lunes, 30 de marzo de 2020

La Habana se ruraliza


Cada vez es menor la parte de La Habana que semeja la capital de un país: los exclusivos y excluyentes Miramar, Vedado y Nuevo Vedado, donde reside la élite privilegiada, en mansiones enrejadas; las Habana Vieja (las dos, la engañifa de Eusebio Leal para captar dinero de los turistas extranjeros, y la de los cubanos de a pie), y Centro Habana, que aún conserva algo de lo que fue, a pesar de las cuarterías ruinosas, los derrumbes y los edificios apuntalados o en “estática milagrosa”.

El resto de la ciudad, la mayoría de los municipios, donde se concentra la mayoría de la población, se ha ido haciendo más periferia, ruralizándose, convirtiéndose en una especie de favela, donde se vive como se puede.

Si uno recorre Arroyo Naranjo, San Miguel del Padrón, Guanabacoa, Cotorro, La Lisa, Marianao, y zonas de Diez de Octubre, Boyeros, El Cerro y Habana del Este, tendrá por momentos la impresión de estar en el campo. Coches y carretones tirados por caballos; patios y jardines cercados con cardón espinoso, oxidadas planchas metálicas o trozos de fibrocemento; rústicas casas de tablas, con techos de tejas que arrancará el próximo ciclón; platanales, gallinas y patos en los jardines; corrales de puercos en los patios; parques convertidos en yerbazales, fogones de leña en los parterres… A eso, súmele el fango cuando llueve, debido a los baches en la calle, los salideros y las aceras destruidas por las ruedas de camiones y tractores.

Eso, por no mencionar el cinturón de los 'llega y pon' que rodea la periferia capitalina, Indaya, Cambute, Guncuní, Los Mangos y otros barrios marginales, o “barrios insalubres”, como prefieren llamarlos los mandamases, tan dados a los eufemismos con tal de no llamar a las cosas por su nombre.

De nada valen los intentos de Planificación Física por imponer cierto orden en medio del caos urbanístico. En vez de eso, lo que hacen, desalojando y demoliendo, es ponerlo todo peor: generar corrupción, cometer abusos con los más necesitados que no tienen para sobornar a los inspectores, agravando aún más el déficit de viviendas.

Muchos culpan de la ruralización de La Habana al influjo de los orientales, o “los palestinos”, como algunos despectivamente los llaman. Se refieren al incesante aluvión de personas procedentes de las provincias orientales (Guantánamo, Santiago de Cuba, Granma, Las Tunas y Holguín) que emigran hacia la capital buscando mejorar sus condiciones de vida, y que no ha logrado ser contenido con el Decreto 217/97, ese aberrante engendro jurídico que convierte en inmigrantes ilegales, sujetos a ser arrestados y deportados a sus lugares de origen, a personas que no tengan un permiso oficial para mudarse dentro de su propio país.

Los orientales que no tienen problemas para residir en La Habana son los que vienen para servir como agentes de la PNR (Policía Nacional Revolucionaria) o a trabajar en contingentes de la construcción y que si es preciso, como ocurrió durante el Maleconazo el 5 de agosto de 1994, tienen que fungir de represores parapoliciales en brigadas de respuesta rápida.

Culpar a nuestros paisanos del interior por la decadencia capitalina es un chovinismo ridículo que solo hace dividirnos a los cubanos más de lo que lastimosamente ya estamos. El castrismo es el culpable de que la mayor parte La Habana, más que ruralizarse y afearse, se haya convertido en una gran villa miseria.

Los guerrilleros que nos impusieron esta penitencia que ya dura 61 años, hoy son una claque de vejestorios, retranqueros, egoístas, aferrados al pasado, a su poder y a sus privilegios. Son ellos los culpables del desastre, no los vecinos de nuestros barrios -vengan de donde vengan, no importa su acento cantarín- que comparten las mismas vicisitudes, y que al igual que nosotros, los habaneros, se las arreglan como pueden para sobrevivir.

Luis Cino
Cubanet, 17 de enero de 2020.
Foto: Vivienda en Ciudad Jardín, Arroyo Naranjo. Tomada de Cubanet.


lunes, 23 de marzo de 2020

Aumenta el consumo de drogas entre jóvenes cubanos



La primera vez que Abdel fumó marihuana lo hizo para no desentonar con sus amigos. Recuerda que después de bajar dos litros de whisky barato, partieron rumbo a una casa en la playa con media docena de muchachas, que tras acordar un pago de veinte pesos convertibles para cada una, armaron una orgía espectacular.

El joven no procedía de una familia disfuncional. Creció y fue educado esmeradamente por unos padres que siempre estuvieron a su lado mientras estudiaba saxofón y piano en un conservatorio estatal. En raras ocasiones, Abdel bebía un par de cervezas o una copa de vino tinto. Ni siquiera fumaba cigarrillos. "En la escuela de música sufrí bullying por mi comportamiento atildado y bitongo”, rememora.

Luego de graduarse se integró a una banda de jazz y comenzaron a llegar los éxitos y contratos en el exterior. También las fiestas después de las descargas donde se ingería alcohol a lo grande, se fumaba marihuana colombiana y al final inhalaban varias rayas de cocaína. “Cuando estábamos en el extranjero era más fácil conseguir la cocaína. Pero en La Habana un integrante del grupo conocía a varios ‘puntos’ que vendían drogas. No importaba el precio del gramo de melca, 90, 100 o 120 cuc. Económicamente las cosas nos estaban saliendo bien. Por puro complejo de manada, para no ser diferente, me sumé a las descargas que cada vez se hacían más frecuentes”, cuenta Abdel.

Hace cinco años la banda se desintegró. Abdel comenzó a tocar como solista. Pero ya no tuvo el mismo éxito. El consumo de drogas le pasó factura. “Dejé a un lado la creación artística. Llegaba tarde a las presentaciones y pasado de tragos. Me volví adicto a las drogas. Me cuesta mucho superar la adicción”, confiesa.

Estuvo ingresado en una clínica antidrogas, pero al año volvió a recaer. Ahora su padre lo lleva a la consulta de un especialista que utiliza un método de rehabilitación novedoso. Abdel reconoce que todo depende de él. "Si no pongo de mi parte nunca podré superar la adicción. Lo peor de esta enfermedad es el daño que provoca a tu familia y seres queridos. Al final no tengo nada. Incluso vendí mis instrumentos musicales para comprar drogas. Iniciarse en ese camino destructivo es fácil, lo difícil es salir de ese infierno”.

Iraida, especialista en rehabilitación, apunta que el alcohol y las drogas crean “una dependencia brutal. No distingue clase social. Igual en sus redes caen personas de bajos recursos, familias disfuncionales que gente de alto poder adquisitivo, intelectuales y ciudadanos que han recibido una buena educación. El mejor tratamiento contra los estupefacientes y el alcohol no garantiza que los pacientes vuelvan a recaer. Muchos llegan tarde a la rehabilitación, cuando el daño físico y síquico ya es irreversible”.

Según la especialista, en Cuba ha aumentado dramáticamente el número de casos. “Veinte o treinta años atrás, los adictos a las drogas eran pocos. El alcoholismo predominaba. Ahora en cada municipio habanero hay una clínica de día para atender casos de drogadicción y alcoholismo y siempre está llena. De acuerdo a un estudio, uno de cada tres adictos a las drogas duras (cocaína, LSD y otras), acuden algunas vez a recibir un tratamiento de desintoxicación. Por lo que el número de casos que no reciben tratamiento médico se puede multiplicar por dos”.

Joel se ha convertido en dependiente del alcohol. Vive en un barrio pobre donde residen familias oriundas de las provincias orientales que ilegalmente residen en La Habana. “Desde que tú te levantas ves a la gente enganchada a la botella de ron. El desayuno es alcohol, en el almuerzo sigue el alcohol y en la comida más alcohol. Todo gira alrededor de una botella de alcohol. Cuando terminé el noveno grado, dejé la escuela para ayudar a mi mamá, que es soltera y tiene que criar ella sola a mis tres hermanos".

Se puso a trabajar en una panadería donde todas las madrugadas empinaban el codo. "Cuando iba a la discoteca comencé a alternar el alcohol con la yerba (marihuana). También consumía pastillas, parkisonil, metilfenidato o anfetaminas, cualquiera que diera un vuele rico. Hasta preparábamos cocimientos con hojas de campana. Terminé enganchándome al cambolo, una mezcla de cocaína con bicarbonato que acaba con tu vida. Estuve preso dos años, me cogieron con cinco pitos de marihuana y cuatro de cambolo. La policía me acusó de vender drogas. Hice tratamiento de desintoxicación, pero a estas alturas de mi vida, no tengo fuerzas ni ganas de dejar las drogas”, revela Joel.

En diez meses de 2019, las autoridades cubanas incautaron más de mil 490 kilogramos de estupefacientes, informó a la prensa oficial el coronel Juan Carlos Poey Guerra, jefe de la dirección antidrogas del Departamento Técnico de Investigaciones del Ministerio del Interior (MININT). El 93% de esa droga fue incautada por recalo. Los carteles de drogas sudamericanas y mexicanas, cuando son interceptados por patrullas guardafronteras, tiran las pacas de cocaína en aguas internacionales.

De acuerdo a un ex oficial del MININT, “esas pacas tienen balizas que les permite identificarlas posteriormente. Cuba, al estar situada en el corredor marítimo donde se trasiega con miles de toneladas, muchas de esas pacas llegan a nuestras costas. La mayoría la ocupa el MININT, pero un número que no podemos precisar, la persona que se adueña de ella la vende en las redes clandestinas de drogas. Estamos hablando cocaína pura y marihuana de calidad. Un pescador costero saca su cuenta: una paca que venda lo saca de la pobreza para toda la vida. También se han dado casos de oficiales del MININT que no queman toda la droga incautada y venden una parte de la misma”.

Iraida, especialista en desintoxicación, explica que en Cuba cada vez es más frecuente que los consumidores de drogas duras y blanda se inicien en edades más tempranas. "No tengo cifras a mano, pero la incidencia de jóvenes que beben alcohol o prueban sicotrópicos y marihuana es alta”, y pide a las familias mayor atención a sus hijos. “A veces pasamos por alto pequeños detalles como la hora que llega a dormir, su comportamiento en el hogar o desconocen con quiénes ni dónde se reúnen. Cualquier señal puede servir para atajar una futura adicción”.

A veces todo comienza con una fiesta entre amigos. Pregúntenle a Abdel, el músico habanero.

