lunes, 17 de enero de 2022

El colapso del calzado en Cuba

Zapatos plásticos Kicos, Cuba, años 70.
¿Cómo se las arregla hoy la gente en Cuba para tener zapatos? ¿Qué calidad tienen sus zapatos? ¿Cuánto cuesta un par? ¿Saben hoy en la Isla quienes no llegan a los 70 años de edad que, cuando Cuba era "explotada por el imperialismo y la burguesía nacional", el calzado cubano era motivo de orgullo nacional, que era exportado a todo el planeta y gozaba de merecida fama por su diseño y estilo, la calidad de la piel y su comodidad?

Las respuestas a estas interrogantes confluyen hacia el mismo punto: son cosas del comunismo. Un solo dato (que se puede encontrar en internet) es elocuente: en 1954 Cuba produjo 15 millones de pares de zapatos de alta calidad para seis millones de habitantes, o sea 2,5 pares de zapatos per cápita.

Actualmente la producción exacta nadie la sabe, pues el régimen ya no da cifras nacionales, pero en 2014 las 24 fábricas cubanas produjeron 2,5 millones de pares de zapatos, para 11,3 millones de habitantes. O sea, 0,22 zapato anual por habitante. Y es poco probable que la producción haya aumentado mucho, pues desde 2016 se inició la crisis económica que hoy es ya asfixiante.

Ese desplome de un 83% en la producción, sin guerras o catástrofes naturales, es inaudito, y encima el calzado producido es de pésima calidad, uno de los peores del mundo, al punto de que en su edición del 1 de marzo de 2015, el periódico Trabajadores admitió que ninguno tenía "el formato que lo podría catalogar como zapato de vestir, ni de hombre ni de mujer".

Cinco meses después de esa "confesión", en agosto de 2015, un pastor estadounidense que fue a predicar en una iglesia evangélica del Vedado, antes de comenzar dijo jocosamente a los fieles: "Estoy mirando desde aquí los pies de ustedes, y por eso sé que estoy en Cuba", según reportó la prensa independiente. Así sería el maltrecho y pobre calzado que aquel predicador vio en quienes lo escuchaban en El Vedado, no en El Fanguito o La Timba.

En abril de 1959, Fidel Castro se reunió con los empresarios privados de la industria del calzado (a los cuales 16 meses después quitó sus fábricas) y les dijo que el calzado cubano tenía que seguir siendo de muy alta calidad, "un zapato mejor que cualquiera que se pueda importar aquí". Pues bien, luego de más de 60 años de socialismo, si hoy los cubanos no andan descalzos o con zapatos parecidos al que se come Charles Chaplin en La quimera del oro, es por el calzado que a la Isla llevan las "mulas" y envían compatriotas en la diáspora. Porque la otrora pujante industria nacional del calzado en rigor desapareció. Y los zapatos que se importan, de China, son de pésima calidad y, encima, se venden en dólares.

Un reportaje publicado el 6 de octubre en 14ymedio comenzaba así: "Sandra tiene la cara pegada a la vidriera de la zapatería Sport en la Plaza Carlos III, en La Habana, donde se ha formado una nutrida cola. En ella se exhiben dos pares de tenis para niños que cuestan, 22.50 y 22.68 dólares (540 y 544 pesos) y son los más baratos a la venta". Pero Sandra ese mes solo pudo utilizar 30 dólares para todas las necesidades en su hogar, y luego de pagar 75 pesos por dólar, o sea, 2.250 pesos, casi todo su salario del mes. Y su esposo está desempleado. En fin, si compra los tenis a su hijo pasará hambre toda la familia.

Otra mamá, que no dio su nombre, le dijo a 14ymedio: "Compré lo que necesitaba para la escuela de la niña a una mujer que vende mercancía traída del exterior. Me costaron 3.000 pesos los tenis y 2.000 la mochila". O sea, pagó 125 dólares por un par de tenis. En las lujosas tiendas de Macy's, en Estados Unidos se pueden comprar tenis excelentes a precios más bajos.

La periodista independiente Laura Rodríguez reportó hace dos años desde Santa Clara una acalorada discusión. Odalis quería devolver a la tienda un par de zapatos Made in China descosidos y despellejados que había comprado allí quince días antes, pero el empleado le dijo que no tenían garantía y no aceptó la devolución. Odalis perdió sus 20 dólares.

Hoy en las tiendas estatales de Cuba un par de zapatos de hombre oscila entre 70 y 105 dólares y las sandalias no bajan de 32 dólares. En el mercado negro cuestan más, pues el comerciante furtivo le carga al precio un extra, por su "zapateo" para conseguirlos y una "prima" por el riesgo de ir preso por "enriquecimiento ilícito". En fin, los precios del calzado en Cuba son probablemente los más altos del mundo en proporción al salario promedio.

Lo insólito es que antes del 1 de enero de 1959, la industria cubana del calzado estaba más desarrollada que la de muchos países del Primer Mundo. En opinión de famosos como los actores Errol Flynn y Tyrone Power, los zapatos estadounidenses Thom McAn y Florsheim, o los italianos, no eran mejores que los fabricados en Cuba. Los zapatos Ingelmo y Amadeo en particular, y también Bulnes y Valle, se veían en las calles de muchos países y validaban un lema comercial: "Se nota la calidad, es calzado cubano".

En la enorme fábrica fundada por Cristóbal Ingelmo, la mayor de las 185 fábricas cubanas (sin contar talleres más pequeños) antes de los Castro, hoy no se producen zapatos, sino maracas y tambores. La fábrica que instaló Amadeo Valle en 1902 es hoy un cuchitril desvencijado que solo produce botas rústicas de cuero duro. La fábrica Valle es un almacén. Y Bulnes, fábrica creada por Benigno Herrero Bulnes, se mantuvo funcionando a duras penas hasta los años 70. Hoy. hay allí una sala de Cine 3D y un timbiriche de alimentos y bebidas de origen impreciso.

La también habanera Amador Blanco Peña, montada con las maquinarias confiscadas a las plantas Ingelmo y Valle, fue desmantelada en 2014. Hoy radica en esa enorme nave la Oficina Nacional de Diseño Industrial. Igualmente desapareció la fábrica del poblado habanero de Managua, que confeccionaba botas militares atornilladas, muy pesadas y que además soltaban la suela. Hay ahora allí un policlínico. Se esfumó también la fábrica de calzado plástico del Cerro, creada por Celia Sánchez. Allí están ahora las oficinas del estatal Grupo Combell, de calzado.

