lunes, 29 de abril de 2019

Dios no es ciudadano cubano



Durante unas pocas semanas, decenas de miles de cubanos tuvieron la ilusión de que el resto de sus compatriotas les permitirían disfrutar del mismo derecho que tienen todos ellos, el de firmar un contrato matrimonial con una persona a la que supuestamente podrían soportar, resistiendo la tentación de echarla por el balcón o prenderle candela, el resto de sus vidas.

Es inexplicable por qué alguien querría casarse, teniendo a su disposición tan extensa y convincente evidencia de la miseria moral en la que la mayoría de los matrimonios se consumen a los pocos años, y a veces, a los pocos días de sus bodas, o incluso en el mismo momento en que los recién casados parten a la luna de miel, ya cruzando miradas de decepción y rencor. Quién sabe por qué alguien querría ponerse en tan incómoda situación, quizás para probar no solo la hiel del matrimonio, sino también la del divorcio.

Aún más inexplicable es que la mayoría de los cubanos quieran negarle ese paupérrimo derecho a la exigua minoría que tiene la furiosa pero inofensiva inclinación de tocar, lamer, oler, penetrar o dejarse penetrar por aquellos que tienen sus mismos atributos biológicos. Es tan poca cosa lo que piden los homosexuales cubanos, que si la mayoría de sus conciudadanos fueran generosos, no solo consentirían de buen grado con que se casaran, sino que además, les darían un benevolente consejo: “¿Están ustedes seguros de que quieren esto?”

Pero todos los ciudadanos de una nación deberían tener el derecho inalienable de ser infelices, y ninguna mayoría electoral debería impedir que alguien que tenga semejante vocación pueda satisfacerla a plenitud, hasta los extremos del crimen o el suicidio. Naturalmente, la mayoría de los matrimonios no terminan en asesinato, eso es una exageración, sino que naufragan agriamente en el adulterio o el más enconado resentimiento, algo que los homosexuales cubanos tienen tanto derecho a experimentar como aquellos que se ufanan de su ordinaria heterosexualidad. Cada día de intrincada amargura, cada traición, cada trampa, cada leve gesto de desprecio o resentimiento, cada instante de efervescente odio.

Lamentablemente, aquéllos que se entusiasmaron prematuramente con la posibilidad de que la nueva Constitución cubana, que ha sido aprobada con mayoritario desgano el pasado domingo, admitiera el matrimonio homosexual en la isla, olvidaron un pequeñísimo pero fundamental detalle, el matrimonio homosexual no ha sido legalizado en ningún país que no funcione, al menos en lo formal, como una democracia. Cuba hubiera sido una graciosa excepción en la lista de los países que permiten que personas del mismo sexo se casen y aparezcan en público y en papeles como esposos, alfabéticamente por debajo de Costa Rica, y delante de Dinamarca y Finlandia.

Hubiera sido tan raro como que Cuba apareciera entre esos mismos países en la lista de las naciones que dan más libertad a la prensa. Más extraordinario hubiera sido que el matrimonio homosexual fuera legalizado en un país en el que no existe ninguna organización independiente dedicada a la promoción de los derechos homosexuales, y es una institución del Estado, el Centro Nacional de Educación Sexual, con un nombre perfectamente medicinal, la que se ha ocupado de dar representación a quienes hasta hace muy pocos años eran objeto de interés de una institución muy distinta, el Departamento de Lacras Sociales del Ministerio del Interior.

En Cuba no hay una comunidad homosexual, no en el sentido político, no como una red de organizaciones independientes capaces de formar una coalición de propósito, programa y acción comunes. Coaliciones de ese tipo triunfaron en países tan distintos como Colombia, Irlanda o Estados Unidos, usando cada vía legal o política disponible, los parlamentos, las cortes de justicia, los partidos políticos, los medios de comunicación, el voto popular, para conseguir ya no solo la legalización del matrimonio homosexual, sino también otros derechos estridentemente obvios, el de cada hombre o mujer homosexual o transexual a no ser discriminado por empleadores, escuelas o servicios públicos, el de adoptar, el de servir en los ejércitos de sus países, el de cambiar de sexo.

Los homosexuales cubanos han estado en la muy rara situación de casi haber conseguido el derecho a casarse entre sí, estando aún muy lejos de conseguir el mucho más elemental derecho de crear organizaciones independientes que los representen. Sin la capacidad de representarse a sí mismos frente a un gobierno que no tiene, ni ha tenido nunca, un solo ministro homosexual, al menos que se haya sabido, los homosexuales cubanos recurrieron a un recurso que no había sido usado victoriosamente en ninguna otra parte del mundo, el patronazgo, o la tutela, orientación y protección de una persona no homosexual colocada en una posición de gran influencia política. En vez de hablar por sí mismos, muchos homosexuales cubanos aceptaron, esperanzados, que alguien hablara por ellos. Inevitablemente, llegado el momento culminante de escoger entre aquellos a quienes decía representar, y la supervivencia del régimen político al que debe todos sus privilegios, Mariela Castro, que había hecho tanto bien hasta ahora, no tuvo ni un segundo de dudas, y escogió a su padre.