Iván García
Foto: Tomada de Cubadebate.
Leer también: Drogas en Cuba, de la prevención al enfrentamiento; Más tráfico y consumo, admite la Aduana; Las drogas no tienen cabida; La batalla contra las drogas es interminable; Por uno pagan todos; El alcoholismo, una epidemia silenciosa; Alcoholismo y juventud; Escalada del alcoholismo en Cuba y El elixir de la revolución y El alcoholismo en las provincias orientales.

lunes, 16 de marzo de 2020

Siguen las colas y el desabastecimiento



Una mañana cualquiera, un desvencijado camión ZIL 130 de la era soviética aparcó al costado de un mercado en una estrecha calle colindante con la Avenida Santa Catalina, en el populoso barrio de La Víbora, al sur de La Habana, para descargar bolsas de yogurt saborizado y dos cajas de costillas de cerdo que desprendían un olor desagradable.

David, un viejo enclenque a quien le tiemblan las manos debido a un incipiente Parkinson, estaba recolectando latas vacías de refrescos y cervezas que recoge de la calle, y cuando vio parquear el camión en el mercado, marcó en la cola donde un grupo de jubilados y amas de casa esperaban que abriera aunque nadie supo precisar qué venderían.

Un hombre que por su sordera habla a gritos, le dijo a David que ese camión solía traer yogurt y huevos. El rumor se esparció por el vecindario y la cola aumentó considerablemente. “No hay huevos en toda La Habana”, afirmó una señora con una jaba en su mano. “Si fuera solo en La Habana. No hay huevos en toda Cuba. En Bayamo, donde vivo, hace meses que no hay huevos en venta libre”, comentó un anciano.

La cola iba creciendo y el administrador del mercado demoraba la apertura. La gente comenzó a protestar. “Oye, ya son las diez de la mañana (en teoría, las tiendas y comercios abren a las nueve y media) acaba de abrir”, protestaban varias mujeres. “Hasta que no revise la mercancía no abro”, contestó el administrador, un mulato con voz intimidante y pinta de estibador del puerto.

Cerca de las once abrió el mercado. Cuando le llegó el turno a David, solo quedaban costillas de cerdo y yogurt. “¿Y los huevos’”, preguntó. “¿Qué huevos?”, respondió el dependiente. “Dicen en la cola que el camión descargó huevos”, señaló David. “Abuelo, déjese de sonsera y no le haga caso a los chismes callejeros, que el hambre tiene a la gente viendo fantasmas”, alegó el vendedor.

En la cola se producen reproches. “Son unos descarados, cogen los huevos y los venden por la izquierda”, expresa alguien en la fila. El bullicio crece dentro del mercado hasta que sale el administrador y manda a callar a la gente. “O se comportan bien, señores, o cierro el mercado”. Fin de la disputa.

David regresó a lo suyo, a recoger y escachar latas. A las dos de la tarde, luego de amontonar en la sala de su reducido apartamento los sacos con materia prima, caminó medio kilómetro hasta la panadería e hizo otra cola, esta vez de una hora, para comprar pan suave en venta libre. Su única comida de ese día consistió en arroz blanco, frijoles colorados y la mitad de una costilla de cerdo que compró en el mercado. Suele desayunar pan con aceite y ajo.

Los ancianos en Cuba son los que peor soportan la crisis económica casi estacionaria que desde 1989 sufre el país. Los precios de los alimentos se han quintuplicado. Pero sus pensiones apenas crecen y son devoradas por la inflación.

Debido al estrafalario horario de los establecimientos, los jubilados y amas de casas son quienes por lo general hacen las colas, incluso de madrugada. Y la mayoría se la pasa vigilando los alimentos que llegan a la bodega, carnicería, agromercado u otro mercado estatal.

Justina trabajó muchos años en un taller de costura. Ya está jubilada y su tarea principal es comprar los mandados y cocinar. Con la reducción actual de las entregas de gas licuado, afirma que es imposible cocinar para tres personas durante 32 días con solo un balón. “Antes el Estado me entregaba una balita de gas licuado cada doce días y si se me acababa, lo compraba en venta libre a cien pesos la balita. Pero han dicho que ya no piensan volver a vender gas licuado liberado. Ni haciendo magia se puede cocinar con un solo balón durante un mes. Cuando uno cree que las cosas en este país no pueden estar más malas, se ponen peor”.

En Cuba, más de un millón 700 mil clientes utilizan gas licuado. En el sector privado, más de 800 mil domicilios cocinan con ese tipo de combustible.

Susana, profesora y madre de dos hijos, dice que tendrá que inventar para cocinar. “Soy madre soltera y mi salario de mil pesos es insuficiente. Gano un dinero extra vendiendo ropa y dando repasos, pero ni así llego a fin de mes. Con este problema del gas la cosa se pone fea. Si usas muchos equipos de cocción eléctrica la cuenta de la luz se dispara. La respuesta del gobierno a los problemas siempre es la misma: la culpa la tiene el bloqueo. Se limpian las manos como Pilatos y miran hacia otro lado. No son autocríticos, no asumen su mala administración. Que no metan más cuentos, la televisión los delata, mira lo gordos que están. Seguro que a ninguno les falta gas ni comida en sus casas”,

Cada día que se pasa entre colas, desabastecimientos y nuevas medidas regulatorias de la Casa Blanca contra el régimen, como la disminución de los vuelos charter, contribuye a aumentar el descontento social en un sector importante de la población. Héctor, ingeniero, culpa a Trump, al exilio duro de Miami y a la anacrónica dictadura castrista de la situación del país. “Los políticos de origen cubano en Estados Unidos se la pasan promoviendo restricciones, pidiendo que la gente no envíe dinero a Cuba, buscando la forma de que el pueblo se tire a la calle. Y ellos en la yuma sin arriesgar el pellejo. También considero que este gobierno debiera renunciar, porque no han sabido crear bienestar ni riqueza. Estamos en medio de un fuego cruzado”.

A principios de enero, por las redes sociales se supo que un misterioso movimiento, autodenominado Clandestinos, había vertido sangre de cerdo en bustos de José Martí y en afiches de Fidel Castro. Pero su cruzada comenzó con el pie izquierdo. Tanto el gobierno como buena parte de la oposición en la Isla, condenaron el vandalismo a Martí. Los cubanos de a pie, se enteraron de los hechos sin demasiados comentarios y con más dudas que certezas.

“Ese grupo actúa de una manera rara. Leí en las redes sociales un manual que emitieron y me parece una auténtica chapucería. Creo que esos tipos no radican aquí. O es una jugada de la Seguridad del Estado, para justificar una represión contra la disidencia. Denigrar a Martí, el único prócer que es el héroe de los cubanos de las dos orillas, es una mala estrategia. Después han querido enmendar la plana. Pero a mí me sigue siendo sospechosa una supuesta banda que pone la imagen de un filme que validaba los actos violentos, casi todos terroristas, ejecutados por el Movimiento 26 de julio. No dan la cara y utilizan esas caretas cursis tomadas de un serial televisivo español. Me parece que es una tomadura de pelo y no una organización seria”, explica Carlos, sociólogo.

Miguel, chofer de ómnibus urbanos, considera que las acciones de Clandestinos han “provocado tensión en las calles. Ha aumentado la presencia policial por las madrugadas. La otra noche, un policía me preguntó para que yo quería una lata de esmalte rojo que había comprado en la tienda”.

Reinaldo Escobar, periodista independiente y jefe de redacción de 14ymedio, apuntaba que ahora "todos los que crían y venden puercos son individuos altamente sospechosos". Miriam Celaya, también periodista independiente, en Cubanet escribía: "Me niego verticalmente a aplaudir o a encumbrar fantasmas. Eso es Clandestinos hasta tanto se demuestre lo contrario. Por naturaleza, recelo de rostros enmascarados que evocan a los Tupamaros, a los etarras y a otras denominaciones de nefasta recordación y equívocas causas. En todo caso, prefiero la resistencia frontal y a cara descubierta contra el castrismo porque tengo la terca convicción de que el derecho a tener una Cuba libre, democrática, plural e inclusiva no es ni debería ser, un asunto clandestino, sino todo lo contrario"

El primer mes del año 2020 no ha terminado y en Cuba se ha disparado la incertidumbre. A las largas colas y el desabastecimiento crónico se suma la escasez de gas licuado. Y como novedad, un grupo fantasmal inició una cuestionable campaña contra la autocracia verde olivo. Habrá que esperar a ver qué pasa.

Iván García
Foto: Una de las muchas colas que a diario hacen los habaneros. Tomada de Cubanet.
Leer también: Largas colas para comprar artículos de aseo personal y El ron es lo único que nunca falta en Cuba;

lunes, 9 de marzo de 2020

¿Por qué el derrumbe en el que murieron tres niñas no es un accidente?



Los derrumbes parciales o totales en La Habana, en la mayoría de los casos, no son accidentes. En la mayoría de los casos, ocurren en un inmueble que previamente ha sido declarado inhabitable irreparable por uno o varios especialistas del Estado, lo cual significa que dicho inmueble representa un peligro para la vida y debe ser demolido y que existe un dictamen técnico, o varios, por lo general son varios, registrados en instituciones estatales, porque un inhabitable irreparable suele pasar años y hasta décadas recibiendo las mismas evaluaciones antes de que sus habitantes sean albergados o trasladados a nuevas viviendas.

En La Habana, a fines de 2015, había más de 34 mil familias con anuencia de albergue, es decir, más de 34 mil familias residiendo en inmuebles cuyo estado constructivo representaba un peligro para sus vidas.

Ese 27 de enero, tres niñas murieron a causa del derrumbe de un balcón en el consejo popular Jesús María, del municipio La Habana Vieja, y la prensa oficial cubana dijo que se trataba de un triste accidente. El portal digital Cubadebate basó su nota en una entrevista con una vecina del lugar, quien explicó que el balcón que se desprendió y cayó encima de las tres niñas formaba parte de una vivienda que estaba siendo esporádicamente demolida, luego de un derrumbe parcial que sufriera el año anterior.

Cubadebate destacó, en negritas, lo siguiente: "Colocaban una cinta perimetral para evitar que las personas pasaran por los bajos del edificio". No precisó cada qué tiempo iba la brigada de demolición.

La vecina citada solo dijo que acudían "cada cierto tiempo", que tumbaban tres ladrillos y se retiraban, que siempre colocaban una cinta amarilla para impedir el paso por el área, pero que "la gente es negligente" y la cortaba. Si la vecina dijo algo más que contrastara esa visión, Cubadebate no lo incluyó.

El momento más osado de la nota fue cuando refirió lo que varios vecinos habían afirmado. A saber, que "esto se podía haber evitado", aunque por lo narrado antes de ese momento, lo que se interpretaba era que para evitar la muerte de las tres niñas hubiera bastado con que la gente no cortara la cinta amarilla que colocaba la brigada de demolición luego de ir a tumbar tres ladrillos cada cierto tiempo.

De acuerdo con Cubadebate, si hay responsables en esta historia son quienes cortaban la cinta amarilla.

