lunes, 18 de noviembre de 2019

El barrio de Luyanó (II y final)


En Luyanó crecí y viví hasta los 20 y tantos años. Es mi barrio. Sus características, sus bondades y sus debilidades tienen que haber dejado su impronta en mi personalidad lo cual no me molesta. Mi barrio no es la Víbora, ni el Vedado, ni tan siquiera Santos Suárez y que su fama no es la mejor, tampoco la tiene Hialeah donde actualmente vivo, y es casi por las mismas razones: son barrios de trabajadores, básicamente manuales.

Luyanó era un barrio duro, no admitía ni lloriqueos ni a gente pusilánime, pero también era divertido, franco y abierto. Es así como como lo veo en la distancia física y temporal. Lo conocí con sus talleres llenos de trabajadores, de allí salían, para poner muebles en las casas de los más ricos y los más pobres, y muebles para niños, cunas y sillitas, para todo el país. Talleres de pailería, mecánica, soldadura y herrería donde se elaboraban cercas y rejas decorativas, donde se confeccionaban las camisas McGregor, famosas en aquellos años, que se compraban en Cuba y se exportaban a Estados Unidos, decenas de trabajadoras ganaban un salario en ese taller.

En el mismo borde de Luyanó, estaba la planta de Swift, que producía embutidos, perros calientes y jamones de alta calidad. De menos trascendencia, pero de mayor interés para la población de menos recursos, La Caridad elaboraba las “fritas” que se vendían por toda La Habana, y Guarina confeccionaba helados y pasteurizaba leche. Los que carecían de recursos para comprarse un refrigerador -o como decíamos un “frigidaire"- adquirían las neveras El Vencedor hechas en Luyanó. Decenas y decenas de mujeres se ganaban el sustento como costureras, laboriosos artesanos confeccionaban los marcos y cuadros kitsch que adornaban las salas de miles de hogares, otros elaboraban toda la parafernalia necesaria para colar el café, equipamiento que se vio disminuido por la llegada de las cafeteras italianas Bialetti.

Estaba la fábrica de cigarros La Corona, que como un subproducto vendía las yaguas, que conformaban las pacas en que habían recibido el tabaco en hoja, a los que construían sus rústicas viviendas en la Loma del Burro (y por ello se conocía como Las Yaguas). En la acera del frente se fabricaban las cafeteras Royal que competían con la Nacional para estar presente en los locales donde se vendían tazas de café a 3 centavos en todo el país. La fábrica de sogas de henequén Carranza; una casa convertida en taller para el procesamiento y curtido de pieles de cocodrilo, que despedía un fuerte olor a tanino; la planta de descascarar los arroces que se importaban; el alambique de licores de aromáticos olores; el taller de envasado de especies con sus olores que te embargaban. Todo un emporio vibrante y pleno, que quizá solo queda en mis recuerdos.

En la rama del transporte, dos empresas vienen a mi memoria, una dedicada a mover mercancías por todo el país y que con decenas de “rastras”, algunas refrigeradas, llevaban en letras rojas y enormes el nombre de Amaro, ocupaba media manzana en la calle Enna. La otra, muy peculiar, era un establo en la calle Ensenada, donde las mulas pasaban la noche, reponiéndose del agotamiento del día y se resguardaban y reparaban los altos carretones que durante el día los “gallegos”, llevando las largas riendas, subidos a los altos pescantes y protegidos del sol por una negra y grande sombrilla, que en la extracción de mercancías del puerto hacia los almacenes en toda La Habana, competían con los camiones Mack, que en lugar de la barra de trasmisión para el movimiento de las ruedas traseras, utilizaban una cadena de grandes y gruesos eslabones.

Todo lo anterior hacía a Luyanó distinto a los demás barrios habaneros, en nada se parecía a los próximos Santos Suarez o la Víbora por poner solo esos dos ejemplos, más residenciales y con una población más cercana a la clase media, Luyanó era básicamente obrera, quizá eso explique su carácter duro del cual ya hablamos.

Luyanó estaba repleto de comercios de variados, múltiples, tamaños y fines. Panaderías que no solo vendían diversos panes y galletas, sino también los llamados “dulces finos”; bodegas de chinos, gallegos y cubanos, con sus jamones y arenques colgando de la estantería de madera; los sacos de diversos frijoles y arroces de diferentes calidades y precios, el variado laterío de dulces, sardinas, bonito, leche condensada, salchichas, aceite de oliva; los grandes pomos de aceitunas, las mortadellas y jamonadas para ser lasqueadas y venderlas por centavos. Café que se podía comprar en sellados sobres de celofán o molido en la misma bodega y envasado por el bodeguero en cartuchos de gruesa textura para preservar los aromas y que podía venir acompañado de una ñapa (ración de azúcar).

En Navidad, turrones españoles, dátiles e higos secos, sidras y vinos. En un extremo de la bodega había una una barra oscura de madera, sin banquetas. Detrás, un refrigerador de múltiples puertas donde se guardaban los quesos, crema, patagrás o el “suizo”, que era producido en Camagüey, la mantequilla y los litros de leche, los refrescos y cervezas de distintas marcas. En esa barra, a los borrachines se les servían tragos, que podían ir desde una “línea” de ron peleón como el Peralta o el Palmita o un coñac Napoleón. Una cornucopia de productos que por su variedad de precios estaba al alcance de todos.

Habían varias cafeterías, pero la más destacada era la de Maboa, en los límites de Luyanó con Tamarindo y la Calzada de Jesús del Monte, con sus batidos de frutas, los más baratos, 12 centavos un vaso grande y podías rellenarlo. Los mejores que he tomado. También, Dos Hermanos y sus deliciosos frozen de chocolate, la Asunción con sus sándwiches que competían con los afamados del Bar OK en Belacoaín y Zanja. Y la cafetería al costado del cine Atlas, que vendía “discos voladores” de jamón y queso derretido.

Los puestos de frutas, mayoritariamente en manos de chinos, ofrecían todas las viandas y frutas que en aquella época, se producían en el país. Junto a mameyes, mangos, anones, tamarindos, canisteles y guayabas, encontrabas vegetales y verduras que otros chinos producían en las cercanías de la ciudad, aprovechando cualquier arroyuelo que les permitía cultivar lechuga y berro. Los laboriosos chinos también ofrecían helados confeccionados con las frutas que se maduraban pronto y, por si no bastara, vendían mariquitas, chicharrones, boniatos fritos, frituras de bacalao y de maíz y de malanga, dulces o saladas. Un festival de olores y sabores.

Los chinos no solo dominaban el comercio de frutas, hortalizas y viandas, igualmente el del lavado y planchado de ropa, los llamados “trenes de lavado” con su compleja contabilidad que resultaba infalible, con sus caracteres trazados con un palito en sustitución de una pluma y con esa tinta negra china. Lavaban, almidonaban y planchaban, con planchas de carbón, la ropa que se les encomendaban, generalmente sábanas y pantalones y camisas de trabajo, ya que la ropa más delicada se enviaba a las tintorerías, cuyos dueños eran cubanos.

Las carnicerías estaban sin excepción en manos cubanas y en Luyanó sobresalía una llamada Rancho Verde, que no solo era la mayor, sino que además vendía huevos, gallinas y guanajos vivos, que a solicitud del cliente eran sacrificados y desplumados en una máquina especial destinada a ese fin. También vendía carnes de alta calidad, un poco más caras que la del resto de las carnicerías.

Abundaban las farmacias. Si tomábamos la calle Municipio de oeste a este, en sus primeras doce cuadras, nos podíamos encontrar tres de ellas que se turnaban con las del resto de Luyanó, para cubrir las madrugadas, por lo que siempre a pocas cuadras, encontrarías una abierta para alguna urgencia. En las farmacias no solo se despachaban medicinas con o sin receta: el farmacéutico, graduado universitario y generalmente dueño del establecimiento, oía de tu dolencia y te recomendaba algún medicamento. En esas farmacias, que olían a éter, te podían poner una inyección o te curaban una pequeña herida, servicios gratuitos para sus clientes habituales.

Casi en cada cuadra había una quincalla, donde vendían desde telas, botones, zippers, tijeras, hilo de coser y de tejer, libretas, lápices, plumas, tinta de escribir, pilas, linternas, bombillos, cigarros, tabacos, fósforos, fosforeras, juguetes pequeños, utensilios de cocina, perfumes y un larguísimo etcétera.

Igualmente habían muchas barberías, y los sillones de limpiabotas brindaban un necesario servicio al lado o cerca de un estanquillo de venta de periódicos, revistas, "muñequitos" (comics) y medio escondido, alguna revistilla porno. Y estaban las llamadas “caficolas” donde por tres centavos te podías tomar un vaso grande de refresco preparado al momento con agua de Seltz y el sabor que uno escogiese.

En Luyanó existían tres o cuatro ferreterías, la más importante estaba en Fábrica entre Santa Ana y Ssanta Felicia, no era Home Depot, como los grandes almacenes de Miami, pero lo mismo podías comprar un saco de cemento, que una llave de baño, un lavamanos o media libra de clavos de dos pulgadas.

Como ya he mencionado, la composición social de Luyanó era mayoritariamente obrera y predominaban las personas de la raza blanca y aunque las familias negras y mulatas eran minoría, no estaban necesariamente entre las más pobres. El racismo, al menos en mi memoria, no era una traba para que negros y blancos compartiesen. En mi niñez, “la pandilla” a la cual yo pertenecía, jugábamos pelota, a las bolas y empinábamos papalotes. Éramos ocho o nueve, entre ellos dos negros, uno hijo de madre soltera que lavaba y planchaba “pa’la calle” y vivían en el solar más grande de Luyanó, en Compromiso y Fábrica, el otro era el hermano de la muchacha que ayudaba en los quehaceres de mi casa y siempre almorzábamos juntos.