Del fiasco del artículo 68 en el proyecto de la nueva Constitución, los homosexuales cubanos pueden rescatar algunas consoladoras lecciones. La primera es que, en contra de lo que se ha dicho repetidamente sin razón, los cubanos no son más hostiles a los homosexuales que otras naciones, no particularmente, no más que los colombianos, los australianos o los argentinos. En los supuestos debates del proyecto de Constitución castrista, la posibilidad de que Cuba adoptara el matrimonio homosexual recibió mayor aprobación de la que se hubiera podido esperar cuando Raúl, quizás para complacer a su hija, quizás para expiar antiguos crímenes, o para dar al mundo la impresión de que la isla estaba alcanzando en progreso a Suecia, autorizó la inclusión en el texto del malogrado artículo 68.

La vasta mayoría de los homosexuales cubanos han sufrido, o sufren, en mayor o menor grado, violencia, desprecio y discriminación en sus propias familias, en las escuelas, en los sitios en los que trabajan y en la calle, desde que son niños hasta que mueren, pero no tanto más que en otros países similares en origen y nivel de desarrollo. El gobierno cubano ha sido siempre más hostil a los homosexuales que su pueblo. Es reconfortante que tantos cubanos hayan dicho que el matrimonio homosexual les parece apropiado y justo, o que les importa un pito que los homosexuales se casen o no, y hayan llegado a esa conclusión por sentido común, por generosidad, por cálida solidaridad con sus familiares, amigos y vecinos homosexuales, por un exquisito sentido de la justicia, o por aséptica indiferencia.

Si los homosexuales cubanos pudieran organizarse libremente, hacer campaña en las calles de Cuba y en la televisión sin el tutelaje del CENESEX, educar a sus conciudadanos y refutar las mentiras de sus enemigos, si pudieran contarle al país, en su propia voz, todos los crímenes que han sido cometidos contra ellos, y recordarle todo lo que ellos han hecho por él, no solo sería adoptado el matrimonio homosexual, sino que lo sería con tanto entusiasmo, que algunos heterosexuales quizás se atreverían a probar eso que los homosexuales dicen que les gusta tanto.

La otra razón por la que los homosexuales cubanos no deberían sentirse del todo descorazonados es que no fueron ellos los derrotados en el debate público del artículo 68, sino Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel. Matrimonio homosexual habrá legalmente en Cuba algún día, si el mundo no se acaba antes. Es tan inevitable como lo fueron el fin de la esclavitud y el derecho a votar de las mujeres. La polémica provocada por el artículo 68 es solo el prólogo de una guerra cultural que arrasará Cuba en los próximos años y en la que el actual gobierno cubano no será uno de los contendientes, aunque haya salido trasquilado de esta escaramuza.

Los rivales en esa guerra por el alma y el afecto de los cubanos, serán los mismos que en otros países, de un lado sectores educados, liberales, urbanos, de talante, experiencia e intereses económicos transnacionales, y del otro, un entramado de grupos, partidos e iglesias ferozmente reaccionarios, heraldos de un monosilábico nacionalismo, los mismos enemigos que, entre otros actores, disputaron las elecciones de Estados Unidos en 2016, de Francia en 2017, de Costa Rica, Brasil y Andalucía en 2018, y el fatídico referendo del Brexit. Hasta que Raúl Castro tuvo la idea de desempolvar la vieja Constitución de su hermano, no se había dado la ocasión para que esa guerra mundial alcanzara a Cuba, no hubo oportunidad para que ningún fanático saliera a la calle a quejarse de la aparición en la isla de una misteriosa plaga moral llamada “ideología de género” por quienes se han dado la tarea de exterminarla, que son los únicos que creen que esa plaga existe.

El debate de la Constitución fue la oportunidad para que las únicas organizaciones a la vez independientes y legales en el país, las iglesias, desafiaran ya no a los difusos círculos de activistas protegidos por el CENESEX, que son políticamente insignificantes, una presa fácil, sino a un enemigo mucho más poderoso, el propio gobierno, que tan poco preparado estaba para ese reto, que claudicó después de unas pocas semanas de embarazoso silencio y accedió a eliminar el artículo 68 y postergar el debate del matrimonio homosexual hasta dentro de dos años, o ya se verá.

Al parecer, cuando puso la reforma constitucional a debate, Raúl calculó correctamente que la Iglesia Católica haría algo de ruido sobre el artículo 68 y algunos puntos más, para guardar las formas, pero no se atrevería a hacer nada más, quizás solo publicaría una carta de dolida desaprobación, que nadie leería, y que en Roma, el Papa, ocupado en asuntos más graves que los groseros pecados de los homosexuales cubanos, ni siquiera movería una ceja. Oposición política, en Cuba no hay ya nada que se pueda llamar así, Raúl ni siquiera se acuerda de los nombres de los pocos líderes opositores cubanos que no se han muerto o se han ido a otro país, y entran y salen cada semana de la cárcel.