No soy una experta en el asunto. He estado cubriendo el tema de la vivienda desde 2015. He entrevistado a personas afectadas, especialistas, fuentes oficiales. He reportado sobre barrios vulnerables a inundaciones por lluvias o penetraciones del mar y sobre edificios declarados inhabitables e irreparables en La Habana y Santiago de Cuba. También reporté sobre los efectos del tornado del 27 de enero de 2019 en municipios como Regla y Diez de Octubre.

Mi acercamiento al tema de la vivienda ha sido siempre como periodista. Sin embargo, desde que leí la noticia de Cubadebate sobre el derrumbe del balcón de una vivienda que estaba siendo demolida, presuntamente porque había sido declarada inhabitable e irreparable, una de las primeras preguntas que me hice fue si el balcón estaba, o no, apuntalado.

Cuando se va a demoler un inmueble, el apuntalamiento o aseguramiento de la estructura es uno de los pasos básicos. Incluso, no es raro encontrar en La Habana historias de demoliciones que tardan en ejecutarse por falta de madera para apuntalar. Durante la fase de recuperación del tornado de 2019, encontré varias familias damnificadas que enfrentaban este problema, aunque en la prensa se pueden localizar reportes de años anteriores.

El arquitecto Yoandy Rizo, consultado sobre este punto, confirmó que sí, que es necesario apuntalar el balcón de una vivienda que va a ser demolida o se encuentra en peligro de derrumbe, pero que no hacerlo es una negligencia tan absurda como común. "Esta realidad que todos consentimos, es una amenaza latente y progresiva que expone a un riesgo innecesario no solo a operarios sino también a vecinos y transeúntes. Cuando ocurre un derrumbe total o parcial en un edificio es porque el edificio ya ha dado suficientes señales de que lo va a pasar, así que no hay excusas para este tipo de evento", agregó Rizo.

Aunque las primeras fotografías del derrumbe ya son de por sí bastante reveladoras, en la noche del 28 de enero El Estornudo visitó el lugar de la tragedia, justo cuando la comunidad realizaba una vigilia por las víctimas, y pudo hablar con varios vecinos que confirmaron que el balcón de la vivienda ubicada en el número 102 de la calle Vives no estaba apuntalado.

Sergio Gutiérrez, vecino del número 104, una de las personas que ayudó a rescatar los cuerpos de las niñas de debajo de los escombros, contó que desde noviembre del año pasado había comenzado la demolición a mandarriazos de la vivienda ubicada en los altos del número 102, colindante con la suya, y que el balcón nunca se apuntaló. Lo que restó de balcón, por el doblar de la calle, se apuntaló tras el derrumbe del 27 de enero. Sobre las señalizaciones también le pregunté a Gutiérrez, y su respuesta fue que no recordaba que se hubieran colocado cintas amarillas durante ni después de las acciones de demolición.

María Karla Fuentes (11 años), Rocío García (10 años) y Lisnavy Valdés (11 años) no perdieron la vida en un accidente. Los responsables del derrumbe del 27 de enero, al igual que ellas, tienen nombres y apellidos. Lo único fortuito en este caso fue que María Karla, Rocío y Lisnavy estuvieran paradas debajo del balcón en el instante exacto en que se desplomó, no que el balcón se desplomara en una zona residencial bastante transitada y próxima a la escuela primaria donde las tres niñas estudiaban.

Decir que sus muertes fueron un accidente es decir que el único responsable fue el azar y que ninguna de las instituciones estatales que debieron estar implicadas en el proceso de ese inmueble de la calle Vives –como la Dirección Municipal de Planificación Física, la Dirección Municipal de la Vivienda o la empresa contratada para demoler, que usualmente es Secons– tuvieron responsabilidad en sus muertes.

Culpar al azar implicaría reconocer que las personas encargadas de la demolición de ese inmueble hicieron correctamente su trabajo y que deberían continuar haciéndolo como lo han venido haciendo hasta ahora. Si nadie cometió ningún error, si no hubo negligencia, no hay nada que cambiar.

Hacer justicia pasa por determinar responsables. Mientras tragedias de este tipo se consideren accidentes, historias similares van a repetirse una y otra vez, hasta que no quede en la ciudad un edificio en mal estado en pie. No son más cintas amarillas lo que necesita La Habana.

Si en La Habana se pretendiera colocar cintas amarillas en cada sitio donde existe peligro de derrumbe, necesitaríamos miles de kilómetros de cintas amarillas y las familias vivirían sorteando cintas amarillas en el baño o la cocina, pues hay quienes comen, duermen y ven televisión en viviendas que están en peligro de derrumbe.

Si algo necesita La Habana, y el país todo, son viviendas dignas, y justicia.

Mónica Baró
El Estornudo, 10 de febrero de 2020.
Foto: Altar por las tres niñas fallecidas. Tomada de El Estornudo.

lunes, 2 de marzo de 2020

A un año del tornado en La Habana



Pasadas las dos de la tarde, en la polvorienta Calle Quiroga esquina a la Calzada de Diez de Octubre, al sur de La Habana, se escucha el pitido de una olla eléctrica. Enrique, 65 años, jubilado, se levanta del quicio donde está sentado a sazonar los frijoles negros. Sube por una escalera de concreto y llega hasta un pequeño apartamento pintado de azul y blanco, ubicado a un costado de la Iglesia de Jesús del Monte. Abre con dificultad la puerta que “el albañil tuvo que hacer magia para encuadrarla pues es de latón y venía con defectos de fábrica, como las ventanas”.

En el apartamento donde vive Enrique con su esposa y dos nietos se nota la chapucería. El repello de las paredes es desigual. El piso de losa presenta desnivel y el techo filtraciones. Aún así, Enrique considera que su vida ha dado un salto cualitativo. “Es verdad que la cacareada cultura del detalle que pregona el presidente Miguel Díaz-Canel no se cumple en la construcción de viviendas. Las casas y edificios que se construyen en Cuba tienen un montón de defectos, o como la mía, te la entregan a medio hacer. Yo tuve que terminar de azulejear la cocina y el baño. Pero el cambio ha sido tremendo. Viví toda mi vida en una casa de madera construida en el siglo XIX. Las tablas estaban renegridas y podridas. Ahora vivo mil veces mejor. Es verdad que este gobierno hace cosas mal hechas o a medias y hace promesas que nunca cumple. Pero con los afectados del tornado se pusieron las pilas”, afirma.

En menos de un año, brigadas estatales y de cooperativas constructoras levantaron y repararon cientos de edificaciones devastadas por el tornado que azotó La Habana en la noche del 27 de enero de 2019 y que en solo 16 minutos mató a cuatro personas, hirió 195, arrasó más de 1,600 árboles y 7,761 viviendas, de las cuales 761 se derrumbaron total o parcialmente. Los municipios por donde pasó el fuerte tornado fueron Diez de Octubre, Guanabacoa, Regla, San Miguel del Padrón y Habana del Este.

El Estado vendió a mitad de precio materiales de la construcción, herrajes de plomería y tanques plásticos para almacenar agua. Enrique opina que la atención médica y la alimentación que por esos días les dieron a los afectados fue bastante buena. "Claro, las familias que tenían más poder adquisitivo resolvieron los problemas más rápido. A los pobres, como siempre, todo se les pone gente más difícil”, dice, antes de alertarme que no me apoye en la pared, “porque la casa está pintada con lechada y se te queda pegada en la ropa”.

Si usted camina por la Calle Quiroga hasta Reyes, en la barriada de Luyanó, notará que el polvo irrumpe en la zona. “Cuando hay viento es peor. Se forma una polvareda que pa’qué. Ya los vecinos hemos hablado con el delegado del Poder Popular para que una pipa de agua limpie las calles. Es que mucha gente todavía está construyendo y guardan la arena, cemento y recebo a la intemperie”, explica Mirta, ama de casa, que tiene a su vivienda solo con el repello.

Ella cree que para el verano, “si Dios quiere, pueda terminar mi casita. Pero la cosa se ha puesto mala. Ya el gobierno no tiene el embullo de hace un año. Ya por aquí no vienen los pejes gordos a ver cómo marchan las obras. Se ha perdido el interés. Muchas brigadas de constructores no vienen a trabajar pues el transporte ha empeorado por falta de combustible. La ‘situación coyuntural’ está dificultando que podamos terminar nuestras casas", aclara Mirta.

La percepción que tiene la mayoría de los afectados por el tornado, es que al principio, las autoridades se esforzaron seriamente para dar respuesta a las múltiples situaciones ocasionadas por el tornado. Odette, dueña de una dulcería particular, piensa que se pudieron hacer mejor las cosas. “A pesar del burocratismo existente en casi todas instituciones, las ayudas, reparaciones o construcciones de viviendas funcionó ágilmente, sobre todo en los primeros seis meses. Después no fue lo mismo. Aún hay personas de bajos recursos que no han podido regresar a sus hogares".

Ovidio, delegado del Poder Popular en el Consejo Jesús del Monte, asegura que más del 90 por ciento de los afectados terminaron de reparar su casa o están construyéndola. “Solo tres o cuatro casos no se han resuelto y se ha demorado el papeleo para que el Estado subvencione sus materiales de la construcción, al no tener dinero para comprarlos. Otros, irresponsables, alegaron que los materiales que les dieron eran insuficientes y lo vendieron en el mercado negro. Ahora culpan al gobierno por no poder reparar sus casas. Pero fue culpa de ellos”.

Los vecinos de Luyanó no olvidan la ayuda entre los propios vecinos, de la iglesia y de numerosos ciudadanos que les llevaron ropa, alimentos, artículos de aseo, medicamentos, dinero... “Me quedo con eso. Se vivió una cooperación entre cubanos que hacía tiempo no se veía. Vinieron artistas, músicos y deportistas famosos cargados de cosas. Compatriotas de Miami que entregaban personalmente a cada familia cientos de dólares. Los dueños de negocios privados preparábamos comida y la repartíamos gratuitamente. Los dulces que confeccionaba se los regalaba a niños y ancianos. Es duro perder el techo, no tener un centavo y que nadie te tienda la mano. Lo mejor que dejó el tornado fue la solidaridad entre los cubanos”, recuerda Odette.

Un párroco de la Iglesia de Jesús del Monte coincide en que fue "una auténtica movilización espontánea de personas que llegaron a los lugares afectados para ayudar al prójimo. La iglesia católica también aportó su granito de arena. Dio comida a los más necesitados y medicinas que estaban en falta a enfermos que las necesitaban”.

Curiosamente, la Iglesia no ha recibido ningún mantenimiento. Ni siquiera una mano de pintura. Sigue sin la cruz. ¿Y no había aparecido la cruz como en aquellos días se dijo?, le pregunto. “No, fue una falsa alarma. No se sabe dónde fue a parar”, responde. El jubilado Enrique escucha la conversación. Él piensa que la fundieron y vendieron como chatarra. "Era de bronce y pesaba unos cuantos kilogramos. Seguro necesitaban el dinero".