En cuanto al tema político solo recuerdo que existían dos concejales (Neto y Tancredo) y una eterna aspirante por el Partido Auténtico, Juana Martínez, que era todo un personaje: además de ser una “sargento político” de Ramón Grau y San Martín, regentaba un antro donde se jugaba el póquer, bacarat y otros juegos de azar. Le decían la “Casa del Pueblo” y permitida por el Capitán de la Oncena Estación, la que correspondía a Luyanó. En su parte posterior ensayaba la banda de música de la policía local.

El otro centro partidista era un esmirriado local del Partido Socialista Popular (PSP), en la zona de Tamarindo, en la corta calle Maboa, quedaba frente al “tren de bicicletas” de Darío, donde se arreglaban y alquilaban bicicletas, y a una fonda de chinos que vendían un excelente arroz frito por 25 centavos la ración. En esa misma cuadra, mi abuelo, viejo miembro del PSP, tomaba una acera por tribuna y daba conferencias anarquistas y contaba historias fantasiosas, y no le faltaban oyentes embargados por su imaginación y fácil locución, lo trataban respetuosamente, lo cual era muy saludable porque mi abuelo era de armas tomar.

La "bolita" se jugaba en todo el municipio, incluidas las “vidrieras”, donde además de vender cigarros y tabacos, se podía anotar un número a la "bolita" o a los terminales de la lotería. Decenas de “apuntadores” recorrían casas, calles y centros de trabajo para que los esperanzados apostaran unas pocas monedas al número con que habían soñado o relacionados con animales y otros elementos que aparecían en el Chino de la charada. Castillo, uno de los zares del juego de azar, radicaba a escasas cuadras de Luyanó, en la calle Porvenir, en la barriada de Lawton.

Los "apuntadores" eran perseguidos por los policías, no por interés social o legal, sino para cobrarles por la “protección” que les daban. Otra fuente de ingreso de los policías era pedir una caja de cigarros en cada bodega o bar durante su recorrido. Ponían un “real” (diez centavos) sobre el mostrador, esperando que el empleado lo rechazase. Si eso no ocurría, las consecuencias podían ser muy graves para ese dependiente.

Existían dos billares y en ellos no solo se jugaba billar, se vendía mariguana. No era el único lugar de Luyanó donde se podía comprar mariguana. En la esquina de Villanueva y Municipio tenía su centro de operaciones unos hermanos conocidos como Los Villalobos, título de una famosa aventura radial de la época, criminales que inclusive amedrentaban a los policías que se pasaban de la raya que los hermanos habían trazado y a más de uno desarmaron tirando los revólveres a la azotea de un almacén colindante. Fue legendario el caso del policía que trató de amedrentarlos y con una navaja lo cortaron desde la nuca hasta los pies, dejándolo desnudo y ensangrentado, requirió unos cien puntos de sutura. Sin embargo, se decía que eran caballerosos y no permitían que nadie se propasase con las muchachas que pasaban por su zona de operaciones.

También existían personas honorables y destacadas, recuerdo a un negro muy vinculado a la iglesia presbiteriana, Juan Jiménez Pastrana, autor de varios libros, entre ellos el muy reconocido Los chinos en la historia de Cuba 1847-1930. Otra personalidad destacada fue el Dr. Betancourt (he olvidado su nombre), destacado pediatra especializado en enfermedades del pulmón, fue director del Hospital Infantil Antituberculoso, una persona bondadosa capaz de ir a cualquier casa que se le llamase para atender a un niño, cobraba por ese apreciado servicio tres pesos o nada, según como viese la situación económica del hogar visitado.

En mi adolescencia me integré a un grupo de jóvenes amantes del béisbol, de la ópera, la música clásica y la tradicional cubana. Uno de los integrantes tenía una deformidad de nacimiento y poseía una excelente voz de tenor dramático, otro que a veces se nos unía, se caracterizaba por su timidez, gaguera y amaneramiento, llegó a obtener el premio Tito Gobbi en Italia, por su excelente voz de barítono. Los demás no estábamos tan bien dotados para el bel canto, aunque yo, de baja estatura, pretendía emular a Ezio Pinza.

Nos reuníamos a escuchar CMBF y los discos que aportábamos alguno de nosotros. Ahí oí por primera vez la 5ta. Sinfonía de Shostakovich en la interpretación de Leonard Bernstein y la Sinfónica de New York. Por las noches nos encontrábamos en los portales de un bar, ninguno tomábamos, pero discutíamos si la Aida de Jussi Björling era mejor que la de Mario del Monaco, o si el Rigoletto de Leonard Warren y Jan Peerce era insuperable. Y sin mediar la más mínima transición se comenzaba a valorar al equipo del Almendares y sus eternos rivales el Habana.

Normalmente esperábamos a la una de la madrugada a que saliesen los primeros panes de la panadería que quedaba en frente, La llave de oro, que horneaba usando leña. A la flauta de pan que comprábamos por siete centavos le añadíamos una barra de un cuarto de mantequilla. En ocasiones se acercaba Pito, un joven que cuando no estaba sumidos en los vapores de la 'hierba', cantaba excelentemente los boleros de moda.

A veces, a ese grupo también se unían jóvenes con los cuales compartíamos libros. Así conocí a Curzio Malaparte, Giovanni Papini, Kafka, Joyce... En Luyanó no había ninguna librería, ni de uso, la más cercana era La Polilla, en la Calzada de Diez de Ocubre casi esquina a Carmen, en La Víbora. Hasta allá tenía que ir o localizar a algún vendedor por los alrededores del cine Tosca.

Bigote de gato no fue el único personaje del folclor luyanosense. Teníamos también a Moquifín, quien se pasaba meses borracho, pero no era agresivo, no decía malas palabras ni se metía con nadie. Lo más que hacía cuando lo molestaban demasiado era tirarle una trompetilla al agresor y todo terminaba en risas. Se decía que era un especialista de filatelia y cuando estaba sobrio trabajaba en una casa filatélica en la calle Obispo. Pero cuando estaba sobrio era insoportable, daba sermones y repartía Despertad, una publicación de los Testigos de Jehová.

Otros personajes eran La Momia, quien en su trance de la droga ni hablaba ni se movía recostado, estirado e inmóvil, a un poste, y El Patato, con una difícil infancia que él pregonaba a toda voz y era en extremo pendenciero, de pequeña estatura, lo cual llevaba a que lo golpearan a menudo, esas broncas siempre terminaban con la frase “esto no se queda así” y la golpiza se volvía a repetir. El Patato tiene un pequeño monumento en la calle Rosa Enríquez donde cayó acribillado a balazos por la policía el 9 de abril, día de la huelga general fracasada.

Personajes más benignos, pero no menos interesante fueron El Ingeniero, que trabajaba como tal en Belot, pesaba más de 300 libras y como solterón empedernido, un jueves sí y el otro no, iba al barrio de Colón a solucionar sus necesidades sexuales, gustaba de dar complejas conferencias antimperialistas y a veces narraba la historia de cómo los americanos le habían robado su patente para refinar los aceites usados. El Doctor era un negro bajito y delgado que siempre andaba con libros en inglés debajo del brazo, la imagen perfecta del “negrito catedrático” del bufo cubano. En una ocasión se ganó dos mil pesos en la lotería e invitó a dos amigos blancos, a visitar el sur de Estados Unidos, las anécdotas de la tournée de escalofriantes pasaban a hilarantes.

En Hijas de Galicia, muy joven, falleció mi madre. Mi padre murió en su hogar casi cuarenta años después. En mi casa me violó una dama viuda y treintona, enamoré a más de una muchacha y a los 20 años, luego de mi padre firmar la autorización, por primera vez me casé. De ese matrimonio nacieron mis dos primeros hijos.

El barrio de Luyanó está enclavado en mi ser, pero ya nada de lo que resguardo en mi memoria existe. El tornado del mes de enero de 2019 fue poca cosa comparado con el que empezó en otro enero, sesenta años atrás.

Waldo Acebo Meireles
Cubaencuentro, 8 de julio de 2019.
Foto: Luyanó, bodega en la década de 1950. Tomada de Cubaencuentro

lunes, 11 de noviembre de 2019

El barrio de Luyanó (I)



Los orígenes de Luyanó se remontan a mediados de los años 50 del siglo XIX cuando el Capitán General José Gutiérrez de la Concha e Irigoyen (1), de triste recordación, autorizó el reparto (2) de las tierras ejidales, dando lugar al surgimiento de los Repartos de Iglesias, Caballero, Rodríguez, Pérez, Herrera y Ojeda, que conformaron el territorio básico e histórico de Luyanó. Tres poseedores de esas tierras, convertidos en sus propietarios por decisión del Capitán General, perpetuaron sus apellidos en los nombres de tres calles: Rodríguez, Pérez y Herrera, las cuales ya aparecen registradas en el mapa de La Habana de Esteban Pichardo (3), publicado en 1874, cinco años antes de su muerte.

Los límites de ese conjunto de repartos, a los cuales durante un tiempo se les llamó Concha, quedaban al norte y este de un camino vecinal denominado Camino del Alcoy que después se convertiría en Calzada de Concha (4), al sur la Calzada de Luyanó y al oeste la Calzada de Jesús del Monte. El nombre de Luyanó procede del río que originalmente se le conoció con el nombre Uyanó, tal vez de origen indígena (5).

Cómo Uyanó pasó a ser Luyanó, probablemente por algún copista, amanuense o escribano, que le añadió una L a Uyanó. No creo que haya sido por un agrimensor, éstos eran en extremo cuidadosos. Lo mismo pasó con el arroyo Polo que con el correr de los años se convirtió en Arroyo Apolo.

La Calzada de Luyanó era de suma importancia en el siglo XIX ya que se convertía en la continuación de la Calzada de Güines, una de las vías de entrada de los azúcares a La Habana para su exportación. El encuentro entre esas dos calzadas se producía en el puente Alcoy (6), donde existía un portazgo similar al que había entre la Calzada del Bejucal, la de Jesús del Monte y la del Batabanó. En ese portazgo no solo se cobraba por los derechos de entrada -el famoso portazgo- sino que se producía el cambio de las carretas tiradas por bueyes a los carretones tirados por mulas: por razones de seguridad los bueyes no podían entrar a la capital.