Pero Raúl subestimó gravemente la aparición en la isla de un nuevo, formidable actor político, un evangelismo militante que ha ido creciendo durante años en el terreno fértil de la pobreza, la ignorancia y la descomposición social de ciudades y pueblos arrasados por el caos económico y moral de la fase terminal del castrismo. La idea del “diseño original”, o “La familia como Dios la creó”, plantada por los evangelistas en las calles de Cuba como desafío al artículo 68, es, por supuesto, absurda, tanto como el “Let’s take back control” de Brexit, como “Make America Great Again”, como “Brasil acima de tudo, Deus acima de todos”, pero la estridente, reconfortante simplicidad de esos eslóganes ha dado a millones de personas, votantes de Minas Gerais, de Michigan, de Middlesbrough y del Cotorro, una poderosa sensación de rectitud moral, a la vez individual y nacional, en medio de los rabiosos cambios sociales y culturales de la globalización, el descrédito de las élites políticas, económicas e intelectuales, y la pavorosa extensión de la corrupción y la desigualdad.

A los cubanos que creen en el “diseño original”, legítimamente, con el mismo derecho con que otros creen en el marxismo-leninismo o en Babra Streisand, no les afecta en absoluto que dos hombres o dos mujeres sean reconocidos legalmente como esposos, no debería ni causarles curiosidad, nadie los obliga a mirar o siquiera responder el saludo de sus vecinos homosexuales, pero en la defensa del supuesto plan inicial de Dios, en la cruzada contra el matrimonio homosexual, el derecho de las mujeres al aborto, o el de los transexuales a existir y ser tratados con dignidad, y en el resto del programa político y social del evangelismo, esas personas han encontrado una causa a la que se pueden dedicar con un fervor que ninguna otra podría ya provocar. Nada, a sus ojos, es más importante que la supuesta palabra de Dios, y no les perturba en lo absoluto que Él o Ella no haya sido visto jamás en la isla y no haya dado señales evidentes de tener ningún particular interés por los asuntos de sus desgraciados habitantes.

El evangelismo, que había hecho de su humildad una virtud política, y pudo crecer imparablemente sin ser visto por el gobierno cubano como una amenaza, ha mostrado una fina capacidad de movilización popular, y una formidable disciplina de mensaje y acción. Ni Raúl Castro ni la Seguridad del Estado se imaginaban lo que esos desconocidos pastores metodistas, bautistas o pentecostales podían hacer. En unas pocas semanas, lograron lo que nadie, dentro de Cuba, había logrado jamás, tan resonantemente, en un tema tan esencial, hacer retroceder al gobierno, obligarlo a cambiar una decisión ya tomada, reescribir una línea de la Constitución. Si a alguien se le olvidó, este es todavía el mismo gobierno que, habiendo recibido más de 25 mil firmas en demanda de un referendo constitucional, las ignoró, y cambió la Constitución para que nunca nadie pudiera usar un recurso legal para solicitar una pizca de democracia.

Las iglesias evangélicas cubanas, más de cien ya, no se han atrevido a cuestionar la legitimidad del gobierno Castro-Díaz-Canel, no se han propuesto nada semejante al Proyecto Varela, que atraería sobre ellas una tormenta de fuego, pero su frontal oposición al artículo 68 les sirvió de pretexto, a muchas de ellas, para impugnar otras secciones del proyecto de Constitución, como la proscripción de la objeción de conciencia y las restricciones a la adquisición de propiedades, y anunciar que el 24 de febrero votarían, estrepitosamente, no. Es difícil saberlo, pero el evangelismo podría haber sido el principal responsable de que el sí obtuviera el domingo pasado un resultado tan deslucido en el referendo constitucional, y que casi dos millones y medios de cubanos votaran No, se abstuvieran, dejaran sus boletas en blanco, o se las anularan. No es la victoria aplastante que quería Raúl, sino la confirmación de que una parte significativa de Cuba ya no lo obedece ni lo teme.

En otros países, el evangelismo no ha encontrado, salvo excepciones, acomodo en la izquierda del espectro político, que ha puesto la defensa de los derechos de las mujeres y las minorías sexuales entre sus más ardientes prioridades, esa presunta “ideología de género” que las iglesias presentan como obra del maligno, y que, si uno no cree en el diablo, podría llamar como lo hizo el primer ministro canadiense Justin Trudeau cuando le preguntaron por qué tenía tantas mujeres en su gabinete del siglo 21. Inevitablemente, tratando de transformar su programa moral en política de Estado, el evangelismo ha hecho de tripas corazón para apoyar a candidatos tan macabros como Donald Trump o Jair Bolsonaro, y ha terminado, a gusto o no, condonando acciones atroces contra los pobres, las minorías, las mujeres, los inmigrantes, o el medio ambiente.

Sería extraño que en la Cuba del futuro, cuando las fuerzas políticas del país se reorganicen para ocupar el vasto espacio vacío que dejará el post castrismo, no ocurra el mismo alineamiento que en otros lugares, y que el evangelismo, y también la Iglesia Católica, o lo que quede de ella en la isla, no salgan al paso de una nueva izquierda democrática determinada a proteger los reales avances sociales de los últimos sesenta años, y conseguir los que el castrismo, por cobardía, mediocridad o maldad, no consiga antes de desaparecer. Las iglesias evangélicas cubanas, y la de Roma, se verán las caras de nuevo en el futuro con los homosexuales cubanos, pero estos, entonces, ya tendrán voz propia, y responderán, firmemente, a los insultos y mentiras de sus oponentes, sin prestarle atención a quien les pida que no hablen alto, que actúen con modestia, que pidan permiso para existir.

