lunes, 10 de septiembre de 2018

El infierno de Ariel Ruiz Urquiola (I)



Nada es azaroso en Ariel Ruiz Urquiola. A sus 43 años, no alberga un ápice de ambigüedad, su enseña es la intransigencia. Nunca ha sido un problema encontrar su camino.

De niño quiso ser veterinario. Cazaba cucarachas y abejorros y les quitaba las antenas para examinarlas, luego alimentaba con ellas a las lagartijas, y a estas, a veces, les abría la barriga con un bisturí para observarlas por dentro. En la playa, mientras su hermana Omara construía castillos de arena, Ariel recolectaba algas y otras especies marinas. Un barquito portugués le explotó una vez en las manos y le irritó los ojos.

Luego aprendió a distinguir, gracias a su madre, Isabel Urquiola, ahora de 71 años, entre la Veterinaria y la Biología. Isabel, por entonces jefa de cátedra de esta última materia en una escuela primaria del municipio Playa, lo complació alternando las salidas de fin de semana entre cuatro lugares de La Habana: el Museo de Ciencias Naturales, el Zoológico, el Acuario y el Jardín Botánico.

Omara muchas veces prefirió quedarse en casa y pronto, a pedido de ella, la familia comenzó a visitar con regularidad el Museo de Bellas Artes. Ariel se molestaba cuando su hermana, apenas 15 meses mayor, falseaba la realidad pintando un león de color verde o rosado. En la década de 1970, los hermanos Ruiz Urquiola, y el resto de los cubanos que no pasaban de 12 años, recibían, una vez al año, tres juguetes racionados. Cada niño tenía derecho a un cupón que era sorteado mediante un bombo en cada barrio; luego, padres e hijos podían dirigirse a la juguetería para comprar el artículo ganado en suerte.

El gobierno clasificó esos juguetes en “básico”, que era el más costoso, por ejemplo, una bicicleta o una carriola; “no básico”, que podía ser una muñequita o un carrito, y “dirigido”, lo mismo un trompo que un paquete de soldados plásticos o un juego de yaquis. Claro, no era igual tener el primer lugar en la cola que el 63, porque los juguetes, importados desde la Unión Soviética, llegaban en cantidades dispares y los niños con padres con más suerte eran quienes podían alcanzar mejores regalos.

Ariel siempre tuvo más suerte que su hermana, el sorteo para repartir los turnos en la cola a menudo le deparaba números bajos. Hasta que decidió obviar los juguetes más sofisticados y comenzó a pedir, si estaban disponibles, los elementos para una granja campesina. La granja, desplegada en el dormitorio, creció año tras año. Tenía decenas de vacas, gansos, caballos, varias casitas y, por supuesto, campesinos. Al paisaje también se le añadió un tren que se desplazaba por toda la finca: un regalo de su tío Armando Urquiola Cruz, fundador del jardín botánico de Pinar del Río.

Finalizado el curso escolar, los hermanos Ariel y Omara solían viajar al municipio pinareño de Mantua, a pasar las vacaciones en casa del abuelo. Ariel y un primo suyo acompañaban a su tío por los pinares cercanos para recolectar especies botánicas. Durante la aventura, los muchachos no paraban de hacer preguntas. Antes de los 10 años, Ariel Ruiz Urquiola realizó su primer herbario.

“Ariel es protestón, cuando era estudiante lo era mucho más que ahora”, afirma Elier Fonseca, biólogo de campo y profesor de la Universidad de La Habana. Fonseca y Ruiz Urquiola son amigos. Se conocieron hace más de dos décadas cuando ambos ingresaron a la Facultad de Biología como estudiantes universitarios. Desde entonces han trabajado juntos en varias oportunidades.

Recuerda Fonseca que, en segundo año de la carrera, durante un trabajo evaluativo de ecología, un profesor propuso sacrificar lagartijas en cantidades desproporcionadas. Ruiz Urquiola se levantó del asiento y dijo que la metodología diseñada para el estudio era incorrecta, poco profesional, una aberración. Alumno y profesor sostuvieron un careo fuera de tono ante las miradas atónitas de los demás estudiantes. Una discusión que culminó con Ruiz Urquiola zanjando: “Profesor, esa investigación es mediocre”.

“Lo que quiso decirle Ariel era sencillamente que se estaba quedando a medias. Mediocre, en el sentido literal, no despectivo. Muchos de sus problemas vienen por ahí, porque la gente no entiende su lenguaje”, explica Fonseca. Tras aquel y otros encontronazos durante la carrera, Ruiz Urquiola se graduó en 1999 de Biología por la Universidad de La Habana. Le fue otorgado un diploma de oro y fue seleccionado el estudiante más destacado de su curso en la categoría de investigación.

Sus primeros pasos como científico fueron en el Centro de Investigaciones Marinas, una institución adscrita a la Universidad de La Habana, donde se especializó en el estudio de las tortugas. “La profesora Georgina Espinosa me dijo que mi conocimiento del tema era vasto y que era suficiente para desarrollar una tesis doctoral”, cuenta Ruiz Urquiola.

Entonces decidió realizar su investigación sobre las tortugas carey en Cuba, y lo primero que descubrió fue que los especialistas del ya desaparecido Ministerio de la Industria Pesquera autorizaban la pesca de esta especie, protegida por la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de la Fauna y Flora Silvestre (CITES, siglas en inglés).