Tanto en un portazgo como en el otro, el ir y venir de viajeros, transeúntes, barriles de azúcar y otras mercancías generaba una concentración de animales, carretas y carretones, y personas, entre las cuales los esclavos no eran minoría. Era una zona muy bulliciosa con lugares para comer, tomar un refrigerio o dormir una siesta o pasar una noche. Habían artesanos, carpinteros, herreros, talabarteros, quienes arreglaban cualquier desperfecto en los medios de transporte, herraban caballos y mulos, un sinfín de actividades y de negocios. (7)

Según el mapa de Esteban Pichardo ya mencionado, varias calles de Luyanó antes de los años 70 del siglo XIX, tenían nombres relacionados con el movimiento reformista y su ideología, como Municipio, Justicia, Acierto, Reforma, Fábrica, Compromiso, Fomento (8), Arango (9) y Villanueva (10). De modo que el pensamiento reformista no lo podemos encasillar en los años 20-30 del siglo XIX, porque tuvo una trascendencia más allá de esa etapa como indican el bautismo de esas calles, las cuales han mantenido sus nombres hasta el día de hoy.

Otros nombres hacen referencia a accidentes geográficos: Atarés, Ensenada, Guasabacoa, de evidente ascendencia aborigen. Calles que corren de sur a norte apuntando al lugar que le ha prestado su nombre. Casi la mitad de Luyanó aparece en el mapa señalado con sus calles nombradas y trazadas, pero ello no es indicativo de que ya en esa época estuviesen pobladas.

Para 1929, de acuerdo a un mapa de ese año (11), todas las calles de Luyanó estaban trazadas, pero solo unas pocas estaban recubiertas con adoquines como Reforma, Fábrica, Villanueva, Rosa Enríquez y Municipio, las tres primeras atraviesen el barrio de norte a sur y la última de este a oeste. Sin embargo, curiosamente, casi todas tenían aceras. Para los años 60 del siglo XX se completó la pavimentación y se asfaltaron todas las calles.

En 1878 se crea el Señorío con el título de Conde San Rafael de Luyanó que ocupó Adolfo de Quesada y Arango de Horé (12) hasta su muerte en 1881, heredándolo su viuda y a la muerte de la misma quedó vacío, no era más que un título honorífico sin mayores consecuencias ni ventajas, salvo aquello de lucirlo en los encuentros sociales.

Luyanó se inserta en la historia nacional con dos hechos, el primero ocurrió en 1868 y se le conoce como El Grito de Luyanó, y se produjo el 2 de noviembre de ese año, con el fin de secundar, en el occidente de la Isla, el alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes. Desgraciadamente el intento estuvo mal concebido y peor organizado y fracasó. El segundo hecho fue el combate que se originó el 9 de agosto de 1931 entre las fuerzas policiales de Machado y el Capitán del Ejército Libertador Manuel del Pino y su amigo Felipe Cabezas que se atrincheraron en una fábrica de medias, que existía en Luyanó, donde escondían armas para la lucha contra Machado. El combate duró más de tres horas ocasionándole varias bajas a la policía. Al acabárseles las municiones, los revolucionarios fueron masacrados.

Luyanó recibió y dio cobijo a inmigrantes gallegos tanto en el siglo XIX como en el XX. La presencia gallega en la barriada le va a dar origen a la Casa de Salud La Benéfica que ya aparece en el citado mapa de Pichardo, por lo tanto, resulta anterior a la constitución del Centro Gallego que se produjo en 1879. Posteriormente se fundaría la clínica mutualista Hijas de Galicia (a estas dos clínicas nos referiremos más adelante). Lo mismo ocurrió con El Cerro que acogió a asturianos, quienes fundaron la clínica mutualista de los asturianos La Covadonga. Mi tío-abuelo vivió en El Cerro y fundó una fábrica de fósforos que le daba empleo a vecinos y coterráneos emigrados.

En el territorio de Luyanó se establecieron diversas fábricas, talleres y almacenes, lo que determinó la conformación de la población, mayoritariamente de obreros y empleados, con la presencia minoritaria de miembros de la clase media que podían ser los dueños o encargados de esos negocios, también por los comerciantes que fueron asentando sus negocios en una localidad que resultaba atractiva por el creciente número de residentes que ganaban un jornal o salario.

La planta habitacional de Luyanó era, fundamentalmente de casas de un solo piso (13), de ladrillo, colindantes unas con otras, las casas de dos pisos de inicios del siglo XX tenían en la planta baja un negocio, generalmente una bodega, pocas casas eran de madera y las de techos de tejas se encuentran, salvo excepciones, en la zona inicial de desarrollo de la barriada. Las pocas casas de vecindad, cuarterías o solares fueron construidas como solución para la población de más bajos ingresos. Otra solución fueron los llamados “pasajes” que generalmente, al fondo de casas de mayor prestancia, brindaban una solución más digna y de menos hacinamiento, con baños y cocinas individuales. En los años 50 se construyeron varios edificios de apartamentos, pero ninguno superó las tres plantas y generalmente tenían espacios en la planta baja para establecer diferentes negocios o comercios.

Las características del desarrollo de Luyanó limitaron la presencia de zonas de recreo existiendo solamente dos parques uno, el más concurrido, en la calle Fábrica, por ese nombre se le conoce, con frondosos árboles, asientos de madera y un bello pabellón, hoy desaparecido, que daba a la calle Justicia y sus anchas aceras exteriores e interiores permitían los juegos infantiles. El otro parque bordeaba la Calzada de Concha.

Pero como las calles estaban sin pavimentar, el recurso habitual, salvo que fuesen juego de pelota “al duro”, entonces quedaban los llamados placeres o solares yermos, espacios sin construir. El más utilizado era el “placer de chocolate”, que ocupaba toda una manzana donde solo existía una casa de madera en la esquina de Velázquez y Fábrica, habitada por una familia negra, quizás de ahí el nombre, el único problema era que en los meses de enero a marzo la comparsa El Alacrán ocupaba el lugar para sus ensayos, cercaban casi todo el terreno con paredes de yaguas que evitaban no solo el paso sino la vista de los ensayos, y cobraban a los que quisieran entrar a mirar. Otro placer era donde plantaba su carpa el circo Montalvo, un circo de barrio que daba funcionaba dos semanas o un mes, según el público que tuviesen.

En el placer del “blanquizar”, el más pequeño de todos, a inicios de los 50 se construyó el Centro Deportivo Pepe Barrientos, con canchas de voleibol, básquet, gimnasio de boxeo, fisicoculturismo, con baños y taquillas. Se acabaron los juegos de pelota, pero había otras opciones. Pero quienes quisieran jugar pelota. tenían que moverse fuera de Luyanó, hacia el placer de la calle Reyes o, con otros riesgos, al "arenal”, colindante con Cayo Cruz, área ganada a los mangles y a la zona cenagosa de la Ensenada de Guasabacoa.

En cuanto a atención social, Luyanó tenía una Casa de Socorro en la Calzada de Luyanó y una crèche (guardería) que fue construida a inicios de los años 40, era una bella construcción estilo art deco, y le brindó cierto alivio a las madres trabajadoras de la zona, aún existe en la esquina de Villanueva y Arango. La Casa de Socorro no solo atendía emergencias, también ofrecía consultas médicas, servicio de inyecciones y una farmacia que entregaba medicinas gratuitamente.

El principal centro de salud en Luyanó era La Benéfica, una clínica mutualista del Centro Gallego para varones, que por 2,85 pesos mensuales, cantidad que entonces representaba el 4 por ciento del salario mínimo y brindaba atención médica, diversos especialistas, dentista, medicinas, cirugía, servicio de diagnóstico como análisis, rayos X, etc. Además contaba con un gimnasio y baños turcos. La clínica estaba rodeada de jardines, fuentes y árboles.La cuota mensual daba derecho a la escuela primaria Concepción Arenal, a un balneario en las playas de Marianao y a todas las actividades del Centro Gallego, que incluían una biblioteca, bailes sabatinos y dominicales y excelentes mesas de billar. Hijas de Galicia era para el sexo femenino y brindaba similares servicios, excepto el gimnasio.

Aparte de los centros de salud señalados, existían dos clínicas que trataban dolencias de las mujeres, pero en la práctica era para realizar legrados o abortos, una práctica prohibida aunque admitida por las autoridades. El más económico estaba en la esquina de Pérez y Fábrica y el otro, más elegante y caro, en la Calzada de Luyanó.

Por el número de iglesias, podemos poner en duda la religiosidad de los luyanosenses. Existía una pequeña capilla católica en una escuela de niñas pobres, una pequeña iglesia católica, Nuestra Señora de la Guardia, de planta neogótica, tres protestantes y un templo de los Testigos de Jehová. Iglesias protestantes había una bautista en la Calzada de Luyanó, en un local adaptado, la anglicana o episcopal, establecida en los años 20 con una construcción de estilo ecléctico ubicada en Municipio y Ensenada, constaba de una pequeña escuela primaria, y la Presbiteriana, también establecida en los años 20 en la calle Santa Felicia entre Fábrica y Reforma, con elementos bizantinos y tenía una escuela primaria, considerada la mejor, patrocinaba los Boys Scouts de la barriada.

Además de estas escuelas, existían otras laicas privadas y un kindergarten gratuito sufragado por el Partido Socialista Popular. La Escuela Pública No. 24, en la esquina de Guasabacoa y Herrera, no solo brindaba enseñanza primaria, también clases nocturnas de inglés, mecanografía y secretariado, que eran muy concurridas por quienes buscaban elevar su posición social. Clases similares eran impartidas en centros privados y casas particulares, en algunas de las cuales se ofrecían también clases de piano.

