve la espalda a un problema de primera magnitud que debió ser analizado por el Partido dada la inconformidad que está generando entre la gente.

Desde hace dos años, en Cuba mueren más personas que las que nacen. La cuestión de la sostenida baja en la natalidad debió ser un debate de la mayor importancia para los delegados al congreso. Fue increíble que la referencia al asunto en el «Informe Central» se limitase a manifestar preocupación por la disminución del «número de ciudadanos que arriban a la edad reglamentaria para sumarse al servicio militar».

Hace trece años, en un discurso con motivo del 26 de julio, Raúl afirmó con énfasis que el tiempo no podía perderse pues: «Desperdiciarlo por inercia o vacilación es una negligencia imperdonable. Hay que aprovechar cada minuto». En fecha tan temprana como 1962, Fidel había expresado: «La Revolución no es una lucha por el presente, la Revolución es una lucha por el futuro; la Revolución tiene siempre su vista puesta en el porvenir y la patria que pensamos, la sociedad que concebimos como sociedad justa y digna de los hombres, es la patria del mañana».

Han transcurrido seis décadas de aquel momento. Ya es el mañana. ¿Puede mostrar satisfacción ante lo que hemos logrado? Con todo respeto, me gustaría saber en qué elementos se basa para ello y para afirmar su «confianza en el futuro de la Patria».

Alina Bárbara López Hernández
La Joven Cuba, 22 de abril de 2021.
Foto de Raúl Castro en el 8vo Congreso del PCC realizada por AFP y tomada de La Joven Cuba.

lunes, 7 de junio de 2021

Mi tiro de gracia


Raúl Castro no sólo abandonará la jefatura del Partido Comunista de Cuba, sino que también probablemente morirá este 2021. Al menos así lo estimó el portal inglés Deathlist, que cada año augura la muerte de cincuenta personajes célebres en todo el mundo.

Puede parecer otra trivialidad británica, pero en una isla tan dada a la hechicería, la macabra lista es mirada de reojo por haber acertado en su momento con Fidel Castro y Hugo Chávez. Así pues, el segundo Castro estaría ya a la espera de la carroza en compañía de otros famosos por muy variadas razones como Willie Nelson, Imelda Marcos, Yoko Ono o el emperador emérito Akihito, incluidos en la exclusiva predicción de Deathlist.

Antes del presagio ya eran apreciables algunos preparativos de rigor, pues el manejo previsor de los asuntos de la muerte siempre ha sido muy cercano a Raúl Castro. No creo casual que el mismo día de junio pasado en que celebraba sus 89 años de vida –más de 60 en el poder– los cubanos fueran informados que en el Cementerio de Santa Ifigenia en Santiago de Cuba se restauraba minuciosamente el monolito del Comandante en Jefe, como llama la prensa oficial a la roca de casi cincuenta toneladas en la fueron depositadas las cenizas de Fidel Castro.

Nadie bien enterado de los asuntos cubanos puertas adentro imaginaría que dar brillo a la tapa de mármol verde Guatemala (tallada con el nombre del fallecido en enormes mayúsculas) o buscar nuevo esplendor en los objetos de bronce, columnas y senderos del conjunto funerario, podría acometerse, y menos aún publicarse en tiempos de pandemia sin la aprobación directa del hombre fuerte de la isla. En Santa Ifigenia, desde hace bastante tiempo, se cumplen con particular precisión las indicaciones de Raúl Castro.

Tras el remozamiento, en una ceremonia reservada a líderes del partido comunista y militares de alto rango, se proclamó la inclusión de Fidel Castro en la categoría de Padre Fundador de la Patria, junto a José Martí y Carlos Manuel de Céspedes, en compañía de Mariana Grajales, convenientemente agrupados ahora en un llamado Sendero de los Próceres del camposanto santiaguero.

El interés de Raúl Castro por la pompa y circunstancia de las honras fúnebres ha cobrado particular intensidad en su ya prolongado turno de pleno poder. De hecho, ante el fiasco de las reformas prometidas y el estado calamitoso de su herencia, es en este campo en el que con mayor probabilidad se le podrá reconocer alguna huella propia.