El cura sonríe. Mueve la cabeza de un lado a otro. “Ya pondremos otra cruz, un nuevo campanario y pintaremos la iglesia. Lo primero era ayudar a los más afectados. Y en todo momento Dios estuvo con ellos”.

Enrique mira en la distancia y asienta con su cabeza. Mientras, desde la explanada de la Loma de Jesús del Monte, dos alumnas de secundaria observan la espectacular vista de La Habana que desde allí se divisa. Cerca, al costado de la parroquia, varios niños juegan fútbol y dos jóvenes se conectan a internet a través de sus teléfonos móviles.

Iván García

Foto: En muchas casas de Luyanó todavía está crudo el repello. Tomada de Los vecinos de Luyanó siguen tragando polvo.

Nota.- El lunes 27 de enero medios nacionales y extranjeros recordaban el primer año del paso de un devastador tornado por La Habana. En horas de la tarde de ese mismo día, el derrumbe de un balcón en la barriada habanera de Jesús María provocaba la muerte de tres niñas cubanas. Al día siguiente, 28 de enero, un sismo de 7,7 grados se sentía al sureste de Cuba y en otras islas del Caribe.

lunes, 24 de febrero de 2020

El comunismo es algo extravagante en Cuba


La ideología comunista no está de moda en Cuba. Incluso, muchos de los que públicamente apoyan al régimen instaurado por Fidel Castro, no se consideran marxistas.

Renán, 42 años, quien conduce un taxi climatizado durante doce horas en zonas turísticas de La Habana, cuenta que en su empresa estatal le propusieron ingresar al Partido Comunista de Cuba (PCC). “El jefe de núcleo en la base, desde hace tiempo, intenta convencerme para que ingrese al partido. Una tarde se me acercó a meterme una muela política y me propuso ser miembro. Yo le dije que ya era suficiente manejar doce o trece horas el taxi y estar buscando comida para mantener a mi familia. No quería más responsabilidades. Pero el hombre es duro de pelar y seguía con su propuesta. Entonces le conté que pensaba marcharme del país, para que me dejara tranquilo. A estas alturas del juego casi nadie quiere afiliarse al partido”.

Nayda, 16 años, estudiante de onceno grado, por sus excelentes notas académicas y buen comportamiento escolar fue propuesta para ingresar a la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC). “Primero habló conmigo una funcionaria de la juventud del municipio Diez de Octubre que me dijo que era un honor pertenecer a la organización. Me intentó convencer para que cuando terminara el preuniversitario ingresara en un una carrera militar. Me dijo que tendría todas las condiciones materiales garantizadas y que en esa academia la alimentación era de primera clase. Le dije que no me interesaba ninguna de las dos cosas”, comenta Nayda.

Eberto, 53 años, jefe de almacén en un centro nocturno, explica que en su empresa “prácticamente montaron una operación de cacería para que yo ingresara al partido. Cualquier evasiva que le daba, que era religioso, masón o no me interesaba el marxismo, me respondían que ahora al partido podía ingresar cualquiera. Lo único que se pide es fidelidad a la revolución y a Fidel. Yo les dije que era revolucionario y fidelista, pero no tenía interés en afiliarme a ninguna organización y mucho menos pasar un curso en una escuela del PCC, que era lo que querían en mi empresa. No soy bobo, donde está el billete es en el centro donde trabajo. No comiendo catibía en una escuela partidista”.

Norge, ex oficial del DTI que laboró en la refinería Ñico López, al este de La Habana, cuenta que no le quedó más opción y aceptó el carnet del partido, porque era instructor de delitos económicos. "Como ya me retiré quiero pedir la baja. Tengo a mis hijos en Estados Unidos y si quiero visitarlos o residir allá va ser difícil que me den visa si digo que soy militante del partido”.

Un funcionario que fue miembro del PCC en el municipio Cerro, ya jubilado, afirma que "desde que desapareció el antiguo campo socialista ha disminuido la membresía, tanto en el partido como en la juventud comunista. En las décadas de 1970 y 1980 era un orgullo pertenecer al PCC y la UJC. Se aceptaban a los mejores. Ahora se aceptan a católicos, babalaos y abakuás, algo que contradice las teorías marxistas. Hace 30 años había un millón de militantes en el PCC y una cifra similar en la UJC. En estos momentos la cantidad de miembros ha caído a la mitad”.

En la enciclopedia digital EcuRed, autorizada por el régimen, se destaca que en la actualidad la membresía de la UJC es de medio millón de personas. En el acápite correspondiente al PCC ni siquiera mencionan una cifra actualizada de afiliados. Wikipedia sí ofrece un dato: 670 mil miembros en el PCC. Pero la estadística es de hace tres años.

Según el ex funcionario del partido municipal, cada año renuncian al partido cientos de personas. “Las causas son diversas. Muchos intuyen que pertenecer al partido no trae ningún beneficio. Hay gente que se enrola en el partido pensando que el carnet le puede resolver un montón de cosas materiales. Los únicos que obtienen beneficios son los cuadros profesionales que trabajan en los comités municipales y provinciales. Y por supuesto, los que pertenecen al Comité Central, Buró Político, Consejo de Estado y de Ministros, donde reciben cestas de alimentos, dietas en divisas, buenas casas, internet de banda ancha y autos con chofer".

Diario Las Américas le preguntó a 18 personas, en edades comprendidos entre 17 y 70 años, si se consideraban marxistas o creían que el comunismo es la solución a los problemas de Cuba, y los 18 respondieron que no.

Saúl, economista, considera que el comunismo es una utopía inalcanzable. "Fidel Castro intentó probarlo en Cuba. En los años 60, en el poblado pinareño de San Julián, se utilizaron métodos comunistas. Pero no funcionó. Ninguna sociedad en el mundo ha alcanzado el comunismo. Y la sociedad que lo antecede, el socialismo, es como un edificio que nunca acaba de construirse. La única diferencia entre el socialismo y el capitalismo es en la forma de enfocar la economía y la plusvalía. Mientras la economía en el capitalismo desarrollado es liberal y potencia las pequeñas y medianas empresas privadas, en el socialismo la mayor parte de los medios de producción pertenecen al Estado. La plusvalía en el capitalismo la gana el empresario y sirve para perfeccionar sus mercancías, hacer dinero y generar más riqueza. En el socialismo las ganancias de las empresas se las lleva el Estado para mantener al pesado bloque de burócratas que frenan el desarrollo y la productividad dentro de la sociedad”.

Por su parte, el ex funcionario del partido en el municipio Cerro, asegura que debido al envejecimiento poblacional y la emigración, la membresía de las organizaciones comunistas cubanas continuará cayendo en picada. Y subraya: “La provincia con peores índices, donde cada vez es más difícil captar personas para que ingresen a la policía, fuerzas armadas o el partido comunista es La Habana. Un dato: muchos integrantes del Buró Político y el Consejo de Estado, inclusive algunos dirigentes provinciales, no nacieron en la capital”.

Si en Cuba el comunismo es algo extravagante, en La Habana lo que está de moda es el reguetón.

Iván García
Foto: Valla en una carretera cubana. Tomada de la web de Radio y TV Martí.

lunes, 17 de febrero de 2020

Darcy Borrero: "No me alejaría nunca del periodismo"


La Güinera, a 45 minutos del centro de La Habana, es el típico distrito de casas bajas con una iglesia católica, un centro comercial, una unidad policial y un pequeño cementerio de los que abundan al sur de la ciudad. Bordeando la Calzada de Bejucal, limita al norte con Párraga, al sur con el municipio Boyeros y al este el Reparto Eléctrico con sus horribles edificios-dormitorios de arquitectura soviética.

Las callejuelas adyacentes, oscuras y mal asfaltadas, no pocas veces son territorio de masturbadores públicos y atracadores. No hay hoteles cinco estrellas. Ni los tres Papas que han visitado la Isla, ni los Reyes de España ni el presidente estadounidense Barack Obama en sus recorridos incluyeron La Güinera, un lugar donde la gente bebe alcohol por cualquier motivo, las broncas son de coger palco y la violencia doméstica está a la orden del día.

A siete cuadras de la Calzada de Bejucal, entre casas de madera y paredes de bloques a medio repellar, vive Darcy Borrero Batista, periodista, poeta y ensayista nacida el 12 de diciembre de 1993, en el municipio de Palma Soriano, Santiago de Cuba. Vino al mundo en pleno Período Especial.

Darcy forma parte de una hornada talentosa que ha situado al periodismo narrativo cubano en un primer plano. En las redacciones de revistas y periódicos los reporteros más sobresalientes escriben bien, pero poco. Ella no solo escribe mucho, también redacta muy bien. Actualmente publica en varios sitios independientes (El Toque, El Estornudo, Tremenda Nota) y textos suyos han aparecido en Washington Blade y The HuffPost México. En septiembre de 2019 fue una de las firmantes de la Declaración de la Prensa Independiente de Cuba .

Por si no bastara, habitualmente participa en talleres narrativos y tertulias de poesía. El colega que me la recomendó me dijo: “En más de veinte años de trabajo mi curriculum es de cinco líneas y el de esa muchacha es de cuatro párrafos. Una abeja reina obrera”. Ha ganado varios premios de poesía y periodismo. Se mueve con soltura en cualquier género periodístico. Si le dieran escoger, prefiere el reportaje de fondo.

No puso reparo en ser entrevistada el viernes 13 de diciembre, un día después de cumplir veintiséis años. Quedamos en vernos en mi apartamento del barrio La Víbora. Llegó puntual. Vestida sin estridencias y sonriente.

Darcy, en tu perfil en El Toque te preguntabas a ti misma quién eras. ¿Ya lo descubriste?

Tengo dudas todo el tiempo sobre quién soy, qué represento y por qué estoy aquí. Soy bastante religiosa, entonces eso a veces me hace creer, exageradamente, que tengo alguna misión, que estoy aquí para recorrer tierras también.

¿Qué religión profesas?

La yoruba, religión afrocubana. No soy fanática. Pero cuando estoy en Santiago de Cuba suelo ir al Cobre. Nací a 25 kilómetros del Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba. Recuerdo que con cinco años enfermé de otitis y mi mamá me llevó una promesa a la iglesia. Parece que la Virgen escuchó, porque mejoré muy rápido. Y quizás ahí está un poco la raíz de esa fe.

¿Cuándo te trasladas a La Habana?

Tenía seis años cuando mi madre vino para la capital del país. Comencé el segundo grado en la escuela primaria Tomás Alva Edison, en La Víbora. Allí sufrí burlas de mis compañeros de clase. Era la ‘palestinita’ del aula. Imagínate, mi mamá vendía cremitas de leche en los alrededores de la escuela. Entonces algunos alumnos me decían ‘cremita de leche’. Pero las cosas fueron cambiando a medida que me fui integrando.