Si por el número de iglesias no podemos determinar la religiosidad, por el número de cines sí podemos afirmar que la población de Luyanó era muy cinéfila. Solamente en la Calzada de Luyanó existían cuatro cines: el Norma construido en los años 20 con un edificio con elementos art nouveau y columnas interiores que bloqueaban la pantalla según donde te sentaras; el Luyanó con un frente parcialmente construido de bloques de cristal y una fachada y techo curvilíneo como un hangar; el Atlas, y el Dora especializado en películas mexicanas, argentinas y españolas. Por la Calzada de Jesús del Monte encontrabas el Moderno y el Florida, que proyectaban películas de estreno, los dos con aire acondicionado. Y en el interior del barrio, se localizaba el Ritz, donde los jueves era el “día de las mujeres” estas solo pagaban cinco centavos para ver dos películas, pero podían ser víctimas de masturbadores y rascabuchadores. Y a pocas cuadras el Fénix, que originalmente se le llamó Ferroviario porque en su planta alta se encontraba el sindicato ferroviario y tenía una característica que lo hacía similar al cine Negrete, en el Paseo del Prado: era largo y carecía de balcony. En el Fénix conocí los film noir del cine estadounidense. Creo que el único cine que existe es el Florida, los demás desaparecieron.

Las comunicaciones en Luyanó eran excelentes, a pesar de las calles sin pavimentar, una estación de ferrocarril estaba a dos cuadras de sus límites, y más de diez “rutas de guaguas” la bordeaban o lo atravesaban de norte a sur y de este a oeste, utilizando las calles pavimentadas. Ello permitía enlazar a Luyanó con el resto de La Habana, El Diezmero, Lawton, Víbora, Puentes Grandes, Vedado, Guanabacoa, San Miguel del Padrón, Jacomino, El Cotorro, entre otras localidades habaneras. También había varias “piqueras de taxis”.

En la música popular, Luyanó es mencionada en algunas guarachas, tenía su representación, la más famosa fue una de la década de 1940 en la cual el puertorriqueño Daniel Santos con la Sonora Matancera cantaba Bigote Gato. En más de un sitio se practicaba la santería, había una fuerte presencia abakuá en el territorio y durante los carnavales por sus calles pasaban congas y comparsas.

Waldo Acebo Meireles
Cubaencuentro, 3 de julio de 2019.
Mapa donde se ven los límites del Luyanó histórico. Tomado de Cubaencuentro.

Notas.-

(1) Gobernador de la Capitanía de Cuba en tres ocasiones 1850-1852; 1854-1859 y 1874-1875, por sus servicios recibió los nombramientos de marqués de La Habana, vizconde de Cuba, grande de España de primera clase.

(2) La palabra “reparto”, en el caso cubano y particularmente habanero, designa un fenómeno económico y social, es el “reparto” en pequeñas parcelas de una finca rústica, con el propósito de urbanizarla. Este término es un cubanismo ya que en España y en la América hispana, a ese mismo fenómeno y sus resultados se le conoce como: colonia, fraccionamiento, urbanización, unidad habitacional, villa, etc., sólo en Nicaragua y El Salvador se utiliza con el mismo significado que en Cuba.

(3) Pichardo y Tapia, Esteban. Plano de la Habana. Ed. José Valdepares 1874.

(4) En los años 50 del siglo XX se intentó rectificar ese nombre llamándosele oficialmente Ramón Pintó en recordación de un anexionista condenado al garrote vil por Concha, en la práctica, como ha ocurrido con decenas de calles habaneras, el pueblo le siguió llamando por su nombre original.

(5) En las Actas Capitulares encontramos que en el cabildo de 21 de agosto de 1551 aparece que el gobernador Pérez de Angulo pide le hagan merced de una caballería de tierra, “en el Ancón de la mar deste puerto”, que queda perfectamente localizada al determinarse que linda esa estancia “con el Uyanó”; ensenada que recibió posteriormente el nombre de Buasabacoa, más tarde a esa ensenada se le llamó Guasabacoa. En un plano de 1750 copiado en 1911 por el agrimensor Arturo Espinosa aún aparece señalado “Río del Uyanó”.

(6) Este Puente tomó su nombre de Federico Roncali (Conde de Alcoy) que precedió a Concha como Capitán General en los años de 1848 a 1850.

(7) Aunque esos portazgos fueron perdiendo su importancia con el desarrollo de los ferrocarriles en los años 50’del siglo XX tanto en La Palma como en la Virgen del Camino se mantenía ese aire de feria, de miles de transeúntes que cruzaban a diario y encontraban un lugar de descanso, para tomar un refrigerio o para cambiar de un medio de transporte a otro.

(8) Por la Junta de Fomento.

(9) Por Francisco María de la Luz de Arango y Parreño.

(10) Por Claudio Martínez de Pinillos y Ceballos II Conde de Villanueva y I Vizconde de Valvanera.

(11) Rojo García, Francisco. Plano General de la Ciudad de La Habana y sus alrededores. Cultural S.A. 1929

(12) Destacado músico criollo que dejó varias obras para piano entre ellas varias contradanzas.

(13) Las necesidades habitacionales no resueltas en los últimos 60 años han generado las construcciones de barbacoas y plantas adicionales, muchas de ellas precarias.

lunes, 4 de noviembre de 2019

La Habana y los huracanes



Cada temporada ciclónica transcurre en La Habana como un juego de la ruleta rusa. Desde el 1 de junio al 30 de noviembre, la aparición de un huracán en el Atlántico, despierta las alarmas en la población.

Muchos cubanos de a pie viven en la zozobra y siguen los partes del tiempo con la misma pasión que una telenovela brasileña o un candente play-off final de la Serie Nacional de Béisbol.

Aunque la autocracia comunista en la Isla ha determinado que el embargo económico, comercial y financiero de Estados Unidos es el culpable de las penurias cotidianas y de las que están por venir, los daños provocados por huracanes, tormentas tropicales, penetraciones del mar y otros fenómenos meteorológicos, suman cientos de millones de dólares en pérdidas materiales cada año.

Lo más afectado es la infraestructura inmobiliaria. Tener en cuenta que el 70 por ciento de las viviendas en Cuba están en regular o mal estado técnico. Entre todas las ciudades cubanas, la que corre más riesgos es La Habana, por su deterioro habitacional y densidad poblacional en municipios como Centro Habana, Habana Vieja, Cerro, Diez de Octubre, Arroyo Naranjo y San Miguel del Padrón.

El pasado 27 de enero, un poderoso tornado, en poco más de 16 minutos recorrió once kilómetros y cinco municipios habaneros, provocando siete fallecidos, 195 heridos y más de 7 mil viviendas dañadas, de las cuales 730 sufrieron derrumbes totales. Casi nueve meses después, cuando usted recorre las zonas afectadas por el tornado, observará edificaciones y casas en los cimientos o que todavía esperan por ser reconstruidas.

La dictadura de los hermanos Castro ha coartado libertades fundamentales y es enemigo de la democracia moderna, pero cuenta con un organizado y eficaz sistema de Defensa Civil, estructurado como un organismo militar.

Luis, ex delegado del Poder Popular en la barriada de La Víbora, dice que en Cuba todo es burocrático e ineficiente, "pero la Defensa Civil hace bien y rápido su trabajo. Cuándo tú comparas la cantidad de muertos en los fenómenos naturales con otras naciones del Caribe, e incluso Estados Unidos, verás que por lo general son mucho menores. Después del ciclón Flora, que en 1963 dejó casi tres mil fallecidos en las regiones orientales, la Defensa Civil ha creado un sistema de aviso preventivo y evacuación de calidad” y añade:

“No contamos con muchos recursos, pero el hecho de vivir en una sociedad diferente, donde la gente acata más las orientaciones de la Defensa Civil que en otros países, provoca que el número de víctimas mortales sea reducido. Salvar vidas es la primera prioridad en la etapa de ciclones. Es cierto que Cuba y sobre todo La Habana, están expuestas a sufrir severos daños. Hay barrios de la capital que un simple aguacero inunda las zonas bajas y provoca destrozos. Por desidia del gobierno y falta de mantenimiento, la ciudad no está preparada para recibir el impacto de un huracán categoría 5 como Dorian. No solo por el aspecto constructivo, las pérdidas materiales también abarcarían a las redes eléctricas, pues al no contar con tendido soterrado, el aéreo es muy vulnerable”.

Nueve meses después que el tornado desplomara el techo de su endeble vivienda, Mercedes, ama de casa, aun no ha terminado de reparar su casa en Jesús del Monte. "De manera bastante chapucera, me pusieron un techo de tejas acanaladas que si este año pasa un ciclón se lo vuelve a llevar. Una brigada de constructores comenzó con tremendo embullo a repellar la casa y levantar el baño, un cuarto y la cocina, pero las obras se pararon por falta de materiales. Solavaya si La Habana tiene que sufrir un ciclón como Dorian. Vi en la televisión las imágenes de Bahamas y ese monstruo arrasó en esas islas”.

Los científicos y meteorólogos no se ponen de acuerdo al señalar cuáles son las causas para que cada año asolen al Caribe y Estados Unidos huracanes cada vez más destructivos, probablemente por los cambios climáticos.

Regis Chapman, jefe de la Oficina para el Caribe del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas, expresó que “Bahamas es un país más desarrollado, con mejores infraestructuras y estándares de construcción que otros del Caribe, y la sede del gobierno sigue intacta en la capital, lo cual facilitará la coordinación de la emergencia. Pero hay que tener en cuenta que el huracán, de categoría 5, estuvo dos días clavado encima de las islas. No hay infraestructuras capaces de soportar un azote así”.

Diego, un cubano residente en la Florida que viajó a La Habana para evadir la furia de los vientos huracanados de Dorian, cuenta que “la FEMA (siglas en inglés de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias) hace un trabajo impecable. A veces hay muertes que se pueden evitar, pero muchas personas no cumplen las orientaciones del gobernador o la FEMA. Se va la luz, como en Cuba, pero la mayoría de las personas tienen plantas en sus casas y nunca demora más de dos o tres días en volver. Todas las viviendas tienen un seguro que te cubre los daños. Además, no falta comida, agua potable, linternas, baterías y otros insumos necesarios en estos casos. Ha habido problemas, pero las instituciones federales funcionan bien cuando hay desastres naturales en Estados Unidos. En Cuba, la Defensa Civil hace una gran labor, el problema viene después que pasa el ciclón: a los cubanos, el Estado no le garantiza con rapidez recuperar sus casas y restablecer los servicios, sin contar la escasez de alimentos”.