El asunto no es de ninguna manera nuevo. Más de tres décadas atrás, en uno de sus largos recorridos por las provincias orientales –motivados con frecuencia por algún extrañamiento de su hermano Fidel–, conocí de primera mano, cuando apenas me iniciaba como jefe de su poderoso despacho político, de esa intención de asegurarse la posteridad, al ser invitado a acompañarlo a visitar en las lomas de Mayarí Arriba su cementerio más apreciado, el reservado a los integrantes reconocidos de su tropa guerrillera.

Un remoto mausoleo a cielo abierto, concebido en un valle entre montañas de la Sierra Cristal, equipado ya por entonces con llama eterna, salón de protocolo enchapado en maderas preciosas y tribuna para actos patrióticos, donde se alineaban por niveles jerárquicos decenas de tumbas, encabezadas por dos espacios reservados para el propio Raúl y su esposa Vilma Espín. Rara sensación la de escuchar aquella satisfecha descripción del entorno privilegiado, escogido para descansar acompañado solo por sus elegidos. Un paisaje eterno de tumbas y montañas.

Por entonces no había grandes rocas en los proyectos de tumbas para los hermanos Castro. La enorme piedra de 130 toneladas con dos nichos separados por el escudo nacional destinada a los esposos Castro-Espín en el mausoleo del Segundo Frente Oriental, y la de Fidel Castro, algo más pequeña en Santa Ifigenia, aparecieron años después, cuando la muerte y su eternidad se hicieron más cercanas.

Disponer de cementerios privados ofrece, por cierto, posibilidades para saldar promesas y cumplir curiosos homenajes, además del evidente despliegue de poder. En ese primer cementerio creado por Raúl para sus más fieles guerrilleros en las estribaciones de la loma de Mícara descansa por excepción un invitado extranjero, el bailarín español Antonio Gades, íntimo de la cúpula militar cubana, quien prestó según reconocimiento oficial "extraordinarios servicios a la revolución". La naturaleza de esas tareas no es difícil de imaginar por la estrecha amistad del andaluz con el general Abelardo Colomé Ibarra, exjefe de la Contrainteligencia Militar y exministro del Interior, quien paradójicamente morirá en desgracia y ocupará allí mismo una tumba mucho menos prominente que la curiosa escultura en forma de palma truncada, junto a lustrosas botas flamencas, bajo las que se encuentran los restos de su compadre. Muy cerca, en una esquina discreta, fueron depositadas las cenizas de Manuel Piñeiro, el irreverente comandante Barbarroja, temprano jefe de inteligencia de aquel mando guerrillero y muerto en extrañas circunstancias, pero útil aún para las apariencias de la lealtad revolucionaria.

La organización de funerales y el traslado de restos ilustres como arma política abundan en la hoja de servicios del único General de Ejército en la historia nacional. En 1987 logró vencer la reticencia inicial de su hermano mayor para enterrar en el Monumento Nacional Cacahual, junto al legendario teniente general Antonio Maceo, a Blas Roca, el dirigente comunista que entregó incondicionalmente su viejo Partido Socialista Popular a los barbudos de la Sierra Maestra, consolidando la confianza de Moscú hacia los nuevos gobernantes de Cuba. En el terreno de la simbología revolucionaria, la entrada de Blas Roca al Cacahual rompió los respetuosos límites que resguardaban los sepulcros de los jefes mambises y creó un antecedente válido para llevar años después al propio Fidel Castro al lado de José Martí.

La operación logística del funeral sin precedentes de Blas Roca incluyó un masivo velatorio en el Monumento a José Martí en la Plaza de la Revolución, para el que hubo necesidad de trazar fronteras entre las dos familias rivales del fallecido líder de los viejos comunistas (ver comentario mío al final). En lo adelante para la muerte de los notables se perfeccionaría el estricto protocolo de las jerarquías funerarias del raulismo, muy frecuente en los últimos tiempos de tantas muertes prominentes, que incluye la relevancia del anuncio del fallecimiento, los días y el tipo de duelo asignados, el sitio variable de los velatorios –en la Plaza y con desfile de pueblo, alguna sala del edificio de las Fuerzas Armadas o la funeraria semioficial de Calzada y K– y finalmente el lugar designado para el descanso eterno. Todo con un calibrado despliegue en la prensa oficial.