Quedan cada vez menos fábricas de zapatos. De ellas pueden citarse una en Villa Clara, y Venus, en Guanabacoa. Entre los productores privados está Guazú, en Santa Clara, que produce un calzado hecho a mano, de vestir y de trabajo, guantes, petos y fajas. Otro ejemplo del derrumbe "revolucionario" de la industria del calzado es que en 1958 había en el país 68 tenerías (entre grandes y pequeñas, todas privadas) para abastecer esa industria, y hoy hay apenas cinco tenerías, todas estatales: tres en Caibarién, una en Camagüey, y otra en Guanajay, según informó recientemente Mysora López, directora de la estatal Empresa de Tenería y Pieles. Dijo que en los años 80 llegó a haber 13 tenerías. Desde entonces el dragón castrista se tragó ocho.

Solo algunos cuentapropistas, muchos de ellos descendientes de zapateros que antes del comunismo tan buena fama le dieron al calzado cubano, pueden hoy producir artesanalmente calzado de alguna calidad. Pero pagan las pieles en el mercado clandestino como si fuese oro, pues el Estado les prohíbe el uso de piel vacuna. La mayor parte de esa producción privada de calzado es con material sintético.

Roberto Álvarez Quiñones
Diario de Cuba, 14 de octubre de 2021.
Foto: Kikos plásticos le decían a estos zapatos masculinos muy usados en los años 70. Tomada de Cuba Material.

lunes, 10 de enero de 2022

Breve cronología de la intolerancia en Cuba


La fórmula más recurrente de la dictadura cubana para impedir o dificultar que se produzcan cambios que vayan más allá de sus intereses ha sido la de encarecerlos. Los han encarecido de dos maneras: una, exponiendo como apocalípticos los resultados de lo que ellos definen como un "regreso al pasado", y dos, haciendo pagar de forma desproporcionada el "atrevimiento" a quienes se atreven a disentir.

La más reciente expresión de ese afán autoritario se ha puesto de manifiesto en la belicosa respuesta que se le ha dado al Movimiento San isidro, a los manifestantes del 27 de noviembre frente al Ministerio de Cultura y a los integrantes de la plataforma Archipiélago que pretenden organizar una marcha pacífica el próximo 15 de noviembre.

Pero los que peinan canas y atesoran cicatrices reconocen en estas actitudes del poder los mismos procedimientos que se han puesto en práctica en los últimos 60 años. Basta hacer un recuento superficial sobre ciertos momentos en los que se ha respondido con excesiva brutalidad a quienes de manera civilizada han hecho propuestas divergentes, incluso a quienes desde las propias filas han mostrado su desacuerdo con las formas de llevar a cabo el proyecto revolucionario.

Habría que empezar la lista con la carta de renuncia que a mediados de 1959 el comandante Huber Matos le envió a Fidel Castro, donde decía: "No deseo convertirme en obstáculo de la Revolución y creo que, teniendo que escoger entre adaptarme o arrinconarme para no hacer daño, lo honrado y revolucionario es irse. "Lo llevaron a un juicio donde fue condenado a 20 años de cárcel. Fidel Castro, en su condición de testigo, declaró que la principal falta del acusado había sido calumniar a la Revolución al calificarla de comunista.

En enero de 1961 el camarógrafo Orlando Jiménez Leal y el editor Sabá Cabrera Infante presentaron un documental titulado PM (pasado meridiano) donde, en lugar de mostrar a un pueblo enardecido dispuesto a morir frente a la "inminente invasión del imperialismo", exponía a unos habaneros gozadores de la vida tomando cerveza y bailando rumba. A finales de junio del mismo año y ante las reacciones que había ocasionado la censura al documental, Fidel Castro pronunció sus llamadas "Palabras a los intelectuales", donde consagra con una sola frase no solo la política cultural del país, sino también la intolerancia a cualquier posible discrepancia: "Contra la Revolución, ningún derecho".

Entre 1966 y 1968 un grupo de comunistas liderados por Aníbal Escalante que habían militado en el Partido Socialista Popular y se habían sumado a las ORI (Organizaciones Revolucionarias Integradas), tuvieron la osadía de hacer críticas a la dirección del país argumentando, entre otras cosas, que los dirigentes del Movimiento 26 de Julio eran elementos burgueses con planes de salir de la órbita moscovita y regresar a los brazos de Washington. Aquel fenómeno, bautizado como Microfracción, concluyó con 35 de los implicados juzgados. Sus figuras más prominentes recibieron condenas de hasta 15 años de cárcel.

En marzo de 1968, para enfrentar los últimos vestigios de propiedad privada, se decretó la Ofensiva Revolucionaria. El emprendimiento, tenido como un rezago del pasado, fue castigado con la confiscación de los medios de trabajo y la prohibición del empleo por cuenta propia.

En octubre de 1968 el poeta Heberto Padilla ganó el premio de poesía Julián del Casal auspiciado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) con su libro Fuera del Juego. El jurado que le otorgó el premio opinó que "la fuerza y lo que le da sentido revolucionario a este libro es, precisamente, el hecho de no ser apologético, sino crítico, polémico, y estar esencialmente vinculado a la idea de la Revolución como la única solución posible para los problemas que obsesionan a su autor, que son los de la época que nos ha tocado vivir".

La respuesta a aquellos versos desobedientes fue incluir en el libro un prólogo que lo definía como contrarrevolucionario. Posteriormente Padilla fue encarcelado durante 35 días y obligado a retractarse públicamente. Luego se exilió. Su obra no se estudia en las escuelas cubanas.

Son pocos los que recuerdan aquellas "asambleas de democratización", posteriores al fracaso de la Zafra de los Diez Millones, en las que se le pidió a los ciudadanos que expresaran sin temor sus quejas. Apenas hay datos (no existía internet en 1970) de los despidos de centros de trabajo y las expulsiones de universitarios que ocasionó aquel desenfreno de honestidad, o más bien de ingenuidad, en el que algunos llegaron a definir al régimen como una autocracia y otros señalaban como el mal de los males el voluntarismo y la falta de consulta con los ciudadanos.

El Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura se extendió entre los días 23 y 30 de abril de 1971. En este evento, se puso en marcha lo que los historiadores han bautizado como Quinquenio Gris. Se realizó una purga para eliminar de los centros culturales a todo aquel que "pareciera homosexual" o que mostrara lo que se dio en llamar "debilidades ideológicas". Como una secuela de ese evento, se anota la desaparición de la revista Pensamiento Crítico, que pretendió una mirada académica, menos ortodoxa de la práctica del socialismo.

En el balance de la intolerancia hay que mencionar los muy conocidos sucesos de 1980, donde se oficializaron los "actos de repudio" contra aquellos que ya no querían compartir el experimento impulsado por los comunistas.

El 13 de junio de 1991 se estrenó la película Alicia en el pueblo de Maravillas, de Daniel Díaz Torres. Ese día, cientos de militantes del Partido Comunista y de la Unión de Jóvenes Comunistas fueron movilizados para repudiar la proyección del filme, que ofrecía una mirada sarcástica de la absurda realidad. En ese mismo mes, un grupo de intelectuales hizo público un documento conocido como la "Carta de los Diez", en la que exigía cambios democráticos y la liberación de los presos de conciencia.

Los firmantes de la declaración, Raúl Rivero, Manuel Díaz Martínez, Nancy Estrada, José Lorenzo Fuentes, Bernardo Marqués Ravelo, Manuel Granados, Fernando Velázquez Medina, Roberto Luque Escalona y Víctor Manuel Serpa, fueron sometidos a todo tipo de represalias y acosos.

La poeta María Elena Cruz Varela, redactora de la carta, fue acusada públicamente de ser agente de la CIA por haber creado el grupo disidente Criterio Alternativo, al que tildaban de "grupúsculo contrarrevolucionario". Su casa fue allanada y ella fue golpeada y sacada a rastras de su edificio para obligarla, literalmente, a tragarse sus documentos. Cruz Varela fue condenada a dos años de prisión.

En febrero de 1992, el escritor cubano Jesús Díaz participó en Zürich en un debate público con el intelectual uruguayo Eduardo Galeano. Allí, Díaz leyó un texto titulado Los anillos de la serpiente, que causó un profundo disgusto en los medios oficiales porque, entre otras cosas, cuestionaba la consigna de socialismo o muerte lanzada por Fidel Castro. Jesús Díaz fue expulsado de la Unión de Escritores de Cuba y el ministro de Cultura de entonces, Armando Hart, difundió un panfleto donde lo acusaba de haber cometido un crimen enorme y deslizaba la siguiente amenaza: "Las leyes no establecen la pena de muerte por tu infamia; pero la moral y la ética de la cultura cubana te castigarán más duramente".

El 8 de septiembre de 1993, la Conferencia de Obispos de Cuba dio a conocer un mensaje titulado El amor todo lo espera, que fue posteriormente leído en todas las iglesias católicas y donde se hacía una severa crítica a la situación económica, política y social del país. Un articulista de triste recordación publicó un editorial titulado El amor todo lo espera siempre que no venga de Caín donde se decía que los obispos cubanos eran "cómplices históricos de todos los enemigos de la nación", y que el mensaje pastoral podía calificarse como "un puñal clavado por la espalda, en el momento más difícil, decisivo y heroico que había enfrentado la Revolución cubana".

En marzo de 1996, durante un pleno del Comité Central del Partido, Raúl Castro anuncia la decisión de clausurar el Centro de Estudios de Américas, un centro cubano de ideas, integrado fundamentalmente por jóvenes investigadores que habían cometido el atrevimiento de mencionar novedosas formas de construir el socialismo. Fueron acusados de "quintacolumnistas" y dispersados en diferentes puestos de trabajo.

El 19 de junio de 1997, los integrantes del Grupo de Trabajo de la Disidencia Interna hicieron público un documento titulado La patria es de todos en respuesta a la convocatoria al Quinto Congreso del Partido Comunista de Cuba, donde se desgranaban los principales problemas que aquejaban a la población y se formulaban sugerencias. Un mes más tarde, los firmantes del documento, Vladimiro Roca Antúnez, Félix Bonne Carcassés, René Gómez Manzano y Martha Beatriz Roque Cabello, fueron detenidos y procesados en un juicio sumarísimo. El 5 de mayo de 2002 fue puesto en libertad el último del grupo, Vladimiro Roca, después de cumplir cerca de cinco años de prisión en una cárcel de máxima seguridad en Cienfuegos.

En mayo de 2002, amparándose en el Artículo 88 de la Constitución de 1992, el Movimiento Cristiano Liberación, liderado por Oswaldo Payá Sardiñas y apoyado por otras organizaciones opositoras, presentó el Proyecto Varela como una iniciativa legislativa avalada por la firma de más de 11 mil ciudadanos. En esta propuesta se abogaba por reformas económicas y políticas. La respuesta del Gobierno fue modificar la Constitución de la República formulando el concepto de la irrevocabilidad del socialismo.

En marzo de 2003, en medio de lo que se recuerda como la Primavera Negra, fueron arrestados 75 activistas de los derechos humanos, que incluían a 25 miembros del Proyecto Varela, y fueron condenados a largas penas de cárcel. En este recuento, extenso pero incompleto, solo se han rememorado sucintamente las acciones pacíficas y sus desmesuradas respuestas entre 1959 y 2003. Obviamente faltan muchos elementos que ejemplifican en casos puntuales que los abusos del poder no son exclusivos del presente sino práctica habitual de seis décadas.

Lo ocurrido en los 18 años subsiguientes es tal vez más conocido por quienes hoy se preguntan a sí mismos qué podrían hacer para cambiar las cosas en Cuba. Entre las represalias más notables a quienes de forma pacífica han pretendido hacer algo destaca el permanente acoso a las Damas de Blanco, que centran su lucha en la libertad de los presos políticos, los ataques de todo tipo a los integrantes de la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU) y a cualquier otro movimiento de corte opositor.

Las detenciones arbitrarias, las prohibiciones de salida del país, incluso de la propia vivienda, la confiscación de medios de trabajo y las amenazas de procesos judiciales han recaído también sobre los blogueros y periodistas independientes, activistas culturales y defensores de los derechos humanos. La estructura política que gobierna hoy el país presume de continuidad, por lo que asume la responsabilidad de todos los atropellos cometidos hasta hoy. Las actuales víctimas, arrojadas al mismo viejo saco de las descalificaciones de siempre, comprenden que no hay escrúpulo que justifique tomar distancia con los demonizados de ayer. Como diría el poeta: "Estamos cosidos a la misma estrella".