En San Cristóbal sigue protegiendo a La Habana, escrito en 2002, la periodista independiente Tania Quintero relataba: "Tres ciclones en menos de un año han afectado a Cuba. Y ninguno ha pasado por la capital. San Cristóbal es el patrono de la ciudad. En la religión yoruba se denomina Aggayú Solá, Según la leyenda cristiana, San Cristóbal era un gigante que ayudaba los hombres a cruzar ríos anchos y turbulentos y en una ocasión ayudó a cruzar al propio niño Jesús. En la santería, Aggayú Solá es Orisha mayor, padre de Shangó y deidad de la tierra seca. No solamente los habaneros creyentes dan gracias a sus santos por la protección que les ha venido dando. También deben estar agrdecidos los gobernantes, sobre todo Fidel Castro: el paso de un huracán fuerza cinco lo pondría en un dilema, pues más de la mitad de las edificaciones de la ruinosa ciudad se vendrían abajo".

Diana, ferviente practicante de la santería, confiesa que ella reza cada vez que informan que un ciclón puede pasar por Cuba, "sobre todo por La Habana, mijo, que si con un aguacero se caen dos o tres edificios, imagínate que sucedería si pasa un ciclón como el que afectó a Bahamas. Tienen que recogernos con palas”. Y se santigua.

Orestes, arquitecto, cree que las regiones del Caribe e incluso en Estados Unidos, en materia constructiva no están lo suficientemente preparados para resistir huracanes con vientos de más de 300 kilómetros por hora.

“En esos lugares, las casas modernas las edifican con materiales ligeros, lo cual permite una construcción acelerada. Son bonitas y funcionales, pero poco eficaces para soportar las rachas de vientos de un ciclón categoría 5. Las que mejores soportan los huracanes son las edificaciones construidas con acero y concreto, siempre y cuando se hagan con calidad. En el caso de La Habana, una combinación de factores permite que quede muy expuesta a los eventos climatológicos, como la falta de mantenimiento y las construcciones de mala calidad que no cumplen los parámetros técnicos dictaminados por instituciones oficiales, para construcciones estatales y particulares”.

El último huracán que cruzó por La Habana fue Irma, en septiembre de 2017. En dos años, el deterioro de la capital ha continuado aumentando. Por eso, como dije al principio, los habaneros perciben cada temporada de huracanes como un juego de la ruleta rusa.

Iván García

lunes, 28 de octubre de 2019

"Estoy en manos de la Seguridad del Estado"



Después del mediodía, los barrios de La Habana entran en un letargo temporal hasta que ceda la canícula. Caminando por la Avenida 19, rumbo a casa de la profesora Omara Ruiz Urquiola, rebelde con causa y disidente por convicción, el despiadado sol de agosto parece que va reventar el asfalto.

La gente se esconde del calor en cualquier portal y los perros callejeros se cobijan bajo los árboles. En un agromercado en la calle 72, un dependiente ronca plácidamente encima de una tarima, en un garaje improvisado dos jóvenes reparan una moto eléctrica, y antes de llegar al domicilio de Omara, se escucha un reguetón que desafina con la abulia vespertina.

La vivienda de Omara, sin grandes pretensiones arquitectónicas, es un chalet de dos pisos construido a finales de la década de 1940, durante la expansión al oeste de la capital de la pujante clase media habanera. No más entrar, ella se excusa: “No mires el reguero, es que estamos intentando arreglar la casa”. Tres sacos de arena reposan en el piso. Por una escalera estrecha se llega a la cocina. En una repisa, un pequeño televisor de pantalla plana trasmite la competencia de clavados en los Juegos Panamericanos de Lima, Perú.

Omara, 46 años, se graduó de Historia del Arte en 1996. El sencillo vestido, con un estampado estilo hindú, y el hecho de estar descalza, le da una apariencia ghandiana. Lleva el pelo recogido, es muy delgada, tiene la frente amplia y es de hablar pausado. Una mujer con un respeto a prueba de bala por los valores cívicos y ciudadanos.

En una semana le han hecho numerosas entrevistas. “Casi una diaria”. Pero el tono de su voz no suena a molestia. Por el muro de la terraza, con una abundante vegetación, un hermoso gato blanco y negro camina en perfecto equilibrio. Luego de encender la grabadora de mi teléfono móvil comenzamos a hablar. “El apellido Urquiola es de origen vasco. En Cuba la mayoría de los Urquiola son oriundos de Pinar del Río, aunque hay también en Holguín”, aclara.

Las discrepancias familiares con la revolución de Fidel Castro llegaron cuando Omara era adolescente. “Mi papá, Máximo Omar Ruiz Matoses, fue detenido por la Seguridad del Estado en 1990. Tenía grado de coronel y era jefe del grupo de desarrollo científico del MININT (Ministerio del Interior). Cumplió 17 años de prisión. En esa fecha yo tenía 17 años. Recuerdo las visitas a la cárcel La Condesa y cómo nuestra familia se convirtió en una suerte de apestada social. Mi hermano Ariel y yo éramos los hijos de un ‘traidor a la patria’”, cuenta Omara y añade:

“Fueron años durísimos. Cuba entraba en pleno Período Especial, que afectó a la gente con apagones, escasez de todo tipo y hambre. Ya mi padre había confrontado a las máximas autoridades del país. Él, como muchos oficiales, conocía de la tenebrosa crisis económica que afectaría al país. Pero los altos cargos acallaron los deseos de cambio en el cuerpo militar con represión, cárcel y una limpieza a fondo en el MININT y las FAR (fuerzas armadas)”.

Ya en aquel tiempo, Omara comenzó a tener demasiadas preguntas sin respuesta sobre el modo de gobernar en Cuba. “Nunca quise ser de la UJC (Unión de Jóvenes Comunistas). Mi desilusión contra el sistema comenzó en la adolescencia. Fue un proceso lento, pausado. Un hecho que me marcó mucho fue la represión sin sentido desatada por la policía después que culminara un recital de Carlos Varela en el campo deportivo Eduardo Saborit. Allí con mis ojos vi la represión. Por gusto, la policía repartió golpes y bastonazos a los jóvenes que acudieron al recital”.

En el verano de 1996 se gradúa en Historia de Arte. Termina su servicio social en 1998 y comienza a dar clases en la Escuela Nacional de Arte. También fue profesora del Instituto Superior de Arte. Los dos trabajos los simultaneó hasta 2009. Llegó a ser jefa de departamento.

En 2005, a Omara le diagnostican un cáncer hereditario avanzado en uno de sus senos. Es precisamente su enfermedad el detonante del calvario, acoso y encarcelamiento que ha sufrido su hermano Ariel Ruiz Urquiola, doctor en Ciencias Biológicas. Repetidas veces, Omara ha tenido problemas con su tratamiento en el Instituto Nacional de Oncología. En ocasiones malos procedimientos de los doctores, negligencias, falta de medicamentos. Esa realidad ha provocado que la profesora denunciara el sistema cubano de Salud Pública.

Señala que “muchos pacientes estuvieron dos meses sin medicamentos. Esas vidas estaban en riesgo. Fue entonces que mi hermano Ariel decidió iniciar una huelga de hambre y sed hasta que no me entregaran los medicamentos”. En la Isla de los hermanos Castro hay tres cosas que el régimen autocrático no perdona: criticar a la revolución y sus gestores, exigir democracia y libertad de expresión, y hacer huelga, de hambre o laboral.

Ariel y Omara cruzaron esa frontera. Desde ese mismo momento comenzaron los operativos de la policía política, la intromisión en su vida privada y las detenciones arbitrarias. Omara está convencida de que detrás de su destitución como profesora del Instituto Superior de Diseño Industrial (ISDI) está la mano de la Seguridad del Estado.

“Varias veces he dicho que no me considero opositora. Aunque tengo amigos disidentes y periodistas independientes, no milito en ninguna organización. Pero cuando en Cuba tú ejerces como ciudadana, todo comienza a convertirse en un problema político. Ya sea exigir tus derechos o darle apoyo a un grupo minoritario”.

El jueves 25 de julio, su jefa la citó para una reunión extraordinaria el lunes 29 de julio. Nadie supo explicarle el motivo de esa reunión, ni siquiera Milvia Pérez, la decana del ISDI. “No sabemos nada de la reunión. Es una indicación de la dirección de la Universidad de La Habana”, le respondió Pérez.

El 29 de julio, a las diez de la mañana, comenzó el proceso para destituir a Omara Ruiz. “Fue un encuentro plagado de mentiras y mediocridades. Era evidente quien estaba detrás de aquella farsa. Técnicamente fui despedida, no expulsada. Se ha manejado el término expulsión, pues está claro que me dieron una patada. Legalmente fui separada de mi puesto de trabajo, porque, según ellos, no cumplí con los parámetros administrativos para seguir en el centro”, explica Omara y subraya: “Daré pelea legal, pero no voy a consumir mi existencia en ese proceso. Se sabe que en Cuba las instituciones jurídicas están secuestradas por la Seguridad del Estado”.

El acoso contra Omara no se detiene. Quieren invisibilizarla como profesional. Anularla como ciudadana. "Hace unos días, me comunicaron que he sido vetada para participar en el encuentro sobre el Centenario de la Bauhaus, que organiza el Palacio del Segundo Cabo y el Centro para las Interpretaciones de la Relaciones Culturales Cuba-Europa. Yo iba a ser panelista. Ese evento es auspiciado por la Embajada de Alemania y la Oficina del Historiador de la Ciudad y es esta Oficina la que veta mi participación. ¿Hay o no hay campaña en mi contra?”, se pregunta la profesora.