Será una furiosa pelea, y Cuba se desgarrará de nuevo, se partirá en dos. Pero esa pelea solo puede tener, a la postre, un vencedor. Dios no será invitado a la primera boda homosexual de Cuba, pero Barbra Streisand, o alguien muy parecido a ella, sí. Poco después, Cuba tendrá también su primer divorcio homosexual, tan demoledor, tan cruel como cualquier otro.

Juan Orlando Pérez
El Estornudo, 26 de febrero de 2019.
Ilustración de Frank Isaac García tomada de Los gays en la Casa del Señor.

lunes, 22 de abril de 2019

Varadero no es para los cubanos de a pie


En los premios Traveller’s Choice 2019, la web turística TripAdvisor acaba de ubicar a Varadero como la segunda mejor playa del mundo, solo superada por Baia Do Sancho, en Brasil.

Es una pena que para los cubanos de a pie, que somos la mayoría, hoy Varadero resulte casi tan inaccesible como Waikiki. En la Playa Azul, donde ahora cobran peaje de entrada, los precios son del Primer Mundo, y a veces más. A los cubanos -casi siempre invitados por algún pariente residente en el exterior que corrió con los gastos- que se alojan en alguna de las más de 50 instalaciones hoteleras propiedad de las FAR o los españoles, los mirarán como a bichos raros, les impedirán el acceso a ciertas áreas reservadas solo para extranjeros o la elite, y si son jóvenes tendrán que cuidarse de que no los tomen por jineteras o pingueros. Y ni soñar con que le permitan a un cubano salir a pasear por el mar en catamarán.

Siento especial nostalgia por Varadero, a pesar de que de las tres veces que he estado allí, hace años, de solo una guardo buenos recuerdos. La primera vez fue en noviembre de 1970. Tenía 14 años. Fui con otros dos amigos, de mi edad, al Festival de la Canción. Íbamos tras Los Bravos (sin Mike Kennedy), Los Ángeles y Los Mustangs. No eran santos de nuestra devoción -no eran Creedence Clearwater Revival ni Santana-, pero en la Cuba fidelista, libre de diversionismo ideológico, no se podía aspirar a más.

Por tanto, no nos podíamos perder la actuación de aquellos grupos españoles. Queríamos que aquel festival fuera nuestro Woodstock. Pero la policía nos echó a perder el plan. Como no les gustó nuestro aspecto, nos condujeron a un mugriento puesto de la PNR. Desde un cartel en la pared nos miraba ceñudo el Comandante en Jefe. No sé si su cara de bravura era por la peste, por nuestro diversionismo ideológico o porque la zafra de los 10 millones no fue.

Al meternos en el calabozo, con todo y la peste a mierda que allí había, casi nos hicieron un favor, porque afuera hacía un frío siberiano. Lo malo fue cuando los policías empezaron a hablar de pelarnos y escuchamos a uno decir: “Estos van completo Camagüey”. Por suerte no pasaron de las amenazas. Nos soltaron en la terminal de Cárdenas, donde cálidamente nos sugirieron: “Váyanse, piérdanse de todo esto pa’l carajo, ahora mismo, chamas…”

Volví a Varadero en el verano de 1979. Fui con Leyda. Llevábamos menos de un año de casados y ella era algo así como mi alter ego femenino. Llegamos de sopetón, con un poco de ropa en la mochila, “de guerrilla”, como se decía entonces, dispuestos a pasarla en grande. En aquella época, cuando el Comandante aún no había vencido su reluctancia por el turismo extranjero, los cubanos todavía podían disfrutar de Varadero (¡oh, happy days!).

Como no conseguimos donde parar, decidimos pasar la noche en el Parque de las Mil Taquillas. Cuando del parque nos echó la policía, nos fuimos a la arena. Bebimos una botella de aguardiente Coronilla, hicimos el amor entre las casuarinas y luego nos quedamos dormidos en la arena. Nos despertaron los guardafronteras, con perros y bayonetas en ristre, para decirnos que no se podía estar de noche en la costa. Regresamos al parque, ya sin policías. Cuando comenzaba a clarear, volvimos a la playa y nos metimos en el mar, a refrescar.

Pudimos conseguir alojamiento, muy barato, en un hotel de madera, viejo y destartalado, que se llamaba Miramar. Estábamos todo el día en la playa, y por las noches nos íbamos a bailar con los Bee Gees al dancing light de La Patana. El único inconveniente era la pareja de la habitación vecina. Cuando hacían el amor, gritaban como si los estuvieran matando. Sus gritos atravesaban las paredes de tabla, como invitándonos a emular. O a intercambiar la pareja, porque con tanta nitidez se oían sus gritos y resoplidos que era como si estuviéramos, juntos y revueltos en la misma cama. Los vimos, una mañana, cuando salían de la habitación y nos sorprendimos de que no eran como los imaginábamos: ella, una aburrida gordita teñida con peróxido, y él, un flaco con portafolio, mostacho, espejuelos de aumento y cara de oficinista de la JUCEPLAN.