Reinaldo Escobar
14ymedio, 2 de noviembre de 2021.

lunes, 3 de enero de 2022

Primer lustro sin Fidel Castro



A falta de nuevos elementos, este tiene que ser un texto breve.

Quizás bastaría decir que en cinco años Fidel Castro ha conseguido avanzar mucho en su viaje hacia el pasado, hacia el olvido.

Los niños que se aproximan hoy a la adolescencia carecen del más mínimo apego emocional hacia su imagen; los que caben en la categoría de "jóvenes" identifican a otros como los culpables de sus problemas y los que son tratados como personas mayores todavía se preguntan cómo fue posible haber creído tanto en aquel hipnotizador.

Aunque sus seguidores se resisten a aceptarlo, el "Máximo Líder" no dejó un legado con soluciones para los problemas que sufren los cubanos.

Su testamento político, una pieza de oratoria, carece de sustancia teórica y de sentido práctico, al extremo de que la única frase que se cita es: "Revolución es cambiar todo lo que debe ser cambiado".

Los medios oficiales se esfuerzan en recordar que aquel centro de investigaciones o aquella instalación deportiva fueron una idea suya o, que al menos, la inauguró, lo vuelven a mostrar en cada enero entrando triunfal a La Habana, en cada abril saltando de un tanque soviético, en cada mayo saludando al desfile de los trabajadores, en cada julio haciendo el cuento de cómo los otros atacaron el cuartel Moncada.

En septiembre le hacen repetir aquella barbaridad de "le vamos a poner un Comité de Defensa de la Revolución en cada cuadra" o repiten la escena en la que pone nombre al Partido Comunista.

A Miguel Díaz-Canel no se le ocurre citar aquella idea de 1968 de que "no se trata de crear conciencia con riqueza sino de crear riqueza con conciencia". ¿Qué riqueza, cuál conciencia? Ni siquiera a Esteban Lazo le viene a la mente la idea de construir al mismo tiempo el socialismo y el comunismo y se puede apostar que Manuel Marrero no le va a proponer a nadie reeditar una Ofensiva Revolucionaria.

Ya ningún funcionario del Gobierno sueña con permanecer en su cargo por medio siglo; ninguno se atreve a dar un puñetazo sobre la mesa ni a exigir que tal o cual propósito habrá que cumplirlo al precio que sea necesario y mucho menos que haya que obedecer sus órdenes porque le sale de la entrepierna.

La más reciente actualización que ha tenido Fidel Castro en el imaginario popular ha sido la renovación de su apodo.

No hubo villano de telenovela ni huracán que se salvara de prestarle su identidad como mote al innombrable. Ni el caballo, ni guarapo, ni mancha de plátano, ni Esteban(dido), ni siquiera la ingeniosa traducción a un supuesto japonés como Takimbao Kita Jama, o al ruso como Storbayá.

Nada de eso queda. Su nuevo apelativo le hace justicia poética. Ahora le decimos La Piedra.

Reinaldo Escobar
14ymedio, 25 de noviembre de 2021.

Foto: Piedra donde supuestamente reposan las cenizas de Fidel Castro en el Cementerio de Santa Ifigenia en Santiago de Cuba. Tomada de 14ymedio.

lunes, 20 de diciembre de 2021

Un mensaje y una canción



"La Navidad no es una fecha, es un estado de ánimo" (Mary Ellen Chase, educadora, Estados Unidos 1887-1973).

Lo que dice la letra de la canción, interpretada por Gloria Estefan (Gloria Estefan - Wikipedia, la enciclopedia libre), es lo que anhelan los cubanos de dentro y fuera de la Isla:


A los lectores del blog y a sus familias, deseamos que 2022 les traiga salud, dicha y esperanza.

Iván García Quintero y Marco Antonio Pérez López

lunes, 13 de diciembre de 2021

Mis recuerdos de Raúl Rivero



Ha muerto en Miami, a los 75 años, mi amigo el poeta y periodista Raúl Rivero. Y como pasa siempre que muere alguien a quien uno quiere mucho no acabo de interiorizar la triste noticia, tal vez para no tener que aceptar que es cierta, y resignarme a que se siga despoblando el mapa de mis afectos.

Rivero no era un amigo cualquiera. A él le debo no solo sus enseñanzas de periodismo y de la vida, sino también su confianza y el haber contado con su apoyo y sus consejos en tiempos muy difíciles, cuando se requería algo más que valor para proclamar el disenso y enfrentarse al régimen.

La primera vez que vi a Raúl Rivero fue en 1999, en el Barrio Chino de Centro Habana, en casa de una opositora llamada Estrella, que brindaba su minúsculo apartamento para que en él radicara Cuba Press, la agencia de prensa independiente que Rivero había creado en 1995.

Allí, en casa de Estrella, alrededor de una decena de periodistas de Cuba Press, y también los de Habana Press, la agencia que dirigía Jorge Olivera, hacían cola para leer sus reportes por teléfono para que fueran transcritos en el exterior y posteriormente publicados.

Recuerdo que llegué muy nervioso. Desde hacía años conocía y disfrutaba los poemas de Rivero. Y luego de que en 1989 rompió con el oficialismo y en junio de 1991 fue uno de los firmantes de la Carta de los Diez, lo admiraba todavía más, por su honestidad y valentía.

Así, pueden imaginar cuan intimidado me sentí cuando me vi frente al poeta, en la sala de Estrella, con su enorme humanidad descansando en un sillón que parecía a punto de deshacerse bajo su peso. Me sorprendió su afabilidad. Simpatizamos enseguida.

Me inspiró tanta confianza que, luego de una larga tirada hablando de literatura, la primera de las muchas que tendríamos por delante, me atreví a pedirle que valorara lo que yo escribía desde hacía un año para Nueva Prensa Cubana y hasta alguno de mis cuentos.

Rivero aceptó y así se convirtió en mi primer editor. Y también, sin petulancia ni alardes de didactismo, en mi maestro, el mejor que he tenido. Sin dejar de ser exigente y severo cuando tenía que serlo, Rivero mostró una infinita paciencia conmigo, que quería ser García Márquez, Tom Wolfe, Hunter Thompson y Kapuscinki, todos a la vez. Por suerte, me convencí pronto de que tenía que hacer mi estilo, y que imitar el modo de escribir de Raúl Rivero era definitivamente imposible.