Tres años después de Blas Roca, el 5 de agosto de 1990, llegó al Cacahual de la mano de Raúl Castro, Juan Fajardo Vega, el último de los veteranos cubanos de las guerras contra España. A Fajardo, un mulato oriental nacido en Contramaestre, le alcanzaron sus 108 años para pelear en la adolescencia como escolta del general Saturnino Lora y hasta cooperar como armero de los guerrilleros de la Sierra Maestra medio siglo después. Un soldado de filas hecho a la medida de la propaganda revolucionaria aunque, ya pasado el centenario, el veterano rezongara abiertamente de lo que le había sucedido al país después de 1959. La idea de identificar y honrar al último mambí captó de inmediato la atención del entonces Segundo Secretario del Partido Comunista cuando el escritor Norberto Fuentes, todavía en olor de santidad con el castrismo, se lo sugirió apenas un mes después de los funerales de Blas Roca.

Había muerto en Pompano Beach, Florida, a los 105 años, Ralph Waldo Taylor, el último de los Rough Riders de Teddy Roosevelt, soldado de filas en el caótico asalto a la Loma de San Juan en el sur de Oriente, que selló la suerte de España como potencia colonial en 1898. En Estados Unidos vivían todavía en mayo de 1987 otros cinco veteranos de la guerra Hispano-Americana pero ninguno de ellos había participado en el asalto de San Juan. El paralelo era evidente y la campaña, sugerida por Fuentes para identificar al último mambí, comenzó con la búsqueda por todo el país de los sobrevivientes de la guerra de 1895. Un rápido censo arrojó exactamente una docena de curtidos ancianos que en lo adelante serían cuidados con esmero hasta el último aliento, en una suerte de competencia entre las organizaciones provinciales del Partido Comunista, entusiasmadas porque fuera «su» mambí quien recibiera los honores finales. Una carrera hacia la muerte en la que Fajardo, por llegar último, resultó el triunfador.

El Cacahual tuvo por esas décadas finales del pasado siglo el rol de camposanto preferido de Raúl Castro que hoy corresponde a los cementerios del Oriente. Un año antes de la simbólica despedida al último mambí fue escenario de la ceremonia principal del mayor sepelio simultáneo de la historia cubana. El 7 de diciembre de 1989 –otro aniversario de la muerte de Antonio Maceo– ambos hermanos Castro presidieron los funerales de los cubanos muertos en las guerras africanas: 2.085 en misiones militares y 204 en tareas civiles, según las cifras oficiales, tan cuestionadas como toda estadística gubernamental. El regreso de esos muertos había estado prohibido a lo largo de casi veinte años, al igual que toda referencia pública al número de bajas en las lejanas guerras de Angola y Etiopía, para evitar un posible equivalente al Síndrome de Vietnam ocasionado en Estados Unidos por el arribo de miles de ataúdes cubiertos por la bandera de las barras y las estrellas.

No lejos del Cacahual se localiza el Mausoleo al Soldado Internacionalista Soviético, otra de las necrópolis auspiciadas por Raúl Castro, quien encendió su llama eterna al inaugurarlo en febrero de 1978, en el aniversario 60 del Ejército Rojo. Pese a no registrarse ninguna muerte en combate de soldados soviéticos en Cuba, 69 túmulos de militares «fallecidos en accidentes» están ocupados desde entonces. Su cercana ubicación a la estación de espionaje electrónico conocida internacionalmente como Base de Lourdes hizo de este mausoleo el sitio ceremonial indicado para centenares de conmemoraciones, recibimientos y despedidas de huéspedes de la URSS y luego rusos, incluidos todos los altos cargos de la cúpula política y militar de Moscú de frecuentes viajes a la isla.

Hasta Kiril, patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa, participó de esta suerte de diplomacia funeraria al visitar el mausoleo soviético tras reunirse en La Habana en 2016 con el Papa Francisco, un encuentro que puso fin a mil años de silencio entre ambas iglesias en una Cuba encomiada por entonces por el pontífice argentino como un territorio propicio para negociaciones de paz.

Por cierto, que cuando Francisco llegó durante un peregrinaje anterior a Holguín –provincia natal de los hermanos Castro–, para oficiar una misa pública, el lugar designado fue también otro sitio de inspiración soviética: la plaza construida para celebraciones revolucionarias y como último destino para el mítico general Calixto García, muerto en Washington en 1898 cuando intentaba negociar los términos de la independencia nacional. Enterrado de inmediato en el cementerio nacional de Arlington y dos meses después en el de Colón –en La Habana todavía bajo la ocupación militar de Estados Unidos–, su traslado final a Holguín en 1979, con todos los honores, confirmó que el trasiego previsor de ilustres cadáveres ofrece oportunidades para ganancias políticas inesperadas.