La tercera y última vez que estuve en Varadero fue en 1985, en una excursión de ida y vuelta para trabajadores destacados que se ganó mi esposa, que ya no era Leyda, sino Nery. Llevamos a nuestro hijo, que aun no había cumplido los dos años. Todo fue bien, hasta que se nos acabó el agua de beber. Buscando infructuosamente donde llenar las botellas de agua, perdimos el zapato izquierdo del niño. Fue una tragedia porque el par de zapatos chinos Gold Cup nos había costado una fortuna en la tienda Yumurí. Y créanme que en aquellos años 80 que algunos tanto añoran -no acabo de entender por qué- tampoco alcanzaba el dinero para llegar a fin de mes.

Desde entonces, no he vuelto más a Varadero. No he hecho ni el intento. Supongo que después que quedó reservado sólo para extranjeros y privilegiados de la élite, siendo disidente, me hubieran expulsado de mucho peor modo que en 1970, o ni me hubiesen dejado llegar. De cualquier modo, aunque en Varadero no haya conocido la paz, como el Benny, esa playa sigue indisolublemente asociada en mi mente a la felicidad. Pero no pienso volver allí.

Me duele que hoy Varadero sea muy distinta a lo que fue, más plástica y fría, y que su disfrute esté prácticamente vedado para la mayoría de mis compatriotas. En 2010, a propósito de los planes de demoler el Hotel Internacional, las Cabañas del Sol y varias manzanas del centro urbano de Varadero, el Comité Internacional de Monumentos (ICOMOS-Cuba) preguntaba en una carta abierta “hasta dónde llegará la transformación de la Playa Azul y su creciente pérdida de identidad, convirtiéndola en un resort globalizado y ajeno a la cultura cubana”.

Me temo que los mandamases, siempre ávidos de divisas para sus bolsillos, no les hicieron caso a aquella carta, y mucho menos les interesarán las añoranzas de nostálgicos como yo.

Luis Cino
Cubanet, 7 de marzo de 2019.
Video: Varadero, del cantautor Frank Delgado.
Leer también: Varadero, un poco de historia, Varadero, el poblado más rico de Cuba, Nostalgia de Varadero, Varadero ya no es una ciudad prohibida, pero.., Varadero, más que arena, sol y playa, El Hotel Internacional de Varadero será demolido, Reabre sus puertas el Hotel Internacional de Varadero, Xanadú, la mansión de los Dupont en Varadero, En Varadero los negros lo tienen más difícil, Mis recuerdos de Varadero y Varadero, donde el Benny conoció la paz.

lunes, 15 de abril de 2019

Luis David Fuentes, habanero y kentubano




Me llamo Luis David Fuentes. Nací en 1972 en La Habana. Me gradué como ingeniero mecánico en la CUJAE en 1995 y dos años más tarde emigré a Chile. Hasta lograr trabajar como ingeniero, fui vendedor a domicilio y portero en centros nocturnos. .

En el 2000 vine para Estados Unidos y me establecí en Frankfort, capital del estado de Kentucky, donde pretendía estar dos o tres años, con el objetivo de aprender el idioma y la verdadera cultura estadounidense y luego establecerme en Florida. Han transcurrido 19 años y aún vivo en Kentucky, con la familia que constituí: mi esposa Yamilet y mis dos hijos Fernanda y Luis Manuel, de 15 y 12 años respectivamente.

Los primeros años en Kentucky fueron muy difíciles. Trabajé en una factoría barriendo el piso por $7/hora. A los pocos meses logré obtener un puesto mejor como Coordinador Ambiental, a cargo del cumplimento de las regulaciones estatales para la emisión de desechos y contaminantes al aire y al agua. Entre el 2002 y 2006 me dediqué a estudiar durante las noches y fines de semana para tratar de revalidar el título de ingeniería. Luego de los dos exámenes correspondientes, me convertí en Ingeniero Profesional en la especialidad de Ambiente.

En 2006 comencé a trabajar para el gobierno de Kentucky, en el Department of Environmental Protection como Ingeniero Profesional Ambiental, actividad que realicé por casi once años, hasta que en el 2017 decidí dedicarme a tiempo completo a ayudar a la comunidad cubana de Kentucky a través de la publicación El Kentubano.

Cuando en el 2000 llegué a Kentucky, el número de cubanos no pasaba de 500, pero en 2006 ya existían cerca de 5,000 cubanos, la mayoría procedentes directamente de la Isla, ubicados por las agencias locales de ayudas (Kentucky Refugee Ministries y la Catholic Charities). Lo que más necesitaban esos recién llegados era información básica (cómo abrir una cuenta bancaria, sacar la licencia de conducir, obtener un seguro de auto, pagar impuestos), cosas que son completamente nuevas para quienes procedemos de Cuba.

Por esa razón tuve la idea de imprimir un tabloide con informaciones les orientaran, pero que a la vez contuviera secciones sobre Cuba que les ayudaran a mantener vivas nuestras raíces, historia, arte, deporte, chistes, opiniones, entrevistas... En agosto del 2009 nació El Kentubano, el apodo que le puse a mis dos hijos cuando nacieron, la combinación de Kentucky y Cuba.

El primer número de El Kentubano fue de 1,000 copias y de 20 páginas, y a pesar de lo rústico y poco profesional fue inmediatamente aceptado como una referencia obligada para los cubanos que llegaban a Kentucky y también para los que ya aquí vivíamos. Mes tras mes fue creciendo en páginas y secciones, así como en calidad de papel, contenido y diseño. La publicación es gratuita, financiada por patrocinadores o anunciantes y se distribuye en los lugares donde concurren cubanos (tiendas, restaurantes, mercados, oficinas de trámites, notarias, agencias de viajes y de seguro).