A finales del año 2002, con Rivero y Ricardo González Alfonso, participé en la creación de la Revista De Cuba, el primer medio independiente impreso que hubo luego de que el régimen castrista en 1960 pusiera la prensa a su servicio.

La revista, que fue una iniciativa de Rivero, luego de vencer numerosos obstáculos, pareció un sueño hecho realidad. En el consejo de redacción estaban varios de los más importantes periodistas independientes de aquella época: Tania Quintero, Miriam Leiva, Oscar Espinosa Chepe, Jorge Olivera e Iván García, entre otros. Y éramos como una familia.

Solo logramos hacer dos números de la revista. La Seguridad del Estado arrasó con aquel sueño durante la ola represiva de marzo de 2003. Raúl Rivero fue uno de los 75 encarcelados. Condenado a 20 años de prisión, lo enviaron a la cárcel de Canaleta, en Ciego de Ávila.

Nunca dejamos de intercambiar cartas durante el tiempo que estuvo en prisión. Yo, que le enviaba en mis cartas poemas de Ana Akhmatova, Evgueni Evtuchenko y traducciones de canciones de Bob Dylan para convencerlo de que era poesía de la buena, me proponía darle ánimo, pero en realidad era Rivero, y también Ricardo, quienes, tras los barrotes, me daban ánimo a mí, advirtiéndome que aquel por duro que fuese no era el fin de los tiempos.

La presión internacional consiguió que el régimen, bajo una licencia extrapenal, excarcelara a Rivero en noviembre de 2004. Cuando nos despedimos, antes de su partida hacia España, Rivero me aseguró que algún día volveríamos a trabajar juntos. Y como los poetas tienen algo de profetas, sus palabras se cumplieron: luego de que en septiembre de 2016 nos reencontráramos en Miami, por invitación suya, ambos volvimos a trabajar en la revista de la Fundación Cubano-Americana.

Raúl, mi amigo el poeta, ha muerto, pero yo me niego a aceptar que ya no esté en el mundo de los vivos. ¿Cómo no va a estar, qué puede borrar su recuerdo, sus poemas? Si me parece oírle jaranear y ver su sonrisa jodedora destinada a aquellos que lo dan por difunto.

Luis Cino
Cubanet, 7 de noviembre de 2021.
Foto: Raúl Rivero y Luis Cino, a la izquierda.

lunes, 6 de diciembre de 2021

Promesa a Raúl Rivero



Ya estaba cayendo la noche, cuando después de presagiar cómo sería el futuro de Cuba sin los hermanos Castro, le pregunté al poeta y periodista Raúl Rivero qué le gustaría hacer cuando la democracia aterrizara en la Isla. Estaba fumando un cigarrillo en el balcón del apartamento que compartía con Blanca Reyes, su esposa. A ratos miraba al horizonte donde se distinguían las chimeneas de algunas industrias y, a lo lejos, las Tetas de Managua (dos lomas a unos veinte kilómetros al sur de La Habana)

Expulsó el humo del cigarro, apuró su taza de café fuerte y respondió: “Dirigir un periódico en una Cuba libre, escribir poesía de vez en cuando, jugar billar con mis amigos y escuchar boleros de Olga Guillot”. Era el verano de 2001 y desde hacía seis años formaba parte de Cuba Press, agencia de prensa independiente fundada por Raúl Rivero el 23 de septiembre de 1995.

Una mañana fría de diciembre de 1995 por primera vez subí los 57 peldaños hasta el apartamento de Raúl y Blanquita, en un tercer piso, en Peñalver entre Francos y Oquendo, en la barriada habanera de La Victoria. Las manos me temblaban. En el bolsillo del pantalón llevaba las dos notas deportivas que Raúl me había pedido. Días antes mi madre, Tania Quintero, ex periodista oficial y ahora independiente, le había preguntado si yo podía escribir para Cuba Press. “Sabe de deportes, también domina los temas sociales”, le comentó Tania. Raúl, lacónico, contestó: "Dile que escriba un par de cosas, luego veremos".

Aquella mañana me recibió en short, chancletas de cuero y camisa de cuadros. Nos sentamos en viejos sillones de madera pintados de blanco. Con un plumón rojo en su mano derecha comenzó a revisar las notas. Subrayó media cuartilla y cambió los títulos. Al final me dijo: “Escribe una crónica a la semana sobre temas sociales, que me interesan más. En el periodismo libre que está surgiendo en Cuba se abusa del columnismo político y los artículos de opinión. Quiero historias en tercera persona de los aseres del barrio, los burles (casas ilegales de juegos), las jineteras y toda esa lacra marginal que los medios estatales ignoran y jamás mencionan. Es un terreno virgen que debemos explotar. Además, me haces un resumen de noticias deportivas que si te parece bien se titularán Minideportivas de Cuba Press. ¿Estás de acuerdo?”.

A Raúl no le importaba si me acostaba a las cuatro de la madrugada o me tomaba media caja de cerveza diaria. Los viernes, sin falta, tenía que entregar los trabajos. Te dejaba hacer. No te censuraba ni te cortaba las alas. Tenía una capacidad sin límite para poner títulos, cortos, de dos palabras, tres a lo sumo. En los días previos a la visita a Cuba del Papa Juan Pablo II, el Washington Post me pidió un texto con opiniones callejeras. Lo redacté y con su toque original, Raúl lo tituló Papa por la libre.

Una noche de diciembre de 2002, en víspera de Navidad, Raúl y yo veníamos en un taxi desde la casa de Ricardo González Alfonso, quien junto con Raúl había fundado la Sociedad de Periodistas Manuel Márquez Sterling y con la colaboración de Luis Cino, habían lanzado el primer número impreso de la Revista De Cuba. Ricardo residía en la Calle 86 entre 7ma. y 9na., Miramar, al oeste de la ciudad. Las circunstancias eran tensas. El dictador Fidel Castro, un día sí y otro también, comparecía en cadena de la radio y televisión nacionales, amenazando con encarcelar a disidentes y periodistas independientes. Raúl Rivero vio venir la ola represiva que se avecinaba.