¿De dónde vienen tus inclinaciones literarias? ¿Hay algún periodista o escritor en la familia?

No. Tengo una tía que es filóloga, estudió en la antigua URSS, es especialista en literatura rusa. Pero después de su regreso nunca ejerció la filología. Mi mamá siempre se preocupó de que yo leyera. A pesar de ganar muy poco dinero, me llevaba a las ferias del libro, me compraba libros y buscaba que yo leyera. Por parte de padre tengo dos hermanas que son doctoras, pero periodista soy la única en la familia.

Terminas la secundaria e ingresas en el Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas Vladimir Ilich Lenin, donde la mayoría de los alumnos eran hijos de altos funcionarios del gobierno y también los mejores estudiantes habaneros. ¿Cómo pudiste acceder a la crema y nata del bachillerato en Cuba?

Es que yo era muy aplicada. Nadie me regaló nada. Mi madre no tenía dinero para pagar los repasos con maestros particulares fuera del horario escolar. Tuve que esforzarme bastante. En ese tiempo, la evaluación en la secundaria era en base a 10 puntos y yo la terminé con 9.98. Mi mamá lo único que pudo comprarme fueron algunos libros y una mesita para que pudiera estudiar mejor. Te cuento una anécdota. Como sabes, la Lenin es una escuela que prioriza las ciencias. Yo era muy buena en letras, sobre todo en español, pero en matemáticas no tenía todas las herramientas, por las carencias que existen en la educación pública actual. La nota que obtuve para ingresar en la Lenin no fue alta. Pero me aceptaron. Ya en la Lenin, mejoré mucho en las asignaturas de ciencias.

Cuando ingresas en la Lenin la educación cubana iba en franco retroceso ¿Cómo eran las condiciones allí?

Sí, es cierto, pero la Lenin era atendida directamente por el Consejo de Estado, en Cuba estaba de moda la 'Batalla de Ideas' y a pesar de los apagones, los albergues tenían aire acondicionado y había agua fría y caliente para bañarse. Los profesores eran de lo mejorcito que había en el país. Después comenzaron los problemas con el agua y el último año lo pasamos en un preuniversitario en la calle.

Para estudiar periodismo en Cuba, además de buenas calificaciones, se necesita ‘integralidad y compromiso con la revolución'. ¿Antes de ingresar en la Universidad sentías vocación hacia el periodismo?

En aquel momento tenía tres opciones. Pedí Relaciones Internacionales, Periodismo y Química pura. La primera opción que pedí fue Relaciones internacionales, pero ya sabes que para ingresar en esa carrera hay que ser 'hijo de papá' o de un peso pesado en el gobierno. Aunque yo tenía méritos y llegué hasta las pruebas finales, a última hora, aun no sé por qué, me desecharon. Entonces opté por estudiar periodismo. Ahora lo agradezco infinitamente.

¿Estudiaste en la Facultad de Comunicaciones que queda en la Avenida de los Presidentes, en El Vedado?

Sí, Elaine Díaz, actual directora de Periodismo de Barrio, era profesora y nos dio conferencias. Una prueba teórica que nos hicieron la calificaron Elaine y Liliam Marrero, otra profesora de la Facultad de Comunicaciones.

¿Y qué calificación obtuviste?

Fui diploma de oro. El máximo eran 5 puntos y mi promedio fue 4.88. Aunque para ser sincera, cuando comencé a estudiar periodismo tenía unas cuantas lagunas. Luego con la práctica fui limando errores.

¿Dónde hiciste el servicio social?

Hice prácticas en Prensa Latina y en el periódico Trabajadores, pero el servicio social lo pasé en el periódico Granma. También me propusieron Tribuna, el periódico oficial de La Habana, pero me dije, "qué voy a aprender en Tribuna, quiénes me van a leer". Entonces decidí ir a Granma, sobre todo porque llega a mayor cantidad de lectores. Que es lo único que se puede aprovechar en un medio oficial de ese tipo.

¿En Granma en que sección trabajaste?

Comencé en la sección cultural. Cubría cine, televisión y artes plásticas. Primero empecé haciendo notas. Hasta que un día propuse hacer un trabajo sobre el desarrollo de las telenovelas en Cuba, luego seguí haciendo otras propuestas y me dejaron hacer algunas cosas. En ese entonces el director del periódico era Pelayo Terry, posteriormente destituido. Ya estando en Granma yo quería comenzar a colaborar con medios alternativos o independientes y en eso el periódico me pide que entreviste al cineasta Enrique Pineda Barnet. En ese momento se debatía sobre la ley de cine y sobre la censura al filme Santa y Andrés de Carlos Lechuga. Había una serie de debates en el entorno cinematográfico y al ver que no publicaban la entrevista, la subí a mi muro de Facebook. Entonces alguien de OnCuba, medio internacional acreditado en La Habana y dirigido por Hugo Cancio, me pidió publicarla allí. Y cuando sale, se abrió la caja de los truenos en Granma. Me llaman los directivos del periódico y me dicen que funcionarios de cultura querían saber por qué la entrevista de Pineda Barnet, que supuestamente era para publicar en Granma, aparecía en OnCuba. Eso me costó una amonestación. Pero seguí trabajando en el periódico.

¿Por qué algunos periodistas oficiales optan por publicar en medios alternativos? ¿Porque se paga mejor? ¿O porque saben que ciertos artículos no van ser publicados en la prensa oficial?

Siempre las autoridades tratan de enfocarlo en el tema económico, monetario. La economía es importante, estamos claros, y en un medio alternativo o extranjero se paga mucho más que un medio estatal. Aunque eso es relativo, pues hay que ver las prebendas que tienen algunos periodistas oficiales. Pero mi motivación no era esencialmente económica, mi motivación era tener diálogo, balance, objetividad. Que el texto no estuviera totalmente inclinado a la opinión del partido comunista. Y que tuviera espacio para pensamientos y criterios diversos. En el periódico Granma la línea editorial es demasiado rígida. A veces puede ser conflictivo algo tan sencillo como decir que existe racismo en Guinea Ecuatorial o que en esa sociedad el machismo está muy arraigado. La justificación para esa censura bestial es que "no se puede hablar de eso porque ese es un país amigo".

¿Cuántos artículos publicaste en Granma?

Muchísimos. El castigo por publicar a Pineda Barnet en OnCuba fue pasarme a la redacción internacional, algo que mucha gente lo vio como un ascenso. En esa redacción logré integrarme. A mí me tocó cubrir el continente africano, el que nadie quería. Con mucho gusto lo acepté. Trabajar ese continente, el más silenciado mediáticamente, me dio la posibilidad de explorar muchas cosas. Pero había mucho refrito, porque parte del trabajo era de agencias de noticias.

¿Y a la hora de las coberturas en el extranjero?

No, eso jamás me tocaba. Para viajar buscan a los mismos de siempre. A mi me tocaron algunas coberturas locales cuando visitaba Cuba algún alto funcionario o presidente africano. Asistí a una que otra recepción, pero eso incluso se prohibió. Cosa disparatada, pues en ese tipo de actividad más que socializar, uno consigue hablar con diplomáticos y embajadores y obtiene sus fuentes.

¿Cómo son las condiciones de trabajo de un periodista oficial?

Mi primer salario fue de 212 pesos. Pero lo peor es pasarte el día entero en una oficina, hacer una guardia que puede extenderse hasta las dos de la mañana, cubriendo un atentado en Siria o un terremoto en México. Un trabajo bastante estéril. Me sentía como si fuera un medio básico. Ahora el Estado destina recursos a la prensa oficial, sobre todo para las coberturas nacionales. Así y todo, es un periodismo muy mal pagado. Y tiene territorios de silencio que no cubre y que los a cubanos de a pie les interesa conocer. Por ejemplo, en la redacción solo una computadora tenía acceso a You Tube. Había hasta un código de ética para el uso de las redes sociales. La conexión a internet no era mala, pero su uso estaba controlado. Y cuando escribías un texto, regresaba marcado por un plumón amarillo, no por faltas ortográficas, sino por criterios ideológicos, políticos o de censura. Y esas palabras o ese párrafo debías eliminarlo.

¿Cuándo comenzaste a publicar en OnCuba y otros medios independientes?

En noviembre de 2016. Primero fueron temas culturales. Luego hice entrevistas y crónicas. En El Toque comencé a publicar también en 2016. En El Estornudo y Tremenda Nota en 2019. Por supuesto, cuando mis colaboraciones con medios alternativos se hicieron frecuentes me cerraron el contrato en Granma.

¿Trabajas cualquier género periodístico?

Sí. En El Toque son textos más narrativos de mil quinientas o dos mil palabras. Pero uno lo fuerza un poco y he publicado textos de tres mil palabras, que más bien son un reportaje, aunque para mí no es lo ideal. Me gusta hacer reportajes de largo aliento, con cuatro o cinco mil palabras. A veces más.

¿Y el columnismo político de opinión no te gusta?

Lo respeto mucho. Creo que se necesita más conocimientos, relaciones y experiencia. Me gusta más el ensayo. Creo que tengo cierta vocación para el ensayo. Me parece que todavía no estoy lista para hacer columnas políticas.

¿No lo haces por los riesgos o por el rigor?

No, simplemente por el rigor.

A esta nueva hornada de periodistas libres le gusta coquetear con el verso y la narrativa. A veces me parece que el periodismo es un buen pretexto, un escalón para llegar a la literatura ¿Cómo te ves dentro de diez años? ¿Ejerciendo periodismo, haciendo poesía o escribiendo ficción?

Me veo haciendo las tres cosas. Pero no me alejaría nunca del periodismo. Y no lo veo como un escalón. A fin de cuentas, el periodismo narrativo, que tiene una vertiente muy fuerte en el nuevo periodismo norteamericano y latinoamericano, tuvo exponentes, como Tom Wolf y Truman Capote que sí vieron el periodismo como un peldaño para dar el salto a la novela. Pero quizás no pueda llegar a ser tan buena narradora, como lo que podría lograr en el periodismo narrativo. ¿Por qué razón? Porque en el periodismo se trabaja en base a los hechos y la novela en la ficción. Pero la posibilidad que te da la realidad, sobre todo la realidad cubana, es mucha más amplia que lo que te pudiera dar lo imaginativo. Al menos así lo veo. Para mí, hacer poesía y coquetear con la narrativa es más bien un complemento.

Entonces en el futuro te ves haciendo periodismo... ¿y viviendo en Cuba?

No sé, tengo muchísimas dudas al respecto. Ahora mismo no creo que me marche de mi país. Pero lo dejo abierto, pues cada vez se hace más difícil el ejercicio periodístico en Cuba. Hemos logrado algunas cosas, y nos hemos dado cuenta que trabajando junto tenemos más fuerza, más respaldo, ya son unos cuantos medios independientes, con el apoyo entre nosotros creo que podemos existir.