Intenta ver las cosas con un prisma optimista. En las redes sociales, varios alumnos suyos e innumerables personas, incluso algunas que coquetean con la cultura oficial, le han brindado apoyo. Se siente fuerte. “Vengo de luchar por la vida, de respirar, ellos (los del régimen) no tienen para enfrentarse a mí”, argumenta sin altanería.

Pero reconoce que es una simple ciudadana que batalla contra fuerzas poderosas. Los servicios especiales pueden atormentarla de diversas formas, demorando la entrega de sus medicamentos y prohibiéndole viajar al exterior.

Omara lo sabe. “Porque de cierta forma, yo estoy en manos de la Seguridad del Estado”.

Texto y foto: Iván García

lunes, 21 de octubre de 2019

¿Cómo una comisión de evaluación hubiera juzgado al Benny?



El 24 de agosto se cumpió el centenario del nacimiento, en 1919, en Santa Isabel de las Lajas, en la entonces provincia Las Villas, de Benny Moré (Bartolomé Maximiliano Moré Gutiérrez era su verdadero nombre).

Todos los homenajes resultaron insuficientes para celebrar el aniversario tan redondo del que sin dudas es el más grande cantante que ha dado la música cubana. Se suele exagerar con el calificativo de genio, pero no es el caso del Benny.

Si alguien fue genial fue él, que, sin haber estudiado música, solo a fuerza de sentimiento y de su innato sentido musical, fue el mejor intérprete del son, el bolero, la guaracha y el mambo. Nadie ha podido superarlo en fraseo e improvisación. Su talento era sobrenatural, como si le hubiese sido concedido como don por los dioses de sus antepasados africanos.

Había que verlo, luego de dar tres patadas en el piso, dirigiendo con sus gestos, con todo su cuerpo, aquella prodigiosa orquesta que creó a su medida en los años 50, la Banda Gigante, una jazz band de vendaval, con percusión afrocubana, que sonaba como un conjunto sonero y que no le constreñía su libertad, sino que le permitía adelantar y atrasar el tiempo, cambiar de tono a su antojo y a la que agradecía cada proeza sonora con un “anjá”.

No abundo más sobre la importancia del Benny en la música cubana. Muchos lo hacen mejor que como yo pudiera hacerlo. Por ejemplo, Faisel Iglesias, abogado y escritor cubano residente en Puerto Rico, en Oh vida (Ediciones Unos & Otros, 2019), un libro que acabo de leer y que me ha dejado fascinado por la visión que da del Bárbaro del Ritmo y su música.

Prefiero elucubrar un poco y suponer qué habría sido de Benny Moré y cómo hubiese sido su vida de no haber muerto de cirrosis hepática, a los 44 años, el 19 de febrero de 1963. ¿Pueden imaginar cuán desolado se sentiría cuando de la noche a la mañana se fueron del país, huyendo del huracán revolucionario, Celia Cruz, Olga Guillot, Rolando La Serie, Orlando Contreras, y muchos otros soneros y boleristas amigos suyos?

Si Benny se quedó en Cuba, en El Conuco, como llamaba a su casa en el barrio La Cumbre, cerca de San Francisco de Paula, en las afueras de La Habana, fue porque su salud estaba demasiado deteriorada, no porque simpatizara y se sintiese a gusto con el régimen. De haber vivido unos años más, hubiese tenido muchos problemas. Una persona tan libre como él, por muy querido que fuese por el público, no hubiese encajado en la rígida sociedad instaurada por Fidel Castro en 1959. Dudo que los mandamases hubiesen podido domeñarlo.

¿Cómo habría juzgado una ridícula comisión de evaluación al Benny, que no estudió música, no sabía leer una partitura, y que, en vez de anotarlas en papel pautado, tenía que tararear las melodías que se le ocurrían?

No puedo imaginar a Benny Moré, por muy humilde y sencillo que fuese, como empleado de una empresa artística estatal que se apropiara de la mayor parte de sus ganancias y le ordenara qué hacer y cómo, luego de asignarle turno en una larguísima cola, que podía demorar años, para grabar un disco en la EGREM.

¿Pueden imaginarlo componiendo por encargo oficial, cantando en un coro al estilo de We are the world, junto a reguetoneros y timberos tracatanes, para homenajear a Fidel, los CDR, el MININT o el 26 de julio?

Era tan impuntual que en el cartel del Alí Bar lo anunciaban como “Benny Moré, si viene…” Y si venía, con horas de atraso, llegaba tambaleándose y dando tropezones, aunque no por ello dejase de cantar como siempre, con el alma, como si le fuese en juego la vida…

¿Hubiesen podido contar con él para animar las tribunas y los guateques fidelistas? Con el mal carácter que tenía, con unos tragos de más encima (que era casi siempre), y peor si había fumado marihuana, ¡ay de los funcionarios que se hubiesen atrevido a ir a regañarlo y amenazarlo con imponerle sanciones disciplinarias!

Luis Cino
Cubanet, 24 de agosto de 2019.
Foto: Estatua de Benny Moré en el Paseo del Prado de Cienfuegos. Tomada de Cubanet.
Leer también: Benny, no me vuelvas a cantar esa canción.

lunes, 14 de octubre de 2019

Ir a la escuela en La Habana de mi infancia (1948-1954)



Nací en 1942 y en 1948 comencé a ir al kindergarten (preescolar), en una escuela pública de enseñanza primaría que había casi llegando a la Esquina de Tejas, en el tramo de Monte entre San Joaquín e Infanta, en el municipio habanero del Cerro. El kindegarten pude haberlo hecho a la edad de cinco años, en 1947, pero mis padres consideraron que era mejor que lo hiciera a los seis, en 1948. La maestra, como todas las que entonces atendían las aulas preescolares en Cuba, era graduada de la Escuela del Hogar. No recuerdo su nombre, pero sí que asistía por las mañanas, de lunes a viernes, sin uniforme, con ropa de calle.

La enseñanza primaria la cursé en la Escuela Pública No. 126 Ramón Rosaínz, situada en Monte y Pila, también en El Cerro, a tres cuadras de mi casa, en Romay entre Monte y Zequeira. El primer grado (1948-49) lo hice con la Srta. Roxana; el segundo grado (1949-50), con la Srta. Inés, en 1950-51; el tercer grado (1950-51), con la Srta. Carmen; el cuarto grado (1951-52), con la Srta. Margarita, que era hermana de Carmen. El quinto grado (1952-53) con la Srta. Adolfina y el sexto y último grado (1953-54), de nuevo con la Srta. Carmen.

Todas ellas habían estudiado en la Escuela Normal de Maestros de La Habana y graduado de la carrera de Pedagogía en la Universidad de La Habana. En el caso de las hermanas Margarita y Carmen, de apellido Córdova, tenían el título de Doctora en Pedagogía. Amelia se llamaba la maestra de Educación Física y Lucila, la de Música fue la única maestra negra que tuve. No volví a tener cuando matriculé hasta que matriculé en la Escuela Nocturna de Inglés, que funcionaba en la misma escuela Ramón Rosaínz, en los horarios de 6 a 7, de 7 a 8 y de 9 a 10 de la noche. Las clases eran gratuitas y podían asistir personas de cualquier edad y clase social. Tomasito se llamaba ese profesor negro de inglés y se distinguía porque siempre iba trajeado, con cuello y corbata.

Procedo de una familia humilde. En mi casa solo entraba el sueldo de mi padre, guardaespaldas de Blas Roca, secretario general del Partido Socialista Popular; nunca supe lo que le pagaban, pero no debe haber sido más de 150 pesos mensuales, por eso mi madre dos veces a la semana lavaba y planchaba a domicilio. La estrechez económica no impidió que siempre tuviera batas bonitas, gracias a dos de mis tías paternas, Cuca y Lala, que eran modistas. Mis padres solo tenían que gastar en ropa interior, medias, calzado, útiles escolares, un par de juguetes el Día de Reyes y poco más. Zapatos siempre tuve tres pares: uno para andar en casa y jugar, otro para ir a la escuela, los llamados 'colegiales' (de piel negra, con cordones) y otro para salir, que en verano solían ser de color blanco y en invierno negros, por lo regular de charol. Sandalias usé de pequeña, después zapatos con correíta, que no se salían del pie. En aquel tiempo no recuerdo haber usado ballerinas ni mocasiones.

Antes de 1959, en Cuba habían escuelas públicas, privadas y religiosas y la enseñanza estaba separada en hembras y varones. A las privadas y religiosas había que ir con los uniformes, zapatos, medias, corbatas o lazos que cada escuela diseñaba y era obligado comprarlo en determinadas tiendas. En La Habana, en El Encanto, Fin de Siglo, La Época, Ultra, Sánchez Mola y El Bazar Inglés, entre otras. A las públicas también se iba con uniforme, que podías comprar ya hecho en las tiendas, a precios accesibles, o comprar la tela y si nadie en la casa sabía coser, se lo encargabas a una de las muchas costureras que había en los barrios y cobraban barato, unos 5 pesos. Las hembras usábamos saya azul prusia, blusa blanca y lazo azul, de la misma tela de la saya. En el medio del lazo, se ponía y quitaba, con broches de presión, el monograma de la escuela, que vendían en las tiendas de la zona donde radicaba la escuela y uno creo que costaba 0.50 centavos o menos.

La Escuela Ramón Rosaínz se encontraba en El Pilar, una barriada de familias pobres y trabajadoras y también de gente marginal. La calle Pila, que quedaba frente a nuestra escuela (empezaba en Monte y terminaba en Cristina) y era una calle de 'mujeres de la vida', como entonces le decían a las mujeres que se ganaban la vida ejerciendo la prostitución. Algunas de mis compañeras de primaria eran hijas, sobrinas o primas de alguna prostituta, de la calle Pila o de los alrededores, pues por la cercanía del Mercado Único o Mercado de Cuatro Caminos, el más grande de La Habana, era fácil conseguir buenos clientes con los guajiros que traían sus productos del campo, comerciantes, vendedores y choferes de camiones.