Nos bajamos en el Barrio Chino, en Centro Habana, y fuimos a un bar. Raúl pidió un trago doble para mí y otro para él. Me extrañó. Hacía tiempo no bebía. “Este hijo de puta (Fidel Castro) me quiere preso, no me queda la menor duda. Me preocupan tu madre y tú. Quiero que se vayan. Nos van a meter presos a todos”.

Quería saber mi opinión. Coincidí con él que mi madre, que acababa de cumplir 60 años, debía marcharse cuando comenzaran las detenciones. A Raúl le preocupaba si ella tendría tiempo de exiliarse con mi hermana y mi sobrina de ocho años. Intentaba calmarlo. "Quizás no lleguen a tanto", Raúl. El poeta estaba convencido de lo contrario.

Le argumenté que mi razón para quedarme en Cuba no era fanatismo. "No soy un héroe Raúl, mi mujer está embarazada y vamos a tener una niña. Ni siquiera se lo he dicho a mi madre. Tú eres uno de los pocos que lo sabe. Tengo que enfrentar lo que venga. Quiero ver crecer a mi hija en el país donde nací, donde nacieron mis padres y mis abuelos", le confesé, citando una frase suya.

Raúl era de lágrima fácil. Intentó contener la emoción y solo atinó a decirme: "Cojones, esa noticia hay que celebrarla". Estaba de acuerdo que nada ni nadie podía impedirme estar al lado de una hija. "Tu madre te entenderá y lo agradecerá’.

En marzo de 2003, durante la conocida Primavera Negra, había sido sancionado a 20 años de prisión. Cumplió año y medio. Gracias a la presión internacional, la dictadura se vio obligada a excarcelarlo en noviembre de 2004, alegando problemas de salud. Había perdido veinte kilos de peso. A inicios de 2005 fui a su casa, a despedirme de Raúl y Blanquita. La cuadra estaba tomada por la Seguridad del Estado. Después del saludo inicial me dijo: “Nos vamos a España. Es un destierro, el régimen me ha dejado sin opciones. Parquearon el avión en la prisión de Canaleta para que me marche del país. Ojalá no sea un viaje solo con boleto de ida”.

El 17 de septiembre de 2016 nos reencontramos en una cafetería de Miami, ciudad a la que se fueron a vivir tras jubilarse Raúl como columnista del periódico español El Mundo. Residían en un apartamento cerca del Teatro Manuel Artime, en la Pequeña Habana.

No quería publicidad. Ni reconocimiento. Solo le importaba un espacio para escribir sus soberbias crónicas. Recuerdo que ese día le pregunté: "¿Cuando Cuba apueste por la democracia te espero en La Habana?". No vaciló en responder: "Ya no me importa si podré jugar billar con mis amigos o dirigir un periódico. Todos los días sueño con mi patria. Nadie sabe cuánto la extraño". Siempre pensó que sobreviviría al castrismo. No pudo ser.

No te preocupes, Raúl. Desde La Habana, un grupo de periodistas independientes reportaremos el final de la dictadura. Te lo prometo, poeta.

Iván García

Foto: Raúl Rivero, como camisa oscura, e Iván García, en una cafetería de Miami el 17 de septiembre de 2016.

lunes, 29 de noviembre de 2021

Cuba y la excepcionalidad (II y final)


Para principios de los años 90, la caída del sistema de socialismo real en la Europa del Este comunista y la posterior desaparición de la URSS —el mecenas generoso y tolerante de una Cuba castrista despilfarradora— sorprenden a un régimen que no estaba preparado para perder de la noche a la mañana la fuente que había sido fundamental para la supervivencia del modelo totalitario autóctono y diferenciado, y para su expansión internacional. El golpe sería brutal. Un Período Especial inauguraría una nueva etapa en la Cuba castrista, donde el país estaría sin un mecenazgo hegemónico por primera vez en su historia como nación.

Los estudios sobre Cuba reflejarían esta nueva situación e inicialmente pronosticaban un futuro nada promisorio para la mayor isla-nación del Caribe, que bien podía terminar con el control castrista o, en el mejor de los casos, en un deterioro considerable de su capacidad excepcional de operar en los contextos doméstico y exterior. El libro compilado por Carmelo Mesa Lago, Cuba After the Cold War (1993), es quizás el mejor resumen del impacto de implosión del comunismo europeo sobre Cuba. En los diez ensayos de esta antología se expone con certera claridad que los problemas cubanos no comenzaron con la caída de la Cortina de Hierro; ya desde mucho antes la economía cubana era inoperativa y el proceso de colapso era inminente, solo se había retrasado por la permanencia de los subsidios y la ayuda del campo socialista.

Los probables resultados de esta pérdida de mecenazgo para una economía ineficiente y parásita se exponen en el libro: la permanencia del statu quo, el crecimiento de la represión sin cambios de política económica, la continuidad del autoritarismo con reformas de mercado significativas, democratización y reformas de mercado, o la caída del régimen. Pero el régimen no colapsó y la represión sin cambios en política económica mínimamente significativos se incrementó; por tanto, los estudiosos del tema Cuba modificaron el foco de sus estudios a tratar de explicar cómo pudo sobrevivir el régimen sin mecenazgos y sin ceder un ápice en el terreno político y económico.

El análisis más interesante llegaría de Damian J. Fernández. Para él, las políticas de pasión y de afección habían sido cruciales en el desarrollo de la historia de Cuba durante el siglo xx. La búsqueda de políticas de pasión llevaría al pueblo cubano a aglutinarse alrededor de líderes carismáticos como Fidel Castro, que posibilitaron la construcción de escenarios de desafección y desconexión que alejaron aún más a la nación cubana de sus absolutos morales. Al mismo tiempo, se imponían otras de afección, materializadas en el cuidado de la familia y los amigos, estableciendo mecanismos que evadían las estructuras de gobierno —que, paradójicamente, socavaban el régimen estatal y, a su vez, le permitían mantenerse en el poder—, al posibilitar la creación de redes informales de supervivencia que proveían lo que el Estado no quería o no podía. Esas redes resultaron cruciales durante el Período Especial. Un excepcionalismo cubano que Fernández desarrollaba desde los de abajo, y no desde los de arriba.