Con el paso del tiempo, más cubanos han continuado llegando a Kentucky, principalmente a Louisville, la ciudad más grande del estado, atraídos por los precios más baratos de propiedades, rentas, seguros, impuestos. También por los mayores salarios y mejores oportunidades, si se compara con Florida. En la actualidad se estima que la cantidad de cubanos en Louisville sobrepasan los 25,000, aunque la cifra no será definitiva hasta el Censo Nacional del 2020.

En los últimos años, los cubanos han sido el grupo emigrante de mayor crecimiento en Kentucky, y la ciudad de Louisville está entre las primeras ciudades, después de Miami, con mayor número de compatriotas. Además, este grupo tiene una característica muy especial, a pesar de venir directamente de Cuba, con conocimientos muy limitados en casi todas las esferas y valores resquebrajados producto del desastre social cubano, es una comunidad muy pujante y emprendedora. A los pocos años de estar lidiando con el frío, el idioma inglés y costumbres muy distintas, se involucran rápidamente en la sociedad, aspiran a cargos más calificados, compran sus casas, envían sus hijos a las universidades y tratan de abrir un negocio propio.

Como resultado, se pueden encontrar muchas tiendas, restaurantes, oficinas y otra infinidad de pequeños negocios de cubanos, así como muchos profesionales (médicos, dentistas, oficiales de policía, ingenieros, abogados, informáticos) ocupando importantes cargos en grandes compañías o en oficinas estatales. Sin temor a equivocarme, pienso que la comunidad cubana de Kentucky es una de las más prósperas de los Estados Unidos, y es per cápita, donde mayor cantidad de pequeños negocios cubanos existe en todo el mundo.

Actualmente la revista El Kentubano imprime 10,000 ejemplares mensuales, con 90 páginas de variadas secciones, fundamentalmente dirigidas a ayudar a la comunidad cubana, exaltar sus éxitos y acciones positivas y a promover los pequeños negocios en el idioma español.

El equipo de producción de El Kentubano es muy pequeño: una diseñadora (Elizabeth Alarcón), una periodista local (Yany Diaz), y una distribuidora (Yunixsi Tamayo). En los primeros siete años tuve que hacer todo, excepto el diseño. Escribía, hacía entrevistas, editaba, buscaba patrocinadores, distribuía la publicación... Fue una tarea titánica, pues en la medida que crecía la publicación menos tiempo yo tenía para descansar, y tampoco quería robarle tiempo a mi familia, especialmente a la educación y el deporte de mis hijos.

Con tantas responsabilidades, dormía solo unas cuatro horas diarias. Esa fue la razón por la que hace dos años decidí hacer una pausa en mi trabajo como ingeniero y dedicarle mayor cantidad de tiempo a la comunidad a través de El Kentubano y la Asociación Cubano Americana de Kentucky (ACAK), creada hace poco más de un año con un grupo de excelentes personas que desinteresadamente y con sus propios recursos sirven y representan los intereses de nuestra comunidad. En 2018 realizamos varias conferencias y entrenamientos gratis para personas recién llegadas, peñas literarias, campeonatos de dominó, conversatorios políticos... Logramos que el Gobernador Matt Bevin, recibiera a cerca de 200 líderes cubanos y dueños de negocios en su mansión, en una recepción en reconocimiento a nuestro aporte económico y cultural al estado de Kentucky.

En lo personal estoy muy orgulloso de haber creado una publicación que ha beneficiado a miles de cubanos que han escogido Kentucky como su nuevo hogar. Una revista que cada mes se esmera en difundir las cosas positivas de una comunidad que desafortunadamente ha tenido que abandonar su patria a causa de un sistema que ha sumido en la pobreza a la mayoría de la población, establecido una economía paupérrima, acabado con los valores sociales y limitado las libertades individuales y ni siquiera permite sugerencias de cambio.

A través de todos estos años, he sido honrado con varios premios y reconocimientos, entre ellos: Mosaic Award, concedido por Jewish Family and Career Services of Louisville (2015), Kentucky Minority Owned Small Business of the Year, otorgado por el gobierno de Kentucky y U.S. Small Business Administration (2017) y Annual Incredible Award for Inclusion and Diversity, de la ciudad de Louisville, Kentucky (2018).

También en 2018 fui nombrado por el Gobernador de Kentucky como uno de los Comisionados de la Comisión de Derechos Humanos (Humans Rigths Comission) del estado, puesto en el que orgullosamente represento los intereses de la comunidad cubana y a través de la cual sirvo al resto de los ciudadanos. Una muestra del agradecimiento que le profeso a Estados Unidos y especialmente al estado de Kentucky.

Luis David Fuentes
Video: Del programa Cubanos en Kentucky, realizado en 2013 por el programa Punto Final de Miami.


lunes, 8 de abril de 2019

Solidaridad entre cubanos, la buena noticia que dejó el tornado



Antes del que feroz tornado volcara autos en el barrio de Santos Suárez, arrancara postes de electricidad y destruyera cientos de viviendas, Aniel, cocinero de un hotel cinco estrellas en la Habana Vieja, ni siquiera saludaba a sus vecinos.