Dos papas romanos algo más críticos habían viajado a Cuba antes que Francisco y no faltaron sobresaltos entre las jerarquías católica y castrista sobre los sitios escogidos para celebrar las misas públicas que marcan el clímax de toda visita papal. Para la oficiada por Juan Pablo II en Santa Clara en 1989 la propuesta del entonces secretario del Partido Comunista en el territorio, Miguel Díaz-Canel, fue el memorial dedicado al Che Guevara, ante la cual el obispo local, Fernando Prego, reaccionó con «desasosiego» por las implicaciones políticas obvias, según han contado posteriormente testigos indiscretos del Arzobispado de La Habana.

Díaz-Canel también fracasó en aquel empeño, del que se mantuvo ajeno Raúl Castro, lo que no es de extrañar dado su escaso vínculo con ese prominente sitio funerario, concebido y construido por Ramiro Valdés, su adversario de larga data, al que se le confió el proyecto para mantenerlo visible e inofensivo. El Che Guevara, décadas después de su incorporación en México a la incipiente revolución, sus experimentos fallidos en la economía cubana y en la guerra de guerrillas y el desvarío antisoviético que encarnó, no era de sus muertos. Ni el comandante Ramón asesinado en Bolivia, ni su incontrolable viuda o el exministro del Interior gozaron ni entonces ni después de la simpatía del segundo de los Castro.

La intensa agenda de funerales oficiales y patrióticos en los últimos años no olvidó al panteón familiar con el que claramente se entremezcla. Tras inaugurar la roca destinada a su hermano mayor, Raúl Castro viajó de inmediato desde Santiago de Cuba al terruño natal de Birán, donde presidió la inhumación junto a sus padres y abuelos, de los hermanos mayores, Ángela y Ramón, en otro camposanto particular, cercano a la casona de inspiración gallega que Fidel en uno de sus arrebatos juveniles amenazó con quemar. Planeando siempre para la eternidad, Raúl declaró que allí también serían enterradas en su momento las demás hermanas, Agustina, Emma y Juanita. La primera murió en 2017 y se sumó, efectivamente, al mausoleo familiar, pero la última reiteró su independencia hasta después de la muerte y rechazó desde Miami la convocatoria.

Prolífico en su actividad funeraria en territorio nacional, Raúl Castro no tuvo a lo largo de sesenta años iguales oportunidades a escala internacional. Los sepelios de mayor lustre en el extranjero pertenecían por derecho propio a su hermano Fidel, dispuesto a grandes funerales como los de François Mitterand y Pierre Trudeau en las respectivas catedrales de Notre Dame en París y Montreal o en las murallas del Kremlin en 1982 para despedir a Leonid Brezhnev. Sólo las muertes sucesivas en menos de tres años de los sucesores Yuri Andropov y Konstantin Chernenko provocaron la negativa rotunda del comandante en jefe a viajar por tercera vez a Moscú con tal propósito y permitieron al otro Castro encabezar la misión.

De aquella jornada solemne contemplada desde el privilegiado sitio sobre la tumba de Lenin destinado a las delegaciones extranjeras la fría mañana del 3 de marzo de 1985, me queda, entre otros, el vivo recuerdo de una desconcertada Margaret Thatcher, cara a cara por primera vez con uno de los hermanos Castro. La imperturbable Dama de Hierro, la figura occidental de mayor prominencia en aquel funeral donde el protocolo comunista situaba en los primeros puestos a los suyos, se encontró atascada ante el grupo de cubanos por largos minutos en un espacio sin opciones para ignorarse: un encuentro inesperado e incómodo que terminó sin saludos.

Muchos años después, cuando Raúl Castro hacía pleno uso de los títulos de su hermano sin mi compañía, protagonizó en África del Sur su momento más memorable en un funeral extranjero, al estrechar la mano del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, durante las exequias de Nelson Mandela en 2013. Un saludo discreto por ambas partes, pero nada casual. Luego se revelaría que ya avanzaban entonces negociaciones muy secretas para la normalización de relaciones que llevaron a La Habana, tras un paréntesis de 88 años, a un mandatario estadounidense en ejercicio: un Barack Obama ansioso por encontrar en el caso Cuba un apresurado legado para sus ocho años en la Casa Blanca.