La subida al poder de Hugo Chávez en Venezuela, en 1999, con el apoyo y la guía cubana, marcaría otro parteaguas en la historia de la Cuba bajo el control castrista. Para los primeros años del nuevo siglo, la Venezuela chavista se convertiría en el nuevo mecenas cubano que, ahora en un rol subordinado y no hegemónico, subsidió a la Isla mediante el suministro de petróleo y la compra de sus servicios profesionales; principalmente de la salud, educación, deporte y militar. Esta integración de Cuba con Venezuela —ya adelantada con la estrecha interconexión que había tenido La Habana (y Moscú) con la Nicaragua sandinista— rompía con el excepcionalismo que se había producido por la integración cubana al eje soviético en 1960 y su salida oficial de los mecanismos de integración regional. Ahora Cuba, con esta integración dinámica con Venezuela, regresaba de manera protagónica al foro latinoamericano.

Lo cierto es que la crisis de los años 90, arreciada por una voluntad estadounidense de apretar el engranaje del embargo económico, produjo un cambio extra fundamental: se modificaría la otra condición excepcional positiva que había catapultado al país como una nación con los mayores índices de desarrollo humano del hemisferio, posibilitado por una infraestructura social envidiable construida con dinero soviético.

Por décadas, el socialismo cubano había sido la gran excepción latinoamericana y tercermundista, que la crisis acelerada por la caída del socialismo real había derribado. Ahora, una Cuba sin recursos y sin la capacidad para generarlos, operaba en un contexto de recrudecimiento de las sanciones estadounidenses, de totalitarismo agravado hacia lo interno, con un Fidel Castro envejecido y una élite que comenzaba a parecerse a sus contrapartes latinoamericanas. El modelo de excepcionalidad ejemplar comenzaba a resquebrajarse.

Esta realidad se reflejó de inmediato en la literatura sobre Cuba. Un artículo muy citado de Miguel Ángel Centeno planteaba de manera directa que el fin del excepcionalismo cubano en Latinoamérica había llegado. Según este autor, las últimas cuatro décadas habían visto a Cuba alejarse de los patrones típicos de América Latina, aun cuando la Revolución no había podido revertir su dependencia histórica del financiamiento externo, resolver sus desigualdades raciales ni fomentar la democracia: la Cuba de Castro, lejos de ser un régimen exitoso, fue cuna de oportunidades perdidas. Para Centeno resultaba evidente que, con la crisis producida por la caída del socialismo europeo y el colapso económico cubano, se habían erosionado todos los avances en materia de bienestar social de la Revolución. Cuba comenzó a parecerse cada vez más al resto del continente y reflejaba los problemas centrales de la región. Era el fin de su excepcionalidad.

Sin embargo, esta visión no sería compartida por todos. La supervivencia de la Revolución —aunque se hubiesen erosionados todos los pilares que apuntaban a su excepcionalidad positiva— eventualmente produciría otro tipo de trabajos académicos y periodísticos que provenían de una izquierda rendida ante el poder propagandístico del régimen cubano. Después de años de pérdida de interés por el tema Cuba en ciertos círculos de la izquierda europea y estadounidense, retornaría con fuerza, reflejando ahora una Cuba socialista, ejemplar, solidaria, sobreviviente, única, y con fuerza moral para un universo progresista —sobre todo latinoamericano—, que resistía junto a la Nicaragua sandinista y la Venezuela chavista los embates de fuerzas diversas que buscaban su derrota.

Este es el caso de Democracy and Revolution, de D. L. Raby, que argumenta que Cuba, junto a Venezuela, había servido de inspiración para todos los movimientos antiglobalizadores y anticapitalistas en todo el mundo. Para Raby, el socialismo cubano demostraba que otro mundo era posible: ¡pero solo a través de estrategias políticas efectivas para acceder al poder bajo bases democráticas y populares! La manera para construir un futuro mejor bajo la guía de los movimientos progresistas mundiales, según él, era bajo la guía “audaz y decidida” de amplios y flexibles movimientos populares que se inspirasen en el modelo cubano.

Incluso, fue más lejos al plantear, al analizar las relaciones de los pueblos con figuras que habían reproducido el modelo cubano de liderazgo, que los ejemplos del éxito de estos modelos demostraban que era más necesario que nunca para los movimientos sociales progresistas acceder al poder político de una manera pacífica o por la fuerza, utilizando la ventaja otorgada por la “unidad popular” que los respaldaba. Cuba y su estrategia de toma y mantenimiento del poder representaban para Raby la verdadera alternativa anticapitalista para el siglo XXI.

Una serie de acontecimientos acaecidos a partir de la enfermedad y salida del poder de Fidel Castro en 2006 producirían una nueva situación paradigmática para la Isla: por primera vez, la Cuba castrista estaba dirigida por alguien diferente al líder que había concentrado en su persona todos los instrumentos de poder político. Con la subida de Raúl Castro, en una transición hereditaria del poder sultánico castrista, se produjeron análisis tanto fuera como dentro de Cuba que especulaban sobre una posible transición hacia un modelo de liderazgo más abierto.

La política de apertura hacia la Isla impulsada por la administración Obama, que abrió el espacio para que se posibilitase la normalización de las relaciones bilaterales entre Cuba y Estados Unidos, le dio más combustible a los estudios optimistas sobre el futuro del modelo cubano. La entrega paulatina entre 2018 y 2021 de todos los cargos oficiales de Raúl Castro, alimentarían aún más la narrativa de que el régimen podía cambiar desde adentro. Nada más errado.

Estas esperanzas se reflejaron en los trabajos académicos y en la prensa. Diarios importantes alrededor del mundo comenzaron a prestar una inusitada atención al tema cubano, con visiones muy entusiastas sobre el régimen socialista y el futuro de sus reformas en la Isla; como aquellas que se reflejaron en los reportes del corresponsal del diario El País, Mauricio Vicent, a raíz de la subida al poder del Raúl Castro, que dibujaban un panorama que presagiaba una Cuba aún antidemocrática, pero más inclusiva en lo económico y abierta a un capitalismo de Estado modelo chino o vietnamita.

En lo académico, libros relativamente recientes, como el de Margaret Randall, a pesar de la estrepitosa caída de dos los indicadores que habían destacado a Cuba como una esperanza para el mundo subdesarrollado en los años 70 y 80, y de un aumento de la represión gubernamental en un contexto de empobrecimiento preocupante de la población cubana, se concentraban en señalar el extraordinario ejemplo cubano en materia de salud, nivel de vida, educación, cultura, deportes y o cooperación internacional.