Su casa la enrejó y transformó en una fortaleza a prueba de robos o asaltos. Cada mañana corría cinco kilómetros por las calles interiores de Santos Suárez y luego de una ducha, mientras escuchaba jazz en su teléfono inteligente, abordaba un taxi colectivo rumbo a su trabajo.

“Ésa era mi rutina diaria. No daba los buenos días ni saludaba a nadie en el barrio. Mi esposa tampoco y mi hijo de 10 años apenas tenía amiguitos. Todo el tiempo metido en su cuarto, entretenido con videojuegos en su computadora. La desigualdad existente en nuestra sociedad, la envidia de muchas personas cuando el prójimo mejora su calidad de vida y el egoísmo nos había convertido en ermitaños”, explica Aniel.

La Habana está lejos de la violencia de Caracas o Río de Janeiro, pero cuando usted camina por sus calles observa cómo la mayoría de las familias se enclaustran detrás de rejas o muros, para intentar resguardar su privacidad.

“La mayoría de mis bienes los conseguí por la izquierda (ilegalmente) y para no tener encima la mirada del CDR y de los vecinos, creía que la mejor solución era apartarme de la gente. Las fiestas eran con familiares o amigos del trabajo. Pero después que pasó el tornado, cuando me paré en portal y vi aquellos destrozos a mi alrededor me quedé sin palabras. Recorrí la barriada y cuando regresé a la casa, tras haber visto aquellas escenas, que parecían sacadas de una película de la Segunda Guerra Mundial, muchas cosas cambiaron de repente”, confiesa Aniel.

Como su casa no sufrió daños, habilitó una habitación vacía y y se la ofreció a un matrimonio joven y su hija. "Los conocía de vista. Su vivienda quedaba a tres puertas de la mía, pero ni siquiera sabía cómo se llamaban. Cuando una noche regresé del hotel, me partió el alma verlos durmiendo a la intemperie, porque habían perdido su casa. Mi esposa, mi hijo y yo estuvimos de acuerdo en darle cobijo. Donde caben tres caben seis. No hace falta ir a la iglesia a escuchar una misa para que las personas se rediman consigo mismo”, concluye Aniel.

En las calles habaneras se había convertido en un tópico la pérdida de valores en la sociedad, los malos modales, hablar a gritos y con palabrotas deformando el idioma español en una jerga vulgar e incomprensible. Regina, madre soltera de dos hijos que intenta sobrevivir en las duras condiciones del socialismo cubano lavando y limpiando en casas particulares, al respecto reflexiona:

“Tu notabas cómo las personas con más recursos se distanciaban de los que éramos pobres. Nos miraban por encima del hombro, por nuestra mala suerte en la vida, no vestir ropa de marca o tener un teléfono celular de última generación. Pero después que pasó el tornado, la solidaridad y el altruismo los ha cambiado. Vecinos que nunca me saludaban, me han dado dinero, comida y ropa. Y yo no fui de las más afectadas. El gobierno pa’darte unos pocos materiales de la construcción, que aunque te lo rebajen a mitad de precio hay que pagarlos, tienes que soportar una burocracia enorme y, encima, te piden que votes Sí a la Constitución. Pero la gente te da lo poco que le sobra sin nada a cambio”.

Aunque el régimen verde olivo ha reseñado la solidaridad de los vecinos, en los medios estatales le ha dado poco espacio a la ayuda desinteresada y gratuita de cientos de emprendedores privados, artistas y deportistas famosos.

Carlos, sociólogo, considera que “el gobierno, como siempre, opta por sobredimensionar sus logros y ocultar sus fallos. Obvian que los trámites para comprar materiales (no todos lo que se necesitan para levantar una casa), además de engorrosos y tienen que pagarlos. Las condiciones de los albergues destinados a los que perdieron su casa no son las mejores. Pero Díaz-Canel, en un tono de alarde, prefiere destacar que fue el Estado el que puso la luz en cinco días o el agua en cuatro. Eso es lo que le corresponde solucionar a cualquier administración pública. Han pretendido ningunear las ayudas del sector privado, de la iglesia y de los cubanos residentes en el exterior”.

Algunos pocos ejemplos. La cantante Haydée Milanés salió a repartir agua, ropa y aseo por Luyanó. La Fábrica de Arte Cubano ha movilizado a decenas de músicos y artistas y entregado ayudas en Regla y Guanabacoa. La joven actriz María Karla Rivero Veloz, hija del periodista Raúl Rivero y la actriz Coralita Veloz, desde Miami viajó a La Habana con un cargamento de artículos útiles reunidos en tiempo récord por compatriotas de la Florida. El pelotero Alfredo Despaigne, que juega en la liga japonesa, donó 21 mil dólares a damnificados en la barriada de Jesús del Monte. Dueños de paladares y cafeterías particulares de la capital donaron alimentos o sirvieron comidas a módicos precios.