¿Has sufrido acoso por parte de la Seguridad del Estado u otras instituciones oficiales?

Por ahora la Seguridad no me ha molestado. Problemas con las instituciones sí he tenido, cuando trabajaba en Granma, después de la publicación en OnCuba de la entrevista de Pineda Barnet, pero como era recién graduada, me dieron una oportunidad. Salí de Granma el año pasado y comencé a trabajar en la Oficina Santiago Álvarez del ICAIC. Pero tras ganar un concurso de la Unión Europea cuyo premio era una viaje a Bruselas, comenzaron los conflictos. La gota que colmó el vaso fue cuando publiqué en El Estornudo un reportaje sobre la tumba de Fulgencio Batista en Madrid. Cuando aún no se había publicado decidí subir una primicia en Facebook. Entonces me llama la jefa y me dijo cosas muy ofensivas. Y me cerró el contrato.

Después de una hora y media de entrevista, acompaño a Darcy a coger un taxi colectivo rumbo a su casa en La Güinera. Por el camino me cuenta que le encantan las canciones del trovador Carlos Varela y el reguetón de El Micha. No realiza tareas hogareñas, “a no ser manosear un poco los recuerdos, organizar el cuarto y decorarlo en mis mejores días”. También me dice que de lunes a viernes tiene que caminar siete cuadras para “fajarse con una guagua, un rutero o un taxi. Si estoy de ánimo intento coger una botella (auto stop)”.

Su barrio, afirma, es una locura. “Vivo en la esquina de una cuadra que ha visto desfilar machetes arriba y abajo, al doblar se ha matado y el mercadeo informal es constante. Escasa instrucción, pocas cosas con las cuales distraerse y muchas para perder un rumbo si no se tiene definido lo que se quiere”.

Por suerte, Darcy Borrero lo tiene claro. Escribe, luego existe.

Texto y foto: Iván García

Curriculum de Darcy Borrero Batista (Santiago de Cuba 1993). Periodista, narradora y poeta. Licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana en 2016 y egresada del Taller de Técnicas Narrativas impartido en el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Diplomada en Mediación Lingüística y Cultural en la Comunicación Pública por La Sapienza Universitá de Roma y la Universidad de La Habana. Es autora de los libros Eduardo Heras: los pasos, el fuego, la vida (Letras Cubanas, 2018) y Mestiza (Jugando a escribir po-e-sí-a), CAAW Ediciones, 2017). Ha recibido el premio de poesía “Un poema en alta voz”, que otorgan la revista St. Petersburg y el Festival Internacional de Poesía de La Habana. Mención en los Premios Nacionales de Poesía Calendario 2018 y David 2017. Premio en la categoría de Reportajes de la Editorial Hypermedia 2018. Ganadora del Concurso de Ensayo Periodístico “Cuba-Unión Europea, 30 años de relaciones diplomáticas”, 2019. Ponente en la I y II Conferencia Internacional de la Asociación Colombiana de Estudios del Caribe en 2015 y 2016. Textos suyos han sido publicados en revistas y antologías de su país y del extranjero. Forma parte de la antología de poemas Impertinencia de las dípteras (Ediciones Exodus del Instituto Cubano de Ciencias Culturales de la Diáspora, 2019) y la de cuentos Ariete (Ediciones Samarcanda, 2018), reconocida con el Latino Book Award de Estados Unidos. Colabora habitualmente con revistas cubanas independientes como Tremenda Nota y El Toque. Ha publicado también en El Estornudo y The HuffPost México. Recientemente, realizó un viaje de estudios a las instituciones de la Unión Europea en Bruselas. Trabajó en la organización de la Bienal de Poesía de La Habana y del Festival Internacional de Documentales Santiago Álvarez in Memoriam.


lunes, 10 de febrero de 2020

Mónica Baró: "No puedes sacrificar tu vida por una utopía"



Esta entrevista fue fruto del regateo. En varios perfiles que Diario Las Américas pretende publicar sobre periodistas independientes cubanos de diferentes generaciones, en letras rojas tenía marcado el nombre de Mónica Baró.

El plan era abrir la temporada con una entrevista a la brillante y joven reportera habanera de 31 años que publica en El Estornudo, revisita digital de periodismo narrativo. Pero Mónica era inatrapable. Cuando no estaba de viaje en el exterior, tenía mucho trabajo. Una y otra vez se aplazaba la fecha de la entrevista. No desistí.

Hasta que el martes 3 de diciembre quedamos en vernos en el Café Fortuna, en Primera y Calle 24, Miramar, barriada al oeste de La Habana que recibe la brisa del Oceáno Atlántico. El local está decorado al estilo vintage, con penumbras y poemas de Chaplin colgados en las paredes. Los dependientes visten con trajes de marineros de los años 50.

Doce minutos después de la hora pactada, se apareció Mónica con un jean negro lleno de parches. El pelo suelto, reloj plástico Made in China y un pulóver blanco desahogado con la imagen de la mexicana Frida Kahlo. Sonriente y con unas gafas que le dan un toque de intelectual friki y diferente. Mónica va a su bola.

En 2014 escuché hablar de ella por primera vez. Fue una tarde calurosa de verano, en un bar a tiro de piedra de la bahía habanera, donde un grupo de periodistas independientes íbamos a tomar cerveza una vez al mes. Conversábamos sobre nuestras familias, béisbol y fútbol. También de la política local e internacional. Pero la mayor parte del tiempo se lo dedicábamos al periodismo. No recuerdo si fue Jorge Olivera o Victor Manuel Domínguez el que mencionó una entrevista que una tal Mónica Baró había publicado en OnCuba.

Cuando leí la entrevista, me interesaron más las preguntas de la reportera que las respuestas del entrevistado. Al leer al final el machón supe que era una periodista recién graduada. Había trabajado en la revista Bohemia y en el Instituto de Filosofía. Poco después, mientras revisaba artículos en un parque wifi de La Víbora, me topo de nuevo con Mónica, esta vez en Periodismo de Barrio, con un reportaje sobre una señora que vivía en la extrema pobreza en La Habana profunda.

Ya en los corrillos de los periodistas sin mordaza se hablaba de Mónica Baró. Era evidente que ella jugaba en otra liga. Luego comenzaron a llegar los reconocimientos. El último, el Premio Gabo, en octubre de 2019 en Colombia, lo recibió por la investigación La sangre nunca fue amarilla, publicada en Periodismo de Barrio en febrero de este año.

Pero Mónica seguía refugiada en su humildad natural y huyendo de los focos y los elogios. Cuando se sentó en la banqueta del Café Fortuna, después del saludo de rigor, pidió cualquier cosa que la refrescara. Aproveché y le dije que era más difícil de atrapar que un ministro. Sonrió, ladeó la cabeza y comenzamos a grabar.

Pregunta: Mónica, tienes planes de marcharte, emigrar?

Respuesta: Hasta ahora no. No sé si definitivamente me voy a quedar en Cuba, es imposible saberlo. Uno no sabe nunca dónde va estar.

P: Te voy a poner dos escenarios hipotéticos. Uno, Cuba 2059, Mónica, abuela de un par de nietos se apresta a cubrir periodísticamente para El Estornudo el centenario de ese desastre llamado revolución cubana. Segundo escenario, Mónica con 71 años, ya jubilada, será recordada por sus aportes al periodismo narrativo cubano. Que escenario tú consideras nos deparará el futuro? Sinceramente, tú crees que Cuba tiene solución?

R: Yo creo que sí. Algunos consideran que Cuba va a cambiar en dos años. Otros dicen en cinco, diez. La verdad que no sé qué tiempo le falte a Cuba para democratizarse, para ser un país que respete las libertades políticas y de expresión. Para que pueda ser un país decente, donde la gente pueda tener un futuro y desarrollarse plenamente. Pero, insisto, no es algo que a mí me angustie. Creo que uno tiene que estar en el lugar que quiera estar y ser feliz.

Si estoy acá no es porque sienta una obligación por alguna causa o la democratización del país. Estoy en Cuba porque a mí me hace feliz el trabajo que hago aquí. El día que este trabajo no me haga feliz, me marcho. Durante mucho tiempo el gobierno, y la izquierda más rancia del continente nos ha querido inculcar que uno debe sacrificarse y darlo todo por la causa y poner los intereses de la sociedad por encima de los individuales. Y yo creo que eso no es sano para ninguna causa. Las causas para mí tienen que estar hechas por personas felices.

Si tú estás defendiendo los derechos humanos, la libertad de expresión y el periodismo independiente es porque eso te hace feliz. Cuando trabajé en la revista Bohemia, entrevisté a Pepe Mujica en un evento de la CELAC, y me quedo con una frase suya: "No se puede sacrificar a una generación por una utopía". Es lo mismo cuando lo llevas al plano individual. Tú no puedes sacrificar tu vida por una utopía. Para mí la utopía es el presente. No es el futuro. Es hoy. Y para mí, desde que me gradué de periodismo en 2012, cada día que he estado en Cuba he estado viviendo mi propia utopía, mi felicidad.

P: El periodismo libre, independiente, alternativo o como tú quieras llamarlo, surge a finales de la década de 1980. Después, en los 90 se consolidan varias agencias de periodismo independiente donde se abusaba del artículo de opinión, pero a su vez comienza el periodismo de calle con reportajes y crónicas de esa otra isla que el régimen pretendía ignorar. En 2007 llega el blog Generación Y de Yoani Sánchez, que indudablemente marcó una nueva etapa en el periodismo free lancer con la aparición de nuevas publicaciones digitales. Con la distensión de Barack Obama en 2014, surge una ola de periodistas de gran talento que exploran lo que yo llamo el nuevo periodismo narrativo cubano. Es un periodismo, sabroso, diferente y de calidad indiscutible, que ha despertado ciertos recelos en algunos periodistas independientes de barricada, abiertamente anticastristas. Dicen que esta nueva hornada no se compromete, que son una quintacolumna, que rehuyen los temas candentes de la sociedad cubana y que miran un poco por encima del hombro al resto. Cuál es tu impresión sobre este tema?

R: Considero que es otra malformación política que hemos heredado del gobierno. Creernos con autoridad para juzgar el compromiso político o social de cualquier otra persona. De emitir juicios, creernos jueces de los otros. Es triste, es una cultura que debemos superar, de estar constantemente cuestionando que si tú estás comprometido con esto, yo estoy más comprometida que tú, una lógica que a mí me choca muchísimo.

Me esfuerzo bastante por no caer en ese círculo vicioso, pero no quiere decir que no esté ajena a toda esa cultura, pues me eduqué en escuelas cubanas, sufrí adoctrinamiento, somos parte de una misma sociedad. Uno debe todo el tiempo cuestionar tu manera de relacionarte, tu manera de dialogar, tu manera de tratar con las personas que son diferentes y que piensan diferente a ti. Y no puede pasar por colocarte en una posición de superioridad moral para emitir juicios, pues la persona que juzga se cree con una superioridad moral para hacerlo.