Todo expuesto de una manera muy simple y manipuladora, mientras describían a un liderazgo cubano pasado y presente con una benevolencia descarada, señalándolos como humanos que comenten errores, pero que se guiaban por una identidad “revolucionaria” que los definía y que se sacrificaba en la búsqueda de un bien común colectivo y no individual. Estos líderes han posibilitado, según este modelo de análisis expuesto por Randall, la supervivencia del sistema cubano contra todo pronóstico. Cuba como ejemplo positivo extraordinario, y su permanencia, era vital para esta autora occidental que concluye su libro con una frase escalofriante:

“Cuba ha resistido inimaginables ataques con un millón de actos de heroísmo. Los innumerables problemas que Cuba enfrenta hoy tienen sus orígenes en una mezcla compleja de realidades estratégicas, tácticas, y culturales. Un cierto nivel de coerción y de sofocación de la voluntad popular es algo que vale la pena criticar, pero no podemos de ninguna manera conocer qué peligros pueden acechar si las libertades individuales pueden ser dispensadas de una manera mas liberal”.

Esta línea de análisis, apologética, de realce de una mitología acrítica del modelo socialista cubano, aún continúa entre sectores importantes de la academia y la prensa occidental. Libros como el del periodista canadiense Keith Bolender, o el de la académica británica Helen Yaffe, ambos publicados en 2020, constituyen ejemplos de cuán arraigada está la línea de análisis que considera al régimen comunista cubano como una excepción positiva.

Bolender, en Manufacturing the Enemy: The Media War Against Cuba, culpa a los principales medios de comunicación en Estados Unidos. Para el autor, durante los últimos sesenta años estos han convergido con los objetivos neocoloniales de política exterior del Estado para crear una narrativa sesgada y mal informada contra la Revolución cubana. Bajo esta lógica, el sistema socialista cubano es infalible y justo. Ha sido para Bolenger la propaganda originada principalmente desde medios de prensa estadounidenses —multiplicada durante la administración Trump— las que han creado una realidad ficticia, que describe a Cuba como un régimen totalitario e impopular.

Las violaciones de derechos humanos, la falta de libertades individuales, las carencias materiales, las protestas populares y toda la pléyade de problemas reales que afectan a Cuba son, de esta manera, un espejismo creado por una maquinaria de propaganda que tiene como objetivo último el cambio de régimen en la Isla. No sorprende que su libro haya sido promocionado desde embajadas cubanas y grupos de “solidaridad” con Cuba en Occidente.

Por su parte, la obra de Yaffe —profesora muy activa en los grupos procastristas occidentales— cerraría un círculo de estudios muy enfocados en realzar la positividad única de un sistema social cada vez más difícil de defender. El libro, titulado We Are Cuba!: How a Revolutionary People Have Survived in a Post-Soviet World, es una defensa panfletaria y decadente de la Revolución cubana que, como indica ella misma en su introducción, “debe su existencia al pueblo cubano cuyos principios de intransigencia y resiliencia revolucionaria mantuvieron su sistema durante la era postsoviética".

El análisis de los años del Período Especial sirve como partida para su defensa del modelo cubano. Copiando de una manera desvergonzada parte del análisis de Damian J. Fernández sobre las políticas de afección, pero adaptándolo a un enfoque acrítico, Yaffe plantea que el ingenio del pueblo cubano y la determinación del liderazgo cubano en un momento de una adversidad fulminante logró la verdadera proeza de hacer sobrevivir a la Revolución, lo que se constituyó en un verdadero homenaje a la genialidad del pragmatismo cubano.

Como muchos otros trabajos del estilo adulador que le precedieron, Yaffe narra los avances del país en biotecnología, atención médica y educación, sin plantearse un enfoque crítico de cómo estos avances fueron logrados, cómo estos han prácticamente sido anulados y cómo aquellos que no lo han sido, se han mantenido a un costo enorme frente a otras prioridades en un contexto de precariedad generalizada.

Lo increíble es que Yaffe se ha autoerigido como la vanguardia de aquellos que se han dedicado a los estudios sobre Cuba desde una posición superior, que “observa a Cuba como un país, no como una doctrina”, en oposición a aquellos que se han enfocado en el análisis de la historia posterior a 1959 como una ruptura, en un contexto antidemocrático, donde la transición política es inevitable. Según ella, su campo, el de los “cubanistas” opuestos a los “cubanólogos”, tiende a investigar el tema Cuba con imparcialidad, donde transiciones económicas funcionan como ajustes temporales, que a la larga llevarán a la Isla al anhelado socialismo.

Lo cierto es que en este largo camino de análisis de la deriva de las investigaciones sobre Cuba y su Revolución han conducido a un consenso de que el proceso revolucionario que llegó al poder en 1959 —y que se materializó en una dictadura unipersonal totalitaria enraizada en una cobertura ideológica marxista-leninista— no solo fue excepcional, sino también paradigmático. Si bien esa excepcionalidad paradigmática ha sido analizada desde ángulos muy diferentes y ha variado con el tiempo.

Lo excepcional en los años 60 se convirtió en lo común en los 70 y 80, pasando a una nueva condición de singularidad en los 90, que se modificaría con la entrada del nuevo siglo. La singularidad, como variable, también tendría connotaciones opuestas de acuerdo al ángulo ideológico que se analizara, donde incluso la dicotomía derecha-izquierda era rebasada —con mucha de la izquierda tradicional, por ejemplo—, rechazando la exaltación del modelo socialista cubano como auténtico.

Lo trascendente es que la división entre aquellos que a lo largo de sesenta años han adoptado visiones positivas o negativas sobre el tema Cuba posterior a 1959 se mantiene invariable. Aún persiste un enfoque muy maniqueo, a pesar de las pretensiones de muchos de posicionarse en postura “neutral” que de una manera objetiva y desapasionada trabaje la singularidad cubana. Ello se debe a que una realidad sobresale por encima de cualquier consideración académica o periodística: el régimen impuesto después de 1959 es totalitario y ha conducido a una Cuba que, para el año 2021, está en condiciones infinitamente peores que las que existían en 1959. Siendo esta una excepcionalidad que, por desgracia, compartimos con aquéllos que han copiado el modelo que muchos todavía consideran digno de imitación.

Oscar Grandío Moráguez
Hypermedia Magazine, 24 de septiembre de 2021.
Video del canal Cuba sobre ruedas. Aclaración: la palabra escasez, que sale al inicio, termina en z, no en s.