Las autoridades cubanas exportaban las conchas de carey a Australia, Inglaterra, Francia, Holanda, los países nórdicos y Japón valiéndose de un amparo legal sobre el supuesto patrimonio genético de la especie. Japón era el destino predilecto para la exportación de carey. Los nipones tienen la industria manufacturera más antigua y lujosa del planeta. El carey, obtenido del carapacho de las tortugas, se utiliza para la confección de prendas tradicionales: peinetas, cintillos, aretes...

“Encontramos muchas mentiras”, dice Ruiz Urquiola. Por ejemplo: más del 70 por ciento de las tortugas pescadas en Cuba no pertenecían al patrimonio genético de la isla. El biólogo se percató de que, en Nuevitas, ciudad portuaria de la provincia de Camagüey, el Centro de Investigaciones del Ministerio de la Industria Pesquera adulteraba los estudios genéticos de la especie. “Iban a una playa de anidación, mataban a una tortuga y le tomaban la cantidad de muestras de carne que necesitaban. Las mandaban a nuestro laboratorio, pero todas pertenecían a la misma tortuga. Obviamente, eso decía que todo lo que Cuba pescaba era nacido aquí”, explica Ruiz Urquiola.

El biólogo señaló al Estado cubano como gran beneficiario de la explotación de la tortuga carey. Amén de las violaciones asociadas a la pesca y exportación de una especie en peligro de extinción, se incumplía una disposición ministerial de la propia industria pesquera que declaraba la carne de esas tortugas, exclusivamente, como alimento prioritario para niños y ancianos. La investigación demostró, con datos y entrevistas, que ningún círculo infantil, ningún policlínico, ninguna escuela y ningún hogar de ancianos había recibido, siquiera una vez, un trozo de carne de tortuga.

Ruiz Urquiola y su grupo de trabajo expusieron estos y otros resultados en un congreso internacional celebrado en Baja California, México, sobre la conservación y la biología de las tortugas marinas. Presentaron también una campaña de bien público para salvaguardar la especie: la primera iniciativa de su tipo en la isla después de 1959. Los miembros de la comunidad científica que participaron en el congreso quedaron consternados. La reacción de varias organizaciones internacionales fue inmediata. Dos días más tarde, Cuba se vio obligada a declarar el cese total de la pesquería legal de tortugas marinas en la isla.

Tras el congreso, a Ruiz Urquiola le esperaba una sanción laboral que impedía la defensa de su doctorado. Una apelación ante la Comisión Nacional de Grado Científico salvó su investigación. Finalmente, en 2008, Ariel se acreditó como Doctor en Ciencias Biológicas. Una de los exergos de su tesis dice: “A las causas de los imposibles”. Otro reza: “La diversidad genética significa para las poblaciones silvestres, lo mismo que la Libertad para el Homo sapiens. Un H. sapiens sin pensamiento es víctima de las circunstancias y con pensamiento lo es de sí mismo, es más libre”.

En una reunión le comunicaron que podría continuar laborando en el Centro de Investigaciones Marinas, pero que se le vetaba la posibilidad de volver a trabajar con alguna especie de importancia pesquera para el país. A Ruiz Urquiola no le quedó otra alternativa que girar su lupa. Generó así otro proyecto investigativo, esta vez sobre la genética de los moluscos en la Sierra del Infierno, Viñales, con el que ganó una beca en la Universidad de Humboldt, Alemania.

Creó nuevamente un tándem con la profesora Georgina Espinosa y juntos impulsaron una plataforma colaborativa entre la Universidad de La Habana y el Consorcio de Ciencias Leibnitz. Pero, al parecer, la burocracia cubana no olvidó lo ocurrido en Baja California y una vez más puso trabas que imposibilitaron el desarrollo del proyecto, el cual terminó diluyéndose.

Desde su primera estadía en Europa, Ruiz Urquiola se ganó con su trabajo el respeto y la estima profesional de los científicos alemanes, lo que le valió para seguir adscrito al grupo de investigadores de aquella institución europea. “A Ariel le ofrecieron contratos en Alemania, que le hubieran permitido radicarse aquí, pero siempre prefirió volver a Cuba”, dice el Dr. Alexandro Rodríguez, biólogo y profesor de la Universidad Libre de Berlín.

Rodríguez pertenece a la misma generación de biólogos de Ruiz Urquiola, aquellos graduados a finales de los 90 en Cuba. Pero Rodríguez decidió pronto hacer ciencia en Europa, y allá se reencontraron. “Cuando Ariel estaba en Alemania, vivía con una frugalidad extrema, ahorraba cada euro que podía para levantar su finca en Viñales”, asegura Rodríguez, quien a menudo llevó en su auto a Ruiz Urquiola hasta el aeropuerto cuando éste regresaba a Cuba.

El vehículo transitaba por las calles berlinesas atestado de equipaje. Las maletas iban cargadas de herramientas de trabajo. “Todo eso era a costa de un sacrificio personal que yo siempre le reprochaba, pero a la vez admiraba. Su equipaje difería bastante del de cualquier otro cubano que regresa”, dice Alexandro Rodríguez.

Abraham Jiménez
El Estornudo, 25 de julio de 2018.
Foto de Ariel Ruiz Urquiola realizada por Juan Cruz-Rodríguez. Tomada de El Estornudo.

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