Lo sabíamos nosotras y nuestras familias, pero al menos en mi casa, eso no fue un problema para que compartiera con aquellas niñas. Nunca vi a nadie burlarse de una compañerita de aula porque vivía en una casa en mal estado o porque sus zapatos eran más baratos o no tuviera maleta (entonces no habían mochilas, eso era algo que usaban los militares, igual que los pantalones de mezclilla, que era cosa de obreros y mecánicos) y tuvieran que llevar los libros y libretas en la mano o en una jaba de tela hecha por su mamá o su abuela.

Tampoco nos molestaba ni nos daba envidia ver a los estudiantes de las escuelas privadas y religiosas, con sus uniformes vistosos y un ómnibus escolar los recogía en la puerta de su casa por la mañana y por la tarde los dejaba de nuevo allí, aunque vivieran cerca de la escuela, como una vecina mía de la Víbora, que vivía a dos cuadras del Instituto Edison e iba y venía en el bus escolar. Mi prima Lydia Roca, hija mayor de mi tía Dulce Antúnez y Blas Roca, estudió en el Instituto Edison. Me parece estarla mirando, con su uniforme blanco, el monograma con las iniciales IE bordadas en carmelita y zapatos colegiales también carmelitas. Sin embargo, sus tres hermanos, mis primos Paquito, Pepe (Vladimiro Roca) y Joaquín estudiaron en escuelas públicas.

Hasta 4to. grado, dimos clases de música y dibujo y en 5to. y 6to. grado, clases de bordado, economía doméstica y educación física, que dos veces a la semana la dábamos en la azotea de la escuela, que colindaba con el local donde durante muchos años estuvo la COA (Cooperativa de Ómnibus Aliados), una de las organizaciones sindicales más fuertes de la capital (entonces a diario circulaban decenas de rutas de ómnibus por toda la ciudad). Esos dos días, íbamos a la escuela con el uniforme de educación física: blusa blanca, saya azul marino abierta alante con botones y debajo, un short azul y tenis blancos. La marca más conocida era U.S. Keds.

Terminé el 6to. grado en 1954 y matriculé en la Escuela Superior (antes no se llamaba Secundaria), donde cursaban dos grados, 7mo. y 8vo. No sé en otras localidades o provincias, pero en la Superior usé el mismo uniforme de la primaria, pero con otro monograma. Por mi lugar de residencia, me tocó ir a una gran edificación escolar que recientemente se había inaugurado, detrás de la Escuela Normal de Maestros de La Habana, situada en San Joaquín entre Pedroso y Amenidad, Cerro. En una parte del moderno edificio, quedaba la Escuela Superior Anexa La Normal, que así se llamaba, y en la otra, más grande una escuela primaria (después del 59 quitaron la Superior, dejaron la primaria y le pusieron Nguyen Van Troi, igual que el parque que queda enfrente).

Una asignatura nueva eran las clases de cocina, en un salón con mesas, closets, un gran refrigerador y cuatro cocinas de gas, Made in USA (entonces, lo raro era que algo no fuera hecho en Estados Unidos, a Cuba llegaba lo último que se produjera en USA: autos, electrodomésticos, ropa, calzado, películas). Fue algo novedoso para mí, porque hasta 1959 en mi casa no tuvimos refrigerador, comprábamos una piedra de hielo cada día. Y hasta 1968, cuando por la llamada Ofensiva Revolucionaria, nacionalizaron las bodegas y pequeños comercios, entre ellos la carbonería del asturiano Fermín, en la esquina de Romay y Zequeira, mi madre cocinó con carbón.

Los 28 de Enero, aniversario del natalicio de José Martí, nos vestíamos de blanco y desde la Escuela Ramón Rosaínz, por la calle Monte íbamos caminando hasta el Parque Central (unos dos kilómetros), a depositarle rosas blancas al Apóstol. Con uniforme íbamos a visitar la casita donde nació Martí, en Paula 102, o a las charlas que a las alumnas de la Asociación Martiana nos daban en la Fragua Martiana. Uniformadas íbamos también a la Semana del Niño, cuando visitábamos industrias de la zona (Canada Dry, Sabatés, La Estrella o La Española, fábrica de chocolate en Infanta y Estévez). Llevábamos una bolsita, para echar las chucherías que nos regalaban. A las excursiones fuera de la capital (Cuevas de Bellamar, Valle Viñales) íbamos con camisa, pantalón, calzado apropiado y podíamos llevar un cartucho con merienda y un sombrero para protegernos del sol.

La Habana de mi infancia apenas se parece a la del siglo XXI, a no ser por el Malecón, que sigue en pie, con el muro dañado y aceras destrozadas; el Capitolio, recientemente restaurado; el Parque Central, con menos árboles y ya sin su vieja vecina, la Manzana de Gómez, reconvertida en el hotel de lujo Manzana Kempinski. La estatua de Antonio Maceo (el actual espacio recreativo en nada se asemeja al Parque Maceo de mi niñez) y La Giraldilla, entre otros monumentos que no han sido derribados o vandalizados. Teatros como el antiguo Nacional, después García Lorca, hoy Alicia Alonso; restaurantes y bares, como La Bodeguita del Medio y El Floridita, ahora dedicados a sacarle divisas a los usuarios. De los cines que han sobrevivido a la desidia del castrismo, Radiocentro (Yara), Rodi (Mella), América y Riviera, de los pocos a los cuales no les han cambiado el nombre.

La Universidad de La Habana, con su escalinata y su Alma Mater. La Biblioteca Nacional a la que iba a estudiar cuando fui alumna de la Escuela Profesional de Comercio de La Habana (1957-59). Iglesias como la de los Pasionistas en la Víbora y, por supuesto, la Catedral, en la Habana Vieja. Antiguas mansiones coloniales hoy sedes de museos y paradores turísticos administrados. Hoteles como el Nacional, Inglaterra, Sevilla, Plaza, Havana Hilton (Habana Libre), Riviera, Comodoro, Capri, Deauville... Pero sobre todo, el emblema de la capital y del país: El Castillo de los Tres Reyes del Morro, que lleva más de cuatro siglos siendo testigo de asedios de piratas, conquistadores ingleses, guerras de independencia, ciclones, revueltas populares y turbulencias sociales y políticas.

Para los cubanos nacidos en la década de 1940, si sus padres eran auténticos, liberales, ortodoxos o comunistas, como era mi caso, no veíamos a Estados Unidos como un enemigo. Desde pequeños, en los estanquillos veíamos periódicos y revistas americanas; en los cines, si las películas no eran mexicanas, eran americanas. En la radio igual, lo mismo escuchábamos a Joseíto Fernández en aquel programa donde a ritmo de la Guantanamera narraba asesinatos y crímenes que los programas con Frank Sinatra, Nat King Cole, Elvis Presley... O dedicados a la música de Ernesto Lecuona o Sánchez de Fuentes, autor de Habanera tú. O los espacios fijos que había en las emisoras, con Vicentico Valdés, Blanca Rosa Gil, Panchito Riset, Barbarito Diez, Tejedor y su Grupo, Benny Moré... O los dedicados a la música clásica, española, mexicana o argentina. A los seguidores del feeling, guaguancó, danzones y décimas campesinas. O cuando podías escuchar lo último de las orquestas cubanas de moda (Jorrín, América, Aragón, Riverside, Sonora Matancera, Roberto Faz) o de jazz bands estadounidenses que eran muy escuchadas en Cuba, como las de Benny Goodman y Glenn Miller.

Parece que no, pero todo eso influye, porque uno crece con la posibilidad de escuchar la música que tu quieras, de leer el libro del autor que más te guste y ver o no películas de México, Estados Unidos o Argentina (de Cuba no recuerdo haber visto ninguna). Ver muñequitos (comics), impresos, en la tele o en la prensa nacional (mis preferidos, Trucutú y Benitín y Eneas). Seguir o no las aventuras, primero en la radio (Los Tres Villalobos, la más popular) y después en la televisión. Las aventuras tenían tantos oyentes como las radionovelas (El derecho de nacer) o Divorciadas, un programa basado en hechos reales. Podías seguir el espiritismo de Clavelito, los espacios humorísticos y las actuaciones musicales en vivo, en Radio Progreso y otras emisoras. Comprar o no la revista Bohemia o Carteles o las de temas femeninos, como Romance y Vanidades, la más vendida, costaba 20 centavos, salía una vez al mes y cada número traía una nueva novelita de Corín Tellado.

Uno estaba al tanto de lo que se usaba en Estados Unidos, que ya desde entonces era un país de referencia para el cubano de a pie, aunque la gente rica prefería la moda y los perfumes de París. Si querías un vestido igual al que viste en el catálogo de Lana Lobell, ibas al Ten Cent, te comprabas un sobre que dentro traía los patrones o moldes y costaba menos de un peso. Si vivías en La Habana, ibas a Muralla, la calle donde se vendían más telas, encajes, botones, bieses, serpentinas, zippers e hilos del país, y por tres o cuatro pesos, cuando mucho, comprabas dos o tres varas o yardas (antes no se decía metros) del tejido que el modelo requería. Nadie en mi escuela, mi barrio y mi familia sufría si no podía comprar lo que estaba de moda en USA.

Quienes tal vez sufrían un poco eran los apasionados de los autos, pero en las agencias que había en la capital, podían comprarlos a plazos, igual que los aires acondicionados, refrigeradores, cocinas, batidoras y otros electrodomésticos americanos. Entonces, cualquiera podía sacar un pasaje en avión a Cayo Hueso (Key West) o Miami, pasarse allí unas horas haciendo compras y regresar ese mismo día. Mejor aún si ibas en el Ferry, donde podías venir con autos, muebles y todo lo que necesitaras para tu casa o para tu taller de mecánica, chapistería o carpintería.

Pero todo se acabó cuando en 1959 llegó el comandante y como para él todo eso formaba parte de la "diversión", mandó a parar. Y fue cuando los cubanos empezaron a joderse, a ir pa'trás, a estancarse, viviendo con libreta de racionamiento desde 1962, cada vez con más escasez y penurias, sin democracia ni libertades. Sesenta años después, Cuba está peor que en 1959. Con niños, adolescentes y jóvenes a quienes no les motiva estudiar y trabajar para desarrollar y modernizar el país en que ellos, sus padres y sus abuelos nacieron.