P: Consideras que eso ha pasado?

R: Si, por supuesto. Todas las personas que puedan decir que El Estornudo, Periodismo de Barrio o El Toque no son medios más radicales, porque no hacen más temas políticos, obviamente lo están juzgando. Y para mí hay una explicación sencilla: esos medios están trazando una frontera entre activismo y periodismo. Yo entiendo que haya medios que hagan las dos cosas de manera simultánea. Yo entiendo que existan periodistas que hagan activismo político. Yo misma en las redes sociales he hecho activismo político en defensa de las libertades política, de prensa y expresión. De alguna manera cuando tú haces periodismo independiente en un país donde no hay libertades de prensa estás haciendo una defensa del derecho a libertad de prensa y la libertad de expresión, pero, tienes que saber que de todas maneras sigue habiendo una frontera entre el ejercicio del periodismo y el activismo. Que es importante respetar, porque es lo que va a garantizar que lo que tú estés publicando como periodista tenga más credibilidad.

Los géneros periodísticos están ahí por algo. Cuando uno quiere opinar, tú opinas. Cuando tú vas a investigar, tú investigas, tú demuestras con hechos, tú contrastas tus fuentes, utilizas varias fuentes si vas hacer una denuncia de algo. Uno trata de respetar esos géneros que están ahí por algo. Y respetar también a una profesión que tiene reglas y normas que no son por gusto. Están para garantizar, primero para protegerte, segundo proteger tus fuentes y tercero avalar que la información publicada tenga el impacto que tú buscas. Esto no quiere decir que un periodista cuando salga de su redacción vaya y milite en un partido, por supuesto. Pero tienes que saber donde están los límites.

P: Te voy a dar una mala noticia y una buena. El periodismo digital, incluso el tradicional, no ha superado la crisis que provocó la irrupción de las nuevas tecnologías. La mayoría de los medios no ha encontrado un modelo de negocios eficaz. Y lo peor es que dentro de diez años, inclusive ahora, medios chinos utilizan robots como presentadores. Se dice que la inteligencia artificial y los robots sustituirán a gran parte de los periodistas, en particular a los que redactan noticias. Quedarán, supongo, los periodistas que puedan contar historias diferentes para ser leídas por un puñado de lectores nostálgicos del diario dominical. La buena noticia es que esos adelantos tecnológicos van a demorar en llegar a Cuba. No te ha pasado por la mente renunciar al periodismo, ante esa eminente catástrofe y refugiarte en la literatura o la poesía?

R: No lo sé. Creo que nunca voy dejar el periodismo. Lo que quiero es contar historias. Y el periodismo que hago me da ese espacio. Aunque, por supuesto, en algún momento me encantaría hacer literatura. De hecho, cuando comencé a escribir de niña, con once años, no empecé haciendo periodismo. Me gustaba escribir cuentos y novelas. A los doce años escribía páginas y páginas de cosas. Ése fue mi inicio, la ficción. Pero mi interés principal es contar historias. Me encantaría escribir guiones de cine, pero sin renunciar del todo al periodismo. La única diferencia será que habrá cosas de ficción y de no ficción.

P: Piensas que las redes sociales le están haciendo daño al periodismo serio?

R: Las redes sociales son un instrumento usado por las personas. No las veo como algo abstracto, tienen vida propia. Sí creo que tenemos que educarnos en el uso de las redes sociales. Sobre todo en el consumo de noticias e informaciones. Mucha gente dice "lo leí en internet", pero internet no es una fuente de información. Tenemos que saber identificar cuáles fuentes son confiables, por qué son confiables y por qué no. La gente tiene que aprender a consumir periodismo. Buscar las fuentes y citas de las noticias. Creo que en las escuelas se debería incluir, como una asignatura más, como protegerte de internet, verificar lo que se lee y cómo consumir la información en internet. Lo que si no creo es que el periodismo vaya a desaparecer, porque el periodismo no solo informa, también ayuda a entender. Y el periodismo literario está buscando aportar otras cosas, otros enfoques. No solo dar una noticia dura y pura.

P: Pero sucede una cosa. Cualquier chisme o noticia falsa genera miles de comentarios en las redes. Sin embargo, un reportaje profundo y ameno como La sangre nunca fue amarilla, que tú publicaste en Periodismo de Barrio, y fue galardonado con un Premio Gabo de Periodismo, apenas tuvo comentarios en el sitio. La retroalimentación, cuando la hay, se queda solo en el mundo intelectual. Y viene sucediendo algo curioso, dañino y peligroso: los que te leen suelen ser periodistas y profesionales de la comunicación. A las personas que van dirigidos esos reportajes de fondo por lo general no les llega. Ni siquiera de rebote.

R: Ese reportaje, La sangre nunca fue amarilla, me llevó tres años, entre investigación y edición. Es cierto que a veces uno se siente un poco decepcionado. Pero sigo insistiendo.

El dependiente trae algo de comer. Mónica comenta que es fan del cine. “Cuando el 5 de diciembre comience el Festival de Cine anualmente celebrado en La Habana, y hasta que termine, el 15 de diciembre, desconectaré el móvil. Me gustan los filmes clásicos en blanco y negro. Todas las noches iré a ver una película”. Le gustó la versión de Joker de Joaquin Phoenix. Le encanta Tarantino. “No viste su último filme, Érase una vez en Hollywood?”, le pregunto. “No, qué tal”, quiere saber. “Muy buena, Tarantino en estado puro”, le digo.

Terminamos de comer y volvemos a la carga. Me cuenta que la Seguridad del Estado la ha detenido una sola vez. “Fue en Guantánamo, en 2016, cuando el huracán Matthew. Tampoco estoy regulada (impedida de viajar al exterior). Al menos por ahora”. No se ve haciendo política. “No es lo mío. Los políticos, en democracia, tienen que llegar a diferentes concertaciones para poder gobernar. Prefiero juzgarlos como ciudadana y desde el periodismo”.

Tiene sus hábitos y manías. "Antes de sentarme a escribir, preferentemente por las mañanas, tengo que bañarme, luego tomo café y prendo un incienso, en ese orden. No necesito aislarme. Igual puedo escribir en un aeropuerto que en medio del mayor bullicio. Leo mucho, a cualquier hora”, confiesa.

Respeta el columnismo político. Considera que se deben tener amplios conocimientos históricos, mucha información y una buena capacidad de análisis para ejercerlo. Pero le gusta mojarse y dar su opinión de cualquier tema cuando se la piden. Mónica Baró es una de las cuarenta cubanas que firmaron una carta pidiendo una Ley Integral contra la Violencia de Género y el pasado mes de noviembre la presentaron a la Asamblea Nacional del Poder Popular.

Ya es de noche en La Habana. Me despido de una de las voces jóvenes del cambio en Cuba. Una mujer que apuesta por un periodismo diferente. Y también por democracia en su país.

Texto y foto: Iván García

Nota.- El 5 de diciembre de 2019, después de realizada esta entrevista, se conocía que cuatro cubanos, los periodistas Mónica Baró Sánchez y Carlos Manuel Álvarez, el cineasta José Luis Aparicio Ferrera y el emprendedor ambiental Alexander López, fueron incluidos en una lista de 100 jóvenes latinos que crean e inspiran un mundo mejor, elaborada por la revista Avianca. Sobre Mónica, la publicación colombiana recordaba que la cubana, vinculada a medios alternativos como Periodismo de Barrio, El Estornudo y El Toque, ganó el Premio Gabo de Periodismo 2019 en la categoría de Mejor Texto por su reportaje "La sangre nunca fue amarilla". El 31 de diciembre, el periódico español El País incluía a Mónica Baró entre los 10 latinoamericanos más destacados de 2019.

lunes, 3 de febrero de 2020

Hay cubanas que callan el maltrato de sus maridos



Desde las diez de la noche, Yamila, 24 años, jinetera, se sienta en un parque contiguo a un bar privado ubicado en El Vedado. Cuatro horas antes, mientras preparaba la comida para su marido y su hija de tres años, de manera simultánea, terminaba de lavar una montón de ropa sucia. Luego se acicaló y salió a prostituirse por 40 pesos convertibles la noche, en lugares donde suelen acudir turistas o cubanos con suficientes billetes.

Ya es habitual, cuenta Yamila, que cuando su esposo llega a casa con unos tragos, está estresado porque no tiene dinero o perdió plata jugando silot en un burle (casa de juego ilegal), "sin comerla ni beberla me golpea delante de la niña. alegando que yo le escondo el dinero que hago acostándome con otros hombres”.

Esa noche, con unos espejuelos oscuros para camuflar un ojo amoratado, Yamila, indiferente, fuma un cigarrillo mientras espera que lleguen extranjeros al bar para comenzar su trabajo. Sobre las once de la noche se sienta en la barra, pide un trago de whisky y de reojo mira el ambiente.

Dos horas más tarde, sale del bar con un parroquiano del brazo rumbo a una casa que alquila habitaciones. Al amanecer llega a la cuartería donde vive en el barrio pobre y mayoritariamente negro de Jesús María, Habana Vieja. Antes de acostarse un rato, guarda el dinero en la billetera de su esposo que duerme plácidamente.

Yamila descansa cuatro o cinco horas y al mediodía ya está escogiendo arroz, ablandando frijoles y haciendo las faenas de la casa. Su marido no trabaja. Se la pasa jugando cartas, viendo el fútbol de clubes europeos o bebiendo ron. Yamila mantiene a su familia prostituyéndose y, encima, es maltratada físicamente.

Pero ella nunca ha pensado denunciar a su esposo a la policía por las golpizas que recibe. Ha optado por el silencio. Su caso no es una excepción. Entre las prostitutas cubanas, es normal que mantengan a sus maridos, novios, amantes o chulos. Algunas alardean de ello.

Regina aún no ha cumplido 20 años y está orgullosa de que con el dinero que ha ahorrado jineteando, "le pude a comprar a mi jevito una cadena de oro y una moto eléctrica. Yo sí no soy una desaguacatada. Mi marido vive como Dios manda. Tremenda percha (bien vestido), oro en el cuello y dinero en la cartera”. Confiesa que de vez en cuando él le da un par de galletas (bofetadas), "pero no esas trancas como si yo fuera un saco de boxeo”.

Y es que en Cuba muchas mujeres no consideran violencia doméstica los gritos, insultos, empujones, bofetadas, palizas, un día sí y otro también.

A Mara, dependienta en una pizzería estatal, no le gustan “los hombres pajuatos, ésos que regalan flores y leen poemas. A mí me gusta tener un macho al lado que de vez en cuando te zarandee y te trate con rudeza. Desde que el mundo es mundo, los hombres son de la calle y los que buscan el dinero. Y las mujeres de la casa”.