Un recorrido por la intensa relación de Raúl Castro y el tema de la muerte no puede excluir su explícita aversión por los suicidas, un desenlace, sin embargo, demasiado frecuente en la patología nacional. El pacto suicida de su cuñada Nilsa Espín y su esposo Rafael Rivero en 1965 en oscuras circunstancias, fue siempre tema tabú en su entorno. Igualmente, nada oportuna cualquier referencia al comandante Augusto Martínez Sánchez, «uno que no sabía ni cómo pegarse un tiro» y sobrevivió a un disparo en el pecho en 1964, angustiado por no haber servido mejor a Fidel Castro y la revolución. Dos de los más notables suicidas del castrismo, Haydée Santamaría, participante en el asalto al Cuartel Moncada y directora de la Casa de las Américas, que se quitó la vida en 1980, y el expresidente Osvaldo Dorticós, quien tomó la «dramática decisión» en 1983, fueron invariablemente recordados como «la loca esa, que se suicidó un 26 de julio» o «el pendejo de Dorticós», que «jodió hasta la muerte».

No tengo idea de cómo calificará ahora, si es que lo menciona, a su sobrino preferido, Fidel Castro Díaz-Balart, el más privilegiado en la dinastía gobernante, educado bajo su mando y el mayor fracaso en los proyectos de sucesión familiar, que terminó sus atormentados días lanzándose por una ventana de la mejor clínica del país. Hay otros muchos muertos cercanos en el vasto e implacable mundo funerario de Raúl Castro. Los que no debían ser honrados y fueron fusilados y sepultados sin despedidas en tumbas sin nombres, como el general Arnaldo Ochoa o el coronel Antonio de la Guardia. A los protagonistas centrales de las purgas de 1989, seguiría poco después el exministro del Interior, José Abrantes, muerto de «causas naturales» en una prisión para «casos especiales», y deferentemente velado unas pocas horas en una funeraria de La Habana muy bien custodiada.

Y hay otros, muertos por su propia mano, que contribuyeron a su leyenda y que quizás –no por remordimiento–, estarían mejor olvidados. Son en su mayoría seres anónimos como el expedicionario del yate Granma sospechoso de traición, cuya ejecución le fue encargada directamente por su hermano mayor poco antes de la salida del puerto mexicano de Tuxpán. Mucho más visibles las decenas de cuatreros, traidores, arrepentidos o desertores ajusticiados en la Sierra Maestra, varios con el auxilio espiritual del sacerdote y comandante Guillermo Sardiñas. Una práctica que luego continuaría, ya normada por un Código Revolucionario de Justicia del Segundo Frente, en la extensa zona de la Sierra Cristal bajo su mando.

Y están, por supuesto, los fusilados en el campo de tiro del Valle de San Juan el 12 de enero de 1959, acusados en juicios más que sumarísimos de crímenes durante la dictadura de Fulgencio Batista: 72 según el reporte del diario Revolución del día 14 de enero; 70 según el informe de igual fecha al Departamento de Estado del cónsul estadounidense en Santiago de Cuba, Park F. Wollam. El documento del cónsul, «optimista hacia el futuro, pese a los acontecimientos», critica la ausencia obvia de garantías judiciales, y añade que «la acción ha dejado algunas dudas en unas pocas mentes», porque en su criterio muchos de los fusilados eran «bien conocidos matones y asesinos» que habrían enfrentado la pena capital en cualquier otra corte y bajo diferentes circunstancias. Mejor, por lo tanto, mirar hacia otro lado.

Para los fusilados en San Juan, sin embargo, el castigo no terminó con la muerte. Muchos años después, para borrar todo rastro de la infame historia, los restos fueron desenterrados y arrojados en algún lugar de la Bahía de Guantánamo, porque según él mismo decía "a Raúl Castro no le van a estar apareciendo muertecitos".

Alcibiades Hidalgo

Caricatura de Omar Santana. Tomada de "Nostálgico del comunismo, desconfiado de los intelectuales", publicado en agosto de 2006 en Cubaencuentro.

Nota.- El 14 de abril de 2021, Radio Televisión Martí reprodujo en su web este artículo con la autorización del autor, después que el día anterior se publicara en la edición del diario madrileño ABC. Alcibíades Hidalgo fue embajador de Cuba ante Naciones Unidas, exjefe del despacho político de Raúl Castro y ex-miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.