Tania Quintero

Foto: Las alumnas que cursamos el 2do. grado con la Srta. Inés, en 1950-51 y no en 1951-52 como yo alguna vez puse en la foto. Después de terminado ese curso escolar, la Srta. Inés se sucidió dándose candela. Una noticia muy dura para quienes fuimos sus alumnas, pues era una de las maestras más dulces y risueñas de la escuela. Al menos yo nunca supe los motivos que le llevaron a acabar con su vida. Soy la primera a la izquierda, en la segunda fila, con el pelo recogido y lazos blancos.

Nota.- Antes de su publicación, Lola, una cubana que vive en España y hace años es lectora del blog, leyó Ir a la escuela en la Habana de mi infancia, y a través del email, me envió el siguiente testimonio:

Estimada Tania: Me encanta leer esos recuerdos suyos, porque son muy parecidos a los míos. Nací en 1951, aunque mi familia, por ser mi padre dueño de un negocio, por el régimen que se instaló en Cuba en 1959 podría ser considerada "burguesa", aunque excesos ni lujos jamás hubo en mi casa. Fuimos al kindergarten de una escuela pública, luego a un pequeño colegio privado y más tarde a Baldor. Mi madre, por cierto, nunca compró los uniformes que vendían ya confeccionados en las tiendas. Ella sabía coser y me los hacía. Había aprendido a coser con Juana Dueñas, una modista que cosía a gente rica, vivía en La Habana y a veces íbamos de visita a su casa. Mi padre siempre nos decía que su obligación era trabajar para mantener a la familia y que la nuestra, los hijos, era estudiar. A mis hermanos mayores les pagaba un pequeño sueldo por unas horas que trabajaban en la cafetería, siempre sin dejar los estudios. Mi padre diariamente se levantaba a las cinco de la mañana para atender su negocio. Él consideraba que había que enseñarnos que el dinero no crece en los árboles, se gana trabajando. Mi madre tenía amistades que vivían en barrios humildes y muchas veces íbamos a visitarlos. Yo disfrutaba enormemente jugando con aquellos niños y nunca me sentí diferente a ellos ni ellos a mí. Sencillamente éramos niños y como tal nos comportábamos. Es una pena saber que ahora en Cuba existen más diferencias sociales que hace 60 años. Un saludo afectuoso, Lola

Leer también: Colegios privados existentes en Cuba antes de 1959, Instituto Edison, la escuela y el libro, Instituto de Segunda Enseñanza de la Víbora, Comercio y Bachillerato, El Cepero, serie de cuatro posts con relatos de Alfredo Zayas sobre el Instituto Preuniversitario Especial Raúl Cepero Bonilla, en el antiguo Colegio de Maristas de la Víbora: 1ra., 2da. , 3ra.  y 4ta. parte y final . Ver fotos escolares en Mi generación de los 60.

lunes, 7 de octubre de 2019

La educación en Cuba no es gratuita



Después del acto de inicio del curso escolar en Santa Clara, el lunes 2 de septiembre, la maestra pidió a los padres que entraran al aula con sus hijos. Les dio la bienvenida, se presentó, les habló de los horarios, de lo importante que era aprobar ese año, de la merienda, de lo que se puede y lo que no se puede hacer, de las reuniones de padres que supuestamente se harán durante el curso… y también del calor, del intenso calor que esos niños sufren debido a la escasa ventilación de un recinto adaptado para ser aula.

“Nos dijo que se iban a recoger 4 cuc por alumno para comprar ventiladores cuando sacaran en las TRD (tiendas recaudadoras de divisas)”, asegura Yanara, joven madre cuya hija cursa el tercer grado en una escuela cuyo nombre prefiere no mencionar. “Es la maestra de la niña y lo menos que quiero es buscarle problemas allí en la escuela, pero sí hay que decirlo para que se sepa que desde el primer día de clases, ya le están sacando dinero a los padres. Sé que es verdad, las temperaturas con altas y los niños pasan calor, pero debiera ser la misma escuela, creo yo, la que garantice todas esas condiciones si saben que no hay casi ventanas en las aulas”.

Tras la reunión otra madre se atrevió a preguntarle a la educadora ¿por qué pedían tanto dinero por cada alumno? "Y ella respondió que los ventiladores estaban muy caros, y que, como hay padres que se hacen los zorros, tenían que asegurar el dinero suficiente. Que no se preocupara, pues a los hijos de quienes dieran el dinero los pondría en la parte más ventilada del aula, y los que no, bueno, pasarían calor”.

Yanara reflexiona: “¿Puede decirse que eso sea justo y equitativo? ¿Qué culpa tiene un niño? Eso mismo es lo que hacen algunos maestros con aquellos alumnos cuyos padres le hacen regalos: los tratan mejor”. Yo tengo el dinero para el ventilador, pero hay padres que no es que sean descarados o zorros, es que no lo tienen. Solo pueden comprarle zapatos, medias, ropa para la educación física, una mochila...Todo eso cuesta mucho dinero”. Y recuerda que el año pasado también recolectaron dinero para un ventilador, cestos de basura, y materiales de limpieza, “porque la escuela no los garantizaba”.

Si bien para lectores de otros países pudieran resultar desconcertantes estas situaciones, para los de Cuba se trata de algo normal y corriente. Desde hace mucho tiempo y de manera creciente los padres han sacado de sus bolsillos el dinero con que se mejora buena parte de las condiciones de vida y estudio de sus pequeños en las aulas cubanas. Sin embargo, la enseñanza primaria está lejos de ser hoy la que mayor desembolso supone para los padres.

Tener un estudiante becado puede convertirse en un verdadero tormento: además de ropa, calzado y otros accesorios, debe conseguirse una taquilla para guardar las pertenencias y en algunos casos hasta pequeñas neveras o frigoríficos para conservar sus alimentos de la semana. “Antes sí se ponían pesados, pero ya los profes se hacen los de la vista gorda y no nos dicen nada, porque saben que a golpe de comedor no hay quien pueda. En el curso anterior, la propia facultad ajustaba las clases para que los jueves nos fuéramos a nuestras casas, a veces los miércoles, porque la alimentación estaba crítica y también había que ahorrar electricidad”, cuenta una estudiante de tercer año de la Universidad Central Martha Abreu de Las Villas, quien asegura que su familia “no es pudiente, pero hicieron un esfuerzo y le compraron una neverita criolla”.

"La educación en Cuba cada vez está más lejos de ser gratuita.y quizás donde mejor se percibe ese cambio es en las universidades. Hoy, muchas veces el estudiante que no tiene una laptop en el aula se siente mal, y en buena medida algunos profesores indican las actividades docentes asumiendo que todos tienen idénticas posibilidades, cuando en realidad no es así En Cuba aumentaron el salario, es verdad… pero, ¿cuánto cuesta una laptop, donde la venden? ¿Qué sucedió con las GDM que en su momento tanto celebraron los dirigentes del gobierno y hasta el presidente cubano?”, se pregunta una profesora universitaria.

Estos son solo algunos de esos costos que suponen mejorar las condiciones de vida de los estudiantes, pero otros fenómenos más complejos e igual de lamentables se aprecian hoy en las aulas del país. “El mismo proceso de gentrificación que se ha venido observando en algunos barrios de la capital y otras ciudades cubanas, incide igualmente en la esfera educativa”, explica la docente entrevistada. En su opinión, es tan creciente y profunda la corrupción que hoy se aprecia en las escuelas del país que no solo se compra un examen o los favores de un maestro, sino que se resuelve la matrícula en determinados centros.

“Los individuos que por determinadas circunstancias han logrado hacerse de grandes capitales, porque dirigen una empresa o tienen cierta influencia en el gobierno, no solo logran hacerse de aquellas casas que un día fueron de la clase más adinerada, sino que ubican a su hijo en el preuniversitario que desean, y pueden hasta comprar profesores y moverlos de una escuela a otra, pagar repasadores exclusivos”, comenta la profesora.

Son varias las maneras para conseguir los favores de un profesor o director de una escuela. Van desde el simple tráfico de influencias, hasta el pago directo o indirecto de dinero, en pesos convertibles. El curso pasado, varios padres denunciaron que algunos profesores del preuniversitario Osvaldo Herrera de la ciudad de Santa Clara, aceptaban recargas telefónicas y favorecían a ciertos alumnos en los exámenes.

Al encontrarse ubicado en el mismo centro de la ciudad, justo en el perímetro del Parque Vidal de Santa Clara, una matrícula en este preuniversitario es altamente cotizada. Más de una vez se han hecho cuestionamientos y críticas debido al tortuoso sistema de matrícula. No pocos padres argumentan que allí se compran las ubicaciones.

La profesora universitaria afirma que "es una competencia desigual, pues el listón le queda más alto a aquellas familias que sin disponer de suficientes recursos se ven obligadas a desembolsar su dinero para pagar un repasador, comprar una computadora, o asegurarse de que su hijo tenga iguales oportunidades formativas. Poco a poco se va profundizando una realidad: ¿quiénes viven en los mejores barrios y las mejores casas? ¿quiénes van a las mejores o más céntricas escuelas? Lo mismo pasa en la salud, ¿quiénes consiguen ese medicamento que escasea o disfrutan de la mejor atención médica?”, argumenta la profesora entrevistada.

Nuestra entrevistada se declara defensora de la educación pública.“No quiero que se privatice la educación en Cuba, no quiero una educación religiosa tampoco, nada más alejado de mis deseos. Quiero que la educación sea laica, universal y gratuita, y que tenga los mismos niveles de calidad que un día tuvo. Reconozcámoslo, ya esto no se parece en nada a lo que un día tuvimos en Cuba”.

Santiago García Abreu
Cibercuba, 4 de septiembre de 2019.
Foto: Primer día de clases en una escuela de Guantánamo. Tomada de Havana Times.