Es inconcebible que en pleno siglo XXI haya cubanas, sobre todo jóvenes, que vean como algo normal el machismo y la violencia de género. Susana, ex trabajadora social, reconoce que en Cuba existen mujeres que aceptan que los hombres las maltraten verbal, psíquica y físicamente. Y lo peor, lo aguantan sin alzar la voz.

“En los barrios marginales y en aquellos segmentos de la sociedad donde se ejerce la prostitución, hay venta de drogas y juegos prohibidos, es donde el machismo se exacerba. Pero también existe condescendencia entre las mujeres mayores de 50 años, quienes crecieron con el falso concepto de que las mujeres se deben a sus maridos. Incluso mujeres que condenan el machismo piensan que las feministas a veces se pasan de raya. La violencia de género y el feminicidio ha aumentado en Cuba de manera alarmante. Sobre todo porque es un fenómeno que no se reconoce públicamente y apenas recibe tratamiento informativo en la prensa”, explica Susana.

Carlos, sociólogo, considera que “las condiciones están creadas para que las mujeres en Cuba sin cortapisas exijan sus derechos. Debido al alto nivel educacional y el número creciente de mujeres profesionales, es un buen momento para subir la parada y pedirle al gobierno un nuevo enfoque en el tema de la violencia de género así como leyes acordes al incremento de las agresiones físicas contra el sexo femenino”.

El 21 de noviembre, cuarenta ciudadanas cubanas presentaron a la Asamblea Nacional del Poder Poopular una solicitud de Ley Integral contra la Violencia de Género. A las opositoras y periodistas independientes, catalogadas por el régimen como 'contrarrevolucionarias', descaradamente se les infringen sus derechos.

A la periodista sin mordaza Luz Escobar y a la activista Nancy Alfaya, la Seguridad del Estado les ha impedido salir de sus domicilios y las ha detenido e interrogado sin motivo. Desde hace tiempo, cada domingo impiden manifestarse y hasta han golpeado a integrantes de las Damas de Blanco, movimiento surgido en abril de 2003.

Según un informe de la CEPAL, en 2016 la tasa de feminicidios en la Isla fue de 0.99 por cada cien mil habitantes. Baja, si la comparamos con México, Honduras, Salvador o Guatemala y alta en relación con Perú o Chile. Si damos crédito a la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), en 2016 había 5.052.239 millones de mujeres en el país. Eso representa alrededor de 50 mujeres asesinadas en delitos calificables como feminicidios.

Un ex oficial de la policía aclara que, por lo general, "las denuncias sobre violencia doméstica, acoso o machismo no se toman muy en cuenta, en particular si la denunciante es la esposa. En ocasiones mujeres maltratadas hacen la denuncia y después, cuando se arreglan con su pareja, la retiran. Las sanciones por maltrato son leves, uno o dos años en un correccional. El acoso de un jefe a una subordinada no es sancionado en Cuba. A los que se masturban en espacios públicos se les pone una multa de 60 pesos. Si son reincidentes van a la cárcel un año”.

Olga, contable de una empresa estatal, reconoce que muchas mujeres “sufren acoso por parte de los hombres en sus centros laborales, sobre todo las que trabajan en sectores donde existe la posibilidad de viajar al exterior. Es normal que un superior te proponga sexo a cambio de un ascenso. O te manosee sin tu consentimiento”.

El machismo y la violencia de género son fenómenos preocupantes en Cuba. Se necesita visibilidad por parte de la prensa oficial, leyes más duras y mujeres que no callen y denuncien a sus maltratadores.

Iván García
Foto: Simulación de maltrato. Tomada de Diario Las Américas.

lunes, 27 de enero de 2020

El rey y el vagabundo


La foto no tiene desperdicio. Podría ganar el Pulitzer de este año. El rey Felipe y la reina Letizia caminan sobre los adoquines de la Habana Colonial. Los siguen enguayaberados funcionarios y guardaespaldas, todos de blanco, para diferenciarse del borbón, que va de guayabera azul cielo. A su lado Letizia, sonriente, veraniego escote, zapatos que parecen elegantes alpargatas hechas a la medida. Y de pronto… ¡un perro!

Un indiscreto cánido colado en la instantánea, justamente detrás del Rey que lo ignora, no puede verlo, y algo dice a la Reina con ceño arrugado, como harto del calor y de tanta cola… no la del perro, el mejor amigo, tal vez el único amigo en este lugar. Un funcionario o un agente de la policía política -sutil diferencia-, hace un mohín de disgusto. ¿Va a estornudar o a vomitar? ¿Será a causa del perro intruso, escapado, no perdonado, de la misma naturaleza del holocausto zoonótico?

Cualquier entretenido se preguntaría que hace un rey español por primera vez en Cuba en visita oficial después de 500 años. Pues es fácil. O mejor, lo ha dicho el monarca entre mojitos y comida furtiva en un restaurante privado de la Habana Vieja a los empresarios afincados en la Isla: “No ignoramos las dificultades a las que hacéis frente y que tenemos muy presentes. Nuestras autoridades están trabajando para aliviar su impacto sobre vosotros”. Compete al Rey, jefe de Estado, velar por los intereses españoles en la Siempre Fiel, como hicieron sus mayores durante cuatro siglos y medio.

Los en contra de la visita hablan de traición a la disidencia, y que los reyes han lavado la cara política a la dictadura. Y si bien eso está entre los efectos colaterales, el objetivo principal de su Majestad era asegurar la presencia económica en Cuba; como un cobrador, pero sin frac sin chistera, decirle a los exsúbditos que en España no están muy abundantes para olvidar sus deudas. Sin duda, la aprobación del título III de la Helms-Burton ha puesto a muchos “gallegos” a temblar: hay una justificación adicional por parte de la Isla para demorar los pagos ante el recrudecimiento del llamado bloqueo.

Otra idea deslizada por el Felipe VI es la revitalización de las llamadas Cumbres Iberoamericanas, un foro social de presidentes que en los últimos años ha languidecido por ser, precisamente, hispano-descendientes -la debilidad institucional, el poco fijador democrático.

La última, la Cumbre XXVI, celebrada en Guatemala en 2019, tuvo la presencia de 14 mandatarios, apenas la mitad de los convocados. Siendo la Corona y España los creadores de esta suerte de Commonwealth hispanoamericana o Mancomunidad de Naciones hispanoparlantes -como hubieran deseado muchos intelectuales cubanos en el Siglo XIX- toca al Rey ir al país más díscolo, aquel que sería capaz de “ponerle malo el dao”, y convencerlo, dinero en mano, que es hora de retomar el camino de la cooperación trasatlántica.

Pero Felipe VI o Pedro Sánchez hubieran escogido otro momento: el contraataque foro-paulista ha tenido su primera importante baja en Bolivia, y se acerca, peligrosamente, la pacificación de Chile, el aborto de la insurrección en Colombia, el probable segundo aire de la oposición desleal venezolana, el apagamiento de la insurrección castro-chavista en Ecuador y Perú.

Justamente en las mazmorras del Santiago de Cuba irredento, allí donde el Almirante Cervera hizo galas de obediencia y sacrificó los últimos buques de la otrora Armada Española, ha ido el Rey, que nada lo quiere saber, de José Daniel Ferrer. Difícilmente podrá el gobierno español, por demás bien girado ahora a la izquierda, reparar los daños colaterales hechos al barco de la monarquía española con esta visita que, sin ton, pero con mucho son, no ha recibido más que críticas de las fuerzas democráticas.

Por la parte cubana todo pudo ir mejor, excepto por el perro o los que caminan erectos. El borbón hizo a lo que vino: calmar a los empresarios y traer turismo rosa: las revistas del corazón tienen fotos para rato.

También será muy difícil creerle a la disidencia cubana después que el próximo Alto Representante de la Unión Europea ha visitado el país varias veces y no ha dicho una sola palabra de los arrestos y el desastre socio-económico de la Isla. Josep Borrell es, junto a Sánchez, artífice de este tour real, y son en parte responsables de lo que suceda después de otorgar este cheque en blanco moral al régimen de la Habana.

Poniéndonos en los pies del que hace de presidente, la visita es de una necesidad vital para el desgobierno. No hay lado para el que se vire, que accedan a prestarle dinero. Se lo regalan. Es preferible para evitarse el viaje a la Feria de la Habana, a sudar otra vez bajo 30 grados de temperatura.

Donación de 25 millones para saneamiento y acueductos de los municipios al este de la ciudad -ya habían recibido 51 millones en 2018 para lo mismo-; 50 locomotoras rusas; luces donadas, de uso, por Turín para iluminar Galiano, una de las arterias comerciales que la Involución lleno de sombras chinescas. Y hablando de China, 112 millones, otra vez, para saneamiento y regadíos, a cada cual según su necesidad de higiene.

Aun así, el personaje del presidente tuvo que hacer una escena difícil, la más complicada de su carrera actoral. Fue en el Palacio de los Capitales Generales: enfrentarse como un hombrecito, autoestima mambisa por el piso, al discurso de un rey español que le daba lecciones de libertad y democracia cinco siglos después, sin pedir perdón por el genocidio de Valeriano Weyler en el Siglo XIX.

Aunque el Designado vivió el Obamazo en el Gran Teatro de La Habana en 2016 y nada sucedió entonces, ahora no tiene un máximo líder para cargar las tintas contra el borbón, tras oírlo decir que “es en democracia como mejor se representan y se defienden los derechos humanos, la libertad y la dignidad de las personas y los intereses de nuestros ciudadanos”. No, no hay nadie para escribir algo así como El hermano Felipe o Los Dólares que nos amenazan (esto último para desgraciarle la jugada de las Tiendas Hernán Cortes II).

La foto del Designado, muy cerca del atril del Rey, tampoco tiene desperdicio: ¿será el mismo indiscreto reportero del diario español El País? Quien hace el protagónico parece ajeno, perdido, poker face. El Rey y la Reina no se imaginan cuánto ha tenido que hacer este hombre para que la ciudad parezca digna de sus altezas reales.

Nunca pudieran entender cuanto perro hubo que matar, y cuantos “deambulantes crónicos” (vagabundos) esconder. ¡Vete, Canelo, vete, sale de la foto!, grita alguien por allá detrás. El rey y un perro vagabundo.

Un perro vagabundamente digno: sin casa, pero sin amo. Todo me lo han echado a perder esta gente, suspira él. Y le ordenan no despedir a sus majestades en Santiago de Cuba. Abrumado por el desencanto, a un tiro de piedra, prefiere irse a Caimanera. ¡Ay Miguel! ¡Tan lejos de España, tan cerca de Donald Trump!

Francisco Almagro
Cubaencuentro, 26 de noviembre de 2019.
Foto: Tomada de Cubaencuentro.