Tras el paso del tornado, miles de cubanos en el exterior giraron dinero y paquetes a los afectados por el tornado, fueran o no familiares. “Cada día, como promedio, nosotros entregamos de 10 a 15 mil pesos convertibles. Pero desde hace dos semanas los giros desde Estados Unidos y Europa se han triplicado”, indica una empleada de la sucursal de Western Union ubicada en la Tienda Brimart, municipio Diez de Octubre.

Mientras aguarda en la cola para recoger un dinero enviado por su hermano desde Tampa, Diana, ama de casa, se desahoga: "Me molesta que el gobierno infle el pecho por lo rápido y eficaz que ha sido en la recuperación de los daños, cuando eso es lo que le corresponde. No todo lo que dicen es cierto, algunas cosas son mentiras. Hay personas que hace 20 años perdieron su casa por culpa de un ciclón y todavía no le han dado una vivienda. También me molesta que al gobierno y a la prensa en Cuba no le gusta reconocer el importante papel de las familias cubanas en el exterior. Nunca publican la cantidad de remesas enviadas, pero son miles de millones de dólares. Un porcentaje elevado de cubanos podemos comer y vivir mejor gracias a ese dinero. Ahora, a raíz del tornado, mientras el Estado te pide un montón de papeles para darte arena, bloques y cemento, y lo divulga a los cuatro vientos, un amigo mio que vive en Miami, sin tanta pamplina, me mandó 500 dólares para arreglar el techo de la casa”.

Si en algo coinciden los cubanos de a pie es que el despliegue de miles de ciudadanos en La Habana fue impresionante. Nunca se había visto una movilización espontánea de esa magnitud. Ojalá ese sentimiento solidario perdure.

Iván García
Video: Tomado de El tornado y la solidaridad entre cubanos.

lunes, 1 de abril de 2019

La dictadura cubana fue derrotada en el referendo



El régimen castrista perpetró un monumental fraude en el referendo para la aprobación del proyecto de una nueva Constitución, celebrado el domingo 24 de febrero de 2019. Son las conclusiones a las que ha llegado el grupo opositor Socialismo Participativo Democrático (SPD) a partir de los informes recibidos por personas integradas al sistema que por razones obvias no desean que se divulguen sus identidades.

La Comisión Electoral Nacional (CEN), organismo electoral gubernamental, una vez finalizada las votaciones, habría agregado casi tres millones y medio de votos por el Sí -a favor del proyecto constitucional- según el análisis de 516 colegios electorales en 12 provincias, resultados que pueden considerarse representativos de todo el país. De acuerdo con los datos obtenidos, para encubrir este fraude, la CEN habría agregado 700 mil nuevos votantes al padrón electoral, alcanzando la cifra de 9.298.227.

Si damos crédito al parte oficial, el Sí ganó con 6.816.169 votos, lo cual representa el 73,3 por ciento de los votantes inscritos, pero la verdadera cifra, según los datos recibidos por el SPD, habrían sido, originalmente, 3.468.789, lo que equivale solamente al 36 por ciento de todos los inscritos para votar, muy por debajo de lo que necesitaban para que el proyecto resultara aprobado. Lo que significa que no pudo alcanzar el 50 por ciento más uno requerido por la ley. Los votos por el No, alcanzaron el 28 por ciento, pero la abstención fue del 30, y los votos anulados, el 6 por ciento, por lo que el 64 por ciento, de una forma u otra, se negaron a aprobar la nueva Constitución.

Ello explica la demora del oficialismo para dar los resultados finales, ya que todos los colegios electorales tuvieron suficiente tiempo para reportar sus resultados el mismo día de la votación. El hecho de la CEN esperara un día entero para dar a conocer los resultados, no tiene justificación alguna. Ahora se entiende. Tenían que buscar, no sólo cómo completar los votos que faltaban para sobrepasar el 50 por ciento, porque no podían dar una cifra donde quedara en evidencia que, aún ganando el Sí, casi la mitad del pueblo no apoyaba el proyecto constitucional.

Pero esto no sólo habría significado la derrota del proyecto y del referendo, si no también la del propio régimen frente a la oposición, lo cual demuestra el grado de descontento en la población, sin contar todas las irregularidades cometidas, entre ellas que el Partido-Estado cuenta con todos los medios de comunicación con los cuales mañana, tarde y noche bombardeaba con propaganda a favor del Sí, mientras que se ejerció la represión contra todos los que intentaban hacer campaña a favor del No o de la Abstención.

También se ejerció la intimidación para que muchas personas, sobre todo ancianos incapacitados, votaran por el Sí. La oposición estuvo en total desventaja frente a la élite del poder, lo que supone imaginar qué habría pasado en unas elecciones con observadores internacionales y permitiendo a la oposición hacer campaña en las calles, aunque no contara con medios de divulgación. El oficialismo habría recibido una 'paliza' memorable.

Así y todo, no pudieron evitar que dos millones y medio, entre abstencionistas, votantes por el No, boletas en blanco y anuladas, se revelara una cifra que indica claramente que el régimen ya no tiene el apoyo del pueblo como décadas atrás. Y que al menos cerca de la tercera parte de la población, decidió ya no seguir bailando al ritmo de la música que sigue tocando una orquesta octogenaria.

Ariel Hidalgo
Cubaencuentro, 5 de marzo de 2019.
Foto: El presidente Miguel Díaz-Canel votando el 24 de febrero. Tomada de Cubaencuentro.